6: Asesinos

6

Asesinos

—¿Qué es lo que hice mal? —se quejó el mul, mordiéndose el labio y pateando una piedra con el empeine de su sandalia—. ¿Por qué no conseguí que la tribu de esclavos se uniera a nosotros?

A algunos metros a su espalda, Neeva contestó:

—Esta no es su lucha.

—Pero debería serlo —insistió Rikus, sin volverse—. Podrían dejar de ocultarse de los traficantes de esclavos y vivir en Tyr.

—No todo el mundo quiere vivir en una ciudad —repuso Neeva. Se escuchó un ruido seco producido por una piedra que la luchadora había arrojado lejos del lecho que se estaba preparando—. No todo el mundo quiere luchar contra los urikitas o vengarse de la familia Lubar.

—Tienes razón, son unos cobardes —afirmó Rikus, sacando sus propias conclusiones de las palabras de su compañera—. Si quieren acurrucarse en su nido del farallón, ¿quién soy yo para conducirlos a la libertad?

—Exactamente.

—Idiotas —masculló el mul, sacudiendo la cabeza mientras contemplaba el paisaje que tenía delante.

Rikus y Neeva se preparaban para pasar la noche apartados del resto de la legión, encima de un afloramiento de piedra caliza de color siena. Un fresca brisa vespertina soplaba desde las colinas en dirección a una tranquila ensenada de arena dorada que se extendía frente a los dos gladiadores. Muy bajo ya en el cielo, el rojo sol iluminaba las cimas de las dunas con un llameante rubor y hundía las depresiones en sombras de color amatista. A muchos kilómetros de distancia, una aglomeración de oscuras piedras naranja brotaba de un sinuoso cañón de tierra yerma y penetraba brevemente en la arenosa bahía antes de verse tragada por las silenciosas dunas.

En un extremo de la aglomeración de rocas crecía una oscura mata de árboles zaales; sus troncos estériles y sus copas en forma de abanico indicaban el lugar donde se encontraba el oasis que Rikus había estado intentando alcanzar tan desesperadamente. Las largas frondas de los árboles zaales se balanceaban suavemente en la brisa, llamando a la legión tyriana para que se acercase a llenar sus odres de agua y refrescar sus pies doloridos.

Por desgracia, Rikus ya no tenía motivos para correr al oasis. Cuando la legión abandonaba el cañón a primeras horas de la mañana de aquel día, K’kriq regresó del oasis con noticias desalentadoras. Los halflings urikitas se habían marchado de la charca, y no existía la menor señal de que Maetan continuara en dirección a ella. La presa de los tyrianos se había desvanecido en el desierto de arena sin dejar rastro.

—No esperes dormir como lo haríamos en la mansión de Agis —dijo Neeva detrás del mul.

Rikus echó una ojeada por encima del hombro. Su compañera de lucha se había esforzado en limpiar de piedras una pequeña zona de terreno yermo, pero era una tarea imposible. Por muchas piedras que retirara, siempre había una docena más en el suelo.

—No te preocupes por mí —repuso Rikus, volviendo la vista al oasis—. No dormiré.

Neeva se colocó a su lado y lo cogió del brazo, algo que casi nunca hacía cuando había otros delante para verla.

—Si te preocupa pasar la noche fuera del campamento, quizá no deberíamos hacerlo.

Rikus le oprimió la mano.

—No, será estupendo poder estar un rato a solas. Además, no hay urikitas por aquí. —Apartó el brazo que ella sujetaba y señaló el lejano macizo de árboles zaales—. ¿Cómo se enteró Maetan que debía evitar ese oasis?

—Caelum dice que no hay otros oasis por aquí —respondió Neeva, acariciando los tirantes músculos de la espalda del mul—. Incluso aunque no hubiéramos estado siguiéndolo, Maetan habría adivinado que vendríamos aquí.

—Cierto. Pero ¿cómo sabía que lo alcanzaríamos aquí? —replicó el mul—. Alguien se lo dijo.

Neeva rodeó a Rikus para colocarse frente a él. La gladiadora había utilizado parte del agua que le correspondía para lavarse el cuerpo, que ahora estaba cubierto únicamente por el corpiño verde y el taparrabos que había llevado el día en que mataron a Kalak. El sol que se ponía iluminaba un lado de su bien proporcionada figura con un rubor rosado, hundiendo el otro en seductoras sombras.

—Incluso aunque tuviéramos motivos para creer que alguien nos ha traicionado, ¿cómo podrían haberse puesto en contacto con Maetan?

—El Sendero —respondió Rikus—. Maetan es tan poderoso como Agis, puede que más incluso. Y no olvides a Hamanu. Si Maetan no puede establecer contacto con sus espías por sí mismo, puede que posea algo parecido a esto. —Rikus sacó el cristal de olivino de Tithian, que había recuperado del cuerpo destrozado de Wrog, de la bolsa que colgaba de su cinturón.

—Cualquier cosa es posible —admitió Neeva de mala gana—. Pero ¿quién haría algo así?

Rikus contempló el cañón del que acababan de salir. A la luz del atardecer, no parecía otra cosa que una enorme sombra hendiendo el costado de las colinas.

—La tribu de esclavos.

—¿Los kes’trekels? —exclamó Neeva—. ¿Qué te hace pensar en eso?

—Todo el tiempo han intentado impedirnos alcanzar a Maetan —respondió Rikus—. Primero capturaron a nuestros exploradores, luego intentaron hacernos prisioneros. Incluso después de matar a Wrog, siguieron luchando contra nosotros. Debiera haberlo comprendido entonces: Maetan los ha comprado.

—El no haberse unido al ejército de Tyr no tiene por qué convertirlos automáticamente en espías de Maetan. —Neeva sujetó el brazo del mul con mano afectuosa e intentó conducirlo hacia la improvisada cama.

—Encaja —insistió Rikus, permaneciendo donde estaba—. Maetan no mostró la menor señal de conocer nuestro plan hasta que pasamos por la guarida de los kes’trekels. ¿Y por qué otro motivo habrían insistido en luchar?

—Porque deseaban mantener la situación de su refugio en secreto y no confiaban en nosotros —respondió Neeva, suspirando contrariada. Soltó el brazo del mul, se dirigió a la improvisada cama y tomó una de las capas dejadas junto a ella para utilizarlas como manta—. ¿Los culpas, después de lo que hizo Tithian?

—¿Cómo sabemos que el rey realmente nos traicionó? —inquirió el mul—. Wrog podría haberlo inventado todo.

—Puede que lo hiciera —suspiró Neeva, sin intentar ya disimular su contrariedad. Mientras extendía la capa sobre el espacio que había intentado limpiar de piedras, añadió—: Todavía tienes el cristal. Pregunta a Tithian si mintió a Wrog.

Lo absurdo de la sugerencia de Neeva sacudió a Rikus, quien comprendió que se comportaba como un hombre obsesionado.

—Fueron los kes’trekels —masculló.

El mul desenvainó el Azote de Rkard para poder sentarse, pero, en cuanto su mano rozó la empuñadura, el anochecer vibró con sonidos que antes le habían pasado inadvertidos. De lo alto le llegó el ahogado batir de las correosas alas de un lagarto volador, y no muy lejos de donde se encontraba escuchó el siseo de las escamas del vientre de una serpiente al deslizarse sobre la áspera superficie de una piedra. Algo más lejos, un roedor invisible arañaba el suelo con frenesí bien para ocultarse de un depredador bien para procurarse la cena. Rikus no prestó excesiva atención a los sonidos, ya que el atardecer era la hora elegida por muchas criaturas para ir de caza.

—Deja la espada en el suelo y ven aquí —ordenó Neeva, acercándose a Rikus.

Le dio un beso fuerte y prolongado, al tiempo que le desabrochaba el Cinturón de Mando. Mientras la pesada banda caía de su cintura, el mul sintió los primeros aguijonazos del salvaje deseo que sólo Neeva podía despertar en él.

La mujer arrojó el cinto a un lado con despreocupación, y este fue a caer sobre las rocas con un fuerte estrépito. El deseo de Rikus se esfumó rápidamente.

—¡Ten cuidado! —protestó, inclinándose para coger el cinto.

—Es este estúpido pedazo de piel o yo —dijo Neeva, pasando los pulgares por debajo de las delgadas correas que sujetaban el taparrabos a sus curvilíneas caderas.

—Esto es más que un «estúpido pedazo de piel» —dijo Rikus, recogiendo la pesada faja y depositándola con cuidado a los pies del rocoso lecho—. Es mi destino.

Neeva sacó violentamente los pulgares de entre las tiras del taparrabos.

—¿Destino? —exclamó—. Rikus, me parece que tomas demasiado en serio a ese viejo enano senil.

—No, lo digo en serio —dijo el mul, colocando respetuosamente la espada junto al cinto—. La gente crea sus propios destinos. El mío es conducir las legiones de la libertad.

—Quizá deberías recapacitar sobre ello, Rikus. Hasta ahora, no tienes más que una legión, y has estado a punto de perderla en más de una ocasión.

—¿Cuándo? —inquirió el mul, frunciendo la pelada frente.

—En Kled, para citar una —señaló Neeva—. Si Caelum no te hubiera salvado de Maetan, ahora tu cerebro sería un montón de ceniza y el resto de nosotros, esclavos en las canteras de obsidiana de Urik.

—Pero Caelum me ayudó. Matamos a más de quinientos urikitas…

—Y perdimos El libro de los reyes de Kemalok —lo interrumpió Neeva—. En cuanto a Wrog y la tribu de esclavos… fue una suerte que la batalla en el nido no se transformara en una batalla generalizada. Un sacerdote del sol no habría podido hacer volar la fortaleza de ese farallón.

—No tuvo que hacerlo —replicó Rikus, más dolido por las críticas de Neeva de lo que quería admitir—. ¿Por qué haces esto, Neeva? Pensé que…

—Te digo la verdad porque te quiero y porque quiero a Tyr —respondió ella. Se sentó en medio de la capa y se rodeó con ella los hombros, mientras su romántico estado de ánimo se desvanecía con el sol poniente—. La forma en que hablas me asusta. No es propio de ti pensar así.

—Claro que no —concedió el mul, sentándose a su lado. Las afiladas rocas, que habían permanecido expuestas al llameante sol, abrasaron aquellas partes de su piel desnuda con las que entraron en contacto—. Antes de que matáramos a Kalak, mi propósito en esta vida era convertirme en un hombre libre. —Cambió de posición de modo que el taparrabos lo aislara de las ardientes piedras—. Ahora soy libre, y tengo un nuevo objetivo. Todos lo tenemos: tú, yo, Sadira e incluso Agis.

—Déjame fuera de esto —gruñó Neeva, arrugando la frente.

—No —insistió él, posando una poderosa mano sobre su rodilla—. Agis y Sadira salvaguardan Tyr de amenazas internas, como Tithian. Somos tú y yo quienes tenemos que defenderla de amenazas externas como Maetan y los urikitas.

Dejando que la capa se abriera a la altura del cuello, Neeva se volvió hacia el mul y lo estudió unos instantes. Por fin, con un brillo esperanzado en sus ojos de color esmeralda, preguntó:

—Rikus, ¿qué es lo que intentas decir?

El mul había visto en otras ocasiones expresiones parecidas en el rostro de su compañera, y no se sentía más cómodo ahora de lo que se había sentido entonces.

—No estoy seguro —respondió, temiendo una vez más que Neeva estuviera leyendo más cosas en sus palabras de las que él quería expresar.

La mujer se arrodilló y lo miró directamente a los ojos.

—Deja que te facilite las cosas —dijo, con voz optimista—. ¿Me estás diciendo que has elegido entre Sadira y yo?

Rikus desvió la mirada, preguntándose cómo una conversación sobre su destino se había convertido en un interrogatorio sobre su tema menos preferido. Desde que habían matado a Kalak, su compañera de lucha lo había estado presionando para que terminara su relación amorosa con Sadira. Neeva insistía en que, ahora que eran libres, debían empezar a pensar en el futuro y entregarse mutuamente sus corazones. Para Rikus, no obstante, esta entrega resultaba demasiado parecida al cautiverio y, aunque amaba a Neeva, no estaba dispuesto a ceder ni un ápice de su libertad, duramente obtenida, en especial si ello significaba renunciar a Sadira.

Al ver que Rikus no contestaba, la expresión anhelante desapareció del rostro de la mujer. A pesar de ello, no volvió la cabeza.

—Tan sólo contesta sí o no.

—No hay ninguna elección que realizar…

—Sí o no, Rikus.

—No, no he elegido —respondió el mul.

Neeva se puso en pie y se sujetó la capa alrededor de los anchos hombros.

—Regreso al campamento —anunció—. ¿Por qué no te quedas aquí y meditas sobre tu destino?

La gladiadora agarró su pesada hacha de armas, para acto seguido iniciar el regreso por los casi dos kilómetros de terreno rocoso que mediaba entre ellos y el resto de la legión. Bajo la oscura luz morada y las crecientes sombras del crepúsculo, resultaba difícil ver el camino, y Neeva empezó a tropezar con las rocas sueltas antes de haber dado tres pasos, pero, pese a las probabilidades de torcerse un tobillo, la mujer siguió adelante, maldiciendo a Rikus como si él en persona hubiera colocado cada una de las piedras sembradas en el camino.

Rikus agarró el Cinturón de Mando y se lo sujetó a la cintura.

—Espera, Neeva. Si te rompes una pierna sólo conseguirás que todo el ejército vaya más despacio.

Por toda respuesta, escuchó un nuevo juramento.

El mul recogió la espada e hizo intención de seguirla, pero se detuvo en seco. En lugar del siseo de las escamas de las serpientes y del batir de alas de los lagartos que había escuchado antes, el lugar estaba inquietantemente silencioso… a excepción de un ahogado coro de gorjeos y silbidos artificiales. Los ruidos eran tan apagados que, de no haber sostenido el Azote de Rkard en la mano, Rikus no los habría oído jamás.

—¡Neeva, detente! —siseó, tropezando con un montón de rocas al echar a correr tras ella.

—¿Por qué?

—¡Hay algo ahí!

Neeva se detuvo al instante y levantó el hacha en posición defensiva.

—Espero que esto no sea un truco, Rikus.

—No lo es —le aseguró el mul, colocándose a su lado.

Escudriñó el terreno que tenían delante, en busca del más leve indicio de movimiento. Todo lo que vio fue un interminable campo de piedras inmóviles, salpicado aquí y allá de enormes cantos rodados igualmente inmóviles. Por desgracia tampoco podía utilizar su visión de enano para captar lo que fuera que producía el sonido. El sol, hundido casi por completo tras las Montañas Resonantes, bañaba el terreno con la suficiente cantidad de llameante luz como para eliminar todo rastro de calor ambiental.

—Se encuentran entre nosotros y el campamento —musitó a Neeva, cogiéndola del brazo.

—¿Qué son? —inquirió ella, haciendo caer la capa de sus hombros.

—No lo sé. Con el Azote, puedo oírlos silbar y gorjear… pero no los puedo ver más de lo que puedes tú.

Los misteriosos vigilantes callaron.

Rikus maldijo para sí y colocó la espada en posición defensiva.

—Prepárate —dijo, sin preocuparse ya de hablar en susurros.

Retrocedieron despacio y se detuvieron al llegar a la rocosa cama que Neeva había preparado para ambos. Los que los vigilaban siguieron sin moverse ni atacar.

—A lo mejor se trata de una jauría de thri-kreens —sugirió Neeva.

A diferencia de K’kriq, la mayoría de los thri-kreens no estaban civilizados, y vagaban por el desierto día y noche en busca de caza con la que saciar sus voraces apetitos. En ocasiones, si se sentían desesperados, recurrían a comer criaturas pensantes.

Rikus escudriñó a su alrededor, examinando el oscuro terreno en busca de alguna señal de un hombre-insecto, pero los moribundos rayos del sol no hacían más que dificultar la visión al iluminar la parte superior de las rocas con una mortecina luz roja. Resultaba imposible distinguir colores, e incluso las formas eran confusas y borrosas, pero no vio nada lo bastante largo y anguloso como para ser un thri-kreen.

—No hay nada que sea lo bastante grande —dijo, meneando la cabeza.

El mul acababa de decir esto cuando un débil gorjeo sonó a sus espaldas. Un pequeño pie fregó contra el rocoso terreno y avanzó despacio hacia ellos. Rikus giró en redondo y vislumbró la silueta de poco menos de un metro de un hombre de cabellos enmarañados que se dejaba caer tras una pequeña roca.

—¡Halflings! —siseó sintiendo que se le hacía un nudo en el estómago, al tiempo que apretaba su espalda contra la de Neeva.

—Ojalá hubieras dicho thri-kreens —repuso la mujer. Permaneció en silencio unos instantes y luego añadió—: Si caigo, no dejes que me coman… al menos no estando viva.

—Entonces no caigas —respondió él—. Si lo haces, dudo que yo quede en una posición que me permita impedírselo.

Rikus y Neeva se habían enfrentado ya a halflings, cuando se habían aventurado en el interior del bosque halfling para recoger la lanza que utilizaron para matar a Kalak. Los diminutos cazadores los habían derribado con facilidad, y Agis tuvo que utilizar todas sus dotes de persuasión con el jefe de la tribu para evitar que se comieran a todo el grupo.

Aguardaron, espalda contra espalda, a que los halflings volvieran a moverse. Al cabo de lo que pareció una eternidad, Rikus sugirió:

—A lo mejor han decidido no atacarnos.

—Seguro que no crees eso —replicó Neeva—. Esto no es simplemente una partida de caza halfling. Son asesinos urikitas.

A pesar de no desearlo en absoluto, el mul tuvo que dar la razón a su compañera. Los halflings abandonan demasiado raramente su bosque para que este fuera un encuentro accidental.

Detrás de ellos, Rikus escuchó el suave arañar de un pie sobre la piedra, seguido del agudo tañido de una diminuta cuerda de arco.

—¡Al suelo! —gritó el mul, tirando a Neeva al suelo y dejándose caer junto a ella.

Al cabo de un momento, una pequeña flecha chocó contra una roca cerca del costado de Rikus. Aunque el proyectil era apenas más largo que su mano, el mul sabía por propia experiencia que tendría la punta recubierta de un efectivo veneno que dejaba inconsciente a su víctima en cuestión de segundos. Lo más probable era que la desafortunada víctima no volviera a despertar jamás, y si lo hacía sería para contemplar el espectáculo de varios halflings preparándose para devorar su hígado.

—¿Cómo vamos a salir de esta? —preguntó Neeva, la voz ahogada debido a que tenía la boca apretada contra el suelo.

Rikus levantó la cabeza lo suficiente para mirar a su alrededor. A unos diez metros a su derecha, escuchó a un par de halflings gorjeando y silbando entre ellos, pero permanecían ocultos a la vista. El mul no consiguió escuchar ni descubrir a ningún otro antropófago.

—Arrástrate —musitó el gladiador, volviendo a aplastar la cabeza contra el suelo.

Neeva abandonó de mala gana su enorme hacha de acero y empezaron a arrastrarse hacia adelante. Avanzaban unos centímetros cada vez, realizando silenciosas muecas de dolor mientras las afiladas piedras del suelo iban abriendo largos arañazos en sus pechos. Al cabo de pocos metros, estaban cubiertos de sangre desde la clavícula hasta las rodillas, y multitud de granitos de rasposa arena llenaban las docenas de cortes que les recorrían pecho y estómago.

A pesar de que Rikus tenía buen cuidado de impedir que su espalda golpeara contra las rocas, la pareja no podía evitar hacer mucho más ruido que los halflings. Respiraban con más fuerza y producían ahogados chirridos al arrastrar por el suelo sus cuerpos de mayor tamaño. De vez en cuando, se escuchaba un apagado ruido seco cuando alguno de ellos desplazaba accidentalmente una piedra y esta iba a chocar contra otra. Rikus estaba seguro de que los halflings podían localizarlos por los sonidos que efectuaban, pero no sabía qué otra opción tenían que no fuera arrastrarse por el suelo.

Se escucharon dos chasquidos a su izquierda, y otros dos dardos fueron a chocar contra las rocas que tenían delante. Rikus lanzó un juramento y utilizó la punta de la espada para apartar las flechas, pues sospechaba que incluso un arañazo de sus puntas envenenadas podría ser suficiente para dejar a cualquiera de ellos sin sentido.

—¿Por qué no se dejan ver? —susurró Neeva, mirando a su alrededor en busca del lugar de origen de las flechas. Cuando Rikus no contestó, formuló otra pregunta—: ¿Cuántos crees que hay?

—Dos o una docena. Es imposible saberlo. Limítate a seguir arrastrándote.

—¿Por qué? —Había un ligero deje de temor en la pregunta de Neeva que Rikus no había escuchado nunca en la voz de la mujer.

—Puede que nos oigan movernos, pero mientras sigamos agachados tienen tantas dificultades para vernos como nosotros a ellos. Uno de nosotros debería conseguir llegar hasta el resto de la legión y advertirla.

—Los halflings van detrás de nosotros, no del resto de la legión —susurró Neeva—. Incluso yo me he dado cuenta de que no son suficientes para atacar a dos mil hombres, pero no necesitan a muchos guerreros para asesinar a un comandante.

Viendo la sensatez de las palabras de Neeva, Rikus maldijo en silencio a los kes’trekels, sospechando que la tribu de esclavos había aconsejado a Maetan preparar esta emboscada.

—Tienes razón, pero sigamos avanzando de todos modos —musitó—. No nos ayudará quedarnos esperando a que vengan por nosotros.

Mientras los dos gladiadores seguían arrastrándose, los halflings controlaban su avance, gorjeando y silbando para no separarse y no perder a su presa. De vez en cuando uno o dos de ellos disparaban un dardo, y en dos ocasiones los pequeños proyectiles fueron a caer a menos de medio metro de la cabeza del mul. Apenas si llevaban recorridos unos cincuenta metros de terreno rocoso, y ambos gladiadores respiraban ya con dificultad, aunque Rikus sospechaba que su agotamiento tenía más que ver con los nervios que con la fatiga muscular.

—Quizá debería gritar pidiendo ayuda —musitó el mul.

—¿Te has vuelto loco? —siseó Neeva—. ¡Nadie excepto los halflings te oiría!

—No era más que una idea —respondió Rikus, defendiéndose.

Siguió arrastrándose, parando para escuchar cada dos o tres metros. Los halflings permanecían en silencio la mayor parte del tiempo, pero, de cuando en cuando, un gorjeo o un trino le informaban que los asesinos iban cerrando el cerco.

Fue durante una de estas pausas que escuchó el débil repiquetear de piedras bastante más allá del alcance de los diminutos arcos de los asesinos. En un principio, el mul pensó que un halfling habría resbalado, pero el ruido vino seguido de otro chasquido, y comprendió que no era ese el caso.

—Hay alguien detrás de los halflings —susurró.

—¿Alguien de la legión? —inquirió Neeva, esperanzada.

Rikus negó con la cabeza.

—Dijimos que no queríamos que nos molestasen. Tiene que ser un urikita.

Neeva cambió de dirección.

—Vayamos en su busca y matémoslo. Puede tratarse de un comandante de los halflings.

Rikus la siguió. Al igual que su compañera, ansiaba encontrar a un enemigo contra el que pudiera pelear. Desde luego que los halflings jamás se dejarían coger en un combate mano a mano, pero, con un poco de suerte, quienquiera que los supervisara no sería tan cuidadoso.

El cambio de dirección de la pareja provocó un frenesí de trinos y movimientos de pies. Rikus detectó al menos nueve halflings diferentes transmitiéndose mensajes y ajustando sus posiciones. Normalmente, no habría considerado que nueve guerreros constituyeran una gran amenaza, pero la perspectiva de enfrentarse a tantos halflings le produjo un escalofrío. No comunicó a Neeva la mala noticia.

Llevaban recorridos menos de diez metros cuando Rikus escuchó el suave sonido de una flecha al ser sujetada en un arco. A menos de un metro de ellos, un halfling flacucho se alzó de detrás de las rocas y apuntó la pequeña flecha en dirección a la espalda de Neeva.

—¡Rueda! —aulló Rikus.

La cuerda del arco chasqueó. Neeva lanzó un grito de alarma y rodó a un lado justo antes de que la flecha se clavara en el mismo trozo de suelo que ella había estado ocupando segundos antes.

Rikus se abalanzó sobre el halfling y hundió la punta de su espada en el estómago del asesino. El Azote atravesó el cuerpo de su enemigo con sorprendente facilidad, sin detenerse hasta que la punta sobresalió más de treinta centímetros de su espalda. Los cetrinos ojos del halfling se abrieron de par en par, pero no chilló. En lugar de ello, introdujo la mano en el carcaj que llevaba sujeto a la cintura en busca de un dardo y se lanzó hacia adelante, clavándose aún más en la espada de Rikus, mientras intentaba herir al mul con la envenenada punta del proyectil.

Rikus inclinó el cuerpo hacia atrás y asestó un puñetazo al halfling con la mano libre. El golpe aplastó el cráneo del asesino y le hizo saltar un ojo. Sin inmutarse, el mul expulsó el cuerpo de la espada con un puntapié.

Justo delante de ellos sonó el tañido de las cuerdas de unos arcos al dispararse, y Rikus sintió el golpe de un par de flechas al hundirse en su cinturón. El mul se lanzó al suelo de inmediato, dejando escapar un grito de terror.

—¡Rikus! —gritó Neeva.

Se escuchó el sonido de un nuevo arco, y el mul oyó cómo una flecha iba a chocar contra el suelo cerca de su compañera. Esta rodó a un lado y musitó:

—¿Estás herido?

Con gran alivio por su parte, Rikus no sentía el agudo pinchazo de ninguna de las flechas en el estómago.

—Fueron a dar en el cinturón —anunció, arrancando con cuidado los dardos de la faja de cuero y arrojándolos a un lado—. No me han hecho nada.

Empezó a arrastrarse en dirección a su compañera, pero los halflings volvieron a disparar sus arcos y varios dardos fueron a caer entre él y la mujer. Rikus la vio apartarse rodando y detenerse luego para esperarlo. El mul volvió a arrastrarse hacia ella, pero una vez más los halflings dispararon. Esta vez, dos dardos estuvieron casi a punto de acertarle, y otros dos casi tocaron a Neeva.

—¡Nos están separando! —gritó Neeva. Resonó otro arco, y apenas si consiguió salvarse rodando más lejos todavía de Rikus.

—Deja que lo hagan —respondió Rikus, comprendiendo que, si intentaban reunirse, él y Neeva no conseguirían más que convertirse en blancos fáciles—. Sigue… Describiremos un círculo y nos encontraremos allá delante.

Resonaron dos nuevas cuerdas de arco, y Rikus rodó a un lado. Cuando volvió a mirar atrás en dirección a Neeva, esta había desaparecido entre las oscuras sombras.

Rikus se alejó gateando tan deprisa como pudo. Neeva podía cuidar de sí misma e, incluso aunque no pudiera, no veía en qué podría ayudar a la mujer que a él lo mataran. A medida que se alejaba del halfling que acababa de matar, el tañido de los arcos se volvió menos frecuente y los mensajes silbados de los halfling más apremiantes.

El sol se hundió por completo tras las montañas, sumiendo el terreno en la oscuridad. Las lunas no habían salido aún, de modo que no había más que el débil centelleo de las estrellas para ayudar a los halflings a ver. El mul suspiró aliviado cuando su visión de enano empezó a perfilar las refulgentes formas de rocas, terreno y halflings. Ahora él y Neeva tenían buenas posibilidades de sobrevivir, pues, al contrario que elfos y enanos, los halflings no podían ver en la oscuridad. Con la ventaja que le confería su visión de enano, Rikus consideró que podría dar la vuelta hasta Neeva y escapar sin sufrir el menor rasguño de una de las flechas halflings.

Pero su optimismo duró poco. De la dirección en que había desaparecido Neeva le llegó el grito de asombro de un halfling; Rikus oyó el tañido de un arco, seguido de un gruñido de su compañera. Sonaron un par de golpes ahogados.

—No intentes clavarme esa cosa —dijo la voz de Neeva.

Se escuchó un agudo chasquido, como si la fornida mujer hubiera roto contra su rodilla el asta de una lanza, o quizá la espalda de un halfling. Algo blando y fláccido se desplomó sobre las rocas, y las pesadas pisadas de Neeva se alejaron corriendo del lugar del altercado.

Un estruendo de trinos y silbidos llegó de la dirección donde se encontraba la mujer. El terreno que la rodeaba se llenó de piedras que rodaban y chasquidos de arcos mientras varios halflings, resplandeciendo con un brillante tono rojo en medio del naranja de las rocas, corrían hacia el ruido producido por la carrera de Neeva.

Rikus se puso en pie de un salto y, lanzando su más sonoro grito de batalla, echó a correr sobre el desigual terreno en ayuda de su compañera. Por desgracia, no podía ver cómo le iba a ella ya que, incluso con su privilegiada visión, no alcanzaba a distinguir nada a más de diez metros de distancia.

Muy pronto el rojo resplandor de la figura de un halfling apareció en los límites de la visión de Rikus. El mul levantó la espada, esperando poder utilizar en su propio beneficio la incapacidad del antropófago para ver en la oscuridad. Pero, cuando el mul se acercó más, el halfling se inmovilizó de improviso y ladeó la cabeza como si escuchara; luego levantó el arco y orientó la punta de la flecha directamente al pecho de Rikus.

El gladiador se dejó caer al suelo, maravillado ante lo certera que era la puntería del halfling, teniendo en cuenta que se guiaba tan sólo por sonidos. El mul cerró la boca con fuerza para no gritar, mordiéndose la lengua al hacerlo, cuando su rótula fue a dar contra la afilada estría de una piedra grande.

El arco chasqueó, y la flecha del halfling pasó por encima de la cabeza de Rikus como un rayo azul. El mul volvió a incorporarse mientras el halfling sacaba una flecha envenenada del carcaj que llevaba al costado y la empuñaba como si se tratara de una daga. En cuanto Rikus empezó a avanzar, el halfling cerró los ojos, confiando sólo en su oído para que lo mantuviera informado de la posición del mul.

Cogiendo una piedra del suelo, Rikus la arrojó a la cabeza de su adversario y echó a correr al frente detrás de ella. El proyectil dio en el blanco con un sonoro crujido, el halfling se tambaleó hacia atrás, pero, cuando el mul alzó la espada para finalizar el trabajo, el pequeño asesino lo cogió por sorpresa arrojándose hacia adelante en una furiosa acometida.

Para evitar verse apuñalado con la punta envenenada de la flecha, Rikus se arrojó a un lado y aterrizó de cara contra las rocas del suelo. El halfling golpeó el suelo pocos metros a su espalda. El mul giró en redondo, balanceando la espada a ciegas en semicírculo, pero, a pesar de la rapidez de sus movimientos, cuando volvió a tener a su atacante de nuevo cara a cara el asesino se encontraba ya casi sobre él.

Apartó de un golpe la mano que empuñaba el dardo y, balanceando la espada en un rápido bucle, decapitó a su atacante. La mano del halfling intentó por última vez apuñalar al mul y luego dejó caer la flecha.

Detrás de Rikus se oyó un sonoro chisporroteo procedente de la dirección en que había huido Neeva, seguido de una llamarada de brillante luz roja. Recordando el ruido que había oído justo antes de matar a su primer halfling, Rikus dio por sentado que su compañera había tropezado con un templario urikita.

—¡Neeva! —aulló, incorporándose de un salto.

Un dolor agudo le recorrió la rótula que se había aplastado antes y la pierna estuvo a punto de doblársele. Con gran alivio por su parte, no obstante, el Azote llevó a sus oídos la voz de Neeva.

—Rikus está todavía vivo —decía ella—. ¡Vamos!

Sin perder tiempo en preguntarse a quién le estaría hablando, el gladiador avanzó cojeando.

A los pocos pasos, se detuvo en seco. Frente a él se encontraban cuatro halflings, todos ellos apuntándole con sus flechas. Sus arcos se dispararon a la vez.

Rikus lanzó un violento juramento y se arrojó a un lado con toda la elegancia que le fue posible.

El mul sintió el sordo golpeteo de los diminutos dardos antes de que sus pies hubieran dejado siquiera el suelo. Tuvo tiempo suficiente de darse cuenta de que, una vez más, habían ido a incrustarse en el Cinturón de Mando, antes de chocar contra las rocas.

En ese mismo instante, un violento trueno ensordeció al gladiador y una brillante luz naranja iluminó la noche, eliminando la visión de enano del mul y proyectando unas extrañas y temblorosas sombras por todo el terreno. Una abrasadora ráfaga de aire lo golpeó. Cegado por el brillante resplandor y dolorido por el calor, Rikus se cubrió los ojos y, dejándose caer al suelo, se acurrucó en posición fetal.

Con los oídos zumbándole y la visión nublada, Rikus comprendió que era más vulnerable que nunca a los halflings. Permaneció tan inmóvil como le fue posible, convencido de que nunca sabría las respuestas a las muchas preguntas que inundaban su cerebro sobre qué era lo que acababa de suceder. En cualquier momento, esperaba sentir una daga halfling hundiéndose en sus riñones, o una docena de diminutas flechas aguijoneándole la desprotegida espalda. Sin embargo, por mucho que su instinto le gritara que se pusiera en pie y luchara, el mul sabía que moverse no haría más que atraer la atención sobre él. Hasta que sus sentidos regresaran, estaba indefenso.

Ante su sorpresa, cuando al fin los oídos le dejaron de zumbar, fue la voz de Neeva la que escuchó.

—Rikus, ¿estás herido?

El mul levantó la vista y, a través de unos ojos que poco a poco empezaban a ver con más claridad, distinguió a su compañera inclinada sobre él. Su figura se recortaba contra un muro de llamas que todavía ardía allí donde los cuatro halflings estaban un momento antes.

—¡Neeva, estás a salvo!

—Desde luego —respondió ella—. Era a ti a quien intentaban matar.

—¿A mí? —Rikus frunció el entrecejo.

—Cuando gritaste, se puede decir que me dejaron sola —explicó Neeva—. La pregunta es, ¿estás herido?

—No lo sé, y ahora no es el momento de averiguarlo —dijo Rikus, incorporándose—. Pongámonos en marcha…

—No te preocupes, los halflings se han ido… al menos por ahora —lo tranquilizó ella, posándole una mano sobre el hombro—. Ahora dime, ¿estás herido o no?

Rikus volvió a arrugar el entrecejo, pero decidió cogerle la palabra. Si todavía hubiera halflings por allí, ya habrían atacado. Así pues, respondiendo a la pregunta de Neeva, dijo:

—Me han tocado media docena de flechas envenenadas, pero el Cinturón de Mando las ha detenido todas. —Señaló los cuatro dardos clavados todavía en la faja—. De lo contrario, ya estaría muerto.

—Deja que eche una mirada, sólo para asegurarme —dijo otra voz familiar a espaldas del mul—. Algunas veces, un herido no nota las heridas hasta mucho después.

Rikus miró por encima del hombro y vio la desmadejada figura de un enano de pie a su espalda.

—¿Caelum? —jadeó.

—¿Quién supones que creó la pared de fuego que te salvó? —inquirió Neeva. Rikus hizo como si no la hubiera oído y miró al enano con expresión malhumorada.

—¿Qué hacías aquí? Os dije a ti y a todos los demás que nos dejarais solos a Neeva y a mí.

—Fue una coincidencia —repuso el enano, bajando la vista—. Realizaba mis oraciones de la noche.

—No te he visto nunca orar —gruñó Rikus. Entrecerró los ojos y estudió los oscuros ojos del enano—. Mientes.

—¿Por qué tendría que hacerlo? —quiso saber Neeva.

—A lo mejor porque no fueron los kes’trekels quienes avisaron a Maetan de nuestra emboscada —dijo Rikus, agarrando al enano por la garganta—. ¡A lo mejor fue Caelum!

—¡Eso es una locura! —chilló Neeva, arrancando al enano de las manos del mul.

—No, no lo es —insistió Rikus—. Nos siguió hasta aquí para poder mostrar a los halflings dónde dormíamos.

—No —masculló Caelum, frotándose la garganta—; fue una coincidencia, como he dicho. Nunca me has visto orar porque debo hacerlo a solas.

—No esperarás que crea eso —replicó Rikus, despectivo.

—Tiene más sentido que lo que tú piensas —intervino Neeva—. Si Caelum es un traidor, ¿por qué te tendría que salvar de los halflings?

Rikus hizo una mueca, incapaz de pensar en un buen motivo.

—¿Cómo quieres que lo sepa? ¡Es el espía!

—Sea lo que sea lo que decidas creer sobre mis oraciones, debes comprender que tengo tantas razones como tú para odiar a Maetan. No soy ningún espía —aseguró Caelum, sosteniendo la mirada del mul sin pestañear—. Ahora deja que te examine el estómago. Si has recibido algún arañazo, la energía del sol quemará el veneno de tu sangre.

Al ver que el mul no hacía lo que el otro le pedía, Neeva extendió la mano y le desabrochó la hebilla.

—Creo que deberíamos regresar junto a la legión antes de la salida del sol —declaró muy seria.

Caelum se puso a examinar al mul de inmediato en busca de posibles heridas.

Cuando Neeva extendió el Cinturón de Mando para inspeccionarlo, Rikus descubrió que había otros dos dardos halflings en la parte posterior. Aunque lo más probable era que le hubieran dado mientras se arrastraba por entre las rocas, ni siquiera los había sentido a través del grueso cuero.

—Y tú lo llamaste un pedazo de piel sin valor —dijo Rikus, señalando la prenda.

Neeva meneó la cabeza, perpleja.

—Todas las flechas dieron en el cinturón. ¿Cómo puedes tener tanta suerte?

—Dudo que se trate de suerte —dijo Caelum. Interrumpió sus atenciones para arrancar un dardo envenenado del cuero—. Yo diría que se trata de magia.