12: Los primeros gigantes
12
Los primeros gigantes
La dentada roca voló por encima del muro y aplastó la superficie quitinosa situada entre los centelleantes ojos de múltiples facetas de un guerrero con cabeza de mantis. El gigante rugió y se llevó las manos a la herida, tambaleándose hacia atrás hasta caer de las murallas e ir a estrellarse de cabeza contra un montón de rocas. El cuello del saram se partió con un sonoro chasquido, y su enorme cuerpo rodó hasta un par de muchachos que levantaban piedras del suelo para entregarlas a los mayores.
La muerte pasó casi inadvertida en medio del caos de la batalla. A lo largo de toda la muralla, las siluetas de los saram se recortaban contra el amarillo cielo del amanecer mientras arrojaban piedras e insultos a los enemigos que rodeaban el Castillo Salvaje. Los joorsh respondían con su propio bombardeo. En todos los rincones resonaba el estrépito de las rocas haciéndose añicos contra las murallas, una continua cadencia de atronadores retumbos que resonaban por toda la ciudadela como un volcán en erupción.
Acompañado de Sacha y Wyan, Tithian contemplaba la lucha desde la relativa seguridad del suelo de la ciudadela, por el que se movían a lo largo de una pequeña extensión de terreno al descubierto en compañía de una docena de cabras aterrorizadas. Aunque ni mucho menos de tamaño gigante, los animales eran mucho más grandes que los de su especie, y el rey sólo necesitaba agacharse un poco para que su cabeza no sobresaliera por encima de sus lomos. Cientos de tales criaturas —ovejas, cabras, e incluso erdlus y kanks— habían conseguido huir de los corrales al iniciarse la primera andanada de piedras de los joorsh, y durante el último cuarto de hora, no habían dejado de correr por todo el patio del castillo en asustados rebaños, con lo que toda la explanada de granito era ahora un torbellino de pezuñas aterrorizadas.
Los animales domésticos no eran la única fuente de confusión. Los desechos se habían desperdigado por todo el castillo y revoloteaban de un cabeza de bestia a otro en busca de los cuerpos a los que habían pertenecido sus cabezas. Siempre que se detenían durante más de unos segundos cerca de un saram, el guerrero daba media vuelta y salía huyendo, gritando al bawan Nal, a quien no se veía por ninguna parte, que lo salvara.
Algunos espíritus habían localizado al parecer los cuerpos correctos, y sus semblantes etéreos se encontraban adheridos como máscaras a los rostros bestiales de los saram, lo que ocasionaba a sus víctimas un dolor insoportable. En un lugar, un lanzador de rocas había abandonado sus deberes para golpear su cabeza de reptil contra el muro, y más allá se veía a una guerrera sobre una carreta de rocas volcada aullando de dolor mientras se arrancaba las plumas de su rostro parecido al de una golondrina.
Mientras la mujer con cabeza de pájaro tiraba de sus facciones de ave, una roca pequeña pasó volando por encima del muro. No cayó hasta encontrarse en el interior de la ciudadela, y fue a estrellarse a poca distancia por delante del rebaño que acompañaba a Tithian. El proyectil se hizo pedazos al instante, y, tras embargarlo todo con el olor cáustico del polvo de roca, roció al rebaño con pedazos de piedra. Balando enloquecidas, las cabras cambiaron de dirección y estuvieron a punto de derribar a Tithian en su aterrorizada huida. Cuando hubieron desaparecido, el rey y las cabezas que lo acompañaban se encontraron solos, con cien metros de terreno granítico abierto entre ellos y el recinto plateado al que intentaba llegar.
Dos docenas de fornidos saram de aspecto malévolo salieron corriendo por la puerta del recinto. Todos tenían cabezas de bestias venenosas de dientes largos: víboras, arañas, y ciempiés de todas clases. Uno de los gigantes tenía incluso el cráneo pelado de un murciélago de la muerte, mientras que los colmillos característicos de una musaraña de afilados dientes sobresalían del estrecho hocico de otro. En las manos, los guerreros sostenían lanzas de acero tan altas como árboles, en tanto que sus cuerpos estaban cubiertos por una armadura hecha de placas de caparazón de mekillot.
El rey dio media vuelta y echó a correr tras las cabras.
* * *
—¿Estás listo, Fylo? —preguntó Agis, mirando en dirección al fondo del centelleante foso.
El gigante seguía inmóvil con el pedazo de cristal perforando el hombro, y de la herida seguía brotando sangre que goteaba ininterrumpidamente al fondo del abismo. Aunque tenía los ojos sólo entreabiertos, estos estaban atentos y se giraron para mirar en dirección al noble. En la mano buena sostenía el extremo de la cuerda bien tensada entre él y Kester.
Agis había utilizado una de las dagas del arnés de la tarek para cortar el trozo de cuerda que Kester había conseguido pasar por la grieta antes de que la mataran. Teniendo en cuenta el esfuerzo requerido para segar las resistentes fibras de cabello de gigante, estaba seguro de que Fylo podría tirar tan fuerte como quisiera sin temor a romper la soga.
—Fylo listo —informó el gigante, y su voz sonó como un gruñido de dolor.
—¡Entonces tira!
El gigante dio un fuerte tirón a la cuerda. El cuerpo de Kester permaneció atascado unos instantes, y luego de improviso se soltó con un chasquido de la grieta y cayó fláccido al abismo. Tras un largo descenso, aterrizó sobre el pecho del mestizo, lo que provocó que su cuerpo diera una sacudida a causa del impacto. Incluso desde lo alto del pozo, Agis pudo oír el desagradable sonido de un omóplato al rascar contra el cristal de cuarzo, y un potente gemido de dolor retumbó por entre los dientes apretados del gigante.
El sonido no se había apagado aún cuando Fylo señaló con la mano la tapa del pozo.
—Ve. Atrapar traidor Tithian.
Agis asintió, sabiendo que sin ayuda no podría liberar al pesado gigante de cristal.
—Regresaré cuando encuentre alguna forma de sacarte —dijo mientras se introducía en la grieta en forma de estrella—. No te abandonaré aquí.
—Fylo sabe. —El gigante asintió con la cabeza.
—Eres un amigo muy valiente —dijo Agis, y acto seguido se impulsó hacia arriba para salir a la amarilla luz del amanecer.
El pecho del noble apenas había salido de la agrietada cubierta cuando este se sintió atrapado entre un pulgar y un índice inmensos. Se vio arrancado violentamente del agujero y sostenido luego en alto.
—Qué suerte que llegásemos justo cuando tú te ibas —exclamó una voz sibilante.
El capturador de Agis le dio la vuelta, y el noble se encontró cara a cara con el rostro de un gigante saram. El guerrero poseía unas enormes orejas peludas, un hocico arrugado y grandes ojos escarlata incrustados en el nudoso cráneo pelado de un murciélago de la muerte.
—Llévame ante el bawan Nal —dijo Agis, observando que otras dos docenas de cabeza de bestia acompañaban al que lo había capturado. La mayoría parecía tener cabezas de serpientes, arañas e insectos—. ¡Es importante que hable con él de inmediato!
Esto arrancó una risita maliciosa a los allí reunidos.
—El bawan Nal también cree que es importante hablar contigo —respondió el guerrero—. No es corriente que haga llamar a la Jauría Ponzoñosa apartándola de sus deberes en el Patio de Mica.
La punta de la ahorquillada varita brilló con un tono amarillo y se inclinó hacia abajo de forma apenas perceptible para señalar el centro del recinto, donde un único gigante saram custodiaba la entrada de un pasadizo subterráneo. Armado con un hacha de armas de hueso tan alta como un árbol de pharo, el centinela tenía una cabeza sin el menor rastro de pelo de forma más o menos cónica, con ojillos brillantes y menudas orejas puntiagudas. El afilado hocico terminaba en un par de acampanadas aberturas, con una pareja de colmillos que rezumaban veneno colgando bajo el labio superior. El gigante parecía incapaz de controlarse mientras se movía nervioso de un lado a otro, balanceando el hacha en amplios y exuberantes arcos al tiempo que olfateaba la fresca brisa en busca del olor de algún intruso.
Tithian se concedió sólo un instante para contemplar al gigante, y luego retrocedió lejos de la esquina, temeroso de que el centinela se apercibiera de su presencia por el terrible olor a excrementos de cabra que emitían sus ropas. El monarca recorrió unos pocos metros del muro del recinto, una enorme lámina de mica plateada que se alzaba directamente desde el lecho de roca, y devolvió la vara adivinadora al morral que colgaba de su hombro.
—La lente está ahí dentro, y no han dejado más que a un centinela para custodiarla —anunció al tiempo que extraía una diminuta ballesta y un carcaj con una docena de dardos de la bolsa—. Esto va a ser demasiado fácil. Esperaba diez veces ese número de guardas.
—Estás demasiado seguro de ti mismo —dijo Sacha, flotando junto a su oído—. Hasta ahora, no me has inspirado más que dudas.
—Sólo un idiota habría creído que esa manada de gigantes nos perseguía —coincidió Wyan—. Saltaste a un foso de excrementos para nada.
—Si yo soy tan idiota, ¿cómo es que vosotros dos os ocultabais allí cuando llegué yo? —replicó Tithian mientras fijaba un pequeño dardo en la ranura de la ballesta.
Hecho esto, el monarca dirigió la palma de la mano libre hacia el suelo, preparándose para lanzar un hechizo. La energía le llegó despacio, y toda desde las puertas de la ciudadela, ya que sólo podía extraerla de la misma isla de Lybdos. Si habían crecido alguna vez plantas en la desnuda roca de la península, hacía mucho que habían desaparecido devoradas por los rebaños de animales domésticos de los saram. Cuando Tithian reunió por fin energía suficiente para utilizar la magia, se encaminó hacia la entrada del recinto, encorvado y avanzando despacio.
No había dado ni tres pasos cuando el chasquido ahogado de una balista resonó por encima de las paredes del otro extremo del castillo. Un rugido de dolor le siguió, y al mirar en dirección a las puertas Tithian vio cómo un gigante con cabeza de león caía de las murallas con las manos crispadas sobre el largo arpón que le atravesaba el pecho. El rey sonrió, ya que aquello sugería que Mag’r aún no había hundido La Víbora Fantasma, y eso podía simplificar mucho las cosas cuando llegara el momento de escapar.
Volviendo a lo que llevaba entre manos, el monarca avanzó arrastrando los pies y dio la vuelta a la dentada esquina de la pared de mica. Colocó las manos frente al estómago, una sobre otra, y con la ballesta oculta bajo ambas.
Las narices del centinela olfatearon la brisa, y miró de soslayo en dirección al rey.
—Eres una cabra muy curiosa —dijo, y empezó a avanzar, añadiendo—: No corras. Eso sólo conseguirá enfurecerme.
—No te preocupes —rio por lo bajo el rey—. Lo último en que pensaba era en correr.
Haciendo rechinar los colmillos, el centinela levantó el hacha y cargó. Tithian aguardó un momento a que el guarda adquiriera impulso; luego levantó la ballesta y disparó, a la vez que pronunciaba el conjuro. La cuerda chasqueó con suavidad al arrojar el diminuto proyectil contra el gigante. Nada más quedar libre, la aguja empezó a chisporrotear, escupiendo chispas azules por la cola.
Mientras la aguja salía disparada como un rayo, el gigante llegó lo bastante cerca para atacar y descargó el hacha sobre la cabeza del rey. Tithian se arrojó al suelo, y la hoja se estrelló con gran estrépito contra el lecho de granito a pocos centímetros de él, de modo que el impacto salpicó su rostro con ardientes fragmentos de virutas de metal. En ese mismo instante, el diminuto dardo dio en el pecho de su objetivo.
El centinela dio un manotazo al lugar del pinchazo como picado por un insecto. Luego, mientras se rascaba distraídamente la herida, dirigió una mueca burlona a la caída figura del rey.
—Se necesita más que un fogonazo azul para matar a Mal.
Una voluta de humo gris surgió de la pequeña herida, y la caja torácica de Mal se estremeció violentamente. Una descarga amortiguada sonó en el interior del pecho. Sus ojillos brillantes se abrieron de par en par sorprendidos, y un horrible borboteo, mitad rugido y mitad gemido, surgió áspero de su garganta. El hacha se le escapó de las manos, y sus rodillas se doblaron.
Tithian rodó a un lado. Escuchó el estrépito del mango de hueso del hacha al golpear contra el suelo de granito, y luego vislumbró la oscura sombra de una hoja de hacha que se extendía sobre su cuerpo. El lado plano de la hoja le cayó justo encima, provocando un agudo chasquido en el interior de su cabeza. Al cabo de un instante, el cuerpo sin vida del centinela se desplomaba sobre el hacha y el rey se veía atenazado por un dolor insoportable.
El suelo empezó a girar, y terribles punzadas de dolor recorrieron todo su cuerpo, desde la cabeza a las piernas. Le costaba respirar, y sentía cómo su mente se hundía en la arena gris de la nada. Con un sobresalto, el monarca comprendió que empezaba a perder el sentido y que estaba dejando que su mente buscara refugio ante el dolor insoportable que ardía en su cabeza.
No podía permitirlo, dormir ahora sería morir. Peor aún, significaría el fracaso, con el Oráculo casi a su alcance.
—¡Levántate, canalla miserable! —aulló Sacha.
—¡Muere ahora, y el pueblo de las sombras tendrá a tu espíritu como esclavo, hasta que Rajaat sea libre! —amenazó Wyan.
Tithian se aferró a sus enojadas palabras y visualizó cómo sus dedos se cerraban sobre una soga ardiendo. Empezó a tirar mano sobre mano, hasta izarse fuera de fas tinieblas, hasta la luz cegadora y el dolor insoportable que era su cuerpo. Al poco, volvía a ser totalmente consciente de su dolor.
Por un momento, Tithian intentó aceptar este sufrimiento físico, dejar que se esparciera por todo su cuerpo como un viento abrasador, incómodo, pero soportable durante cortos períodos de tiempo. No sirvió de nada. J amás había servido para soportar el dolor, y seguía sin servir. Si quería sobrevivir a esto, tendría que confiar en un viejo truco, uno que le había resultado útil desde su adolescencia.
Reagrupando su energía espiritual, el rey utilizó el Sendero para formar una imagen de su amigo Agis. Visualizó su dolor como un frasco sin fondo de almibarado veneno marrón, y volcó el frasco en el interior de la boca abierta del noble. Tithian se sintió mejor de inmediato. Todavía sentía el dolor del peso abrumador del gigante, pero pasaba directamente al frasco marrón, y de allí a la garganta de Agis. Le seguían doliendo las costillas y sentía punzadas en la cabeza, pero el dolor ya no era insoportable.
Muy despacio, el monarca se arrastró hacia fuera hasta librarse del terrible peso de la hoja del hacha; luego se incorporó y permaneció junto al gigante muerto.
—Tienes mejor aspecto —observó Sacha—. Más digno de un sirviente de Rajaat.
—¿Qué sucedió? —inquirió Wyan.
—Agis soporta el dolor por mí —respondió Tithian—. Recordadme que lo recompense cuando regresemos de liberar a Rajaat.
—No sobrevivirá tanto tiempo —repuso Sacha—. Nuestra tarea nos llevará meses.
—Agis encontrará un modo —dijo el rey distraídamente, mientras estudiaba el interior del recinto.
Era de una forma aproximadamente rectangular, rodeado de desiguales losas de mica que se alzaban del suelo de roca como un elevado seto plateado. En el centro del recinto, una película nacarada resplandecía sobre la entrada de un túnel oscuro, lo bastante grande para que un gigante saram —o un joorsh pequeño— pudieran arrastrarse por él. El pasadizo se inclinaba a un lado, de modo que cualquiera que descendiera por el túnel se veía forzado a inclinarse pronunciadamente hacia la derecha.
Tithian empezó a avanzar hacia la entrada, diciendo:
—Además, no importa demasiado si Agis no está vivo cuando regresemos. Si no lo está, lo resucitaré de entre los muertos. —Al ver que ninguna de las cabezas decía nada en respuesta, Tithian preguntó—: Rajaat me otorgará tales poderes, ¿no es así?
—Rajaat puede conferirte el poder de la magia —respondió Wyan—. Lo que aprendas a hacer con ella no es él quien lo decide.
Tithian llegó ante el pasadizo y se detuvo. La entrada del túnel estaba tapada con una escama de mica, tan fina como el papel y tan transparente como el cristal. Tras ella, el agujero descendía al interior de la roca en una pronunciada pendiente, recubierta a ambos lados por lisas paredes del mineral. El suelo y el techo parecían los bordes desgarrados de un libro, va que mostraban los extremos de cientos de láminas de mica perfectamente prensadas.
—¿A qué esperas? —le espetó Sacha—. ¡Ve a buscarla!
El rey abrió el morral y sacó un cinturón negro, tan ancho que era casi una faja, con la hebilla tapada por un estallido de llamas rojas con la calavera de un feroz semihombre en el centro. Al depositar el cinturón sobre su brazo, el rígido cuero crujió como dedos al romperse.
—¡Esto es el Cinturón de Mando de los enanos! —exclamó Wyan.
Tithian asintió.
—Un pequeño regalo para los fantasmas de Sa’ram y Jo’orsh —respondió—. ¿Recordáis esos traficantes de esclavos que tanto han enfurecido a Agis?
—Los que atacaron Kled por error —confirmó Wyan.
—Sí, excepto que no fue un error… y no iban en busca de esclavos —dijo el rey con una sonrisa.
Dicho esto, presionó los dedos sobre la reluciente mica. Percibió una breve sensación abrasadora cuando se hundieron, y luego se encontró contemplando la mano a través de la plateada lámina. La membrana le recordó la tapa que cubría el pozo donde había dejado a Agis, y, al recordar también lo difícil que le había resultado salir de allí, vaciló antes de atravesarla.
—Vosotros dos esperad aquí —ordenó a las cabezas—. A lo mejor necesitaré vuestra ayuda para volver a atravesar esto.
—Yo vendré contigo —dijo Wyan—. Sacha puede esperar aquí.
Tithian lo meditó unos instantes, y luego meneó la cabeza.
—¿Habéis olvidado que encontré la lente al localizar a los espíritus no muertos de Jo’orsh y Sa’ram? —preguntó—. Estoy más seguro de encontrarlos aquí dentro que a la lente oscura. Sería una catástrofe si os reconocieran de la época de Rajaat.
—Como desees —replicó Wyan—. Pero si fracasas…
—No me haréis nada peor de lo que me harán Sa’ram y Jo’orsh —respondió Tithian.
El monarca atravesó la mica, y volvió la cabeza en dirección a Sacha y Wyan. Las dos cabezas continuaban flotando frente a la entrada, contemplándolo con expresiones de desconfianza.
—¡Ocultaos! —ordenó Tithian—. ¡No os quiero aquí cuando haga salir a Jo’orsh y Sa’ram!
La pareja entrecerró los ojos y empezó a alejarse por el aire.
—¡Estaremos vigilando! —advirtió Sacha.
El rey empezó a descender despacio por el inclinado túnel. Cada vez que tocaba la resbaladiza superficie de mica, un febril hormigueo le recorría los dedos. La atmósfera era sofocante y estancada, saturada de un rancio olor a humedad. No se escuchaba el menor sonido, a excepción del susurrante aliento de Tithian al pasar por entre sus labios y el suave crujido de sus botas sobre el suelo. A medida que avanzaba por el pasillo, el color de las paredes cambió de plata a azul lavanda, luego a verde, marrón, y finalmente, cuando había descendido tanto que la entrada no era más que un punto de luz a lo lejos, el túnel se tornó negro como boca de lobo.
Todo se volvió demasiado oscuro para distinguir lo que había delante, y Tithian se detuvo para preparar un conjuro iluminador. Nada más abrir la palma de la mano para absorber la energía necesaria, todo el brazo le empezó a escocer con la misma sensación abrasadora que sentía cada vez que sus dedos rozaban la pared. Antes de que pudiera cerrar la mano para interrumpir el flujo, la extraña fuerza se precipitó al interior de su cuerpo por propia voluntad, como si una presión externa la empujara.
Con un siseo de dolor, Tithian abrió la palma e intentó expulsar la abrasadora energía. Nada sucedió, excepto que el olor de su propia carne chamuscada penetró por su nariz. Temiendo que todo él fuera a convertirse en una antorcha, el rey sacó un pedazo de reluciente musgo del morral y lanzó el conjuro.
Un fogonazo cegador inundó el pasillo. El terrible escozor que Tithian sentía en su interior fue desapareciendo a medida que el hechizo consumía la energía que había impregnado su organismo. Lo que no desapareció, sin embargo, fue el fuerte olor a carne quemada, ni la sensación de que algo hervía en el interior de su cuerpo. Mientras el monarca aspiraba con fuerza por entre los apretados dientes, el frasco situado dentro de sus cerebro empezó a rebosar, derramando el oscuro almíbar de dolor.
Consternado, comprobó que el hechizo tampoco funcionaba exactamente como había planeado. En lugar del suave resplandor rojizo que esperaba, el pasillo se llenó de cientos de esferas de luz escarlata que se encendían de improviso para, al cabo de un instante, expirar con un estallido de luz marrón.
Los ojos de Tithian necesitaron unos instantes para acostumbrarse a la extraña iluminación; pero cuando lo hicieron, casi deseó haber seguido a oscuras.
Reptando corredor arriba se veía dos masas esqueléticas, del tamaño aproximado de los gigantes saram y deformadas de tal manera que apenas si podían reconocerse como humanas. Las piernas eran unas masas retorcidas, con unas bolas nudosas por pies, mientras que los muslos, rodillas y pantorrillas estaban arrollados juntos en una única espiral. Largos fragmentos de huesos retorcidos sobresalían de los hombros, y no mostraban la menor señal de codos, muñecas o manos. Una de las figuras tenía las costillas soldadas y joroba, con un cráneo de frente inclinada aposentado sobre el macizo cuello, mientras que la otra tenía un torso más normal, pero su largo cuello terminaba en un tocón nudoso sin cabeza.
Sin tener en cuenta si poseían o no cabeza, un par de brasas naranja ardían allí donde debieran de haber estado los ojos, y donde habrían estado las barbillas, ásperas masas de barba gris se balanceaban en el aire, sin estar sujetas a ningún tipo de carne o hueso.
Tithian retrocedió sin querer. Sus investigaciones le habían revelado cómo encontrar a J o’orsh y Sa’ram, qué necesitaba para hacer que le escucharan e incluso cómo obligarlos a renunciar a la lente; pero no habían preparado al rey para los horrores que tenía ante él.
A pesar de todo, se tragó el miedo, e inquirió:
—¿Sois Jo’orsh y Sa’ram, los últimos caballeros de Kemalok?
Tithian no hacía la pregunta porque dudase de sus nombres, sino porque quería recordar a los espíritus quiénes habían sido en una ocasión. El monarca había averiguado que tras la muerte, un enano que hubiera violado el eje de su existencia perdía poco a poco la identidad, para con el paso de los siglos convertirse en un monstruo insensato. Al parecer, tal inconsciencia era la única forma de escapar al terrible sufrimiento que significaba traicionar la esencia de su propio ser. Para que el plan de Tithian funcionara, a Jo’orsh y a Sa’ram no se les podía permitir este pequeño consuelo. Se les había de recordar quiénes eran.
Los espíritus no dieron la menor señal de reconocer sus nombres. En lugar de ello, siguieron arrastrándose hacia arriba, hasta detenerse a menos de dos pasos de distancia. Permanecieron inmóviles un instante, y luego lanzaron dos lamentos ensordecedores que provocaron unas llameantes punzadas en la cabeza de Tithian. Un vendaval abrasador chocó contra su rostro y le arrebató la capa superior de la piel dejando lo que había debajo agrietado y arrugado. Abrió la boca para gritar, y una bocanada de aire abrasador inundó sus pulmones. Aquel infierno de dolor se extendió rápidamente por el resto del cuerpo, carbonizando huesos y abrasando la carne, hasta que incluso las articulaciones se vieron poseídas de un dolor insoportable, que consumió los últimos restos de juventud que quedaban en el monarca. Este concentró sus pensamientos en el frasco del interior de su cerebro, en un intento de aumentar su tamaño para poder transmitir más cantidad de este nuevo sufrimiento a Agis.
El frasco se hizo añicos y derramó su contenido de nuevo en el cuerpo de Tithian, llenando su mente de un revuelto torrente de desdicha. El rostro de Agis desapareció en medio de la inundación, dejando al rey febril, débil y chamuscado.
Tithian cayó de rodillas y tiró de su morral para llevarlo al frente. La mano que introdujo en su interior era la de un anciano, enjuta y llena de manchas amarillentas, con la carne colgando de la muñeca en descoloridos pliegues y las articulaciones hinchadas por la enfermedad. El rey lanzó una exclamación ahogada, y aunque no podía oírla por encima del canto fúnebre de los espíritus, la voz que resonó en su garganta era ronca y débil.
Con todo, la espantosa pareja no dio por finalizados sus lamentos, y Tithian sintió que envejecía por momentos. Sacó una pluma de búho del morral, y volvió la palma de la mano hacia el suelo. Una vez más, la energía que se precipitó al interior de su cuerpo le provocó un dolor terrible. La percibía asando literalmente su carne de dentro a fuera, pero apenas parecía importante en comparación con el tormento que le infligían los dos espíritus.
Lanzó la pluma al aire y gruñó el conjuro, utilizando la lengua para marcar las sílabas. De nuevo, el hechizo no funcionó exactamente como esperaba. En lugar de imponer un absoluto silencio sobre la zona, ahogó el lamento fúnebre, de modo que el terrible sonido parecía un eco llegado desde el otro extremo de un largo desfiladero.
El insoportable dolor se fue desvaneciendo poco a poco, y su lugar lo ocuparon miles de dolores de menor intensidad. Punzadas febriles atravesaban cada una de sus articulaciones, el estómago le daba vueltas como si hubiera devorado una ración de azufre, y en sus oídos resonaba un terrible repiqueteo interminable. No obstante, Tithian comprendió que, por ahora, había sobrevivido a los nocivos efectos del lamento.
El monarca se incorporó pesadamente y se mantuvo en pie ante los dos espíritus aunque la cabeza le daba vueltas por el esfuerzo. Intentando por todos los medios no temblar ni parecer atemorizado al encontrarse con sus llameantes miradas, inquirió:
—Repito, ¿sois vosotros los caballeros enanos, Jo’orsh y Sa’ram?
Ante la sorpresa del rey, esta vez los espíritus respondieron y parecían cualquier cosa excepto criaturas insensatas.
—¡No somos enanos, humano! —tronó la figura que tenía cabeza—. ¡Somos Jo’orsh y Sa’ram, los primeros gigantes! ¡Hemos percibido cómo tu magia buscaba el Oráculo, y no te lo llevarás, ladrón!
Diminutas llamas rojas brotaron de los tocones que hacían las veces de brazos de los espíritus. Empezaron a arrastrarse al frente, girando despacio las retorcidas extremidades para señalar a su rostro. Tithian retrocedió, dio un traspié y estuvo a punto de caer cuando sus piernas de anciano no respondieron como había esperado. Hizo ademán de introducir la mano en el morral, pero, al recordar cómo le habían abrasado la carne los dos anteriores conjuros decidió probar algo diferente.
Cerró los ojos y se imaginó a sí mismo como una estatua, esculpida en un sólido bloque de granito.
Mientras reunía la energía espiritual necesaria para utilizar el Sendero, las facciones de la estatua cambiaron sin que él interviniera. Las facciones enjutas se tornaron macilentas y casi esqueléticas, con profundos círculos bajo los ojos, y la nariz aguileña se volvió tan prominente que la boca de finos labios no parecía más que una sombra. Los hombros se encorvaron hacia adelante, y los largos cabellos se transformaron en una maraña desordenada.
Aunque la imagen le repugnaba, Tithian no se molestó en cambiarla. La carne se había vuelto pétrea y resistente al fuego, y eso era lo más importante en aquellos momentos. Dejó de retroceder con un supremo esfuerzo, y luego se mantuvo erguido mientras sus dos atacantes se acercaban.
Las huesudas criaturas se detuvieron a menos de un paso, apuntando con los brazos directamente al pecho de Tithian. Las llamas de los extremos de los tocones salieron disparadas al frente, cayendo sobre el cuerpo del rey tal y como lo habían hecho antes sus abrasadores alientos. El fuego fue poco efectivo, y se limitó a arremolinarse inofensivamente sobre su pecho.
—Puede que hayáis engendrado gigantes, pero fuisteis enanos —dijo Tithian. Clavó los ojos en las ascuas que flotaban sobre los cuellos de los descabezados espíritus, y citó la primera línea del libro sagrado de los enanos, El libro de los reyes de Kemalok; «Nacidos del fuego líquido y acostumbrados a la desolada oscuridad, nosotros, los enanos, somos el pueblo fuerte, el pueblo de la roca…»
Mientras hablaba, el monarca formó la grotesca imagen de un enano barbudo y peludo, tal y como tenía entendido que aparecían los antiguos enanos en sus retratos. Utilizó el Sendero para proyectar esta creación en dirección a las ascuas ardientes de la huesuda criatura sin cabeza. No se trataba de un ataque mental sino que más bien esperaba entrar en contacto con lo que fuera que actuara como cerebro del ser. Siguió recitando:
«En nuestros huesos hunden las montañas sus raíces, de nuestros corazones manan las aguas cristalinas, de nuestras bocas soplan los fríos vientos. Fuimos creados para apuntalar el mundo, para sostener el peso de los verdes campos sobre nuestros hombros».
El enano creado por Tithian penetró en lo que quedaba del intelecto del espíritu, y el rey se vio repentinamente cegado por un brillante resplandor rojo. El suelo desapareció de debajo de sus pies y se vio lanzado entre volteretas al interior del rojo resplandor.
En un intento de controlar el descenso, el rey imaginó que un par de alas brotaban de la espalda del enano. Una sensación de náusea se apoderó de su estómago mientras de las profundidades de su envejecido cuerpo surgía un chorro de energía, y los alados apéndices aparecieron en la espalda de su creación. Casi al instante, las alas empezaron a despedir humo y quedaron envueltas en llamas.
Con la esperanza de poder despertar los recuerdos del espíritu antes de que su creación corriera el mismo destino que las alas, Tithian hizo que esta repitiera las primeras líneas de El libro de los reyes de Kemalok: «Nacidos del fuego líquido y acostumbrados a la desolada oscuridad, nosotros, los enanos, somos el pueblo fuerte, el pueblo de la roca. En nuestros huesos hunden las montañas sus raíces, de nuestros corazones manan las aguas cristalinas…»
El negro círculo de la cavidad de una boca apareció en el rojo resplandor, justo frente a la creación de Tithian. Mientras el imaginario enano seguía cayendo, el negro disco se fue haciendo cada vez más grande; pronto reemplazó por completo al rojo fuego, y la creación del monarca se perdió en la oscuridad. En algún lugar de las tinieblas, un arroyo discurría hasta un manso estanque, y Tithian percibió el dulce olor de la humedad. Una brisa fresca bañó su piel, trayendo con ella la promesa de refugio y seguridad.
Fue entonces cuando Tithian se dio cuenta de que los espíritus habían dejado de atacar su cuerpo físico. Ahora se encontraban situados a su lado, con los brazos mutilados caídos a los costados y sin vomitar llamas. Las ascuas color naranja habían sido reemplazadas por la refulgente efigie de auténticos ojos, con espesas cejas, largas pestañas grises y una tranquila serenidad que indicaba antigua sabiduría e integridad de carácter.
En el interior del cerebro del espíritu descabezado, un par de parpadeantes tizones aparecieron frente a la creación de Tithian para iluminarle en la oscuridad. El monarca descubrió con sorpresa que su enano no se encontraba en un simple túnel de una cueva, sino en un enorme patio subterráneo. Justo delante se distinguía la entrada en arco de una magnífica torre, flanqueada a cada lado por un candelabro de pared que sujetaba una de las antorchas que iluminaban la zona. La fortificación se perdía en lo alto, donde el tejado se fundía con el techo de la caverna en cuyo interior se había construido.
Tithian condujo a su creación a través de las puertas chapadas con placas de bronce y penetró en el alcázar. Se encontró en el interior de un vestíbulo mal iluminado. A un lado de la entrada había un banco de piedra bajo, hecho a medida para las piernas cortas de los enanos. Al otro lado había un banco más alto, apropiado para las piernas más largas de los humanos. Otra puerta se abría en el lado opuesto, y sobre este arco colgaban un par de hachas de armas cruzadas, listas para caer sobre el cuello de cualquiera que atravesase el portal sin permiso.
Una pareja de enanos salieron por la puerta interior. Los dos iban cubiertos con relucientes armaduras de placas de acero, repujadas con sencillos dibujos geométricos y orladas de oro. Una de las figuras llevaba el yelmo bajo el brazo, pero a pesar de ello todo lo que podía verse de su rostro eran un par de decididos ojos castaños y la orgullosa nariz aguileña, ya que la larga cabellera y la espesa barba formaban una melena que ocultaba todo lo demás. El segundo enano llevaba el yelmo puesto con el visor bajado, lo que dejaba a la vista tan sólo un par de ojos verdes y los mechones de la larga barba.
—¿Por qué nos has hecho regresar a las cuevas de nuestros antepasados? —exigió la figura cubierta con el yelmo—. ¿Por qué vienes a nosotros hablando de las raíces de las montañas, de aguas cristalinas y de vientos fríos, del pueblo del fuego y la oscuridad?
—Ha llegado el momento de que os reunáis con vuestro rey, Sa’ram —replicó Tithian, diciéndose que el enano que se negaba a mostrar la cabeza debía de ser el antepasado de los gigantes cabeza de bestia.
El enano no pareció reaccionar ante la mención de su nombre, pero dijo:
—Eso no es posible. Tenemos un deber para con nuestros descendientes.
—¡Tenéis un deber para con vuestro rey! —respondió Tithian con aspereza— Rkard os ha llamado, y debéis obedecer.
—Rkard está muerto —respondió Sa’ram mientras enojadas ascuas naranja empezaban a brillar detrás del visor—. Lleva muerto todos estos siglos.
—Rkard ha renacido, y he venido a llamaros de vuelta a su servicio —dijo el rey. Si los espíritus descubrían su mentira, Tithian no dudaba de que sufriría una muerte terrible y prolongada; pero no tenía intención de dejar que lo descubrieran. Había venido preparado para corroborar su historia, o de lo contrario jamás habría hecho tan escandalosa afirmación—. Mi cuerpo sostiene en sus manos los símbolos que demuestran que digo la verdad.
La creación de Tithian fue expulsada de la mente del espíritu, y el monarca se encontró otra vez en el sofocante túnel de mica, flanqueado a cada lado por una masa gigantesca de hueso fundido que en una ocasión había sido un enano.
Estos símbolos…, muéstralos, ordenó Sa’ram. Al carecer de boca, o incluso cabeza donde colocarla, utilizó el Sendero para enviar el mensaje.
Tithian enseñó el Cinturón de Mando, y luego lo depositó sobre el brazo descarnado de Sa’ram.
—Esto es la Cabeza del Duende —argumentó Jo’orsh, y también sus ojos empezaron a brillar con una luz naranja—. Es el emblema de un general enano, no del rey.
—¿No se convirtieron el uno y el otro en lo mismo cuando Kemalok cayó? —replicó Tithian. A juzgar por el tono naranja que regresaba a sus ojos, su plan no estaba saliendo tan bien como había esperado. Hundió la mano en el morral que colgaba de su hombro, y añadió—: Sin embargo, ya me temí que un símbolo no sería suficiente, de modo que traje también esto.
Tithian sacó una corona de metal blanco tachonada de piedras preciosas que deslizó sobre el muñón del brazo de Jo’orsh.
—La corona de Rkard —confirmó el espíritu. Su voz sonó curiosamente desilusionada, y el fulgor naranja desapareció tanto de sus dos ojos como de los de Sa’ram—. ¿Qué quiere de nosotros?
—Que regreséis a Kemalok —respondió Tithian con un privado suspiro de alivio—. Allí encontraréis a un niño mezcla de enano y humana cuyos ojos son rojos. Es el recipiente en el que Rkard ha escogido reencarnarse. Debéis proteger a esta criatura de todo mal, ya que su destino es unir los ejércitos de hombres y enanos bajo el estandarte de la Torre de Buryn.
A pesar de sus palabras, Tithian no tenía el menor conocimiento de que Rkard se hubiera reencarnado en ningún niño. Lo cierto es que el monarca había concebido esta mentira tras varios meses de cuidadosa investigación de las leyendas enanas y exhaustivos interrogatorios a las cabezas que le servían de tutores. Había basado la historia definitiva en la antigua creencia enana de que los reyes de Kemalok siempre resucitarían para responder a la llamada de auxilio de su ciudad. Puesto que sabía que Rkard había, realmente, regresado de entre los muertos no hacía mucho para proteger a la ciudad, Tithian no dudaba de que a Sa’ram y Jo’orsh no les costaría demasiado aceptar su invención.
Durante un buen rato, los dos espíritus se contemplaron el uno al otro en silencio. Finalmente, Jo’orsh sacudió la cabeza.
—No podemos acudir a la llamada de nuestro rey —dijo—. Nuestro deber para con el Oráculo…
—No es tan grande como vuestro deber para con vuestro rey —interrumpió Tithian, observando a la pareja con atención. Tras decidir que los espíritus lo habían aceptado como auténtico mensajero de Rkard, añadió—: Ni tampoco es mayor que vuestra obligación de mantener vuestro juramento de matar a Borys.
Los ojos de Sa’ram llamearon. No podemos mantener ese juramento.
—No directamente, pero pronto llegará el momento: cuando Rkard tenga edad suficiente para reunir a los ejércitos de hombres y enanos —dijo Tithian—. Las armas que necesita las tiene a su alcance: El Azote de Rkard, una hechicera con la magia de la Torre Primigenia, y, aquí en Lybdos, la lente oscura. Todo lo que debéis hacer es proteger al niño hasta que tenga edad suficiente para matar al dragón. Yo me quedaré con la lente hasta que regreséis a buscarla.
—No. Hemos de averiguar que existen peligros peores que Borys —protestó Jo’orsh—. De lo contrario, no habríamos renunciado a nuestro compromiso de matarlo, ni nos habríamos condenado a esto. —Hizo descender el retorcido muñón de un brazo sobre su cuerpo esquelético.
Si el dragón muere, Rajaat quedará libre, añadió Sa’ram. Reanudará sus guerras contra las razas verdes y no se detendrá hasta que todas ellas hayan perecido. No podemos condenar a todas la razas de Athas a la muerte para vengar a los enanos en Borys, ni tampoco para ahorrarnos una eternidad de sufrimiento.
—Es por eso que todos debemos hacer lo que el rey ordena. Rkard ha regresado para defender no sólo a los enanos de Kemalok, sino también a todas las razas de Athas —arguyó Tithian, utilizando todos sus poderes de persuasión, a pesar de que le importaban bien poco las causas que abrazaba con tanta elocuencia—. El dragón y sus campeones han convertido el país en un erial. Si no matamos a Borys, no quedará nada que puedan habitar los enanos ni ninguna otra raza.
—¿Y qué haremos si Rajaat queda Ubre? —exigió Jo’orsh—. No servirá de nada matar a Borys si Rajaat destruye el mundo.
—Encontraremos un modo mejor de ocuparnos de Rajaat. Pero incluso si no podemos, ¿qué diferencia hay en mantenerle a él encerrado si Borys destruye el mundo? —inquirió Tithian—. Hemos estado demasiado tiempo intentando cambiar un mal por otro. Hemos de eliminarlos a los dos, o Athas perecerá con la misma seguridad que si los dejáramos a los dos errar libres.
Sus palabras no son descabelladas, Jo’orsh, observó Sa’ram.
—Jamás ha combatido contra Rajaat —replicó Jo’orsh—. No ha visto las masacres de la Era Verde.
—Pero vuestro rey sí. Es él quien me envía a reemplazaros aquí —respondió Tithian. Al ver que los dos espíritus seguían sin mostrarse muy convencidos, añadió—: De camino a Kemalok veréis en qué se ha convertido Athas. Tras vuestro viaje no consideraréis que el mundo es un lugar mejor con Borys libre.
—¿Y si lo hacemos? —insistió Jo’orsh.
—En ese caso, todo lo que tenéis que hacer para salvar al dragón es matar a un niño y regresar con el Oráculo —dijo Tithian. Lo cierto es que no le importaba en absoluto si los espíritus protegían al hijo de Neeva o mataban al pequeño mul, siempre y cuando lo dejaran a él, Tithian, solo con la lente oscura—. ¡Ahora marchad! No tenéis elección, ya que vuestro rey os ha llamado. ¡Debéis mantener los juramentos hechos cuando estabais vivos!
Tiene razón, Jo’orsh, dijo Sa’ram. Hemos de averiguar qué ha pasado con el mundo. A lo mejor hemos causado más mal que bien.
—Y también puede ser que estemos a punto de causarlo —respondió Jo’orsh—. Pero ya lo veremos.
Los dos espíritus iniciaron el ascenso hacia la superficie, Sa’ram transportando el cinturón y Jo’orsh la corona. Tithian los observó durante unos instantes, y luego empezó a descender por el túnel. Ahora que los dos espíritus se habían ido, todo lo que lo separaba de la lente eran unos pocos metros de oscuridad.