Jay Alamares
(1966)
¡LEVANTAOS! [*]
Ness insertó la tarjeta en la ranura. La máquina chasqueó con un clic. Observó el aparato. 7:53 am. Cotejó la hora con su propio reloj de diez dólares. Iba un poco más adelantado que el de la compañía. El tiempo es relativo, pensó, sobre todo cuando no se trata del tuyo propio. Era viernes, día de paga, así que al infierno con todo lo demás. Habían pasado ya cuatro meses desde que consiguiera este trabajo y se había esfumado toda sensación de novedad. Procedía de un agujero de clase trabajadora. La necesidad es algo más que la madre de toda ciencia, es la escobilla proverbial con la que el mundo te golpea como si fueras una vieja alfombrilla, pensó Ness. Cualquiera creería que era un lunes si se dejara guiar por la forma de divagar de Ness. Iba a ser un infierno de día.
Entró en la caravana para quitarse de en medio el saludo mañanero. Se llenó la taza, encendió un Marlboro y esperó a que comenzara el baile. Había un nuevo eslogan sobre el tablón de las tarjetas de fichar:
La encargada del departamento de recepción de mercancías era la madre de un alcohólico recuperado, una mujer de sesenta y cinco años que había abandonado su retiro en dos ocasiones para regresar y dirigir la compañía. Se pasaba la mayor parte del día leyendo libros de autoayuda en doce pasos. Le gustaba colgar en la pared todas las semanas una nueva consigna bordada en casa. Lo hacía por elevar la «moral espiritual» de sus empleados, o alguna mierda parecida.
Debajo del tablón, sin embargo, siempre se leía la misma frase:
La primera vez que la leyó, Ness pensó en Lázaro. Según la historia, Jesús lo trajo de vuelta del mismísimo purgatorio para demostrar el poder de Yahvé, o algo parecido. Ness entonces pensó que él podría pasar por el perfecto santo patrón de los esclavos asalariados. El primer hombre en la historia que murió dos veces.
La nueva consigna sobre la responsabilidad había sido colgada antes del fin de semana, aunque realmente correspondía a la próxima semana. Algo con lo que ilusionarse, sí señor. Le ponía los pelillos del culo de punta sólo pensar en ello.
***
Aficionados, pensó Charlie. Desconfiad de los falsos profetas de los últimos días. Observó las imágenes que aparecían en la pantalla de la televisión con curiosidad. El ATF (Bureau of Alcohol, Tobacco, Firearms & Explosives) había iniciado la cuenta atrás final, y bajando rápidamente, pensó. Se colocó en su ubicación habitual sobre el suelo de linóleo. A veintisiete baldosas cuadradas de todas las paredes. En el medio justo de la celda. Uno de los agentes intentaba entrar por la ventana del segundo piso, pero se llevó una bala antes de lograrlo. Mira a todos esos cerditos, pensó, cruzando las piernas en la posición del loto. Waco estaba siendo asediada, el recinto había sido asaltado.
Sus labios comenzaron a formar una palabra. Una palabra de una sola sílaba. Salía expelida con cada exhalación medida, casi como un susurro. Comenzó a sonar más fuerte, hasta que pareció que sacudía los mismísimos cimientos de la tierra…
***
El ayudante de dirección salió con su tabla sujetapapeles y comenzó a distribuir las tareas del día.
—Ness, hoy te toca trabajar con Cleve en recepción —dijo, y pasó al siguiente de la lista.
Estupendo, pensó Ness. Cleve había sido atropellado en tres ocasiones por tres vehículos distintos. Esto había ralentizado los procesos mentales de Cleve. La primera cosa que le habían enseñado a Ness de pequeño fue que debía mirar a ambos lados antes de cruzar la calle. Al conocer a Cleve, Ness perdonó a sus padres absolutamente todo y fue consciente de su buena suerte. Llegó a comprender entonces cómo los «valores familiares» se relacionan con el bienestar general de uno mismo.
Ness agarró la tabla de tareas, una pluma y una cinta métrica. Salió para encontrar una carretilla elevadora, porque nunca encontraba una cuando necesitaba el maldito trasto.
***
El agente especial Dreyer salió del ascensor y deslizó su tarjeta de identificación por la ranura del aparato. Por favor, prepárese para el proceso de identificación de retina, sonó el aviso de la voz electrónica. Un rayo láser rebotó en su ojo derecho.
—Dreyer, James, número 32 557, agente especial ATF: Bienvenido a la Oficina de Los Ángeles del Consejo Nacional de Seguridad.
Las puertas se abrieron produciendo una profunda exhalación debido a la descompresión. Apretó con más fuerza su maletín y avanzó por el corredor pasando junto al personal armado de servicio que manejaba las caóticas consolas con las que controlaban a POLYFEMO, el ordenador que acumulaba más cantidad de información del mundo. Llegó hasta el tercer corredor y lo recorrió hasta el final. Dos marines hacían guardia junto a la puerta de la oficina. Se cuadraron y saludaron.
—Buenos días, señor —exclamaron ambos al unísono con precisión militar.
—Buenos días —dijo él, y escoltaron al agente del ATF hasta el interior.
—El agente especial Dreyer ha venido a verle, señor —dijo uno de los marines.
—Gracias. Retírese, sargento.
Ahora se encontraban a solas en la habitación.
—Buenos días, Jim.
—Buenos días, coronel.
—¡Deja ya esa mierda de coronel! Nos hemos visto ya muchas veces. Mejor nos saltamos todas esas malditas formalidades.
—Vale, de acuerdo —rió Dreyer—. Buenos días, Ulysses.
—Eso está mejor.
El coronel sacó una botella de whisky escocés de la licorera de detrás de su escritorio. Sirvió dos copas y pasó una a Dreyer.
—No, gracias —dijo.
—¿Y por qué demonios no? —preguntó el coronel.
—Son —Dreyer se detuvo para mirar su reloj—… tan sólo las 7:58 de la mañana.
—¡Es media tarde en algún maldito lugar del mundo!
—Mira… estoy sobrio. Llevo cuatro meses sin beber —confesó el agente Dreyer con un orgullo indeciso y vulnerable.
—Permíteme decirte algo, Jim. ¡No me fio de un hombre en nuestra cadena de trabajo que no beba! Dime, no serás uno de esos renacidos o algo similar, ¿verdad? —preguntó el coronel con suspicacia.
—No. Mi mayor fuerza es mi grupo de apoyo. Soy agnóstico.
—No hay nada más irritante que alguien que acaba de encontrar a Jesús, ¡por todos los santos! ¡Mi cuñado me tiene frito con todas esas tonterías! —el coronel alzó su copa—. ¡A la salud del Vietcong, aquellos hermosos monos cabrones! ¡Dios, cómo echo de menos matar a esos jodidos hijos de puta! —se echó la copa al coleto. Sus labios se replegaron hacia atrás dejando las encías y los dientes al aire—. ¡Ah! Venga, a la faena. ¿Qué noticias me traes sobre el paquete?
—Aceptaré esa bebida —dijo Dreyer. Miró la copa durante unos instantes. Pensó en el tipo que había hablado en la reunión de Alcohólicos Anónimos la noche pasada. Podía incluso imaginarse a la madre de ese tipo tejiendo pañitos con consignas de doce pasos bordadas. Había compartido con todos nosotros la noche anterior cómo su madre hacía estas cosas para el trabajo, y cómo cada vez que ella bordaba uno de esos paños lo único que deseaba hacer era romperle el cuello y salir a tomar un martini con una de esas olivas rellenas dentro.
Dreyer reflexionó sobre ello, luego se echó un trago. La adormecedora calidez le relajó los nervios con la familiaridad de la sensación. Y luego empezó.
***
Ness observó el vehículo contenedor hasta que este regresó al muelle. Hizo indicaciones al conductor de que el aparcamiento era correcto. Cleve se acercó con una carretilla elevadora.
—¡Hey, Ness! —le llamó espasmódicamente.
—¿Qué?
Cleve se quedó allí sentado un momento, se rascó la cabeza y finalmente dijo:
—Uh… no importa —y se dirigió con la carretilla al interior del almacén.
Ness suspiró mientras el conductor le entregaba el recibo del muelle por la mercancía que contenía el remolque. Echó un vistazo a los documentos. BIDONES CONTENEDORES. Estos dos bultos habían sido embarcados en Hanoi para Guayaquil, Ecuador. El buque hacía una escala aquí primero. «Material peligroso» estaba estampado con letras rojas en diagonal en todos los documentos.
Ness se dirigió al almacén para encontrar una ubicación para esa mercancía. Estaba comprobando las isletas cuando Cleve entró en el almacén con los bidones temblequeando justo en el borde de las horquillas de la carretilla elevadora.
—¡OH, MIERDA! —pensó Ness, justo en el momento en que los bidones cayeron y se rompieron al chocar contra el suelo de cemento.
***
—Así que, por decirlo de alguna manera, ¿el paquete está en Wilmington, California?
—Según lo planeado —respondió Dreyer.
—Nos encontramos en una encrucijada histórica, Jim. Nosotros abriremos las puertas a un Nuevo Orden Mundial en el que seremos los líderes de… —el coronel se detuvo pensativo.
—¿De qué? ¿Y qué hay de los riesgos? Hay tanto que aún no…
—Hay dos tipos de personas en este mundo, Jim —dijo el coronel encendiendo un cigarrillo con un mechero, del tipo de mecheros que llevan una tapa con cierre automático—: Aquellos que temen el futuro, y aquellos que lo controlarán.
Dreyer tosió nerviosamente, se removió en su asiento y pensó sobre ello durante unos instantes.
—¿Qué tal otra copa? —preguntó, agitando el vaso hacia el coronel, el cual lo observó de reojo con cierta preocupación.
—Ven conmigo, Jim —dijo el coronel levantándose de su asiento. Dreyer lo imitó y le siguió—. Voy a dejarte echar un vistazo al futuro.
En el ascensor que llevaba al laboratorio se le ocurrió al coronel que Dreyer parecía ser un potencial eslabón débil. Obviamente no aguantaba nada bien el licor. El chico era un apestoso borrachuzo. Bebía para reunir valor, el muy cobarde. Era absolutamente intolerable.
Al menos no era uno de aquellos jodidos renacidos. Eso sí que sería una VERDADERA putada.
***
Ness miró la mercancía horrorizado. Cleve apagó el motor, bajó de un salto y se inclinó sobre los bidones resquebrajados.
—No te acerques mucho, esa mierda es peligrosa —jadeó Ness casi sin aliento, aún con la esperanza de que nadie se diera cuenta. Había sido sancionado tres días y ya estaba jugándosela de nuevo.
—¡Eh, Ness! —gritó Cleve.
Ness corrió hacia él, lo agarró por el cuello de la camisa y lo sacudió.
—¡Calla, jodido idiota! ¿QUÉ?
Cleve permanecía petrificado, con el labio inferior temblando. Luego se puso el dedo índice sobre la frente.
—Uh…
—¡Jesús! —logró exclamar Ness exasperado.
—¡Ah, sí! ¡Eh, Ness! Tienen una fuga —dijo Cleve, la luz parecía haber vuelto a encenderse en su cerebro.
Tiene razón, pensó Ness. Efectivamente está saliendo algo.
Era un espeso gas verde. Lo extraño de este gas es que no se comportaba como cualquier otro gas. Se adhería a la superficie de cualquier cosa con la que entrase en contacto. Avanzaba arrastrándose por el suelo y subía por las vigas de madera, por encima de cajas y vehículos, como si obedeciera a un plan siniestro. Su propia misión.
—¿Ness? Me noto raro —dijo Cleve mientras su cuerpo comenzaba a sufrir espasmos, retorciéndose y combándose hacia el suelo.
A Ness no le hizo falta decir nada. Estaba demasiado ocupado muriéndose como para comentar algo.
***
Dreyer y el coronel fueron recibidos por el doctor Gustav Weinblatt. Weinblatt era un genio en armamento biológico. Era famoso por haber creado un organismo al que bautizó Jehova: un arma de destrucción masiva con vida propia con capacidad para matar todo ser vivo que nadase, reptase o volase sobre el planeta, y a continuación fue galardonado con el Nobel de la Paz. Había conseguido neutralizar de manera efectiva a todos los países del mundo, sometiéndolos a la voluntad de las Naciones Unidas, el nuevo centro de gobierno mundial.
—Buenos días, ¿tiene alguna noticia que darme? —preguntó.
—El proyecto va según lo planeado, doctor —informó el coronel.
—¡Excelente, caballeros! ¡Excelente!
—Me gustaría mostrar a nuestro joven colaborador los extraordinarios avances que hemos hecho —dijo el coronel, dando una palmada a Dreyer en la espalda como muestra de camaradería.
—¡Por supuesto! ¡Ciertamente! ¡Síganme, caballeros! —dijo Weinblatt mostrándoles el camino.
***
Ness estaba saliendo ya del trance. Decir que se sentía como una mierda era la obviedad del año. Se sentía como una mierda añeja y fosilizada. Esto último se acercaba más a la realidad, pero aún no era lo suficientemente exacto. Se apretaba Inertemente la cabeza con ambas manos y notaba cómo sus vísceras se retorcían violentamente.
¡Y tenía hambre! Maldita sea. ¿Ya era la hora del almuerzo? Debía de ser, pensó Ness, porque me podría comer…
Rodó sobre un costado. Sus ojos se clavaron en algo que lo dejó fascinado. Cleve estaba mordisqueando el cráneo de Juan. Juan era el encargado de mantenimiento de la nave número 3.
Cleve, sentado detrás del cadáver, lo sostenía en un abrazo de oso. Levantó la mirada de lo que andaba haciendo. Un hilo de saliva sanguinolenta le colgaba desde el labio inferior hasta el cráneo. Tenía las piernas cruzadas sobre el cadáver.
—¿Qué ocurre, Ness? Tengo miedo —dijo. Un trozo grande de carne se había quedado enganchado entre los dos dientes frontales. La sangre le chorreaba abundantemente por la barbilla. El copioso flujo formó un abominable charco de materia y sangre.
—Tienes algo ahí —dijo Ness, señalando un cacho de carne que se había quedado colgando en la mejilla de Cleve. Cleve le ignoró y continuó masticando el carnoso lóbulo y el cartílago de la oreja.
Todo esto está mal, nena. Mal. Mal pensó Ness. Se sentía extrañamente frío. No obstante, el palpitante y penetrante dolor en su cráneo estaba remitiendo. Se sentía ligeramente rígido, pero eso era todo. No eran más que sensaciones físicas.
Sin embargo, emocionalmente, bueno… mierda, Ness se sentía fantásticamente. Tenía una sensación de plenitud, de irreversibilidad, que jamás había experimentado antes. El agujero vacío en el estómago con el que había convivido desde que tenía uso de razón era ahora un vago recuerdo. Aquella bola de nada que había ido creciendo mientras esperaba algo… ya no estaba.
¡Pero, maldita sea, tenía hambre!
Cleve había logrado horadar la calavera y estaba comiéndose la blancuzca materia gris del cerebro llena de astillas de huesos. Al ver esto, Ness supo lo que saciaría esa voraz y generalizada ansia de comer que le acuciaba.
—Eh, Cleve, ¿qué tal ESTÁ eso? —preguntó Ness lamiéndose los labios.
—Deliciosoosluurp —dijo Cleve, con la boca llena de sesos.
Ness arrastró lentamente su cuerpo por el cemento hacia donde estaba Cleve, con la mirada fija en la suave y morena garganta, pensando que, de todas formas, Juan nunca le había caído bien.
—¿Te vas a comer eso? —le preguntó a Cleve, señalándole el cuello.
***
Se encendieron las luces en el interior del cubículo cerrado. Dreyer, el coronel y Weinblatt miraban desde el otro lado de una luna de espejo doble en el laboratorio subterráneo.
—Buenos días, Adán, ¿cómo estamos hoy? —dijo el doctor, hablando a través del interfono.
La abominable cosa que había en la esquina, un hombre en estado de putrefacción y encadenado por el cuello, gritó.
Al oírle, un gélido escalofrío recorrió la columna vertebral de Dreyer. Siempre había odiado aquellas jodidas cosas, pensó.
Adán estaba arrancando a bocados la carne de un brazo humano que sostenía como si fuera un muslo de pavo. Levantó un irrespetuoso dedo a los tres espectadores.
—Ya ven, descubrí el organismo Lázaro por pura casualidad. Estaba investigando sobre un defoliante para ser utilizado en la guerra de Vietnam. Un tipo de organismo capaz de destruir la densa jungla, como un virus parásito. Debía destruir la vegetación de dentro hacia fuera modificando la estructura celular y ese tipo de cosas. Un organismo que pudiera destruir la vegetación y luego se autodestruyera. Esto último solventaría el problema de la reocupación de las zonas afectadas.
—Así que, básicamente, ¿lo que debía diseñar era una especie de come-hierbas suicida?
—Si prefiere describirlo de forma tan simple, sí, así era —confirmó el doctor.
El trío se trasladó al siguiente cubículo. Y el doctor siguió explicando:
—Bueno, nunca pudimos lograrlo. La primera vez que probamos el Lázaro, todas las hormigas en un radio de doce kilómetros aumentaron su tamaño en un setenta y cinco por ciento. En el siguiente ensayo, hubo informes sobre ganado que había nacido sin cabeza en la zona objetivo. Aunque interesante, tampoco logramos el efecto deseado —el doctor se detuvo y, mientras encendía la luz, dijo: Buenos días, Caín.
Caín estaba sentado en un taburete situado en una esquina de la celda. Su aspecto era igualmente repulsivo, a fin de cuentas también era un cadáver reanimado. Se sujetaba la cabeza con una mano y lloraba. En la otra mano sujetaba un libro. Dreyer aguzó la vista para ver el título. El Ser y la Nada, de Sartre.
—¿Qué es lo que le ocurre? —preguntó Dreyer.
—Este es un caso extraño. Es casi perfecto para nuestro objetivo. Pero tiene un pequeño defecto. Lo único que desea hacer es leer a Sartre y a Kafka, y se pasa horas sentado ahí en el taburete, leyendo sus obras y llorando. Mire, Caín es un caso difícil. Es muy violento y se tira al cuello de los colaboradores que intentan acercarse a él.
Alguien debería sugerirle unas lecturas un poco más ligeras, pensó Dreyer.
—Pero, como ya he dicho —continuó el doctor—… no hemos sido capaces de dar con el defoliante buscado. En el último ensayo, sin embargo, sucedió algo de lo más curioso. Empezaron a llegarnos informes de la zona objetivo: informes de familias que veían cómo regresaban sus muertos. Al principio pensamos que se trataba simplemente de un efecto secundario psicológico. Y resulta que es cierto, ja, ja, ja.
Se dirigieron entonces al último cubículo.
—Se han hecho muchos descubrimientos importantes gracias a esta investigación. El organismo Yahvé, naturalmente. Y el Lázaro, sí. El proyecto que tenemos ahora entre manos. Resulta irónico pensar cómo al fracasar en una cosa hemos ido a dar con algo incluso más importante. ¡Estoy seguro de que estará satisfecho con los resultados obtenidos últimamente! —concluyó el doctor, encendiendo la luz por tercera vez—. ¡Buenos días, Abel!
—Buuh daahs dohtoh weinblahh —dijo Abel. Dreyer estaba atónito. La criatura parecía realmente abochornada por su impedimento para hablar normalmente.
—Muy bien, Abel. Muy bien. ¿Nos permitirías entrar esta mañana?
La cosa agitó la cabeza en ansioso consentimiento.
—¿Ha perdido la cabeza? ¡No pienso entrar ahi! —dijo Dreyer retrocediendo hasta la pared del corredor.
—Se lo aseguro, no hay nada que temer, agente Dreyer. Nada en absoluto —dijo el doctor sonriendo.
Pero Dreyer sí que pensaba que había mucho por lo que preocuparse. Especialmente por el hecho de que nadie más pareciese estar preocupado. Eso era lo que más le preocupaba de todo.
***
A estas alturas, un gran número de trabajadores se había reunido en el almacén. Incluso las chicas de la oficina principal habían salido para ver lo que pasaba. Alguien había llamado al 911, y las autoridades correspondientes estaban de camino. El ayudante del encargado del almacén había intentado hacerse el héroe.
Ness y Cleve se estaban dando ahora un banquete con su intestino delgado mientras el desgraciado gritaba pidiendo ayuda.
—Puaj… —dijo una de las chicas de la oficina principal.
—¡Por Dios, que alguien haga algo! —dijo uno.
—Que te jodan —dijo otro—, haz tú algo.
—No pienso ayudar al gilipollas de Kreske, ayer dio un parte en mi contra —dijo un tercero.
—Ness… tengo miedo —dijo Cleve.
—Pasa de todo y continúa —respondió Ness.
—Me temo que vamos a perder el trabajo, Ness.
Ness paró en seco. Y a continuación explotó en una sonora risotada. Trozos de carne y sangre salieron disparados de su boca.
—Puaj… —dijo otra chica de la oficina.
—¡Eres un verdadero capullo, Cleve! ¡Jodido cabronazo! ¡Ja, ja, ja! —dijo Ness, y luego continuó masticando. Sabía que los polis no tardarían en llegar. Pues que vengan si tienen pelotas, pensó.
Después le propinó un fuerte bofetón en la cara al ayudante.
—¡Sabes asquerosamente mal, Kreske! ¿Me oyes, maricón?
Algunos de los trabajadores aplaudieron.
Ness lo empujó a un lado y se puso en pie de un salto.
—¡Eh! —dijo Cleve mientras se arrastraba con dificultad hacia el cuerpo aún sufriente de Kreske.
—¡Vamos allá! ¡Que empiece la diversión! —aulló Ness mientras agarraba carne fresca.
***
—¿Lo ve, agente Dreyer? ¡No hay absolutamente nada por lo que preocuparse! ¡Nada de nada! Hum.
—¡Échele huevos, hombre! —gritó el coronel acercando a Dreyer con un empujón a la criatura.
—Vengan, se lo mostraré —dijo el doctor—. ¿Abel? Mamada, por favor.
Abel, obediente, se arrodilló y comenzó a manipular los bajos del doctor.
—¡Santo Dios! —exclamó Dreyer conmocionado.
El coronel se rió.
—¡Eh, Abel!, ¿y no podrías enseñar a mi señora a hacer eso?
—¡Santo Dios! —repitió Dreyer.
—Eso es todo, Abel —dijo el doctor. Abel obedeció. Dreyer notó cómo se le revolvía el estómago.
—¿Lo ve? Está totalmente controlado, agente Dreyer. Hemos descubierto que si añadimos proteínas simples a Lázaro, no sabemos por qué… el cadáver receptor se transforma en una criatura dócil. Domesticable. ¿Lo ven?
—Sí —respondió Dreyer.
—Todo lo que necesitamos —dijo el doctor— son los bidones contenedores, los cuerpos de aquellos dos del Vietcong. Para extraer lo que necesitamos del ADN del Lázaro que contienen ambos cadáveres. Haremos a todos como Abel. Sometidos a nuestra voluntad. Seremos como dioses, caballeros. Dioses.
—Jesús —susurró Dreyer.
—Exactamente —dijo el doctor—, justamente como él.
Dreyer no volvió a decir nada más después de eso.
***
La muchedumbre que se había acercado comenzaba a padecer los efectos del gas verde en esos momentos. Se caían al suelo en grupo o individualmente. Se retorcían en arcadas y espasmos, allí tirados. Poco a poco, comenzaron a levantarse. El bidón explotó, y los restos putrefactos de dos guerrilleros vietnamitas se esparcieron por el suelo. Las moscas muertas atrapadas en inmensas telarañas en las esquinas de las ventanas se movían y zumbaban, y algunas lograron liberarse. Cientos de restos muertos, putrefactos y esqueléticos ratones y ratas, comenzaron a chillar y corretear por todos lados.
Ness lo comprendió cuando lo vio. También él estaba muerto. Estaba muerto; pero, irónicamente, nunca se había sentido más vivo. Con todo ese coñazo de la muerte ya pasado, ahora todo le parecía fácil. Estaba más allá del bien y del mal. Gracias, Nietzsche, hermoso bastardo, ¡lo que escribiste era cierto! Ya había superado la muerte y ahora avanzaba a otro plano. Libre del trabajo, libre de las multas de tráfico y de las malas relaciones, o de cambiar una rueda pinchada. Estar muerto le estaba sentando de maravilla.
Policías con equipo de antidisturbios entraron en avalancha por las puertas abiertas de la nave y dudaron unos segundos al contemplar lo imposible. Había helicópteros sobrevolando en círculos. Sirenas. Todas las sirenas del mundo habían acudido a toda velocidad hasta aquí.
Ness saltó sobre una caja y señaló a los policías mientras permanecían inmóviles mirando boquiabiertos con expresión de incredulidad.
—¡Eh, escuchad todo el mundo! ¡Me han contado que los cerdos del L.A.P.D. (Los Angeles Pólice Department) saben a pollo!
A continuación bajó de un salto y corrió hacia los policías conduciendo al frenético grupo de trabajadores zombis a un almuerzo temprano.
***
—Disculpen, caballeros —dijo Dreyer, agradecido por la distracción que su localizador había propiciado. Lo desenganchó del cinturón y miró el número—. ¿Podría utilizar el teléfono, doctor?
—Claro que sí. Por allí —dijo Weinblatt.
El coronel lo miró inquieto. Intercambió una preocupada mirada con el doctor mientras Dreyer marcaba el número y contactaba.
—¿Qué? —exclamó Dreyer, empalideciendo abruptamente—. ¡Oh. por todos los santos! ¡Enviad inmediatamente al equipo de limpieza! ¡Aborten! ¡Repito, abor…!
El coronel le arrebató el teléfono.
—Habla el coronel Strong. Hagan caso omiso de la anterior orden. ¡Procedan con la segunda fase inmediatamente!
—¡Pero no lo entiendes, Ulysses! —gritó Dreyer—. ¡Tenemos una situación de emergencia entre manos…!
—Y tanto que sí —dijo el coronel desenfundando su arma del calibre 45.
—¡Espere… no puede estar hablando en serio…!
El coronel descerrajó tres balas sobre Dreyer antes de que pudiera acabar la frase.
—Nunca me gustó ese capullo —dijo el coronel, volviendo a enfundar su arma.
Gilipollas, pensó Dreyer, por última vez.
***
Caín estaba sentado en su taburete, llorando. Llorando por reír tanto. Reía tanto por estar muerto y aun así seguir leyendo a Sartre y a Kafka. La muerte es tan estúpida como la vida, pensó. Igual de desabrida y absurda. Me pregunto si Dios existe… Y si es así, ¿ha leído a Kafka? Quizás Dios desee en algunas ocasiones matarnos a todos. Es decir, si es que no está ya muerto.
***
Charles Miller Manson gritaba rítmicamente, balanceándose hacia delante y hacia atrás en el mismo sitio. Sus largos mechones grises oscilaban de un lado a otro violentamente. La sangre comenzó a gotear de sus manos y pies. Estigmas. También sangraba la esvástica sobre la frente, sentía la esencia de Koresh desapareciendo… su alma, extinguida por llamas purificaderas.
—Levantaos —entonó.
Podía sentir las tumbas destripándose y dejando salir a hambrientos cadáveres por todo el planeta, simultáneamente. Podía sentir cómo se ahogaba la vida, cómo se destruía. Podía sentir el cambio que surcaba por sus propias venas. El cosmos nos estaba castigando por nuestra estupidez. Los ángeles lloraban junto a profundas lagunas en el Cielo oscurecido, golpeándose el pecho en lamento. Y la celda de cemento y acero se transformó en el vértice del nuevo cielo y la nueva tierra. La ira del juicio se cernía sobre el mundo.
—¡Levantaos! —ordenó.
***
En un estudio de grabación en Nassau, los dos Beatles que aún quedaban con vida terminaban de dar los toques finales a su álbum de vuelta al escenario musical. Planeaban triunfar… más que nunca.