UNO
TOM SUEÑA DESPIERTO
Ultimo día de las vacaciones de verano: cielo alto, sin nubes, calor seco e intenso; finales y comienzos, muertes y promesas, pesan en el aire. Tal vez el único que siente pena es el muchacho…, ese muchacho tendido boca abajo en el césped. Mira una flor, preguntándose si la arrancará. Pero si la arranca, ¿no arrancará también otra que está a casi un metro de distancia, y que se mece sobre un largo tallo que es demasiado delgado para ella? El diente de león da mal olor a las manos. En el último día de las vacaciones de verano, ¿le importa a él que sus manos huelan a diente de león? Tira del tallo del diente de león más fuerte que está cerca de él; al menos algunas de las raíces aparecen a la vista. Cree oír un suspiro del diente de león, que pierde la vida, y lo deja a un lado. Luego se arrastra hasta la segunda planta. Es demasiado vulnerable, con su cabeza gigantesca y su cuello delgado; no la arranca. Rueda sobre sí mismo y mira el cielo.
Adiós, adiós, se dice a sí mismo. Adiós, libertad. Sin embargo, una parte de él está ansiosa por ingresar en la escuela secundaria, por comenzar el proceso de crecer: imagina que experimentará las transformaciones más grandes de su vida. Por un momento, como todos los niños a punto de hacer un cambio, desea poder prever él futuro, vivirlo con anticipación…, probar el sabor de sus aguas.
Un pájaro solitario vuela en lo alto, tan alto que respira un aire diferente.
Seguramente se ha quedado dormido; más tarde, piensa que lo que sucedió después de ver al pájaro tiene que haber sido un sueño.
Comienza con un cambio de color en él aire… El aire se torna brumoso, casi plateado. ¿Una nube? Pero no hay nubes. El chico vuelve a ponerse boca abajo y mira a un costado, desde donde puede ver más de cuatro jardines. La hamaca del patio de los Trumbull está tan oxidada que seguramente no resistirá un año más… Los chicos Trumbull son mayores que él, pero el señor Trumbull es demasiado haragán como para desmontar las hamacas. Más allá, Cissy Harbinger está saliendo de la piscina, y camina hacia una tumbona con tales andares que uno sabe que las baldosas le queman los pies. Llega a la tumbona y se tiende en ella, tratando de acentuar su bronceado. Luego hay dos patios más grandes, uno con una piscina de plástico. Allí, Collis Falk, el jardinero que los padres del chico acaban de despedir, maneja una gigantesca cortadora de césped a un costado de una casa blanca. Allí no hay dientes de león; Collis Falk es implacable con los dientes de león.
Más allá, más allá de las casas y los patios, un hombre camina por Mesa Lane. En este viejo suburbio, los peatones no son tan raros como en el lujoso sector de Quantum Hills, pero son lo suficientemente escasos como para ser interesantes.
El chico no sabe que está soñando.
El caminante se detiene en Mesa Lane… Probablemente es cliente de Collis Falk, y espera a que el jardinero se vuelva hacia él para saludarlo. Pero no, parece que no espera al jardinero; vuelve la cabeza y mira al chico. O lo busca, piensa el chico. El hombre se pone las manos en las caderas. Debe de estar a unos trescientos metros. Se estremece un poco por el calor de la acera. De pronto el muchacho tiene la absoluta convicción de que esa pequeña figura trata de encontrarlo… y el chico no quiere ser visto. Se aplasta contra el césped. En su pecho late un miedo inesperado.
“Este es un sueño interesante —piensa—. ¿Por qué le tengo miedo?”
El aire se torna más oscuro, más plateado. El hombre, que tal vez lo haya visto o no, sigue caminando. Collis aparece, quizá piensa pasar la cortadora de césped más allá de la piscina de plástico. Ahora el muchacho está oculto a la vista del hombre, y puede moverse.
“Realmente estoy asustado —piensa—. ¿Por qué?” Todo el barrio se ha tornado desagradable, contaminado y amenazador. Aunque no puede ver la figurita allá, en Mesa Lane, el hombre de alguna manera transmite frío y maldad…
(Su rostro está hecho de hielo.)
No, no es eso, pero el chico se pone de pie, echa a correr, y luego se da cuenta de que está soñando, porque ve una construcción al fondo del patio y él sabe que no existe; tampoco los espesos árboles que la rodean. La casa sólo tiene unos noventa centímetros de alto y techo de tejas. Hay dos ventanillas a los lados de una pequeña puerta marrón. Esta cabaña de cuentos de hadas es atractiva, no amenazadora… El chico sabe que debe entrar allí. Así se salvará de quienquiera que esté paseando por Mesa Lane.
Y sabe que es la casa de un brujo.
Cuando pasa entre los árboles y abre la puerta, todo el vecindario parece suspirar: las hamacas oxidadas y la pequeña piscina de plástico, Cissy Harbinger y Collis Falk, cada hoja de hierba verde y marrón exhala desilusión y pena; y su verdadera pena proviene de allí, del hombre, que sabe que el muchacho no puede llegar a él.
—Aquí estás —dice el brujo. Un viejo con un rostro increíblemente arrugado, cuya parte inferior queda oculta tras una gran barba, vestido con una túnica raída; el brujo está sentado en una silla, y le sonríe. Es el brujo más viejo del mundo, y el chico lo sabe; y luego comprende que él mismo está en medio de un cuento de hadas, que nunca ha sido escrito—. Aquí estás seguro —agrega el brujo.
—Lo sé…
—Quiero que lo recuerdes. No es como estar…, como estar allí fuera.
—Esto es un sueño, ¿verdad? —pregunta el chico.
—Todo es un sueño —dice el brujo—. Este mundo tuyo… Una bandera en la brisa, un juguete lleno de significados. Te lo aseguro. Significados. Pero, si te portas bien, lo descubrirás. —Apareció una pipa en su mano, el brujo la chupó y dejó salir un humo gris y denso—. Ah, sí. Encontrarás lo que tienes que encontrar. Todo irá bien. Tendrás que luchar por la vida, por supuesto, tendrás que pasar examen…, exámenes para los que no podrás estudiar porque, ja, ja… Habrá una niña y un lobo, y todo eso, pero tú no eres idiota.
—¿Como en Caperucita Roja? ¿Una niña y un lobo?
—Ah, como en todos los cuentos —dijo con vaguedad el brujo—. Dime, ¿cómo está tu padre?
—Está bien. Así lo creo.
El brujo asintió, y dejó salir otra nube de humo. Al muchacho le parecía muy débil. Un brujo viejo, viejo, casi sin poderes, tan cansado que apenas podía sostener su pipa.
—Ah, yo podría mostrarte cosas —prosiguió el brujo—. Pero no tiene sentido. Sólo quería que supieras… Creo que ya lo he dicho todo. Este es un bosque muy, muy profundo. Ojalá yo no fuera tan viejo.
Por un momento pareció quedarse dormido. La pipa estuvo a punto de caérsele de la boca y sus manos temblaron en la falda. Luego sus ojos húmedos se abrieron.
—No tienes hermanos ni hermanas, ¿verdad?
El chico hizo un gesto negativo.
El brujo sonrió.
—Puedes marcharte, hijo. El se ha ido. Ahora, pelea bien.
Le habían dicho que se fuera; la lógica del sueño lo obliga a salir; los ojos del brujo se cierran nuevamente. Pero el muchacho no quiere irse… No quiere despertarse todavía. Mira por las ventanas y ve el bosque, no el patio del fondo de su casa. Gruesas telarañas cubren varios árboles en la oscuridad gris.
El brujo se mueve, abre los ojos, y mira al muchacho que no quiere irse.
—Ah, sufrirás mucho —dice—. ¿Es eso lo que querías oír? Sufrirás mucho, sí. Pero nunca lograrás nada si quieres ahorrarte sufrimiento. Así son las cosas, muchacho.
—Gracias —dice él, y retrocede hasta la puerta.
—Así es, no hay otra forma.
—Muy bien.
—Apártate de los lobos, ahora.
—Muy bien —dice el chico, y sale.
Piensa que el brujo ya duerme. Luego pasa junto a los árboles que no están allí, ve su propio cuerpo dormido en el césped, de costado, cerca de un diente de león.
1
Por varias razones la Escuela Carson ya no es lo que era, y tiene un nuevo nombre. La Carson era una escuela de varones, anticuada y a veces tan severa que a uno se le encogía el estómago de miedo. Más tarde, los que fuimos alumnos de la escuela comprendimos que toda esa disciplina algo amenazadora estaba destinada a disfrazar el hecho de que Carson era, en el mejor de los casos, una escuela de segundo orden. Sólo una escuela así habría contratado a Laker Broome como director; tal vez sólo una escuela de tercer orden lo habría conservado.
Años atrás, cuando John Kennedy aún era senador por Massachusetts y Steve McQueen era Josh Randall en televisión y McDonald’s sólo había vendido dos millones de hamburguesas y por primera vez aparecían las corbatas estrechas y los cuellos anchos, Carson era espartana y un poco desesperada por su falta de categoría; ahora es un lugar adonde van los muchachos y las chicas ricos que tienen problemas en las escuelas del Estado. La enseñanza costaba setecientos cincuenta dólares al año; ahora cuesta casi cuatro mil.
Ha cambiado de sitio. Cuando yo estuve allí con Tom Flanagan y Del Nightingale y los demás, la escuela estaba instalada en una vieja mansión gótica en lo alto de una colina, y se le había agregado un ala moderna… con vigas de acero y grandes ventanas de cristal. El sector viejo de la escuela quedaba extraño junto al anexo nuevo, parecía sumido en sí mismo, frío e imponente.
Esta construcción original, junto con el gran gimnasio viejo (la casa del campo de deportes) que había detrás, estaba hecha de madera. Partes de la construcción original (el despacho del director, la biblioteca, los corredores y las escaleras) se asemejaban al club Garrick. Madera vieja, pulida y brillante, estantes para libros y barandillas de roble, hermosos pisos de madera resbaladiza. Esta parte de la escuela siempre seducía a los padres que la visitaban, y que padecían la anglofilia típica de su clase. Algunas de las salas eran diminutas como una caja con joyas, con asientos junto a las ventanas, paredes con paneles de madera, y feos radiadores que daban poco calor. Si Carson hubiera sido realmente la casa de campo que alguno de sus aspectos sugería, no sólo habría parecido imponente, sino que también habría estado embrujada.
Cada dos o tres años, cuando vuelvo y paso ante la nueva sede de la escuela en Quantum Hills, veo una larga fachada neogeorgiana de ladrillo rojo, grandes extensiones verdes, y un campo de fútbol en la distancia… Predominan el verde y el cálido color de los ladrillos, como en un campus universitario, algo tan adocenado que parece un espejismo. Esta amable imitación de una universidad queda distante, remota, sellada dentro de sus ilusiones sobre sí misma. Al mirarla sé que las vidas de sus estudiantes son menos duras que lo que lo fueron las nuestras. Me pregunto si en la escuela habrá todavía una voz que susurra: Soy tu salvación, pobrecito: soy el camino, la verdad y la luz.
Soy tu salvación… El sonido del mal, de ese demonio celoso de segundo orden, proclamándose a sí mismo.
2
Día de inscripción: 1958
Un corredor oscuro, una escalera con una repentina línea de luz que la divide en un extremo, escritorios con velas que chorrean cera en los platos, alineados a lo largo de una pared. Había saltado un fusible o se había cortado un cable, y el portero sólo vendría a la mañana siguiente, cuando llegara el resto de los alumnos. Veinte alumnos nuevos vagaban sin rumbo por el largo corredor, y hasta las caras más bronceadas por el sol parecían pálidas y asustadas a la luz de las velas.
—Bien venidos a la escuela —bromeó uno de los cuatro o cinco profesores presentes. Estaban en un grupo a la entrada de un corredor aún más oscuro, que llevaba a las oficinas administrativas—. No siempre estamos tan mal. A veces estamos mucho peor.
Algunos de los muchachos rieron… Sólo eran nuevos en este sector de la escuela, y habían pasado toda su vida en Carson, en el otro extremo de la calle, en la Escuela Elemental.
—Podemos comenzar en seguida —dijo otro profesor, de más edad, interrumpiendo las tímidas risas. Era más alto que los demás, con cabeza estrecha y una cara de tortuga dividida por una larga nariz. Sus gafas sin montura brillaron cuando sacudió la cabeza hacia atrás y hacia adelante en la oscuridad para ver quién se había reído. Iba peinado con raya al medio, como una caricatura de un camarero de bar de mil ochocientos noventa—. Algunos de ustedes tendrán que descubrir que la diversión y los juegos se han terminado. Esto no es la escuela elemental. Ahora están en la parte inferior del montón, son los más bajos entre los más bajos, pero tendrán que actuar como hombres. ¿Entendido?
Ninguno de los chicos respondió, y él dejó escapar un resoplido. Obviamente era el sonido característico de su enojo.
—¿Entendido? Ustedes, burros, ¿no tienen orejas?
—Sí, señor.
—¿Fue usted, Flanagan?
—Sí, señor.
El que hablaba era un muchacho flaco, pelirrojo, peinado al estilo Princeton, con el pelo aplastado sobre el cráneo. Al resplandor de las velas, su rostro parecía atento y amable.
—¿Jugarás al fútbol americano este otoño?
—Sí, señor.
Todos los muchachos nuevos se sentían nerviosos.
—Bien. ¿Puntero?
—Sí, señor.
—Bien. Si resultas bueno, jugarás en la universidad dentro de dos años. Necesitamos un buen puntero. —El profesor tosió tapándose la boca con la mano, miró a sus espaldas el corredor negro de la administración, e hizo una mueca—. Debo dar una explicación. Esta increíble… situación se ha producido porque la secretaria de la escuela no puede encontrar la llave de esta puerta. —Dio un golpe a una pesada puerta de madera con los nudillos—. Toni podría abrirla si estuviera aquí, pero solo llegará mañana. En fin. Todos podemos funcionar con velas, supongo.
Nos miró como si nos desafiara, y me di cuenta de que su cabeza era tan estrecha como un tablón de madera. Sus ojos estaban tan juntos que casi se tocaban.
—A propósito, todos jugarán en el equipo de fútbol americano júnior —declaró—. Este es un curso reducido…, veinte alumnos. Uno de los más reducidos de toda la escuela. Los necesitamos a todos. No todos pasarán este año… crucial, pero tenemos que intentar convertirlos en jugadores de fútbol americano.
Algunos de los otros profesores comenzaban a mostrarse inquietos, pero él hizo caso omiso.
—Bien, conozco a alguno de ustedes por el buen trabajo que hicieron con el entrenador Ellinghausen en el octavo curso, pero otros son nuevos. Usted —señaló a un muchacho alto y grueso que estaba cerca de mí—. Su nombre.
—Dave Brick.
—Dave Brick, ¿qué?
—Señor.
—Creo que es usted un centro.
Brick demostró consternación, pero hizo un gesto afirmativo.
—Usted —señaló a un muchacho pequeño de piel aceitunada y ojos oscuros y acuosos.
El muchacho dio un respingo.
—Nombre.
—Nightingale, señor.
—Habrá que crecer un poco, ¿eh, Nightingale?
Nightingale asintió, y yo veía temblar sus piernas dentro de sus pantalones.
—Hable con frases, muchacho. Sí, señor. Eso es una frase. Asentir con la cabeza no es una frase.
—Sí, señor.
—¿Tackle?
—Creo que sí, señor.
El profesor resopló, y volvió a mirarnos a todos. El olor a cera de las velas comenzaba a intensificarse, caliente y grasiento, en el corredor. De pronto el profesor estiró una mano y tomó a Dave Brick por los cabellos, que estaban peinados en dos ondas que se unían en el centro de la frente.
—¡Brick! ¡Córtese ese horrible pelo! ¡O yo lo haré por usted!
Brick dio un chillido y echó atrás la cabeza. Su garganta se puso en tensión y pensé que lanzaría un vómito negro.
El hombre del rostro estrecho retiró la mano y se la limpió en sus anchos pantalones.
—La secretaria de la escuela está clasificando unos papeles que ustedes necesitarán, formularios que deben llenar y cosas así, pero como… parece que tenemos tiempo, les presentaré a los profesores que están hoy aquí. Yo soy el señor Ridpath. Mi asignatura es historia del mundo. También soy entrenador de fútbol americano. No estaré con ninguno de ustedes durante dos años, pero los veré en el campo de deportes. Ahora —dio un paso a un costado y se volvió de modo que su rostro quedó en la oscuridad; los cabellos aceitosos sobre sus orejas brillaban a la luz de la vela—, estos hombres son los profesores que tendrán este año. Tendrán el placer de conocer al señor Thorpe, profesor de latín, pasado mañana. El latín es una asignatura obligatoria. Como el fútbol americano. Como el inglés. Como las matemáticas. El señor Thorpe es tan duro como yo. Es un gran profesor. Fue piloto en la Primera Guerra Mundial. Es un honor tener al señor Thorpe en Latín uno. Bien, éste es el señor Weatherbee… Será su profesor de matemáticas, y el consejero del año. Pueden consultarle sus problemas. Viene de Harvard, de manera que probablemente no los escuchará.
Un hombre pequeño, con gafas de montura de carey y una chaqueta arrugada sobre los hombros, levantó la cabeza y nos sonrió.
—Junto al señor Weatherbee está el señor Fitz-Hallan. Enseña inglés. Anhers.
Un hombre de aspecto algo lánguido y de rostro infantil levantó una mano para saludarnos. Había hecho el chiste sobre la eficiencia, y parecía tan aburrido como para dormirse de pie.
—Señor Whipple, historia norteamericana. —Este era un hombre regordete, calvo, con rostro de querubín, que llevaba un blazer manchado al que había prendido la insignia de la escuela con un imperdible. Unió las manos y las agitó frente su rostro a manera de saludo—. Universidad de New Hampshire.
El señor Ridpath volvió a mirar hacia el oscuro corredor, ahora a su izquierda, donde se veía una luz mortecina detrás de un vidrio.
—Vean si pueden ayudarla, por favor. —Whipple-New Hampshire echó a andar en la oscuridad—. En un minuto tendremos esos papeles. Muy bien. Pueden hablar entre ustedes.
Por supuesto, ninguno de nosotros lo hizo, nos limitamos a pasear por el oscuro corredor hasta que al señor Ridpath se le ocurrió algo más que decir.
—¿Dónde están los dos muchachos becados? Que levanten la mano.
Chip Hogan y yo levantamos la mano. Chip ya estaba con Tom Flanagan y los otros de la escuela dominical. Todos nos miramos con curiosidad. Comparados con nosotros, todos los demás, hasta Dave Brick, parecían ricos.
—Bien. Bien. Digan sus nombres.
Lo hicimos.
—¿Usted es el Hogan que corrió los setenta y cinco metros el año pasado en el campamento de octavo grado contra St. Matthew’s?
—Sí —dijo Hogan, pero al señor Ridpath no parecía importarle.
—¿Aprecian ustedes la gran oportunidad que se les da?
Dijimos:
—Sí, señor —al unísono.
—¿Todos ustedes son nuevos?
Hubo un murmullo general.
—Tendrán que trabajar, ¿saben? Como nunca. Les haremos sudar tinta, y esperamos que jueguen con mayor empeño de lo que lo han hecho en su vida. Haremos hombres de ustedes. Hombres de Carson. Y eso es algo de lo cual se puede estar orgulloso. —Miró a su alrededor con expresión irónica—. No creo que algunos de ustedes puedan estar a la altura. Esperen a que el señor Thorpe les ponga las manos encima.
Una mujer corpulenta, entrada en años, que llevaba una chaqueta marrón, de punto, avanzó por el corredor seguida del señor Whipple que llevaba una linterna. También usaba gafas sin montura, y tenía en las manos una gran cantidad de papeles clasificados en diferentes secciones.
—Detrás de la copiadora, ¿puede creerse? Franchy nunca lava las tazas, tampoco. Es incapaz de poner estos papeles sobre el mostrador. —Mientras hablaba, colocó la pila de papeles en el primer escritorio—. Ayúdenme a distribuirlos…, cada pila sobre un escritorio.
El grupo de los profesores se disolvió, cada uno de ellos tomó una pila de papeles y se acercó a un escritorio. El señor Ridpath anunció:
—La señora Olinger, secretaria de la escuela —con el tono que se usa en los desfiles.
La vieja saludó con la cabeza, arrancó la linterna al señor Whipple y comenzó a subir las escaleras con la luz.
—En fila de a uno —ordenó Ridpath, y torpemente le obedecimos y fuimos hacia los escritorios, cogiendo las hojas.
Un muchacho que estaba detrás de mí murmuró algo, y el señor Ridpath rugió:
—¿No tienen lápiz? ¿No tienen lápiz? ¿El primer día en la escuela y no tienen lápiz? Dígame otra vez su nombre, muchacho.
—Nightingale, señor.
—Nightingale —dijo Ridpath con ironía—. ¿De dónde es usted, de todas maneras? ¿A qué clase de escuela fue antes?
—A esta clase de escuela, señor —respondió Nightingale con voz de niño.
—¿Qué?
—Andover, señor. Estuve en Andover el año pasado.
—Yo le prestaré un lápiz, señor —dijo Tom Flanagan, y pasamos por la hilera de escritorios sin oír más gritos.
En el extremo del corredor nos detuvimos y esperamos en la oscuridad hasta que se nos dijera qué hacer.
—Suban las escaleras en fila de a uno. Biblioteca —dijo Ridpath con hastío.
3
También nosotros, como la señora Olinger, subimos la escalera y salimos a la luz, que entraba y brillaba a través del vidrio de la gruesa puerta delantera. La luz ya había disminuido allá arriba, pero del otro lado del vestíbulo estaba la biblioteca, que tenía hileras de grandes ventanas entre las estanterías. Si la biblioteca no hubiera tenido colores tan oscuros, habría brillado. La madera sombría y los estantes de libros absorbían toda la luz disponible, y en días normales las grandes arañas permanecían encendidas siempre que se estaba usando la biblioteca. Sin esta luz, la biblioteca habría sido extrañamente tenebrosa.
Dos hileras de escritorios largos y estrechos, también de color oscuro, llenaban el centro del sector principal del salón, y allí llevamos nuestros papeles. Al otro lado de la habitación, frente a nosotros, había un estante bajo con libros de consulta detrás del cual estaban la mesa del bibliotecario y los archivos, en una especie de nicho, desde donde podían verse todas las mesas. La señora Olinger nos miró desfilar dentro de la biblioteca y tomar asiento; se hallaba junto a una mujer delgada, con ondulación permanente en sus cabellos blancos y gafas con montura de oro. Llevaba un vestido negro y un collar de perlas. Finalmente llegaron los profesores y todos se sentaron a una mesa detrás de nosotros. Inmediatamente comenzaron a murmurar entre sí.
—¿Señores? —preguntó la señora Olinger, y los profesores callaron.
Uno de ellos tamborileaba sobre la mesa con un lápiz, y siguió haciéndolo todo el tiempo que estuvimos en la biblioteca.
—Esta es la señora Tute —dijo la señora Olinger, y la mujer delgada con el collar de perlas hizo un nervioso gesto de saludo, como un temblor de cabeza—. La señora Tute es nuestra bibliotecaria, y éstos son sus dominios. Estará presente mientras ustedes llenen sus formularios y asimilen parte de la información de las otras páginas; luego les dará una orientación para usar la biblioteca. Si quieren hacer preguntas, levanten la mano y uno de los profesores les ayudará.
El lápiz seguía tamborileando sobre la mesa del profesor.
Cuando terminé, alcé la mirada y vi que otros dos muchachos también habían terminado. La mayoría de los otros aún estaban escribiendo. Los rizos de Dave Brick habían caído sobre su frente, y se le veía enrojecido, sudoroso y confuso. Levantó la mano, y el señor Fitz-Hallan se acercó lentamente hacia su mesa.
—Es un tipo tranquilo —susurró Bob Sherman, y los dos vimos a Fitz-Hallan que se inclinaba sobre el papel de Brick, con las manos en los bolsillos, sosteniendo en un ángulo elegante la parte inferior de su chaqueta bien cortada.
Fitz-Hallan poseía una silueta distinguida, sin tener conciencia de ello, pero Sherman no se refería solamente a eso. Era uno de los profesores más jóvenes, tal vez no llegaba a tener treinta años, y hasta su languidez era juvenil; parecía tranquilo y amable al mismo tiempo, y se diferenciaba de los otros profesores tan nítidamente como nosotros diferíamos de ellos. Fitz-Hallan se enderezó, caminó hasta el escritorio de la biblioteca y volvió con un bolígrafo. Se lo entregó a Brick con un gesto brusco que de alguna manera transmitía simpatía y diversión. La perfección de este pequeño acto contenía implícita la información de que Fitz-Hallan había sido alguna vez alumno de la escuela, y que era una especie de exhibición viva, un modelo de lo que teníamos que tratar de llegar a ser.
Y ésa es la primera de las tres imágenes que retengo de la escuela, menos nítida que las dos que le siguieron pero que, a su manera, condujo también inexorablemente a todo lo que sucedió. Con una visión retrospectiva puedo ver que aquí también hubo una traición, delicadamente disimulada por las ropas elegantes y los modales del profesor, su simpatía divertida: la forma en que arrojó el modesto bolígrafo al sudoroso y predestinado Dave Brick. Erramos tan toscos que podíamos ser seducidos por los buenos modales.
Las otras seis páginas que los muchachos tenían ante ellos contenían datos ciclostilados. La letra del himno de la escuela (Levántense y canten…) y la canción de guerra (Verde y oro, oro y verde), el lema de la escuela: Alis volat propriis, con su traducción: Vuela con sus propias alas. La persona a que alude este lema puede haber sido V. Thurman Vander, quien fundó la predecesora de la escuela, la academia Lodestar, en 1901; Carson comenzó a funcionar con su propio nombre en 1914, y entonces el director era Thomas A. Rowan. «De ascendencia irlandesa e inglés nativo», decía la hoja. Seguía una lista de todos los directores, desde Rowan hasta el actual, que terminaba con Laker Broome; una lista del profesorado en activo, unos treinta nombres, de los cuales el último, Alexander Weatherbee había sido agregado en tinta; el número de libros que había en la biblioteca, veinte mil; alumnos en la Escuela Superior, ciento doce; canchas de fútbol y diamonds de béisbol, dos. En otra hoja aparecían los nombres de todos los alumnos de la clase superior, con estrellas junto a los nombres de los celadores.
Una conmoción en el fondo de la biblioteca hizo que me volviera repentinamente. El señor Ridpath se hallaba detrás de una de las mesas, gritando:
—¿Qué? ¿Qué? —Su rostro flaco estaba rojo. Con la mano izquierda había aferrado a Nightingale por el cuello de la chaqueta; con la derecha buscaba algo debajo de la mesa, tratando de capturar algo que el aterrado Nightingale trataba de pasar a su compañero de mesa, Tom Flanagan. Ambos muchachos parecían asustados. Flanagan no tanto como Nightingale. La pregunta del señor Ridpath se había convertido en una serie de gruñidos animales. Cuando su mano derecha se cerró sobre el objeto que le enfurecía, lo levantó y dejó escapar un resoplido. Era una baraja Bicycle—. ¿Cartas? ¿Cartas? —La caja aún estaba abierta, sugiriendo que las cartas habían sido colocadas allí de nuevo solo un momento antes. Los tres profesores sentados detrás del señor Ridpath parecían tan sobresaltados como los muchachos, todos los cuales se habían vuelto ahora para mirar hacia atrás. El señor Ridpath dejó escapar otro resoplido. Su rostro estaba aún muy rojo—. ¿Quién las trajo aquí? ¿De quién son? ¡Hablen!
—Mías —murmuró Nightingale. Parecía un ratón que se ahogara en el puño de Ridpath.
—Bien, yo… —El profesor sacudió un poco más el cuello del muchacho y miró alrededor, furioso—. No entiendo esto. Usted, Flanagan. Explique.
—Iba a mostrarme un nuevo juego de manos, señor.
—Un. Nuevo. Juego. De manos. —Apretó aún más el cuello del ratón, retorciéndolo de tal manera que la corbata de Nightingale se ladeó hasta llegar a la oreja—. Un nuevo truco de naipes. —Luego soltó la baraja Bicycle y al chico. Cuando el mazo cayó sobre la mesa, le dio un golpe con la mano—. Yo me ocuparé de esto. Señora Olinger.
Ella se acercó caminando entre las mesas, Ridpath levantó la mano y ella volvió a su escritorio. Se oyó un ruido en la papelera de metal. En ningún momento había mirado la baraja.
—De modo que hacen trucos —dijo el señor Ridpath—. El primer día. Por esta vez no les sucederá nada. —Se inclinaba sobre la mesa, mirando con furia a cada muchacho por turno—. Pero, basta. Que ésta sea la última vez que vea naipes en un salón de esta escuela. ¿Me oyen? —Nightingale y Flanagan asintieron—. Trucos. Será mejor que dejen de perder el tiempo y comiencen a memorizar lo que hay en estas páginas. Necesitarán saberlo, o tendrán que hacer verdaderos juegos de manos. —Pronunció la amenaza final—: La carrera de ustedes en la Escuela Superior comienza mal, Flanagan. —Volvió a la mesa del profesor y se tapó los ojos con las manos.
—Pasen los formularios de registro hacia el final de las filas, muchachos —dijo el señor Fitz-Hallan. El rostro de color aceituna de Nightingale estaba gris del susto.
Unos minutos más tarde caminábamos por el oscuro corredor hacia una pequeña escalera de madera, para ver por primera vez a Laker Broome.
El despacho del director estaba al fondo de la casa más antigua, en el corazón de la vieja construcción. La señora Olinger abría la marcha, iluminando el camino por la negra escalera con su gran linterna. Murmuraba algo para sí. Los demás la seguían, seguidos a su vez por el señor Whipple con una vela para que los muchachos vieran mejor el camino. La vela de Whipple quedó momentáneamente palidecida por la luz que entraba por una ventana en un descansillo cuadrado. La claridad duró hasta llegar a otra curva de la escalera, y después de eso nos guió la candela de Whipple hasta una antesala.
No era una verdadera antesala, estaba formada por el extremo del corredor negro donde se encontraban las oficinas de la escuela, en el cual había aparecido la señora Olinger por primera vez. En ese extremo, un arco de madera curvo creaba la ilusión de que estábamos en una habitación. En el suelo había una alfombra oriental. Sobre una mesa antigua se hallaba una lámpara de biblioteca y un jarrón persa. Frente al arco se veía una gran puerta de madera como la entrada de una iglesia medieval, con dos grandes barras de hierro cruzadas.
Permanecimos en silencio a la luz de la vela. El señor Fitz-Hallan llamó una vez a la gran puerta. La señora Olinger dijo:
—Adiós, muchachos —y se alejó por el corredor con su característico andar apresurado e irritado, iluminando el camino con la linterna.
Fitz-Hallan abrió la puerta, y entramos en el despacho del señor Broome.
Una repentina claridad y olor a cera: en todas las superficies había por lo menos dos velas. La sensación de estar en una iglesia se hizo mucho más fuerte. El director estaba sentado con las manos detrás de la cabeza. Sus codos formaban unas alas triangulares y puntiagudas. Sonreía.
—Bien —dijo—. Adelante, muchachos. Quiero mirarlos.
Una vez nos colocamos en dos filas ante el escritorio, bajó los brazos y se puso de pie.
—Mucho cuidado con tirar esa vela. Son bonitas, pero peligrosas —rió. Era un hombre delgado, con cabellos grises muy cortos. Tenía profundas arrugas junto a su boca—. Aun cuando la escuela no está funcionando, el director debe trabajar en su escritorio. Esto significa que casi siempre me encontrarán aquí. Mi nombre es señor Broome. No sean tímidos. Si tienen un problema que deseen discutir conmigo, pidan una cita a la señora Olinger.
Dio un paso atrás y se apoyó en un estante de madera oscura, con los brazos cruzados sobre el pecho. El director llevaba gafas con montura de concha, de color mermelada. Su camisa estaba muy almidonada. Ahora me doy cuenta de que era perfecto… El último detalle en ese despacho con paneles de madera, alfombra oriental, lleno de libros; el detalle que resultaba coherente con el buen gusto delicado, deliberado y antiguo del lugar.
—Por supuesto —dijo—, es más probable que las visitas de ustedes se deban a un motivo menos agradable.
Hizo una mueca.
—Pero eso sólo preocupará a una pequeña proporción de ustedes. En general nuestros muchachos tienen mucho que hacer, y carecen de tiempo para crear problemas. Una palabra de advertencia. Los que los causen no durarán mucho aquí. Si quieren disfrutar de los beneficios de ser alumnos de esta escuela, trabajen mucho, sean obedientes y respetuosos, y jueguen bien. Consideren las ventajas, no es demasiado pedir. —Otra vez ofreció su mesurada imitación de una sonrisa—. Eso es lo que tenemos el derecho, por no decir la obligación, de pedirles, diría yo. Es mi intención, es intención de la escuela, dejar nuestro sello en ustedes. Dondequiera que vayan en su vida, la gente podrá decir: «Es un hombre de Carson.» Bien.
Miró por sobre nuestras cabezas a los profesores; la mayoría de nosotros nos volvimos a mirar atrás. El señor Whipple estaba hojeando los formularios que habíamos llenado. El señor Ridpath parecía estar en posición de descanso como un soldado, con las piernas separadas y las manos a la espalda. Los otros dos miraban al suelo, como si interiormente se distanciaran del director.
—¿Los tiene usted, señor Whipple? Entonces, por favor, tráigamelos.
Whipple se acercó rápidamente al escritorio y colocó la pila de formularios ante el sillón de cuero del director.
—Los dos de arriba, señor —murmuró, y volvió al fondo de la habitación.
—¿Eh? Sí, ya veo.
La montura de sus lentes se tiñó de rojo cuando pasó ante unas velas y levantó los dos formularios.
—Los señores Nightingale y Sherman permanecerán aquí un momento. Los demás pueden volver a la biblioteca a recoger sus libros de texto y sus horarios. Acompáñelos, señor Ridpath.
Quince minutos más tarde, Nightingale y Sherman aparecieron en la puerta de la biblioteca y caminaron hacia las mesas ahora cubiertas de libros. Los pómulos de Sherman estaban muy rojos.
—Bien —murmuré—, ¿qué dijo?
Sherman trató de sonreír.
—Bien, es un pedazo de hielo, ¿no?
Comparamos los horarios frente a nuestros armarios en el corredor del segundo piso de la parte nueva del edificio, donde las paredes eran grandes paneles de vidrio que daban a un patio con piedrecillas y un solo árbol, un limero.
Semanas después me enteré por Tom Flanagan de por qué Bob Sherman y Del Nightingale habían sido retenidos por el señor Broome. Nightingale no había llenado los espacios correspondientes a los nombres de sus padres. No lo había hecho porque sus padres estaban muertos. Nightingale vivía con sus padrinos, que acababan de trasladarse de Boston a una casa de Sunset Lane, a cuatro o cinco manzanas de la escuela. A Sherman le dieron una buena reprimenda.
4
Nueva York, agosto de 1969: Bob Sherman
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó Sherman—. ¿Puedes contestarme? ¿Qué carajo estoy haciendo aquí cuando podría estar en la isla bebiendo un coors y mirando el mar?
Estábamos en su oficina, y él hablaba en voz alta, de manera que podía ser oído a pesar de la música rock que se oía por el sistema estéreo. Las oficinas ocupaban unas habitaciones de la vieja embajada alemana, y todas las habitaciones tenían cielorrasos decorados con molduras de yeso. Ante su largo escritorio y contra la pared había divanes de cuero. Junto a los altavoces Bose había un gran helecho de Boston que parecía haber recibido una píldora de vitaminas. Montones de discos se apilaban descuidadamente en el suelo, y sobre la alfombra.
—Generalmente tú tienes una respuesta. ¿Por qué estoy en este agujero? Tú estás aquí porque yo estoy aquí, pero ¿por qué estoy yo aquí? Es una de esas eternas preguntas. ¿Quieres quitar el disco? Estoy harto de oírlo.
Su teléfono sonó por sexta vez desde que yo estaba en la oficina. Dijo:
—Dios mío. —Descolgó el receptor y dijo—: Hola —y me hizo un gesto para que pusiera un nuevo disco sobre el plato.
Gradué el volumen y me senté en el diván. Sherman hablaba pomposamente. Era muy hábil para eso. Era abogado. Además tenía una úlcera, los nervios de un gato neurótico, y los ingresos más altos de todos los de nuestro curso. En esos tiempos su guardarropa era siempre muy estudiado, y ese día llevaba una chaqueta de color tostado, gafas de aviador de tinte amarillo, y altas botas amarillas hasta la rodilla. Sostenía el teléfono bajo el mentón, con los brazos cruzados bajo el pecho, apoyado contra la ventana, y me sonreía con acritud.
—Te diré una cosa —dijo, después de colgar el receptor—. Fielding debería estar muy contento de no haberse decidido nunca a entrar en el negocio de la música. Y tenía más talento que la mayoría de los tipos que tratamos. ¿Todavía está trabajando para su Ph. D.?
Asentí.
—Te parecerá gracioso, pero cuando te apoyaste contra la ventana como hace un momento, me recordaste a la Serpiente.
—Realmente me gustaría estar en la isla. La Serpiente —rió—. Laker Broome. Tendré que comportarme de otra manera. ¿Qué te hizo pensar en él?
—La postura que habías adoptado.
Se sentó y puso las botas sobre el largo escritorio.
—A ese tipo tendrían que haberlo encerrado. No sigue allí, ¿verdad?
—Se jubiló hace años…, le obligaron, en realidad. Yo no habría trabajado para él. —Yo mismo me había ido de la escuela, después de tres años de enseñar inglés allí—. Nunca te lo pregunté antes, o si lo hice olvidé la respuesta. ¿Qué te dijo la Serpiente, aquel primer día? Cuando te retuvo junto con Nightingale en su oficina.
—¿El día en que llenamos los formularios? —me sonrió—. Te lo dije, pero te olvidaste, tonto. Es una de mis anécdotas favoritas. Pregúntamelo otra vez el sábado por la noche, si es que vienes.
Entonces recordé… Estábamos en el «cubículo» de su padre, un día caluroso a fines de otoño, bebiendo té helado en vasos altos que tenían inscrita la frase «Party Hime» a ambos lados.
—Vine sólo para hablar de eso —dije.
Yo estaba en Nueva York camino de Europa, y Sherman y Fielding eran las únicas personas que deseaba visitar. Y Sherman era buen cocinero, sus cenas tenían la prodigalidad de los solteros.
—Muy bien, muy bien. —Ya estaba un poco distante, y me pareció que había vuelto a recordar los problemas que le causaba su temperamento a los veinte años—. Vi a Tom Flanagan en la calle el otro día —dijo—. Estaba muy extraño. Parecía tener cuarenta años. Ese tipo está loco. Lo que hace no tiene sentido. Trabaja en una especie de pocilga en Brooklyn llamada Red Hat Lounge. La magia volverá cuando Glenn Miller salga del Canal. Cuando Miss América tenga…
—¿Mala dentadura?
—Una joroba —dijo Sherman.
El sábado por la noche la conversación después de la cena fue tan tranquila como podía permitirlo Sherman en la época anterior a su traslado a Los Angeles. El famoso cantante folklórico sentado a mi izquierda, después de limpiarse comida de la barba, describía un negocio de drogas de un millón de dólares que acababan de realizar otros dos famosos cantantes folklóricos. La mujer que estaba con Bob, una rubia con el atractivo de la casa de campo inglesa que siempre le había gustado, había abierto una botella de coñac; Sherman se apoyaba en un codo, y comía trocitos de tocino de lo que quedaba de la ensalada.
—Mi amigo, el que está sentado frente a mí, quiere oír un cuento —dijo.
—Muy bien —respondió el cantante folklórico.
—Quiere que le recuerden a la famosa Serpiente y la forma en que me recibió en su escuela. En ese primer día tuvimos que llenar formularios, y cuando tuve que responder cuál era mi asignatura favorita, escribí «Finanzas». —La muchacha y el cantante rieron: Sherman siempre había sido buen narrador—. La Serpiente era el director, y cuando un gordito llamado Whipple que enseñaba historia le mostró mi formulario, me retuvo en su oficina después de soltar su discurso de bienvenida a la escuela. Otro muchachito fue retenido también, y lo hizo salir al vestíbulo. Yo prácticamente me cagaba en los pantalones. La Serpiente parecía un empresario de pompas fúnebres. O un asesino a sueldo de alta categoría. Estaba sentado ante su escritorio y me sonreía. Es la clase de sonrisa que uno dedica a alguien antes de hacerle papilla.
»Bien —dijo—. Veo que es usted un comediante, Sherman. Creo que no le servirá. No, no le servirá en absoluto. Pero le daré una oportunidad. Diga algo gracioso. Juntó las manos detrás de la cabeza. A mí no se me ocurría nada. Qué muchachito tan patético es usted, señor Sherman —dijo—. ¿Cuál es el lema de esta escuela? ¿No responde? Alis volat propriis. El vuela con sus propias alas. Supongo que de vez en cuando también aterriza. Pero vuela, ésa es la clase de muchacho que queremos aquí. No el que busca la risa fácil y las satisfacciones baratas. Como es usted demasiado cobarde para hablar, yo le diré algo. Es una historia sobre un muchacho. Escuche bien:
»“Una vez, hace mucho tiempo, este muchacho, que tenía, veamos, catorce años, dejó el calor de su hogar y salió al ancho mundo. Se creía muy gracioso, pero en realidad era un tonto y un cobarde, y más tarde o más temprano terminaría mal. Atravesó una ciudad, e hizo pequeños comentarios que provocaron risa en la gente. Pensó que se reían de sus comentarios, pero en realidad se reían de su presunción.
»“Sucedió que el rey de ese país estaba recorriendo la ciudad, y el muchacho vio su carruaje dorado. Era algo espléndido, hecho por los artesanos del rey, y de oro macizo, conducido por seis magníficos caballos negros. Cuando el carruaje pasó junto al muchacho, éste se volvió hacia el buen ciudadano que estaba junto a él y le dijo: ‘¿Quién es el viejo que va en el carruaje de fantasía? Debe pesar tanto como los seis caballos. Estoy seguro de que se enriqueció robando a la gente como usted y yo, hermano.’ Ya ve, estaba interesado en las finanzas. Esperaba que su vecino se riera, pero el vecino quedó horrorizado…, todos los ciudadanos de ese país amaban y temían a su rey.
»“El rey oyó el comentario del muchacho. Detuvo el carruaje e inmediatamente ordenó a uno de sus hombres que bajara y obligara al muchacho a ir a su palacio. Los hombres bajaron y se apoderaron del muchacho y lo llevaron gritando por las calles hasta el palacio.
»“Un sirviente arrastró al muchacho por los salones del palacio hasta que llegaron a la sala del trono. El rey estaba sentado en su trono y miró con furia al muchacho cuando el sirviente lo empujó hacia él. Dos perros salvajes encadenados saltaron y gruñeron al muchacho, pero siguieron montando guardia a los lados del trono. El muchacho casi se desmaya de terror. Vio que los perros no sólo eran salvajes, sino que estaban hambrientos casi hasta la locura.
»“ ‘De manera que, pequeño comediante —dijo el rey—, me harás reír o te mataré.’ El estúpido muchacho sólo podía temblar. ‘Estás libre, Skuller’, exclamó el rey. El perro de la derecha se abalanzó sobre el chico. En un segundo tomó la mano derecha del chico entre sus dientes. El rey dijo al muchacho que hiciera un chiste ahora. El muchacho se puso blanco. ‘Estás libre, Ghost’, dijo el rey, y el perro de la izquierda corrió hacia él y le mordió la mano izquierda. ‘Hiciste comentarios sin gracia —dijo el rey—. Comiencen a comer, perros míos.’ ”.
»“Comiencen a comer, perros míos” —repitió Sherman, sacudiendo la cabeza—. Estuve a punto de caer al suelo y vomitar. La Serpiente me miraba. “Vete de aquí —dijo—. Y no vuelvas aquí por una razón tan estúpida.” Caminé tambaleándome hasta la puerta. Luego oí gruñidos, me di la vuelta y vi un gran doberman que se incorporaba junto a su sillón. “Fuera de aquí”, me gritó la Serpiente, y yo salí corriendo de la oficina como si me persiguiera una banda de malhechores.
—Carajo —murmuró el cantante folklórico.
La novia de Sherman lo miraba estupefacta, esperando la parte graciosa, y yo supe que la historia había terminado; ahora la recordaba perfectamente, como la había recordado tantas veces antes.
Sherman me sonreía.
—Veo que ya lo recuerdas todo. Cuando estaba cerca de la puerta, el sádico sentado detrás del escritorio dijo: «Alis volat propriis, señor Sherman.» Vi un cartel en la pared cerca de la puerta, donde tú lo habrás visto todas las veces que salía de su oficina. Decía: «No esperes ser un gran hombre. Sé un gran muchacho.»
—Sé un maldito hijo de puta —dijo el cantante folklórico, y luego levantó la mirada, confundido, porque Sherman y yo reíamos.
La rubia de la casa de campo también reía: Sherman siempre hacía reír a las mujeres. Yo ya sabía que su indudable éxito sexual se debía en gran parte a esta capacidad.
5
Tom Flanagan y Del Nightingale habían recogido sus gorras, como todos nosotros, de una caja que estaba junto a las puertas de la biblioteca, y al final del primer día de clase permanecieron un momento en la entrada de la escuela, probándoselas.
—Creo que tienen ese tamaño que no le queda bien a nadie —dijo Tom. Las gorras de los dos muchachos eran demasiado grandes y flotaban sobre sus cabezas—. No te preocupes, las cambiaremos mañana —agregó Tom—. Quedaban muchas en esa caja. ¿Sabes cómo ponértela, de todas maneras? Este cartelito debe quedar dos dedos por encima del puente de tu nariz.
Usando los dos primeros dedos de su mano derecha para demostrarlo, se colocó la gorra con la derecha. Nightingale lo imitó, y se puso la visera sobre el nivel del dedo más alto.
—Bien, es sólo para el primer semestre —dijo Tom.
Pero luego, al comienzo, compartieron un placer secreto al usar esas gorras absurdas: Tom porque significaba que estaba en la Escuela Superior…, la entrada a la edad adulta. Si Tom pensaba que la Escuela Superior era el reino de los seres que eran casi hombres (los estudiantes adelantados realmente parecían adultos), para Del era algo más simple y más amplio. Pensaba, sin darse muy bien cuenta de ello, que ese lugar podía convertirse en su hogar. Al menos Tom se sentía cómodo allí.
En ese momento deseaba ser amigo de Tom Flanagan más que nada en el mundo.
Por supuesto estoy hablando de las emociones de Del Nightingale a los catorce años, y no estoy seguro de que las experimentara. Debe de haberse sentido muy solitario en esas primeras semanas en Carson; y Tom me dijo que «Del Nightingale necesitaba un amigo más que nadie que yo haya conocido. Ni siquiera sabía, así era yo de inocente, que alguien podía necesitar tanto un amigo. Y tú sabes cómo son las escuelas: si quieres algo, seguridad o afecto, si los necesitas mucho, significa que no lo conseguirás. No sé por qué es siempre así». La frase demuestra que Tom era más sensible de lo que su apariencia indicaba. Con sus cabellos rojizos, su cuerpo atlético y de baja estatura, parecía que deseaba tener una pelota de fútbol americano en la mano por encima de todo. Pero otra cosa que uno creía ver en Tom Flanagan era una honestidad esencial: uno creía ver que era incapaz de afectación, porque jamás lo creería necesario.
Pienso que Del Nightingale lo miró mientras se ponía el gorro colocando dos dedos sobre su nariz, y lo adoptó en ese mismo momento.
—El truco que me mostrabas no está en mi libro —dijo Tom—. Me gustaría ver cómo es.
—Traje muchos libros sobre naipes —dijo Del. No se atrevió a decir nada más.
—Vamos a verlos. Puedo llamar a mi madre desde tu casa. Dijo que iría a buscarme cuando terminara la inscripción, pero no sabíamos cuándo terminaría. ¿Cómo se va a tu casa? ¿Tienes que tomar un autobús?
—Se puede ir caminando —dijo Del—. En realidad no es mi casa. Mis padrinos la alquilan.
Tom se encogió de hombros, y bajaron la escalinata de la entrada, cruzaron el bulevar Santa Rosa y echaron a andar por Peace Lane, que estaba lleno de sol. Carson estaba en un suburbio lo suficientemente antiguo como para poseer álamos y robles imponentes en las aceras. Las casas frente a las que pasaban eran las que Tom había visto toda su vida, la mayoría de ellas alargadas y de dos pisos, de piedra o de madera blancas. Una o dos casas en cada manzana estaban rodeadas por pórticos cerrados con persianas. La acera ligeramente irregular era de planchas de cemento que el tiempo habría vuelto de color gris y cruzada por un laberinto de grietas. Entre las planchas de cemento crecían las hierbas. Para Del, que se había criado en ciudades y en pensionados a miles de kilómetros de distancia, todo esto era tan irreal que parecía un sueño. Por un momento no supo dónde estaba ni adonde iba.
—No te preocupes por Ridpath —dijo Tom—. Siempre grita. Es un entrenador bastante bueno. Pero te diré quién tiene problemas ya.
—¿Quién? —preguntó Del, echándose a temblar. Sabía que Tom se refería a él.
—Ese Brick. No durará. Te apuesto a que no termina este año.
—¿Por qué lo dices?
—No lo sé exactamente. Parece desvalido, ¿verdad? Un poco tonto. Y Ridpath ya lo ha señalado. Si su padre estuviera en la comisión, o algo así…, o si su familia hubiera asistido a la escuela…, ya sabes.
Flanagan caminaba con lo que Del más tarde reconocería como la típica forma de caminar de Carson, balanceando ligeramente los hombros de un lado a otro y moviendo la corbata como si fuera un metrónomo. Del vio de inmediato, que ése era un rasgo de la escuela. Entre tantas cosas extrañas del oeste, la forma de caminar balanceando la corbata era lo suficientemente conocida como para resultar agradable.
—Creo que lo sé.
—Ah, claro. Espera a ver a Harrison… está en tercer año. El cabello de Harrison es como el de Brick, pero su padre es un tipo importante. El año pasado su padre donó quince mil dólares a la escuela para un nuevo equipo de laboratorio. ¿Dónde está esa casa, de todos modos?
Del soñaba bajo el sol ardiente; la satisfacción de llevar la gorra se unía a la sensación de irrealidad y a su placer en la compañía de Tom, hasta hacerle olvidar adonde iban.
—Ah, la manzana siguiente.
Llegaron a la esquina y doblaron. A Del le parecía imposible vivir realmente allí. No se habría sorprendido al ver a Ricky y a David Nelson jugando a la pelota en el césped.
—El señor Broome quería hablar contigo —dijo Tom.
—Sí.
—Supongo que tu padre es embajador o algo así.
—Mi padre ha muerto. También mi madre.
Tom dijo rápidamente:
—Por Dios, lo lamento —y cambió de tema. Su propio padre había comenzado a hacerse poco tiempo atrás una misteriosa serie de radiografías, y a quedarse durante la noche en el hospital St. Mary. Hartley Flanagan era un abogado muy hábil que había sido fullback en Stanford. Fumaba tres paquetes al día—. El señor Ridpath no es muy malo, sólo que no es muy sutil —los dos muchachos sonrieron—. Pero cuídate de su hijo, Steve Ridpath. Lo recuerdo de la Escuela Elemental.
—¿Es peor que su padre?
—Bien, era mucho peor entonces. Tal vez ahora sea mejor —la boca de Tom se torció en una mueca dolorosa, adulta, y Del vio que su nuevo amigo dudaba de su último comentario—. Una vez me pegó porque no le gustaba mi cara. Estaba en octavo grado. Yo en quinto. Un profesor vio lo que sucedía, pero no lo expulsaron. Yo traté de no acercarme a él después de eso.
—Esta es la casa —dijo Del, que aún no podía llamarla suya—. ¿Cómo es ese muchacho?
Tom se quitó la gorra y la dobló para guardarla en el bolsillo del pantalón.
—¿Steve Ridpath? Su apodo es Esqueleto. Pero no lo digas delante de él. En realidad, si puedes evitarlo, nunca le digas nada. ¿Entramos?
La puerta se abrió y un negro uniformado dijo:
—Los vi venir, a ti y a tu amigo, Del.
6
En la casa
—Esqueleto… —dijo Del, sacudiendo la cabeza, pero Tom Flanagan miraba al negro alto y calvo que les había hecho pasar.
Estaba demasiado sorprendido como para no mirar. Algunas familias del barrio tenían criadas que vivían en la casa, pero nunca había visto antes a un mayordomo. La primera impresión de que el hombre usaba uniforme se disipó gradualmente cuando Tom se dio cuenta de que el mayordomo llevaba un traje de color gris oscuro con camisa blanca y una corbata de seda del mismo tono que el traje. Sonreía a Tom, disfrutando de la inspección del muchacho. Su rostro ancho parecía joven, pero el cabello rizado sobre sus orejas era plateado.
—Veo que al joven Del le irá bien en esa escuela si ya ha hecho un amigo tan despierto.
Tom se ruborizó.
—Este es Bud Copeland —dijo Del—. Trabaja para mis padrinos. Bud, éste es Tom Flanagan. Está en mi curso. ¿Están ellos en casa?
—El señor y la señora Hillman han salido a ver una casa —dijo el mayordomo—. Si me dices dónde estaréis, les llevaré lo que deseéis. ¿Coca-cola? ¿Té helado?
—Gracias —dijo Del.
Tom aún se preguntaba si debía dar la mano al mayordomo, y cuando Del dijo «Coca» se dio cuenta de que había pasado el momento. Pero ya había extendido la mano, y dijo:
—Coca, por favor, señor Copeland. Mucho gusto en conocerle.
El mayordomo le estrechó la mano, con una sonrisa aún más amplia.
—Yo también me alegro de conocerte. Dos Cocas.
—Estaremos en mi habitación, Bud —dijo Del, y se dispuso a conducir a Tom por la casa. El living estaba lleno de cajas y cajones. Al pasar por el comedor, Tom vio que estaba casi completamente ocupado por una gigantesca mesa rectangular de caoba.
—Si acaban de mudarse, ¿por qué están mirando casas? —preguntó.
—Están buscando una casa más grande para comprarla. Quieren un terreno más grande, tal vez una piscina… Dicen que este barrio es demasiado suburbano para ellos, de manera que se mudarán a un lugar todavía más suburbano. —Estaban subiendo la escalera; en el empapelado había lugares más claros donde antes había cuadros—. Creo que ni siquiera quieren deshacer el equipaje. Odian esta casa.
—A mí me gusta.
—Deberías ver la que tenían en Boston. Yo vivía con ellos la mayor parte del tiempo. En verano…
Miró por encima de su hombro a Tom con una expresión tan recelosa que Tom no sabía si significaba sospecha, temor de que lo interrogaran o deseo de que lo interrogaran.
—¿En verano?
—Yo iba a otra escuela. Pero su casa de Boston era realmente gigantesca. Bud también trabajaba para ellos allá. Era muy bueno conmigo. Ah, ésta es mi habitación. —Del había recorrido un pasillo irguiendo la cabeza, cuyos cabellos oscuros llegaban al nivel de los ojos de Tom, con más seguridad de la que había demostrado en la escuela, y ahora se detenía frente a una puerta, para volverse a mirar a Tom. Esta vez Tom leyó claramente la expresión de su rostro. Estaba entusiasmado—. Si yo fuera realmente vulgar, diría algo así como: «Bien venido a mi universo.» Adelante.
Tom Flanagan entró, un poco nervioso, en lo que al principio le pareció una habitación totalmente oscura. Se encendió una luz a sus espaldas.
—Creo que ya ves lo que quiero decirte —dijo Del en tono agudo. Ya no parecía tan seguro.
7
Ridpath en su casa
Chester Ridpath estacionó su Studebaker negro en el sendero y alargó la mano para coger su cartera. Al igual que el tapizado de su coche, ésta había sido reparada varias veces con cinta adhesiva negra, y los extremos ahora grises de la cinta aparecían bajo la capa superior. La manija se adhería a sus dedos. Logró colocar la pesada cartera sobre sus rodillas…, estaba llena de notas mecanografiadas, formaciones de fútbol americano que se remontaban al año en que había comprado el coche, libros de texto, planes para las clases, y comunicados del director. Laker Broome hablaba principalmente a través de comunicados. Le gustaba gobernar desde cierta distancia, incluso en las reuniones de profesores, en las que se sentaba en una mesa aparte de la del cuerpo de profesores; la mayoría de sus decisiones administrativas y disciplinarias se filtraban a través de Billy Thorpe, que había sido subdirector y profesor de latín con tres directores diferentes. A veces Chester Ridpath imaginaba que Billy Thorpe era el único hombre del mundo a quien él realmente respetaba. Era inconcebible que Billy pudiera haber tenido un hijo como Steve.
Resopló, se secó el sudor de la frente, achatando momentáneamente media docena de rizos, y bajó del coche. El sol ardía a través de sus ropas. La cartera parecía estar llena de piedras.
Ridpath encontró un manojo de llaves en la profundidad de su bolsillo, las sacó hasta que apareció la de la casa, y entró. Una música estridente, música para bestias, agitaba el aire. Suponía que muchos padres oían este ruido al llegar a sus casas. Pero ¿era tan fuerte en otras casas? Steve había traído el tocadiscos de la tienda, había girado el botón del volumen totalmente a la derecha, y lo había dejado allí. Una vez en su habitación, se encerró para defenderse de este salvajismo. Ridpath no podía comunicarse a través de una barrera tan repelente; sospechaba, en realidad sabía, que de todas maneras Steve no tenía interés en nada que él quisiera decirle.
—Estoy en casa —gritó, y cerró la puerta de golpe… Si Steve no había oído el grito, al menos sentiría la vibración.
La casa estaba abandonada desde hacía tanto tiempo que Ridpath ya no advertía la pila de camisas y suéteres sucios en la escalera, las manchas de grasa en la alfombra. El y Margaret habían comprado la alfombra del living, una Wilton floreada, a crédito, después de haber hipotecado el salario de Ridpath durante veinte años para comprar la casa. Durante los quince años transcurridos desde que su esposa lo abandonara, Ridpath había sentido un placer inconsciente al ver el oscurecimiento gradual y el deterioro de la alfombra. Había lugares…, frente a su sillón, frente al sofá…, donde el horrible dibujo de ramos de flores casi había desaparecido.
Sobre las pilas de ropa sucia estaban los recortes de revistas y las páginas de las historietas que Steve usaba para hacer sus «cosas». No tenían otro nombre. Las «cosas» estaban pegadas en las paredes de su dormitorio. Corea proporcionaba muchas de las imágenes que Steve prefería en sus «cosas» y ahora la habitación era un embrollo de niños que lloraban, jeeps destrozados, muertos con uniforme de guerra. Los tanques avanzaban por las colinas enlodadas hacia las aulas de clase de los niños rusos (cortesía de Life.) Los monstruos mohosos de las historietas de horror abrazaban a las muchachas con calaveras en lugar de cabezas. Ridpath nunca volvió a entrar en la habitación de su hijo.
Dejó caer la cartera junto a su sillón y se sentó pesadamente, sacándose la corbata por la cabeza, sin molestarse en deshacer el nudo. Después de dejar la chaqueta en el suelo junto a él, extendió la mano hacia el teléfono, que era lo único que ocupaba ese estante. Ridpath gritó:
—Bájalo, carajo —y esperó un segundo. Luego volvió a gritar, más fuerte—: ¡Por el amor de Dios, bájalo!
La música disminuyo de volumen en forma casi imperceptible. Marcó el número de Thorpe.
—¿Billy? Habla Chester. Acabo de llegar a casa. Pensé que podríamos hablar sobre los muchachos nuevos. En general parecen bastante buenos. Pero hay algunos puntos que me gustaría comentarte. Para coordinar el trabajo. ¿Qué te parece? En primer lugar tenemos una buena perspectiva para el fútbol americano, el muchacho Hogan. Creo que habrá que vigilarlo un poco en la clase… No, nada definido, es sólo una impresión. No quiero crearte prejuicios contra el muchacho, Billy. Pero necesita riendas cortas. Podría ser un verdadero líder. Ahora, las malas noticias. Tenemos a una verdadera bestia entre los nuevos. Un muchacho llamado Brick, «Dave Brick». Con el cabello como el de un zulú, con más grasa de la que yo uso en mi auto. Conozco la clase de actitud que eso significa. Creo que debemos atacar esto de inmediato, porque una manzana podrida como ésa podría estropear toda la escuela. Además, hay un sabihondo llamado Sherman. Ya demostró lo que era, estuvo haciendo chistes con su formulario de ingreso. ¿Anotas los nombres?
Volvió a enjugarse la cara e hizo una mueca hacia la escalera. ¿Cómo podía un chico escuchar esa música todo el tiempo?
—Uno más. Recuerdas nuestro traslado de Andover, el huérfano…, Nightingale. Tal vez haya sido un gran error. Quiero decir que es posible que en Andover hayan estado contentos de liberarse de él. En primer lugar no me gusta su aspecto…, parece un griego. Este chico Nightingale no me gusta… Bien, Billy, no puedo evitar ver las cosas de esta manera, ¿verdad? Y tenía razón, además. Lo atrapé con una baraja… Sí, había sacado unas cartas. En la biblioteca. ¿Me oyes? Dijo que le estaba enseñando un truco a Flanagan… Sí, un juego de manos. Por favor. Le confisqué las cartas inmediatamente. Creo que ese chico es un futuro beatnik, o algo así… Bien, nunca se puede saber, Billy…, tenía las cartas en la mano, me dio trabajo, también… Bien, yo lo pondría en la lista especial junto a Brick, eso es lo que te digo, Billy…
Escuchó un momento, y su rostro se contrajo, a pesar suyo, en una mueca.
—Claro, Steve irá muy bien este año. Verás un gran cambio en él, ahora que ha pasado a cursos superiores. Crecen rápidamente a esta edad.
Colgó el receptor, agradecido.
—Crecen…
¿Steve había crecido? No quería hablar de Steve con Billy Thorpe, que tenía dos muchachos aparentemente brillantes. Cuanto menos pensara Thorpe en Steve Ridpath, mejor.
Esqueleto. Dios mío.
Ridpath se puso de pie, dejando caer la cartera, dio algunos pasos hacia la escalera, luego se volvió a recoger la cartera, porque decidió bajar a su escritorio en el sótano. Tenía que pensar un poco más en el equipo antes de la primera práctica. Cuando salió del living echó una mirada a la cocina e inesperadamente encontró allí la silueta delgada y alta de su hijo inclinada sobre el fregadero. Steve apretaba la nariz y los labios contra la ventana, manchando el vidrio. De manera que había bajado.
8
Universo
—Sólo hace tres días que estoy aquí —dijo Del, que ahora realmente parecía nervioso—, pero no me gustaba seguir con las maletas llenas, como hacen ellos. Quería subir mis cosas aquí. —Se oyó un ruido de pasos—. Bien, ¿qué te parece?
—Bien… —dijo Tom, que no estaba seguro de lo que pensaba, excepto de que se sentía bastante asombrado.
En la penumbra, ni siquiera veía todas las cosas de Del. En la pared detrás de la cama colgaba una estrella gigantesca. La pared de enfrente era un friso de rostros…, fotografías con marcos. Reconoció a John Scarne por la foto de un libro suyo, y a Houdini, pero los otros eran desconocidos para él. Eran hombres con rostros serios, pensativos, en una actitud teatral. Magos. Una calavera sonreía desde un estante debajo de las fotografías. Del se acercó para encender una vela dentro de ella. Entonces Tom vio todos los libros sostenidos por la calavera. En medio de la habitación y sobre el escritorio había una cantidad de objetos de prestidigitación. Vio una bola de cristal sobre un trozo de terciopelo, una guillotina en miniatura, una galera, varios cajones lacados con diseños chinos, un bastón negro con puño de plata. Frente a las largas ventanas, y cubriéndolas totalmente, había un gran tanque verde que enviaba burbujas en medio de una gran bandada de peces.
—No lo creo —dijo Tom, sin aliento—. No sé por dónde empezar. ¿Todo esto es realmente tuyo?
—Bien, no lo recibí todo a la vez —dijo Del—. Hace años que tengo algunas de estas cosas…, desde que yo tenía diez. Entonces comencé a interesarme. Ahora estoy realmente interesado. Creo que esto es lo que quiero ser.
—¿Mago? —preguntó Tom, sorprendido.
—Sí. ¿Tú también?
—Nunca lo pensé. Pero te diré algo que acabo de pensar ahora.
Del levantó la cabeza como una paloma asustada.
—Creo que el colegio será mucho más interesante este año.
Del lo miró, encantado.
Bud Copeland trajo la Coca-cola en vasos altos con una rodaja de limón entre cubos de hielo, y durante una hora los dos muchachos examinaron la colección de Del. Con su voz ansiosa, aguda, el muchacho más pequeño explicó a Tom el funcionamiento de los trucos que le maravillaban desde que se había interesado por la magia.
—Todas estas ilusiones son instantáneas, y nadie verá jamás cómo funcionan, pero yo prefiero la magia de cerca —dijo Del—. Si puedes hacer trucos con cartas a corta distancia, puedes hacer cualquier cosa. Eso es lo que dice mi tío Cole. —Del levantó un dedo, siguiendo con el papel dramático que había asumido al colocarse el sombrero de copa—. No. No del todo. Dijo que uno podría hacer casi cualquier cosa. El puede hacer cosas que tú no creerías, y no quiere explicármelas. Dice que ciertas cosas son un arte, no sólo una ilusión, y como son arte son verdadera magia. Y no puedes explicarlas. —Del bajó el dedo, porque se dio cuenta de que acababa de entregarse a una actuación pública en un momento privado—. Bien, eso es lo que él dice, de todas maneras. Parece estar lleno de secretos e información que nadie más conoce. Es un poco raro, y a veces es capaz de asustarte, pero es el mejor que existe. Al menos, eso es lo que pienso —su rostro era el de un pequeño derviche negro.
—¿Es un mago?
—El mejor. Pero no trabaja como los demás… en clubs o en teatros.
—¿Entonces dónde trabaja?
—En casa. Da espectáculos privados. Bien, no son realmente espectáculos. En realidad son para sí mismo. Es difícil de explicar. Tal vez algún día le conocerás. Entonces verás.
Del se sentó en su cama, mirando a Tom como si lamentara haber dicho tanto. El orgullo por su tío parecía luchar con otras fuerzas.
Entonces Tom comprendió. La intuición que le había hecho percibir la soledad del otro muchacho ahora le presentaba un hecho tan claro que necesitaba ser expresado.
—No quiere que hables sobre él. Y sobre lo que él hace.
Del asintió lentamente.
—Sí. Por Tim y Valerie.
—¿Tus padrinos?
—Sí. No lo comprenden. No podrían comprenderlo. Y, a decir verdad, en realidad está medio loco. —Del se apoyó sobre sus brazos y dijo—: Veamos lo que tú puedes hacer. ¿Tienes naipes, o quieres que usemos los míos?
Años más tarde, Tom Flanagan me describió la forma en que Del lo humilló entonces, en forma sobria, modesta, casi graciosa.
—Yo creía que era bueno con las cartas a los catorce años. Cuando mi padre enfermó me concentré en el trabajo. No quería pensar en lo que estaba sucediendo. En un mes me aprendí de memoria todos mis libros sobre prestidigitación con cartas. —Estábamos en el Red Hat Lounge, donde Sherman me había dicho que trabajaba Tom… No era una «pocilga» como la llamaba Sherman, pero apenas un poco más—. Supe que Del trabajaba muy bien cuando me mostró todo lo que tenía en su cuarto. Tenía la base de un equipo profesional, y lo sabía. Pero yo me consideraba bueno en juegos de manos con cartas…, en especial en los que se hacen a corta distancia. Me di cuenta de que él nunca me enseñaría nada. Sabía lo que yo iba a hacer antes de que lo hiciera, y lo hacía mejor. No le gustaban tampoco las cosas obvias… ni dirigir mal ni obligar a nadie. Del tenía una memoria fantástica y un gran poder de observación, y estas facultades están más relacionadas con un buen trabajo de naipes de lo que uno cree. Me dejó muy atrás… Era la persona más diestra que yo había visto —Tom rió—. Por supuesto que era el más diestro. Yo no había visto mucho antes de conocer a Del.
Del inclinó la pantalla de manera que quedó frente a la pared, y oscureció la habitación. Ahora la gran pecera bloqueaba la mayor parte de la luz que venía de afuera, y la habitación estaba en tinieblas como la biblioteca al mediodía.
—Tengo que llamar a mi madre —dijo Tom—. Se estará preguntando qué me sucedió.
—¿Tienes que marcharte ya? —preguntó Del.
—Puedo decirle que venga a buscarme dentro de una hora o algo así.
—Como quieras. Es decir, a mí me gustaría.
—A mí también.
—Perfecto. Hay un teléfono en el dormitorio de al lado. Puedes usarlo.
Tom salió al pasillo y entró en el dormitorio de al lado. Obviamente era el dormitorio que usaban los padrinos de Del; había maletas de cuero cargadas de ropa, abiertas sobre la cama sin hacer, cajas con etiquetas apiladas sobre una silla. El teléfono estaba en una de las mesitas de noche. La guía telefónica también estaba allí, y en su tapa verde se veían nombres y números telefónicos de inmobiliarias, escritos a mano.
Tom marcó el número de su casa, habló con su madre, y colgó el receptor al oír llegar un auto por el sendero. Fue hasta la ventana y vio un gran Jaguar gris que se detenía frente a las puertas del garaje. Dos personas malhumoradas bajaron del coche. Tal vez habían estado discutiendo o su mal humor provenía de una discusión permanente de toda su vida. El hombre era corpulento, rubio y apuesto; llevaba una chaqueta juvenil que no parecía ir bien con la petulancia y la irritación de su rostro. La mujer, también rubia, llevaba un vaporoso vestido azul; así como los rasgos de su marido se habían ablandado, los suyos se habían endurecido. Su rostro, tan irritado como el de él, jamás podría ser petulante. En el vestíbulo, sus voces se hicieron más intensas. Pronunciaron el apellido de Bud Copeland con fuerte acento de Boston. En cualquier casa, en la de Morris Fielding o en la de Howie Stern, éste sería el momento en que Tom iría a la escalera, se presentaría, y cambiaría algunas palabras con los dueños de la casa diciendo quién era él y qué hacía. Pero Del no lo llevaría a conocer a estas dos personas enojadas; y las dos personas enojadas se sorprenderían si lo hacía. En cambio, Tom fue hasta la puerta de la habitación de Del…, el «universo» de Del…, entró, y al hacerlo, contribuyó a dar forma a su propio universo.
Cuando llegó su madre, Tom siguió a Bud Copeland por la escalera hasta la puerta de entrada. Tim y Valerie Hillman estaban en el living lleno de cajas, con vasos en la mano, pero ni siquiera volvieron la cabeza para verlo partir. Bud Copeland abrió la puerta y dijo:
—Espero que seas un buen amigo de nuestro Del.
Tom hizo un gesto afirmativo, y obedeciendo a un reflejo extendió la mano. Bud Copeland se la estrechó cálidamente, sonriendo. Una extraña expresión de reconocimiento, que perturbó a Tom, pasó momentáneamente por el rostro del mayordomo.
—Veo que los Flanagan de Arizona son unos caballeros —dijo, reteniendo la mano del chico—. Cuídate, Colorado.
En el coche, su madre dijo:
—No sabía que habían vendido la casa a una familia de negros.
9
Tom por la noche
En su sueño, que de alguna manera estaba relacionado con Bud Copeland, un buitre le miraba. El no miraba al buitre, sino que dirigía sus ojos al suelo arenoso… Había visto buitres varias veces, esos pájaros grotescos, en los techos de las ciudades del desierto cuando viajaba con sus padres. El buitre le contemplaba con esa horrible aceptación paciente, y lo sabía todo acerca de él. Nada sorprendería al buitre ni el frío, ni el calor, ni la vida ni la muerte. El buitre lo aceptaba todo así como lo aceptaba a él. Esperaba que el mundo siguiera su curso, y el mundo siempre seguía su curso.
Este era un buitre de edad mediana. Sus plumas eran grasientas, su pico estaba oscurecido.
Primero había comido a su padre, y ahora lo devoraría a él. Nada podía detenerlo. El mundo seguía su curso, y el buitre comía lo que se le daba. El buitre era una lección de economía.
También su padre, porque su padre estaba muerto… Eso era economía propiamente dicha. Su padre era un esqueleto colgado de un árbol, y se había convertido en combustible para buitres. El horrible pájaro dio unos saltos sobre sus garras y lo examinó. Sí, aceptaba lo que veía.
Y al aceptar, le hablaba: como habrían hablado una serpiente o una comadreja o un murciélago, en tonos demasiado rápidos y sutiles para comprenderlo. Era crucial que él supiera lo que decía el buitre, pero tendría que oír muchas veces su voz rápida y sin sonido antes de comenzar a descifrar su mensaje. Esperaba no volver a oírlo jamás.
Sin preocuparse, como si Tom no fuera más importante que un arbusto o una yuca, el buitre torció la cabeza y echó a andar por el desierto.
El calor era muy intenso.
Luego, con la brusquedad de los sueños, Tom ya no estaba en el desierto sino en un valle verde y fértil. El aire era gris y lleno de humedad, el valle estaba lleno de helechos, rocas y árboles caídos. Más abajo un hombre con un abrigo largo continuaba el andar mesurado e indiferente del buitre. Se apartaba del muchacho, indiferente. Se tornó vago en el aire gris. El hombre desapareció detrás de una piedra, volvió a aparecer, y se esfumó.
En el lugar donde había estado, apareció un gran pájaro sin color que aleteó silencioso en el aire oscuro.
Tom despertó, seguro de que su padre estaba muerto. Su padre estaba acostado junto a su madre en el dormitorio, muerto. El corazón de Tom le impulsaba a seguir adelante, golpeaba dolorosamente contra sus costillas, su garganta, le obligaba a echar a un lado la sábana y a cruzar su habitación oscura hasta la puerta. Gimió, sintió que iba a gritar. La oscuridad era hostil, y le rodeaba. Salió de su habitación y fue por el pasillo hasta la habitación de sus padres.
Temblando, tomó el picaporte. El grito alojado detrás de su lengua trataba de escapar. Tom cerró los ojos y abrió suavemente la puerta. Luego abrió los ojos y entró en la habitación de sus padres.
Jadeó lo suficientemente fuerte como para despertar a su madre. Estaba sola en la gran cama. En el lado de su padre, las sábanas estaban tan estiradas como si se hubiera realizado una amputación.
—¿Tom? —dijo la madre.
—Papá.
—Ah, Tommy, está en el hospital. Para unos análisis. ¿No te acuerdas? Volverá mañana. No te preocupes, Tommy. Todo andará bien.
—Tuve una pesadilla —dijo él con voz ronca, se disculpó y volvió tambaleando a su propia cama.
10
Poesía
Antes del almuerzo al día siguiente, mientras Rachel Flanagan iba a St. Mary’s a buscar a Hartley, Tom se sentó ante su escritorio y compuso el primer y último poema de su vida. No sabía por qué de pronto quería escribir poesía… Nunca la leía, apenas sabía lo que era, y su idea de la poesía era la estrofa sentenciosa que le habían hecho aprender en la Escuela Elemental:
Allí está el hombre, con el alma tan muerta
que nunca se ha dicho a sí mismo:
ésta es mi tierra, ¡mi tierra natal!
Sus propios versos parecían tan distintos de la verdadera poesía que no se tomó la molestia de ponerles título.
Esto es lo que escribió:
Hombre en el aire, ¿vuelas con tus propias alas?
Los animales y los pájaros te hablan,
y tú en el aire los comprendes.
El béisbol, la magia, los sueños atribulan
mi mente, los naipes persiguen a otros naipes
y se dispersan en un valle.
Hombre en el aire, ¿eras tú ese pájaro
que desapareció por arte de magia en la oscuridad?
Hombre en el aire, sé otra vez mi padre. Ahora,
mientras tú y yo y él tenemos tiempo.
Dos años más tarde, cuando luchaba por escribir un poema que le había indicado como tarea el señor Fitz-Hallan para la clase de inglés, descubrió que era incapaz de hacerlo, aunque tratara de seguir las indicaciones de Fitz-Hallan. («Podrías comenzar todos los versos con la misma palabra. O nombrar un color en cada verso. O terminar cada verso con el nombre de un país diferente.») Sacó el viejo poema de su escritorio y, sin saber qué hacer, lo entregó. El poema volvió con una muy buena nota y el comentario en letra cursiva de Fitz-Hallan: «Este poema es sensible y maduro, y debe haberte resultado difícil escribirlo. ¿No le has puesto título? Me gustaría publicarlo en la revista de la escuela, si lo permites.»
Bajo el título «Cuando todos vivíamos en el bosque» apareció en el número invernal de la revista de la escuela.
11
Más frío que un muñeco de nieve
En el gran salón del extremo del pasillo, desfilamos ante las dos hileras de asientos en nuestro primer acto escolar. El señor Broome, la señora Olinger y un hombre alto de pelo gris, con un rostro largo y severo, que parecía presidente de un Banco, estaban sentados en sillas plegables entre nosotros. Los de segundo año detrás, luego los de tercero, y los del curso superior en las últimas filas. Advertí que casi todos los muchachos llevaban una camisa azul y una corbata rayada bajo la chaqueta; muchos de ellos llevaban trajes enteros. En conjunto, los alumnos de las clases elementales y superiores tenían buen aspecto. Eran privilegiados, y el privilegio les rodeaba como una armadura. En sus rostros se veía la seguridad de que nunca tendrían que tomar nada en serio. Por primera vez en mi vida comprendí el viejo adagio de que los ricos eran más atractivos.
El señor Broome se puso de pie y se dirigió al atril. Recorrió las primeras filas con sus ojos, y luego su rostro adoptó una seca máscara administrativa.
—Muchachos. Comencemos con una plegaria.
Hubo algunos ruidos, mientras un centenar de muchachos se ponían de rodillas.
—Danos la sabiduría de saber qué está bien, y la comprensión para saber qué es bueno. Aprovechemos el conocimiento, y usémoslo para convertirnos en hombres mejores. Pasemos este nuevo año escolar con esperanza, con diligencia y disciplina, y con aplicación siempre renovada. Amén.
Levantó la mirada.
—Bien. Comenzamos un nuevo año. ¿Qué significa esto? Significa que se les pedirá a ustedes que hagan un gran esfuerzo. Se les pedirá que trabajen con más intensidad que nunca, y que abran sus mentes. La universidad está un poco más cerca para todos, y la universidad no es para haraganes. Por lo tanto, aquí no permitimos flojos ni haraganes. Presten atención a esto especialmente, alumnos de los cursos superiores, tendrán muchos obstáculos que vencer este año. Pero nuestra escuela no se propone educar el intelecto a expensas del espíritu. Y estoy seguro de que el espíritu se manifiesta en primer lugar en el espíritu escolar. Algunos de ustedes no durarán hasta fin de año, y eso no siempre se deberá a la estupidez. Ustedes pueden, en realidad deben, demostrar su espíritu escolar en su comportamiento, en su trabajo en la clase y en su trabajo atlético, en sus relaciones entre ustedes. En la honestidad. En la dedicación. Probaremos todo esto. Les aseguro, alumnos de los primeros y de los últimos cursos y de los cursos intermedios, que no vacilamos en deshacernos de los que fracasan. Otras escuelas tienen mucho lugar para ellos. Pero nosotros no los toleraremos. Porque es el alumno quien fracasa, no la escuela. Les damos el mundo, caballeros, pero ustedes deben mostrarse dignos de él. Eso es todo. Primero saldrán los alumnos de los cursos superiores.
—Más frío que un muñeco de nieve —murmuró Sherman mientras permanecíamos en el mismo lugar—. Espera a oír el de los perros.
12
El hombre alto de cabello gris y aspecto de empleado de Banco que se hallaba junto al señor Broome era el señor Thorpe, y ya estaba ante su mesa cuando entramos en su habitación. Era una de las diminutas habitaciones con paneles de madera en la parte vieja de la escuela, con una atmósfera tan cargada que parecía envolvernos como una manta. Un muchacho de espesos cabellos rubios y gafas negras estaba de pie junto al profesor. Obviamente habían estado hablando, y guardaron silencio mientras nos sentábamos.
El señor Thorpe dijo:
—Este es Miles Teagarden, un alumno del último curso. Dedicará un rato a explicarnos las normas de los alumnos del primer curso. Escúchenlo. Es el celador, uno de los líderes de esta escuela. Comience, señor Teagarden.
Thorpe se apoyó en el respaldo de su silla y nos miró con benevolencia.
—Gracias, señor Thorpe —dijo el alumno del curso superior—. Nada tienen que temer de sus comienzos como alumnos del primer curso. Si están bien familiarizados con todo lo que tienen que saber, les irá bien. Tienen sus gorras y sus listas. Usen la gorra en todo momento cuando no estén en clase y en el camino de la escuela a su casa. Usen la gorra en todas las funciones atléticas y en todas las funciones sociales. Diríjanse a todos los alumnos de las clases superiores llamándolos «señor». Aprendan nuestros nombres. Eso es esencial. También lo es aprender las canciones y el resto de la información que se encuentra en las hojas. Si un alumno del curso superior deja caer sus libros al suelo, recójanlos. Llévenlos adonde él les indique. Si un alumno del curso superior está parado frente a una puerta, salúdenlo por su nombre y abran la puerta. Si un alumno del curso superior les dice que le aten los cordones de los zapatos, átenle los cordones de los zapatos y denle las gracias. Hagan cualquier cosa que un alumno del curso superior les indique. Inmediatamente. Aunque les parezca ridículo. ¿Entienden? Y si un alumno del curso superior les hace una pregunta, llámenlo por su nombre y respóndanle. Obedezcan las reglas y tendrán un buen comienzo.
—¿Eso es todo? —preguntó el señor Thorpe—. Si es así, puedes marcharte.
Teagarden recogió una pila de libros del escritorio de Thorpe y salió apresuradamente de la salita. Thorpe siguió mirándonos, pero ya sin benevolencia.
—¿Por qué es importante todo esto? —Hizo una pausa, pero nadie trató de responder—. ¿Qué destacó particularmente el señor Broome en la reunión de esta mañana? ¿Bien?
Un muchacho que yo no conocía levantó la mano y dijo:
—El espíritu de la escuela, señor.
—Bien. Tú eres… ¿Hollingsworth? Bien, Hollingsworth. Tú escuchaste. Tus oídos estaban atentos. Seguramente los demás estaban dormidos. ¿Y qué es el espíritu de la escuela? Es poner la escuela en primer lugar. Ponerse ustedes en segundo lugar con respecto a la escuela. Aún no saben hacerlo. Miles Teagarden sabe hacerlo. Por eso es celador.
Se puso de pie y se apoyó en el estante de las tizas. Parecía inmensamente alto.
—Pero ahora llegamos al punto más lamentable. Mírense. Por favor… mírense. Por el aspecto que tienen se diría que son incapaces de encontrar el camino de su casa por la noche. Alguno de ustedes probablemente ni siquiera pueden ver porque el pelo les cubre los ojos. Se les ve descuidados, muchachos. Descuidados. Eso es ofensivo. Es un insulto. Si insultan a los alumnos de los cursos superiores con su aspecto, les aseguro que ellos se lo harán saber. Esta no es una escuela fácil. ¡No! —Gritó la última palabra, haciendo que nos enderezáramos bruscamente en nuestros asientos—. ¡No! No es una escuela fácil. Tenemos que rehacerlos, muchachos, moldearlos. Convertirlos en nuestro equipo de muchachos. De otra manera fracasarán, muchachos, fracasarán, irán hacia la desgracia o la destrucción. Destrucción, un sustantivo que significa aquello que derriba, deshace, mata, aniquila. Estarán destinados a la destrucción, destinados a la destrucción, si no aprenden las lecciones morales de esta escuela.
Thorpe aspiró aire ruidosamente y se pasó la palma de la mano por sus lacios cabellos grises. Era un horno de emociones, este Thorpe, y estas actuaciones aterradoras eran habituales en él.
13
Los profesores
Cuando pasaron las primeras semanas, las personalidades de nuestros profesores se convirtieron en algo tan fijo como las estrellas y eran tan predecibles sus excentricidades como las posturas de las estatuas de mármol. El señor Thorpe gritaba y perseguía; el señor Fitz-Hallan seducía; el señor Whipple, incapaz de inspirar terror o amor, oscilaba tratando de inspirar las dos cosas y, por lo tanto, era despreciado. El señor Weatherbee revelaba ser un maestro natural, y nos conducía con gran dominio por los primeros pasos del álgebra. (Dave Brick resultó ser un genio matemático y comenzó a usar una ostentosa regla de cálculo en un estuche abrochado a su cinturón.) Thorpe era capaz de congelarle a uno el estómago y la mente; Fitz-Hallan, cuya familia era rica, devolvía su salario a la escuela y de esa manera ganaba el privilegio de enseñar lo que quería: Los cuentos de Grimm, La Odisea, Grandes esperanzas y Huckleberry Finn, y E. B. White para el estilo; Whipple era tan haragán que dedicaba gran parte de la clase a leer en voz alta el texto. Su único verdadero interés eran los deportes, donde actuaba como asistente de Ridpath.
Sus vidas fuera de la escuela eran inimaginables para nosotros; en los bailes, veíamos a las esposas, pero nunca pudimos creer realmente en ellas. Sus casas también eran misteriosas, como si ellos, al igual que nosotros, no tuvieran esposas sino padres, y tanta tarea que sus verdaderos hogares fueran el edificio viejo, el anexo moderno y el área de deportes.
14
Acabábamos de salir del aula de Fitz-Hallan, y algunos alumnos del curso superior salían de una clase de francés en el aula de al lado. Bobby Hollingsworth había identificado a la mayoría de los muchachos mayores, para los que éramos nuevos en la escuela, y yo conocía la mayoría de sus nombres. Adoptaron una actitud decidida y superior al observar que estábamos sacando libros de nuestros armarios. Se acercaron en cuanto Fitz-Hallan desapareció en su oficina. Steve Ridpath se colocó directamente frente a mí. Tuve que mirarlo a la cara. Yo era vagamente consciente de que un celador llamado Terry Peters se había parado frente a Del Nightingale, y de que otro alumno del curso superior llamado Hollis Wax le quitaba la gorra de la cabeza a Dave Brick. Los otros tres o cuatro alumnos del curso superior nos miraron, sonrieron a Hollis Wax (que no era más alto que Dave Brick) y siguieron caminando por el pasillo.
—¿Cómo me llamo? —preguntó Steve Ridpath.
Se lo dije.
—¿Y cómo te llamas tú, insecto?
Le dije mi nombre.
—Recoge mis libros. —Llevaba cuatro pesados libros de texto y una pila de papeles bajo un brazo, y los dejó caer al suelo—. Date prisa, imbécil. Tengo clase.
—Sí, señor Ridpath —dije, y me agaché.
El estaba tan cerca que tuve que retroceder agachado dentro de mi armario para recoger sus libros. Cuando me incorporé, él se había inclinado para mirarme directamente a la cara.
—Porquería —dijo.
La razón de su apodo era más aparente que antes. Excepcionalmente flaco, Esqueleto Ridpath, desde cierta distancia, parecía un muñeco de palo vestido; los puños de la camisa le caían sobre las manos, los cuellos le quedaban muy grandes. De cerca, su rostro era tan delgado que la piel brillaba con un color blanquecino; una cierta flojedad bajo los ojos era la única carne visible. Por encima de esas bolsitas grisáceas, sus ojos eran muy pálidos, casi blancos, como los blue jeans viejos. Sus cejas eran dos leves trazos de color marrón plateado. En el aire entre nosotros había un fuerte olor a Old Spice, aunque su piel parecía demasiado estirada como para tener barba: como si no tuviera lugar en ella.
—Has mezclado las hojas —dijo, y puso una hoja de papel doblada bajo mi nariz—. Cinco verticales, ahora mismo.
—Ah, vamos, Steve —dijo Hollis Wax.
Vi que Hollis Wax había «enlazado» a Dave Brick, que ahora estaba en posición de firmes, con los brazos extendidos en ángulo recto ante él, cargados con los libros de Wax.
—Cállate. Cinco. Ahora mismo.
Pasé junto a Ridpath e hice cinco verticales en el corredor.
—¿Quién fue el primer director, porquería?
—B. Thurman Banter.
—¿Cuándo fundó la escuela y cuál era su nombre entonces?
—Fundó la Academia Lodestar en 1894.
Me puse en pie.
—Mierda —me silbó, con el rostro contorsionado.
Luego se volvió, extendió su brazo de simio y me dio un puñetazo en la cabeza… que llegó a dolerme Sus nudillos parecían agujas. El golpe no me sorprendió: había visto el odio irracional en sus ojos. Movió su cabeza huesuda y me miró con alegría.
—Vamos. Tengo que ir a clase.
Pero nos detuvimos unos pasos después.
—¿Quién es este gordo asqueroso, Waxy?
—Brick —dijo Wax.
Dave Brick transpiraba, y la gorra se le había caído hasta taparle los ojos.
—Brick. Dios mío. Míralo. —Ridpath tomó a Brick por el mentón y le retorció la piel entre dos de sus largos dedos—. ¿Cuántos libros hay en la biblioteca, Brick? ¿Cuál es mi nombre, Brick? —Hundió uno de sus dedos huesudos en la mejilla de Brick y la presionó contra los dientes—. No lo sabes, ¿eh, imbécil?
—No, señor —respondió Brick casi llorando.
—Señor Ridpath. Ese es mi nombre, estúpido. Recuérdalo, Brick el Pito. Será mejor que te cortes ese horrible pelo de zulú. Tiene más grasa que la que tienen la mayor parte de los tipos en las orejas.
Yo estaba junto a él con sus libros, y vi a Tom Flanagan y a Bobby Hollingsworth que venían hacia nosotros. Se detuvieron en mitad del pasillo.
—¿Y quién es esta bola de grasa? —preguntó Ridpath a Terry Peters.
—Nightingale —respondió Peters.
—¡Ah! Nightingale —repitió Ridpath—. Tendría que haberlo sabido. Pareces un griego de mierda, ¿verdad, Nightingale? Así que sabes mucho de cartas, ¿eh? Ya me ocuparé de ti más tarde, pajarito. Ese es un buen nombre para ti. Te oí piar. —Parecía muy excitado. Volvió su horrible rostro hacia mí—. Vamos, porquería. Ah, mierda. Dame los libros.
El, Peters y Wax corrieron por el vestíbulo en dirección al sector antiguo.
—Parece que ya tenéis sobrenombres —comentó Tom Flanagan.
15
Dave Brick estaba destinado a llevar el nombre obsceno que le había dado Esqueleto Ridpath, pero Del Nightingale lo pasó peor durante el entrenamiento de fútbol americano del viernes por la noche, en la primera semana de octubre. Del, Morris Fielding, Bobby Sherman y yo estábamos sentados en el banco con otros…, gente de primero y segundo año… Nuestro equipo había perdido el primer partido la semana anterior. Chip Hogan hizo nuestro único tanto. El tanteo final fue veintiuno a siete, y el señor Whipple y el señor Ridpath dedicaron los cuatro entrenamientos siguientes a dirigirnos frenéticamente en los ejercicios y tácticas de juego. Sherman y yo odiábamos el fútbol americano, y esperábamos el año siguiente, en que podríamos cambiarlo por el otro fútbol; Morris Fielding tenía pocas aptitudes pero lo toleraba bien y jugó con una persistencia empecinada que Ridpath admiraba; Del, que pesaba poco más de cuarenta y cinco kilos, no tenía remedio. Con el equipo acolchado que nos daba a todos aspecto de estar hinchados, Del parecía un mosquito aplastado bajo bolsas de arena. Todos los ejercicios lo cansaban, y después de correr y saltar, apenas podía mover las piernas durante el resto de las prácticas.
Después del salto de rana, Ridpath nos hizo formar en fila ante el artefacto para practicar tackle. Era una pesada estructura de metal como un trineo sobre rieles, y los palos delanteros estaban forrados y tenían el tamaño de un punching-ball. Nosotros estábamos formados en dos largas filas, y corríamos de dos en dos hasta los palos y tratábamos de mover el artefacto. Chip Hogan y tres o cuatro muchachos lograron hacerlo girar en círculo. Morris Fielding y yo lo empujamos unos treinta centímetros. Cuando Tom Flanagan y Del lo golpearon, el lado de Tom se movió bruscamente y el de Del nada en absoluto. Los dos muchachos cayeron al suelo.
—Enderécenlo y vuelvan a hacerlo —gritó el señor Ridpath—. Empújenlo hacia atrás… necesitamos bloqueo.
Flanagan y Nightingale empujaron el pesado artefacto hacia atrás hasta llevarlo donde estaba antes. Se abalanzaron sobre él y golpearon. Otra vez el peso de Tom le imprimió un movimiento lateral y Del cayó al suelo.
—¿Quién eres tú, Florencia Nightingale? —gritó Ridpath.
Florencia. Ese nombre absurdamente Victoriano: Ridpath se rió de su propia invención, y todos nosotros nos reímos también: Del había quedado bautizado. En ese momento apareció Whipple, angelical y con el rostro enrojecido y su chaqueta de instructor, y el señor Ridpath corrió por el campo hacia el lugar donde el equipo de primera comenzaba en ese momento a hacer gimnasia; pero el cambio de instructores llegó demasiado tarde para Del.
—Apóyate sobre mis hombros, Florencia…, yo lo moveré —gritó un muchacho musculoso y amable llamado Pete Baylis. Y a Del le quedó el nombre.
Durante el resto de la hora proseguimos con las prácticas.
Compartíamos un vestuario con los muchachos mayores, y después del entreno, cuando ya se habían guardado los equipos y acabábamos de volver de las duchas, los muchachos del equipo de primera entraron ruidosamente en ese lugar con olor a transpiración y lleno de ecos. Esqueleto Ridpath estaba entre ellos, muy sucio y con un hematoma en la mejilla izquierda… Jugaba porque su padre le obligaba, y en el último tiempo del partido del equipo de primera que siguió al nuestro, cometió dos fouls.
Los alumnos de tercero y cuarto comenzaron a arrojar sus cascos en los armarios, gritándose unos a otros. Esqueleto Ridpath se desvistió más lentamente que los otros, y estaba quitándose las almohadillas cuando la mayoría de los otros jugadores ya estaban en las duchas del otro lado del vestuario. Vi que nos miraba, sonriéndose. Una vez que estuvo en calzoncillos, se puso de pie, pasó por encima del banco y se acercó a nosotros.
—Ahora también admiten niñas, creo —dijo, mirando a Del Nightingale. Del había bajado la cabeza y se estaba poniendo los pantalones—. Eh, Florencia. ¿Sabes lo que les sucede a las chicas cuando las atrapan en los vestuarios? ¿Eh?
—Cállate —dijo Tom Flanagan.
Ridpath levantó una mano como si estuviera por abofetear a Flanagan… Se encontraba por lo menos a dos metros de distancia.
—Idiota. Estoy hablando con tu novia. ¿Eso eres, Florencia? ¿Su novia?
Dio un paso adelante: era por lo menos el doble de alto que Del, y parecía una larga lombriz blanca. Además parecía loco, invadido por algún odio oculto y creciente: era obvio que sus comentarios no eran insultos escolares comunes, y los diez o doce que quedamos en la habitación permanecimos inmóviles, realmente incapaces de imaginar qué podría llegar a hacer. Por un segundo pareció un gigante demente y furioso.
Su rostro golpeado se torció en una mueca y dijo:
—¿Por qué no chupas…?
Tom Flanagan salió del banco como una bala y corrió hacia él.
Esqueleto adelantó un puño y le dio a Tom en el pecho. Luego salió saliva de su boca, en su rostro se veía furia y desconcierto, y le dio un empujón a Tom que volvió a arrojarlo en nuestro banco.
Bryce Beaver, uno de los alumnos de cuarto año a quien más tarde expulsarían por fumar, volvió desnudo de la ducha, con una toalla verde de la escuela alrededor del cuello.
—Eh, Esqueleto, ¿qué carajo estás haciendo? —preguntó estupefacto—. Tu padre estará aquí dentro de un segundo.
—Odio a estas mierditas —dijo Esqueleto con una mueca de odio en su rostro sucio y golpeado, y se volvió. De espaldas se le veía flaco y frágil.
Se abrió la puerta y se cerró de inmediato. La voz del señor Whipple llegó a nosotros diciendo:
—… Trabajen en esos ejercicios, que Hogan encuentre…
Bryce Beaver sacudió la cabeza y comenzó a secarse las piernas con la toalla. El señor Ridpath y el señor Whipple entraron en el vestuario, trayendo consigo un aroma de aire fresco, que sólo duró un momento. Observé que el señor Ridpath luchaba por conservar su sonrisa mientras miraba a su hijo.
16
Dos semanas más tarde, durante el entrenamiento de los alumnos de los cursos superiores, vi que Tom Flanagan hacía caer repetidamente a Esqueleto Ridpath, aunque el juego estuviera del otro lado del campo. La tercera vez que esto sucedió, Esqueleto esperó a que Whipple mirara hacia otro lado y dio un puntapié a Tom en la cara. En el juego siguiente, Tom Flanagan tacleó y lo arrojó al suelo tan salvajemente que yo oí el ruido desde la tribuna.
—¡Muy bien! ¡Muy bien! —grito el señor Ridpath—. ¡Eso se llama espíritu!
17
Medianoche, sábado: dos dormitorios
En la habitación de Del, los muchachos estaban acostados cada uno en su cama, charlando en la oscuridad. Tim y Valerie Hillman hacían demasiado ruido como para que pudieran dormir; Tom oía a Tim Hillman que gritaba: «¡Puta! ¡Puta!», cada tanto. Los dos Hillman habían estado borrachos durante la cena, Tim más que Valerie. Bud Copeland había atendido a los muchachos en la cocina, luego despejó la mesa y dijo:
—Esta noche hay problemas. Ustedes, muchachos, acuéstense temprano y tápense los oídos.
Pero no era posible. Los gritos de Tim y las bruscas intervenciones de Valerie resonaban en toda la casa.
—El tío Cole dice que Tim bebe tanto que se convierte en otra persona —dijo Del en la oscuridad—. Si está borracho, es otra persona. O preferiría serlo.
—¿Preferiría ser eso?
—Eso creo.
—Caramba.
—Bien, el tío Cole nunca se equivoca. Créeme. Nunca se equivoca en nada. ¿Quieres saber lo que dice de la magia?
—Claro que sí.
—Es como lo que decía sobre Tim. Dice que un mago debe estar aparte de la vida cotidiana… Tiene que convertirse en una nueva persona, porque tiene un proyecto especial. Para hacer magia, para hacer magia importante, debe saberse parte del universo.
—¿Parte del universo?
—Una pequeña parte que contiene a todo el resto. Todo lo que hay fuera de él está también dentro de él. ¿Te das cuenta?
—Creo que sí.
—Bien, si te das cuenta, comprenderás por qué quiero ser un mago. La ciencia es pura cabeza, ¿entiendes? Los deportes son todo cuerpo. Un mago utiliza todo su ser. El tío Cole dice que un mago está en síntesis. Síntesis. Dice que uno es en parte música y en parte sangre, en parte un pensador y en parte un asesino. Y si puedes encontrar todo eso dentro de ti y controlarlo, mereces ocupar un lugar aparte.
—De manera que esto tiene que ver con el control. Con el poder.
—Claro qué sí. Con ser Dios.
Tom sabía que Del esperaba que respondiera, pero no podía. Aunque no era religioso y no había entrado en una iglesia desde la Navidad anterior, el último comentario de Del lo había turbado profundamente.
Desde el otro lado de la habitación, oía la sonrisa de Del.
—Vi lo que le hiciste a Esqueleto, ¿sabes? Tú también eres un asesino.
El susodicho Esqueleto, que estaba seguro de ser un asesino, estaba como los dos muchachos más jóvenes en una cama en una habitación oscura. Lo que pasaba por su mente era sorprendentemente similar (la similitud por cierto habría sorprendido a Del Nightingale) al contenido de la conversación de los muchachos. Música, y no gritos, era lo que llenaba el aire alrededor de él…, un disco de Bo Diddley. Fuerte: música tan densa y tan penetrante que parecía adentrarse en su piel, meterse entre él y la cama y levantar su cuerpo para hacerlo flotar.
Esqueleto sabía que él era una parte del universo, y que el odio que era su parte mejor y más fuerte atravesaba el universo como una barra de acero. Esqueleto también había visto buitres en el desierto, y violentas franjas de color en el cielo del desierto, y había visto la arena, lejos de la ciudad, que se torna púrpura y roja al llegar la noche. Aun en su infancia frustrada y vacía, sabía que esas cosas le pertenecían, que daban la misma nota que los negros sentimientos en su interior. Las otras personas eran conejos enceguecidos y engañados: miraban el desierto y veían lo que ellos llamaban «belleza», se mantenían detrás de una pared. Otras personas tenían miedo de ver la verdad dentro de sí mismas, que era también la verdad en el corazón del mundo. Todo hombre era un asesino…, eso era lo que Esqueleto sabía. Cada hoja, grano de arena, contenía en sí un asesino. Si uno tocaba un árbol, sentía una onda de negrura que salía de él, que surgía del suelo y respiraba por la corteza.
Y después, cuando se puso a trabajar cada vez más en sus «objetos», cuando colocó imágenes de dolor y de miedo en sus paredes, comenzó a acercarse cada vez más a la verdad. Esqueleto había empezado a tener ideas sobre sus «objetos», ideas que apenas podía contemplar. Eran una unidad, esa unidad que era Esqueleto Ridpath, pero eran algo más.
Y últimamente…
Últimamente…
Al espiar sus nuevas ideas había visto reflejos de su poder. Un hombre estaba mostrándole cuánta razón tenía y qué poco sabía todavía. Era como si el hombre hubiera saltado fuera de esas paredes, hubiera salido de las «cosas» y hubiera levantado su sombrero de alas anchas para mostrar el rostro de una bestia. El hombre, que estaba en todas partes y en ninguna parte, en sus sueños y desapareciendo mientras pasaba de una habitación a otra, era animal, árbol, desierto, pájaro… Llevaba un abrigo largo, su sombrero le ocultaba la cara… El era lo real. Hablaba con Esqueleto cuando Esqueleto pensaba en él; y esto es lo que le decía: He venido a salvarte la vida. Quería algo del pobre Esqueleto, su voluntad se dirigía al pobre Esqueleto, y el pobre Esqueleto se habría cortado todos los dedos de una mano por él. Tenía el poder de hacer que un rey pareciera débil. Era como la música en el corazón de la música, lo que los músicos tocarían si tuvieran una altura de tres metros y medio y estuvieran hechos de trueno y lluvia.
El es yo, pensó Esqueleto. Yo. Sonrió en la oscuridad a la imagen de un pájaro gigantesco.
18
«La muchacha de los gansos»
—«Había una vez una vieja reina, cuyo marido había muerto mucho tiempo atrás, y tenía una hermosa hija» —leyó el señor Fitz-Hallan—. Primera oración del cuento La muchacha de los gansos. ¿Sobre qué nos dice que será la historia?
—Sobre la hermosa hija —respondió Bobby Hollingsworth, levantando la mano.
—Muy bien. Vieja reina, rey muerto, hija joven y hermosa. Pronto estará sola en el mundo, sospechamos. Al fin y al cabo, ya es medio huérfana. Si este cuento es típico, pronto la enviarán en busca de algo… Y aquí está, en la segunda oración. La envían a casarse con un príncipe, en un lugar lejano. ¿Qué le sucede?
—Tiene una criada malvada que la aterroriza y la obliga a ocupar su lugar —dijo Howie Stern.
—Exactamente. ¿Recuerdan lo que dijimos sobre la identidad en estos cuentos? Aquí lo tenemos otra vez. La criada roba la identidad de la heroína. El talismán mágico, la tela con tres gotas de sangre, se pierde, y la sirvienta malvada adquiere poder sobre la princesa. Toma sus ropas y hace que la princesa se vista con harapos. Las ropas pueden representar la identidad… Con ellas señalamos lo que somos. De manera que la criada se casa con el príncipe, y la verdadera princesa es enviada a trabajar con Conrad, que cuida los gansos. ¿Podría suceder esto realmente?
—No —respondió Bob Sherman—. Nunca. Habría millones de formas en que se podría distinguir a una princesa de su criada. No hablarían de la misma manera. Ni siquiera llevarían las mismas ropas de la misma manera.
—Montones de pequeñas diferencias sociales —dijo Fitz-Hallan—. Muy bien. Pero la historia dice que es posible que a uno le roben la identidad, y aunque usted tiene razón, eso es algo más profundo que la clase. En otros cuentos, las sombras de los hombres reemplazan a sus dueños y hacen que los hombres actúen como sombras. Eso es aún más absurdo, pero también más aterrador. Si las identidades pueden robarse, alguien, incluso un objeto, puede robar la identidad de ustedes. —Hizo una pausa para que digiriéramos esto—. ¿Cómo recupera su lugar la hermosa princesa?
Del respondió:
—El padre del príncipe le hace contar su historia a una estufa y escucha por la chimenea de la estufa. Así descubre quién es ella.
—Sí, pero ¿por qué sospechó?
—Falada —respondió Tom.
—Falada. El caballo que le había regalado su madre.
—Es magia… Ella recupera su lugar a través de la magia —dijo Del. Sonreía.
—Usted irá lejos —dijo Fitz-Hallan—. Magia. La mala criada hace cortar la cabeza a Falada y la clava en una pared, y Conrad, el muchacho de los gansos, oye hablar a la cabeza del caballo y oye la respuesta que da la cabeza: «Ah, pobre princesa desesperada, / si tu madre supiera, / se le partiría el corazón.» El mundo natural del sentido común y de la diferencia social ha quedado a un lado y la magia se hace cargo de las cosas. Habla en poesía. Cambia el mundo. ¿Recuerdan esta primera oración? «Había una vez…» No importa lo que viene después de eso; cuando uno oye palabras así, sabe que las reglas comunes no se aplican… Los animales hablan, las personas se convierten en animales, el mundo se vuelve del revés. Pero, al final… —levantó la mano.
—Se da la vuelta nuevamente —dijo Del—. Se endereza mágicamente.
—A veces usted dice las cosas bien, Nightingale —dijo el señor Fitz-Hallan.
Sonó el timbre; terminó la clase; yo estaba admirándome de la excelente distribución del tiempo del señor Fitz-Hallan cuando presencié algo que al principio me pareció que más bien formaba parte del mundo que estábamos analizando y no del mundo de la escuela. El señor Fitz-Hallan y los otros estaban recogiendo sus libros. Yo estaba sentado junto a Tom Flanagan, y oí que dejaba escapar una pequeña queja, más de desagrado que de asombro. Miré, y vi su lápiz flotando en el aire a unos treinta centímetros de su cuaderno. Tom estiró la mano para tomarlo y lo quitó de allí. Vi (creí ver) que por un momento el lápiz se resistía, como si estuviera pegado en el aire.
Flanagan se ruborizó y metió el lápiz en el bolsillo de su camisa. Cuando me vio con la boca abierta, me miró con mala cara y se encogió de hombros: ¿Qué tiene de gracioso? Decidí que lo que había visto era una mímica sin sentido pero inteligente: había arrojado el lápiz hacia arriba, y yo había mirado en el mismo momento en que el lápiz dejaba de ascender y comenzaba a bajar.
19
Las dos y media de la noche. De pronto, completamente despierto, Esqueleto Ridpath echó a un lado las sábanas. La casa estaba opresivamente calurosa. Por la pared lateral oía roncar a su padre: una inhalación ahogada seguida por un ruido ronco, casi húmedo, que le provocaba estremecimientos. Hizo una mueca de odio y encendió la luz junto a su cama.
Y casi gritó, porque directamente sobre él, a dos metros y medio de sus ojos, estaba la última imagen que había visto antes de despertar… Un gran pájaro gris, que abría sus alas y extendía sus garras. No, no era idéntico a la imagen. El pájaro cuya imagen había adherido al cielo raso era un águila, pero el pájaro que había perturbado su sueño era…, no lo sabía, pero no era un águila. Estaba frente a la ventana, golpeando el marco con sus alas. Trataba de entrar, le ordenaba que le dejara entrar, y el terror de lo que sucedería lo había despertado. El pájaro frente a la ventana hacía ruido…, le hablaba, le daba órdenes… Y ahora se daba cuenta de que provenía de los ronquidos horribles de su padre.
Se calmó, dejó que el otro pájaro disminuyera de tamaño en su mente, y observó las imágenes tranquilizadoras que rodeaban al águila. Cañones de rifles, muchos cadáveres manchados de sangre, un bebé ensartado en una lanza. Estos gradualmente se esfumaron hacia un espacio lleno de automóviles y artefactos del hogar y fotografías de mujeres a las que había quitado la cara. En el lugar de ésta había pegado máscaras de animales, zorros y monos.
Diferentes áreas de sus paredes eran diferentes «cosas», que ahora se fusionaban en una única «cosa» que lo abarcaba todo. Sabía que eso sucedería, hacía mucho tiempo, años, que lo sabía, cuando había abandonado todos sus otros pasatiempos y había comenzado a poner láminas en las paredes. Esqueleto había anticipado el día en que, guiadas por un poderoso impulso, todas las láminas formarían una sola afirmación épica.
Había comenzado por seleccionar láminas de los objetos que odiaba, cosas que representaban el modo de vida de Carson: autos nuevos y neveras grotescamente grandes llenas de comida; casas de campo, mujeres bien vestidas de los barrios ricos, jugadores de fútbol americano. Porque odiaba estas cosas, porque su padre y los colegas de su padre las aceptaban como valores, porque eran elementos de un mundo que él quería hacer pedazos, le provocaban una excitación perversa: las odiaba, pero le gustaba mirarlas. Ahora recortaba todas las láminas grotescas que veía, y ponía horrores en las representaciones de la vida suburbana que detestaba. En algunos lugares había cuatro capas de fotografías adheridas a la pared. De los «objetos» viejos, más suaves, había pasado a sus verdaderas imágenes. Esqueleto sabía que estaba mejorando.
Un año atrás, le encantaba la idea de que lo que estaba haciendo llenaba su habitación de sí mismo: de manera que cuando estaba allí era como estar y moverse dentro de su propia mente. Cuando llegó a esta idea (mientras comía carne sin sabor y apartaba la cara del perpetuo monólogo de su padre sobre deportes) se estremeció tan violentamente que hizo caer la Coca-cola de la mesa.
Pero durante el verano siguiente, esta visión de su cuarto fue dominada por una visión aún más intensa y peligrosa. Rara vez se permitía pensar mucho en esto, pero el elemento esencial ardía en su mente todas las veces que cerraba la puerta tras sí.
La habitación no se abría hacia adentro, sino hacia afuera. No era un espejo.
La habitación era una ventana.
Era un compartimiento que se abría al cielo, y que mostraba en forma fragmentaria, sólo gradualmente revelada, lo que realmente había afuera.
Últimamente el hombre del abrigo oscuro, un hombre como las cosas oscuras y los lobos que planeaban intrigas en la puerta en los cuentos de hadas de Fitz-Hallan, había comenzado a aparecer en sus paredes. Cuando encontrara al verdadero hombre (¿o cuando el verdadero hombre lo encontrase a él?), con el ala de su sombrero ocultando su cara y su dedo acusador, todo se fundiría en una sola cosa.
Esqueleto saltó de la cama y comenzó a buscar en el montón de revistas junto a la cama.
Tom dijo:
»Ya ves, hay un misterio en nuestra escuela, y el final del misterio fue la cosa terrible que sucedió cuando Del y yo estábamos dando nuestro espectáculo de magia. Pero ésa no fue la respuesta del misterio, sólo su conclusión. La respuesta estaba en la Tierra de las Sombras; o la respuesta era la Tierra de las Sombras.
»Esqueleto tenía visiones de un hombre con un largo abrigo y un sombrero…, el hombre que yo había visto en un sueño.
»Por supuesto que yo no sabía nada de las visiones de Esqueleto, y de nada me habría servido saberlo. Ya viste lo que sucedió aquel día en la clase de Fitz-Hallan, cuando mi lápiz quedó prendido a algo en el aire… y, te vi pensar inmediatamente que tus ojos te habían engañado de alguna manera, A pesar de lo que yo mismo había visto, habría pensado lo mismo. Al fin y al cabo, siempre es mejor buscar las explicaciones más racionales para los acontecimientos aparentemente irracionales. Cualquier mago te lo dirá… Mira cómo descartan universalmente a personas como Uri Geller.
»Pero me viste enrojecer. Me habían estado sucediendo cosas raras. Apenas tenía el vocabulario para expresarlas. “Pesadillas” era una forma de decirlo, pero no transmitía la atmósfera. ¿Y existe algo que pueda llamarse “pesadilla diurna”? De todas maneras, nunca se lo comuniqué a nadie, ni siquiera a Del, pero me sucedían cosas extrañas… Algunos días, era como si no me despertara en absoluto, sino que fuera a la escuela y pasara el resto del día en una especie de sueño, lleno de terribles insinuaciones y presagios.
»¿Quieres ejemplos? Por un lado, a veces imaginaba que los pájaros me miraban…, que me observaban, me seguían. En él camino de regreso para almorzar, veía una bandada de gorriones, y todos me miraban directamente. Cada uno de ellos me penetraba con sus rápidos ojitos. En casa, miraba por la ventana del living, y un petirrojo de nuestro jardín bajaba la cabeza y me observaba a través del vidrio, como si tuviera algo que decirme. Pero eso no es nada. Me hacía pensar que tal vez me estaba volviendo loco, pero no era nada.
»Había otras cosas más inquietantes. Recuerdo un día, una semana o dos antes de nuestros exámenes del primer término, cuando entré por la puerta del frente de la escuela y casi me desmayo. Porque no veía lo que esperaba encontrar allí…, los peldaños que subían, el corredor y las puertas de la biblioteca. Por un segundo, tal vez dos o tres segundos, vi algo que parecía una jungla. El aire era caluroso y muy húmedo. Había más árboles que los que había visto en toda mi vida, todos juntos, inclinándose hacia un lado y hacia otro, cubiertos de hiedra. Tuve la sensación de una tremenda energía…, como si toda la escena zumbara. Luego vi la cara de un animal que me miraba a través de las hojas. Me asusté tanto que estuve a punto de caerme. Y salí de eso. Allí estaban los escalones, las puertas de la biblioteca, Terry Peters que me empujaba y me ordenaba seguir adelante.
»Cosas como éstas sucedían quizá una vez al mes después de hacerme amigo de Del. Estas eran “pesadillas diurnas’’. Pero además, amigo mío, estaban las pesadillas nocturnas. Yo estaba muy adelantado con respecto al resto de la escuela. Todas las noches tenía sueños terribles… Me perdía en un bosque, y, unos animales trataban de atraparme, o flotaba muy alto en el aire, sabiendo que iba a caer…, pero lo más extraño de esos sueños, por malos que fuesen, era que yo veía las cosas tal como realmente eran. Era como si el mundo se hubiera abierto, y yo viera parte del motor de las cosas… o más bien lo sintiera. Por más que me asustara, era una extraña especie de satisfacción, la satisfacción del conocimiento. Como si, a pesar de no entenderlo, por fin viera cómo funcionaba el misterio. Imagina que el cielo se abre y ves una gran rueda que gira, la rueda que nos hace girar alrededor del sol…, ésa era la clase de sensación que yo tenía.
»No siempre tenía esa sensación de misteriosa penetración, de todas maneras. En algunos sueños veía una figura negra que venía hacia mí…, que se deslizaba hacia mí, como si los dos estuviéramos suspendidos en el aire. El tenía un cuchillo. O una espada. Algo largo y peligroso. Se acercaba cada vez más, llenaba mi campo de visión… y luego me cortaba las manos. O el dolor en mis manos era tan grande que era como si me las hubieran cortado.
Miré sus manos en la barra, la zona de las cicatrices.
—Ya llegaremos a eso —dijo él.
20
Durante las semanas siguientes Esqueleto Ridpath se mostró reconcentrado en sí mismo. Su rostro se hacía más extraño, las bolsas bajo los ojos se oscurecían hasta llegar a un gris profundo. Una vez, un sábado a principios de noviembre, saltó de su coche ante una señal de stop, corrió a la acera hasta un quiosco de golosinas en el bulevar Santa Rosa, y dio un golpe a Dave Brick que casi lo hizo caer, porque Brick había olvidado ponerse la gorra. Pero las mentes de los alumnos de cuarto, como las nuestras, estaban en otra cosa. Pronto llegarían los exámenes bimestrales que, como estaban destinados a mostrar a los estudiantes y a los profesores cómo les iría en los exámenes de mitad de año en enero, fueron notoriamente difíciles. Además, una semana y media antes de los exámenes, los equipos de fútbol americano de los alumnos de los cursos superiores debían jugar los partidos de bienvenida contra Larch School, nuestro rival tradicional. En la tarde que siguió a los partidos se realizó el primer gran baile del año en la casa de deportes. Con chaquetas blancas y gorros, seis muchachos de cuarto debían esperar a los de cuarto. Todos sabíamos que Esqueleto corría el peligro de suspender los exámenes; algunos de nosotros esperábamos vanamente que tuviera que irse de la escuela. Y todos nosotros, los que debíamos hacer de camareros en el baile, esperábamos que ninguna muchacha estuviera tan desesperada por asistir al baile del Carson como para aceptar ir con Esqueleto. Todos nosotros estábamos unidos por el odio hacia Esqueleto Ridpath, y por el miedo que le teníamos. Pensábamos que Tom Flanagan era un héroe por lo que había hecho durante el partido de fútbol americano en que Ridpath le dio un puntapié en la cara. Eso, más que ninguna otra cosa, demostraba que los acontecimientos podían modificarse mágicamente. Una vez, durante esas dos o tres semanas, cuando la atención de Esqueleto se dirigía hacia otras cosas desagradables, Tom y Bobby Hollingsworth le vieron en la antesala del despacho del director. Se volvió y desapareció de su vista detrás de la arcada, y pensaron que estaba esperando un castigo de la Serpiente; dos días más tarde, Tom volvió a verlo allí cuando llevó las listas de asistencia del señor Weatherbee al despacho. Esta vez Esqueleto no se escondió detrás de la arcada, sino que extendió una de sus huesudas garras con gesto dictatorial…: vete de aquí. Tom se aparto de Esqueleto en la arcada sombría, y estuvo a punto de chocar con Bambi Whipple, que llevaba la pila de sus exámenes del bimestre. Más tarde, ese mismo día, supimos que Bryce Beaver y Harlan Willow habían sido expulsados por fumar en la caseta del campo de fútbol americano, y el enigma de Esqueleto Ridpath frente al despacho fue olvidado por la excitación que causaron las expulsiones.
Laker Broome canceló los entrenamientos después de horas de clase para realizar una reunión especial de toda la escuela; mientras el señor Ridpath se enfurecía en la última fila por perder una hora y media de preparación para el partido, Broome, con ironía y en forma meticulosa, dijo que quería eliminar las habladurías explicando que había ocurrido una «tragedia» en la vida de la escuela, y que dos muchachos capaces habían caído en desgracia. Tal vez habían estropeado su futuro. Nadie podía dudar de que eso era una tragedia. Pero él no tenía opción: no le habían dado opción.
En su rostro no había pesar, sólo una contenida satisfacción. Toda la escuela oyó toser fuertemente a Chester Ridpath al fondo del auditórium, pero tal vez sólo nosotros, los de las dos primeras filas, vimos profundizarse las grandes arrugas en el rostro de Laker Broome, completamente satisfecho consigo mismo.
21
Ridpath nos obligó a hacer inmensas prácticas durante los cuatro días anteriores al partido, a realizar diez, o tal vez doce veces el mismo modelo de juego; en su mente los habíamos convertido en las X y las O de sus diagramas, y podía someternos a prácticas interminables sin que nos fatigáramos. Cada sesión terminaba con tres vueltas a la cancha, lo cual habitualmente era un castigo para los peores jugadores. Pero esto también era castigo…, por haber perdido el equipo de los mayores a Beaver y a Willow, que estaban muy bien entrenados. Después de estos ejercicios nos arrastrábamos a casa llenos de golpes, con la nariz sangrante, demasiado cansados para hacer la tarea o para mirar a Jackie Glason y a Art Carney en Luna de miel.
El día del partido acababan de blanquear el campo y las rayas tenían un color blanco brillante. Bajo un cielo totalmente despejado, en un aire donde apenas asomaba el fresco del otoño, una multitud de padres con suéteres y pantalones deportivos, y madres con faldas escocesas y blazers, pasaron del estacionamiento al campo. Era obvio que la mayoría de estos padres con suéteres azules habían sido alumnos de Carson; ninguno de ellos tenía el rostro experimentado y firme que a mí me parecía típicamente «de Arizona». Habían crecido allí, pero podían haber venido de cualquier lugar urbano y educado.
Sherman, Howie Stern y Morris Fielding y yo, estábamos sentados en el banco; nuestro equipo perdió por tres puntos. Sólo logramos un gol. El equipo de los cursos superiores salió a gritar el hurra (la mayoría de los padres tenían petacas de whisky) y las representantes de una escuela de niñas cercana entraron en el campo y deletrearon el nombre de la escuela. La Larch School logró poner la pelota en la línea dos veces en el primer tiempo, y una más en el segundo. Nosotros no hicimos ningún tanto. Ridpath había cometido un error elemental al dejarnos agotados con los entrenamientos.
22
Vi algo anómalo durante el partido del curso superior. La mayor parte de los integrantes de nuestro equipo estaban sentados en la última fila de la tribuna, y desde allí podíamos ver el campo hasta la elevación cubierta de césped en el lado opuesto. Una vez que se llenó el sector de los visitantes que habían penetrado por la entrada privada de Laker Broome, los padres pasaron con sus autos por la hierba y estacionaron a lo largo de la extensión de césped amarillo verdoso que nosotros generalmente atravesábamos para ir a almorzar en la Escuela Elemental. Los Buick, los Lincoln y unos pocos MG estaban aparcados de cara hacia las tribunas. Cuando finalizaba la primera mitad del partido, miré hacia la hilera de guardabarros que teníamos frente a nosotros y vi a un hombre de pie entre dos de los autos.
No parecía un padre de la Escuela Carson. No llevaba pantalones deportivos ni suéter Paul Stuart. El hombre tenía puesto un impermeable de cinturón largo y un sombrero anticuado bajado hasta la mitad de la frente. Tenía las manos en los bolsillos. Al principio me recordó a Sheldon Leonard, de la serie de televisión Intriga extranjera… En la década de los cincuenta, en el oeste seco, los impermeables con cinturón resultaban atractivos; correspondían a los espías, a los viajes, a Europa. Nada de esto interesaba en los medios deportivos de la escuela preparatoria.
Luego vi la reacción de Del Nightingale ante el hombre. Del estaba sentado junto a Tom Flanagan, tres filas detrás de mí, y miró en esa dirección un momento después que yo. El efecto en Del del hombre vestido como Sheldon Leonard fue desconcertante: quedó congelado como un pájaro ante una serpiente, y estoy seguro de que si uno lo hubiera tocado lo habría sentido temblar. Dejó escapar un ruido sin palabras… casi como un zumbido electrónico. Era puramente un ruido de asombro.
Esqueleto Ridpath, sentado en el banco con su uniforme, también pareció afectado por la aparición del hombre. Creo que estuvo a punto de caer del banco. El hombre retrocedió entre los coches y desapareció. Esqueleto se dio vuelta y miró las gradas. Su cabeza parecía descarnada, del tamaño de una uva sobre las almohadillas de los hombros.
23
«A veces soy feliz»
Había guirnaldas colgadas en el cielo raso del auditórium, atadas en los lugares de colores más opacos; en vez de las sillas de metal había un gran espacio vacío para bailar, rodeado de mesas cubiertas por manteles de color azul oscuro. A las ocho menos diez las únicas personas que había en la habitación eran los camareros de primer año y los acompañantes, el señor y la señora Robbin. El señor Robbin enseñaba física y química, y era delgado y de cabello gris, con gruesas gafas inquisitivas; su esposa era más alta que él y llevaba los cabellos recogidos en un moño. Los Robbin estaban sentados junto a la pared externa y parecían pasados de moda y «científicos» como el doctor y la señora Curie; sobre ellos giraban haces de luz de color amarillo brillante y azul cadmio, luego anaranjada y verde, arrojadas por la rueda de colores colgada en medio del salón.
Al entrar, los Robbin nos habían hecho un vago saludo con la cabeza… Sólo daban clase a los cursos superiores. Luego el señor Robbin centró su mirada en Del y dijo:
—Tú eres Nightingale, ¿verdad? ¿Eres nuevo? ¿Te va bien?
Todos sabían en la escuela que Del Nightingale era un huérfano fabulosamente rico, uno de cuyos tutores legales era un Banco que en realidad le pertenecía. Robbin se sentó junto a su esposa y levantó un brazo. Con la otra mano señaló su reloj pulsera.
—Hay un satélite esta noche. A las cinco menos diez. Una estrella artificial. Un milagro.
Aparte de Tom, Del y yo, los camareros eran Bobby Hollingsworth, Tom Pinfold, todavía de mal humor por el partido, y Morris Fielding. Morris, que tocaba el piano, se había ofrecido para el caso de que valiera la pena oír la banda.
Poco después llegaron ocho de los músicos, con sus instrumentos. Varios grupos de alumnos de segundo y tercer año los siguieron al auditórium. Los que venían con muchachas fueron a buscar ponche en vasos de papel, y los que venían solos se apoyaron en la pared y miraron a los músicos que se acomodaban en el cavernoso escenario.
Empequeñecidos en la inmensa parte delantera del escenario, los once hombres de la banda ocuparon sus asientos y comenzaron a colocar las partituras. Morris y yo teníamos grandes esperanzas con respecto a uno de los ejecutantes de saxo tenor, que llevaba gafas oscuras. Se llevaron los instrumentos a la boca y comenzaron a tocar Hay un pequeño hotel.
Hollis Wax y un celador llamado Paul Derringer entraron con sus chicas poco después de las ocho y media; al ver que nadie había comenzado a bailar todavía, se encaminaron hacia las mesas de los alumnos del último año y comenzaron a buscar con la mirada nuestras chaquetas blancas.
—Este será un gran baile de bienvenida —dijo Wax a la chica cuando me aproximé—. Después de un fiasco como el de hoy. —Luego agregó, mirándome—: Gin y agua tónica. Para todos. —Torció la cabeza para observar la banda—. Miren a esos tipos. Parecen vendedores de zapatos. Uno de ellos es ciego. —Fui a buscar el ponche—. Tráenos el Everly Brothers también, ya que vas para allá —gritó Wax.
En los veinte minutos siguientes llegaron casi todos los alumnos de último año, vestidos como sus padres durante el partido; en la mayoría de los bailes, la escuela aflojaba sus reglas sobre las corbatas y las chaquetas. Las primeras parejas valientes salieron al gran espacio vacío y comenzaron a bailar. El señor y la señora Robbin se levantaron cansadamente de su mesa y se acercaron a la pista de baile. Bobby Hollingsworth y yo volvimos a preparar ponche con jugo de uvas, soda y una bebida sin alcohol en un recipiente de vidrio. La banda comenzó a tocar Polka Dots and Moonbeams, y la cabeza del señor Robbin se movía hacia atrás y hacia adelante mientras calculaba distancias entre las parejas más cercanas. Como Dave Brick, generalmente llevaba la regla de cálculo en el cinturón, y daba la impresión de que la echaba de menos. El saxo tenor con gafas negras se puso de pie para tocar un solo, y probó que había valido la pena esperarlo. Bobby Hollingsworth se volvió hacia mí sonriendo mientras servíamos el terrible ponche, y señaló con un gesto a Terry Peters, que estaba cerca de una de las grandes puertas en el vestíbulo. Junto a él había una muchacha preciosa. Peters estaba destapando un frasco de color plateado, y asegurándose de que el señor Robbin estuviera mirando hacia otro lado. Sirvió el contenido del frasco en su vaso y en el de su compañera.
Morris Fielding vino corriendo con una bandeja y dijo:
—Seis vasos. ¿No es extraordinario? ¡Sabe soplar! ¿Quién piensas que influyó en él, Bill Perkins o Zoot Sims?
Mientras Morris se alejaba con los seis vasos de ponche, Terry Peters condujo a su chica a la puerta y salieron con tanta rapidez que nadie les vio. Bobby Hollingsworth se echó a reír, y luego se detuvo bruscamente. Yo también interrumpí lo que estaba haciendo. Esqueleto Ridpath, con un suéter y pantalones negros, se deslizó por la puerta todavía entreabierta y la empujó para cerrarla. Su espantoso rostro descarnado estaba exaltado. Pasó por detrás de las mesas, hacia el escenario. Nuestro saxo tenor se explayaba en los cambios de tono en A veces soy feliz, pero yo apenas lo oía. Vi que Esqueleto levantaba un vaso de ponche de una mesa vacía y se acercaba a Del Nightingale, lo bastante como para poder alargar un brazo y tocarle el hombro. En lugar de hacer eso volcó la abominable bebida por el cuello de Del.
Del dio un salto y emitió un ruido como el chillido de un cachorro de un mes. Giró sobre sí mismo, vio a Esqueleto ante él e inmediatamente retrocedió contra una mesa.
—Ah, lo siento, Florencia —dijo Esqueleto, mostrando las palmas de las manos en un falso gesto de simpatía.
Apenas oí sus palabras, pero capté claramente la falsa humildad que pretendía expresar. Los dos muchachos, el pequeño con la chaqueta blanca y el otro que parecía una lombriz negra, describieron un círculo, caminando hacia atrás. Sólo Bobby Hollingsworth y yo vivimos esto, aparte de dos o tres alumnos del último curso en una mesa cercana. Cuando Esqueleto y Del terminaron de describir un círculo completo, Esqueleto abrió la boca y vi moverse sus labios: «Te agarraré más tarde, ¿eh, Florencia?» Del comenzó a retroceder, chocó con la misma mesa, luego dio la espalda a Ridpath y se dirigió a la puerta lateral que daba al pasillo. Esqueleto chocó con una de las sillas plegables cerca de los escalones. Se pasó una mano huesuda por la cara y sonrió a nada en particular. En su rostro había aún esa expresión de alegría abstracta, extraña.
Cuando la banda hizo un intervalo vi que Esqueleto subía los escalones y desaparecía detrás de la plataforma de los instrumentos.
El señor Robbin siguió mirando su reloj después del regreso de la banda, y cuando estuvo seguro de que el satélite era visible, se levantó, puso las manos en forma de bocina junto a la boca y dijo:
—Todos los que quieran ver un milagro, salgan ahora. —Su esposa permaneció sumisamente junto a él, pero nadie más prestó atención. Gritó—: ¡Vamos! Esto es más importante que bailar. —Finalmente hizo un gesto a la banda para que dejaran de tocar—. Ustedes, muchachos, también —dijo—. Hagan un descanso. Tomen un poco de aire fresco.
—Mierda —dijo el contrabajo, provocando risas entre los estudiantes que estaban en la pista de baile. Dos de los trompetistas inmediatamente se pusieron cigarrillos en la boca. Los demás músicos se encogieron de hombros y dejaron sus instrumentos.
24
Dijo Tom después
Cuando el resto de la escuela y la banda salieron al aire frío, dijo Tom después, Esqueleto emergió del lugar donde se encontraba, detrás del escenario, y ocupó una silla a más de cuatro metros de la puerta del salón, a un lado de la mesa de refrescos. Cuando Tom y Del volvieron del baño estaba apoyado en el respaldo, sonriéndoles.
—¿Ya te lavaste? ¡Debe haber sido incómodo sentir el líquido chorreando en tu camisa!.
—Déjalo —dijo Tom.
Los dos muchachos pasaron junto a Ridpath y se dirigieron al otro extremo de la larga mesa.
—Cállate, estúpido. ¿Crees que te hablo a ti? —Ridpath se volvió en su silla para mirarlos directamente otra vez. Algunos músicos fumaban en el escenario donde no quedaba nadie más; algunas parejas conversaban en el extremo más alejado del auditórium—. Me tienes miedo, ¿verdad, Florencia?
La pregunta era devastadoramente simple.
—Sí —respondió Del.
—¿Sí, qué?
—Sí, señor Ridpath.
—Sí. Muy bien. Porque tú harás todo lo que yo te diga, en la forma en que debes hacerlo. Me da asco mirarte, ¿sabes?, pareces un bichito, Florencia, una cucarachita de mierda…
Ridpath se puso de pie y Tom vio espuma en las comisuras de sus labios. Se había acercado al frente de la mesa sin que ellos le vieran moverse; sacó un pequeño puñal y Del dio un salto hacia atrás para esquivarlo.
Tom abrió la boca y Esqueleto susurró con fiereza:
—No te metas en esto, Flanagan, o te partiré en dos.
Volvió su mirada brillante hacia Del nuevamente:
—Tú también lo viste. —Del sacudió la cabeza—. Sé que lo viste. Yo te vi. ¿Quién es? Vamos, mierda, ¿quién es? Quiere que yo haga algo, ¿verdad?
—Estás loco —dijo Del.
—Ah, no, no estoy loco, no —dijo Esqueleto con suavidad, y rápidamente, inclinándose sobre la mesa hacia Del—. Ya ves, nadie nos observa. Es lo mismo que si estuviéramos solos. —Se apoderó de la mano de Del y le hundió los dedos alrededor de la muñeca—. ¿Quién era él?
Del sacudió la cabeza.
—Tú lo viste. Lo conoces.
Del se estremeció de pies a cabeza, lleno de aversión, y trató de liberarse. Esqueleto cambió su presión con la rapidez de un luchador y comenzó a apretar la mano de Del en la suya.
—Niñita —murmuró—. Tratas de esconderte de mí, ¿verdad, niñita?
Ridpath hacía lo posible por fracturarle los huesos de la mano.
Tom aferró la muñeca de Esqueleto.
Esqueleto subió bruscamente su mano, casi levantando a Del del suelo. Luego miró a Tom, furioso y desesperado, pero todavía con una alegría enfermiza, y bajó bruscamente el brazo para golpear el recipiente de ponche. En el último segundo soltó los dedos y usó la palma para empujar la mano de Del contra el pesado recipiente.
Del gritó. El recipiente se hizo pedazos, y el líquido púrpura pardusco saltó en el aire. Los dos muchachos quedaron instantáneamente empapados, Esqueleto menos porque había saltado hacia atrás inmediatamente después del impacto; Del estuvo a punto de caer sobre la mesa en desorden.
—Quiero saber —dijo Esqueleto, y salió corriendo por la puerta del salón.
Cuando los demás volvimos al auditórium, después de ver una manchita roja que se elevaba sobre la casa del campo de fútbol americano, Tom y Del estaban secando el suelo. La mano de Del, que no se había fracturado, sangraba en una línea recta sobre los nudillos; con el rostro demudado, pasaba la bayeta con una mano mientras apartaba de su costado la mano herida, dejándola sangrar en un balde.
—Por Dios, qué torpes son ustedes —dijo el señor Robbin, y ordenó a su esposa que fuera a buscar algodón y esparadrapo al botiquín de la oficina.
25
La noche
—Pero ¿por qué no me lo dijiste a mí? Soy tu mejor amigo.
—No hay nada que decir.
—Pero estoy seguro de que sé quién es.
—Muy bien.
—¿Cuál es el gran misterio?
—No me lo preguntes a mí, pregúntaselo a Esqueleto. Ni siquiera sé de qué habla.
26
Alis Volat
El siguiente fin de semana teníamos un partido afuera, en Ventnor Prep, que quedaba a poco más de ciento cincuenta kilómetros al norte, en un barrio aún más rico que el nuestro, y que era indiscutiblemente una escuela de primer orden; a diferencia de Carson, Ventnor era conocida en todo el sudoeste. Era la única escuela para tres estados con un equipo de remo. También tenían un grupo de esgrima y uno de rugby. (Nosotros pensábamos que Ventnor era una escuela para snobs intolerables. Poseía una famosa colección de porcelana y cristal antiguo que se suponía debía contribuir al refinamiento de los alumnos.
El viaje en autocar llevó dos horas y media, y en cuanto llegamos nos dieron un refrigerio… Pensaban que necesitábamos Coca-cola y sándwiches de berro para fortalecernos para el partido. Los miembros de la comisión de madres de Ventnor sirvieron los delgados sándwiches en una sala de recepción que parecía una copia del despacho de Laker Broome. Se trataba de que entabláramos relación con los alumnos de la escuela, lo mismo que en el té que se serviría después del partido, pero no hubo tal cosa. Los muchachos del Ventnor se quedaron a un lado de la sala de recepción y nosotros en el otro.
Esqueleto Ridpath no habló con nadie durante el viaje y en la sala de recepción bebió cinco o seis vasos de Coca-cola y estuvo mirando los adornos de los estantes. Había una exposición de algunas de las famosas antigüedades, pero Esqueleto continuó sin refinarse. Sonreía siempre que miraba a Del. Su aspecto era lamentable, como para llevarlo al hospital.
La mano de Del aún estaba vendada, y la gasa blanca brillaba como una lámpara contra su piel color aceituna. Llevaba un blazer azul, camisa blanca y corbata azul con rayas rojas. Con esta sobria indumentaria parecía demasiado sofisticado. La intensa blancura de la gasa nueva contra su piel…, romántica como un parche sobre un ojo. De pronto, como futuro novelista, lo vi desempeñando el papel de alguien que está destinado a ser famoso.
El señor Ridpath tosió tapándose la boca con la mano, dijo: «Bien, muchachos», y nos condujo al vestuario.
Una vez más, los dos partidos terminaron con un desastre. El equipo de los cursos superiores perdió por tres touchdowns; el equipo de cuarto hizo un touchdown en el primer tiempo, pero el de Ventnor obtuvo dos pases que lo pusieron por delante, y en la segunda mitad un fullback llamado Creech recuperó posiciones y corrió treinta metros. Después de eso nuestra defensa se hizo pedazos. Ventnor dominaba el campo cada vez que tenía la pelota.
—Este lugar es tan rico que compran atletas —me dijo Chip Hogan mientras desfilábamos ante las tribunas para recorrer varios cientos de metros de campo cubierto de césped y volver a la sala de recepción y al té.
—¿Viste esos dos tipos grandotes en la línea… y ese enorme fullback? Conozco esos tipos de la ciudad. Les dan becas y subvenciones, y uniforme. Hasta comen en una mesa especial. Nadie los llena de comida mala. —Rechinó los dientes—. Te veré en ese té de porquería —dijo, y echó a correr porque no podía soportar moverse con más lentitud.
Al pie de las gradas yo podía seguir el camino de Chip, cruzando el campo de fútbol y una colina para llegar al edificio principal, o seguir una senda que bordeaba los límites del colegio y subía y bajaba pasando frente al lago artificial. Más o menos la mitad de mi clase andaba por ese sendero, porque se sentían demasiado mal por el fracaso como para querer aparecer en el té antes de lo necesario. Me aparté de los edificios de la escuela y fui por el sendero hacia mis amigos.
—Dios mío, no tengo ganas de tomar su té —dijo Bobby Hollingsworth cuando me reuní con ellos.
—No tenemos otra opción, en realidad —dijo Morris—. Pero la verdad es que me gustaría tenderme aquí a dormir.
—Tal vez lo pasemos bien en el autocar al regresar —sugirió Tom.
—¿Con Ridpath en el autocar? No hagas bromas. —Bobby se metió las manos en los bolsillos y miró ostentosamente a su alrededor—. ¿Puedes creer que exista un lugar así? ¿Alguna vez has visto algo tan nouveau riche? Me enferma.
—A mí me parece bonito —dijo Del.
—Bien, carajo, Florencia, ¿por qué no lo compras? —preguntó Bobby, furioso—. Y se lo regalas a alguien para Navidad.
—No te lances sobre él —dijo Tom—. Estás furioso porque perdimos otra vez.
—Así lo creo —dijo Bobby. Por supuesto no pensaba disculparse—. Supongo que a ti te gusta perder. Se pierde un partido, y se regresa en el autocar. ¿No es cierto? Te diviertes. ¿Por qué no hacer que Florencia compre el autocar, para poder echar a Ridpath? Dios mío.
Del comenzaba a mostrarse muy incómodo, y dijo algo sobre el frío. Obviamente trataba de que todos echáramos a andar otra vez y nos juntáramos con el equipo en la sala de recepción.
Desde el lugar donde estábamos, ocultos por los grandes árboles que había junto al lago, veíamos toda la escuela hasta el gimnasio y los otros edificios. La mayoría de los jugadores del último año se habían duchado y cambiado y caminaban en pequeños grupos hacia el edificio de la administración. Estaba demasiado oscuro y ellos estaban demasiado lejos para que pudiéramos ver sus caras, pero podíamos identificarlos por su manera de caminar y sus posturas. Miles Teagarden y Terry Peters caminaban entre los dos edificios. Teagarden, que había dejado caer la pelota, estaba tan agachado que parecía examinar el césped.
—Ay —dijo Tom cuando Esqueleto Ridpath entró por la puerta del gimnasio.
Su figura era inconfundible. Esqueleto fue hacia la parte trasera del edificio de la administración. La derrota no le avergonzaba.
Luego oí a Del, que ya estaba unos dos metros más adelante, quejarse suavemente: como si hubiera sentido un pinchazo en el vientre. El hombre vestido con el traje de Intriga extranjera caminaba, muy erguido y tranquilo, por uno de los pasajes entre nosotros y la escuela. Su espalda estaba vuelta hacia nosotros, y avanzaba hacia la tribuna principal y el campo de fútbol. Alrededor de él el paisaje, cada vez más oscuro, era graneado, puntillista. Llevaba el ala del sombrero baja, el cinturón del abrigo colgando y sus extremos ondulaban en el aire.
—Adelante, Del —dijo Tom.
Pero Del había quedado inmóvil, y todos miramos al hombre que entraba en el pasaje.
—El portero trabaja hasta tarde aquí —dijo Bobby Hollingsworth—. Espero que se rompa la cabeza.
Del levantó la mano vendada hasta el pecho, como para dar una señal o para defenderse de un puñetazo.
—No veo qué sentido tiene observar al portero —dijo Morris Fielding—. Yo también tengo frío.
—No, es un padre de un alumno de Ventnor —dijo Bob Sherman—. Esos abrigos cuestan unos doscientos dólares.
—Te veré allá —dijo Morris, y resueltamente volvió la espalda y echó a andar por el sendero.
—Doscientos dólares por un abrigo —murmuró Sherman.
Ahora todos nosotros observábamos la figura que se alejaba como si estuviéramos hipnotizados. Los extremos de su ancho cinturón ondeaban, los faldones del abrigo se inflaban con el viento. El cabello oscuro brillaba y parecía confundirse con sus ropas. Por segunda vez ese día, tuve la fantasía de que no veía a un mortal común, sino a una figura del mundo de la ficción.
Desapareció detrás de las gradas.
—Ah, vamos —dijo Tom—. Tal vez podamos alcanzar a Morris.
A más de cien metros de distancia, Esqueleto Ridpath dejó escapar un grito salvaje… Un sonido no de terror sino de alguna terrible consumación. Lo miré, y vi sus brazos flacos extendidos por encima de su cabeza, su cuerpo retorciéndose en una grotesca danza. Sin duda estaba bailando. Luego oí un débil batir de alas, miré hacia atrás y vi un pájaro gigantesco que se elevaba sobre las tribunas.
—Sí, vamos —dijo Del con voz opaca.
Dio un tirón al brazo de Tom y lo arrastró por el sendero en la dirección que había tomado Morris Fielding.
Es necesario recordar un acontecimiento más de ese día. Cuando nos reunimos con los demás para el té, la sala de recepción estaba mucho más atestada que antes del partido. Los padres de los muchachos de Ventnor se inclinaban con actitudes protectoras hacia los hombres con arrugadas chaquetas de gabardina que seguramente eran los profesores de Ventnor; las madres de Ventnor servían té con limón de una tetera de plata a otras madres de Ventnor. Todos parecían comprensiblemente cómodos. Una mujer consciente de su elástica belleza de modelo me sirvió una taza del delicado té, y se quedó junto a Dave Brick. Brick en ningún momento había dejado su banco.
—Acabo de calcularlo —dijo Brick, colocando la regla de plástico en su estuche—. Dos coma treinta y seis de nuestra escuela cabría en lo que tienen aquí. Hablo de la superficie.
—Extraordinario —respondí.
Esqueleto Ridpath pasó junto a nosotros con una taza de té en un plato anegado. Parecía lo suficiente loco como para levitar. Brick y yo retrocedimos, pero Esqueleto no nos prestaba atención. Dio unos pasos hacia la pared, y luego dobló al llegar a un rincón. Su cabello arratonado estaba aún aplastado por el agua de la ducha. Vi cómo le miraban los padres de Ventnor, y cómo apartaban rápidamente la mirada. Esqueleto se acercó a los estantes que había estado observando antes de los partidos. Dave y yo, sin poder creerlo, le vimos tomar un pequeño objeto de cristal de un estante y deslizárselo en el bolsillo.
27
El cuarto de Tom
Aquí no había cartas astrales, ni calaveras, ni peces exóticos, no había fotografías de magos, sólo de Tom y de su padre a caballo, en un bote con cañas de pescar, y con sus escopetas en una pradera de Montana. El único cuadro aparte de éstos era una reproducción de uno de los acróbatas de rostro triste del período azul de Picasso. En un lado de la habitación había un escritorio empotrado y una estantería: después de volver de Ventnor, los dos muchachos habían cenado con los padres de Tom y luego habían ido al dormitorio a estudiar.
A las diez y media Del dijo que le dolían los ojos, cerró sus libros y se echó en la cama de invitados.
—Te irá mal en matemáticas.
—No me importa —hundió un poco más la cabeza en la almohada con funda blanca—. No soy como Dave Brick.
—Bien, si no te importa, a mí tampoco. Pero los exámenes comienzan el miércoles.
Tom miró con expresión interrogativa por encima del hombro, pero la pequeña silueta de su amigo seguía tendida boca abajo en la cama de invitados. El sufrimiento parecía asaltarle a oleadas; por un segundo esta emoción de su amigo se confundió en la mente de Tom con el desamparo, y pensó que no podría evitar llorar. Hartley Flanagan, durante la cena, se había comportado como un hombre que se concentra en una montaña que está a varios kilómetros de distancia. Había tenido otra larga sesión con su médico esa tarde. Todos los instintos de Tom le decían que pronto su madre le anunciaría que debía tener una larga conversación con él: después de la conversación, nada habría cambiado. Tom tenía los ojos clavados en la pared ante él, y casi veía su propio rostro en la pintura color crema, un rostro que estaba a punto de registrar una alteración, una conmoción, se vio a sí mismo diez o veinte años más tarde, tan aislado como Esqueleto Ridpath.
«Tan aislado como Del…», se le ocurrió en ese momento.
Se dio la vuelta, empujando sus libros hacia atrás con los codos.
—¿No crees que tendríamos que empezar a hablar sobre eso?
Del se relajó ligeramente.
—No lo sé.
—Estuve a punto de morderme la lengua en el autocar, pues sabía que no querrías hablar allí.
Del sacudió la cabeza.
—Y no podíamos hablar durante la cena.
—No.
Se dio vuelta sobre sí mismo y miró a Tom.
—Bien, hace tres horas que estamos sentados aquí. Leíste cuatro veces algunas de esas páginas. Tienes un aspecto terrible. Yo estoy tan cansado que podría desplomarme aquí mismo. ¿No es hora de que hablemos?
—¿De qué?
—De que me hables de ese tipo.
—No sé nada de él, de manera que no puedo.
—Vamos. Eso no puede ser cierto.
—Es cierto. ¿Por qué piensas que tengo que saber algo de él?
Del levantó las rodillas y apoyó la cabeza en ellas. A Tom le pareció que disminuía en tamaño, que se convertía en un bulto pronto a desaparecer.
—Porque… —comenzó Tom, que ahora no se sentía seguro de sí mismo—. Porque creo que es el tipo de quien hablas todo el tiempo. Tu tío.
—No puede ser.
Del seguía acurrucado.
—Tú lo dices.
Del levantó la mirada.
—¿Quieres hablar sobre mi tío Cole? Muy bien. Está en Nueva Inglaterra. Sí que está en Nueva Inglaterra. Estudiando.
—¿Estudiando magia?
—Claro. ¿Por qué no? Eso es lo que hace. Y allí es donde está. ¿Por qué no lo sabías? Porque nunca preguntaste. Porque nunca demostraste antes tanto interés.
Su rostro se estremeció.
—Oye, Del… —ahora Tom se sentía incómodo—. Yo no…, yo no sabía que… —Yo no sabía lo que me dirías. Y desde ese primer día, escuchó la advertencia de Bud Copeland: Cuídate, Colorado—. Bien, claro que estaba interesado —dijo sumisamente.
—Sí, tú y Esqueleto. —Del dejó caer la cabeza en las rodillas otra vez—. Todo está cambiando —dijo con voz ahogada.
—¿Bien…?
—Simplemente cambiando. Yo pensaba que todo sería siempre lo mismo. Entonces tú siempre sabrías…
Dónde estabas. Qué sucedería.
Del bajó las piernas y se sentó derecho en la cama.
—Tengo una sensación —dijo. Estaba rígido como un faquir en un lecho de clavos—. ¿Alguna vez leíste Frankenstein o La narración de A. Gordon Pym? ¿No? Tengo la sensación de que avanzo hacia algo como el final de esos libros…, estoy rodeado de hielo, todo es blanco, congelado o hirviente, no importa, no…, torres de hielo. No hay salida…, nada. Sólo torres de hielo. Y se aproxima algo realmente malo…
—Seguro —dijo Tom—. Y entonces viene un príncipe y dice las palabras mágicas y tres cuervos te darán los objetos mágicos y un pez te llevará sobre su lomo —trató de sonreír.
—No. Es como lo que dice el señor Thorpe si alguien no puede contestar una pregunta. Hic vigilans somniat. Sueña despierto. Así soy yo. Como si estuviera soñando, no viviendo. No creo en nada de lo que me sucede. ¿Te gustaría tratar de vivir con Tim y Valeria Hillman?
—No pensé…
—Tienes razón. No era de eso que estábamos hablando.
—Bien. Volvamos a las torres de hielo y al príncipe y a los tres cuervos y a los peces mágicos.
—Por supuesto, dejemos a los Hillman. Tengo una idea.
—Ya era hora.
—Estábamos hablando de rescate. Príncipe…, cuervos…, esa clase de cosas…
—Sí. Seguro. Creo.
—¿Por qué no vienes conmigo a visitar a Cole Collins en Navidad? Debo ir a verlo. Ven conmigo. Así lo conocerás.
Tom sentía una extraordinaria mezcla de emociones, miedo y placer, aprensión y regocijo, necesidad de proteger y debilidad. Miró a Del, y quiso abrazarlo. Vio a Del totalmente solo en un paisaje ártico. Luego pensó en su padre y dijo:
—No puedo. Simplemente no puedo. Lo lamento.
Le llevó un segundo darse cuenta de que Del estaba llorando.
—Alguna vez lo haré. Lo haré, Del. Por favor, basta. Hagamos trucos con cartas o alguna otra cosa… Esa forma de barajar que me estabas mostrando.
—No necesito estar despierto para barajar las cartas —dijo Del—. Lo que usted quiera, señor.