La perra y el caballo

François-Marie Arouet (Voltaire)

El escritor y filósofo francés François-Marie Arouet, que utilizaría siempre el seudónimo de Voltaire, nació en París en 1694. Estudió con los jesuítas hasta que se convirtió en un eminente abogado. Sin embargo, pronto se entregó a la literatura, escribiendo versos irreverentes que le costaron la cárcel y, más tarde, el destierro. Con sus primeras obras teatrales conoció el éxito, que ya nunca le abandonaría. Y como volvió a ser detenido, por culpa de un duelo a espada con el caballero de Rohan, terminó exiliándose en Gran Bretaña, donde tomó contacto con la filosofía.

En 1731, publicó Historia de Carlos XII; y un año más tarde, Zaide. Pero fue con Cartas inglesas donde mostró su idea de la tolerancia, todo un alegato democrático en un período absolutista. La obra fue quemada en público. Esto no desanimó a Voltaire, ya que se convirtió en uno de los autores más prolíficos que ha conocido la Historia. Todo un genio de la Literatura y la Filosofía, admirado por los librepensadores y padre de los enciclopedistas. Siempre se opuso a la intolerancia, a la tortura, al fanatismo religioso y la superstición. Falleció en 1778, el mismo año de su triunfo más sonado en la Comedie Française.

Puede afirmarse que con el relato corto La perra y el caballo, Voltaire dio comienzo a la literatura deductiva, que tanta importancia adquirió en la novela policíaca del futuro. Todo un hallazgo que ha sido justamente valorado por Umberto Eco y otros intelectuales de hoy.

Zadig pudo darse cuenta de que el mes inicial del matrimonio resulta, como ya se escribió en el Zenda, una verdadera luna de miel, pero el segundo se convierte muy pronto en una luna de hiel. Esto le llevó a repudiar a Zora, su esposa, alegando que la convivencia con ella resultaba demasiado complicada y enojosa. Para consolarse se dedicó por entero a la Naturaleza, a la que estudió con el entusiasmo de un científico al que no le pasa inadvertido ni un solo detalle. Como se sintió tan complacido con esta ocupación tan absoluta, se le pudo oír el siguiente razonamiento:

«La auténtica felicidad se encuentra en la lectura de ese libro que Dios ha colocado ante nuestros ojos despiertos. Mientras lo conoces puedes llegar a sentirte el amo de las verdades que vas descubriendo. Con esto brindas provisión a tu alma y, a la vez, mantienes una existencia tranquila, sin tener miedo a los hombres. También vives lejos de la amenaza de que una exaltada mujer pueda llegar a cortarte la nariz.»

Convencido de estas ventajas, no dudó en retirarse a una vivienda en el campo, situada en las orillas del Éufrates. En este lugar pudo olvidarse de la cantidad de agua que fluía por segundo bajo las arcadas de un puente, o si llovía más metros cúbicos durante los meses del ratón o del carnero. Jamás se le ocurrió tejer seda con las telarañas o servirse de los cascos de botellas para fabricar porcelana, ya que prefirió observar minuciosamente el desplazamiento de los animales y el crecimiento de las plantas y los árboles, sin olvidarse de las piedras y de la arena. En seguida su ciencia fue tan prodigiosa, en estos terrenos, que pudo advertir fenómenos naturales que toda la humanidad entera, incluyendo a los más famosos científicos, habían pasado por alto.

Sin embargo, sus conocimientos le habían convertido en un ser excepcional, acaso un tanto peligroso, como veremos a continuación. Una mañana que estaba recorriendo un bosque bien conocido por él, vio llegar corriendo a uno de los eunucos de la reina, al que acompañaban varios oficiales. Todo el grupo mostraba una gran preocupación, ya que no paraban de mirar en todas las direcciones, igual que quien ha perdido el rumbo mientras busca algún tesoro.

—Escucha, joven —le preguntó el eunuco—, ¿has visto por aquí al perro de la reina?

—Mejor sería que hablaras de una perra y no de un perro —contestó Zadig con la mayor tranquilidad.

—En efecto, estamos buscando a la perra de la reina —admitió el eunuco.

—Además de ser una hembra resulta pequeña de tamaño —añadió Zadig—. Hace pocas semanas que parió, cojea de la pata delantera izquierda y sus orejas son bastante largas.

—Entonces, ¿la has visto? —siguió preguntando el eunuco, muy sorprendido.

—Pues no —respondió Zadig—, jamás la he tenido delante de mí, y hasta desconocía que la reina poseyera una perra.

A los pocos días, obedeciendo a otro de esos caprichos del destino, uno de los palafreneros no pudo evitar que se le escapara el más hermoso caballo del rey de Babilonia. En seguida, el montero mayor y un gran número de oficiales se lanzaron en su busca, mostrando parecida intranquilidad que el eunuco tras el rastro de la perra de la reina. Quiso el azar que este segundo grupo también encontrara a Zadig en su camino, y no dudaron en preguntarle si había visto a una de las más valiosas monturas del monarca.

—Ese caballo debe de ser el que mejor galopa de toda la cuadra —dijo Zadig—. Calculo que llega a los cinco pies de altura y posee unos cascos pequeños. Su cola alcanza los tres pies y medio de longitud, lleva un freno de oro de unos veintitrés quilates y sus herraduras son de una plata valorada en cerca de veinte denarios.

—¿Puedes indicarme hacia dónde se dirigió? ¿Sabes en qué lugar se encuentra? —inquirió el montero mayor, muy inquieto.

—Jamás lo he tenido delante de mis ojos —dijo Zadig—. Como tampoco sabía que nuestro rey contara con un caballo de tan soberbia estampa.

Poco después, cuando el montero mayor y el eunuco hablaron de sus breves conversaciones con Zadig, terminaron por deducir que habían tenido delante al verdadero ladrón del caballo del rey y de la perra de la reina. En seguida le detuvieron sin hacer caso de sus moderadas protestas y le condujeron a la asamblea general de los desterham. Y éstos condenaron al acusado, después de escuchar a los testigos, a sufrir los azotes del knout y a ser enviado a Siberia, donde pasaría el resto de su vida. Afortunadamente, al día siguiente de dictarse sentencia fueron localizados el caballo y la perra, con lo que los jueces se vieron ante la ingrata obligación de modificar la sentencia; no obstante, impusieron a Zadig una multa de cuatrocientas onzas de oro, por haber mentido al afirmar que no había visto lo que sin duda debió tener ante sus ojos. Y en el momento que pagó el dinero, se le permitió que se defendiera delante del sublime consejo de los desterham. El gran filósofo de la naturaleza se explicó de la siguiente manera:

«Luceros clarividentes de la Ley, bibliotecas de la ciencia, espejos de lo auténtico, ¡oh, magníficos portadores de los metales y de las joyas que confieren la fortaleza, el conocimiento y el equilibrio! Ya que me habéis concedido el honor de dirigirme ante tan famosa asamblea, me atrevo a jurar por Orosmande que nunca en mi vida vi a la honorable perra de la reina, ni al divino caballo del monarca de los monarcas. Escuchad lo que sucedió. Caminaba por el bosque cuando me encontraron el eunuco y el montero mayor, como es lógico en fechas distintas. Antes de que me preguntase el primero, yo había visto en la arena las huellas dejadas por un animal, lo que me permitió deducir fácilmente que era de pequeña estatura. Como descubrí, además, unos surcos ligeros y alargados entre las marcas grabadas por las patas, deduje que las había causado una perra cuyas mamas estaban muy crecidas debido, sin duda, a que todavía seguía amamantando a unas crías que habían nacido recientemente. Dado que había otros rastros, logré saber que el animal poseía unas orejas muy largas, que llegaban hasta el suelo y, al darme cuenta de que en la arena quedaba una marca de las patas menos pronunciada que las otras tres, comprendí que el delicado animalito de la reina cojeaba ligeramente, lo que me atrevo a contar suplicando que se me excuse el atrevimiento.

»En lo que se refiere al caballo del rey de reyes, debéis creer, sublimes jueces, que mientras recorría los senderos del bosque, no me pasaron inadvertidas las marcas dejadas por unas herraduras. “¡Vaya, este caballo galopa de una forma perfecta! —me dije, lleno de admiración—. Posee una cola de tres pies y medio, como se puede apreciar al ver cómo ha ido limpiando con su movimiento semicircular el polvo del tronco de los árboles por donde pasaba.” También vi que en la parte baja de los árboles, cuyas ramas formaban un dosel de unos cinco pies de altura, había caídas unas hojas que, sin duda, fueron arrancadas por la cabeza del caballo en su carrera, luego esto me permitió conocer su altura. Respecto al freno sólo podía ser de oro de veintitrés quilates, ya que el animal lo restregó sobre varias piedras, en las que quedaron unas rayaduras doradas, cuyo polvillo me brindó esa información, Y, finalmente, gracias a las huellas dejadas por las herraduras en algunas piedras del suelo, obtuve la evidencia de que eran de una plata de once denarios.»

No hubo ni un solo juez que dejara de mostrarse estupefacto ante los grandes y sutiles conocimientos de Zadig, unido a la claridad de sus razonamientos. Este gran suceso fue conocido por el rey y la reina. En todas las estancias de palacio únicamente se hablaba de la sabiduría de Zadig. A pesar de que algunos magos decidieron que debía ser llevado a la hoguera por brujo, el monarca dio orden de que le devolvieran las cuatrocientas onzas de oro de la multa. Una restitución que necesitó la intervención de los alguaciles, los escribanos y los procuradores, con el fin de que se diera testimonio del hecho. Toda una ceremonia, aunque la cantidad entregada sólo fue de dos monedas de oro, ya que trescientas noventa y ocho debieron utilizarse para abonar las costas del proceso. Además, quienes habían ayudado a Zadig le exigieron la oportuna gratificación.

Esto llevó a que el sabio comprendiera que, en ocasiones, resultaba excesivamente peligroso y caro mostrarse sagaz... Así se dijo que jamás volvería a cometer un fallo de aquella magnitud, por muy seguro que estuviera de sus descubrimientos.

Y la ocasión para demostrar la solidez de su propósito no tardó en ser puesta a prueba. Al fugarse un prisionero de Estado siguió un camino que pasaba por debajo de una de las ventanas de la casa de Zadig. Y éste le vio pasar, aunque pudo haberlo deducido por medio de las numerosas huellas dejadas por el evadido en el suelo y en otros lugares. Sin embargo, al ser preguntado por los alguaciles, prefirió mantenerse en silencio. Esto no le impidió enfrentarse de nuevo a los jueces, debido a que alguien le había visto asomado a la ventana en el momento en que pasaba delante de su vivienda el fugitivo. Y la condena que se le impuso fue de quinientas onzas de oro, lo que le obligó a mostrar su agradecimiento ante la indulgencia del tribunal, siguiendo las costumbres de Babilonia. «¡Qué desgracias le caen encima a uno, Dios mío —se lamentó el filósofo de la Naturaleza—, si paseando por el bosque descubres que estás recorriendo los mismos senderos que han atravesado la perra de la reina y el caballo del rey! ¡Cuánto peligro se asume por el simple hecho de asomarse a una ventana! ¡Y qué complicado resulta pretender encontrar la felicidad en esta vida!»