15: La puerta de esclavos

15

La puerta de esclavos

La cola de un látigo saltó sobre el hombro de Rikus.

—¡Los ojos al suelo, chico! —ordenó una voz áspera.

Rikus bajó la cabeza y avanzó pesadamente, maldiciendo el evidente placer del gladiador en regañar a su comandante. Junto con dos docenas de compañeros, todos vestidos con las túnicas de la guarnición del pueblo de Makla, el impostor conducía un pequeño ejército de gladiadores tyrianos en dirección a la puerta de esclavos de Urik. Este grupo mayor iba disfrazado con las capas raídas y los vendajes propios de los esclavos de las canteras, y sobre sus espaldas cargaban pesados morrales llenos de obsidiana en los que se ocultaban sus armas.

A pesar de la orden de su acompañante, Rikus mantuvo los ojos lo bastante levantados como para permitirle estudiar el terreno que tenía delante. La puerta de esclavos de Urik, al igual que el resto de la ciudad, era cuadrada y limpia. Se alzaba al final de un corto terraplén de adoquines resquebrajados, flanqueado por elevados muros cubiertos de cal y teñidos de amarillo con pinturas de azufre traídas del Lago de los Sueños Dorados. Bajorrelieves de un estilizado león, sostenido por sus patas traseras y con las zarpas delanteras dispuestas a modo de manos, cubrían las murallas. En uno de los lados, los leones abandonaban la entrada con lanzas y espadas, y en el otro regresaban con el botín obtenido en lejanas ciudades. Merlones de un violento color sangre, cada uno tallado en forma de cabeza de león, coronaban las murallas a ambos lados. Por entre las almenas atisbaban más de un centenar de atentos arqueros, sus ojos entrecerrados clavados fijamente en la miserable hilera de esclavos de las canteras.

—Vuelve a explicármelo: ¿por qué hacemos esto? —susurró Neeva, contemplando las pesadas puertas de piedra que tenían delante.

—Primero, para salvar la legión y, segundo, para recuperar El libro de los reyes de Kemalok —respondió Rikus.

—¿Y cómo conseguiremos eso atacando a Urik? —inquirió la gladiadora frunciendo el entrecejo ante la lógica del mul.

—Una vez que nos apoderemos de la puerta, Jaseela conducirá al resto de la legión al interior de la ciudad. Liberamos a los esclavos de Urik, y luego hacemos que se rebelen —repuso Rikus—, Hamanu tendrá que hacer regresar a sus legiones del desierto para restaurar el orden. Es entonces cuando cogemos el libro, a nuestros guerreros y a todos aquellos esclavos urikitas que hayamos liberado y regresamos a Tyr.

—A mí no me parece que la mayoría de las legiones de Urik se encuentren en el desierto —objetó Neeva, dirigiendo una mirada furtiva a los arqueros alineados en la parte superior de la muralla.

—Ningún rey enviaría fuera a todos sus soldados —le aseguró Rikus—. Eso no es más que una pequeña guarnición. Cuando los hayamos dominado, te llevas a los enanos en busca de la casa de Maetan y recuperáis El libro de los reyes de Kemalok. El resto de nosotros cogeremos a los esclavos y saquearemos la ciudad.

—Eso puede resultar más difícil de lo que tú das a entender —observó Neeva. Guardó silencio un momento y luego preguntó—: Con todos esos arqueros ahí arriba, se me ocurre que a lo mejor Hamanu sabe que venimos. ¿No ha cruzado tu mente esa posibilidad?

—No en los últimos minutos —contestó Rikus—. Si lo supiera, ¿por qué crees que iba a dejamos entrar en la ciudad?

—Porque resultaría más fácil que perseguimos —repuso Neeva—. Y porque, una vez que estemos dentro de los muros, no habrá ningún lugar donde ocultarse.

—No. —Rikus sacudió la cabeza—. Hamanu tendría que haber sabido que atacaríamos a Urik cuando Maetan nos dijo dónde estaban sus legiones. Eso no es posible; no di a nuestro propio ejército información suficiente sobre nuestro plan, ni el tiempo necesario para que un espía pudiera traicionarnos.

Neeva no lo contradijo.

Siguieron andando en silencio, hasta que los gladiadores empezaron a amontonarse en el exiguo túnel que conducía bajo las murallas de la ciudad. Uno de ellos fue víctima de los empujones y, tropezando con los pies de un compañero, cavó al suelo. La ordenada fila se convirtió entonces en un confuso revoltijo cuando aquellos situados en la retaguardia siguieron presionando al frente y los que iban a la cabeza tuvieron que hacer mil maniobras para no pisotear al que había caído.

Rikus y Neeva llegaron enseguida hasta el hombre del suelo. Ante la sorpresa del mul, este tenía la piel bronceada por el sol y un sol rojo tatuado en la frente.

Mientras Neeva se inclinaba para tirar del enano y ponerlo en pie, Rikus refunfuñó:

—Caelum.

No bien hubieron atravesado el túnel que pasaba bajo la muralla, Rikus agarró a Neeva del brazo.

—¿Qué hace aquí el enano? —inquirió, casi dando un traspié mientras ascendía penosamente por la pronunciada pendiente.

—Dijiste que estaba a mi careo —replicó Neeva, adoptando al momento un tono defensivo y enojado.

—También le ordené que permaneciera con Jaseela y el resto de la legión hasta el ataque —dijo Rikus—. Si da la alarma…

—Caelum no es un espía —profirió Neeva, colérica—. Además, si quieres que sobrevivamos a este loco plan tuyo, necesitaremos su magia solar.

—Rikus, jamás haría nada que hiciera daño a Neeva —aseguró Caelum—. Y quiero que El libro de los reyes de Kemalok sea devuelto a Kled tanto como tú.

El enano calló cuando abandonaron el túnel y penetraron en la ciudad. Mirando por encima de las cabezas de los que tenía delante, Rikus observó que se dirigían a un estrecho bulevar pavimentado de adoquines blancos; a ambos lados de la calle se elevaban muros amarillos coronados por puntiagudos fragmentos de obsidiana y salpicados a intervalos irregulares por puertas de acceso más pequeñas. En el centro de la avenida había un enorme bloque de granito con aspecto de cuña; situado sobre una pronunciada rampa que se alzaba frente a la puerta de esclavos, el bloque e granito iba montado sobre grandes rodillos de madera y sujeto en su puesto por una cuerda de cáñamo más gruesa que el tronco de un árbol. Junto a la cuerda montaban guardia uno de los templarios de Hamanu y dos semigigantes armados con hachas de acero. Los protegía un pequeño contingente de guardas cubiertos con cotas de malla de cuero y equipados con largas espadas de obsidiana.

Mientras el grupo avanzaba arrastrando los pies, Tamar apareció en la mente de Rikus. Su figura pasó rápidamente de la de una mujer de cabellos sedosos a una réplica del mismo Rikus, excepto que unas órbitas de color rubí brillaban allí donde debieran haber estado los negros ojos del mul. Un escalofrío de mal presagio recorrió la espalda del mul; entonces escuchó al espectro decir algo que, en un principio, no comprendió.

Caelum, has desobedecido mis órdenes por última vez, dijo el fantasma.

Rikus sintió cómo sus labios se movían de acuerdo con los del doble que veía en su cerebro, y se escuchó repetir las palabras de Tamar.

Todavía bajo la apariencia del mul, Tamar apretó el puño y dio un paso a un lado. Rikus se encontró moviéndose en dirección al enano, su puño cerrado también con fuerza.

¡Para, Tamar!, ordenó el gladiador, luchando en vano por conseguir que sus músculos obedecieran su propia voluntad y no la del espectro. ¡Nos sentenciarás a todos!

Vas a enviarlo a él y a sus enanos en basca del libro, protestó ella. No lo permitiré.

Dentro de la mente de Rikus, Tamar extendió el brazo, y, de acuerdo con los movimientos de la mujer, el mul descubrió que su brazo también se alzaba hacia Caelum.

Neeva se interpuso entre el mul y el enano.

—¡Rikus! ¿Es que intentas atraer la atención sobre nosotros?

Tamar lanzó el brazo al frente, y Rikus advirtió que empujaba a Neeva a un lado. El morral cayó de los hombros de la mujer y fue a estrellarse contra el suelo con un estrépito que resonó en las altas murallas que rodeaban el pasillo de acceso. Confuso, Caelum retrocedió apartándose de Rikus y alzó una mano hacia el sol, con la intención de reunir la energía necesaria para un conjuro.

—¿Te has vuelto loco? —dijo.

A su alrededor, guerreros sorprendidos se giraban hacia el revuelo, y, al ver que Neeva había dejado caer su saco, hacían lo propio y empezaban a sacar las armas del interior de sus morrales.

¡Por la luz de Ral!, rugió Rikus en su interior. Como Tamar seguía controlando su cuerpo, no podía mirar en derredor y ver cómo respondían los urikitas. No obstante, sí escuchaba cómo los guardas de la puerta llamaban a los arqueros para que los reforzaran.

Rikus se concentró hasta hacer aparecer en su mente una imagen de sí mismo frente al doble creado por Tamar; luego se lanzó sobre el espectro con tal furia que este retrocedió tambaleante, levantando inútilmente los brazos para rechazar la andanada de puñetazos.

¡Detente!, ordenó Tamar. El enano está listo para matarte.

Que lo baga, respondió Rikus. Pateó al espectro en las costillas y lo derribó sobre el suelo con un potente puñetazo. Me estás haciendo perder la batalla…, y eso es todo lo que importa.

El doble de Rikus se desvaneció de improviso ante sus ojos, convertido en vapor. El mul se preparó para lo peor, esperando que el espectro regresaría bajo la forma de algún monstruo horrible y lo haría pedazos. En lugar de ello, la voz de Tamar resonó en las negras profundidades de su cerebro. La batalla no está ni mucho menos perdida, dijo. De todos modos, esperaré un momento más propicio.

El mul volvió a encontrarse con el control de su propio cuerpo, de pie en medio del bulevar de los esclavos de Urik, mientras los gritos de guerra tronaban a su alrededor. Caelum seguía frente a él, los rojos ojos llenos de cólera. El enano tenía una reluciente mano levantada hacia el sol, y sólo la firme sujeción de Neeva mantenía la otra apuntando al suelo en lugar de al mul.

—Se acabó —anunció Rikus—. Estás a salvo por ahora, Caelum.

Soltó el morral que llevaba a la espalda y hundió la mano en su interior. Un pedazo de obsidiana le produjo un largo corte en la mano, pero no le prestó atención y encontró por fin la empuñadura del Azote.

—Aún no —insistió Caelum—. No hasta que te disculpes con…

—No necesito ninguna disculpa —le espetó Neeva, sacando un par de espadas cortas de su bolsa—. Tenemos una pelea de la que ocuparnos.

Nada más sacar el Azote de su funda, Rikus giró en redondo para enfrentarse al templario y a los semigigantes que custodiaban la cuña de granito. Los ecos del entrechocar de espadas y los gritos de los hombres inundaban ya la calle mientras los gladiadores de Rikus atacaban a los guardas de la puerta y acababan con ellos.

Desde su puesto junto a la cuña de granito, el templario gritó:

—¡Taponad la puerta de esclavos!

Y, antes de haber acabado de hablar, ya huía en dirección a la salida del bulevar más próxima.

Los semigigantes descargaron las hachas sobre la enorme cuerda. Las cuchillas se hundieron profundamente en la cuerda, y esta se rompió con un vibrante chasquido. Se escuchó un sonoro retumbo mientras el bloque resbalaba a gran velocidad por la rampa, haciendo castañetear en rápida sucesión los troncos situados bajo él.

Caelum apuntó la mano libre a la base del pedrusco, y una explosión ensordecedora resonó en las murallas de la avenida. Un rayo de fuego brotó de las puntas de los dedos del enano y, describiendo un arco por encima de las cabezas de los guerreros que tenía delante, envolvió los troncos situados bajo la piedra. La cuña cayó sobre la rampa y se incrustó en ella con un gran estruendo.

Los gladiadores tyrianos lanzaron un tremendo grito de alegría, muchos de ellos vitoreando el nombre de Caelum, y se lanzaron al frente para acabar con la guarnición de la entrada. Pero su momento de triunfo fue efímero. A poco de haber encallado la cuña, los arcos zumbaron desde lo alto de la muralla. Una descarga de flechas negras cayó sobre la calle, y una docena de voces gritaron de dolor mientras los gladiadores empezaban a caer.

Rikus agitó su espada a una masa de gladiadores situada cerca de él.

—¡Vosotros, gladiadores, venid conmigo! —gritó, dirigiéndose a la puerta lateral más cercana.

No había dado ni dos pasos cuando se dio cuenta de que nadie lo seguía. Se detuvo y se volvió hacia ellos.

—¡Seguidme!

Unos pocos se movieron de mala gana para obedecer, pero muchos otros prefirieron fingir que no habían oído nada y siguieron calle abajo para luchar a su modo. Rikus sintió tal oleada de rabia que la sangre se le subió a la cabeza y sintió cómo las venas de las sienes palpitaban con furia. Se dispuso a ir al encuentro de los que lo habían desobedecido, pero Neeva le cortó el paso rápidamente.

—Luego —dijo—. En medio de una batalla no es momento para repartir castigos. —Señaló la herida que el mul tenía en el pecho—. Además, no puedes culparlos por mostrarse reacios. La mitad de la legión cree que eres un nigromante, y la otra mitad que te has vuelto loco.

Los arcos situados encima de la muralla volvieron a sonar. En esta ocasión, a Rikus le pareció que eran muchas más las voces que gritaban de dolor al caer sobre la multitud la lluvia de negras flechas.

—Si no hacen los que se les dice, poco importará lo que piensen —rezongó el mul, volviéndose de nuevo hacia la puerta lateral—. Mira a ver si puedes conseguir que algunos nos sigan.

Al otro lado del portal, se encontró con un par de asombrados centinelas urikitas armados con espadones de hoja de obsidiana. Tras esquivar un mandoble demasiado lento y una estocada torpe, Rikus eliminó a ambos con un solo golpe de su espada mágica. Saltó por encima de los cadáveres y recorrió unos pocos metros calle abajo.

Se encontró en un barrio austero de pulcras edificaciones. Construidas de ladrillos cocidos, cada una tenía tres pisos de altura, con una única puerta rectangular que lindaba directamente con la calle adoquinada. Cada estructura y cada callejón parecían idénticos, a excepción de una gran variedad de líneas ondulantes pintadas en las paredes. El lugar resultaba extrañamente silencioso y desierto.

—¿Dónde estamos? —preguntó Neeva.

Rikus miró por encima del hombro y vio que la gladiadora se le acercaba, seguida de cerca por casi cincuenta guerreros.

—El barrio de los templarios, creo —respondió el mul, señalando un conjunto de líneas retorcidas dibujadas sobre la jamba de una puerta—. Eso me parece escritura, y sólo a nobles y templarios se les permite aprender a leer.

—Esto no es un distrito aristócrata, eso es seguro —asintió Neeva—. Ningún noble toleraría que su casa fuera idéntica a la de los demás.

—¿No deberíamos ir en la otra dirección, entonces? —sugirió Caelum. El enano acababa de abandonar la cola de la hilera de guerreros—. Maetan dijo que el libro se encontraba en su casa de la ciudad. Seguramente, esta no se hallará en el barrio de los templarios.

—Quizá no deberías venir con nosotros —advirtió Rikus, dedicando una mueca al enano—. Podría… hummm… perder los estribos otra vez.

—Me arriesgaré —respondió el enano, colocándose de nuevo en la fila, pero esta vez justo detrás de Neeva—. Si Neeva está aquí, entonces es aquí donde debo estar.

—Haz lo que quieras —dijo Rikus, encogiéndose de hombros.

Se desvió hacia el callejón más cercano y empezó a andar en dirección a la muralla, seguro de que en el barrio templario existiría al menos una escalera que condujera a la parte superior de la muralla. La estrecha callejuela discurría entre pulcras hileras de ventanas cuadradas, y cada quince metros más o menos la atravesaba una avenida más ancha. Las inmaculadas estructuras que bordeaban las calles estaban todas ellas pintadas de forma idéntica: los dos pisos inferiores de color amarillo y el superior en rojo sangre. Rikus no podía imaginar cómo sus habitantes conseguían evitar perderse en esta red de edificios iguales.

El distrito aparecía desierto, sin la menor señal de un templario, un esclavo, o cualquier otro ciudadano. Sin embargo, Rikus sabía que había muchísimos urikitas por allí, ya que escuchaba sus pasos resonando por las callejuelas y de vez en cuando le llegaba el siseo de una conversación susurrada.

Unos metros más allá de lo que parecía el cruce de calles número cien, las voces se volvieron de repente tan nítidas que el mul se juró que debían de encontrarse a pocos metros de distancia. No obstante, no se veía a ninguno de los templarios por ninguna parte.

En ese momento, Rikus escuchó cómo varios de ellos invocaban el nombre de Hamanu y comprendió que ya no importaba si podía o no verlos.

—¡Magia! —aulló.

Brillantes rayos blancos centellearon en el aire, y un sonoro tronar descendió por las callejas desde todas direcciones. Una violenta ráfaga de aire golpeó al mul por detrás y lo hizo perder pie. Mientras chocaba contra el suelo, oyó gritar a varios de los guerreros que lo seguían y también el estrépito de los ladrillos de adobe al desplomarse sobre los adoquines del suelo.

Cuando volvió a incorporarse de un salto, Rikus se quedó pasmado por lo que veían sus ojos. Donde segundos antes se encontraba un callejón vacío, una barrera de espinos que le llegaba hasta el pecho les cerraba ahora el paso. Atisbando por encima de la parte superior de esta barrera había seis templarios ataviados con túnicas amarillas, algunos con las manos vacías y otros armados con ballestas.

—¿De dónde han salido? —exclamó Neeva con voz entrecortada.

Rikus aventuró una rápida ojeada por encima del hombro. A su espalda, en la intersección adonde habían ido a dar la mayoría de los conjuros de los templarios, yacían ahora los cuerpos carbonizados de veinte gladiadores desperdigados por entre una docena de cráteres humeantes.

—¡Eran invisibles! —gruñó.

Sonoros chasquidos sonaron desde todas direcciones mientras los templarios disparaban sus ballestas desde los callejones. Rikus giró sobre sí mismo a tiempo de ver varios relámpagos negros que surcaban el aire hacia él; al instante sintió una serie de agudos golpes en la cintura a medida que las saetas se incrustaban en su Cinturón de Mando. Al ver que no caía al suelo, los ballesteros se quedaron boquiabiertos por la sorpresa y empezaron a recargar las armas frenéticamente.

Detrás de Rikus, Neeva chilló:

—¡Caelum, no!

El mul volvió la cabeza justo a tiempo de vislumbrar cómo el enano se escabullía por detrás del cuerpo más voluminoso de la gladiadora. En su mano alzada, el enano empuñaba una daga de fuego rojo.

¡Pequeño asesino traicionero!, exclamó Tamar. Tenías razón ¡Él es el espía!

Rikus contraatacó con una patada hacia atrás que alcanzó a Caelum en pleno pecho. Los ojos del enano se abrieron como platos, y pasó volando junto a Neeva, para ir a estrellarse contra los adoquines a más de dos metros de distancia. Su mano se abrió y la llameante daga cayó al suelo, por el que rodó lentamente, transformándose de arma en bola de fuego.

La llameante esfera empezó a brillar de forma intermitente, para luego estallar en una llameante bola que se alejó rugiendo calle abajo, dejando tras de sí tan sólo cenizas y ascuas.

—¡Me engañaste! —bramó Rikus, intentando ahogar los gritos de sus moribundos guerreros.

El enano debe morir, repuso Tamar con sencillez. Acaba con él, o habrá más accidentes.

—¡No! —gritó el mul.

Se dio la vuelta y se alejó corriendo, dejando atrás a Caelum, Neeva y otra docena de aturdidos supervivientes. Frente a él, un par de urikitas invocaron la magia de Hamanu, y cada uno lanzó contra él un refulgente guijarro. Las piedras se dirigieron directamente al mul, dejando tras de sí una estela de llamas y humo.

Rikus sintió un nudo en el estómago, y un alarido de pánico surgió de sus labios. Aunque había llevado el Cinturón de Mando en suficientes batallas como para saber que su magia lo protegería de las flechas normales, no tenía ni idea de si también lo escudaría de los llameantes proyectiles que venían hacia él.

Las rocas le acertaron en plena cintura y estallaron. El impacto derribó al mul y lo arrojó unos pasos más atrás, para luego dejarlo caer violentamente al suelo. El aire desapareció de sus pulmones y un dolor agudo le recorrió la espalda. Rikus abrió la boca para gritar, pero una tormenta de fuego dorado estalló a menos de medio metro de su rostro y el hedor a azufre casi le cortó la respiración.

La llamarada amarilla empezó a agitarse sobre su cabeza, y el mul temió verse convertido en una antorcha humana en cualquier momento, pues aquel infierno vaporizaba ya su túnica y le abrasaba la bronceada piel. Cerró los ojos para protegerlos del brillante resplandor, convencido de que ya no volvería a abrirlos.

Sin embargo, el resplandor se desvaneció a los pocos segundos, y el mul quedó sorprendido al descubrir que seguía plenamente consciente. La espalda le dolía desde la vértebra caudal al cuello, el cuerpo le escocía como si lo acabaran de frotar con piedra de afilar, y los pulmones le ardían por los efectos de haber respirado aire sulfuroso, pero Rikus apenas si se preocupaba por el dolor. Si el cinturón no lo había protegido de todos los efectos de la explosión, al menos había impedido que las rocas llameantes penetraran en su carne y estallaran en el interior del cuerpo.

Rugiendo su grito de guerra, el mul reanudó la carga. Los anonadados urikitas apenas si fueron capaces de levantar las ballestas antes de que Rikus alcanzara la barrera de espinos. Se lanzó sobre ella de cabeza y, mientras describía una voltereta en el aire, lanzó su espada contra el templario más próximo, que resultó ser una mujer, y le separó la cabeza del tronco. Aterrizó rodando sobre el suelo y acuchilló un par de piernas ocultas bajo una túnica amarilla; lanzó un grito de dolor cuando su hombro herido chocó con las duras piedras que pavimentaban la calle.

Rikus se incorporó mareado, la visión nublada y el cerebro entumecido por el dolor. No importaba, pues ahora luchaba basándose en el instinto y la rabia. Algo amarillo pasó frente a él; balanceó la espada, y aquello se desplomó en el suelo.

Un pie arañó las losas a su espalda. El mul introdujo la hoja bajo el sobaco y la clavó con fuerza contra lo que se movía detrás de él. Un urikita gritó y murió.

—En el nombre de Haman…

El pie de Rikus dejó sin aire los pulmones del hombre a mitad de la frase, aplastando varias costillas sobre su corazón. El templario cayó, sujetándose el pecho.

Durante unos instantes, el mul no consiguió localizar al último templario; luego escuchó la trabajosa respiración de una mujer asustada que huía por una calle lateral. Pasando el Azote al brazo herido, Rikus sacó una daga del cinturón del hombre que acababa de matar y, con toda calma, se giró y la arrojó.

La hoja desapareció entre los omóplatos de la mujer, y esta cayó boca abajo sobre el suelo.

Se escuchó un sonoro chasquido al otro lado del muro de espinos. Rikus miró por encima del hombro y descubrió la brillante cola naranja de un látigo de fuego que azotaba la barricada. En cuanto el látigo consiguió abrir un humeante sendero a través del seto, Neeva y un puñado de gladiadores pasaron veloces al otro lado por la abertura.

—¿Rikus, estás herido? —inquirió Neeva, corriendo a su lado.

—Estoy bastante bien —repuso el mul, inspeccionándose. Aparte de la enrojecida piel, no encontró señales de nuevas heridas.

—¿Qué sucedió? —preguntó Neeva—. ¡Fue como si te hubieras vuelto loco!

Aunque el mul no sabía si se refería al ataque contra Caelum o al salto por encima de la barricada, asintió.

—Creo que así fue —respondió—. Pero es demasiado tarde para preocuparse de eso ahora. ¿Cómo está el enano?

—Sobrevivirá —respondió ella—. Aguarda con los otros. No quise que pasara hasta…

Al ver que no terminaba la frase, Rikus lo hizo por ella.

—Hasta que averiguaras si iba a asesinarlo.

—Sí. ¿Qué te sucede? Allá en Makla, estuviste de acuerdo en que tal vez no sea un espía, y ahora intentas matarlo… ¡incluso cuando queda claro que resulta una gran ayuda!

—Te dije que lo dejaras con Jaseela —replicó Rikus y, dándose la vuelta, añadió—: Haz que pase a este lado, pero asegúrate de que permanece lejos de mí.

—No tendremos que preocuparnos por eso —respondió Neeva.

Hizo una señal al resto de los supervivientes para que atravesaran la abertura. A medida que iban pasando, cada gladiador miraba al mul como si se tratara de una especie de monstruo.

Caelum cerró la marcha. Con una mano se sujetaba el pecho allí donde Rikus lo había pateado; en la otra sostenía un enroscado látigo de llamas chisporroteantes. La tralla estaba hecha de tres llamas muy diferenciadas, una roja, una blanca y una amarilla, todas trenzadas juntas para formar una única correa. El mango de hueso refulgía con un intenso tono rojo, desprendiendo un terrible calor, y, por la mueca del rostro de Caelum y el sufrimiento que se leía en sus ojos, el mul se dio cuenta de que sostener el látigo le producía al enano un padecimiento insoportable.

—Dile que incendie todo lo que pueda con esa cosa —dijo Rikus, señalando el látigo—. Cuantas más cosas mantengan ocupados a los urikitas, mejor.

Dicho esto, se volvió y abrió la marcha en dirección a la muralla, sin dejar de vigilar por si se producía otra emboscada templaría. No tardaron en alcanzar una rampa que conducía a la parte superior de las murallas de la ciudad. Discurría bajo una pequeña torre, con un rastrillo construido de gruesas costillas de mekillot cerrando el paso. Una docena de aspilleras para las flechas dominaban el acceso a la rampa, y en cada una de ellas Rikus distinguió a un urikita armado de una ballesta.

Desde lo alto de las murallas, todos los arqueros disparaban al callejón sin salida situado frente a la puerta de esclavos. A los oídos de Rikus llegaron los gritos de hombres y mujeres que se encontraban al otro lado, y supo que Jaseela había llegado con el resto del ejército. Si no alcanzaba la parte superior de la muralla y hacía algo con respecto a los arqueros, su legión sería devastada.

—Neeva, aguardad aquí hasta que abra la puerta —ordenó Rikus. Señaló a las aspilleras situadas en el costado de la torre—. Entretanto, mira a ver si Caelum puede hacer algo con los urikitas que hay en el interior de la torre.

—¿Qué vas a hacer?

Rikus no le explicó el resto de su plan, porque sabía que resultaría evidente en cuanto lo pusiera en práctica. En su lugar, atravesó rápidamente la distancia que lo separaba del rastrillo. Las ballestas chasquearon; instintivamente, el mul hurtó el cuerpo, aunque sabía que su cinturón le proporcionaría una mejor defensa que sus reflejos. La mayoría de las saetas erraron el blanco y se estrellaron contra el suelo de piedra, y otras varias rebotaron en el cinturón o simplemente se hundieron en la gruesa faja.

El látigo de Caelum chasqueó por encima de la cabeza de Rikus. Casi al instante, el mul pudo oler el cáustico hedor de la carne quemada; un hombre gritó, y el gladiador sintió un escalofrío. Las quemaduras que él había sufrido con anterioridad le molestaban todavía lo suficiente como para que no pudiera evitar pensar en la agonía del moribundo. El látigo del enano volvió a chasquear.

Rikus llegó a la puerta y empezó a golpear las costillas de mekillot con la espada. La mágica hoja se hundía profundamente cada vez, y en pocos momentos ya había despedazado la primera y seguía con la segunda. Entretanto, el látigo de Caelum seguía restallando sobre su cabeza, y el humo no tardó en desparramarse fuera de la torre en negras columnas.

Por fin, el mul consiguió cortar la tercera costilla y pasar al otro lado del rastrillo, e hizo una señal a Neeva y a los otros para que lo siguieran. Mientras pasaba por debajo de la torre, se detuvo un momento para levantar la vista hacia las aspilleras que se abrían en el techo del arco. Al no ver signos de otra cosa que no fueran llamas y humo, siguió hasta el otro lado de la torre y esperó a sus compañeros.

Lo alcanzaron a los pocos instantes, y entonces los condujo rampa arriba a paso rápido. Cuando se acercaban a la parte superior, un grupo de arqueros hizo su aparición y empezó a disparar. Neeva y los demás tuvieron que detenerse y buscar refugio a lo largo de la base de la muralla, pero Rikus siguió adelante. Varios arqueros le acertaron en el cinturón, en tanto Caelum hacía restallar su látigo y seccionaba con la llameante tralla a uno de los arqueros completamente por la mitad.

El mul se subió a la pared de un salto, y un par de arqueros se adelantaron para enfrentarse a él con sus cortas espadas. Rikus acabó con ellos con una fácil parada y dos veloces cuchilladas, y siguió adelante para atacar a los próximos urikitas de la fila. Estos agarraron sus arcos y huyeron pidiendo ayuda.

Ahora que el camino estaba despejado para sus compañeros, Rikus echó a correr por la muralla y derribó a un arquero. Descubrió que él y su pequeño grupo de gladiadores habían ido a salir al extremo exterior de las almenas, que dominaban el extremo frontal del callejón sin salida situado frente a la puerta de esclavos. A lo largo de toda la línea, se veían arqueros apostados cada cuatro o cinco metros, que disparaban incesantemente contra el terraplén que se extendía a sus pies.

Allí, cientos de guerreros —gladiadores, enanos, esclavos de las canteras e incluso templarios— yacían deperdigados sobre el sendero, y su sangre se derramaba por las blancas losas. Nuevos miembros de la legión de Rikus penetraban sin cesar en el callejón sin salida, para ser recibidos con una andanada de negras flechas que los derribaban en oleadas. Pero, a pesar del gran número de bajas, un constante río de hombres y mujeres llegaba hasta la puerta y la atravesaba corriendo en dirección a la avenida que se extendía al otro lado.

—¡Por Tyr! —aulló Rikus, levantando su espada.

Los guerreros del callejón levantaron los ojos y, al ver al mul de pie en la muralla, repitieron su grito:

—¡Por Tyr!

Llenos de renovadas energías, los guerreros se apretujaron aún más en dirección a la puerta, sin prestar atención a la lluvia de flechas que caía sobre ellos.

Rikus echó a correr por la muralla dando un alarido de guerra con toda la potencia de sus pulmones. El siguiente arquero de la línea se volvió para cortarle el paso e intentó golpear al gladiador con su arco descargado. El mul se agachó para esquivar el golpe y hundió el Azote de Rkard en el corazón del urikita. De una patada, separó el cadáver del hombre de la ensangrentada espada y se dirigió a su próxima víctima.

Neeva corrió a su lado y rodeó los hombros del mul con sus brazos.

—Aguarda —dijo—. Caelum tiene un método más rápido.

Encendida ya su ansia de lucha, Rikus intentó desasirse, pero la mujer agarró al mul por el hombro herido y lo detuvo.

—Deja que lo intente.

Caelum se adelantó y arrojó su látigo al suelo; este pareció cobrar vida y echó a correr por la muralla como si se tratara de una serpiente. Al pasar junto al primer arquero, una llamarada roja salió disparada y dejó un agujero humeante en la parte posterior de la pierna del hombre. Cuando la serpiente hubo pasado, una llama amarilla brotó de la perforación y convirtió al urikita en una antorcha.

El tercer hombre de la fila observó cómo la serpiente se deslizaba hasta el siguiente arquero y repetía el ataque, y se apartó de la muralla. Al ver que el llameante reptil avanzaba hacia él, ajustó una flecha y la disparó, pero el proyectil se limitó a atravesar el llameante cuerpo de la criatura, para ir a estrellarse luego contra el suelo de piedra. La víbora de fuego volvió a atacar.

Los arqueros que ocupaban el cuarto y quinto puestos huyeron entonces, gritando a sus compañeros que hicieran lo mismo. Rikus envió a sus gladiadores muralla abajo en pos de la serpiente, dándoles instrucciones de que no dejaran escapar con vida a ninguno de los urikitas. Caelum siguió a los gladiadores de cerca, manteniendo la serpiente a la vista para poder controlarla.

Rikus condujo a Neeva hacia adelante hasta que ambos pudieron ver a la masa de guerreros tyrianos que se amontonaban en la avenida de los esclavos que se extendía a sus pies. Ahora que habían ahuyentado a los arqueros, no se veía la menor señal de oposición en las cercanías de la puerta.

—¿Todavía piensas que esto es una trampa? —preguntó Rikus, señalando la despejada avenida que la legión tenía delante.

—No lo sé —repuso Neeva, escudriñando los lejanos distritos de la ciudad—. Mi respuesta depende de lo que encontremos en el barrio de los esclavos.