9: El campeón número trece

9

El campeón número trece

Rikus yacía en una caja de piedra que apestaba a putrefacción. Aunque apenas si era lo bastante grande para contener su cuerpo, quien fuera que lo hubiera capturado había tenido el detalle de colocar una jarra de agua a un lado de la cabeza del gladiador y una hogaza de pan enmohecido al otro. El Cinturón de Mando seguía ciñiéndole la cintura, e incluso le habían permitido conservar el Azote de Rkard. La larga espada se encontraba encima de su pecho quemado, y sus manos, cuidadosamente cruzadas sobre la empuñadura.

Rikus no tenía ni idea de dónde estaba o de cómo había ido a parar allí, pero sí sabía que quería irse. El frío húmedo del lugar le helaba los huesos, y parecía como si tuviera las articulaciones cubiertas de escarcha; sentía unas frías y agudas punzadas en el hombro, y la pierna contusionada semejaba una barra de hielo.

A pesar de lo mal que se encontraba, no pensó que Umbra lo hubiera hecho prisionero; la prisión no parecía lo bastante horrible para ser el hogar de la sombra gigante. El frío debería haber sido cortante, de la clase que vuelve blanca la piel y congela dedos y pies dejándolos como piedras. La oscuridad tampoco parecía correcta. A pesar de que habría sido muy difícil que existieran unas tinieblas más absolutas, la visión de enano del mui le permitía ver no obstante las frías tonalidades azules de su caja de piedra, el débil fulgor amarillo del pan, y su propia piel rojiza con perfecta claridad. El mul no sabía cómo debían de ser las «tinieblas» de Umbra, pero estaba seguro de que allí no le sería posible ver nada con ningún tipo de visión.

—No tiene sentido —refunfuñó Rikus, más para escuchar el sonido de la propia voz que porque considerara necesario proclamar tal hecho.

Al pronunciar aquellas palabras se dio cuenta de que tenía la garganta y la lengua resecas. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba atrapado dentro de la caja, pero desde luego el suficiente para que sintiera sed.

La tapa de la prisión del mul se encontraba a pocos centímetros de su rostro, de modo que no tenía la menor posibilidad de sentarse para beber de la jarra de agua. Alzando una mano, giró la vasija para que el pequeño pico apuntara a su boca y la inclinó un poco.

Unas gotas amarillentas brotaron de la jarra y le llenaron la boca con un agrio sabor a vinagre. Rikus se incorporó al instante con un movimiento reflejo para escupir la viscosa sustancia, y se golpeó la frente contra la fría piedra. La tapa se alzó lo suficiente para permitirle vislumbrar un débil parpadeo de luz amarilla, pero entonces el repulsivo líquido de su boca resbaló garganta abajo; el mul se dejó caer violentamente hacia atrás en la caja y se golpeó la nuca contra el fondo de la pétrea prisión. La tapa regresó a su lugar con un sonoro estampido.

Aunque sentía un terrible dolor en el cráneo, allí donde este había chocado con la piedra, y la repulsiva agua que había tragado empezaba a provocarle náuseas, tuvo que hacer un esfuerzo para contenerse y no gritar de júbilo. Apoyó una mano en la tapa y empujó con todas sus fuerzas. La losa se deslizó fuera de la caja y fue a estrellarse contra el suelo con un sonoro retumbo que resonó en paredes no muy lejanas.

El mul devolvió la mano sana a la empuñadura de la espada y se sentó. Descubrió que se encontraba en una estancia pequeña de techo bajo, débilmente iluminada por una docena de colores diferentes, cada uno emitido por una magnífica joya resplandeciente incrustada en la tapa de un sarcófago de piedra. Esculpida en la parte superior de doce ataúdes, se veía la figura en bajorrelieve de un guerrero dormido. En la caja situada junto a la de Rikus, un enorme citrino proyectaba un espectral fulgor amarillo sobre la figura de una mujer de anchas espaldas con el pelo rapado.

—¡Una tumba! —exclamó Rikus con voz ahogada. Un helado nudo de miedo se le formó en el pecho. No pronunció en voz alta la pregunta que ocupaba todos sus pensamientos: ¿quién lo había llevado allí y por qué?

Salió como pudo de su sarcófago; la pierna y el hombro heridos le dolieron terriblemente al pasar por encima de la resquebrajada tapa del ataúd. La talla de esta representaba a un humano calvo con unas facciones tan duras y cuadradas que podría haber pasado por un enano, de no ser por sus orejas redondas y la larga y frondosa barba. Sus ojos estaban hundidos y mostraban una expresión extraviada, con una frente amplia cruzada por una espesa hilera de cabellos que formaban las cejas. A pesar de que las oscuras órbitas estaban hechas de piedra, los ojos parecían casi vivos, llenos de ira y odio.

En las manos, el hombre sostenía una larga espada bastante parecida al Azote de Rkard, mientras que su cuerpo estaba cubierto por una armadura de metal, con la excepción del casco con visor, que pendía un poco por encima de la afeitada cabeza del guerrero. En la frente de este bacinete había incrustado un ópalo de color naranja. A diferencia de las joyas de los demás sarcófagos, esta permanecía apagada.

A pesar de que el ópalo valdría con toda seguridad un centenar de monedas de plata, a Rikus ni se le ocurrió arrancarlo de su engaste. Con Neeva y el resto de la sedienta legión aguardando afuera, no tenía tiempo para robar tumbas; además, la tumba llenaba su corazón de tal tristeza y aprensión que no deseaba quedarse allí más tiempo del absolutamente necesario.

Escudriñó la lóbrega habitación en busca de una salida, pero no encontró ninguna. Las paredes estaban cubiertas con paneles de esculturas en bajorrelieve, pero no se veía abertura alguna en ninguno de ellos. Se acercó al que tenía más cerca y lo estudió con más atención, con la esperanza de descubrir la hendidura de una puerta oculta.

Las tallas de piedra mostraban al mismo guerrero barbudo de la tapa del sarcófago del mul. El hombre capitaneaba un asalto a una conejera de enanos barbudos que recordaban a los que aparecían en los murales de la Torre de Buryn. El visor del yelmo del guerrero estaba levantado mostrando una sonrisa amplia y enloquecida, y a su espalda yacían los cuerpos mutilados de docenas de enanos, mientras que delante de la figura huían otros muchos más, todos contemplando por encima del hombro la ensangrentada espada que pronto acabaría con ellos.

Otras secciones del panel mostraban acciones aún más horribles. En uno, el guerrero había ensartado los cuerpos de tres niños enanos en su espada; en otro, seccionaba con su arma los abdómenes de seis mujeres, dejando un rastro de entrañas y sangre manando de las heridas abiertas. Las víctimas del guerrero eran siempre enanos, y siempre se las representaba asustadas o muriendo.

Mareado por la escena e incapaz de encontrar ninguna grieta o hendidura que pudiera ser una puerta, Rikus siguió adelante para inspeccionar el resto de los paneles. Al igual que el primero, los otros mostraban guerreros odiosos capitaneando ataques sobre enanos indefensos. En uno de ellos, la mujer de anchas espaldas representada en el ataúd del citrino llenaba una caverna enorme con cadáveres de enanos. Otro, mostraba a un guerrero alto y enjuto atacando a un grupo de enanas dormidas.

Cuando llegó ante el último, todavía sin hallar una salida, el mul cerró los ojos unos instantes, aspirando varias veces con fuerza, en un intento por rechazar la desesperación que le embargaba el pecho. Mentalmente vio imágenes fugaces de su propio cadáver seco y momificado sentado en una esquina de la lóbrega estancia, con la jarra de apestoso líquido de su sarcófago junto a él, medio llena.

—No pienso morir así —afirmó en voz alta—. Si alguien me ha metido aquí dentro, por fuerza tiene que existir una forma de salir.

Algo recuperados los ánimos por el sonido de su propia voz, el mul abrió los ojos y examinó el último panel. Mostraba a un guerrero totalmente cubierto de armadura conduciendo a una legión a través de un bosque. Asesinaban a una tribu de enanos que huían con todas sus posesiones a la espalda.

Pero, a pesar de la atención que puso en su examen, el mul no encontró ni una sola hendidura en el relieve.

—¡Dejadme salir! —aulló.

Giró en redondo y, al hacerlo, tiró al suelo el sarcófago más cercano. La refulgente amatista incrustada en su tapa salió disparada por las frías losas, y el ataúd se rompió en una docena de fragmentos. Un cadáver reseco, que se mantenía intacto gracias a la armadura que llevaba, cayó del destrozado sarcófago.

El mul se quedó mirando el cuerpo, atemorizado por la visión de sus armas y armadura oxidadas. Jamás había visto un traje de metal del tamaño de un hombre, ni siquiera en los arsenales del rey Kalak.

Mientras el mul estudiaba la armadura, una sombra gris abandonó la brillante amatista y se arrastró por el suelo hasta el cadáver. Una vez allí, se deslizó en silencio en el interior de la armadura, y la cabeza del difunto giró entonces para mirar a Rikus; una delgada capa de piel gris y quebradiza cubría aún el rostro del hombre. Los endurecidos labios del cadáver se tensaron en una desagradable mueca, y en las vacías cuencas de los ojos centellearon espectrales luces moradas.

Rikus lanzó un grito de temor y retrocedió desenvainando la espada. A pesar de sostener el Azote de Rkard en la mano, la tumba permaneció silenciosa a sus oídos; no escuchaba otra cosa que el fluir de su propia sangre por todo el cuerpo, su respiración agitando el aire inmóvil de la cripta, y el veloz martilleo de su aterrorizado corazón.

Al ver que el cadáver no se levantaba, Rikus se atrevió a esperar que este lo dejara en paz. Se retiró despacio, moviéndose tan cautelosa y silenciosamente como le fue posible.

—¿Qué haces? —inquirió la voz gutural de una mujer—. ¡Vuélvelo a su sitio!

Rikus dejó de moverse, luchando por reunir el valor suficiente para mirar hacia el lugar del que había surgido la voz. Cuando lo hizo, distinguió la silueta gris de la mujer de espaldas anchas. Aunque el resto del cuerpo no era apenas más que una sombra, el rostro de la mujer aparecía bien definido bajo la forma de una vacilante máscara traslúcida de ojos amarillo citrino. Por lo que se veía del espíritu, la mujer había sido terriblemente hermosa, aunque ya no se apreciaba nada en sus facciones que ofreciera una impresión de ternura… si es que alguna vez la había habido.

—¿Volver qué a su sitio? —preguntó Rikus, intentando controlar su creciente miedo—. ¿El ataúd?

—Eso debes decidirlo tú —respondió el espectro, flotando por la habitación hasta Rikus.

Agarró el brazo herido del mul y lo levantó en el aire. Rikus abrió la boca asombrado, pues la húmeda mano parecía tan real y sólida como cualquier ser vivo que jamás lo hubiera tocado.

—Esto es lo que debes devolver.

El espectro abrió la mano, y el brazo de Rikus cayó como un peso muerto. Un aguijonazo de insoportable dolor le recorrió el hombro.

—¿Mi brazo? —jadeó Rikus con un gemido.

La aparición señaló el sarcófago del que había huido antes el mul.

—Tu cuerpo. Vuelve a ponerlo allí —insistió, empujándolo hacia el ataúd—. Cuanto antes abandone tu espíritu tu cuerpo, antes vendrá Rajaat.

El mul se dejó conducir por la mal iluminada habitación, indeciso sobre si debía o no blandir la espada contra el espectro. Hasta el momento, la mujer no le había causado ningún daño, y la perspectiva de luchar con algo que no estaba ni muerto ni vivo lo aterrorizaba.

Cuando llegaron junto al sarcófago vacío, el espectro palmeó el helado interior.

—Regresa al ataúd.

Rikus negó con la cabeza y retrocedió, listo para alzar la espada si lo atacaba.

—Déjame salir de esta tumba.

—El tiempo de los cuerpos carnales ha pasado ya, Borys —insistió ella, sin prestar atención a su exigencia.

—¿Quién es Borys?

Una expresión angustiada apareció en el rostro traslúcido del espectro.

—El Decimotercer Campeón de Rajaat, Borys de Ebe —respondió ella, apoyando una mano etérea sobre el pecho del mul—. El Carnicero de los Enanos. Tú.

—¿Yo? —exclamó Rikus. Sacudió la cabeza violentamente—. No.

Ella le acarició la mejilla con la gélida mano. En una mujer viva, el gesto podría haber resultado cariñoso, pero viniendo de un fantasma parecía autoritario y amenazador.

—¿Has olvidado a tus caballeros? ¿Es por eso por lo que has estado fuera tanto tiempo?

—Cometes un error —insistió el mul, apartándose de la tenebrosa figura de la mujer—. Soy Rikus, el hombre libre de Tyr.

—No digas esas cosas, Borys. No hay nada que temer. Muere y reúnete con tus seguidores, tal y como deberías haber hecho hace mil años.

—¿Cómo sabes que Borys no está muerto? —inquirió Rikus, deteniéndose justo fuera del alcance de su mano—. A lo mejor murió en otro lugar.

—Sabes que eso no puede ser —respondió ella muy segura de sí.

—¿Por qué no?

El espectro señaló el oscuro ópalo de la tapa rota del sarcófago de Rikus.

—Si estuvieras muerto, tu espíritu habría regresado para iluminar la joya.

Rikus contempló el ópalo, indeciso sobre lo que debía hacer. Convencer al fantasma de que él no era Borys, podía provocar que este lo atacara; por otra parte, tampoco tenía nada que ganar si lo engañaba, ya que la mujer había dejado muy claro que quería a Borys muerto.

Tras una ligera vacilación, el mul señaló la joya, diciendo:

—Puede que Borys siga vivo, pero yo no soy él. No sabría encender ese ópalo aunque quisiera. —Se acercó al bajorrelieve que mostraba a Borys asesinando enanos—. Ni siquiera me parezco a tu campeón.

El espectro flotó tras el mul y, antes de que este pudiera apartarse, le tocó ligeramente los costados de la cabeza con los sombríos dedos.

—No tendría nada de extraño que tu aspecto hubiera cambiado con los años, en especial si te afeitas la barba y te cortas las orejas. Sigo sabiendo perfectamente quién eres.

—¿Cómo puedes estar tan segura? —inquirió el mul, desasiéndose del fantasma.

—¿No es el Azote de Rkard lo que empuñas? —respondió, indicando la espada.

—Eso no me convierte en Borys de Ebe —repuso Rikus, anonadado.

—¿Qué otro podría haberse apoderado del cinturón de los enanos? —inquirió, bajando la mirada hasta el Cinturón de Mando—. Sólo Borys.

—Esto me lo dieron…

—Devuelve el cuerpo al ataúd —ordenó el espectro, enfureciéndose de repente—. Estamos ansiosos por convocar a Rajaat.

Avanzó hacia él, extendiendo los brazos para sujetarlo por los hombros.

—No soy quien tú crees —insistió Rikus, alzando la espada.

El rostro traslúcido del fantasma se torció en una expresión de cólera y pesar.

—Después de todo lo que compartimos, ¿levantarías tu arma contra mí?

—Sí… ¡porque no soy Borys! —aulló el mul, la exasperación venciendo al miedo que sentía en presencia del espectro.

—¡Lo eres! —afirmó, deslizándose hacia él con una mano extendida.

Rikus intentó golpear el brazo con su espada, pero ella lo apartó antes de que la hoja pudiera tocarlo.

—Deja que te toque —ordenó—. Desharé la magia que te ciega.

—¿Y si no hay tal magia? —preguntó Rikus, esperando haber encontrado, por fin, una forma de convencerla de su identidad—. ¿Me dejarás marchar?

—Únicamente Borys puede encender el ópalo. No hay motivo para retener a nadie más aquí.

Rikus bajó la espada, pero no la envainó. No estaba ni mucho menos seguro de poder confiar en la palabra de la mujer, pero aún estaba menos seguro de poder ganar un combate contra un espectro.

El fantasma posó la mano sobre la quemadura que el mul tenía en la mitad del pecho; este sintió la presión de la mano, pero no experimentó el dolor que suponía debería haber sentido al tocarle la herida. La mujer cerró los transparentes ojos y luego dijo:

—Borys, ha pasado tanto tiempo…

—No soy…

El mul calló a mitad de la frase, cuando la mano del fantasma se tornó incorpórea de improviso. Un hormigueo aterrador se extendió por su cuerpo, y, mientras la contemplaba horrorizado, la mano empezó a atravesar carne y huesos. Rikus se oyó respirar con jadeos entrecortados y aterrados; un poderoso escalofrío le recorrió la columna vertebral cuando la mano se hundió aún más en el pecho.

Un dolor terrible se extendió por todo su cuerpo, seguido de una picazón morbosa cuando los dedos de ella se cerraron sobre su corazón. Rikus intentó levantar la espada, pero descubrió que estaba demasiado aterrado para hacer otra cosa que temblar.

El espectro clavó los ojos en los del gladiador. Los ojos de la mujer llameaban.

—¿Qué es esto? —exclamó en tono indignado—. ¡Un cruce de humano y enano, y un caballero de los repugnantes reyes de Kemalok!

Los gélidos dedos oprimieron el corazón del mul, y Rikus sintió como si le hubieran arrojado una columna de granito sobre el pecho. Retrocedió, pero la mano del espectro continuó cerrada alrededor de su corazón. La mujer flotó por el aire tras él, su cuerpo balanceándose sobre el suelo como un estandarte ondeando al viento. El corazón de Rikus se esforzó por latir oponiéndose a su implacable apretón, pero cada latido surgía más fatigoso y tras un intervalo de tiempo mayor; empezó a sentirse mareado y pronto incluso su respiración se volvió resollante.

—¿Qué hay de tu palabra? —jadeó, obligándose a mirar al ser a los ojos.

Ella apretó con tanta fuerza que el mul pensó que el corazón le iba a estallar. Los oídos empezaron a zumbarle, y la amargura de la inconsistencia le llenó la boca.

Encontrando renovadas fuerzas en la certeza de su inminente muerte, Rikus levantó el Azote de Rkard para atacar. El espectro apretó aún con más fuerza; Rikus soltó la espada y, mientras esta chocaba contra el suelo con un ruido metálico, lanzó un grito de desesperación, todo su cuerpo poseído de un sufrimiento tal que ya no podía controlar sus propios músculos.

—¡Idiota! Mientras sujete tu corazón, puedo leer lo que hay en él —siseó el espectro—. Por eso sé que me dices la verdad. No eres Borys.

Aflojó un poco la mano justo lo suficiente para dejar que el corazón del mul latiera débilmente. El gladiador se desplomó de rodillas, temiendo que ella lo matara.

—Antes de morir, habla a mis compañeros sobre Kemalok —exigió el espectro.

Rikus levantó la mirada y vio a más fantasmas surgiendo de las relucientes joyas que adornaban los ataúdes. Al igual que el que le sujetaba el corazón, eran grises y sin forma, meras siluetas de hombres y mujeres muertos largo tiempo atrás. Sus rostros eran agrios y repugnantes, deformados en máscaras transparentes que recordaban los semblantes de los sarcófagos de los que habían salido.

—Kemalok sigue existiendo —jadeó el mul, respondiendo a la pregunta de su capturador.

—Hay más —dijo el espectro—. Cuéntaselo a los demás.

—La ciudad ha permanecido enterrada durante mil años, puede que más —añadió, realizando un gran esfuerzo para conseguir llevar cada palabra a los labios. Deseaba desesperadamente atacar al fantasma, luchar de alguna forma por su vida; por desgracia, el Azote de Rkard yacía en el suelo fuera de su alcance y, aun cuando sus manos desnudas pudieran herir al espectro, no imaginaba cómo podía esperar atacar cuando ella conocía todos sus pensamientos—. Por lo que vi, Kemalok no fue saqueada jamás.

Los espectros sisearon entre ellos en tonos llenos de desconcierto. Uno de ellos preguntó con profunda voz áspera:

—¿Y qué hay de Borys?

—Mató a Rkard, pero el cadáver del rey todavía guarda su ciudad —respondió Rikus—. No sé lo que le sucedió a Borys.

—Tienes que saberlo —argumentó otro. La voz de este, que era una mujer, era suave y afable, pero con un siniestro trasfondo que le produjo un escalofrío al mul—. Llevas su espada.

Rikus negó con la cabeza, porque se encontraba ya demasiado débil para desperdiciar energías en simples negativas.

—No hay mentira en su corazón —afirmó la mujer que lo sujetaba—. La espada se la dieron.

—Entonces no nos sirve de nada —repuso la voz áspera—. Mátalo.

—Esperad —tosió Rikus. No obstante la urgencia de su súplica, su voz surgió débil y apagada—. Los enanos mantenían unas crónicas.

El libro de los reyes de Kemalok —dijo el espectro de voz suave—. ¿Qué pasa con él?

—Mencionaba el Azote de Rkard —repuso Rikus—. A lo mejor explica lo que le sucedió a Borys.

—Entonces dánoslo, o haremos que tu muerte sea de lo más dolorosa —ordenó otro fantasma.

Rikus negó con la cabeza, y tuvo que esperar al próximo latido de su maltratado corazón para reunir las fuerzas necesarias para contestar.

—Robaron el libro. Intento recuperarlo.

—¿Y esperas que creamos que lo traerás aquí? —siseó la mujer que le sujetaba el corazón. Cerró la mano con más fuerza, y el corazón del mul dejó de latir; su visión se redujo a un diminuto túnel de luz.

—Catrion, deja que hable —interpuso el hombre de la voz áspera.

La mujer aflojó bruscamente el brutal apretón, y el corazón de Rikus empezó a latir con increíble fervor.

—Está vivo, Nikolos.

—Bien. —El espectro al que habían llamado Nikolos flotó hasta Rikus, diciendo—: A menos que averigüemos qué le sucedió a Borys, Rajaat no vendrá jamás. —Apareció ante el mul, con ojos resplandecientes como amatistas moradas—. Nos ayudarás, o de lo contrario sentirás la cólera de Rajaat.

—Lo haré —asintió Rikus.

—Miente, Nikolos —informó Catrion.

Rikus se maldijo interiormente. Había comprendido finalmente que engañar a los espectros era su única esperanza de sobrevivir, pero, por desgracia, eso resultaría difícil mientras supieran qué pasaba por su mente.

—Ahora intenta engañarnos —dijo Catrion, volviendo a cerrar la mano alrededor de su corazón—. Lo mataré.

—No —dijo la voz de un espectro femenino—; hemos esperado a Borys más que suficiente. Es hora de averiguar qué le sucedió. Simplemente tenemos que asegurarnos de que este semienano mantenga su palabra.

—¿Cómo podremos hacerlo, Tamar? —replicó Catrion.

Por toda respuesta, el espectro de voz afable pasó la grisácea mano sobre el enorme rubí incrustado en la tapa de su sarcófago. La piedra se alzó de su engaste y flotó bajo su mano mientras ella avanzaba por el aire hacia Rikus.

—Iré con él —anunció Tamar.

Catrion retiró la mano del pecho del mul, mientras Tamar cerraba los espectrales dedos sobre el reluciente rubí. Rayos de luz rojiza surgieron de entre sus dedos y danzaron ante los ojos de Rikus formando un dibujo hipnotizador.

El mul se lanzó hacia la espada, pero cuando consiguió aferrar su empuñadura se encontró con Catrion y Nikolos inclinados sobre él, contemplándolo con ojos llameantes.

—No podrías destruir a uno solo de nosotros, y mucho menos a doce —dijo Catrion.

—Haz lo que te exigimos, y vivirás al menos hasta que se recupere el libro —añadió Nikolos; posó la mano en el cogote del mul, y Rikus sintió un hormigueo angustioso cuando los dedos del espectro resbalaron por su columna—. De lo contrario, morirás aquí.

Rikus apartó la mano de la empuñadura de la espada y volvió a ponerse de rodillas.

Tamar hundió entonces el fantasmal puño en el pecho del mul, quien en un principio experimentó tan sólo el extraño escozor que había sentido cuando la mano de Catrion le agarró el corazón. No obstante, cuando el rubí penetró en su carne, pareció como si alguien acabara de plantar un ascua encendida en su corazón.

Con un alarido angustiado, golpeó al espectro con el brazo sano, pero el puño atravesó el cuerpo sin causar el menor daño; entonces la mano de Nikolos lo sujetó por el cuello con fuerza y lo obligó a incorporarse. La joya de Tamar continuó hundiéndose en su pecho durante lo que le pareció una insoportable eternidad.

Por fin, el dolor remitió. El cuerpo del espectro se introdujo en el rubí en forma de fino hilillo oscuro, y, cuando Rikus bajó la vista, descubrió que Tamar había colocado la piedra en el interior de su pecho, con una faceta expuesta y atisbando por debajo de la piel como un ojo enrojecido.

Te acompañaré allí donde vayas, dijo la mujer, y su voz suave resonó en su interior junto con sus propios latidos. Veré lo que tú veas, oiré lo que tú oigas, y sabré lo que piensas. Si nos traicionas, desearás que hubiera dejado que Catrion te matara aquí.

Para acentuar la amenaza, un dolor abrasador se apoderó del cuerpo del mui, quien jadeó, para luego asentir despacio con la cabeza.

Muy bien, dijo ella. Puedes sobrevivir para servir a nuestros objetivos.

Rikus recuperó el arma y se irguió.

—¿Puedo marcharme?

Los ojos de Catrion centellearon con un brillante color amarillo.

—Sígueme —le ordenó.

Dicho esto, avanzó hasta el bajorrelieve que la mostraba en su matanza de los enanos de la caverna y se detuvo ante él durante unos instantes; entonces las figuras se animaron poco a poco y se apartaron del centro del panel. Cuando hubieron dejado vacía una zona del tamaño de un hombre, una parte de la piedra en forma de puerta se oscureció hasta volverse negra como el azabache. Catrion penetró en la negra superficie y desapareció.

Síguela, aconsejó Tamar. El portal no permanecerá abierto mucho tiempo.

Rikus extendió la mano para tocar la ennegrecida pared y descubrió que no había nada. Penetró en el portal y apareció al instante en la pequeña estancia donde había luchado con Umbra. Junto a él se encontraba una de las estatuas de las galerías exteriores de la ciudadela; se trataba del mismo hombre alto y enjuto que atacaba a los enanos en uno de los paneles del interior de la tumba, y mantenía los brazos extendidos al frente como si transportara algo.

—Eso no estaba aquí cuando bajé —observó Rikus.

Nikolos lo utilizó para traerte aquí abajo, explicó Tamar. Fuera de nuestra tumba, nos resulta difícil tocar directamente las cosas materiales. En lugar de ello, utilizamos nuestro poder para animar las estatuas.

Rikus asintió y se dirigió al lugar donde se había arrojado sobre las llamas traídas por Umbra. A la sombra gigante no se la veía por ninguna parte, pero las losas sobre las que había caído estaban manchadas de negro y tenían un tacto frío. El mul sonrió.

—¿Lo maté, no es así?

—¿A quién? —inquirió Catrion.

—Umbra —dijo Rikus, señalando las losas—. La bestia contra la que luchaba cuando resulté herido.

—No vimos a ninguna bestia —respondió Catrion con sencillez; luego indicó con una mano la escalera—. Se sale por ahí.

Rikus se encogió de hombros y ascendió la escalera. Si Umbra no había muerto aquí, lo que sí era seguro es que habría sufrido una herida terrible. Por el momento, el mul se daba por satisfecho con eso.

Tras subir la escalera hasta la sala circular en la que había caído antes, Rikus encontró el corredor que conducía al primer balcón. Por la luz violácea que inundaba el pasillo, coligió que en el exterior se acercaba el anochecer.

—¡He estado aquí toda la tarde! —exclamó el mul, deslizándose por entre las elevadas paredes de mármol y avanzando con paso rápido hacia el exterior. Nunca había deseado tanto abandonar un lugar como esta ciudadela.

Cuando salió al ventoso balcón, no pudo evitar una exclamación. El campo de batalla a los pies de la fortaleza se encontraba bañado por las sombras moradas del atardecer, pero quedaba luz suficiente para que pudiera ver que estaba desierto… a excepción de cientos de esqueletos urikitas y del rebaño de kes’trekels que los habían pelado.

—¡Neeva! —aulló Rikus, sujetando la empuñadura de su espada para que su magia lo ayudara a escuchar una respuesta.

Nada llegó a sus oídos excepto el ruido producido por los kes’trekels, que partían los huesos con sus poderosos picos y arañaban con sus afiladas garras en busca del tuétano.