8: El oso
8
El oso
Cuando el esquife rodeó silencioso el escarpado promontorio, una inesperada ráfaga de aire malsano y húmedo llegó hasta el rostro de Agis. En la oscuridad de la noche, tardó un instante en localizar el origen de la brisa en la abierta boca de una gruta situada a menos de doce metros de distancia.
La cueva se abría en la base de una península rocosa, un farallón de piedra que se alzaba en vertical del fondo del Mar de Cieno. Desde la perspectiva de Agis, los acantilados cortados a pico parecían alzarse sin impedimentos hasta el cielo, pero el noble sabía que no era así. A primeras horas de aquella noche, mientras Kester empujaba con la pértiga el esquife a través de la oscura bahía, el noble había visto un anillo de elevadas murallas que coronaba la cima. Los muros tenían dos veces la altura de un gigante, con torreones en voladizo en cada esquina y aserradas almenas rematando toda su longitud.
Agis señaló con la mano la oscura caverna.
—Esta parece bastante pequeña —susurró—. Veamos a dónde conduce.
Nymos alzó el estrecho hocico y olfateó la corriente de aire; casi al momento, un escalofrío recorrió toda la extensión de su sinuoso cuello.
—Eso no sería sensato —dijo—. Hay un olor espantoso en su interior.
—¿De dónde procede? —inquirió Kester, utilizando la pértiga para mantener el esquife inmóvil.
—No estoy seguro —respondió el jozhal—. Pero es apestoso y salvaje. No hay otra forma de describirlo.
—Sea lo que sea, dudo que resulte más salvaje que ella —dijo Tithian, levantando la mirada de sus deberes como flotador de naves.
El rey señaló un istmo bajo que describía una curva desde las colinas arboladas de Lybdos para conectar con la escarpada península bajo la que ellos se ocultaban. Justo detrás de la rocosa faja de tierra, el disco dorado de Ral flotaba bajo en el horizonte, perfilando la silueta de una saram de cabeza de camaleón bajo su dorada luz lunar. La mujer iba y venía por la traicionera cresta con gran cuidado, estudiando con atención dónde colocaba el pie antes de dar un paso.
—Cuanto menos tiempo le demos para descubrirnos, mejor —dijo Tithian—. Entrad en la cueva.
—Probemos otra —insistió Nymos—. Mag’r dijo que la península está acribillada de grutas.
—Puede ser, pero podríamos tardar toda la noche en encontrar el túnel que necesitamos —replicó Tithian—. No tenemos tiempo de buscar una cueva que tú consideres que huele bien.
—Estoy de acuerdo —dijo Agis.
—Lo ves, podemos trabajar juntos —se apresuró a apuntar Tithian.
—Estar de acuerdo no tiene nada que ver con la confianza —advirtió el noble, acariciando con la mano un rollo de cuerda de cabello de gigante que colgaba de su cinturón. En cuanto la libertad de Tithian dejara de ser necesaria para la seguridad del grupo, utilizaría la cuerda para atar al rey, y esta vez habría un lazo corredizo a la altura del cuello que se tensaría al menor indicio de problemas.
Tithian sonrió al ver el gesto del noble, y dijo:
—Pero tienes que admitir que no será fácil encontrar otra caverna como esta. Es lo bastante grande para ocultar nuestro esquife, pero a la vez lo bastante pequeña para que no puedan entrar los gigantes mientras no estamos aquí.
—¿Y eso qué importa? —protestó Nymos—. Este plan es absurdo. Jamás funcionará.
—No empieces con eso otra vez —refunfuñó Kester, empujando el esquife hacia adelante—. Siéntate y ahórranos tus discursos.
Todos conocían de sobra las objeciones del jozhal al plan elaborado por Tithian y Mag’r. Al enterarse de que la fortaleza se encontraba sobre una península acribillada de grutas, y que había cuevas que daban tanto al interior como al exterior del castillo, el rey había sugerido que podrían deslizarse al interior sin ser vistos a través de un pasadizo subterráneo. Nymos se había aprestado a señalar que incluso los gigantes serían lo bastante listos como para sellar tales conductos, pero Tithian había descartado las protestas del reptil con un encogimiento de hombros, le había asegurado y también a los otros, que podía romper cualquier precinto saram y rescatar el Oráculo.
A Mag’r le encantó la idea, pero exigió que el grupo abriera las puertas del castillo a sus guerreros para que fueran ellos los que rescataran el Oráculo. Para asegurarse de que Tithian y los otros mantenían su parte del acuerdo, el jalifa había amenazado con hundir La Víbora Fantasma si no se abrían las puertas cuando lanzaran su ataque al amanecer.
Nada más penetrar el esquife en la gruta, todo se volvió tan oscuro que Agis no podía ver ni la proa de la embarcación, y mucho menos lo que hubiera más allá. A pesar de ello, no encendió ninguna antorcha por miedo a que su vacilante luz se derramara fuera de la cueva y atrajera la atención de la centinela sobre ellos, y optó por tomar prestado el bastón de Nymos y arrodillarse en la cubierta de proa. Allí instalado, se dedicó a balancear la pequeña vara muy despacio adelante y atrás en busca de obstáculos situados frente al barco y a golpear ligeramente las paredes para saber dónde se encontraban en cada momento.
Continuaron de esta forma durante muchos minutos antes de que un sordo fragor sacudiera la caverna, levantando una asfixiante nube de cieno. Tan profundo y amortiguado fue el sonido que Agis lo sintió más en la boca del estómago que en los oídos.
—¡Ya hemos entrado bastante! —siseó Nymos. Su nerviosa cola golpeó suavemente las bordas del esquife.
Kester detuvo el bote, y Agis volvió la cabeza para mirar en dirección a la salida de la cueva; no vio otra cosa que una profunda y total oscuridad.
—Puede que nos hayamos adentrado lo suficiente para encender una antorcha —sugirió.
Los demás estuvieron de acuerdo. Nymos hurgó en el fondo de la embarcación unos momentos, y luego pasó al frente una antorcha de olor desagradable.
—¿Y el fuego? —preguntó el noble.
—Permíteme —dijo Tithian; rebuscó en su morral, y dijo—: Kester, golpea esta estaca sobre este plato.
El noble escuchó algo parecido al rascar de un palo sobre una pared de roca; acto seguido, el olor acre del azufre inundó su nariz, y un centelleo de luz blanca lo cegó momentáneamente. Cuando su visión regresó a la normalidad, sostenía una antorcha llameante. En el fondo del bote yacía la piel grasienta de la que había salido la antorcha de aceite, mientras que Kester sostenía una tabla de piedra pómez blanca y un palo ennegrecido en las manos.
Nymos arrebató los utensilios de las manos del tarek y los olisqueó moviendo nerviosamente la nariz.
—¿Magia? —inquirió con avidez.
—En absoluto —respondió Tithian—. Un simple truco de bardo.
Kester recuperó la pértiga que descansaba sobre un travesano.
—Magia o no, la luz es la luz —anunció—. Ahora podemos seguir.
La tarek siguió impulsando la embarcación.
A la luz de la antorcha que sostenía, Agis descubrió que una mancha de lechoso calcio blanco recubría el techo de la gruta. Gráciles estalactitas taladraban el revestimiento en un centenar de lugares, pero las puntas de las colgantes lanzas se habían partido a una altura que era la mitad de la de un hombre, con lo que sus extremos eran afilados y desiguales. La rotura desconcertó al noble, pero incluso tras estudiar con suma atención las formaciones, le fue imposible determinar qué la había producido.
A medida que el grupo se adentraba más en la penumbra, la mancha calcárea empezó a cubrir los laterales de la caverna además del techo, hasta que todo el túnel quedó recubierto del lechoso color blanco. A intervalos regulares, el esquife pasaba junto a cortinas de piedra caliza que fluían de fisuras de la pared, o salientes cubiertos de nudosas constelaciones de goterones. Al igual que las estalactitas, muchas de estas formaciones estaban raspadas y rotas, como si algo apenas lo bastante pequeño para el lugar pasara de vez en cuando por el túnel.
—El olor se vuelve más fuerte —advirtió Nymos—. ¿No lo notáis?
—No es más que un animal pudriéndose —dijo Kester, olfateando—. No hay motivo para preocuparse.
A pesar de las palabras tranquilizadoras de la tarek, el noble desenvainó su espada. Él pasadizo serpenteaba de acá para allá, y a cada giro se volvía más ancho hasta que el noble ya no podría haber tocado con su espada ninguna de las paredes si hubiera querido hacerlo. Al mismo tiempo, el lechoso techo se iba inclinando cada vez más hacia arriba, y las estalactitas aparecían rotas cada vez más cerca de sus puntas. El casco del esquife arañó varios objetos enterrados, y puntas de estalagmitas rotas empezaron a sobresalir del lecho de lodo.
Agis empezaba a temer que la embarcación no podría ir más allá cuando otro pasadizo, tan grande que la antorcha no era capaz de iluminar el techo ni la pared más lejana, se cruzó con el que ellos seguían. El suelo, que se inclinaba hacia arriba desde el túnel por el que iban, estaba cubierto de estalagmitas rotas, maderos de barco podridos y esqueletos grisáceos, tanto humanos como de animales.
—Será mejor que miremos esto más de cerca —dijo Agis. Levantó la mano, y Kester detuvo el esquife justo a un par de metros de la entrada de la caverna más grande—. ¿Es el canal demasiado profundo para que pueda vadear?
La tarek echó una ojeada al trozo de pértiga que sobresalía aún del lodo.
—Es posible que puedas hacerlo —dijo—. Pero a mí no me haría gracia la idea de caer en un agujero.
Agis se sentó en la proa, listo para introducirse en el canal de cieno, y de improviso sintió que le faltaba la respiración. Un pútrido olor rancio inundó el pasadizo, tan insoportable que una terrible sensación de náusea hizo que le temblaran las rodillas.
El noble sintió un aterrador escalofrío en la base del cráneo, y todo su cuerpo empezó a hormiguear con energía espiritual. La llama de la antorcha refulgió con un brillante color blanco, y luego se tornó negra bruscamente, hundiendo al grupo en las tinieblas. De no haber sido por el suave siseo del aceite al arder, Agis habría dado por sentado que el fuego se había apagado. Pero sentía el calor sobre la piel, y, en lugar de arrojar el palo al interior del bote, tuvo que seguir sosteniendo el inútil objeto.
—¡Luz, Nymos! —dijo Kester, y su voz asustada resonó en las paredes de la cueva—. Todo ha quedado a oscuras.
Las garras de Nymos chasquearon nerviosas, y su voz pronunció la fórmula de un conjuro.
—¿A qué esperas? —refunfuñó Kester.
—¿No brilla la espada de Agis? —inquirió el jozhal.
—No —informó Agis—. Nos enfrentamos al Sendero, no a hechicería.
—Yo también lo siento —dijo Tithian—. Y la cúpula del esquife chisporrotea llena de energía.
Un gruñido ensordecedor surgió del pasadizo más ancho, tan sonoro y grave que hizo temblar el esquife bajo los pies del noble. Una presencia perversa, tan negra como la llama de la antorcha e igual de abrasadora, se abrió paso por la mente de Agis. El invasor empezó a destrozar sus pensamientos, atacando desde detrás de su máscara de oscuridad, y a su paso no dejaba otra cosa que una angustia penetrante y un temor antinatural, un temor como no recordaba haber sentido jamás.
Agis intentó crear una imagen del sol rojo, decidido a poner al descubierto a su atacante; pero el rojo disco apenas empezaba a formarse cuando una enorme garra negra surgió de la oscuridad y lo aplastó, con lo que la mente del noble volvió a hundirse en las tinieblas.
Nymos lanzó un alarido de terror, al igual que Kester, e incluso Tithian dejó escapar un gemido de sus labios. Sus reacciones no preocuparon a Agis tanto como le sorprendieron. Jamás se había enfrentado a un ataque mental de tal poder puro y no imaginaba a un atacante lo bastante fuerte como para realizar cuatro ataques a la vez.
Se escuchó un sonoro restregar delante de ellos, como si algo enorme se abriera paso hasta su pequeña cueva. Por los rechinantes chirridos que estremecían ambas paredes, a Agis le dio la impresión de que la criatura llenaba el pasadizo de una pared a otra. El noble intentó levantar la espada y descubrió que el brazo se negaba a obedecer sus deseos.
—Empújanos hacia atrás —dijo Agis—. Me iría bien un poco de distancia.
El esquife se puso en marcha con un ligero bamboleo. Retrocedió unos pocos metros, y luego se detuvo de improviso.
—¿Kester? —llamó Agis.
No recibió respuesta.
—Me parece que la tarek está paralizada de miedo —dijo Tithian—. Esta cosa debe de ser muy poderosa.
Un sonoro bufido silbó en la caverna, enviando una ráfaga maloliente contra el rostro de Agis. El sonido de arañazos delante de ellos se volvió más sonoro y profundo, mientras que un apagado repiqueteo de zarpas sobre la piedra se dejó escuchar por debajo del polvo.
—Que todo el mundo imagine que mi espada resplandece —indicó Agis—. Hemos de luchar todos juntos, o esta cosa nos vencerá.
Mientras la criatura avanzaba hacia él, el noble siguió sus propias instrucciones. Durante un instante, la oscuridad de su cerebro pareció espesarse como respuesta, y no pudo conseguir otra cosa que visualizar el perfil gris de su arma. Luego, a medida que los otros se unían a él, la bestia no fue bastante poderosa para mantenerlos a todos sumidos en la oscuridad, y la espada del noble, tanto dentro como fuera de su cerebro, iluminó la gruta con radiante luz blanca.
De todos modos, Agis no pudo concentrarse en la caverna que lo rodeaba. Ahora que las cuidadosamente ordenadas salas de su mente estaban iluminadas, descubrió el motivo de su parálisis. En el suelo ensangrentado de un pasillo yacía su cuerpo; o al menos pensó que era su cuerpo. El cadáver había sido terriblemente destrozado, hasta tal punto que el noble sólo pudo reconocerlo por su larga melena y la espada de los Asticles asida por una mano ensangrentada, que ahora resplandecía con la luz del hechizo de Nymos.
Por las exclamaciones ahogadas de sus compañeros, el noble comprendió que cada uno había encontrado una imagen similar en su propio cerebro.
—Representaos a vosotros mismos de pie —dijo Agis, luchando aún por mantener la espada encendida en su mente—. Hemos cansado a la bestia y ahora podemos derrotarla, ¡pero debemos trabajar juntos!
Un ruido gutural resonó por la caverna, y una pesada zarpa golpeó la proa del esquife, rociando al pasaje de cieno al errar el blanco por pocos centímetros. La pata se hundió en el polvo con siniestro silencio, y luego unos sonoros arañazos volvieron a inundar el pasadizo cuando la bestia se arrastró hacia adelante.
Agis concentró sus pensamientos en el interior de su mente para obligar a su mutilado cadáver a levantarse. La zarpa de un animal se materializó saliendo del techo y cayó sobre su pecho para apretar de nuevo el cuerpo contra el suelo. El noble atacó la pata con la brillante espada, y un chorro de sangre caliente cayó sobre él al seccionar tendones fibrosos y arterias.
Aun así, la pata no se movió.
El noble dejó de atacar y extendió los brazos a los costados. Imaginó que su cuerpo se transformaba en una trampa de resorte, como las utilizadas por los perseguidores de esclavos, los cazadores de lirrs, y otros que preferían capturar a su presa sin luchar con ella cara a cara. Un chorro de energía espiritual brotó de su interior, y sus brazos se convirtieron en las mandíbulas de la trampa. Se lanzaron hacia arriba y cerraron los afilados dientes sobre la maciza pata que lo sujetaba contra el suelo.
La zarpa retrocedió violentamente, pero la trampa de Agis se mantuvo bien cerrada. La pata se retorció y tiró en todas las direcciones posibles, desgarrando la carne hasta dejar a la vista el hueso por todos lados. La criatura siguió debatiéndose durante unos instantes, hasta que quedó bien claro que la pata no podía soltarse.
La pierna quedó bruscamente inmóvil, y las heridas del cadáver de Agis empezaron a cicatrizar. El terrible peso que sentía sobre el pecho también fue desapareciendo poco a poco, y la zarpa abandonó su mente.
—¡Estoy libre! —informó Tithian.
—Yo también —respondió Agis.
Mientras el noble pronunciaba estas palabras, la antorcha de su mano recuperó el color normal, iluminando la caverna con temblorosa luz amarilla. La espada de Agis también brillaba con una luz blanca producto del hechizo que Nymos había lanzado antes.
El noble sacudió la cabeza para aclararla, luego levantó los ojos hacia la criatura que había estado a punto de utilizar el Sendero para matarlos. Cuando vio lo que se había arrastrado hasta el pasadizo tras ellos, Agis casi deseó que el corredor hubiera permanecido a oscuras. Ante él tenía un monstruo de largos colmillos con una nariz negra del tamaño de su propia cabeza y un hocico casi cuadrado más largo que la proa del esquife. Las enormes mandíbulas de la bestia estaban entreabiertas por el agotamiento, y la punta de una lengua roja sobresalía por entre los labios mientras chorros de baba corrían por los belfos de su boca. En el otro extremo del hocico se veían un par de ojillos fatigados, incrustados en un huesudo cráneo redondo cubierto de pelaje marrón. Sobre la cabeza aparecían dos despabiladas orejas redondas, extrañamente mansas en contraste con su temible aspecto.
El resto de la criatura resultaba aún más horripilante que la cabeza. Largos mechones de pelo marrón surgían de las uniones del caparazón articulado que cubría todo su cuerpo. Los enormes hombros tocaban los muros del pasadizo por ambos lados, el vientre descansaba sobre las estalagmitas del lecho de lodo y la parte superior de su espina dorsal se apretaba contra el techo.
—¡Que Ral nos proteja! —exclamó Kester—. ¡Un oso!
Sacudiendo la caverna con un poderoso rugido, la bestia se lanzó al frente y levantó una enorme pata del lecho de lodo. Agis soltó la antorcha y saltó de la cubierta, al tiempo que hacía descender su refulgente espada en una frenética cuchillada. La zarpa del oso descendió a su espalda e hizo astillas el esquife con un potente golpe.
Con los aterrorizados gritos de sus compañeros resonando en los oídos, Agis hendió con la espada la negra punta del hocico del oso. Vio cómo se abría una profunda herida y luego sintió que sus pies se hundían en el lodo. Una nube gris se levantó para envolverle, y la bestia volvió a rugir.
El tobillo de Agis arañó el costado de una estalactita sumergida y un agudo dolor le subió por la pierna al torcerse la articulación. Temeroso de que su cabeza también se hundiera, el noble se aferró a la rocosa columna con la mano libre. Intentó inhalar, y le pareció que absorbía tanto polvo como aire. Tosiendo violentamente, lanzó la espada contra el gaznate de la bestia, pero la hoja rebotó en las placas protectoras de la garganta de la criatura sin penetrar en ella.
—¡Kester, ayúdame! —gimió Agis.
No recibió respuesta.
—¿Nymos?
El oso abrió las fauces y bajó la babeante boca en dirección a la cabeza de Agis, que intentó defenderse con la espada, pero la hoja sólo consiguió desportillar los colmillos amarillentos de la criatura. Aspirando jadeante lo que temió fuera a ser su último aliento, el noble cerró los ojos con fuerza y se hundió en el polvo. Se propulsó a ciegas, aferrándose a la fina superficie pétrea de la estalagmita con la mano libre y pateando el resbaladizo suelo con los pies.
Con un feroz resoplido, el oso arremetió con sus enormes fauces contra él. Agis sintió una corriente de cieno alrededor del cuerpo, y un diente afilado le arañó el tobillo. Liberó la pierna con un violento tirón, mientras pateaba violentamente con la otra. El pie encontró un punto de apoyo en el hocico de la bestia y lo impulsó hacia adelante. El amortiguado raspar de los dientes sobre la piedra resonó en el polvo, seguido por el ahogado chasquido de una estalagmita al ser partida de raíz.
Agis avanzó un poco más y se levantó. La nariz apenas había quedado por encima del polvo cuando su coronilla chocó contra la armadura ósea que recubría la parte inferior del cuerpo del oso. Abrió los ojos al momento; estaban cubiertos de cieno y empezaron a escocerle terriblemente, pero de todas formas pudo ver con la suficiente claridad como para distinguir lo que sucedía a su alrededor. Se dio la vuelta y se encontró una nariz sangrante que olfateaba el polvo donde él había estado momentos antes. Más allá del hocico del animal se veían unos cuantos pedazos del destrozado esquife que se habían enganchado en una estalagmita y no se habían hundido. La aplastada proa se había incendiado a causa de la antorcha que él había dejado caer antes, y a la luz de los quemados maderos, vislumbró parte de la cola rayada de Nymos arrollada a la parte superior de una estalagmita. El noble no vio la menor señal de Kester o Tithian.
Un nudo de remordimiento se formó en el estómago del noble. Si la tarek había muerto, la echaría de menos. Incluso la idea de regresar a Tyr sin su prisionero le daba náuseas. Aun suponiendo que consiguiera encontrar el cuerpo del rey, resultaría un pobre sustituto del juicio público que había prometido a Neeva y a los enanos.
Decidido a llevar a cabo al menos eso, Agis se arrastró tan rápido como se atrevió. Movió los pies con mucho cuidado por el suelo, palpándolo para esquivar agujeros y estalagmitas sumergidas, en un intento de no volver a atraer la atención del oso. Cuando llegó al lomo, aspiró con fuerza y hundió la punta de la espada en la axila de la criatura al tiempo que empujaba con todas sus fuerzas.
La hoja se hundió hasta la empuñadura, y un chorro de sangre caliente resbaló por el brazo de Agis. El oso rugió enfurecido y giró violentamente la cabeza en un intento de morder a su atacante con las babeantes mandíbulas. El noble se agachó para esquivar las fauces y, temeroso de que la criatura se desplomara sobre él, se lanzó al frente. La zarpa del oso fue tras él a través del cieno.
Alcanzó a Agis justo cuando dejaba atrás la base de una gruesa estalagmita. La columna de piedra se partió con un sordo crujido, a la vez que un dolor terrible se apoderaba del cuerpo del noble, que abrió la boca para gritar. Los pulmones se le llenaron de cieno y empezó a ahogarse. Justo entonces, la zarpa del oso sacó a Agis del lodo y lo lanzó junto con la rota estalagmita al otro extremo de la caverna.
Agis se estrelló contra la pared, luego volvió a caer al lodo y se hundió como una roca. Conteniendo las negras oleadas de la inconsciencia, el noble intentó erguirse, pero los pies resbalaron al interior de un sumidero, y empezó a agitar los brazos desesperadamente con la esperanza de poderse agarrar a otra estalagmita.
En lugar de ello, encontró una pierna musculosa. Un par de manos poderosas se deslizaron bajo sus brazos, le extrajeron del polvo y le dieron la vuelta en un rápido movimiento. Agis se encontró bien sujeto por los fornidos brazos de la tarek, con la espalda apoyada contra el musculoso pecho de la mujer, cuyas enormes manos estaban entrelazadas sobre su abdomen.
—¡Kester! —El nombre no consiguió salir de sus labios, pues los pulmones le ardían por falta de aire y tenía la garganta taponada por el cieno.
La tarek hundió las palmas en la boca del estómago de Agis, obligándolo a doblar el pecho, lo que le provocó un dolor terrible en las apaleadas costillas. Las últimas bocanadas que le quedaban en el pecho escaparon por su boca, llevándose con ellas el cieno que había estado obstruyendo el paso del aire. El noble tosió varias veces, provocando nuevas oleadas de dolor por todo su cuerpo, pero por fin sus pulmones volvieron a llenarse. Fue entonces cuando hizo acto de presencia el terrible dolor de las tres profundas heridas que las zarpas del oso habían abierto en su costado. Agis no podía ni pensar en lo que podría haberle sucedido si la bestia no se hubiera visto obligada a arrancar de raíz una estalagmita para poder alcanzarle.
En cuanto Kester dejó que Agis se sostuviera sobre sus propios pies, este se dio cuenta de que el golpe lo había lanzado unos cuantos metros pasadizo abajo. Gracias al tenue resplandor de la incendiada proa, distinguió la silueta del oso algunos metros más allá. El animal se había desplomado bocabajo; el hocico sin vida estaba enterrado bajo el polvo y su inmensa mole cerraba la salida al pequeño túnel por el que habían venido. La criatura ocupaba tan por completo la gruta que no quedaban más que unos pocos centímetros entre su lomo y el techo.
—Siento haber dejado que lucharas solo —se excusó Kester. Debajo del cieno, su mano seguía posada sobre el codo del noble—. Cuando por fin conseguí salir del cieno y limpiar mis pulmones, tú estabas bajo la maldita bestia, y no quise sobresaltarla.
—Fue un combate extraordinario —dijo Tithian, surgiendo a la luz de la incendiada proa. El rey, más bajo que Agis y Kester, apenas conseguía mantener la barbilla por encima del cieno.
—¿Dónde te escondiste durante la lucha? —quiso saber Agis. Hizo una mueca al sentir un nuevo ramalazo de dolor—. Un poco de magia habría venido bien.
—¿E interferir en una exhibición tan ingeniosa? Jamás —respondió Tithian—. Vi a Rikus matar media docena de osos durante sus años de gladiador, y ninguna de esas muertes fue tan limpia como la tuya.
Agis entrecerró los ojos, pero no le pareció que fuera a servir de nada hacer comentarios sobre la cobardía del rey, de modo que dijo:
—Vayamos en busca de Nymos y marchemos.
—Podemos ir —dijo Tithian—, pero no queda mucho de Nymos que nos podamos llevar.
—¿A qué te refieres?
Los ojos de Kester se nublaron, y la mujer sacudió la cabeza.
—El primer zarpazo del oso dio en el centro de la embarcación, justo donde él estaba sentado.
—Si quieres llevártelo contigo, tendrás que recoger los pedazos primero —añadió Tithian. Pasó junto al noble y recogió la cola del jozhal del otro lado de una estalagmita para entregársela luego a Agis—. Personalmente, no creo que merezca la pena.
—Esperemos que los enanos sean tan bondadosos contigo como lo fue el oso con Nymos —escupió Agis; apartó la mano de Tithian con un golpe seco de la suya y se volvió para ver si podía trepar por encima del cadáver del oso.
Fue entonces cuando descubrió dos ojos enormes en las sombras entre el lomo del oso y el techo de la cueva.
—Me temo que tenemos compañía —susurró el noble. Instintivamente, su mano libre bajó hacia la vacía vaina.
—Eso veo —dijo Tithian, que estiraba ya la mano hacia el morral mágico.
Kester agarró su pértiga y avanzó.
—¡Ocúpate de tus propios asuntos, animal! —gruñó, hundiendo la punta en la abertura.
Los ojos desaparecieron; luego un poderoso rugido retumbó por toda la caverna, y la carcasa del oso empezó a retroceder hacia el pasadizo de mayor tamaño, levantando a su paso arremolinadas nubes de polvo.
—¡Hombres malos! —refunfuñó una voz conocida—. ¡Matar oso!
Los tres camaradas se quedaron boquiabiertos, y Agis exclamó:
—¿Fylo? ¿Eres tú?
El oso dejó de moverse.
—Yo, Fylo —les llegó la amortiguada respuesta—. ¿Y?
—¿No sabes quién soy? —gritó Agis.
—Asesinos de osos —replicó el gigante mientras volvía a tirar del oso—. Fylo cogerá y tirará a vosotros a la bahía de la Aflicción.
—Soy tu amigo Agis.
Los brillantes ojos rosados aparecieron en el espacio que quedaba libre bajo el techo.
—¿Agis? ¿Qué hacer aquí?
—No contestes a eso —musitó Tithian, sacando una vara de cristal del morral.
Los ojos de Fylo se desviaron veloces hacia la figura del rey, y luego se entrecerraron enojados.
—¡Tithian!
Los ojos desaparecieron. Al cabo de un momento, un largo brazo salió disparado por encima del lomo del oso e intentó arrancar a Tithian del canal de lodo. Kester sacó rápidamente una daga y la hundió en la punta de un enorme dedo. La voz apagada de Fylo lanzó un juramento al tiempo que la mano se retiraba.
—¡Se supone que tú y yo somos amigos, Fylo! —aulló Agis—. ¿Es así como se tratan los amigos entre sí?
—Estupendo —murmuró Tithian, acariciando con los dedos la vara de cristal que sostenía—. Hazle salir. Todo lo que necesito es una oportunidad.
—No. —Agis empujó hacia abajo la mano del rey.
—Tithian no es amigo —dijo Fylo, volviendo a atisbar por encima del oso. Había arrastrado el cadáver hacia el interior de la cueva más grande lo suficiente para poder introducir toda la cabeza en la abertura, aunque de costado—. Y a lo mejor Agis tampoco amigo. ¿Por qué matar oso de Fylo? —Las colosales fosas nasales del gigante se contrajeron en un gimoteo entristecido.
—¿Si eres mi amigo, por qué dejaste que tu oso me atacara? —replicó Agis.
Fylo arrugó la inclinada frente, y dijo:
—Fylo no sabía que era Agis.
—Y nosotros no sabíamos que era tu oso —respondió Agis—. Simplemente nos ocupábamos de nuestros asuntos cuando nos atacó. No tuvimos otra elección que defendemos.
Antes de que el rostro del gigante desapareciera por completo, Kester inquirió veloz:
—Además, ¿qué nacías viviendo con un oso?
Fylo volvió a introducir la cabeza. En esta ocasión lucía una sonrisa orgullosa en los labios.
—Fylo convierte en saram, del clan del bawan Nal —explicó—. Pero primero, Fylo necesita cabeza nueva, cabeza grande, porque él adulto. Así que Fylo hace amigo de oso, le pide que cambien cabezas. —Al decir esto, una mueca de tristeza apareció en sus labios, y el gigante gimoteó—: Pero ahora oso muerto. Fylo no unirá a saram. Él va no tener dónde ir, otra vez.
El gigante se dejó caer al otro lado del oso y permaneció en silencio.
—No tenemos tiempo para esto —musitó Tithian, colocándose junto a Agis y levantando su vara de cristal—. Consigue que ese tonto vuelva a asomarse. Me ocuparé de él para que podamos seguir con lo nuestro.
—Sé que te resultará difícil de creer —dijo Agis—, pero yo no traiciono a mis amigos.
Tithian sacudió la cabeza incrédulo.
—Perdonadme —se burló—. No sabía que hubieras desarrollado tan mal gusto en cuestión de amistades, aunque supongo que debería haberlo sabido, dada tu inclinación por la compañía de antiguos esclavos y enanos.
—La encuentro preferible a la de los reyes —replicó el noble con frialdad.
Los ojos de Tithian centellearon coléricos.
—Tú eliges, supongo. Pero si no vas a matar a ese idiota, al menos deshazte de él para que podamos seguir con lo que nos ha traído aquí.
—No creo que eso fuera sensato —dijo Agis—. De hecho, creo que sería mejor si hablara con él un poco. De lo contrario, a lo mejor decide que es su deber informar de nuestra presencia a los saram.
—¡Motivo por el que deberías dejar que lo matara! —musitó el rey.
Sin hacer caso del monarca, Agis se acercó al oso vadeando, y agarrándose a la oreja del animal se encaramó a su lomo. El esfuerzo provocó ramalazos de dolor en sus costillas, y la sangre empezó a rezumar de las heridas llenas de cieno del pecho.
—Fylo, lamento la muerte de tu oso —dijo. A la temblorosa luz de las llamas que se derramaba por la abertura procedente de la incendiada proa, el noble apenas podía distinguir los protuberantes ojos del gigante—. ¿Hay algo que podamos hacer para compensarte de la pérdida?
—No. —El gigante meneó la cabeza sombrío.
—Si más tarde llevas el oso hasta el castillo, a lo mejor todavía puedes intercambiar cabezas con él —sugirió Agis.
Fylo levantó los ojos.
—Oso demasiado pesado para que Fylo lleve.
Tithian se acercó de repente a la cabeza del oso.
—A lo mejor yo puedo ayudar —dijo—. Con mi magia, puedo levantarlo por ti. Será difícil, pero podría hacerlo…, si nos mostrases el camino a través de estas cuevas y al interior del castillo.
El gigante contempló al rey como si este se hubiera vuelto loco.
—Fylo no puede hacer eso —dijo, meneando la cabeza—. Cuevas no entran en castillo. Bajan, bajo bahía de la Aflicción.
—¿Qué? —exclamó Kester—. ¡Nos dijeron que había cuevas dentro del castillo!
—Sí; cuevas mágicas. —El gigante asintió con la cabeza—. Muy bonitas, en diferentes clases de roca, no como estas cuevas.
—Se acabó, entonces —gimió la tarek—. J amás recuperaremos mi barco.
Agis lanzó un silencioso suspiro de alivio. El noble deseaba penetrar en la ciudadela tanto como Kester y el rey, pero no quería utilizar a su amigo para conseguir ese objetivo. Si Fylo les ayudaba a entrar en el interior y los saram lo descubrían, el gigante encontraría sin duda un desagradable final.
Tithian mantuvo los ojos fijos en el gigante, y dijo:
—Eso no es problema, Fylo. No necesito llevar el oso por las cavernas.
—No lo hagas, Tithian —advirtió Agis—. No lo permitiré.
El rey le dedicó una sonrisa.
—¿No permitirás qué, Agis? Todo lo que digo es que puedo llevar el oso de Fylo al interior del castillo pasando por la puerta.
—¿De veras? —preguntó el gigante mientras una luz esperanzada se encendía en sus ojos.
—Sí —respondió el rey.
La expresión del gigante cambió de esperanzada a entristecida. Meneó la cabeza antes de decir:
—Bawal Nal dice que oso debe estar dispuesto a intercambiar cabezas. Si oso está muerto, no puede estar dispuesto.
—¿Estás diciendo que Nal espera que lleves a un oso vivo al interior de su castillo? —inquirió Tithian, trepando por el hocico del animal para reunirse con Agis. Se acomodó en el otro omóplato, mientras Kester se quedaba abajo, revolviendo el cieno en busca de la valiosa cúpula del flotador.
—Sí —asintió Fylo con la cabeza—. El decir oso debe ir por sí mismo.
—¿Y entonces qué sucede? —quiso saber el rey.
—Magia. Cortan cabeza oso, luego cortan mi cabeza, y nosotros cambiamos —explicó el gigante. Alzó la barbilla orgulloso, y añadió—: Después de eso, Fylo será cabeza de bestia.
—Ya veo —dijo Tithian—. ¿Y has visto realizar esta ceremonia? ¿Realmente has visto cómo un saram deja que Nal le corte la cabeza?
—No. —Fylo frunció el entrecejo.
—¿De modo que tampoco le has visto reemplazarla por la cabeza de una bestia? —siguió interrogando el rev.
J
—No, aún no —respondió el gigante, sacudiendo la cabeza.
—Pero desde luego lo harás —dijo Tithian—, quiero decir, antes de permitirle que corte tu propia cabeza.
Fylo adoptó una expresión preocupada.
—¿Por qué preguntas?
—No le prestes atención, Fylo —intervino Agis, molesto por la eficiencia de Tithian para colocar tan crueles dudas en la cabeza del gigante—. Todo lo que tienes que hacer es encontrar otro oso, y estoy seguro de que todo irá bien con los saram.
—Sí, estoy seguro de que sí —dijo Tithian, asintiendo con una cierta precipitación. Miró a Agis, y siguió—: Ya me conoces. Siempre dispuesto a pensar lo peor, pero si fuera a cambiar mi cabeza por la de un animal, antes me gustaría ver cómo se realiza la ceremonia en otra persona.
—¿Piensas bawan Nal engaña Fylo? —rugió el gigante.
—No lo escuches, Fylo —dijo Agis, agarrando al rey por el cuello de la camisa—. Intenta aprovecharse de ti.
—En absoluto —protestó Tithian, desembarazándose pacientemente de las manos del noble—. Me limito a intentar proteger a nuestro amigo. Si yo fuera Nal, querría convencer a todo el mundo de que Fylo, tan grande y valiente como es, no es lo bastante listo para ser rey. Me aseguraría de que se dieran cuenta gastándole una broma cruel.
La palabra broma apenas había abandonado los labios del rey cuando Fylo rodó sobre sus rodillas y, entre encolerizados rugidos, dio al oso un furioso empujón. Agis y Tithian se dejaron caer sobre el cuerpo, aferrándose a la ósea armadura para evitar verse arrojados fuera del lomo.
—¡Fylo! —chilló Agis—. ¡Detente!
—¡No! —tronó el gigante. Se apartó rodando del cadáver y empezó a arrastrarse hacia la cueva más grande—. ¡Fylo loco! Le han engañado suficiente. ¡Va a matar a Nal!
—¡No puedes hacer eso! —gritó Tithian—. ¡Está en el interior del castillo y tiene demasiados guerreros!
—¡No detener Fylo! —chilló él por encima del hombro—. Fylo muy fuerte y valiente. Echará Nal fuera de castillo.
Mientras el gigante desaparecía en la oscuridad, resonó por la enorme caverna el repiqueteo de las rocas desplazadas, interrumpido por el ocasional chasquido de uno de los huesos o maderos que cubrían el suelo de la cámara.
—¿Ves lo que has hecho? —refunfuñó Agis, arrastrándose en dirección a los cuartos traseros del oso—. Deberías haberme dejado que lo hiciera a mi modo, sin mentir ni aprovecharte de sus miedos.
—¿Cómo iba a saber que enloquecería? —replicó el rey—. Además, ¿estás seguro de que me equivoco con respecto a Nal?
En lugar de responder, el noble se deslizó por el lomo del oso hasta el suelo de la cueva más grande. El cieno aquí sólo llegaba hasta la cintura, aunque el inclinado suelo del fondo parecía más abrupto que el del túnel más pequeño.
—¡Fylo, espera! —aulló Agis, y su voz resonó por la enorme sala—. ¿Cómo sabes que Nal te engaña?
—Todo el mundo siempre fastidia a Fylo —le llegó la respuesta, desde un punto situado mucho más adelante, a la izquierda del noble.
—Yo no —siguió Agis, vadeando en pos del gigante. Tropezó con una roca sumergida pero recuperó el equilibrio antes de caer—. Siempre he sido sincero contigo, ¿no es así?
El eco del repiqueteo de piedras se apagó, lo que sugería que el gigante había dejado de arrastrarse.
—Eso cierto —dijo Fylo—. Tú nunca gastar bromas a Fylo.
—Entonces a lo mejor Nal tampoco —siguió el noble—. Si lo atacas, a lo mejor hieres a alguien que es realmente tu amigo. No lo sabrás hasta que lo pongas a prueba.
Un madero crujió quejumbroso cuando el gigante se dio la vuelta.
—¿Prueba? —gritó—. ¿Cómo?
—A lo mejor Tithian y yo podemos hacer que el oso parezca vivo —dijo Agis—. Podríamos llevarlo al interior del castillo.
—¿Para qué?
—Veremos cómo reacciona Nal al verte a ti y al oso —explicó Agis—. Si no se sorprende por tu regreso y prepara la ceremonia, sabremos que decía la verdad sobre intercambiar las cabezas.
—Nal volverá loco cuando vea que oso muerto —protestó Fylo.
—No —respondió Agis—. Yo estaré muy cerca de ti. Cuando vea que Nal no te engaña, te contaré un secreto sobre los joorsh que hará que te quiera, como hice cuando te hablé de la flota balicana.
Si tenía que mantener su promesa, el noble no sentiría ningún remordimiento en revelar el plan de Mag’r. Puesto que él y sus compañeros habían accedido a seguir el plan del jalifa sólo bajo terribles amenazas, Agis no se sentía ligado por su honor a hacer lo exigido por el gigante.
—Eso bueno —dijo Fylo—. Pero incluso si haces feliz, bawan Nal matar igual a ti y tus amigos. El no gusta gente en Lybdos.
—Gracias por preocuparte por nuestra seguridad —repuso Agis—. Pero después de que le cuentes el secreto, no eres responsable de lo que haga. Eso es algo entre él y nosotros.
—Si Agis quiere —accedió Fylo—. Pero ¿y si Nal gasta broma a Fylo, como decir Tithian?
—Eso será aún mejor —dijo Agis—. Será él la víctima de la broma.