6: Mytilene

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Mytilene

En opinión de Agis, la aprendiza del flotador de naves parecía tan sólo ligeramente más sana que su difunto maestro, que había sucumbido a unas fiebres apenas una hora antes. Gotas de turbio sudor le resbalaban por la frente en finos hilillos, un oscuro velo amarillento le nublaba el blanco de los ojos, y una piel enrojecida y agrietada rodeaba su nariz y su boca. Incluso las pecas que salpicaban sus afiladas mejillas habían pasado del rosa al gris, mientras que su respiración surgía resollante.

Agis chasqueó los dedos frente al bien modelado rostro de la joven. Los inflamados párpados se abrieron unos milímetros. Volvió la apática mirada hacia él, pero no habló.

—¿Puedes arreglártelas sola, Damras? —preguntó él.

La aprendiza asintió con la cabeza.

—Es Tithian quien te hace esto —explicó el noble—. Voy a bajar al calabozo a ponerle fin.

—Date prisa —dijo ella jadeando.

Agis trepó fuera del asiento del acompañante y empezó a descender en dirección a la cubierta principal. No había acabado de poner el pie en la escalerilla cuando Kester lo detuvo posando una mano sobre su hombro.

—¿Qué haces fuera del asiento del acompañante? —exigió. En la mano, la tarek sostenía un ojo del rey, pues el día era ventoso y una cortina de polvo llegaba hasta casi la mitad del palo mayor de La Víbora Fantasma.

—Damras se muere…

—¡Está simplemente enferma! —saltó Kester, interrumpiendo la explicación de Agis. Y sin siquiera mirar en dirección a la cúpula del flotador, añadió—: Damras es joven. Se pondrá bien.

—El negarlo no nos mantendrá a flote —dijo Nymos, reuniéndose con ellos—. Si Damras muere, La Víbora Fantasma está condenada.

—¡He dicho que se pondrá bien! —gruñó de nuevo la mujer.

—No, no es así —dijo Agis—. Tithian la está matando.

—Eso son tonterías —refunfuñó Kester—. Si mata al flotador, nos hunde a todos. ¿Por qué iba a…?

Un grito de dolor de Damras interrumpió a la tarek. Seguido por Kester y Nymos, Agis corrió al foso del flotador. El estado de Damras había empeorado. Tenía la barbilla hundida sobre el pecho, y sus ojos nublados miraban al vacío. Sus manos temblorosas habían resbalado hasta los extremos de la cúpula y corrían el peligro de caer de la superficie cristalina.

—Será mejor que enfiles hacia esa isla —dijo Agis, mirando a Kester por encima del hombro mientras se introducía en el asiento del flotador.

El noble señaló a estribor, donde una isla rocosa en forma de media luna se alzaba por entre el velo de polvo. Aunque se encontraba a varias millas de distancia, pudo distinguir la zigzagueante línea de un sendero que atravesaba sus escarpadas laderas. El sendero coronaba la cordillera cerca de una mescolanza de macizas siluetas blancas que no podían ser otra cosa que edificios.

Kester sacudió la cabeza.

—Eso es Mytilene, una fortaleza de gigantes —dijo—. Tendrás que mantener a Damras despierta hasta que podamos llegar a una isla más segura.

Agis colocó las manos sobre las de la flotadora de naves. Sus nudillos ardían como piedras al sol.

—Damras no conseguirá llegar a otra isla —advirtió, moviendo las manos de la joven hacia el centro de la cúpula.

—Tampoco lo conseguiremos nosotros, si atracamos en esta —respondió Kester—. Lo sabrías si hubieras visto alguna vez la forma en que los gigantes tratan a los extraños.

Damras clavó los amarillentos ojos en el rostro del hombre.

No duraré, pero Kester tiene razón sobre Mytilene, dijo, demasiado débil para hablar en voz alta. Ayúdame.

Iré en busca de Tithian inmediatamente, repuso Agis.

La joven negó con la cabeza.

No. La Víbora Fantasma quedaría enterrada en el polvo antes de que volvieras. Te necesito aquí.

Dime cómo, respondió el noble, tragando saliva asustado, y explicó:

—Damras me va a enseñar a hacer flotar el barco.

Kester y Nymos pusieron mala cara, y luego el jozhal dijo:

—Nos ocuparemos de Tithian.

—No —ordenó Agis—. Está claro que el rey se ha recuperado de sus lesiones, y os atacará con el Sendero. Ninguno de los dos es lo bastante poderoso para enfrentarse con él.

—Tengo mi magia —insistió el reptil.

—Y Tithian posee la suya —replicó el noble—. No podéis abrir ese calabozo hasta que yo esté allí para rechazar sus poderes mentales. De lo contrario, volverá a hacerse con el control de la tripulación.

—El calabozo permanecerá cerrado —anunció Kester—. No pienso tener otro motín en mi barco. —Se encaminó al timón, indicando al jozhal que la siguiera.

En cuanto hubieron marchado, Damras colocó sus manos sobre las de Agis, dejando las palmas del noble en contacto directo con la obsidiana. Un terrible escalofrío se extendió desde sus dedos a sus muñecas mientras gélidos zarcillos de dolor ascendían sinuosos por sus brazos. Se introdujeron luego en el interior de sus huesos, extrayendo energía de sus músculos y calor de sus venas.

Deja que U cúpula se alimente de tu energía vital. Los pensamientos de Damras le llegaron lejanos y débiles, y sintió cómo las manos de la mujer resbalaban de encima de las suyas. Contempla el casco del barco en tu mente.

Apretando los dientes para resistir el entumecedor dolor de sus brazos, el noble visualizó mentalmente los desgastados tablones del casco de La. Víbora Fantasma. Al mismo tiempo abrió un sendero hasta su nexo, lo que permitió a la cúpula libre acceso a su energía espiritual. Un cálido chorro de energía vital brotó de su interior para circular por todo su cuerpo y descender por sus brazos. Los zarcillos de dolor perdieron frialdad a medida que la energía fluía a su interior, luego una tenue luz dorada centelleó bajo las palmas de sus manos y se hundió en las profundidades de la cúpula. De improviso, Agis tuvo la impresión de que la nave se había convertido en parte de él.

Debes contemplar el mar tal y como era.

En el interior de la mente de Agis, la cortina de polvo que envolvía la nave se alzó de repente, reemplazada por una centelleante extensión ele azul grisáceo. El noble escuchó el chapoteo de las olas, y se encontró balanceándose arriba y abajo al compás del suave movimiento del barco. El cielo adquirió el color de los zafiros, y diminutas gotas salobres arrastradas por el viento mojaron sus mejillas. El noble lamió unas pocas gotas que habían caído sobre sus labios y sintió el sabor del agua salada, salada como la sangre, pero agua de todos modos.

El espectáculo dejó a Agis sin aliento. En todas direcciones, extendiéndose hasta la línea del horizonte, no vio otra cosa que agua, tan interminable como el cielo y tan monótona como los llanos salados del Triángulo de Marfil. Este mar representaba un tremendo contraste con el auténtico, seductor y majestuoso en lugar de amenazador y lúgubre.

Cuando por fin se recuperó de su sorpresa, Agis preguntó:

¿Qué es esto?

El Mar de Cieno, mucho antes de la aparición de los reyes-hechiceros, explicó Damras.

No puede ser, objetó Agis. La era anterior a la de los reyes-hechiceros fue la de Rajaat. El mundo era verde y cubierto de árboles. He leído descripciones…

Tus descripciones estaban equivocadas, interrumpió Damras. Pero no tenemos tiempo para discutir. Debes aceptarlo así.

Muy bien.

Al tiempo que el noble pronunciaba estas palabras, una atracción primitiva se agitó en el interior de su espíritu. Sintió un desasosegado anhelo tan doloroso como poderoso, y casi no percibió el chasquido de las ondeantes velas en su cerebro. Al cabo de un instante, la cabina de un flotador de naves se materializó a su alrededor y Agis se encontró a la vez sentado en el asiento del acompañante del interior de su mente y en el de la auténtica Víbora Fantasma.

Poco a poco, el resto de la nave empezó a materializarse en la mente de Agis. Un peso inimaginable cayó sobre su espíritu, tan terrible que le dio la impresión de que su corazón, su estómago y todos sus órganos iban a estallar de dolor. Lanzó un grito de alarma, pero el dolor impidió que de sus labios escapase otra cosa que un borboteo estrangulado.

Tú eres el agua, informó Damras. Tu fuerza es la que arrastra a La Víbora Fantasma.

Mientras la flotadora hablaba, el desagradable olor de la podredumbre se elevó de la nave que Agis tenía en el interior de su cerebro, y el estómago del noble se revolvió en señal de protesta. Los tablones del casco de la carabela adquirieron un mugriento color pardo, y una oscura mancha de adulteración empezó a extenderse desde debajo de la quilla de la embarcación, cambiando el color del mar de brillante azul a un repulsivo marrón. El hedor de la putrefacción se tomó más fuerte que nunca, inundando su nariz con tal hediondez que tuvo que realizar un esfuerzo sobrehumano para no vomitar.

¿Qué sucede?, preguntó Agis.

La fiebre, contestó Damras. Proviene del barco.

Querrás decir de Tithian, dijo Agis. Nos está envenenando a través del casco del barco.

En ese caso es un hombre muy poderoso. Lucha contra el flujo natural de la cúpula, respondió Damras. Te ayudaré a resistir todo lo que pueda.

Deberías descansar, indicó Agis. No le servirás de nada al barco si mueres.

No estás preparado para hacer esto solo, objetó ella.

Callaron los dos, y Agis se concentró en la tarea que le ocupaba. Aunque intentó mantener a La Víbora Fantasma flotando bien alta en el agua, el espantoso hedor producido por el ataque de Tithian y la continua absorción por parte de la cúpula de su energía resultaban difíciles de soportar. No tardó en sentirse mareado.

Estoy a punto de desmayarme, informó.

No me sorprende, respondió Damras. No obstante el respiro que Agis le había dado, la mujer parecía encontrarse todavía mareada y débil. Se necesitan muchos días de práctica antes de poder controlar el flujo de energía vital que penetra en la cúpula. Descansa y deja que me ocupe yo durante unos minutos.

Agis sintió cómo el peso del barco desaparecía de su espíritu cuando ella se hizo cargo de él. La negra mancha de la adulteración de Tithian empezó a desaparecer del mar que veía en su cerebro, y aunque todavía se sentía cansado, dejó de sentir tantas náuseas en el estómago.

La Víbora Fantasma se abrió paso por entre el polvo como de costumbre, hasta que de improviso Damras lanzó un grito de terror. Un espantoso estertor de muerte escapó de su garganta; luego cayó hacia adelante, y sus manos resbalaron fuera de la negra cúpula. Antes de que Agis pudiera cogerla, la flotadora de naves se desplomó sobre la cubierta, sus ojos sin vida vueltos hacia el cielo.

La Víbora Fantasma dio un bandazo, perdió velocidad, y empezó a hundirse como una roca. Agis utilizó su poder mental para detenerla y visualizó en su cabeza una imagen de la carabela surcando las olas. El peso de la nave parecía aún más abrumador que antes, y el estómago se le revolvió en señal de protesta cuando la hedionda mancha de putrefacción de Tithian empezó a extenderse por el mar azul. Agis tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener sus pensamientos fijos en el chapoteo de las aguas del antiguo mar, en lugar de en el dolor que sentía en el pecho o en las terribles náuseas de su estómago.

El hocico redondeado de Kester apareció en lo alto de la cabina.

—¿Qué sucede ahí abajo? —inquirió la mujer tarek.

Agis no necesitó responder, ya que el cuerpo sin vida de Damras dejaba bien claro cuál era el problema.

—Por la manera en que se bamboleó el barco, yo diría que estamos a punto de hundirnos —dijo Nymos, haciendo también su aparición en el extremo de la cabina—. Quizá deberíamos considerar la idea de desembarcar en la isla.

—Si fuéramos a hundirnos, ya estaríamos ahogados en cieno a estas horas —refunfuñó la tarek—. Agis nos mantendrá a flote.

—Soy un doblegador de mentes, no un flotador de naves —dijo el noble, negando con la cabeza—. Tendré suerte si duro lo suficiente como para llegar a la orilla más cercana.

Kester hizo rechinar los colmillos unos instantes, y arrugó el grueso entrecejo en una mueca de rabia.

—Muy bien, nos arriesgaremos a atracar en la parte de atrás de la isla —gruñó—. Y cuando lleguemos a la orilla, le partiré el cuello a Tithian con mis propias manos.

En el mismo instante en que la mujer ordenaba a su timonel que hiciera virar la nave en redondo, la imagen de un kes’trekel apareció en las profundidades de la cúpula. Las alas aserradas de la rapaz se agitaban con amplios movimientos que la levantaban de las negras profundidades para conducirla en dirección al noble. En los codillos de las alas tenía diminutas manos de tres dedos, una sujetaba un látigo de varias colas y la otra una curva guadaña. Sobre los hombros del ave se veía una calavera humana, con una larga cola de cabellos castaños que colgaba de debajo de un abollado aro de oro. El pájaro siguió subiendo hasta que su cabeza descarnada llenó toda la cúpula.

¡Agis!, le llegó la voz de Tithian. No podrás hacer flotar esta nave durante mucho rato. Deja que tome el control.

Antes confiaría en un escorpión, respondió Agis.

Esto no tiene nada que ver con la confianza, repuso el rey. Es una cuestión práctica. Si trabajamos juntos, tenemos más posibilidades de recuperar la lente oscura.

¿Para que puedas matarme y robarla para ti?, inquirió el noble. Estaría loco si te diera esa oportunidad.

Considera la oportunidad a la que renuncias, insistió Tithian. ¿La posibilidad de matar a Borys no te parece lo bastante importante como para correr el riesgo de que yo pueda recuperar la lente?

No si es un riesgo que no tengo por qué correr, respondió Agis. Ahora déjame tranquilo, antes de que cometa un error y nos hundamos.

Los coléricos ojos de Tithian llamearon como tizones.

No puedes hacer esto solo, advirtió antes de volver a hundirse en las negras profundidades de la cúpula, antes de que esto termine, me soltarás.

Kester apareció en el borde de la cabina.

—¡Animo ahí abajo! —vociferó—. ¡Nos está entrando cieno por ambos lados!

Agis apartó al rey de su mente y se concentró en el mar del interior de su cabeza. El agua se había vuelto ligeramente más oscura y viscosa. La diferencia era tan imperceptible que el noble no la habría advertido por sí mismo, pero estaba claro que afectaba al barco.

Maldiciendo a Tithian por hacer tan difícil su tarea, Agis visualizó el mar tal y como la flotadora se lo había mostrado la primera vez, centelleante y puro. Percibió un leve tirón en el chorro de energía que fluía de su nexo, y las aguas adquirieron una tonalidad marrón más clara. La Víbora Fantasma de su cerebro se alzó un poco más, para deslizarse por entre las olas con la misma facilidad con que lo había hecho cuando Damras estaba allí para ayudarlo.

—Mejor —observó Kester, meneando la cabeza aprobadora—. ¿Estás seguro de que no puedes hacer esto durante unas doce horas o más? Sería más sensato que atracáramos en cualquier sitio menos en Mytilene.

Agis sacudió la cabeza.

—Para entonces, estaría tan muerto como Damras —respondió con voz agotada—. Tenemos que desembarcar pronto, para que pueda detener la interferencia de Tithian y aumentar mi control sobre la cúpula.

—Si tú lo dices —suspiró Kester—. Pero tardaremos otros diez minutos en doblar el cabo, y quién sabe cuánto tiempo pasará después de eso hasta que encontremos un lugar donde atracar.

—Debe existir algún lugar en este lado de la isla —protestó Agis.

—Existe uno, el punto donde los gigantes salen del agua en el sendero que sube hasta su poblado —concedió Kester—. Estoy segura de que no quieres desembarcar allí.

—¡No! —interpuso Nymos—. Tenemos más posibilidades en el lado de atrás. Al ocultarnos la cortina de polvo, pueden pasar días antes de que se enteren de que hemos atracado.

—Me temo que no. Los mástiles nos delatarán —dijo Kester, señalando los enormes palos que se alzaban vertiginosamente por encima de las cubiertas—. Me daré por satisfecha si tardan un poco en vernos.

—¿De qué hablas? —preguntó Nymos, volviendo la cabeza de un lado a otro en un intento de comprender el porqué de la preocupación de Kester.

—Los mástiles ascienden por encima de la cortina de polvo —explicó Agis—. ¿Supongo que no podrías ocultarlos, verdad Nymos?

El jozhal meditó unos segundos, y dijo:

—No puedo ocultar los mástiles. —Sacó una pequeña varita de la bolsa de su estómago. En el extremo del palo se veía una máscara diminuta—. Pero puedo disfrazarlos de gigantes.

Kester se frotó la rugosa cabeza pensativamente y luego se encogió de hombros.

—Adelante, inténtalo. No veo cómo puede empeorar eso las cosas.

Tras decir esto, la tarek regresó a su puesto de costumbre, y Nymos se alejó a toda prisa para llevar a cabo su magia sobre los mástiles. La Víbora Fantasma rodeó la costa de Mytilene despacio, hundiéndose cada vez más en el polvo a medida que Agis empeoraba y se sentía más fatigado. Pronto, además del mareo, el noble se sintió febril y débil, e hilillos de sudor maloliente empezaron a resbalar por su frente. Empezaba a pensar que tendría que pedir que alguien le hiciera compañía para mantenerlo alerta, cuando la voz de Kester retumbó por la cubierta.

—¡Los pelotones de la cubierta de proa a sus balistas! —ordenó— ¡Tripulación primera, levantad la quilla! ¡Todos los demás, arriad las velas!

En el extremo opuesto de la nave, una docena de marineros hicieron girar los molinetes de las balistas hasta tensar hacia atrás los brazos de tres de los aparatos. Se cargaron las armas al momento con pesados arpones cuyos extremos terminaban en puntas aserradas tan gruesas como el cuerpo de un enano.

En la cubierta principal, un grupo de nerviosos esclavos se reunió alrededor del cabrestante y se inclinó sobre los travesaños para enrollar una gruesa soga negra alrededor de un enorme bidón de madera. A medida que se recogía la cuerda, esta sacaba la quilla —una paletilla de mekillot— fuera de la ranura abierta en el centro de la cubierta. El hueso había sido cuidadosamente tallado para darle la forma de una aleta, y lo habían pulido hasta hacerlo brillar para evitar que el cieno se adhiriera a él.

Mientras sus camaradas se esforzaban por levantar la quilla, el resto de los esclavos se encaramaron a los mástiles y penoles. Muy despacio, subieron las pesadas velas hasta las vigas de madera y las aseguraron en sus puestos con nudos corredizos. Cuando terminaron, la marcha de La Víbora Fantasma había aminorado hasta convertirse casi en inmovilidad.

Agis oyó cómo Nymos pronunciaba una palabra mágica, y luego vio cómo el jozhal, de pie en el centro del barco, gesticulaba en dirección a cada uno de los mástiles con su pequeña varita. Un trío de gigantes apareció en el lugar ocupado por los mástiles. Eran todos algo más pequeños y menos peludos que Fylo, con figuras desmañadas y ásperas pieles bronceadas por el sol. Sobre los hombros del primero había una cabeza de carnero, un águila en la del segundo y una serpiente en la del tercero.

—¡A las pértigas! —ordenó Kester. La tarek atisbaba por el ojo del rey, con la mirada fija más allá del barco—. Adelante despacio.

La tripulación ocupó sus puestos y empezó a empujar. Para Agis, esta parte del viaje resultó tan larga como el viaje alrededor de la isla. En una ocasión estuvo a punto de vomitar, mientras que en otra sintió que se quedaba sin aliento como si hubiera estado corriendo. No obstante, el noble consiguió seguir adelante, y la escarpada silueta de la costa no tardó en alzarse a menos de un centenar de metros de la proa.

—Preparad las planchas —gritó Kester, sin dejar de mirar por el ojo del rey.

Los esclavos apenas si habían ocupado sus puestos cuando la voz de un marinero resonó desde lo alto de la torre de vigía.

—¡Gigante a estribor! —Se produjo una corta pausa, y luego añadió—: ¡Cuatro más a babor!

—De eso nos han servido los disfraces —refunfuñó Kester, bajando su ojo del rey—. ¿A qué distancia? —aulló, levantando los ojos hacia lo alto del palo mayor.

Cuando la tarek vio tres gigantes de cabeza de bestia alzándose sobre su cubierta, su correosa piel palideció. Al principio, Agis pensó que era la ilusión de Nymos lo que había puesto nerviosa a la tarek, pero pronto comprendió que no era así.

—¡Cabezas de bestia no! —exclamó la mujer.

En ese mismo instante, una silueta voluminosa se materializó en el costado de babor, seis trenzas de cabellos agitándose a un lado y a otro como péndulos mientras vadeaba para interceptar a La Víbora Fantasma. Aunque la cortina de polvo impidió que el noble pudiera ver con claridad el rostro del gigante, pudo ver lo suficiente para darse cuenta de que era más o menos humano, con un aspecto macizo y una nariz ganchuda tan larga como un hacha de armas. Mientras el noble observaba, el coloso alzó los brazos sobre su cabeza y levantó una enorme roca tan alta como el mástil más alto de La Víbora Fantasma.

—¡Vete, repugnante saram! —tronó.

Mientras el gigante alzaba los brazos para efectuar el lanzamiento, Kester gritó:

—¡Fuego a discreción!

Agis escuchó el sonoro zumbido de una cuerda al destensarse. Un arpón del tamaño de un árbol salió despedido de la balista con un chirrido y voló directamente al pecho del titán. Se clavó con un fuerte crujido, enterrándose en el esternón de su víctima. El gigante lanzó un bufido que sonó como una dolorida galerna, y la roca que sostenía resbaló de sus manos para ir a hundirse en el polvo. Tras dedicar una mirada de estupor a La Víbora Fantasma, bajó las manos y cerró los dedos alrededor de la lanza para acto seguido desplomarse al frente a sólo centímetros de distancia del bauprés de la nave.

Mientras los artilleros tensaban de nuevo los brazos de la balista para un segundo disparo, Kester lanzó un grito de júbilo.

—¡Eso os enseñará a lanzarnos piedras!

—¿No debería Nymos cancelar su hechizo? —inquirió Agis.

—No ahora —fue la respuesta que recibió—. Que piensen que son cabezas de bestia matando a sus amigos, no La Víbora. Fantasma.

No había ni acabado de hablar cuando una segunda roca salió disparada de entre la bruma de polvo y se estrelló en las jarcias, arrancando el puesto de vigía del palo mayor y partiendo las cuerdas de algunos travesaños. Seguida por el cuerpo del aullante vigía, la roca rebotó en la quilla y se hundió en la cubierta principal.

—¡Todo atrás! —gritó Kester.

Los esclavos hundieron las pértigas en el cieno y empezaron a empujar a La Víbora Fantasma lejos de la orilla. Kester los maldijo por su lentitud, e introdujo la cabeza en el foso del flotador de naves.

—¡Manténnos ligeros y veloces, Agis, o estamos perdidos!

Otros dos gigantes se hicieron visibles justo delante de la proa, hundidos hasta la cintura en el cieno y avanzando hacia la nave tan deprisa como podían abrirse paso. El que iba delante sostenía una enorme roca frente a sí, que utilizaba a modo de escudo para protegerse a sí mismo y a su compañero de nuevos ataques.

—Di a los esclavos que levanten las pértigas —dijo Agis.

—¿Por qué? —Kester frunció el grueso entrecejo.

—¿Sabes lo que es el hielo? —respondió el noble, a la vez que volvía a concentrarse. Sin esperar una respuesta, abrió del todo su nexo para permitir que la energía vital fluyera a través de la cúpula como un torrente. El mar que imaginaba mentalmente aclaró su color y pasó del marrón turbio a un amarillo pálido.

Agis oyó que Kester vociferaba:

—¡Levantad las pértigas!

El noble aspiró con fuerza y visualizó algo que sólo había visto una vez en la vida, en una helada mañana durante una partida de caza en las altas sierras: un estanque helado. En su cerebro, las aguas amarillas que rodeaban la carabela se tornaron color marfil y tan duras como una roca. La escarcha se extendió inexorable y transformó el mar en una interminable llanura blanca, tan enorme como las pedregosas tierras yermas y tan lisa como la obsidiana.

El aristócrata no se detuvo ahí. Mentalmente imaginó un par de balancines que descendían desde las bordas de la nave, pero el lugar que debieran haber ocupado los flotadores lo ocupaban patines de obsidiana, tan afilados como espadas y con el grosor suficiente para sostener el inmenso peso de La Víbora Fantasma. Agis imaginó que estos balancines se hacían más y más largos, y levantaban el casco de la carabela fuera del hielo hasta dejar que descansara sobre él, lista para salir disparada por el mar helado al mínimo impulso.

Una roca se estrelló sobre la cubierta de proa, apartando la atención del noble de sus preparativos. El proyectil cayó sobre un soporte de arpones de repuesto y volcó el palo de trinquete. Mientras el enorme poste se desplomaba, una enfurecida voz de gigante se mofó:

—¡Tú otro saram también morirás!

—¡Desatraca, Kester! —aulló Agis—. Y di a todo el mundo que se sujete bien.

—¡Todo a popa! —ordenó la tarek, sin preocuparse de comunicar la advertencia de Agis.

Los esclavos bajaron las pértigas de impulso y empujaron. La Víbora Fantasma salió disparada como una flecha del arco. Los encargados de las balistas, que habían suspendido el fuego hasta que llegara el momento más propicio, dispararon sus armas. Las cuerdas vibraron y un par de arpones saltaron al frente como una exhalación. La primera lanza se hundió profundamente en el estómago de un gigante, que lanzó un rugido mientras intentaba arrancarse la lanza y luego se desplomó hacia adelante hecho un ovillo.

El segundo proyectil abrió una brecha en el codo del otro gigante, lo que provocó un tremendo surtidor de sangre, y luego se perdió en la polvorienta bruma. En un principio, Agis pensó que el titán había escapado de la muerte de milagro, pero los ojos de la criatura se vidriaron y el gigante empezó a bambolearse a uno y otro lado como si estuviera demasiado borracho para mantenerse en pie. Al cabo de un momento, sus rodillas se doblaron y cayó al polvo entre terribles convulsiones.

—Arpones envenenados. Ahora ya sabes por qué la llamamos La Víbora —rio Kester, utilizando el ojo del rey para contemplar la muerte del gigante—. Eso hace tres de cinco. ¿Qué sucedió con los otros dos que señaló el vigía?

Agis no respondió, ya que de improviso se sintió empapado de un sudor frío y empezó a temblar como una hoja. Le zumbaban las sienes con un dolor terrible e insoportable, y los intestinos le ardían como si hubiera tragado fuego. Una sensación horrible le empezó a subir de la boca del estómago, y supo que había superado los límites de su resistencia. Se dobló hacia adelante para vaciar el estómago, mientras se esforzaba por mantener las manos sobre la cúpula del flotador.

—¿Qué te sucede, Agis? —inquirió Kester—. ¡Si nos fallas ahora, nos hundiremos!

—¡Es la fiebre de Tithian! —jadeó Agis, intentando incorporarse—. No puedo…

Un tremendo estampido resonó en la popa de La Víbora Fantasma, y la carabela se detuvo en seco. Agis se vio lanzado fuera de su asiento y rodó por el suelo hasta ir a parar a la barandilla posterior. Se golpeó la cabeza contra un puntal de hueso, y entonces se dio cuenta de que estaba enredado con otros cuerpos: Kester, el timonel, y media docena de marineros. Un olor insoportable, casi tan maloliente como el que había dejado atrás en la cabina, inundó su nariz.

Agis levantó la cabeza y se encontró frente a frente con dos pares de inmensos ojos azules. Bajo cada pareja de órbitas había una nariz escarpada y una boca cavernosa llena de dientes rotos tan largos como estalactitas.

—¡Son demasiado pequeños para ser espías de los saram! —refunfuñó el gigante.

El otro frunció el entrecejo confuso, y levantó un dedo largo como una espada para rascarse las greñas.

—Será mejor que los llevemos ante Mag’r —dijo—. El jalifa sabrá lo que son.