2: La Cámara de los Patricios

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La Cámara de los Patricios

Tithian se encontraba en la antecámara del Palacio Blanco, atisbando por una ventana de batiente, contando los barcos del puerto de Balic. El puerto se encontraba en el extremo de la ciudad, donde una neblina de polvo plateado se arrastraba por encima de la bahía, extendiéndose tierra adentro hasta las posadas que rodeaban la zona de muelles. A pesar de ello, el monarca tyriano descubrió que era una tarea sencilla, pues los mástiles se alzaban fuera de la lóbrega capa de polvo como los troncos carbonizados de un bosque quemado.

—¿Por qué estás tan interesado en la armada del rey Andropinis? —inquirió el acompañante de Tithian, un joven envuelto en la toga de color crema de un templario balicano. Tenía una barbilla altiva, una nariz respingona y unos cabellos cortos tan blancos como su túnica—. Seguramente, dada la distancia a que se encuentra Tyr del Mar de Cieno, no tienes ningún motivo para preocuparte por nuestra armada.

—No siento un particular interés por la flota —mintió Tithian, continuando con su silencioso recuento—. Pero no había imaginado que vuestro puerto pudiera estar tan concurrido. ¿Cuántas naves posee vuestro rey?

—Eso no es algo que discutamos con extranjeros —respondió el templario, tomando a Tithian del brazo—. Tampoco les permitimos que cuenten nuestras velas.

Tithian liberó el brazo de un tirón de la mano del joven.

—¡En mi ciudad, te azotarían por tal insolencia!

El templario no mostró señal de preocupación.

—No estamos en tu ciudad, y no eres un rey en Balic —replicó—. Ahora, apártate de la ventana.

—Lo haré… cuando el rey Andropinis esté listo para recibirme —contestó Tithian, luchando por reprimir su cólera—. Si vuelves a tocarme, te mataré… y te aseguro que Andropinis no hará nada al respecto. —Introdujo la mano en el morral que colgaba de su hombro.

Los guardias del templario, un par de semigigantes fofos tan altos que casi tocaban el techo, apuntaron con sus lanzas de madera al pecho del tyriano. Vestidos con petos de cuero y esclavinas blancas sujetas a las encorvadas espaldas, las peludas bestias mostraban una expresión bobalicona que no hacía gran cosa por desmentir su poca inteligencia. Tithian les dedicó una mueca despectiva y devolvió su atención a su acompañante.

—Da esto a tu señor —indicó, tendiéndole un pequeño medallón de cobre al que se había dado la forma de una estrella de ocho puntas. Se trataba de la insignia de Kalak, el rey-hechicero a quien Tithian había usurpado el trono de Tyr—. Dile que me he cansado de esperar.

El templario siguió sin mostrarse impresionado.

—Transmitiré tu mensaje… y desearás que no lo hubiera hecho.

Tras esto, el hombre giró sobre sus talones y desapareció, dejando a su visitante bajo la custodia de los semigigantes.

—Has cometido un gran error, rey de Tyr —dijo una de las criaturas—. Ese era Mauras, chambelán de su majestad.

Tithian dedicó al guarda una sonrisa irónica.

—Creo que es Mauras quien ha cometido el error.

El monarca devolvió su atención a los mástiles. Por lo que podía ver a través de la neblina, el puerto parecía anormalmente lleno, sin un solo espacio libre en los muelles y con docenas de embarcaciones amarradas lejos de la costa. Para satisfacer sus necesidades, no precisaría más que de una pequeña porción de la armada reunida en la bahía.

Ahora que se sentía seguro de poder obtener tropas y barcos suficientes, Tithian permitió que su mirada vagase por el resto de Balic. La ciudad refulgía con la luz nacarada, ya que sus macizos edificios estaban revestidos de mármol rubio y sus avenidas pavimentadas con pálida piedra caliza. Rodeando el fortificado farallón del Palacio Blanco se encontraban los almacenes sostenidos por pilares del barrio de los mercaderes, tan sorprendentes por su tamaño como por las elegantes líneas de su arquitectura. Más allá de este distrito se hallaban las sórdidas madrigueras del mercado elfo, el estadio, los talleres de los artesanos, y las residencias donde vivía la mayoría de la población de la ciudad. En conjunto, Balic parecía una metrópolis próspera y agradable, una que a Tithian hubiera complacido llamar suya.

Algún día, se dijo para sí con una risita, quizá podría hacerlo.

Al ver que Maurus seguía sin regresar aún, el monarca permitió que sus pensamientos vagaran hacia el hombre que lo había estado siguiendo por el desierto. Tithian se había enterado de la existencia de su perseguidor cuando su espía, un corredor elfo del desierto contratado para vigilar su retaguardia, informó que un noble con la descripción de Agis había estado preguntando por él en un oasis. No obstante la razonable tarifa fijada por el elfo para asesinar al noble, al rey se le había caído el alma a los pies, ya que, de todos los hombres que podrían haber ido tras él, Agis era el único al que no deseaba matar.

Era un punto flaco en su carácter que Tithian no comprendía. Había buscado excusas para su debilidad, diciéndose que sería una estupidez asesinar a un estadista tan valioso y, cuando esto no parecía suficiente, el rey se recordaba los superiores conocimientos de Agis en el campo de la agricultura, que hacían que las granjas de Tyr fueran más productivas que las de cualquier otra ciudad de Athas. En otras ocasiones, pensaba en los disturbios que originaría la muerte del noble, o en cualquiera de una docena de razones igualmente válidas para dejar en paz a Agis.

Sin embargo, Tithian sabía que no hacía más que mentirse a sí mismo. Agis había incitado al consejo de asesores a desafiar al rey en un centenar de asuntos, desde dejar que los indigentes bebieran gratis de los pozos de la ciudad hasta convertir los terrenos reales en granjas de caridad. Tal insolencia le habría costado la vida a cualquier otro, pero Tithian siempre se había negado a asesinar a su viejo amigo.

Incluso ahora, cuando la intromisión de Agis ponía en peligro el más importante empeño emprendido jamás por Tithian, el rey no se decidía a matar al noble. En lugar de decir a Fylo —a quien el monarca había encontrado buscando empleo como porteador de carga en una caravana— que matara a Agis, el soberano se había limitado a pedir al pobre idiota que retuviera al noble.

Tithian esperaba no tener que lamentar la decisión. Agis había demostrado en muchas ocasiones que podía ser tan ingenioso como decidido, y ni siquiera un gigante podría detener al noble mucho tiempo.

Dada esta posibilidad, el rey se dijo que quizá no fuera tan mala cosa si el gigante hacía caso omiso de sus instrucciones y mataba a Agis. Entonces, al menos, sus manos no estarían manchadas con la sangre de su amigo.

Desterró esa esperanza de su mente casi tan rápido como había aparecido. Un accidente así no parecía muy apropiado para el único amigo de un rey. Agis no siempre había sido un enemigo político, y había habido ocasiones en las que el noble había apoyado a Tithian cuando nadie más lo hacía. Si llegaba el momento en que su amigo tuviera que morir, decidió Tithian, sería por la propia mano del rey.

Agis se merecía eso.

Las diligentes pisadas del chambelán resonaron en el vestíbulo, y el rey apartó de su mente sus inquietudes con respecto a su amigo. Al dar la espalda a la ventana, se encontró con una sonrisa de suficiencia en los finos labios de Maurus.

—Normalmente, el rey habla a la Cámara de los Patricios a esta hora —dijo el chambelán, con un destello de malicia en los ojos—. Te pide que te reúnas con él allí.

Maurus y los guardas acompañaron a Tithian por un pasillo bordeado por las estatuas de tamaño natural de antiguos estadistas, y luego le hicieron cruzar un amplio patio hasta el salón de actos revestido de mármol del Palacio Blanco. El edificio era un cuadrado perfecto, con una columnata de pilares estriados que sostenían un ornado arquitrabe. Sin esperar invitación, Tithian ascendió decidido los escalones, pero, antes de que pudiera penetrar en el edificio, el chambelán lo adelantó y le cerró el paso.

—Permíteme que te guarde eso —dijo Maurus. Teniendo buen cuidado de no tocar a su huésped, señaló el morral que colgaba del hombro de Tithian.

Tithian abrió el saco y mostró su interior.

—Como puedes ver, está vacío —repuso—. No hay motivo para inquietarse.

—No obstante —replicó Maurus sin apartarse—, debo insistir. Las cosas no son siempre lo que parecen, ¿no es así?

—Pocas veces lo son —concedió Tithian.

Se quitó la bolsa del hombro de mala gana. Las sospechas de Maurus estaban bien fundadas, ya que se trataba de un morral mágico que podía contener un número ilimitado de artículos y al mismo tiempo parecer vacío. Antes de abandonar Tyr, el monarca había colocado en su interior una abundante provisión de comida, agua, monedas y muchos otros artículos que esperaba necesitar en su viaje. Por supuesto que las provisiones incluían una amplia selección de armas, pero no era ese el motivo por el que Tithian no deseaba dejar la bolsa en otras manos. Guardaba otra cosa en su interior que convencería al monarca de Balic para que le entregara lo que deseaba, y había querido conservar la bolsa para hacer aparecer los artículos en cuestión en el momento justo para que causaran mayor impresión.

Tithian entregó el morral al chambelán, maldiciendo en silencio la cautela y eficiencia del funcionario.

—¿Puedo entrar ahora?

Maurus se colgó el morral al hombro e indicó a su huésped que cruzara el umbral. Tithian pasó al interior de una pequeña antecámara, donde un centinela semigigante montaba guardia frente a un par de enormes puertas. Tras levantar la mano para saludar al chambelán, el guarda abrió la puerta y se hizo a un lado.

Tithian penetró en la siguiente sala. El aire era caliente y húmedo al contacto con la piel, y apestaba a cuerpos perfumados. Excepto por el suave arañar de sus sandalias sobre el suelo, el lugar se encontraba tan silencioso que Tithian se preguntó si no habría entrado en una habitación vacía.

A medida que sus ojos se fueron acostumbrando a la sofocante penumbra, el monarca descubrió que no era así. Una tribuna de bancos de mármol recorría ambos lados de la enorme sala, oculta en parte por dos hileras de columnas también de mármol que sostenían el techo, y varios cientos de hombres y mujeres aguardaban pacientemente en las gradas, todos vestidos con togas blancas orladas de plata y oro. Pertenecían a muchas razas diferentes: había humanos, muls, enanos, semielfos e incluso tareks. Todos permanecían en absoluto silencio, sentados tan inmóviles que ni el crujir de sus túnicas de seda alteraba la extraña quietud.

En el extremo opuesto de la sala se alzaba un trono vacío, construido de alabastro transparente y colocado sobre un pedestal de jade rosa. Incrustaciones de azulada piedra de la luna decoraban el respaldo del magnífico asiento, mientras que los brazos habían sido tallados a partir de bloques macizos de calcedonia y las patas de diáfanos cristales de citrino. Toda la luz que penetraba por las estrechas ventanas de la habitación parecía caer directamente sobre el sillón, que a su vez proyectaba el resplandor de nuevo a la estancia en forma de apagado fulgor blanco.

Tithian se adelantó y fue a detenerse cerca de una mujer patricia de cabellos canosos. La mujer tenía las orejas puntiagudas y las cejas angulosas de una semielfa, pero su figura era un poco demasiado rechoncha y madura para alguien de su raza. Junto a ella, seis monedas de oro descansaban en una cesta plana tejida con las frondas de una saponaria. La mujer no volvió el rostro para mirar al tyriano.

—¿Es que en Balic no es costumbre dar la bienvenida a los extranjeros? —preguntó Tithian. Su voz resonó en la silenciosa estancia como si hubiera golpeado un gong.

—Lady Canace no puede oírte —explicó Maurus, avanzando hacia él—. Tampoco puede verte.

El tyriano dio la vuelta para colocarse frente a la mujer. Unas desagradables marcas rojas de quemaduras le desfiguraban los hundidos párpados, bajo los cuales no parecía haber globos oculares.

Maurus se detuvo junto a Tithian y colocó un dedo sobre el labio inferior de la mujer; esta dio un respingo como si se hubiera sobresaltado, pero permitió que le abrieran la boca por completo. En lugar de lengua sólo tenía un muñón deforme.

—El rey Andropinis valora el consejo de sus patricios —dijo el templario, categórico—, pero también desea asegurarse de que nada de lo que tiene lugar aquí se discute fuera del Palacio Blanco.

—Una precaución sensata —observó Tithian, apartándose de la mujer—. Es una lástima que no sea tan prudente con su chambelán.

Maurus cerró la boca de lady Canace y giró en redondo para replicar, pero un áspero comentario procedente del trono se lo impidió.

—No enfurezcas a mi chambelán —dijo la voz—. Es lo mismo que enfurecerme a mí.

Tithian miró en dirección al trono y descubrió a un hombretón enorme de pie ante el pedestal. Era más alto que un elfo y tan musculoso como un mul. Un flequillo de cabellos de color tiza colgaba sobre la frente por debajo de una dentada corona de plata. Tenía un rostro delgado, una nariz tan larga que casi se la podría denominar hocico, y las oscuras ventanillas de a nariz en forma de huevos. Los agrietados labios estaban echados hacia atrás para mostrar un puñado de dientes limados hasta quedar tan afilados como los de un gladiador. A diferencia de los patricios, no vestía toga, sino una túnica sin mangas de seda blanca, un taparrabos de tela plateada, y suaves botas de piel.

—Rey Andropinis —saludó Tithian. No hizo ninguna reverencia, y su voz no mostró la menor señal de temor o acatamiento.

Sin contestar, Andropinis se dio la vuelta para ir a ocupar su trono. Al ascender los peldaños, se hizo evidente que el balicano no era totalmente humano. Bajo la túnica, una hilera de afiladas protuberancias descendía por toda la columna vertebral, y pequeñas escamas puntiagudas le cubrían la parte posterior de los brazos.

Andropinis tomó asiento en el trono y paseó la mirada con severidad por la sala. Estamos en sesión, mis consejeros, anunció, utilizando el Sendero para transmitir sus pensamientos directamente a las mentes de todos los presentes.

Los patricios se alzaron de sus asientos, cada uno sosteniendo un cesto plano de saponaria en las manos. Tithian esperó a que la estancia volviera a quedar en silencio, y luego hizo un gesto al chambelán.

—Anúnciame.

Maurus le indicó con la mano que se adelantara.

—Sugiero que te anuncies tú mismo —contestó—. Esta audiencia es cosa tuya, no mía.

Tithian avanzó hasta quedar frente al trono. Los blancos ojos de Andropinis lo contemplaron fijamente, fríos y aguijoneantes como el granizo, pero el balicano siguió sin hablar. Comparado con la lastimosa figura de Kalak, este rey-hechicero parecía una bestia. Daba la impresión de que podía partir a un hombre en dos con los dientes o arrancar la cabeza de un semigigante sólo con las manos. Sin embargo, Tithian sabía que las apariencias podían ser engañosas. Había visto cómo Kalak, tan débil y decrépito como una mujer centenaria, mataba esclavos con una simple mirada y partía el cuello de un mul con un leve gesto de la muñeca.

Aquel que se encuentra, ante vosotros es Tithian I, rey de Tyr.

Andropinis saltó del trono y se colocó amenazador ante Tithian antes de que este se hubiera dado cuenta de que se había movido.

—Tu identidad no importa a mis patricios —dijo el balicano en voz baja, apretando con tuerza los hombros de su menudo interlocutor. Los dedos se hundieron en la carne de Tithian como garras, y su aliento olía como si hubiera estado comiendo corcho quemado—. Sé tan amable de hablar con tu lengua.

—Si así lo deseas —respondió Tithian. Moviéndose con deliberada firmeza, alzó una mano y apartó suavemente de su hombro la mano de Andropinis—. Y por favor recuerda que te diriges al rey de Tyr.

—Puede que hayas matado a Kalak, pero no eres un rey —replicó Andropinis. Rodeó a Tithian despacio mientras lo contemplaba de arriba abajo—. No tienes ni idea de lo que es ser un rey.

—Sé lo suficiente como para haber ganado una guerra a Hamanu de Urik —contestó el tyriano. En realidad, había sido Rikus quien había ganado la guerra, pero Tithian llevaba tanto tiempo atribuyéndose el mérito de la victoria que había olvidado la distinción—. Y he obtenido el favor de Borys de Ebe…, el dragón de Athas.

Andropinis se detuvo junto a Tithian.

—No deberías hacer bromas con el antiguo nombre del dragón —advirtió, siseando en el oído de su huésped.

—No he venido a bromear, como verás si podemos discutir el motivo de mi visita —contestó Tithian.

Andropinis asintió y avanzó hacia la tribuna donde sus nobles aguardaban en pie.

—Lo discutiremos mientras acepto los regalos de los patricios.

Tithian penetró en las gradas al lado de Andropinis. Maurus sacó un voluminoso recipiente de madera de detrás del trono, y siguió a los dos monarcas a un paso de distancia. El trío se detuvo junto al primer-patricio, un anciano arrugado cuyo cesto contenía varios rubíes resplandecientes.

Andropinis seleccionó la piedra más grande y la alzó a la luz.

—¡¿Qué es lo que quieres de Balic, usurpador?! —preguntó, dirigiéndose a su huésped sin siquiera mirarlo.

La respuesta de Tithian fue directa y concisa.

—Necesito dos mil soldados y las embarcaciones necesarias para transportarlos por el Mar de Cieno.

Andropinis enarcó una ceja y, tomando todos los rubíes del cesto del anciano, los arrojó en el recipiente que sostenía su chambelán.

—¿Qué te hace creer que te los daré?

Tithian indicó el morral que colgaba del hombro de Maurus.

—Si se me permite…

Andropinis consideró la petición unos instantes y luego asintió.

—Pero si sacas un arma…

—No soy tan estúpido —protestó Tithian.

Tomó el morral del hombro de Maurus e introdujo una mano en su interior. Cerró los ojos unos instantes, representándose mentalmente uno de los sacos de oro que había colocado en el interior de la bolsa antes de abandonar su palacio en Tyr. Cuando tuvo una imagen nítida en la mente, abrió la mano. Al cabo de un instante sintió el contacto de un bulto de tela áspera en la palma. Gimiendo por el esfuerzo, sacó una pesada saca, llena a rebosar de monedas y casi tan grande como el morral mismo. Tras colocarla en el recipiente de Maurus abrió la parte superior para mostrar el brillo amarillo del oro.

Andropinis contempló las monedas con indiferencia.

—¿Te imaginas que comprarás mi favor con eso?

—No tu favor —repuso Tithian—; tus hombres y tus barcos. —Como el rostro del balicano permaneciera inmutable, añadió—: Pagaré la otra mitad cuando regrese, junto con una compensación por cualquier baja sufrida.

—¿Y qué hay de las bajas que ya he sufrido? —exigió Andropinis.

—¿Qué bajas pueden ser esas?

—Hace cinco años, Tyr no pagó su tributo al dragón, y me tocó a mí entregarle mil esclavos de más. No pude terminar el gran muro que estaba construyendo para rodear mis tierras de cultivo. ¿Quizá te enteraste de lo que sucedió después?

—¿La Revuelta de la Península? —inquirió Tithian, pensando en la efímera guerra en la que un pequeño ejército de gigantes había invadido casi toda la península balicana.

—La revuelta me costó la mitad del ejército y destruyó una cuarta parte de mis campos —respondió Andropinis, apartándose de Tithian. Se acercó a la mujer que ocupaba el asiento siguiente y, tras examinar su cesto, indicó con la cabeza a Maurus que recogiera el contenido.

—Dudo que haya suficiente oro en tu morral mágico para reembolsarme tales pérdidas —añadió, dirigiendo una rápida mirada a su huésped.

—Puedes construir otro muro —replicó Tithian—. Pero yo sigo necesitando tu flota. La exijo en nombre del dragón.

—No pretendas embaucarme invocando su nombre. Debería matarte por eso —siseó Andropinis. Cerró una mano alrededor de la garganta de Tithian—. Quizá lo haré.

—No miento —protestó el otro—. Te darás cuenta cuando te muestre a mis prisioneros.

Tithian introdujo la mano en el morral y se representó mentalmente una cadena de hierro negro. Cuando la notó entre los dedos, sacó la mano de la bolsa, extrayendo con ella la cadena, cada uno de cuyos dos extremos estaba sujeto a una jaula de hierro que contenía una cabeza cortada. Al ser extraídos de la bolsa, los dos prisioneros dirigieron una breve mirada furiosa a Tithian, y luego clavaron los ojos en Andropinis.

—¡Mátalo, poderoso monarca! —susurró la primera cabeza. Tenía el rostro apergaminado y la piel grisácea, con las facciones hundidas y los labios correosos y agrietados—. ¡Corta la garganta de Tithian y déjalo caer junto a mí!

—¡No, dame a mí la garganta! —rugió la otra, que estaba totalmente abotagada, con mejillas como globos y ojos tan inflados que no eran más que negras ranuras, y cuya boca estaba llena de desportillados dientes grises. Al igual que la otra cabeza, llevaba la áspera melena recogida en un moño en la parte superior de la cabeza, y le habían cosido la parte inferior del cuello con hilo metálico. Lamió las rejas de la jaula con una lengua puntiaguda, y continuó—: Y deja vivir a ese cobarde. ¡Quiero ver el terror en sus ojos cuando me beba su vida!

Andropinis tomó las jaulas de la mano de Tithian, al tiempo que retiraba la mano de la garganta del tyriano.

—¡Wyan, Sacha! —exclamó—. Borys me dijo que se había deshecho de vosotros dos.

—No se derrota fácilmente la magia de Rajaat —escupió Sacha, la cabeza abotagada—. Ahora haz el favor de abrir las venas de este impostor, Albeorn. Hace semanas que no nos da de comer.

—¿Albeorn? —preguntó Tithian.

—Albeorn de Dunswich, Verdugo de Elfos, el octavo campeón de Rajaat —gruñó Wyan—. Traidor a su señor y a la justa causa de la Torre Primigenia.

Tithian sabía que Wyan hablaba de una guerra genocida que un antiguo hechicero llamado Rajaat había iniciado varios milenios atrás. Había finalizado hacía más de mil años, cuando todos los campeones escogidos por Rajaat —a excepción de Sacha y Wyan— se habían vuelto contra este. Tras derrotar a su señor, los rebeldes habían utilizado el más poderoso de todos los artilugios mágicos de su antiguo señor para transformar a uno de ellos, Borys de Ebe, en el dragón. Los demás campeones habían reclamado cada uno una de las ciudades de Athas para gobernarla como rey-hechicero inmortal.

Sin dejar de estudiar las cabezas enjauladas, Andropinis preguntó:

—¿Estos dos son tu prueba de que gozas del favor del dragón?

—Cuando dijo que se había deshecho de ellos, quiso decir que me los había confiado —dijo el tyriano—. Aunque de mala gana, actúan de tutores míos para que pueda servir a nuestro señor como rey-hechicero.

Sus palabras parecieron divertir al balicano.

—¿Es eso cierto? —inquirió, enarcando una ceja.

—Claro que no —se mofó Wyan con desdén—. Miente.

—¡Mátalo! —siseó Sacha.

Andropinis lanzó violentamente las dos jaulas contra las gradas de piedra de la tribuna. Un tremendo estrépito resonó por toda la sala, haciendo zumbar los oídos de Tithian. Las cabezas chocaron contra los barrotes de sus prisiones, rebotaron contra el otro costado y al fin quedaron inmóviles y aturdidas. Cuando el balicano devolvió la cadena a Tithian, las esquinas de las jaulas estaban dobladas hacia adentro por efectos del impacto.

—Por el momento, aceptaré estas abominaciones como prueba de que el dragón no querría que te matase —dijo Andropinis—. Apártalas de mi vista… y dime para qué necesitas mi flota.

—Eso sólo nos concierne a mí y a Borys —respondió Tithian, mientras volvía a introducir a sus aturdidos tutores en el interior del morral.

—En ese caso puedes dejar tu oro y marcharte. Nuestra audiencia ha finalizado —declaró Andropinis, reanudando la inspección de los cestos ofrecidos por sus patricios—. Los guardas del chambelán te acompañarán hasta las puertas de la ciudad.

Mauras esbozó una sonrisa afectada e indicó con la mano a Tithian que se dirigiera a la salida, pero este no le hizo el menor caso.

—¿Qué hay de mis barcos? —preguntó.

—No tienes ninguno.

—¡Mi petición está hecha en nombre del dragón! —espetó Tithian.

—Único motivo por el que te dejo vivir, usurpador —repuso Andropinis. Sacó una bola de algodón del cesto que sostenía un patricio de raza enana, y utilizó el Sendero para preguntar:

¿Qué significa esto, lord Rolt?

La Casa de Rolt os promete cien ovejas para alimentar a las legiones de vuestra majestad, fue la respuesta.

Andropinis hizo una muestra de disgusto y, agarrando la gruesa muñeca del enano, la partió sin el menor esfuerzo. Un truncado alarido de dolor surgió de la garganta de lord Rolt y las rodillas se le doblaron; de no haber sido porque el rey lo sujetaba por el brazo roto, se habría desplomado al suelo.

La Casa de Rolt promete mil ovejas, poderoso monarca, consiguió decir el enano, a pesar del dolor que experimentaba.

Sonriente, Andropinis soltó al patricio y dejó que cayera al suelo. Dirigió una rápida mirada a la caída figura, para dejar bien claro a Tithian que la demostración había sido en su honor, y siguió adelante.

Haciendo caso omiso de la insinuada amenaza, Tithian siguió insistiendo en su petición.

—Si me lo niegas, se lo niegas también a Borys.

—Puede, pero no pienso hacer zarpar mi flota; no por ti, y desde luego no ahora.

—¿Cuándo?

Andropinis se encogió de hombros.

—Puede que dentro de un mes, puede que no durante muchos años —dijo—. Cuando termine la guerra entre las tribus de gigantes.

—¿Qué tribus están en guerra? —quiso saber Tithian.

—Tu pregunta demuestra tu incompetencia para mandar mis barcos —se mofó el rey-hechicero.

—Estoy seguro de que podemos rodear sus líneas y mantener a salvo tus barcos.

—¡No me preocupan mis barcos! —escupió Andropinis—. Es mi ciudad lo que quiero proteger. Los primeros gigantes que descubran una flota en el estuario darán por sentado que he tomado partido por sus enemigos. Asaltarán Balic, y me veré arrastrado a una guerra que no tiene nada que ver conmigo.

—No había pensado que unos cuantos mamarrachos gigantes podían asustar a un rey-hechicero —replicó Tithian.

—Sólo un idiota no tiene cuidado con los gigantes —repuso Andropinis.

El balicano se detuvo junto a lady Canace, la rechoncha semielfa con la que Tithian había intentado hablar antes, y, tras chasquear la lengua ante el contenido del cesto, la abofeteó en el rostro con el dorso de la mano. La mujer cayó al suelo, y las seis monedas de oro que había traído como ofrenda se desparramaron.

Andropinis siguió tribuna abajo, dejando que Mauras recogiera las monedas.

—Incluso aunque Borys lo exigiera en persona, no confiaría mis barcos a un zoquete como tú —continuó el rey.

—No soy ningún zoquete. —La voz de Tithian no perdió la calma.

—Lo eres si crees que el dragón te puede convertir en un rey-hechicero —aseguró Andropinis, sacando un largo collar de diamantes del cesto que sostenían las rechonchas manos de un patricio de raza enana.

—Lo considero más que capaz de otorgarme los poderes necesarios…, una vez que le haya proporcionado la lente oscura —contestó Tithian.

La lente oscura era el antiguo artilugio que los campeones rebeldes de Rajaat habían utilizado para aprisionar a su señor, y para transformar a Borys de Ebe en el dragón. Poco después de todo aquello, una pareja de enanos había robado la lente de la Torre Primigenia, y desde entonces estaba perdida.

Andropinis volvió a dejar caer el collar en el cesto del que había salido, y miró a Tithian entrecerrando los ojos.

—Así pues, ¿he de suponer que has descubierto el paradero de la lente, y que el dragón te envía a que lo encuentres para él? —preguntó.

—Sí —respondió Tithian. Había esperado no tener que revelar tantas cosas a Andropinis, pero estaba claro que el rey-hechicero no se arriesgaría a un conflicto con los gigantes si no era por el más importante de los motivos—. Borys dijo que cooperarías entregándome los barcos y hombres que necesito.

El balicano estudió a su huésped unos instantes antes de responder.

—Si realmente intentas recuperar la lente para el dragón, entonces dime dónde se encuentra… para que sepamos dónde buscar si tú fracasas.

—¿Realmente quieres que haga eso? —Tithian dirigió a Andropinis una sonrisa forzada.

El dragón le había advertido que no revelara jamás la localización de la lente oscura, pues los antiguos ladrones del artefacto habían colocado sobre él un poderoso hechizo para impedir que Borys y sus reyes-hechiceros descubrieran el lugar donde se encontraba.

Andropinis le devolvió la sonrisa, mostrando una larga hilera de dientes afilados.

—A lo mejor sí que te ha enviado el dragón —concedió—. Tardó muchos siglos en comprender la naturaleza de la magia que protege la lente. Desde luego, sin su ayuda tú no habrías averiguado su naturaleza en toda una vida.

—Borys me advirtió de la existencia del hechizo —confirmó Tithian—. Por lo que sé, acompaña a esa información de la misma forma que una lombriz intestinal acompaña a un esclavo. No puedes tener una cosa sin la otra.

Andropinis asintió con la cabeza.

—Antes de que comprendiéramos lo poderoso que era, contemplé con mis propios ojos cómo los cerebros de un centenar de agentes se escurrían por sus orejas cuando intentaban contarme lo que habían averiguado.

Tithian tragó saliva, satisfecho de haber seguido las instrucciones cuidadosamente. Borys le había advertido que describir el lugar donde se encontraba la lente resultaría fatal, pero no había explicado los espantosos detalles. Conteniendo un escalofrío, volvió sus pensamientos al propósito de esta entrevista.

—Así pues, ¿me entregarás la flota?

—Te daré los hombres y las embarcaciones que buscas —repuso Andropinis—. Pero no regreses a Balic, o desearás que te hubiera matado hoy. No será mi ciudad la que sufra cuando Borys destruya la lente.

—De acuerdo.

Andropinis miró a su chambelán e hizo un gesto con la cabeza.

—Un guarda te escoltará al pabellón de invitados —dijo Mauras, colocándose junto al tyriano—. Me ocuparé de que un mensajero se ponga en contacto contigo cuando se hayan realizado las disposiciones pertinentes. —Al ver que Tithian no hacía ningún movimiento para marcharse, el chambelán señaló la salida con una mano—. Por aquí —indicó.

Tithian hizo como si no existiera y mantuvo la atención fija en Andropinis.

—¿Sí? —inquirió el balicano—. ¿Hay algo más?

Tithian hizo una mueca en dirección al chambelán.

—Sería mejor que lo que hemos hablado no fuera repetido, rev Andropinis —declaró—. Mi tarea ya será bastante difícil sin la interferencia de la Alianza del Velo.

—Mauras es de confianza —aseguró Andropinis.

—Para ti, puede —respondió Tithian—. Pero no me ha demostrado el menor respeto, y soy yo quien parte hacia el territorio de los gigantes… donde sería muy fácil preparar una emboscada. En nombre de Borys, debo insistir en que se silencie la lengua de tu chambelán.

Andropinis meneó la cabeza ante tal atrevimiento.

—Quizá sí que acabarás convirtiéndote en un rey-hechicero, Tithian. —Hizo una señal al chambelán para que se acercara.

Maurus dejó caer el recipiente de madera con los regalos que había estado sosteniendo y dio media vuelta para huir.

—¡Os lo ruego, mi señor!

Andropinis apartó a un lado a Tithian para cerrar una mano enorme sobre el hombro del templario. Unas largas uñas brotaron de las yemas de los dedos del rey-hechicero, quien utilizó el Sendero para dirigirse a toda la Cámara de los Patricios.

El joven Maurus, mi chambelán, debe ser felicitado, anunció. Le otorgo el título de patricio.

El aplauso fue tan atronador que sacudió todo el edificio.