1: Emboscada
1
Emboscada
Rikus miró al fondo de la empinada ladera donde sus guerreros esperaban a la sombra del farallón de piedra arenisca. Los dos mil tyrianos formaban una silenciosa columna, los pensamientos puestos en la inmediata batalla. Eran humanos, semielfos, enanos, semigigantes, tareks y otras razas, la mayoría de ellos gladiadores que habían combatido en la arena de Tyr hasta que fueron liberados por el Primer Edicto del rey Tithian. Sus manos empuñaban hachas de doble hoja, sables de hueso dentado, tridentes, lanzas con puntas afiladas en ambos extremos, y una gran variedad de armas mortíferas tan infinita como el deseo del hombre de matar.
Rikus estaba convencido de que se convertirían en una legión excelente.
Se incorporó y agitó el brazo por encima de la cabeza para dar la señal de ataque. Los guerreros lanzaron sus gritos de batalla, para acto seguido cargar al frente como una única masa aullante.
—¿Qué haces? —quiso saber Agis, colocándose junto al gladiador. El noble era un hombre robusto para alguien de su esfera social, con un cuerpo fornido y facciones marcadas y atractivas. Tenía los cabellos largos y negros, ojos castaños y penetrantes, y una nariz recta y aristocrática—. ¡Necesitamos un plan!
—Tengo un plan —respondió Rikus con sencillez.
Volvió a contemplar la base de la colina. Allí, en el arenoso valle, se encontraba una única fila de semigigantes urikitas, todos ellos ataviados con túnicas rojas que mostraban el emblema del león amarillo de Hamanu. Sostenían enormes hachas de armas con hojas de obsidiana, y su armadura consistía únicamente en unos escudos de hueso sujetos a sus gigantescos antebrazos.
—¡Al ataque! —gritó Rikus.
Tras esto, franqueó corriendo la cima de la colina. Descubriendo que la ladera de piedra arenisca resultaba demasiado inclinada para descenderla con elegancia, el gladiador se dejó caer de espaldas y continuó bajando en un descenso controlado.
De haber sido totalmente humano, puede que hubiera reconsiderado el método de descenso, ya que sólo un taparrabos de cáñamo protegía su bronceada piel de la áspera superficie de la piedra arenisca. Pero Rikus no dio demasiada importancia a la fricción ejercida contra su cuerpo; era un mul, un cruce entre humano y enano creado para vivir y morir como gladiador esclavo, y estaba tan habituado al dolor como lo estaba a la muerte. De su padre enano había heredado un rostro de facciones bien marcadas y duras, orejas puntiagudas pegadas a la cabeza, y una constitución poderosa que parecía estar hecha tan sólo de nervio y nueso. Su madre humana le había legado una orgullosa nariz recta, un equilibrio de cuerpo y miembros que lo hacía atractivo según los cánones de ambas razas, y un cuerpo flexible de metro ochenta tan ágil como el de un elfo funámbulo.
Rikus no había descendido más que unos metros cuando Neeva, su compañera de lucha de siempre, fue a deslizarse junto a él. Aunque ella sí era humana al ciento por ciento, se protegía de la abrasiva piedra con una capa de escamas de lagarto que llevaba para salvaguardar la blanca piel del sol. La fornida rubia sostenía con ambas manos un hacha de armas de metal casi tan grande como las que empuñaban los semigigantes de abajo. Muchas mujeres no habrían podido levantar un arma de tales dimensiones, pero Neeva era casi tan musculosa como Rikus y, en su calidad de esclava liberada, más que capaz de blandir la poderosa hoja. No obstante su fuerte constitución, la mujer conservaba una figura netamente femenina, labios rojos y gruesos, y ojos tan verdes como las esmeraldas.
—¡Superan a nuestra legión en más de cinco a uno! —exclamó la mujer.
Rikus sabía que se refería no a los cientos de semigigantes que tenían justo abajo, sino a los miles de regulares urikitas del valle situado más allá. La larga columna de soldados se encontraba ya pasado el punto del ataque tyriano y seguía adelante a paso regular, confiando en los semigigantes para cubrir su retaguardia. Siguiendo de cerca a los regulares iban una docena de máquinas de asedio, transportadas a lomos de gigantes lagartos de guerra llamados driks. La retaguardia de la larga fila la cerraba la pesada masa de una carraca, una fortaleza descomunal llena de armas, provisiones y agua.
—¿En qué estás pensando? —inquirió Neeva, los ojos fijos en la larga procesión.
—Un gladiador tyriano vale por cinco soldados urikitas —respondió Rikus, clavando la mirada en los semigigantes de abajo. Los enormes soldados se dedicaban a mecer sus hachas de armas y a mirar desafiantes en dirección a la ladera del farallón, de la que surgía ahora la turba tyriana en medio de un tumulto de salvajes alaridos—. Además, esto es cosa del rey, no mía. Fue Tithian quien me dio sólo dos mil guerreros.
—No te dijo que hicieras que los mataran a todos en una carga temeraria —replicó Neeva.
—No es temeraria —respondió Rikus.
La pareja se quedó sin tiempo para continuar discutiendo la cuestión, al llegar al final de la ladera justo en el momento en que la primera oleada de gladiadores se desparramaba por el arenoso valle. Rikus y Neeva habían ido a descender muy cerca del flanco de las líneas enemigas, apenas a una docena de pasos de varios enfurecidos semigigantes. Los gigantescos urikitas siguieron adelante, aguardando a que el mul y su compañera estuvieran a tiro.
Rikus miró en dirección a la pareja de semigigantes que marcaban el final de la fila enemiga. Por contraste con la mayoría de los de su raza, eran de constitución corpulenta, con un torso poderoso. Se les había afeitado el cabello de las amplias y protuberantes frentes, y las caídas mandíbulas no mostraban la menor señal de la acostumbrada barbilla fláccida propia de la raza. Eran incluso algo más altos que la mayoría de los semigigantes, con una estatura que era al menos el doble que la del mul.
—Esos dos son nuestros —anunció Rikus, levantando sus armas. Llevaba un par de cahulaks, que recordaban a dos arpeos de hojas planas conectados en la base por una cuerda—. Vamos.
Antes de que Neeva pudiera objetar, salió disparado a la carrera y se desvió hacia un costado para obligar a los semigigantes a abandonar la formación. En un principio, Rikus no creyó que fueran a caer en su trampa, pero un oficial finalmente les ladró:
—¡Acabad con ellos!
Un tremendo estrépito estalló en el centro de las líneas enemigas al ser alcanzado por la primera oleada tyriana. Unos cuantos semigigantes aullaron de dolor y se desplomaron sobre la ardiente arena, pero la mayoría utilizaron sus pequeños escudos para desviar los ataques de los gladiadores. Los urikitas levantaron al unísono sus hachas de negras hojas, y la primera oleada de atacantes tyrianos desapareció en una lluvia de sangre.
Rikus sintió cómo la ansiedad le formaba un nudo en el estómago, pero el siseo de pies pesados arrastrándose semienterrados por la arena devolvió su atención a sus propios adversarios. Los dos semigigantes que había atraído fuera de la formación estaban casi encima de él y de Neeva.
—¡Ábrete hacia la derecha! —gritó Rikus, mencionando un truco que él y Neeva habían empleado a menudo cuando luchaban juntos en la arena de Tyr.
Al momento, Neeva se deslizó unos cuantos pasos a su derecha, luego corrió al frente para colocarse a uno de los lados del semigigante que se dirigía hacia ella. Rikus la siguió, avanzando hacia el mismo semigigante y haciendo girar un cahulak a uno de sus costados. Los urikitas atacaron, intentando evitar que los dos gladiadores atacaran conjuntamente a cualquiera de ellos.
El mul arrojó un cahulak contra el semigigante que atacaba a Neeva, pero falló intencionadamente. El arma pasó por encima del mango del hacha de armas y giró de regreso a Rikus al terminársele la cuerda; el mul agarró el cahulak y se agachó, manteniendo enredada en su arma el hacha de su adversario.
Con una coordinación perfecta, Neeva apuntó con su hacha de metal al otro semigigante, que se disponía a atacar al mul por detrás. Rikus escuchó el sonido de la piedra al hacerse pedazos. Negros fragmentos de obsidiana le cayeron sobre la despellejada espalda, y el mango descabezado del hacha del urikita lo golpeó inofensivamente en el hombro. Neeva saltó por encima de la espalda de Rikus y echó hacia atrás su hacha, lista para asestar un nuevo golpe. Un potente alarido anunció que la hoja había dado en el blanco.
Mientras el semigigante de Neeva se derrumbaba en el suelo hecho un ovillo aullante, el mul se incorporó y le arrebató al otro el hacha de las manos. El urikita se quedó boquiabierto, e intentó retroceder. Rikus lo siguió y enterró profundamente la punta de un cahulak en el muslo del colosal soldado. En represalia, el semigigante balanceó en el aire uno de sus enormes puños, pero Rikus volvió a agacharse al tiempo que tiraba de la cuerda haciendo perder el equilibrio a su enemigo. Antes incluso de que el urikita acabara de caer sobre la ardiente arena, el mul le hundió el otro cahulak en la cabeza.
Al intentar sacar el arma del cráneo del semigigante, Rikus descubrió que esta se encontraba perfectamente encajada. Una rápida ojeada a su alrededor le confirmó que no estaba en un peligro inmediato, de modo que empezó a retorcer la hoja adelante y atrás para liberarla.
Mientras trabajaba, una cálida expresión de complacencia apareció en su rostro. El sentimiento no se debía a ninguna alegría que sintiese por la muerte del urikita, sino a la destreza con que su compañera y él habían actuado. Rikus y Neeva no habían combatido juntos desde sus días como pareja mixta en la arena de los gladiadores de Tyr, y el mul echaba de menos la intimidad de aquellos combates. Cuando luchaban, se movían y pensaban como una sola persona, compartiendo pensamientos y emociones más profundas incluso que sus pasiones cuando hacían el amor.
Neeva se colocó junto al mul y aprovechó para limpiar la ensangrentada hoja de su hacha en la roja túnica del semigigante. Por la ardiente sonrisa de sus carnosos labios, Rikus comprendió que pensaba lo mismo que él.
—No hemos perdido nuestro toque —dijo ella—. Es agradable saberlo.
—¿No pensarías que podíamos perderlo? —preguntó Rikus, tras conseguir por fin sacar el arma de la cabeza de su adversario—. No importa lo que pase, siempre tendremos nuestro toque personal.
Un rugido triunfal se alzó del centro de las líneas urikitas. El mul miró en dirección al alboroto y vio que la segunda oleada de sus guerreros había tenido tanto éxito como él y Neeva. La formación enemiga estaba en completo desorden, y los tyrianos caían sobre los semigigantes por todas partes. Por si esto fuera poco, la mayor parte de la legión se abría ya paso por entre las rotas líneas precipitándose hacia el centro del valle.
Los driks y sus máquinas de asedio casi habían salido de allí, avanzando inmutables, pero la carraca acababa de llegar al punto donde había tenido lugar el feroz ataque. La fortaleza ambulante tenía tres pisos de altura, y en cada una de sus esquinas se alzaba una pequeña torre guarnecida por guardas con ballestas. Una multitud de aspilleras salpicaban sus costados, y las enormes puertas estaban bien cerradas. La gigantesca carreta iba tirada por un tiro de cuatro mekillots, reptiles gigantes con cuerpos en forma de montículo y caparazones de aspecto rocoso. Rikus encontraba a las bestias más parecidas a pedazos móviles de roca pura que a criaturas vivientes.
Haciendo un gesto a Neeva para que lo siguiese, Rikus salió corriendo en dirección al grupo de guerreros tyrianos que perseguía la carraca. Tras esquivar lo que quedaba de la batalla contra los semigigantes, se reunieron con los jubilosos gladiadores y se abrieron paso hasta la parte delantera del grupo.
Allí encontraron a Agis, que intentaba mantener a la muchedumbre bajo control, la frente arrugada en una mueca de irritación. Mientras Rikus se acercaba, el noble apretó los dientes con fuerza y desvió la mirada como si intentara controlar la cólera.
Junto a Agis se encontraba Sadira, la larga cabellera ambarina sujeta en una cola floja, recogida sobre uno de los hombros para dejar al descubierto una elegante oreja puntiaguda. La atractiva semielfa sostenía en las manos un bastón de madera con un pomo de obsidiana negra.
Un escalofrío desagradable recorrió la espalda de Rikus a la vista del arma. Se trataba de uno de los dos objetos mágicos que les habían prestado a él y a sus tres compañeros para poder matar a Kalak, el rey-hechicero de mil años de edad que había gobernado en Tyr antes de Tithian. Rikus había devuelto su arma, la Lanza de Corazón de Árbol, a su legítimo propietario poco después de que consiguieron asesinar a Kalak, pero Sadira había hecho caso omiso de los consejos de sus amigos y había elegido conservar el bastón. En el fondo de su corazón, el mul temía que acabarían pagando muy caro la decisión de la semielfa.
—La batalla va bastante bien hasta ahora —comentó Sadira. Miró a Agis y enarcó una de las puntiagudas cejas ante la desacostumbrada exhibición de enojo del noble; luego preguntó a Rikus—: ¿Ahora qué?
—Destrocemos la carraca —respondió el mul, fijando la mirada en el inmenso carromato.
—¿Y qué hay del resto de nuestra legión? —preguntó Agis, rompiendo por fin su silencio—. Ni siquiera tú puedes pensar que se necesiten dos mil soldados para destruir una simple carraca.
Rikus miró a su alrededor. Habían aplastado totalmente a los semigigantes, y el resto de la legión tyriana avanzaba para continuar el ataque.
—Estamos en plena lucha —respondió con sencillez—. Nuestros gladiadores saben qué hacer.
—No todos somos gladiadores —le recordó Sadira—. ¿Qué hay de los templarios y de los servidores de Jaseela?
—Sería mucho mejor que se mantuvieran al margen —repuso Rikus, con una sonrisa burlona—. No nos gustaría que salieran heridos.
—Te muestras demasiado seguro de ti mismo, Rikus —dijo Neeva—. Esto es una batalla, no una gran refriega. Puede que Agis tenga razón sobre lo de trazar un plan.
—Tengo un plan —contestó Rikus, y echó a andar hacia la carraca, dando por terminada la conversación.
El grupo no tardó más que unos instantes en alcanzar el lento carromato. Varios cientos de guerreros los siguieron, pero la mayor parte de los tyrianos tomaron la iniciativa por su cuenta y se lanzaron tras los driks y las máquinas de asedio. Agis y Sadira parecieron sorprenderse ante la pulcritud con que se dividió toda aquella muchedumbre, pero no así Rikus. Cuando se trataba de luchar, confiaba en los instintos de sus gladiadores más de lo que confiaba en planes y órdenes complicados.
El gladiador rodeó la carraca para colocarse en la parte posterior, con la esperanza de reducir su potencia de fuego acercándose a ella desde el lado más estrecho. A pesar de sus precauciones, el mul se daba cuenta de que no resultaría fácil conseguir penetrar en el interior. Él costado estaba surcado de al menos tres docenas de aspilleras, y las negras puntas de las saetas sobresalían de cada abertura. Desde las torres de las esquinas, los guardas no cesaban de gritar una constante sucesión de advertencias al interior del carromato.
El mul vio asomar de repente las puntas de varios dedos por la abertura situada en el punto más bajo del vehículo, y escuchó cómo una voz de mujer invocaba al rey Hamanu para que le concediera la magia necesaria para un conjuro. Su reacción no se hizo esperar.
—¡Al suelo! —gritó, por encima del hombro.
El mul agarró a Sadira y se arrojó con ella al suelo, al mismo tiempo que un tremendo estampido retumbaba fuera de la carraca. Un manto en forma de abanico de chisporroteante luz roja centelleó sobre la arena, y detrás de Rikus estalló todo un tumulto de gritos que se apagó tan deprisa como se había iniciado; cuando el gladiador miró por encima del hombro vio cómo se desplomaban sobre el suelo los cuerpos decapitados de docenas de sus gladiadores.
Neeva, tendida al lado de Rikus, extendió el brazo y golpeó con la palma al mul en la calva cabeza.
—Se supone que un guerrero ha de proteger a su compañero de lucha, no a su querida —dijo; aunque el tono de voz era ligero, sus verdes ojos mostraban a las claras lo mucho que la había herido que hubiera sido a Sadira y no a ella a quien el mul había defendido.
—Sabía que tú eras perfectamente capaz de cuidar de ti misma —explicó Rikus.
Del interior del carromato surgió el ahogado chasquido de docenas de ballestas al ser disparadas, y una oleada de negros haces brotó de las aspilleras; al momento, docenas de gladiadores aullaron de dolor.
Rikus contempló la carraca con renovado respeto. Empezaba a comprender por qué las fortalezas móviles eran uno de los sistemas más populares para los viajes en caravana. Cualquier tribu de ladrones podía alcanzarlos, pero detenerlos podía llegar a resultar imposible.
Una vez que cesó la lluvia de saetas, Neeva indicó con un gesto la mano de Sadira, que era la única parte del cuerpo de la atractiva semielfa que sobresalía de debajo del enorme cuerpo del mul.
—Será mejor que te apartes antes de que se asfixie.
En cuanto Rikus se incorporó hasta quedar de rodillas, Sadira volvió hacia él sus pálidos ojos y arrugó el entrecejo.
—¿Cómo esperas que pueda lanzar conjuros estando debajo de ti?
Sin dar tiempo a Rikus para que se disculpara, la muchacha apuntó a la carraca con el bastón.
—¡Nok! —exclamó. Una luz violeta se encendió en el interior del pomo del arma.
Rikus se encogió sobre sí mismo, esperando que lo que iba a suceder a continuación no aterrorizara a sus supersticiosos gladiadores tanto como iba a lastimar a los urikitas. La magia normal obtenía el poder para el conjuro de la energía vital de las plantas, pero el bastón de Sadira extraía su poder de una fuente muy distinta.
—¡Fuego del alba! —gritó Sadira.
Rikus experimentó un extraño hormigueo en el estómago, seguido de náuseas. A su espalda, los gladiadores jadearon y lanzaron una exclamación de alarma al sentir, también ellos, cómo el bastón obtenía su poder de su energía vital.
La sensación de náusea desapareció al cabo de un instante, y una bola de llamas escarlatas se lanzó contra la carraca. La llameante esfera se dilató como una neblina y sumergió toda la parte posterior de la carraca en un infierno de fuego. Los urikitas de las torres saltaron de sus puestos, gritando de dolor, y en media docena de lugares la pared posterior se consumió como pergamino reseco.
A pesar del devastador ataque de la hechicera, los mekillots siguieron tirando del enorme carromato, indiferentes a lo que sucedía a su espalda.
—¡Al interior de la carreta! —ordenó Rikus, reanudando el ataque. Confiaba en que sus gladiadores no se sintieran demasiado aturdidos por la magia de Sadira para seguirlo.
Centenares de gritos de guerra le informaron que no lo estaban, y muy pronto se encontró al frente de una masa de hombres y mujeres vociferantes que perseguía a la humeante carraca. Sonaron unos cuantos chasquidos ahogados en el interior del vehículo, pero el ataque de la semielfa había hecho su efecto. Menos de media docena de negras saetas surgieron de las aspilleras, y sólo una dio en el blanco.
Rikus cargó por encima del cuerpo escaldado de una mujer vestida con la sotana amarilla de los templarios de Hamanu, y alcanzó por fin la carraca. Sin perder velocidad, hizo girar por encima de su cabeza uno de los cahulaks y lo arrojó al interior de uno de los humeantes agujeros situados en lo alto. Tras tirar de la cuerda para fijar bien las hojas, el mul se balanceó hacia arriba y fue a posarse sobre la cubierta inferior de la llameante plataforma posterior de la carraca.
El horrible hedor de la carne quemada le asaltó la nariz. Con un gran esfuerzo para no vomitar, el mul miró a su alrededor y descubrió que la cubierta había quedado reducida a escombros. Por todas partes se veían cuerpos quemados y armas destrozadas. Las llamas que lamían la pared trasera en una docena de sitios, abrasaron la bronceada piel del mul y le llenaron los pulmones de humos cáusticos. Por entre el humo, Rikus pudo distinguir una entrada que conducía más al interior de la carraca. A ambos lados de esta entrada, ascendía una escalera a través de un pasadizo en el techo.
Volviéndose de nuevo hacia la parte posterior de la carreta, Rikus se arrodilló y tendió una mano a Neeva para ayudarla a subir. Mientras la gladiadora ascendía, esta miró más allá de las piernas de su compañero y anunció:
—Dos detrás de ti. —Su voz era tan tranquila como si comunicara que unas aves habían abandonado el nido al amanecer.
El mul dio media vuelta e hizo girar un cahulak dándole toda la longitud de cuerda de que disponía. Por entre la neblina, distinguió a dos urikitas cubiertos de hollín que le apuntaban con sus ballestas. Rikus se echó a un lado, y los soldados dispararon sus armas. Un par de saetas chisporrotearon junto a su cabeza y fueron a clavarse en la madera de la parte posterior del enorme carromato. Al mismo tiempo, el cahulak dio en la rodilla del primero de los guardas y se hundió profundamente en la articulación. El mul tiró de la cuerda, y el hombre cayó al suelo.
El segundo soldado extendió la mano para agarrar la espada corta de obsidiana que colgaba de su cintura, pero Rikus saltó sobre él al momento y le clavó la planta del pie en el león que el urikita llevaba bordado en la roja túnica.
Mientras Rikus terminaba con los dos soldados que acababa de incapacitar, Neeva alargó el brazo para ayudar a Agis a subir a la carreta. Una vez en el interior, el noble ayudó a su vez a Sadira, y tras esta vino una ininterrumpida sucesión de gladiadores. Muy pronto, la plataforma estuvo atestada de guerreros tyrianos, todos ellos tosiendo y medio asfixiados por el espeso humo. El mul ordenó a unos cuantos que treparan por las escaleras para eliminar a los supervivientes que pudiera haber en las cubiertas superiores, y luego indicó a sus amigos y a algunos otros que lo siguieran a través de la puerta trasera.
Tras descender media docena de peldaños, se encontraron en un corredor en el que el humo no era tan denso. De las paredes pendían una serie de redes, cada una de las cuales sostenía una esfera de cristal que se balanceaba al compás del rítmico movimiento del vehículo, proyectando una parpadeante luz verdosa sobre el suelo.
El vestíbulo se extendía unos diez metros a derecha e izquierda y luego giraba en dirección a la parte delantera del carromato. El mul hizo una señal al primer pelotón de gladiadores para que lo siguieran a él y a sus compañeros al interior del estrecho vestíbulo.
—Decid a los que vienen detrás de nosotros que vayan en la otra dirección —ordenó.
Iniciaron el recorrido del pasillo a un trotecillo cauteloso. Nada más doblar la primera esquina, Rikus se encontró cara a cara con diez urikitas que llevaban unas mantas antifuego de cuero. El mul abatió a los tres primeros antes de que pudieran sacar las armas, pero no antes de que dieran la alarma. Los demás se sumergieron en un profundo sueño cuando uno de los conjuros de Sadira dejó caer una nube azul de polvo mágico sobre sus cabezas.
—Más fácil de lo que pensé —observó Rikus—. A lo mejor nos llevaremos esta carraca de vuelta con nosotros a Tyr como trofeo de guerra.
—Tu declaración de victoria es algo precipitada —apuntó Agis meneando la cabeza—. La batalla no ha hecho más que volverse más estimulante.
El mul miró al frente entonces y advirtió que un voluminoso thri-kreen avanzaba pesadamente hacia él.
Rikus atacó la cabeza de la bestia, soltando el cahulak para poder alcanzar el blanco. Esta vez le tocó el tumo al thri-kreen de agacharse, y el arma pasó por encima de la parte posterior del cuello de la criatura. Al llegar al final de la cuerda, el cahulak describió un círculo y reapareció al otro lado de la cabeza del guerrero-mantis. El mul volvió a atrapar el mango, y tirando de él con todas sus fuerzas, se montó sobre la espalda del ser. Abrió la boca para pedir ayuda, pero no tuvo oportunidad de hacerlo.
El thri-kreen se irguió en toda su estatura y lo aplastó contra el techo. El grito del mul se convirtió en un gemido ahogado. Rikus intentó volver a gritar, pero se dio por vencido y se limitó a intentar conservar su posición. El guerrero-mantis empezó a aplastar la dolorida espalda del mul contra el techo una y otra vez.
Aprovechando aquel combate cuerpo a cuerpo, Neeva se deslizó por la esquina con el hacha de armas levantada, pero Agis la agarró por el hombro, impidiéndole continuar adelante.
—¡Qué crees que estás…! —aulló Rikus.
El mul volvió a chocar contra el techo y la pregunta se interrumpió bruscamente. Sentía como si su columna vertebral estuviera resquebrajada en más de una docena de sitios, y los brazos le ardían con un agotamiento entumecedor.
Agis se colocó frente a Neeva, las manos extendidas ante él y los ojos castaños clavados en los del thri-kreen. De repente, el guerrero-mantis dejó de golpear a Rikus contra el techo. La criatura contempló a Agis durante unos instantes, y luego dejó caer las armas y se tumbó en el suelo. El noble continuó avanzando, asintiendo en silencio mientras contemplaba al guerrero-mantis.
—¿Por qué detuviste a Neeva? —exigió Rikus, con respiración jadeante—. ¡Podrías haber conseguido que me matara!
Mientras el mul liberaba el cuello del thri-kreen de la cuerda del cahulak, Agis posó una mano sobre las armas.
Dejándose caer de espaldas, Rikus lanzó el talón hacia arriba con violencia y alcanzó al guerrero-mantis en el tórax. El golpe habría destrozado el pecho de un hombre, pero el thri-kreen apenas si se balanceó. Tras una momentánea pausa, las castañeteantes mandíbulas reanudaron el descenso, goteando saliva sobre el rostro del mul. Con el corazón a punto de estallar de terror, Rikus lanzó ambos cahulaks contra los protuberantes ojos de su enemigo.
El tiro del mul se quedó corto y las hojas de hueso se estrellaron contra el hocico de la criatura, sin dejar apenas un arañazo sobre la quitinosa armadura de la bestia. No obstante, el ataque hizo vacilar al thri-kreen, que encogió la cabeza para alejar los vulnerables ojos del alcance de Rikus. El mul golpeó entonces con los cahulaks el caparazón del pecho de su adversario y logró sacarse de encima al enorme insecto.
—¡No lo mates, Rikus! —gritó Agis.
—¿Por qué no? —quiso saber el otro.
—No es totalmente hostil —respondió el noble—. Si puedo ayudarlo, se pondrá de nuestra parte.
Rikus contempló al thri-kreen con cautela, esperando que Agis cumpliera su promesa. El guerrero-mantis se mostró confundido durante unos instantes, pero luego miró con ferocidad por encima del hombro del mul y cargó al frente con la atención puesta en Agis. Dándose cuenta de que el contacto mental del noble no había conseguido más que distraer a la criatura, Rikus aprovechó la oportunidad para lanzarse hacia adelante y deslizarse a un costado del thri-kreen, donde el guerrero-mantis no podría alcanzarlo fácilmente con armas y boca.
Al ver a Rikus peligrosamente cerca, la criatura interrumpió la carga y utilizó dos de sus brazos para aplastar al mul contra la pared. Los golpes dejaron a Rikus sin aliento, al invadirle el torso un dolor sordo y abrumador. El thri-kreen soltó el látigo e intentó golpearlo con las zarpas de una mano de tres dedos. El mul evitó que le sacara un ojo volviendo la cabeza con rapidez, pero el animal le dejó una herida irregular en la mejilla.
Rikus atacó la cabeza de la bestia, soltando el cahulak para poder alcanzar el blanco. Esta vez le tocó el tumo al thri-kreen de agacharse, y el arma pasó por encima de la parte posterior del cuello de la criatura. Al llegar al final de la cuerda, el cahulak describió un círculo y reapareció al otro lado de la cabeza del guerrero-mantis. El mul volvió a atrapar el mango, y tirando de él con todas sus fuerzas, se montó sobre la espalda del ser. Abrió la boca para pedir ayuda, pero no tuvo oportunidad de hacerlo.
El thri-kreen se irguió en toda su estatura y lo aplastó contra el techo. El grito del mul se convirtió en un gemido ahogado. Rikus intentó volver a gritar, pero se dio por vencido y se limitó a intentar conservar su posición. El guerrero-mantis empezó a aplastar la dolorida espalda del mul contra el techo una y otra vez.
Aprovechando aquel combate cuerpo a cuerpo, Neeva se deslizó por la esquina con el hacha de armas levantada, pero Agis la agarró por el hombro, impidiéndole continuar adelante.
—¡Qué crees que estás…! —aulló Rikus.
El mul volvió a chocar contra el techo y la pregunta se interrumpió bruscamente. Sentía como si su columna vertebral estuviera resquebrajada en más de una docena de sitios, y los brazos le ardían con un agotamiento entumecedor.
Agis se colocó frente a Neeva, las manos extendidas ante él y los ojos castaños clavados en los del thri-kreen. De repente, el guerrero-mantis dejó de golpear a Rikus contra el techo. La criatura contempló a Agis durante unos instantes, y luego dejó caer las armas y se tumbó en el suelo. El noble continuó avanzando, asintiendo en silencio mientras contemplaba al guerrero-mantis.
—¿Por qué detuviste a Neeva? —exigió Rikus, con respiración jadeante—. ¡Podrías haber conseguido que me matara!
Mientras el mul liberaba el cuello del thri-kreen de la cuerda del cahulak, Agis posó una mano sobre las armas.
—Pero no fue así —respondió, sin dejar de mirar al guerrero-mantis—. El thri-kreen es un esclavo. Ahora que he liberado su mente del yugo de su amo, nos ayudará.
Rikus no pareció muy convencido y tiró de los cahulaks para recuperarlos de las manos del noble.
—Ca… camarada —tartamudeó el guerrero-mantis, hablando en la lengua de los urikitas—. Ayudo ti.
Debido a que había nacido y se había criado en los fosos de esclavos de un noble urikita, Rikus comprendió las palabras del guerrero-mantis. No obstante, siguió mostrándose suspicaz.
—Nadie arma a un esclavo thri-kreen —dijo—. En especial a uno que lucha bien.
—El piloto de la carraca ha estado utilizando el Sendero para controlar su mente —explicó Agis, apartando del thri-kreen las armas del mul con suavidad—. K’kriq no quería atacarnos.
—Mato con… conductor, mato Ph… Phatim —tartamudeó el thri-kreen—. Ayudo.
Al ver que Rikus seguía sin estar de acuerdo, Agis agregó:
—Yo he estado dentro de su mente. Responderé por él.
Rikus se apartó de mala gana del costado del guerrero-mantis.
—De acuerdo, pongámonos en fila —dijo. En urikita añadió—: Pero harás lo que yo diga, y sin armas.
El thri-kreen abrió sus seis mandíbulas formando una estrella que podría haberse interpretado por una sonrisa.
—No… no lamentar —respondió, también en urikita.
El mul se volvió al frente sin responder. Por regla general no habría aceptado a un antiguo enemigo en su grupo, pero Agis era un auténtico maestro del Sendero. Si decía que se podía confiar en el thri-kreen, Rikus le creía.
El mul los condujo a la parte delantera del carromato. Mientras avanzaban, un humo espeso empezó a inundar el pasillo procedente de la parte posterior de la carraca. En pocos segundos, apenas si podían distinguir las esferas de luz que se balanceaban de las redes, y grandes pedazos encendidos de madera empezaron a caer del techo.
El pequeño grupo no tardó en llegar a la bodega delantera. Las puertas exteriores estaban abiertas para dar salida al humo, y, a través de la humareda, cada vez más espesa, Rikus descubrió a una docena de urikitas montando guardia. Tras susurrar una advertencia a los que lo seguían, el mul abandonó el humeante pasillo para cargar contra los soldados y abatió al primero de los guardas por la espalda. Neeva saltó por encima agitando el hacha de armas, y derribó a dos más. K’kriq pasó corriendo junto a ella y, desarmado como iba, mató a otros cinco en un frenesí de centelleantes pinzas y chasquear de mandíbulas. Los cuatro supervivientes saltaron de la carraca antes de que Agis o Sadira pudieran atacar.
Rikus dirigió una nerviosa mirada a los cinco hombres que K’kriq había abatido, y atisbo fuera de la abierta puerta de la bodega. En la arena, justo delante de la carraca, vio a los contoneantes driks y a sus conductores intentando huir de sus hombres. A los lagartos de guerra no les iba muy bien. Sus abdómenes caídos y pesados caparazones no estaban precisamente adaptados para la velocidad, y la lentitud de las bestias se veía agravada por la carga que transportaban, ya que las máquinas de asedio que llevaban estaban construidas de huesos de mekillots blanqueados al sol, tan largos como árboles y el doble de pesados.
En aquellos momentos, una docena de driks yacían derribados, agitando las cabezas y rugiendo impotentes, incapaces de continuar la huida con los tendones de las patas cortados. Otra docena de bestias se habían enterrado en la arena e intentaban defenderse de los guerreros tyrianos.
Al mul lo sorprendió no ver regulares urikitas. Si bien era cierto que el grueso principal de los soldados se encontraba muy por delante del ataque, le extrañó que no hubieran regresado a tomar parte en la batalla.
K’kriq rozó el hombro del mul con una pinza ensangrentada e indicó al frente.
—Matar Phatim, de… detener urikitas —anunció—. No agua, no comida, no proyectiles de asedio.
—Guíanos —dijo Rikus, enarcando una ceja.
Agis sujetó al thri-kreen por uno de sus delgadísimos brazos.
—No —ordenó—. Tendremos que encontrar al conductor por nosotros mismos.
—Yo ma… mato Phatim —insistió el guerrero-mantis.
—Si el piloto te ve, se apoderará de tu mente —explicó Agis, meneando la cabeza—. Quédate aquí y ayuda a nuestros guerreros a destruir los suministros… por si nos es imposible detener el carromato.
K’kriq chasqueó las mandíbulas con fuerza, enojado, y, dándose la vuelta, empezó a destrozar la puerta interior de la bodega.
Tras indicar a los gladiadores que ayudaran a K’kriq, Rikus condujo a sus tres compañeros al frente. Aunque el estrecho pasillo continuaba lleno de humo, no resultaba tan lóbrego como la sección situada a popa de la puerta de la bodega. Gracias a la luz de las oscilantes esferas iluminadas, el mul podía ver que, aquí y allá, la humareda se filtraba por entre las tablas del techo.
El corredor giró en dirección al centro del inmenso carromato, y llegaron ante un par de puertas chapadas en bronce, una a cada extremo del pasillo. Ambas estaban firmemente cerradas con pesados pestillos de hierro.
—Neeva, tú comprueba esa —dijo Rikus, señalando con la cabeza la puerta de la derecha.
La mujer asintió; hizo pedazos la puerta con un solo golpe de su hacha y penetró en la oscura habitación situada al otro lado con Sadira pisándole los talones.
Rikus abrió la segunda puerta de una patada e irrumpió en el interior. Se encontró frente a frente con una escalerilla que conducía a una pequeña cubierta situada sobre su cabeza. El aire estaba lleno de espesas volutas de humo.
—La cubierta del piloto —observó Agis, tosiendo y frotándose los ojos.
El mul se agarró a la escalera y empezó a subir. A medida que subía, una serpentina de humo descendió de lo alto y se arrolló a su cuello. Rikus no le prestó atención hasta que el zarcillo se restregó contra su piel como una soga áspera, para luego tensarse bruscamente. Al momento, la sangre se agolpó en sus oídos, le pareció como si los ojos fueran a saltarle de las órbitas, y descubrió que ya no podía enviar aire a través de su garganta.
El mul saltó fuera de la escalera y aterrizó a los pies de Agis. Cayendo de rodillas, soltó los cahulaks y agarró el zarcillo con ambas manos. Sus dedos se hundieron a través de él como si estuviera hecho de aire.
—¡Rikus! —gritó Agis.
La voz del noble resultaba lejana y débil. Un velo negro cayó sobre los ojos de Rikus.
Ante su sorpresa, no perdió el conocimiento, sino que su mente consciente se concentró en su interior, en el terreno de su propio cerebro. Se vio a sí mismo arrodillado en una uniforme llanura de barro, con el enorme tentáculo de alguna bestia horrible sobresaliendo de la tierra húmeda y enrollándose a su garganta. La cosa intentaba tirar de él hacia el interior del empapado suelo, asfixiarlo en el cieno del olvido.
El estómago de Rikus se contrajo aterrorizado. El gladiador comprendió que estaba siendo atacado mente a mente, y esta idea lo aterrorizó aún más. El mul era un maestro del combate cuerpo a cuerpo, pero, en lo tocante al Sendero, no era ni siquiera un principiante.
Rikus se defendió intentando imaginarse a sí mismo arrancando el tentáculo fuera del barro, pero, por mucho que tirara, la bestia era más fuerte que él. La criatura lo obligó a doblar el torso hacia atrás y le retorció la columna vertebral hasta tal punto que temió que fuera a partirse en dos.
El mul sujetó el tentáculo con ambas manos y tiró con todas las fuerzas que su cuerpo casi sin oxígeno logró reunir. Poco a poco consiguió darse la vuelta y apoyó un brazo en el enfangado suelo, mientras utilizaba el otro para escarbar, con la esperanza de extraer a la resbaladiza criatura de su madriguera. Pero, aunque excavó un agujero bastante profundo, no encontró más que un apéndice interminable que seguía tirando de él hacia abajo. Rikus mordió a la criatura, y su sangre le quemó la boca como si se tratara de ácido.
En ese momento, el mul escuchó unas sonoras pisadas que se acercaban por detrás chapoteando en el fango. Retorció como pudo el cuerpo para enfrentarse al nuevo horror que su atacante enviaba a destruirlo, y, de haber habido aire en sus pulmones, habría lanzado un suspiro de alivio. Delante de él se alzaba una figura familiar, sólo que ahora tenía la enorme apariencia de un gigante.
—¿Agis? —barbotó Rikus.
El gigante asintió con la cabeza.
—¿Qué es lo que tenemos aquí? —tronó, inclinándose para agarrar el tentáculo.
Agis el gigante arrancó el apéndice del suelo sin el menor esfuerzo y liberó así la garganta del mul. La sinuosa criatura no era otra cosa que un larguísimo tentáculo gris, y, mientras Rikus la observaba, ambos extremos se aplanaron y apareció un par de ojos en la parte superior de cada uno. Debajo de cada par de ojos, una larga hendidura se ensanchó hasta convertirse en una amplia boca llena de afilados colmillos.
—¡La Serpiente de Lubar! —exclamó Rikus.
La criatura se semejaba al emblema del noble que había criado al mul, la familia en cuyos inhumanos fosos se había adiestrado al mul en el arte de matar.
Mientras Rikus contemplaba boquiabierto el emblema viviente de la familia de su primer propietario, las dos cabezas de la serpiente se volvieron en dirección a Agis y lo atacaron a la vez. El noble extendió los gigantescos brazos para evitar que los colmillos lo alcanzaran; la serpiente prolongó su cuerpo, y los brazos se hicieron también más largos. Un nuevo par de brazos surgió de repente de la caja torácica del gigante, quien sujetó a la serpiente por detrás de cada cabeza, al tiempo que, moviéndose con la velocidad del rayo, las nuevas y afiladas zarpas dejaban enormes heridas en todo el cuerpo de la serpiente hasta reducirlo a una masa sanguinolenta de escamas despedazadas y carne triturada.
Agis arrojó la serpiente al lodo y contempló cómo se convertía en una simple envoltura reseca.
—¿Porqué no te defendiste? —preguntó, dirigiendo una rápida mirada a Rikus.
—No he sido entrenado en el manejo del Sendero —respondió el gladiador, molesto por el tono de reprimenda de las palabras del gigante.
—No lo necesitas para crear una defensa básica —replicó el gigante—. Es instintivo… o debería serlo. Todo el mundo posee alguna habilidad para manejar el Sendero. Tu error fue dar más importancia a la fuerza que a la forma. El Sendero es más sutil que eso.
Agis pasó entonces de gigante a pájaro de alas correosas con un pico afilado y curvo.
—La próxima vez, utiliza la imaginación. —Dicho esto, alzó el vuelo y se alejó por los aires.
Rikus abrió los ojos y descubrió que volvía a estar en la carraca, caído a los pies de la escalera. El noble se encontraba sentado junto a él, respirando entrecortadamente.
—¡Agis! —jadeó el mul—. ¿Estás herido?
—Cansado —susurró el noble con una sonrisa, negando con la cabeza—. Sigue, antes de que el piloto se recupere.
Tras echar una rápida mirada al pasillo para asegurarse de que Agis no corría ningún peligro inminente, Rikus dejó al noble descansando y ascendió por la escalerilla. Cerca del techo, la cubierta del piloto estaba llena de un humo espeso que se había ido filtrando por entre las tablas que la separaban del resto de la carraca. No obstante, avanzando a cuatro patas, el mul pudo seguir adelante sin quemarse los pulmones con los cáusticos vapores.
Rikus descubrió que la cubierta del piloto era una espaciosa plataforma con un panel de cristal grueso que daba a los caparazones en forma de duna de los pesados mekillots. Había un sillón confortablemente acolchado situado frente a esta ventana, sin duda el lugar donde el piloto, un maestro del Sendero especialmente entrenado para dominar a aquellas criaturas, se sentaba.
El mul se acercó al sillón del piloto, dejando a un lado sus cahulaks. A pesar de su temor al doblegador de mentes, tenía que capturarlo vivo si quería detener la carraca. Por lo que había oído contar sobre los mekillots, si se liberaba bruscamente a aquellas criaturas estúpidas de sus riendas mentales, tanto podían seguir adelante imperturbables sin que nada las detuviera como detenerse en seco.
Una larga hoja negra centelleó en dirección a los ojos de Rikus, al tiempo que la borrosa figura humana que la empuñaba surgía de entre el humo. El mul cruzó las muñecas y, alzándolas por encima de la cabeza, agarró el brazo del atacante entre ambos dorsos de las manos. Antes de que el doblegador de mentes pudiera retirar la daga, Rikus hizo girar las palmas, sujetó el brazo del otro y lanzó a su víctima violentamente contra el suelo.
—Si sospecho ni remotamente que vuelves a interferir en mis pensamientos, acabaré el trabajo, Phatim —amenazó Rikus, arrebatándole la daga de obsidiana y apretando su punta contra la yugular del hombre.
Los grises ojos del hombre se abrieron de par en par sorprendidos al escuchar su nombre en su propia lengua. El enjuto soldado movió afirmativamente la cabeza de despeinados cabellos para demostrar que entendía, y bajó la mirada por la ganchuda nariz para contemplar la daga apoyada contra su garganta.
—Si quieres vivir, detén a los mekillots —ordenó Rikus—. Pero te advierto que…
—Estoy demasiado cansado para traicionarte utilizando el Sendero —respondió el piloto.
Phatim cerró los ojos y se concentró unos instantes. La carraca se detuvo con una violenta sacudida que hizo salir despedido a Rikus por encima del cuerpo agachado del doblegador de mentes e ir a chocar contra el respaldo del sillón.
El piloto cayó sobre él al instante y, utilizando una mano para inmovilizar contra el suelo el brazo del mul que empuñaba la daga, sacó con la otra un puñal más pequeño de la bota. Rikus consiguió girar la cabeza a tiempo de esquivar el acero de Phatim.
—¡Muere, esclavo! —siseó el piloto, rociando el rostro del mul con una lluvia de saliva caliente.
—Esclavo liberado —replicó Rikus.
El gladiador levantó la rodilla y golpeó a Phatim en la parte posterior del muslo. El golpe impulsó al piloto hacia adelante y le hizo perder el equilibrio. Al mismo tiempo, Rikus consiguió liberar el brazo y hundió la daga en las costillas de su adversario. El hombre lanzó un grito que se interrumpió bruscamente cuando la punta del cuchillo le atravesó el corazón. Un chorro de sangre roja y caliente resbaló por los dedos de Rikus, y Phatim se desplomó inerte.
El mul se quitó de encima el cuerpo sin vida del piloto y meneó la cabeza contrariado ante la estupidez de aquel hombre; el gladiador habría querido interrogar al doblegador de mentes sobre el porqué de su elección de la Serpiente de Lubar como forma de ataque.
No obstante, la muerte de Phatim no empañó la alegría de Rikus por haber conseguido detener la carraca. Sin la fortaleza móvil y las máquinas de asedio instaladas en los driks, a los urikitas les resultaría mucho más difícil, puede que hasta imposible, capturar Tyr. El mul se atrevió incluso a pensar que quizá con esto acababa de conducir la guerra a un rápido final.
Tras una rápida inspección para asegurarse de que no acechaban más sorpresas desagradables en la humeante cubierta del piloto, Rikus regresó a la escalera para comprobar que Agis se encontraba bien. En el piso inferior vio a Neeva y a Sadira de pie junto al noble. Neeva sostenía en las manos un pedazo de tela verde.
El mul recogió sus cahulaks y empezó a descender por la escalera.
—¿Qué encontrasteis en la otra habitación? —inquirió.
—El camarote del comandante —respondió Sadira.
Rikus saltó la distancia que lo separaba del suelo.
—¿Lo matasteis? —inquirió, ansioso.
—El general no estaba —dijo Neeva, lanzando el pedazo de ropa al mul—. Encontramos esto colgando sobre su cama.
Rikus desplegó la insignia. Estaba blasonada con el emblema rojo de una serpiente de dos cabezas, las bocas situadas una a cada extremo del cuerpo y bien abiertas para mostrar toda una hilera de curvados colmillos.
—¡La Serpiente de Lubar! —siseó Rikus. Su estado de ánimo dejó de ser victorioso para llenarse de ansias homicidas.