1: El gigante
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El gigante
Agis de Asticles detuvo su montura y se limpió el polvo de los irritados ojos, seguro de que su vista lo traicionaba. Un viento continuo azotaba la península de Balic, y su ardiente aliento transportaba largas cintas de loes desde el estuario meridional del Mar de Cieno. Para empeorar aún más las cosas, hacía una hora que había oscurecido sobre las rocosas tierras yermas, con lo que la carretera que se extendía ante él estaba envuelta en rojas sombras y medio enterrada en ráfagas de polvo de color ciruela.
Algo más adelante, una cordillera escarpada formaba una pared de negra roca que se extendía durante kilómetros en ambas direcciones, elevándose a tal altura que Agis tenía que estirar el cuello para poder ver las estrellas que brillaban sobre la cima. Por suerte para él, el sendero de las caravanas no ascendía por la empinada colina, sino que penetraba en un estrecho cañón que discurría directamente por el centro del farallón.
Un enorme canto rodado ocupaba el centro del sendero, cortando el paso por el desfiladero. Su forma recordaba la de un hombre sentado, excepto que era mayor que la caseta de guardia que custodiaba el acceso a la finca de Agis. Varios murciélagos describían círculos sobre la cumbre del monolito, perfilándose contra las lunas envueltas en neblina, y una bandada de doradas gaviotas tolvaneras se encontraba posada en un hombro. Sus figuras se desdibujaban por la distancia y las nubes de cieno, y el aristócrata sólo pudo distinguir a dos machos de gran tamaño que se picoteaban el uno al otro con picos parecidos a espadines.
Mientras Agis observaba, el concurso de picotazos se transformó en una auténtica batalla. Las enfurecidas aves se alzaron en el aire, atacándose la una a la otra con picos y garras. La más grande de las gaviotas se valió de su mayor tamaño para empujar hacia atrás a su oponente hasta dejarlo atrapado contra la hendidura situada sobre su nido.
Por segunda vez desde que Agis la había descubierto, la roca se movió, y el noble supo que sus ojos no lo habían engañado la otra vez. Una mano gigantesca se alzó de la oscura silueta para golpear a las gaviotas. El golpe produjo un sonoro chasquido que hizo temblar el suelo y caer ríos de arena por las paredes del cañón. El resto de la bandada alzó el vuelo en medio de un coro de chillidos y graznidos y revoloteó enojada unos instantes, para regresar de nuevo al nido en cuanto la mano volvió a estrellarse contra el suelo.
El aristócrata permaneció donde estaba, y sintió que el caparazón de su kank se estremecía bajo su cuerpo. El insecto era dos veces el tamaño de un hombre, con seis patas tubulares, una capa de duras placas quitinosas y un par de antenas cerdosas en la maciza cabeza. Aunque los ojos bulbosos del zángano eran tan débiles que apenas si podían enfocar el suelo bajo sus mandíbulas, su asustada reacción no sorprendió a Agis. Las membranas auditivas del animal, parecidas a tímpanos, estarían retumbando dolorosamente a causa del atronador golpe que había matado a los dos pájaros.
Agis instó a la montura a seguir adelante dando un ligero golpe a sus antenas.
—No me importa si se trata de un gigante —dijo, sin apartar sus castaños ojos de la enorme forma que tenía enfrente—. Hemos de pasar.
A medida que el kank avanzaba, los detalles de la inmensa silueta se fueron distinguiendo con más claridad. El cuerpo del gigante era inmenso y fornido, cubierto de piel rugosa y músculos protuberantes que más bien parecían las grietas de un farallón. De su cabeza colgaban largas trenzas de cabello grasiento, mientras que de su pecho y espalda brotaban desperdigados mechones de ásperas cerdas. El enorme rostro parecía una mezcla de humano y de roedor, con una frente inclinada, orejas caídas y una nariz puntiaguda que terminaba en dos cavernosas ventanillas. Tenía los ojos muy hundidos bajo las cejas, e incluso bajo los cerrados párpados sobresalían de las cuencas. Una docena de afilados incisivos se dejaba ver por debajo del labio superior, mientras que una barba que recordaba al musgo se balanceaba de su hundida barbilla. En conjunto, Agis decidió que el gigante era el ser más feo que había visto jamás.
Al llegar junto a la figura, el noble detuvo su montura y desmontó. Todo el desfiladero apestaba a sudor seco y suciedad y, cada vez que el gigante exhalaba, la fétida bocanada de su aliento producía arcadas a Agis. El titán estaba sentado en medio del camino, con un enorme codo apoyado sobre una pared del cañón y los pies contra la otra.
—¡Impides el paso! —aulló Agis, haciendo bocina con las manos.
Por toda respuesta el gigante lanzó una potente bocanada de aire que agitó la larga cabellera negra del noble.
Agis desenvainó su espada, un magnífico alfanje tan antiguo como la ciudad de Tyr, con una cazoleta de latón trabajado y una larga hoja de acero en la que estaba grabada la historia del arma. Se adelantó y apretó la punta con suavidad contra el enorme muslo que le cerraba el paso.
Un sonoro rugido surgió de la garganta del gigante; el monstruo levantó la mano, y Agis apenas si tuvo tiempo de apartarse de un salto antes de que la enorme palma se estrellara contra la pierna que había pinchado. Sin abrir siquiera los ojos, el gigante se rascó el muslo y volvió a dejar caer la mano sobre el suelo.
El noble se acercó a la mano. Sólo la palma ya tenía el tamaño de un gran escudo, mientras que los dedos eran casi tan largos como la espada que empuñaba. Aspiró con fuerza y descargó un fuerte golpe sobre la articulación del pulgar con la parte plana de la hoja.
Un alarido de sorpresa resonó por todo el cañón, a la vez que la mano se alzaba en el aire. El gigante abrió los ojos, olisqueó el pulgar con las cavernosas aberturas de su nariz, y lamió la articulación con una lengua tan grande como una alfombra.
—Perdóname por molestarte —gritó Agis, listo para saltar a un lado si el gigante atacaba—, pero impides el paso por la carretera. Tengo que pasar.
El gigante le dedicó una furiosa mirada. Los enormes ojos parecían un par de lunas, blancas con profundos cráteres negros en el centro.
—Fylo duerme —dijo con voz retumbante—. Da la vuelta. —El gigante cruzó las manos sobre el estómago y cerró los ojos.
—No pienso hacerlo —chilló Agis.
Fylo hizo caso omiso de él. A los pocos instantes, de la boca del gigante empezaron a surgir atronadores ronquidos que resonaban en todo el cañón, ensordeciendo al noble. Comprendiendo que la amabilidad no lo conduciría a ninguna parte, el aristócrata envainó la espada y regresó junto al kank.
Agis cerró los ojos y se concentró en su nexo, ese espacio donde las tres energías del Sendero —espiritual, mental y física— convergían en el interior de su cuerpo. Visualizó una hormigueante cinta de fuego que brotaba de su nexo y ascendía por su garganta, creando un sendero para la energía mística de su ser.
Cuando sintió que su cuello palpitaba lleno de energía, Agis abrió la boca y gritó:
—¡Muévete!
La palabra estalló sobre la dormida figura de Fylo con la fuerza de un trueno, haciendo que las gaviotas tolvaneras alzaran el vuelo del hombro del gigante, y retumbó por todo el desfiladero en una serie de ensordecedores ladridos. El titán se sentó en el suelo de un salto y escudriñó el lóbrego cañón, boquiabierto por el desconcierto y el temor.
—¡Vete! —aulló, dirigiéndose a los ecos de la voz de Agis, cada vez más apagados—. ¡Fylo es fuerte como el viento!
—No hay nadie en el cañón —chilló Agis, esta vez con su voz normal—. Estoy aquí.
El gigante miró en dirección al noble y lanzó un suspiro de alivio, que golpeó a Agis con una ráfaga de maloliente aliento.
—Fylo dice que des la vuelta —refunfuñó—. Hora de dormir.
Agis negó con la cabeza.
—No hasta que me dejes pasar. Te mantendré despierto toda la noche si es necesario.
El gigante frunció el entrecejo.
—Fylo te aplastará como a un oso.
Agis enarcó una ceja.
—Querrás decir como a una… No importa. Sería mucho más sencillo que me dejaras pasar. Todo lo que tienes que hacer es levantar las piernas para que pueda hacer pasar mi kank por debajo.
El gigante sacudió la cabeza con tozudez.
—Pagaré el doble de la tasa acostumbrada —dijo Agis, sacando su bolsa de monedas.
—¿Tasa? —repitió Fylo. Se tiró de la barba, evidentemente desconcertado por el término.
—Para dejarme pasar —explicó Agis, sacando una moneda de la bolsa—. Estoy seguro de que una moneda de plata es suficiente. —Avanzó sosteniendo el reluciente disco frente a él, hasta quedar junto al gigante—. Aquí tienes. Tómala.
Una vez que Fylo hubo bajado una enorme mano, el noble arrojó la moneda en el centro de la palma. El disco desapareció en el oscuro barranco de una inmensa línea de la vida y Agis temió que el gigante no pudiera verlo, pero Fylo parecía acostumbrado a manejar objetos pequeños. Se lamió la yema de un dedo y la apretó contra la moneda de plata; luego levantó el disco y lo sostuvo cerca de uno de sus ojos.
—¿Fylo te deja pasar… por esto?
Agis no estaba muy seguro del cono del gigante, pero casi parecía como si el soborno lo hubiera insultado.
—Si te he ofendido, te ruego que me perdones —se disculpó—. Pero, en estas circunstancias, mi presunción resulta totalmente natural.
Tras meditar sobre aquello unos momentos, el gigante contestó con el entrecejo fruncido.
—Qué pre… sa…, eh, pe… so…, eh… —Incapaz de pronunciar la palabra que Agis había utilizado, modificó su pregunta—. ¿Qué quieres decir?
Agis se pasó la mano por los largos cabellos, intentando ganar tiempo. Si el estúpido gigante no se había dado cuenta todavía de que aquel era un lugar ideal para sacar dinero a los viajeros, lo último que deseaba el noble era sugerírselo.
—Quiero decir que no pareces muy cómodo —dijo. Señaló en dirección al amplio desierto que se extendía a su espalda—. ¿Por qué no duermes allí y me dejas pasar?
—Fylo no duerme —respondió el gigante, con un inesperado tono de orgullo en la voz. Introdujo el dedo que sostenía la moneda de Agis en un morral hecho con las pieles sin curtir de media docena de ovejas y volvió a bajar la vista hacia el noble—. Fylo guarda carretera para un amigo.
—¿Qué amigo? —quiso saber Agis.
En lugar de contestar, el gigante bajó la cabeza para contemplar más de cerca al aristócrata y empezó a murmurar para sí:
—Cabellos negros, nariz recta, mandíbula cuadrada… —A medida que enumeraba cada una de las características del rostro de Agis, extendía un dedo como si estuviera contando. Cuando su mirada se posó en la frente del noble, frunció el entrecejo—. ¿Qué color los ojos?
—¿Eso qué te importa? —replicó el noble, confiando en que la luz de la luna fuera aún lo bastante débil para que el gigante no pudiera ver que eran castaños. Estaba claro que alguien se había tomado muchas molestias para asegurarse de que Fylo lo reconocería… y Agis creía saber la identidad de esa persona—. ¿Se llama por casualidad Tithian tu amigo?
—¡No! —repuso el otro con demasiada precipitación. Lanzó una furtiva mirada y apretó los afilados incisivos contra el labio inferior—. Amigo no se llama Tithian.
La evidente mentira hizo sonreír a Agis, no porque le divirtiera la ineptitud del gigante, sino porque aquello confirmaba que seguía el rastro correcto. Siete días atrás, Neeva y un pequeño grupo de enanos se habían presentado en su hacienda, exigiendo que Tithian respondiera ante la justicia por haber enviado traficantes de esclavos a atacar su pueblo. El noble no había podido conceder lo que le pedían, ya que el rey se había escabullido misteriosamente de la ciudad pocos días antes de tener lugar el ataque.
Neeva y los enanos habían declarado que ellos mismos capturarían al rey, pero Agis había insistido en que únicamente un tyriano debía llevar al monarca ante la justicia. Dada la popularidad de Tithian en la ciudad, cualquier intento por parte de Kled para castigarlo podía fácilmente conducir a una guerra. Tras una enconada discusión, se había llegado a un compromiso. Neeva aguardaría en la hacienda de Agis mientras el noble y una docena de otros agentes tyrianos se desplegaban en busca del desaparecido monarca. Si no lo traían de vuelta en dos meses, los enanos tendrían libertad absoluta para tomar el asunto en sus manos.
Por fortuna, parecía que Agis iba a poder regresar con el rey dentro del plazo fijado…, siempre y cuando consiguiera que el gigante lo dejara pasar. Retrocedió hasta su montura, sin perder tiempo en preguntarse cómo era que su presa había descubierto que lo seguían. Tithian era un hombre cauteloso que sin duda había dejado toda una red de espías para cubrir sus espaldas.
—No importa quién sea tu amigo —dijo Agis a Fylo—. Has cogido mi dinero, y ahora debes dejarme pasar.
Fylo no hizo el menor movimiento para obedecer.
—No —contestó—. Eres Agis.
—¿Qué te hace decir eso? —inquirió el noble.
Una mueca de astucia apareció en el rostro del gigante.
—Te pareces a él.
—Debe de haber un centenar de hombres que se parezcan a Agis —replicó el noble, golpeando ligeramente las antenas de su kank. Mientras el nervioso animal empezaba a avanzar lentamente, añadió—: Ahora sé amable y levanta las piernas… o devuélveme mi plata.
Fylo tocó el morral en cuyo interior había deslizado la moneda de Agis; luego arrugó la frente y se rascó la cabeza, indeciso. Finalmente, se encogió de hombros y, levantando las piernas, apuntaló los pies contra la pared del cañón.
Agis hizo avanzar a su montura. El corazón le latía desbocado, y un sabor a polvo le había llenado la boca de improviso. Manteniendo la mano lejos de su odre de agua mediante un terrible esfuerzo de voluntad, el noble clavó la vista al frente y se agachó para pasar bajo la rodilla de Fylo.
En cuanto hubo pasado por debajo de ella, el gigante bajó la segunda pierna al suelo, cerrándole el paso.
—Deja que Fylo vea ojos —dijo el gigante, extendiendo una mano para coger al noble.
La mano de Agis se movió hacia la empuñadura de su espada, pero enseguida el noble comprendió que su exigua hoja no podría hacer más que rebanar la punta de un enorme dedo. Así pues, permitió que la mano del gigante se cerrara alrededor de su cuerpo. Fylo lo levantó por los aires con sorprendente suavidad, dejando al tembloroso kank del noble acorralado entre unas piernas tan gruesas como troncos de árbol.
Dos gaviotas tolvaneras descendieron en picado desde lo alto para ver qué era lo que el gigante había cogido del suelo. Eran unas aves horrendas, con cabezas cubiertas de escamas rojas, picos curvos llenos de dientes afilados como agujas y garras que rezumaban porquería y pus. Mientras planeaban junto a él, contemplaron a Agis con sus rojos ojos de rapaces, haciendo chasquear los picos con glotonería.
—Largaos —musitó el noble—. No habrá migajas para vosotras esta noche.
Tras levantar a Agis a la altura de su propia cabeza, Fylo colocó a su cautivo de forma que lo iluminase la pálida luz de las dos lunas de Athas. El gigante inclinó la cabeza al frente, entrecerró un ojo grande como un plato e intentó ver bajo las sombras que proyectaba la frente del noble. Agis cerró los ojos y empezó a reunir energía espiritual desde su nexo.
La mano se cerró con más fuerza, lo que dificultó la tarea de respirar del noble.
—Si Fylo aprieta mucho, cabeza saltará como la de un león —advirtió el gigante—. Abre ojos.
Agis no obedeció. En su lugar, visualizó su propio rostro, aunque con ojos azules en lugar de marrones, y con cabellos pardos en lugar de negros.
—¡Deja que vea! —insistió el gigante.
—Si es eso lo que deseas…
Cuando Agis obedeció, se encontró cara a cara con una pupila enorme. Inmediatamente, intentó fijar los ojos en los del gigante, pero la distancia entre los ojos de Fylo era tan grande que no podía mirar al interior de las dos enormes órbitas a la vez. En vista de ello, el noble fijó la mirada en la más cercana, y al mismo tiempo se concentró en la imagen creada en el interior de su cerebro, utilizando el Sendero para conseguir que el gigante viera la falsa efigie en lugar del auténtico rostro.
Con una terrible expresión de desconcierto, Fylo empezó a bizquear y Agis se percató de que su treta no funcionaba debidamente. No había penetrado hasta lo más profundo del intelecto del gigante, ya que esto requería más tiempo y, cuando por fin lo consiguiera, Fylo ya sabría cuál era su color de ojos. Lo que Agis hacía era utilizar sus aptitudes para entrar en contacto sólo con la parte del cerebro del gigante que controlaba su visión. Al parecer, puesto que únicamente podía mira a uno de los ojos cada vez, el titán veía una imagen diferente con cada uno.
Fylo volvió el rostro a un lado, intentando mirar a su prisionero sólo con una órbita. Al cabo de un momento giró rápidamente la cabeza al otro lado para estudiar al noble con la otra. Cuando Agis desvió con suavidad su atención de un ojo al otro, el gigante balanceó la cabeza adelante y atrás en un inútil intento de contemplar el rostro de su prisionero sin que sus miradas se cruzasen. Por fin, resultó evidente que esto no funcionaría, y Fylo se dio por vencido, volviendo a fijar otra vez los bizqueantes ojos en su cautivo.
Ante la sorpresa de Agis, una amplia sonrisa apareció en los labios del gigante.
—A Fylo le gusta ver juegos —anunció, al tiempo que su mano se cerraba con más fuerza sobre el noble—. A Fylo le parece que el hombrecito tiene ojos marrones.
Con una terrible sensación de desánimo, Agis volvió su atención a su interior y reemplazó la efigie mental de sí mismo por otra de una voraz gaviota tolvanera. Una oleada de energía surgió del centro de su ser para dar vida a la criatura, y el ave adquirió existencia propia. Se convirtió en su heraldo, una creación de sus pensamientos, pero a la vez independiente y capaz de funcionar fuera de su mente.
—¿Estás seguro? —preguntó Agis, clavando los ojos en las negras profundidades de la pupila del gigante—. Será mejor que los mires más de cerca para asegurarte.
Tras esto, el noble envió a su mensajero a atacar la mente de Fylo. El ave salió disparada de los ojos de Agis y penetró en los del gigante, para desaparecer en el interior de lo que encontraba más allá.
—¿Qué es eso? —exigió Fylo.
Agis no contestó, concentrándose en lugar de ello en el terreno que había descubierto en el interior del cerebro del gigante. Era una región gris y nebulosa, con pensamientos a medio formar que se arremolinaban como los enloquecidos vendavales de una tormenta de cieno. De pronto, el noble entrevió uno de los puños del gigante con sangre chorreando por entre sus dedos. Luego vio un par de piernas humanas que sobresalían de una boca enorme, pateando con desesperación mientras la víctima era engullida de un solo bocado. Experto como era en las artes del Sendero, Agis no tuvo dificultades para interpretar el significado de estas imágenes: el gigante examinaba formas de matarlo. Tenía que hacerse rápidamente con el control, antes de que Fylo transformara una de las ideas en un plan de acción.
Una isla escarpada pasó flotando ante su vista, con el detalle preciso y el aspecto sólido de un recuerdo. De pie sobre sus acantilados cortados a pico había seis gigantes, todos con rostros de aspecto humano. Arrojaban rocas por el precipicio, al tiempo que gritaban: «¡Ve a vivir con enanos, monstruo!» y «No te acerques. ¡Fylo asusta a las ovejas!».
Agis hizo que su gaviota girara y fuera en pos de la isla. Si lograba hacerse con el recuerdo, podría utilizarlo para sus fines y obligar rápidamente al gigante a que lo soltara.
En el exterior, una bocanada de tórrido aliento fétido envolvió el rostro del noble.
—¡Saca al pájaro! —tronó el gigante, cerrando la mano con tanta fuerza que Agis temió que sus costillas fueran a partirse.
La petición de Fylo sorprendió al noble. Como practicante experimentado del Sendero, tenía mucha experiencia en el arte de deslizarse en el interior de los pensamientos de otros. Que el gigante comprendiera siquiera que su cerebro había sido invadido sugería que era poseedor de un talento innato, pues no cabía la menor duda de que era demasiado estúpido para haber dominado el arte por las vías normales: estudio riguroso y disciplina.
—No me mates, o el pájaro permanecerá en tu cabeza —faroleó Agis, incapaz casi de hablar.
La mano de Fylo no se cerró más, pero tampoco se aflojó.
—Para, y Fylo no hacer daño. —La voz del gigante parecía a la vez decidida y ansiosa.
—No hasta que me sueltes —replicó Agis.
Mientras hablaba, el noble continuaba conduciendo a su heraldo en dirección a la isla del interior del cerebro del gigante. En cuanto las garras de la gaviota tolvanera tocaron la cima, los seis gigantes que habían estado arrojando rocas por el acantilado se dieron la vuelta y lanzaron una andanada de rocas a la pelada cabeza del pájaro, gritando:
—¡Vete, pájaro horrible!
Agis reunió más energía espiritual, e imaginó que su gaviota se convertía en un mekillot. A medida que las piedras descendían, el pájaro aumentó cien veces su tamaño, mientras que las emplumadas alas se transformaban en un caparazón de nueso y el pico ganchudo en un hocico chato lleno de dientes afilados. Las piedras golpearon al enorme reptil con tremendo estrépito, pero rebotaron inofensivas en su caparazón y desaparecieron precipicio abajo.
En un principio, el noble temió que su oponente se hubiera hecho con el control de los recuerdos, pero pronto comprendió que estos actuaban por su cuenta. Detrás de los seis gigantes, un roedor sin pelo se arrastraba por el borde rocoso del acantilado. El animal tenía patas rechonchas que terminaban en garras curvadas, con fláccidos pliegues de piel cubierta de escamas y una cresta de placas óseas protegiendo su lomo. Únicamente la cabeza no parecía especialmente maligna, ya que bajo sus cuadradas orejas se encontraban los ojos saltones y la barba fina de Fylo.
La imagen del roedor se abalanzó sobre el mekillot de Agis, pero dos gigantes le sujetaron la cola al pasar, con lo que el animal se detuvo en seco. Luchó por seguir adelante, tratando de afianzar las curvadas zarpas en el suelo de piedra.
—Fylo no es buen tembo —se mofó uno de los gigantes mientras arrastraba hacia atrás al roedor—. ¡Su cara demasiado fea!
Aprovechando la distracción, Agis se adelantó, apartándose del borde del precipicio. Los cuatro gigantes que no estaban ocupados con Fylo arremetieron contra él. El noble detuvo a su mensajero y aguardó hasta que llegaron a su altura antes de golpear. Atrapó a uno con la boca y, con una violenta sacudida de la cabeza del reptil, partió la espalda a su víctima.
El ataque ni siquiera consiguió que los otros gigantes vacilaran. Los tres que quedaban se lanzaron contra el costado del mekillot y lo empujaron en dirección al borde del acantilado mientras gritaban enojados:
—¡Vete, reptil estúpido!
El noble intentó contraatacar, para lo cual soltó al gigante destrozado que su criatura llevaba en la boca y, plantando con firmeza las enormes patas de la bestia sobre el rocoso terreno, empujó a su vez con todas sus inimaginables fuerzas, pero de nada le sirvió. Lenta pero inexorablemente, los gigantes fueron llevando al monstruo hacia el precipicio.
Al otro extremo de la rocosa cima, Fylo no tenía mejor suerte. Los dos gigantes que lo habían agarrado por la cola tiraban de él hacia atrás mientras reían con crueldad y gritaban:
—Fylo demasiado estúpido para ser tembo…, ¡demasiado débil!
A pocos metros ya del extremo del precipicio, Agis imaginó mentalmente que la parte superior del risco se convertía en una depresión llena de polvo con tan sólo un estrecho reborde de roca a su alrededor. Una terrible oleada de energía le recorrió el cuerpo y casi al instante el suelo de piedra de la cima se desintegró convirtiéndose en lodo pulverizado. Los gigantes del recuerdo lanzaron un grito de sorpresa, lo mismo que Fylo, y todos intentaron saltar al terreno sólido que rodeaba el foso, pero la agitación consiguió que la superficie se tornara menos firme, y se hundieron hasta la cintura casi al momento.
Aunque las patas rechonchas del mekillot desaparecieron en el interior del lodo con la misma rapidez que las de los gigantes, Agis estaba preparado para la sorpresa y empezó a cambiar de forma al instante. El caparazón de su creación, casi semisumergido ya, fue reemplazado por escamas grasientas. Su torso se redujo, hasta que el cuerpo se volvió fino y parecido a una cinta, con una cabeza en forma de cuña en un extremo y una cresta de aletas espinosas recorriendo toda la sinuosa espalda.
Mientras Fylo y los gigantes seguían hundiéndose, la anguila de Agis serpenteó sobre el polvo hasta el rocoso reborde, y se enroscó sobre terreno sólido justo a tiempo de ver cómo las cabezas de sus enemigos desaparecían en el fango. El noble se permitió un profundo suspiro, seguro de que había ganado la batalla. El esfuerzo lo había agotado terriblemente, pero todavía le quedaban fuerzas suficientes para hacerse con el control de la isla.
Fuera de la mente del gigante, un horrible gemido retumbó por todo el cañón; la mano de Fylo se aflojó, y Agis estuvo a punto de caer de ella. El noble evitó la tremenda caída gracias a que pudo pasar los brazos por encima de un tembloroso dedo del gigante.
—Suéltame —dijo Agis, clavando la mirada en un ojo inyectado en sangre—. Ahora que he capturado un recuerdo, es sólo cuestión de tiempo antes de que controle toda tu mente. Todo lo que tengo que hacer es dar a la isla tu imagen, y…
—No —siseó Fylo, con labios temblorosos de cansancio.
—No puedes ganar. Perder un mensajero no es tan diferente de perder una extremidad… excepto que es energía espiritual y no sangre lo que mana de la herida. Ya no puedes seguir luchando.
—¡Fylo no está acabado! —rugió el gigante.
En el interior de la cabeza de Fylo, la depresión llena de polvo y barro empezó a agitarse y a formar espuma. Agis deslizó a su anguila al otro lado del extremo del foso. Nunca antes había visto que un enemigo creara un nuevo guardián mental después de que hubiera sido destruido el primero, pero temió que eso fuera exactamente lo que estaba haciendo Fylo.
El noble empezó a reunir la energía necesaria para rechazar el ataque, pero esta fluía muy despacio desde su nexo espiritual, ya que la batalla había resultado muy agotadora. Antes de que pudiera estar listo para transformar de nuevo el foso en piedra sólida, un par de enormes zarpas brotaron del polvo y se cerraron alrededor de su anguila. Agis se retorció en un intento de escabullirse, pero, cuanto más se debatía, más se clavaban las púas de las pinzas. Por fin, dejó de forcejear y permitió que lo levantaran del suelo.
Cuando la nueva creación de Fylo trepó fuera del foso de polvo, Agis descubrió que se trataba de algo parecido a un descomunal cangrejo de las dunas que en lugar de cuatro pedúnculos con ojos sólo mostraba la cabeza de Fylo sobresaliendo de la parte superior de su caparazón.
—Agis pierde —proclamó el cangrejo, cerrando con fuerza las pinzas sobre la anguila del noble.
—¡Entonces ambos perdemos!
Agis giró velozmente la cabeza y clavó los dientes en el cuello de su capturador. Mientras las aserradas pinzas atravesaban su cuerpo, sus dientes de anguila se hundieron en la garganta de la creación de Fylo. Su boca se lleno de sabor a sangre, y su cuerpo estalló de dolor. El sonido de sus propios gritos inundó sus oídos y todo se volvió blanco.
Él noble tardó unos instantes en darse cuenta de que no había muerto, e, incluso entonces, se sintió desorientado y mareado, no muy seguro de si había recuperado el conocimiento en el interior de la mente de Fylo o fuera. Todo el cuerpo le dolía con un terrible dolor punzante, y el estómago lo atormentaba con una sensación de vacío, como si le hubieran arrancado una parte de él.
Poco a poco, a medida que recuperaba los sentidos, Agis se dio cuenta de que yacía en la palma abierta de Fylo. El noble se incorporó sobre sus rodillas con la intención de correr hacia su kank… hasta que se percató de que su animal se encontraba mucho más abajo de donde él estaba. La mano del gigante descansaba sobre una de sus enormes rodillas, muy por encima del suelo. Agis se volvió hacia el rostro de Fylo y se encontró con los ojerosos ojos del gigante que lo vigilaban.
—Fylo herido —observó el titán.
—Agis, también —admitió el noble—. Y nos va a seguir doliendo. Tardaremos días en recuperarnos de nuestras pérdidas.
Fylo gimió ante la desagradable noticia.
—Entonces ¿por qué atacó Agis? —inquirió.
—Porque tengo que atrapar a tu amigo Tithian —No Tith…
Agis levantó una mano para interrumpir al gigante.
—De nada sirve fingir —dijo—. Tú sabes que yo soy Agis de Asticles, y yo sé quién te contrató para que me mataras.
El gigante consideró este punto durante unos instantes; luego levantó a Agis hasta colocarlo más cerca de su rostro.
—Muy bien; pero Tithian no dijo mata Agis —dijo—. Sólo detén.
—No esperarás que crea eso —se mofó Agis, utilizando el pulgar del gigante para no caer mientras se incorporaba vacilante—. El rey no es de los que retroceden ante el asesinato.
—Fylo dice la verdad —protestó el gigante—. Tithian dice: «Detén amigo Agis, pero no hieras; protege».
—¿Protegerme de qué?
La conducta de Fylo daba a entender que era sincero en lo concerniente a las instrucciones recibidas, lo que no hizo más que desconcertar al noble. En el pasado, cuando Agis se había visto involucrado en una rebelión en contra del anterior gobernante de Tyr, Tithian había utilizado su influencia para proteger a su viejo amigo. Pero eso había sido hacía muchos años, antes de que el noble asumiera la jefatura del consejo de asesores y se convirtiera en el más efectivo de los enemigos políticos del rey.
Tras considerar la pregunta de Agis por unos instantes, el gigante se encogió de hombros.
—Fylo olvidó por qué Tithian te quiere proteger.
—Fylo nunca lo supo, porque Tithian no lo dijo —repuso Agis—. No me está protegiendo. Intenta evitar que lo atrape.
—Sólo porque Tithian va a sitio peligroso —insistió Fylo.
Agis enarcó una ceja ante este comentario.
—¿Qué lugar peligroso?
—Balic —respondió el gigante—. Ahora tú quedas con Fylo hasta que él regresa.
—Tithian no regresará.
—Tithian lo prometió —gruñó Fylo. El gigante cerró los dedos y sujetó a su prisionero con fuerza—. Y Fylo prometió mantener Agis aquí.
—Está bien que tú quieras mantener tu promesa, pero no pienses que Tithian hará lo mismo —dijo Agis—. Sea lo que sea lo que te haya ofrecido…
—¡Fylo no se vende! —tronó el gigante, apretando a Agis con tanta fuerza que este se quedó sin aire en los pulmones—. ¡Tithian amigo!
La acalorada respuesta hizo vacilar al noble. Por los crueles comentarios que flotaban en la memoria de Fylo, parecía probable que la horrible criatura hubiera llevado una vida solitaria. Tithian, más experto en explotar los sentimientos que cualquier otro que Agis conociera, lo habría percibido sin duda y habría brindado cínicamente su amistad al solitario gigante.
—En una ocasión creía que Tithian era mi amigo —repuso Agis, luchando contra los dedos apretados de Fylo para recuperar el aliento—. Pero no es cierto. Tithian no tiene amigos.
—¡A mí! —rugió el gigante—. Fylo es amigo de Tithian.
—No… —Agis sacudió la cabeza—. Fylo es el juguete de Tithian —aseguró el noble—. Y, una vez que hayas hecho lo que quiere, no volverá a preocuparse de ti.
—¡Mentiroso! —aulló Fylo—. ¡Tithian regresar pronto!
—Pobre Fylo. Tu soledad te ha dejado ciego. —El noble lanzó un gemido ahogado cuando el puño de su capturador se cerró aún más—. Puedo demostrar lo que digo.
—¿Cómo? —El gigante abrió un poco la mano.
—Conozco a Tithian desde que éramos niños. Dejaré que envíes a tu emisario al interior de mi cerebro y podrás ver por ti mismo cómo es en realidad.
—No —replicó el gigante—, esto es una trampa para herir a Fylo.
—Los dos estamos demasiado cansados para otro combate mental —replicó Agis—. Además, al dejarte penetrar en mi mente, soy yo quien corre el mayor riesgo. Si crees que es una trampa, todo lo que tienes que hacer es retirarte.
Mientras hablaba, Agis imaginó una inmensa plaza desierta en el interior de su cabeza, en un intento por crear un terreno abierto donde el gigante no tuviera que preocuparse por probables emboscadas.
Fylo estudió a Agis por un momento, y al cabo el emisario del gigante apareció en el interior de la mente del noble. Poseía un cuerpo plano en forma de disco que ondulaba como una tela al viento, con una larga cola terminada en una punta afilada. La boca de la criatura estaba colocada en la cara inferior del cuerpo, y, desperdigados alrededor del borde de la cara superior, se apreciaban una docena de ojos.
Agitando el flexible cuerpo como si se tratara de un par de alas, la creación de Fylo empezó a sobrevolar la enorme plaza del interior del cerebro de Agis.
—¿Dónde Tithian? —exigió el emisario.
Agis hizo aparecer sus recuerdos del rey. Un apestoso líquido marrón empezó a rezumar de varios adoquines, y fue adoptando la forma de un hombre. El rostro demacrado de Tithian se perfiló en la cabeza; la cara no era tan diferente de la anguila que Agis había creado antes, con mejillas huesudas, una fina nariz ganchuda y una pequeña boca fruncida. Los ojos eran pequeños y brillantes y de color marrón, a la vez desconfiados y penetrantes.
A medida que el extraño emisario del gigante descendía planeando en dirección al recuerdo, la imagen de Tithian se fue solidificando hasta alcanzar la forma del delgado cuerpo de un hombre; entonces se incorporó. Fylo interrumpió el descenso a una distancia prudente y empezó a describir lentos círculos en torno a la figura.
—Eso se parece a Tithian —dijo el gigante, señalando con la delgada cola de su heraldo al recuerdo—. Pero a lo mejor harás que mienta a Fylo.
—No —repuso el noble—. Lo liberaré. Puedes tomar el control del recuerdo. De ese modo podrás examinarlo tan cuidadosamente como quieras, y sabrás que no interfiero. —Al ver que Fylo seguía describiendo círculos sin responder, Agis insistió—: Si tienes miedo de lo que puedes descubrir, entonces Tithian no puede ser realmente tu amigo.
—Fylo no miedo. Suéltalo.
Agis creó un pequeño halcón de una de las manos de la figura. Tras transferir su propia conciencia a este, se alejó volando para ir a posarse algo más allá.
Fylo descendió sobre la figura de Tithian y la sepultó por completo. El emisario empezó a palpitar mientras examinaba el recuerdo, confirmando al parecer que Agis había entregado por completo el control de este. Al cabo de unos instantes, el gigante pareció darse finalmente por satisfecho. Desplegó su emisario y dejó que se disolviera al tiempo que transfería su propia conciencia al interior de la figura de Tithian.
Mientras Agis observaba, Tithian se convirtió en un niño de no más de seis o siete años, de cabellos castaños muy cortos. Las cuadradas orejas sobresalían de los lados de su cabeza como bisagras medio abiertas, y la nariz aguileña parecía excesivamente grande para su menuda cabeza. Tenía una mano alzada como si un adulto la sostuviera.
—Este es Agis —dijo una voz masculina, que el noble reconoció vagamente como la del padre de Tithian—. Tú y él vais a ser amigos.
Los ojos del joven Tithian se movieron arriba y abajo, como si inspeccionaran un muñeco.
—Padre —contestó con una mueca—, si no puedes proporcionarme lo mejor, no quiero un amigo.
La imagen envejeció una década. Ahora, Tithian era un joven, con una frente más sombría que siempre parecía fruncida en expresión de enojo y los cabellos sujetos en una larga trenza. Iba vestido con la túnica gris que él y Agis habían llevado como novicios cuando estudiaban el Sendero en la misma academia. Tenía los ojos vidriosos por el agotamiento y el dolor producidos por una lección de su maestro particularmente rigurosa.
—No sé lo que sucedió, Agis —dijo Tithian—. Cuando la agonía fue tal que ya no podía soportarla, pensé en lo bien que te iba a ti. Entonces mi dolor simplemente se desvaneció. Francamente, ¡no sabía que te lo estaba transfiriendo a ti!
La imagen volvió a envejecer, en esta ocasión sólo un par de años. Tithian vestía la túnica roja de un alumno de nivel intermedio. En la mano sostenía una rama de pharo cubierta de espinas, un símbolo de transición para indicar que había superado una importante prueba de sus habilidades.
—Eres mi mejor amigo, Agis. Claro que te pasé una parte de mi dolor —dijo—. Además, no es hacer trampa realmente. Después de todo, no nos pescaron.
La imagen siguió envejeciendo, mostrando una constante sucesión de los primeros años del rey. Tithian apareció con la sotana negra de un templario del rey, negando haber sido responsable del asesinato de su propio hermano. Más adelante, ataviado con las ropas doradas de un sumo templario, apareció en la hacienda de Agis con el pretexto de la amistad… para confiscar a sus esclavos más fuertes. En otra ocasión, Tithian admitió, sin la menor muestra de vergüenza, que había estado utilizando al esclavo de más confianza de Agis para espiar al noble.
Tras esta última escena, Fylo se separó de la figura de Tithian para formar otra creación que se parecía a su propio cuerpo.
—¡No! —rugió, lanzando un enorme puño contra el objeto de su cólera—. ¡Tithian mentiroso!
El puñetazo lanzó contra el suelo la imagen del rey, y Fylo empezó a patearla y pisarla, decidido al parecer a destruir el recuerdo por completo.
—¡Aguarda! —gritó Agis, a través del pico de su creación—. ¡Necesito eso!
Todavía bajo la forma de un halcón, Agis regresó rápidamente a la figura del rey y se fusionó con ella. Dejó que Tithian se disolviera en el interior de las grietas que separaban los adoquines, y produjo otra creación que tenía la forma del noble.
—¿Me crees ahora, Fylo?
El gigante no respondió. En lugar de ello, su emisario dio media vuelta y empezó a cruzar la desierta plaza. Con cada paso, su cuerpo se volvía más transparente, y al cabo de una docena de pasos desapareció por completo.
Agis apenas si tuvo tiempo de devolver su atención al exterior antes de sentir cómo lo colocaban sobre el lomo de su kank.
—¡Vete! —tronó el gigante, alzando la pierna para dejarlo pasar—. Deja Fylo solo.
Agis espoleó su montura al frente. Una vez que se encontró a una distancia segura, se detuvo y volvió la cabeza.
—Fylo, no te entristezcas —le gritó—. La amistad de Tithian era falsa, pero posees un buen corazón. Algún día encontrarás un auténtico amigo.
—No —respondió el gigante, y señaló con la mano el ordinario rostro—. Fylo es mestizo. Demasiado feo para tribu de padre, demasiado estúpido para tribu de madre.
—Puede que no seas atractivo, pero yo diría que no tienes nada de estúpido —dijo Agis—. Reconociste tu error con Tithian. Eso es bastante inteligente.
Esto pareció animar al gigante. Una expresión pensativa apareció en su rostro; luego clavó los ojos en el noble.
—¿A lo mejor Fylo y Agis pueden ser amigos?
—A lo mejor, cuando tengamos más tiempo para estar juntos —concedió el noble—. Pero en estos momentos debo atrapar a Tithian… antes de que haga daño a alguien más.
Fylo sonrió e, inclinándose, colocó la palma abierta de una mano frente al kank del noble.
—Deja que Fylo te lleve —ofreció—. Atrapar Tithian juntos.