Capítulo Veintiséis
Yvette miró la horrible escena en el dormitorio de Paulette. El mensaje sangriento en la pared le hizo poner los pelos de punta y el olor de sangre humana seca le picó la nariz. Miró a Ricky, que hurgaba en la mesita de noche.
—Este tipo es un psicópata —expresó.
Ricky no levantó la vista cuando respondió—: ¿Quién diablos sabe lo que es?
—Definitivamente está enamorado de ella. Como todo el mundo —ella se quejó. Seguía sintiendo una punzada de dolor al recordar cómo Gabriel había besado a Maya en el hospital. No había ninguna duda ahora en su mente que la amaba. Bueno, ella lo superaría, por lo menos Gabriel finalmente sería feliz. Un día, ella encontraría al hombre correcto también.
—Particularmente Gabriel. ¿Qué está pasando entre esos dos?
El tono sarcástico en la voz de Ricky la hizo mirar hacia arriba, pero antes de que pudiera responder, sonó su teléfono celular. Ella miró el número—. Es él el que llama.
Apretó el botón para contestar y se puso el teléfono en la oreja—. ¿Gabriel?
—Necesito que vengas a la casa de Samson de inmediato.
—Pero estoy en la casa de Paulette con Ricky. —Y él había sido el que le había ordenado eso hace tan siquiera una hora.
—Esto tiene prioridad. Ricky puede continuar el trabajo en la casa por sí mismo. Te necesito aquí para proteger a Maya. Tengo que salir de la casa durante una hora. Y no quiero que Carl sea el que la proteja. Él no está entrenado para eso.
Por lo menos la orden significaba que Gabriel todavía confiaba en ella, y la pequeña conversación que habían tenido antes, había aclarado las cosas—. Claro, conduciré de regreso.
Estaba a punto de desconectar la llamada, cuando Gabriel agregó—: Y Yvette, hazme un favor, no llenes la cabeza de Maya con fragmentos de información sobre lo que los hombres vampiros pueden o no pueden querer… no soy como cualquier otro vampiro, y no quiero que Maya tenga una impresión equivocada.
—Yo no he dicho nada…
—Sé que le dijiste que los hombres vampiro, sólo quieren vincularse con mujeres humanas para que puedan tener hijos.
—Oh, eso —admitió a regañadientes. Ya lo había olvidado. Y, además, eso fue antes, cuando estaba celosa de Maya. Ahora era diferente.
—Sí, eso. ¿Por favor?
Yvette se sorprendió por el tono suave de su voz. Había algo diferente en él. Parecía menos nervioso de lo habitual—. Te lo prometo. Voy a mantener mi boca cerrada.
—Gracias —Un clic en la línea, le indicó que había desconectado la llamada.
Yvette giró sobre sus talones y casi chocó con Ricky.
—¿Qué está pasando? —le preguntó.
—Gabriel me ha ordenado que vaya a la casa para proteger a Maya. Por lo que, estarás solo aquí.
—Yo pensé que él la estaba protegiendo.
—Él tiene que salir de la casa.
—¿No está Carl ahí?
—Tú sabes tan bien como yo, que no es un guardaespaldas entrenado. Apuesto a que el rufián fácilmente podría vencerlo.
—Apuesto a que incluso él podría vencerte a ti —coincidió Ricky—. ¿Por qué no voy yo a la casa y tú terminas aquí?
Yvette continuó por el pasillo, sin siquiera echarle una mirada—. Porque Gabriel me lo ha ordenado a mí, no a ti. Nos vemos más tarde.
Sus pasos le siguieron—. Vamos, no seas una plaga.
Los pelitos en la parte posterior de su cuello se levantaron mientras una sospecha se deslizaba por su espalda. Ricky nunca se había preocupado por cambiar de misión antes. Gabriel le había advertido hace unos días, que Ricky estaba un poco inestable en estos días, pero esto era francamente molesto—. Dije que no. ¿Qué parte del no, no pudiste entender?
El ataque la golpeó sin previo aviso. Sus garras se clavaron en su espalda y la arrojó contra la pared. A medida que se estrellaba contra ella, oyó un chasquido de sus costillas y sintió el dolor irradiando a través de su cuerpo. Ella aterrizó sobre sus pies, su cuerpo dejó un hueco en el tablero de yeso detrás de ella.
En respuesta a la agresión de Ricky, su cuerpo se endureció a la vez que sus colmillos descendían y sus dedos se convertían en garras. Antes de que pudiera defenderse, pasó las garras contra su estómago, cortando a través de su camiseta ajustada. El olor metálico de su propia sangre, la asaltó al instante.
—Maldito hijo de puta —maldijo ella y tiró una patada con su pierna derecha, sacándole el aire. Se tambaleó contra una puerta detrás de él—. ¿Qué mierda es esto? —gritó ella mientras iba tras él.
Pero no había contado con que estuviera armado.
Cuando Ricky sacó una cadena con una bola en cada extremo del bolsillo de su chaqueta, no estaba preparada. Él la giró con precisión y astucia, su muñeca soltándola un instante después. La cadena se envolvió alrededor de sus rodillas y la hizo perder el equilibrio.
Yvette se estrelló contra la pared una vez más, la mano ya estaba llegando a la cadena y a las bolas. Siseó de dolor cuando le tocó el metal. Era de plata.
¿Cómo diablos la había balanceado sin quemarse? Ella le dio una rápida mirada y lo vio sonreír, luego saludarla con su mano derecha. Se quedó mirando esta con cuidado, y sólo entonces se dio cuenta del guante color carne que llevaba en la mano. Debe de habérselo puesto cuando la siguió fuera de la habitación.
Cuando se inclinó sobre ella, tiró un golpe con sus garras, pero él saltó de su camino con una facilidad sobrenatural, y cayó sobre su pecho, las rodillas depositadas sobre sus hombros, deshabilitándola de mover sus brazos. Él era más pesado que ella y más fuerte. Yvette le mostró sus colmillos.
Él se limitó a reír—. Sólo me hubieras dejado ir a la casa, como te pedí. Pero no, eres una perra controladora que tiene que tener la última palabra en todo. Voy a mostrarle a ustedes las mujeres, quién es el jefe.
Las palabras penetraron profundamente en ella. «Mujeres», había dicho. Al instante supo de qué se trataba todo esto—. Maya.
—Sí, Maya. Voy a atraparla ahora. Ella ha sido mía siempre. Y ni tú ni Gabriel, podrán mantenerme alejado de ella por más tiempo.
Yvette se estremeció. Ricky era el rufián. Todo el tiempo se había estado escondiendo en medio de ellos, y nadie había sospechado de él.
—¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo nos evadiste durante tanto tiempo?
Se rio para sí mismo, entonces le dio una fría mirada—. Zane tenía sus dudas acerca de mí cuando controló mi coartada, pero incluso él no es lo suficientemente fuerte como para superar mi don.
Yvette maldijo.
—Sí, finalmente mi don ha resultado ser muy útil. Ustedes siempre me utilizaron para suavizar las cosas cuando había un problema. Los dejé. Pero finalmente, pensé en usarlo para mí. Zane cree firmemente que no tuve nada que ver con el ataque de Maya. Nadie sospechó de mí, porque en el momento en que sentí sus dudas, invadí y controlé sus mentes de esas dudas. ¡Puf! —Hizo un movimiento teatral con su mano.
Los había engañado a todos, y ahora que él sabía que Maya se encontraba sola en la casa con sólo Carl para protegerla, la atraparía—. Gabriel te atrapará. —Escupió.
—En el momento en que Gabriel regrese a la casa, voy a haber desaparecido hace mucho tiempo, y Maya estará conmigo. Nadie nos verá de nuevo.
—Traidor.
—Llámame como quieras, no me importa. —Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.
Yvette se paralizó. Él la atravesaría con una estaca, ella lo sabía. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Cuando sus miradas chocaron, él se rio nuevamente, con una risa fría y sin emociones.
—Una estaca es demasiado buena para ti. No te mereces morir como un hombre. Las mujeres como tú, que juegan con los sentimientos de los hombres y nos llevan por nuestras narices, nos hacen pensar que nos aman, y después nos botan como una patata caliente cuando ya han tenido suficiente. Ya no será así. —Él le dio una bofetada, haciendo azotar su cabeza hacia un lado. El dolor quemaba a través de su cuello y mandíbula, pero sabía que su discurso no era para ella… era para Maya. Él estaba enojado con ella.
—No, tú, puta de mierda, te freirás en el sol.
Sacó otra cadena de su bolsillo y envolvió un extremo alrededor de su muñeca izquierda. El metal picaba y su piel chisporroteaba como si alguien hubiera derramado ácido en ella. El hijo de puta la estaba amarrando con plata… un metal que no podría romper.
Rápidamente, quitó la pierna de un hombro y puso sus brazos juntos, atándola por sobre su cabeza. Entonces él se levantó, la tomó de sus manos y la arrastró por el suelo hacia la sala de estar.
—¡Vas a pagar por esto! —le prometió.
—Lo dudo mucho, especialmente teniendo en cuenta que serás polvo en un par de horas.
Ricky la levantó sobre sus pies. Cuando estuvo a la altura de los ojos con él, le escupió en la cara. Todo lo que le valió fue otro golpe con sus garras. Apenas sentía el dolor ahora.
Sin más, aseguró sus manos atadas en un gancho sobre la chimenea, suspendida a pocos centímetros en el aire. A continuación, aseguró sus piernas en contra de la red frente a la chimenea, inmovilizándola.
Con pocas zancadas, se dirigió a la ventana y corrió las cortinas. Una vez que el sol saliera, brillaría directamente sobre ella, y la freiría en pocos minutos. Sería una muerte dolorosa, no el alivio rápido que traería una estaca.
Tratando de entretenerlo, le dijo—: ¿Qué pasó con Holly? ¿Fuiste detrás de Maya porque Holly te dejó?
Gruñó—. Nadie me ha dejado. Rompí con la estúpida retardada, cuando conocí a Maya. Yo le di de comer y de beber, le prometí el mundo, cualquier cosa que pudiera desear. ¿Y qué hizo Maya? Tirar todo hacia mí como si yo fuera un mendigo. Ahora voy a hacerla rogar.
La idea de lo que podría pasarle a Maya, la asustó. Si Ricky se la llevaba, Gabriel estaría devastado—. Me vengaré por esto.
Él le lanzó otra mirada rápida y se encogió de hombros—. Si te hace sentir mejor decirlo, adelante, pero la realidad es que no lo harás. Disfruta del amanecer. El informe del tiempo dijo que no habrá niebla mañana.
Su risa malévola hizo eco a través de la casa, mientras caminaba hacia fuera cerrando la puerta con tal fuerza, que rompió la cerradura y la puerta se abrió de nuevo hacia el interior, permaneciendo entreabierta.