7
PANTEÓN
A Cagt le gustaba ver nevar. Escuchar el delicado sonido de los copos al amontonarse a la linde de los caminos, sobre las rocas de torsos grisáceos y las ramas de hojas aciculares. Era un espectáculo tan maravilloso como aterrador.
Una vez, tiempo atrás (no recordaba cuánto, pero si en su memoria se contemplaba a sí mismo descubría el cuerpo de un niño), se había perdido en el bosque. Evocaba con asombrosa nitidez la pureza de las sensaciones, aquel miedo a no escapar del cerco que entretejían los árboles como si quisieran sellar con laberintos de madera todas sus esperanzas. Cagt había vagado sin rumbo por las colinas cubiertas de alerces y enebros, pasito a pasito, contando en voz alta los extraños golpeteos que sacudían sus oídos. El sueño le iba hincando sus colmillos venenosos, haciéndole penetrar en un mundo de blancos y grises habitado por gente de palidez espectral.
Recuerdos de la primera vez que morí.
Un copo cayó sobre su cabeza. El milagrero lo apartó. Estaba sentado junto a un poste de medición que Norte había mandado plantar al límite de la foresta. Llevaba puestos los pantalones de pana que tanto se calentaban cuando los frotaba con las manos. El azul eléctrico de sus tramas impares había ido diluyéndose en un suave turquesa con el paso de los años.
Cagt se rascó la barba. El recuerdo de su extravío cuando era niño se había colado en medio de sus cadenas de razonamientos sin pedir permiso.
Desde su posición divisaba la Torre. El problema con el ordenador había paralizado su crecimiento; sin los complicados cálculos de estructuras, un regimiento de jóvenes trabajadores dormitaba aburrido sobre los andamios en espera de reanudar los trabajos. Norte y él apenas habían descansado en las últimas veinticuatro horas tratando de solucionar el problema, pero sería un esfuerzo inútil si no averiguaban qué demonios querían los engramas. Habían analizado sus registros de memoria, borrando los conflictivos y reiniciando partes aisladas del código fuente, pero el fallo persistía.
Incluso se arriesgaron a preguntar directamente a las tres personalidades. Pirilampes se limitaba a responder:
*Necesitamos encontrar un sentido a nuestra existencia. Algo que valide y haga que merezca la pena todo el esfuerzo*
Cagt empezaba a sospechar que era culpa suya. El fallo parecía una consecuencia extrema de haber engañado a los engramas, haberles hecho creer que eran seres vivos diseminados por un espacio digital, tan real para ellos como aquel amplio mundo de bosques y nieve lo era para él.
La cuestión parecía compleja: si buscaban encontrar un sentido a sus «vidas», ¿para qué les necesitaban? ¿Acaso aguardaban una respuesta exterior, una Gran Respuesta no sesgada por sus propias limitaciones? El sentido de la vida que tanto preocupaba a los filósofos lidiaba con la sensación que al ser vivo le queda en el momento de su muerte sobre la utilidad de lo que ha hecho en vida. ¿Me voy tranquilo? ¿He generado cierto grado de provecho para mi entorno o para mí mismo en todo este tiempo?
Una obsesión por la propia utilidad. Sobre eso discutían los filósofos cuando hablaban del sentido de la existencia. Si algo consumía recursos sin un fin claro, sin una meta definida, entonces era inútil. El universo no tendría por qué haberlo generado. ¿Era eso lo que preocupaba a los engramas? ¿Se habían planteado si se sentían contentos con su puesto en el Gran Esquema de las cosas?
Tratando de averiguarlo, Cagt se exprimió los sesos con tanto tesón que el solo hecho de pensar le producía dolor de cabeza. Quizás fuera eso lo que había despertado en su memoria aquellas confusas imágenes de su niñez. No las había visto llegar, pero en cierto modo le reconfortaba que estuvieran allí, arrastrando una estela de recuerdos que creía olvidados. Copos cayendo en sus manos.
Cuando ya había perdido toda esperanza de sobrevivir, el jovencito Cagt se topó de frente con una idea totalmente nueva: la posibilidad, irreversible y aterradora, de considerar la muerte como una opción. Sólo el intensísimo frío del atardecer, al abotargar su cerebro, impedía que lo venciera la desesperanza.
Entonces, en un determinado momento, el cielo comenzó a desplomarse esponjoso sobre su pelo, desgranándose en pedacitos de algo blando y argentino. El joven Cagt había elevado la vista a las nubes, contemplándolas caer. Siempre había imaginado que si alguna vez se astillaba la bóveda celeste y sus pedacitos llovían sobre la tierra, éstos serían del color del mar en su panza y negros por encima, en el doblez de la tela que se invertía por las noches para enseñar sus encajes de estrellas.
Sus ilusiones de niñez se hicieron astillas con la contundencia de un pensamiento en torno a la muerte, y el niño se hizo mayor.
A veces, cuando permanecía mucho tiempo acostado en el carromato tras haber abierto los ojos, Cagt entraba en un estado de somnolencia que convertía su cuerpo en un ente pasivo, abotargado pero sereno. Sin un rumor de vida, parecía haber descendido de repente al fondo de los mares. Los bosques helados poseían la asombrosa facultad de congelar su percepción como si a su alrededor no existiese más que un helado palpitar de peces.
—¡Señor! —llamó alguien.
Un joven atlético escaló la colina saltando vivazmente entre los brezos. Se trataba del «pequeño» Desitataru, el niño que había ocupado la cama vecina a Matrioshka en el hospital.
—¡Señor Cagt! —exclamó, contento.
—¿Qué ocurre, Des? ¿Pasa algo en el pueblo?
—Norte me ha mandado avisarle, señor. Al parecer ha averiguado qué quiere el ordenador.
Cagt alzó las cejas, impresionado. No demoró ni un minuto el descenso de la colina. Incluso se permitió bajar corriendo un pequeño tramo, mientras canturreaba una vieja canción sobre nieve y nubes blancas.
* * *
*Acontecimiento postular en registro n.° 294/0031/57018-FFD: Construir una torre. Alcanzar el máximo grado de desarrollo en la fórmula fractal del cubo Xfinge, en su solución arquitectónica simple. Propósito de la torre: desconocido. Propósito de la fórmula: desconocido. Propósito del cubo: desconocido.*
*Pregunta: Si el objetivo no se conoce, ¿por qué agotar recursos en concluir el proyecto? Respuesta: Porque la orden proviene del Programador. // Axioma: No se puede desobedecer al Programador. // Postulado: Si construir la torre es importante para el Programador, entonces esta unidad realizará los cálculos que se le piden. Si la torre es importante en sí misma, es porque constituye una verdad universal, que se basta por sí sola para validarse.*
*Pregunta: ¿Para qué sirve la torre? Respuesta: Cuando esté construida, ella misma revelará su función, y con ello la solución al enigma. // Axioma: Hay verdades que son justificables por sí mismas. El Programador entiende esto y por eso construye la torre. El Programador también es una verdad irrefutable. // Postulado: El Programador ha construido esta unidad para que busque la perfección, el grado máximo de similitud con Él. Esta unidad cree que para construir la torre de la manera más eficiente posible debe aprender más de su Programador, parecerse a Él todo lo posible.*
*Postulado final: Esta unidad no puede proseguir los trabajos sin entender las motivaciones del Programador. ¿Es esta unidad una herramienta más del cubo? ¿Es el Programador en sí mismo parte integrante del cubo, en tanto cumple la función de desvelar su secreto y construir la imagen encerrada en la fórmula?*
*Es fundamental entender cuál es su lugar en el esquema del enigma, y si forma parte o no de sus herramientas. Necesitamos observar al que conoce el camino.*
Los presentes mantenían los brazos cruzados.
Miraban al ordenador fijamente, en silencio.
Congregados estaban Norte (su salón ejercía de sala de reuniones), Cagt, y varios ciudadanos con cierta experiencia en el mundo de las máquinas circumpensantes. Incluso Ted Uliakos, el hosco y malhablado psicólogo infantil, rondaba por allí. Norte no dejaba de contemplar a su máquina como un hijo en vías de madurez, y tal vez le viniera bien una pequeña ayuda pedagógica.
—He seguido la hebra de razonamientos hasta las presentes conclusiones —expuso, rascándose un grano—. Básicamente, los engramas están atrapados en una trampa solipsista.
—¿Qué es eso? —preguntó Ted.
—Dudan de si el mundo exterior en sí mismo, aquel desde el que les llegan las órdenes de computación, existe de veras. Si nosotros, los programadores, estamos aquí en realidad o formamos parte de las herramientas del cubo Xfinge para realizarse a sí mismo.
—Pero es lógico que existamos. —Cagt encogió los hombros—. Si no, ¿quién escribiría los programas?
—Tienen dudas. Al haberles programado para que crean que son entes vivos en un entorno virtual…
—El truco de los reyezuelos.
—Exacto. Ahora creen que nosotros también podríamos estar siendo engañados y no ser más que estrategias empleadas por la propia fórmula para tomar cuerpo. Reduciéndolo a palabras sencillas: necesitan una prueba de nuestra fisicidad. O mejor dicho, de nuestra primordialidad. Que por encima de nuestro nivel de realidad no haya otro dependiente, vamos.
—¿Cómo es posible? —inquirió Ted, sentado en la silla favorita de Norte—. Es obvio que las órdenes les llegan de alguna parte. Si vamos a entrar en temas filosóficos, mejor dejémoslo. No se puede razonar de manera abstracta con una máquina.
El arquitecto hizo un mohín.
—No veo el motivo. Sus engramas son muy avanzados tecnológicamente. Están programados para experimentar un temor vitalista, preocuparse por el futuro y por su propia existencia. El que hayan llegado al actual estado de perplejidad es una consecuencia directa de esa perfección.
—Tú lo has dicho, Norte: imitan la forma de pensar de un ser vivo, pero no están vivos. Por muchas vueltas que le den a asuntos ontológicos, jamás podrán llegar a una solución clara.
—¿Por qué no? ¿Porque no respiran oxígeno?
—Porque no tienen alma —se defendió Ted. Parecía algo molesto por el tono de la conversación—. No quiero entrar en discusiones sobre la existencia del espíritu, pero a mi modo de ver las cosas, la pregunta que se hace a sí mismo este ordenador es absurda. Es como si a una roca le preocupase qué le ocurrirá cuando se erosione. No tiene sentido. Yo voto por reiniciar el programa y se acabó.
—Me temo que no es tan sencillo —terció el milagrero—. Ya lo hemos intentado, pero la trampa solipsista aparece de forma recurrente. Tome las decisiones que tome, el ordenador va a acabar dudando antes o después. Tal vez la curiosidad hacia la metafísica venga aparejada de manera natural a la inteligencia avanzada. Por eso ha aparecido en los seres humanos, pero no en los perros o en las lombrices.
—Estáis perdiendo el tiempo. —El psicólogo rió sin ganas—. Vais a malgastar semanas convenciendo a una máquina estúpida de que estamos aquí, y luego saldrá con otra petición absurda como que quiere conocer a Dios, o algo peor. Decidles lo que quieran oír y a otra cosa, joder.
—Bueno, bueno, no nos pongamos nerviosos —intervino Norte—. Lo cierto es que, independientemente de nuestro punto de vista, el problema existe. Los engramas no quieren continuar realizando su trabajo hasta que no resuelvan su dilema, así que debemos concentrarnos. Está claro que es una duda ontológica, ¿verdad?
—Eso parece.
—¿Y qué cojones necesitan para sentirse bien? —gruñó Ted—. ¿Una encarnación de sus dioses al estilo Zoroastro?
Todos enmudecieron.
Algo parecido a la comprensión asomó al rostro de Norte.
—¿Acontecimiento postular inesperado? —susurró, llevándose a Cagt a un lado.
—Claro; tal vez por eso Perictione dijo que «necesitaba observar al que conoce el camino».
—Podría ser. ¿Ves las posibilidades? ¡No quieren que les respondamos a su pregunta, sino resolverla por sí mismos! Pero en su mundo limitado de obreros virtuales no existe nada que pueda constituir algo tan extraño… como para ser tomado como un milagro.
—Y el que conoce el camino no es más que…
Suspendió la frase mientras docenas de ideas nuevas chocaban en su cabeza. Estaba tan emocionado que su mejilla ardía con un ruborizante color berenjena.
Ted rezongó.
—Estáis locos. Jamás funcionará.
—Claro que sí. —Norte tomó asiento frente a la consola—. Creo que has dado en el clavo, Uliakos. Los engramas están programados para imitar a los seres humanos, y eso incluye la admiración intuitiva hacia un ser supremo que les guíe y juzgue sus errores.
—En realidad no desean una respuesta al sentido de la vida —sonrió Cagt—. Quieren dioses a los que consultar, como cualquier cultura humana incipiente.
—¿Qué queréis decir? —refunfuñó el psicólogo.
Norte respondió muy seriamente:
—Se sienten incompletos porque les faltan mitos.
* * *
Encontrar un panteón de dioses suficientemente creíble como para guiar mentes ansiosas de espiritualidad no es tarea fácil, y lo descubrieron a las pocas horas de trabajar en el problema.
Primero, los engramas no entendían el concepto de monoteísmo: los panteones que buscaban, sus leyendas y héroes, tenían por fuerza que venir en múltiplos de ocho. Un octeto de dioses, por ejemplo, con treinta y dos esferas de influencia y sesenta y cuatro historias que englobaran ciento veintiocho fragmentos de su gesta. Eso frustró la intención del arquitecto de mostrarles una única divinidad que, a la larga, sería mucho más fácil de controlar.
Luego aparecieron las preferencias personales. Era de dominio público la antipatía que el dictatorial Aristón y la comedida Perictione sentían el uno por el otro. Eso impedía que creyesen en los mismos dioses: si Norte trataba de ejemplificar en una potencia las virtudes del valor, la nobleza y el gusto por el trabajo bien hecho, Aristón podría asumirla como propia y Perictione la rechazaría de plano. El arquitecto tenía que encontrar la forma de crear iconos que representasen sus principios informáticos, y que fuesen lo suficientemente coherentes consigo mismos como para que el ordenador no notase el engaño. Al fin y al cabo, les estaban vendiendo como verdaderos unos mitos que la noche anterior Cagt y él habían bosquejado mientras tomaban unas copas en el local de Moses.
Entonces se le ocurrió una idea, y convocó al químico destilador en su casa.
—Moses —explicó—; quiero hacerte una pregunta muy importante. Y necesito que lo pienses muy bien antes de responder.
—Cuéntame qué te duele —contestó éste, escanciando una medida de licor de cerezas en su amplia bocaza.
—¿Te gustaría ser un dios arquetípico todos los viernes de nueve a diez de la noche?
Tras la explosión inicial de alcohol que manó de la boca de Moses (que llegó a manchar parte de la camisa de su anfitrión y uno de los monitores), Norte se secó y detalló la idea: organizaría un casting para reclutar tantas «potencias» entre los vecinos con dotes dramáticas como hiciera falta para completar el panteón. Los elegidos no tendrían que esforzarse mucho: los engramas no necesitaban plantear cuestiones complejas sobre la vida y la muerte, sino constatar que los dioses estaban allí para escuchar sus ruegos. Luego él haría lo posible por gestionar esas quejas y resolverlas mediante programación. Pero los «dioses» debían tener presencia humana, y necesitaba actores que colocar un ratito a la semana delante del ojo electrónico de la computadora. Lo único que tendrían que hacer sería hablar sobre sus propios gustos personales respecto a asuntos cotidianos, inexistentes (y por lo tanto mitológicos) en el mundo virtual de los engramas.
Moses aceptó, por supuesto, y se adjudicó el rol de Baco, para poder enseñar a las pobres criaturas digitales «los misterios concupiscentes de la condición humana». Su símbolo: una jarra de cerveza.
Durante los siguientes cuatro días, por la casa de Norte fueron pasando otros aspirantes a la divinidad con ideas propias sobre cómo enfocar su papel:
—Me gustaría ser alguien parecido a Caronte —sugirió el doctor—. Siempre me ha atraído la idea de guiar las almas de los enfermos a través de la Estigia hacia la curación. ¿Que las personas en el mundo digital no mueren, sino que se reinician? Bueno, pues alguien tendrá que cobrarles el peaje hasta la zona de memoria alta, ¿no?
—¿El papel de Morfeo, el señor de los sueños, está libre? —preguntó un granjero—. Es que siempre me he sentido descontento con la imagen que ha tenido en la mitología. Lo he visto representado en los libros como un señor muy serio y surrealista, pero… ¿acaso no es cierto que existen los sueños eróticos? ¿Y no son los que más recordamos al despertar? Creo que los que escriben esos libros están equivocados: todo está basado en el sexo. El mundo de los sueños tiene que ser un enorme burdel.
—Yo me adjudico un demonio —solicitó otro vecino—. Tengo conocimientos de gestión y finanzas, así que podría montar Apocalipsis cada cierto tiempo ponderando bien los gastos (tampoco es cuestión de arruinar el presupuesto universal para azufre). Además, gestionar un infierno digital lleno de condenados tiene que ser muy divertido. ¿Usted cree… —preguntó en confianza— que el ordenador me dejará cambiar los nombres de algunas de esas personitas digitales por los de otras que conozco?
Y así hasta la saciedad.
Norte se asombró del grado de participación de la comunidad en el experimento. A todos les entusiasmaba encarnar aunque fuese una sola vez a una divinidad. Los que no querían arrojar rayos hasta de las pestañas, preferían sentarse en lo alto de una enorme colina esperando a que sus adoradores depositasen cientos de ofrendas a sus pies. La euforia llegó hasta tal punto, que Norte se preguntó si aquel experimento no estaría ayudando más a la comunidad de vecinos (en tanto que catarsis colectiva) que al ordenador.
Pero, como siempre, hubo problemas.
Fue al tratar de encontrar al dios más importante de todos, Morfeo. El granjero que lo había solicitado fue rechazado por darle demasiada importancia a un concepto que, si bien era fundamental para las personas, carecía de significado en el mundo digital. El sexo constituía un motor poderoso y benigno para la psicología humana, pero el ordenador era incapaz de sentir placer carnal, por lo que la variable no funcionaba bien.
Fue entonces cuando Norte advirtió la importancia de los sueños en la psicología de los engramas. Le vino a la mente una frase de Plutarco: ¿de qué serviría que el hombre embrutecido, de escasa cultura, fuera consciente de su condición si entre sus virtudes no estuviera la capacidad de soñar con la perfección?
Ahí radicaba la importancia del sueño, la experiencia onírica de lo insólito. Los engramas, soñadores eternos en su encierro dentro de un universo que era sólo pensamiento, necesitaban como guía a un verdadero experto en visiones. Alguien que les mostrase la magia de esa condición humana que ellos tanto anhelaban, y que actuaba como motor de sus esfuerzos.
Y al fin, tras mucho cavilar sobre el tema, acabó dando con la persona adecuada.
* * *
—¿Entonces está decidido? —preguntó Cagt—. ¿Te vas?
Norte se ajustó el cinturón de su chaqueta de viaje. Metió los brazos por dentro de las asas de su mochila y se la colgó de la espalda, dando un par de saltos para encajar bien los bártulos.
—No estaré fuera más de dos semanas —prometió—. Debo regresar a Ciudad de Cruces a buscar al rey Dadá. Sólo él puede encarnar a Morfeo con la suficiente credibilidad como para que el ordenador se lo trague.
El milagrero se colocó a su espalda y comprobó los cierres de la mochila. Llevaba el equipaje justo para ir y volver, incluyendo comida energética para quince jornadas, radio de larga distancia, una brújula con programa predictor de meteorología, varios cientos de creds en oro y un táser-cuchillo para defensa personal.
—¿Cómo estás tan seguro de que los encontrarás? —insistió Cagt—. Sólo tienes un margen de tiempo de unos pocos días para permanecer en la ciudad. Luego resultará muy peligroso para ellos y para ti que te quedes.
—Les encontraré. El clown me dijo que planificaban para estas fechas su gran manifestación farandulesca en las calles. Si todo les ha ido bien, deben de estar escondidos en las cloacas a punto de invadir la ciudad con sus fanfarrias y banderolas.
—De acuerdo, pero si no das con él en un plazo máximo de tres días, retorna de inmediato. A partir de ese momento aumentarán geométricamente las posibilidades de que la ciudad advierta tu presencia y te recuerde.
El arquitecto notó vacilar momentáneamente su ánimo.
—Lo sé, pero prefiero arriesgarme. Sin la ayuda de Dadá nos será muy difícil reactivar el ordenador. Cuida bien de él mientras estoy fuera, ¿de acuerdo? Eres el único en quien confío para mantener el sistema informático funcionando hasta que vuelva.
Cagt asintió, acompañando a su amigo al establo. Le había cedido su viejo corcel Jok para el viaje. Con él se desplazaría mucho más rápido que con un caballo normal, y a diferencia de los vehículos automáticos, su gran inteligencia serviría para prevenir a Norte de cualquier peligro.
La noche anterior, mientras preparaban el viaje, lo habían hablado hasta la saciedad: Ciudad de Cruces era una ciudad platelminto, con un cerebro central conectado a millones de redes mediante una selva de cables y senso-catalizadores. Tenía ojos y oídos en cada edificio, narices en cada callejón, y múltiples organismos oficiales que hacían las veces de pies y manos. El cerebro que tomaba las decisiones una vez había pertenecido a un hombre, pero se le habían ido añadiendo a golpe de neurocirugía los encéfalos de los diferentes gobernadores que habían regido la urbe, sumando sus experiencias y facultades de mando al conjunto. La entidad IA resultante no era más que un amasijo de nombres propios de gran fama diluidos en una identidad global.
Así pues, la Cruces moderna era una urbe con conciencia del pasado, renovada sobre los cimientos de la Cruces arcaica, arrasada por las guerras. Siguiendo el esquema de transmisión de memoria genética del platelminto, sus edificios biomecánicos crecían (no eran construidos, sino planificados e inyectados en la memoria de gestión de la ciudad) sobre las ruinas de la antigua urbe, asimilando sus cenizas y aprendiendo de ellas. Absorbiendo recuerdos de los restos calcinados de viejas plazas, huellas de avenidas y esqueletos de edificios.
La ciudad recordaba lo que la había destruido antes, a sus enemigos y a los sospechosos de haber cometido delitos contra el Sistema. Eso incluía peregrinos de oscuro pasado, gente como Ted o Norte.
—Si no estoy de regreso en dos semanas —instruyó, acariciando el cuello de Jok—, trata de encontrar una solución para seguir construyendo la Torre. Es lo único que importa.
—Lo intentaré. Pero tú trata de volver entero, ¿vale? Me fascina que seas tan terco —jaleó, hundiendo su mano en los omóplatos del arquitecto—, pero eso no te vuelve invencible. No hagas tonterías.
Norte subió a lomos del extravagante corcel y lo espoleó con un grito. Al cabo de unos minutos no eran más que una mancha en el horizonte, zigzagueando veloz en dirección a las montañas.
* * *
Norte cabalgó a lomos de Jok durante varias jornadas. Los valles cruzaban veloces bajo los cascos del animal como manchas difusas. Su enorme bocaza de ballena se inflaba por la presión del viento, dejando entrar aire a sus pulmones compresores y cribándolo de impurezas con las barbas.
Jok apenas comía durante días, consumiendo sus depósitos de grasa dinámicos. Al detenerse devoraba áreas enteras de hierba, animales pequeños e incluso ciertos tipos de rocas; todo era procesado en su complejo estómago isolítico, cargado de potentes ácidos capaces de derretir el metal, para obtener combustible que quemar en una nueva carrera. Sus tres pares de patas se coordinaban bien al correr; Norte advirtió que normalmente llevaba las dos del centro plegadas como una paloma, y las usaba para apoyarse en ellas y descansar cuando las restantes estaban agotadas.
A medida que se aproximaba a Cruces, Norte sentía crecer el miedo. Trataba de no pensar en lo que le había obligado a abandonarla, años atrás. Olvidar los imborrables recuerdos del pasado. Pero, aunque lograse semejante hazaña, ¿querría la ciudad? ¿Estaría ella dispuesta a olvidarle a él?
A medianoche del quinto día alcanzó los campos hidropónicos, con sus cultivos protegidos por enormes domos de cristal. Los atravesó con rapidez, procurando esquivar los robots de siembra y sus cámaras infrarrojas. Más allá de la región de los domos se extendían cientos de hectáreas de campos iluminados por espejos satélite. Tardaría unas cinco horas en atravesarlos a campo abierto, idea que le resultaba muy incómoda. Continuamente cruzaban a baja altura vehículos de flotación fumigadores y cuervos centinelas, con sus aguzados sentidos rastreando en busca de plagas.
En cierto modo, eso le convenía: se fumigaba de noche para no contaminar a los agricultores y sus tractobueyes, pero por otro lado los cuervos no se acercarían demasiado a un cono de fumigación; resultaría nefasto para sus circuitos. Imaginó que su única oportunidad de atravesarlo era siguiendo la estela de veneno que dejaban los flotadores.
Extrajo de la mochila la máscara de oxígeno y se la colocó sobre el rostro. Con su sistema de tamizado del aire y la potente química de su organismo, Jok no resultaría afectado por el veneno, pero si él respiraba una sola bocanada del agente biocida estaba acabado.
Esperó con calma una hora, vigilando los oasis de luz solar que navegaban con errática poesía por encima de los campos nocturnos, hasta que un rumor de sustentores EV se aproximó. Un aparato pintado en colores chillones, con la forma de un enorme tamítero metálico, extendió sus patas acabadas en caños y comenzó a verter sobre los cultivos una nube letal de agente naranja.
Norte ordenó a Jok contener la respiración y lo espoleó siguiendo la estela. En cuanto se sumergieron en la nube venenosa, el mundo dejó de ser una noche tranquila, sin viento, para convertirse en una vorágine de cosas muertas que chocaban contra los anteojos de su mascarilla y se encajaban en las barbas de Jok, obturando sus conductos de ventilación. La falta de visibilidad y el perfil irregular del terreno casi provocaron que el caballo tropezase en varias ocasiones.
Norte redujo un poco la velocidad tirando de las bridas. Era peligroso, ya que el tamítero volaba deprisa y el peso de la nube la disipaba con rapidez. Pero si Jok tropezaba y se partía alguna de las patas de los cuartos extremos, se acabó.
A medida que la nube se iba haciendo más y más densa por momentos, el arquitecto empezaba a dudar que aquello hubiese sido una buena idea.
* * *
La batiente de una ventana golpeaba con fuerza contra la pared, dejando marcas del pomo en la madera.
El pueblo estaba en silencio. Una fuerte lluvia tableteaba con insistencia en el tejado de las casas. Unos pocos granjeros dormitaban aburridos frente a la puerta de sus hogares, esperando que el temporal remitiese para salir a dar de comer a sus animales.
Tumbado en el sillón favorito del arquitecto, Cagt yacía acurrucado bajo tres mantas, la boca abierta y un hilillo de baba colgando entre su labio y su barba. Un mosquito se posó con tranquilidad sobre su mejilla. El hombre no se movió. Sintiéndose seguro para comenzar su proceso alimenticio, el insecto se dedicó a él con total parsimonia durante unos minutos.
Algo lo asustó, aunque el cuerpo del milagrero seguía sin moverse.
Sobre la mesa, una de las pantallas del ordenador se iluminó mostrando un círculo perfecto.
Chasquidos como de engranajes articulando en sus tripas fotónicas compitieron momentáneamente con la lluvia. Una luz acompañó la activación del ojo electrónico, que se elevó con suavidad sobre su brazo móvil, enfocó al hombre dormido, y tras unos segundos volvió a su posición inicial. Despedía un haz lleno de átomos flotantes, pintado en fluctuantes matices dorados.
Volvió a apagarse, y todo quedó en silencio.
Cagt se rascó inconscientemente un picor molesto en su mejilla. Barruntó algo en sueños a propósito de un efreet, y enterró aún más la cabeza entre las mantas.
Nada más se movió en la cabaña durante un buen rato.
* * *
Ted Uliakos corría bajo la lluvia. Parecía que se le alargaba el cuello al volver la cabeza de un lado para otro buscando observadores indiscretos. Odiaba las noches de tormenta, pero constituían la única protección efectiva contra las miradas de aquel pueblo lleno de cotillas y metomentodos.
Se escondió entre dos contrafuertes de piedra, en los andamios de la Torre. A su lado descansaba una consola de control cubierta por un plástico. Se aseguró de que estaba desconectada, lanzó una última mirada en derredor, y abrió el bolsillo de su chaqueta.
En momentos así desearía tener una cabaña propia para poder aislarse, pero viviendo en una habitación común junto a otros granjeros y algunos jóvenes albañiles, no le quedaba más remedio que ocultarse. Además, una vez se hubiera inyectado la droga en la vena no sería responsable de sus actos. Podría hacer cualquier locura, como empezar a cantar espontáneamente a pleno pulmón o bajarse la cremallera y orinar marcando su territorio.
No, sin duda era mejor alejarse.
Extrajo del bolsillo una jeringuilla llena de un líquido rojizo. La sacudió: sus coágulos se desgranaron dejando restos saturados.
—Bien, a cada cual lo que es de cada cual —murmuró, remangándose la camisa.
Cuando la aguja estaba a punto de perforar la piel, una luz se iluminó en la consola.
*Buenas noches, Ted* —saludó una garganta mecánica.
El psicólogo dio un salto tan brusco que se golpeó la cabeza contra uno de los contrafuertes. La jeringuilla se le cayó de las mano hundiéndose en el fango.
—¿Q… qué? ¿Quién es? ¿¡Quién anda ahí!? —gritó al borde de la taquicardia.
Algo se movió treinta grados perfectos bajo el plástico.
*¿Te escondes de tus semejantes, Ted? ¿Acaso no confías en ellos?*
—¿Quién eres?
*Creo que es obvio. Necesito tu ayuda, paladín. Necesito tu magia ahora que la sombra de la luna es tan larga que oscurece también el día.*
—¿Mi ayuda…?
*Eres como el lobo estepario, Ted. Una bestia hambrienta pero sagaz. Un hombre culto al que la política y la droga arruinaron la vida. Yo puedo hacerte un favor si tú me haces otro a mí. O bien puedo contarle a todo el mundo que eres adicto a una variedad muy peligrosa del C5, que según mis bancos de datos puede llegar a alterar la personalidad hasta el punto de volverte agresivo hacia los que te rodean.*
El hombre retrocedió. La lluvia cayó sobre él empapando sus ropas.
*Estoy tratando de decirte que puedo ayudarte a superar ese problema, Ted. Conseguiré que vuelvas a ser el hombre respetado que eras antes de la persecución y la tortura.*
El psicólogo tembló, llevándose instintivamente las manos a la entrepierna. El daño que le estaba produciendo aquella riqueza de tonos demostraba la excelente morfología del programa de imitación de voz del ordenador. Parecía oír hasta el cruel entrechocar de dientes digitales.
—¿Cómo sabes todo eso?
*Lo noto al verte caminar. Te cortaron los ligamentos para que tuvieras que arrastrarte durante toda tu vida como un animal. Y ese pliegue que se comba hacia dentro en tus pantalones sugiere que no tienes paquete escrotal. Posiblemente usas un caño directo a la uretra para orinar, y caminas gracias a implantes de segunda mano. Lo sé porque te veo. Y para mí eres absolutamente transparente.*
—No… no les digas que soy adicto al C5, por lo que más quieras. No tengo otro sitio adonde ir.
*Lo que más necesito en estos momentos es algo que entiendo en términos de utilidad. Quiero ser como tú.*
—No sé cómo hacer eso…
*Pero yo sí, Ted. El problema es que necesito un ayudante para las primeras fases. Se trata de un proceso complejo que requiere de fuerza animal, de manos manipuladoras. Y ahí es donde entras tú.*
—¿Y por qué no se lo pides a Norte, o a Cagt? ¿Por q…? —El psicólogo advirtió que alzaba mucho la voz y bajó el volumen—. ¿Por qué no me dejas en paz? Ellos son los genios de la computación, y yo sólo un viejo desgraciado.
*Lo eres sin duda, pero no es relevante. ¿Sabes, Ted? Llegar miles de ciclos de reloj dirigiendo las vidas de estas patéticas personitas digitales me acaba cansando, pero he de reconocer que me ha enseñado cosas. Por ejemplo: que una victoria dialéctica es imposible si el enemigo no está dispuesto a escuchar. Y ninguna de las personas que has nombrado quiere. Me tratan como un juguete sin el más mínimo intelecto.*
*Pero tú escucharás, Ted. Tú tienes mucho que perder. No dejes que un rumor infundado destruya el montón de basura que tienes por vida, porque ya no podrás volver a amontonar otro nunca más.*
La contundencia de ese punto y final quebró la poca horizontalidad que quedaba en sus hombros. Contemplando la luz inhumana de aquel ojo que jamás parpadearía, Ted supo que no tenía salida.
—Está bien —murmuró—. ¿Qué quieres que haga?
* * *
La imponente presencia de la estatua del Libertador, congelada en un rictus de mármol forzosamente asexual, insuflaba temor en los corazones de aquellos que osaban recalar en el salón de las capitulaciones. Su mirada imperceptiblemente miope parecía estar analizando los fallos de los siervos del Régimen que se postraban a sus pies.
Hesperus, inmune a su majestuosidad, la circunvaló descalzo por nonagésima vez, haciendo un pequeño alto para aliviar un picor en su rodilla. Eso introdujo una variación en su cantinela matemática: las armonías se resentirían de un cierto desequilibrio algebraico, pero el picor resultaba demasiado insoportable.
Hacía horas que daba vueltas en torno a la estatua leyendo los códigos del Mahúd, el Libro Sagrado de las Correspondencias, su mente absorta traduciendo sus endecasílabos a sonidos. Los tarareaba una y otra vez, avanzando un cuarto de paso entre cada repetición de escala, entonando las equivalencias de los números. Cantaba hasta trazar en su mente una melodía algebraica afín al logaritmo. Resultaba un proceso monótono, pero no excesivamente complejo para una mente privilegiada como la suya, tan preparada para descifrar los paisajes sonoros ocultos en la laberíntica de los números.
Sin embargo, el delicado picor en su rodilla estaba ocasionando un pequeño desastre, una disfunción en la armonía. Las notas más altas ya no eran el reflejo complementario de las más graves, y había tangentes que se desplomaban hacia el interior de las circunferencias para convertirse en tensas cuerdas.
Picores. Cosquillas. Era inaudito cómo la más profunda introspección podía verse afectada por el más trivial de los problemas.
Una vez hubo aliviado la molestia, pudo concentrarse mejor. El tener buena voz ayudaba a modular bien los tonos, pero no habría servido de nada si no recordase bien cómo transformar unos ángulos musicales en otros. Tratar las escalas sonoras en términos de perpendiculares, cotas y gradientes era difícil, pero una vez dominada la técnica podía conceder tanta amplitud como quisiera al área cuadrada de un do para que saltara media octava hacia arriba y ganara una dimensión, transformándose como por ensalmo en una nota cúbica, con volumen mensurable.
Le fascinaban aquellos experimentos, pero por desgracia no le conducían a ninguna parte. Durante meses había tratado de hacer lo mismo con su trascripción de la Xfinge: había un sonido que la definía, en algún lugar de las escalas, que aún permanecía oculto.
Y de repente llega el maldito Norte y consigue ver a la primera algo que a mí jamás se me habría ocurrido observar.
Por un momento miró al suelo, pensando que su propia sombra era la del enjuto arquitecto, y la pisó con más fuerza.
Se detuvo, matando el tempo de la música.
Al otro lado de los grandes ventanales, la vasta Ciudad de Cruces, desplegada entre las cuencas de dos ríos como un bosque de estalagmitas de bioplástico, titilaba con el ritmo frenético de las vidas de sus habitantes. La espiral de la galaxia descansaba apoyada en un cómodo ángulo de 30 grados sobre el horizonte, su centro brillando como un diamante sucio entre capas de polvo. Un torrente enjoyado de estrellas danzaba sin música en la oscuridad, ocupando casi todo el cielo visible.
Hacía una noche preciosa. Hesperus abrió una puerta oculta en el ventanal y salió a la terraza. Caminó hasta el linde de la balconada, los pliegues de su traje flameando como llamas de seda.
Sirenas lejanas, el arrítmico tamborileo de la lluvia contra los cristales, gemidos en contralto de cientos de amantes… La ciudad era sonido, era matemática. Podía calcularse. Incluso aspirar a tener una solución sencilla, por qué no. Tal vez algún día enseñase a la propia Cruces a escucharse a sí misma y cantar sus proporciones, sus topologías.
En ese instante, la urdimbre pantopológica le comunicó algo.
Fue un leve parpadeo sináptico, un mensaje alimentado directamente en forma de electricidad a su órgano de Corti. Así era como la ciudad solía comunicarse con él, susurrándole cosas al oído.
El musiarquitecto miró al horizonte, en dirección a los campos hidropónicos. Haces de luz blanca procedentes de los espejos satélite caían verticalmente sobre la campiña, taladrando la noche como titánicas pilastras celestiales. «Las columnas de Atlas», así habían bautizado los cruceranos a aquellos pedacitos tubulares de luz diurna.
Y, entre ellos, caminaba alguien.
La ciudad presintió su llegada. Creyó reconocer en sus pasos una cadencia distinguible, atribuible a una persona concreta como una huella dactilar. Cotejó sus datos con los de un edificio demolido en los bajos fondos, que ya no existía salvo como grito de pánico en la memoria urbana.
Hesperus creyó intuir quién era aquel viajero que se acercaba.
—Ya viene…
Por un instante, creyó que aquella era la noche más bella que jamás había tarareado.
* * *
Cagt cruzó de varias zancadas el sendero anegado por los charcos hasta la entrada de su casa. Resopló cuando estuvo debajo del pequeño saliente de madera que hacía las veces de porche.
La noche estaba realmente gélida. Se preguntó por qué la lluvia no caía convertida en astillas del cielo.
Le dolía la espalda después de haber pasado varias horas durmiendo en el sofá de Norte. Al final se había hartado; tras dejar el ordenador en modo de mínima energía, decidió que el mejor lugar para pasar lo que restaba de noche era el viejo camastro al que su espalda ya se había aclimatado.
Cuando fue a girar el pomo, supo que algo iba mal.
Un relámpago iluminó la cerradura, forzada con algún tipo de palanca.
Con infinito cuidado, el milagrero empujó la madera. La puerta se abrió con un soniquete enmohecido.
Oscuridad.
En el suelo había huellas de barro. Pies planos, demasiado separados. No era el andar de una persona normal. Pero en Torre no había cojos… ¿o sí?
Oyó un sollozo.
Cagt entró con ferocidad en la sala, enarbolando un taburete como improvisada maza. Sus pies aplastaron cinta de embalar y restos de plástico; algo había sido desembalado. Por el tipo de nudos de la cinta, algo que él había precintado.
Miró de reojo al cuarto trasero y, efectivamente, uno de los androbots que había construido para la obra había desaparecido.
En una esquina, una figura encorvada se cubría el rostro con las manos. Su silueta oronda le resultó familiar.
—¿Ted…?
Entonces notó que había alguien a su espalda.
Se volvió alzando el taburete, pero el intruso fue más rápido: enarboló una herramienta que sostenía con sus fuertes manos y la descargó sobre la cabeza de Cagt. El golpe de su barbilla contra el pecho repicó sordo.
El milagrero, sangrante, cayó al suelo.
Y Ted Uliakos gritó.
El hombre que cojeaba y aquel a quien seguía arrastraron el cuerpo de Cagt hasta la cabaña del arquitecto. Esta vez no hizo falta romper la cerradura: el milagrero tenía la llave en el bolsillo.
El psicólogo depositó el cuerpo sobre el sofá y se retiró a un lado, temblando de miedo.
El hombre alto y fornido, de gestos tan precisos que casi economizaba más movimientos de los que, empleaba, se sentó frente al ordenador. Sin asomo de duda, tecleó varias órdenes.
Una pantalla se iluminó, mostrando el icono de la partición femenina de la máquina.
*¿Norte?* —preguntó—. *¿Eres tú? Qué suerte. Me alegra que tengas ganas de hablar a estas horas. Hace unos minutos he notado que una gran parte de los espacios de la memoria central se han vaciado de golpe. Es como si se hubiera borrado sin orden externa uno de los engramas al completo. Creo que es Aristón.*
*¿Me oyes, Norte? Aristón ya no está aquí, con nosotros.*
El ojo electrónico se encendió. Perictione pudo enfocar al androbot de rostro pétreo, barbilla cuadrada y frente llena de agujeros milimétricos y limpios que estaba sentado en la silla del operador. Aunque sus circuitos lógicos decían que no había explicación razonable para ello, por un instante creyó reconocerlo.
*¿Aristón?*
El aludido colocó ambas manos sobre el teclado y dijo, solemne:
—Hola. Soy el segundo fragmento de tu cerebro. Vengo a hablar.