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He aquí la hipocondríaca y aprensiva de Bloom
Las cinco menos diez de la mañana y Las Vegas bullía de actividad, las máquinas tragaperras ardían vomitando centavos, hileras de coches y limusinas de todos los colores circulaban sin descanso. Las Vegas Strip olía a doughnuts18 y en cada esquina sonaban Frank Sinatra, Elvis...
El gruñido de la Harley-Davidson Street Bob anunció su llegada al aparcamiento trasero del restaurante. Luca aparcó la moto en la plaza que tenía reservada y con un pie en el suelo se quitó el casco. Estaba perdiendo de tal modo la cabeza que en lugar de aprovechar unas horas de sueño había decidido conducir y de no ser por falta de tiempo se habría hecho la 66 por tercera o cuarta vez en su vida. Y todo por culpa de... Graziani se maldijo apoyando el casco entre sus piernas y se imaginó cayendo cañón abajo.
«No, no, no puede ser él». La calva... «¿Es él?». Andrea se detuvo, en su mente no entraba la operación matemática de moto+botas+tejanos= Luca Graziani.
―Justo a tiempo ―apuntó él bajando de la Harley. Se quitó los guantes y los metió en el interior del casco, que colgaba ahora de una de sus manos—. Está usted dormida ¿o qué? ―cuestionó Luca al ella no avanzar ni un paso.
Andrea, algo perjudicada por la escapada a Chippendales, parpadeó largamente y hasta se frotó los ojos.
―No, chef, estoy despierta. ―No, no estaba muy segura de ello, a lo mejor había caído en coma sobre una de las barras del «antro» de ver tanto músculo aceitoso y definido junto.
―Señorita Bloom... ―Sacó las llaves del restaurante subió las escaleras de servicio, abrió la puerta y una vez dentro tecleó el código de seguridad de la alarma. Luca asomó la cabeza por la puerta entreabierta y miró a la mujer―. ¿Qué hace ahí parada?
―Ya voy, ya voy. ―Andrea apuró el paso trastabillando y casi quedándose sin cuello al no poder apartar la vista de la Harley. «Moto+botas+tejanos= Luca Graziani», la operación continuaba sin salirle. Realizó el mismo camino que su jefe, subió las escaleras y frente a él masculló―: Lo siento, chef.
―Vaya a cambiarse y luego diríjase a la cocina ―coordinó Luca, siguiéndola con la mirada al pasar ella por delante y encaminarse a los vestuarios. Andrea dejó una estela de purpurina y de su bolso mal cerrado planeó un folleto de... Chippendales. Él sonrió al agacharse para recogerlo, miró una cara del panfleto y luego la otra―. Ha descansado mucho, señorita Bloom ―susurró golpeando el papel en su palma.
Ella exhaló cansada, encendió la luz fluorescente del vestuario, abrió la taquilla para meter el bolso y la ropa, se cambió bostezando y se anudó el delantal en torno a su cintura y el pañuelo rosado en su cabeza. Andrea apagó la luz y salió del vestuario, arrastrando sus pies metidos en los Crocs; aún le temblaban un poco las rodillas, la experiencia en el club le había parecido cuanto menos denigrante. Las mujeres gritando, babeando literalmente... No volvía ahí ni loca.
―Un segundo ―pidió Luca ante las puertas metálicas de la cocina, ataviado solo con la chaquetilla y los zapatos de trabajo. Seguía llevando los tejanos y en la mano, en la mano zurda, llevaba un gorro—. Póngaselo.
A pesar de usar el pañuelo, y por no llevarle la contraria, Andrea accedió y se puso también el gorro. En ese momento le importaba bien poco si lucía más o menos bien o si Graziani se lo había dado como una nueva forma de ridiculizarla. Luca le cedió el paso y le señaló la mesa de trabajo de la cocina, él fue hasta las neveras y sacó una gran bandeja de pichones eviscerados y sin cabeza.
―Quiero que los despiece ―dijo rápidamente, soltando la fuente encima de la mesa.
―¿Todos? ―dudó Andrea, pues si en la bandeja no había unas ciento cincuenta piezas, no había ninguna—. ¿Quiere que los despiece por completo? ―preguntó al verle preparar fuentes más pequeñas para que ella dispusiera las alas por un lado, las carcasas separadas de las pechugas por otro, los muslos...
―Por supuesto, señorita Bloom ―le confirmó él al tiempo que Andrea iba a la estantería en busca de la manta de cuchillos—. Cuánto más practique, mejor se le dará. ―Sonrió ácidamente.
―Chef, ya sé despiezar correctamente ―enfatizó ella abriendo la manta de donde sacó el cuchillo de puntilla y el de deshuesar.
Andrea agarró uno de los pichones y lo dispuso sobre la tabla de cortar. «Si te imaginas que cada uno de los bichos son minigrazianis, irás más rápida».
―Dedíquese a hacer lo que le he pedido ―conminó Luca dejándola sola en la cocina.
Andrea respiró más tranquila, él se había ido probablemente a su congelado despacho y ella podría centrarse en el trabajo. Separó alas, carcasas de pechuga y ahora iba a por los delicados muslos.
―Huele usted a hombre, señorita Bloom ―dijo Graziani de vuelta con una botella de Barbaresco y una copa.
Iba a beber, pero solo. Retiró un taburete aislado cerca de la entrada a las neveras y lo colocó frente a la mesa de trabajo, hizo sitio para la botella y la copa y se sentó descorchando el vino.
«En mal momento te confiaste, querida amiga...». Andrea no se inmutó, estaba centrada en no quebrar ninguno de los pequeños huesos del pichón, pues se astillaban fácilmente; sin embargo, al captar sus palabras apartó el cuchillo y alzó la cabeza mirándole.
―¿Huelo a qué? ―articuló manteniendo la calma.
―A hombre ―respondió él divertido.
Se llenó la copa de vino a la mitad y bebió contemplándola. El gorro de cocina no le quedaba del todo mal, aunque le gustaba más solo con el pañuelo, siempre a juego con los Crocs en un abanico de rosas. No obstante, Andrea había llegado con el pelo repleto de purpurina y no podía arriesgarse a que espolvoreara la comida.
―Yo...no...huelo...a...hombre ―pronunció de forma exagerada. Reunió su mano con el cuchillo y separó los muslos del pichón golpeando estos en la bandeja correspondiente.
―¿Se siente demasiado acalorada? ―chinchó él sintiendo el rubor incendiando las mejillas de Andrea. Luca saboreó el vino alejando la copa de sus labios—. La dejo ir al baño a refrescarse la cara.
―No necesito refrescarme la cara y no estoy acalorada ―condenó Andrea golpeando el cuchillo y el segundo pichón en la tabla de corte.
―De verdad que no me importa darle permiso ―insistió guasón sirviéndose una segunda copa de vino.
La empinó saltándose su código ético en relación al alcohol. No obstante, Luca estaba empezando a fantasear: lamer el pulso en la yugular de ella, abarcar con las manos el culo de Andrea, metido en esos pantalones de trabajo tan poco favorecedores... Jugueteó con el pie de la copa vacía sobre la mesa. Le quitaría el gorro y el pañuelo, retiraría con la nariz los mechones que irían a parar a un lado del semblante de ella y le mordería la puntita de la oreja.
―¡Ya basta!―voceó Andrea cuchillo en mano y pichón medio despiezado en la tabla. Estaba cansada, agotada de sus... ¡tonterías! Se encaró a Luca—. Mire, señor Graziani, sé que me odia y por eso me putea todo el tiempo. Que usted crea que yo no valgo para esto es su problema, no el mío, pero ya le digo que no pienso abandonar si ya le he aguantado la mitad del camino.
Y cuanto más carácter mostraba Andrea, más le gustaba a Luca. Se relamió los labios, húmedos por el líquido color burdeos, y estuvo tentado a contestarle, mas no lo hizo; la miró alzando una ceja a la espera de que ella siguiera con el despotrique.
―¡Es que me tiene usted harta! ―chilló poniéndose roja como un tomate. Andrea apretó los labios, pero la rabia los abrió y bramó―: ¡Todo lo hago mal según usted! ―aguardó a que Luca dijera algo, pero no lo hizo—. ¡¿Qué culpa tengo yo de que parezca que le han metido un palo por el culo?!
Él se rio a carcajadas.
―¿Y le hace gracia? ―balbuceó Andrea mirándole atónita—. Es usted un cínico y un capullo sin corazón que se divierte jodiendo al resto de la especie humana. Pues muy bien, señor Graziani, siga riéndose de mí y puteándome. Pero yo… ―Hincó la punta del cuchillo en la tabla de corte y resopló―. Me quedo aquí.
―¿Va a darme lecciones de vida, señorita Bloom? ―Se le había ido de las manos, la situación ya no era graciosa, y menos las palabras de ella. Luca se sirvió una tercera copa y señaló la mano derecha de Andrea―. El anillo que lleva usted en el dedo le trae al pairo, porque bien que coquetea con todo el personal poseedor de rabo.
―¿Disculpe? ―desclavó el cuchillo en la tabla y chilló―: ¡Yo no coqueteo, no tengo esa necesidad! ―Andrea lo apuntó con el cuchillo como si se tratara de una mala copia de la mítica escena de Psicosis, pero sin ducha—. Es usted el que no sabe lo que es relacionarse con nadie.
―Tampoco la culpo, señorita Bloom, un pepino de mar no debe ser muy buena compañía ―dijo Graziani, haciendo mención del «pelele» del prometido de Andrea.
―Deje de meterse con mi novio ―rechinó ella sin bajar el cuchillo.
―¿No era prometido? ―jorobó Luca con una cínica sonrisa tirándole de las esquinas de la boca. Elevó la copa y tragó el vino―. A su salud.
―¡Sí! ―berreó bajando el cuchillo—. ¡Por lo menos a mí no me dejarán tirada! ―adujo Andrea cogiendo al pichón y separando las patas del resto del cuerpo con dos fuertes jalones—. ¿Y sabe por qué, señor Graziani? Porque yo no soy tan fría, rastrera y mal bicho como usted, así que mi futuro marido no me pedirá el divorcio… ―sentencio sin eludir la historia que Kendall le había contado unos días atrás. Supuestamente, la antigua señora Graziani le había pedido el divorcio al señor Graziani—. ¡Por carta!
―Señorita insecticida... ―rezongó Luca poniéndose en pie—. Aprenda a sumar dos más dos antes de meterse conmigo, porque si me lo propongo... ―Él la miró tan fijamente que sus ojos grisáceos iban a saltarle de las cuencas de un momento a otro. Graziani encaramó el labio superior y descubrió los blancos dientes―. Acabaré con usted y sus pantorrillas de gallina clueca.
―¿Me está amenazando? ―aventuró Andrea con las manos llenas de grasa y sangre de pichón. La nariz se le había crispado y finísimas arruguitas de expresión escarbaban a los lados de sus ojos.
―Sí ―condenó Luca, quitándole el pichón de las manos y lanzándolo al cubo de basura que estaba al otro extremo de la mesa y acertando—. Ahora... ―comenzó a decir cogiendo uno del montón y empujándolo contra el pecho de ella sin importarle si le manchaba la chaquetilla—. Siga despiezando pichones, ya que con suerte logrará morirse habiendo hecho algo correctamente en su vida.
―Que le jodan... ―chirrió Andrea sujetando el pichón contra su pecho.
―¿Se presta usted voluntaria, Bloom? ―cuestionó Graziani, extrayendo el folleto del bolsillo trasero del pantalón. Lo puso frente a las narices de esta—. ¿O se ha tirado ya a todo Chippendales?
Ambos se miraron, la mirada de él podría traspasar el cráneo de ella y viceversa. Las respiraciones espesándose, los dientes crujiendo. La tensión elevándose y haciendo piruetas. Luca le tiró el panfleto, que planeó hasta el suelo, y se llenó la que sería la cuarta copa de la noche. «¡Ya de perdidos, al río!».
―No me ha contestado, señorita Bloom ―dijo viendo como ella empezaba a despiezar el pichón que él le había encasquetado.
De verdad que intentaba controlarse, pero él se lo hacía imposible.
―¡Es que no pienso contestarle! ―se desgañitó y de pasó se cortó un dedo. La sangre salpicó y, por inercia, Andrea soltó el cuchillo y taponó con la otra mano el dedo herido.
Graziani se olvidó del vino y rodeó la mesa, se estiró cogiendo un paño de uno de los estantes y le hizo un torniquete.
―Estese quieta ―chistó conduciéndola hasta uno de los fregaderos—. Déjeme ver. ―Apartó la mano de Andrea para ver el corte.
―Es muy profundo, ¿no? ―tembló Andrea mirando hacia atrás y ahora más pálida que las baldosas en las paredes—. Sí, sí, es muy profundo ―se contestó a sí misma antes de que Luca dijera «mu»—. Soy cero negativo y tengo al día la antitetánica ―informó con las rodillas hechas gelatina. Era tan aprensiva e hipocondríaca que ver una sola gota de sangre le provocaba un ataque de pánico—. ¡Se lo digo por si me desmayo!
―Bloom... ―llamó él bajando el tono habitual de su voz. El corte no era profundo, no necesitaba sutura, pero al haber sido en un lateral del dedo medio sangraba con ganas—. Eh... ―Con la mano libre la cogió por la cara obligándole a mirarle—. No es grave, no necesita ni puntos ―explicó de forma pausada.
―¿Seguro? ―carraspeó Andrea al borde del llanto. Lo miró y apretó los trémulos labios―. Es que... soy un poco aprensiva.
―¿De veras? No lo había notado. ―Sonrió, aunque esta vez sin ser mordaz. Luca descubrió el dedo, la hemorragia había cesado coagulando la herida. Con cuidado le lavó las manos para quitarle la sangre y la grasa y se las secó—. Si lo prefiere podemos amputar el dedo y nos ahorramos la tirita ―le sugirió bromeando y guiando a la mujer al taburete—. Siéntese, voy a por el botiquín.
―No me mienta... ―Andrea lo agarró por la manga de la chaquetilla con la mano sana—. ¿Es grave o no? ― le preguntó sin atreverse a mirar el dedo.
―No le estoy mintiendo, señorita Bloom. Es un cortecito de nada, poco profundo. ―Graziani asintió al ver en los ojos de ella que le creía―. Se lo limpio y le pongo un guante de látex, así podrá seguir trabajando.
―Es usted un explotador... ―sorbió Andrea por la nariz. Cerró los ojos para que todo dejara de darle vueltas.
Luca rellenó la copa de vino y se la tendió.
―Beba. ―Lo más adecuado sería ir al bar y traerle una copa de whisky. No obstante, no se atrevía a marcharse de la cocina. Andrea parecía ir a desmayarse de un instante al otro—. Un día tiene que decirme algo que yo no sepa, señorita Bloom.
―Gracias... ―murmuró ella entreabriendo los parpados y acercándose la copa a los labios.
―¿Se encuentra mejor? ―interpeló Graziani mientras ella acababa con el vino. Le sirvió un dedo más. «Mira que eres... »―. Apuesto a que evita a toda costa hacerse una analítica.
Él casi se la imaginaba corriendo por los pasillos del hospital con una marea de enfermeras persiguiéndola.
―Hay quien sufre acrofobia y yo soy aprensiva e hipocondríaca.
Andrea le devolvió la copa y respiró profundamente. El mareo se le había ido, aunque había dejado una pátina sudorosa en su piel.
―Le curaré el dedo y después irá a refrescarse la cara.
Luca abrió el botiquín y en un rincón de la mesa de trabajo preparó lo necesario para hacerle la cura.
―Y a trabajar ―agregó Andrea fijándose en él por primera vez, ya que siempre le había visto como «el imbécil, prepotente y pedante de Luca Graziani».
Sin embargo, Andrea ahora veía más allá... Las manos que la curaban eran grandes, de uñas cuidadosamente cortadas y con la piel surcada de pequeñas cicatrices. No había vello en los nudillos y por el tacto se notaba que él se ponía crema hidrante.
―Y a trabajar. ―Luca sintió la mirada de ella y no desinfectó la herida. El tono de los ojos de Andrea se oscureció cuando cruzaron sus miradas y él, él estaba tan perdido en ellos que entregaría su alma, vendería su alma en ese mismo instante si a cambio ella...
―¿Sabía todo lo que le he dicho? ―preguntó Andrea haciendo mención a la respuesta de él: «Un día tiene que decirme algo que yo no sepa, señorita Bloom».
Si a cambio ella lo besara… «¡Eso mismo!». Graziani leyó los labios de Andrea, el movimiento sensual y húmedo de la bonita boca.
―Son opiniones suyas que no tienen por qué ser ciertas ―comentó atisbando el brillo de los dientes.
―O sí serlo y usted no creerlas.
No era guapo, no. No era esa clase de hombre arrolladoramente guapo que hacía suspirar a las féminas, él era... Luca Graziani era atractivo, era esa clase de hombre que destilaba elegancia y al que le centelleaban los ojos.
―Sí ―respondió él dándole la razón. Acercó la mano zurda a un lado del semblante de ella y con un dedo le acarició lo alto del pómulo—. Tiene usted mejor aspecto, ya no está tan paliducha.
Andrea disfrutó del roce que se transformó en caricia. La mano de él le mecía la mejilla.
―Me encuentro mucho mejor ―suspiró habiéndose olvidado del dedo.
Luca no dijo nada. Llevó la caricia hasta los labios de ella, rozó el arco de Cupido y acarició el borde del labio superior con la yema del dedo pulgar. En la pechera de la chaquetilla de Andrea podía apreciarse el aceleramiento de la respiración y el pulso mucho más intenso en la carótida.
Pujó con los labios el dedo de él y... «¿Qué estás haciendo?». Rápidamente miró al suelo, concretamente a sus Crocs.
―Entonces..., ¿con una tirita será suficiente? ―tartamudeó con un extraño y potente calor abrasándola desde los tobillos a la coronilla.
―Sí ―contestó Luca alejando la mano del rostro de ella. Se centró en sacar del botiquín lo necesario para desinfectar la herida—. No sea quejica... ―repuso ante los gemidos de Andrea al impregnar la herida de agua oxigenada. Tapó el corte con una tirita y le metió la mano dentro de un guante—. ¿Quiere un besito? —le preguntó tras remendarle el dedo.
Andrea tenía manchada de sangre la chaquetilla y el delantal. Ella levantó la mirada de sus pies a los tormentosos ojos de él.
―Tendría que pagarme para que yo le dejara darme un besito...
«O no, si forma parte del tratamiento», pensó ella antes de avergonzarse. Graziani no le gustaba, es más, lo odiaba. «¿No?».
Arrugó el papel de la tirita entre sus dedos al tiempo que la miraba.
―¿Se lo pago junto al sueldo o como un extra?
Luca lo decía en serio, tan en serio como que a su parecer existía Dios.
―Gracias ―susurró acunándose la mano y de paso ignorando la pregunta de él. Andrea fue a ponerse en pie. Se tambaleó, pero logró reafirmarse.
―¿Sabe usted la palabrita mágica?
Graziani la cogió por las caderas para darle estabilidad. Andrea tragó saliva y pestañeó mirándolo.
―Y veo que usted también, aunque creía que era más de imperativos.
Tan cerca, los ojos grisáceos de Graziani le resultaban hipnóticos y el olor de su after shave comestible... «¿Función cerebral? ¡Eoeoeoeo!».
―¿Se lo pago junto al sueldo o como un extra? ―repitió Luca.
―¿El qué? ―susurró con las grandes manos de él en sus caderas, que, por culpa de un «mecanismo ancestral», se balancearon suave y provocativamente.
Andrea no pensó en Samuel, en la boda...
―El beso ―soltó Graziani, como si lo dicho fuera obvio.
Trasladó las manos de las caderas hacia atrás, la zona lumbar y las deslizó por ella en dirección a las femeninas nalgas.
El vino, la sangre, el mareo. «¡Vuelve en ti, mujer!».
―No hago ese tipo de tareas... ―Andrea alejó las manos de Luca y emitió un quedo jadeo apartando también la mirada de sus ojos—. Y dudo que usted las disfrutara, ya ha hecho bastante curándome, chef.
―Tiene razón. No lo disfrutaría, señorita Bloom. ―Graziani camufló la verdad con una vulgar mentira. Apretó las manos a los lados de sus caderas, los dedos le quemaban al igual que las palmas—. La ayudo a limpiar los rastros de su ADN y luego continúa con su trabajo.
Extraño, palabra que definiría a la perfección aquel momento.
―Sí, chef ―acató Andrea sorteándole.
Tiró el pichón que había desmembrado y al que tenía que haberle hincado el cuchillo, mas la punta de la hoja había preferido su dedo.
Limpiaron la mesa en silencio y desecharon las piezas de carne manchadas, desinfectaron las zonas de trabajo, el suelo y el fregadero y lo dejaron todo listo.
―Siga con lo suyo, sin prisa pero sin pausa ―mandó Luca, dejando en la cocina a Andrea y la montaña de pichones.
Fue a su despacho y bajó la temperatura del aire acondicionado, pronto colgarían témpanos de hielo de las estanterías abarrotadas de libros de gastronomía. Graziani se llevó las manos a la cabeza y empujó los dedos hacia atrás pasándolos por la calva superficie. Ideó varias escusas para volver a la cocina y besarla; y después de besarla, desnudarla; y después...; y después…
―Sarei pazzo se lo facessi19 ―se ladró, arrancándose la chaquetilla y también la camisa y quedándose con la camiseta interior.
En la cocina, Andrea se limpió las palmas de las manos en el delantal a la altura de los muslos. Se mordió el labio inferior mirando al pichón, descabezado en la tabla de corte. Quería hablar con él. «¿Con el pichón? ¡No, no! Con Luca. ¿Desde cuándo le llamas así?». Ella acalló a la voz en su cabecita y dio los primeros pasos para salir del lugar.
Luca, detrás de la mesa del despacho y con la frente encima de la madera, apuntó al aire acondicionado con el mando y lo puso al máximo. El frío era lo único que lograría bajarle la temperatura y de paso regalarle un catarro; aun así prefería el catarro que ceder a sus instintos y... y...«¡mente en blanco!».
Andrea recorrió el camino de la cocina hasta el despacho de Graziani, pero se quedó ante la puerta sin llamar. «¿Qué vas a decirle, que eres una mujer respetable? Le has zorreado... un poco». Cerró los ojos con fuerza, izó la mano para llamar...
En ese momento, sonó el teléfono.
―Pronto. Chi parla20? ―descolgó Graziani al ver un número familiar en la pantallita. Era su hermano, llamándole desde el restaurante en plena campiña romana para recordarle la vendimia.
Andrea, «salvada por el teléfono», bajó la mano sin llamar. Le dio la espalda a la puerta y, por tanto, a la posibilidad de hablar «no sé el qué con Luca».
Graziani se maldijo, lo había olvidado por completo. No tenía reservado el billete de avión ni lo tenía todo en orden para poderse marchar. Colgó sin despedirse y se levantó abotonándose la camisa. Se calzó las botas, recogió la cartera y se puso la chaqueta de cuero. Cargó con el casco, los guantes y se ajustó el reloj a la muñeca. Apagó el aire acondicionado y la luz y abandonó el despacho.
―Me marcho, en dos horas empezará a llegar el personal... ―anunció entrando en la cocina; se dio cuenta de que estaba hablando para el aire, Andrea no se encontraba allí.
―Chef... ―avisó ella recién salida del vestuario y con la cara aún brillante y húmeda del agua con la que se había refrescado.
Andrea jugueteó con el anillo en su dedo hasta situarse a su lado.
―¿Dónde estaba, Bloom? ―reprendió Graziani con el cuero de su chaqueta crujiéndole en los hombros.
―Como antes no he ido a...
―Puesto que espero que para las ocho haya acabado de despiezar todos los pichones, utilice las carcasas para preparar un fondo. Cierre la puerta una vez yo me haya marchado ―cortó la frase de ella. Luca hizo saltar de su bolsillo a su mano las llaves de la Harley, mirándolas para centrar la vista en algo que no fuera la mujer.
―Pero, chef... ―titubeó Andrea sin tiempo a decirle nada más, Luca ya se había marchado.
Fue a cerrar, aunque antes de girar las llaves en la cerradura de la puerta del personal miró a Graziani subiéndose a la moto y poniéndose el casco y los guantes. El tosco gruñido de la Harley se despidió de ella al salir a toda velocidad.
Luca cruzó Las Vegas, la luz del amanecer le iluminó la coronilla del casco y pisó el acelerador. Salió de la ciudad para dirigirse a San Bernardino, pero el sonido de una sirena policial se elevó por encima del ronroneo de la moto. Miró hacia atrás y, efectivamente, ahí estaba el coche, así que aparcó a un lado.
Las botas golpearon el asfalto con espuelas estrelladas en los talones haciendo honor al viejo oeste; los pantalones del uniforme, ceñidos más arriba de las caderas, y la camisa por dentro. El chicle girando en la boca, las gafas de cristales oscuros y el sombrero de ala ancha.
―Llevamos prisa, ¿eh? ―mascó el agente, que en vez de sacar una pistola de su cinto sacó una libretita con bolígrafo incluido.
―Sí. ―El casco se ceñía a su mentón y su cabeza oscilaba en un asentimiento. Luca sabía que iban a multarle por exceso de velocidad y ya podía rezar para que no le hicieran un test de alcoholemia—. ¿Cuánto va a ser? ―preguntó sin querer perder el tiempo.
―Documentación, por favor ―pidió el agente tras hacer un globo con su chicle y reventarlo bajo la fuerza de sus dientes. Cuando Luca le entregó lo requerido, lo apuntó con la mano libre―. No se mueva de aquí. ―Una vez en el coche, le entregó a su compañero la documentación para que la revisara y volvió al encuentro del motorista—. Usted me suena...
―Tengo una cara muy corriente ―respondió Graziani sin bajarse de la Harley. Oteó el coche y en un resoplido soltó―: Agente, tengo prisa.
―Eso ya lo sé ―falló el policía mojando la punta del bolígrafo en su lengua. Garabateó en la libreta—. Mi compañero está comprobando sus datos.
―Señor Graziani, me encantaba su programa en Fox ―exclamó el compañero al acercarse desde el coche. Era el típico chico recién incorporado al cuerpo junto a un veterano con aires de John Wayne—. Pero mi novia era más de Supreme chef. ―Sonrió alargando la mano para que Graziani se la estrechara—. Es un placer, un verdadero placer conocerle.
Luca carraspeó y, sin bajarse de la moto, le estrechó la mano. «¿No hacerlo sería desacato a la autoridad?». Agradeció que este le entregara la documentación y esperó la jodida multa.
―Estamos de servicio, hombre ―riñó a su compañero, la copia de Wayne, y le entregó la libreta para que él acabara de rellenar la multa. Descansando las manos en sus caderas y mascando ruidosamente le chistó a Graziani―: Le seguiré la pista, amigo.
Luca se guardó la documentación y la multa dentro de uno de los bolsillos interiores de la chaqueta. Sin despedirse de la pareja compuesta por «el bueno y el malo», Graziani despertó el aletargado motor y se reincorporó a la ruta.
Un par de horas más tarde en el Io sono...
Kendall empujaba una de las puertas de la cocina.
―Buenos días ―saludó amodorrada. Un rico y nutritivo olor le enamoró las fosas nasales—. ¿Resaca de testosterona?
―¡No pienso volver a ese antro y no, no tengo resaca de testosterona! ―sentenció Andrea, que había cumplido lo ordenado por el chef.
Acabó de despiezar los pichones y guardó todas las bandejas en la nevera salvo la que contenía las carcasas. Estas las había hundido en una olla de agua fría junto a las verduras cortadas en mirepoix y unas hierbas aromáticas. Llevó todo a ebullición elaborando poco a poco el famoso fondo.
―No grites. El jefe podría...―rechistó Kendall dando saltitos hacia Andrea, ocupada en pelar patatas para hacerlas soufflé.
Una vez fritas, y para darles el toque propio de un restaurante italiano, serían rellenadas con una crema de mascarpone y trocitos de bresaola.
―No está ―dijo Andrea haciéndose patente en su voz el amargor de la decepción. «¿Decepción por qué?»―. Se marchó hace un rato.
El rato al que ella hacía alusión eran casi tres horas.
―¿Te ha dejado aquí, sola? ―dudó Kendall con la vista fija en las manos de Andrea pelando patatas y más patatas y... ―. ¡¿Qué te ha pasado?! ―cuestionó, quitándole la patata y el cuchillo para mirarle el dedo.
―Me endosó el trabajo de despiezar pichones y luego se marchó ―explicó Andrea sin mirar a Kendall a su lado. Se zafó de su mano liberando la suya, recuperó el cuchillo y la patata y masculló—: Un cortecito de nada.
―Ese antro como tú le llamas le da un poquito de felicidad a muchas mujeres. ―Kendall resopló y viendo que Andrea continuaba ignorándola le soltó con un bufido―: Como se nota que no has dormido, estás atontada.
«¿Atontada?». No, no estaba atontada, estaba...
Andrea le dio la patata y el cuchillo y sin mediar palabra salió de la cocina. Antes de Kendall, habían llegado al restaurante un par de pinches que habían entrado por la puerta de personal. Se dirigió a la puerta de acceso principal para no tropezarse con nadie y salió al sol. Las llaves en su mano destellaron y ella suspiró con los ojos cerrados: «¿Atontada?».