3
LA ESFINGE

—¿Qué es esto, un antiguo búnker del Régimen?

—Sí. Agacha la cabeza al entrar —instruyó Hesperus, franqueándole el paso.

Norte se acuclilló para rebasar la entrada de la estrecha cámara, un refugio que apenas bastaba para albergar una veintena de hombres. Estratos de polvo acumulados en las esquinas denunciaban el desuso en que había caído el complejo. Una bombilla sucia colgaba de su cable en el techo.

Encima de una mesa solitaria, entre libretas, calculadoras de bolsillo y un ábaco, descansaba el cubo.

Hesperus descendió la escalinata de entrada y cerró la trampilla. Quedaron totalmente a oscuras. Norte oyó el susurrar de la ropa del musiarquitecto pasar junto a su espalda y maniobrar unas clavijas de la pared. La bombilla se encendió.

—Esto y el fortín de tropas que desmantelaron más al sur son los últimos vestigios de la base que controlaba el valle. Cuando el vado dejó de tener importancia estratégica, la abandonaron. Yo uso el búnker para estudiar la Xfinge desde que logré reparar el motor del sótano.

Norte circunvaló la mesa, admirando aquel objeto de proporciones perfectas. Un cubo rugoso, ligeramente reflectante en tonalidades doradas y púrpuras, tallado en un mineral de imposible clasificación. Parecía una caja, pero no podía abrirse de ninguna manera. Instaba a averiguar qué secretos guardaba en su interior, pero no había junturas en su superficie que indicasen cómo esos secretos habían podido introducirse allí.

El cubo era una pieza única, pero a la vez constituida por miles de pequeños detalles, taras y relieves entremezclados en una inextricable maraña de manifestaciones geométricas. Norte las veía con los ojos de su mente, sabía que estaban allí, y que su orden y lógica eran perfectamente coherentes, pero de ninguna manera pertenecientes al mundo de lo cognoscible. Para los matemáticos, aquella caja era casi una leyenda, una instantánea de la cognición de Dios.

—Es él —murmuró—. Al fin.

—¿Esta cosa es el monstruo que andabas buscando?

Norte asintió.

—¿Por qué has esperado a que Amber te diera permiso para enseñármelo?

Hesperus situó la tulipa de la bombilla de forma que la luz incidiera justo sobre la mesa.

—Porque le pertenece a ella. La verdad es que nunca me contó cómo semejante artefacto fue a parar a sus manos… y tampoco me atreví a preguntar.

Hesperus abrió sus libretas, mostrando páginas llenas de números y pentagramas, sinfonías enteras para ser interpretadas a dos imaginarias manos que detallaban las isometrías del Cubo.

Norte las hojeó con agradecimiento, a sabiendas de que recogían el trabajo que aquel hombre había realizado durante años.

—¿Esto es…?

Hesperus asintió.

—Ahí está todo. La transcripción armónica de la cristalografía del cubo, una melodía que evoca la música de los planetas. —Tomó aliento—, pero no está afinada. Ahora que nos has suministrado las fórmulas de coherencia, obtendremos una imagen sonora mucho más real, más cercana a la fuente fractal del acertijo.

—¿Me permites usar tus apuntes para empezar a investigar?

—Éstos sí —puntualizó—, pero te advierto que no será fácil. A veces tengo la sensación de que nuestra ciencia es demasiado joven para enfrentarse a este misterio.

Norte se cruzó de brazos, expectante, mientras el musiarquitecto resumía el estado de sus investigaciones.

* * *

Hesperus había llegado muy lejos, pero era incapaz de rebasar un determinado nivel de profundidad en su exploración de la cifra. Norte sospechaba que sus cálculos en realidad no estaban equivocados; no…, era algo más extraño, como si la propia cifra no le dejase avanzar más allá de una determinada frontera.

El callejón sin salida surgía tras la nonagésima estrofa. Norte las canturreó en su mente, imaginando a qué ecuaciones correspondían las notas y a qué constantes los tempos. Al principio eran melodías muy difíciles de asimilar, pero las repeticiones y los ritmos iban apareciendo con el tiempo, a medida que se depuraban los logaritmos.

Él mismo corrigió algunos pentagramas, afinando los silencios, cambiando sutilmente las escalas. Pero las notas morían ineludiblemente. No se extinguían; más bien parecía que cambiasen de sentido. De buenas a primeras, los pentagramas de Hesperus se llenaban de tachones y aparecían marcas en el papel, como si el impaciente músico lo hubiese arrugado en diversas ocasiones y vuelto a alisar después.

De repente, sin previo aviso, el tempo fluía al revés, como si toda la partitura estuviese reflejada en un espejo. A partir del último compás ternario, la melodía se reescribía hacia atrás hasta volver de nuevo al comienzo. Norte comprobó los resultados de las ecuaciones y tuvo que rendirse a la evidencia: si la progresión se representase en una gráfica, ésta trazaría una parábola hasta invertirse y regresar a su punto de partida, prisionera de un bucle infinito. Era casi mágico.

Al principio no le concedió demasiada importancia. Era posible, al fin y al cabo, que Hesperus hubiera equivocado algún dígito en alguna parte y estuviera afectando al conjunto. Pero si eso era cierto, ¿por qué todo parecía tan coherente, tan limpio de fallos, hasta que la regresión hacía acto de presencia?

Era como si…

—… Toda la cifra no fuese más que un espejo de sí misma —murmuró, tumbado en el suelo. El cubo parecía observarle en silencio desde la mesa. Evaluándole. Tal vez riéndose por lo ingenuo de sus pensamientos.

Norte se levantó, despeinado y con la camisa llena de suciedad. Dejó una silueta en el pavimento.

—Un espejo que refleja toda la matemática —barruntó—. Pero no a nivel de cálculos, ¿verdad?, sino de su capacidad para explicar el universo. Nos está diciendo que nuestra percepción de la realidad es demasiado simple.

¿Tendría razón Hesperus? ¿Carecían de la tecnología apropiada para enfrentarse al acertijo? Él veía números, y daba por sentado que la disciplina que había que aplicar eran las matemáticas, pero podría estar equivocado.

Eso no le asustaba. La experiencia le había vuelto un pensador duro, curtido en mil batallas metafísicas delante de una pizarra, y le había enseñado una importante lección: jamás había que tirar la toalla ante los desafíos imposibles. La paradoja de los espejos de Hesperus parecía un callejón sin salida en una ciudad llena de callejuelas, pero estaba seguro de que con el tiempo acabaría por dar con una herramienta que le permitiese derribar el muro.

La voz de Amber le asustó.

—Hace días que no sales de aquí.

—¿Eh? Ah, hola. —Norte se estiró, bostezando. La inesperada visita lo situó en la realidad, haciéndole notar lo cansado y hambriento que estaba.

—Si no comes, tu mente no seguirá funcionando a ese ritmo endiablado.

—Lo sé. Es que es tan fascinante…

Le cedió la silla. Amber no se sentó, pero ojeó sus papeles llenos de números. Norte la contempló con cierta admiración. Era una mujer corpulenta, dogmática y testaruda, con un rostro animado por una inteligencia poética que le atraía sin remedio.

—¿Cómo va la investigación? —preguntó.

—Dando resultados increíbles. He logrado encontrar algo parecido a líneas topográficas en la expresión cero de las ecuaciones.

—Uf, no soy doctora en matemáticas, lo siento.

—Perdón. —Buscó las palabras—: Digamos que es como si… si al reducir la cifra fundamental a su patrón de correlaciones surgiera un abanico de soluciones que explicara la relación entre sus diferentes segmentos. Aplicándolas, las cantidades se organizan por sí mismas en grupos de interés, racimos de fórmulas algebraicas. Y, aunque no te lo vas a creer, ¡son fórmulas topográficas! —Hizo un mohín, impotente—. Lo siento, es que no sé expresarlo más claro.

Amber sonrió.

—Imagino que no. También Hesperus tiende a soltarme largas parrafadas sin sentido, pero lo hace con tanta ilusión que me da lástima coartarle. Le sigo la corriente y al final exclamo asombrada: «¡Oh!».

—Ya, supongo que en el fondo todos somos iguales. —Norte se sonrojó.

—¿Por qué lo llamas monstruo?

—¿Cómo?

—Al Xfinge. —Amber cogió el cubo de la mesa y lo sopesó—. El día que llegaste a mi cabaña hablaste de él como si estuviera vivo. Como si fuese un antiguo ser mitológico al que fueras a dar muerte.

—Es que lo es.

Una bajada de tensión hizo parpadear la bombilla. Duró sólo unos segundos, en los que el búnker quedó sumido en una penumbra ondulante.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal del pensador.

—Las leyendas primitivas que hablan de él lo sitúan en la antigua ciudad de Tebas, en la Tierra. Descansando sobre una roca, planteaba a los viajeros una pregunta y los devoraba si no la resolvían.

—De niña me contaron esos cuentos.

—No son cuentos: son parábolas. La leyenda de la Esfinge de Tebas es una metáfora para explicar cómo los sabios de la época arruinaron sus vidas tratando de resolver los misterios que encerraba el cubo. Cuando el héroe Edipo lo resolvió, contestando satisfactoriamente al acertijo, lo hizo con una metáfora del ciclo vital: supo ver que el ente que camina a cuatro patas al amanecer, dos al mediodía y tres al anochecer, era el ser humano. El núcleo de todo el misterio resultó ser el propio pensador.

—¿De eso va todo esto? ¿De metáforas vitales?

Norte acarició con reverencia el cubo.

—Los colmillos de la Xfinge hieren realmente —murmuró—. Yo los he visto. Si no ofrecemos una solución correcta al cien por cien a su pregunta, nos matará a todos.

Hubo unos momentos de silencio. Amber irrumpió en una carcajada para disipar parte de la tensión. El viento ululaba en el exterior, arrancando gemidos a la puerta del búnker.

—Estás loco. Esto es sólo un artefacto construido por quién sabe qué clase de chiflado, que el Régimen y los esfingistas buscan por pura codicia.

Norte asintió, acompañando a Amber a la salida. El hambre acuciaba.

—Tal vez. Todo parece una tontería si lo piensas con detenimiento, ¿verdad?

Una vez fuera respiraron el aire nocturno, fresco y cargado de aromas. Sus pulmones se hincharon, deseosos de limpiar los restos de la atmósfera viciada del búnker.

—Se nota que esas leyendas están escritas por hombres —comentó Amber.

—¿Por qué lo dices?

—Porque siempre tienen que ver con seres humanos. Como si no hubiera enigmas en el universo destinados a las ranas, o a los peces.

—Un momento. —Norte se detuvo—. Un… un momento. ¿Qué fue lo que dijiste antes?

—¿Cuándo?

—Cuando te conté la leyenda de Edipo de Tebas. Me preguntaste si todo se reducía meramente a…

—Metáforas vitales… Parece un tema recurrente en todas las leyendas, ¿verdad? Como si los monstruos diseñaran esas raras adivinanzas imaginando que las iba a resolver un ser humano, y no una computadora.

El matemático se golpeó la frente simulando el impacto de una idea descabellada.

—¡Eso es! ¡Una metáfora vital!

—¿Qué te ocurre?

Norte le plantó un beso en los labios.

—Eres genial, Amber. ¡Verdaderamente genial!

Y se encerró a cal y canto dentro del búnker, echando todos los cerrojos que aún conservaba la puerta. Amber supo que el matemático tampoco acudiría esa noche a cenar a su cabaña.

La actividad que Norte desarrolló durante las siguientes semanas fue frenética. A partir de las fórmulas de coherencia y los códigos de sonidos desarrollados por Hesperus, logró componer una serie de instrumentos de floración de la cifra que confirmaron sus sospechas: había más, mucho más de lo que había imaginado, escondido en su interior.

Poco a poco fue surgiendo una interpretación que nada tenía que ver con la de Hesperus. En las dimensiones secretas del cubo, ocultos en sus extrañas configuraciones cristalográficas, había dibujos. Dibujos acompañados de cifras, porcentajes y cálculos de áreas.

Norte se sumergió durante largos días, sin apenas comer ni dormir, en los entresijos de aquellas misteriosas relaciones numéricas. Al final, en un amanecer glorioso a comienzos de la primavera, realizó un descubrimiento fundamental:

—¡Es una torre!

—¿Una torre? ¿Qué clase de torre? —preguntó Amber, reunida con los dos pensadores en el jardín de su casa. Como propietaria del cubo, tenía derecho a ser informada de los progresos.

Norte les mostró entusiasmado los planos que había garabateado en la pizarra de Hesperus. Su ímpetu contrastaba secamente con el aire contrito del musiarquitecto, que miraba los trazos sin excesiva confianza.

—Como sabéis, el cubo Xfinge encierra un acertijo —explicó—. Un número de al menos doscientos cincuenta mil dígitos escondido en lo más profundo de su combinatoria cristalográfica. Ese número puede ser interpretado de muchas maneras: dependiendo de la clave que usemos para desencriptarlo, puede convertirse en una relación matemática, un libro de ecuaciones trilineares, un poema o una canción. Hesperus lo oyó en forma de música y compuso una sinfonía. Yo lo veo más bien como un proyecto arquitectónico.

—¿Quieres decir que dentro del cubo hay un mapa?

—Planos de construcción, más bien. Magnitudes físicas, cálculos de presiones, propiedades elásticas… —Abrió expansivamente las manos—. He llegado a la conclusión de que la cifra cambia en función de quien la examine. Nosotros estudiamos la Xfinge, pero de alguna manera… No sé, creo que ella también nos estudia a nosotros. O eso, o su pregunta es tan universal que cada pensador puede interpretarla en función de su experiencia vital. Conocer el idioma matemático en que se escribió originalmente no es conditio sine qua non para entender el acertijo.

—¿Y son muy completos esos planos? —preguntó Amber.

—Al detalle. Se puede extraer tanta información como para construir una torre de al menos ochocientos metros de altura.

—¡Ochocientos! —Hesperus rió sin ganas—. Me parece que esa interpretación queda completamente fuera de nuestro alcance.

—¿Por qué? Tenemos un montón de obreros ahí fuera.

Los dos le miraron en silencio. Norte paseó la vista por el jardín, la mente perdida en elucubraciones.

—Puntualicemos un par de cosas —meditó—. Toda esa gente necesita un lugar donde vivir, lejos de las presiones de las grandes ciudades. Podemos dárselo; podemos resolver todos sus problemas, gestionar una pequeña comunidad de varios centenares de personas a cambio de su ayuda en la construcción de la torre. Nos llevará años…

—Décadas.

—Muy bien: décadas. Pero a menos que nos empeñemos en avanzar a la escala frenética de las ciudades, no hay realmente ningún problema fundamental a la hora de acometer el proyecto. Construyamos la torre y la respuesta al enigma de la Xfinge aparecerá por sí sola.

—Pero toda esa gente está aquí de paso —terció Amber—. Y la mayoría no han usado un martillo en su vida.

—¡Claro, y eso es lo mejor de todo! —A Norte se le iluminaron los ojos—. Pueden aprender de aquellos que sí sepan. Y si no les convence la idea, cada cual puede marcharse cuando le plazca. Quien desee ser ciudadano del valle se verá eximido de los trabajos en el campo mientras ayude como peón en la obra.

»La planificación globalizada no funciona para comunidades de gran tamaño, porque la cantidad limitada de energía y recursos vuelve codiciosos a los hombres, pero es perfectamente aplicable a grupos pequeños.

—Con nuestros medios jamás podrás llevar a cabo un proyecto semejante —dijo Hesperus—. ¿Qué hay de los materiales? ¿Y de las máquinas? No se puede construir algo tan grande sin industria ni recursos físicos.

—¿Por qué no? —Norte hizo un mohín—. Los egipcios lo hicieron.

—Ellos disponían de miles de trabajadores contratados. Y esclavos.

—Y nosotros tenemos a Newton, Fermi y Helmholtz. Poseemos tecnología de pensamiento muy depurada en química, física y matemática avanzada, todo un arsenal de conocimientos sobre la naturaleza del cosmos del que ellos carecían. Una cosa compensará la otra.

—¿Pero de dónde demonios sacamos la energía?

—Del mismo lugar de donde la sacas tú. Posiblemente en el fortín abandonado haya generadores mucho más grandes y funcionales que el que estás usando en el búnker.

Amber juntó las manos, pensativa.

—Podríamos intentarlo.

—¡Amber! —protestó Hesperus.

—Sé que como proyecto es una locura, pero tú compusiste una sinfonía a partir de tu microscopio. ¿Por qué no dejarle a él intentar su idea? —Se dirigió a Norte—: ¿Tienes suficientes conocimientos en ingeniería y arquitectura como para afrontar con garantías una empresa así?

—Con ayuda de mi ordenador, sí.

—¡Pues inténtalo! —rió Amber—. De todas formas, qué más da a estas alturas. Tenemos el valle lleno de refugiados que no tienen adónde ir. Pero te prevengo: aunque en la práctica la comunidad funcione como una anarquía, será mejor que establezcas una junta de gobierno, una asamblea o lo que te venga en gana.

—¿Para qué?

—Vosotros los científicos estáis muy metidos en vuestros mundos incomprensibles, pero no tenéis ni idea de cómo funciona la mente humana —sonrió—. Hazme caso: esa gente, que ha crecido a la sombra del Régimen, debe ver que hay un grupo encargado de velar por la buena marcha de la comunidad. Uno pequeño, al que se le puedan echar las culpas si la cosa sale mal. Están demasiado acostumbrados a obedecer como para que ahora les pidas que sean responsablemente libres.

—Tal vez tengas razón.

—Elige a gente que represente bien a cada etnia y subgrupo y, aunque tú tomes las decisiones finales, consúltales. Total, carecen de conocimientos para rebatírtelas, así que a la larga te harán caso.

—Amber, lo que dices es… —Hesperus no salía de su asombro—. Es denigrante. No puedo creer que le estés dejando hacer esto.

—En realidad, querido, no tengo poder para impediros hacer nada que os propongáis. A ninguno de los dos. Y creo que ambos tenéis derecho a intentar descifrar el enigma de la Xfinge como mejor os parezca.

Norte agarró su pizarra.

—Bien —decidió—: Por preguntarles si están dispuestos o no a dar este gran paso no perdemos nada.