10: Cacería de lirrs
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Cacería de lirrs
Un bestial rugido gutural rasgó el frío silencio de la noche. El bramido retumbó por el pétreo desierto durante varios segundos, fluctuando de una nota baja a otra en una espectral canción que hizo estremecer a Rikus. Cuando el extraño sonido se apagó por fin, le respondió otro gemido semejante que provenía del otro lado del mul.
Los gritos apenas si sacaron a Rikus de su entumecido letargo, y ni siquiera se molestó en levantar la mirada. Durante las últimas noches, los acongojados aullidos se habían convertido en parte del paisaje tanto como las piedras que cubrían el reseco terreno por el que andaba.
El gladiador bostezó y siguió avanzando tambaleante; cada paso era una nueva prueba a su determinación. La pierna sana le ardía tanto de cansancio que apenas si podía impulsarla al frente, y, cuando volvía a dejar el miembro en el suelo, las piedras sueltas se movían bajo el pie haciéndole perder el equilibrio. No tenía más remedio, entonces, que apoyarse en un improvisado bastón, el mango sin punta de una lanza urikita. Una vez recuperado el equilibrio, arrastraba sobre las rocas la pierna herida, demasiado entumecida e hinchada para doblarla, para por fin colocarla junto a la primera. Hecho esto, volvía a apuntalar la muleta en el hombro dolorido, se tomaba unos instantes para levantar los pesados párpados que caían sobre sus ojos, tras lo cual iniciaba otra vez el proceso desde el principio.
Así habían transcurrido los últimos cuatro días mientras intentaba alcanzar a su legión. Durante ese tiempo, no se había detenido más que una vez, para llenar su odre en un oasis. Había hecho las comidas sobre la marcha, cazando serpientes o langostas mientras andaba, para luego devorarlas crudas. No había ni dormido, pues la legión había dejado un rastro tan evidente de arena removida y piedras volcadas que podía seguirlo a la luz de las dos lunas de Athas.
Tal esfuerzo habría matado a cualquier otro, pero la robusta constitución del padre enano de los muls aumentaba la resistencia natural de la madre humana. Cuando era absolutamente necesario, como sucedía ahora, podían marchar durante días sin dormir ni descansar. De todos modos, mientras los párpados se le cerraban y un bostezo afloraba a sus labios, el cerebro entumecido por el cansancio de Rikus advirtió que se encontraba peligrosamente al borde del colapso.
Las sonoras notas de otro horroroso canto animal retumbaron por la llanura, recordando al mul que no podía arriesgarse a dormir. A menos de treinta metros de él, la oscura figura de un lirr trepó a lo alto de un montón de rocas y clavó los ambarinos ojos en Rikus. Mientras el mul lo contemplaba, el saurio se irguió y utilizó la espinosa cola para sujetarse a una roca y balancear el torso sobre las patas traseras. La criatura era de un tamaño parecido al de un enano, con un cuerpo tubular protegido por escamas en forma de rombo tan ásperas y duras como las piedras sobre las que se encontraba.
Rikus alteró su dirección de modo que lo condujera directamente a la bestia.
—¡Ven y lucha! —la retó.
Aunque la intención del mul había sido gritar su desafío, tan sólo un largo gruñido escapó de su garganta inflamada. Se había quedado sin agua dos mañanas atrás, y ahora, en su segundo día de duro viaje sin nada que beber, lengua y labios estaban tan dilatados que no podía ni mascullar las palabras más simples.
Sabiendo por experiencia que el lirr no lo dejaría acercarse lo suficiente para poder atacarlo con su espada, Rikus asió una piedra grande y la arrojó contra su supuesto devorador. La puntería del mul resultó tan deprimente como agotado su brazo; la piedra fue a chocar contra el suelo bastante lejos de la bestia.
El lirr hinchó el abanico de púas que le rodeaba el cuello y gruñó a Rikus, mostrando una boca llena de dientes aserrados. El mul arrojó una nueva piedra. Esta vez su puntería mejoró, pero el animal desvió el proyectil con una de las garras delanteras, y permaneció sobre su roca, azotando el aire, furioso, provocando al agotado gladiador con sus siseos.
Al ver que el lirr lo dejaba acercarse a tres metros de él sin huir, Rikus empezó a pensar que a lo mejor el animal sería tan estúpido como para luchar contra él. Sabiendo que un ataque con el Azote de Rkard sería percibido a gran distancia, el mul se dispuso a usar el bastón.
El golpe alcanzó al lirr en el escamoso pecho. Sin inmutarse, la bestia lanzó la larga lengua contra el rostro de Rikus, quien sintió en las mejillas el mismo escozor que si lo hubieran abofeteado.
El gladiador intentó maldecir al animal, pero apenas si consiguió farfullar un gruñido. Volvió a levantar el bastón. Esta vez la vara cortó el aire sin golpear nada, pues el lirr ya había saltado del montón de rocas y se alejaba corriendo sobre las cuatro patas.
No les permitas que te hostiguen, enano estúpido, dijo Tamar desde el interior del mul. Quieren que malgastes energías.
Cállate, ordenó Rikus, reanudando la penosa marcha. No tienes nada que decir que pueda interesarme lo más mínimo.
Lo que te interese a ti no importa, espetó el espectro. Escúchame o morirás.
Tus amenazas no significan nada, replicó el mul, sacudiendo la cabeza en un esfuerzo por mantener los ojos abiertos. Si vas a matarme, hazlo; si no, quédate callada.
¡Harás lo que te digo!, rugió Tamar. Matarás los lirrs esta noche, antes de que te derrumbes.
Rikus arrastró la paralizada pierna sobre el afilado extremo de una gran roca.
No voy a derrumbarme. Estamos ya muy cerca de mi legión.
Has afirmado lo mismo todas las noches de este viaje, dijo Tamar.
Rikus utilizó el bastón para señalar una piedra que el paso de sus guerreros había desplazado. El viento aún no había amontonado arena a su alrededor, lo que sugería que la habían movido recientemente.
Esta noche es diferente.
¿Y si estás equivocado? ¿Entonces qué?
Entonces moriré, y tú te quedarás atrapada en mi cadáver… al menos hasta que un lirr te trague, dijo Rikus.
Al ver que Tamar callaba, el mul sonrió. Durante los últimos cuatro días, su temor por el espectro se había transformado en odio. Su actitud autoritaria cada vez le recordaba más cómo lo habían tratado durante su época de esclavo, y el mui había decidido que el espectro tendría que matarlo antes que permitir que lo esclavizara.
De todos modos, a pesar del odio que le inspiraba el espectro, Rikus no se sentía ansioso por morir, no antes de haberse vengado de Maetan y recuperado El libro de los reyes de Kemalok. Así pues, reflexionó sobre su consejo mientras continuaba avanzando penosamente por la rocosa llanura. Si se equivocaba sobre lo de alcanzar su legión esta noche, se desplomaría víctima de la sed en cuanto el sol volviera a salir, y sabía muy bien que ese sería el momento en que los lirrs lo atacarían. Tuvo que admitir que la sugerencia del espectro no era del todo errada.
Tras arrastrarse penosamente hasta llegar a la base del montículo, el mul empezó a tambalearse más de lo normal. Aunque la pendiente era ligera, las rocas que la cubrían eran mucho más grandes, y el esfuerzo de levantar la pierna aunque sólo fuera un poco más hacía que los músculos del muslo ardieran de cansancio. Al tiempo que comprendía que se encontraba más agotado de lo que pensaba, Rikus movió al frente la funda del Azote de Rkard, dio un traspié y estuvo a punto de caer.
Alrededor del mul, los lirrs chillaron excitados, llenando la noche con sus horribles cantos. Los animales empezaron a dar vueltas alrededor de su agotada presa en círculos cada vez más cerrados, lanzando las largas lenguas en su dirección e hinchando los grandes pliegues de sus cuellos. Por primera vez, Rikus consiguió contarlos: seis bestias, no tantas como había temido, pero más de las que podía matar fácilmente.
El mul volvió a tropezar cuando el pie se negó a alzarse lo suficiente para pasar por encima de una roca enorme y vitrea. Se desplomó sobre el suelo, y apenas si consiguió frenar la caída con el bastón; inmediatamente, el deseo de dormir se apoderó de él y su boca se abrió en un inmenso bostezo.
Los lirrs rugieron al unísono y se acercaron más.
Rikus intentó ponerse en pie de un salto, pero descubrió que sus agotados músculos casi no podían levantarlo del suelo.
Si ahora no puedes mantenerte en pie, ¿cómo será la próxima vez que caigas?, preguntó Tamar. Atráelos ahora para que se acerquen lo bastante para acertarlos… antes de que ya no puedas ni andar ni luchar.
Viendo lo acertado de la sugerencia, Rikus deslizó la mano sana hasta la empuñadura de su espada y apoyó la cabeza sobre el bastón.
En lugar de lanzarse al ataque, los lirrs callaron y se dejaron caer al suelo, los ojos ambarinos vigilando al mul desde todos los lados. Permanecieron allí, absolutamente inmóviles y tan silenciosos que, incluso sujetando el Azote de Rkard, Rikus no oía más que el suave siseo de su respiración.
Cierra, los ojos, aconsejó Tamar. Me parece que los Urrs se dan cuenta, de que están abiertos.
Me dormiré, dijo Rikus. Las piedras bajo su cuerpo, calientes todavía por efecto del calor de la mañana, resultaban sedantes para los doloridos músculos del mul y lo tentaban para que se relajase.
No importa, repuso Tamar. Con el Azote de Rkard en la mano los oirás acercarse.
Ansioso por obligar a los lirrs a luchar, Rikus cerró los ojos, mientras se repetía mentalmente: «Mantente despierto, mantente despierto».
Con cada estribillo, las palabras parecían volverse más lejanas, y pronto no consiguió ni escucharlas.
Rikus se despertó con un sobresalto al escuchar un sordo chasquido; entonces sintió que la muleta se deslizaba de debajo de su rostro. En cuanto su mejilla cayó sobre el afilado canto de una piedra, el atontado mul abrió los ojos y vio a un lirr que se apartaba de él andando hacia atrás. El animal utilizaba su larga lengua para tirar del bastón.
Rikus se puso en pie con un esfuerzo y se lanzó tras el animal con paso inseguro, sacando la espada de la funda. Con el rabillo del ojo, captó un destello de luz de luna en un par de ojos ambarinos y escuchó el rodar de piedras a su lado. Cuando se volvió, el segundo lirr se había lanzado ya contra él y volaba por los aires con las garras de las cuatro patas bien extendidas.
El mul levantó la espada para defenderse, sacudiendo violentamente la cabeza en un vano esfuerzo por deshacerse de la neblina que le envolvía el cerebro. No sirvió de nada. Incluso bajo amenaza de muerte, las reacciones de su agotado cuerpo eran lentas y pesadas. El lirr cayó sobre él de pleno.
Un dolor insoportable recorrió el torso del mul cuando las garras delanteras del animal arañaron la herida sin cicatrizar de su pecho. Sintió cómo las patas traseras escarbaban en su estómago, y se dio cuenta de que sólo el Cinturón de Mando había impedido que el animal le sacara las entrañas.
En lugar de luchar por mantener el equilibrio, Rikus permitió que la carga del lirr lo derribara. Nada más golpear contra las rocas del suelo, hundió la barbilla en el pecho y, utilizando la pierna sana, tomó impulso para rodar y quitarse de encima a la bestia. Esta fue a aterrizar sobre la espalda a dos pasos de distancia. Rikus rodó sobre el hombro dolorido, lo que le provocó un dolor sordo en todo el cuerpo, y dejó caer el Azote de Rkard sobre la desprotegida garganta del animal.
La mágica hoja se abrió paso con facilidad entre las duras escamas; un surtidor de oscura sangre se elevó en el aire, y el lirr aulló de dolor, esparciendo rocas de un lado a otro con la poderosa cola mientras se debatía.
Rikus no tuvo demasiado tiempo para recrearse en su victoria, pues de inmediato se escuchó el rodar de piedras a ambos lados y dos compañeros de la bestia se lanzaron a terminar lo que había empezado el otro. El mul intentó incorporarse de un salto, pero sus lentos reflejos y apaleados miembros no estaban aún a la altura de la tarea. Mientras las criaturas se le aproximaban, se dejó caer otra vez de rodillas y giró en redondo, describiendo un amplio arco con la espada.
El Azote rebanó la pata del primer lirr, justo debajo de la deforme rodilla, y luego se hundió con fuerza en la mandíbula del segundo. Chillando de dolor, ambos animales regaron al mul de polvo y piedrecillas al detener en seco la temeraria carga. Balanceando la espada de un lado a otro, Rikus se lanzó sobre el primer atacante y le hundió el arma en el cráneo. El otro saltó sobre su presa y hundió los aserrados dientes en la carne inflamada de la pierna herida del gladiador. Rikus lanzó un alarido, pero lamentó al instante su falta de control cuando un dolor lacerante recorrió los tejidos en carne viva de la reseca garganta.
El lirr empezó a sacudir la cabeza violentamente y retrocedió, intentando derribar a su presa. De un brutal tirón, Rikus liberó el Azote del cráneo del otro animal y dejó caer la espada sobre su atacante. La hoja se abrió paso por entre las escamas y se hundió en el cuello al primer golpe, pero las mandíbulas del saurio se limitaron a cerrarse con más fuerza. El mul volvió a golpearlo y, esta vez le cortó limpiamente la cabeza.
Las mandíbulas permanecieron cerradas. Rikus retrocedió con la cabeza del lirr sujeta aún a la pierna y describió un tambaleante círculo para enfrentarse a cualquier otra bestia que pretendiera atacarlo. Los otros tres depredadores mantuvieron las distancias, dando vueltas alrededor del lugar de la batalla, bien lejos del alcance del mul.
—¡Vamos! —graznó Rikus, enviando de nuevo una oleada de dolor a su garganta—. ¡Acabemos con esto!
Dos de los lirrs se irguieron sobre las patas traseras y emitieron una serie de notas lúgubres. El tercero, el que le había robado el bastón, empezó a hacer pedazos con los dientes la vara de madera y, sacudiendo la cabeza, arrojaba fragmentos de madera a la oscuridad de la noche.
Patético, observó Tamar. Todavía quedan tres, y estás en peores condiciones que antes.
Haciendo caso omiso del espectro, Rikus introdujo la hoja de la espada en la boca del lirr que colgaba de su pierna y cortó los músculos que mantenían las mandíbulas cerradas. Al desprenderse la cabeza, la sangre empezó a manar tan profusamente que le era imposible ver la gravedad de la herida infligida por el animal…, y no estaba muy seguro de querer verlo.
El mul rasgó un pedazo de tela de su taparrabos y lo ató por encima de la herida para no perder tanta sangre.
Cubre la herida. Cicatrizará antes.
Cuando llegue al campamento, respondió Rikus, realizando una mueca de dolor al echarse a andar cojeando.
¡No tienes ni idea de lo lejos que pueda estar!
Claro que sí, dijo Rikus, mirando hacia la cima del montículo. Justo más allá de esta colina.
Era una afirmación producto de la desesperación, no un hecho. Sin embargo, Rikus tenía que creer en lo que decía, porque si se permitía pensar otra cosa no tendría las fuerzas necesarias para continuar. Sabía que, si no alcanzaba pronto a su legión, la combinación de heridas recientes, viejas lesiones, sed y agotamiento acabaría con él.
Por desgracia, los guerreros de Rikus no se encontraban acampados detrás de la cima del montículo, ni detrás de la cima del siguiente, ni tampoco del situado tras este. El mul siguió adelante, repitiéndose que la legión se encontraría justo después de la siguiente elevación. Los tres lirrs supervivientes lo acompañaban, sin dejar de mantenerse a prudente distancia, y de vez en cuando lanzaban sus lúgubres cánticos. A veces decidían acercarse y lanzarse hacia él para poner a prueba sus reflejos, para luego retroceder rápidamente cuando les demostraba que aún podía empuñar el Azote.
Cuando las dos lunas iniciaron su descenso tras las Montañas Resonantes, Rikus se encontraba en el fondo de otro más de los rocosos valles, la cabeza levantada hacia otra nueva colina, contemplando cómo la suave brisa matinal lanzaba diminutos remolinos de arena ladera abajo. Los verdosos hilillos de las primeras luces del día comenzaban a elevarse en el horizonte oriental, y el mul sabía que, para cuando llegara a la cima de la colina, el rojo sol brillaría sobre él con toda su furia.
Rikus cayó de rodillas y depositó el Azote de Rkard sobre sus muslos. Los lirrs estrecharon el círculo y lanzaron sus espantosos cánticos llenos de salvaje júbilo.
¡Levántate!, ordenó Tamar.
Rikus intentó alzarse, pero se encontró con que sus agotados músculos se negaban a obedecer. Ya ni siquiera sentía el dolor de su lacerada pierna; esta le dolía tanto a causa del cansancio que ya no notaba el dolor de las heridas.
No has recuperado el libro. ¡No permitiré que abandones!
No puedes hacer…
Rikus dejó la respuesta por la mitad cuando el Azote de Rkard llevó un nuevo sonido a sus oídos. Escudriñó la ladera de la colina, examinando sus sombras en busca de alguna señal de lo que había provocado el ruido. No vio nada excepto siluetas inmóviles, pero el murmullo de una respiración suave y controlada procedía de detrás de una roca alargada situada un poco más adelante. El mul se puso en pie penosamente y avanzó cojeando. El movimiento arrancó una larga serie de lúgubres notas a los lirrs.
¿Qué es?
El mul no se molestó en responder a la pregunta del espectro. En lugar de ello, empuñó el Azote con más fuerza y siguió cojeando hacia adelante. No tenía ni idea de lo que había producido el sonido, pero dudaba que se tratase de alguien de su legión. Todavía no había suficiente luz de luna como para que los centinelas reconocieran a su comandante avanzando al descubierto, y Rikus no había oído pronunciar su nombre ni que le dieran el alto.
Tampoco importaba demasiado. Sólo le quedaba una esperanza de sobrevivir: a lo mejor la invisible criatura llevaba con ella una provisión de agua. Los lirrs parecieron percibir el cambio de actitud de Rikus y redujeron la distancia entre ellos y su presa; se movían tan silenciosos que Rikus no creía que hubiera podido oírlos de no ser por el Azote de Rkard. No les prestó atención, confiando en que la cautela natural de estos animales los mantendría a raya mientras él investigaba el ruido.
Rikus ya llevaba dados menos de veinte agonizantes pasos, arrastrando la pierna herida, colina arriba, cuando lo que fuera que se ocultaba tras la roca cambió de posición, produciendo un sonoro crujido. Los lirrs, temiendo que su presa duramente obtenida estuviera a punto de caer en los expectantes brazos de otro cazador, cargaron contra Rikus como furias. El mul giró en redondo para enfrentarse a las criaturas, sabiendo que de esta forma invitaba a un ataque por la espalda… pero sin tener otra elección.
Los lirrs saltaron sobre él en masa, las zarpas listas para desgarrar y chasqueando las mandíbulas. Detrás de Rikus, las piedras tintinearon cuando la misteriosa criatura abandonó su escondrijo y fue tras él. Maldiciendo su mala suerte, el mul se arrojó sobre el lirr situado en el centro, la espada extendida al frente. Tras empalarse a sí misma, la bestia resbaló por la hoja abriendo y cerrando las garras y mandíbulas en un intento de alcanzar la cabeza del gladiador. Los otros dos animales, sorprendidos por la maniobra, saltaron por encima y se encontraron con la criatura que había estado acechando detrás de la roca.
Rikus soltó la espada y se dejó caer al suelo, con lo que el saurio herido aterrizó sobre él. La bestia arañó débilmente los costados del mul y le produjo más de una docena de arañazos superficiales, antes de que un último estremecimiento le recorriera el cuerpo y se desplomara sin vida. Al mismo tiempo, detrás de Rikus se escucharon arañazos y rugidos mientras los otros dos lirrs se enfrentaban a lo que fuese que había saltado en pos de Rikus desde las rocas.
Una gruesa escama se partió con un sonoro chasquido al ser golpeada; luego un lirr aulló de dolor y calló bruscamente. Temiendo que no tardaría en enfrentarse a lo que había matado al animal, Rikus se escabulló de debajo del lirr que había eliminado y liberó la espada del cadáver.
Cuando miró arriba se encontró con el ciclón de brazos y garras en movimiento de un thri-kreen luchando cuerpo a cuerpo con el último lirr. Mientras Rikus lo contemplaba, el enorme guerrero-mantis consiguió agarrar al saurio con tres de sus garras y utilizó la cuarta para arrancar una escama de la garganta de la bestia; finalmente, el hombre-insecto se inclinó e insertó las mandíbulas en el interior de la carne que había dejado al descubierto. El lirr lanzó un alarido y se debatió mientras el veneno del thri-kreen empezaba a paralizarlo.
—K’kriq —graznó Rikus, bajando a medias la espada.
El thri-kreen arrojó al lirr encima del otro que había eliminado y señaló al que Rikus había matado.
—Buena caza —dijo el guerrero-mantis—. Lirr fuerte.
—¿Por qué no te mostraste? —preguntó Rikus, aunque cada palabra que pronunciaba era una dolorosa punzada en su reseca garganta.
Las antenas de K’kriq se enrollaron ante la pregunta.
—¿Y estropear una cacería de lirrs?
* * *
—Dame otro odre de agua —ordenó Neeva, arrojando a un lado el que Rikus acababa de vaciar.
Acababa de amanecer, y poco antes K’kriq había penetrado en el campamento del oasis transportando al semiinconsciente mul en los brazos. Rikus se encontraba ahora tendido sobre una suave alfombra de musgo de color borgoña, la cabeza y los hombros sostenidos entre los brazos de Neeva. La hinchada copa amarilla de un sauce daba sombra a su rostro, y el olor a miel de sus flores verdes le inundaba la nariz.
Sobre los hombros del mul había una túnica de suave cáñamo que, a su demanda, K’kriq había ido a buscar antes de llevarlo al campamento. El rubí de Tamar seguía atisbando fuera de su pecho, y Rikus no deseaba que sus seguidores lo vieran. Varios de estos seguidores se encontraban reunidos a su alrededor en ese momento, incluidos Styan, Caelum, Jaseela y Gaanon. K’kriq había regresado al desierto a recuperar los cuerpos de los lirrs.
Caelum entregó su odre a Neeva, pero advirtió:
—No debería beber demasiado de una sola vez…
—Beberá todo lo que quiera —atajó Neeva, abriendo el gollete del odre y ofreciéndoselo a Rikus.
El mul tomó el odre, pero no se lo llevó a los labios inmediatamente. Tenía el estómago hinchado a causa del primero que había vaciado, e incluso se sentía algo mareado.
—Te dije que me esperarais —dijo Rikus, dirigiendo a Neeva una mirada acusadora.
—Lo hicimos —manifestó Caelum.
El enano levantó los rojos ojos para posarlos en los del mul, a la vez que apoyaba la palma de la mano sobre el hombro de Neeva.
Rikus contempló la mano del enano con frialdad.
—Es curioso; no había nadie cuando salí.
—Esperé cinco días, Rikus —dijo Neeva, las marfileñas cejas enarcadas en una combinación de disculpa y enojo.
El mul se quedó boquiabierto. Parecía inconcebible que hubiera yacido en el ataúd de Borys durante cinco días.
—Yo soy el culpable —se disculpó Caelum, avanzando hacia el mul—. Yo convencí a Neeva de que estabas muerto.
Rikus le dirigió una mirada llena de ira. No estaba seguro de por qué la confesión del enano lo enojaba tanto, pero era innegable que así era.
—Yo no me acercaría tanto por el momento —gruñó el mul.
El rostro angular de Caelum no demostró ni sorpresa ni temor. Permaneció de pie ante el mul.
—¿Qué querías que hiciéramos? —exclamó Neeva—. No podíamos entrar.
—Podrían haberte esperado todo lo que hubieran querido —dijo Styan, saludando al mul con la cabeza—. Bajo mis órdenes, la legión ha estado persiguiendo a Maetan de cerca…
—Y lo habría perseguido justo hasta las puertas de Urik… sin atacar jamás —refunfuñó Jaseela, dedicando una mueca al templario. Miró a Rikus directamente; la mitad hermosa de su rostro ofrecía un vertiginoso contraste con la mitad desfigurada—. Pensaron que estabas muerto, Rikus. ¿Qué otra cosa querías que hicieran?
—Nada —le espetó el mul, volviendo la mirada—. Neeva me contará lo que ha sucedido mientras he estado fuera.
Con la excepción de Caelum, los demás captaron la indirecta y se marcharon rápidamente. El enano, sin embargo, actuó como si no se le hubiera ocurrido que Rikus lo despedía también a él al igual que a los otros.
—Caelum, cuando dije que quería hablar con Neeva, quería decir sin ti aquí —gruñó el mul.
El enano levantó los ojos, su rostro una máscara perfecta de compostura, y señaló las heridas de la lacerada pierna del gladiador.
—Invocaré al sol para curar tus heridas.
—No —dijo el mul. Tras oír cómo el enano admitía haber convencido a Neeva para abandonar la vela junto a la fortaleza, y ver cómo apretaba el hombro de la mujer, la idea de permitir que Caelum lo tocara fastidiaba enormemente a Rikus—. Ahora no.
—Es mejor si te curo enseguida —insistió el enano, levantando la mano en dirección al sol—. Cada vez pierdes más fuerzas.
Rikus apartó al enano de un empujón.
—¡No pienso dejar que me toques! —gritó.
—El calor te ha afectado la cabeza —dijo Neeva.
—¿Sí? —replicó Rikus—. ¡Es él quien te dijo que me abandonaras! ¿Por qué tendría que querer su ayuda ahora?
Sin una palabra, Neeva sujetó al mul contra su regazo.
—Quédate tumbado y deja que Caelum utilice su magia. La legión no puede esperar aquí el tiempo necesario para que te recuperes por ti mismo.
El enano volvió a alzar la mano en dirección al cielo, y muy pronto esta resplandecía con un brillante fulgor rojo. Sabedor de que lo que Neeva había dicho era cierto, Rikus volvió la cabeza y dejó que Caelum lo tocara. Sintió como si el sacerdote hubiera vertido acero derretido en sus venas.
Cuando Rikus volvió a mirar, la carne estaba de un rojo violento. Intentando distraer su mente del dolor, preguntó:
—¿Qué hay de Maetan?
—Styan ha conseguido impedirle que regrese a Urik, pero se ha refugiado en un poblado llamado Makla —respondió Neeva.
—Conozco el poblado —masculló Rikus, apretando los dientes para resistir el dolor de su pierna—. Es una base de suministros de las brigadas de trabajo de las canteras. Lo protege una pequeña guarnición urikita.
Mientras las heridas de la pierna de Rikus se iban cerrando, Caelum retiró la mano y la alzó para abrir la túnica del mul. Rikus se la sujetó al momento.
—No; estas heridas no necesitan atención.
—Los arañazos de animal son los más peligrosos —repuso Caelum con una mueca—. Y, a juzgar por la secreción que mancha la túnica, yo diría que ya se han infectado. Si no me ocupo de ellas ahora, el veneno podría matarte.
—No me pasará nada —insistió Rikus, meneando la cabeza—. Y ya he sufrido toda la curación que puedo soportar por un día.
—No seas idiota —le espetó Neeva.
Antes de que Rikus pudiera detenerla, la gladiadora le abrió bruscamente la túnica. Quedaron al descubierto los arañazos infligidos por los lirrs, una quemadura en el centro del pecho que ya había empezado a curar y, sobre el lado izquierdo del pecho, una llaga supurante del tamaño de una moneda.
En su base, la inflamada llaga relucía con un brillante tono escarlata, pero la piel situada alrededor de la abertura supuraba un continuado hilillo de purulencia amarilla que casi oscurecía la roja superficie del rubí alojado en su centro. De lo más profundo de la joya surgía una diminuta chispa de luz roja que atrajo las miradas de Caelum y Neeva.
—¿Qué es eso? —quiso saber Neeva.
—No estoy seguro —mintió el mul—. Después de matar a Umbra, perdí el sentido durante varios días. Cuando desperté, esto estaba en mi pecho.
A Rikus no le gustaba mentir, y pensaba contar la verdad a Neeva más tarde, pero, con Caelum presente, el mul consideró que era mejor no mencionar los espectros… en especial puesto que querían que recuperase el mismo libro que supuestamente debía devolver a los enanos de Kled.
—¿Despertaste y estaba ahí? —inquirió Caelum, incrédulo.
—¡Eso es lo que he dicho! —gritó el mul, cerrando la túnica.
Caelum la volvió a abrir con calma, y empezó a presionar y hurgar en la llaga. Sus dedos no tardaron en quedar cubiertos de una pegajosa sustancia amarilla que despedía un olor rancio. Rikus hizo una mueca de dolor y apartó la mano del enano.
—¿Qué haces? —gruñó.
—Creo que se trata de una especie de afección mágica —explicó Caelum, limpiándose las manos en la túnica de Rikus. Alzó una mano en dirección al sol y, mientras sus dedos se tomaban rojos, dijo—: Con el poder del sol, a lo mejor podré librarte de la piedra.
—Será mejor que sepas lo que haces —refunfuñó Rikus. No sabía qué lo atraía menos: permanecer a merced de Tamar, o estar en deuda con Caelum por librarlo del espectro.
En lugar de responder a la amenaza del mul, Caelum posó la reluciente mano sobre la herida.
Rikus sintió una breve sensación ardiente donde el enano lo tocó, y, al cabo de un instante, el rostro de Caelum palideció y el sacerdote profirió un alarido aterrador. Una sombra gris se arrastró fuera de la herida infectada del mul y avanzó por la mano del enano, oscureciendo la resplandeciente carne. La mancha se extendió poco a poco por el brazo del enano, se deslizó por sus hombros y ascendió por la cabeza hasta que tan sólo sus rojos ojos brillaban desde la sombra. Pero incluso estos desaparecieron rápidamente de la vista y quedaron en blanco cuando Caelum se desplomó inconsciente.
Rikus gritó, sintiendo como si alguien le hubiera atravesado el corazón con una flecha encendida. El interior de su pecho estalló en una agonía insoportable, y oleadas de dolor abrasador le recorrieron piernas y brazos. A cada momento que pasaba, la violenta agonía empeoraba, hasta que el mul llegó a temer que un fuego lo estuviese consumiendo desde dentro afuera. En la mente de Rikus, unos humeantes zarcillos de oscuridad se elevaron para enturbiar sus pensamientos, y sus oídos se llenaron de un poderoso y palpitante rugido.
La voz de Tamar le llegó por encima del zumbido de sus oídos.
Tu aliado enano no puede salvarte, siseó.
El fuego en el interior de Rikus se volvió insoportable. Rodó fuera de los brazos de Neeva para tumbarse en el suelo, donde permaneció revolviéndose de un lado a otro a causa del dolor hasta que, por fin, sus pensamientos se convirtieron en humo.
El mul no murió. En lugar de ello, Rikus se vio a sí mismo en el interior de su propia mente, avanzando ciegamente por un interminable terraplén de cáusticas humaredas grises. Mientras andaba, medio asfixiado y jadeante por la neblina, sus posesiones iban desapareciendo paulatinamente: primero la túnica que había llevado para ocultar la joya de Tamar, luego sus sandalias y el Cinturón de Mando, y por último incluso su taparrabos. Se encontró desnudo de pies a cabeza y sin equipo, a excepción del Azote de Rkard que flotaba junto a su costado como si pendiera de una vaina invisible.
El mul siguió vagando por el nebuloso paisaje de su cerebro durante lo que le parecieron horas, pero podrían haber sido días o simplemente minutos. De vez en cuando llamaba a gritos a Neeva, e incluso a Caelum, pero nunca percibía respuesta. El estómago de Rikus empezó a agitarse inquieto, ya que había visto una neblina semejante en otra ocasión.
Cierta vez, tras perder un combate contra una bestia horrible que sus entrenadores habían capturado en las zonas desérticas, Rikus había permanecido entre la vida y la muerte durante varios días. Durante ese tiempo, se encontró de pie sobre un largo farallón, que dominaba una interminable colina de grisáceo vacío. Aquella neblina cenicienta tenía exactamente el mismo aspecto que la sucia niebla que lo envolvía ahora.
Un escalofrío de temor recorrió la espalda del mul. En venganza por permitir que Caelum intentara destruirlo, el espectro de la mujer los había matado a ambos.
—¡Tamar! ¿Qué me has hecho? —aulló Rikus. Con su grito, el temor dio paso a la cólera. Se lanzó a la carrera por entre la neblina gris, llevándose la mano a la espada y gritando—: ¡Ven aquí, espectro!
Apenas si había cerrado la mano alrededor de la empuñadura del Azote cuando la neblina desapareció. Se encontró flotando en el aire, cabeza abajo, con una superficie lisa de granito situada a varios metros por debajo de él. Lo siguiente fue que se estrelló contra el reluciente suelo, prácticamente sin tiempo de hundir la barbilla sobre el pecho para no aterrizar de cabeza.
Un coro de estridentes carcajadas resonó a su alrededor; se hallaba en una enorme sala que olía a gente sin lavar y estaba iluminada por docenas de chimeneas abiertas. Alrededor de cada fuego giraba la esbelta silueta de una danzarina de elevada estatura, que cantaba y gritaba invitaciones obscenas a los hombres borrachos que la contemplaban. Criados esclavos se movían por entre la multitud, asegurándose de que cada espectador tenía una copa llena de potente y repugnante broy.
Detrás de Rikus, una voz melosa dijo:
—Como ves, no estás muerto.
El mul se incorporó como pudo y giró, para encontrarse con una mujer desnuda de piel oscura y larga melena negra. Estaba de pie ante un blando lecho de pieles para dormir. Sus ojos oscuros se entrecerraron hasta convertirse en simples rendijas, y una sonrisa perversa asomó a su amplia boca de gruesos labios.
—¿Tamar? —jadeó el mul.
La mujer asintió y, con un dedo adornado por una uña larguísima, le hizo una señal para que se acercara.
—Empiezas a aprender a utilizar el Azote. Estupendo. Puedes confiar en él cuando no puedas confiar en ninguna otra cosa…, ni siquiera en tus propios pensamientos.
Cuando el mul se acercó a la mujer, descubrió que era casi tan alta como él. Su voluptuoso cuerpo era sinuoso y fuerte, pero olía a moho y a descomposición. La mujer abrió los brazos al mul.
—Ven. Te enseñaré a utilizarla contra el doblegador de mentes.
—¿Por qué? —inquirió el mul, deteniéndose antes de que lo abrazara—. Debes saber que, después de que acabe con Maetan, no te daré El libro de los reyes de Kemalok.
La sonrisa de Tamar se tornó siniestra.
—Creo que sí lo harás, cuando llegue el momento —dijo, haciéndole una señal para que se acercara a sus brazos—. Ahora, ven aquí…, si quieres averiguar más cosas sobre tu arma.
Rikus se mantuvo en su puesto, muy consciente de su propia desnudez.
—No tengo el menor deseo de copular contigo, espectro…, ni siquiera en mis pensamientos.
Los ojos de Tamar centellearon coléricos, pero su voz permaneció calmada y melosa cuando habló:
—Y yo no tengo ningún deseo de yacer contigo, semienano.
No obstante, extendió los brazos como para cogerlo. Largas zarpas brotaron de las puntas de sus dedos, y relucientes colmillos aparecieron debajo de los gruesos labios.
—¡Mantente lejos! —gritó Rikus, acuchillándola en el estómago con la espada.
El espectro saltó a un lado, pero la hoja le arañó el abdomen y le produjo un largo corte. Tamar lanzó un grito, pero no con su propia voz. Sus cabellos cambiaron de negros a rubios, sus ojos de rojo rubí a verde esmeralda, y su cuerpo de sinuoso a fornido.
El aroma dulzón de las flores de sauce penetró en la nariz de Rikus, quien, con el corazón en un puño, comprendió que lo que veía ante él no se encontraba dentro de su cerebro. Miraba a Neeva, y ambos se encontraban de pie a la sombra del mismo sauce bajo el que K’kriq lo había depositado a primeras horas de la mañana.
—¿Por qué? —preguntó Neeva.
Se tapaba con ambas manos el corte que Rikus le había abierto en el estómago, mientras la sangre rezumaba entre los dedos. En su rostro no se leía ni dolor ni cólera; sólo sorpresa y perplejidad.
—¡No eras tú! —exclamó Rikus. Lo embargó un remordimiento tal que se le hizo un nudo en el estómago; arrojó la espada a un lado y cayó de rodillas—. ¡Perdóname!
El olor a moho y putrefacción regresó, y, ante los ojos del mul, los cabellos de Neeva se oscurecieron hasta volverse negros como el azabache. Una chispa roja brilló en sus ojos, y su rostro se transformó en el de Tamar. Columnas de humo gris se alzaron del suelo, y una vez más Rikus quedó atrapado en su propia mente.
El espectro se acercó a él; los ojos de color rubí centelleaban como tizones encendidos. Al igual que antes, estaba desnuda, y tenía un largo corte en el estómago en el mismo sitio donde Rikus había herido a Neeva.
—¡Estúpido! ¡No sueltes jamás el Azote!
Abofeteó al mul, y el golpe le sacudió la mandíbula como si se lo hubiera dado con un mazo de guerra. El ataque cogió desprevenido a Rikus, que se desplomó de espaldas en el suelo, con los oídos zumbándole. Cerró los ojos y sacudió la cabeza en un intento por recuperar el control de sus pensamientos. Por fin, el zumbido de sus oídos se apagó, y volvió a abrir los ojos; Tamar seguía ante él. Sin dejar de vigilarla atentamente, se puso en pie.
—¿Qué le ha sucedido a Neeva? —inquirió el mul—. ¿Está malherida?
—¡Olvídate de Neeva! —chilló Tamar.
Volvió a golpearlo, esta vez con el puño. Rikus intentó detenerlo, pero el espectro era demasiado rápido; vislumbró la mano yendo hacia él sólo un instante antes de sentir el golpe. Un tremendo ruido sordo resonó en el cráneo del mul, y la cabeza giró a un lado con tanta violencia que le produjo una terrible punzada de dolor en el cuello. Rikus intentó contraatacar agarrando al espectro, pero la mujer se convirtió en una transparente voluta de luz y sus brazos pasaron a través de su cuerpo sin causarle daño alguno.
Tamar volvió a materializarse frente al mul, ahora armada con una guadaña de doble hoja y ataviada con la armadura con la que la habían representado en el sarcófago. Le propinó a Rikus una patada bajo la barbilla que lo hizo caer de espaldas.
—Sin la espada careces de defensa —gruñó, levantando la guadaña para atacar—. Estás perdido.
Mientras el espectro abatía la curvada hoja contra su garganta, Rikus visualizó un enorme bloque de piedra en mitad de su trayectoria. Sintió una curiosa sensación en el estómago, y la guadaña se estrelló contra la losa de granito que acababa de aparecer por encima de él.
—¿Crees que eso te salvará de un doblegador de mentes? —inquirió Tamar, enarcando una ceja.
El espectro se lanzó sobre Rikus. En mitad del salto, la mujer se transformó de caballero de armadura en un extraño horror del tamaño de una persona que no se parecía a nada que el mul hubiera visto jamás. Tenía la parte inferior protegida por un caparazón negro, con la excepción de unas fauces chasqueantes, bordeadas de rojo, que apestaban a carroña y basura. La boca estaba rodeada de seis tentáculos, cada uno terminado en una mano retorcida con tres afiladas uñas. Por lo que el mul pudo ver, la criatura carecía de cabeza; una ocena de ojos se distribuían a lo largo del reborde del negro caparazón que le protegía el cuerpo.
En un desesperado intento de escapar, Rikus se imaginó a sí mismo convirtiéndose en aire. Un chorro de energía surgió de lo más profundo de su cuerpo, y de improviso se sintió muy débil y agotado. La bestia se cernió sobre él, con los tentáculos de la boca a centímetros de su cuerpo. El ser fue descendiendo hasta que Rikus empezó a asfixiarse con su apestoso aliento, y luego abrió las fauces para así asestar el mordisco mortal.
El mul sintió un curioso hormigueo al transformarse de repente en aire; las mandíbulas del monstruo se cerraron con fuerza, atravesaron el cuerpo intangible del gladiador y se cerraron con un chasquido sin causarle el menor dolor o daño.
La figura que tenía encima volvió a convertirse en Tamar; los ojos rojos relucían detrás del visor de su casco. Rikus se sentía totalmente agotado y, no obstante el terrible peligro en que estaba, apenas si podía mantener los ojos abiertos.
—Si luchas así, morirás —siseó Tamar, a la vez que una niebla gris surgía de debajo de la máscara—. Ahora duerme.
—¿Qué hay de Neeva? —quiso saber Rikus. Sus palabras sisearon como el viento, e incluso él apenas si consiguió entenderlas.
—Olvídate de Neeva —rezongó el espectro, escupiendo neblina gris en sus ojos.
Rikus perdió el conocimiento. Pensamientos de Neeva, el Azote de Rkard, incluso de Tamar, volaron ante oleadas de cansancio que se apoderaron del mul.
Algo más tarde, alguien pronunció su nombre, y Rikus sintió el cálido fulgor del sol de la mañana en su rostro. El aire estaba impregnado del aroma dulzón del sauce, y una brisa fresca acariciaba su reseca piel.
—Rikus, deja de esperar. Levántate.
Era la voz de K’kriq.
El mul abrió los ojos y se encontró mirando al cielo aceitunado de primeras horas de la mañana. Se sentó y paseó la mirada por su alrededor. No encontró otra cosa que su cinturón y espada, una docena de odres de agua llenos, y un montón de escamas romboides que K’kriq había desechado después de comerse a los lirrs.
—¿Dónde está Neeva? —inquirió el mul, levantándose—. ¿Está herida?
—Neeva con Caelum —informó el thri-kreen, haciendo chasquear las mandíbulas con impaciencia—. Caelum con jauría. Los dos sanos para cazar.
—¿Y dónde está mi jauría? —preguntó Rikus, escudriñando el oasis en busca de señales de su legión. Con la excepción de él, K’kriq y unos pocos lagartos alados, el estanque estaba desierto.
—Styan llevar jauría ayer —explicó K’kriq—. Dijo comunicar mensaje: «Legión no puede esperar. Maetan llamar refuerzos a poblado». Styan dice tú alcanzar legión hoy. Pronto habrá lucha.
—¡Styan! —aulló Rikus, agarrando cinturón y espada de encima del rojo musgo. Apenas si se dio cuenta de que, salvo la supurante llaga situada sobre el corazón, todas sus demás lesiones y heridas se habían curado—. ¿Quién es él para decir cuándo se pone en marcha mi legión?
K’kriq se colgó los odres de los cuatro brazos.
—Styan se convirtió en jefe jauría cuando tú mueres en ciudadela —explicó.
—No morí —le espetó Rikus, empezando a andar hacia el norte—. Lo primero que haré cuando alcance la legión será demostrar a Styan… y a todos los demás ¡que sigo estando vivo!