11
EXTRAMUROS
Los blindados recorrieron el último kilómetro a velocidad moderada, deteniéndose frente a la columna de mellizos. El comandante Ladoux se encaramó a la torreta de la tanqueta de mando y contempló en silencio a los hijos de Fellia.
Su pequeño destacamento de soldados había partido de la base del batallón con vehículos ligeros. Las órdenes eran no despertar sospechas entre los espías esfingistas que vigilaban constantemente los movimientos de tropas en las cercanías de Cruces. Daban la impresión de ser una porción destacada de soldados en maniobras, algo muy habitual en aquellas calendas.
Lo que el comandante no esperaba era el espectáculo que tenía delante. Aquella increíble cantidad de mellizos no parecía portar armas pesadas, tan sólo enseres de labranza y herramientas medio oxidadas, pero si algo había aprendido en sus décadas de servicio defendiendo al Régimen era que jamás debía fiarse de las apariencias.
Con gesto inocente, se apoyó en la ametralladora axial de la tanqueta. Su mano colgaba relajada cerca del gatillo.
—Bien, bien. —Proyectó la voz como hacía cuando arengaba a sus tropas—. ¿Se supone que esto es un comité de bienvenida?
Una figura cromada se adelantó, colocándose frente a la columna de hombres. Iba escoltada por dos jóvenes armados con escopetas de caza, las primeras armas de fuego que hacían acto de presencia. El líder parecía un simple androbot obrero, extraño portavoz en una negociación militar.
—¿Bienvenida? Es más que eso. —Saludó haciendo aspavientos, para compensar la carencia de movilidad facial—. Es una invitación, a la vez que una muestra de gratitud.
—¿Invitación? ¿A qué?
—A dialogar. Nosotros poseemos algo que ustedes andan buscando… y su ayuda en un tema de amplio alcance nos será de gran utilidad a todos.
—Explíquese. Y aparte a sus hombres del camino.
—Será un placer, no hace falta que recurramos a la violencia. Sea mi invitado y descubrirá que la lógica es la principal herramienta de la paz —ofreció Aristón.
Ladoux se inclinó sobre su segundo, un teniente con el apellido «Julián» grabado en la guerrera, y susurró unas órdenes. A continuación permitió al androbot subir al pescante lateral de la tanqueta.
Aristón les guió hasta la plaza, donde podían estacionar sin excesivos aprietos los vehículos. El comandante ordenó a sus hombres mantenerse en alerta con los motores encendidos y las armas a punto. Sólo él y una escolta de cuatro infantes pusieron el pie en tierra, siguiendo al androbot al interior de una vieja cabaña. Un cartel que rezaba «Ayuntamiento» colgaba de clavos oxidados junto a la puerta.
Una vez dentro, y sin solicitar ningún tipo de permiso, los infantes registraron las habitaciones buscando trampas, micrófonos o quién sabía qué oculto ingenio de destrucción. Abrieron los armarios, sacaron los cajones y se encaramaron a la pequeña buhardilla, paseando sus instrumentos por los rincones más recónditos. Aristón se limitó a contemplarles en silencio, en una posición de inmovilidad tan absoluta que por un momento Ladoux creyó que se le había acabado la batería.
Esa ilusión se rompió cuando el androbot puso los brazos en jarras.
—Deseo que hayan encontrado lo que andaban buscando.
El comandante husmeó a través de la ventana mientras sus hombres remataban la inspección en el inodoro.
—Por su bien, yo espero que no. ¿Dónde está realmente? Estoy dispuesto a hablar con un mensajero, pero en ningún caso con un remoto mecánico. Desconecte ese aparato y dé la cara.
Aristón alzó los hombros.
—Me temo que hay detalles que usted no comprende. Este cuerpo no es el de un emisario, ni una cámara operada por control remoto. Yo —pareció regodearse en una cierta sensación de fisicidad— estoy realmente dentro de este centurión metálico. Puede hablar libremente.
—¿Es un cíborg? ¿Acaso no sabe que es delito federal insertar cerebros humanos en cunas de soporte vital? El Régimen prohibió todas las manifestaciones cibernéticas en el edicto de Fomalhaut.
—No soy un cíborg, pero tampoco un humano corriente. Soy, simplemente, yo.
El comandante permaneció unos segundos en silencio. Una máquina que pretendía hacerse pasar por hombre. O un cíborg acorralado tratando de encontrar una salida de la trampa. Si aquella inusual forma de agasajo era algún tipo de broma o de solapada falta de respeto, estaba socavando su paciencia a pasos agigantados.
—Está bien. Le voy a hacer saber mis exigencias.
—¿No desea que antes charlemos un poco?
—¿Para qué? Ni me interesa quiénes son ustedes ni cómo han conseguido ese ejército clonado de ahí fuera. —Torció el gesto, mirando a los hijos de Fellia—. Esos temas los tratarán en breve con quien sea menester. Sé por fuentes fidedignas que poseen una alhaja matemática, un cubo Xfinge. La han ocultado a sabiendas de que su deber como patriotas y ciudadanos de pleno derecho del Régimen era comunicar inmediatamente su existencia a las autoridades. He venido a llevármela.
Aristón se colocó tras la mesa de Norte.
—¿Y bien? —se impacientó el comandante—. Haber cobijado a fugitivos ya merece una acción disciplinaria; no hagan aún peor la situación.
—Se refiere al hombre al que todos llaman Norte.
—¿Admite que le conoce?
El cerebro de Aristón exploró en pocos segundos cuarenta posibles respuestas y sus inferencias en la conversación, profundizando cinco niveles en el grado de posibilidades hasta un total de siete mil alternativas. Con serenidad de jugador de ajedrez, dijo:
—Por supuesto. Fue el líder de este pueblo antes de ocupar yo su lugar. Ahora también es considerado aquí un convicto peligroso buscado para su encarcelamiento. Mi nombre es…
—Eso me da igual. Ya se les dará oportunidad de justificar su relación con el fugitivo cuando llegue el momento. Ahora tráigame el cubo. Es una orden.
La forzada rigidez del rostro de Aristón trabajó por una vez a favor de sus sentimientos. Fríamente, objetó:
—Pero… para mí es importante presentarme. Creo que los nombres son una característica de la que hay que sentirse orgulloso, y no ocultarla jamás. Es lo que les confiere individualidad a los entes vivos y les dota de presencia. Quizá lo entendería mejor si no hubiese dispuesto de uno toda su vida. Mi…
—Escúcheme bien —espetó Ladoux, iracundo—. No se lo volveré a repetir. Me importa una mierda cómo se llama usted. Mis órdenes son llevarme el cubo de este pueblo a toda costa, y no dudaré en usar la violencia para conseguirlo, ¿me entiende? Ya me estoy hartando de este juego. Tráigame la Xfinge —ordenó—. Ahora.
Aristón se encontró de repente inmerso en una situación completamente nueva para él: no sabía qué pensar. Los mecanismos de su cerebro no mentían: trataba al extraño como a un igual, disfrutando de la gloria de su recién descubierta individualidad, ¡y todo resultaba absolutamente trivial para aquel ente! ¿Acaso el uniforme verde oscuro anulaba de alguna manera el pensamiento de los hombres?
—Escuche —arguyó, reafirmando su postura—, hay que observar ciertas normas para avanzar en la ecuación. Una vez me conozca entenderá cuán cerca estamos de la solución. Mi nombre…
Ladoux desenfundó su arma reglamentaria y le apuntó sin miramientos a la cabeza. Los soldados se tensaron, destrabando el seguro de sus rifles.
—Ésta es la última oportunidad que le doy. No tengo ningún reparo en disparar a un simple robot de carga. ¡Ordene a sus hombres que me faciliten el cubo, ya!
—Pero… no lo entiendo. Necesito que usted sepa cómo me llamo. Es importante que reconozcamos y utilicemos nuestra individualidad. Yo…
La detonación del arma asustó a los animales del establo.
* * *
Hesperus avanzaba a través de la noche. Fantasmas de cangrejos gigantes y descomunales insectos amenazaban con volverse tangibles a sólo un parpadeo de distancia. ¿Cuánto restaba hasta la salida? ¿Una hora? ¿Un minuto? Desde hacía generaciones su familia había tratado las distancias en unidades de tiempo. Ahora cada gota que manaba de su herida le robaba un metro a su reloj vital.
Se tambaleó. Un claroscuro brillaba con la intensidad del sol a unos doscientos metros. Sus pies se hundieron en algo lechoso.
No quería sentir la muerte soplando en su nuca: eso activaría un mecanismo en su mente, una trampa que escondía a la misma bestia. Entonces recordó: el líquido negro. Sí, cerca de la salida. Aquel claroscuro… ¿era rectangular? ¿Dos por uno y medio por cero con algo?
Una puerta, por todos y cada uno de los dioses. Una puerta abriéndose. Los pasos del monstruo resonando detrás, en la oscuridad. Una figura en el umbral, vagamente familiar. Carne podrida, juventud enmascarada: Marius. El comendador. El ejecutor. El primer Mystes de todos.
—¡Hesperus! —grita la figura anciana joven, pero él no espera. Se lanza a sus brazos.
—¡Sácame de aquí!
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Norte?
—¡La bestia anda suelta! ¡La manifestación ya se ha producido!
Hesperus se desplomó en el aceite. Marius se sumergió hasta la cintura para sacarle a flote y agarrarle brutalmente del cabello.
—¿Habéis respondido al acertijo del cubo?
—Nor… Norte cantó la melodía completa —gimió Hesperus, vomitando líquido mezclado con rastros de su propia bilis—. ¡Numerología sinfónica! Libó sus fluidos como si lamiera su corazón. ¡Cruces sufre demencia, es esquizofrénica! Vio monstruos en su sueño, y, oh, Dios, cómo reaccionó a ellos…
—¿«Sueño»? Cruces no puede soñar, maldito loco. ¿Cómo ha podido dormir?
—Si el profeta no va a la montaña, ésta se arrastrará hasta aplastar al profeta. Cinética verbal: irairairairairálprofeta, el… el… —Diástole neural: el musiarquitecto pareció situarse durante breves y confusos segundos en la realidad—: Maniobras tus agentes para lograr la victoria, comendador, pero te falta razón. Cruces no pudo soñar, ¡así que alguien llevó el sueño hasta Cruces!
Marius no entendía aquellos desvaríos. Dos martillos agarraron a Hesperus y lo lanzaron fuera del Nucleus, al pasillo de los ascensores. Otras seis puertas se abrían a los lados, cada una guardiana de un secreto inscrito en una placa de oro.
De la garganta del musiarquitecto surgieron gemidos plañideros.
—La bestia os devorará. —Tragó saliva—. Ya lo dijo el loco… Nos previno y no le escuchamos. Estamos ciegos de vanidad.
—Nunca debí confiar en vosotros —gruñó Marius. Le arrebató el fusil a uno de sus soldados y él mismo lo amartilló—. ¿Qué le ha sucedido al cerebro de la ciudad? ¿Dónde está esa bestia?
Hesperus sonrió cándidamente, señalando al umbral.
—Viene detrás.
Marius rió por lo bajo, asombrado por lo surrealista de la situación. Entonces, y por un solo instante, creyó oír algo. Un crujido dilatado suspendido en el tiempo. Un gemido como de material pesado, cemento o acero, que se arrastrara sobre un colchón de agua.
Lentamente, volvió la cabeza, echando un rápido vistazo al interior del Nucleus.
¿Cómo describir lo que se siente cuando las peores pesadillas de un hombre cobran consistencia? El comendador lo descubrió en un largo segundo fraccionado en docenas de pequeños intervalos de terror. Arrepentimiento, ira, comprensión tardía de miles de cosas, impotencia… Un torrente de sensaciones que se desató en su mente.
Al atisbar más allá del umbral, los ojos de Marius se detuvieron en la mole oscura que se le echaba encima, y los gritos comenzaron.
* * *
—¡Amber! ¡Amber! —gritó Matrioshka, abriendo de un empellón la puerta de la cabaña.
Ni ella ni la pequeña Mora estaban dentro.
Se desesperó. El extenuado Moses se desplomó sobre la silla de tejer de la dueña. Inspiró hasta reunir suficiente aire en sus pulmones para señalar lo obvio:
—No… no están… aquí. Buf.
Matrioshka salió al jardín. Nada salvo los rododendros parecía prestar atención a sus llamadas. Iba a regresar al interior cuando una voz la detuvo.
—¿Mató?
Amber y la niña surgieron del bosque cargando una cesta con hierbas y conejos muertos.
—Menos mal. Creí que os habían cogido los soldados.
—Te he dicho que no les llames así —reprobó Amber, apartándole un mechón de cabello de la cara—. ¿Sabes? Mora es una magnífica buscadora de hierbas. Con esto vamos a hacernos una sopa que entrará en los anales de la historia.
—No me refiero a mis hermanos. Hay soldados de verdad en el valle. Militares del Régimen.
A Amber se le congeló la sonrisa en la cara.
—¿Qué estás diciendo?
—Han aparecido unos vehículos de guerra. No… no sé cuántos son en total, pero tienen armas. Aristón salió a recibirles.
—Chiquilla, ésa es la peor noticia que podía estropear este maravilloso día.
Mora, que entendía perfectamente lo que estaba pasando, preguntó acongojada:
—¿Has encontrado a mi padre?
Matrioshka sonrió.
—Sé dónde está. Iré a rescatarle, pero vosotras debéis poneros a salvo.
—¡Espera! Luchar contra ese tiranuelo de Aristón es una cosa —espetó Amber—, pero el Régimen…
—Me basto sola para sacudírmelos de encima. No son más que soldados sin cerebro. Si cercenamos su cabeza de mando, el cuerpo de infantería no sabrá qué hacer.
—Pero yo no quiero que te hagan daño… —gimió la pequeña.
—Y no me lo harán. Tengo mucha experiencia tratando a esa gente. No dejaré que le hagan daño a tu padre, te lo prometo.
—Eres Fellia, ¿verdad?
Matrioshka dio un respingo.
—¿Qué?
Amber la contempló distanciándose de ella. Al cabo de unos segundos, volvió a preguntar:
—¿A estas alturas eres más Fellia que Matrioshka? ¿Desde cuándo piensas así?
La joven se envaró.
—No sé de qué me hablas.
—Has cambiado, cariño. Has dicho «tengo mucha experiencia tratando a esa gente», y eso es imposible… a menos que los recuerdos de tu madre estén confundiendo tu cerebro. Me temo que no eres la persona que crees que eres.
—Lo que yo temo es que la soledad te esté afectando, Amber.
—Matrioshka. La mujer de múltiples círculos concéntricos —comprendió Amber—. Claro, ¿cómo no me di cuenta antes? Has resultado ser aquella que imita a la perfección el patrón original, todos los patrones que fueron tu madre un día. La muñeca más interior.
—Matri, yo no quiero que te vayas —sollozó la niña.
La hija de Fellia le acarició con suavidad la mejilla y concluyó, serena:
—Amber, dentro de la cabaña está Moses. Te ayudará a trasladar tus cosas. Abandonad el valle y buscad un sitio seguro. Yo volveré para tratar de rescatar a Cagt y a mi madre.
—Hum… si estás tan decidida, Fellia, de acuerdo. Pero se me ocurre que tal vez haya una forma más fácil de hacerlo —sugirió Amber, enigmática. Le tendió las piezas que había cazado—: Hay algo que me comentó Cagt hace tiempo que nos podría ser útil. Arráncate un mechón de pelo y mánchalo con la sangre de estos conejos.
* * *
El sonido del percutor al caer sobre el cartucho. Un clic apenas audible. La violenta detonación posterior vestida de humo.
Una flor se abrió roja y púrpura en el costado del comandante Ladoux. Su cerebro congeló todos sus movimientos. No llegó a apretar el gatillo de su pistola, pero la sostuvo en alto unos segundos, mientras las reacciones de los presentes seguían ocurriendo desorganizadamente a su alrededor.
El androbot ni siquiera parpadeó. Ladoux rió su propia confusión: aquella cosa no tenía párp…
Se desplomó mientras sus hombres respondían al ataque. Al rebotar contra la mesa pudo ver a su agresor, otro androbot que sujetaba con ambas manos una escopeta.
Un arma de cazador.
(El primer soldado se vuelve y apunta al engendro mecánico con su fusil, pero éste es más rápido. Aún queda un segundo cartucho en la recámara: su dedo sigue presionando hasta llevar el gatillo a la segunda posición. Humo, sonidohuecoestruendosoybreve, el brazo derecho del soldado que explota en una nube de sangre y cartílagos, manchando la pared.)
Jamás imaginé que mi fin llegaría por una simple arma de matar conejos. Yo, que he derramado la sangre de mil enemigos honorables en el campo de batalla, no merezco morir así. Es humillante, es… es como…
(El otro soldado es veloz y está bien entrenado. Antes de dar a su enemigo oportunidad de recargar el arma, alza la suya y dispara: docenas de balas surgen veloces de la bocacha, cubriendo de estallidos y chispas el cuerpo del androbot. Éste se tambalea y cae contra la pared. Una gran cantidad de humo blanco surge de las junturas de su cuerpo.)
Como un… maldito… conejo.
El comandante tocó el suelo con la cabeza. Su subordinado agotó en seis segundos toda la munición del arma. Extrajo con ademán profesional otro cargador de su cinto, pero cuando lo tuvo en la mano, los dedos de Aristón también se cerraron sobre ésta.
El soldado lo miró a los ojos. Apretó un botón disimulado en la culata del rifle y una bayoneta filamentada surgió de su bocacha como una punta de lanza.
Aristón ejerció cien kilos de presión por centímetro cuadrado con sus dedos. La mano del infante se volvió de goma: sus huesos se desmenuzaron bajo la piel. El soldado gritó, soltando el fusil. Aristón lo recogió con la diestra y atravesó al hombre de parte a parte con la bayoneta.
Otros dos militares irrumpieron en la antigua cabaña de Norte, pero no llegaron lejos: los hijos de Fellia se abalanzaron sobre las tropas del Régimen, haciendo de su número un arma.
En cuanto sonaron los primeros disparos, la tanqueta se puso en movimiento. El teniente Julián, siguiente en la cadena de mando, se encerró en su interior y trató de comunicar en vano con su comandante.
—¡Vamos, sal de aquí! —ordenó al conductor. Aquel insólito ejército de mellizos cerró filas rápidamente en torno a sus hombres. El fuego de las ametralladoras abatió a casi una decena de ellos en pocos segundos, pero lograron clavar sus azadas en los cascos de los infantes y sus picos en el armazón de las armas, inutilizándolas. En menos tiempo del necesario para apreciar toda la escena, la plaza del pueblo se había convertido en un matadero.
—¡Replegaos! —ladró por el comunicador. Cada soldado le oía a través de la antena de su casco—. ¡Buscad cobertura, maldita sea! —Miró la pantalla táctica y señaló a la calle principal—. Sal por ahí.
El conductor obedeció, girando bruscamente la tanqueta sobre sus ruedas delanteras. Su sistema de suspensión dinámico alargó los ejes casi medio metro, compensando el desplazamiento del centro de gravedad. El vehículo consiguió efectuar un giro brusco a ochenta kilómetros por hora en menos de dos metros. Ciento noventa grados y la salida estuvo frente a sus ojos.
El teniente Julián observó el radar doppler: las balizas de los trajes inteligentes de sus tropas los diferenciaban dentro del grupo de atacantes, pero estaban muy mezclados. Era imposible abrir fuego de cobertura sin dañar a la mitad de su propio destacamento.
A su alrededor, la población civil huía despavorida. Entre llantos y peticiones de auxilio, varios pueblerinos pasaron por delante del blindado en lo que sin duda identificaban como el camino más corto a sus casas. Dos mujeres de mediana edad y razonablemente rápidas lo consiguieron; la tercera no tuvo tanta suerte. Su cuerpo fue golpeado por la defensa del vehículo y arrojado hacia delante varios metros. El conductor no aminoró.
—Busca un lugar a cubierto entre esas granjas —instruyó Julián, mirando de reojo la boya de socorro. Se trataba de un sistema que incorporaban los blindados de mando para solicitar ayuda inmediata en caso de emboscada del enemigo, pero únicamente tenía orden de usarla si su oficial superior había caído y resultaba imposible dominar la situación con los efectivos disponibles.
El teniente contempló la horda de campesinos miméticos, lanzándose sobre los fusiles de los soldados con una frialdad inhumana, como si fuesen robots programados en lugar de humanos. Pese a las cuantiosas bajas en el bando de los defensores, la estrategia estaba dando resultado: en pocos segundos ya no quedaría ningún soldado en pie.
Julián blasfemó contra la mayor autoridad divina que pasó por su cabeza, y tecleó el código de activación de la boya: una señal disparada al satélite y en cuestión de minutos aquel pueblucho de campesinos sería escoria humeante.
Entonces algo surgió de detrás de una cabaña, una mancha grande y veloz en el doppler. El conductor dio la alarma, pero Julián no escuchaba: introdujo la clave de activación en el ordenador y la cápsula que protegía el botón rojo se descorrió. En el exterior de la tanqueta, un dispositivo disparador se abrió en iris y una cuna de lanzamiento cargó el pequeño proyectil balístico, apuntando al cielo.
El botón rojo parpadeó.
Julián alzó la mano para golpearlo, cuando ocurrió:
Una mole de cuatro patas, altas y nudosas como las columnas del Partenón, se abalanzó con todo su peso contra la tanqueta. El conductor sufrió un acceso de pánico y frenó instintivamente, colocando el vehículo dentro del alcance de lo que semejaban dos enormes colmillos de un acero lustroso y radiante. Un rugido animal acompañó al manooth, guiado por el enfurecido Des, en su terrible embestida contra el blindado.
El impacto levantó la tanqueta del suelo proyectándola contra una casa de madera. La endeble construcción no aguantó su peso; reventó en una nube de astillas y trozos de cerámica, lanzando a sus ocupantes por los aires mientras el blindado pasaba a su través.
Seis vueltas de campana muy seguidas y la inercia terminó por agotarse. La tanqueta aterrizó en la linde del río, aplastó dos barcas de pesca y permaneció medio sumergida boca abajo, las ruedas aún girando inútilmente en el aire.
Des aplacó la ira del manooth con un parco ¡sooooo!, y descendió de la silla de mando. En cuanto sus pies tocaron tierra, un sonido llamó su atención: unos pies ligeros que se acercaban corriendo.
Al volverse descubrió a su hermana, Rudestaru, quien se hacía llamar Matrioshka para el resto del mundo. Cuando estuvo a su altura, se apoyó jadeando en sus propias rodillas y exclamó:
—¡Des! ¿Estás bien?
—Vaya, vaya. ¿A quién tenemos aquí? Pero si es Rudestaru —comentó, como si hablara con una piedra—. Llegas justo a tiempo. El general ha ordenado tu detención.
—Déjate de estupideces —acotó la joven—. Os han engañado a todos. He visto la batalla desde la colina. Muchos de nuestros hermanos han muerto en ese absurdo tiroteo.
El manooth sacudió sus grandes orejas para airearse. Como si fuera su trofeo personal, se sentó encima de la tanqueta medio sumergida para dejar su marca particular. Sus cuidadores solían enfadarse con él cuando lo hacía en la obra, dado lo difícil que resultaba limpiar sus heces, pero esta vez Des le dejó operar con aire de satisfacción.
La tanqueta se hundió un metro más en el agua, tocando fondo. Súbitamente, su compuerta se abrió.
Matrioshka apartó la vista. Los cuerpos del teniente Julián y el conductor no habían resistido las violentas sacudidas que siguieron al choque contra los colmillos del elefante, y yacían partidos en ángulos imposibles sobre la consola de mando. Una luz roja parpadeante emitía destellos desde un panel lateral.
Des extrajo de su cinto un cuchillo de caza y apuntó con su filo a los cadáveres.
—No apartes la vista, Ru. Esto es lo que les ocurre a quienes desafían a nuestro general. Sé que es cruel, pero también necesario para evitar males mayores.
—Eres como él —se mofó su hermana—. Tus labios sólo escupen sandeces horribles.
—Cállate. No entiendes nada de lo que ha ocurrido aquí en estas gloriosas semanas. Estás viendo el comienzo de una nueva era, pero eres demasiado estúpida como para darte cuenta.
Dio un par de pasos hacia ella. Matrioshka retrocedió asustada. La hoja del cuchillo reflejaba rodajas de un sol amplio y brillante.
—Espera, Des…
—No hay nada que hacer. Vendrás conmigo y te someterás. Están ocurriendo cosas demasiado importantes como para perder tiempo contigo.
La joven extrajo algo de su bolsillo. Des se cubrió, pensando en un arma, pero se trataba de algo mucho menos peligroso.
Un mechón de pelo que goteaba sangre.
Algunos gemelos se aproximaron. Ninguno se abalanzó sobre Matrioshka, pero la acorralaron contra la orilla. La joven, asustada, retrocedió hasta que sus talones chapotearon en el agua.
—¿Qué es eso? —preguntó Des, intrigado.
Su hermana se restregó el mechón por los labios.
—Esto es lo que los soldados han hecho con nuestra madre —murmuró—. Lo único que queda de Fellia.
Un silencio sepulcral siguió a sus palabras. Des sacudió la cabeza, resistiéndose a creerlo.
—Mamá está descansando y a salvo en la torre. El general vela por su seguridad.
—El general está muerto —dijo Matrioshka, rezando para que por nada del mundo le temblara la voz. Sus hermanos la contemplaban horrorizados. A ella y, sobre todo, al mechón de cabello que sostenía entre sus dedos crispados—. La han matado, Des. ¡La han incinerado con una horrible máquina! Esto es lo único que no ha ardido de nuestra madre.
Los bebés de Fellia se retorcieron y lloraron, vagando erráticos por la linde del río. Des apuntó a su hermana con el puñal, pero algo entorpecía sus movimientos.
—Zorra mentirosa… ¡Ella está bien! ¡Yo la he visto!
—No —sollozó Matrioshka— No, Des. ¡Despierta de una vez! Acabo de estar en la torre: vi arder a nuestra madre como una tea viviente.
Los niños que parecían hombres sintieron llegar la tristeza: una sensación algo más que emocional que partía de su cerebro, un combustible que ardía en lo más profundo de sus células y sus cromosomas, obligándolos a recombinarse. Trataron de luchar contra ello, pero mientras más trataban de acallar a Matrioshka, más veían aquella sangre que manchaba sus labios. Había algo indescifrable en su hermana, algo que les traía recuerdos del útero de Fellia.
Incluso Des, completamente convencido de que se trataba de un ardid, se vio obligado a soltar el arma.
—¡Cállate! —ordenó, cayendo de rodillas.
—Prendió como una antorcha. Las lágrimas que derramó por sus hijos, Des, aquellas lágrimas que dejó caer porque murió sola, fueron las que ardieron con el fuego más rojo.
—Cállate, por favor… —suplicó. El color de sus pupilas se diluía.
Pero Matrioshka no le concedió cuartel. Le restregó el mechón por la cara, chillando a pleno pulmón:
—¡Nuestra madre ha muerto! ¡Se ha ido, ya no volverá jamás! ¡Jamás!
—¡No quiero oírlo, cállate!
—¡Jamás, Des, nunca más volverá!
De repente, todo acabó.
Un denso silencio cayó sobre el río, roto únicamente por las ruedas de la tanqueta al girar en vacío. Los supervivientes de la camada estaban allí, en torno a Rudestaru, mirándola con una mezcla de horror e indignación.
Todos en completo silencio.
Matrioshka se arrodilló junto a su hermano y le abrazó, lentamente, temiendo que la golpeara o le clavara el cuchillo.
Pero Des no hizo nada de eso.
Su cuerpo había retrocedido en el tiempo, rejuveneciendo. Ahora era unos centímetros más bajo y menos musculoso; el mentón se había suavizado y su pelo era más corto, más desordenado, tan oscuro que reflejaba azules en lugar de negros.
Matrioshka le acarició. El surco de una lágrima plateaba su mejilla.
—¿Ma… mamá? —sollozó Des, alzando la vista.
Ella sonrió.
—Sí, mi amor. Soy yo.
Se fundieron en un cálido abrazo, mientras los vecinos salían presurosos de sus casas y corrían a socorrerlos. Matrioshka arrojó el mechón de su pelo manchado de sangre de conejo al río, consolando a su hermano. Des había retrocedido empáticamente hasta un momento anterior a su manipulación cerebral, forzando la recombinación genética de su mente. Incluso ella, a sabiendas de que no era más que un ardid, había notado cambiar algo en su interior, una transmutación fundamental que estuvo a punto de ocurrir por el mero hecho de imaginar a su madre gritando en soledad su dolor.
Aquel límpido día, que señalaba la obertura de la primavera, los hijos de Fellia lloraron.