CUATRO

EL JUEGO DE LAS SOMBRAS

1

Tom sacó el revólver de dentro de su camisa y lo embutió entre el cinturón y la espalda.

—¿Qué es eso? —preguntó Del—. Es un arma. ¿Para qué necesitas un arma?

—Probablemente nunca la necesitaremos —dijo Tom—. La saqué de la vitrina. Sólo trato de ser cuidadoso.

—Cuidadoso. Si fuéramos cuidadosos, todavía estaríamos en nuestras habitaciones.

—Si fuéramos cuidadosos, nunca habríamos venido aquí, en primer lugar. Vamos por Rose.

Comenzó a bajar por la tambaleante escalera de hierro. La escalera se movía. Tom tragó saliva. Siempre le había parecido insegura.

—¿Algún problema? —gritó Del.

Tom respondió bajando la escalera lo más rápido que pudo. Echó a andar por la playa en la oscuridad. Oía los pies de Del golpeando la arena al correr para alcanzarlo.

—Quería que te quedaras aquí, ¿verdad?, para siempre.

—Iba a hacer algo peor con Rose —dijo Tom—. Tenemos que llegar a esa playa del otro lado del lago. Allí estará.

—¿Y entonces qué?

—Ella nos dirá.

—Pero ¿qué le diremos nosotros a ella, Tom? Ni siquiera puedo soportar…

Tom tampoco podía soportarlo.

—¿Quieres que tratemos de cruzar el lago a nado o que vayamos por el bosque?

—Caminemos —respondió Del—. Pero no te adelantes. No me dejes atrás, Tom.

—No haré eso. La verdadera razón de que viniera aquí fue por no perderte —dijo Tom.

Aún se veía un poco de niebla en los bosques. Tom se deslizó entre dos árboles y echó a andar hacia la primera plataforma.

—Tal vez podríamos llevarla a Arizona con nosotros —sugirió Del.

—Tal vez.

—Dame la mano —dijo Del—. Por favor.

Tom tomó su mano extendida.

Rose los esperaba en la playita. La vieron antes de que ella les viera a ellos…, una muchacha esbelta con un vestido verde, y los zapatos de tacones altos en la mano. Fueron hacia ella, y la joven se volvió bruscamente para enfrentarlos… asustada.

—Lo siento —dijo. Miró a Del, pero sus ojos estudiaban a Tom—. No sabía si vendríais.

—Bien, vi esto —dijo Tom, y le mostró la pastora rota que llevaba en el bolsillo.

—¿Qué es? Déjame ver. —Con cuidado, como si temiera estar demasiado cerca de él, se aproximó unos pasos—. Realmente se parece a mí. Qué raro. —Rose estudió nuevamente el rostro de Tom: lo miró con una sonrisa dura, amarga—. ¿No te parece gracioso? —Como él no le devolvió la sonrisa, sus ojos fueron nuevamente a la pastora rota. Algo en su actitud dijo a Tom que deseaba escapar. Entonces Tom comprendió. Tenía miedo de que él le pegara—. No te parece gracioso —agregó Rose—. Muy bien.

—Eh, yo también estoy aquí —dijo Del.

Sintiéndose más cómoda de inmediato, Rose relajó la postura de sus hombros y se volvió hacia Del.

—Sé que estás aquí, querido Del. Gracias por venir. —Sus ojos volvieron a los de Tom—. No estaba segura de si…

—Tenías que estar segura, ¿verdad? —dijo Del. Le temblaba la voz—. Está loco, eso es todo. No medio loco, sino loco del todo.

—Aquí todo es mentira —dijo Rose—. El hecho de que hayáis visto algo no significa que realmente haya sucedido.

Tom asintió. Curiosamente se negaba a aceptar esa esperanza que ella le ofrecía. Si se ablandaba, tal vez la aceptaría. En cambio, Del no sólo la aceptaba, sino que corría hacia ella. Su rostro brillaba.

—Bien, estamos aquí, de todas maneras. Ahora, ¿adonde iremos?

—Al lugar donde estabas antes —dijo Rose—. Por aquí —y los llevó nuevamente al bosque.

—¿Dónde estaba él antes? —preguntó Del—. ¿Dónde es ese lugar?

—Una vieja casa de verano —dijo Rose, andando entre la niebla y la noche sin necesidad de luz para ver el camino—. Los hombres vivían allí, pero ahora se han ido.

—Espera un segundo —dijo Tom, deteniéndose bruscamente—. ¿Esa casa? ¿Qué sentido tiene ir allí?

—El sentido en el túnel, Tom protestón —contestó Rose—. Y el túnel nos sacará de aquí. Pasé todo el día preparando esto…, ya verás.

—Un túnel —dijo Tom, y Del repitió «Un túnel», como si ahora estuvieran seguros de que volverían a sus casas.

—Nunca he llegado hasta allí —señaló Rose, siempre avanzando en la niebla—, pero sé que existe. Creo que llega casi a Hilly Vale. Podemos permanecer allí dentro toda la noche. Luego, por la mañana, podemos salir, caminar hasta la estación, y tomar un tren. Hay un tren que sale temprano hacia Boston. Ya lo averigüé. Ni siquiera nos echarán de menos hasta más tarde por la mañana, y entonces ya estaremos fuera de Vermont.

—¿Y tu abuela? —dijo Tom.

—La llamaré desde cualquier lugar. —Sus ojos lo miraron inquisitivamente un momento.

2

Como animales desconfiados, o como fantasmas de animales apenas visibles en la niebla, salieron del confín de los bosques. Cuando Del vio la zona, parecida a un parque, con el césped cortado y los árboles decorativamente colocados (también aquí la fría niebla flotaba y se depositaba en los huecos), dijo:

—Yo ni siquiera sabía que esto estaba aquí.

Rose dijo:

—Creo que antes vivía otra gente aquí, hace mucho tiempo, pero el señor Collins les obligó a marcharse.

Tom asintió: la enorme lechuza brillante les había echado.

—Creo que era un lugar de vacaciones —dijo Rose—. Y que la casa grande se usaba como una especie de club nocturno y casino.

—Pero ¿para qué necesitaban un túnel?

—Creo que tenía algo que ver con la prohibición de bebidas alcohólicas —respondió Rose.

—Claro —dijo Del, comprendiendo de pronto—. Este lado debe quedar cerca de un camino. Seguramente entonces no estaba del todo amurallado. Cuando se enteraban de que iba a haber una redada, podían esconder el alcohol y las ruletas y la droga en el túnel.

—Sólo si el túnel volvía a la Tierra de las Sombras —señaló Tom.

Rose dijo:

—Del tiene razón. Hay más de un túnel. Ya lo veréis dentro de un minuto.

La casa deteriorada parecía aún más vieja en medio de la niebla. La parte rota en el pórtico se abría como una boca hambrienta.

Los tres fueron hacia la casa. Tom seguía viéndola en el pasado que Rose y Del habían evocado, en un verano de posguerra, rodeada por otras casas similares… ahora desaparecidas…, habitadas por hombres que llevaban blazer, y mujeres con vestidos como el de Rose. Había canoas, en alguna parte un hombre tocaría el banjo, y los cubos de hielo tintinearían en las jarras de martini.

Algo bueno. Preguerra. Vino de Canadá.

Nick, ¿por qué no cruzamos el lago y vamos a la feria esta noche?.

Buena idea. Tengo ganas de jugar a la ruleta otra vez.

—Díganme, ¿no saben nada sobre lo que esa lechuza de Philly dice haber visto anoche?.

No, eso habría sido después. Sweet Sue era lo que interpretaba el banjo, resonando en el aire de verano.

Sí, vayamos a la hostería esta noche. Creo que tendré suerte. Pasa un poco de gin para este lado, muchacho, si eres tan amable.

—¿Estás soñando despierto? —dijo Rose—. ¿O simplemente tienes miedo de entrar?

Tom subió al pórtico con los otros dos. Rose los hizo entrar en la casa y encendió una sola lámpara. La vieja construcción daba la impresión de que nadie había entrado en ella desde que el emisario alado del mago les había hecho salir a todos. Había polvo sobre las sillas rotas, sobre la alfombra estropeada.

—Esos hombres se marcharán después de mañana por la noche —dijo Rose—. Todas sus cosas se han arrojado a la basura o están en la casa. O tal vez en uno de los otros túneles.

—Espera un segundo —dijo Del—. ¿Cuántos túneles hay?

—Tres. No te preocupes. Puedo encontrar el que corresponde —sonrió a Tom—. Puse unos bocadillos y un termo y algunas mantas allí abajo. Estaremos bien esta noche.

—¿Y dónde está ese túnel? —preguntó Del—. Mira, si hay ratas ahí abajo, puedes matarlas de un tiro.

—Yo no he visto ratas —dijo Rose, y miró a Tom.

—Bien, yo traje este revólver —admitió Tom—. Tiene como cien años. No sé cómo se dispara, de todas maneras.

—El túnel es por aquí. —Rose apartó una mesa de mimbre cubierta de polvo y corrió la alfombra. Había una trampilla en la madera. Se inclinó, pasó los dedos por la argolla y abrió la puerta—. Así se llegaba al pequeño sótano. —Unos anchos escalones de hormigón llevaban a un negro agujero—. Hicieron los túneles después.

—Caramba —dijo Del—. Qué simple.

—¿Esperas algo? —preguntó Rose, y Del les miró a los dos, dejó escapar un «Ah» con voz temblorosa y comenzó a bajar lentamente los escalones—. Hay una linterna en el escalón más alto.

—Ya la tengo. Vamos, muchachos.

3

El túnel era lo suficientemente alto como para estar de pie. El suelo y las paredes eran de tierra apisonada; había vigas en el techo. Cuando Rose encendió la linterna, vieron que el túnel tenía una ligera inclinación hacia abajo. En el punto en que terminaba el haz de luz, a bastante distancia, parecía haber una curva.

—Bien, dijiste que tomaríamos el camino más bajo —observó Del—. Esto está fresco. ¡Qué grande es! Creí que tendríamos que arrastrarnos.

—En absoluto —dijo Rose—. ¿Pensáis que os haría eso?

Movió la linterna mientras seguían adelante. El aire cambió; se tornaba cada vez más frío y más seco en la oscuridad total alrededor del haz de luz.

En el lugar donde convergían las tres ramas del túnel la linterna reveló unos objetos amontonados. El lugar del cruce era una caverna circular ligeramente más alta que los túneles mismos. El techo era abovedado y con vigas.

—Este es nuestro dormitorio —dijo Rose—. Aquí hay mantas, comida y otras cosas. —Se arrodilló y levantó la manta que cubría el cesto de mimbre del mago—. Pensé que no echaría de menos esto. ¿Alguien tiene hambre?

La tensión había desatado un hambre voraz en los muchachos. Rose dejó la linterna en el centro de la caverna abovedada y les entregó bocadillos envueltos en papel impermeable. El jamón era de Collins; también el papel impermeable sería de Collins. Cada uno de ellos se apoyó en una pared diferente para comer, de manera que apenas se veían entre si. La luz de la linterna iluminaba de refilón sus rostros.

Del preguntó:

—¿Por cuál de estos túneles tomaremos, Rose?

—El que está más cerca de Tom. —Tom se inclinó para mirar. Una ola de aire frío llegó hasta él desde una oscuridad impenetrable—. Uno de éstos solía llevar a otra casa de verano.

Desde la fría oscuridad del túnel, Tom oyó el sonido del banjo y una voz no muy educada, pero dulce, que cantaba:

Hay luna arriba

tra-la-la-la

dulce Susana,

solamente tú.

—Creo que deberíamos tratar de dormir —sugirió Tom—. Arrójame una de esas mantas, por favor, Rose.

El rostro de ella tomó color cuando se inclinó hacia adelante, y le echó una manta escocesa.

—Buena idea —dijo la joven.

Acomodó las mantas sobre el suelo duro.

—Supongo que ustedes no oyen nada —dijo Tom.

—¿Oír? —dijo Del.

—Será sólo mi imaginación.

Rose se acercó al centro, y su cabeza y su tronco quedaron bañados por la luz como los de una mujer aserrada por la mitad en el viejo truco. Transmitió a Tom un mensaje líquido, diluido en sus ojos pálidos… «¿Me perdonas?». Luego el rayo de la linterna pasó velozmente por las paredes curvas y encandiló por un momento a Tom, al darle directamente en los ojos. Su sombra creció hasta tornarse gigantesca en la pared a sus espaldas. El rayo de la linterna se alejó, y Tom vio el cuerpo de Rose recortado contra la pared…, una figura de la década de los veinte con su vestido verde, dando un paseo por ese sótano, como tal vez hiciera la gente de vacaciones.

¿Quién es esa señora que estaba contigo? ¿Eh, Nicholas?

Una señora que puede estar en dos lugares a la vez,

Esas voces capturadas.

El haz de luz bajó hasta la manta extendida de Rose. Sus zapatos cayeron suavemente al suelo.

—Buenas noches, queridos míos.

—Buenas noches —respondieron ellos.

La linterna se apagó y quedaron sumidos en la oscuridad.

—Es como flotar —dijo Del—. Como estar ciego.

—Sí —susurró Rose.

El corazón de Tom se llenó de amor por los dos.

Se acostó sobre su manta y se envolvió con ella para combatir el frío. Como estar ciego. Cuando oyó esas voces capturadas que flotaban en los túneles, supo que nada sería tan fácil como pensaba Del…, que nada había sido nunca tan fácil…, y el miedo mantuvo abiertos sus ojos, aunque él también estaba ciego.

(Ruido de agua: remo de canoa que se alza y baja, resplandor en los ojos que proviene del claro del bosque, del otro lado del lago.)

En dos lugares al mismo tiempo, qué bien, Nick.

Los veranos son para divertirse, muchacho.

La señora enferma otra vez, ¿eh?.

El agua, dice. Tonterías, es más probable que sea el gin.

O algo que hay en el aire. Philly vio nuevamente esa lechuza anoche.

No hay ninguna lechuza, querido muchacho. Créeme.

«No confíes en él —se dijo Tom—, hay, hay una lechuza.»

La esposa de Philly es la única razón de que lo toleremos a él, al fin y, al cabo…

Luego llegaron voces de una época posterior del verano: Tom sentía llegar el frío, la promesa de las hojas muertas y del agua gris, congelada.

No se puede trasladar a Joal. No lo entiendo…, los doctores tampoco. Es para volverse loco.

Y vi la lechuza sobre tu cabaña, Nick…

No puedo sacarla, no quedo quedarme…

Y la esposa de Philly, muerta…, algo que había en el aire, o en el agua…

Supe que vendieron el lugar. Lo habrá comprado el demonio.

Pasa el gin para este lado, Nick. Sigo teniendo esas horribles pesadillas.

Los otros dormían en la perfecta negrura.

Tom seguía rígido en su manta, escuchando sus respiraciones regulares mientras salían las voces capturadas de los túneles, que cambiaban hasta que por último sólo quedó una voz.

Adiós, adiós a todos, adiós…, totalmente sólo. Sólo yo, el inspector de gallinas número veintitrés, será mejor que me pases más gin…, solo, totalmente solo…, con la luna arriba, tra-la-la…

Sabía que si miraba dentro de uno u otro de los túneles, encontraría un esqueleto. Nick de la década de los veinte, con una provisión de gin de antes de la guerra, y algo que sucedía a la esposa de Philly mientras su propia esposa enfermaba y moría, y mientras un joven expatriado verosímil pero siniestro compraba el lugar de veraneo donde había venido a pasar unas vacaciones agradables, jugando y haciendo el amor. Nick de la década de los veinte, que se había quedado demasiado tiempo, y que ahora nunca se marcharía…, cantando Dulce Susana en el túnel que le permitía a él y a su amante estar en dos lugares a la vez.

Collins los había matado, había matado a los que no se asustaron lo suficiente como para marcharse por sí mismos. Luego se adueñó del viejo lugar de veraneo y se perfeccionó, jugando con Del Nightingale en los veranos cuando pensaba que Del sería su sucesor; más tarde, perfeccionándose más aún, esperando que llegara el sucesor, defendiéndose de cualquiera que intentara invitarse solo, sabiendo que con el tiempo aparecería la única persona que significaría un peligro para él.

Y cuando se le terminó el dinero de sus extorsiones, mató a los padres de Del. Hizo caer el avión en que viajaban y reclamó su parte de la herencia y luego mantuvo los oídos atentos…, sabiendo que tarde o temprano se enteraría de la existencia de algún joven que aún no sabía qué era él.

Pásame un poco más de gin, muchacho.

En aquella época se bebía mucho. Brindo por ti, Nick.

Y yo por ti, dulce Susana.

Le pareció que alguien había hablado en la boca misma del túnel más cercano. Tom se dio la vuelta dentro de la mente…, ¿o esto también era un sueño? Y sintió una brisa fría que avanzaba hacia él.

El demonio, M., apareció envuelto en la brisa en la boca del túnel. Brillaba pálidamente, como si estuviera iluminado por la luna. M. no iba vestido con el uniforme de un profesor de escuela privada, sino que llevaba un blazer y camisa con cuello duro. Su rostro irradiaba simpatía y una intensa aunque perversa inteligencia. Se arrodilló ante Tom.

—De manera que tomaste por el camino bajo al fin y al cabo, y aquí estás.

—Déjame —dijo Tom.

—Vamos, vamos. Te doy una segunda oportunidad. No querrás terminar como nuestro amigo, ¿verdad? ¿Como un arenque en conserva? Eso no es para ti.

—No —dijo Tom—. No es para mí.

—Pero, querido muchacho, ¿no ves que esto no tiene salida? Te doy tu última oportunidad. Levántate y sal de aquí. Déjalos…, de nada te sirven. Dame la mano. Te llevaré de vuelta a tu habitación —extendió la mano, que era negra y humeante—. Ah, te dolerá un poco. Nada que no puedas soportar. Al menos salvarás la vida.

Tom se apartó estremecido de esa mano terrible.

—Vuelve a pensarlo. Te aseguro que esa criatura de quien crees estar enamorado te venderá. Dame la mano. Sé que mi mano no es bonita, pero tienes que tomarla. —Columnas de humo se elevaban de la mano extendida—. El señor Collins te lo ha explicado todo. Ella no es una salida para ti, muchacho.

Tom advirtió el carácter inevitable de la situación: una doble traición, como la de Rosa Forte.

—Sin embargo… —dijo.

M. retiró la mano, que ahora era rosada y suave.

—Me pregunto dónde terminarás. ¿Aquí? ¿En el lago? ¿Clavado a un árbol para que te coman los pájaros? Volveré, y recuerda que traté de ayudarte.

—Puedes hacerlo —dijo Tom. «Te lo dije», seguramente era una de las frases favoritas del demonio.

M. hizo una mueca burlona y desapareció.

«Así no», se dijo Tom a sí mismo.

4

—¿Qué hora es ahora? —preguntó Del, varias horas más tarde.

La linterna se encendió: iluminó la muñeca de Rose y su brazo desnudo.

—Veinte minutos más tarde que la última vez que preguntaste. Son las seis y cincuenta y uno. ¿Todos estáis despiertos?

—Sí —respondió Tom, arrancado a un sueño profundo.

Rose iluminó la cámara abovedada, el rostro de Tom y luego el de Del. Finalmente volvió la luz hacia sí misma. Se hallaba sentada contra la pared, y a diferencia de Del y de Tom, no tenía un aspecto descuidado. Sus cabellos estaban peinados; Tom vio con asombro que aún tenía los labios pintados.

—Todavía hay café en el termo, y tengo unos huevos duros. Podemos desayunar antes de partir.

—Tengo que hacer pis —dijo Del, avergonzado.

—Yo también —dijo Tom.

En la oscuridad fueron dando traspiés hasta el primer túnel y salpicaron las paredes; volvieron guiados por la luz para comer los huevos duros.

—Bien, ¿por cuál túnel vamos? —preguntó Del.

—Por ése. —Rose apuntó con la linterna hacia un agujero en la pared curva. Caminó hacia la entrada del túnel e hizo correr la luz sobre una línea de tiza blanca—. Yo la tracé cuando traje las cosas. En éste. Era el que estaba más cerca de ti —dijo Rose—. Uno se confunde en este lugar. Este es el que marqué.

—¿Hasta dónde llega? —preguntó Del.

—Es muy largo —repuso Rose—. Tendremos que caminar una media hora por él.

—¿Estás segura de que es éste? —preguntó Tom.

—Lo marqué. Estoy segura.

… te venderá. Nada más que un mal sueño: ¿no era de este túnel que llegaban las voces perdidas y capturadas en su eterno y terrible verano?

—Ilumina tu cara con la luz —dijo Tom—. Dame este gusto.

Rose levantó la linterna y la dirigió a su cara. Entrecerró los ojos ante el resplandor, pero su mano estaba firme. Es la criatura que crees amar. Era la muchacha de la ventana; era la muchacha de la capa roja, que llevaba un cesto por el sendero del bosque. Tomó entre sus dedos la figura rota que tenía en el bolsillo.

Adiós, Nick. Vuelve en cualquier momento, dulce Susana.

¿En el lago? ¿Clavado a un árbol para que te coman los pájaros?

—Adelante —dijo Tom.

5

La luz danzaba ante ellos, rozando el suelo. Sus pies se hundían en el barro. Una imagen no reconocida, casi una sensación de déjà vu, preocupaba a Tom. Pero no era un déjà vu, porque él sabía que nunca había estado en este lugar. Sin embargo, la sensación de una experiencia paralela invadía su mente…, algo que había conducido a…, ¿a qué? Un sabor de algo desagradable, de algo que estaba mal, de cosas que no eran lo que parecía.

—¿Qué creíste oír allí atrás? —preguntó Del en voz baja.

—Creo que sólo estaba nervioso.

—Yo también —confesó Del.

Siguieron bajando, un poco a tientas. El aire en el túnel se tornaba más húmedo y más frió. La linterna de Rose iluminó gotas de humedad en la pared.

—¿Realmente viniste aquí este verano para…, bien, para protegerme? —Del pudo preguntar esto porque la oscuridad ocultaba su rostro.

—Creo que sí.

La voz de Tom, como la de Del, resonaba en la oscuridad total.

—Pero ¿cómo sabías que necesitaría tu ayuda? —la voz aguda de Del parecía colgar en el aire, rodeada por un espacio cargado.

¿Cómo responderle? «Bien, tuve la visión de un brujo y de un hombre malo, y más tarde vi que el hombre malo había dominado al brujo. Que sucederían cosas que te harían daño, y yo debía impedirlo». Era la verdad, pero no podía decirlo: no podía hacer sonar su propia voz en la negrura para decir esas cosas.

—Creo que fue la noche de las «torres de hielo»… ¿Recuerdas?

—Cuando yo no sabía si estabas apartando al tío Cole de mí o no —dijo Del.

—Dios mío.

Del rió.

Entonces le vino a la memoria el día de inscripción: él caminaba por la escalera hacia el despacho del director después de llenar los formularios en la biblioteca, siguiendo la linterna de la señora Olinger y la vela del gordo Bambi Whipple. Era la primera vez que vería a Laker Broome.

Durante largo tiempo caminaron en silencio y en la oscuridad, siempre bajando, bajando, como si el túnel condujera al centro de la tierra en lugar de conducir a Hilly Vale.

6

Mucho rato después, Tom sintió que el suelo cambiaba. El esfuerzo por frenar, que cansaba sus piernas, se había convertido en el de remontar una pendiente. Ahora iban cuesta arriba: los músculos de la parte superior de sus muslos se estiraban como bandas de goma.

—¿Ya recorrimos la mitad? —preguntó Del.

—Más —respondió Rose—. Pronto saldremos.

«Gracias a Dios», se dijo Tom: la constante oscuridad comenzaba a perturbarlo.

Un rostro como el de Thorn, un rompecabezas de carne y cicatrices, flotaba en el aire y le hizo un guiño.

—¿Sucede algo? —preguntó Del.

—Estoy cansado.

—Me pareció que habías saltado.

—Es tu imaginación.

—O la tuya —dijo astutamente Del.

—¿Recuerdas cuando dijiste que habías oído algo? —preguntó Rose.

—Sí.

—Bien, ahora yo creo oír algo. Dejad de hablar y escuchad.

Otra vez el miedo inevitable. La linterna se apagó, y por un momento el resplandor quedó grabado en la retina de Tom.

—Yo no… —comenzó Del.

Se interrumpió: él y Tom, que estaba a su lado, también lo habían oído…, un ruido confuso, de golpes.

—Ah, Dios mío —susurró Del—. Nos persiguen.

—Rápido, rápido, rápido —rogó Rose. La luz se encendió, enceguecedoramente brillante, e iluminó el largo túnel detrás de ellos. Estaba vacío hasta donde podían ver—. Por favor.

Rose echó a correr con la linterna en la mano. Tom oía a los que venían detrás…, tal vez eran dos hombres, o cuatro, o cinco, y parecían estar a bastante distancia…, y luego él también echó a correr detrás de Del y Rose. Oyó los sollozos de pánico de Del, el ruido que hacían al brotar de su pecho y su garganta. El haz de luz de la linterna saltaba locamente.

—Sabían dónde buscarnos —gritó Tom.

—¡Corre! —gritó Rose.

Tom corría. Sus hombros chocaron dolorosamente contra un soporte de madera. Estuvo a punto de caer, sintió el dolor en todo el brazo; se raspó la mano contra una roca que salía de la pared y se enderezó.

En cuanto recuperó el paso llegó junto a Del, Del seguía emitiendo sonidos de pánico total.

—Vamos, corre —dijo Tom—. Dame la mano.

Del se agarró a él y se puso de pie. Rose estaba seis metros más adelante, moviendo la linterna con impaciencia, proyectándola en los ojos de los muchachos.

Del saltó como un conejo.

—¡Ya os tengo! —gritó un hombre en el extremo del túnel.

Perros y tejones; el pozo sangriento. ¿Collins sabía que terminarían así? Tom seguía corriendo.

—¡Os tengo!

—¡La escalera! —gritó Del—. ¡Encontré la escalera!

Tom sintió estallar una gran burbuja de alivio en su pecho. Todavía podían escapar; todavía había una posibilidad. Siguió corriendo, jadeando. Oía a Del subiendo la escalera, a pesar de los otros ruidos.

—Tom —Rose le tocó el brazo y le detuvo.

—Podemos lograrlo —jadeó—. Están mucho más atrás, podemos hacerlo.

—Te amo —dijo ella—. Recuérdalo.

Sus brazos lo rodearon y su boca cubrió la suya. De pronto el túnel quedó brillantemente iluminado.

—Rose —rogó él, y caminó hacia la luz llevándola entre sus brazos.

El rostro de Rose tenía una expresión salvaje. El la hizo a un lado para ver los escalones, la puerta abierta.

Algo andaba mal. Algún detalle…, su corazón latía furiosamente. Una gran ruleta, tan polvorienta como el rojo y el negro se habían vuelto igualmente grises, apoyada en los escalones. De pronto las piernas de Del se levantaron y salieron por la abertura mientras alguien le sostenía desde afuera.

Un instante después Del gritó.

—¿Qué…? —no podía creer lo que sucedía. Del volvió a gritar—. Rose…

Ella se soltó de los brazos de Tom y caminó hacia la ancha escalera de hormigón.

—Será mejor que vengas —dijo Rose—. Tiene que ser así.

Tom estaba rígido; la vio subir el primero de los escalones y volverse a mirar. Con su vestido verde y sus tacones altos, se alejaba de él; había cumplido con su tarea.

No me odies.

—Nos trajiste de vuelta —dijo Tom. Sus labios y sus dedos habían perdido toda sensibilidad—. ¿Qué eres?

—Tiene que ser así, Tom —dijo Rose—. Ahora no puedo decir nada más.

Los gritos de Del se habían convertido en gruñidos como los de un animal. Tom volvió la cabeza para mirar por el túnel. Root y Thorn, sin correr, aparecieron ante su vista. Se detuvieron en el borde mismo de la zona iluminada a través de la puerta abierta, y esperaron que él actuara. Tom volvió a mirar a Rose, que también esperaba con el rostro inexpresivo. Thorn y Root eran una pared de brazos cruzados y piernas extendidas. Rose subió otro escalón y Tom fue hacia ella.

Coleman Collins cantaba alegremente: «Salid, salid, dondequiera que estéis», y antes de que Tom llegara a los escalones, una repentina y terrible claridad lo inundó y se metió la camisa dentro de los pantalones, ocultando el arma.

En cuanto llegó a los escalones, miró hacia arriba y reconoció el final del túnel.

Era la habitación prohibida. Entonces supo cómo habían llegado y cómo se habían ido los «hermanos Grimm».

—De manera que los pájaros han vuelto a casa —dijo Collins.

7

Tom entró en la habitación atestada. Rose estaba junto a Coleman Collins, y el mago la miraba con expresión demoníaca y divertida, pasándose el dedo índice por el labio superior. Los otros cuatro Muchachos Vagabundos estaban a un lado, con perros sujetos con correas.

—Dios mío, qué casas —dijo Collins—. No puedo tolerar esto, especialmente en la actuación de despedida. Lágrimas, tal vez, pero nunca mal humor.

Detrás de Collins, el señor Peet tenía aferrado a Del por el brazo y se lo oprimía hasta hacerle daño. El rostro de Del estaba gris por la impresión. El señor Peet, vestido con las ropas anticuadas del tren, sonreía maliciosamente y sacudía a Del…, lo sacudía como a un muñeco.

—¿Por qué tiene que ser así, Rose? —preguntó Tom.

Ella le devolvió la mirada desde una gran distancia. Collins sonrió, dejó de acariciarse el labio y tomó a la muchacha de la mano.

—¿Por qué tiene que ser así?

Del comenzó a gemir de terror.

—Yo responderé, si no les molesta —dijo Collins. Aún sonreía—. Tiene que ser así porque no sois dignos de ser mis sucesores. Como acabáis de probarlo. Me temo que el mundo tendrá que esperar a que aparezca otro niño dotado…, para ti no hay esperanzas, Tom. Has vuelto a las filas. De espectador-participante. Bien, aquí están los otros.

Primero Root, después Thorn, surgieron por la trampilla. Thorn respiraba pesadamente: la carrera lo había cansado. Sus hombros ocupaban toda la abertura.

—Yo podía haber sido tu salvación —musitó Collins—. Y lo intenté. Pero ni el mejor ceramista puede trabajar con arcilla de inferior calidad. —Se encogió de hombros, pero sus ojos seguían danzando—. Ahora, veamos nuestro programa. —Levantó la mano y la de Rose y miró su reloj—. Faltan varias horas para el acto final. —Se inclinó y rozó la mano de Rose con sus labios. Cuando le soltó la mano se volvió hacia los hombres—: Thorn, Pease y Snail. Conducirán a este muchacho al teatro grande. Rose, querida, quiero que esperes en mi dormitorio. Ustedes, lleven afuera a mi sobrino y jueguen con él durante un par de horas. Si se queja, castíguenlo. Ya es totalmente inservible.

«Rose es su novia —pensó Tom—. Su amante». Una traición después de otra que caían dentro de él como plomo. Dos de los hombres lo tomaron de los brazos. Miró a Rose a los ojos.

No me odies…

—Vamos, Rose —dijo el mago.

Pero ella permaneció un momento a su lado, respondiendo a la mirada de Tom.

… por lo que tuve que hacer.

—Dije que se marcharan —Rose dio media vuelta y se alejó. Los ojos enloquecidos de Collins lo retenían—. ¿Comprendes? —dijo el mago—. Tenía que comprobar si realmente tratabas de marcharte. No mereces tu talento… Pero ahora no vale la pena hablar de ello porque no lo tendrás mucho tiempo más. Cuando llegó el momento, elegiste tus alas.

—Usted mató a todas esas personas —dijo Tom—. Mató a Nick, y a la esposa de Philly. A todas esas personas de la cabaña de verano.

—Y a la esposa de Nick, también —dijo Collins.

—También mató a los padres de Del —prosiguió Tom—. Para quedarse con su dinero.

Vio a Del que caía hacia atrás y era enderezado por el señor Peet.

—Pensaba que también obtendría la parte de Del, ¿sabes? —sonrió Collins—. En cierto momento pensé que podría ser mi sucesor. Habría sido mejor. Yo podría controlar a mi sobrino. Pero ahí estabas tú, brillando como el diamante más grande del oeste.

Cuando Del comenzó a gemir, Tom observó nuevamente el parecido con Laker Broome. Collins sonreía, fingiendo calma, pero sus nervios ardían…, ardía de furia y de loca alegría.

—Quédese, señor Peet. Ustedes, los otros, llévense a este muchacho afuera. Hagan lo que quieran con él.

Root, Seed y Rock fueron hacia Del. Seed sonreía como un oso. Clavó su garra en el codo de Del y lo apartó del señor Peet.

—No se preocupen por traerlo de vuelta —dijo Collins. Seed comenzó a arrastrar a Del hacia la puerta, y Root y Pease los siguieron—. Señor Peet, quiero que abra la pared entre los dos teatros. Necesitaremos todo el espacio posible.

El señor Peet hizo un gesto de asentimiento y siguió a los demás por la puerta.

Ahora sólo quedaban en la habitación los tres hombres, Thorn, Pease y Snail, el mago y el muchacho. Los hombres también llevaban los trajes de cuatro botones con chaquetas Norfolk del tren, y parecían lobos, con sus ropas calurosas y ajustadas. El rostro contraído de Thorn estaba cubierto de sudor. Los tres se acercaron a Tom.

—¿Qué le harán a Del?

—Ah, no será tan interesante como lo que te sucederá a ti —dijo el mago—. Serás crucificado.

—¿Eso es lo que le hizo a Speckle John?

—No. Le di un castigo para toda la vida, ¿no te lo dije? Lo convertí en sirviente. Al fin y al cabo era hijo de Hagar, ¿o eso es demasiado bíblico para ti?

—Sé lo que quiere decir.

El mago sonrió y miró a los hombres sudorosos.

—Llévenselos ahora.

Snail puso sus manos enormes sobre los hombros de Tom. Con esas manos podría haberle roto los brazos: Tom sentía una intención así en el contacto del hombre, que era algo más que brutal. Estaba totalmente desprovisto de sentimiento humano. Lo lastimarían y disfrutarían de eso, tanto más porque él les había humillado antes. Snail lo levantó del suelo, apretándole con fuerza para lastimarlo, y lo sacó de la habitación. Los otros dos rieron… con risas groseras.

«Ella no le ha dicho que tengo el arma —advirtió Tom—. Lo sabía pero no se lo dijo.»

Esto lo salvó de desvanecerse.

8

Los dedos de Snail eran como barras de acero hundidas en sus músculos. Mientras el hombre lo llevaba como a un muñeco sin peso por el corredor hacia los teatros, agachó la cabeza y susurró en el oído de Tom:

—Mi padre me pegaba…, mi padre me arrancaba la piel…, ah, cómo me pegaba mi padre —hizo un ruido grosero que un segundo después Tom reconoció como una risa. Puso sus labios en el oído de Tom—: Y yo no tenía la piel tan blanca como tú —rugió de risa.

Tom dio un puntapié que alcanzó a Snail en las piernas. El hombre le respondió sacudiéndolo lo suficiente como para romperle el cuello.

—Pórtate bien, ahora —dijo Snail, dejándolo junto a la puerta del pequeño teatro.

La placa de bronce decía:

Wood Green Empire

27 de agosto de 1924

Collins abrió la puerta y Snail hizo entrar a Tom.

Había desaparecido toda una pared. Los dos teatros estaban unidos en un solo espacio enorme. El señor Peet se encontraba al fondo, mirando su retrato en el mural.

—Muy bueno —gritó a Collins—. Ese tipo se parece mucho a mí —parecía complacido de una manera infantil, egotista.

—¿Eres idiota? —ladró Collins—. Apártate de ahí.

El señor Peet parecía malhumorado y ofendido. Bajó los escalones.

—Llévenlo al fondo —dijo Collins—. Una vez que comencemos, quiero que pueda ver. Y apaguen las luces.

—Escuche, ¿realmente usted no…? —comenzó Tom, pero Snail le dio una bofetada que le dejó dolorido todo un lado de la cara.

—Me pegaba en serio —dijo, haciendo una mueca—. Casi me ventilaba.

Como a Seed, también le faltaban algunos dientes. Arrastró a Tom por el escenario más pequeño hasta llegar al espacio más grande. Las luces de arriba se apagaron, y sólo quedó una tenue luz color ámbar en el escenario, que iluminaba las filas de asientos vacíos. Snail lo empujó hacia adelante y hacia arriba.

—¿Qué me sucederá? —preguntó Tom.

—Yo sólo trabajo aquí —dijo Snail—. Pero ¿qué crees que le hará Root a tu amiguito? —Tom vaciló y Snail agregó—: No intentes ninguna de esas tonterías. Si lo haces te arrancaré las piernas.

Esas tonterías… Snail se refería a la levitación. Pero había perdido esa capacidad. Estaba demasiado asustado como para encontrar esa llave. Llegaron a la última fila de asientos. ¿Crucificado? Recordó el sueño de mucho tiempo atrás, el buitre que saltaba hacia adelante y le destrozaba las manos con su pico amarillo.

Una estructura de madera en forma de una gran X había sido fijada a la pared. Tenía un aspecto temporal, provisional, el aspecto de algo que se ha colocado apresuradamente, y que puede desmantelarse con facilidad después de ser usado. Desde el centro de la X colgaba una cinta de cuero. En la alfombra había dos largos clavos y un machete de madera.

—No puede hacer eso —dijo Tom.

—Mientras no me lo haga a mí, puede hacerlo —dijo Snail.

—Deja de hablar y levántalo —ordenó Collins—. Se resistirá, de manera que tienes que sostenerlo con fuerza.

Tom saltó a un lado y trató de bajar otra vez la escalera, pero Thorn le rodeó el pecho con un brazo y lo arrastró hacia atrás. Tom pateó, y Thorn le golpeó en la cabeza con los nudillos.

—Dije que tienes que agarrarlo bien.

Collins se inclinó a recoger los clavos. Cuando los tocó, brillaron en la alfombra, y cuando los tuvo en sus manos lanzaron un resplandor pálido como de plata, como si estuvieran iluminados desde dentro.

Pease le cogió las piernas con sus poderosas manos. Snail lo tomó por las muñecas y no pudo moverse: se retorció para evitar el contacto, pero Thorn aumentó la presión sobre su pecho y lo dejó sin aire. El señor Peet se alejó y se sentó en un asiento junto al pasillo, desde donde podía contemplar la escena. El aliento fétido de Thorn llegaba directamente a la cara de Tom.

—Observa los clavos —señaló Collins.

Agarró el mazo con la mano derecha. Los largos clavos habían tomado un color rojo dorado, y parecían latir en la mano del mago.

—Buen truco —dijo Thorn.

—Apestas —dijo Tom, y Thorn volvió a golpearlo en la cabeza; sintió un dolor agudo.

Con sólo la mitad de sus fuerzas, Thorn podía romperle el cráneo.

—Este muchacho es un mago. Necesitamos algo más para sostenerlo —Collins mostró los clavos a Tom—. ¿Comprendes? Jamás los sacarás de las tablas. Creo que tendrás que conformarte con esperar la actuación. —Se volvió hacia Pease y Snail—. Levántenlo.

Los tres hombres llevaron a Tom hasta la estructura. Thorn caminando hacia atrás.

—Sostenedle los brazos —dijo Thorn, y le liberó los brazos para poder abrazar a Tom por la cintura con ambas manos—. Avanzad conmigo…, lo ataré.

Levantó a Tom, y lo sostuvo con una mano apoyada en su estómago mientras trabajaba con la cinta de cuero. Tom se retorcía, pero la mano de Thorn empujaba su estómago contra la columna vertebral.

El cinturón le cruzaba el vientre. Los hombres se apartaron. Estaba firmemente sostenido y a sesenta centímetros del suelo. La cinta de cuero le lastimaba la piel; la vieja pistola se clavaba en su espalda.

Collins levantó nuevamente los clavos. Ahora tenían franjas de color, como prismas.

—Muy bien. Proseguiremos. Thorn, arrodíllate y apóyale los pies en la pared.

Thorn se inclinó y apoyó los talones de Tom.

—Snail, tómale el brazo derecho. Pease, tú el izquierdo. La palma hacia afuera.

Le cogieron los brazos y se los estiraron, hasta que sintió que iban a salírsele los codos. Tom aulló.

—¡No pueden! ¡No pueden hacerme esto!

—Esta es tu opinión —dijo Collins, y se aproximó, con un brillante clavo entre el pulgar y el índice, y el mazo levantado en la mano derecha.

—¡NOOO! —rugió Tom.

Pease le aplastó los dedos, exponiendo la palma.

—El dolor no será tan fuerte como piensas —dijo Collins, y apretó la punta del primer clavo en la palma izquierda de Tom.

Tom cerró fuertemente los ojos y luchó contra todos…, contra los hombres que lo sostenían, contra el clavo que entraba en su piel.

Collins martilleó la cabeza del clavo. Hubo un gemido inmediatamente antes del impacto: luego un dolor increíble, como si no sólo el clavo, sino también el machete hubieran atravesado su palma. Aulló, y oyó el aullido en forma incorpórea, alucinatoria: era visible como una bandera.

—Nos pagas poco —oyó decir a Pease.

—Ahora tú, Snail. Vuelve hacia atrás los dedos.

Los dedos de Tom se extendieron solos.

«Mis manos —pensó— ¿Alguna vez…?».

El pinchazo de la punta del clavo…, el esfuerzo de concentración; la violación de su mano derecha.

¡Mis manos! Parecían tener el tamaño de todo su cuerpo, y ardían. Vio sus propios gritos saliendo de él.

—No demasiada sangre —dijo Collins con satisfacción.

Tom salió de su cuerpo y flotó entre los brillantes gritos.

9

Un poco más tarde el dolor en sus enormes manos le hizo volver en sí. El sudor chorreaba por su nariz, que le picaba terriblemente. Tenía la sensación de arena en la garganta. Sus músculos se estiraban; sentía golpes en los oídos. De cuando en cuando un fuerte ruido proveniente del exterior sacudía la estructura en que estaba suspendido, y en su delirio pensaba que caían bombas, que estaban bombardeando la Tierra de las Sombras, y entonces se dio cuenta de que las explosiones no eran más que fuegos artificiales. Una tras otra, explosiones simples, dobles y triples, como órdenes de mando sin palabras, que insistieran y volvieran a insistir.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Tenía miedo de mirar sus manos. Los tres estaban en los asientos de la última fila, y de vez en cuando lo miraban sin curiosidad, como si fuera un cuadro que no les interesara. Uno de los clavos impedía a un hueso estar donde debía estar, y la presión que iba y venía, intensificaba todos los otros dolores. Trató de apretar un poco más sus manos contra la madera, y durante todo el tiempo que pudo lo hizo, y aunque no fue mucho, la agonía disminuyó.

Cuando sus manos se aflojaron, volvió el fuego. Pease y Snail lo miraban con verdadero interés.

—Canta bien —dijo Pease, y Thorn soltó una risita—. El chico tiene razón —señaló Pease—. Hueles mal.

—Vete a la mierda —dijo Thorn.

Tom se arriesgó a echar una mirada a su mano izquierda, y le alivió descubrir que no veía más allá de su muñeca. Había un poco de sangre seca en la correa de su reloj.

¿Eres mago, verdad?.

«Nunca quise serlo».

¿Pero lo eres?.

«Sí».

Entonces usa tu mente para quitarte los clavos.

«No puedo».

Eso es lo que pensabas cuando él te dijo que levantaras el tronco. Inténtalo.

Lo intentó. Vio cómo los clavos salían de la madera, cómo sus manos se liberaban, con facilidad y lentitud.

Tuvo la sensación de que le habían clavado alambres en las heridas; veía el brillo de sus uñas, que se tornaban doradas, azules y verdes… Dejó escapar un chillido en falsete y vio que se transformaba en una delgada tira que ascendía hasta el cielo raso.

—Ese chico parece una mujer alcohólica —dijo Pease.

¿Ves qué cosas extrañas aprendes? Si no lo hubieras intentado, jamás habrías sabido que Pease es el chistoso de los Muchachos Vagabundos.

—No nos pagan lo suficiente por esto —dijo Pease, como había dicho antes—. Los tejones son una cosa, esto es algo diferente.

—Explícamelo —gruñó Thorn.

—No me acerques tu cara cuando me hables.

Tom quedó colgado de la cinta de cuero.

Cuando volvió a mirar, el señor M. estaba sentado debajo de él, con las rodillas recogidas, la espalda apoyada en el asiento de Thorn. Nuevamente llevaba el traje de profesor de escuela.

—¿Te lo dije, o no te lo dije? Dame un poco de crédito.

Tom cerró los ojos.

—No puedo salvarte de esto, obviamente, pero puedo salvarte del resto —dijo—. Abre los ojos. ¿Al menos estás preparado para admitir que te han vencido?

—Déjame solo —dijo Tom.

—¡Habla! —rugió Pease.

—Todavía puedo hacer mucho por ti —prosiguió M. con calma—. Esos clavos, bien…, podría quitártelos ¿No te gustaría?

—¿Por qué? —preguntó Tom.

—Quiere saber por qué —dijo Pease.

—Porque no me gustaría verte inmolado. Simplemente por eso. Tu mentor nos ha hecho mucho bien durante estos años, pero tú…, tú serías extraordinario. ¿Quieres que pruebe con esos clavos? Es un asunto simple, te lo aseguro.

—Vete —gimió Tom—. No quiero verte. Eres vil. No puedo soportar tu olor… Tú eres estos clavos.

Su voz se quebró. Comenzó a transpirar por todo el cuerpo. Se congelaba. M. desapareció, sin dejar de sonreír.

—Los chicos me ponen nervioso —señaló Thorn.

—Dale un descanso —dijo Pease—, no es muy fuerte. ¿Verdad, muchachos? Vamos más allá.

—Qué carajo, está loco —dijo Snail—. Ha perdido la chaveta.

Se puso de pie. Los tres comenzaron a bajar la escalera hasta la primera fila. Tom cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared.

—Mira, hasta podemos salir, ¿eh? —oyó decir a Thorn—. ¿Quién dice que no podemos?

Tom volvió a desmayarse.

Cuando volvió en sí otra vez, pensó que era de noche. Estaba solo en el vasto teatro. Un resplandor color durazno emanaba de las cortinas. Tom estaba bañado en sudor helado y sus manos estaban doloridas e hinchadas. El hueso luchaba contra la presión del clavo, perdido y latiendo en su mano. Centenares de nervios gemían.

—Tom —dijo una voz aterciopelada que conocía.

—Basta —exclamó Tom, y movió la cabeza para mirar por el pasillo en dirección a la voz. Bud Copeland estaba parado como una sombra más profunda en el oscuro pasillo—. No es realmente usted —agregó el muchacho.

—No, realmente no. En realidad sólo puedo hablar contigo.

—Supongo que usted es Speckle John —dijo Tom—. Tendría que haberme dado cuenta.

—Yo era Speckle John. Pero él me quitó mi magia. Pensó que eso era peor que la muerte. —Bud se acercó. Tom se dio cuenta de que veía a través de él, veía la hilera de asientos del fondo y la pared oscura en el extremo del pasillo a través de la camisa blanca y el traje gris de Bud—. Pero me quedaba lo suficiente como para oír a Del cuando nació. Y lo suficiente para conocerte a ti cuando te vi por primera vez. Y para oírte ahora.

—¿Moriré? —preguntó Tom, y derramó algunas lágrimas ardientes.

—Si no bajas —le respondió la sombra de Bud—. Pero eres fuerte, muchacho. Todavía no sabes cuan fuerte eres. Por eso hacen todo este escándalo contigo, ¿sabes? Eres fuerte como un elefante…, lo suficientemente fuerte como para traerme aquí. Sólo desearía poder hacer algo más que hablar. —Bud se movió con incomodidad, y su transparencia se hizo neblinosa—. El les hizo a los Muchachos Vagabundos lo mismo que a ti… en los sótanos del Wood Green Empire. El señor Peet y todos…, todos esos estúpidos que creían que podían vivir gratis a costa de él. Ah, dio un espectáculo: dio un verdadero espectáculo, muchacho. Todavía está orgulloso de él. Hizo un escándalo lo suficientemente grande como para que lo echaran de Europa.

—¿Qué le hizo a Rose?

—¿A Rosa? No te preocupes por eso, muchacho. Trata de salir de esa estructura. Afuera, están divirtiéndose con Del. Lo matarán si tú no bajas.

No puedo —gimió Tom.

—Tienes que poder.

Tom gritó.

—Así no. Hay una sola manera, muchacho. Tienes que usar esa fuerza. Tienes que retirar tus manos. De ese modo funcionará.

—¡NO! —gritó Tom.

—Hazlo con una mano, la otra saldrá fácilmente. Tienes que elegir tu canción…, tienes que elegir tus habilidades. Ya probaste tus alas, y no funcionaron. No puedes escapar de él.

Tom apoyó la cabeza contra la pared y miró a Bud con sus ojos enrojecidos; le hacía una pregunta muda.

—Yo intenté cantar, Tom. Pero él fue más fuerte que yo. Después de eso lo más que pude hacer fue tratar de mantener a Del a salvo de él. Sabía que quería tener aquí a ese muchacho…, hasta que se enteró de tu existencia, en todo caso. Ahora te toca a ti. Y tú tienes que hacer algo más que salvar a Del. Ya sabes lo que tienes que hacer.

—Matarlo —dijo débilmente Tom.

—A menos que quieras que él te mate a ti. Haz lo que te digo, ahora. Tira tu mano izquierda hacia adelante. Sigue tirando. Te dolerá terriblemente, pero…, caramba, hijo, ¿no te duele ya mucho? Cuando liberes esa mano haz lo mismo con la derecha. Los clavos no te lo impedirán. Sólo te impedirán que lo hagas de la manera más fácil.

—Solamente tirar.

—Tira con todas tus fuerzas, hijo. Si no lo haces, te sucederá algo peor que esto. Y de Del no quedará lo suficiente como para preocuparse. ¿Oyes? ¿Le oyes a él?

Entonces Tom oyó a Del: oyó un aullido agudo, angustiado, como el grito que él mismo había proferido poco antes.

Se concentró en su mano izquierda, y tiró. Cien mazos golpearon contra cien clavos, y estuvo a punto de desmayarse nuevamente.

Eres fuerte.

Tiró lo más fuerte que pudo, y su mano quedó libre del clavo y totalmente ensangrentada.

—Dios mío, hijo, ¡lo hiciste! Ahora, la otra…, por favor, muchacho, haz lo mismo con la otra…, tira fuerte…, no pienses en ello, sólo sácala de allí.

Tom llenó su pecho de aire, incapaz de pensar en la agonía de su mano izquierda. Abrió la boca con toda la fuerza de sus pulmones, arqueó la espalda cuando comenzó el grito, y tiró con la mano izquierda hacia adelante.

La mano salió inmediatamente. Brotó sangre que salpicó la hilera de asientos ante él.

… ahora sabes por qué tomé este trabajo, muchacho…

La voz de Bud se esfumó, el resto de su persona ya había desaparecido.

Gimiendo, Tom colgaba de la cinta de cuero. La hebilla, la hebilla tenía un cierre. Parecía cortarle por la mitad. «Y para mi próximo truco, señoras y señores…», levantó la mano izquierda y empujó con la base del pulgar el cierre de la cinta de cuero. La sangre le manchaba la camisa, le mojaba el vientre. «Mi próxima actuación es algo nunca intentado antes: el Muchacho que Cae». Pasó la base de su pulgar alrededor del cierre. La mano le dolía horriblemente, pero su pulgar se apoyaba contra el cierre. Empujó, mientras chorreaba sangre de su mano, y la correa se soltó, dejándole caer sobre la alfombra como un saco.

10

Del…, allí tenía que ir. Del estaba afuera, y los hombres lo estaban matando. Tom se arrastró hasta los escalones, usando los codos y las rodillas, sin hacer caso de la sangre que chorreaba por sus brazos. ¿Podía flexionar los dedos? Cuando llegó a lo alto de la escalera, lo intentó con la mano izquierda, y el dolor nubló sus ojos, pero los dedos se doblaron. ¿Y tú, mano derecha? El señor Thorpe: la capilla en una mañana soleada; levantó su mano derecha: muchachos, ¡este valiente muchacho sacó su cortaplumas y talló una cruz en la palma de su mano derecha! Seguramente lo había hecho. Tom apretó los dientes e hizo mover sus dedos.

«Y en mi próxima actuación… el ASOMBROSO Muchacho que Cae intentará ahora bajar una escalera.»

Tom se arrastró hasta el borde de los escalones. ¿Hacia adelante? Se vio caer, y su cabeza chocó contra los costados metálicos de los asientos, se dio la vuelta, se sentó, puso las piernas sobre el borde y prosiguió como un bebé de un año, arrastrándose sentado.

«Ahora hay que hacer algo realmente difícil, Tom, muchacho. Caminar». Sus pies estaban en el suelo, su trasero en el segundo escalón. «Bien, no te apresures…, primero ponte de pie, hazlo con comodidad». Se incorporó apoyándose en sus brazos ensangrentados, con la espalda dolorida y se encontró de pie. Inmediatamente sintió un mareo y apoyó el hombro contra la pared para sostenerse. Era increíble que el cuerpo de uno pudiera soportar tanto dolor…, era como un balde lleno hasta arriba de dolor. Uno pensaría que dejaría caer un poco de ese dolor por el camino. Pero el balde sólo se agrandaba.

Ahora vamos afuera, muchacho, vamos a presenciar un milagro. Esqueleto estaba escondido al fondo del escenario, esperando que el pianista se fuera para poder observar sus exámenes robados, echar una mirada a la lechuza de Ventnor y ver si tenía algo especial que decirle ese día… Simplemente se rompió, señor Robbin. Sí, señor, simplemente se rompió.

Caramba, qué torpes son ustedes.

Fuimos nosotros, señor, hoy estamos muy torpes, lo único que podemos hacer es ponernos de pie…

Se obligó a avanzar, empujando la puerta con el hombro. Sí, el viejo balde se agranda. Tom vaciló en el corredor en penumbras, chocó con la pared opuesta con el hombro, y se detuvo a descansar.

Esta no es una escuela fácil. ¡No! ¡No es una escuela fácil!.

«Tienes que admitir que no mentían.»

Se inclinó hacia adelante; y sus pies lo siguieron por el corredor. Mientras apoyase el hombro derecho en la pared, podía seguir andando y permanecer erguido. De la silla a la mesa y luego al diván, y luego tendría que caminar sin apoyo.

No había príncipes ni cuervos. Los gritos desesperados de Del que flotaban hacia arriba. Tom apoyó la mano izquierda delicadamente en el respaldo de una silla y avanzó: en dos pasos llegó a la mesita del café.

Bud Copeland estaba sentado en el diván, y Tom veía la delicada tapicería azul y verde a través de su traje.

—Lo has logrado hasta aquí, Tom, lo lograrás hasta el final del camino. Recuerda que la pistola tiene un seguro, si lo olvidas te condenarás.

—No habrá repetición de las actuaciones —dijo Tom.

—Muy bien, hijo.

Por instinto, Tom volvió la cabeza para mirar la vitrina de cristal en el rincón. Sintió un malestar en el estómago. La sangre salpicaba y caía en el interior del vidrio…, volvía a salpicar, oscureciendo todo el estante detrás de una pantalla roja.

¡Bang!, continuaban los fuegos artificiales afuera. ¡Bang!.

El preludio de la actuación.

—Lo lograrás por completo —dijo Bud.

Tom fue hacia la izquierda, puso la palma ensangrentada de su mano sobre la mesa de café, dejando una huella, aspiró aire a causa del dolor, y prosiguió hasta las puertas de vidrio, siempre encorvado e incapaz de enderezarse.

Se arrastró hasta el vidrio de las puertas de corredera.

¡Bang!.

A través de las manchas de sangre que sus manos dejaron en las puertas vio el cielo: una flor color naranja que se doblaba y moría, mientras sus bordes se tornaban azules… ¡Bang! Una columna roja crecía desde el centro de la flor y se extendía en el aire gris.

Pronto sería de noche.

¡Bang! ¡Pam! Junto a la columna roja, una lechuza hecha de luz blanca estaba descendiendo, sus alas eran anchas e imponentes, bajaban por el cielo cada vez más oscuro.

—Abre esa puerta…, tienes que abrirla —dijo la voz de Bud.

Tom apoyó sus manos resbaladizas en el vidrio. Del gritaba en alguna parte a su izquierda, y Tom usó los antebrazos para mover la puerta.

La guía de aluminio le atrapó el pie, y cayó hacia adelante sobre las baldosas. El golpe vibró hasta sus hombros desde los codos; las manos le quemaban. Gimió. Se puso de espaldas y extendió las piernas. Su corazón casi se detuvo de terror. La lechuza de fuegos artificiales, una luz plateada en el cielo gris, descendía hacia él con las garras extendidas, bajaba para atraparlo.

Tom cerró los ojos. «Muy bien. No puedo luchar contra eso. Llévame, haz lo que quieras. Pero termina de una vez.»

Oyó otra explosión sobre él. Levantó la mirada y vio que la lechuza se estaba muriendo, que se convertía en cenizas y se hacía pedazos, transformándose en algo sin sentido. Tom se puso de pie.

Luego cayó de rodillas otra vez porque los vio, al costado de la casa. Los Muchachos Vagabundos estaban en la ladera de césped, a menos de treinta metros de distancia, antes del comienzo del bosque. Vio a Snail y a Root, que levantaron la mirada por un momento, observando los últimos segundos de la lechuza, antes de volver a su trabajo.

Del sollozaba.

Bien, saca la pistola. ¿Piensas que él es un valiente? Entonces saca la pistola de tus pantalones. Arrodillado en las baldosas, con el rostro inclinado, trató de sacar la pistola de su cinturón. El dedo índice de su mano izquierda tocó el metal bajo su camisa; el mismo dedo milagroso levantó el faldón de su camisa.

Un poco más, vamos, Buck Rogers.

Otra vez. Ahora, la culata de la pistola había salido. Obligó a su mano a tocarla y a llegar al punto donde pensaba que estaba el guardamonte. Siempre transpirando, usó también su dedo índice.

¡Bang! Con una zona brillante alrededor, pero con el rostro apretado contra las toscas lajas, no veía las formas que dibujaban los fuegos artificiales. Tiró nuevamente del guardamonte y le dolió mucho la mano.

Oyó un sonido muy dulce, el de la pistola que caía sobre la piedra, y se oyó sollozar de alivio.

Tom se puso de costado y arrastró la pistola a él con ambas manos. La culata y el guardamonte eran de color rojo brillante. El seguro. No sabía qué aspecto tenía, y dio vuelta a la pistola entre sus dedos, buscando algo que debía ser el seguro. Finalmente vio un pequeño botón, y lo empujó hacia adelante. Caminando de rodillas, se acercó al costado de la casa, pasando de las baldosas al césped. Los seis hombres estaban en círculo, a una distancia que ahora parecía imposible. Root y Snail bromeaban…, vio abrirse la boca de Snail en una sonrisa a la que le faltaban varios dientes. Thorn se enjugaba el rostro lleno de cicatrices con su manga. Seed, que tenía una camisa demasiado grande, movía algo con el pie. Del chilló, casi invisible en medio de los hombres.

Tom se echó en el césped y trató de hacer puntería. Pero era imposible. La pistola le temblaba entre los dedos. Si llegaba a disparar, la bala se perdería en el bosque, en el lago, se hundiría en el suelo.

—Basta —dijo.

Pero su voz no era más que un susurro. La pistola se le cayó de las manos. Pasó el dedo índice en el gatillo nuevamente y se arrastró varios metros. Tenía la sensación de avanzar con una lentitud irreal, imposible. Cantó un grillo. Los dientes de la sierra en medio del césped aparecieron de pronto ante sus ojos. Avanzó unos centímetros más.

—Veamos lo que puedes hacerle en las costillas —dijo Snail—. Te apuesto a que de esa manera ya es tuyo.

—Basta —dijo Tom. Se sentó en el césped—. Basta. Dije basta.

Seed, que estaba frente a él, levantó la mirada, desconcertado. Tom buscó la pistola y apuntó vagamente a los hombres. Vio que Snail le sonreía, Thorn se frotaba el pecho. Se preguntó si la vieja pistola realmente funcionaría.

«Ahí va nada». Tratando de mantener firme la pistola, apretó el gatillo. Al principio le pareció que le había arrancado el brazo. El ruido fue mucho más fuerte de lo que había esperado, y lo ensordeció por un momento. La pistola se le cayó nuevamente de los dedos. Sus manos tenían el tamaño de globos.

Los hombres lo miraban con gran concentración, apartándose de sus lugares.

Una explosión dio color verde pálido al cielo.

Tom recogió la pistola y la apuntó hacia los hombres. Snail iba hacia él, con la frente un poco arrugada.

—Eh —gritó Thorn—. Cuidado.

—Tiene agujeros en las manos, no puede hacer nada —dijo Snail.

Sin embargo, en su rostro había una cierta preocupación.

Tom apoyó la pistola en el centro de su pecho y sostuvo la culata con los dedos de su mano derecha mientras apretaba el gatillo con el índice de la izquierda. Nuevamente el estampido le arrancó el arma de la mano. Le zumbaban los oídos.

Apareció una zona roja en el pecho de Snail. Parecía un botón. Snail cayó al suelo.

Tom recogió nuevamente el arma y esperó. Lloraba y no sólo de dolor, ya que a pesar de sus miedos y del tormento de sus manos y de sus brazos, sentía una gran tensión nerviosa.

¡Bang! Todo el aire se tornó amarillo. Vio a Del acurrucado en el césped. Levantó la pistola y apuntó a Pease.

Pease echó a correr hacia la escalera de hierro que llevaba a la playa.

Tom movió la pistola y disparó al azar contra los hombres. Esta vez logró retenerla en sus manos. Thorn saltó hacia atrás y cayó pesadamente. De su garganta salió un sonido como de burbujas.

Del se puso de costado y miró a Tom con sus ojos opacos. Su rostro estaba totalmente rojo.

Los otros ya corrían por el bosque, marchándose para siempre, pensó Tom. No eran más que empleados. No se les pagaba lo suficiente como para que aceptaran recibir disparos. Tom se volvió y miró a Pease, que llegaba a lo alto de la escalera. Recordó cómo el hombre le había doblado los dedos para que Collins pudiera hacer entrar el clavo. Dejó caer la pistola, que se disparó y saltó en el lugar donde cayó, enviando una bala al aire. Recordó a Pease, retorciéndose en su asiento, mirándolo como si fuera una pintura de inferior calidad.

«Escalera —pensó—. Las trabas. Abrir las trabas». Las vio: vio los hilos oxidados, el hierro. Echó a andar hacia la escalera. Oía a Pease que bajaba con gran ruido. Dos escalones, tres, cuatro…

Una explosión que sacudió la tierra. Una orquídea roja que florecía en el cielo.

Dejó encenderse su odio por Pease. «Fuera. Fuera». En su mente las trabas comenzaron a moverse, hacían el ruido de la libertad…, las vio saltar, caer dando tumbos.

Pease gritó. En el silencio entre los fuegos artificiales, se oyó un repentino ruido de metal destrozado, tan claro como un color. Tom obligó a sus piernas a andar más rápido y llegó al borde del lugar a tiempo para ver a Pease cayendo lejos, aún aferrado a la escalera de hierro. Pareció caer durante un largo rato, como en un sueño, sin dejar de intentar subir los escalones. Finalmente sus pies se soltaron y sus manos también, y él y la escalera cayeron juntos. Hubo un ruido de madera que se astilla cuando Pease chocó contra el muelle. Un agujero abierto instantáneamente en la madera. Un segundo después la escalera se partió en dos. Trozos del muelle volaron hacia arriba. Luego surgió el agua.

Ahora sólo quedaba una salida.

11

Volvió a Del y estuvo a punto de caerse, se sentó en la hierba junto a él. Del se estaba secando la sangre de la cara con la manga. Le habían pegado en la cara antes de decidirse a darle puntapiés hasta matarlo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

Los ojos de Del miraron hacia arriba. Los párpados aletearon.

—¿Te rompieron algo?

—Me duele todo.

Apareció saliva roja en los labios de Del. Miró sin interés el cuerpo de Thorn; el de Snail, boca abajo, más cerca de la casa. Thorn murmuraba algo.

—¿Qué te hicieron? —preguntó Del—. ¿Te pegaron…?

—Algo así —respondió Tom.

El cielo se estremeció: después del trueno, una fuente de color azul resplandeció en el aire.

—¡Vuelven otra vez! —gritó Del.

—No —dijo Tom—. Hemos terminado con ellos.

Del cerró los ojos y apoyó la cabeza en el césped.

—¿Puedes moverte?

—Quiero ir a casa.

—¿Quién no?

Las luces del bosque se encendieron; la casa estaba brillantemente iluminada. Tom veía las manchas rojas en la pared de la ventana. Luego oyó arrancar un auto. Oyó el ruido de las cubiertas en el sendero. ¿Era posible que Collins se hubiera rendido tan fácilmente?

Se oía respirar dificultosamente a Thorn. Tom se volvió hacia él, horrorizado.

—Ah —dijo Thorn, y murió.

No se elevó ningún pájaro blanco de su pecho, pero Tom supo que había visto cómo su vida terminaba.

—El coche… —dijo Del—. Se fue, Tom. ¡Se fue! Podemos irnos…, podemos salir de aquí.

—No lo creo. ¿Ves todas esas luces? El espectáculo pasó a otro teatro, eso es todo.

—Ay, Dios mío —dijo Del. Miraba las manos de Tom—. ¿Cómo fue que…?

—Tuve suerte —respondió Tom. Miró hacia la casa—. El todavía está allí, Del. Creo que realmente acabamos de comenzar.

—Pero nosotros no podemos luchar contra él. —Del se encogió.

—«Haremos lo que tengamos que hacer».

No fue dicho con fuerza, pues Tom no se sentía fuerte… Sentía que ya no tenía recursos, que ya no podía hacer nada más que estar tendido en el césped, esperando con desesperación que Collins produjera sus efectos especiales.

De pronto el cielo se llenó de fuegos artificiales, series de explosiones en el aire nocturno. No tendrían que esperar mucho.

12

«¡BIENVENIDOS AL WOOD GREEN EMPIRE!» —La voz amplificada hizo eco desde los árboles, desde el costado de la casa: como si los árboles y los tablones de madera hablaran—. «PRESENTAMOS UNA NOCHE DE ESPECTÁCULO Y EMOCIÓN SIN PARALELO EN NINGÚN ESCENARIO DEL MUNDO. LA ACTUACIÓN FINAL, LA ÚLTIMA APARICIÓN PROFESIONAL DEL AMADO HERBIE BUTTER. ¿ES UNO O SON MUCHOS? DECÍDANLO USTEDES MISMOS, DAMAS Y CABALLEROS. ESTAS HAZAÑAS DE CONJURO Y PRESTIDIGITACIÓN VAN MUCHO MÁS ALLÁ DE LOS PODERES DE CUALQUIER OTRO MAGO VIVO. PARA SU PROPIA PROTECCIÓN, NO INTENTE SALIR EN NINGÚN MOMENTO DEL TEATRO.»

Del lloraba nuevamente, y su rostro húmedo estaba iluminado por las luces brillantes de los juegos artificiales.

«PRESENTANDO… ¡AL SEÑOR HERBIE BUTTER!»

Las explosiones en el cielo redoblaron: se oyeron tambores por los altavoces. Zonas enteras del cielo estallaban en color blanco, uniéndose como un rompecabezas alrededor de unos huecos y de una gran boca abierta, sonriente. ¡Bang! Sobre la cabeza del gigante el color era rojo intenso, y Herbie Butter se extendió por todo el cielo, sonriendo. Era como una cara de dibujos animados, nítidamente dibujada y bidimensional.

«¡EL ASOMBROSO MAGO MECÁNICO Y ACRÓBATA! EL REY DE LOS GATOS.»

Collins parecía demasiado poderoso para Tom, demasiado lleno de recursos y experimentado. Observó al enorme dibujo animado, que bajaba por el aire hacia ellos. Luego volvió a mirar hacia la casa. Todas esas ventanas iluminadas: recordó su primer día en la Tierra de las Sombras, cuando Collins era una figura con rostro de lobo, que señalaba al otro lado de un abismo diciéndole que podía obtener todo lo que quisiera. Luego sintió como si Collins lo estuviera clavando en el aire, atravesándole el pecho con una lanza. Rose Armstrong lo miraba desde la ventana donde él la había visto aquel día. Era el dormitorio de Tom. Aún aquel primer día, habían tomado parte en la actuación de ensayo del mago.

Tiene que ser así. Esta escuela no es fácil.

Rose miró hacia abajo con una expresión afligida. Le hizo señal de que se quedara donde estaba: ella bajaría. Estúpidamente, él negó con la cabeza. Rose se apartó de la ventana. Tom volvió a mirar hacia arriba: Herbie Butter seguía bajando hacia ellos.

Tom vio la pistola, un bulto negro en el verde oscuro. No podía imaginar cómo la había levantado. Ya salía muy poca sangre de sus heridas, pero tenía las dos manos hinchadas. Las sentía como guantes.

—Viene Rose —dijo a Del. El miedo había borrado el color del rostro de su amigo.

—Ah, no —gimió Del.

«¿quieren acercarse dos voluntarios del público, por favor?»

—Creo que el papel de ella ha terminado —dijo Tom. Tenía el corazón tan paralizado como las manos.

«vengan, vengan… necesitamos la ayuda DE ESTOS JÓVENES VALIENTES.»

Rose salió corriendo del living al patio y siguió avanzando hacia ellos. El vestido verde brillaba bajo las luces. Había algo blanco en su mano derecha…, unos trapos blancos.

—¡Déjanos! —le gritó Del, y ella echó a andar por el césped. Miró temerosa los dos cadáveres—. Vuelve adentro, Judas…

—Tenía que hacerlo —dijo Rosé—. No sabía lo que él…, pensé que esto era parte de su espectáculo… Tom, lo siento tanto… —extendió los brazos—. De otro modo me habría matado, pero ojalá lo hubiera hecho… Traje pañuelos para vendarte las manos, es todo lo que pude encontrar, por favor, deja que lo haga. Por favor, Tom.

—¿Quién estaba en el auto? —preguntó Tom.

Del gritó:

—¡No dejes que te toque!

—Elena —respondió Rose—. Se escapó. Vio la sangre…, le abandonó. Quiero ayudarte, Tom. Por favor. Tengo que hacerlo.

—¡Porque él dijo que lo hiciera! —gritó Del—. ¡Vete de aquí!

—El quería que yo esperara en su habitación —dijo Rose—. Vosotros no ibais a verme nunca más. Pero pensé que sólo sería una actuación, Tom. Si hubiese sabido…, podíamos habernos escondido en el bosque…, yo no os habría traído de vuelta.

—¡Mientes! —gritó Del.

—No, es verdad —dijo Tom—. Ella no lo sabía. También fue engañada.

—¿Puedo curarte las manos?

—Bien —dijo él.

Rose se inclinó hacia adelante.

«y nos detenemos a recordar a nuestra heroína de la guerra de crimea…, el ángel del campo de batalla… ¡florencia nightingale!»

¡Bang! Los cohetes volaban hacia arriba, dejando huellas rojas en el cielo y, ¡pam!, explotaban convirtiéndose en la bandera británica.

—Nos atrapará —afirmó Del. Volvió a secarse la sangre de la cara con la manga—. No hay manera…

—Apriétalos tan fuerte como puedas —dijo Tom.

Rose estaba doblando el primer pañuelo sobre su mano y atando los extremos.

—¿Quién se ha ido, Rose? ¿Quién se ha ido de la gente de casa?

—Sólo el señor Peet. Los dos estaban arriba cuando oímos los disparos. Al principio pensaron que eran cohetes. Luego bajaron. —Comenzó a doblar el segundo pañuelo para vendar la mano derecha de Tom—. Y él dijo algo sobre la escalera.

—¿Qué sucedió con la escalera? —preguntó Del—. ¡La escalera ha desaparecido! —nuevamente era presa del pánico—. ¡No podemos bajar!

Volvió la cabeza hacia la casa y se quedó quieto. Coleman Collins estaba en todas las ventanas que podían ver, lo suficientemente lejos del vidrio como para que la luz lo mostrara con claridad.

¿Seis, siete…? No importaba cuántos, podrían ser cualquier número. Coleman Collins idénticos, acariciándose sus idénticos labios superiores con dedos índices idénticos.

—Tenemos que entrar allí —dijo Del, con cierto temor en la voz.

—Eso es lo que él dijo sobre la escalera. —Rose ató las puntas de los pañuelos. Ya habían aparecido círculos rojos en los centros de los dos pañuelos—. Dijo que tendrían que entrar.

—Pero no es más que un truco —afirmó Del—. Ahora solamente son dos, en realidad… y el señor Peet correrá la misma suerte que esos hombres.

—Tal vez no —señaló Tom, tratando de mover los dedos—. Pero hay alguien más. El quería dos voluntarios, ¿recuerdan? Tenía al otro todo el tiempo.

Las imágenes del mago desaparecieron de las ventanas.

—Estoy contigo, Tom —dijo Rose. Su voz era desesperada—. Te dije que no sabía lo que él iba a hacer…, sabes que te estoy diciendo la verdad. Le dejé.

—No me refería a ti —dijo Tom, con más calma que la que realmente sentía—. Todavía tiene a Esqueleto.

«¿tenemos otro voluntario? —se oyó decir por los altavoces—. ¿lo tenemos? ¿lo tenemos? ¡ah! ¡EL APUESTO CABALLERO DEL TRAJE NEGRO!»

13

Apareció una figura sombría en el césped, detrás de ellos: ¿o había estado siempre allí, sin que ellos se dieran cuenta? Rose tomó a Tom del brazo. Del saltó hacia atrás.

—Es Esqueleto —dijo, con voz muy por encima de su registro habitual, lo suficientemente aguda como para parecerse al canto del pájaro; pero Tom vio que no era Esqueleto.

La figura dio un paso adelante, la montura de carey de los lentes quedó iluminada por la luz que venía de la casa.

—Esta escuela no ha ido bien —dijo Laker Broome—, y es hora de que cortemos las ramas podridas —se acercó un poco más a ellos—. Hay que podar, caballeros…, hay que podar. Es hora de limpiar nuestro jardín. —Tom veía las luces en el bosque a través de su traje escocés—. ¡Los atraparemos! ¡Sabemos quiénes son y los atraparemos! —Levantó un puño transparente, y Rose y los muchachos dieron un paso atrás—. Hemos tenido indisciplina, alumnos que fumaban, suspensos y robo…, y ahora tenemos la maldición de algo tan enfermo, tan maligno, que en todos mis años como educador jamás he visto nada parecido, ¡JAMÁS! —Nuevamente dio un paso adelante, empujándoles hacia las baldosas y hacia la luz—. Una mente y un alma culpables son peligrosas para todos los que les rodean… son corruptas. Todos ustedes, muchachos, han sido tocados por esta enfermedad. —Otro paso adelante, enloquecido y amenazador—. Usted, Flanagan. ¿Usted robó esa lechuza?

—Sí —dijo Tom. Porque ésa era la verdad final.

El dedo índice señaló a Del.

—Usted, Nightingale. ¿Robó usted esa lechuza?

—Sí —dijo Del.

—Se presentará inmediatamente en mi oficina…, nos libraremos de usted, ¿oye? Será expulsado, una palabra que significa borrado, omitido, echado…, mala causa et quae requirit misericordia —su rostro parecía tener el tamaño de un cartel. Rose, que seguía cogiendo a Tom por el brazo, gemía.

»Y veo que han traído a una muchacha a esta escuela. Ya nos ocuparemos de eso, muchachos. Mucho me temo que no saldrán vivos de este edificio. Robo, suspensos, alumnos que fuman, indisciplina… ¡e ingratitud! La ingratitud es un pecado capital.

Tom sentía las toscas baldosas bajo sus pies, y Laker Broome miraba con ojos transparentes un reloj transparente y decía:

—Y ahora creo que veremos un espectáculo de magia por dos miembros de nuestro primer año.

Del lo miró con los ojos desorbitados: comenzaban a aparecer hematomas en su cara, púrpura en las sienes y verde en las mejillas y en las mandíbulas. En un par de horas parecería un mandril.

Caras de animales: De pronto percibió una habitación atestada a su alrededor, con fotografías en las paredes…, un collage enloquecido en las paredes y en el cielo raso, rostros horribles que lo miraban como en la casa del brujo del sueño, malignos pero inmóviles, pegados en la pared para que nunca levantaran vuelo…

To-o-m —gimió Del.

… Pero lo que flotaba era él, se elevaba de una extraña cama fétida hasta el cielo raso. Los brazos de Rose lo retuvieron, luego lo soltaron, y él seguía elevándose hacia esas láminas, hacia un hombre muerto en su coche con los sesos esparcidos en todas las ventanillas, un auto en un estacionamiento vacío. «Escena del Asesinato. El ex abogado de Miami fue descubierto a las siete y diez de la mañana de ayer. El residente de Miami Herbert Finkel, amenazado por un joven vagabundo, que llevaba camisa azul y pantalones marrones…»

… ascendía hacia un retrato de Coleman Collins con su abrigo Burberry y el sombrero de ala ancha, su rostro era sólo un óvalo blanco vacío…

… hacia la escuela Carson, una fotografía aérea en blanco y negro con señales en lápiz rojo…, llamas rojas, sobre la casa del campo de deportes y el auditórium, una mancha de lápiz rojo que tapaba el arbolado del patio. Más cerca, más cerca, las llamas dibujadas con lápiz parecían saltar, parecían calentar su rostro.

Los dedos de Rose le tomaron la mano derecha, torturando la herida, y gritó mientras las llamas dibujadas con lápiz subían a su alrededor.

Estaban nuevamente en Carson. Del y Rose se encontraban a ambos lados de él, de pie en el sólido entarimado del auditórium, el señor Broome en la plataforma, con su cara de lunático, diciendo cosas incomprensibles. Cien muchachos se retorcían y aullaban en sus asientos, muchos de ellos sangrando por los ojos y la nariz. De ellos surgía un ruido como humo, y el señor Broome gritó:

—¡Quiero a Steve Ridpath! ¡A Esqueleto Ridpath! El único graduado de la clase del cincuenta y nueve. ¡Venga a recibir su diploma!

Mostraba un documento en llamas, y Tom sintió que ascendía, que sus brazos y sus piernas eran como las patas de una araña, que toda su piel estaba tan tensa que podía partirse…

… mucho más abajo… ¿una fotografía? Se movía. Los muchachos muertos se retorcían y aullaban. Un profesor vestido con una chaqueta Norforlk avanzó por el suelo ennegrecido y agarró a Del por un brazo, lo sacudió salvajemente y lo arrastró consigo. Tenía la cualidad de una fotografía, un momento detenido en el tiempo para que uno pudiera mirar hacia atrás y decir: Sí, eso fue cuando el tío George se rasgó los pantalones en la cerca, cuando Lulú se asomó al pozo, qué gracioso; cuando todo comienza a andar mal y uno piensa en lo felices que éramos…, pero el rostro de Del estaba tomando un color púrpura y verde, y Rose gritaba y el hombre no era un profesor, era el señor Peet… Todavía estaba por encima de todos, flotando hacia Laker Broome, quien extendió su mano en llamas y aferró la muñeca de Tom, quemándole la piel, sonriéndole y diciéndole:

—Dije que habría un poco de dolor, ¿verdad? Tendría que haber recuperado mi autoridad en los túneles, muchacho. ¿No te parece que las cosas habrían andado mejor de esa manera?

La mano ardiente le oprimió aún más la muñeca. No cometas el tonto error de pensar que esto no está sucediendo, muchacho. Aunque así sea. Tom sintió que su muñeca se freía bajo la mano del demonio. El señor Collins tiene a tu amigo. Tú elegiste tu canción.

Entonces, cántala.

Bajo el blanco pañuelo del mago, su muñeca tenía un color rojo intenso.

—¡Tom! —gritó Del. Su voz se apagaba—. ¡Tom! ¡Tom!

Sacudió la cabeza, tratando de liberarse del mareo…, casi como si hubiera sido Esqueleto Ridpath, viendo lo que Esqueleto había elegido ver, lo que había elegido ver con todo su corazón…

—Nos trasladaron, nos trasladaron —gimió Rose—, ay, Tom, vuelve…, fue como si hubieras muerto un momento.

Tom abrió los ojos, y miró el rostro asustado de Rose.

Ya ni siquiera era bonita. Su frente estaba arrugada como la de una vieja, y por un segundo tuvo el aspecto de una bruja inclinada sobre él, sacudiéndole los brazos.

—Ah —dijo Tom.

Rose dejó de sacudirlo.

—Ese hombre te tocó y era como si hubieras muerto. El señor Peet salió y te trajo aquí y se llevó a Del… Yo simplemente los seguí, le golpeé la espalda, pero ni siquiera me miró; se llevó a Del, Tom. ¿Qué harás?

—No lo sé —dijo Tom. No sabía dónde estaba. Estrellas artificiales, luces conocidas, que parpadeaban. ¿No había una rueda de color? ¿No había una banda? —Polka Dots and Moonbeams —dijo—. Fielding saltó de la pared por encima de un saxofonista. Seis vasos de ponche. Todos salieron y miraron el satélite, pero en realidad era un avión. Esqueleto estaba allí, y tenía un aspecto terrible. Todo vestido de negro.

Tom miró, perplejo, las luces conocidas. En el lugar donde debía estar la rueda de color, sólo se veía un caño fino que atravesaba esa distancia, uniéndose con otro caño en T.

—¿De qué estás hablando? —nuevamente Rose tenía cara de bruja.

—De Carson. De nuestra escuela. Cuando Del y yo… —sacudió la cabeza—. ¿El señor Peet? Yo lo vi.

—Te trajo aquí. Y se llevó a Del.

Tom gimió.

—Nuestro director era un demonio —dijo—. ¿Piensas que realmente pudo haberlo sido? Y que tal vez él era el hombre de Mesa-Lane el verano pasado…, era su primer año, ¿sabes? Los chicos nuevos no se dieron cuenta de eso. Pensaban que siempre había estado allí. No es extraño que todos hayamos tenido pesadillas.

—¿Estás bien? —preguntó Rose.

—Un brillante guía el buen señor M. —dijo Tom, sonriendo.

—Tom.

—Ah, estoy bien. —Se sentó—. ¿Dónde estamos, de todas maneras? Ah. Tendría que haberlo sabido. —Se encontraban en el teatro grande; como faltaba la pared, veía el teatro pequeño. Las figuras del mural lo miraban con sus distintas expresiones de placer, aburrimiento y diversión. Y una voracidad inhumana—. Collins tiene razón, ¿sabes? Dio a Esqueleto lo que él quería. Esqueleto quería exactamente lo que sucedió. Hasta dibujó láminas que lo representaban.

—Pero ¿y ahora, qué? —dijo Rose—. Tom, ¿qué haremos ahora? Ni siquiera sé de qué hablas.

—¿Sabes lo que pienso, Rose? Pienso que todavía te amo. ¿Crees que Collins todavía ama a su pequeña pastora? ¿Realmente tienes una abuela en Hilly Vale, Rose?

Nuevamente arrugas de preocupación en la frente de Rose.

Tom se puso de rodillas. El mural, un público real, les miraba con comprensivo interés.

—En mi próxima actuación, algo que nunca se ha intentado antes en el continente, damas y caballeros…

—¿Estás loco? ¿Ese hombre te afectó la mente?

—Cállate, Rose.

Todo el mural resplandecía: hasta podía ver las manos llevando comida a las bocas, los veía hablar entre sí: «Echaré de menos al viejo Herbie, a pesar de lo que tú digas; era el mejor. Convertía la mano de un hombre en una garra, ¿verdad? Fue en Kensignton.» La gente que ocupaba los asientos más económicos, esperaba impresionarse con el último espectáculo del señor Butter.

En el mural, el Cobrador volvió la cabeza para sonreír a Tom Flanagan.

«Qué bien está esa chica. Es francesa.»

—Quédate quieta —dijo él—. Ve a alguna parte…, escóndete en el escenario. Encuentra un rincón, escóndete allí y quédate quieta.

—¿Qué…?

Tom hizo un gesto de despedida, esperando que ella encontrara el rincón más seguro de la Tierra de las Sombras. Ahora no había ningún botón que oprimir para convertir todo ese horrible asunto en una broma.

Se oyó por un altavoz:

«¡AH, SEÑOR! SÍ, USTED…, EL CABALLERO DEL TRAJE NEGRO. DAMAS Y CABALLEROS, TENEMOS NUESTRO SEGUNDO VOLUNTARIO. UNA MANO GENEROSA. POR FAVOR…»

Aplausos de fantasmas, aplausos del año 1924, que rebotaban en las paredes.

El Cobrador se deslizó de la pared, sonriendo ciegamente y sin dientes a Tom.

«Bien, Mary, no sigas…, es obra de ese estúpido…, ¿te das cuenta? El es parte del espectáculo. Es lo que se llama un imbécil.»

El Cobrador caminó tambaleándose hasta el extremo del pasillo desde la sala más pequeña, siempre totalmente centrado en Tom. Un rostro sin personalidad alguna. El Doctor Cobrador: en realidad ése era el aspecto que tenían todos: Esqueleto, Laker Broomer, el mago, el señor Peet y los Muchachos Vagabundos, tan deformados por el odio y la voracidad que robarían y matarían, estafarían y tiranizarían a cualquiera que fuera menos poderoso. Collins había llegado al extremo de vaciar los bolsillos de un muerto. Sí. Doctor Cobrador. Ofrecían sus propios estilos de salvación. ¿Quieres ser un hombre? ¿Te convertiré en un hombre? Soy tu padre y, tu madre.

—Aquí estoy, Esqueleto —dijo.

Se sentía inundado de asco y de desprecio. Se puso de pie. Sus manos eran pesos muertos, que no se hacían pedazos porque estaban envueltas en los pañuelos anudados.

—Vamos, Esqueleto —dijo.

El Cobrador comenzó a bajar rápidamente la escalera.

14

La realidad es que Tom no tiene idea de cómo luchará contra el Cobrador. Mientras oye los tacones altos de Rose repiqueteando en un ala del escenario, recuerda la escena en que el actor Creekmore personificó a Withers, y el impulso que lo llevó a enfrentarse a esta terrible representación de Esqueleto Ridpath comienza a parecerle un error fatal. De pronto a Tom le parece muy probable que morirá…, que morirá no demasiado agradablemente…, en el Grand Théâtre des Illusions, así como Withers murió en una callejuela a la salida de una puerta trasera del teatro.

—¡Vendouris! —gritó el Cobrador—. Vi su lechuza, Vendouris.

Tom se aleja tan silenciosamente como puede, preguntándose ahora si podrá salir del teatro y de alguna manera arrancarle a Del a Collins…, dejar al Cobrador vagando y gritando dentro del teatro…, pero el Cobrador es un truco mágico.

—Quiero ver un poco de piel —susurra el Cobrador—. ¿Dónde estás, Vendouris?

Es una alucinación de magia, y Tom es un mago. En la escena alucinante que se desarrolló cuando Laker Broome lo tocó, se percibía una clave, el olor de una respuesta lo suficientemente fuerte como para hacer que una parte de él supiera que el Cobrador podía convertirse en alguien inofensivo.

—Un poco de piel —dice el Cobrador, abriendo la boca, cuyo interior es de una negrura purpúrea.

Sus ojos vacíos brillan de deleite. Anda vacilante por el escenario del pequeño teatro, guiándose como por el radar de un ciego hasta el Grand Théâtre.

Tom avanza rápidamente por el gran escenario, alejándose. ¿Cuál es la clave, la respuesta? Puede recordar el auditórium lleno de muchachos muertos, él mismo flotando sobre él, dentro del cuerpo de Esqueleto. Está allí, en alguna parte, la respuesta. Tiene que pensar. Pero ¿cómo puede uno pensar, si su mente se transforma en gelatina? No es más que magia, eso es todo, se dice a sí mismo, mientras llega hasta la pared y apoya la espalda en ella, y oye al Cobrador que sale del escenario del pequeño teatro. Dos pasos más lo llevarán a la habitación más grande. El Cobrador babea, extiende los brazos, y Tom recuerda la sensación de estar dentro de Esqueleto, sintiendo todo ese odio que era amor rechazado, el amor desvalido y mudo de Esqueleto por Collins y por lo que Collins podía hacer.

—Yo no soy Vendouris —dice Tom, sintiendo aún su odio por Esqueleto como un peso en el pecho.

—Ah —gime Esqueleto, y centra su mirada estática en Tom. Se estremece de placer. Comienza a avanzar a tropezones hasta una hilera de asientos.

—Tu nombre es Steve Ridpath —dice Tom—. Hiciste trampa en los exámenes. Eres el muchacho más desdichado de toda la escuela. En otoño irás a Clemson. Tu padre es entrenador de fútbol.

—Cállate —susurra Esqueleto.

—Apártate de mí —dice Tom.

—¡Cállate!

—Prendiste fuego a la casa del campo de deportes —dice Tom, buscando frenéticamente la clave para hallar lo que queda de Esqueleto dentro del Cobrador.

—Querías contemplar cómo morían todos.

—Apártate de ese maldito piano —susurra el Cobrador.

Ahora está en el extremo de la hilera de asientos donde se encuentra Tom, y a pocos pasos del fondo del teatro grande. Detrás de él y a la izquierda, Tom ve la X de la estructura de madera, irregularmente manchada de rojo.

«¿Pero por qué era yo Esqueleto?», se pregunta Tom. El horrible juguete baja la escalera, buscando una señal de movimiento.

—Apártate —dice, en una especie de ruego.

El Cobrador desciende otros dos escalones: ahora Tom realmente está demasiado asustado como para moverse; y sabe que si trata de correr, Esqueleto le ganará sin esfuerzo, y lo hará caer con tanta facilidad como un león a una cebra.

—Ah, Flanagini —susurra el Cobrador, a sólo cuatro pasos de Tom—. No lastimar al señor Collins, Flanagini…, no lastimar al señor Collins.

—Te lastimaré —dice Tom, y levanta sus manos inútiles.

—Puedo volar, Flanagini —susurra Esqueleto, que ya está casi sobre él.

—Eres una broma, Esqueleto —susurra también Tom, porque le resulta imposible hablar en voz más alta.

Luego su mente se retuerce y se ve nuevamente en el interior de aquella habitación, en medio de la penumbra y las láminas. Es como si fueran parte del interior de su cráneo.

«Es lo que se llama un hombre de paja.»

Esqueleto aúlla de dolor o de alegría, baja el último escalón y sus manos encuentran la garganta de Tom. Los ojos vacíos brillan ante Tom, brillan directamente en su cerebro, y mientras las manos se aprietan alrededor de su garganta, Tom oye un balbuceo de voces. Lechuza doctor Cobrador ver un poco de piel ver lechuza afuera quedarse ahora láminas ventana sabía que estaba allí, ¡FUEGO! Fuego de lechuza también, tú también, Vendouris, ¿viniendo de dónde? alegría cabeza de zorro fuego de lechuza, FUEGO DE FLANAGINI. Cabeza de lobo bebe en una lanza luz que brilla a través de la sangre vidrio cosa que se mueve en mi bolsillo. Un rosario interminable de cosas incomprensibles que es el alma y la mente de Esqueleto y que es más terrorífico que las manos alrededor de la garganta.

Luego la mente de Tom vuelve a retorcerse y levanta las manos inútiles, defendiéndose de las imágenes y del conocimiento: «Fuego de Flanagini», la conciencia derretida de Esqueleto le canta, las manos que aprietan continúan su trabajo.

15

Rose se había abierto paso entre una extraña colección de accesorios teatrales amontonados en un ala del escenario, derribando mesas y desparramando mazos de naipes. Una baraja cayó en el suelo junto a ella, y Rose vio que sólo contenía ases de corazones y dos de espadas. Desde el centro de la baraja esparcida en el suelo, un Joker que era un demonio salió de una caja con resorte y sonrió, levantando un tridente rojo. El único pensamiento de Rose era salir. Había visto a Tom morir una vez, cuando el hombre transparente acercó su dedo a él y lo tocó, y ahora sabía que Tom volvería a morir. Pasó junto a una alta estructura que parecía un portón, y la hoja de un cuchillo cayó silbando hasta la parte inferior de la estructura.

Oyó leves aplausos que hacían eco desde detrás de los cortinajes, desde el lugar donde estaba Tom. ¿Aplausos? Era cierto lo que le había dicho a Tom mucho tiempo atrás. El señor Collins había estado fuera de sí todo el verano, bebiendo más de lo habitual y gritando durante su sueño, de manera que Rose sabía que la mente de Collins estaba en otro tiempo, el tiempo que era un mito para ella, con Speckle John y Rosa Forte y los Muchachos Vagabundos originales… Tom Flanagan era la causa de todo eso…

Rose también sufría. Rose siempre sufría, y sólo el señor Collins lo sabía. Porque cuando caminaba lo hacía sobre espadas, sobre vidrios rotos, sobre carbones ardientes; el suelo hería sus pies. Sólo el señor Collins sabía que cuando caminaba con tacones altos, los clavos atravesaban las suelas de sus zapatos, y cada uno de sus pasos era una crucifixión como la de Tom…

Rose deseaba estar en un tren con él, poner los pies en el asiento frente a ella, alejarse y alejarse y alejarse. Tom se asombraría de la alegría que ella podía darle, y el reflejo de esa alegría la asombraría a ella también.

La mano de Rose encontró el borde de la puerta del escenario. Detrás de ella, del otro lado del telón, el Cobrador aullaba, y Rose sabía que no habría tren, que el dulce Tom no estaría junto a ella en la litera…, sólo el señor Collins sabía cómo meterse dentro del Cobrador y hablar con el desesperado muchacho que se encontraba allí dentro.

Rose buscó a tientas el picaporte. Se movió bajo su mano y la puerta se abrió al corredor oscuro.

—Querida Rose —dijo el señor Collins, y Rose se quedó sin aliento.

El mago estaba parado en el vestíbulo, reclinado contra la pared con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Por favor —dijo ella.

Entonces vio…, no era el señor Collins, sino una de sus sombras, una de las que habían aparecido en la ventana inmediatamente antes de que la criatura satánica con lentes viniera gritando y señalando con el dedo. Rose siempre distinguía las sombras del objeto real, aunque éste era uno de los mejores trucos de Collins. Del, que lo había visto muchas veces, a veces lo distinguía también.

—¿Adonde vas, querida? —preguntó la imagen.

—A ninguna parte —respondió Rose con tono sombrío.

—Eso es cierto, ¿verdad? No vas a ir a ninguna parte. No puedes ir a ninguna parte. ¿Lo recuerdas, no, Rose?

—Lo recuerdo —dijo la joven.

—¿Pensabas escaparte con él? ¿Tu pequeña actuación te hizo desear que esto fuera real?

Ella miró la sombra, que le devolvió la sonrisa.

—¿Hablaste con él de Hilly Vale? —prosiguió—. Ah, soy malo con nuestra pequeña Rose de Vermont. No debo ser malo con alguien que me ha ayudado tanto.

—No, no seas malo —dijo Rose. Estaba al borde de las lágrimas.

—Si tu muchacho escapa de mi juguete, lo cual es muy improbable, tendremos que dirigirlo, ¿verdad? Le haremos elegir otra vez. Y esta vez no elegirá erróneamente. Porque pensará que es la única elección posible. Y luego tú me ayudarás, ¿verdad, Rose?

—No, no te ayudaré —respondió ella.

—Un desafío… ¿de alguien a quien he ayudado tan a menudo? ¿Me estás diciendo que te gustaría volver a tu casa, pequeña Rose?

Estaba tan tranquilo. Rose sabía que él ganaría. El señor Collins siempre ganaba. Pero de todas maneras hizo un gesto negativo.

—Por supuesto, es una pregunta retórica —dijo la sombra—. Porque tú siempre vivirás conmigo y serás mi reina. Al querido muchacho lo encontrarán en el fondo del acantilado, junto con mi sobrino, y el próximo verano tal vez habrá otro muchacho adorable. El próximo verano o dentro de cinco veranos…, un muchacho con cosas extrañas dentro de él, un muchacho que no sepa quién es. ¿Unas voces más en los túneles? El año que viene lo controlaré mejor, te lo prometo.

—Odio los túneles —añadió Rose.

—Mejor control el año que viene —prometió la sombra, desvaneciéndose—. Y más control sobre ti, querida…

16

—Sujételo, señor Peet —dijo el mago—. Sujételo fuertemente, y pronto sabré si necesitamos que él desempeñe su papel. ¿Hace falta decir que sus hombres no desempeñaron muy bien el suyo?

—Si estamos solos aquí arriba, exceptuándolo a él… —el señor Peet tiró salvajemente del cabello de Del con su mano libre—, exceptuando a esta pequeña mierda, ¿necesita usted llamarme de esa manera?

El señor Peet, en realidad, era un marino llamado Floyd Imbush, que fue expulsado del ejército en Corea por arrancarle las orejas a un coreano: a un surcoreano. En la vida civil, Imbush había pasado cinco años en la prisión estatal de Joliet por asalto con arma blanca. Este asunto del «señor Peet» le destrozaba los nervios, como las referencias de su patrón al fracaso de los hombres que había reclutado.

—Mientras usted esté en esta casa y en este lugar, usted es el señor Peet —respondió el mago—. Usted comprendió mis condiciones cuando le contraté.

—Las comprendí, ¿eh? —gruñó Imbush—. No comprendía mucho de este maldito trabajo, y usted sabe que así era. Mire a este muchacho. ¿De eso debemos defenderlo a usted?

Sacudió a Del en el aire, y los brazos y las piernas de Del se movieron como los de una marioneta. Sus ojos eran grandes y vidriosos, su rostro tenía un color gris enfermizo bajo su tez aceitunada. Imbush había visto una docena de hombres con ese color en la cara cuando se daban cuenta de que les quitarían la vida.

—Su amigo peleó muy bien contra seis adultos —dijo Collins.

—Estaba armado —gritó Imbush—. Déle armas a un bebé, y será tan bueno como un soldado en combate. Carajo, si está armado es un soldado en combate.

—Debo llegar a la conclusión de que usted es incapaz de realizar el trabajo para el que está contratado.

—¿Me está llamando incapaz, hijo de puta? —Imbush dio un paso hacia Collins, que estaba sentado en la silla de la lechuza y lo miraba con expresión lejana pero apenada.

—Por supuesto que sí. Tres de mis hombres están muertos…, dos escaparon, los cobardes…, ¿y usted quiere que yo vigile a este pequeño zombie? —Volvió a sacudir salvajemente a Del—. Estoy preparado para marcharme ahora mismo.

—Y eso hará, señor Peet. Es evidente que ya ha dejado de sernos útil.

—Un momento. Usted parecía estar bastante en forma cuando buscábamos ese tejón, no puedo dejar de admitirlo, está muy bien para su edad, pero yo puedo más que usted. Mucho más. Me marcho de aquí.

—Es usted repugnante, señor Peet —dijo Collins, enderezándose en la silla de la lechuza—. Se irá como yo le indique. Mira esto, sobrino.

Del gimió mientras Imbush lo soltaba y comenzaba a avanzar hacia Collins.

—Mira bien —dijo Collins, y cerró los ojos.

Una línea de sombra negra apareció a su alrededor, enmarcándolo por un segundo. Imbush dejó de moverse. Una línea roja se unió a la negra y las dos líneas se convirtieron en una línea gruesa de vibrante azul.

Imbush gritó.

El aura de Collins resplandeció por un momento. El grito de Imbush subió una octava, y el hombre se agarró la cabeza con las manos. Un olor parecido al de la pólvora invadió la habitación, y Floyd Imbush estalló como si tuviera una bomba en los intestinos.

Tanto el hombre como el muchacho quedaron salpicados de rojo. Algo que parecía comida para perros de color rosado golpeó a Del en el pecho con fuerza y se adhirió a su camisa. Del se miró la mancha con lentitud, y su boca se abrió mientras sus ojos se cerraban y sus oídos dejaban de oír. Del estaba a salvo: estaba en la habitación manchada de sangre y no oía nada ni veía nada.

17

Tom observa los brillantes ojos vacíos de Esqueleto. En parte por el balbuceo demente que sale de la mente fundida de Esqueleto, en parte porque puede ver claramente la historia de Esqueleto como si fuera una película en esos ojos muertos, conoce profundamente a Esqueleto…, lo conoce demasiado bien. Ve a Chester Ridpath dando palizas al joven Esqueleto, ve la espuma que vuela de la boca del entrenador, oye sus maldiciones. Ve las manos de Esqueleto como si fueran las suyas, abriendo la tapa del piano de Carson mientras la lechuza de vidrio golpea contra la madera; ve los cuadros que se enganchan uno por uno en las paredes y el cielo raso.

Los pulgares de Esqueleto le oprimen la garganta, Esqueleto babea y tararea para sí mismo.

«Estuve en tu habitación», piensa Tom, y la presión de los pulgares disminuye milagrosamente.

«Esqueleto, estuve en tu habitación: vi la lechuza en tu ventana»: y la ve realmente, la oye golpear contra el vidrio, golpear con sus grandes alas. Luego otra imagen se apodera de su mente: «cabalgué en esas alas y oí la voz».

«¿Me oyes aquí adentro, Esqueleto?».

Bajo la charla incomprensible, hay una pequeña voz que dice: «Sí». Ahora las manos del Cobrador cuelgan, flojas, del cuello de Tom; el rostro primitivo del Cobrador queda inmóvil como pintura en una pared.

«Yo robé la lechuza —piensa Tom dentro del cerebro de Esqueleto—. Prendí fuego a la casa de deportes. Quería atraparte a ti, Esqueleto. No a él. No a Del. Tom Flanagan.»

—Fuego de Flanigini —susurró el Cobrador.

«Fuego de Flanagini…, te escondiste en mi batería, Esqueleto, incluso antes de que yo supiera que la tenía. —Tom odia estos pensamientos, violan lo que en otra época sabía de sí mismo, todo lo que había deseado ser—. Mi incendio, mi habitación, Esqueleto: no sólo estuve en tu habitación, fui tu habitación.»

«Yo fui tu habitación». Este es el peor pensamiento de todos, peor aún que la certeza de que solamente él había visto a Esqueleto colgado como una araña del techo del auditórium porque en ese momento Esqueleto era una parte de sí mismo desprendida y no deseada: esa cueva de horrores de Esqueleto, amorosamente recortados de las revistas, era una descripción de alguna zona marginal de su mente, la zona a la que Coleman Collins había abierto las puertas de su propia alma a comienzos de 1920.

«Soy tu habitación», dice a la mente de Esqueleto, responsabilizándose de todo. Su mente y la de Esqueleto son casi una sola…, «tu habitación soy yo…», y Tom sabe verdadera y absolutamente que al decir esto por fin se ha convertido en un mago, no en un pobre chiflado, sino un gran mago, en la figura negra de la espada. Se ha dado la bienvenida a sí mismo.

Después de eso, después de ponerse enfermo, sabe cómo liberar a Esqueleto Ridpath del Cobrador. Observa la grotesca parodia de magia que se desarrolla ante él, y ve a un muchacho de la escuela secundaria, con dientes de drácula de cera en la boca y una peluca sobre sus cabellos cortos; un muchacho de la escuela secundaria que quería dar miedo a los demás; y avanza hacia él.

«Vamos, Esqueleto —dice—. Puedes salir ahora. Puedes salir de ese recipiente.»

Hay una vibración en su mente, una vibración como un dolor de cabeza: funcionará.

Tom busca adentro, y esta vez Esqueleto se aferra a su mano.

¡AFUERA!

Tom tira de él, y es como tratar de sacar un pez espada del océano, la gravedad lo arrastra hacia Esqueleto, siente que está resistiendo contra el doble de su propio peso, ¡AFUERA! Está a punto de desmayarse por el esfuerzo.

La repentina liberación lo hace caer hacia atrás, un viento caliente golpea la pared. Algo flojo como una bolsa está ante él: y junto a ello, un muchacho alto y delgado con ojos negros rojizos. La bolsa cae, y por un momento el muchacho delgado se derrumba también.

Tom se arrodilla. Mira al Cobrador para ver qué es cuando está vacío. Una cara de goma, un objeto de tela y alambre. Junto a él, Esqueleto mueve los dedos como un bebé, su rostro está cubierto de sudor. Tiene los ojos cerrados. Esqueleto gime.

—Flanagini. Ah. Fuego —dice.

—Eso ha terminado —afirma Tom, inclinándose hacia adelante. Los olores de un cuerpo sucio y enfermo son muy fuertes. Esqueleto lleva jeans muy sucios y una camiseta con extrañas quemaduras—. ¿Me comprendes, Ridpath? Ha terminado. Estás libre.

—Ah —dice Esqueleto en la alfombra.

—¿Puedes moverte?

Esqueleto abre sus ojos sanguinolentos.

—¿Flanagan?

—Sí.

El rostro de Esqueleto se frunce.

—Estuve con él —dice—. Sí. Finalmente estuve con él.

—¿Puedes moverte? Tendrás que salir de esta casa.

—¿Qué pasa? —pregunta Esqueleto, y sus ojos parecen normales por primera vez…, ojos del color del barro en la cuneta de un camino. Tom no quiere tocarlo.

De manera que se obliga a tocarlo. Sacude un hombro que parece arcilla cubierta de grasa.

—Ya no es importante para ti. Levántate y vete de aquí. Encontrarás la puerta. Toma el sendero, deslízate entre los barrotes del portón y dobla a la izquierda. Estamos en Vermont. Una ciudad llamada Hilly Vale se encuentra a media hora de camino.

—Tú eres como él, ¿verdad? —Esqueleto trata de sostenerse sobre las manos y las rodillas, y probablemente se siente débil como un potrillo, pero lo logra—. No necesitas responderme. Lo sé.

Tom mira el rostro golpeado y odiado y ve…, ¡con consternación!, que en el hay una repugnancia igual a la suya. Esqueleto le escupe. La flema amarilla resbala por la mandíbula de Tom.

—Tú eres como él —dice Esqueleto.

Tom se limpia el mentón.

—Vete de aquí, Esqueleto. O te matará.

Una voz enloquecida en su propia mente, totalmente suya, le grita que use sus poderes para levantar a Esqueleto y arrojarlo contra la pared, romperle los huesos, hacerlo polvo… Ve la fotografía aérea de la escuela Carson pintada con infantiles trazos rojos.

Esqueleto mira a Tom a la cara y se estremece, cayendo sobre la primera fila de asientos.

—Sal de aquí —dice Tom, y Esqueleto camina tambaleándose hacia la puerta. Las manos de Tom son pesas ardientes.

18

¿Aplausos, señores? Pero las figuras del mural han quedado nuevamente inmóviles en sus lugares. Hasta el Cobrador estaba en la pared del pequeño teatro, mirando a Tom como si todavía estuviera hambriento de él. «Ya no es necesario: ya me has comido». Tom volvió a sentir el terrible tirón absorbente dentro del Cobrador. Si hubiera sido un poco más débil, estaría allí dentro ahora, compartiendo la eternidad con Esqueleto Ridpath, y sus mentes serían dos bombillas de doscientos vatios.

Fue al escenario, y no tuvo fuerzas para subir.

—¿Rose…? —Ella no respondió—. Rose…

Tom caminó lo más rápidamente que pudo hasta el costado del escenario y subió los escalones. Detrás del telón se encontró en un mundo subacuático. Una luz tenue y rosada. Montones de cosas como bancos de coral, que brillaban desde inexplicables bordes y rincones, como si las luciérnagas se hubieran posado en ellos. Un mazo de naipes en abanico en el suelo mostraba a un demonio que saltaba y le sonreía. ¿Te gusta el camino bajo, muchacho? Una de las luciérnagas brillaba en lo alto de la cuchilla de una guillotina.

—Rose.

Una mesa había caído de costado y sus patas se extendían como las de un animal muerto. Pasó junto a ella y vio la puerta del escenario.

Rose estaba en el corredor oscuro, apoyada contra la pared. Tom se acercó en silencio a la puerta del escenario y la miró unos momentos antes de que ella advirtiera su presencia: se la veía desamparada con su vestido verde pasado de moda, como una niñita abandonada en una fiesta de cumpleaños, y por un instante a Tom le pareció que ella también había tenido que afrontar lo que era, una habitación de Esqueleto que le pertenecía. Luego ella percibió que había alguien más en el corredor, y se dio la vuelta bruscamente. De inmediato su rostro demostró una alegría incrédula.

—Lo lograste —dijo en voz baja, pero su voz resonó como una campana.

Tom asintió.

—¿Estás bien?

—Estoy bien ahora —respondió Rose—. Mientras pueda verte, estoy bien. —Otra vez… ese chispazo de algo conocido, de la hermandad en el desdichado conocimiento de sí mismos—. ¿Por qué me miras así? —preguntó.

A Tom se le ocurrió que podía investigar en su mente como había hecho con la del Cobrador… Enviarle un pequeño signo de interrogación y ver qué era ese parentesco.

Estuvo a punto de hacerlo: en realidad comenzó a hacerlo, pero algo le hizo detenerse en el momento de comenzar. No sólo la certeza de que hacerlo era como invadir el escritorio de un amigo para leer su correspondencia, sino también la sensación terrible del primer contacto delicado con ella, una sensación de falta de aire, de sofocación, de estar en un lugar extraño. Su mente se retrajo repentinamente, después de haber tocado por un brevísimo momento un mundo en el que no había señales conocidas y donde se encontraría helado y perdido.

—Del está arriba. Con él —dijo Rose.

Por un momento sintieron miedo y preocupación, como si los dos se conocieran muy bien.

—Algo te ha sucedido a ti… mientras yo estaba allí dentro —dijo Tom de pronto; y supo que tendría que haberlo percibido desde el principio—. ¿Qué fue?

—El señor Collins estuvo aquí…, no realmente él, sino una de sus sombras. Como las que vimos por las ventanas. Me habló —Rose echó valientemente la cabeza hacia atrás—. Dijo que yo nunca podría dejarlo.

—¿Le hará daño a Del?

—No hasta que tú decidas.

—Iré a buscar ese revólver que dejé caer —dijo Tom, y comenzó a andar por el corredor—. No le dejaré hacer daño a Del.

Sólo había recorrido un corto trayecto por el pasillo oscuro cuando Rose llegó hasta él y pasó su brazo por el suyo.

19

Las luces del patio iluminaban dos vagos montículos que había en el césped, y Tom dejó que Rose lo guiara en esa dirección. Había oscurecido mientras estaban en la casa, y las estrellas llenaban el cielo, brillantes como reflejos más pequeños y más fríos de las miríadas de luces que iluminaban el bosque a ambos lados.

—¿Puedes encontrarlo en la oscuridad? —preguntó ella.

—Tengo que encontrarlo —respondió él.

Trató de recordar dónde había estado al dejarlo caer. ¿Eso había sucedido antes de que fuera hacia Pease y hacia la escalera, o había llevado el arma consigo un poco más? Se vio dejando caer el arma, dejando que se disparara en el césped, arrojándola con fuerza.

—Un momento, Rose —dijo—. Yo estaba por aquí. En algún lugar cerca de aquí. Nunca me alejé demasiado de las piedras.

Veía suceder todo ante él. Del con su rostro ensangrentado, el grupo de hombres que cumplían seriamente con su tarea. Snail con su delicado aspecto de preocupación, adelantándose para recibir la bala. Miró hacia abajo y no vio el arma, y el pánico volvió a surgir en él. Susurró:

—¡No lo veo! ¡No lo veo!

—Sigamos un poco más adelante —sugirió Rose.

Avanzaron un metro y medio más.

—No, estamos demasiado lejos —dijo Tom, al ver el cadáver de Snail en la hierba.

Snail parecía un objeto para ser exhibido en el museo de cera. El otro cadáver, el de Thorn, estaba sorprendentemente lejos.

—¿Snail se acercó tanto a ti? —preguntó Rose.

—No creo…, no lo sé.

Nuevamente vio a Snail que se aproximaba tranquilamente hacia él, sin dejar de mirar a Tom con sus ojos casi bondadosos, y esa pequeña arruga que dividía su frente.

Tom dio un paso atrás, recordando los lugares donde habían estado. Se desplazó treinta centímetros a un lado y cuando miró hacia abajo vio la pistola negra sobre el fondo casi negro del césped. Se puso de rodillas y la tomó con ambas manos. El cañón todavía estaba caliente. Se puso de pie y la exhibió como una ofrenda.

—Quedan dos balas —dijo—. Le meteré una bala entre los ojos.

Al mirar a Rose vio la aureola de sus cabellos iluminada por las luces del patio.

—Ayúdame —dijo—. Es un malvado, y le meteré una bala entre los ojos.

Seguía sosteniendo la pistola entre las manos. Sólo podría levantarla a la altura adecuada una sola vez, y manipular el gatillo con su dedo índice izquierdo. Y entonces le volaría la cabeza al mago.

Rose le ayudó a llegar al patio, y luego a cruzarlo. Entraron en el living, donde se veían manchas de la sangre de Tom. No les recibió aquella atmósfera de éxtasis, como en la mañana después de la bienvenida de Tom. La Tierra de las Sombras esperaba, comprendió Tom. La Tierra de las Sombras era neutral. Llevó el arma hacia su pecho. Olía a explosiones y a petróleo…, olía como un trombón quemado. Sostenerla de esa manera aliviaba el dolor de sus antebrazos.

—¿Subimos? —preguntó Rose.

—Sí. Sin hacer ruido.

Salieron del living y subieron en silencio la gran escalera. Pasaron de una oscuridad gris a una luz tenue. Frente al dormitorio de Collins, las luces difusas iluminaban la parte superior de las paredes y las puertas de vaivén. Rose subió el primer escalón y se volvió a mirar a Tom. Apretando el arma contra su pecho, Tom hizo un gesto afirmativo y ella dio otro paso, sin ruido. Tom podía hacer esto solo. Ponía los pies donde ella los había puesto, trataba de caminar exactamente por el lugar donde ella había caminado… En algún momento, mientras él trataba de pasar los dedos bajo el arma, Rose se había quitado los zapatos, que ahora llevaba en la mano izquierda. Mientras Tom apoyaba los pies en donde habían estado los pies descalzos de Rose, lo que aún pensaba que eran sus nuevos sentidos le transmitieron la impresión de… cuchillos. Fuego. Miró hacia arriba, desconcertado, casi sintiendo las puntas aguzadas y las llamas a sus pies, y vio que Rose subía un escalón tras otro, con lentitud y en silencio. Tom movió su pie cinco centímetros a un costado: una alfombra corriente. Cuando volvió el pie a su lugar, la impresión persistió… cuchillos,… pero era cada vez más tenue. Se apartó de la barandilla y siguió subiendo tras día.

Rose se detuvo en el rellano, esperando que él terminara de subir. Nuevamente Tom sentía esa impresión de parentesco, tan fuerte como el amor, pero distinta a él, de que había algo en ella que era como el mago que había en él, algo oculto. «Dijo que yo nunca podría dejarlo». ¿Dijo que siempre caminarías sobre cuchillos, Rose?

—Oh, Rose —murmuró Tom.

La joven sacudió la cabeza, tal vez para indicarle que guardara silencio o que ella no podía responder la pregunta que sabía que iba a hacerle. Rose miró ansiosamente las puertas de vaivén que cerraban el rellano; luego nuevamente a Tom «Concéntrate en lo que estamos haciendo, Tom». El muchacho tomó firmemente el arma de manera que el cañón sobresaliese de su pecho, lo sostenía con la mano derecha, ayudándose con la izquierda.

Rose empujó suavemente una hoja de las puertas de vaivén y la abrió sin ruido. Tom se deslizó en la oscuridad y vio luz alrededor de la puerta del dormitorio de Collins. Estaba entornada y sólo le quedaba entrar.

Un ajuste final de sus manos: apoyó todo el paso del arma en la mano derecha y apoyó el dedo en el gatillo.

«Entra y dispara —se dijo—. No te detengas a pensar. Aprieta el gatillo. Y todo habrá terminado.»

Tomó fuerzas, y conscientemente se mantuvo inmóvil. Levantó el arma para hacer puntería cuando estuviera en la habitación. Su corazón latía furiosamente. Cuando estuvo dispuesto, dio un paso adelante y abrió la puerta de un puntapié, y entró corriendo en el dormitorio.

Lo que vio le dejó frío. Un gigantesco cráneo manchado de sangre le sonreía, y su boca era del tamaño de un tiburón.

—¡Del! —gritó, y el cañón de la pistola de Collins se sacudió mientras el índice de su mano izquierda apretaba involuntariamente el gatillo.

20

La pistola dio un salto, pero su mano derecha la siguió y se aferró a ella. La explosión estalló dentro de su cabeza: sentía los oídos como si hubiera caído quince metros por una montaña rusa. Había salpicaduras de sangre en el techo. Toda la habitación estaba en desorden. Frente a él la fotografía de un cráneo, manchada de sangre: charcos de sangre en la cama y sobre los otros muebles, sangre que bajaba desde el techo, cubierto con fotografías de lechuzas.

—¡Del! —aulló Tom, y vio en el suelo, donde había estado a punto de poner el pie, un paladar postizo con un solo diente blanco.

—Estamos aquí, Tom —dijo la voz de Collins desde la derecha—. Espero que querrás salvar la vida de tu amigo.

Tom dio media vuelta hacia la voz… Oyó la respiración de Collins. La pistola le pesaba terriblemente. Collins estaba muy visible en la silla de la lechuza, con Del sentado sobre las rodillas. Los dos se hallaban manchados de rojo.

—Queda una bala —dijo Tom, tratando de mantener firme la pistola dirigida hacia el rostro divertido del mago. Del le miró sin reconocerlo—. Del, baja de sus rodillas.

—No te oye. No te oirá. Se ha rendido. Ha entrado y ha cerrado la puerta con llave, Ahora, deja esa arma.

Tom trató frenéticamente de pasar el dedo índice izquierdo bajo el seguro del gatillo.

—Puedo derretir esa arma en tu mano en un segundo —dijo Collins—. También puedo matarte haciéndola explotar cuando dispares. Si has tenido alguna posibilidad de hacerlo, la has perdido. Es hora de que hagas un sacrificio, Tom. Es hora de que elijas. Como tuvo que hacer Speckle John. La actuación no ha terminado… En realidad apenas ha comenzado.

Detrás de él, Tom percibió gradualmente otra fotografía ampliada: Rose Armstrong vestida como una pastora de porcelana, con su rostro altivo, de otra época, no un rostro norteamericano, sino de otro siglo y otro lugar.

Tom bajó el arma.

—Para salvar la vida de mi sobrino, ¿sacrificarás la pistola? Del sufre un shock traumático, debo decírtelo. De todas maneras podría morir. Pero si tú no sacrificas la pistola, detendré su corazón. Debes saber que puedo hacerlo.

—Entonces, ¿por qué no detienes el mío?

—Porque entonces no podría seguir con la actuación. Pero tú tienes que decidir. —Volvió a sonreír—. Te daré otra opción. La opción es renunciar a tu canción. Deja a Del. Deja a Rose…, tendrás que hacerlo de todas maneras. Y deja la magia. Entrégame tus dones. Puedes salir caminando de la Tierra de las Sombras, y ser el muchacho que eras cuando llegaste aquí. —Collins extendió las manos: era muy simple—. Es la mejor opción que puedo darte. Sacrifica tu canción, y sírvete de tus piernas para marcharte de la Tierra de las Sombras para siempre.

—Del muere, y usted retiene a Rose aquí. Yo me marcho ileso, si he de creerle.

Del se desmoronó en las rodillas del mago. Su rostro estaba gris, y apenas parecía respirar.

—¿Y la otra opción?

—Dejas el arma. Tu canción contra la mía. La actuación continúa hasta que la Tierra de las Sombras tenga un amo indiscutible, el nuevo rey o el viejo. ¿Qué te parece, muchacho?

Toma mi magia y, déjame salir de aquí, gritó Tom en su interior. Oyó un movimiento detrás de él y giró bruscamente la cabeza. Rose estaba en la puerta abierta. Cuchillos. ¿Con cuánta frecuencia, cuántas noches, había estado ella en esta habitación donde las lechuzas aullaban desde el techo? Le rogaba sin palabras, pero su ruego podría haber sido a favor de cualquiera de las dos opciones.

—Canción —dijo Tom, y arrojó la pistola hacia la cama manchada de sangre.

Por el rabillo del ojo vio a Rose que salía por la puerta. La pistola cayó fuera de su alcance, y las vísceras de Tom se convirtieron en un bloque de hielo. Te engañé, te engañé; el cántico burlón de Lonnie Donegan a los inspectores de Rock Island pasó por él como una lanza, y supo que había sido forzado, que se había forzado a volver al juego del mago.

—Bien. Por supuesto tú recuerdas el aspecto más importante de los brujos —dijo Collins.

Te engañé, te engañé…

—Aprenden los trucos de la casa…, emplean sus propias barajas. Tendrías que haberte ido caminando, muchacho.

Collins se puso de pie, con los ojos brillantes, y la silla de la lechuza quedó vacía.

Un pájaro encandilado aleteó por el suelo, las plumas de sus alas esparcieron la sangre dibujando una delicada caligrafía japonesa.

21

Tom lo sabía. Collins le había preparado cuidadosamente para saberlo: se lo había anticipado, había plantado las semillas de la traición final en su mente. «Una vez fueron pájaros, pero fueron engañados por un gran brujo, y ahora aún tratan de cantar y aún tratan de volar». Este gorrión mareado que dibujaba letras japonesas con la sangre del señor Peet en el pulido suelo de madera trataba de ponerse de pie y moverse como un muchacho para poder cerrar su mente y quedar fuera de peligro. El gorrión piaba, y Tom sabía que Del aullaba. Horrorizado, Tom le vio caer sobre un costado y mirarle con un ojo como el de un loco: una piedrecilla negra presa del pánico.

Los cuentos de hadas se habían mezclado y confundido, de manera que el viejo rey tenía una cabeza de lobo bajo la corona, y el joven príncipe enamorado de la niña, volaba y jadeaba en su cuerpo de gorrión, y Caperucita Roja caminaba eternamente sobre cuchillos y hojas de espadas, y el mago sabio que aparece al final para resolver todas las cosas era un muchacho de quince años arrodillado en el suelo manchado de sangre, acercándose al cuerpo transformado de su mejor amigo.

—¡No puedo volver a transformarlo, Rose! —gimió.

El corazón del gorrión latía, mil veces más rápido que el suyo, contra las yemas de sus dedos.

«¡No sé cómo volver a transformarlo!», oyó su voz como cuando le habían atravesado los dedos con clavos, tan aguda que lo dejó congelado. El gorrión temblaba en sus manos. Un ala golpeó débilmente su pulgar.

—Entonces tendrás que hacer que el señor Collins lo transforme —dijo Rose. Estaba junto a la puerta, mirando a Tom con el pájaro asustado en las manos—. Oblígale a hacerlo —dijo con furia.

22

Salió del dormitorio con Del en las manos como antes tenía el arma, y Coleman Collins estaba en lo alto de la escalera.

—Bien venido al Wood Green Empire —dijo el mago—. ¿Asientos de primera fila? Excelente.

—Transfórmelo otra vez —dijo Tom.

—Lo lamento, no hay cambio ni devolución. Ahora tendréis que ocupar vuestros asientos.

—Este no es él —señaló Rose junto a su hombro—. Es una sombra.

—Ah, me delataste —dijo la imagen, y desapareció convirtiéndose en un haz de llamas.

«¡BIENVENIDOS AL WOOD GREEN EMPIRE!», atronó la voz metálica. El pájaro tembló en las manos de Tom, piando frenéticamente, torciendo el cuello para mirarlo a la cara. Las llamas murieron antes de caer, como los fuegos artificiales, dejándolos en la oscuridad. En el vestíbulo, junto a Tom, la luz de la luna ponía franjas plateadas en el suelo y en la pared; el resto de la Tierra de las Sombras estaba tan oscuro como los túneles bajo la cabaña de verano.

Del quedó totalmente inmóvil en sus manos, y Tom pensó que había muerto. Luego sintió un latido regular bajo sus dedos, el corazón del gorrión palpitaba, y abrió la camisa y puso tiernamente a Del contra su piel. Abotonó su camisa hasta la mitad. Las plumas le rozaban el pecho.

Afuera, los fuegos artificiales volvían a comenzar con una fuerte explosión que repercutió en las ventanas del vestíbulo y envió rayos rojos y azules a través del vidrio plateado de las ventanas. Acurrucado contra su piel, Del dejó escapar un grito casi humano.

Un rayo de luz al pie de la escalera: Herbie Butter, destacándose contra la luz, vestido con la chaqueta de gala, peluca y rostro blanco.

—¡Tenemos un voluntario, damas y caballeros…, el valiente Tommy Flanagan, que viene desde Arizona, en los Estados Unidos de Norteamérica! ¿Estás listo, Tommy? ¿Puedes cantar para nosotros?

—¡Vuelve a transformarlo! —gritó Tom, y Herbie Butter dio una voltereta y cayó a sus pies, señalando el cielo con el dedo índice.

—¿Transformarlo? Es más fácil decirlo que hacerlo, muchacho…, pero eso también es magia —y se disolvió convirtiéndose en llamas.

«¡EL VIEJO REY! ¡EL ÚNICO REY!»

Tom bajó a tientas la escalera en la oscuridad.

… la esposa de Philly parece un poco vanidosa este verano, Nick…

… eso es lo que consigues estando en dos lugares a la vez…

Voces de los túneles, que se oían en la oscuridad.

Y voces del otro lugar que había sido la Tierra de las Sombras.

… sí un alumno de los últimos años deja caer sus libros al suelo, recógelos. Llévalos donde él te indique que los lleves. Haz cualquier cosa que te indique un alumno de los últimos años…

Bajó el último escalón y estuvo a punto de caer, porque esperaba otro.

… ¿entendiste? Estarás condenado a la destrucción, ¡DESTINADO A LA DESTRUCCIÓN!, si no aprendes las lecciones morales de esta escuela…

Olió el fuerte aroma del gin.

—¡Vuelve a transformarlo! —gritó; sintió que surgía en él la histeria y supo que eso también podría destruirlo.

—Tienes que encontrar al verdadero —dijo Rose—. El quiere que tú lo encuentres, Tom.

Tom encerró en sus manos el cuerpo tembloroso de Del. El gorrión había encogido las patas y sus alas estaban inmóviles, y se le notaba pequeño y tibio dentro de la camisa: pequeño, tibio y lo suficientemente aterrorizado como para morir por el shock. Ese terror tornaba insignificante el suyo. Miró el pequeño hueco de su camisa, y vio dos círculos de sangre en los lugares donde había apoyado las manos. Su histeria, algo que no podía permitirse, disminuyó.

—Yo también lo deseo —dijo.

23

Volvieron al cuerpo principal de la casa. Una repentina luz le hirió los ojos, y Coleman Collins estaba en medio de una columna de llamas junto a la hilera de carteles teatrales. La luz naranja bailaba en la pared opuesta y en el techo.

—Fue una deficiencia tuya, ¿sabes? —dijo la sombra—. Simplemente no pudiste aprender las lecciones morales. El Libro habría sido inútil para ti. Nunca le sirvió de mucho a Speckle John, por lo que veo.

—Tú pervertiste el Libro —dijo Tom—. Pervertiste la magia. Speckle John tendría que haberte dejado morir en aquella colina. El zorro tendría que haberte destrozado la garganta.

La elegante figura entre las llamas soltó una risita.

—Ahora hablas como Ouspensky —fingió bostezar y luego sonrió—. Sabes, tenían miedo de mí, Ouspensky y Gudjieff. Por eso se comportaron así. Tenían miedo de mí, como ese infeliz de Crowley.

La llama había comenzado a consumirse de abajo hacia arriba.

Afuera, los fuegos artificiales explotaban en el cielo.

La llama era una lágrima que colgaba en el aire; sólo la cabeza de Collins era visible en ella.

—Y él era más fuerte que tú, querido muchacho…

La llama y la cabeza desaparecieron al mismo tiempo.

Estaba en la oscuridad con Rose, sintiendo palpitar a Del contra su estómago.

—Sabes, él tiene razón. No puedo hacer ninguna de las cosas que él hace. Seguramente me vencerá, y lo sabe. —Sintió la conmoción que irradiaba de ella, y dijo, todavía con una claridad fatalista—: No significa que no lo vaya a intentar, pero no puedo hacer esas cosas. Simplemente no puedo.

—¿Alguna vez lo has probado? —preguntó la voz de ella.

—No…, proyectarme a mí mismo de esa manera…, no.

—Entonces inténtalo.

—¿Ahora mismo?

—Sí.

—Ni siquiera sé cómo empezar.

—¿Pero acaso no has mejorado, no has aprendido?

—Creo que sí.

—Entonces comienza. Inténtalo. Ahora. Para darte confianza.

Perdería confianza en sí mismo, reflexionó Tom, pero de todas maneras lo intentó. Tenía que ser como todo lo demás, pensó. Tenía que haber un lugar en su propia mente y sólo le quedaba encontrarlo. ¿Si hubiera un espejo ante ti, Tom? ¿Si pudieras verte?

—Supongamos que hay un espejo —pudo decir Tom.

—Eres mejor que él, Tom —susurró Rose.

Del se apretó un poco más contra la piel de Tom, y Tom recordó haber volado en la mente de Esqueleto y la sensación que había tenido…, esa sensación de ganar y perder control a la vez, de volar hacia afuera…, mientras una llave giraba dentro de él al pensar en Esqueleto, que balbuceaba cosas, y una esfera de luz parpadeó momentáneamente en el corredor.

—Ah, hazlo, hazlo ahora —rogó Rose.

Tom se lanzó.

El Cobrador estaba allí, avanzando hacia él con ojos frustrados y una mueca tonta…

¡BANG! Explotó un cohete sobre la casa, lo suficientemente grande como para enviar dardos de luz por la ventana sobre la puerta del frente.

Su mente se conmovió y el Cobrador cayó.

—Lo siento —dijo. Hasta llegó a reír—. Pero ¿viste? Esta vez no sucedió nada. No había nadie dentro de él.

—Coloca a Tom allí —insistió Rose.

Tom extendió la mano hacia la llave, e imaginó no un espejo sino a sí mismo el día que había conocido a Del, y sintió la impresión de flotar, de dejarse ir, y otro Tom Flanagan tomó forma en una bola de luz en el vestíbulo. Tenía puesta una gorra que sujetaba con dos dedos sobre su nariz. Sonrió, abrió la boca y dejó escapar un gruñido. Desapareció.

—¿Ves? —dijo Rose.

Luego la luz iluminó la entrada del living y mostró el montón de cosas que antes había sido el Cobrador, y Tom supo que lo había sacado del teatro grande sólo con pensar en Esqueleto. Oyó un zumbido, como si unas máquinas hubieran comenzado a funcionar.

Un segundo más tarde, Humphrey Bogart entró en el vestíbulo desde el living.

24

—¿Harás unos trucos de ilusionismo para nosotros, muchacho? —preguntó Bogart. Llevaba un smoking negro y un cigarrillo humeaba entre sus dedos—. ¿Un poco más del viejo abracadabra antes de que el telón baje?

—Del me habló de un verano cuando tenía doce años…, todo era como una película… —murmuró Tom a Rose mientras el actor jugaba impaciente con su cigarrillo. Tom miró hacia un lado, pero Rose había desaparecido en la oscuridad detrás de él.

—Vamos, hay algunas personas que sienten interés por ti —dijo el actor, y chasqueó los dedos—. Sí, por aquí. Entra y ven con nosotros.

Tom fue hacia la entrada del living.

Todas las luces estaban encendidas. Había una reunión de hombres, todos con trajes de etiqueta, mujeres con trajes de noche. El olor del gin invadió nuevamente sus fosas nasales.

—Hola, hijito —dijo un hombre que Tom reconoció como William Bendix—, ¿cómo te va?

—Hola, Tom —dijo una rubia platino de labios muy rojos y rostro pícaro que convertía su belleza en una deliciosa broma sensual.

—Amante de los pájaros, ¿eh? —preguntó Bogart, e hizo ademán de dar un golpecito en la camisa de Tom—. Yo tengo un par de perritos.

—Esa música…, no puedo soportar esa musiquita —dijo William Bendix, aunque Tom no oía otra cosa que algunas voces que charlaban y aquel zumbido como de máquinas. Bendix llevaba el sombrero en la parte posterior de la cabeza, y apoyó ruidosamente su vaso de cerveza en la barra.

—Ah, déjenlo…, el pobre tiene muchas cosas en la cabeza —señaló Bogart, arrastrando a Tom hacia donde estaba reunida la gente—. Creo que no conoces al señor y la señora Nightingale. Han venido para conocerte.

Un hombre con rostro de perro apaleado y una mujer cuya cabeza era un muñón carbonizado estaban junto al diván floreado, extendiendo las manos y luchando por hablar con bocas que habían sido selladas. Tom tuvo náuseas y dio un paso atrás. Las ropas de la gente humeaban; las llamas surgían del cuello del hombre.

—¡No puedo soportar esa música!

—No les prestes atención, muchacho —y una mano obligó a Tom a volverse—. Están demasiado borrachos como para hablar bien… ¿Recuerdas las otras personas que mencioné?

Snail y Thorn estaban de pie junto a la mesa. Tweedledund y Tweedledee vestidos como para ir a bailar (ahora se oía la música, una trompeta y cuerdas, Jackie Gleason Toca Solamente para Enamorados).

—¡No lo soporto! —aulló William Bendix, haciendo añicos su vaso de cerveza en la barra.

Snail y Thorn sangraban por agujeros que tenían en la cabeza, aunque no estaban en los lugares donde las balas de Tom les habían alcanzado, y sus rostros eran impecables y blandos, desprovistos de emoción…

—Toma un trago…, ¿no eres un hombre? —Bogart sirvió algo que humeaba y hacía burbujas en un vaso. Le guiñó un ojo, y la mitad de su rostro se contorsionó en un tic—. Tómate esto, ahuyenta a las serpientes.

Tom buscaba a Rose, y Humphrey Bogart ponía el vaso humeante en su mano, que estaba entera y sin heridas. Rose había desaparecido.

Luego una mujer pelirroja con un vestido negro muy escotado le miró con sensualidad…, esa mujer es… es… un rostro de cien películas, con la nariz respingona y una boca perfecta…, y de pronto en ese rostro aparecieron dientes afilados y un hocico peludo…

Y toda la gente bien vestida de la fiesta tenía rostros de animales, de monos, zorros y lobos, y le miraban con sensualidad; ahora, además de su charla, se oía «la luz de la luna te queda bien». Los ojos de un tigre le hacían guiños.

Un ser con cabeza de cerdo levantaba un vaso burbujeante y lo llevaba a sus labios. Bobby Hackett usaba su cornetilla para decirle a una muchacha que realmente sabía qué ropa ponerse, y del otro lado de la habitación un hombre llamado Creekmore se inclinaba hacia adelante con el rostro colgante como una solapa y los huesos a la vista. De sus hombros caían hierbas húmedas.

—¡Rose! —llamó Tom, pero los ruidos de la fiesta eran tan intensos como para ensordecerlo, y Bobby Hackett tenía ahora una voz grosera y poderosa…, algo amargo y ardiente le tocó los labios.

«¡LEJOS! —gritó dentro de su mente—. ¡SE HA IDO!». Cerró los ojos y la boca y algo ardiente se deslizó por su mentón… Luego, silencio, como si todo el poder hubiera muerto.

Rose le tocó la cara.

—Me asustas.

—¿Los viste?

Estaban solos en la habitación a oscuras. La luz de la luna entraba por las puertas de vidrio, y revelaba muebles de plata, inmaculados y muertos.

—¿Si vi qué?

En el aire había olor a gin. El cuerpo de Del latía contra su piel.

—¿Qué te asustó, Rose?

También ella estaba iluminada por la luna; su rostro blanco como una vela de barco.

—Estabas hablando solo…, comportándote de una manera rara.

El corazón de Del se calmó gradualmente.

Un estallido de fuegos artificiales tornó roja la habitación y su rostro: de un color rojo rosado.

25

—No puedo describirlo —dijo Tom—. Creo que estuvo a punto de atraparme. A punto de matarme. ¿No viste nada?

—Sólo a ti.

—¿Ni siquiera viste a ese actor, Creekmore?

Ella sacudió la cabeza.

—Está muerto. Algo más que bolsitas llenas de sangre y arañazos. Murió como yo debía morir. —Otra explosión estalló afuera y el rostro de Rose tomó un color azul pálido—. Rose, ¿qué pensabas que sucedería cuando nos trajiste nuevamente aquí?

La joven sacudió la cabeza.

—Nada parecido a esto. —Su rostro estaba contorsionado: iba a llorar—. Creí que estaba dando un espectáculo. —Ahora lloraba—. Lo siento, Tom.

—¿Creías que nos sacarías de aquí, a mí y a Del? ¿No a ti misma?

Empalidecida por la luz de la luna, la expresión de Rose cambió y las lágrimas cesaron. Se enjugó los ojos.

—Por supuesto. Por supuesto, a mí misma también.

—Pero tenemos algo en común, ¿verdad? —Rose se apartó de él y comenzó a retroceder hacia el vestíbulo—. ¿Por qué dijiste que no podías marcharte?

Rose lo miró, en medio de las sombras en la puerta.

—¿Por qué…?

¿Por qué te duele tanto cuando caminas? Tom metió la mano derecha en su bolsillo y tocó los pedazos de la pastora rota. Los sacó. La parte superior de una muchacha.

La parte superior de una muchacha.

Como…

Tom fue hacia la puerta del corredor, siguiéndola.

—Rose —echó a un lado el objeto roto.

Llegó un ruido atronador desde afuera: ¡BANG! ¡BANG!…, como si un pájaro gigantesco, un pájaro más grande que la casa, la golpeara con sus alas.

—¡Rose!

«¡y ahora, damas y caballeros, el famoso muro de llamas!»

Una ola de calor lo arrojó hacia atrás, y gritó nuevamente el nombre de Rose. Un segundo después, el punto en que el corredor entraba en la otra ala de la casa quedó en llamas. Rose corría hacia él, cubriéndose la cara con las manos. Entre las llamas algo se retorcía como cien serpientes juntas.

Rose corrió hasta chocar con él, y luego le rodeó el pecho con sus brazos. En el cielo raso había manchas negras; el vidrio de uno de los carteles enmarcados estalló con un fuerte ruido.

Son serpientes —dijo Tom, mirando las formas que se retorcían entre las llamas.

—No. Soy yo —dijo Rose, apretándose contra él.

Tom lo vio. Las parras se retorcían y se doblaban, las rosas caían, clavándose en las espinas, hasta sangrar…, el vidrio de otro anuncio explotó.

¡BANG! Otra ala gigantesca que golpeaba desde afuera. Dentro de la camisa de Tom, Del temblaba y trataba de empequeñecerse hasta desaparecer.

«¡y la muralla de hielo!»

Así como el calor había precedido al fuego, un intenso frío barrió el corredor un momento antes de que el fuego quedara inmóvil y se convirtiera en algo de color blanco grisáceo como un monumento.

La luz naranja desapareció con el fuego, y un único punto blanco quedó brillando en el cielo raso, alumbrando una versión de Coleman Collins. El se apoyaba contra la pared glacial con su camisa de cuello abierto.

—Podrías haberte ido por allí, ¿sabes? Pero eso habría sido demasiado fácil…, especialmente desde que escapaste de tu bebida en el living. En realidad yo esperaba que salieras por allí. ¡Felicitaciones!

—Transforma nuevamente a Del —dijo Tom.

—Para eso, tendrás que hablar con el original —dijo la sombra—. El aún está esperando. Quiere ver el final de la función también. Ha pasado mucho tiempo, ¿sabes? Más de treinta años. —La sombra sonrió—. Entretanto, ¿te gustó la imagen del sufrimiento de la pequeña Rose?

Detrás de él, las flores heridas y retorcidas eran medio visibles en el hielo.

—La rosa que se retuerce sobre sí misma —dijo la sombra—. Agudo, ¿verdad? Pero no tan terrible si piensas que ella lo deseaba. Suplicaba que sucediera. Rogaba. Tal vez de la misma manera que tu viejo amigo el señor Ridpath rogaba que le metieran dentro del Cobrador —señaló con la cabeza al Cobrador, caído contra la pared.

Otro fuerte golpe de las alas resonó contra la casa, seguido del ruido inconfundible de las puertas de vidrio del living que se hacían pedazos por el impacto.

—Todos nos estamos impacientando con usted, señor Flanagan —dijo la sombra—. ¿Por qué no encuentra al viejo rey y arregla las cosas?

—Estoy tratando de hacerlo —dijo Tom—. Maldito seas.

La sombra dio una palmada y la pared de hielo dejó de existir, convirtiéndose en algo tan transparente que las rosas heladas brillaron un momento antes de desvanecerse también en la transparencia.

—Esa persona amiga tuya podría ayudarte a distinguir lo verdadero de lo falso. ¿O no recuerdas tus viejos cuentos?

Luego desapareció, dejando tras él la impresión de una sonrisa y el olor de la alfombra quemada y la pintura descascarada.

—¿Qué viejos cuentos, Rose? —Tom se volvió hacia ella—. Dime, ¿de qué cuentos habla? Si lo sabías…

Rose dio un paso adelante, alarmada.

—No de mí —dijo ella—. No se refería a mí. No es posible.

Tom tuvo ganas de gritar de frustración.

—No hay nadie más. Realmente se refería a ti.

—Creo que se refería a Del —dijo Rose.

26

—Piensa —dijo Rose—. Tú lo sabes y él sabe que tú lo sabes. Recuérdalo, Tom.

—¿Del? —Era un chiste casi fantásticamente cruel—. No puede ser. —Tocó dos botones de la camisa, con el pulgar y el índice hasta que encontró los ojales. Del saltó a su palma; extendió sus alas débilmente—. Ay, Dios mío. Ay, Del.

—Piensa en lo que él dijo —rogó Rose.

Otro vidrio de la puerta explotó en el living.

—Leíamos cuentos en la clase de inglés —dijo Tom, tratando frenéticamente de recordar…—. ¿Un gorrión? Leímos «La Muchacha de los Gansos». Leímos «Los dos hermanos». Esto no sirve de nada.

Lo que recordaba es que los pájaros lo habían perseguido: un gorrión en el césped lo había mirado a través de una ventana y lo había perforado con sus ojos; un pájaro desde un árbol en Quantum Heights se había reído de él mientras el mundo giraba y el cielo se llenaba de brujas.

—De nada sirve —continuó Tom—. Nuestro profesor dijo…, ah, sí, en «La cenicienta» un pájaro era el mensajero del espíritu. Un pájaro le dio lindos vestidos. Otro pájaro les arrancó los ojos a sus hermanastras. Ah, espera. Espera. Es «La cenicienta» —apartó a Del de su cuerpo—. Los pájaros dicen al príncipe que ninguna de las hermanastras se casará con él. Le ayudan a encontrar a la cenicienta. Los pájaros hacen que encuentre a su verdadera novia.

En la oscuridad, Rose le miraba con ojos brillantes. Del se movió en la palma de su mano vendada.

—Encuéntralo —dijo Tom, sintiéndose un poco exaltado, un poco enfermo ante la imposibilidad de su tarea y la de Del—. Encuéntralo.

Del levantó la cabeza; sus alas se extendieron. Y el corazón de Tom también se alivió, y se llenó de gozo. En sus manos doloridas, ensangrentadas, el pájaro abrió las alas y aleteó. Una vez. Dos veces. «Anda, pajarito. Anda, Del». Por tercera vez las alas se abrieron y batieron, y el pájaro levantó el vuelo de las manos de Tom.

El mensajero del espíritu ascendió en el aire. «Encuéntralo. Por nosotros, por ti. Encuéntralo.»

El mensajero voló en círculos en el aire oscuro sobre ellos, y luego se posó una vez en el hombro de Tom…, era como si le hubiera dado una palmadita en la cabeza, un gesto cariñoso…, y echó a volar por el corredor.

27

Lo siguieron, pasando junto al Cobrador, abandonado en la oscuridad, por la entrada de la habitación prohibida, por la puerta del Pequeño Teatro. Del volaba en círculos rápidos y excitados frente al Grand Théâtre des Illusions, dirigiéndose una y otra vez hacia la puerta.

Rose llegó a la puerta antes que Tom.

Otro gigantesco golpe de ala estremeció todo el fondo de la casa. Tom oyó caer la vitrina en el living, rompiendo las puertas de vidrio y astillando la madera. Dentro del gabinete, las figuras de porcelana se habrían hecho pedazos.

—¿Qué es eso que hay afuera? —preguntó Rose.

—Una lechuza. Otro mensajero.

—¿No es él?

—No. Significa que alguien va a morir. Significa que alguien tendría que haber muerto ya. La actuación iba a terminar un poco después de que ellos… —estuvo a punto de desvanecerse, recordando precisamente el momento en que Collins sostenía los clavos ardientes y los utilizaba para violar sus manos—. Quédate aquí —dijo.

—Voy contigo —afirmó la joven y abrió la puerta. Dio dos pasos y se detuvo.

El gorrión entró y se sumergió en la luz y el ruido. Había una multitud en las butacas.

28

—Tienen dos asientos en primera fila —dijeron tres Herbie Butter sentados en tres sillas con lechuzas—. Por favor, ocúpenlos.

Tom los miró, sin prestar atención al público que había fascinado a Rose. Gente de otra época miraba a los tres magos, pelaba naranjas, se metía caramelos en la boca, fumaba. A diferencia de sus imágenes pintadas, que eran visibles al fondo del Pequeño Teatro, se movían en los asientos, levantaban los brazos, aplaudían, y hacían comentarios inaudibles en medio del barullo general.

—Ya ven, les gustan mis pequeñas ilusiones —dijeron tres Herbie Butter al unísono—. Y ahora mis voluntarios intentarán distinguir la realidad de su sombra. Si no lo logran serán castigados, damas y caballeros.

Hubo gritos y silbidos.

—Transforma a Del —dijo Tom, levantando la voz por sobre el murmullo.

—¡Ah! El muchacho desea que yo haga magia con su gorrión, damas y caballeros. Nuestro voluntario es muy extraño. —Levantó la palma de la mano—. Pero es algo más que eso, amigos míos. El joven es un aprendiz de mago. Cree que puede entretenerles tan bien como yo.

Gritos de entusiasmo; silbidos. Tom miró por sobre su hombro y vio a Rose que se apartaba del público con una expresión consternada, horrorizada. En su rostro se veía la convicción de que no podían ganar. En la mitad de la fila veinte, los padres de Del, con las cabezas rotas y las ropas quemadas, aplaudían cortésmente. Alrededor, visibles detrás de Rose, hombres y mujeres con rostros de animales les gritaban a ellos y a los que estaban en el escenario.

—Ya ves qué público tenemos, mi pequeño voluntario —dijeron los tres Herbie Butter al unísono—. Todos los públicos son iguales. Quieren sangre simbólica…, quieren resultados. No se puede jugar con el público. ¿Estás listo para hacer tu elección?

Del público llegaron gritos de animales. Tom miró hacia atrás y vio que todos, incluso los padres de Del, tenían cabezas de animales. Dave Brick estaba entre ellos también, con la vieja chaqueta de Tom y una cabeza de oveja sobre los hombros.

—Ya ves, nunca debes… —dijo el Herbie Butter de la izquierda—… cometer el error fatal de pensar… —dijo el Herbie Butter del centro—… que cualquier público es amistoso —dijo el Herbie Butter de la derecha—. ¿Estás dispuesto a hacer tu elección? ¡Serás severamente castigado si eliges mal! ¡te lo prometo! —gritó al público, quien devolvió el grito en mil voces bestiales.

Tom levantó la mirada. El mensajero del espíritu volaba en círculos en lo alto, tratando frenéticamente de encontrar una salida, como cualquier pájaro.

«¿Queda algo de Del en ti? —pensó Tom; su mente hacía un esfuerzo enorme, en medio del ruido de aquel público de bestias—. ¿O te has perdido, y ahora sólo eres un gorrión?».

El gorrión se apoyó en una tubería, y se hizo casi invisible, muy en lo alto. Tom lo vio mover la cabeza de un lado a otro.

—Estamos esperando —dijeron tres voces.

«Encuéntralo —pensó Tom—. Encuentra a Collins.»

—Si no haces tu elección, te rechazarán —dijeron tres voces—. Serás parte del público para siempre. Porque cada uno de ellos es importante, y cada uno de ellos es parte del todo.

«Encuentra a Collins.»

—Tu pajarito no es el pájaro de un cuento —dijo el Herbie Butter de la izquierda.

—Es sólo un gorrión pestilente —dijo el Herbie Butter del medio.

Y así sería, pensó Tom. Los ángeles no les protegían. El mensajero del espíritu ya no era un mensajero de nada. El espíritu de Del había muerto en el cuerpecito inquieto y frenético.

—¡Del! —gritó.

—Uno de los centenares perdidos —dijo uno de los magos.

El gorrión bajó de la tubería y voló sobre el público, provocando gritos y maldiciones.

«Encuéntralo. Encuéntralo. No importa quienquiera que seas ahora.»

El gorrión describió una curva en el vuelo, y fue hacia el escenario. El corazón de Tom se detuvo: la sangre comenzó a circularle con más lentitud. El gorrión voló en línea recta sobre las tres figuras en el escenario, describió un círculo y volvió a volar sobre ellas. Bajó bruscamente hacia el regazo del mago de la izquierda y Tom gritó:

—¡Basta! ¡Déjalo! Ahora…

El gorrión se posó en la rodilla del hombre de la izquierda.

—El joven es un mago, damas y caballeros —dijo Collins a través de la máscara de Herbie Butter—. Esta parte de la función ha concluido. —Extendió los dedos y los cerró tiernamente alrededor del cuerpo del gorrión, y sus compañeros se esfumaron en zonas oscuras del escenario marcadas por luces opuestas—. Amigos míos del público, el gorrión de este joven ha dado su vida para que su amo pueda subir a otro nivel.

«Es lo que se llama un imbécil —susurró alguien detrás de Tom—. Ya verás. Es todo parte de la actuación.»

Collins se levantó de la silla de la lechuza, con el gorrión en la mano derecha.

—Lo que ustedes ven es un pájaro verdadero —entonó—. Lo han visto volar. ¿Qué es? ¿La mascota de un muchacho, un roedor con alas, o un mensajero del espíritu? Ya han oído cómo los pájaros mágicos saludan a sus amos en búsquedas y adivinaciones, saben que vagan libremente por el mundo, trayendo rumores de aquí y de allá, que vuelan sobre nuestras existencias terrenas… Damas y caballeros, ¿acaso los pájaros no son la viva imagen de lo mágico?

Arrojó el pájaro hacia adelante, y el pájaro (Del) dejó escapar una cascada de melodías desconocidas para cualquier gorrión, como si todo su cuerpo hubiera estado lleno de esa canción.

«Ah, Del. Eres tú. Y no tienes miedo.»

—Ya ven… un pájaro especial. ¿No merece un lugar en la eternidad?

Aún surgió una cascada conmovedora de melodías del gorrión capturado.

—¿Necesito a mis violinistas?

—¡NO! —rugió el público de bestias.

—¿Necesito mi pipa y mis ceniceros?

—¡No!

—¡NO! Ustedes lo tienen, damas y caballeros. Ustedes comprenden. El pájaro cantor es la magia misma. En realidad es el mensajero del espíritu. Y podría cantar, se lo aseguro, cualquier melodía que ustedes eligieran, pero ya ha superado esos trucos vulgares. De manera que propongo dar a este mensajero del espíritu con el permiso de ustedes, damas y caballeros del perfecto público, su forma final. Su forma última.

—¡No! —gritó Tom, haciendo eco a los rugidos del público.

—Sí.

Collins le sonrió y liberó al pájaro. Se oyó la canción, que llegaba a Tom desde el alma de Del atrapada en el pájaro, la canción líquida y rebozante que era la única forma de hablar de Del. Del ascendió unos centímetros sobre la mano del mago y…

NO, NO, NO, NO… por favor.

… quedó inmóvil, proyectando un surtidor de colores, y de pronto calló, la canción milagrosa interrumpida en medio de una nota ascendente; el fantasma de una nota llegó al cielo raso; y un pájaro de vidrio cayó en las manos del mago.

Del.

—Estás en la Tierra de las Sombras, muchacho —dijo Collins—. Eres parte de la actuación. No puedes marcharte.

Se inclinó hacia adelante y Tom dio un salto para colocarse frente a él, temeroso de que dejara caer eso en que Del se había convertido, como Del había roto deliberadamente la lechuza de Ventnor. El público cesó de rugir. Tom vio vagamente a Rose que iba hacia él con una expresión de total desesperación…, «no podemos hacerlo, Tom, y pensé que podríamos pero me equivoqué, siempre estaremos aquí»…, y tomó, temblando, el gorrión de cristal de las manos de Collins.

—Ahora, la conclusión —dijo Collins—. Ustedes saben que esto ha terminado, ¿verdad? Miren. Nuestro público se ha ido a casa.

Tom no quería mirar. Sabía que ahora los asientos estaban vacíos, esperando la segunda función y luego la tercera.

—Rose ya es mía —dijo Collins—. Y ustedes también, pero todavía no lo saben.

Las luces se apagaron. Los dedos de Collins rozaron los suyos, y el gorrión de cristal se llenó de muchas luces de colores.

29

Tom dio un paso atrás en la oscuridad, y después de un momento de intenso dolor se dio cuenta de que el mago le había curado las heridas. En el momento de dolor, el gorrión de cristal había saltado de sus manos y se había posado en la alfombra ante el escenario, donde las luces internas se oscurecían y se apagaban.

Los pañuelos cayeron de sus manos.

—Tom.

—Espera —dijo el muchacho, y levantó el gorrión de cristal. No quedaban luces dentro de él.

—Ahora te toca a ti, aprendiz —susurró Collins.

—¿Por qué me curaste?

Rose encontró su cintura, su brazo le rodeó y los dos retrocedieron juntos hasta la primera fila de asientos.

—Te quería como eras al llegar —dijo Collins—. Aura. No quiero que tengas el aura de un faisán herido. Quiero al Tom Flanagan original, completo en todos los aspectos…, el muchacho brillante.

Tom apartó a Rose hacia el lugar donde él recordaba que estaba la puerta.

—Me ves, ¿verdad? —susurró Collins—. Aun en la oscuridad, ¿verdad, muchacho? Yo te veo perfectamente bien.

Y Tom percibía al mago, porque estaba rodeado por una banda de color intenso.

—Del no era suficiente. El otro mensajero te exige a ti.

—O a ti —dijo Tom.

Levantó la mano derecha. Estaba en la oscuridad, pero de ella salían haces de luz. Rose contuvo el aliento, aterrorizada.

—Has asustado a nuestra querida Rose. Nunca te había visto antes vestido de etiqueta. Nunca te vio en todo tu esplendor. Pero entonces, tú tampoco, ¿verdad?

—Soy tan bueno como tú —dijo Tom, sabiendo que no era así.

El mago se arrancó la peluca y la arrojó hacia el escenario, donde brilló y luego se apagó como una bombilla barata.

—Speckle John pensaba lo mismo.

¡CRASH! Otro batir de alas ensordecedor, destructor.

—La lechuza quiere que la alimenten.

Tom apresó al gorrión de cristal en una mano; aferró la muñeca de Rose con la otra y dio una señal, y echó a correr.

30

Atrás, en el teatro vacío, Collins se echó a reír, y Rose sólo alcanzó a dar unos pasos antes de decir:

—No puedo. No puedo correr. Vete tú. Yo, de todas maneras, le pertenezco a él.

—No te quedarás.

La arrastró con él y pasaron por la puerta abierta.

—No podemos salir.

Miró más allá de Rose y vio una silueta temblorosa que se acercaba, inexorablemente, a la puerta.

Mi niña tiene razón. Collins hablaba dentro de su mente como lo había hecho dentro de la de Esqueleto. No puedes. Mírame.

La silueta ardió como un relámpago, tan intensamente que las radiaciones de color púrpura y rojo brillaron por la puerta e hicieron resplandecer momentáneamente la pared opuesta como un cartel de neón.

Te sentirás bien en la Tierra de las Sombras, Tom. Ahora yo soy tu padre y tu madre.

—Vamos —dijo Tom, y arrastró a Rose por el vestíbulo. Ella había empezado a llorar, no de miedo, pensó Tom. De dolor—. Rápido —ordenó.

Tenían un solo recurso. Un recurso imposible, pero era el único. Si Collins enviaba un mensaje a su mente, él podía también enviar un mensaje a la mente de Collins. Devolver la pelota… Esqueleto lo había dicho, y sacándolo de un miserable recuerdo de su infancia. «Muy bien, devolveré la pelota. Le arrancaré la cabeza con ella.»

Rose sollozaba con cada paso.

—Un poco más. Falta muy poco. —Palpó la pared para encontrar la llave de la luz junto a la puerta de la cocina, y sus dedos tocaron plástico—. Aquí.

Una luz amarilla les bañó.

Los carteles abarquillados, los vidrios rotos. La alfombra estaba totalmente quemada. Había grandes ampollas de pintura en las paredes, rodeadas por otras más pequeñas.

Ahora las sombras no eran necesarias.

Rose se sobresaltó de dolor o sorpresa junto a él, y Tom pensó que era a causa de Collins. Pero ella miraba en la dirección opuesta… detrás de él, en dirección al living y a la puerta de enfrente.

—Necesitarás un poco de ayuda, Colorado —dijo una voz aterciopelada.

En ese mismo momento, Tom dio media vuelta y el receptáculo lleno de cicatrices del cual había sacado a Esqueleto Ridpath se estremeció a sus pies.

¿Subes, muchacho? ¿O tendré que empujarte?

—Sólo recuerda que tienes un gran poder —dijo Bud Copeland—. Hoy descubriste muchas cosas sobre ti mismo, pero ahora tienes que olvidarte de eso. Tienes que pensar en el trabajo, hijo.

El Cobrador estaba en el vestíbulo, chocando contra las paredes abrasadas y descoloridas. Su cabeza vacía se volvía hacia Tom; hacia Rose; luego nuevamente hacia Tom.

Bud se acercó a ellos, y sintieron la conmoción de ver nuevamente a través de él hasta la pared llena de descascarillados. Parecían manchas en la tela de su traje.

Te daré un gran empujón. Realmente lo pasarás bien. Muy lejos allá abajo en el montón de basura.

La mente de Tom sintió un desgarramiento repentino, y luego un enorme dolor.

—Recuerda lo que oíste, Colorado.

A cualquiera pueden cobrarle en cualquier momento.

Collins se puso a pescar en su mente, y el anzuelo enganchó la imagen que él tenia de sí mismo y de Esqueleto en ese lugar, atrapados dentro del Cobrador. Dio un paso atrás, temiendo más a esa imagen que a cualquier otra que hubiera visto en la Tierra de las Sombras; más que a la muerte.

—No quieres escapar, ¿verdad, Colorado? Quieres permanecer cerca de donde tienes que estar.

«Sí —pensó él—. Donde debo estar.»

Sintió a Collins que lo sacudía como un pez, y gritó:

—¡Afuera!

—Yo soy lo que tú sabes, Colorado —dijo Bud—. Esto es todo lo que soy ahora…, tú me trajiste aquí…, para que pudiera decírtelo. No soy más que tu sombra. Es tu poder el que funciona, Colorado.

«Pero yo no sé cómo usarlo —pensó Tom con desesperación—, a veces las cosas simplemente suceden.»

—Como hiciste en la pared con los clavos que atravesaban tus manos —susurró la voz de Bud. ¿O era su propia voz?—. No será más fácil. Pero yo le ayudé durante mucho tiempo… y ahora te ayudaré a ti.

Desapareció, y de pronto Tom se sintió abandonado.

Collins apareció en la curva del corredor, rodeado de una luz con muchas facetas.

«Si te hice venir —dijo Tom para sí mismo—, entonces vuelve. Te necesito. Ahora.»

—Ahora —repitió Collins, y la fuerza de su mente atrajo a Tom hacia él—. Ahora, pajarito.

31

Era como estar en medio de un tifón. Un viento invisible lo empujaba, sólo quedaba desesperación en sus pensamientos…, olvidó a Bud y a Rose mientras luchaba por no caer. Luchaba por mantenerse apartado de Collins y del Cobrador, pero el tifón le empujaba irresistiblemente hacia adelante. El viento le golpeaba también desde los costados y su cabeza chocó contra la pared. Olor a quemado: el olor de Carson en el camino de la destrucción. Dentro de su cabeza había unas manos fuertes y en su cerebro un gancho que tiraban y tiraban.

Eres un pajarito fuerte, ¿verdad?

El gorrión de cristal que tenía en la mano tomó un color brillante. «¡No!», gritó su mente, y el esfuerzo en sus manos se debilitó. El tifón le derribó. El rostro de Collins se inclinaba a treinta centímetros del suyo… La boca burlona, la poderosa nariz. El maquillaje de Herbie Butter se derretía sobre sus mejillas, desaparecía, como si se quemara desde dentro.

«Le cuesta trabajo a él también», comprendió Tom.

Envió un impulso desde su propia mente a los ojos de Collins, consciente de los gritos de Rose en el living…, gritaba desde que él se había separado de ella. Collins retrocedió, y Tom trató de seguir su impulso en la cabeza del mago.

Algo lo contuvo: no la ciega sensación de cuando penetró en la mente de Rose, sino la de apartarse instintivamente de algo repugnante, de un cáncer… La mente de Collins chocó contra la suya como dos espadas cruzadas.

Así no, muchacho. Es hora de ir a la cama.

Collins empujaba en su mente con fuerza terrible, y trastabilló entre imágenes de pajaritos laqueados, cuerpos humeantes, un gran pájaro que bajaba para llevárselo. Los circuitos dentro de su cerebro desprendían humo y fuego… encerrado en esa habitación para siempre, muchacho, allí estarás…

En sus manos, el gorrión de cristal se tornó negro.

Manos, anzuelos, trampas de metal como las que atrapaban al tejón…, todo penetraba en la mente de Tom y asía algo que parecía un pájaro blanco.

Hora de ir a dormir, niño.

Collins comenzó a levantarlo. El blanco de los ojos del mago estaba rojo.

Tom llamó a Bud Copeland con las últimas energías que le quedaban.

—Vuelve, Bud, ahora…, ahora…

—Otra vez tú —oyó decir a Collins, y la cruel maquinaria se abrió y se aflojó dentro de él; y Tom tuvo un pensamiento fugaz: «Me traicionaste, pájaro…».

—Tú eres el traidor —oyó decir a Bud—. No el muchacho. Déjalo ir, doctor.

—¡Perdiste! ¡Déjame! —gritó Collins—. Te envié al mundo de los insignificantes.

Tom se volvió hacia un lado, liberándose de Collins. El gorrión de cristal brilló con una luz amarilla, y su calidez atravesó su mano, quemando parte del tejido recientemente cicatrizado.

—Le dijiste al muchacho que todo lo que había aquí procedía del encuentro de tu mente con la suya —dijo Bud—. Y eso es todo lo que soy. Supongo que le diste un arma, doctor, sin saber que lo hacías.

Y luego una voz astuta dentro de su propia mente y en ninguna otra parte: una voz que reconoció como la suya, aunque estaba envuelta en la voz de Bud: «¿Esperas el próximo tren, muchacho?».

—«¡No! —gritó Collins—. ¡Tú le ayudaste! ¡Traidor!»

Las alas sacudieron toda la casa, recordando a Tom la enormidad de los poderes que tenía bajo la lengua y bajo los ojos.

—Mírame, asesino —dijo—. Voy a alimentar a la lechuza.

Sabía que el pájaro de cristal había tomado un color dorado rojizo, sabía que transmitía un aura a toda la casa.

—¡TRAIDOR! —gritó Collins, y sus ojos se encontraron con los de Tom.

Pero Tom ya entraba en él, se apoderaba de Collins como se había apoderado de Esqueleto Ridpath, pasaba junto a imágenes de hombres muertos con los rostros destrozados y aviones que explotaban, que caían al pantano de la existencia de Collins. Nada podía retenerlo ahora, como si llevara una armadura blanca y Collins se fundiera con él. Una explosión como un rayo lo sacudió, pero conservó el equilibrio, se apoderó del ser de Collins y retrocedió. Ábrele esos dedos.

El secreto consistía en odiar bien.

—El dolor no será tan intenso como piensas —susurró.

Tiró con todas sus fuerzas, sintiendo que su poder se expandía y tragaba a Collins, sintiendo que le rodeaba como una fuerza impresionante, y finalmente inevitable; y quedó libre.

Algo invisible, que gritaba, estaba suspendido en el aire: algo traicionero y furioso, algo que habría sido puro si no hubiera estado tan envilecido por el mal uso.

Tom gimió, y lo metió aún más profundamente dentro del Cobrador.

—Basura —murmuró.

Rose retrocedió, murmurando en medio de su terror, sin saber lo que había sucedido. Frente a Tom, el cuerpo de Collins estaba tendido en el corredor, y parecía estar en un coma profundo. Junto a él, el Cobrador, que nuevamente era una amenaza, se dirigía hacia el muchacho con su hambre inagotable.

—Esta vez puedo recordar cómo terminar —dijo Tom, y dio un paso de lado, seguido por el Cobrador, alargó un brazo hacia el interior del baño y oprimió el botón.

32

Todo el cuerpo color púrpura, chamuscado por las llamas, pasó junto a Tom, aullando sonidos incomprensibles, y cruzó por la puerta. Se aferró al marco con los dedos. Los ojos fundidos encontraron a Tom, y el muchacho vio lo que no quería ver: Collins dentro de él, tratando de liberarse, aún con fuerzas como para pensar que podría escapar y tratando de salir de esa espantosa habitación y sus horrores, las verdaderas heces de la miseria humana. «Tú lo hiciste —pensó Tom—. Es tuyo». Los dedos se debilitaron, y el Cobrador desapareció de la vista.

Tom entró en el baño. Encendió la luz. El espejo mostraba una confusión humeante. Apagó la luz y salió tambaleándose.

—Tú lo hiciste —susurró Rose—. Yo apenas… creo que nadie…

—Sí —dijo Tom. Se sentó. Bud había desaparecido; pero Bud nunca había estado allí—. Bien. Tengo algo más que hacer.

Rose vaciló en la luz difusa.

—¿Algo más…?

—Damas y caballeros —dijo Tom, casi disfrutando de la trémula incertidumbre de Rose—. Ven por aquí, Rose. No quiero que te hagas daño. Damas y caballeros…, el asombroso Muro de Fuego.

Tenía fuerzas suficientes para buscar dentro de sí mismo y encontrar la clave que debía haber allí. «Fuego», pensó, y algunas débiles llamas surgieron en la alfombra directamente ante él. Rose se acercó a él.

—No se puede decir que sea una pared —dijo él, y rió, agotado—. Más bien parece un cerco. Tratemos de mejorarla.

Y a pesar de su dolor de cabeza imaginó la pared. La hilera de llamas ascendió por la pared y comenzó a lamer el cielo raso. Tom se sentó, agotado, en el vestíbulo, mirando crecer el fuego. Este consumió el marco de la puerta del baño, y a Tom le pareció tan hermoso como un jardín de rosas. Lo oyó extenderse por el vestíbulo, alimentándose de la alfombra, para luego ir hacia el living. Le encantaría la escalera. «Llévatelo todo», pensó, y no tuvo que recurrir más a sus fuerzas porque ahora el fuego se lo tragaría todo.

Contempló cómo subía por los marcos de los carteles. Entre la alfombra y el cielo raso que ardían, vio las llamas que entraban en el living.

Volvió a reír.

—Me olvidé de pensar en una salida, Rose. Siéntate y disfruta del hermoso fuego. —Tomó el gorrión de cristal y lo colocó sobre sus rodillas—. ¿Lo oíste cantar, Rose? ¿Oíste eso? Era hermoso… Parecía tan feliz. Mejor aún que eso. —El fuego se acercó a sus zapatos—. Lamento que no haya forma de salir, Rose.

—Por supuesto que hay una forma de salir —dijo ella.

—Como un trozo de carne asada. Siéntate y asémonos juntos. No sé qué eres, pero de todas maneras, te amo.

Rose se acercó a él, y él levantó la mano. Ya le llegaba el calor, e imaginaba que podría haber un minuto o dos de dolor, un poco peor que el que ya había sufrido.

Pero en lugar de sentarse junto a él y tomarle la mano, ella le obligó a levantarse.

—No puedo —dijo él, y ella seguía tirando, hasta que Tom se levantó tambaleándose.

—Los túneles, estúpido —dijo Rose—. Podemos volver a pasar bajo el lago.

Rose tiró del escotillón y Tom miró por ultima vez la habitación prohibida.

—Sabes —dijo el muchacho—, realmente era un gran mago. Del tenía razón en eso. Y al comienzo, es difícil creerlo ahora, pero al comienzo fue divertido, en cierto modo. Yo trataba de descubrir en qué consistía todo.

Rose lo miró con curiosidad cautelosa pero casi maternal.

—Hay algo en esta habitación —recordó Tom—. Rose, no puedo irme hasta que lo encuentre.

—No hay nada aquí —dijo ella. Y parecía cierto.

—Collins dijo que dejaría algo aquí para mí… cuando pensaba que me quedaría con él. Tengo que encontrarlo.

—No tenemos tiempo.

—No creo que lleve mucho tiempo.

Miró las paredes color gris plata. El día después de su «bienvenida», él se había detenido en la puerta y había sentido allí la presencia de una escena invisible: la Tierra de las Sombras quería que él leyera el Libro.

—¡Rápido! —exclamó Rose. El ruido del fuego avanzaba por el vestíbulo.

—Es aquí —dijo Tom soñadoramente.

Se volvió, todavía asombrado de poder tenerse en pie. Estaba mirando la pared opuesta a la puerta. Tom pasó junto a la entrada de los túneles y tanteó la pared. Ya estaba caliente. Pasó suavemente las manos por la pintura plateada.

Se abrió un panel en un pequeño nicho. El Libro estaba en un soporte de madera, abierto por el medio y rodeado de terciopelo. Si Collins había pervertido el Libro, al menos lo había guardado con reverencia. Tom tomó el volumen encuadernado en cuero y lo deslizó bajo el cinturón donde había llevado la vieja pistola.

—Muy bien —dijo—. Ahora estoy listo.

Rose le condujo hasta el túnel.

33

El camino de regreso, como suele suceder, fue más fácil que el de ida. Tom no oyó voces, ningún Nick de la década de los veinte cantaba Dulce Susana ni bebía gin de antes de la guerra; el único ruido que oyeron, y que los siguió durante media hora, fue el del fuego que consumía la Tierra de las Sombras; como si eso fuera todo lo que el Nick de la década de los veinte necesitara oír para poder volver a su largo sueño. La lechuza había sido alimentada.

—Estoy tan cansado —dijo Tom.

Rose caminaba delante de él iluminando con la linterna los soportes de madera y las paredes desconchadas.

Pronto Tom vio los sacos de dormir extendidos en la caverna abovedada.

—Por favor, me voy a caer.

—Sólo faltan diez minutos de caminata para llegar a la casa —dijo Rose—. Tengo una idea mejor. Puedes dormir en la playa. Al aire libre.

Tom la siguió a la casa de verano.

34

Frotándose los ojos, Tom entró en el living oscuro. El gorrión de cristal era como una pesada maleta en su mano izquierda. Rose relucía frente a él con su vestido verde; se dio cuenta de que había recorrido descalza todo el camino desde la casa.

—Tú también querrás acostarte —dijo Tom—. ¿No hay camas aquí? Tengo que…, podría hacer una siesta.

Le ardían los ojos.

—¿Qué cama quieres? —preguntó Rose—. ¿La de Thorn o la de Snail?

—Ah, Dios mío —Tom no podía dormir en esas camas—. Pero ¿por qué en la playa?

Rose le abrazó.

—Falta tan poco, querido Tom. Sólo unos pasos más.

Salieron de la habitación al pórtico. La luna iluminaba con una luz plateada, mágica, que transformaba todo lo que tocaba. El mundo era un lugar de maravilla. El cielo sobre el horizonte tenía un leve matiz anaranjado.

—Me gusta esa playita —dijo Tom—. Yo te busqué ahí varias veces antes de caer enfermo.

—Yo siempre te buscaba —afirmó Rose—. Te buscaba mucho antes de que vinieras aquí.

—Vuelve a Arizona conmigo. ¿Podrías, Rose? —La joven bajaba los escalones con él. El césped era aquel océano, iluminado por la luna, que él había visto antes—. Del lo deseaba. Me lo dijo una vez. Podríamos encontrarte algún lugar donde vivir. Estoy seguro.

—Creo que podríamos —dijo Rose.

—Podríamos casarnos cuando yo tenga dieciocho años. Trabajaré. Puedo trabajar, Rose.

—Claro que sí.

Avanzaban por el sendero lleno de malezas. Cada hoja de los árboles brillaba con una luz plateada. Los troncos eran de onix plateado y negro.

—¿Entonces te casarás conmigo? —preguntó Tom.

—Estamos casados para toda la eternidad.

—Ahora estamos casados para toda la eternidad —dijo Tom. Le parecía maravilloso y absolutamente cierto—. Falta poco, ¿verdad?

Pasaron entre unos delicados arbustos a la playa, también plateada por la luna. Del otro lado se veía la Tierra de las Sombras en llamas. El humo surgía del techo, más oscuro que el cielo. Permanecieron un momento en la arena, mirándolo destruirse. Tom veía llamas ascendentes detrás de las ventanas del piso alto donde las tentaciones de Collins se le habían ofrecido.

—Lo extraño es que estaba muy capacitado —comentó Tom—. Era exactamente lo que decía ser.

—Acuéstate —dijo Rose—. No quiero seguir mirando eso. Necesitas dormir. —Se extendió junto a él en la arena gris—. Por favor, acuéstate a mi lado.

—Eh…, ¿cómo saldremos de aquí? La pared…, el alambre de púas…, tendremos que volver…

—No. Sigue un sendero detrás de la casa de verano. Conduce a un portón de madera.

—Eres inteligente, Rose.

Se tendió junto a ella en la arena, puso el Libro junto a él, y el pájaro de cristal sobre el Libro. Luego se volvió hacia Rose y tomó a la perfecta muchacha, a la magia que no parecía magia sino belleza terrenal, en sus brazos.

35

No hicieron el amor. Tom se contentaba con abrazarla, con sentir la piel de pétalo de sus hombros, la curva de su cabeza bajo sus manos. Podía haber cantado, como Del hizo en sus últimos momentos, sobre la perfección de estas cosas. La luna radiante, la arena cálida, la tranquila respiración de Rose que lo acunaba hacia el sueño.

Por toda la eternidad estaban casados.

—Rose… —murmuró y ella respondió con un «¿Mmm?»—. El me contó una historia…, una historia sobre ti.

—Chsss —susurró ella y se llevó los dedos a los labios, y todo se sumergió en la oscuridad.

36

¿Rose dijo algo antes de marcharse? No lo sabemos. Creo que debe de haber hablado con él, que habrá susurrado un mensaje en el oído del muchacho dormido, pero ese mensaje habrá pasado a su corriente sanguínea como la canción final de Del, siendo imposible reconstruirlo con las palabras usuales de los hombres. Y, como la canción de Del, que era la expresión de la totalidad y el final del cambio, habrá hablado de una transformación necesaria e imprevista: el mensaje habrá sido el latido del corazón de la magia.

En su sueño, Tom la oyó marcharse; y oyó el ruido del agua.

Cuando despertó, el día era cálido y sin nubes, el sol ya estaba alto. Vio que Rose se había ido, y la llamó por su nombre. Volvió a llamar.

Al otro lado del lago, la Tierra de las Sombras era un agujero humeante en el paisaje, humeaba como una vieja pipa.

—Rose —volvió a llamar Tom, y finalmente miró su reloj. Eran las once de la mañana—. ¡Rose! ¡Vuelve!

Se puso de pie, miró hacia los árboles y no la vio, y por un momento se sintió enfermo ante la idea de que Rose podía haber vuelto a la casa.

Pero no podía ser: la casa ya no existía. Seguramente la entrada del túnel estaba cegada por los escombros. De la casa sobresalían algunas vigas, una chimenea sobre una columna ennegrecida. Todo lo demás había desaparecido. Rose estaba libre de eso.

Y él también. Por primera vez miró sus manos a la luz del día y vio las cicatrices de forma circular.

Se sentó a esperarla. Aun entonces, sabía que aunque la esperara hasta que su barba creciera hasta la cintura y los hombres bailaran en la luna y las estrellas, ella no volvería. Sin embargo, la esperaba. No podía marcharse.

Tom la esperó todo el día. Los minutos se arrastraban…, había vuelto al tiempo común, y nadie podía comprimir las horas como si fueran una baraja. Vio cambiar el color del lago a medida que el sol lo cruzaba, pasando de un azul profundo a un azul más pálido y luego a un verde claro, para tornarse de nuevo azul. En las últimas horas de la tarde posó el gorrión de cristal sobre la arena y abrió el libro encuadernado en cuero. Leyó las primeras palabras: «Estas son las enseñanzas de Jesús, hijo de Dios, narradas por él y por su hermano gemelo, Judas Tomás». Cerró el libro. Recordó lo que había dicho Rose ante su frenética declaración de que tendrían que volver a pasar por la casa destruida. «No, tú no». No había dicho «nosotros no». Ella no iría por el sendero hasta el portón con él; no entraría en el pueblo, tomada de la mano con él, ni estaría a su lado mientras aguardaban el tren.

Tom esperó a que oscureciera. La Tierra de las Sombras seguía desmoronándose, y aún se veían algunas chispas, que caían sobre una delgada capa de cenizas que la lluvia borraría en otoño. Cuando las cenizas comenzaron a brillar como los ojos de un tigre, se puso de pie.

Caminó hacia el agua, con el gorrión de cristal y el Libro. Se arrodilló en la arena húmeda junto al borde del agua. Dejó el gorrión y lo miró. En su centro había una oscura luz azul. Quiso decir algo profundo, pero la profundidad estaba más allá de él: quiso decir algo emotivo, pero la emoción le trababa la lengua.

—Vamos —fue lo que logró decir.

Arrojó el gorrión al agua. El gorrión flotó un instante y luego fue arrastrado por las aguas. El azul del cristal era idéntico al azul del agua. La corriente lo arrastró tan lejos que Tom dejó de verlo.

Tom se puso de pie, metió el Libro en su cinturón y desandó el camino por la playa. Se abrió paso entre los delicados arbustos.