UNO
LOS PÁJAROS HAN VUELTO A CASA
Del estuvo tranquilo durante todo el primer día del viaje…
1
Del estuvo tranquilo durante el primer día del viaje, y en cierto momento Tom abandonó el intento de hacerle hablar. Siempre que hacía mención al vasto panorama vacío que se veía desde las ventanillas del tren. Del se limitaba a dejar escapar un gruñido y se sumergía más profundamente en un manuscrito mecanografiado de doscientas páginas que Coleman Collins le había mandado por correo. Era sobre algo llamado «Forma de barajar las cartas transversal triple». Aparte de algunos gruñidos, su único comentario sobre el paisaje del desierto fue: «Es como un millón de sombreros de cowboys.»
Durante este tiempo, Tom leyó una edición de bolsillo de una novela de misterio de Rex Stout, paseó por los vagones mirando a los otros pasajeros, muchos viejos y mujeres jóvenes con bebés, mezclados con soldados muy conversadores, con acento del sur. Inspeccionó el bar y el coche comedor. Se sentó en el mirador. Allí el desierto parecía rodearlo todo, cambiando de colores a medida que avanzaba el día y el tren. Pasaba por el amarillo, el naranja, el dorado y el rojo, y en el instante anterior al atardecer aparecieron el azul y el gris en la distancia, teñidos de un rosa brillante. Esto sólo duró un segundo, lo necesario para detener el corazón, pero fue un segundo en que el mundo entero parecía un incendio.
Cuando Tom volvió a su asiento, Del levantó la mirada de una página llena de diagramas y dijo:
—Pobre Dave Brick.
De manera que también él lo había visto.
Llegó la noche, y las ventanillas les devolvieron el reflejo indefinido de sus rostros.
—Qué torpe —murmuró Tom, casi llorando: la complejidad de los sentimientos que había en su pecho era demasiado densa como para analizarla.
Había echado de menos a Dave Brick en el infierno lleno de humo del auditórium, seguramente había pasado una docena de veces junto a él y lo había dejado allí, detrás de ellos, en el país del que se alejaban cada vez más. La sensación de avanzar, de ser impulsado hacia adelante era tan fuerte como la sensación de amenaza alrededor de la casa de Del la noche en que Del se elevó en el aire…, era la sensación de ser enviado como un paquete a un destino totalmente desconocido. Observó sus propios ojos en la ventanilla sucia y vio la oscuridad que pasaba junto a él en forma de un poste de telégrafo como un sombrío signo de exclamación.
—Tú hiciste mucho —dijo Del.
—Sí —gruñó Tom, y Del volvió a sus páginas de diagramas.
Después de veinte minutos en los que Del se dedicó a manipular las cartas y Tom se entregó a sus sentimientos, temiendo que estallaran y se derramaran, Del levantó la mirada y dijo:
—Eh, ya debe haber pasado la hora de la cena. ¿Hay algún lugar donde comer en este tren?
—Hay un coche comedor más adelante —dijo Tom.
Miró su reloj y le desconcertó ver que eran las nueve; no habían sentido el paso del tiempo, ocupados como estaban en dejar cosas atrás, allá atrás.
—Muy bien —dijo Del, y se puso de pie—. Quiero mostrarte algo mientras comemos.
—No entiendo nada de lo que estás leyendo —dijo Tom mientras caminaban por el pasillo hacia la parte delantera del vagón.
Del le sonrió por encima de su hombro.
—Bien, tal vez no entiendas esto tampoco. Es otra cosa —y dejó a Tom sin respuesta.
Cualquier desconocido que les mirara se habría dado cuenta de que iban a la misma escuela. Debían parecer tan conmovedoramente jóvenes, con sus camisas azules Gant y el cabello recién cortado; eran tan distintos a todos los demás en el tren. En todas las estaciones habían subido vaqueros con ropas polvorientas, sombreros rotos y maletas de cartón. Con nombres como Gila Bond y Edgar y Redemption, las estaciones eran cabañas de tablas marrones en el desierto.
En el vagón restaurante, Tom advirtió por primera vez qué extraños debían parecer él y Del en el tren. En cuanto entraron, se sintieron en evidencia. Las mujeres con sus niños, los soldados, los vaqueros, todos les miraban. Tom deseó llevar un uniforme y tener diez años más. Algunas personas sonrieron: ser niños bonitos era odioso. Se prometió que durante el resto del viaje al menos se pondría una camisa de color diferente de la de Del.
Del ocupó una mesita a un costado, quitó de un voleo la servilleta del plato y aceptó el menú sin mirar al camarero. Inmerso en algún asunto privado, ni siquiera había advertido las miradas.
—Ah, huevos Benedict —dijo—. Maravilloso. ¿Tú también?
—Ni siquiera sé qué son —respondió Tom.
—Entonces pruébalos. Son excelentes. Prácticamente mi plato favorito.
Cuando volvió el camarero, los dos pidieron huevos Benedict.
—Y café —dijo Del, entregando distraídamente el menú al camarero, que era un negro hosco, de cierta edad.
—Ustedes deben beber leche —dijo el camarero—. El café retarda el crecimiento.
—Café. Negro —miraba a Tom directamente a los ojos.
—¿Y tú, hijo? —el camarero volvió su rostro cansado hacia Tom.
—Leche, creo. —Del hizo un gesto. Tom preguntó—: ¿Tú bebes café?
—En Vermont, sí.
—Y los príncipes y los cuervos lo traen en tazas de oro todas las mañanas.
—A veces. A veces lo trae Rose Armstrong —sonrió Del.
—¿Rose Armstrong?
—Sí. Espera. Tal vez esté allí, tal vez no. Espero que sí.
—¿Sí? —ahora fue Tom quien sonrió.
—Sí. Si tienes suerte, ya verás. —Del se puso la servilleta en las rodillas, miró alrededor como para asegurarse de que nadie escuchaba, y luego miró a Tom y dijo—: Antes de que pruebes por primera vez el sabor del paraíso, tendrías que ver lo que me envió.
—Si piensas que tengo edad suficiente.
Del sacó una hoja doblada de papel de máquina del bolsillo de su camisa y la pasó a Tom. Sonreía con satisfacción.
Tom desdobló la hoja.
—No hagas preguntas hasta terminar de leer —dijo Del.
La página decía:
Encantamientos, imágenes e ilusiones
(Para ser leído cuidadosamente por mis dos aprendices)
¡Sabed en qué os estáis metiendo!
Nivel 1 Nivel 2 Nivel 3 Trance Teatro Vuelo Voz Levitación Transparencia Silencio Paisaje alterado Nivel 4 Nivel 5 Nivel 6 Muro de llamas Coleccionista Presencia fantasmal Muro de hielo Mente sobre materia Estatua viva Levantar arbol Control mental Respiración de pescado Nivel 7 Nivel 8 Nivel 9 Tiempo alterado Calcular daños Wood Green Empire Creación de paisaje Invocación de demonios menores Explosión deseada
Tom levantó la mirada cuando terminó de leer.
—Vuelve a leerlo.
Tom miró nuevamente las listas.
—No lo entiendo.
—Claro que lo entiendes —todo el ser de Del estaba iluminado.
—¿Recibes uno de éstos todos los veranos?
Del sacudió la cabeza.
—Esta es la primera vez. Pero cuando le vi en Navidad, dijo que si volvía contigo me enviaría una descripción.
—¿De qué? ¿De todo lo que sabe hacer?
—Sabe hacer mucho más que esto. Pero supongo que se refiere a una descripción de lo que un mago debe poder hacer.
—¿Puede convertir estatuas en personas? ¿Puede…? —Tom examinaba la lista—. ¿Cambiar el paisaje?
—Eso creo —rió Del—. He visto mucho de esto. No todo, pero mucho.
—De manera que si Rose Armstrong te trae café, ¿podría venir cabeza abajo? ¿Con el café hacia abajo en una taza vuelta hacia bajo?
Del sacudió la cabeza, sin dejar de reír.
—No me gusta ese asunto de «sabed en qué os estáis metiendo».
—Te dije que a veces da miedo…
—Pero es como una amenaza.
Y luego su mente recreó una imagen que un mes atrás había decidido que era falsa: la de Esqueleto Ridpath flotando cinco centímetros por debajo del cielo raso del auditórium, colgado como una araña, divirtiéndose con la inminente destrucción.
—No es realmente una amenaza —explicó Del—. A veces, allí arriba, todo es normal, y otras veces… —señaló el papel con un gesto—. Otras veces aprendes cosas. Ah, muy bien, aquí llega la cena.
Tom partió delicadamente uno de los huevos que tenía en el plato, vio correr la yema mezclándose con el amarillo de la salsa y se llevó el tenedor a la boca.
—Mmm —dijo mientras tragaba—. ¿Cuánto hace que se inventó este plato?
—La salsa holandesa es de frasco —dijo Del—. Pero ya puedes hacerte una idea.
2
Mientras comían, el tren entró en una estación… Tom sólo vio una torre metálica de agua y un cobertizo despintado. Los tipos habituales, con sus sombreros deteriorados, esperaban para subir.
Del dijo:
—Con estas instrucciones creo que a veces puedes hacer algo de un nivel superior, aunque no sepas hacer todo lo de los niveles más bajos. Por ejemplo, yo puedo elevarme, como sabes, pero el tío Cole dice que todos pueden aprender a hacerlo si se concentran adecuadamente. Pero en realidad estoy en Nivel Uno…, ni siquiera sé controlar la voz y proyectarla. Aún estoy tratando de aprender. «Trance» es como el hipnotismo. Hasta un idiota puede hacerlo. Los fuegos artificiales, bien…
Tom miraba pasar a los vaqueros solitarios. Parecían sedientos. Nadie iba a despedir nunca a los vaqueros, nadie iba a recibirlos.
—… Son algo corriente en el escenario, sólo hay que saber cómo hacerlos, cómo funciona el mecanismo…
Parecían viajeros espaciales, con tan pocos lazos con la tierra, pero su órbita era alrededor de ciudades como ésta, cuyo nombre era Abedul Solitario.
Luego vio un rostro que apartó violentamente sus pensamientos de los vaqueros. Todo el placer que sentía se tornó negro y frío.
—Los fuegos artificiales, bien, él piensa que son una porquería —lo miró con curiosidad—. ¿Perdiste el apetito de pronto?
—No lo sé —respondió Tom.
Se indinó sobre la mesa, tratando desesperadamente de ver ese rostro golpeado entre la media docena de hombres que esperaban afuera.
—¿Te parece haber visto a un amigo, en Abedul Solitario?
—No un amigo. Me parece ver a Esqueleto. Esperando para subir al tren.
—Ah, yo también acabo de perder el apetito. —Parecía perfectamente tranquilo—. ¿Qué hacemos?
—Yo no quiero hacer nada.
—Creo que deberíamos mirar. Así sabremos. ¿Estás seguro?
—Bastante seguro. Pero sólo vi por un segundo… apenas una imagen.
El tren comenzó a salir de la estación.
—Pero un rostro como ése…
—Es muy difícil de confundir —dijo Tom—. Sí.
—Vamos —Del lo apartó de la mesa—. Yo pagaré al camarero. Iré delante y tú me seguirás. Cuando hayamos recorrido más o menos la mitad del tren —Del inspiró profundamente y se balanceó un poco con el movimiento del tren—. Si es él…, no es que quiera darte órdenes…, y tal vez esté sentado mirando hacia nosotros cuando pases…, pero tal vez sólo está viajando…
—Y tal vez yo esté equivocado —dijo Tom. Parte de él se alegraba del nerviosismo que había surgido en Del—. Y tal vez si lo veo, le haré bajar del tren de una patada. —Ahora que Del había mostrado su propio miedo, el suyo podía convertirse en furia—. Creo que será mejor que vayamos.
—Eso es lo que dije —le recordó Del por sobre el hombro, y extendió un billete doblado de diez dólares al camarero.
Tom entró en el vagón siguiente y miró a los pasajeros. Muchos dormían…, los bebés en las faldas de sus madres, tendidas sobre dos asientos. Los soldados dormían con las gorras sobre los ojos, roncando intensamente. Algunos que estaban despiertos los miraron levantando los ojos de sus revistas. Esqueleto Ridpath no estaba allí.
Atravesó rápidamente el pasillo, abrió la pesada puerta, y por un momento permaneció en el espacio móvil entre los vagones y miró por la sucia ventanilla. Este era su vagón… Tom sentía una furiosa certeza de que si Esqueleto estaba en el tren, su asiento se encontraría cerca del de ellos. La idea le aflojó los intestinos. Pero el asiento detrás del que ocupaban estaba vacío; la gente que veía desde la ventanilla era gente con quien había hablado o a quien había saludado. Empujó la puerta y entró.
Una de las madres soñolientas le sonrió. El largo vagón estaba cálido y cómodo. Tom pensó que si Esqueleto realmente se hubiera encontrado allí, sus nervios se habrían contraído, las alarmas habrían aullado.
Quedaban tres vagones. Como Esqueleto había subido en la parte central del tren donde se encontraba Tom, había un treinta y tres por ciento de posibilidades de que estuviese en el vagón siguiente. Tom salió de su propio vagón y abrió la puerta del siguiente.
Todas las luces estaban apagadas. Tom cerró la puerta tras sí. Sus ojos se adaptaban lentamente a la oscuridad. Este vagón se encontraba casi vacío, y por eso los pocos ocupantes podían imponer su opinión unánime de que la noche en el tren está hecha para dormir. Uno de los hombres, con bigotes y téjanos, gruñía en medio de su sueño y hundía la cara más profundamente en el material nada blando del asiento. Tom vio de inmediato que ninguno de ellos era Esqueleto. Le hubiera gustado poder acurrucarse así, apoyar la cara en el asiento, y estar en otra parte, seguro…, y entonces sintió que avanzaba por sueños ajenos, que los invadía.
Este hombre que levantaba un hombro frente a él, ¿soñaba con la serpiente que da la vuelta al mundo y yace con su cola en la boca?
Y el hombre dos hileras más atrás que dormía como un niño, con la cabeza echada hacia atrás y las rodillas separadas, ¿soñaba con alguna Rose Armstrong, alguna muchacha perfecta que lo fascinaba? ¿O con un sapo envuelto en llamas que tenía una joya en la frente y una llave en la boca?
¿Y éste soñaba con ser un cazador en un bosque estrellado… Orión con el arco tendido?
¿O soñaba con un hombre que se convertía en pájaro de presa?
Entonces sentía que no invadía sus sueños, sino que él era sus sueños; que era un sueño que alguien soñaba. Sus pies no tocaban del todo el suelo. Los ronquidos y los movimientos de los que dormían lo llevaban al extremo del oscuro vagón, y la puerta flotaba hacia un lado bajo la presión de su mano. Transpiraba, tenía la cabeza llena de telarañas… pájaros de presa… sapos ardientes…
Transpiraba, transpiraba y se sentía mareado en la plataforma móvil entre los vagones, y Tom pensó que su mente flotaba sin control, presa de cualquier fantasía que pasara. Ha estado en algún lugar donde nunca había estado antes. ¿Es el objeto del sueño de alguien?
¿El, Tom Flanagan? Pensar en Esqueleto era de alguna manera la causa de esto. Y al poner la mano en la puerta para pasar al vagón siguiente, recordó que había un cincuenta por ciento de posibilidades de ver a Esqueleto en este vagón.
Avanzó por el pasillo mirando rápidamente a uno y otro lado, controlando los rostros aunque estaba seguro de que, si su enemigo se hallaba presente, sería tan visible como si fuera fluorescente. Dos chicas de diez años caminaban por el pasillo con idénticos vestidos de algodón, y se separaron para dejarlo pasar.
Tom se abrió camino y salió nuevamente al aire libre. Ahora había un cien por cien de posibilidades de que Esqueleto estuviera en el último vagón.
Tenía que orinar…, el pánico era como cuando debía pasar un examen. Tragó saliva y esperó que Del estuviera seguro en su asiento, pensando que Esqueleto había salido para siempre de sus vidas. Tom se aferró a la manija y empujó la puerta. Sabía que Esqueleto estaba allí.
Pero otra vez el shock, aunque creía estar preparado. Porque en el extremo del vagón había visto la parte posterior de la cabeza de Esqueleto, estrecha y cubierta de pelos como la de un ratón.
«Ahora no tiene poder —se dijo Tom—; no puede hacernos nada». No había razón para temerle. En ese caso, tal vez Del tenía razón: «Que no te vea ahora, sólo asegúrate y apártate de él y espera a que baje del tren en la próxima estación».
Tom estuvo a punto de hacerlo. Lo que le detuvo fue la idea de volver al lugar donde estaba Del y decir: «Sí, está aquí», y luego pasar los dos días y noches siguientes llenos de miedo. Se imaginó a sí mismo y a Del en su coche cama, prestando atención a todos los ruidos repentinos. No se permitiría ser tan infantil.
Dio un paso para acercarse a la odiada cabeza.
Tom inspiró y cerró la boca, pasó rápidamente junto a Esqueleto y se dejó caer en el asiento de enfrente. La adrenalina ahogaba sus buenas intenciones y barbotó:
—¿Qué haces aquí?
Luego se desmoronó…, otro shock. El rostro era el de Esqueleto a los cincuenta años, no el de Esqueleto ahora.
Era el mismo rostro flaco, como el de un reptil, con bolsitas bajo los mismos ojos incoloros, pero con muchos años más.
—Tengo derecho a estar aquí —dijo el hombre. Luego su piel se sonrojó—. ¿Quién diablos eres tú, de todas maneras? Vete de aquí —la delgada mano del hombre tembló mientras se tocaba la cara y luego la corbata—. Eh, saquen a este chico de aquí —se dirigía a los asientos vacíos tomándolos por testigos—. Vete, muchacho. Déjame solo.
Este momento era realmente como estar atrapado en un sueño… El hombre se parecía de manera aterradora a Esqueleto, era aún más espantoso que él. Pero ciertamente no era Esqueleto. Parecía poco más que un vagabundo.
—Tratas de crearme problemas, ¿verdad? Vete de aquí antes de que te haga pedazos.
El hombre era como un perro furioso, desconcertado.
Tom ya se había levantado del asiento, tartamudeando disculpas. Vio a un guarda en el otro extremo del vagón, y escapó.
Por las películas sabía que en los extremos de los trenes hay pequeños balcones, y salió rápidamente por la puerta posterior. Otro enigma. Había otro vagón ante él. No estaba en el extremo del tren. ¿Qué…? El vagón no estaba en el tren cuando lo habían tomado esa mañana. El y Del entraron en el cuarto vagón desde el extremo: lo recordaba con toda nitidez. Este vagón había aparecido por arte de magia en el extremo del tren.
Tom trastabilló.
—Busquen a ese chico —dijo el hombre al guarda.
La puerta se abrió, y él pasó por allí, haciendo caso omiso del grito del guarda.
Pero el vagón siguiente…, ahora venía la verdadera desorientación. Había retrocedido cincuenta años en el tiempo. Había lámparas de gas en las paredes, y una gruesa alfombra con dibujos en el suelo. En las paredes había grabados con escenas de caza. Unos hombres con antiguos trajes a cuadros y cinturones lo miraban. La mayoría de ellos usaba barba, algunos fumaban largos cigarros. Se olía el whisky en sus vasos.
—Te has equivocado —dijo en voz baja un hombre alto y corpulento, con cuello duro y un Bandyke—. Por favor, márchate.
Miró a Tom, imperturbable, a través de sus gafas con montura de oro.
El conductor cerró de golpe la puerta abierta y puso su mano sobre el hombro de Tom.
—No pude detenerlo a tiempo, señor Peet.
—Muy bien, sí, comprendo. Sáquenlo de aquí.
El conductor arrastró a Tom hasta el vagón siguiente. El viejo y derrotado Esqueleto Ridpath se volvió en su asiento en una grotesca parodia de snobismo y miró por la ventanilla.
—No vuelvas nunca allá —dijo el guarda a Tom, hablándole al oído. No parecía enojado—. Te parecerán locos, pero es su negocio.
—¿Qué es?
El conductor soltó el brazo de Tom.
—Una fiesta privada…, son dueños de su propio vagón. ¿Comida? ¿Licores? Nunca has visto nada igual. Hay que ser ricos para vivir tan bien. Engancharon el vagón dos estaciones atrás, e irán hasta Nueva York. Déjalos solos, hijo. Tienes mucho lugar en el tren para caminar.
Cuando Tom volvió a su asiento, se acomodó junto a Del, que lo miró fijamente.
—¿Está allí?
—Es sólo un viejo que se parece a él.
—Aaaah. —Del se desplomó en su asiento, suspirando—. Gracias a Dios. —Se alisó los cabellos lustrosos, miró a Tom y sonrió—. Sabes, los dos nos cagamos de miedo. Pero ¿qué podía hacernos, realmente? Aunque estuviera en el tren.
—Tal vez es la presencia fantasmal —dijo Tom, y Del trató de sonreír.
Esa noche, mientras viajaban por Illinois, tendido en la litera superior, Tom soñó que estaba acostado junto a una fogata en un bosque. La luna era un ojo gigantesco. Una serpiente se acercaba a él y le hablaba.
3
Una mañana de tostadas a la francesa con miel, pequeñas salchichas duras con sabor a humo, jugo de tomate: Ohio se estaba terminando ante las ventanillas del restaurante, un poema de llanuras cubiertas de mieses los separaba de las oscuras ciudades llenas de humo. Ahora casi todos los que habían subido con ellos en Arizona habían desaparecido, y las voces cantarinas del oeste medio habían reemplazado al acento del sur. Los pasajeros más importantes eran cuatro negros de mediana edad vestidos con ropas ostensiblemente elegantes… La noche anterior habían estado vigilando a los empleados que cargaban sus estuches con instrumentos al furgón y debían ser músicos famosos. Los guardas los trataban como a héroes, como a reyes, y parecían reyes: tenían una carga extra de autoridad y no necesitaban de nadie. Morris Fielding habría sabido sus nombres.
—Uno de ellos se llama Coleman Hawkins —dijo Del—. Me lo dijo el guarda. Y nunca adivinarás el nombre del más callado, el calvo.
—Es cierto, no puedo adivinarlo.
—Tommy Flanagan. Toca el piano, y el guarda dice que es fantástico.
—¿Tommy Flanagan? —Tom dejó sus cubiertos y miró todas las mesas del vagón restaurante.
—No creo que se levanten tan temprano —dijo Del con ironía—. No parecen madrugadores. Si alguien debe usar tu nombre, por lo menos que sea un fantástico pianista.
—Sí, está bien…, pero yo preferiría que fuera un fantástico jugador de fútbol —dijo Tom.
Por un segundo había sentido que el hombre, modesto y civilizado como un sacerdote anglicano, le había robado el nombre.
4
—Me pregunto qué hará esta vez —dijo Del.
—Tocar el piano en alguna parte, tonto.
—No me refiero a tu tocayo. Sesos de Manteca. El tío Cole. Me pregunto qué hará este verano.
—¿Siempre es distinto?
—Claro que sí. Un verano fue como un circo…, con payasos y acróbatas en todo el lugar. Eso fue cuando yo era pequeño. Otro verano fue como en las películas. Películas de cowboys y películas policiales. Ese año fui al cine todo el tiempo…, tenía doce años. Veía dos películas todos los sábados. Y cuando llegué a la Tierra de las Sombras, cada día era como una película diferente. Nunca sabía lo que iba a suceder. Estaban Humphrey Bogart y Marilyn Monroe y William Bendix y Randolph Scott…
—¿Allí? Es imposible.
—Bien, se parecían a ellos. Sé que no eran ellos, pero a veces eran trozos de sus películas. Tiene proyectores en todo el lugar. Puede hacer que parezca suceder cualquier cosa. Todos los veranos hay actuaciones diferentes. Me pregunto cómo será esta vez. —Hizo una pausa—. Porque siempre tiene que ver con lo que ha sucedido antes de que uno llegue allí. Eso es parte de la magia, dice él…, trabajar con lo que uno tiene en la mente. Y con todo lo que sucedió este año… —por un momento Del pareció estar realmente preocupado.
—¿Piensas que puede ser sobre la escuela?
—Bien, eso nunca ha sucedido. El tío Cole odia las escuelas. Dice que él es la única persona que conoce a quien deberían permitirle dirigir una escuela.
—Pero podría ser Esqueleto y nuestro espectáculo y…
—El incendio. Tal vez —Del se iluminó—. Sea lo que fuere, aprenderemos algo.
—Creo que hay ciertas cosas que prefiero no aprender —dijo Tom, pronunciando la única frase verdaderamente conservadora de su vida.
—Primero escucha lo que dice. Cuando nos reciba en la estación. Es la clave de todo.
Tom dijo:
—El caso de las Famosas Primeras Palabras.
Del se mostró nuevamente incómodo.
—Bien, hemos terminado el desayuno, ¿verdad? Salgamos de aquí. —Golpeó el tenedor contra el plato, miró por la ventanilla. Se veían pasar las partes traseras de los sucios edificios de oficinas y de los almacenes, con sus escaleras de incendio…, alguna sombría ciudad de Ohio. Finalmente, dijo lo que pensaba decir—: Escucha, Tom. Debes saberlo…, es decir, tendría que habértelo dicho antes. Mi tío…, todo lo que dije sobre él es verdad. Incluso que está medio loco. Bebe. Bebe mucho. Pero ésa no es la razón, no creo. Simplemente está medio loco. Excepto en verano, creo que siempre está solo. La magia es todo lo que tiene. De manera que a veces se pone muy salvaje… y si ha bebido…
—Eso pensaba —dijo Tom.
Cuidado, Colorado.
—¿Bud Copeland lo conoce? —preguntó Tom.
Del asintió.
—Lo vio una vez…, una vez cuando vino a buscarme a Vermont. Ah, yo me fracturé una pierna. Fue sólo un accidente. Pero se encontraron, sí. —Tom no tuvo que hacer la pregunta—. Bud quería prohibirme que volviera. Tuve que hablar con él para convencerle. No le gustó el tío Cole. Pero él no comprendía, Tom. Eso es todo.
—Me doy cuenta —dijo Tom.
—No está loco del todo —aclaró Del—. Pero nunca obtuvo la estima que merecía, y pasa todo el tiempo solo. En realidad, está bien. Ni siquiera está medio loco. Es sólo una manera de decir.
—Pero tú te fracturaste la pierna porque él se trastornó.
—Es cierto. Pero la gente se fractura las piernas esquiando, a cada momento. —Esto sonaba como algo que Del había dicho muchas veces antes… a Bud Copeland y a los Hillman—. Fue una pequeña fractura, del grosor de un cabello, dijo el doctor. Llevé un yeso durante unas tres semanas, y no fue nada.
—¿Tu tío llamó al médico?
Del se sonrojó.
—Lo llamó Bud. Mi tío dijo que sanaría solo. Y tenía razón. Así habría sido. Tal vez no tan rápidamente, pero habría sanado.
—¿Y cómo sucedió?
—Me caí por una especie de acantilado —dijo Del Ahora su rostro estaba muy rojo—. No te preocupes, nunca volverá a suceder algo así.
5
Trasbordaron en la estación Pennsylvania; durante las dos horas anteriores a la partida del tren para Vermont, los muchachos dejaron sus maletas en la consigna y dieron una vuelta por la estación.
—Sólo falta un par de horas más —dijo Del mientras permanecían junto a una puerta y miraban entrar y salir a la gente del Statler Hilton en la acera de enfrente—. Esto será lo que la gente llama una aventura.
—Siento que ya es una aventura —respondió Tom.
Los músicos, Hawkins, el hombre que llevaba el nombre de Tom y los otros dos, llamaron taxis, bromeando, y se dispersaron en distintas direcciones.
—Algún día seremos como ellos —dijo Del—. Libres. ¿Te das cuenta? Viajando, actuando… yendo adonde queramos. Me encanta pensar en el porvenir. Me encanta la idea.
De pronto Tom lo vio como Del: se vio vagando por el mundo, con un pasaje de avión siempre en el bolsillo, viviendo en taxis y en hoteles, actuando en un club detrás de otro… Una parte profunda de su personalidad tembló, y por primera vez dijo realmente sí a una vida tan distinta de las que sus padres o la escuela Carson habrían elegido para él.
6
La tarde los sorprendió al norte de Boston, en las verdes campiñas de Massachusetts. Las vacas levantaban las cabezas y les miraban con sus ojos brillantes; la gente paseaba por los senderos, se sentaba en la hierba y miraba las vacas.
—¿Estaremos mucho tiempo aquí? —preguntó Tom al guarda.
—Un par de horas más, según creo.
—¿Tanto tiempo?
—Ustedes, muchachos, tienen suerte.
De tanto en tanto se oía una voz aburrida, no muy audible, por los altavoces:
«Lamentamos el inconveniente de esta demora, pero… esperamos que los servicios se reanuden en breve…»
En el tren corrían muchos rumores.
—Hay un gran problema en el próximo empalme —dijo finalmente el mozo de tren—. Es la primera vez que veo algo así en años. Un tren cayó de costado, algunas personas quedaron aplastadas…, un día terrible para el ferrocarril.
—¿Qué podemos hacer? —prosiguió Del, casi frenético—. Nos esperan en una estación de Vermont.
—Lo único que pueden hacer es esperar —dijo el mozo de tren—. Nadie va a ninguna parte, hasta que las vías queden libres. Si su papá les espera en Vermont, ya estará enterado de esto…, en Vermont también hay televisión.
—En esa casa no —dijo Del con desesperación.
Tom miró afuera y vio a unos hombres con traje y corbata que se dedicaban apasionadamente a arrojar piedras a las vacas.
A medida que pasaban las horas, Tom sentía disminuir su energía como una vela que se apaga. Sus ojos estaban tan pesados que le pareció que se le caerían de las cuencas. Todos los colores del tren se veían apagados. Dos veces fue al baño y el olor era tan concentrado que le parecía casi visible; sentía que se vaciaba hasta quedarse sin peso.
—Necesito dormir —dijo cuando volvió trastabillando por segunda vez, y vio que Del ya estaba allí, doblado sobre sí mismo como un pájaro exhausto.
Cuando finalmente arrancaron otra vez, el movimiento del vagón despertó a Tom. Del seguía durmiendo, acurrucado.
El empalme donde había ocurrido el accidente estaba treinta kilómetros más adelante. Por un momento el vagón de los muchachos y todo el tren quedaron en silencio: los pasajeros se amontonaron en el pasillo para mirar por las ventanillas pero no hablaron. Un tren como el de ellos estaba tendido como una serpiente rota en el lado izquierdo de las vías. Saltaron chispas en el aire y se apagaron antes de caer sobre los pocos que aún quedaban allí, cubiertos hasta el cuello con frazadas, en la pendiente. Uno de los dos vagones descarrilados se había doblado como una hoja de papel; los otros estaban muy golpeados. Había media docena de policías, y el aire estaba lleno de un pesado humo grasoso. Tom pensó que se olía el desastre: petróleo y metal, el olor del calor y el olor de la sangre. Los gritos también. Era un olor como un sabor en su propia boca, conocido y rancio.
7
Hilly Vale
Más tarde esa noche llegaron a una ciudad llamada Springville, y Del dijo:
—Es la próxima parada.
Se puso de pie y sacó las maletas del portaequipajes y las ordenó en el pasillo… Ordenaba en forma muy práctica y concentrada. Se sentó muy erguido en su asiento y siguió así durante quince minutos, sin hablar, y en los últimos diez minutos se colocó junto a la puerta, mirando siempre hacia adelante.
—Eh, qué… —dijo Tom, pero Del ni siquiera parpadeó.
—Hilly Vale —dijo la voz metálica—. Hilly Vale. Por favor, tengan cuidado al bajar del tren.
Del le echó una mirada, pero Tom ya levantaba su maleta para alcanzársela.
Bajaron en medio de la noche calurosa y húmeda. Por un segundo Tom oyó sonidos de insectos, golpecitos, crujidos y cantos tan fuertes como si estuvieran en medio de la jungla, y luego el tren arrancó y los ruidos de los insectos desaparecieron. La estación era tan pequeña que parecía un dibujo; estaba iluminada por la luz amarilla de unas lamparitas. El tren entró en la negrura y se convirtió en un punto rojo que desapareció en una curva invisible. Los insectos rascaban, golpeaban y silbaban.
—Bien —dijo Tom; se sentía como si lo hubieran dejado a un costado del camino en Alaska o Perú.
Luego la cacofonía de los ruidos de los insectos aumentó: perforadoras, martillos, gaitas, sierras musicales, silbatos, cuerdas de piano, cajas enteras de herramientas arrojadas desde gran altura, timbres, botellas que se rompían, aviones de juguete, golpes contra la carne.
—Shhh —dijo Del.
Por un segundo los dos muchachos permanecieron abrazados a la luz amarilla en lo que debería haber sido silencio.
El señor Thorpe salió de las sombras.
8
Pero no, no era el señor Thorpe, así como el hombre del tren no era Esqueleto Ridpath. Era alto, con cabellos blancos, vestido con un traje de color azul oscuro con anchas rayas de color tiza. Renqueaba ligeramente, de tal manera que su renquera resultaba atractiva. Su nariz era larga y curva: todo el rostro era enérgico. Coleman Collins parecía un embajador o un actor de edad avanzada que se ha vuelto tan importante que sólo le ofrecen papeles de piratas de las finanzas, grandes duques y generales nazis. Se alisó los cabellos blancos al lado de la cabeza, y Tom pensó que si uno lo viera representar el papel de un profesor de latín en una película, sabría que sus alumnos comenzarían a morirse de una misteriosa enfermedad hacia el final del primer rollo. La cojera se convirtió en un verdadero balanceo, y Tom vio que el hombre estaba borracho.
—De manera que los pájaros han vuelto a casa —dijo el mago.