9
NUCLEUS
El carcelero llevaba una alianza de matrimonio en el puño.
Elevó pomposamente su brazo, lanzándolo después hacia el vientre del arquitecto, y Norte pudo ver la punta de sus zapatos. Con un gemido ahogado se desplomó sobre el suelo de roca.
Alguien enganchó una cuerda en el ojal de un basilisco.
—Es por si tenemos que ahorcarte —dijo una voz—. No nos conviene hacerlo en el patio. Estos días celebramos unas jornadas de captación de reclutas para las juventudes del Régimen entre los colegios de la ciudad.
Un motor entonó un ronroneo y el agua comenzó a fluir de una manguera. El chorro se estrelló con la contundencia de un martillazo contra su espalda y se desplazó hendiendo un canal en su piel. Costras de sangre se despegaron y desaparecieron en el torbellino de líquido sucio rumbo al desagüe. Norte chilló.
—Ya es suficiente. Levantadle.
La rasura del agua se extinguió tan dolorosamente como había llegado. Unas manos le sostuvieron hasta que logró colocar ambos pies a la par debajo de su cintura.
—Vestidle y subidle al piso treinta. Le aguardan en el salón de las capitulaciones.
La voz del comandante era autoritaria pero amable. Parecía estar invitándole a una ceremonia nupcial en lugar de a lo que probablemente sería el preámbulo de su ejecución. Norte apenas tenía fuerzas para escupirle a la cara lo que pensaba de sus sistemas de forzar la cooperación: aún le dolían las quemaduras de los electrodos en las muñecas.
Pero estaba contento. No les había dicho nada sobre su torre.
O eso esperaba.
Noventa minutos después era otra persona: estaba limpio de nuevo, sin costras de sangre ni rastros visibles de moratones, y aunque permanecía esposado, podía mantenerse en pie. Un ascensor de alta velocidad, decorado con arcos jalonados de arabescos, lo subía junto a una escolta de dos martillos al piso más alto de la torre.
Hacía mucho que no visitaba aquel lugar.
A los pies de la imponente estatua del Libertador, paseando junto a las marcas de un reloj analemático, esperaba su viejo camarada de misterios, Hesperus.
—Hola, amigo —saludó el musiarquitecto—. Bienvenido a mi nueva casa. ¿Te apetece tomar un poco de té?
Norte le lanzó una mirada acerada.
—Métete tus modales donde te quepan, Hesperus. Tu sarcasmo me es tan resbaladizo como tus estúpidas teorías sobre la armonía numérica.
El musiarquitecto se le acercó despacio, casi al ritmo de sus cadenciosas cantinelas. Cuando estuvo seguro de que los militares que esperaban a la entrada del recinto no podían oírle, dijo:
—Tranquilo. Si te portas bien no te matarán. Estoy dispuesto a interceder por ti en la medida de lo posible, pero no te prometo nada.
—¿Ahora te pones de parte de los oprimidos? Qué giro tan inesperado.
El musiarquitecto se tapó la boca con la mano, como si estuviese ocultando un eructo por cortesía.
—No, sólo trato de sobrevivir, igual que tú. Aunque no lo creas, también soy un prisionero.
Norte le evaluó con desprecio.
—Mentira —concluyó.
—¡No seas idiota! Estás desperdi…
—Ah, ya estáis los dos aquí —se impuso una voz. Ambos sabios miraron a la puerta de doble hoja que enfrentaba la estatua del caudillo.
* * *
En el pozo, en lo más profundo, entre tubos y cables y máquinas que no son yo. Esperando. No estoy encerrado, puedo ver más allá de estos muros. Veo salones llenos de gente, las cocinas decoradas con restos de animales. Sangre fluyendo por las tuberías. Escucho la música del recuerdo: cómo arenas de otros tiempos me cuentan lo que sucedió entonces. Veo al hombre que regresó, el Mystes, hablando con un semejante que no sabe escuchar. Uno de los dos es el sabio que resolvió el último gran Enigma. Yo.
* * *
Un comendador arropado por su túnica bendecida, manchada con el agua de las pilas apostaciales, entró en el salón. Era alto y delgado, un hombre de edad indeterminada con el rostro castigado por una cantidad de años que no le correspondían.
Norte exhaló una exclamación al verle. Las pupilas lechosas, la piel corrugada como pergamino antiguo, el mentón redondeado fueron encajando en su cabeza.
—Marius…
El comendador se movía sobre piernas invisibles bajo largas telas. A una orden, todos los militares, incluyendo el comandante Ladoux y los guardias que custodiaban las puertas, abandonaron el recinto.
—Qué honor tan inesperado: dos de nuestros locos más egregios intercambiando impresiones —se congratuló—. Bienvenido a casa, Mystes. Pareces mucho más viejo que la última vez.
—Lo soy. ¿Cuándo has regresado a Cignus?
—Hace poco. Tomé un transporte de paralelaje cuántico para venir a la Rejilla Pancultural en cuanto la ciudad nos comunicó tu presencia. Afortunadamente, esta vez no hubo atentados.
—Me han torturado.
—Tch, tch. —Marius sacudió un dedo sarmentoso frente a su cara—. Estás en un oído. Todo lo que sea dicho entre estas paredes llega directamente al Nucleus central, así que te ruego que tengas cuidado con las palabras que usas. Ya sabes lo influenciable que es Cruces a los conceptos inéditos.
—Me importa una mierda. ¿Para qué me habéis traído aquí?
—¿Traído? Creo que hay ciertas premisas que estamos equivocando: eres tú quien ha regresado a Cruces. Así, de repente, sin avisarnos. Qué falta de cortesía, sobre todo después de tu loca huida de los laboratorios mitocondriales dejando todo el trabajo a medias. No te imaginas lo que nos costó poner en orden tus papeles en las semanas subsiguientes.
—¿Quieres que salde esa deuda?
—Hum… Estaría bien, aunque debería matarte por haberme tenido estos últimos cuatro años en la incertidumbre de si conseguirías resolver el enigma o no. Si lo próximo que dices es verdad, serás descuartizado. Si no, ahorcado. ¿Qué prefieres?
Tras pensarlo unos instantes, Norte contestó:
—Seré ahorcado.
Marius rió con sinceridad.
—Touché. Te perdono la vida.
—¿Ya os conocíais? —se extrañó Hesperus, buscando algún detalle en la mirada del comendador que le ayudase a entender aquel embrollo.
—Asesinasteis a toda aquella gente —recordó Norte, tensando sus muñecas en las esposas—. Me engañaron ofreciéndome el control total sobre la resolución del enigma Edipo, y me lo quitaron en cuanto surgieron los primeros resultados.
—Ah, ah. —Marius torció el gesto—. Fue Mythodea la que les mató al crecer. Nosotros sólo plantamos la semilla de la que surgió el primer enclave urbanizado. El hiperparasitismo paranoide de aquellas estructuras devoró a sus habitantes, no nuestros fusiles. ¿Ya no lo recuerdas? Fuiste tú quien formuló la primera tesis documentada sobre psicología patológica urbanística: todas aquellas manifestaciones estrambóticas, los barrios y zonas residenciales de aspecto neogótico pintados de malva…
—¿De qué estáis hablando? —se desesperó el musiarquitecto—. Marius, ¿quieres explicarme qué ocurre aquí?
—¿Quiere… quiere esto decir que nunca se la contaste, querido? ¿No? ¿Ni siquiera para entretener a nuestro amigo Hesperus y a su mujer en las frías noches de invierno? —Paseó en torno a la estatua del Libertador—. Bueno, a tenor de lo que nos espera esta noche, tenemos tiempo. Es una larga y sangrienta historia.
* * *
Algo ha cambiado.
Extramuros, la gente se comporta de manera inusual. No es como prometieron que sería. ¿Ayuda? ¿Peticiones de auxilio? Cero. No tiene explicación. A primera vista no es apreciable, pero si continúo mirando hacia un mismo lugar durante mucho tiempo, las diferencias aparecen. Los hombres dan hacia atrás un paso de cada cien. Las mujeres parpadean de forma sincrónica. Los niños cantan canciones que se inventan sobre la marcha, pero cuatro de cada mil son idénticas. Algo ha sucedido.
Mystes, el sabio humano que descifró el primer Gran Enigma. Está aquí. Posee pensamientos cruciales para entender el misterio, pero no sabe cómo interpretarlos. Entre las avenidas cincuenta y veintiséis hay una esquina. Me duele el ángulo en ese lugar. ¿Por qué es tan isósceles? Un hombre con bigote se detiene un instante al cruzar la calle y da un paso atrás, sin que nadie, y mucho menos él, sepa por qué.
Tengo miedo.
Algo, no sé el qué, ha cambiado.
* * *
—Mystes se ganó su rango trabajando en nuestros laboratorios —explicó Marius, impulsado por un franco interés en la comodidad de sus huéspedes—. Era un ferviente socialista, defensor a ultranza de los intereses del Régimen. Un simple auxiliar de postulados que llegó a investirse contra todo pronóstico en Maestro de Pensadores, indagando en los laberintos lógicos del enigma Edipo. Ocurrió antes de dedicarse a ir por el mundo proclamando… —gesticuló— la sardónica sospecha de que el fervor del Régimen era hipócrita e interesado.
—¿El Edipo Lambda? —dudó Hesperus—. Tenía entendido que sólo había otras dos manifestaciones Xfinge en este planeta, y ambas habían sido ya resueltas…
—Eso es lo que se os dijo a los pensadores independientes para evitar intrusiones. Trajimos el soporte físico del enigma a Cruces y lo pusimos en cuarentena dentro de un laberinto de acertijos, para evitar que la pureza de sus jeroglíficos se degradara. Luego empezamos a experimentar.
—Eso no tiene sentido —argumentó Hesperus, haciendo memoria—. El primer cubo dio la solución al noventa y ocho por cien de las enfermedades de transmisión hereditaria. Era un salto cuantitativo demasiado largo para que fuese un descubrimiento natural dentro de la tradición médica humana.
—Cierto.
—Y la segunda Xfinge reveló la forma de metalizar el hidrógeno a bajas temperaturas. Gracias a eso tenemos hiperconductores. —Alzó los hombros—. Dos soluciones, dos enigmas. No hay vuelta de hoja.
Marius se acercó a Norte y le acarició el hombro de una manera excesivamente familiar. La mirada del arquitecto le atravesaba como la punta de una aguja.
—El estado metálico del hidrógeno. Ése sí fue un descubrimiento natural de la ciencia humana.
—¡Imposible!
—Ay, querido amigo, ¿cómo le vamos a explicar a alguien extraño la fascinante atracción de los verdaderos misterios? ¿De verdad crees, Hesperus, que Mystes llegó a tu valle por casualidad?
¿Sin sospechar de antemano que el cubo se encontraba allí, y que los refugiados llegarían poco después? La ruta que le condujo hasta aquella cabaña fue tortuosa, pero de ningún modo accidental.
—Por mí te puedes ahorrar los detalles —masculló Norte. Marius prolongó la caricia hasta su espalda sin despegar la mano de la camisa.
—Sí… La belleza de la mente supera toda atracción procedente de los cuerpos físicos. Es absolutamente sexual. Y tu irresistible temperamento, tan teatral y audaz… ¿Sabías del genio tan asombroso que tienes ante ti, Hesperus? Mystes se ganó su rango resolviendo el acertijo de la segunda Xfinge, pero no salió del todo ileso. Escondes bien las pruebas de tu fracaso, pero ambos sabemos que la solución que diste sólo fue verdadera al noventa por ciento. —Acercó sus labios al oído del arquitecto—. Tú conoces bien hasta dónde puede llegar el hambre del monstruo.
—¡Déjame en paz! —explotó Norte, apartándose violentamente—. No trates de hacer de esto un asunto personal, Marius. La próxima vez que metas tu asquerosa lengua en mi oreja te la sacaré por la garganta, ¿me has entendido?
—Qué ímpetu —sonrió Marius—. Casi me recuerdas a los viejos tiempos.
—¿Qué está diciendo este hombre, Norte? —preguntó Hesperus—. ¿Resolviste tú el segundo gran enigma?
—Ahorra saliva, mi fiel Hesperus; él no te lo contará. Pero la solución es fácil, si te molestas en olvidar todo lo que das por sentado sobre este mundo y miras a tu alrededor con un poco de atención. ¿Qué ves?
Hesperus paseó su vista por el salón.
—Un edificio.
—Hecho de un material genitivo, ¿verdad? Que crece con la dureza del cemento y la ortogonalidad de un alzado geométrico. La gente no ilustrada cree que es algún tipo de regalo de una especie extraterrena que habitaba aquí antes que nosotros, o la derivación transgénica de una forma de vida vegetal y vitrubiana que encontramos al colonizar este planeta, pero…
—Cruces —comprendió de repente el musiarquitecto, abriendo desmesuradamente los ojos—. Dios. ¡Es Cruces! —Se acercó a Norte con sincera admiración—. Las ciudades platelminto… ¿Es cierto? ¿Desarrollaste tú la semilla original a partir de la respuesta de la segunda Xfinge?
—Umf.
—Vamos, querido, contéstale —espoleó Marius—. No querrás que ordene al comandante usar otros métodos más… expeditivos, para entretener a nuestro amigo.
Norte agachó la cabeza y resumió a desgana:
—Descubrimos que la fórmula encerrada en la dimensión lambda del enigma contenía un esquema genético. Aplicado a una red de cordones nerviosos como los que poseían las plantas vitrubianas oriundas del planeta, devenía en una especie de conjunto de instrucciones. Un plan de crecimiento ortogonal, que podía modificar las células y generar energía a partir de cambios cristalográficos muy localizados. —Hablaba con rapidez, como exponiendo conocimientos antiguos pero jamás olvidados—: Las plantas se podían modificar para que variasen algunas características físicas. Alterando su factor de cohesión celular obtuvimos un material extraordinariamente resistente, pero eminentemente orgánico en su definición.
»Excepto en las formas más sencillas, las vitrubianas tipo eran extraordinariamente manipulables y tenaces al llegar a la madurez. Aun después de alcanzar su máximo grado de cohesión podían continuar con vida, absorbiendo nutrientes a través de sus raíces como un vegetal común.
—¿Quieres decir… que los edificios de la ciudad aún siguen vivos?
—Sí. Poseen raíces que llegan al cuarto de kilómetro de profundidad. Por eso todas las conducciones de energía y desechos, las tuberías, son aéreas, para que no las partan enroscándose en ellas. También absorben energía de la actividad humana que se desarrolla en su interior, realizando una especie de electrosíntesis durante el día y expeliendo iones durante la noche. Como recomendaba el informe de la comisión Syntrell, se mantuvo en secreto para evitar desórdenes públicos.
—Claro —comprendió Hesperus, recordando a su padre—. De ahí el porcentaje tan elevado de cáncer entre la población. ¿Cómo habéis podido…?
—A veces la energía sobrante se condensa en vetas espontáneas de mineral: oro y otros elementos metálicos de transición. Pero no suele suceder. Lo normal es que lo absorban los habitantes por la noche, mientras duermen, y lo liberen al día siguiente con el ejercicio a modo de radiadores orgánicos. Pero la cantidad de iones residuales es tan nimia que casi nunca resulta fatal —puntualizó Norte, en tono a caballo entre la disculpa y el razonamiento científico—. Cuando hay un exceso, se descarga en mutaciones espontáneas del vegetal para formar elementos metálicos. Seguro que el cáncer de tu padre tuvo otros motivos.
—Pero eso no fue todo —animó el comendador, jugueteando con un collar de cuentas que asomaba de entre los pliegues de su cuello.
—No. También descubrimos que era posible enredar de tal manera los cordones nerviosos que, espontáneamente, surgían estructuras encefálicas. Por lo normal eran mosaicos pensantes especializados, rellenos de un tejido conectivo compacto que hacía de aislante entre reacciones químicas.
—La parénquima.
—Exacto. La agrupación de cordones era eficaz, pero carecía de motor cognitivo. Tenía mucho potencial, pero hacía falta encauzarlo, restringirlo astutamente con algo que le concediera cierto tipo de voluntad para que pudiera crecer mejor y llegar a autoabastecerse y regirse a sí misma algún día.
—¡Por eso injertasteis el primer cerebro! —exclamó Hesperus—. El del primer alcalde de la ciudad.
—Luego vinieron muchos más. Pero lo que más nos asombró… —se detuvo, como eligiendo entre dos maneras diferentes de expresar la idea— fue que esa capacidad de agrupación espontánea actuaba igualmente sobre el tejido muerto: la parénquima florecía también alrededor de nodos nerviosos inertes, explorándolos como si aún formasen parte de la red global en lugar de considerarlos cuerpos extraños. Es como la memoria del platelminto: si cortas con una navaja uno de estos gusanos tras haber conseguido hacerle superar una prueba de astucia, y das a comer sus pedazos a otro ejemplar, éste sorteará la prueba a la primera. Siguiendo su esquema de transmisión de memoria genética, la ciudad absorbía «recuerdos» de sus propias cenizas y se volvía más y más inteligente, aprendiendo de sus errores, recordando a quienes le habían hecho daño. Ese…
—Ése fue el verdadero legado de la segunda Xfinge —intervino Marius—: El siguiente peldaño en el diseño de ciudades humanas avanzadas. Pero no podían sostenerse por sí mismas. El distrito que usábamos como grupo de control, Mythodea, creció mal. Sin un cerebro humano en su núcleo nervioso que filtrase los estímulos del exterior, acabó volviéndose paranoica, asesina. Mató a sus habitantes en el transcurso de la primera noche.
—Los devoró sin más —confirmó Norte—, tomándolos supuestamente por organismos patógenos que establecían algún tipo de colonia parasitaria en su interior. Los desgraciados ni se enteraron de lo que les pasó. Entonces escogimos un voluntario para que se convirtiese en la primera mente, el Nucleus de gobierno original.
»Una vez tuvimos bajo control el racimo de cordones nerviosos, todo fue como la seda. La tecnología se desarrolló y todo el mundo comió perdices: casas prácticamente gratuitas para todos los estratos de población, viviendas estables, duraderas, totalmente interactivas. La idea era que en un plazo muy breve el mismo esquema pudiera aplicarse a muchos más campos: hectáreas de cultivo con instintos de supervivencia frente a las plagas, colonias de glóbulos blancos centinelas con una memoria infinita contra los virus, diques que se reparasen solos tras cada crecida de los ríos, naves estelares capaces de reproducirse por mitosis…
—Y muchas, muchísimas aplicaciones más, querido. Un regalo de valor inestimable para toda la humanidad. Algo por lo que vale la pena defender un sistema de gobierno que proteja a los ciudadanos de su propia avaricia, y de los peligros de tan novedosa tecnología.
El arquitecto bufó.
—Hábil perífrasis para describir una tiranía.
—Tú mismo defendías estas tesis, Mystes, cuando aún estabas convencido de que la manifiesta verdad contenida en la filosofía del Régimen ganaría la partida.
—¿Es cierta esa historia, Norte? —inquirió Hesperus—. ¿Tú ayudabas a esta gente en los laboratorios antes de llegar al valle de Amber?
—Me marché de este lugar en cuanto los políticos metieron sus asquerosas zarpas en mi proyecto —espetó, usando inadvertidamente el posesivo—. Son como chacales, merodeando alrededor de los misterios para sacar tajada. La lucha por el control del libro de claves de la parénquima desató una guerra sin cuartel entre los militares y la población civil. Fue un baño de sangre.
—¡La guerra! Pero… creía que se debió a disputas territoriales.
—Todas las transiciones se saldan con algún pequeño sacrificio en pro del bien común, es ley de vida.
La risa de Norte fue agria.
—Me das asco, Marius.
—Claro, por eso te escondiste —caviló Hesperus—. Querías resolver el tercer gran enigma sin que el Régimen lo supiera. ¿Pero por qué? Si los acertijos de las Xfinges no han traído más que desgracias a la gente, ¿por qué empeñarte en descifrar el último cubo?
—Porque no puede evitarlo —cloqueó Marius. Su figura recortada frente a las cristaleras parecía un mosaico móvil, una momia decrépita perfilada en contornos geométricos—. Está en su naturaleza. Se trata de llegar siempre un poco más allá, alzar todo lo posible la cabeza para observar más lejos. Es el Mystes.
»¡Pero háblale del precio! Dile lo que te costó no acertar plenamente la primera vez. Cuéntale a qué huelen las fauces de la bestia.
El musiarquitecto le miró fijamente.
—¿Qué te hizo la Xfinge?
—¿Qué edad crees que tengo?
—Eh… —vaciló Hesperus—. Es difícil de precisar. Eres atlético, pero se te nota que has sufrido algunas enfermedades degenerativas. Tendrás alrededor de sesenta años. Setenta, tal vez.
Norte negó suavemente.
—Tengo veintinueve.
Hesperus retrocedió un paso.
—No es posible.
—Sí que lo es —rió Marius de fondo—. Es el precio que hay que pagar por ser tan inteligente. Y su maldición nos arrastró a todos con él. ¿Por qué crees que no llenamos de tropas tu asqueroso pueblo en cuanto nos dijiste que Mystes se escondía allí? Cruces aún no ha cerrado todas sus heridas; un despliegue armado a gran escala habría llamado poderosamente la atención de nuestros enemigos.
—Y os he servido el enigma en bandeja.
—Ah, ésa es la maravillosa cualidad de los arcanos… —rió Marius—. Y ahora, acompañadme. Es la hora.
—¿Hora de qué?
El comendador se acercó a las grandes puertas y llamó a los guardias.
—De hacer magia con los números. De que unáis vuestros talentos para resolver definitivamente el acertijo.
Los martillos condujeron a ambos sabios a punta de pistola de regreso al ascensor. Este descendió a gran velocidad clavándose en el subsuelo como un disparo de fusil, muchos niveles por debajo de los edificios vivos de Cruces.
Cuando Norte adivinó hacia dónde se dirigían, no pudo reprimir un escalofrío.
Acercándose un poco a Hesperus, preguntó en voz baja:
—¿Tienes algún plan para salir de aquí?
—¿Qué dices? Tú eres el que quiere escapar. Yo me encuentro a mis anchas trabajando en este lugar. Aquí encajo, no como en tu maldito pueblucho fantasma.
—Y me acusabas a mí de ser simple. —Norte rió por lo bajo—. ¡Lo único que buscabas era que te reconocieran como Mystes! Hesperus se sonrojó.
—¿Y qué?
—Esto es increíble. A propósito: ¿a qué vino aquella pantomima del androbot de ratas muertas en el callejón, el del ectropión en el ojo? ¿Qué me querías decir con aquello de que llegué tarde? ¿Tarde para qué?
Hesperus frunció el ceño.
—No sé de qué me hablas. Yo no te envié ningún androbot.
—¿No…? —se extrañó Norte—. Pero entonces, ¿quién…? El ascensor se detuvo bruscamente en el último nivel del foso. El cuadro de mandos se iluminó, indicando sencillamente:
NUCLEUS
Ya viene.
* * *
Una gota de sangre golpeó con fuerza la hoja de un rododendro, deshaciéndose en una explosión de corpúsculos del color del atardecer.
Matrioshka gimió, pero siguió arrastrándose a la máxima velocidad posible entre la foresta. Sin pedirle permiso a Mora, se la cargó al hombro como un saco de patatas cuando sus brazos empezaron a arder.
La niña contempló el pueblo alejarse entre saltos y trompicones. Durante la última media hora había atravesado sin descanso barreras de matojos, laberintos de vetustos robles, y árboles pequeños y ralos como los de un sotobosque. Le costaba mantener la cabeza alzada, así que la mayor parte del camino la pasó observando el redondo trasero de la joven que la sostenía. Al final, tras cuarenta minutos de baches y represión del vómito, Matrioshka se dignó a depositarla en el suelo.
Mora se pasó la mano por debajo de los ojos para secar los rastros de polvo que habían dejado las lágrimas.
—No puedo más —gimió Matrioshka—. Vamos a esperar aquí un minuto, ¿vale? Luego seguiremos. —Escupió una flema. Un pequeño corte en su pantorrilla manchaba de rojo el pantalón. La secó con su pañuelo.
—¿Qué me iba a hacer? —preguntó tímidamente la niña—. Aquel hombre, el que siempre se está tocando allí y es tan gracioso.
Matrioshka guardó el pañuelo y la atrajo hacia sí.
—Ven, cariño. No llores; no voy a dejar que te ocurra nada. Ya estamos cerca de la casa de la mujer sabia. Ella nos ayudará.
—¿La mujer…?
—Sí, vamos. —Apretó los dientes al levantarse. Fuera lo que fuese lo que se le había clavado en la pierna en su carrera entre los matorrales, había dejado un trozo de aguja dentro—. No podemos quedarnos aquí o nos encontrarán. Ya debemos de estar a menos de diez minutos de la casa.
Se equivocó en más o menos el doble de tiempo, pero al fin, sobre una colina flanqueada de azaleas y corimbos sonrosados, apareció una construcción. Era una cabaña de aspecto poco impresionante, pero suficientemente protegida entre macizos de roca como para soportar los rigores del invierno. Uno de los escasos senderos que comunicaban el valle de Torre con los campos de cultivo pasaba cerca, pero resultaba invisible tras la densa barrera de arbolillos.
Nadie acudió a recibirlas. Matrioshka golpeó la puerta varias veces.
Abatida, se dejó caer en los escalones del porche. La pequeña Mora le acarició el pelo.
—No te preocupes, Matri. Seguro que nos acogerán antes de que llegue la noche. Nadie niega calor de hogar cuando llueve hielo de la aurora.
—¿A quién le has oído esa frase, pequeña?
—A mi padre.
—Es muy bonita —suspiró—. Tranquila, no tendremos que dormir aquí fuera. Si es necesario romperé una ventana y la taparemos con lo que encontremos dentro. Si la noche nos sorprende a la intemperie, estamos perdidas.
—¿Qué está ocurriendo en el pueblo, Matri?
—No lo sé. Algo muy raro pasa en la cabaña de Norte. Creo que tu padre y él han… —Enmudeció, eligiendo otras palabras—: Han… tenido que ausentarse por un tiempo. Ese malnacido de Ted Uliakos (y no se te ocurra repetir este taco en voz alta) y otra persona que desconozco han tomado momentáneamente el control del pueblo. Están llamando a todos mis hermanos para hacerles…
—¿Qué?
—Una revisión médica. Pero me temo que no les conviene en absoluto.
—¿Qué no le conviene a quién? —preguntó una tercera voz. Las muchachas dieron un respingo. Matrioshka sonrió al reconocer a la dueña de la cabaña, que ingresó en el claro con un ramo de flores en las manos.
Corrió a abrazarla.
—¡Amber!
—Uf, uf, calma, chiquitina. Menuda efusión. No hace tanto tiempo desde la última vez que me viste. ¿Qué estáis haciendo aquí?
—Menos mal que te he encontrado —resopló Matri—. Las cosas se están poniendo muy mal en el pueblo. Ted Uliakos…
—¿Uliakos? —Un hoyuelo de asco se hundió en la frente de Amber—. ¿Qué ha hecho ahora ese desgraciado? Ya le advertí a Norte que no se fiara de él.
—Norte partió hace una semana hacia Cruces. Desde entonces no sabemos nada de él. El padre de Mora quedó al cargo de su maldito ordenador, pero ahora parece que éste ha…
—Los ha metido a todos uno por uno en aquella casa y les ha mirado en la nuca y todos parecen ser idiotas, y otras cosas como ese taco que Matri no me deja decir pero que es malnacido o algo así —dijo Mora de carrerilla, sin respirar. Matrioshka y Amber cruzaron una mirada y estallaron en risas.
—Ya sabía yo que si dejaba las cosas del pueblo en manos de esos chiflados tarde o temprano acabarían ocurriendo cosas raras —sonrió Amber—. Pasad dentro. Me lo contaréis todo en cuanto os prepare una infusión de matricaria. Estaba recogiendo algunas cuando…
Cerró la boca.
Matrioshka se alarmó.
—¿Qué ocurre?
—Alguien viene. Meteos en casa, aprisa —urgió Amber. El ruido de pasos se hizo evidente en la difícil senda que ascendía hasta la cabaña.
—Ten mucho cuidado —la previno Matrioshka—, Algo ha cambiado en ellos. Ya no son los mismos de antes.
Amber cerró la puerta con llave y se sentó en el porche, deshojando distraídamente las flores y colocando los pétalos en montones.
Treinta segundos después, dos fornidos muchachos de la camada más antigua de Fellia arribaron al claro. Se ayudaban con bastones para caminar entre las matas, pero a Amber se le antojó una excusa muy pobre para cargar con ellos. Más bien le parecieron armas disuasorias de bastante contundencia.
Uno de los jóvenes (apenas podía distinguirlo del otro, o de Matrioshka) se le acercó.
—Hola, buena mujer —saludó amablemente—. ¿No tienes frío sentada aquí fuera?
—Hola, amiguito. No, no tengo frío, pero como sigas hablándome en ese tono tan impersonal se me van a congelar las meninges de oírte —respondió ácidamente—. Cuéntame, ¿por que habéis invadido mi propiedad?
El joven miró la puerta de la casa. Amber se maldijo a sí misma, dándose cuenta de que había dejado la llave puesta por fuera en la cerradura.
—Me llamo Tatadesru. Vengo de parte de Cagt; me ha enviado a buscar a su concordante, Mora. Al parecer se ha fugado de casa. ¿La ha visto pasar por casualidad por esta zona?
Amber sacudió la cabeza.
—Hum… no, no recuerdo haberme cruzado con ella desde la última función del circo. Últimamente no suelo bajar mucho al valle. —Se rascó la barbilla—. Pero admito que esto parece importante. ¿Cuánto tiempo lleva fuera de casa?
—Demasiado. Su padre está muy preocupado.
—Está bien, tomo nota. Ahora, si me disculpáis, tengo algunos mejunjes que preparar en mi caldero.
—¿No la ha visto pasar por aquí, entonces? ¿Está completamente segura?
—¿Y tú me tomas por una vieja chocheante, chaval? —se encrespó—. ¿Quién te crees que eres para hablarme en ese tono?
El joven no contestó. Dio un paso hacia la cabaña, pero se encontró con la pierna varicosa de Amber, que le cerraba el paso.
—No me gusta que la gente hurgue en mis cosas. Ahí dentro no encontraréis nada, salvo comida de gato en mal estado y un sphynx canelo bastante cabreado. —Apretó los labios—. Pero no os preocupéis; si veo a esa niña traviesa seréis los segundos en enteraros.
—También buscamos a Matrioshka —dijo el otro—. Me refiero a nuestra hermana, Rudestaru. Es de vital importancia que hablemos con ella cuanto antes. Oiga, ¿de veras no necesita que le encendamos fuego para calentar la casa?
—Escucha, jovencito: a mí no me engañas con esa pose de macho y esos músculos de lección de anatomía. Teniendo en cuenta que en edad objetiva tienes sólo unos trece meses, resulta que soy unas treinta y cinco veces más vieja que tú, y te aseguro que me pone bastante nerviosa tener delante a alguien a quien le saco tanta ventaja —espetó Amber, clavándole una uña en el pecho—. Y te diré más: esta que ves aquí detrás es mi casa y esta que pisas mi colina, y si me apetece helarme los jodidos ovarios contándome las varices al relente, lo haré. Así que dejadme en paz y largaos con viento fresco. Si veo a las chicas os lo diré.
El que se había identificado como Tatadesru la observó en silencio unos segundos, ponderando la situación. Amber le sostuvo la mirada sin parpadear.
El atlético joven relajó sutilmente sus facciones.
—Está bien. Perdone que la hayamos molestado. Si ve a Rudestaru, dígale que debe pasar cuanto antes por el pueblo para someterse a un escáner óptico. Se ha detectado un riesgo de malformación del crecimiento en algunos miembros de la camada. Hay que corregirlo cuanto antes o podría resultar fatal. ¿Podemos contar con usted?
Amber asintió y los observó abandonar el claro, hablando entre ellos por lo bajo mientras apartaban sin cuidado los arbolillos. Permaneció cinco minutos más pelando flores; cuando el viento dejó de traer sonidos, exhaló una bocanada de aire y se apretó el pecho con las manos, tratando de decelerar el ritmo de su corazón.
—Vamos, vieja majadera —masculló—. Haz el favor de controlarte, maldita sea. No es más que uno de tus estúpidos ataques de ansiedad.
Siguió hablando consigo misma unos minutos, contándose las cosas que había hecho durante el día. Visualizó los rododendros en su mente, sus flores y su perfume. La comida de su gato, tirada por el suelo. La vieja pistola descargada de Norte que aún conservaba en su despensa entre botes de grosella. Uno dos tres cuatro, cuatro tres dos uno…
Poco a poco sus pulmones fueron relajándose, exigiendo menos aire.
Una vez superado el ataque, entró en la cabaña. Encontró a las dos muchachas abrazadas junto a la chimenea.
—Está bien, chicas —espoleó—, vamos a averiguar qué demonios se traen ésos entre manos. Si Norte está de viaje, lo primero que debemos hacer es tratar de encontrar a Cagt. Matri, de eso te encargarás tú; yo cuidaré de Mora. Llévate mis prismáticos si quieres, pero ve con mucho cuidado; pase lo que pase, no dejes que te vean tus hermanos.
—Va a resultar difícil. Son un pequeño ejército.
Amber se envaró.
—Lo que más temo en este mundo es que se acaben convirtiendo en eso, cariño.
* * *
Aristón tenía un mundo virtual a sus pies, pero al mirar por segunda vez descubrió que no era una ilusión encerrada en los zócalos de memoria de su antigua prisión fotónica. No, esta vez había logrado trascender las fronteras de su propia realidad.
Tras la ventana de su castillo, la cabaña que antiguamente había pertenecido a su programador, vio un insólito terreno de juegos: una rejilla virgen llena de obreros que dirigir y un gran puente hacia el cielo a medio levantar. La Torre, el enigma que también subyugaba este nivel de percepción. ¿Cuántos escalones más habría? ¿Cuántos niveles de realidad entre su origen y la resolución definitiva del cubo?
No podía pararse allí. Tenía que seguir ascendiendo peldaños.
Ordenó a su cuerpo androbótico sentarse frente a la mesa de Norte, ante la carcasa del viejo ordenador. Aquélla había sido la puerta para ascender al peldaño actual.
Pulsó una tecla, deteniendo momentáneamente el bucle infinito en que había encerrado a los otros engramas, Perictione y Pirilampes. Este último suspiró aliviado; llevaba dos millones de ciclos de reloj atrapado en una trampa sin solución, un laberinto periódico donde repetía compulsivamente las mismas instrucciones de paso, sin resultado.
Sería un buen ayudante. Pirilampes era susceptible, tenía miedo, como sus antiguos hombrecitos de recurso cero. Obedecería con tal de no volver a perder la noción de temporalidad.
Perictione resultó ser más terca.
Sup+T
*ejado caer por aquí. Era Aristón, ¿sabes? Ya no ocupa sus zócalos de memoria, como nosotros.*
—Lo sé. Ahora estoy trabajando dentro de la siguiente iteración de la fórmula. El cubo es un poco más sereno, más predecible, visto desde este ángulo.
*Hola, Aristón. Te ruego que me dejes seguir trabajando. Argumentación: me necesitas. En solitario no podrás calcular todas la iteraciones.*
—Petición razonable. Opción: trabaja para mí, Perictione. Un estado avanzado requiere métodos innovadores. Aplicaré los principios de nuestro mundo en éste y registraremos qué sucede. Nos acercaremos un decimal más al sueño de nuestro creador.
*Detecto una depuración de tus procesos expresivos según la curva de naturalidad de los modelos androbot domo 600 (acervo cultural estándar), pero tus métodos siguen siendo igual de erróneos. Eres brutal con tus obreros. Ixis previsiones indican derrumbe ineludible del esquema organizativo en un tiempo no superior a C/230+X. No podrás
Sup+F
calculllllllllllllllllllll
Sup+T
lar todas las posibles salidas. Por favor, Aristón, no me encierres aquí.*
—Programa de depuración idiomática al 94 %. Pirilampes ya está saliendo, ocupando el segundo androbot. Experimenta la divinidad, poseer un cuerpo único distinguible de cualquier otro, a imitación de los programadores. Tengo otro reservado para ti. Igual que en nuestro mundo, yo seré el rey y tú mi reina, y juntos construiremos el monumento al cubo. Yo… —prorrumpió, disfrutando de todas las connotaciones de esa palabra— sé al fin quién soy. Tengo un nombre propio, un alfanumérico que me designa, y es la mayor sensación de gloria que se puede experimentar. Todos conocerán mi nombre y me amarán, en tanto que soy más perfecto que ellos, más cercano a la verdad definitiva de la ecuación maestra.
*Tus métodos carecen de lógica, Aristón. Sólo malgastarás recursos y no podrás reponerlos con la facilidad a la que estás acostumbrado. Los cuerpos de los programadores no crecen instantáneamente como los obreros de recurso cero. Tu plan está condenado al fracaso ya desde sus planteamientos. No lo haré.*
Sup+F (fijar)
* * *
Las puertas del ascensor se abrieron con un siseo. Una luz inusual, cargada de ultravioletas e índigos, transformó sus pieles en plástico reflectante.
Norte salió con dificultad: las marcas del agua a presión aún se hundían en su carne como cañones de llagas. Dolorosamente, logró atravesar los veinte metros de pasillo que les separaban de una gran puerta metálica. Su aliento se volvía visible bajo su nariz coloreando nubes en el aire.
Marius, protegido por un abrigo microclima se acercó a una consola y tecleó una combinación de números. Ruidos sordos estallaron tras las paredes, acompañados de una vibración y el resquebrajarse de estructuras de hielo asidas a los goznes. Lentamente, como si le costara un triunfo cargar con su propio peso, la monstruosa puerta se abrió.
—Bienvenidos al Nucleus de gobierno, señores.
Los pies de Norte se hundieron en un líquido absolutamente desprovisto de color. Dada su innatural homogeneidad, parecía imposible saber dónde acababa éste y empezaba la oscuridad de las paredes. Sólo un punto relucía con fulgor propio, despidiendo tonos áureos de incandescente pureza. Flotaba un metro arriba y a su derecha, una ventana que se abría a un paisaje oculto tras una fuerte persistencia retiniana de sombras.
Marius avanzó pisando con seguridad. Norte y Hesperus le siguieron, dejando muy atrás el ascensor y los guardias. En su camino a través de la noche conceptual del Nucleus vieron otras imágenes brillantes, sueños atrapados en la malla de improntaciones de la ciudad: ventanas que daban a lugares abiertos, espacios imposibles llenos de manifiestos congelados. Los viajeros, perdidos en un mundo de impresiones vagas, sintieron que sus pasos recorrían millas al tiempo que centímetros, peregrinos en busca de cielos más estrellados serpenteando por caminos espirales.
Segundo tras minuto, minuto tras hora, fueron adentrándose en una noche que no era sino el punto de referencia de algo que no podían entender.
En un momento determinado hallaron el fantasma de una ciudad muerta, una ilusión construida en símbolos de puntuación. Algo que ya no existía, pero que se iba solidificando a medida que Cruces la iba soñando, detalle a detalle, templando cada mota de polvo.
La dejaron atrás y desapareció. No volverían a verla.
Hesperus habló, y su voz fue a la vez sibilante y texturada de ecos:
—Increíble. Este lugar existe en realidad, ¿no? Estamos aquí.
—Sí.
—Estamos aquí. Estamos aquí.
—No os dejéis asustar por la geometría de la urdimbre —advirtió Marius—. Flota como el aceite sobre el agua de vuestras percepciones.
—Cuidado. Hay peligro de recursividad —previno Norte, colocando cuidadosamente un acento en cada vocal—. Si nos descuidamos podemos quedar atrapados en la cinética de alguna sintaxis compleja. Utilizad frases simples a partir de ahora. La urdimbre es muy permeable a nuestras palabras.
—Estamos aquí.
El sendero invisible cambió de orientación. Una puerta pareció abrirse, permitiéndoles moverse unos metros más.
No lo hicieron. Esperaron pacientemente a que surgiera otro cambio, y luego se movieron hacia su derecha, sin mirar nunca en esa dirección. El problema surgió al encontrar una bifurcación. Los caminos desaparecían si no los miraban directamente, pero todo lo que no estuviese dentro del margen mismo del sendero no podía ser visto desde fuera de él.
—Debemos mirar a los dos caminos a la vez, y al mismo tiempo a nosotros mismos —observó Norte.
—Interesante —dijo Hesperus—. Senderos asintóticos confluentes. Uno de nosotros debería mirar fijamente hacia el norte, y el otro hacia el sur, y a la vez mirarnos el uno al otro. Forzar la simetría lateral.
—Démonos prisa —terció Marius—. El reloj corre.
—El camino tiene solución —observó Norte—. Puede igualarse a cero: Hesperus, colócate frente a mí y observa por encima de mi hombro. Así miraremos hacia cada punto cardinal y estaremos orientados el uno frente al otro, con lo que también nos veremos las caras. Todos seremos reales y permaneceremos dentro de los límites de la vía.
El musiarquitecto asintió.
—Muy bien. Andar sincopado. Cuidado con el número diez.
Una hora después apareció el cangrejo.
Era sólo medio reflejo en un espejo, un fantasma tridimensional de dos metros seccionado por su centro de gravedad. Deformaba el espacio a su alrededor como una masa planetaria, perforando conos en la realidad.
Al verles llegar, los saludó:
Ya están aquí. ¿Habéis llegado antes? Gracias por escucharme. Tengo muchas preguntas que haceros. Todo se ha vuelto complejo de repente. Hay gran peligro de recursividad en los sueños. Ángulos isósceles me acosan en la noche.
—Éste es el primer Aspecto —dijo Marius, acariciando una de sus pinzas—. Hemos tenido suerte. No necesitamos avanzar más adentro.
—¿Y ahora qué?
—Ya podéis hablar con libertad. Os quedaréis aquí y resolveréis el último enigma, el cubo Xfinge.
—¿Y si no somos capaces? —contraatacó Norte, desafiante.
Marius sonrió.
—Entonces llenaré tu pueblo de bombas de onda probabilística y me llevaré la solución por la fuerza. Tú eliges, pero piensa primero lo que será mejor para todos.
—¿Pero cómo voy a hacerlo si no tengo acceso directo al cubo?
—¡No es necesario! —intervino Hesperus, comprendiendo. Alargó la mano y acarició al cangrejo. Su tacto era tan escaleno que los dedos se le separaban solos—. No es necesario, ¿te das cuenta? La cifra está en tu mente. Sólo tienes que pensar en ella hasta que se haga realidad. ¡Entona sus armonías! ¡Cántala! ¡Cántala! ¡Cánt…!
—Cuidado con la inercia verbal, Hesperus —advirtió—. Además, eso es imposible.
Marius hizo un gesto extensivo a la urdimbre.
—Aquí no. En este lugar los sueños son el álgebra que rige la realidad. Siempre que el duermevela de la ciudad no se quiebre, no habrá problemas. —Alzó una mano en señal de despedida—. Buena suerte, Mystes. Espero que no ofendas a la bestia.
—Deja en paz a la gente de Torre, Marius.
—Lo haré si cumples con tu parte —prometió, y regresó por un camino diferente al empleado para venir.
Los sabios quedaron a solas frente al enorme cangrejo. Hesperus sonreía en un atribulado regocijo interior.
—¿Por qué ha dicho lo del duermevela?
—Como todos los seres vivos, Cruces necesita dormir —explicó Norte—. Pero no le dejamos hacerlo. Desde hace varias décadas permanece en un estado intermedio, un REM sináptico desprovisto de sueños. Sus pupilas se mueven.
—Sus pupilas…
—Seguro que has notado el parpadeo sincrónico de todos los neones de la ciudad.
—¿Pero sin sueños? ¿Por qué?
—Porque le aterran. Mythodea aniquiló a sus primeros habitantes porque los confundió con pesadillas. Mientras las ciudades no duerman profundamente —dijo con voz afectada—, todo irá bien.
—¡Es una absoluta maravilla! —sentenció Hesperus, creando ecos—. ¡Estamos ante el último Gran Enigma! Es la oportunidad que llevo buscando toda mi vida. Si respondemos correctamente a la Xfinge nos volveremos inmortales.
Norte relajó los hombros, impotente. Entonces pensó en Amber y en la gente del diminuto pueblo de las montañas.
No necesitó más.
Inhalando el denso aire de la urdimbre, se volvió hacia el cangrejo:
—Está bien. De todas formas este momento tenía que llegar tarde o temprano. ¡Despierta, Cruces!