16: La Víbora Fantasma suelta amarras

16

«La Víbora Fantasma» suelta amarras

Agis, el sonido de los dientes al roer la cuerda le recordaba a una rata del pharo arañando las piedras de un silo de espinas, aunque él podía perder algo mucho más valioso que unas cuantas fanegas de agujas. Cada vez que los dientes de Wyan se cerraban sobre la cuerda, la vibración resultante se volvía increíblemente aguda. No pasaría mucho tiempo antes de que la soga se partiera y precipitara al noble de cabeza contra la cubierta translúcida del pozo de cristal.

—Dejarme caer no te servirá de nada —advirtió Agis.

El noble hizo un esfuerzo por rechazar la negra cortina de la inconsciencia. Incluso sin la carga de un brazo roto, llevaba demasiado tiempo colgado boca abajo y sudando bajo el sol. Su cuerpo deshidratado se encontraba casi al límite de su resistencia; a pesar de lo acostumbrado que estaba al dolor, no tardaría en llegar el momento en que simplemente perdiera el sentido.

Wyan dejó de masticar y descendió flotando para mirar al noble a los ojos.

—Si no quieres caer, entrégame a Tithian y al Oráculo.

—¿Qué te hace estar tan seguro de que los tengo?

—No soy un idiota —replicó Wyan—. Vi lo que sucedió cuando abriste el morral. La magia de la lente oscura se desparramó fuera para reparar la tapa de cristal. Y si el Oráculo está ahí dentro, también debe estar Tithian. No se separaría de él.

—Puede ser —dijo Agis—. Pero los voy a llevar a él y al Oráculo de regreso a Tyr.

—Te resultará difícil con el cuello roto —contestó Wyan, y empezó a flotar hacia arriba.

—¡Espera!

La cabeza abrió la boca en la parodia de una sonrisa.

—¿Cambiaste de idea?

—No —respondió Agis, clavando los ojos en los ojos descoloridos de Wyan—. Pero estoy seguro de que tú sí cambiarás la tuya.

Mientras hablaba, el noble creó una imagen mental de un kes’trekel carroñero, y un chorro de energía surgió de las profundidades de su cuerpo. Envió a la rapaz de plumas grises volando hacia su atormentador. Agis percibió un ligero hormigueo cuando la sonda lo abandonó, y luego vio cómo sus alas andrajosas centelleaban en los dos iris grises de los ojos de Wyan. Al cabo de un instante, la criatura desapareció en las tinieblas del otro lado, transportando con ella una parte del intelecto de su creador.

Agis se quedó atónito ante lo que encontró. El interior de la mente de Wyan era la cosa más desolada que había visto jamás, una llanura enorme cubierta de un extremo a otro con los cadáveres de hombres y mujeres diminutos. Tenían la mitad del tamaño de los halflings, y en sus espaldas crecían unas alas plateadas parecidas a las de las polillas. Todos poseían facciones delgadas y afiladas, orejas puntiagudas y ojos pálidos y sin vida.

No había nada más en el interior del intelecto de Wyan; en toda la amplia extensión de terreno bajo el kes’trekel, el noble no pudo descubrir un solo pensamiento animado. Agis hizo descender el ave sobre los cadáveres. Como correspondía a su naturaleza, la rapaz hincó las zarpas en el espantoso festín y empezó a tragar los diminutos cuerpos casi enteros.

Al no recibir respuesta, el noble empezó a sentirse confundido. La carne muerta era la sustancia de que estaba hecha la mente de Wyan, y el que la devoraran tendría que haberle ocasionado un dolor tan insoportable que no habría podido evitar contraatacar. Sin embargo a la decapitada cabeza no parecía importarle que el kes’trekel engullera todo lo que quisiera.

Tras permitir que el ave se atiborrara, Agis imaginó que el kes’trekel se transformaba en el hermano-animal de Fylo. Un nuevo chorro de energía surgió de su interior, y el estrecho lomo de la rapaz se ensanchó hasta alcanzar el tamaño de un oso, mientras sus plumas se convertían en placas óseas. La bestia empezó a pegar zarpazos a los diminutos cuerpos, arrojándolos a un lado y cavando un enorme y profundo foso.

El oso había cavado ya más de doce metros, y Agis seguía sin ver nada que no fueran más cadáveres alados. Para entonces, el noble había consumido tanta energía espiritual que dudó de que pudiera ganar una batalla incluso aunque encontrara un pensamiento animado. Interrumpió el flujo de energía y retiró la sonda.

—¿Satisfecho? —preguntó Wyan, y sus ojos grises centellearon divertidos.

Agis aspiró con fuerza varias veces.

—¿Cómo es que no he podido obligarte a salir?

Con voz satisfecha, la cabeza respondió:

—Mi cerebro está en paz. Cumplí el deseo de mi vida hace mucho tiempo: cuando maté al último duende. —Wyan se acercó más al morral que el noble sostenía y preguntó—: ¿Me darás ahora el saco?

—No —respondió Agis, al tiempo que lo sujetaba con más fuerza.

Mientras lo hacía, el noble se aseguró de mantener la boca del morral abierta y señalando a la cubierta del foso a sus pies, de modo que la energía del Oráculo continuara fluyendo al interior del cristal. Hasta que estuviera libre, tenía la intención de mantener la tapa intacta, por si acaso Mag’r había sobrevivido a la caída.

Wyan suspiró con fingida desilusión, luego hizo rechinar los dientes y volvió a elevarse en el aire.

—No me dejas elección —dijo—. Tithian se sentirá decepcionado de todos modos. Creo que pensaba matarte él mismo.

—Jamás tendrá esa oportunidad —respondió Agis—. Si caigo contra esa tapa, tanto mi cuerpo como este morral se hundirán a través de ella antes de que puedas alcanzamos.

Para ilustrar sus palabras, Agis introdujo la mano del brazo roto en el interior del morral. Acto seguido, imaginó algo que sin duda Tithian habría guardado en su interior: una moneda de plata. A los pocos instantes, su palma estaba llena de ellas; el noble retiró la mano y dejó que las monedas resbalaran por entre sus dedos. Estas chocaron contra la tapa con un tintineo cristalino, luego se fundieron con ella y cayeron al pozo.

—¿Crees realmente que después de que se rompa la soga podrás descender a toda velocidad hasta la tapa y arrancar el morral de mi abrazo mortal antes de que me hunda? —preguntó Agis.

—No —admitió la cabeza—. Pero no te soltaré hasta que tenga el saco.

—En ese caso, parece que estamos empatados —sugirió el noble.

—No lo creo —repuso Wyan, mirando en dirección al cuerpo inconsciente de Fylo—. Creo que es hora de tomar un bocado.

Dicho esto, se lanzó a toda velocidad en dirección al cuello del gigante.

—¡No lo hagas! —chilló Agis—. Juro que…

—No harás nada mientras sigas colgado ahí —dijo Wyan, acomodándose sobre el gaznate de Fylo.

La larga lengua de la cabeza se deslizó por entre los dientes y empezó a palpar el costado del cuello del gigante. Al cabo de un momento, dejó de palpar, y Wyan se colocó sobre el lugar que había tocado.

—Un precioso pulso regular —le comunicó la cabeza—. Yo diría que esto es sin lugar a dudas la yugular.

La cabeza hundió los dientes en la carne del gigante y le arrancó un bocado de carne ensangrentada. Un gemido ahogado escapó de los labios de Fylo. Su cabeza se inclinó en dirección a Agis, pero no hizo ningún otro movimiento.

—¡Para! —exigió Agis.

Wyan miró al noble.

—Desde luego que no. Unos cuantos mordiscos más, y me daré el mayor festín que me haya dado en siglos…, a menos, claro está, que me des el morral.

El noble sacudió la cabeza.

—J amás terminarás tu comida —amenazó Agis—. Sin ti aquí para hostigarme, no tardaré en soltarme de estas ligaduras.

—Ya me doy cuenta —dijo Wyan—. Pero para entonces, este recinto estará cubierto por un lago de la sangre de tu querido gigante. Es una pena que Sacha no esté aquí para compartirlo conmigo.

Tras decir esto, hundió los dientes en el cuello de Fylo y arrancó otro pedazo de carne. El gigante volvió a gemir, y en esta ocasión sus ojos parpadearon. De todos modos, Agis dudó de que Fylo se despertara a tiempo de salvarse.

Mentalmente, el noble se imaginó a sí mismo como una flecha en un arco tensado, a la vez que reunía toda la energía espiritual que le quedaba para animar la imagen. En cuanto estuvo lista, miró en dirección a Fylo, esperando el siguiente mordisco de Wyan y deseando al mismo tiempo que no fuera el que lanzara la sangre del gigante por los aires como un surtidor.

Wyan escupió la carne, y luego empezó a lamer la herida con la lengua.

—Sabroso —le gritó—. Esto me gustará.

Agis lanzó la flecha, dirigiendo la sonda directamente a la negra pupila de uno de los ojos del gigante. En su interior, el noble se encontró flotando en una neblina negra, iluminada únicamente por lejanas llamaradas parpadeantes de dolor.

—¡Fylo! —chilló Agis—. ¡Tienes que despertar, corres un terrible peligro!

La cabeza del gigante, bajo el aspecto del sol de la mañana, asomó en el horizonte oriental.

—Marcha —dijo, su voz retumbando en la oscuridad como un terremoto—. Fylo herido.

El sol se hundió en el horizonte, sumiendo de nuevo la mente del gigante en una completa oscuridad. Agis sintió que se estrellaba contra algo duro y pedregoso, cayó rodando por una ladera rocosa y por fin se detuvo sobre la escarpada superficie de una repisa rota.

—¡Fylo, regresa! —aulló Agis, utilizando el Sendero para que su voz fuera tan potente como la del gigante—. Soy tu amigo, Agis.

Una aureola de luz roja apareció de improviso sobre el horizonte, y el noble se atrevió a pensar que había despertado al dormido gigante, pero su esperanza fue efímera. El resplandor se apagó al cabo de un instante, sin que en esta ocasión hubiera asomado siquiera la parte superior de la cabeza de Fylo.

—¡Fylo, necesito tu ayuda! —gritó Agis—. Tienes que despertar y ayudarme.

Esta vez la aureola surgió de forma más gradual, seguida por el refulgente disco de la cabeza de Fylo, y pronto incluso sus ojos aparecieron por encima del oscuro horizonte, hasta que finalmente todo el rostro resplandeciente se alzó en el cielo, para iluminar un archipiélago de escarpados pensamientos en forma de islas que sobresalían en el oscuro y embravecido mar del dolor del gigante.

—¿Qué necesitar Agis? —preguntó Fylo, bajando los ojos hacia la montañosa isla en la que el noble se había estrellado.

La voz del gigante silbó por entre el archipiélago como un huracán, levantando sombrías trombas de polvo y creando una neblina negra que oscurecía su rostro.

—Necesito que despiertes —respondió el noble—. Wyan intenta abrirte la garganta a mordiscos, y yo estoy colgado de un caballete sobre el pozo de cristal. Si no abres los ojos, los dos moriremos…

Su frase se vio interrumpida de improviso al desaparecer la piedra de debajo de sus pies. Una luz cegadora estalló sobre el archipiélago, y su sonda se convirtió en cenizas con un fogonazo de dolor. Agis se encontró totalmente fuera de la mente de Fylo, y al principio temió que la muerte del gigante hubiera provocado su expulsión.

Entonces escuchó la voz colérica de Fylo resonando en las paredes del recinto y supo que no era así. Junto al borde del pozo, el mestizo se sentó de repente y arrancó a Wyan de su garganta. Los dientes de la cabeza estaban cerrados sobre la pared gris de una gruesa vena, y Agis temió que, al arrancar a su atacante, el gigante no fuera a desgarrar su propia vena.

Antes de que eso sucediera, Fylo dejó de tirar y apretó la cabeza entre sus dedos. Wyan abrió la boca, y el gigante arrojó a su atacante lejos de sí. La cabeza fue a chocar contra un muro lejano con un impacto que habría abierto el cráneo de un hombre normal, pero Wyan se limitó a rebotar y flotar en el aire, bamboleante pero ileso.

Fylo sacudió la cabeza para aclararla, y luego se llevó la mano a la horrible herida que tenía en el lugar donde su hombro había sido atravesado por el cristal. Mientras sus dedos exploraban el enorme agujero, hizo una mueca de dolor y miró al noble con expresión aturdida.

Agis lanzó una nerviosa mirada en dirección a Wyan y vio que la cabeza empezaba a recuperar el equilibrio.

—¡Fylo, bájame de aquí!

Contemplando al noble con ojos bizqueantes, el gigante se incorporó sobre manos y rodillas, luego se arrastró hasta las zapatas del puente y, con un sonoro gemido, utilizó el brazo sano para ponerse en pie. Extendió el brazo en dirección al noble, y de pronto apartó la mano bruscamente y se apoyó contra el puente. Sus ojos se cerraron. Empezó a balancearse, y Agis pensó que iba a desplomarse.

Wyan flotó en dirección al pozo describiendo una trayectoria zigzagueante e insegura.

—¡Fylo, date prisa! —llamó Agis.

El gigante abrió los ojos, luego extendió una mano temblorosa y agarró la cuerda que sujetaba al noble apartándola del caballete. Pero cuando intentó tirar del noble hacia él, la soga se tensó en su punto de sujeción y estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. Con un gruñido enojado, Fylo se apartó violentamente del pozo a la vez que daba un fuerte tirón a la cuerda que sujetaba. Agis escuchó el chasquido de la piedra, y entonces la barandilla a la que estaba atada la soga se rompió. Fylo se tambaleó atrás y agitó los brazos desesperadamente para no caer.

La cuerda resbaló de la mano del gigante, y Agis salió volando por los aires para ir a estrellarse no muy lejos de allí contra el suelo de piedra del recinto y, tras rodar sobre sí mismo más veces de las que podía contar, acabó deteniéndose al pie de una pared de cristal. A pesar de las tremendas punzadas de dolor que recorrían su brazo roto, el morral de Tithian siguió firmemente sujeto en la mano sana. Sin saber cómo, incluso había conseguido mantener la boca del mismo dirigida en dirección al pozo de cristal.

Wyan se abalanzó sobre Agis. La cabeza cerró los dientes con fuerza sobre el borde de la abertura del saco, y luego empezó a tirar en un intento por conseguir que lo soltara.

* * *

—¡Wyan! —exclamó Sacha con voz ahogada.

—Ya veo quién es —gruñó Tithian—. ¡Dile que no se mueva!

Al igual que Sacha, el rey contemplaba fijamente la cabeza cetrina que acababa de aparecer en la neblina gris que se extendía ante ellos. Resultaba visible tan sólo desde el labio superior hasta la frente, como si los contemplara a través de la estrecha abertura. Lo que era más importante, al menos desde el punto de vista de Tithian, era que había aparecido justo delante de ellos, lo que sugería que seguía volando en la dirección correcta.

Un poco antes, un chorro de energía mística había empezado a salir de la lente oscura, y Tithian había comenzado a volar en la misma dirección en que este discurría, con la esperanza de que lo condujera a la salida. Pero a pesar de la fuerza con que había agitado las alas, nunca parecía llegar al final del reluciente rayo, y casi había dejado de seguirlo, temiendo que el esfuerzo resultaría tan inútil como todos los demás intentos que había hecho para escapar de aquel lugar.

Entonces el rayo había parpadeado varias veces, y ahora, ahí estaba Wyan, mirándolos. Sólo podía significar que se acercaban a la salida. Tithian agitó las alas con renovadas energías, arrastrando la lente y a Sacha a través del mundo gris tan deprisa como le era posible.

—Wyan, ¿nos ves? —preguntó Tithian.

¿Quién?, respondió la cabeza. En lugar de hablar, utilizó el Sendero para hacer su pregunta.

—¡Tithian y Sacha, idiota! —espetó Sacha—. Estamos en el saco.

Ya lo pensaba, respondió él. Salid.

—¡Lo intentamos! —aulló Tithian.

No obstante los denodados esfuerzos del monarca, ni él ni Sacha parecían encontrarse más cerca de Wyan de lo que habían estado momentos antes.

¡Daos prisa! No podré seguir luchando contra él mucho más tiempo, replicó la cabeza.

—¿Contra quién luchas? —quiso saber Tithian—. ¿Qué sucede?

Agis tiene el saco, informó Wyan. Yo lo sujeto con los dientes, y estoy intentando arrebatárselo, pero lo sujeta muy fuerte. Y Fylo no tardará en venir a ayudarlo.

—En ese caso, sácanos de aquí —ordenó Tithian.

¿Cómo?, exigió Wyan. Tal y como va la pelea, no tardaré en reunirme con vosotros.

—¡No! —gritaron Tithian y Sacha a la vez.

—Pase lo que pase, no dejes que te meta aquí dentro. Estaríamos todos atrapados —añadió el rey.

¿Qué queréis que haga?, inquirió la cabeza.

El rey pensó unos instantes, y luego dijo:

—Antes de quedar atrapado aquí dentro, oí las catapultas de La Víbora Fantasma. ¿Puede aún navegar por el polvo, y sigue viva la tripulación?

Probablemente, respondió Wyan. Mag’r ha estado muy ocupado desde que terminó la batalla. No creo que hundir el barco baya sido una de sus prioridades.

Tithian sonrió, y deslizó sus dedos llenos de manchas amarillentas sobre la daga con empuñadura en forma de cabeza de serpiente que llevaba al cinto.

—Estupendo —dijo—. Asegúrate de que Agis los vea antes de marchar, Wyan.

¿Y después?

—Eso es todo —respondió el monarca—. Agis hará el resto por nosotros.

* * *

Wyan soltó de repente el morral.

—Tú ganas —anunció, retrocediendo—. Hemos de salir de aquí.

—¿Qué? —interrogó Agis—. ¿Te rindes?

—Por ahora —reconoció la cabeza—. Después de los gritos que dio Fylo cuando le mordí la garganta, los joorsh no tardarán en llegar. Ahora quédate quieto, y romperé las ligaduras con los dientes. —Wyan flotó hasta Agis y empezó a roer la cuerda.

Cuando esta se aflojó, el noble empezó a desenrollar la cuerda él mismo.

—Es suficiente —dijo.

Wyan flotó a un lado y aguardó pacientemente mientras el noble acababa de desatar sus piernas y se incorporaba.

—No te acerques demasiado —advirtió Agis—. No confío en tu cambio de opinión.

—Claro que no. Me conoces muy bien para eso —rio sarcástica la cabeza—. Pero será más fácil arrebatarte a ti el morral que a los gigantes.

—No estés muy seguro de eso —replicó Agis.

Fylo se acercó a ellos. El gigante parecía encontrarse sólo un poco mejor que antes, aunque aparentemente había recuperado el equilibrio lo suficiente para mantenerse de pie sin ayuda.

—¿Ahora qué, amigo? —preguntó.

—Nos vamos —respondió Agis, lanzando una mirada furiosa y suspicaz a Wyan.

—Yo soy el más insignificante de tus problemas —se mofó la cabeza, desviando la vista.

Agis siguió la dirección de su mirada y se encontró con que el joven ayudante de Mag’r, Beort, había conseguido finalmente seguir el rastro de su señor. El muchacho estaba en la entrada, con los ojos fijos en Agis y los otros.

—¿Dónde está el jalifa Mag’r? —inquirió.

—No aquí. —Fylo se encogió de hombros y paseó la mirada por el recinto.

—Tiene que estar aquí. —El muchacho señaló a Agis—. Ese es su prisionero.

Fylo no pareció saber qué contestar, de modo que fue Agis quien habló.

—El jalifa le dijo que me vigilara.

El joven gigante contempló a Fylo ceñudo, y luego preguntó:

—¿Quién eres, feo?

—Yo Fylo —respondió el gigante mestizo con voz cortante.

—Nunca he oído hablar de ningún Fylo…

El muchacho dejó la frase sin terminar y retrocedió por la entrada, con los ojos cada vez más abiertos. Fylo arrancó un cristal de la pared e hizo ademán de arrojarlo contra él.

—¡No!, es sólo un chiquillo —aulló Agis—. Además, si lo atacamos fuera del recinto daríamos la alarma. Levántame, y salgamos de aquí.

El gigante hizo lo que le pedía y salió cojeando por la puerta. Una vez en el exterior, el noble vio a Beort abriéndose paso hasta el otro extremo de la explanada, donde el jefe Nuta seguía exponiendo los peligros de guardar el Oráculo más allá del tiempo establecido. El joven gigante gritaba pidiendo ayuda, y los guerreros joorsh se volvían ya para ver qué sucedía.

—¿Dónde ir? —preguntó Fylo mientras sus ojos escudriñaban la ciudadela en busca de una ruta de escape factible.

—En tu estado, no existe más que una forma de salir de aquí —dijo Wyan—. Tendrás que cruzar las puertas.

Fylo abrió los ojos de par en par.

—Jalifa Mag’r listo —protestó—. Poner guardas allí.

—Wyan tiene razón —intervino Agis—. Ninguno de nosotros está en condiciones de escalar muros o descender por acantilados. Te diré cómo conseguir pasar por entre los centinelas de camino allí.

Cuando llegaron al sendero que descendía hasta el patio, el jefe Nuta iba ya tras ellos con una docena de gigantes. Los perseguidores se encontraban aún cerca del extremo posterior de la ciudadela, pero sus gritos furiosos resonaban por todo el Castillo Salvaje. En cada rincón de la fortaleza, guerreros joorsh exhaustos se levantaban de sus campamentos y miraban en dirección al origen del alboroto.

Fylo permaneció tranquilo, tal y como el noble le había indicado, y se pasó la mano por la barba. Agis agarró una grasienta trenza de cabello y se colgó de ella, con Wyan flotando no muy lejos. Luego, sin mirar atrás hacia sus perseguidores, el gigante levantó una roca enorme y descendió pesadamente con ella hasta el patio cubierto de cascotes.

En el otro extremo, dos centinelas fatigados custodiaban la enorme abertura que señalaba el lugar en el que habían estado las puertas. Parecían más perplejos que preocupados por el alboroto que se escuchaba en lo alto. Aunque se habían levantado de los bloques de piedra en los que habían estado sentados, los pesados garrotes seguían apoyados contra los destrozados restos de la pared Uno de ellos ni siquiera miraba a Fylo, sino que mantenía la atención fija en algo situado fuera del castillo, en la bahía de la Aflicción.

Cuando Fylo se acercó con su carga, el centinela que lo observaba enarcó una ceja con expresión desconcertada. El mestizo no le prestó atención, y mantuvo los ojos clavados en el suelo mientras intentaba salir por la puerta sin tener que dar una explicación.

El centinela, un gigante barrigudo con el tatuaje de una cabra en la frente, extendió una mano para detener a Fylo.

—¿Qué sucede en el castillo? —preguntó.

—Cabeza de bestia —respondió Fylo.

El segundo guardia que parecía casi delgado en comparación con el primero, desvió la mirada de la bahía de la Aflicción.

—Ya sabemos que son cabeza de bestia —dijo sarcástico—. ¿Qué están haciendo?

Fylo lo miró a los ojos como si fuera a responder, y balanceó el brazo que sostenía la roca. El golpe cogió al guarda totalmente por sorpresa, alcanzándolo justo debajo de la oreja, exactamente donde Agis había indicado a Fylo que apuntara. El gigante puso los ojos en blanco, y sus rodillas se doblaron.

Al mismo tiempo que el inconsciente centinela caía al suelo, su compañero extendió una mano para coger su garrote y cerró la otra sobre el hombro de Fylo, obligándolo a girar hacia él.

—¿Qué estás…?

El mestizo arrojó la roca al pie del centinela, y la pregunta finalizó en un alarido de dolor. Fylo echó a correr entonces hacia el terraplén, siguiendo el sendero abierto por la bola de granito al abrirse paso por la explanada cubierta de escombros. A pesar de no ser un corredor veloz, su paso torpe era más que adecuado para escapar del centinela que saltaba a la pata coja tras él.

Mientras Fylo recorría pesadamente el estrecho istmo, Agis sacó la cabeza de detrás de la barba del gigante.

—¡Bien hecho!

Fue entonces cuando el noble descubrió lo que el centinela más delgado había estado contemplando en la bahía de la Aflicción. La maltrecha Víbora Fantasma se encontraba a poca distancia del terraplén. Sin un flotador de naves, la embarcación estaba hundida hasta las bordas en el cieno, pero aparte de eso, se mantenía en equilibrio sobre la quilla y parecía en un estado aceptable para poder navegar, a pesar de las cubiertas llenas de agujeros y los mástiles partidos. Docenas de esclavos se alineaban junto a la barandilla, contemplando la huida de Fylo con ojos envidiosos. Ahora que no había ningún centinela que los vigilara desde las puertas, unos cuantos sondeaban el costado del barco con sus pértigas en busca de un lugar poco profundo para vadear hasta la orilla.

—Llévame al barco, Fylo —ordenó Agis.

El gigante se detuvo y se giró para mirar el destartalado barco, pero no hizo ademán de ir hacia él.

—¡Tú decir correr hasta otro lado Lybdos! —protestó.

—Lo sé, pero no puedo abandonar a esos esclavos —dijo Agis.

—No puedo llevar —repuso Fylo—. ¡Demasiados!

—No vas a cargar con ellos —respondió el noble.

Dirigió una rápida mirada a la puerta y vio que no corrían peligro de ser alcanzados por el centinela barrigudo. El gigante seguía intentando pasar a la pata coja por entre los escombros, utilizando el garrote a modo de bastón. Agis volvió su atención al barco.

La Víbora Fantasma puede escapar sola. Todo lo que necesita es un flotador de naves.

—¿Tú? —se mofó Wyan—. Por lo que he oído de tus habilidades, te habrás derrumbado antes de que el barco haya salido de la bahía.

—Yo lo pondré en marcha —replicó Agis—. Después, Tithian tendrá que reemplazarme.

—¡Tithian! —farfulló Fylo—. ¡El no aquí!

—Está en mi morral —respondió Agis. Pensándoselo mejor, añadió—: Al menos espero que esté.

—Sí está —informó Wyan—. Lo vi mientras tú y yo peleábamos por el saco. Le entusiasmará ayudar, estoy seguro. —Sonrió con un extraño brillo en los ojos—. Iré a decir a los esclavos que preparen las pértigas.

Tras esto, Wyan se adelantó flotando por los aires para preparar a la tripulación. Fylo penetró en el cieno, meneando la cabeza mientras vadeaba en pos de la cabeza.

—Esto muy peligroso —dijo—. La cosa-cabeza sólo ayuda esclavos para que tú sacar Tithian del saco.

—Sí, lo sé —respondió Agis—. Pero no importa.

—¡Sí, importa! —replicó Fylo—. No poder confiar en Tithian.

—Lo sé mejor que nadie —replicó Agis, sujetando con fuerza el morral—. Pero no puedo abandonar a esos esclavos sólo porque me asusta dejar salir a Tithian. Sería lo mismo que asesinarlos.

—No. Jo’orsh matarán, no Agis —insistió Fylo.

Agis sacudió la cabeza.

—Esos esclavos no estarían aquí si no hubiera contratado a Kester para que me trajera a Lybdos. Eso me hace responsable de su seguridad.

Fylo consideró sus palabras un instante, y luego dijo:

—Puede; pero Tithian no preocupar por esclavos. A lo mejor él no querer ayudar.

—No querrá, pero no tendrá otra elección —repuso Agis—. Una vez esté en ese barco, lo mantendrá a flote… o se hundirá y se ahogará con el resto de nosotros.

Una roca pasó volando sobre el hombro de Fylo, poniendo fin a la conversación. La piedra cayó un poco más adelante, levantando un penacho de polvo plateado. El gigante se giró para mirar atrás en dirección a la orilla, y Agis vio cómo el centinela barrigudo agarraba otra roca de la orilla del istmo, considerando al parecer que no era buena idea penetrar en el cieno únicamente con un pie sano. El guarda les arrojó la roca, pero estuvo a punto de caer al apoyarse sobre el pie herido para dar más impulso al lanzamiento, y la piedra cayó muy lejos de ellos.

—Vámonos —dijo Agis—. No creo que tenga muchas probabilidades de acertarnos.

Mientras Fylo obedecía, un rugido colérico surgió de la entrada al Castillo Salvaje, y Nuta condujo a sus guerreros fuera de las puertas de la ciudadela. Estos empezaron a abrirse paso por la explanada cubierta de escombros, mientras el jefe chillaba:

—¡Deteneos, asesinos del jalifa! ¡Ladrones del Oráculo!

Fylo ignoró las órdenes y siguió avanzando hacia La Víbora Fantasma con renovadas energías. Cuando se encontraron más cerca, Agis se dio cuenta de que la batalla había afectado más al barco de lo que en principio había parecido. Una grieta enorme recorría toda la quilla, que habían levantado para que la nave descansara sobre el fondo de la bahía sin volcar. La mitad de las catapultas estaban hechas astillas, al igual que las balistas de popa. Las desgarradas velas estaban plegadas sobre los cabrestantes y las cubiertas de las bodegas, con enredadas pilas de jarcias inútiles amontonadas sobre ellas. Ni siquiera el casco, más o menos protegido al estar sumergido en el cieno, había escapado totalmente indemne a la batalla. A través de los cráteres de la cubierta, Agis distinguió dos lugares en los que los esclavos habían sujetado improvisados remiendos en la pared interior.

A pesar del estado del barco, no se veían cadáveres, por lo que en un principio Agis se inclinó a pensar que os esclavos habían escapado relativamente ilesos, pero cuando vio que no había más que una veintena de miembros de la tripulación junto a las bordas, comprendió que no era así. Lo más probable es que hubieran arrojado los cadáveres por la borda, ya que bajo el calor del sol rojo los cuerpos empezaban a oler enseguida.

Llegaron junto al barco, y Fylo depositó a Agis en la cubierta posterior. Mientras el noble trepaba por una arrugada vela para introducirse en la cabina del flotador, descubrió a Wyan aguardando junto al timón con un tripulante semielfo de cabellos rubios. El tobillo del esclavo estaba hinchado y enrojecido, y se mantenía en pie gracias a que se apoyaba en el timón del barco.

—Sois muy valiente al venir en nuestra ayuda, señor —dijo el semielfo—. La mayoría no hubiera hecho lo mismo, y la tripulación os está agradecida, tanto si lo conseguimos como si no.

—Lo conseguiremos —le aseguró Agis, deslizándose en el asiento del flotador—. Pero será mejor que nos movamos deprisa.

—A la orden, capitán —respondió el semielfo. Miró al frente y ordenó—: ¡Preparad las pértigas!

Agis utilizó la mano sana para colocar el brazo roto sobre la cúpula, ahogando un grito ante el dolor que ello le ocasionó. Concentró entonces sus pensamientos en la obsidiana bajo sus manos, y al cabo de un momento le llegó el aroma salobre del agua salada a la vez que se sentía balanceado a un lado y a otro por el suave movimiento ondulante de las olas. Visualizó mentalmente a la destrozada Víbora Fantasma flotando sobre la superficie del centelleante mar, y lanzó un gemido cuando un terrible peso cayó sobre su espirita. La carabela se alzó del polvo. La tripulación lanzó un apagado grito de alegría y hundió las pértigas en el cieno.

Mientras los esclavos impulsaban la nave, resonaron una serie de sonoros gruñidos desde la orilla del istmo. Al cabo de un instante, la bahía se cubrió de una neblina gris producida por una lluvia de rocas que empezó a caer alrededor de La Víbora Fantasma. Se escuchó un fuerte crujido detrás de Agis, y el cuerpo destrozado del timonel pasó volando junto al noble en medio de un torrente de vigas y planchas hechas pedazos.

Un pedazo de la destrozada rueda del timón golpeó a Agis en medio de la espalda. El fragmento no le produjo heridas, pero el impacto lo lanzó de cara contra la cúpula del flotador. Un dolor insoportable se apoderó de su brazo herido, y perdió momentáneamente la concentración, lo que hizo que la nave volviera a hundirse en la bahía.

—¡Agis! —chilló la voz ronca de Fylo. Los dedos del gigante se cerraron sobre los hombros del noble, y lo enderezaron—. ¿Tú herido?

—Estaré bien —jadeó Agis.

Manteniendo el brazo roto sobre la cúpula, miró por encima del hombro. En el lugar del timón, un agujero desigual se abría bajo la cubierta, y una roca gris descansaba sobre un montón de escombros que anteriormente había sido el camarote de Kester. A lo lejos, Nuta y su grupo de guerreros vadeaban fuera del istmo, y cada gigante sostenía una roca para arrojarla contra La Víbora Fantasma.

Fylo señaló en dirección a la entrada de la bahía, donde la ensenada se abría a una inmensa extensión de polvo.

—Llevar barco a cieno profundo. Jo’orsh no pueden seguir —dijo, a la vez que cogía un enorme arpón del armero de la cubierta posterior—. Fylo obligará a ir más despacio.

—¡No! —gritó Agis—. Tenemos catapultas. Huye.

—¿Adonde? —inquirió el gigante, perplejo—. Agis único amigo. No dejar que joorsh hacer daño.

Dicho esto, el mestizo dio la vuelta y vadeó al encuentro de los guerreros que los perseguían.

Wyan surgió flotando de las profundidades del destrozado camarote de Kester.

—¿A qué esperas? Fue idea tuya salvar a este despreciable puñado de esclavos.

Con una mueca por el dolor que le producía el brazo roto, Agis se quitó el morral del hombro.

—¿Puedes sacar a Tithian de ahí dentro? —preguntó.

—Desde luego.

El noble colocó el morral en un extremo del foso del flotador.

—Entonces hazlo —dijo—. No sé cuánto tiempo duraré. Además, cuando caiga la siguiente roca, será mejor que tengamos un flotador de naves extra.

Mientras la cabeza flotaba hacia la abertura del saco, Agis volvió su atención a la cúpula del flotador y levantó del fondo a La Víbora Fantasma. El esfuerzo incrementó el dolor que sentía, y empezó a sentirse mareado. Los esclavos se apoyaron con fuerza en las pértigas, pero la respuesta de la carabela fue lenta, ya que avanzaba peligrosamente hundida en el cieno.

Agis se concentró en el olor y el sonido del mar que tenía en el interior de su cabeza para intentar levantar más la nave. El dolor del brazo roto se inmiscuyó en sus pensamientos, convirtiendo las olas en un oleaje picado e imprevisible. Además de moverse despacio, el barco empezó a balancearse y dar bandazos. El noble dejó de intentar concentrarse con tanta intensidad, y el oleaje se calmó. Si Tithian no lo reemplazaba pronto, Agis sabía que se hundirían.

Un par de atronadores gritos de guerra sonaron detrás del barco. Ahora que La Víbora Fantasma navegaba, Agis se permitió mirar atrás. Vio cómo Fylo cargaba contra Nuta, que en aquellos momentos levantaba su roca para lanzarla. Detrás del jefe, otros guerreros joorsh corrían en apoyo de su cabecilla.

Nuta lanzó la piedra, y Fylo se agachó. El proyectil rebotó en el hombro herido del mestizo, que lanzó un grito de dolor y dobló una rodilla, quedando enterrado en el lodo hasta el pecho. Por un momento, Agis pensó que el gigante se derrumbaría hacia adelante y desaparecería bajo la superficie de la bahía. Entonces, mientras el jefe joorsh empezaba a pasar por su lado, el mestizo pareció recuperar las fuerzas y, con un rugido furioso, se incorporó y hundió el arpón en las costillas de Nuta.

El jefe gritó y se desplomó. Mientras el canoso gigante desaparecía en el cieno, Fylo le arrancó el ensangrentado arpón y, lanzando un potente grito de guerra, se volvió para cargar contra el resto del grupo. Sus sorprendidos enemigos se detuvieron y empezaron a arrojar las rocas contra él. El mestizo replicó lanzando el arpón contra el primer guerrero de la fila, y luego desapareció bajo una lluvia de piedras grises.

Una cortina de polvo nacarado se alzó del lugar en el que había caído Fylo. Durante un buen rato, Agis no pudo hacer otra cosa que contemplarla, asombrado por la actuación del gigante. Al atacar con tanta fiereza, había obligado a los joorsh a utilizar las rocas contra él, facilitando a La Víbora Fantasma un tiempo precioso para huir. En su muerte, el solitario mestizo, que había luchado toda la vida por encontrar a un solo amigo, había realizado un definitivo acto de compañerismo. Ahora, aunque quizá no lo sabría nunca, tendría todo un barco de camaradas.

—Adiós —musitó Agis tristemente—. En todas las ciudades de Athas, los bardos cantarán tu gran sentido de la amistad.

Los guerreros joorsh supervivientes empezaron a salir de la cortina de polvo. Como ahora tenían las manos vacías, podían utilizar los brazos para mantener el equilibrio y avanzaban por entre el cieno con un curioso paso bamboleante que parecía en parte carrera y en parte danza, mientras lanzaban grandes penachos de lodo por los aires. Aunque no tenían ya nada que arrojar contra La Víbora Fantasma, parecían muy seguros de poder alcanzar la carabela, ya que esta seguía navegando muy hundida y a ritmo muy lento.

Al volver a dirigir su atención al barco, Agis vio a Tithian —al menos pensó que se trataba de Tithian— que se arrastraba fuera del morral. Los cabellos castaños del monarca se habían vuelto ásperos y grises, y la omnipresente diadema ya no rodeaba su cabeza. Tenía la piel descolorida por la edad, llena de escamas y arrugas, con oscuros círculos bajo los ojos que le proporcionaban un aspecto irritado. Únicamente los veloces ojos de color castaño y la ganchuda nariz seguían siendo tal y como el noble los recordaba.

—¿Tithian? —exclamó el noble—. ¿Qué te ha sucedido?

—¿Realmente quieres que te lo cuente? —respondió el monarca con aspereza.

Mientras Tithian seguía arrastrándose hacia el exterior, un enorme par de alas correosas parecidas a las de un murciélago salieron del morral. Por un momento, Agis no supo qué interpretación darles. Luego, mientras se extendían lentamente sobre la cubierta, comprendió que estaban sujetas a la espalda del rey.

—¡Por Ral! —exclamó.

—Más bien por Rajaat —replicó Tithian, echando una orgullosa mirada a los apéndices. Las hizo aletear ligeramente, y luego bajó los ojos hacia Wyan, que flotaba a su lado—. ¿Nos vamos?

—No te saqué del morral para eso —espetó Agis—. Mira detrás de nosotros.

—Vi lo que le sucedió a Fylo —respondió el rey—. Siempre supe que tus principios acabarían contigo. Ahora parece que también consiguen que maten a tus amigos, y no tengo intención de ser uno de ellos.

—¡Si tú te haces cargo, todo el barco puede escapar! —exclamó Agis. Mientras hablaba visualizaba ya mentalmente la imagen de un grifo, un águila de gran tamaño con el cuerpo y las garras de un león.

—No veo motivos para correr ese riesgo —repuso Tithian, elevándose por los aires con un único batir de las poderosas alas—•. Puedo escapar con la lente oscura yo solo.

—Eso está por ver —replicó Agis, clavando sus ojos en los del rey.

Manteniendo el mínimo necesario de su mente concentrado en sus deberes como flotador de naves para evitar que La Víbora Fantasma se hundiera, el noble lanzó a su grifo al interior del cerebro de Tithian.

Se encontró volando por una caverna de inviolables tinieblas. No pudo encontrar en ningún punto de aquella oscuridad el menor atisbo de luz, y mucho menos nada que pudiera considerarse iluminación. El lugar parecía la personificación de las tinieblas, más ahora que en ninguna de las ocasiones anteriores en que Agis había entrado en contacto con la mente del rey.

Mediante la boca del grifo, Agis gritó:

—No puedes escapar ocultándote. ¡Te encontraré, y cuando lo haga salvarás mi barco! —Sus palabras se desvanecieron en la oscuridad sin un eco.

—No tengo intención de ocultarme —respondió el rey.

Un dragón alado de color rojo apareció con un estallido de luz encima del grifo de Agis. El reptil alado se había materializado en el acto de abalanzarse sobre su presa, con las zarpas extendidas y la punta rezumante de veneno de la cola describiendo un arco en dirección al corazón del grifo. Batiendo las poderosas alas de su creación, el noble se elevó en el aire para rechazar el ataque. Cuando las dos bestias se encontraron, utilizó una de las enormes zarpas para apartar de un manotazo la cola venenosa, y luego abrió el afilado pico dispuesto a cerrarlo sobre el cuello sinuoso del dragón.

Los animales chocaron con un atronador crujido. Mientras Agis intentaba cerrar el pico sobre el cuello del dragón, percibió un calor abrasador que provenía del cuerpo del reptil, y el olor a plumas chamuscadas penetró en su nariz. Entonces, ante el asombro del noble, el reptil empezó a batir las alas, haciendo retroceder al grifo con una fuerza tan impresionante que Agis no se pudo resistir.

El dragón volador sacó a ambos de la mente de Tithian, y a los pocos segundos, ambos animales reaparecieron sobre el inmenso mar azul del cerebro del sorprendido noble. Mientras Agis intentaba aún comprender el origen de la terrible fuerza bruta que se escondía tras el contraataque, la creación del rey se separó bruscamente del combate y empezó a descender en picado. En un principio el noble se sintió confundido, pero entonces descubrió el objeto del ataque del dragón: una carabela que se bamboleaba y cabeceaba en las encrespadas aguas a sus pies. El dragón se lanzaba sobre ella con las alas plegadas y las zarpas extendidas.

Fuera del cerebro del noble, La Víbora Fantasma se inmovilizó de improviso con una sacudida, y Agis oyó gritar aterrorizados a los esclavos del barco. Al levantar los ojos de la cúpula del flotador vio a la tripulación de pie y paralizada junto a las bordas, con las pértigas apoyadas sobre la cubierta para defenderse del inmenso dragón rojo que caía sobre ellos desde el cielo color aceituna.

—¡No puede ser! —exclamó Agis.

—Lo es —replicó Tithian, mirando también al cielo—. Ese es el poder de la lente oscura.

—¡Mayor motivo para que te la arrebate! —dijo Agis, volviendo otra vez a concentrarse en su interior.

Agis envió al grifo en pos del dragón alado, a la vez que atacaba desde abajo. El chasquido de una docena de balistas resonó desde la carabela, y una lluvia de arpones del tamaño de un mástil surgió de las cubiertas para atravesar el pecho del monstruo. Las alas del dragón colgaron inertes, y este se estrelló sobre la proa de La Víbora Fantasma, sacudiendo toda la nave tanto dentro como fuera de la mente del noble.

Agis descendió sobre la bestia herida y la inmovilizó sobre la cubierta. El dragón arqueó la cola para clavársela, pero el grifo se echó a un lado, y luego utilizó las zarpas posteriores para arrancar el apéndice de raíz. El reptil intentó derribarlo con las alas, y el mensajero de Agis las convirtió en jirones. La bestia giró sobre la espalda y arañó con las mugrientas zarpas el pecho de su atacante, pero el grifo contraatacó atrapando el cuello sinuoso del dragón en el pico y mordiendo con fuerza. La cabeza llena de colmillos rodó lejos, y el dragón se desplomó sin vida sobre la cubierta.

Agis hizo retroceder al grifo. Durante el combate, el calor del dragón había chamuscado las plumas de la cabeza del animal y ennegrecido el correoso cuerpo en una docena de sitios. Sin embargo, el grifo era el que seguía en pie, y eso era lo importante.

Ante la sorpresa del noble, el dragón alado no se desvaneció, como sucedía normalmente con una creación mental una vez que era destruida. En lugar de ello, permaneció caído sobre la cubierta, con volutas de humo gris elevándose de debajo de su cuerpo.

Sin permitir que su grifo se desvaneciera, Agis dejó de atacar y dirigió su atención al exterior. El noble se encontró caído sobre la cúpula del flotador, tan escaso de energías que apenas si podía respirar. Percibió cómo la obsidiana extraía los últimos restos de energía de su cuerpo para dejarlo con una hueca sensación de náuseas allí donde debería estar su nexo espiritual.

Mientras se incorporaba penosamente, Agis olió humo procedente de la proa, y vio que varios miembros de la tripulación habían abandonado sus puestos junto a la borda para correr al frente y verter cubos de cieno sobre los incendios iniciados por los llameantes restos del dragón. Miró por encima del hombro y descubrió que las gigantescas figuras de los guerreros joorsh habían acortado en gran medida la distancia que los separaba del barco huido.

Agis se volvió hacia Tithian. Aunque el rostro envejecido del monarca mostraba el agotamiento producido por la destrucción de su dragón alado, no parecía ni la mitad de cansado que el noble.

—Ocupa tu lugar en la cúpula del flotador —ordenó Agis.

—Me parece que no lo haré —dijo Tithian, negando con la cabeza.

—No me obligues a enviar a mi grifo a hacerse con el control de tu mente —amenazó el noble.

—Tengo que admitir que te has defendido con valentía, Agis —concedió Tithian, con una sonrisa condescendiente en los agrietados labios—. Pero ¿realmente crees que eres lo bastante fuerte para vencer al Oráculo?

Una serie de alaridos aterrorizados estallaron en la proa, y Agis vio cómo uno de los esclavos que se había adelantado a apagar el fuego se alzaba por los aires atravesado por la cola cortada del dragón. El noble dirigió la atención a su interior, y puso en pie al grifo.

Agotado por la lucha y sus esfuerzos por mantener La Víbora Fantasma a flote, el noble fue demasiado lento. La cola del dragón describió un arco sobre la cubierta y se hundió profundamente en el pecho del grifo. El veneno inundó su pecho en un instante, llenándolo con un vapor abrasador que convertía en cenizas todo lo que tocaba. Agis sintió que su corazón se convertía en una tea. Se oyó a sí mismo gritar —no de dolor, sino de rabia— y todo se volvió negro.

Tithian se apartó de la mente inmóvil del noble y se encontró sobre un barco que se iba a pique. Sin Agis para mantenerlo a flote, La Víbora Fantasma se hundía rápidamente. La cubierta principal había desaparecido ya bajo la bahía, y el polvo penetraba por encima de las bordas del alcázar en violentas oleadas. El más cercano de los joorsh se encontraba a tres pasos de alcanzar la popa de la carabela, y los atemorizados esclavos pedían clemencia a gritos a los gigantes.

Tithian se acercó a Agis. El noble se encontraba derrumbado sobre la piedra del flotador; la sangre brotaba de sus oídos y nariz, y su mirada vidriosa se perdía en el vacío. Espumarajos rojos resbalaban de su boca. Ni un rastro de aliento, superficial o de otra clase, escapaba por entre los inertes labios.

—¡No intentes salvarlo! —protestó Wyan, yendo a flotar junto a Tithian—. ¡No hay tiempo!

—Ya he superado esa estupidez —dijo Tithian, tomando la mano del noble—. Pero necesito una cosa de Agis.

Mientras el monarca deslizaba el sello de los Asticles fuera del dedo de Agis, un estremecimiento sacudió todo el barco. Miró a su espalda y vio que un joorsh había sujetado la barandilla de la popa e impedía que la carabela se hundiera más en el cieno.

Tithian dejó caer la mano del noble, agarró el morral, y emprendió el vuelo, escapando por muy poco al torpe intento del gigante de aplastarlo contra la cubierta. Con los gritos enfurecidos del gigante resonando en los oídos, hizo batir las alas con fuerza y se elevó veloz por el cielo oliváceo. Una vez que se encontró fuera del alcance de los gigantes, el rey empezó a volar en círculos muy despacio para que Wyan pudiera alcanzarlo.

Mientras esperaba, contempló divertido cómo los contrariados joorsh arrancaban a los miembros de la tripulación de La Víbora Fantasma de la cubierta y los arrojaban contra él. El décimo esclavo acababa de describir un arco descendente que lo precipitaba al cieno cuando Wyan llegó por fin.

—¡Idiota! —gruñó la cabeza—. Estuviste a punto de perder el Oráculo… ¿y por qué? ¿Por un recuerdo?

—Esto no es un recuerdo —respondió Tithian, mostrándole el objeto—. Abre la boca.

Frunciendo el entrecejo desconcertado, Wyan obedeció. Tithian depositó el anillo de Agis sobre la lengua gris de la cabeza.

—Lleva esto a Rikus y Sadira —ordenó—. Diles que se han de encontrar con Agis en el poblado de Samarah. Ha llegado el momento de matar al dragón.