6
EL DRAGÓN EN LA PIEL - 1
—La impresión de ver cómo su amiga moría ante sus ojos ha sido demasiado para su frágil corazón —resumió el doctor—. He conseguido traerla de nuevo, pero no sé si pasará de esta noche. Lo siento.
Los nudillos de Cagt estaban blancos de la fuerza con que apretaba los puños. Un par de gotas de sangre manaron de su pulgar derecho. Al relajar los dedos, descubrió que se había clavado las uñas en la carne.
Un grupo de batas blancas pululaba alrededor de su hija. Sus ojos le mostraban la escena con el bendito distanciamiento de los sentidos abotargados, como si él mismo fuese un mero espectador imparcial de su desgracia. Mora yacía en cama, la habían intubado y necesitaba ayuda de una bomba insufladora para que una débil corriente de aire alcanzara sus pulmones. Su piel estaba tan pálida que parecía un cadáver insepulto.
Pero vivía. Respiraba. Una vez tras otra, pausadamente y sin dolor.
—Gracias, doctor —murmuró, tratando de encontrar lágrimas que ayudaran a mitigar su angustia—. Haga lo que pueda por ella, ¿de acuerdo? No la deje ir.
—Lo intentaré. Ahora váyase a casa y descanse. Lo que ha hecho esta mañana por los demás niños ha sido…
—Lo sé —acotó el milagrero, y le dio la espalda. Con las manos en los bolsillos, descendió la calle enlodada. Había llovido por la noche.
Su viejo carromato esperaba junto a la cabaña, presto a continuar el viaje en cualquier momento. Su animal de seis patas, Jok, resopló como un cetáceo en cuanto le vio acercarse al establo. Cagt acarició su crin de extraños colores y, abriéndole la boca, comprobó que ninguna piedra o ramita se hubiera trabado en sus barbas cribadoras.
—Nunca debimos habernos detenido en este maldito lugar, Jok. —Esperó un segundo, como si escuchase algo. Luego frunció el ceño en dirección al caballo—. ¿Cómo? Pues porque necesitábamos comida, por qué va a ser.
—¿También puede hablar? —dijo una voz femenina. Sin volverse, el milagrero respondió:
—No, pero yo le escucho igualmente. Es una facultad que desarrollamos los viejos solitarios. También suelo hablar mucho con mi conc… con mi hija —corrigió, esforzándose por adoptar algunos modos del habla local—. ¿Nos conocemos?
Amber se acercó al caballo y lo acarició con naturalidad. Cagt dio un respingo.
—¿Ocurre algo?
—No, es que… No suele dejarse tocar por nadie que no sea yo.
La mujer localizó una piedrita escondida entre las barbas del animal. La extrajo con sumo cuidado.
—Tengo un don especial para las criaturas salvajes.
—Pero ésta la programé yo. —El milagrero observó a su animal con reproche—. En su patrón de instintos incluí el recelo hacia cualquier persona que no fuéramos sus amos. Una especie de mecanismo antirrobo. No entiendo cómo no funciona con usted.
Amber sonrió. Resultaba curioso cómo ese gesto no hacía sino remarcar la profunda tristeza de sus ojos.
—Le felicito por lo de esta mañana. Fue algo grandioso.
—No es para tanto…
—Sí que lo es —afirmó la mujer, con tanta convicción que Cagt no pudo discutírselo—. Entre usted y ese chiflado de Norte han descubierto el origen de la enfermedad de los niños. Hasta ahora desconocíamos que fuesen entes empáticos, sensibles a las emociones más básicas. Estaban tristes; usted les alegró la vida, y con ello ha conseguido prolongarla un día más. Eso es importante.
Cagt asintió. Durante años había tenido que lidiar con charlatanes de gran carisma capaces de convencer a cualquiera de prácticamente cualquier cosa, pero aquella mujer no escondía mentiras en sus palabras. Simplemente decía la verdad con una templanza y serenidad que volvía ridículo cualquier intento de replantearse sus argumentos.
—Me llamo Amber —se presentó, estrechando su mano—. Es un placer conocerle, aunque admito que al principio no me pareció más que un charlatán bobalicón que sólo deseaba llevarse nuestro dinero.
Cagt encajó lo mejor que pudo el ataque de sinceridad y le devolvió el apretón.
—El placer es mío. ¿Vive en Torre desde hace mucho?
—Resido en este valle desde antes que Norte amontonase las primeras piedras del pueblo. Fui yo quien le mostró el acertijo, aunque él lo interpretó como un descomunal proyecto de arquitectura.
El milagrero se rascó la barba, abatido. De repente regresó toda la tristeza.
—No deje que le venza —dijo Amber.
—¿El qué?
—La falta de esperanza. Siempre hay una solución, hasta para enfrentarse a la muerte. Sólo es cuestión de encontrarla.
Cagt rió sin ganas.
—Dicen que la muerte es el único extremo de la vida que no tiene remedio.
—¿Y quién dice eso?
—Pues… eh —titubeó—. La gente, supongo.
—Gente que no ha sido capaz de encontrar ninguna solución con anterioridad, ¿verdad?
—Imagino que sí.
Amber deshizo un nudo en la crin de Jok.
—Que nadie la haya encontrado antes no implica necesariamente que la solución no exista. Búsquela con el suficiente ahínco, y seguro que triunfará.
—Interesante idea. Pero no creo que me quede tiempo suficiente. A mi hija, desde luego, no le resta demasiado.
—Asusta hablar en serio sobre este tema, ¿verdad?
—Sí.
—En ocasiones pienso que, en lugar de sopesar la cantidad de tiempo que nos queda por delante, deberíamos analizar la presencia misma del tiempo entre nosotros. Si comprendiésemos mejor a nuestro verdugo, tal vez podríamos combatirlo.
—¿Quiere pasar adentro? Aún me queda un poco de café.
La mujer sacudió la cabeza.
—No, gracias. Prometí no volver a cruzar esa puerta hasta que Torre cumpliese su objetivo y desapareciera de una vez.
Cagt miró hacia el andamiaje de la inmensa atalaya de Norte.
—Eso puede demorarse mucho. Y no estaré aquí para verlo.
—¿Por qué no?
El milagrero alzó los hombros.
—Porque no tengo motivos. Si Mora no lo consigue… —Su voz acabó muriendo.
Amber meditó unos segundos, muy callada, como hacía siempre que se enfrentaba a un problema.
—Sí que los tiene —concluyó—. Termine lo que ha empezado esta mañana.
—¿Qué es lo que he empezado?
Hizo un gesto hacia el hospital.
—Ellos aún no están curados. Necesitan un milagro mayor que les saque para siempre de la tristeza, algo que les demuestre que en el mundo todavía existe la magia, la ilusión por vivir.
—¿Y qué puedo hacer si la gente me ve como una especie de chiflado peligroso? Nadie deja que me acerque a menos de dos metros de sus animales, no vaya a ser que cuando se den la vuelta les añada ocho patas —bufó.
Amber rió musicalmente.
—Eso es porque se ha equivocado usted de profesión, señor milagrero. Escúcheme, entre ahora en su casa, siéntese frente a ese café, y plantéese esto: ¿cuál es el único lugar del mundo en el que la gente acepta las cosas más estrambóticas, las más excéntricas o paradójicas? ¿Qué umbral suspende automáticamente el sentido de la incredulidad al ser rebasado?
—¿A qué se…? —comenzó Cagt, pero ella le silenció posando un dedo en sus labios.
—Ssssht. Mi gato debe de estar echando de menos su comida. Vaya adentro y piense.
Dicho esto se marchó. Jok relinchó con su característico sonido de bolsa desinflada al verla alejarse.
Cagt permaneció unos minutos de pie, en silencio, y luego entró en la casa dispuesto a seguir su consejo.
* * *
Mora no partió en los días subsiguientes. Se aferró tenazmente a la vida y, aunque su estado empeoraba por momentos, vivió para contemplar otros siete amaneceres.
Durante ese tiempo Cagt apenas abandonó su cabaña. La gente no le vio ir al mercado, ni en la orilla del lago recogiendo agua, ni siquiera visitando el hospital para ver a su hija. Algunos decían que entraba a escondidas por la noche y la velaba hasta el amanecer, momento en que regresaba a su laboratorio y continuaba sus misteriosos experimentos. Llegó incluso a extenderse un rumor sobre pactos cabalísticos con fuerzas malignas y tratos de almas. Cuando querían, los habitantes de Torre podían llegar a ser muy supersticiosos.
Corrían habladurías sobre humo coloreado y luces danzarinas que escapaban por la chimenea, entre otras aberraciones. El milagrero parecía querer fomentarlos, pues realizó visitas puntuales a los ganaderos de la zona con el único propósito de comprar animales enfermos o que estuviesen a punto de morir. Como no tenía dinero para pagarlos, convenció a los dueños de las bondades del trato, ya que ellos no invertirían esfuerzos en enterrar ni quemar los restos, y además obtendrían buenos descuentos en la futura compra de redomas de crecepelo.
Un día, la señora Boubejolais (que lucía con orgullo una melena más espesa de lo habitual, eso sí, sutilmente teñida de plata) se llevó tal susto cuando pasaba a toda prisa por delante de la cabaña de Cagt que casi la tuvieron que recoger del suelo.
El milagrero abrió con violencia la puerta. La cincuentona gritó. Cagt se disculpó y atravesó el pueblo a toda prisa, haciendo cuentas con los dedos. Correspondía parcamente a los saludos de la gente, pero su cerebro parecía estar muy lejos, sumido en secretas cavilaciones.
Antes de que la socorrieran los vecinos, Boubejolais trató de echar un vistazo al interior del laboratorio. Pero aparte de unas sombras extravagantes que poseían la facultad de moverse por sí mismas, no pudo sacar nada en claro. La puerta se cerró por sí sola dejándola con un palmo de narices.
Cagt no fue lejos: visitó a las hilanderas, que habían acabado su trabajo confeccionando trajecitos para los niños de Fellia. Aburridas, se dedicaban a reparar sus laberínticos telares de múltiples lizos. Habló con ellas durante más de dos horas a puerta cerrada, y nadie supo a qué trato llegaron, pero al acabar se pusieron de inmediato a confeccionar largas telas rectangulares, cada una del tamaño de un hombre adulto.
En los días subsiguientes, Cagt alquiló algunos obreros desocupados para que trasladasen muchos kilos de tela a las afueras y los cosiesen unos a otros.
Algo grande comenzaba a tomar forma. Una forma de enorme caparazón azul.
* * *
El día antes de hacer su gran anuncio, Cagt se llevó a su hija del hospital sin dar explicaciones.
El médico trató de detenerle, alegando que su estado de salud era extremadamente precario; si la sacaba de allí tenía muchas probabilidades de morir. Pero cuando el milagrero le preguntó durante cuánto tiempo podría mantenerla con vida si la dejaba en el hospital, el doctor no tuvo más remedio que encogerse de hombros.
Así que trasladó a su hija a su laboratorio y, una vez todo su instrumental estuvo preparado, sus redomas burbujeando y sus bisturís afilados, la desnudó completamente, la tumbó sobre la mesa de operaciones, y le susurró al oído:
—No te preocupes, pequeña mía. Papá conseguirá que engañes a la muerte.
Y procedió a operar.
* * *
El día en que se cumplía una semana de la recaída de Mora, Cagt hizo un anuncio espectacular.
Convocó a todo el pueblo en las afueras, en una explanada junto al lago. Les esperaba en la entrada de su voluminosa construcción: una gran carpa de circo tejida a mano con capacidad para todos los habitantes de Torre, más el centenar de niños del hospital.
La madre insecto había dado a luz en esos días una nueva camada, más de ciento veinte bebés nuevos, todos muy rosados, indefensos y desprovistos de vello. Norte se tiraba de los pelos ante la nueva demanda de leche, pero Cagt le tranquilizó, rogándole que esperase a esa noche.
Así, el pueblo entero (incluyendo los nuevos bebés, trasladados en cunas rodantes a pesar de las protestas de las enfermeras) se congregó intrigado a las puertas del circo. Una vez se comprobó que no faltaba ninguno, Cagt encendió sus altavoces:
—Pueblo de Torre —anunció—. Esta noche vais a presenciar un espectáculo sin parangón en los anales de la historia. Algo que, os advierto seriamente, puede causar más de un desmayo y herir muchas sensibilidades entre las mentes no preparadas.
Hizo una pausa de rabiosa eficacia. Un montón de melenas canosas se volvieron unas hacia otras y cuchichearon. Sabían perfectamente que si quien lo prometía era Cagt el milagrero, semejante exageración tenía muchos visos de ser cierta.
—Algunos de vosotros me acusasteis una vez de criar animales antinaturales. Ahora os propongo que entréis en mi circo, el Absolutamente Grandioso Torneo de la Carne, para que seáis testigos de lo que la magia de la alquimia ARN es capaz de hacer.
Un escalofrío recorrió a los presentes. El milagrero se hizo a un lado, despejando el paso. La gente entró en aquel recinto tétrico, casi totalmente a oscuras, sin atreverse a murmurar.
Albergaba una pista circular de diez metros. La escasa luz de luna que filtraban los encajes les permitió apreciar detalles como la altura de la carpa o varios trapecios que colgaban del techo. Las primeras filas de las gradas estaban especialmente adaptadas a niños, con asientos más altos y correas para sujetar a los más pequeños. Los bebés fueron colocados en cunas en un anexo despejado, muy cerca de la pista.
Los ciudadanos de Torre ocuparon trémulamente sus asientos, y se hizo el silencio.
Durante unos minutos no sucedió nada.
Norte se encontraba entre los asistentes. Localizó a Amber sentada en una grada, lejos de su zona. Estuvo mirándola largo rato, esperando que ella también le localizase, pero no ocurrió. La mujer extrajo de una bolsa un conjunto de croché y se puso a hacer punto, absolutamente tranquila, mientras sus vecinos de grada susurraban nerviosos.
De repente, un foco iluminó un fragmento de pista.
Todos saltaron en sus asientos.
Bajo el cañón de luz estaba Cagt, vestido con un traje estrafalario que lo hacía parecer un ministro que hubiera tropezado con varios cubos de pintura. Tenía un gran lazo moteado en torno al cuello, un estrecho sombrero de copa, un largo bastón de puño plateado, y unos jocosos mocasines forrados de lentejuelas.
Su semblante era tan serio que nadie rió.
El milagrero los contempló lentamente, de un extremo del recinto al otro, como un general estudiando al enemigo. Cuando acabó, alzó el bastón por encima de su cabeza.
Las miradas de un centenar de niños enfermos se clavaron en él.
—Niños, niñas —exclamó—, os presento el Grandioso y Turbador Anfiteatro de Cagt, maravilla entre las maravillas, mostrándose por primera vez ante vosotros. Despejad bien los sentidos, pues jamás seréis testigos de cosa igual en vuestras cortas vidas.
La luz se extinguió. Los presentes exhalaron un suspiro ansioso, al tiempo que sonaba una música indefinible y las cortinas del extremo de la pista se abrían y entraban, trotando como rocines en celo, las primeras maravillas.
De entre bastidores surgió un caballo. Todos pensaron en Jok, pero tenía sólo cuatro patas y una crin de oro tan larga que flameaba como una bandera a medida que iba evolucionando por la pista. Su antiguo dueño debió de reconocerlo, ya que vociferó:
—¡Eh, ésa es Estela!
Pero había poco de la vieja yegua Estela en aquel magnífico corcel: de su frente partía un único cuerno tallado en marfil, retorcido sobre sí mismo tantas veces que parecía la instantánea de un tornado.
Era un unicornio. Uno de verdad.
Una pieza de ópera surgió del rozamiento de sus crines, abrazando al público como si surgiera de todas partes y ninguna, flotando etérea y contrapunteada por el chacoloteo de los cascos. Su rítmico golpeteo reverberaba en la arena como el péndulo de un reloj sobre el cadalso.
Tras el unicornio aparecieron volando dos enormes serpientes de casi tres metros de longitud, con alas de plumas tan blancas como las primeras nieves del invierno. Salieron a la pista y se dedicaron a ejecutar complicadas maniobras en torno a los trapecios.
Luego vinieron peces voladores con pulmones colgando de la panza, gatos de pelaje cristalino que podían emitir señales luminosas como las luciérnagas, nereidas encerradas en peceras transparentes con forma de damas de hierro, y un genio del fuego, un efreet, que asustó a los adultos tanto como agradó a los niños. Subrayó su momento de gloria con una deflagración, avanzando escoltado por machos cabríos que en lugar de cuernos tenían hibridados arbustos con flores, y seguido por un desfile de animales extintos: dodos, guanatíes y aves roe. Todos pasearon su imposibilidad por delante de las gradas, sus gorjeos, balidos y rugidos restallando entremezclados con las voces de tenores y sopranos.
El público, en contra de lo que cabía esperar, no se asustó ni echó a correr: en lugar de eso aplaudían, dejándose encandilar por el más difícil todavía, preguntándose qué pesadilla de lunático sería la siguiente en salir a la pista. El espectáculo alcanzó su clímax cuando una bandada de jilgueros de plumaje iridiscente irrumpió en el recinto, revoloteando unos en torno a otros llenando el aire de arco iris anudados.
Norte apenas parpadeó en todo el tiempo que duró el desfile. Casi no podía creerlo: Cagt había trabajado noche y día para transformar aquellos animales, que en su momento habían sido cabras, perros y caballos enfermos, en figuras mitológicas vivas. Entonces entendió por qué a su circo debían ir todos los niños, hasta los más enfermos (que ahora chillaban de alegría extendiendo sus manitas hacia los animales):
Era un circo de sueños.
Escondida entre la multitud, Amber sonreía satisfecha, demasiado concentrada en su ganchillo para mirar a la pista. Estaba dando los últimos retoques a una sudadera amarilla.
Al finalizar el espectáculo, con el esperado regreso del anfitrión a lomos de Jok, todo el mundo se puso en pie aplaudiendo. Fue una ovación sin precedentes, como nunca antes se había oído alguna en las tierras de los valles.
El milagrero saludó con su sombrero de copa, dio tres vueltas completas a la pista y desapareció seguido por sus maravillas. El clamor de los espectadores no se apagó hasta mucho después de que se extinguieran las últimas luces.
* * *
—¡Cagt! ¿Estás ahí?
—Pasa, Norte —invitó una voz. Las puertas del camerino se abrieron. El milagrero se estaba enjuagando el maquillaje con una toallita mojada en alcohol.
—Creo que aunque viva mil años jamás dejaré de asombrarme ante tus logros.
—¿Ha estado bien? —se interesó Cagt.
—¿Que si ha estado bien? —Norte no podía contener su alegría—: ¡Ha sido fantástico! ¡Prodigioso! Y está ocurriendo algo totalmente inesperado: ¡los niños de la madre insecto están creciendo! Maduran por segundos, ganando altura y fuerza. Mañana por la mañana serán jóvenes robustos y totalmente sanos. ¡El doctor no para de encargar trajes nuevos a las hilanderas!
—Qué bien. —El tono relajado del milagrero no reflejaba excesivo entusiasmo—. Ya te dije que eran entes empáticos. Su edad y características fisiológicas son una función directa de sus emociones.
Ten cuidado con entristecerles en el futuro o tendrás que desempolvar los biberones.
Norte se sentó en una pequeña sillita. Creía haber visto antes aquel lugar, y no fue hasta un rato después cuando supo dónde: las vigas habían pertenecido al establo de Amber.
—¿Qué te ocurre, amigo? ¿Es por… tu hija?
Cagt meditó unos segundos. Luego gritó:
—¡Mora, ven!
—Un segundo, papá. —Una voz vivaracha llegó desde más allá de las cortinas. Al momento éstas se abrieron y entró la pequeña Mora, cargando unos cubos de agua para los animales.
Estaba viva, en pie y con un aspecto saludable y trabajador. Lo único que la diferenciaba de la niña sufriente que Norte había conocido (aparte de la espectacular remisión de su enfermedad) era una especie de dragón que llevaba tatuado en el cuello. Vestía una sudadera amarilla.
Al verle, le plantó un beso en la mejilla.
—Hola, señor Norte. ¿Le ha gustado el espectáculo?
—El… espec… ¡Dios! ¿Cómo estás, niña?
—Bien, supongo. Tuve un sueño muy extraño el otro día.
—¿Un sueño?
—Flotaba por encima de una ciudad dormida que de repente despertaba, y dejaba escapar su espíritu en forma de lluvia de oro. No lo entiendo, pero era algo así. ¡Ah, por cierto, ya he resuelto su adivinanza!
—¿Qué adivinanza? —preguntó su padre.
—Averiguar qué tres cifras idénticas hemos de sumar, que no sean tres veintes, para obtener 60.
—¿Y cuáles son?
Mora sonrió.
—55 más 5.
—Eres muy sagaz, pequeña.
—Lo siento. —Echó un vistazo al reloj de la pared—. No puedo entretenerme. He de dar de beber a los sirénidos o se secarán y morirán.
—No te olvides de apagar al efreet o no habrá más funciones en esta carpa —le recordó su padre.
Mora abandonó el camerino como una exhalación.
Norte semejó durante un instante el paradigma de la perplejidad, haciendo que Cagt estallara en risas.
—Ay, amigo mío, parece como si hubieras visto un fantasma.
—Tal vez lo haya visto. El doctor aseguró que Mora no llegaría viva a la semana de convalecencia. ¿Cómo…?
—Eres listo: ya te darás cuenta por ti mismo —suspiró—. ¿Sabes? Creo que no hay razón para que continúe mi viaje. Mora está curada, así que no existe motivo para seguir buscando un remedio. Y no le vendría mal tener un par o tres de amigos fijos.
—¿Significa eso que te vas a instalar definitivamente en el pueblo?
Cagt se restregó la toallita por debajo de los ojos, dejando un corrimiento de rímel muy oscuro.
—Me quedaré al menos hasta que Torre cumpla con su cometido y se disuelva. Creo que mis habilidades serán muy útiles en la construcción de ese edificio tuyo. ¿Coñac?
Norte asintió. El milagrero desempolvó dos copas, abrió su petaca de licor y vertió sendas medidas. Luego alzaron el cristal para brindar por el futuro.
—¿Se te ocurre algún brindis que merezca la pena, arquitecto?
Norte se encogió de hombros.
—Da igual. Por los milagros.
* * *
Después de aquel día la población de Torre se incrementó espectacularmente. No sólo la primera camada de la madre insecto se desarrolló en la misma noche del espectáculo, sino también la recién llegada. De bebés pasaron a niños y de ahí a adultos —casi todos varones— en un margen de apenas ocho horas.
Eso planteaba problemas. Uno de los encargados del hospital se llamaba Ted Uliakos, un hombre que necesitaba lentes muy graduadas para mirar al mundo y carecía casi totalmente de vello corporal. Éste era un proceso de depilación permanente que algunos habían visto realizar en prisiones de alta seguridad, como rocas orbitales o alcázares para disidentes políticos. Por lo que conocían de su historial, Ted muy probablemente podía haberse fugado de uno de estos centros penitenciarios (campos de concentración, como los llamaba él) en algún momento de los últimos cinco años. Oyendo sus opiniones en contra del régimen ultrasocialista de Cruces, se entendía por qué:
—Yo los mataría a todos con una pistola. Que prueben una ración de su propia medicina.
Ted, si es que ése era su verdadero nombre, aparte de ex prisionero político también resultó ser un excelente pediatra y psicólogo. Antes de abandonar su carrera impartía conferencias en Puerto Fomalhaut (una de las cinco grandes ciudades platelminto del país) a las que asistían importantes profesionales de su campo, y en sus tiempos como rector de universidad había escrito una lista inacabable de libros sobre disfunciones del desarrollo infantil.
Por ello todos le prestaron atención cuando, en mitad de una reunión valorativa del estado de las camadas, explicó con su singular acento cargado de silencios:
—El caso de las generatrices insecto… hum… es muy difícil de valorar, dado que muy pocas han logrado ser aisladas para su estudio en laboratorio. Cada una presenta capacidades fisiológicas diferentes al resto… Es como… si su acervo de portentosas habilidades genitivas viniese predeterminado por su propia evolución en el vientre de la madre, como ocurre con las huellas dactilares.
—¿Puede hablar más claro? —demandó alguien. Ted encajó correctamente el puente de las gafas sobre su nariz. Era un hombre bajo y ancho de espaldas, con manos de dedos tan gruesos que parecía imposible que pudiese encajarlos en las teclas de una máquina de escribir. Por cada letra que pulsase, dos o tres más saltarían como cigarras hacia el carro.
—Lo intentaré: las huellas dactilares de una persona normal, usted, yo… cualquiera, se forman porque las oscilaciones del líquido amniótico dejan impresiones en la piel del feto. De ahí que cada uno tengamos nuestro propio patrón digital. Los movimientos que ejecuta nuestra madre durante la gestación se nos dibujan en los dedos. —Agitó su mano simulando el vaivén de una ola—. Pues bien; por lo que tengo entendido, con una generatriz ocurre algo similar: la interacción con el vientre de su madre ejerce cambios en la construcción, llamémoslo el bioware, de su futura placenta.
—¿Y eso qué significa?
—Pues que las características físicas de los niños, incluso el contenido de su mente, vienen predeterminadas por su circuitería física. Sus… neuronas.
—Claro —asintió Norte, sentado a la cabecera de la mesa de reuniones—. Eso explica por qué los bebés han crecido sabiendo hablar el idioma de su madre.
—Es bastante probable —confirmó Ted— aunque también heredarán sus defectos lingüísticos. Es por ello que resulta muy difícil enseñarles cosas nuevas. Para que adquieran un conocimiento totalmente original… deben asimilarlo muy poquito a poco. Tiene que darle tiempo a su cerebro a traducirlo en estructuras de puertas lógicas. —Meditó en voz baja unos segundos—. Sí… por supuesto. Eso implicaría que cada uno sepa su nombre ya desde el momento de nacer. O que casi todos sean varones, como en la camada anterior. Posiblemente compartan fenotipo.
Una mujer alzó la mano.
—¿Es por eso que no responden a los nombres que les hemos puesto? Se llaman a sí mismos de maneras muy raras.
—No todos —apuntó Taylor Pankratis, el médico a cargo del hospital de campaña—, Matrioshka sigue respondiendo a ese nombre, aunque también tiene otro propio… como más interior.
—¿Pero por qué no se llaman como nosotros? —insistió la mujer.
—Umf. Eso es porque su madre no llevaba en su cabeza una lista de los nombres de moda en esta región —argumentó el psicólogo, arrancando algunas risas del público—. Dígame, ¿usted trabaja en maternidad?
—Sí, soy enfermera.
—¿Nos puede decir cómo se llaman los chicos unos a otros?
—Pues… el único nombre que he logrado aprenderme de memoria es Desita… No. —Volvió a empezar, más despacio—: Desitaderutataru, o algo así.
Hubo más risas. Norte alzó las cejas, impresionado.
—Increíble. Es un código de ocho bases nitrogenadas pronunciado en voz alta.
Ted tableteó con sus enormes dedos en el apoyabrazos de la silla.
—Y tal vez sea la contraseña lógica de acceso a sus recuerdos. ¿Os dais cuenta? Alguien… hum… con una ligera falta de escrúpulos y suficientes conocimientos de bioquímica podría reprogramar el cerebro de esos chicos a su gusto. Tan sólo basta con conocer el código que cada uno lleva grabado en el locus.
Todos callaron. Norte apartó esos pensamientos con un ademán y concluyó la reunión.
—Olvidémonos de controles mentales y aberraciones fascistas. Hay que proteger a estos muchachos de las malas influencias, ahora que aún son susceptibles a estímulos externos. Ted, tú y los de maternidad quedaos un momento. Los demás podéis iros.
La reunión se disolvió. Norte y el grupo médico enumeraron las características que parecían compartir ambas camadas (unos veinte años de edad aparente, constitución atlética y rasgos faciales tan parecidos que costaba distinguirlos entre sí. Parecían la mayor generación de mellizos jamás nacida).
Alguien propuso que, puesto que era necesario mantenerlos ocupados, se les podría dividir en grupos: unos desempeñarían labores en el campo, plantando y recolectando comida para alimentar a la comunidad, mientras que otros podrían convertirse en magníficos obreros para la Torre.
Al oír esta posibilidad, a Norte se le iluminaron los ojos. No estaría nada mal, pensó: una compañía entera de albañiles jóvenes, fuertes y motivados. Habría que someterles a un curso intensivo de albañilería, pero una vez aprendieran las técnicas básicas jamás las olvidarían: las conservarían grabadas en su cerebro y sólo podrían añadir información, nunca perderla. Así multiplicaría por varios enteros la velocidad de los trabajos.
Por supuesto, al proponerlo a la junta de gobierno (a la que pertenecía Amber, aunque su asiento solía permanecer vacío) hubo quien protestó. Algunos alegaron que, pese a su aspecto, esos muchachos seguían teniendo pocos meses de edad; no se les podía obligar a cumplir una dura jornada de nueve horas de trabajos pesados.
Norte recurrió a Ted para que les explicara el principio de memoria genética, según el cual cada niño contaría desde la cuna con el conocimiento en bruto legado por su madre, incluyendo el idioma, instintos de supervivencia, y un acervo de costumbres que habría costado años inculcar: asearse, vestirse, estrategias de convivencia, instintos sociales de preservación del grupo, etc.
Eso disipó casi todas las dudas. Tras la votación, Norte no tuvo muchos problemas en hacerse con la dirección de un ejército suplementario de trabajadores para su edificio.
* * *
Los siguientes meses transcurrieron apaciblemente, aunque con bastante trabajo para todos.
Las habilidades para la bioquímica y los sistemas de inteligencia artificial de Cagt fueron de mucha ayuda en diversos campos. El milagrero diseñó especialmente algunos animales para su uso en la obra: creó chimpancés con bolsas marsupiales para elevar ladrillos a los andamios; águilas parlantes como loros para explorar con su aguda vista los defectos de construcción y dar parte a los capataces; o lo que Cagt mismo llamaba «el manooth», un enorme elefante de largos colmillos reforzados en acero (con una columna vertebral formada por herrajes trenzados, como el mástil de una grúa), empleado en los trabajos más pesados. Con eso paliaba el desgaste de los cristales antigravitadores del antiguo bajel de Fellia, usados hasta entonces para aliviar la carga de las grúas, pero tan agotados ya que casi no tenían potencia ni para compensar el peso de un ser humano.
Cagt trató también de fabricar peones de obra robóticos. Construyó dos cuerpos semejantes a hombres mecánicos, androbots pintados con esquemas de líneas amarillas y negras al estilo de la maquinaria industrial. Pero tuvo que abandonarlos en su almacén porque los pueblerinos protestaron: diseñar animales era una cosa, pero no querían verle manufacturar monstruos de Frankenstein o reavivarían el recelo con que le recibieron en el pueblo la primera vez.
El milagrero se encogió de hombros y, tras forrar a sus criaturas con papel para repeler a las cucarachas, las guardó en el trastero de su casa. No dejaba de resultarle curioso que los habitantes de Torre temieran tanto a los androbots, y al mismo tiempo aplaudieran los elefantes y monos artificiales.
Su aportación fue definitiva asimismo en la programación del ordenador tricéfalo de Norte, Platón. Las facetas de su engrama de conciencia, Aristón, Perictione y Pirilampes, dejaron de pelearse entre ellas gracias a las nuevas órdenes introducidas por el milagrero, y se concentraron en la tarea de descifrar el enigma de la Xfinge. Cuando Norte le preguntó qué había hecho para conseguirlo, Cagt explicó:
—Cada fragmento de personalidad estaba programado por separado para sobreponerse a los desafíos y triunfar. Esto en grado extremo les había llevado a un tipo de competencia autodestructiva: se estaban peleando por ser el centro de toma de decisiones. Lo que hice fue expandir su terreno de acción, haciéndoles creer que son seres vivos que se mueven en un entorno digital. Les he otorgado a cada uno un país que gobernar, de manera que su objetivo sea construir una torre. Ahora los tres están convencidos de que son reyes y que nosotros somos una especie de «entidades» del más allá, o algo así…
Norte no parecía muy convencido de las bondades de tan extravagante sistema, pero la estrategia funcionó. Cada reyezuelo digital contaba con una serie de recursos (una representación de los materiales de construcción y mano de obra disponibles en el mundo real) y los administraba a su manera. Al final de cada jornada, se comparaban los resultados de cada uno y se tomaba en consideración el que hubiese empleado la técnica más inteligente para resolver el problema.
Además, el tener un ambiente más o menos realista en que situarse («realista» para la manera como estaban programados los engramas, con su afán exacerbado de reunir características de pensamiento humanas en una loca carrera por parecerse al máximo a su ensamblador), les permitió descubrir asombrosas alternativas. Por ejemplo: tras el apasionante momento en que uno de los tres se dio cuenta realmente de que la gravedad tiraba de los objetos hacia la tierra, lanzó una manzana conceptual al aire y dictaminó:
—*La gravedad es una condición absoluta*
Sin embargo, la sorpresa de sus creadores fue mayúscula cuando las tres personalidades abandonaron la edificación de una torre común, y se dedicaron a levantar cada una su propio edificio.
Cuando les preguntaron por qué habían hecho eso, Perictione, la única con rasgos de personalidad «femeninos», respondió:
—*Estoy cansada de aguantar a esos dos inútiles. Cada uno lo haremos a nuestra manera a partir de ahora. Veréis como va mejor.*
Aristón resultó ser el más agresivo. Dictaminó una política totalitaria de gobierno, obligando a sus hombrecitos virtuales a trabajar a pleno rendimiento por la fuerza. Sus peones vivían, comían y hasta dormían sobre los andamios. Consiguió que su proyecto avanzara al principio más rápidamente que el de los otros, pero el progresivo agotamiento de los obreros le acabó frenando. Hubo incluso un amago de amotinamiento que el monarca digital aplacó por el expeditivo método de reiniciar el programa.
Pirilampes fue más cauto: distribuyó los recursos según áreas y comenzó a construir su torre modularmente. Concebía su trabajo como un puzzle, adelantándose a los acontecimientos, imaginando cómo quedaría el conjunto una vez reunidas las piezas. Esto hacía que sus diferentes departamentos trabajasen más a gusto y con mayor control sobre su sección, pero generó un problema a la hora del maridaje final: montar un barco o un edificio de diez plantas no es lo mismo que ensamblar una torre de casi cien metros de base por un kilómetro de altura. Muchos de sus intentos se desplomaron por efecto del sobrepeso o de malos anclajes.
Perictione, abiertamente en desacuerdo con los métodos de Aristón, prosiguió con la estrategia fundamental: confiaría en la buena administración de recursos y en sus cálculos matemáticos para avanzar todo lo que pudiera, hasta toparse con algún problema irresoluble. Éste no se presentó durante los primeros «años» de construcción simulados, pero en un determinado momento (que quedó anotado en el registro como «entrada 29410031/57018-FFD: acontecimiento postular inesperado») el programa se detuvo. Perictione dio la orden de suspender los trabajos a sus obreros de mentirijillas, y quedó a la espera.
No fue la única. Doce mil ciclos de reloj después, los otros dos procesadores se contagiaron de la anomalía y también detuvieron sus cálculos.
Cagt notó este comportamiento inusual al amanecer de la cuarta jornada tras el comienzo del experimento.
Inmediatamente consultó los registros, buscando cualquier bloqueo en el sistema. Ordenó al ordenador imprimir las últimas tres mil entradas y, armado con una gran cafetera y mucho azúcar, las inspeccionó una por una.
Siete horas después seguía sin averiguar el motivo de tal parón. Lo extraño del asunto era que toda la estructura de la red lógica, al menos a nivel técnico, parecía funcionar bien.
—¿Y qué coño es un «acontecimiento postular inesperado»? —murmuró, desfilando como un sonámbulo por la habitación—. ¿Por qué es inesperado?
Repasó las últimas diez entradas: todo parecía ir como la seda hasta que, sin previo aviso, Perictione decidió no tomar en cuenta su directiva principal, emular la construcción de su edificio. Ese tipo de órdenes no podían ser ignoradas por el sistema: cualquier dato o comando introducido desde el exterior (es decir, por parte de los programadores) debía ser respetado como una orden divina.
Un hoyuelo de incredulidad se hundió en su frente.
Una orden divina.
Sin saber qué más hacer, requirió urgentemente la presencia de Norte.
—¿Dices que se detuvieron de repente, sin más? —preguntó el arquitecto en cuanto se hizo cargo del problema.
Cagt sumergió su cara en el fregadero, empapándose del agua procedente del deshielo que entraba directamente de los acuíferos a las cañerías del pueblo. La noche anterior había tenido función en su Circo de Sueños, y apenas había dormido desde entonces. Se les había olvidado apagar al efreet y éste, jugando, había prendido fuego a la cuerda del trapecio.
—Exacto. Sin más, ¡puf! —abrió de golpe sus dedos—. Fallo total del programa. Es una jodienda.
—Ajá.
—Y parece que se pelean otra vez. Perictione opina que Aristón es un fascista y le ha prohibido que coteje con ella sus datos. El otro se ha enfadado y se niega a prestarle asistencia matemática. Estoy seguro de que se declararían la guerra si pudieran invadirse sus parcelas de memoria.
—Ese Aristón es un tipo peligroso. Ha inventado el fascismo en su pequeño mundo simulado y parece que lo está aplicando con éxito. Habrá que analizar bien sus sugerencias de ahora en adelante para que no nos cuele ninguna trampa.
—Ya estoy harto de payasadas e inteligencias paranoicas. Apágalo y vamos a echarnos un trago, anda.
Norte revisó los papeles con calma. Al cabo de un rato preguntó:
—¿Qué es un «acontecimiento postular inesperado»?
El milagrero soltó una risita.
—Eso me gustaría saber a mí.
Norte se reclinó en su asiento. Había decidido trasladar el computador entero a su salón (en total no pesaba más de ocho kilos, incluyendo monitores y periféricos) para hacer más cómoda la investigación. Con extremo cuidado, uno de los serviciales chimpancés de Cagt lo depositó sobre la mesa. El milagrero le premió con un cacahuete y, estirándose las lumbares, desapareció en la cocina en busca de cerveza.
—Acontecimiento postular… —murmuraba Norte, frotándose una barba de dos días. Últimamente tampoco había dispuesto de mucho tiempo libre: la incorporación de los nuevos trabajadores, los animales de tiro y el aumento en la eficacia de los cálculos del ordenador suponían una aceleración espectacular del ritmo de trabajo. Para desgracia suya, Norte era de los que no consentían en delegar la toma de decisiones importantes, por lo que a todos los efectos se había trasladado a vivir a la obra.
—Perictione —llamó. Una pantalla mostró el icono del tercer engrama del ordenador, dos leones enfrentados.
*¿Sí, Norte?*
—Quiero que me digas por qué has detenido los trabajos. Y cómo es que los otros también se han visto afectados por la anomalía.
*No es una anomalía*
—¿Ah, no? ¿Entonces qué cuernos es ese acontecimiento postular? ¿Qué es lo que estabas postulando en el momento en que sobrevino el problema?
La respuesta se demoró mucho. En tiempo de computación, un solo segundo de reloj equivale a millones de procesos, la mayoría de los cuales se emplean en dar órdenes básicas a la máquina y construir por simple agregación sentencias más complejas. En el tiempo que el arquitecto había pronunciado en voz alta su última frase, el ordenador podía haber repasado decenas de veces los cálculos del pasado día.
Sin embargo, al reflexionar sobre la pregunta, Perictione caviló durante veinte segundos, toda una eternidad a su escala, para acabar diciendo:
*No es nada grave. Estaba dándole vueltas al sentido de la vida.*