8
IMPROMPTU

Norte sabía que las ciudades platelminto crecían según un régimen de planificación inyectado mediante hormonas en su glándula urbanística central, la epitelia Syntrell. Pero lo que jamás se había atrevido a imaginar era que las complejas reacciones enzimáticas pudiesen generar aberraciones como la que tenía ante sus ojos.

Se encontraba en una calle atestada de gente. Tras los años de peregrinaje por el campo, el ruido de miles de zapatos taconeando a la vez sobre la acera y la sorda crepitación de los antigravitadores del transporte público le exasperaba. Experimentaba la agobiante sensación de estar respirando una atmósfera exhalada previamente por miles de gargantas.

Un gran cartel interactivo le observaba con los ojos de una beldad rubia (le miraba a él, sensación que experimentaban simultáneamente todos los ciudadanos que observaran el cartel desde cualquier punto de la calle, gracias a un sistema de espejos situados en los ojos de la muchacha que derivaban la luz solar en función del ángulo del observador). Comunicaba a los ciudadanos mediante un espectro sonoro polifónico que todo un nuevo barrio había terminado de germinar en el extrarradio sur y que, en breve, si superaba el examen del departamento de obras públicas (una filial de la facultad de ciencias agrónomas) se pondría a disposición de los ciudadanos. Advertía, eso sí, que la forma algo inquietante de los edificios no debía ser mal interpretada: era la resultante de haber inyectado en la Syntrell el noema genético de un conocido artista local, seguidor del modernismo.

Norte se asomó a un mirador. Divisaba el nuevo barrio con su denso circuito de tuberías aéreas. El edificio central le causó estupor: se trataba de una gigantesca extremidad humana, una mano de más de treinta metros que surgía del asfalto y extendía sus dedos como queriendo atrapar el cielo. Cientos de pequeñas ventanitas, delgadas como saeteras, se abrían como muescas en los recovecos de huellas dactilares geométricas. Era puro arte; arte que irrumpía sorpresiva, violentamente, en el sereno panorama simplificador de la industria.

Sacudiendo la cabeza, se alejó calle adentro. Cruces estaba cada vez más loca. Entendió la prisa que tenía Dadá por organizar su gran manifestación farandulesca en las calles: la urbe estaba preparada para asimilarla. La pregunta era qué haría después con ella. ¿Se dejaría conquistar por sus canciones y sus danzas disparatadas, claudicando como las murallas de Constantinopla? ¿La asimilaría, convirtiéndola en algo inocuo de lo que sacar provecho económico? ¿O se limitaría, sencillamente, a ignorarla?

Tal vez Dadá subestimara la capacidad fagocitadora de las sociedades hiperindustriales, y en lugar de un arma contra el Sistema estuviese concibiendo sin saberlo su próxima herramienta de expresión lúdica.

Qué complicada es la vida del payaso, pensó.

Miró en su bolsa de viaje, echando en falta más dinero. Los precios del transporte público y la comida habían subido desde su última visita, y no quería agotar tan pronto las raciones de viaje.

Se aproximó a la pared de un edificio. Medio oculto entre las sombras de un callejón, movió un bloque.

Detrás encontró un lingote de oro. Lo extrajo y sopesó con una sonrisa.

—Nunca me defraudas, Cruces.

—¡Norte!

La voz le sorprendió. Al volverse, encontró la sonrisa helada de Hesperus brillando entre las sombras del callejón. Vestía un impermeable ajustado sin gracia sobre una gabardina azul.

Norte deslizó el lingote en su mochila, acercando los dedos al mango del táser-cuchillo.

—Hola, amigo.

—Ofreces poco juiciosamente tu amistad. No me llames así si esperas de mí algo más que desprecio o dificultades.

—Disculpa entonces, Hesperus. ¿Qué haces aquí?

—Eso debería preguntártelo yo. ¿Por qué has vuelto a la ciudad? ¿Acaso pretendías pasar desapercibido entre la gente? ¿O pensabas ocultarte en las alcantarillas como las ratas?

—Tenía esa esperanza, sí.

El musiarquitecto avanzó un paso, saliendo del cono de sombra del edificio. Lucía algo que sólo podía definirse como un defecto de construcción en su rostro, un párpado anormalmente invertido hacia fuera que Norte no recordaba haber visto.

—¿Has resuelto ya el enigma del cubo? —preguntó Hesperus.

—Estoy en ello.

—Supongo que habrás terminado de desarrollar el método arquitectónico simple. ¿Descubriste el sistema de depuración de ángulos mediante inversión de cosenos?

—Hum… En efecto, es el que estamos aplicando. ¿Cómo sabes que existía esa derivación?

Hesperus extrajo el tacón de su zapato de un charco.

—Es el eco numérico de los armónicos de la sinfonía. Imaginé que no podrías resistirte a tomar ese camino. ¿Sabes, Norte? No eres tan genial como me habías hecho creer. Has elegido el camino más corto esperando que una solución trivial aparezca por sí misma. Construyes la máquina y aprietas el botón de encendido, con la esperanza de averiguar para qué sirve.

—Es una forma de resolverlo.

—¡Es patético! —bufó Hesperus—. E irresponsable. Siempre serás un físico, Norte. No entiendes que la belleza de la matemática habría obviado ese paso. Yo ya sabía que los números se podían transformar en notas, y éstas en los planos de un edificio, una canción o la quinta tablilla de Moisés. La forma arquitectónica es sólo la más completa de las manifestaciones algebraicas, no la mejor. Si hubieses seguido mi línea de razonamiento podrías haber suprimido una dimensión de la fórmula, reduciendo el problema a uno que ya estaba resuelto. Pero no —alzó las manos, resignado—: tú tenías que empeñarte en gastar una cantidad desproporcionada de recursos materiales en construir la maldita torre.

—Los grandes enigmas son así —argumentó Norte, sin separar los dedos del arma. Observó de reojo las profundidades del callejón. No podía creer que el antiguo amante de Amber hubiese venido solo—. Todos los acertijos conllevan un riesgo para quien los descifra.

—¿Y si la máquina explota? —bramó Hesperus, airado—. ¿Y si construyes la torre y al apretar el jodido botón destruye a toda la Humanidad? No has… —su voz tembló de ira— no has tratado siquiera de mirar un centímetro más allá de la jodida punta de tu nariz. Estás jugando con cosas que te vienen grandes, y ni siquiera tienes la decencia de darte cuenta.

—Ese es un pensamiento absolutamente paranoico. Carece de fundamento pensar que el cubo pueda contener un arma de destrucción masiva.

—Recuerda la mitología que nos legaron los Viajeros: está llena de relatos de monstruos que asaltaban a los aventureros ávidos de fama para devorarlos. El esquema siempre es el mismo: el monstruo les propone un acertijo engañoso, y si no lo resuelven los devora vivos. Las Xfinges nunca han sido aliadas de los hombres, Norte. Los grandes misterios jamás han estado ahí para ser resueltos, sino para que desperdiciemos nuestras vidas contemplándolos.

—¿Entonces por qué buscas resolverlo? ¿Acaso no tienes miedo a la muerte? ¿O me estás sermoneando por desidia?

Hesperus afiló los ojos.

—La diferencia entre tú y yo, Norte, es que a mí no me importa sacrificar mi vida para conseguirlo.

—A mí tampoco.

—No. —Le apuntó con un dedo—. Lo que no te importa es sacrificar las vidas de los demás. Cuando vivía en casa de Amber jamás la involucré en el proyecto. ¡Sólo estábamos el maldito cubo y yo! —tronó Hesperus—. Yo asumía toda la responsabilidad y los riesgos. Tú no sólo la has puesto en peligro, sino que has montado una pequeña ciudad en torno al enigma para disponer de una caterva de ingenuos que te ayuden.

—Estás loco…

—Y tú eres un necio. El monstruo te devorará, Norte. Se llevará tu podrida alma al infierno, y con ella las de todos los que viven contigo en ese sucio pueblucho. Está escrito.

—No creo en el destino.

—No lo necesitas para equivocarte.

Hesperus se recogió los flecos del pelo en un puño para exprimirles el agua de lluvia.

—Debí imaginar que tratar de convencerte sería inútil.

—¿Me vas a denunciar a las autoridades de Cruces? —tanteó Norte.

—No digas tonterías. Ya estás atrapado. Ella sabe que estás aquí desde anoche.

Ella tiene la falda demasiado corta, pensó.

Hesperus acarició el muro del que Norte había extraído el lingote.

—Has llegado tarde —dijo con voz meliflua.

—¿A qué te refieres?

—Has llegado tarde. Ya está hecho.

—¿Más enigmas, Hesperus?

Sonrió.

—Se hizo. Y fue… surrealista. Y maravilloso.

Un segundo después, el cuerpo de Hesperus se descompuso en un amasijo de ratas muertas.

* * *

Cagt logró mover las dos pesadas cortinas llenas de pestañas que tapaban sus ojos. Luz. Desplazándose a través de un cierto tipo de éter.

Yacía tumbado en el suelo, probablemente de costado. Una superficie dura, de cemento, que olía a obras recientes: yeso, barniz, caoba, granito…

¿Dónde estaba?

Tumbado. Mirando la pared. Reconoció el lugar: era un ala de la Torre. Un agudo dolor atravesaba con clavos ardientes su nuca.

Movió las cortinas, deslizándolas por la esclerótica como mareas de carne. Era consciente de su estado: de su audaz decúbito prono allí, sobre el suelo, de cómo encajaba todo en el esquema de las cosas. Trapecista conceptual, perfecto en la simplicidad de su ejecución. Su mente iba y venía con cierta cadencia que recordaba al mejor blues. Mujeres en un trapecio, niñas en una red.

Algo bloqueó el insistente rayo de luz. Cagt movió lo que pudo sus ojos, enfocando al visitante. Era una chica joven, de unos dieciocho años, a la que conocía. Matrioshka, la hermosa y dulce Matrioshka. La mujer de múltiples círculos concéntricos.

Se acercó a él y permaneció en cuclillas, mirándole. Estuvo así casi una hora. Cagt sintió dolor en el cuello: poco a poco iba recuperando el control de sus articulaciones. La herida (si es que en realidad existía) quemaba como el infierno en su hueso occipital.

Después de una eternidad, la joven habló. Los movimientos de sus labios eran diferentes a los sonidos que producían: estaba contemplando el doblaje mal sincronizado de un sueño.

¿Pero del sueño de quién?

Matrioshka habló, muy lentamente para que la traducción no perdiera frescura:

—Hola, V. Quería confirmarte que, efectivamente, recibimos alto y claro tu mensaje.

—Yo… no te he mandado… ningún mensaje —susurró Cagt, apenas un hilo de voz. La chica no se dio por aludida.

—Hoy te lo contestaré, pero debes estar atento. No puedo repetírtelo dos veces. ¿Has entendido, V? Presta mucha atención a lo que oigas en los próximos minutos, porque estas palabras son suficientes; encierran una verdad en sí mismas.

—Yo no… no me llamo V. De alguna absurda manera… estoy interceptando… un sueño que no es el mío.

—Atiende, V: te voy a contar un secreto, pero debes prometerme que no se lo revelarás a nadie. Tres ojos te miran pero sólo dos son capaces de ver toda la luz. Uno no puede apreciar la totalidad de las imágenes. Dos colores faltan en su arco iris.

Cagt sintió una gran sequedad en la boca.

—Estuve escuchando tu mensaje con atención. Era una canción muy bonita. Decía así:

Gemidos que rompen la aspereza del hielo.

Estrellas de color en el perfil de una alhaja

regalos divinos, locuras ancestrales

y el hombre que templa su valor contra el yunque del miedo,

nombres que hieren como el metal al extremo de la navaja.

Arrastrada por la música de los versos, la joven empezó a bailar. Ejecutó unos pasos simples pero bien coreografiados, y volvió a su posición de descanso. Entonó:

Cuando los labios de los guías pronuncien tu nombre

y la caricia del sol entibie tu pelo

piensa que sobre las nubes te espera el recuerdo de un hombre

que ningún ojo aprecia la belleza a través de un velo.

Esa mirada en tus ojos, como agujeros negros en el cielo,

el ansia de los que cantan a la luna su hambre.

Matrioshka se inclinó sobre él, como si fuese a revelarle algo confidencial:

—Tras años de deliberaciones, al fin hemos podido descifrar tu mensaje. Y nos ha gustado mucho el contenido. Esto es una expresión demiúrgica que hemos ensayado para poder contestarte, ¿lo entiendes? Ha costado mucho, mucho esfuerzo. Casi hemos consumido todos los recursos de nuestro mundo para hacerlo, y hemos tenido que localizar a este ser moribundo para que sirva de canal. Nos lo has puesto realmente difícil.

—No… no sé… —murmuró Cagt, profundamente mareado— quién demonios es ese maldito V del que hablas…

—Expresión demiúrgica: te voy a contar un secreto, y si al final resulta que en algún lugar del universo se cumple, si en algún remoto lugar de la Creación resulta ser cierto, te daremos la respuesta a la última pregunta. La solución a todo este acertijo ancestral.

—¿Qué pregunta? ¿Quiénes… sois vosotros?

Los labios de Matrioshka se movieron formando palabras que no tenían absolutamente nada que ver con el sonido que emitían.

—Ahora estás oyendo la traducción directa. El secreto es: conocemos el lugar en el que se esconde la respuesta al enigma Xfinge, pero no queremos decírtelo. Sólo cuando uno de nosotros muera y libere toda la energía y los conocimientos que ha recopilado en su extensa vida, ese dato saldrá a la luz. Pero hasta que ese momento llegue, V, deberás seguir escribiendo. Deberás continuar con la historia, porque si no, nada tendrá sentido.

—¿De qué… maldita historia… estás hablando?

—Ya no podemos seguir utilizando por más tiempo esta progresión dramática. La energía está a punto de agotarse. Recuerda: cuando el agujero se evapore, se expondrán claramente todas las claves. Entonces el misario entrará en el templo en busca de un santuario. Pero debes estar muy, muy atento. Las cajas azules no tienen por qué ser rojas también por dentro.

—El… misario…

—Adiós, V Ha sido un placer hablar contigo.

—Adiós, Matrioshka. Gracias por venir.

—¿¡Quién… era ése…? —exclamó Cagt.

Y se desmayó.

* * *

Mora corría por las calles del pueblo, asustada. Casi chocó con Moses mientras el hombretón cerraba su destilería.

—¡Muchachita! —exclamó—. ¿Adónde vas con esas prisas, atropellando a la gente?

—Mi padre —exhaló ella a duras penas.

El químico hincó una pierna en el suelo.

—¿Qué le ocurre a tu padre? ¿Necesita ayuda? ¿Está enfermo?

—No… no lo sé. Es que no ha venido a casa a dormir ni a desayunar. No sé dónde está.

—Bueno —meditó—. Lleva varias semanas trabajando con Norte en su casa, ¿verdad? ¿Por qué no vas a buscarle allí? Seguro que se ha pasado toda la noche en vela con ese ordenador tan antipático y no se ha dado cuenta de la hora que es.

La niña agitó la cabeza, no muy convencida.

—Papá me prometió que estaría de vuelta para preparar la función de esta noche. Hay que montar la carpa y dar de comer a los animales…

—Está bien, pequeña —dijo Moses, cargándosela a caballo sobre los hombros. Mientras la alzaba, no pudo evitar fijarse en el tatuaje con forma de dragón que la niña lucía en el cuello—. Vamos a ver si entre los dos resolvemos este misterio.

Al aproximarse a la casa de Norte contemplaron una escena inusual: los retoños de la madre insecto, la legión de jóvenes y robustos trabajadores que el arquitecto usaba como obreros en su torre, aguardaban en el exterior formando una fila. Estaban muy quietos y silenciosos, como soldaditos de juguete esperando órdenes en una alacena.

Los primeros de la fila iban pasando a razón de dos en dos al interior, a medida que Ted, el psicólogo que Mora conocía sólo por los irritados comentarios que su padre hacía a veces sobre su personalidad, iba leyendo sus nombres de una lista. Mora vio salir a dos de estos muchachos por la puerta trasera de la cabaña, muy rectos y marciales.

Moses coronó el par de escalones del porche, obligando a la niña a bajar la cabeza para no golpearse contra el techo. Los muchachos que esperaban su turno le dirigieron una mirada helada, pero no abrieron la boca.

Ted salió a cantar más nombres. Al ver al químico, compuso una sonrisa forzada.

—Hola, Moses. ¿En qué puedo servirte?

El hombretón dejó a la niña en el suelo.

—Buscamos a Cagt. Al parecer no se ha acordado de enviar un mensajito a casa para decir que iba a tardar.

Ted sonrió mecánicamente a la niña, provocándole un escalofrío.

—Sí… —Carraspeó—. Está dentro. Tenemos que hacer una revisión médica a estos esforzados campeones antes de la siguiente reunión del consejo. Pero si quieres puedes pasar, pequeña, y esperar a tu padre en el sillón. No creo que tarde mucho.

Se apartó del umbral, invitándola a franquearlo. Mora contempló la oscuridad interior.

—¿Lo ves, pequeña, cómo no ocurría nada malo? —dijo Moses, satisfecho—. Anda, pasa dentro y relájate.

Mora se resistió a soltar su mano, pero al final, empujada por Ted y las ganas de ser útil de Moses, acabó por obedecer.

* * *

Norte se escondió a la sombra de la gigantesca mano de cemento.

El nuevo barrio aún no había sido abierto al público y resultaba convenientemente desierto para sus propósitos. La enorme extremidad, apoyada en contrafuertes que semejaban titánicas venas, inquietaba aún más contemplada desde su base.

Superó una verja de seguridad y corrió a ponerse a salvo tras una tubería. Un tamítero de vigilancia sobrevoló la zona, sacudiendo sus aparatos de rastreo como nerviosas antenas ventrales. Norte se alegró de haber dejado a Jok en las afueras: con él jamás podría haber pasado desapercibido dentro de la ciudad.

El tamítero describió un par de giros. Tras unos segundos de tensión, Norte se arriesgó a asomarse, comprobando aliviado que el aparato se alejaba. Se sentó apoyando la espalda en la tubería y examinó lo que había ocultado bajo sus ropas durante las últimas horas: una máscara de plastimúsculo pintada de color carne, con las cuencas de los ojos vacías y total flaccidez en los maxilares.

La cara de Hesperus. Una imitación casi perfecta, muy bien sincronizada.

Recordó el cuerpo del musiarquitecto desplomándose, convertido en una masa de circuitos y alimentadores de baterías conectados a un saco de ratas muertas. Pura chatarra androbótica barata, salvo por el cuidado con que estaban armadas sus facciones. Cualquier experto en cibernética podría haber construido un androbot menos tosco, menos elemental, sin tener que recurrir al apestoso recurso de las baterías animales vivas.

La pregunta era por qué Hesperus. ¿Habría sido él quien le había enviado el mensajero? Y si era así, ¿para avisarle de qué?

Has llegado tarde.

Al principio no lo había notado, pero en su periplo hacia el extrarradio se había estado fijando en la gente: todos los ciudadanos parecían muy descentrados, como si no supieran de dónde venían ni cuál era su destino. Al doblar una esquina se había dado de bruces con un accidente de tráfico: una persona yacía inmóvil en el suelo, la sangre manando caudalosa de sus arterias. Los transeúntes formaban corro a su alrededor para mojar sus pañuelos en ella y restregárselos por la frente en una suerte de extraño ritual necrótico.

Algo muy raro estaba sucediendo en la ciudad, algo demasiado inusual hasta para Cruces.

Decidió darse prisa. Estaba seguro de poder encontrar seguidores del Payaso en aquel lugar deshabitado. Los farandulescos iban constantemente de un lado a otro en busca de madrigueras donde dar rienda suelta a su enajenación sin preocuparse por la policía.

Norte examinó el entorno: la gran mano, las farolas que palpitaban vertiendo líquidos radiantes en lugar de luz, el desagüe central con forma de genitales masculinos atrofiados… Sí, sin duda estarían ocultos allí, en alguna parte.

¿Qué había dicho Dadá? El hombre con pensamiento es la panespermia de Dios, el acicate de las formas preestablecidas. Semen y pistilos bendecidos por un mártir, ésa es la verdadera raíz del arte.

Se dirigió al foso del desagüe. Semen. Una pasta blancuzca corría por los canales, restos del ácido carbónico que usaban los sistemas mecánicos para limpiar las tuberías.

Allí, realizando sus abluciones en el líquido supurante, había un hombre desnudo, un viejo enclenque entregado a algún tipo de penitencia. Lucía una piel llena de pústulas que humeaban con las salpicaduras del ácido.

—¡Eh, amigo! —llamó Norte—. ¡Amigo!

El anacoreta, pintando esquemas lechosos con los dedos de los pies, canturreó:

—Blam blam estupe estupe est…

—¿Amigo?

—Estupe estupe flick flick…

—Maldita sea. ¡Escúchame, loco!

El viejo le miró.

—¿Por qué no me respondías antes? —preguntó Norte.

—Porque no soy tu amigo —masculló el viejo—. Pero sí estoy loco. —Y prosiguió con su cantinela.

—Está bien. Empecemos de nuevo: estoy buscando a uno de los tuyos, el rey Dadá. ¿Sabes dónde puedo encontrarle?

—Llegas tarde.

Las cejas de Norte se alzaron.

—¿Otra vez? ¿Qué cuernos significa eso?

—Dadá es ahora mártir del arte.

—¿Mártir? ¿Acaso está muerto?

El anacoreta rió salvajemente.

—Muerto… disfrutando del harén de bestias de la otra vida. Hienas y leones buscando hambrientos tus agujeros defecatorios. ¡Búsqueda! ¡Redención! Ya nos lo advirtieron en el manual de instrucciones: ¡no colocar jamás boca abajo!

Lentamente, el arquitecto descendió hasta la orilla del charco de ácido. Tuvo que taparse la boca con la manga porque el olor de la carne del viejo al ser disuelta le provocaba arcadas.

—¿Qué quieres decir con que ha muerto? ¿Lo han matado los del Régimen?

—Nunca, nunca lo coloques boca abajo… Recuerda estas palabras: si no haces lo que te decimos, a la gran manifestación farandulesca no podrás asistir. El mártir dijo: «El pueblo está preparado, ¡es el momento!». La ciudad sueña despierta.

—¿Sueña? —Norte casi se cayó dentro del agujero—. ¿Cómo sabes tú eso? ¿Quién te ha dicho que la ciudad duerme?

—Inmolados, maniáticos, chiflados, todos esperan su oportunidad. Ya forman en las filas. ¡Y son legión! Cuando tomen las calles será como una verdadera invasión, que traerá consigo el Cataclismo y la transmutación de todas las cosas. Lo que nunca haya sido tendrá por fin su oportunidad de existir. Aprovecha el tiempo y vete anotando en una libreta lo que quieres nombrar en voz alta, no se te olvide después.

Norte sintió que le fallaban las piernas. Dadá desaparecido. La gran manifestación arruinada. Entonces había fracasado; tendría que encontrar otra manera de curar las paranoias metafísicas del ordenador. Eso podría llevarle semanas o meses, y mientras tanto la Torre no crecería ni un centímetro.

—¡Demiurgo! —exclamó el anacoreta.

—¿Qué dices ahora?

—Expresión divina. Se ha manifestado. ¡Nadie puede verlo, salvo nosotros! Los locos podemos. Las cajas azules también son rojas por dentro.

—Yo no estoy loco.

Al anacoreta estuvo a punto de desencajársele la mandíbula por la risa.

—Ay, amigo, todos lo estamos, pero sobre todo… ¡tú! Energía: responde correctamente y ganarás un caramelo en la confluencia del ashrama. Reposo: la pantera aparece en todas las edades, y quien pueda sostenerle la mirada aprenderá a hacer juegos malabares con la muerte. Has sido improntado con la determinación de la demencia: construirás la solución al enigma, y ésta te devorará.

—¿Qué…?

—¡Impromptu! Es hora de expresarse. —Sus ojos se desorbitaron—, de repente y sin previo aviso, sin que nadie lo anunciara… ¡impromptu en el hombre sabio!

—¿De qué estás hablando? ¡Cuidado!

El viejo se introdujo aún más en el ácido. Levantó los brazos y gritó:

—¡Es hora de expresarse, demiurgo!

Y comenzó a explotar en pedazos de carne.

Un abanico de fuego cayó del cielo, llenando el aire de lluvia supersónica que dejaba rastros de luz en su retina. Un sonido atronador acompañó las detonaciones. En segundos, el cuerpo del anciano no fue más que un montón de carne desmenuzada.

Norte se agachó para protegerse. Cuando todo cesó, alzó la vista para mirar fuera del pozo.

Lo primero que distinguió fue el cuero de unas botas.

—Vaya, vaya. El viejo Mystes en persona. Cuánto tiempo desde la última vez —cacareó el comandante Lapierre Ladoux, abriéndose paso entre sus hombres.

Un pelotón de martillos le apuntaba desde el enclave de tuberías, las bocachas de sus ametralladoras aún humeantes.

* * *

Ted hizo pasar a Mora al interior de la cabaña. La sentó en un sofá y rogó que esperase unos minutos. La falta de limpieza delataba el desuso en que había caído aquella casa.

Uno de los albañiles que compartía el sofá con ella se puso en pie y entró en otra habitación, de la que surgían silbidos inclasificables. La niña tableteó con los dedos sobre un cojín. Hacía frío.

Identificó al joven que estaba a su izquierda: era Des, el favorito de su padre, un muchacho moreno y robusto que hacía gala de un talante alegre, vivaracho, siempre dispuesto a hacer algún chiste fácil sobre cualquier cosa. A menudo comía en casa del milagrero, y era la misma Mora quien le servía el té.

Sin embargo, no la reconoció.

La niña estaba asustada. Cada vez que Ted asomaba la cabeza para controlar acababa mirando de soslayo a su falda. Apretó fuertemente las piernas, sujetando los pliegues.

—Dentro de un momento me encargo de ti, preciosa —prometió, haciendo una mueca graciosa—. Dame un par de minutos. ¡Des!

—Des, no te vayas… —suplicó Mora, pero el joven la ignoró. Cuando la puerta volvió a cerrarse, la niña se levantó tímidamente del sofá y se acercó, pegando la oreja. Oyó una voz metálica que enumeraba monosílabos y daba instrucciones al muchacho.

Otra voz, la del psicólogo, comentó:

—Voy a encerrar a la cría. Me ocuparé de ella más tarde.

La madera se separó de sopetón de su oreja. A Mora no le dio tiempo a retirarse. Enfadado, Ted la cogió por las orejas, arrastrándola al interior de un cuarto trastero.

—Vaya, así que tenemos una entrometida, ¿eh? —gruñó, y de repente su cuerpo bajo y rechoncho pareció medir cientos de metros de altura—. Tu padre te educó muy mal. ¡Métete ahí! —La arrojó con fuerza al interior de la alacena. Un acceso de lágrimas salpicó las mejillas de Mora—. Enseguida vuelvo para enseñarte modales.

Cerró la puerta de un golpetazo.

En la oscuridad, medio asfixiada, Mora sintió que sus canales respiratorios se contraían. A veces le ocurría cuando estaba muy nerviosa o tenía mucho miedo. Sus pulmones estaban tan asustados que se negaban a trabajar, a inhalar aire del exterior.

Se sentó. La falda estaba mojada: algo húmedo manchaba el pie de un estante. La alacena estaba llena de trastos de limpieza y cajas con circuitos.

Trató de aislarse del mundo exterior, como le había enseñado su padre: Cuando el aire no llegue, ábrele la puerta, solía decirle. ¿Dónde estaría? ¿Por qué no había vuelto a casa? Las lágrimas afloraron con más fuerza. ¿Qué habrían hecho Ted y el hombre de la voz metálica con él?

La concentración no funcionó: la tristeza socavaba todos sus esfuerzos. No dejaba de pensar en Ted, en su sucia boca que sólo decía mentiras y sus enormes manos que no parecían de médico, sino de carnicero. Su padre le había advertido sobre ese tipo de hombres: no te acerques a ellos, no te fíes de lo que digan. Sólo te quieren para hacer cosas que eres demasiado joven para entender.

¿Qué les estaban haciendo a los muchachos? ¿Estaría Ted jugando también a médicos con ellos? ¿Y quién era el misterioso hombre de la voz metálica?

Su corazón latía a ritmo frenético. Oyó pasos al otro lado de la puerta. Pasos que resonaban y se extinguían con una cadencia musical: alguien pisaba sobre la alfombra.

El pomo comenzó a girar. Aterrada, Mora lo sujetó con ambas manos, pero carecía de fuerzas para detenerlo: la madera rotaba produciendo chasquidos bajo sus palmas sudorosas.

—¡Vete! —chilló, pero el otro no hizo caso. El aire seguía sin llegar. Su pecho quemaba como si sobre las costillas hubieran prendido dos hogueras. Su cabeza se iba; no podía enfocar correctamente el contorno de las cosas. Estaba a punto de desmayarse de terror y asfixia.

La puerta se abrió. Unas manos entraron, tapándole la boca. Inútilmente, pues ella no retenía suficiente aire para gritar.

Apretó las piernas. Una mano se introdujo por debajo de su falda. Otra le tocó la espalda. No, no, papá, por favor, ayúdame. La levantaron en vilo, sujetándola por los hombros y las rodillas.

Aquellas manos estaban muy frías, muy suaves y muy cariñosas.

No eran las de Ted Uliakos.

—Ssshhh. Cállate de una vez o nos descubrirán —dijo una voz femenina, mientras la sacaba de la alacena.

Matrioshka se cargó a la hija del milagrero en brazos y salió por la puerta trasera, justo antes de que Ted regresara toqueteándose la depresión en sus pantalones y murmurando feliz:

—Bien, bien… Ahora vamos a hablar tú y yo de juegos de manos, jovencita.