Robert Louis Stevenson
(1850-1894)
EL SÓTANO DE LA PLAGA [*]
El viento aullaba, frío y con una cadencia melancólica, a través del cercado en forma de embudo; subía por la calle principal y alrededor del castillo de piedra, como en pequeñas oleadas, en el aburrido barrio del Loch Alto, y agitaba más hojas secas de los árboles resquebrajados de las que el otoño se había llevado no hacía mucho tiempo. Las nubes en forma de láminas que se amontonaban en la luna creciente tan pronto la escondían en un oscuro abrazo, como dejaban caer un destello de lúgubre palidez en aquel pueblo pintoresco. Helaba bastante; todas las calles estaban resbaladizas, y las esquinas más ocultas del Loch se habían congelado con un hielo acuoso, a pesar del fuerte viento. Había presagios de que nevaría antes del amanecer.
Así que, aunque con poca satisfacción, el maestro Ephraim Martext, proclamado ministro del Evangelio, cerró la puerta tras de sí y atravesó el cercado a grandes zancadas. Allí se sintió protegido, pero acto seguido, según atravesaba la Plaza del Mercado, el viento, que envolvía con su capa sus robustas piernas, casi le derribó. El maestro Ephraim se ajustó fuertemente el rebelde atuendo y se encorvó contra el ventarrón. Justo en aquel momento la luna disipó una nube y, aunque inmediatamente se ocultó tras otra, hubo tiempo suficiente para que un destello pálido e inseguro cayera sobre el patíbulo, que había sido teñido el día anterior con la sangre de cinco insurrectos del Pendand[1].
El rostro del maestro Ephraim se entristeció. «Una noche miserable —refunfuñó—. ¡Oh, Señor! ¡Cuánto tiempo vas a demorar aún el día de tu venganza!»
Tras caminar unos minutos, atravesó una tortuosa senda y se detuvo en la puerta. Sacó la llave que acompañaba a la carta y la introdujo en la cerradura. Con un quejido, el pestillo cedió; con un chirrido, la puerta giró sobre la bisagra. El predicador la cerró cuidadosamente tras de sí y se volvió para examinar el panorama: ante su vista se extendía un ancho vestíbulo y una escalera principesca; el primero, pavimentado con grandes losas; la segunda, bordeada de balaustradas de roble; ambos ennegrecidos por la suciedad, cargados de telarañas y alfonbrados (sic) de polvo. El aire y el paso de la gente habían hecho desaparecer el polvo en un pequeño espacio alrededor de la puerta. Sin embargo, Martext pudo ver intensas huellas de pisadas ascendentes en la alfonbra (sic) que cubría las escaleras. Todo el cuadro se reflejaba, amarillento, en los manchones de aceite de una lámpara situada en el primer rellano. Un escalofrío sobrecogió el corazón del ministro. Soplaba un fuerte viento que, junto con el frío, parecía cortarle a uno las manos y la cara; pese a todo, deseó estar fuera de nuevo. «¡Pobre hijo! —pensó—. Sería una pena abandonarlo. ¿Quién tiene más derecho a mi asistencia y ministerio que aquellos que han luchado por mi iglesia? Y, sin embargo, este sitio es espantoso, y el aire es malsano y extraño…»
Luego, armándose de valor, subió rápidamente cuatro tramos de una escalera hasta el rellano más alto, donde una puerta abierta dejaba pasar un destello vacilante de luz roja. Entró. La habitación era grande, baja, sin alfonbrar (sic) y desamueblada. En un extremo había un montón de capas descoloridas, sucias y teñidas de sangre; junto a ellas, un par de pistolas, un sable desenvainado y una Biblia atravesada justo por la mitad por el negro agujero de una bala. Un poco más lejos, unas maderas de brillo rojizo ardían lentamente en una gran chimenea; y esto daba lugar, de vez en cuando, a trémulas lenguas de fuego sobre sus azulejos de fondo azul con motivos holandeses. A pesar de las llamas que ascendían, Moisés golpeaba la roca con su vara en alto, y el fuego se enroscaba alrededor de los niños hebreos y su divino compañero siete veces expuesto al horno, mientras los diablillos que habían rodeado a san Antonio agitaban sus brazos deformados mientras aumentaban y disminuían de tamaño y se convertían en pequeños duendes agachados o en colosales Apolos sucesivamente; las llamas se debilitaron y los cuadros volvieron a ser azulejos fijos. Frente al fuego se encontraba un hombre pálido de unos veinte años. Su rostro parecía fatigado y ojeroso; la frente estaba ceñida con un pañuelo teñido de sangre; sus ojos tenían una mirada fría, fiera, con una luz febril. Llevaba ropas harapientas, desarregladas y sucias. Era muy extraño verlo junto al semblante firme y sensato y el color negro de los correctos atuendos del digno predicador.
Eludiré los primeros saludos, que fueron como tantos otros. Mientras estaba de pie delante del fuego, calentándose los dedos congelados y doloridos, el maestro Ephraim comentó:
—Y bien, señor Ravenswood, ¿qué motivo nos reúne hoy aquí? Es una noche amarga y tempestuosa; además, no es muy recomendable que el Consejo me encuentre aquí con un pobre rebelde, sacrílego y asesino, porque así es como te llaman, señor Ravenswood.
—¿Siente repulsión por haber venido? —inquirió Ravenswood en tono firme—. Todavía hay tiempo para marcharse.
—No, no. Te equivocas conmigo —contestó Martext cálidamente—. No sería muy propio de un tío abandonar a su sobrino, así como tampoco lo sería de un sacerdote el abandonar a un defensor de su misma fe; sólo pretendía que te apresuraras, ya que mi ausencia no debe ser advertida.
—Puede que tenga, quizá, más necesidad de usted de lo que piensa. Algunas veces pienso que voy a volverme loco, sentado aquí solo en esta casa vacía. Ayer por la noche, el señor Corsack[2] se sentó frente a mí durante una hora mirándome fijamente con ojos vivos desde su cara muerta; me estuvo hablando… —dijo—. ¡Uf! Señor Martext, desearía que rezase por mí.
Era una época de superchería y Martext estaba interesado en saber lo que el otro había oído.
—¿Qué dijo, qué dijo, Ravenswood? —preguntó con un susurro áspero.
—Es extraño. Mandé al pobre Donald con la carta para contarle lo que me dijo, pero ahora que está usted aquí no me atrevo a hablar. Me controlaré. Escuche: usted sabe bien que mi familia fue una de las primeras en ser atacada por la plaga de 1661[3]. Mi hermana, Janet, se metió en el armario secreto de la escalera. Cómo encontró el resorte, sólo el cielo lo sabe, porque cuando la encontramos yaciente, fuera, sobre las escaleras, vencida por la plaga, sólo pudo decirnos que había entrado en el sótano. Aquella misma noche murió. Mi padre decidió desvelar el misterio. Rompió el panel con la mano y entró; dos horas más tarde, un antiguo criado lo descubrió tumbado en el suelo con la marca de la plaga, en un estrecho rellano en lo alto de la escalera. Ambos murieron esa noche. Todos, tanto los que únicamente pasaron por delante como los que entraron por esa puerta fatal, murieron por igual. Alarmada, mi madre mandó llamar a unos trabajadores para que entablaran la entrada. Los carpinteros corrieron la misma suerte que los anteriores.
—He oído todo esto antes, amigo mío —dijo el maestro Ephraim, observando que el narrador hacía una pausa—; aunque todo esto no es comparable, el Señor ha permitido, en su sabiduría, que hubiera algunos de estos peligrosos receptáculos de la muerte. En otras partes de esta ciudad hay más de uno, donde los vecinos viven en un temor constructivo. Pero ¿qué tiene que ver todo esto, señor Ravenswood, con las palabras del fantasma de Nielson?
—Además de pronunciar palabras que no puedo mencionar, me dijo que intentara entrar en el sótano de la plaga.
—¡Dios no lo permita!
—He recibido aún otro augurio —contestó Ravenswood en tono sepulcral; sus ojos mostraban un brillo aún más fiero—; además, es por una causa gloriosa. Me dijo, señor, tan llanamente como podría haber hablado un hombre vivo, que quien entrara en el sótano de la plaga sacaría a nuestra iglesia del presente estado desventurado en el que se encuentra.
Cualquier espectador imparcial podría haber notado que las palabras de Ravenswood eran producto de la fiebre. El terrible fuego de sus ojos, el temblor de sus manos débiles, lo voluble y salvaje de sus palabras… Todo tendía a probar el mismo hecho. Pero, por motivos de superstición, los hombres abandonaron el privilegio del sentido común en el año 1667. Además, ¡quién es más sordo que el que no quiere oír! El señor Martext deseaba creer en la renovación de su iglesia oprimida y la imposibilidad física del asunto no le perturbó demasiado.
—Una causa gloriosa, como dice, tío —contestó—. Una causa gloriosa. ¿Cuál es el otro augurio?
—Es todavía más claro. ¿Ves aquí la Biblia traspasada por la bala de un dragón erastiano? Después de la visión, la abrí en busca de una orden divina. El milagroso curso de la bala me detuvo en el mandato: ¡Buscad, y hallaréis!
Durante mucho tiempo el predicador permaneció sentado, meditando las extrañas revelaciones de su compañero. Por fin, levantó la cabeza.
—¿Te atreverías? —preguntó.
—¡Atreverme! —fue su única respuesta, pero fue dicha en un tono tan decidido y entusiasta que acalló cualquier posible duda en la mente del señor Ephraim.
—¡El Señor Dios de Isaac y de Israel te guíe y asista! Yo esperaré en el descansillo de arriba para oír lo que pudiera decir, en caso de que también tú seas herido repentinamente. Supongo que yo también he de morir, así que intenta, hijo mío, cerrar la puerta cuando salgas, por si al pasar yo quedase imposibilitado para comunicar el secreto.
La cara del eclesiástico se mostraba radiante tras su noble determinación.
Ambos se levantaron sin pronunciar palabra. Ravenswood iba delante; sus ojos centelleaban y sus mejillas mostraban un rojo febril. Tan pronto como pasaron bajo la escalera, Ravenswood dijo algo tan incoherente que hizo suponer a Martext que no había oído bien. Estaba demasiado emocionado para preguntarse por su significado.
Por fin, el sacerdote se detuvo en el rellano, desde donde podía ver parte del friso, en el que algunas maderas, menos teñidas por el paso del tiempo, le indujeron a creer que la puerta del sótano existía efectivamente.
Ravenswood continuó su descenso hacia un descansillo de la escalera donde había un hacha grande apoyada en la pared. Tres golpes vigorosos hicieron crujir las maderas y el entablado de la entrada quedó destruido. Martext estaba tan contento que no pudo ver el espacio que tenía debajo. Oyó una carcajada rara, salvaje, en falsete, emitida por Ravenswood, que sonó terrible en el eco de la escalera. El sonido le llegó al corazón; sintió mucho frío. Ravenswood bajó la escalera, cogió la linterna y alumbró la misteriosa entrada.
Por un momento todo quedó completamente tranquilo. La luz que venía de la escalera de la entrada se hizo cada vez más débil. Martext, en una agonía entre el miedo y la excitación, se inclinó hacia la balaustrada temblorosa mientras observaba el efecto extraño de la luz endeble sobre el rostro serio y exaltado.
De repente, aquella risa odiosa estalló otra vez más fuerte, más salvaje, más alta, más aterradora que antes.
—¡Ajá! —chilló—. ¡Mire, las huellas de la plaga! ¡Por la Iglesia! ¡Gloria!
Y, una vez más, la risa demoníaca sonó extraña por el eco de la escalera.
Al instante, una luz brillante iluminó el paso; se había encendido algo extremadamente inflamable. La figura de Ravenswood apareció en la entrada, de pie y de espaldas a la luz. Sus palabras salvajes, su risa diabólica y el incendio repentino habían aterrado al predicador, quien no por ello olvidó el deber para con su iglesia.
—¡Habla! —dijo—. ¡Di! ¿Qué has oído?
—¡Ja,ja! ¡Yo a ti te conozco! —contestó el loco—. ¡Tú eres Sharpe, Sharpe el apóstata![4] ¿Crees que te lo diría a ti? ¡Gloria! ¡Gloria! ¡Ah! ¡Apóstata, asesino! ¿Dónde está el perdón? ¡Ayer murieron cinco hombres! ¡Dame la carta de clemencia del rey! ¡Dámela!
Y subió corriendo hacia el otro. Martext estaba clavado en el suelo, aterrorizado; con los ojos desencajados, permanecía en pie, pendiente del loco. Pero, tras un largo suspiro, se dio la vuelta y huyó. Corrieron escaleras arriba, el polvo ascendía formando nubes; los alaridos del maníaco retumbaban en la bóveda de la escalera. El maestro Ephraim se lanzó desesperadamente hacia el interior de una puerta abierta; la habitación tenía un tono oscuro. Se apoyó contra la pared. Su perseguidor casi le tocó al pasar, palpando cada esquina. Una vez que el camino estuvo libre, Martext se precipitó escaleras abajo otra vez. No sabía lo que hacía; su único objetivo era escapar de la mano de su miserable sobrino.
El combustible del sótano de la plaga probablemente se había ido secando, porque cuando el maestro Ephraim alcanzó esa parte de la escalera, en el rellano más bajo unas grandes lenguas de fuego cruzaban todo el camino y giraban alrededor de la balaustrada, mientras toda la entrada iba oscureciéndose con el humo. Bajo ninguna otra circunstancia habría osado el sacerdote atravesar semejante barrera. Pero ahora, estimulado por la desesperación, se lanzó cruzando el fuego; saltó lo que quedaba de las escaleras y cayó, medio muerto de miedo, contra la inmensa puerta.
Recuperando el sentido y acordándose de que a cada minuto podía ser apresado y raptado por su enemigo, luchó por retirar el cerrojo de la cerradura. Le pareció que había pasado un siglo, pero, por fin, el cerrojo se abrió. Miró atrás: Ravenswood, aterrado por las llamas, esperaba indeciso en el extremo más distante. Lanzando un grito de alegría desenfrenada, Martext salió y tiró de la puerta tras él, produciendo un fuerte estampido.
El viento soplaba enérgicamente en el cercado y la nieve caía de forma pesada. Por el tragaluz de la parte superior de la puerta brillaba el resplandor vacilante y rojizo del incendio del interior. El predicador, que caía de rodillas en la calle empolvada, dio gracias a Dios por su fuga.
Nos complace poder completar lo escrito más arriba (proveniente del mismo señor reverendo) con los siguientes pormenores de documentos contemporáneos.
Encontramos (en «Dictámenes y Prevenciones Especiales», del doctor Zophar Cant) que el siervo de Dios, Ephraim Martext, padeció mucho tiempo una fiebre violenta que le causó muchos desvaríos; en sus delirios decía que había sido tocado por la plaga.
Más aún: cuenta un relato personal que aquella noche la mansión de los Ravenswood fue reducida a cuatro negras y ruinosas paredes. Así que el misterio del sótano de la plaga nunca llegó a resolverse.