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Lírico, fantástico; estas palabras sólo significan que había una perturbación en la realidad, y que este desorden afectaba a la gente de diversas maneras, y a algunos de un modo sorprendentemente agradable. La realidad estaba siendo distorsionada, y si esta distorsión conducía a un teatro de horrores en el sótano de una casa abandonada de Poor Fox Road, sólo tres personas estaban allí presentes para verlos: metafóricamente hablando, la mayoría de las otras personas de Hampstead tenían los párpados cerrados y cosidos, y las visiones peculiares que danzaban detrás de aquéllos, les encantaban y sosegaban a veces, como pueden los absurdos encantar o tranquilizar al borracho. Otto Bruckner había previsto que, unas ocho semanas después del accidente de «Woodville Solvent», Hampstead y Patchin se debatirían en las garras de su invento, que horrores como los que vivían en el sótano de Bates Krell se extenderían por las calles…, pero, desde luego, no tenía la menor idea de que su invento le vendría de perilla a un enigmático colono llamado Gideon o Gidyon Winter. Sólo sabía lo de su nube pensante, y esto era suficiente; no necesitaba saber más para pensar que el otro mundo era preferible a éste. Pero los moradores de Hampstead carecían de esta previsión, no tenían la menor idea de que estaban cruzando una frontera; lo único que sabían la mayoría de ellos, incluidos nuestros cuatro amigos, era que cada vez resultaba más difícil separar lo que acaecía en realidad en el mundo de lo que pasaba por la mente. La nube pensante se cernía también sobre ellos.
Por consiguiente, lo que Patsy y Tabby habían visto juntos, lo que Graham y Richard y Patsy habían visto cuando luchaban por salvar la vida de Tabby en el fondo de un espejo, tenía que tomarse como venía, ser considerado en sus propios términos, por muy extraños que éstos pareciesen.
Desmond O’Hara, que había vuelto de Australia en avión para enterrar a sus hijos, se halló con aquellos términos cuando se despertó y vio que su esposa se había ido de la cama. Buscó en toda la casa, estremecido por la idea de que ella podía haber ido también a Gravesend Beach en plena noche. Todavía se sentía aturdido por el viaje y, a pesar de lo alarmado que estaba, se quedó dormido en mitad del día, soñando que Mikki le hablaba, le preguntaba el precio de los ópalos en Coober Pedy, ¡y se burlaba de el! Cuando se despertó a medianoche, completamente desorientado, se imaginó que oía todavía la voz de su esposa. «Absurdo», pensó, y cuando registró la casa para ver si había vuelto, pensó que aún era más absurdo que la viese, o imaginase verla, mirándole desde un largo espejo del comedor.
Ahora bien, ¿era esto lírico? ¿Era esto fantástico? Para Des O’Hara, todavía agotado por el largo viaje desde Australia y por la experiencia, ocho horas más tarde, de enterrar a sus dos hijos, la visión de su esposa en el espejo tenía ambas cualidades: sin saberlo, comprendió que nunca volvería a verla. Estaba claramente en el lado indebido del espejo, dentro de él, mirándole desde detrás del marco. Las flores que ella había puesto sobre la mesa brillaban pálidamente, el papel de la pared detrás de ellas era un plano oscuro surcado de rayas blancas, y estas cosas familiares ocupaban el mismo mundo que él; la cara ancha y agobiada de Mikki se alzaba delante de él como un rostro atrapado debajo del hielo de un río helado. El terror hacía que pareciese que sonreía. Cuando él encendió la luz, el rostro desapareció.
Es probable que muchas personas tuviesen experiencias parecidas. Sin saberlo, estaban en el vientre de la ballena.
Superficialmente, la población parecía la misma de siempre. Si prescindía de las anomalías, uno veía la antigua y linda Hampstead, las grandes casas y las hectáreas de césped. Pero pasaba por alto que muchas de aquellas grandes casas estaban vacías, que sus ventanas eran como ojos que miraban sin ver, y que los amplios terrenos de césped se estaban convirtiendo rápidamente en herbazales. La gente tendía a quedarse en casa después de anochecer, y por consiguiente no veían los incendios que se producían aquí y allí en la villa; podían oír las fuertes voces de los chiquillos vagabundos que prendían fuego a las casas abandonadas, pero cerraban los oídos a todo lo demás. ¿Voces? ¿Gritos? ¿Cuándo? ¿La noche pasada? Pues no oímos nada. Claro que los últimos días estuvimos terriblemente ocupados empaquetando las cosas; parece como si toda la casa se quedase dormida; apenas si tenemos fuerzas para meternos en la cama, y además tenemos unos sueños tan raros…
Si estaban cuerdos, cerraban los oídos y seguían empaquetando. Si veían hombres riñendo en Main Street —hombres bien vestidos que tenían que dejar sus carteras en el suelo para entregarse al cruel trabajo de sacarse los ojos o morderse las narices—, se encogían de hombros y corrían a meterse en casa. Guardaban sus cosas por un corto tiempo, esto era lo que hacían, ¿y no era tremendo el clima de violencia que se respiraba estos días en todas partes de América? Bueno, precisamente ayer, en el espectáculo de Phil Donohue… Sí, el mundo está loco, todos lo sabemos… Si estaban cuerdos, murmuraban estas cosas para sí, seguían haciendo las maletas y confiaban en que el loco griterío de la calle —gritos como de cerdos, perros y lobos— se alejase hacia el final de la manzana.
A veces, por la noche, Patsy y Tabby podían oír las voces de los llamados cuerdos murmurando en sus cabezas.
Sí, hemos conseguido meter muchas cosas en el viejo coche; pensamos llevar a los niños a ver a los chicos de John; al fin y al cabo, son hijos del mismo padre, es una sola familia…
No, no he visto últimamente a la vieja Mrs. Ellis; es curioso, ni siquiera he pensado en ella desde hace un par de días, y solíamos saludarnos todas las mañanas…
¿Dice que un hombre todo vendado? Debió de ser un caso gravísimo da intoxicación por zumaque venenoso, ¿no cree…?
¿Quemada? ¿La casa de Ellis? Bueno, no comprendo cómo no lo advertí, pues paso dos veces al día por delante de ella. Debía tener toda la atención concentrada en recoger nuestras cosas para poder partir hacia Kiowah Island mañana por la mañana…
Y debajo de la fingida tranquilidad de estas frases murmuradas, hay una prisa frenética, nada cuerda, que está diciendo: Salgamos, salgamos de aquí; no les hagáis caso, MARCHAOS, MARCHAOS, PONEOS EN MARCHA ANTES DE QUE SUCEDA ESO…
Patsy y Tabby podían también oír esto; la segunda semana de julio habían visto a un par de personas con la piel brillante y estropeada, y un día oyó Patsy a una pandilla de niños gritando «¡Goteras! ¡Goteras!», y vio que arrojaban piedras a un hombre vendado que trataba de refugiarse detrás de «Greenblatt’s». No estaban demasiado seguros de su propia cordura, pero no podían salir de allí, no podían marcharse, y tenían que escuchar todo lo que se ponía en su camino.
Tabby podía ver que la vida de su padre y la suya propia se deslizaban en la dirección de sus primeros y peores días en Florida. Clark bebía sin parar desde el mediodía en adelante, y Tabby trataba a menudo de obligarlo a comer. Odiaba hacer esto —gritarle a su padre, golpear la cocina con una cacerola en un medio simulado acceso de furor— y todavía odiaba más que diese resultado. A veces, Clark le replicaba a gritos, y a veces se apartaba de la mesa; pero generalmente agachaba la cabeza como un niño y se tragaba la comida que Tabby le preparaba. Si Berkeley Woodhouse estaba allí, se introducía un poco de comida en la boca, se reía de los dos y volvía a la televisión. La televisión y la cama era lo único que parecía importar a la amante de su padre. Al transcurrir el día, la brillante pintura de labios empezaba a escurrirse de su boca y a descender por los lados de su cara.
Tabby mantenía a Patsy alejada de su casa; no le habría importado que Graham viese a Berkeley y a su padre al final de la jornada, pero, si los hubiese visto Patsy, se habría sentido humillado.
Era como si hubiese desviado un instante la mirada y, en aquel momento, su padre hubiese logrado arruinarse. En Florida, su padre había tenido al menos que buscar trabajo, se había movido, se había mudado de camisa y de ropa interior; pero ahora, al amparo del dinero de su propio padre, se había vuelto tan perezoso como un lagarto sobre una roca. Tabby pensaba que, si olía la palma de la mano de su padre, si olía sus viejas camisetas, percibiría el olor del alcohol, tan empapados en él estaban los poros de Clark, Y una noche, al ver cómo su padre se metía en la boca, con hosco semblante, una porción de puré de patatas preparado al instante, Tabby pensó que veía una pálida luz detrás de la cabeza de Clark, una débil luz espectral que se movía cuando se movía él. Berkeley estaba jugando ruidosamente con los cubitos de hielo; por consiguiente, no podía preguntarle; pero tenía la impresión de que todo el alcohol que había en el cuerpo de su padre hubiese tomado una forma visible. Una mosca llegó de ninguna parte y aterrizó sobre la mano de Clark. Clark la miró como si fuese un pájaro exótico y levantó torpemente la mano; después, dejó caer ésta con fuerza sobre la mesa. La mosca voló para investigar los cabellos de Clark, y sobre la superficie de la mesa —o exactamente debajo de la superficie de la mesa— pareció formarse un charquito de sangre brotada de la madera. Tabby lo contempló fijamente: la sangre parecía extenderse como aceite bajo la presión del puño de su padre. Por un instante —y esto era fantástico e hizo que el pobre Tabby se estremeciese—, vio la cara linda y confusa de Berkeley debajo de aquel puño, mirando aterrorizada hacia arriba a través de la película de encima de la mesa. Tabby se volvió en redondo y vio que ella seguía golpeando la bandeja del hielo contra el lado del fregadero, con su «Tarcyton» colgando del labio inferior; tenía una cadera levantada para dar más fuerza a los golpes de la bandeja del hielo contra el aluminio. Esto era real, y la cara que empujaba aterrorizada la superficie de la mesa en un charco de sangre, no era más que una visión. Cuando volvió a mirar a su padre, vio que se desvanecía aquella mancha de un gris pálido detrás de su cabeza, desapareciendo como el gato gris que había descrito Richard. Tabby reanudó la inconexa conversación con su padre y oyó de nuevo el ruido que estaba haciendo Berkeley en el fregadero; no se había dado cuenta de que un ruido en sus oídos le había ensordecido. El oro que Berkeley llevaba en la muñeca parecía rojo.
Des O’Hara, que lo había perdido todo y no comprendía cómo, y que entendía mucho menos que Tabby el porqué, se dirigió al garaje con una botella entera de coñac «Delemain», a las seis y media de la mañana del miércoles 9 de julio. Subió a su coche, puso en marcha el motor, conectó la radio y escuchó a un saxofonista llamado Scott Hamilton interpretando delicadamente I Would Do Anything For You en la «WYRS», mientras el monóxido de carbono le quitaba la vida Estaba en el vientre de la ballena y lo sabía, y no quería nada más.
Richard Allbee, que subía por Mount Avenue todas las mañanas para dirigirse a su trabajo, pensó que al mundo o a él les patinaban las marchas…, ¡tan extrañas le parecían aquellas caminatas! Tanto John Roehm, el contratista al que había elegido para la obra de Hillhaven, como el propio cliente, sabían lo que le había sucedido a Richard; el cliente le había preguntado si quería aplazar el trabajo un par de meses, pero Richard, que sabía que John Roehm tenía también facturas que pagar, había insistido en empezarlo el día convenido. Esto había sido una buena idea. Después de su primer período de aflicción —período de profunda postración durante el cual se había casi olvidado de respirar y había calado hondo en su fantasía— y después de haber llorado con Graham, Patsy y Tabby, el trabajo le ayudaba a olvidarse de sí mismo. En realidad, podía olvidarse un rato de su desdicha con sólo observar a John Roehm mientras trabajaba. Si la carpintería hubiese sido un arte, John Roehm habría sido un Rembrandt: ponía sus manos en un trozo de pesado y duro roble y lo hacía bailar y cantar y era tan bueno que aguzaba prácticamente él solo todas las estacas del porche que eran parte de la obra de Hillhaven. Y un gato viejo como Roehm apreciaba las técnicas que Richard quería aplicar en el interior de la casa: hacer molduras para sustituir los rotos adornos de yeso del techo, eliminar los cordones en los bordes de los marcos de las ventanas y en las jambas de las puertas con que veinte años antes se había querido «modernizarlas».
Roehm tenía también interés en tratar los paneles de la biblioteca con esencias minerales y poner una capa más fina de laca para conservar su tono primitivo. Todo esto hablaba directamente al corazón de Richard, y a veces sentía éste que las lágrimas subían a sus ojos al observar cómo el viejo Roehm de barba blanca ejecutaba alguna improvisada y sorprendente obra de artesanía con una sierra y un pedazo de madera de roble. Es posible que John Roehm y la restauración de Hillhaven salvasen a Richard de un fin parecido al de Desmond O’Hara: tenía que hacer buena parte del trabajo de transporte de materiales, puesto que sus ayudantes y los de Roehm se marchaban uno tras otro, y aunque parecía cinco años más viejo que en mayo, estaba fortaleciendo sus músculos. Por la noche, se sumía en un sueño de enorme cansancio. Asaba algo en la cocina, sin mirar el sitio donde había estado el auricular cortado del teléfono, comía una chuleta de cerdo o un bisté, con una botella de cerveza fría, y empezaba a bostezar antes de las ocho y media. Así transcurrían bien sus días: aparte el sentimiento, que le pillaba desprevenido en ciertos momentos, de que su estómago y su corazón y probablemente también sus pulmones habían sido arrancados de su cuerpo aquel 17 de junio, Richard se sentía bien en su trabajo. Si observaba la dirección en la que le empujaban sus pensamientos y encajaba los golpes cuando los recibía, porque estaba apercibido contra ellos, trabajaba satisfecho. Era durante su caminata por Mount Avenue hacia Hillhaven cuando dudaba más de su capacidad para llegar al fin de la jornada.
Era una buena y útil caminata, y hacía que llegase al trabajo con los músculos tensos y dispuestos. Entre las grandes casas de Mount Avenue podía ver destellos del Sound, y cuando doblaba la última esquina, deteniéndose para mirar la maciza casa cubierta de hiedra donde Graham había conocido a Dorothy Bach a finales de los años veinte, había llegado a la baja y plana playa de Hillhaven. A mediados de verano, esta playa estaba llena de gente durante todo el día y subía de allí un denso olor a sol y a sal, a lociones para tostar la piel y a sudor. Por la mañana, la marea estaba alta y el agua de un azul negruzco subía hasta las primeras filas de los que tomaban baños de sol, tumbados sobre sus toallas en la franja de algas secas; por la tarde, cuando Richard volvía a casa, la playa se convertía en un paisaje lleno de charcos salobres y de conchas, entre los cuales cazaban y picaban las fuertes gaviotas. Estas visiones vulgares, de un mundo que pasaba por sus ciclos acostumbrados, contribuían a que Richard se librase de las mucho menos ordinarias visiones que había tenido durante el trayecto hasta la playa de Hillhaven.
La primera cosa extraña que vio Richard al empezar su trabajo —en realidad, el primer día que había resuelto hacer a pie los tres kilómetros entre su casa y su nuevo lugar de trabajo— fue que Charlie Antolini había renunciado al fin a su hamaca y estaba ahora pintando su casa. Lo más extraño del trabajo de Charlie era el entusiasmo de pintor y el color con el que embadurnaba su casa. Charlie Antolini sonrió desde su andamio al ver pasar a Richard, y gritó:
—¡Hola, amigo! Un día espléndido, ¿eh? ¡Parece increíble!
De la enorme brocha en la mano extendida de Charlie Antolini cayó un rosario de brillantes gotas rojas, de un rojo tan brillante que parecieron chisporrotear al caer sobre la hierba y las plantas de debajo del andamio. En la casa, aquella pintura tenía una agresividad atroz. Aquella primera mañana, Charlie había pintado la mitad de una pared lateral de aquella casa colonial que parecía un granero. Y Richard tardó un momento en advertir que había pintado también los postigos, los alféizares y los marcos de las ventanas del mismo color rojo y brillante.
En los días siguientes, Richard vio que Charlie Antolini no sólo embadurnaba las ventanas con aquella pintura, y también la puerta principal, con el aire de un hombre bautizando un barco, sino que («Vamos a hacer que esta vieja mamaíta brille de veras, ¿eh? ¿Qué le parece?») subía al tejado y empezaba a dar brochazos sobre las tejas. Richard se detuvo, gritó algo a Charlie y contuvo el aliento al ver que su vecino se acercaba a la enorme antena de televisión. ¿Vertería un cubo de pintura sobre el esquelético artefacto, o trataría de reseguir todos sus ángulos y líneas con la brocha? Vio que Charlie consideraba brevemente el problema y lo resolvía a base de puntillismo. Puso manchas coloradas de pintura en el poste de la antena y roció el resto con la brocha; después hizo un guiño a Richard, satisfecho de que alguien hubiese sido testigo de su ingenio.
Aproximadamente en los mismos días presenció también cómo Fio Antolini bajaba por Beach Trail en un coche tan lleno de maletas que la ventanilla posterior quedaba completamente tapada.
Sí, Richard vio realmente aquellas cosas; no cabía duda acerca de ellas. Pero otras cosas no eran tan fáciles.
Por ejemplo, ¿vio realmente a un hombre alto y flaco vestido con una raída levita y unas grises polainas flojas, haciendo jogging y cruzándose con él cuando se dirigía al trabajo? Aquel hombre parecía una tonta ave zancuda o un espantapájaros tan inofensivo que sus campos quedarían limpios de semillas en pocos minutos, pero se parecía aún más a algo o a alguien, y Richard se volvió para observar su torpe carrera y tratar de encontrar el parecido en su memoria. Vio unas orejas como asas de cántaro, que tenían un brillo rojo bajo la luz temprana, y entonces recordó: «Era alto, pero excesivamente delgado, de hombros estrechos, brazos y piernas largos, manos que sobresalían un kilómetro de las mangas, pies que podían haber servido de palas, y toda su estructura parecía descoyuntada. Tenía la cabeza pequeña, plana, en su parte superior, orejas muy grandes, ojos vidriosos, grandes y verdes, y nariz larga de agachadiza…» Era Ichabod Crane, el maestro de escuela de Connecticut de La Leyenda de la Hondonada Dormida. Richard lo observó correr a lo largo de Mount Avenue, con la cabeza oscilando al ritmo de sus pasos; era Ichabod Crane, con su aletear de manos y de pies, y, cuando entró en una curva, Richard se puso en medio de la calzada para poder verlo un momento más.
Ichabod Crane. En Mount Avenue. En un mundo donde su esposa había sido tan brutalmente asesinada, esto era tan posible como cualquier otra cosa.
Las extrañezas fueron en aumento. El día después de aquel en que vio correr a Ichabod Crane, Richard miró un coche que bajaba por Mount Avenue, y vio una aparición de los años veinte en Berlín, el Berlín de Christopher Isherwood. Detrás del volante iba una mujer rubia con atuendo masculino de etiqueta, smoking negro, botones de azabache brillando en la pechera almidonada de la camisa blanca, corbata negra de lazo y cuello de pajarita. Usaba monóculo y fumaba un cigarrillo rubio en una larga boquilla de marfil. Llevaba el cabello cortado como un chico, y, en aquel breve instante, Richard vio que su piel estaba surcada de pequeñas cicatrices. Ella lo miró y él se quedó petrificado sin acabar de dar un paso: no era una mujer de este mundo; era maligna como un cáncer, y su mirada pareció que le cortaba la piel como un cuchillo. Entonces la mujer aceleró Mount Avenue abajo, y Richard tuvo la seguridad de que la tierra se había abierto para engullir el coche en el instante en que dobló la curva frente a la vieja casa de Tabby.
El día siguiente, Richard vio un hombre, todo cuyo cuerpo parecía envuelto en vendajes, que se agazapaba detrás de una columna de un portal del lado de tierra de Mount Avenue al acercarse él; pero comprendió que esto no era una alucinación. Aquel hombre era de los «goteras»… Richard no sabía dónde había oído por primera vez esta horrible expresión, pero la conocía. Había niños en Hampstead que perseguían a esas pobres criaturas moribundas por las calles, tratando de romper la protectora concha de vendajes y dejar que la vida escapase por las aberturas. No era de extrañar que el pobre infeliz huyese cuando veía acercarse a alguien. Richard pudo oír la ronca respiración del hombre detrás de la gruesa columna de hormigón al pasar él por delante, y empezó a decir: «No tema; sólo voy a mi trabajo»; pero apenas había tenido tiempo de pronunciar la primera palabra cuando el aterrorizado infeliz salió de su refugio y echó a correr calle abajo, huyendo de Richard. Éste se conmovió al ver al pobre condenado volando por Mount Avenue; esto era peor que ver a la mujer salida del infierno, pues aquel ser doliente, compañero de infortunio, hablaba más directamente a su corazón, devolviéndole una imagen de él mismo. Desesperación, peligro inminente, pánico.
Y unos días más tarde, como si el tormento de aquellos momentos tuviese que crecer en progresión geométrica, vio algo aún mucho peor. Después de esto, fue en coche a Hillhaven, mirando siempre al frente.
La cosa empezó de una manera sencilla. Un extraño coche negro adelantó a Richard pocos minutos después de iniciar éste la subida de Golden Mile; brillaron las luces del freno y el coche se detuvo. Seguramente, el conductor tenía el Atlas Hagstrom abierto sobre las rodillas, en la página correspondiente al Condado de Patchin, y, en cuanto Richard se acercase lo bastante para verle a través de la ventanilla lateral, le preguntaría: «¿Es esto Mount Avenue?», o «¿Se va por aquí a Hillhaven?» Cualquier peatón que anduviese por Mount Avenue se detendría para atender a un conductor desorientado por la falta de rótulos indicadores. El coche negro —Richard vio que era un «Chevrolet»— permanecía inmóvil a un lado de la calle, esperando que Richard llegase a su altura. Sólo tembló una vez, como un perro adormilado.
El automóvil se había detenido exactamente delante de la vieja casa Smithfield.
Richard apresuró el paso, deseoso de ayudar, y se abrió la portezuela del conductor. Después se abrió también la portezuela del pasajero. Richard vaciló un momento, y puede que esta vacilación le salvase la vida. Una de las portezuelas de atrás, la correspondiente a su lado, se abrió igualmente. Richard dio un paso atrás: de pronto, el inofensivo cochecito pareció envuelto en una luz siniestra. Parado junto a la acera en la soleada mañana de junio y con tres de sus portezuelas abiertas, el negro «Chevrolet» parecía un insecto agazapado, un escarabajo. Una mosca. De momento no pasó nada, salvo que a Richard se le secó la boca; no sabía por qué, pero aquel coche le daba miedo.
Entonces Laura se apeó del «Chevrolet», por la portezuela opuesta a la del conductor.
Richard gimió. Todas las otras cosas que había visto le habían conducido a esta visión insoportable; su esposa apeándose de un extraño coche negro, girando sobre sus largas piernas para mirarlo con semblante contraído y de expresión indescifrable. Sus cabellos se agitaron bajo la suave brisa del Sound.
Un hombre se apeó en el lado del conductor y, como Laura, se volvió a mirar a Richard. Llevaba una rasgada chaqueta de Madras, y un brillante polo amarillo «Lacoste», manchado de barro, cubría su musculoso estómago. Otro hombre, más viejo que el conductor, de cabeza calva, opaca y de color de arcilla, bajó de la parte de atrás del coche. Los tres permanecieron silenciosos junto al «Chevrolet» negro, mirando a Richard. Éste vio que sus caras tenían algo en común: no mostraban expresiones diferentes, sino que eran completamente inexpresivas. Estaban muertas.
Laura abrió la boca, y Richard reaccionó al instante, con instintivo horror: se tapó los oídos con las manos. No sabía lo que Laura tenía que decirle, pero no quería oírlo. Dio varios pasos lentos hacia atrás, y vio que los dos hombres avanzaban lentamente, desde ambos lados del coche, en su dirección.
Richard dio otro paso atrás, y otro, dijo: «No, váyanse, márchense de aquí», y, al ver que ellos seguían avanzando despacio, se volvió y echó a correr calle abajo, como aquel desgraciado del día anterior. Desesperación, peligro inminente, pánico.
A cinco metros delante de él había la entrada a un camino de piedras rojas manchadas entre dos pilares de ladrillo. Richard entró por allí y siguió, entre una hilera de arces y una pista de tenis protegida por una alta valla de alambre. Por fin vio la mansión de piedra gris al final del paseo. Más allá, resplandecía el mar. Las cortinas del piso bajo estaban corridas, y la casa tenía un aspecto pesado, amodorrado, como si estuviese desocupada. Richard no tenía la menor idea de lo que diría si alguien le abría la puerta.
Saltó sobre la escalinata y pulsó con fuerza el timbre. En su imaginación, vio a Laura bajando inexorablemente por la calle, entrando en el rojo y polvoriento paseo… Siguió apretando el timbre con el dedo.
Sonaron unos pasos al otro lado de la puerta; se detuvieron; alguien descorrió el cerrojo. La puerta se abrió unos centímetros, y una cara recelosa miró a Richard por encima de la tirante cadena.
—Vivo en el otro lado de la calle —dijo Richard, jugando una carta infalible en Mount Aevnue—. Varias personas están allí, en la calle…, creo que quieren matarme.
—Si usted lo dice —respondió el hombre, desde detrás de la puerta.
—Estoy muerto de miedo —dijo Richard.
—Bueno, esto está mejor —dijo el viejo, soltando la cadena. Levantó la mano derecha y Richard vio que empuñaba una pistola plana y negra—. Tampoco esto está mal. Conque viene en petición de ayuda, ¿eh?
Richard asintió con la cabeza.
—Han detenido su coche delante de mí, frente a la vieja casa Smithfield.
—La vieja casa Smithfield —El viejo hizo un ademán de asentimiento y bajó la pistola—. Sí, Monty había vivido en la casa contigua… con toda su familia. ¿Supone que aún están allí?
Richard asintió con la cabeza.
—Bueno, voy a echarle una mano. Echarán a correr en cuando vean este cacharro. Y está cargado, para el caso de que tuviésemos que disparar.
Richard estaba tan trastornado que ni siquiera pensó por qué había de asustar una pistola a personas que ya estaban muertas.
El hombrecillo de cabellos blancos y él echaron a andar por el paseo. Richard tenía que apretar el paso para mantenerse a la altura de su salvador y, al pasar junto a la pista de tenis, se enteró de que aquel hombre se llamaba Charley Daisy, era viudo, tenía seis nietos, y era abogado retirado.
—Tengo un pequeño tiro al blanco en el sótano; por eso soy bastante hábil con este cacharro. Además, naturalmente, todos practicamos el tiro al plato en el Club de Campo de Wampetaug desde noviembre hasta febrero; esto aguza la vista como no puede usted imaginarse…
—Habían llegado al final del camino privado de Daisy.
—¿Dónde están? —preguntó el viejo, mirando arriba y abajo—. ¿Adonde cree que habrán ido?
Richard los estaba viendo…, no se habían movido desde que él había echado a correr. El rostro impasible de Laura lo miraba fijamente; mil sentimientos familiares pero ahogados estaban latentes en su carne. Vio unas pocas manchitas de sangre —plumas de herrumbre— en su cuello, encima de la blusa.
—Echarían a correr, ¿no cree? —gruñó Charles Daisy—. No eran más que chusma, hijo, chusma que buscaba un lugar tranquilo para hacer de las suyas. Ya no volverán a molestarlo. —Daisy le miró y sorprendió a Richard al guiñar uno de sus estriados ojos azules—. Lo he reconocido, ¿sabe? He tardado un poco, pero al fin le he reconocido. Usted era el muchacho de aquel serial. Spunky. Usted es Spunky.
Richard comprendió que estaba cometiendo un grave error, pero no pudo impedirlo. Preguntó:
—¿No los ve usted?
Daisy alzó la cabeza.
—Están allí. Donde estaban antes. Dos hombres y una mujer. Incluso puedo decirle el número de la matrícula del «Chevrolet». Es TBC 67.
—Lárguense de aquí con mil demonios —le dijo Daisy. Su pálida carita estaba ahora colorada—. Eche a andar calle abajo, actorcito, si no quiere que le meta una bala en la cabeza. Hablo en serio. Andando.
—No estoy loco —dijo Richard.
—¿Pensó que podía sacar al viejo Charley Daisy a la calle y atacarlo? ¿Pensó que podía hacerse con una grande y hermosa casa en Mount Avenue? ¿De veras lo pensó? No conocía muy bien al viejo Charley Daisy, ¿verdad?
Movió vagamente la pistola en dirección a Richard. Éste vio que, si quería, podía arrancarle fácilmente el arma de la mano.
—Sólo quería su ayuda, Mr. Daisy —dijo.
Esto enfureció aún más al hombre.
—¡Muévase! ¡Lárguense de aquí!
Daisy retrocedió y le apuntó al pecho con la pistola.
Richard se movió. No se atrevió a añadir palabra. Volvió la espalda al hombre y echó a andar en dirección al grupito que rodeaba el automóvil. Miró, angustiado, la cara de Laura. Ésta parecía dormir con los ojos abiertos. No estaba allí, salvo para él. Y ella y los otros no podían apoderarse de él mientras el furioso Charles Daisy lo estuviese mirando. O esto, o el Dragón había preparado alguna nueva trampa para él. Se arrimó tanto a la derecha de la calle que rozó con el hombro los espesos arbustos. El viejo Charles Daisy seguía plantado detrás de él, apuntándole a la espalda con su voluminosa pistola, pero no era esto lo que hacía que Richard sintiese un nudo terrible en el estómago. Miró de reojo al pasar por delante del coche, y vio que el conductor, el hombre de la chaqueta de madras y el polo, iba descalzo. A pesar del polvo, eran unos lindos pies, rollizos, blancos, aunque cubiertos de suciedad. La piel se había levantado a causa de dos fuertes rozaduras, pero los pies no habían sangrado. La piel se había abierto, pero sin dolor ni sangre. Richard tuvo miedo de que Laura le hablase antes de que se hubiese alejado al menos treinta metros calle abajo.
Cuando llegó a su lugar de trabajo, John Roehm estaba sentado en la puerta de atrás de su furgoneta, en el camino privado de la casa del cliente. A su derecha, sobresaliendo de la parte trasera del vehículo, había un montón de tablas de roble recién aserradas. Roehm se parecía a Santa Claus, con su camisa de franela y sus tirantes rojos, sentado junto a su tesoro.
—Pensé que podíamos empezar hoy con los estantes, después de comprobar los paneles. Ayer tarde encontré un roble bastante bueno. El mejor que haya visto jamás, si he de ser sincero.
—Como quiera, John —dijo Richard.
Roehm ladeó la maciza cabeza.
—Otro hermoso día, jefe.
—Supongo que sí, John.
Al mirarle, Roehm lo vio todo; o al menos, lo suficiente.
—Nos lo tomaremos con calma, jefe. Con calma —repitió, refiriéndose a todo lo que veía.
Richard lo ayudó a entrar las tablas en la casa.
2
Según descubrió más tarde Richard Allbee, hizo bien en huir de las tres apariciones que se apearon del extraño «Chevrolet» negro; eran un peligro, habían querido matarlo; no había piedad para su maltrecha vida. Las dos últimas víctimas directas del Dragón de Hampstead, la quinta y sexta personas que habían muerto a manos de Wren van Horne, no habían tenido la suerte de Richard. También ellos vieron apariciones, pero se enfrentaron a ellas sin ayuda de nadie; y, con las apariciones, se encontraron con el doctor Van Horne no mucho antes de que el viejo amigo de Graham Williams sufriese la segunda alteración grande de su vida. El doctor Van Horne los trató como había tratado a sus cuatro víctimas anteriores; y así también ellas, o al menos una de ellas, experimentaron lo que hemos llamado «fantástico». En estos días, como pronto vería el general Haugejas, se podía oler lo «fantástico» con sólo transitar por las calles de Hampstead.
Las dos últimas personas que habían muerto directamente a manos del respetado ginecólogo eran Franz Holland y su esposa Queenie.
Queenie debía este nombre a su padre, un cockney llamado Albert Martin que había llegado a América cuando aún no tenía veinte años y había descubierto que su acento sonaba a los oídos de los americanos tan majestuoso como el de un duque. Albert encontró un empleo bien remunerado en «Macy’s», en Nueva York; se casó con una dependienta de la sección de vestidos, encontró tiempo para perseguir a casi todas las mujeres atractivas que veía, encantó a todo el mundo con su amoral pero práctico ingenio londinense, y, en definitiva, ahorró el dinero suficiente para comprar una tienda de ropa femenina en Hampstead, Connecticut.
Queenie era enérgica y práctica, pero se crió adorando el ideal del gentleman, del que pensaba equivocadamente que su padre era auténtica representación. Con Franz Holland, hijo del director de la funeraria, había dado más en el blanco. Ya en su adolescencia, Franz era un chico adusto; pero a pesar de sus modales afectados, era bueno y amable; y Queenie, que tenía algo del espíritu calculador de su padre, comprendió que él estaba metido en un negocio que nunca carecería de clientes. Era como fabricar papel higiénico, le había dicho una vez Franz con toda seriedad; la gente necesitaría siempre este producto. Si Queenie dijo interiormente: «mierda, apuesto a que sí», no lo dio a entender a Franz. Se casaron dos años después de terminar sus estudios en la Escuela Superior. Rápidamente, Queenie se hizo indispensable en la empresa «Bornley & Holland», cuidando de la correspondencia y llevando los libros. Su espíritu práctico, la mejor herencia que había recibido de Albert Martin, había encontrado una magnífica salida.
Así, en 1980, cuando llevaban más de treinta años casados, Franz Holland no podía separar la dirección de la funeraria de lo que hacía su esposa en la oficina durante todo el día. Y esto hacía que el reciente comportamiento de Queenie fuera más desconcertante de lo que hubiese cabido imaginar. Franz podía llevar personalmente los libros, aunque le habría costado el doble de tiempo que a su mujer; pero no tenía la menor idea de cómo había ordenado ella las cosas; apenas si recordaba dónde guardaban los catálogos.
Desde hacía trece días, Queenie no había hecho más que mirar la televisión. Ni siquiera se molestaba en vestirse. Se levantaba de la cama, se cepillaba los dientes y encendía el viejo «Sylvania» en el dormitorio. Entonces se sentaba en el borde de la cama y perdía la chaveta: al menos, esto le parecía a Franz. Había empezado, trece días atrás, hablando con Tom Brokaw; se enfurruñaba cuando Jane Pauley aparecía en la pantalla, y volvía a animarse cuando intervenía Gene Shalit. Sostenía conversaciones con la gente que veía en el televisor; no sólo hablaba a Tom Brokaw y Walter Cronkheit y Ted Koppel y todos aquellos cuyas caras llenaban la pantalla del «Sylvania» durante todo el día, sino que hablaban con ellos. Cuando el invitado en el programa Hoy decía: «La mayoría de la gente tiene hoy apuros financieros debido, en parte, al coste de la enseñanza en nuestros colegios y universidades», Queenie le respondía: «¡Y que lo digas, Tom! Empiezo a preguntarme si la Universidad es sólo para los ricos en nuestros tiempos.» Y así continuaba durante todo el día. Al principio, Franz había pensado que Queenie quería tomarle el pelo por alguna razón —Franz solía decir que los programas comerciales eran porquería—, pero, al ver que continuaba igual, comprendió que su esposa había perdido la cabeza. ¿Qué otra cosa podía decirse de quien tomaba las caras de la pantallas por seres reales?
Queenie se negaba incluso a comer. Él tenía que traerle bocadillos, llevarlos a la habitación desde la cocina del segundo piso de la funeraria, y observar cómo lo miraba ella distraídamente, decía «Gracias, querido», y volvía a su conversación con Robert Reed en El Grupo de los Brady o con Cárter Oldfield en Papá está aquí. El bocadillo se secaba y abarquillaba durante el día, y al traerle él la sopa a las seis, se lo llevaba y lo tiraba. Queenie bebía: «Tab» o «Mello Yello» o cualquier otra cosa que anunciasen, y él presumía que estas bebidas sin alcohol eran lo que hacía que siguiese viviendo.
Queenie permanecía, pues, en el piso de arriba, rígida y como hipnotizada ante el televisor, y Franz tenía que pechar con los afligidos —hoy más numerosos que nunca—, con los corredores de las empresas proveedoras, con el correo y con los libros. Con frecuencia, al rondar por los salones públicos de la planta baja, mucho más amplios que las mezquinas habitaciones de arriba, podía oír las canciones anunciadoras de los programas que Queenie se disponía a ver. Una banda de swing según el estilo de los años cuarenta, tocando una versión rítmica de When the Red, Red Robin Goes Bob, Bob, Bobbing Along, significaba que, dentro de sesenta segundos, Queenie iniciaría una seria discusión con Cárter Oldfield; un igualmente familiar da da da, da da PUM, pum, indicaba que era la hora de Quiero a Lucy y de las reflexiones de Queenie con Desi Arnaz sobre la situación actual en Cuba. Nunca se había dado cuenta de que los ruidos de su vivienda podían oírse desde la planta baja. Esto le había llamado la atención poco después de que los conductores del depósito de cadáveres hubiesen traído el cuerpo de Desmond O’Hara por la puerta de atrás; habían colocado el cuerpo cianótico sobre la mesa de la sala de preparación, Franz había firmado los impresos y acompañaba a los hombres a la puerta, cuando la inconfundible tonada de When the Red, Red Robin había llegado desde la escalera. Uno de los conductores se había echado a reír, diciendo:
—¡Eh! Eso es de Papá está aquí. ¿También usted lo ve?
Queenie le hizo solamente dos observaciones personales durante este período. La primera fue al final de su primer día de locura. Saltó de la cama, dejó el intacto plato de sopa en el suelo, dijo a Johnny Carson: «¡Oh! ya lo sé, Johhny; esa gente de Hollywood no es más que una gran pandilla de alborotadores», y cerró el aparato. Después volvió a la cama y se acostó junto a su tembloroso marido. «¡Oh, Franz! —le dijo—. Hoy me he divertido tanto…» La segunda observación fue el cuarto día de locura, y Franz, después de reflexionar un día o dos sobre ello, pensó que podía ser la explicación de su desequilibrio. Él le había traído el bocadillo —ensalada de atún sobre pan blanco— y una lata de «Tab». Ella hablaba entusiasmada sobre feminismo con un acicalado y bigotudo actor de opereta al que Franz no reconoció. Queenie sorbió la bebida y dijo, dirigiéndose al televisor: «Sé que no te importa lo que tenga que decir una sencilla mujer, Amory», y entonces inquietó a Franz al mirarlo fijamente. Su cara tembló un momento…, como una cara vista a través de un velo de agua. «Me alegro de no haber tenido hijos —dijo con su verdadera voz—. Todos esos pobrecillos ahogándose…, todos esos pequeños cadáveres. Me alegro de que no hayamos tenido hijos.»
Franz Holland pensó que debía de estar siguiendo a su esposa por el camino de la locura. Le pareció que, desde que Patsy McCloud había sufrido su peculiar ataque en el salón de exposición de ataúdes, todo se había vuelto negro, negro, negro…, habían muerto todos aquellos bomberos, y después todo había ido de mal en peor, todos los días había más entierros que organizar e incluir en la lista…, ¡era como Jonestown! Exacto. Todos los directores de funerarias que conocía, incluido él mismo, estaban fascinados por Jonestown y los problemas técnicos que planteaba, y aquí estaba él, Franz Holland, tratando de resolver estos problemas por sí solo en Hampstead.
Todavía recordaba a la linda joven Tayler, ahora Patsy McCloud, abriendo la boca, con una mirada de miedo insensato en los ojos, y chillándole: «¡No me toque!» como si él se hubiese convertido en algo aborrecible. Se había quedado helado. Franz Holland era un hombre sumamente pagado de su aspecto, y el gritarle Patsy de aquel modo —y la mera expresión de sus ojos— había sido como si le clavase un cuchillo en la barriga. Y desde aquel día, desde que había tenido que esconderse en un rincón del salón de los ataúdes mientras ella llamaba a sus amigos, había empezado a temer más que de ordinario los actos de vandalismo y los asaltos en el piso bajo.
Queenie podía haber sido la contable, pero Franz sabía que la mayor parte de su inversión, o sea la mayor parte de su dinero —fuese lo que fuere en realidad—, estaba en las dependencias públicas. Había en el vestíbulo mesas antiguas que su padre había comprado antes de la Primera Guerra Mundial, grandes jarrones chinos, ahora tan valiosos que a Franz se le paraba el corazón cada vez que les quitaba el polvo, y una alfombrita oriental, también comprada por su padre, tan imposible de asegurar como imposible es sospechar de algunos personajes en las novelas policíacas. En la habitación contigua al vestíbulo había una enorme alfombra «Kirman». Todas estas cosas tan costosas y mundanas inquietaban a Franz mientras yacía en su cama por la noche. Oía que rascaban la puerta, que golpeaban suavemente las grandes ventanas de la planta baja. Desde que Patsy Tayler McCloud le había clavado en la panza el cuchillo con que le echaba en cara su fealdad, Franz sabía que algún chico salvaje iba a irrumpir en su establecimiento, a mearse en la alfombra «Kirman» y a apagar un cigarrillo sobre una mesa antigua. Tumbado en su cama, podía oír cómo ocurría esto. La puerta crujía, un cristal se rompía casi sin ruido, sonaban unos pasos. Rumor de líquido sobre la gran alfombra, y las brillantes fibras absorbían el fluido con avidez. Algunas noches casi podía oír la cremallera del pantalón deslizándose antes de que el chico estropease la alfombra.
Y voces…, también había voces, que llegaban de abajo. No quería oírlas, pero ascendían por la escalera, murmuradoras y cálidas. Las primeras noches, había bajado para investigar, pero, naturalmente, no había visto nada. Nadie había raspado la puerta, ningún cristal se había roto, nadie había pisado cautelosamente la insustituible alfombrita. Todos aquellos ruidos importunos habían sonado solamente en su cabeza. Dos o tres noches seguidas, Franz había registrado cansadamente las salas de espera, la capilla y las salas de exposición, y lo había encontrado todo en orden. Y al subir de nuevo la escalera y tumbarse junto a Queenie, que resoplaba suavemente, había oído de nuevo aquellas voces…, cálidas, inquietantes. ¿Franz? ¿Franz? No nos has visto, ¿verdad? Prueba de nuevo, prueba otra vez, feo Franz…
El feo y pequeño Franz…
Poco después de la medianoche del día en que Richard Allbee pudo pasar indemne frente al espectro de su esposa, Franz volvió a oír la serie de ruidos: suaves raspaduras en la puerta, débiles chasquidos de cristal al romperse, pisadas en el vestíbulo. ¿No puedes encontrarnos, feo…?
Alguien rió entre dientes. Chas, chas…, el chorro de orina sobre la alfombra.
Franz gruñó. Tendría que probar de nuevo. ¡Búscanos, pequeño Franz! ¡Búscanos! Todavía podía oír el asqueroso ruido de la profanación de la gran alfombra «Kirman». Apartó la sábana y saltó de la cama.
«¡Oh! No eres más que un viejo bribón. Eso es lo que eres.»
Franz salió de su habitación y buscó el interruptor que iluminaría la gran escalera principal. Si realmente había alguien abajo, posiblemente le espantaría la luz; Franz no tenía deseos de mostrarse heroico. Se detuvo en lo alto de la curva escalera y escuchó con atención.
Prescindiendo de los cálidos murmullos que parecían brotar de las profundidades de los salones públicos, resolvió que sólo echaría un vistazo a las habitaciones. Ni siquiera encendería las luces.
Sólo una rápida vuelta por la planta baja, y subiría de nuevo. Entró en la «Cámara de la Tranquilidad», que tenía que cruzar para ir a las otras habitaciones. Tal como había decidido, no encendió las luces, pero vio perfectamente que la gran alfombra «Kirman», fundida toda su complejidad en un solo campo negro, estaba indemne, lo mismo que las cortinas de terciopelo. Cruzó una puerta y pasó a un ancho pasillo circular interrumpido por puertas con arco que daban a otras cámaras. Había sido en este pasillo donde Patsy McCloud había herido su amor propio. Perdió súbitamente todo su ánimo. Si no hubiese oído al público de Tonight Show rugiendo como un zoo lleno de animales, habría subido la escalera sin pensarlo un instante. Pero el público chillaba y rugía, y Franz se imaginó a Queenie ladeando la cabeza y haciendo algún agudo comentario… y cruzó el oscuro pasillo para asomarse a la primera puerta.
Aquí estaba su sala de exposición de ataúdes. Una habitación cuadrada, quizá de cinco por cinco metros, con hileras de ataúdes alineados sobre pedestales. Sabía que esta pieza estaría vacía. Si lo estaba la «Cámara de la Tranquilidad» también tenían que estarlo todas las otras habitaciones. Su registro no era más que una formalidad. Se limitó a echar un vistazo y se volvió para marcharse.
Pero entonces retrocedió, inquieto. Aquel olor… Había olido algo. De pronto se estremeció al reconocer que la estancia olía a orines. En realidad, olía como una letrina del Ejército, y el hedor le envolvía, mientras permanecía como petrificado en la puerta de la sala de exposición.
—Vamos —dijo—, ¿qué diablos…?
Nos has encontrado, Franzie.
Franz sintió que todo el aire escapaba de su cuerpo. En medio de aquel increíble olor de orina, ahora tan fuerte que casi podía ver los vapores enroscándose en el aire, aparecieron dos abultadas figuras detrás de la segunda fila de ataúdes.
¡Nos has encontrado! ¡Nos has encontrado! ¡Has ganado el premio, Franzie!
—El premio, ¿qué premio? Por el amor de Dios, ¿qué…?
Estaba tan aturdido al ver cómo cobraban vida sus peores fantasías, que realmente no podía comprenderlo. Dos hombres, aquellos hombres, habían irrumpido en su casa y… se habían meado en su colección de ataúdes.
—¡Fuera de aquí! —dijo, al empezar la ira a dominar su miedo y su impresión.
Con mano temblorosa, buscó el interruptor. Lo apretó y la sala de exposición volvió a ser lo que era, inundada de luz y resplandeciendo las brillantes superficies de los cuarenta ataúdes sobre sus pedestales de caoba. Y entonces vio que estaba más loco que seis Queenies.
Llenando el aire de la mitad derecha de la sala, vio le que debía de ser al menos un millón de moscas. Mientras su zumbido le hacía retroceder asqueado hacia el otro lado de la habitación —volcando dos de los sillones de cuero colocados junto a la pared—, el olor a orines rancios flotó a su alrededor.
Entonces, la sólida y vibrante masa de moscas se deshizo y esparció por toda la estancia. Y ahora, un hombre de cabellos grises y manchado traje blanco, se levantó de su sillón a la derecha de la puerta. Tenía la cara lustrosa y brillante. Al mirarlo, Franz captó simultáneamente dos cosas: aquel hombre del polvoriento y sucio traje blanco era el doctor Van Horne, y el médico había empezado a gotear. Como Richard Alíbee, no sabía dónde había oído por primera vez esta expresión, pero reconoció los síntomas. Wren van Horne sólo tardaría una semana o dos en tener que vendarse… Su piel parecía estar en continuo movimiento, temblando ligeramente, inmovilizándose, moviéndose de nuevo.
—¡Oh, claro que sí! —dijo el doctor Van Horne—. Has ganado el premio, Franz.
—¿El premio? —repitió tontamente Franz.
—Sí, por fin nos encontraste —dijo el doctor Van Horne, alargando la mano derecha… Llevaba en ella un bisturí delicadamente curvo. El médico se acercó a Franz, con rostro tembloroso, y rajó el cuello del empresario de pompas fúnebres con un rápido golpe de la hoja.
Cuando hubo liquidado a Franz Holland, el medico subió despacio la escalera hasta el piso de arriba, donde Queenie estaba diciendo a Jack Nicholson que, si se lavaba más, tal como hacía ella, no se sentiría siempre tan corrompido.
3
—No podrás creer lo que sucede en mi oficina. Ni yo mismo puedo creerlo.
Ulick Byrne y Sarah Spry habían almorzado en un pequeño y acogedor restaurante situado en Post Road, llamado «Sweethaven». Lo había elegido Sarah. A ella le gustaban los helechos, el claro suelo de madera barnizada; los crepés, ensaladas y flanes del menú componían lo que ella consideraba un almuerzo sustancioso. No le importaba el hecho de que allí sólo tuvieran vino. Ulick Byrne se había resignado a la falta de ginebra y, en realidad, se encontraba tan mal que no le apetecía nada en especial. En todas las demás mesas del local había mujeres sentadas conversando, fumando, discutiendo si debían pedir el crepé con camarones, puerros y salsa de vino blanco, o crépe con espárragos y con lo que, según la carta, era «un delicado y cremoso relleno de quesos francés». Él era el único hombre en el restaurante, y sentíase tan incómodo como un apestoso viejo oso invitado en una casa de muñecas.
—Yo lo creo. ¿Ha leído el periódico últimamente?
Con disgusto, Ulick removió los restos de su «Crépe Sorpresa». Había comido de aquello todo lo que parecía carne, y se preguntaba si habría provocado un escándalo de haber pedido ketchup para disimular el sabor del yogur o lo que fuera que hubiese dentro.
—Sinceramente, leo pocas veces la Gazette. En ocasiones he echado un vistazo a su columna, como todo el mundo. Es que debo leer mucho con motivo de mi trabajo; apenas dedico quince minutos al Times por las mañanas.
—Bueno, pues, la vieja Gazette no está tan mal para ser una pequeña publicación que aparece sólo dos veces por semana. Realizamos una buena tarea informativa en esta ciudad, si es que está bien que lo diga. Pero, y esto es lo que siento, aun cuando publicáramos un gran reportaje sobre la causa de todo lo que está sucediendo allí, un gran reportaje, repito, digno del Premio Pulitzer, nadie podría leerlo, porque estaría lleno de erratas de imprenta.
Ulick miraba a una mujer que estaba en un extremo del comedor, y decidió que, en definitiva, prescindiría del ketchup. Aquella mujer se parecía a Stony Friedgood de un modo inquietante, con duras y limpias facciones suavizadas por una mata de pelo negro; tenía una mancha de lápiz de labios desde la base de la nariz hasta casi la punta de la barbilla. Cuando abrió la boca, Ulick advirtió que no había descuidado sus dientes. A ninguna de las compañeras de la mujer parecía importarle que la cara de su amiga diese la impresión de que había sufrido un accidente de tráfico.
—Pensé que el periódico parecía un poco raro la última vez que lo vi.
El titular, pensó, decía RESIGNACIÓN SIGNIFICA EXTRU AESTWOOD Y FALLA EL TIEMPO.
La rolliza rubia sentada junto a la dama del lápiz de labios se desabrochó despreocupadamente la blusa y descubrió un pecho abultado y tostado por el sol. Sostuvo el seno en la mano unos instantes, mientras hacía algún comentario, y volvió a guardarlo debajo de la fina blusa de algodón.
—Siempre parece raro —dijo Sarah—. Mi director lee las pruebas todas las mañanas, se concentra para corregir todos los errores, y media docena de párrafos salen hechos un asco. Pero, no comes. ¿Te encuentras mal?
—Me siento hecho un asco —dijo, sin añadir que tambien se sentía como si hubiese engullido comida de perros—. Mi estómago no está bien. Tal vez tengo fiebre, lo sé. Y si he de decirte la verdad, ni siquiera me importa mucho. También me estoy volviendo irascible. Mi secretaria está pensando en despedirse, a causa de los gritos que le he echado.
Sarah le golpeó una rodilla por debajo de la mesa.
—¿Qué quiere decir esto?
—Sólo que debes tomarte las cosas con calma, amigo. Demasiados hombres pierden los estribos en Hampstead estos días. No quiero que riñas con nadie. Y menos con tu secretaria.
—Tal como me siento, ella podría conmigo. ¿Puedes hacerte una idea de lo que pasa en mi bufete? Ya no sé lo que soy…, tal vez me han tomado por un psiquiatra. Llegan clientes a los que conozco desde hace años, me saludan, se sientan, hacen visajes y echan a llorar. No puedo estar sentado allí, viendo llorar a la gente. Me saca de quicio. Y te diré algo más. Dos de mis clientes se han suicidado en los tres últimos días. Los dos varones. Uno de ellos se pegó un tiro en la cabeza; el otro se bebió una botella de herbicida. Tenían buenos empleos…, ¡caray! unos empleos magníficos. No puedo soportar más esta mierda.
—Ya. Si no tuviese algo interesante que mostrarte, también yo me sentiría deprimida y empezaría a llorar, y tú tendrías que buscar algo para hacerlo añicos.
—¿Algo que mostrarme?
Inconscientemente miró a la rolliza rubia de la blusa de fino algodón.
—No temas, Ulick. No voy a desnudarme. Quería que vieses una foto del Herald de Woodville. Éste es propiedad de la misma cadena a la que pertenecemos nosotras, y compartimos algunos materiales, aunque, naturalmente, la mayoría de ellos son completamente distintos. Les pedí que me dejasen ver sus números de la tercera y de la cuarta semana de mayo. En la primera página del número del 19 de mayo, vi una fotografía que me interesó. Hice que su director gráfico me enviase una ampliación. Pienso que también a ti te interesará.
Se inclinó, cogió su bolso y sacó de él un sobre de papel manila. Extrajo del sobre una brillante fotografía ocho por diez.
Ulick la tomó. No podía imaginarse por qué había pensado ella que le interesaría aquella foto. Veía en ella, en claro blanco y negro, un grupo de hombres de pie en lo que parecía una zona de aparcamiento. Los dos del centro estaban siendo interrogados por los otros, que formaban un círculo irregular a su alrededor. Byrne no identificó ninguna de las caras.
—¿Y bien? —preguntó.
—Los dos hombres del centro eran los científicos encargados de la instalación de «Telpro» en Woodville: Theodore Wise y William Pierce. Esta foto fue tomada en una especie de conferencia de Prensa improvisada el mismo día en que los dos murieron en aquel lugar.
—Bien —dijo Byrne—. ¿Qué es lo importante?
—Ése —dijo Sarah, señalando con la punta del dedo la corpulenta figura de un hombre de rubia cabellera y suéter grueso. Las palabras DEEP ON TRUCKIN eran claramente visibles en la parte delantera del suéter—. ¿Sabes quién es?
—Algún mecánico.
Sarah se permitió una sonrisa crispada e indulgente.
—Ese mecánico es Leo Friedgood. Un amigo mío del Departamento de Policía lo identificó y me lo dijo.
Ulick frunció el ceño; acercó la fotografía a su cara.
—¿Friedgood estaba allí? ¿El diecisiete de mayo? Estaba en «Woodville Solvent»
—Es evidente.
Él dejó la foto sobre el borde de la mesa.
—Que me aspen si lo entiendo. Pero si Friedgood estaba allí, esto significa que «Telpro» lo envió. Y si «Telpro» lo envió allí, es que querían que hiciese algo. Debieron de pensar que… —Se interrumpió, reflexionando—. Debieron de pensar que algo andaba mal y que el personal que tenían allí no podía resolverlo. La cuestión es: qué le ha pasado a Friedgood. Hace semanas que falta de su casa.
—«Telpro» —dijo Sarah.
—Has pensado en todo, ¿no? «Telpro». Iron Hank Haugejas. Metieron a Leo en alguna parte; lo tienen a buen recaudo, porque es la única persona no relacionada directamente con «Woodville Solvent» que sabe lo que realmente sucedió allí.
—Que sabe el grado de responsabilidad que tiene «Telpro» en lo que está pasando en Hampstead —Sarah guardó cuidadosamente la foto en el sobre y éste en el bolso—. ¿Sabes lo que quiero hacer? Me gustaría armar un poco de jaleo en la jaula del general Haugejas. Creo que es hora de tomar medidas drásticas. Quiero ir a su oficina y ver lo que dice acerca de Leo Friedgood y de «Woodville Solvent».
—En este caso, debería acompañarte tu abogado.
—¿Tienes algún plan para esta tarde?
Ulick Byrne no quería confesárselo, pero, tanto profesional como personalmente, estaba muy excitado por lo que podía surgir de un encuentro con el general Haugejas. Estaba convencido —a pesar de la debilidad de la prueba que tenía Sarah— de que Haugejas y «Telpro» se habían confabulado para ocultar lo que había sucedido realmente en Woodville el 17 de mayo. Haugejas era un cliente difícil, y «Telpro» tenía un millón de abogados; pero ¿y si él y Sarah podían pillarlos desprevenidos? Ulick podía oler la iniciación de una serie de pleitos cuya cuantía ascendería a miles de millones de dólares. Sería un escándalo mucho mayor que Watergate y tan claro como éste, como dibujado en blanco y negro: el principal abogado de los ciudadanos de Hampstead se haría famoso de la noche a la mañana, especialmente si había contribuido personalmente a descubrir el escándalo.
Sarah advirtió que mientras Ulick Byrne se dirigía a Manhattan por la I-95, cuando cruzaba el Triborough Bridge y cuando rodaba entre el tráfico de FDR Drive, parecía de vez en cuando reprimir una sonrisa.
Cuando llegaron al edificio «Telpro» de la Calle 59 este, Sarah le empujó al pasar frente a la mesa del conserje en el vestíbulo y lo condujo hacia un ascensor que esperaba.
—¿Cómo sabes adonde vas? —le preguntó Ulick.
Las puertas del ascensor se cerraron sin ruido, dejándoles solos en una caja zumbadora con paneles de madera.
—Soy periodista —dijo ella—, y también una periodista mucho más vieja que tú. Cuando Iron Hank se retiró, por decirlo así, del servicio militar, pronunció un pomposo discurso sobre las futuras batallas que emprendería desde atrás de una mesa en el vigésimo piso de un edificio de la Calle 59 este. —Pulsó un botón brillante en la pared del ascensor—. Por consiguiente, le daremos ocasión de librar una de estas batallas.
Byrne se encogió de hombros.
—Desde entonces, puede haber cambiado veinte veces de despacho.
—En tal caso, preguntaremos cuál es el piso exacto. Pero lo principal es que hemos pasado la mesa de la entrada.
—Ahora tendremos que pasar la de la secretaria.
En la vigésima planta, salieron a un ancho corredor que conducía a una puerta de cristales con el rótulo PROYECTOS ESPECIALES pintado en letras negras. Detrás de la puerta, una secretaria o recepcionista pelirroja estaba sentada a una lujosa mesa. Levantó la cabeza y sonrió al entrar los dos y avanzar sobre la gruesa alfombra. Ulick tuvo que reconocer que Sarah Spry se las ingeniaba mucho mejor que él para caminar sobre la gran alfombra con el aire de quien tenía perfecto derecho a estar allí.
—¿En qué puedo servirles? —preguntó la joven.
—Quisiéramos ver al general Haugojas —dijo Sarah, con voz firme—. Pero antes nos gustaría hablar unas palabras con su secretaria.
La muchacha de detrás de la mesa pareció confusa.
—¿Tiene concertada una entrevista con el general?
—Permítanos hablar con su secretaria, por favor —dijo Sarah, imponiendo silencio a Ulick con los ojos—. Puede decirle que una periodista de la Gazette de Hampstead y un abogado han venido en relación con los sucesos que ocurrieron en «Woodville Solvent».
—¿«Woodville Solvent»? ¿La Gazette de Hampstead? —La muchacha descolgó el teléfono, que era del mismo color que la alfombra, marcó un solo número y habló a media voz durante un momento. Después les miró con los ojos muy abiertos—. ¿Pueden darme sus nombres?
—Mrs. Spry y Mr. Ulick —dijo éste.
La recepcionista volvió a hablar suavemente por teléfono. Después les obsequió con una amplia sonrisa. Mrs. Winthrop los recibiría dentro de un momento.
El momento se convirtió en treinta y un minutos. Mrs. Winthrop resultó ser una mujer oriental de poco menos de treinta años, de liso vestido negro que hacía juego con sus cabellos, y grandes gafas redondas teñidas de ámbar por debajo del nivel de sus ojos; tenía una bella manera de sonreír y una fuerza de personalidad que anuló inmediatamente la de la pelirroja recepcionista. Tomó la mano de Ulick mientras pronunciaba su nombre y le achicharraba con su sonrisa, y la estrechó con fuerza, como un hombre. Él tuvo la impresión de que acababan de pesarlo y de medirlo, y de que lo enviaban a lavarse. Después volvió su atención a Sarah. Byrne se preguntó cómo sería Mr. Winthrop.
—¿Tiene la bondad de pasar a mi despacho? —indicó, volviéndose vivamente para conducirlos a lo largo de otro pasillo suavemente iluminado. Después de varias vueltas y revueltas, abrió una puerta grande de roble claro y los introdujo en un despacho donde había una ancha mesa negra y un largo sofá de cuero negro. Brillantes pinturas abstractas decoraban las paredes. Mrs. Winthrop pasó majestuosamente detrás de la mesa y se sentó.
—Debo observarles que el general Haugejas no recibe nunca a nadie sin previa cita; por consiguiente, no habrían podido verlo aunque hubiese estado aquí esta tarde.
—¿No está aquí? —preguntó Sarah.
—No lo esperamos hasta mañana, Mrs. Spry. Pero estoy segura de que desearía que me dijesen lo que les interesa, a fin de poder él contestarles acerca de ello. Ante todo, ¿podrían explicarme por qué una redactora de notas de sociedad, de un diario de Hampstead, y un abogado especializado en transacciones inmobiliarias se interesan en el general Haugejas?
De este punto en adelante —debemos presumir, a juzgar por la rapidez de la reacción del general—, Mrs. Winthrop grabó todas las palabras pronunciadas en su despacho. La cinta magnetofónica debió de captar el creciente enojo de Ulick y la progresiva irritación de Sarah, y su evidente creencia de que Henry Haugejas estaba al otro lado de la puerta de detrás de la mesa de Mrs. Winthrop. (En esto estaban equivocados, porque el general asistía aquella tarde a una reunión del consejo de administración de un Banco de Wall Street.) Y la cinta registró, sin duda, la observación de Ulick de que «Telpro» había matado a unos niños en Hampstead, Connecticut, y sus repetidas preguntas sobre la presencia de Leo Friedgood en las instalaciones de Woodville. Mrs. Winthrop, que lo había enviado allí, sólo pareció vagamente intrigada por el alud de acusaciones que brotaban de las dos severas y frustradas personas sentadas en el sofá de cuero.
4
El día siguiente, viernes 25 de julio, el general Henry Haugejas, acompañado por dos ayudantes, llegó ceremoniosamente a las calles de Hampstead, no en el asiento delantero de un jeep con gallardete oficial, como había hecho en ciertos pueblos coreanos cuidadosamente elegidos, sino en el asiento de atrás de un automóvil grande.
La casa de Friedgood estaba desocupada y saltaba a la vista que llevaba algún tiempo en esta condición. Los vecinos sirvieron de poco. No sabían lo que había sido de él, y tampoco sabían por qué tenían que abrir sus casas para que las registrasen tres desconocidos. Cuando el general se identificó y explicó —con una falta total de delicadeza— que la localización de Mr, Friedgood era importante para la seguridad nacional, los residentes de Cannon Road, Charleston Road y Beach Trail, se resignaron en su mayoría a abrir sus puertas al general y a sus dos corpulentas mascotas. Pero todas aquellas dilaciones, todas aquellas explicaciones y vacilaciones, y la mal disimulada hostilidad, habían hecho trizas a los tres ex militares.
Su fracaso, tanto como las repetidas explicaciones y el agrio aliento del privilegio de clases, los tenía fuera de sí. Después de examinar veinte casas, el general y sus ayudantes tenían los nervios tan tirantes como cuerdas de piano. Habían empezado a verse de nuevo como verdaderos militares, y les indignaban los problemas que les planteaban los paisanos. Pensaban con añoranza en los tiempos en que podían irrumpir, armados hasta los dientes, en cualquier tugurio que quisiesen registrar, y en cómo toda la gente del tugurio se inclinaba y sonreía tan exageradamente que parecía que iban a romperse el espinazo y las mandíbulas. Probablemente, esperaban que la Policía de Hampstead se comportase de la misma manera, como campesinos vietnamitas.
Y ésta era la causa de sus dificultades. De un modo que parecía calculado para hacer perder los estribos a cualquier agente de Policía, el general Haugejas y sus ayudantes presumían que tales agentes sólo existían para cumplir sus órdenes, que todos pertenecían a un mismo ejército, pero con los policías en los últimos lugares de la cadena de mando.
El amigo de Sarah Spry, sargento Dave Marks, fue el primero en encontrarse con los tres, y sus modales le irritaron inmediatamente. El corpulento viejo de cabellos de color de acero lo miró de arriba abajo y los dos tipos que lo acompañaban se colocaron a un lado y otro de la mesa de Dave, como solían hacer los terroristas en las películas de instrucción de la Policía. Uno a cada lado, a una distancia de dos metros y medio o tres, de modo que si se miraba a uno no se podía ver al otro. Estos tres parecían anunciar tormenta y pérdida de tiempo, y Dave Marks no estaba por estas cosas; quería terminar su turno, ducharse, zamparse un poco de comida e ir a la sesión de medianoche del cine «Nutmeg», donde proyectaban Los chicos del coro, al otro extremo de la zona de aparcamiento municipal de la Jefatura. Era lo que deseaban todos los policías de servicio aquella noche; todos ellos lo esperaban excitados y, por ello, les irritaban los importunos forasteros.
El general, mirando fijamente a Dave Marks desde un punto equidistante de la puerta y de la mesa, le ordenó que llamase al jefe.
—El jefe no está —dijo Marks.
El jefe se hallaba durmiendo en su casa, pero no vio razón para decírselo a su visitante.
El general se acercó a la mesa.
Puso una tarjeta delante de Dave Marks.
—Supongo que al jefe no le importará si nos dice lo que sepa acerca del paradero de Leo Friedgood.
Marks frunció los labios y leyó la tarjeta.
—«Telpro Corporation» —dijo—. ¿No era usted su jefe?
—Mr. Friergood trabaja en «Telpro Corporation», esto es verdad. Si su jefe está ausente, le pido que me muestre la ficha de Mr. Friedgood.
Maks arqueó las cejas.
—¿La ficha?
—No es un asunto ordinario, agente. Es una cuestión de seguridad.
—Espere un momento. —Marks volvió a mirar la tarjeta—. Aquí no dice que esté usted todavía al servicio del Gobierno, general. Aunque lo estuviese, necesitaría una orden especial para poder mostrarle nuestros archivos. Pero no lo está. Por consiguiente, no le darán aquella orden especial. Eso es todo.
—Quiero hablar con su jefe.
—Vuelva usted mañana, general.
—Y mientras espero para hablar con su jefe, quiero que usted o uno de sus compañeros averigüen la dirección actual de Mr. Friedgood.
—Tendrá que pedírselo al jefe, señor. Pero él no le concederá nada.
—Cursaré a su jefe un informe desfavorable sobre su comportamiento de esta tarde, agente Marks.
Otros tres o cuatro agentes se habían acercado a la mesa; el general hubiese debido advertir que se movían con mucho cuidado, casi mostrando una solidaridad defensiva.
—Puede hacer lo que quiera, general. Yo sólo sé que es un ciudadano particular que se imagina tener derecho a dar órdenes a los agentes de Policía y a ver sus documentos. Creo que esto puede causarle problemas, general.
La cara del general se había puesto más roja de lo que estaba de ordinario. Al fin había empezado la batalla.
—Voy a darle un número de teléfono del Departamento de Defensa. Voy a pedirle que llame a este número y escuche lo que le digan. Le ordeno que haga estas dos cosas. Y después quiero ver la ficha de Leo Friedgood.
—Y yo voy a pedirle que recuerde dónde está, general —dijo Dave Marks—. No puede ordenarme nada. Quiero que usted y sus matones salgan inmediatamente de la Jefatura.
—¡Eh! —dijo uno de éstos—. Lo único que queremos es…
—¡Fuera! —gritó Marks—. Lo digo en serio.
—Se está comportando como un tonto y buscando su ruina —dijo el general Haugejas—. Tengo derecho a estar aquí y tengo derecho a la información que exijo. Sólo con que llame al Departamento de Defensa…
—Pero ¿quién demonios es usted? —preguntó un joven policía, cuyo rostro había enrojecido también—. ¿Se imagina que está en su regimiento? Le han ordenado que salga de la Jefatura, amigo. ¿No cree que debería largarse?
Greeley se acercó a Johanssen y le agarró de un brazo.
—No haga eso —dijo Johanssen.
—Bueno, nadie quiere armar jaleo —dijo Greeley—. Hemos estado buscando todo el día a ese desertor. Lo encontraremos a pesar de todo, y ustedes, muchachos, van a ayudarnos a encontrarlo.
Johanssen se volvió al grupito de policías con una expresión de «¿podéis creer a ese tipo?», en el semblante. Al volverse, su mano rozó la pistolera de Greeley. Sin pensarlo, actuando por simple furia y simple reflejo, Johanssen le hizo la zancadilla a Greeley, apoyó una rodilla sobre el pecho del asombrado Greeley y metió una mano debajo de su chaqueta en busca de la pistola.
—¡Dejen en paz a mis hombres! —gritó el general Haugejas.
Un joven y robusto polizonte llamado Wiak sujetó desde atrás los brazos del general, y su compañero dio unos pasos adelante para apoderarse de las armas, ahora visibles, que llevaba en el cinto el general. Otros dos policías le habían quitado la pistola a Packer de manera parecida.
—Les ordeno que me suelten —dijo el general—. Soy Henry Haugejas, el general Henry Haugejas y exijo que me suelten y me dejen telefonear.
—¿Qué clase de arsenal llevan ustedes encima, general? —preguntó Dave Marks—. Van armados hasta los dientes. Si yo estuviese en el lugar de Leo Friedgood me alejaría lo más posible de ustedes.
—¡Quiero un teléfono! —gritó Haugejas—. Me permitirá usar un teléfono.
Greeley trató imprudentemente de librarse de la rodilla de Johanssen, y el joven policía le hizo dar media vuelta con una torsión hábil del brazo. Mark Johanssen apoyó un pie sobre la rodilla de Greeley, se agachó y le esposó las manos detrás de la espalda.
—¡Idiota! —gritó el general—. ¡Suelte a ese hombre!
—Ya se lo he dicho, no pertenezco a su regimiento —dijo Johanssen, y, pasando sobre Greeley, se acercó al general.
—Encerradlos en las celdas —dijo rápidamente Marks—. De momento, encerradlos, y ya veremos mañana lo que hacemos.
—Bueno, ese hijo de perra me atacó —dijo Johanssen, poniendo a Greeley dolorosamente en pie. Greeley se volvió y escupió en la solapa del uniforme de Johanssen—. ¡Mierda! —chilló éste.
Largó un puñetazo al estómago de Greeley y, al doblarse éste por la cintura, le propinó un golpe en un lado de la cabeza haciéndole caer dentro de la primera celda de la hilera que se extendía más allá de la zona de recepción de la Jefatura.
—¡Mierda! —repitió, mirando el gargajo amarillo en su solapa. Se arrancó la guerrera del uniforme, saltó dentro de la celda, donde Greeley yacía jadeando debajo del lavabo, y frotó con aquélla la barbilla de Greeley—. Tendría que hacértelo comer, mamón —dijo, y salió de la celda, cerrando la puerta a su espalda.
Larry Wiak estaba empujando al general hacia la segunda celda. La cara del general estaba ahora completamente desfigurada por la ira y la incredulidad; nunca se le había ocurrido pensar, al iniciar la batalla, que ésta podía terminar en derrota.
—¡NO ME TOQUE! —chillaba—. ¡HARÉ QUE LES CORTEN LOS COJONES!
—Nunca me gustaron mucho los generales —dijo Johanssen, regocijado al ver cómo metía Wiak al general en la celda.
—Os convendría más llamar a uno de esos números —dijo Packer, mientras lo conducía a la tercera celda—. Mañana se armará la gorda.
—Los generales se empeñan siempre en cortarle los cojones a alguien —dijo Johanssen.
Iron Hank siguió despotricando ruidosa y frenéticamente, pero al fin reconoció que en una población donde todo el mundo había estado expuesto al engendro de Otto Bruckner, nada impedía que los policías se volviesen locos como todos los demás.
—Al menos esos tres imbéciles no nos darán trabajo esta noche —dijo Larry Wiak a Johanssen.
Johanssen escuchó los gritos y las amenazas del general.
—A menos que ese viejo fantoche consiga telefonear y arme un follón —dijo.
—¡Un follón! —chilló el general—. ¡Eso sería como una palmada en el culo!
5
—Quieres ir. Sé que quieres ir.
—Quería ir, desde luego. Pero esto fue antes de que te pusieses enferma. Por lo que más quieras, Ronnie…
—Todos tus amigos estarán allí.
—A fin de cuentas, veo a todos mis amigos en la Jefatura. Verlos encerrados en un cine no es una gran diversión.
—Pero el año pasado te divertiste mucho.
—El año pasado tú gozabas de buena salud. Por el amor de Dios, Ronnie. Ni siquiera has tocado la comida.
—Bueno, si no tengo apetito es, en parte, porque estoy preocupada por ti. No quiero que te conviertas en un mártir. Me sentiré mal, tanto si vas al cine como si no. Por consiguiente, deberías ir.
—¡Jesús! No me lo perdonaría si fuese esta noche, Ronnie. No es más que una película. Quiero quedarme y cuidar de ti.
—Cuidar a una anciana enferma —dijo Ronnie, y volvió la cara sobre la almohada.
Realmente parecía una anciana enferma, pensó Bobo. Podía ver cómo se había secado su piel en las semanas de enfermedad, cómo colgaban sus mejillas por debajo del borde de la mandíbula inferior, como las de una montañesa desdentada. A las nueve de aquella noche, Bobo se sentó junto a la cama de Ronnie en la habitación oscurecida, moviendo al tuntún el plato intacto de ella, unos centímetros cada vez, sobre la bandeja de aluminio. Ronnie había cerrado los ojos, y sus párpados destacaban en su cara como dos piedras grises y surcadas de venitas. Suspiró y hundió más la cara en la almohada. Profundas arrugas surcaban su frente, se hundían en la carne en las comisuras de los labios. Durante un fugaz momento de infidelidad, Bobo miró a Ronnie Riggley con disgusto… por él mismo, no por su amante. ¿Podía realmente atarse para el resto de la vida a una mujer tanto más vieja que él? ¿Vivir con esa mujer, y observar cómo ese lívido y gastado semblante sustituía poco a poco a la cara que él había conocido? Una red de líneas y de finas arrugas parecía formarse debajo de la piel y absorber el rostro. Por un instante, Bobo quiso huir; se sintió como un enfermero en un hospital. Un momento después, estas ideas rebotaron. Apretó la mano de Ronnie, sintiéndose culpable y avergonzado; sin embargo, las ideas que habían provocado este sentimiento de culpa subsistieron.
—Vete —dijo Ronnie—. No permitas que te retenga.
—Ya veremos —dijo Bobo, y sus palabras resonaron con un doble significado para él.
Cogió la bandeja y la llevó a la cocina. Ronnie suspiró de nuevo, de dolor, pensó él.
El problema era —y ahora Bobo tuvo que contenerse para no dar un puñetazo a una de las puertas de la alacena de Ronnie—, el problema era que los casos de asesinato habían proliferado, se habían extendido de algún modo que no podía definir, y habían envenenado la población. Así le parecía a Bobo: como si la epidemia de asesinatos se hubiese de algún modo independizado de éstos y empezado a florecer en las paredes y en las aceras. Ahora no le gustaban ya sus rondas nocturnas por Hampstead. Veía demasiadas cosas insensatas, y la diversión se había convertido para siempre en locura para él. Cada noche tenía que sofocar un par de misteriosas disputas; cuando hablaba a los ensangrentados pendencieros después de separarlos, éstos no podían recordar exactamente la causa de su riña. Otro suceso corriente era que una persona absolutamente normal —podía haber tenido algún síntoma de depresión en los últimos días, pero no siempre era así— se sumía de pronto en una locura inexplicable. Eran tantas las personas que habían resuelto que el rompimiento de ventanas era socialmente admisible, que las de Main Street aparecían entabladas de un modo permanente. El propio Bobo había respondido a la llamada cuando Teddy Olson, farmacéutico de Main Street, había lanzado su «Cámaro» contra un grupo de colegiales y matado a cuatro de ellos. Bobo no sabía por qué, pero tenía la seguridad de que, si el asesino no hubiese venido a Hampstead, Teddy estaría aún despachando «Valium» detrás del mostrador, en vez de esperar el día de su juicio en la cárcel de Bridgeport.
En realidad, Bobo calculaba que había ahora en Hampstead un centenar de personas, de todas las edades y de ambos sexos, que parecían estar lo bastante locas para ser el asesino. Algunas de ellas eran policías, y ésta era otra parte del problema que hacía que Bobo tuviese ganas de liarse a puñetazos con los armarios de la cocina de Ronnie. Todo el Departamento estaba fuera de sí porque no habían conseguido prender al criminal; la Policía del Estado parecía también furiosa y desesperada mientras buscaba en el círculo menguante de pistas inútiles. Todavía peor, para Bobo, era la expresión que veía en los ojos de agentes como el joven Mark Johanssen y su amigo Larry Wiak, una expresión que revelaba que serían muy capaces de sacarle las tripas al primero que se cruzase con ellos. Pero había algo más que la expresión de los ojos. Wiak había derribado aquella mañana a los dos contendientes de una riña en la zona de aparcamiento de detrás de Main Street. Uno de ellos había tenido suerte al no sufrir conmoción cerebral, y el otro había perdido tres dientes. Pero aún peor que la satisfacción de Wiak por haber dejado fuera de combate a aquellos ciudadanos, y que la aprobación dada por los otros agentes a su acción, era la impresión que tenía Bobo de que lo que había deseado realmente Larry Wiak había sido poder disparar contra los dos hombres, en vez de limitarse a pegarles.
Arrojó la comida no consumida en el cubo de la basura de Ronnie, echó agua sobre el plato y lo colocó en la máquina. Se inclinó sobre el fregadero, con ambos brazos estirados, y miró el confuso reflejo de su cara en el cristal de la ventana. Y quizá por primera vez, desde que había empezado a pensar en los crímenes de Hampstead más seriamente que cuando había comenzado, la función de medianoche en el «Nutmeg Theater» hizo que sintiese un ligero escalofrío de temor: mientras todos los demás gritaban y bebían cerveza, sería más conveniente que Johanssen y Wiak y unos cuantos más estuviesen solos en un bar tranquilo. Las locas diversiones llevaban a veces, no a su propia purgación, sino a la destrucción total. Y la aprensión de Bobo aumentó al recordar que la novela en la que se basaba la película de aquella noche se refería a toda clase de excesivas diversiones que rebasaban la frontera con la más negra locura. El buen y viejo Wambaugh.
6
Los policías que sobrevivieron a la «Segunda Sesión Anual de Medianoche para la Policía» nunca pudieron explicar debidamente cómo se pusieron tan mal las cosas con tanta rapidez. Como Bobo, tenían buena idea de las razones que había hecho que la exhibición de la película acabase en desastre; conocían sus propias frustraciones igual que él pero nunca pudieron saber de fijo cómo se habían desarrollado realmente los sucesos que, en menos de media hora, habían convertido a cien alegres policías en otros tantos individuos histéricos blandiendo pistolas. Había unas cuantas cosas en las que estaban de acuerdo todos los supervivientes: poco antes de empezar la carnicería, Larry Wiak se había quitado toda la ropa y saltado al escenario delante de la pantalla, y un viejo guardia llamado Rod Fratney había empezado a gritar, con voz estridente y destemplada, que había visto a Dicky Norman. Los treinta y dos supervivientes del «Nutmeg Theater» coincidían también en que un hombre sentado a la derecha en el fondo del cine había chillado en cuanto Fratney había pronunciado el nombre de Dicky. Todos decían que Larry Wiak había sido el primero en morir; pero once de ellos juraban que Fratney había matado a Wiak; dieciséis afirmaban que el policía no identificado que se puso a chillar había disparado contra el desnudo Larry Wiak; cuatro decían que los dos hombres habían acribillado el pecho de Wiak, y uno aseguró a Graham Williams que, si bien Rod Fratney y el hombre no identificado habían sacado sus pistolas y disparado, las balas habían dado en la pantalla; lo que había matado a Wiak, juraba el hombre, había sido un rayo que, surgiendo del techo del cine, había caído en diagonal pero infaliblemente sobre el hombrón desnudo plantado delante de la pantalla.
—Lo que le hirió —dijo el policía a Graham— no se parecía a nada cuanto pueda haber visto usted en su vida. Un rifle «Browning» le habría causado menos daño. Le hizo trizas. Quedó deshecho, y esto fue lo que enloqueció a los otros.
Esto pareció acertado a Graham; estaba en la línea de actuación del Dragón. Por consiguiente, fue a preguntar a algunos de los otros si estaban seguros de que uno de los dos policías había matado a Wiak. En «Billy O’s», un sargento de cuarenta y tres años llamado Jerry Jerome lo miró cansadamente y dijo:
—¿Se refiere a las luces? ¿Le ha hablado alguien de las luces?
—Hábleme usted de ellas —dijo Graham.
—Bueno, entramos todos en el cine. En seguida nos tomamos un par de cervezas cada uno; aquellos chicos parecía que bebiesen directamente del bote, nunca los había visto beber tan de prisa; y entonces nos dispusimos a ver la película. Todo el mundo dejó de gritar, y se apagaron las luces. Johanssen y algunos más, Maloney y Will y no sé quiénes eran los otros, estaban todavía rondando por los pasillos, pero todos los demás nos habíamos sentado. Podía oírse suspirar a todos, porque al fin había llegado el momento que habíamos esperado durante toda la semana. Cuando empezó a levantarse la cortina, algunos aplaudieron, pero la mayoría de nosotros…, ¡caray, pude sentirlo…! nos pusimos como mentalmente alerta, ¿entiende lo que quiero decir?
Jerry Jerome echó un largo trago de su «Jack Daniels», guiñó un ojo a Graham Williams, y le preguntó:
—¿Sabe algo de «Spigger»? ¿Le habló alguien de «Spigger»? —Graham negó con la cabeza, y Jerry Jerome esbozó una pálida sonrisa de fantasma y dijo—: Esto fue un poco después, y por eso llegué a pensar que tal vez las luces sólo estaban en mis ojos. Porque si el tipo que gritó aquella palabra hubiese visto lo que yo veía, no creo que hubiese tenido ganas de broma. Por eso traté de asegurarme de que tenía mi cabeza en su sitio.
Volvió la cabeza y miró a Graham.
—Bueno, amigo, si se ríe usted de mí y de lo que voy a decirle, le arrojaré esta bebida a la cara. ¿De acuerdo? De acuerdo. Pensé que veía la aurora boreal. ¿Me entiende? Chorros de luz que caían del techo hacia la pantalla; algunos parecían como bolas de fuego. Azules, amarillos y rojos, echando destellos como chispas de electricidad. Lo vi, hombre. Y me asusté tanto que a punto estuve de cagarme en los calzones. Estaba seguro de que todo el cine se había incendiado. Aquello me recordó las prácticas de artillería cuando estaba en Fort Sill. Bum, bum, bum, ¿sabe? Aquello llenaba todo el maldito aire… y entonces se precipitó sobre la pantalla. Así… —Se interrumpió para beber y mirar duramente a Graham, una verdadera mirada de policía, para ver cómo reaccionaba a todo aquello—. Así, cuando vi a Wiak, cuando vi que algo inverosímil caía sobre Wiak y lo dejaba hecho papilla, pensé que todo era lo mismo.
Lo de «Spigger» tenía fácil explicación. Casi todos los supervivientes lo recordaban, y la mayoría de ellos recordaban también que el bromista había sido uno de los que andaban por el pasillo central cuando se habían apagado las luces. Coincidían en que no había sido Johnssen, cuyo humor no era tan tosco. Maloney parecía ser el más probable; Artie Maloney, que había venido de Vietnam con una caja llena de medallas que a veces sacaba de un cajón de la mesa escritorio de su casa para mostrarlas, si él y su interlocutor estaban lo bastante borrachos. Parecía que había sido Maloney quien habría gritado «¡Spigger!» cuando el primer negro que no era policía había aparecido en la pantalla. «¡Spigger! ¡Medio spick y medio nigger!» Los muchachos se habían desternillado de risa. Si tenían cerveza en la boca, habían rociado con ella la cabeza del hombre que tenían delante. La frase de Maloney había sido coreada en todo el «Nutmeg Theater», pero la verdad era que el chiste de Maloney no era realmente para tanto. Era, esencialmente, lo que diría un policía irlandés de veinticinco años, medio borracho y con los pies apoyados en la butaca de delante, que tenía la impresión de que podía decir cuanto le pasara por la cabeza. De ordinario, los policías más viejos, como Jerry Jerome y Rod Fratney, no se habrían dignado siquiera sonreír ante semejante gansada.
Entonces, ¿por qué había tenido ésta tanto éxito? Graham pensó que tal vez había sido al menos como una válvula de escape a la extraordinaria tensión reinante. ¿Y si alguien, además de Jerry Jerome, había visto aquellos chorros de luz chocando como brillantes bengalas contra la pantalla? ¿Y si todos los que estaban allí, a excepción de Artie Maloney, habían visto las luces y se habían preguntado si estaban perdiendo la cabeza? «Spigger» podía haberles sacado de su pasmo, hecho que volviesen a ser como eran antes.
Pero quizá no del todo, y quizá la palabra «pasmo» no es la adecuada para definir su estado. Pues había otra cosa que la mayoría de los supervivientes del «Nutmeg Theater» confesaron gradualmente a Graham Williams: otro punto de acuerdo en todas las confesiones.
Fue un muchacho de veinte años quien lo insinuó primero a Graham, y había parecido tan confuso como Jerry Jerome en el bar de Bridgeport. El muchacho, Mike Minor, quizá tenía aspecto autoritario cuando llevaba uniforme, pero con jean y camiseta de manga corta, sentado en una mecedora de madera en la cocina de la casa de sus padres, parecía todavía destrozado por los sucesos del «Nutmeg Theater». Sus ojos eran demasiado grandes para su cabeza, y una venita saltaba continuamente en uno de sus párpados, como si quisiera irse a otra parte. Había abandonado el cuerpo en septiembre y pensaba cursar estudios de informática en alguna parte, aunque a Graham le pareció que no le vendría mal esperar otros seis meses. Su capacidad de atención era la propia de un niño de cuatro años.
—Cuando las luces se apagaron, creía ver algo como telarañas allá arriba, sí —dijo a Graham—. No exactamente luces, sino algo que flotaba en cierto modo, una especie de líneas flotantes… como telas de araña. ¿Quiere una «Coca-Cola» o alguna otra cosa?
Se dirigió al frigorífico y sacó una lata de «Pepsi», la puso sobre el trinchero, la destapó y bebió la mitad del contenido.
—Bueno, cuando Larry se desnudó de aquella manera, no pude dar crédito a mis ojos. Ni podría decirle a usted por qué lo hizo. En realidad, no era más que un maldito animal, si quiere saber la pura verdad sobre Larry Wiak.
Mike Minor bebió nerviosamente el resto de su «Pepsi», en dos largos tragos.
—Cuando salió de aquellas sombras, enorme y blanco como era, me quedé aterrorizado. —El muchacho movió la cabeza y la encogió como un perrito temeroso de recibir un golpe—. Y cuando Rod Fratney dio aquel grito y el otro chico que estaba a mi lado chilló como una niña en una película de miedo, estuve a punto de mearme en los pantalones. Porque sabía que él estaba allí, hombre, que estaba donde estaba yo. —Miró a Graham, que asentía ya con la cabeza—. Él también lo había visto, hombre. Como el viejo Rod. Y como yo.
—Quiere decir que había visto a Dicky Norman —dijo Graham, que ya esperaba esto.
—Bueno, dos noches antes de que fuésemos a ver Los chicos del coro, que debía de ser el mayor espectáculo del año, etcétera, dos noches antes de esto, salí de patrulla. Y me perdí. Estaba en algún lugar cerca de la Academia, pero no podía orientarme. La calle…, era una calle estrecha y sin ningún rótulo indicador. Ni siquiera podía recordar cómo había llegado allí. Era como una pesadilla, hombre. Durante un momento, tuve pánico. Pensaba: «¿Dónde estoy, hombre? Soy un policía, ¡y ni siquiera sé dónde estoy!» Allí sólo había unos árboles enormes a mi alrededor. Ni siquiera recordé, durante un par de segundos, la parte de la ciudad en que me hallaba. Resolví dar media vuelta y volver por donde había venido hasta que viese algo que me resultase familiar. Por consiguiente, hice girar el coche hacia los árboles, puse marcha atrás, miré por el espejo retrovisor… y vi a Dicky Norman. Sé que parece cosa de locos, pero era él. Su piel parecía roja a causa de las luces posteriores del coche. Él salía de entre los árboles de aquel lado de la vía, como si hubiese estado durmiendo o haciendo algo allí, y uno de sus brazos había sido arrancado y su cara grande y redonda parecía gris y cansada y… como de cera. Avanzaba directamente hacia mí. Bueno, salí pitando hacia el Drive y giré bruscamente…, haciendo una gran abolladura en el parachoques delantero.
—Así, cuando Larry Wiak empezó a salir de la sombra hacia la pantalla…
Graham no tuvo necesidad de acabar la frase.
—Sí. Bueno, nadie puede preguntarle nada a Rod Fratney, pero yo lo sé…, lo sé. Él también lo vio.
Miró desafiadoramente al viejo por encima del trinchero y empezó a alisar la tapa del bote de aluminio con la palma de la mano.
—Estoy seguro de ello —dijo Graham, y el muchacho le miró con recelo—. En julio y agosto pasado, también yo vi muchas cosas extrañas.
—Sí —El muchacho volvió a agachar la cabeza y golpeó una abolladura del borde de la lata—. Sí. Muchas cosas raras.
Cuando volvió a mirar a Graham, sus ojos parecían inflamados. Y entonces lanzó su bomba; no en seguida, pues todavía no estaba seguro de si podía fiarse de Graham, ni de una manera directa al principio, pues desconfiaba incluso de sí mismo; pero Michael Minor hizo que Graham adelantase mucho en la comprensión de lo que había ocurrido realmente en el «Nutmeg Theater».
—¿Le habló alguien de la película? —preguntó.
Ninguno de los supervivientes había mencionado esto. Graham miró los ojos dolorosamente tensos del muchacho, y dijo:
—Hablame de la película, Mike.
Su estómago se contrajo, y cruzó las manos para que no le temblasen los dedos.
—No sé cómo podré contárselo —dijo el chico. Guardó silencio durante largo rato, rascándose el dorso de la mano izquierda—. Era como si nos rodease, ¿sabe? —Irguió la cabeza, miró vivamente a Graham y volvió a pasar las uñas sobre el dorso de la mano—. El caso es que cambió. Se convirtió en algo diferente.
Graham esperó con impaciencia, mientras Mike Minor luchaba con su deficiente vocabulario.
—Dice que fue algo diferente.
—¡Oh! Sí, cambió. —El joven se irguió en la mecedora y su rostro adquirió una expresión ensimismada. Una luz fría, como de escarcha, que se filtraba por la ventana, caía sobre una de sus mejillas y le daba la dureza del lado de un hacha. De pronto, Graham pensó que parecía haber envejecido diez años—. Se volvió como una película en tres dimensiones. Yo podía ver dentro de ella, como dentro de una habitación.
El muchacho rebulló en la mecedora.
—Entonces vi lo que era aquella habitación. Ya no era el cuartelillo de Policía de la película…; quiero decir que era un cuartelillo de Policía, pero no el mismo. Bueno, quizá le parecerá extraño, pero tardé mucho tiempo en reconocerlo. Era la Jefatura de Policía de Hampstead. La misma de la que veníamos todos. Mo Chester, que hacía la guardia de noche, estaba allí, y también McCone, su compañero… Sí, entonces fue cuando algunos de los hombres empezaron a armar ruido. No puedo decirle por qué, pero no parecía gracioso que nuestra Jefatura y dos de nuestros camaradas apareciesen en Los chicos del coro. Parecía fantástico. Entonces exhibieron la sala de instrucción, y todos nuestros hombres estaban en aquella sala, incluso los que no habían venido al cine. Hasta Tortuga Turk estaba allí. Y Royce Griffen. Esto fue lo que advertí primero: los cabellos de Royce Griffen, los rojos y brillantes cabellos que tenía. Y después observé la parte de atrás de su cabeza.
Minor cruzó las piernas y se llevó una mano a aquella mejilla que parecía helada.
—Era como una hamburguesa. Sencillamente repugnante. Y vi que todos los de la sala estaban muertos. Tenían enormes heridas, grandes heridas tumefactas. Y su piel era de un color verdusco… —Ahora estaba temblando, y Graham comprendió que había adoptado aquella extraña posición para mantenerse rígido y evitar aquel temblor—. En todo caso, esto fue lo que vi.
—¿Fue todo lo que vio?
—Otra cosa…, aunque fue muy rápido. Teníamos aquellas pequeñas celdas, celdas de detención, donde metíamos a los borrachos por la noche. O donde guardábamos a los chiquillos hasta que sus padres viniesen a recogerlos. Eran seis, en una sola hilera. Yo no sabía que hubiese alguien allí aquella noche, porque había hecho el turno de día. La cámara enfocó las puertas de las celdas. Y habríase dicho que aquello era una carnicería, hombre. Cuerpos descuartizados, cuerpos rajados y con las tripas colgando, y sangre en todas partes… y la ropa mezclada con los intestinos. —Mike Minor cruzó las manos sobre una rodilla levantada—. Después de esto creí ver a Dicky Norman avanzar tambaleándose hacia la pantalla. Y entonces ocurrió aquello.
El muchacho se estremecía ahora de un modo tan irrefrenable que incluso le temblaba la voz.
—Los nombres gritaban y chillaban… Vi que el que estaba a mi derecha, Herry Chester, el hermano de Mo, recibía en el cuello lo que debió ser una bala del «357» y saltaba en el aire con la cabeza abierta, y me eché al suelo y saqué también mi pistola. Estaba seguro de que Dicky Norman venía de nuevo contra mí, y empecé a disparar hacia la entrada del cine… Probablemente herí a un par de compañeros…, no lo sé…
Graham se levantó y se acercó al tembloroso joven. Después de vacilar un instante, le dio una palmada en la espalda y fue en busca del coñac. Encontró una botella, vertió dos dedos de licor en un vaso para vino y acercó éste al muchacho, diciendo:
—Está bien, hijo. Está bien. Ahora todo ha terminado. Si heriste a alguien, probablemente le dieron otros doce compañeros.
Porque el primer agresor había sido la película.
Cuando supo lo bastante para preguntar a algunos de los otros supervivientes sobre la película, oyó una docena de variantes de la historia de Michael Minor. Nadie había visto lo mismo, pero, después de los primeros minutos, nadie había visto Los chicos del coro. Algunos habían visto a sus esposas y a sus hijas fornicando con otros policías; unos pocos habían visto los cadáveres de sus hijos retirados de la mansa rompiente de Gravesend Beach. Uno llamado Ron Rice había visto una especie de monstruo marino, un enorme reptil acuático de enormes y furiosas fauces, mordiendo a los niños, partiéndolos por la mitad, desgarrando sus cuerpos y enrojeciendo el agua. La mayoría vieron personas muertas que se movían como si estuviesen vivas. Otros dos o tres hombres con los que habló Graham vieron al pelirrojo Royce Griffen, Muchos vieron los niños ahogados y se quedaron helados al ver sus caras pálidas y frías. Un tal Lew Holz dijo a Graham:
—¡Y qué aspecto tenían! Mire, quizá sólo los vi durante un par de minutos, como máximo, pero…, ¡qué cosa tan rara! Ya no eran niños; eran otra cosa, algo que usted no quisiera ver jamás en su vida, caballero, y yo tampoco. Parecían engendros de serpientes de cascabel; sí, parecían esto.
Holz no había visto el rayo de Jerry Jerome; como la mayoría, pensaba que Larry Wiak había sido muerto por Rod Fratney…, aunque Fratney era generalmente considerado como uno de los peores tiradores de la Policía de Hampstead. Pero cuando Graham habló con Lew Holz, ya no creía que la cuestión de quién había matado a Larry Wiak fuese la más importante.
Por consiguiente, la segunda vez que habló con Bobo Farnsworth sobre lo que había descubierto aquella noche, le preguntó:
—Cuando entró en el «Nutmeg», después de salir corriendo de la Jefatura, ¿vio lo que había en la pantalla?
Porque la película continuaba cuando Bobo entró en el cine; el hombre que cuidaba de la máquina de proyección, alcanzado por una bala perdida, estaba vivo pero tendido en el suelo de la cabina; la pantalla estaba hecha trizas, pero Los chicos del coro, o lo que hubiese puesto el Dragón en su lugar, seguía proyectándose sobre la tela rasgada y sobre la negra pared del fondo.
Y Bobo, de pie en la parte más elevada de la oscura sala llena de muertos y de moribundos, lo había visto.
7
Ronnie se había sumido en un sueño inquieto y agitado poco después de las diez. Bobo velaba al lado de la cama, resistiéndose a dejarla sola… Agotada por su larga enfermedad, Ronnie parecía translúcida en su sueño, y Bobo temía que pasara de sus temblores y estremecimientos a verdaderas convulsiones. Le acarició la mano y después la tomó entre las suyas: estaba seca y ardiente, y no pesaba más que un colibrí. El hecho de retenerla mientras ella dormía, hizo que se sintiera un poco falso, y la dejó reposar de nuevo sobre la sábana. Entonces se dirigió al cuarto de baño, mojó una toalla con agua fría y volvió al lado de Ronnie. Aplicó delicadamente el paño frío sobre su frente. Ronnie murmuró algo que sonó como «Vun», pero no se despertó. Bobo le tocó la frente con los dedos y pensó que la fiebre había bajado un poco.
Bobo había descubierto que cuidar a un enfermo era más agotador que el trabajo de policía. Había hecho el turno de día, había venido a casa a cuidar a Ronnie, y ahora se sentía como si hubiese estado treinta y seis horas sin dormir. Su agotamiento se debía sobre todo, pensó, a la inquietud que le producía el estado de Ronnie, pero, después de velarla seis o siete horas seguidas, le dolían los pies y la espalda. De buen gusto se habría tumbado en la cama junto a ella, pero temió despertarla. Se sentó a su lado, asió de nuevo su mano y cerró los ojos; después cruzó el dormitorio y se acercó a un viejo y demasiado mullido sillón que había recorrido casi todas las habitaciones de la casa Riggley antes de fijarse en el destierro del dormitorio, le quitó la funda, dejó caer ésta en el suelo y se derrumbó sobre el esponjoso cojín de la poltrona.
Al cabo de varias horas se despertó, desorientado; el sueño se había apoderado de él con tanta rapidez que tardó un poco en darse cuenta de que había dormido. Se inclinó hacia delante, y su espalda protestó; atrapados en los zapatos fuertemente atados, sus pies estaban hinchados y entumecidos. Al otro lado de la habitación, Ronnie pasó una mano exploradora por su cara. Después abrió los ojos y le vio.
—¡Oh, amor mío! Te has quedado conmigo —dijo—. ¡Huy! Me siento tan seca…
—Espera un segundo. —Bobo se levantó del sillón, fue al cuarto de baño y le trajo un vaso de agua—. ¿Cómo te encuentras? Me parece que has dormido un par de horas.
Ronnie volvió la cabeza, como pensándolo. Sorbió el agua.
—Me siento mejor —dijo—. Mira, pienso que incluso comería un poco. ¿Quizás una sopita? ¿Tendrías la bondad de preparármela?
—Para eso estoy aquí —dijo él.
Cuando volvió con un tazón de sopa de champiñones, se sentó en el borde de la cama y observó cómo ella la tomaba casi toda. Ronnie le devolvió el tazón y bostezó con fuerza.
—¡Oh! Perdóname —dijo—. Me siento floja como un trapo, Bobo. Creo que voy a dormir tres semanas seguidas.
Bobo le sonrió.
—¿Qué hora es? —siguió diciendo ella—. Casi las doce y media, Bobo. ¿Por qué no vas al cine? Probablemente habrán empezado con retraso, y no será como llegar en mitad de la película… Apuesto a que sólo te habrás perdido un par de minutos. Y yo apagaré la luz y me dormiré de nuevo. Estaré bien, te lo prometo.
—Bueno, tal vez vaya —dijo Bobo.
No fue directamente al «Nutmeg», sino que pasó por la vieja Jefatura después de aparcar su coche. El cine estaba sólo a unos minutos a pie a través del sesgado aparcamiento municipal, y Bobo tenía interés en saber lo que había ocurrido durante el segundo turno. ¿Unos cuantos incendios provocados más? ¿Un cadáver anónimo hallado en un cobertizo? ¿Un estudiante que había tratado de volar el techo de su casa? El agente de guardia nocturno, Mo Chester, tendría algo curioso que decir sobre los sucesos extraños de la tarde. Mo Chester hacía siempre reír a Bobo. Y también se quejaría de no haber podido ir al cine y a la fiesta que vendría después, sobre todo habida cuenta de que su hermano había podido asistir.
Bobo subió la escalinata y abrió la maciza puerta de madera, sonriendo de antemano a la probable reacción de sorpresa de Mo ante su aparición.
—¡Adivina quién está aquí! —gritó, dando unas palmadas—. ¿Quieres que te traiga una cerveza del…?
Iba a decir del cine, pero la ausencia de oyentes atajó la broma en su garganta. Mo Chester no estaba sentada detrás de la mesa, con el teléfono pegado al oído y una cansada sonrisa en el semblante. La mesa estaba vacía. Gance McCone, el compañero de Mo, brillaba también por su ausencia, y esto era doblemente extraño. Bobo no recordaba haber visto nunca la mesa completamente abandonada.
—¡Eh! —gritó—. ¿Qué te propones, Chester? ¿Acaso Gance y tú os habéis declarado en huelga?
Sus palabras se perdieron en las profundidades de la Jefatura…, tuvo la impresión de que las veía alejarse. De pronto, llegó al convencimiento de que estaba solo allí. Todavía no había advertido el olor. Permaneció absolutamente inmóvil en la entrada; después, cediendo a un reflejo, se llevó la mano a la cadera, donde debía estar su pistola. Sirenas de alarma sonaban con fuerza en su mente, y sólo entonces, al tocarse el cinturón, recordó que no llevaba su uniforme.
—¿Hay alguien aquí? —gritó.
El teléfono sonó precisamente cuando Bobo avanzaba para mirar por encima de la mesa, y el sonido del timbre provocó, en buena parte, la impresión de déjà vu que experimentó Bobo. Sintió de pronto que había vivido este momento con anterioridad: la oficina vacía, la estridente insistencia del teléfono, él mismo plantado de esta manera, planos los pies y tambaleándose.
Entonces percibió el olor que invadía la Jefatura y, por primera y única vez en su vida, pudo identificar las causas del déjà vu y localizar el momento real detrás de la ilusión de haber vivido precisamente el mismo momento en el pasado. Porque olía sangre —acababa de darse cuenta de que el olor a sangre era tan fuerte como si las paredes hubiesen estado empapadas en ella— y porque el teléfono sonaba y sonaba, había retrocedido a una de las horas más amargas de su vida: aquella vez en que había respondido a la llamada del hermano de Hester Goodall y, después de presenciar el terrible espectáculo de la cocina, había telefoneado a Jefatura y esperado a que llegasen los otros. El teléfono de Mrs. Goodall había llamado, pero sin duda el sacerdote no lo había oído, y Bobo no quería responder a las llamadas. Los capitanes y los agentes del Estado podrían atender a los amigos y familiares de Mrs. Goodall.
La Jefatura olía a sangre derramada, como la casa Goodall aquella mañana de mayo, y Bobo se acercó temeroso a la mesa. Cuando llegó a ella, se puso de puntillas y miró al otro lado. Vio las sillas con almohadillas que usaban los agentes, los teléfonos, las libretas de notas y las colillas; y no vio lo que había temido ver. Ningún cuerpo yacía encogido sobre el suelo elevado detrás de la mesa.
—¡Chester! ¡McCone! —gritó—. ¿No hay nadie?
Se metió en el pasillo que conducía a las oficinas, a la sala de instrucción y a las salas de interrogatorio, pero no vio a nadie. Detrás de él, seguía sonando el teléfono. Antes de registrar el resto de la Jefatura, Bobo se volvió para echar otra mirada al vestíbulo de entrada. Y entonces vio —antes no lo había advertido— que la puerta que conducía a las celdas de prevención estaba entreabierta.
Esta puerta estaba siempre cerrada, incluso cuando no había detenidos; era una norma tan convencional y tan rígidamente cumplida como la orden no escrita de que al menos tenía que haber un agente en la mesa de la entrada.
Bobo retrocedió despacio sobre el blanco suelo. Tocó la puerta metálica enrejada. Ésta se abrió. El olor a sangre, mezclado ahora con un hedor de heces fecales, le dio en plena cara. Bobo miró hacia abajo y vio unas manchas rojas en el suelo.
Estaba seguro de que allí estarían los cadáveres de Mo Chester, Gance McCone y cualquier otro agente que se hubiese hallado en Jefatura.
Entró en el corredor y pasó rápidamente por delante de las celdas. Vio tres cadáveres en ellas. Ninguno de ellos era el de un policía. Las puertas de las celdas seguían cerradas. Detrás de los barrotes, en celdas separadas, yacían los cuerpos descompuestos y destrozados. A Bobo se le había cortado la respiración; apenas si podía pensar. En el suelo de las tres celdas, brillaban grandes charcos de sangre. Por fin, detrás de él, dejó de sonar el teléfono. Se habían ensañado tanto con uno de los tres hombres —era Greenley—, que su cara se había convertido en un amasijo de jirones sanguinolentos; Bobo miró fijamente la segunda cara ensangrentada y le pareció que le era conocida, que la había visto en los periódicos o en portadas de revistas.
Tardó menos de treinta segundos en cruzar todo el aparcamiento municipal. Por una noche, el director del cine había hecho poner este rótulo en la marquesina: AGENTES DE POLICÍA DE HAMPSTEAD, BIEN VENIDOS A ESTA SESIÓN ESPECIAL. Corrió hacia estas letras altas y negras.
El vestíbulo del «Nutmeg» estaba brillantemente iluminado y tan vacío como el de la Jefatura de Policía. Llegaban hasta él fuertes ruidos —de la banda sonora de Los chicos del coro, presumió Bobo—, procedentes del sector principal del cine. Identificó un olor penetrante que le era tan familiar como el perfume de la cerveza.
Era cordita…, el olor de la sala de tiro de los sótanos de la Jefatura.
Pasó corriendo ante la taquilla y empujó la doble puerta oscilante del cine. Brotaba una cacofonía de los altavoces: gritos, gemidos, carcajadas y una música desatinada. El foco de la cabina de proyección iluminaba las últimas volutas de humo.
Todas las butacas parecían vacías. Bobo dio unos pasos vacilantes por el pasillo inclinado; vacilantes porque aún no había adaptado su visión a la oscuridad.
—¡Eh! —dijo—. ¡Muchachos!
Entonces vio una pierna extendida hacia el pasillo, doblada sobre el brazo de una butaca.
—¡Eh! ¿Estáis todos borrachos?
Oyó un débil gemido entre las locas carcajadas y las risas de la banda sonora. Tocó la rodilla levantada; la sacudió.
—¿Dónde están las luces? —chilló.
Y entonces, fuese porque la pantalla se volviese más brillante o porque se ajustara su visión, vio heridos y muertos tumbados en las butacas de todos los sectores de la sala. Parecía una especie de broma macabra: dondequiera que mirase, hacia delante o hacia atrás, veía cabezas colgando, brazos estirados, cuerpos doblados sobre los respaldos de los asientos o embutidos entre las hileras de butacas, sobre el sucio suelo sembrado de palomitas de maíz.
Probablemente, Bobo Farnsworth perdió la cabeza durante un par de segundos. Lanzó un largo y tembloroso grito. Corrió hacia la primera fila y vio el cuerpo de Mark Johanssen tendido boca arriba en el ancho pasillo delantero del cine. Los cabellos rubios de Johanssen estaban teñidos de una sustancia oscura que parecía chocolate, y tenía la boca abierta. En el escenario, a seis palmos del cadáver de Johanssen, había un charco de sangre y un montón de órganos mojados y, sobre ellos, una gruesa mano humana que parecía una araña carnosa.
Bobo pensó que él era el último policía vivo de Hampstead.
Antes de que su sentido profesional le hiciera recobrarse de su terrible impresión, Bobo oyó un confuso y débil susurro que parecía brotar del suelo, de debajo del suelo. Los ruidos de la banda sonora se interrumpieron en seco, como si ésta hubiese sido cortada con un cuchillo. Los murmullos se convirtieron en gemidos.
No todos los hombres estaban muertos.
Bobo volvió atrás, corriendo por el pasillo, resbalando en la sangre, en dirección a la cabina telefónica del vestíbulo. Cuando llegó al fondo de la sala, y antes de ir al teléfono y llamar a la Policía del Estado y después al servicio de ambulancias de Hampstead, Old Sarum y King George, echó un vistazo al teatro.
Y la pantalla le atrajo, se apoderó de él.
—Vi algo que era de locura —dijo Bobo a Graham Williams, meses más tarde—. Era difícil ver, porque la pantalla estaba toda ella desgarrada y la mayor parte de la imagen era proyectada en la pared, y esto la desenfocaba bastante.
Estaban en la casa de Graham, y Bobo se puso nerviosamente en pie y metió las manos en los bolsillos del pantalón.
—Esa chica estuvo viviendo aquí una temporada, ¿no es cierto? Me refiero a Patsy McCloud.
—Sí, estuvo aquí —dijo Graham.
—¿Y ya no está?
Graham negó con la cabeza.
—Bueno, la razón de que le hable de esto… No tendrá sentido para usted, Graham, pero se la diré de todos modos. La razón de que le hable de esto es que, cuando estaba plantado allí mirando la pantalla, pensé de pronto en ella. Vi su cara…, quiero decir que pensé en su cara. Y quise verla. Como si ella pudiese ayudarme. Realmente, necesitaba verla.
—Esto tiene sentido para mí —dijo Graham—. No sabe usted cuánto.
Bobo le dirigió una mirada sombría, casi agria.
—Tal vez sí. Sí, recuerdo aquel día…, aquel día en Kendall Point. Nunca lo olvidaré, se lo prometo. La manera en que pensé que Ronnie había muerto, y lo que pensé que había allá abajo, en aquella zanja…, y la chica Patsy aquí con usted y los otros tipos. ¿Sabe una cosa? Todos parecían hermosos. Hermosos. Incluso usted, viejo mono jorobado.
—Dado que Patsy tiene diez o quince años más que usted, tal vez no debería llamarla chica —dijo Graham—. Y yo no soy jorobado.
—Tampoco lo era aquel compañero de Notre Dame —dijo Bobo, pronunciando el nombre como si se tratara de la Universidad de Indiana.
—¿Sabe que volvemos a tener completas nuestras fuerzas? Se ha tardado menos de un mes y medio… Recibimos solicitudes de todas partes para ingresar en el cuerpo. Yo pensaba que tardaríamos un año. O más. —Bobo cruzó los brazos sobre el pecho y dio dos pasos en dirección a la mesa de la máquina de escribir—. Bueno, el caso fue que entonces me enamoré de Patsy, con sólo mirarla. Y sabe usted lo preocupado que estoy por Ronnie. Pero aquella chica…, perdón, aquella mujer…, me dejó como hechizado. Me habría dejado matar por ella.
—Volvamos al «Nutmeg Theater» —dijo Graham.
Bobo interrumpió su inútil paseo entre el canapé y la mesita, y se sentó de nuevo delante de Graham.
—Sí. Esto es lo que usted quiere, ¿no? Y lo curioso es que me prometí que nunca diría a nadie lo que creí ver en la rasgada pantalla. No quería que me tomasen por un candidato al manicomio.
—La mayoría de los que estaban allí se hicieron la misma promesa.
—Y la quebrantamos con usted.
—Algunos de ellos.
Bobo se echó a reír.
—Bueno, que el diablo le lleve. Yo nunca lo habría hecho, si no le hubiese encontrado aquel día en Kendall Point. Ésta es la única razón…, y aún no sé en realidad qué pasó allí.
Graham se limitó a seguir mirando a Bobo.
—Bueno, está bien. Se lo diré. Recuerde que sólo estuve plantado junto a la puerta unos pocos segundos… y aquello sólo duró un par de ellos. Todo fue muy rápido, como le dije. —Aspiró profundamente y abrió de nuevo los ojos—. En todo caso, vi a Ronnie. —Metió de nuevo las manos en los bolsillos, y Graham percibió la súbita y fuerte tensión de su semblante. Las manos debían de estar cerradas dentro de los bolsillos, y parte de la tensión se debía, sin duda, al esfuerzo de dominar los impulsos que sentía en aquel momento: de llorar, de gritar, de temblar irrefrenablemente—. Sólo fueron dos segundos, o quizá menos, pero fue suficiente.
—No tiene que… —empezó a decir Graham, pero Bobo le interrumpió bruscamente.
—¡Oh, sí, Graham, quiero decirlo! ¿No he venido para esto? La vi enterrada; vi a Ronnie en su ataúd, y vi animales que la devoraban. Ratas. Grandes gusanos blancos, largos como serpientes. Arrancándole trozos de carne. Pero aún no estaba muerta, y chillaba, Graham, chillaba hasta desgañitarse. Y seguiría haciéndolo hasta morir. —Bobo se dobló por la cintura, haciendo una mueca, como si le doliese el estómago—. Y le diré lo que pensé cuando me aparté de aquella horrible visión y me dirigí al teléfono del vestíbulo. Me di cuenta de que sólo estaba mirando en mi propia mente. ¿Qué? ¿Comprende esto? Una parte de mí quería que Ronnie muriese aquella noche, Graham. Una parte de mí estaba cansada y asqueada de cuidar de ella. Por eso la metí en el ataúd, Graham, y la enterré bien hondo. Y porque ella estaba todavía viva, chillaba para salir.
Graham abrió la boca para decir algo insustancial, pero Bobo le atajó con un movimiento de la mano.
—Calle. No diga nada. Todavía no conoce el resto. Ronnie se durmió aquella noche, pero ¿sabe lo que soñó? ¿Puede adivinar lo que soñó aquella noche? Fue como si mi mente se hubiese proyectado en la pantalla, o en lo que quedaba de ella, y pasado directamente a la mente de Ronnie. Y esto casi acabó con ella, pues sabía perfectamente de dónde venía aquella horrible tortura. Nunca lo confesó, pero lo sabía. Y esto casi la mató, Graham. Cuando volví a su casa, se había caído al suelo, se había vomitado encima, y su piel estaba tan seca como un maldito desierto. Apuesto a que tenía más de cuarenta de fiebre. Seguro. Casi murió aquella noche. Y si hubiese muerto, habría sido yo quien la habría matado.
—No —dijo Graham.
Pero comprendió que lo que decía Bobo era, al menos, la mitad de la verdad. Y que Ronnie había comprendido al menos a medias esta verdad, pues Bobo ya no vivía con ella. Gideon Winter se había interpuesto entre ellos, con su visión dragontina de las ambigüedades del afecto humano.
8
—¿Sabes? —dijo Sarah a su nuevo colaborador—. Tengo una impresión muy rara.
—Yo me siento raro desde hace una semana y media —dijo Ulick Byrne—. Apenas puedo comer.
—¡Oh, pobrecillo! —exclamó ella, dándole unas secas palmadas en la mano—. Un irlandés que no puede comer. Debe de ser un gran tormento para ti.
—Se me han agriado las tripas. Bueno, ¿cuál es tu idea, para emplear el término debido?
Ulick había ido a la oficina del periódico después de despedir a su secretaria una hora antes de lo acostumbrado; ahora, él y Sarah estaban de nuevo en el archivo y todos los demás se habían ido a casa. El Bixbee estaba abierto delante de ellos sobre la larga mesa, en la sección correspondiente a «Asesinato».
—Bueno, ya te fijaste en las fechas de estos sucesos. Aproximadamente cada treinta años, ocurre algo espantoso en Hampstead…, y presumimos que «Telpro» está detrás de los últimos acontecimientos del ciclo.
—Sabemos que «Telpro» está detrás de ellos —dijo Ulick, con irritación—. Hoy he llamado al menos veinte veces a la oficina de Haugejas, y lo único que he oído ha sido la voz de aquella dictadora china, diciéndome que el general seguía en conferencia. Están planeando algo. Además, tenemos aquella foto de Leo Friedgood.
—¿Estuvo «Telpro» detrás del asesinato de Stony Friedgood? ¿Queremos decir esto, Ulick?
Él frunció los labios.
—No. No creo que queramos decir esto.
—Pero está detrás de las otras muertes.
—De todas las muertes del 18 de mayo, sí. De todas las muertes de los niños, sí. Pero no estoy seguro de que podamos achacar los homicidios de principios de verano a la vieja y buena «Telpro».
—Pues yo creo que sí podemos. En todo caso, estoy segura de que todas las desgracias están relacionadas; en realidad, pienso que todo está relacionado. Todo lo que sucede es parte del mismo ciclo. Creo que Leo Friedgood está relacionado con lo de Bates Krell y el Príncipe Green. Jhon Sayre pensaba que estaba relacionado con estos dos. Estoy segura de que dije al viejo Bixbee que había visto aquellos nombres en el bloc de teléfonos de Sayre, y de que por eso su nombre fue incluido en esta columna.
—No veo exactamente adonde vas a parar con esta idea.
—Bueno, quizá yo tampoco lo veo, Ulick. Tal vez debamos trabajar en ella un poco más.
—¡Oh! No me hagas perder la cabeza, Sarah. Una cosa es segura: en los años veinte, se produjeron una serie de asesinatos muy parecidos a los que se acaban de perpetrar. Bates Krell desaparece. Los asesinatos cesan. En 1980, Leo Friedgood desaparece. Pero las muertes no cesan, ¿verdad? En realidad, no sabemos cuándo desapareció Leo. ¿Piensas que Leo mató a su propia mujer?
—Sabemos que no lo hizo. Estuvo todo el día en «Woodville Solvent».
—¡Maldición! Me da vueltas la cabeza, igual que el estómago.
—Bueno, lo que realmente quiero decir es que deberíamos empezar a buscar ideas sobre lo que ocurre ahora en lo que sucedió entonces. Si existe realmente un ciclo de treinta años, quizá deberíamos prestar más atención a lo que ocurrió en las primeras vueltas de la rueda. No podemos sacar gran cosa del suceso de 1952. Yo estaba allí, y en realidad no ocurrió gran cosa. Un hombre se saltó la tapa de los sesos. Pero señaló hacia atrás para nosotros, y pienso que es hora de que sigamos su insinuación.
—Todavía no veo cómo nos ayudará esto a echarle el guante a «Telpro».
—Pienso que probablemente no nos servirá para esto. Pero puede ayudarnos a comprender, en primer lugar, el sitio que ocupa «Telpro» en el cuadro. El ciclo, la pauta, estaba allí antes de que nadie pensara siquiera en «Telpro».
Ulick se encogió de hombros.
—No podemos llamar a ese Bates Krell y preguntarle qué pasó. O caer de improviso sobre Robinson Green y confiar en que la sorpresa le induzca a decirnos algo.
—No —dijo Sarah. Sonreía, y Ulick comprendió que había caído de lleno en alguna trampa montada por ella—. Es verdad: no podemos llamarlos ni sorprenderlos. Pero podríamos ver dónde vivieron. Podríamos echar un vistazo a sus casas. ¡Quién sabe, Ulick! Podríamos enterarnos de algo.
—Tienes sus direcciones, ¿eh?
—Claro que las tengo. La Gazette las publicó.
—Conque quieres que vayamos allí y echemos un vistazo, ¿no? Me parece bien.
—Bueno… —dijo ella, inclinando la cabeza—. Para no perder tiempo, me estaba preguntando si a cierto joven abogado le importaría llevarse estas direcciones al Ayuntamiento y ver si alguien vive ahora en estas casas, o si las casas existen aún.
—Bueno, dámelas —dijo Ulick—. Pero ¿por qué tengo que ser siempre tu lacayo?
—Tienes unos ojos tan bonitos… —dijo Sarah.
Sarah se quedó con las desmesuradas y casi misteriosas páginas de Bixbee, mientras Byrne recorría las pocas manzanas que lo separaban del Ayuntamiento. ¿Había dicho ella al viejo que había visto aquellos nombres en el despacho de John Sayre? No había razón para que lo hiciese. Sarah recordaba que debía preguntar al director de aquellos tiempos, un gordo y satisfecho haragán llamado Phil Hackley, acerca de aquellos nombres; el director le había asegurado que no tenían importancia. ¿Lo habría oído Bixbee? El cajista era un hombre espectral y de aire enfurruñado, flaco y gris; tenía la personalidad de un sabueso viejo y cansado. Pocos se habían fijado en él, ni siquiera cuando empezó a trabajar en los archivos después de la jubilación. Sarah había tenido quizá cuatro o cinco conversaciones con Bixbee durante los quince años, más o menos, que habían trabajado en las mismas oficinas. Y sólo una de ellas había sido un poco interesante, debido a una cosa rara que había dicho el viejo cajista. Éste había salido de la sala de imprenta para fumar un cigarrillo, y Sarah estaba hablando con Hackley acerca de la aparente indiferencia del consejo municipal en lo tocante al mejoramiento de Post Road y de Riverfront Avenue; en aquella época, hacía de esto veinticinco años o más, aquellas importantes calles empezaban a volverse feas: restaurantes rápidos junto a las lavanderías en seco contiguas a supermercados, bares y tiendas de ropa apretujados bajo el fulgor de los rótulos de neón.
—Bueno, ¿qué piensa usted de esto, Bixbee? —había preguntado Hackley, retrepándose en su sillón, con las manos cruzadas detrás de la cabeza y una sonrisa de superioridad en los labios.
La cara flaca y gris de Bixbee se había contraído, y por un instante, Sarah temió que iba a escupir en la alfombra del director.
—Pienso que es totalmente indiferente —había dicho Bixbee, y Hackley había fruncido los párpados, divertido, y había movido la cabeza en dirección a Sarah, como diciendo: «Mira qué vieja rata yanqui»—. Da lo mismo. Nada puede salvar a esta población.
—¿Salvar? —había preguntado Hackley.
—Nada —había insistido Bixbee—. Hampstead ha estado siempre podrida como un cubo de ostras pasadas. Esas calles acabarán siendo una porquería. Y nadie se dará cuenta. Consulte nuestra Historia, Mr. Hackley, y se convencerá.
—¡Cómo! No sabía que se preocupase tanto de esto, Bixbee —había dicho el director, casi incapaz de contener la risa.
—Supongo que hay muchas cosas que usted no sabe —le había replicado Bixbee—. No conoce nuestra Historia, Mr. Hackley.
El director había arqueado las cejas, mucho menos divertido.
Entonces Bixbee había salvado su empleo…, lo había salvado al demostrar que estaba loco. ¡Y había mencionado a Bates Krell!
Sarah se irguió en su silla de la sala de archivos, recordando aquella conversación de más de veinticinco años atrás.
—Apuesto a que nunca ha oído hablar de un tal Krell, Mr. Hackley, de un hombre llamado Bates Krell. Le dio grandes dentelladas a esta villa…, muy grandes. Y tenía alas negras, Mr. Hackley.
La boca de Bixbee se había torcido en algo parecido a una sonrisa.
—Dígame, Mr. Hackley, si vamos a tener otro verano negro en Hampstead.
—¿Un verano negro? —había estallado Hackley—. ¿Alas negras? ¡Jesús, Bixbee! Siento haberle preguntado.
Bixbee se había encogido de hombros, encerrándose en su acostumbrado talante; había escondido el cigarrillo en la mano y había vuelto a la sala de imprenta.
Verano negro. Alas negras.
Y había habido algo más… Bixbee había dicho algo más, que los veinticinco años transcurridos habían borrado de la memoria de Sarah. Algo acerca de Bates Krell, estaba segura…
¿Algo acerca de su casa…?
Seguramente. En realidad, pensó Sarah, por esto había recordado de pronto aquella conversación; era el eslabón entre aquel día en la oficina y lo que Ulick Byrne estaba haciendo ahora mismo en el Ayuntamiento.
Cuando Ulick reapareció media hora más tarde, Sarah sabía ya lo que quería hacer. Tenía la dirección escrita en una primera hoja de la Hampstead Gazette.
—Bueno, conseguí la información, pero he tardado el doble de lo normal —dijo, dejándose caer en un sillón al otro lado de la mesa—. La casa de Green ha sido fácil. Ha estado continuamente ocupada durante cien años o más. Un hombre llamado John Scully vive en ella desde hace veintidós años. Es editor en Nueva York. No lo sé, Sarah, pero tengo la impresión de que no aprenderemos mucho sobre Principe Green si vamos a la casa de ese Scully.
—De acuerdo —dijo Sarah—. Pero ¿qué me dices de la otra?
—Bueno, ha sido la que se ha llevado casi todo mi tiempo. Esta casa está en Poor Fox Road, ya sabes, aquella callejuela contigua a los terrenos de la Academia, y todas las fincas de por allí fueron antaño propiedad de la escuela. Solían emplear aquellas casas como residencias de los profesores y de los internos que tenían hace veinte o treinta años. Pero la cuestión es, según he podido descubrir, que nadie ha vivido en la casa Krell desde que el propietario se murió o se marchó de la villa. En definitiva, el municipio se la apropió para cobrar las contribuciones atrasadas, pero parece que nunca pudieron encontrar a alguien que se la quitara de las manos. Hace cincuenta años que es propiedad municipal. Por alguna razón, fue el único edificio de dicha calle que nunca poseyó la escuela.
—Quiero ir allí —dijo Sarah.
—¿Un edificio vacío desde hace cincuenta años? Y probablemente no muy seguro, para empezar. ¿Viste alguna vez esas casas de Poor Fox Road?
—Quiero ver la de Bates Krell, y cómo la dejó. ¿Podrías tú pasarla por alto? —preguntó Sarah, con ojos centelleantes.
—No, si realmente quieres ir allí, Sarah —dijo Byrne—. Si estoy dispuesto a llevarte a Nueva York, más debo estarlo a llevarte a Poor Fox Road.
—Entonces, andando —dijo ella, ablandada—. Te contaré una conversación que acabo de recordar.
9
—Por aquí fue donde el cartero encontró el cadáver del jardinero Bobby Fritz —dijo Ulick, mientras subían despacio por Poor Fox Road—. Yacía entre esos hierbajos.
—¡Uf! —dijo Sarah—. Con aquel loco poema dentro de su pecho. ¿Sabes una cosa? He vivido casi siempre en Hamptead, pero creo que nunca había pasado por esta calle.
Miró a través de la ventanilla del coche de Byrne los enredados y espesos matorrales al lado de la calle. Detrás de la pared de árboles y arbustos sofocados por las enredaderas, pudo ver una alta y combada valla de alambre. Los terrenos de la Academia de Greenbank estaban al otro lado de esta valla.
—No pasa casi nadie. Es muy solitaria. No se parece en nada al resto de Greenbank.
Sarah estaba a punto de asentir, pues nada podía ser menos representativo de Greenbank que Poor Fox Road, cuando doblaron una curva de la calzada y vieron las casas; y Sarah perdió las ganas de hablar. Supo perfectamente cuál era la casa de Bates Krell.
—Creo que nadie vive ya por aquí —dijo Byrne, y Sarah pensó que lo habría sabido aunque él no lo hubiese dicho—. Los padres del joven Fritz dejaron la casa después de la muerte de él. Creo que el chico mantenía más o menos la familia junta. Había uno o dos vecinos más, pero se marcharon. Supongo que el lugar se volvió un poco fantástico para ellos.
—¿Fantástico?
—Una dama del Ayuntamiento vio lo que estaba buscando y charlamos un poco acerca de ello. Conocía a un pintor que había vivido en aquella casa —y Byrne señaló un edificio de madera de dos pisos, junto a un solar lleno de coches destrozados— y que, por lo visto, se trasladó a un lugar más céntrico porque oía ruidos extraños por la noche. Sin duda no superó la impresión causada por el asesinato del joven Fritz tan cerca de su casa.
—Ruidos extraños. Todo el mundo oye ruidos extraños por la noche en Hampstead.
Él detuvo el coche en la orilla de la calle, delante de una casa sin número. No lo necesitaba.
—Lo sé —dijo Byrne—. Esta maldita villa se está convirtiendo en una casa encantada. Bueno, evidentemente es ésta. La casa que construyó Krell.
Pequeña, de una sola planta, con sus antaño pardas tablas melladas y resquebrajadas como dientes rotos, la casa podía parecer desolada o siniestra. Las dos ventanitas, a ambos lados de la puerta, estaban rotas desde hacía tiempo, y la línea del tejado aparecía combada. Si había habido césped delante de aquella puerta, se había mustiado y muerto hacía años bajo los espesos hierbajos que proliferaban en lo que debió ser pequeño jardín delantero. Abandonada demasiado tiempo para poder ser reparada, la casa hubiese debido parecer patética…, un lugar demasiado mísero incluso para el recuerdo. Pero no lo parecía. Sarah pensó que era siniestra, y precisamente porque los recuerdos nunca la habían abandonado.
Ulick Byrne debió de sentir algo parecido, porque dijo:
—¿Estás segura de que el viejo no está todavía escondido ahí? —No sabía ni podía adivinar que Tortuga Turk había tenido una vez la misma idea—. ¿Un viejo de unos noventa años, y todavía, digamos, agresivo?
Sarah no quería dejar el seguro asfalto de la calzada, pasar al sendero lleno de altas hierbas; no quería acercarse más a la casa.
—No habrá gran cosa ahí dentro, ¿sabes? —dijo Ulick, a su lado—. Aparte ese maravilloso ambiente.
—Echemos un vistazo —dijo Sarah, preguntándose por qué tenía que mostrarse siempre más valiente que el hombre que la acompañaba—. No es más que una casa vieja. Espantaremos a los ratones.
—Creo que comprendo a esos ratones —dijo Ulick, pero siguió a la menuda y vehemente mujer por el sendero.
Ella lo esperó junto a la aparentemente endeble puerta.
—¿Y si está cerrada? —preguntó él, en tono casi esperanzado.
—Creo que podrías derribarla, Ulick.
Quería que él abriese la puerta, y podía sentir su resistencia; después sintió que él cedía. Ulick agarró el tirador, oscuro y enmohecido, pero de sólido bronce. «Mr. Krell quería poder cerrar su puerta —pensó Sarah—; cerrarla y mantenerla cerrada era importante para él.» Era una impresión provocada por aquel imponente y anómalo tirador que parecía hablarle directamente; una impresión como de música atrapada en los surcos de un disco. Y cuando la alcanzó, otra cosa llegó hasta ella con aquello. A fin de cuentas, no se trataba de la casa. Había recordado que Bixbee había ganado tantas apuestas en la oficina —al menos los tres cuartos de ellas— que la gente había dejado de apostar contra él.
Byrne tocó el tirador. Miró interrogadoramente a Sarah, hizo girar aquél y empujó; la puerta se abrió de un chasquido.
—Adelante, Galahad —ordenó Sarah, y cruzó el umbral.
Estaba en una pequeña habitación llena de polvo, sólo débilmente iluminada por dos ventanas rotas. Una ventana del fondo del cuarto había sido cubierta con papel amarillo pegado a la pared. El suelo de barata madera de pino, levantado aquí y allá como dientes superpuestos, no había sido nunca realmente plano, y ahora descendía ostensiblemente hacia la pared del fondo, contribuyendo ello a la perspectiva ligeramente falsa que ofrecen todas las habitaciones vacías; era como uno de esos telones de fondo curvos en que la gente parece correr kilómetros enteros, una ilusión óptica. Las paredes y el techo aparecían oscurecidos por los mapas en relieve dibujados por generaciones de manchas de humedad.
—¡Oh, sí! —dijo Sarah.
La casa era sencillamente mala, y ella podía percibir su malignidad; la repelía como había repelido a todo el mundo durante los últimos cincuenta años; era como una herida que sólo quisiera cerrarse alrededor de sí misma; pero Sarah sintió un alivio paradójico. Estaba aquí, dentro de este lugar, y podía manejar la situación.
—Completamente vacía —observó inútilmente Byrne.
—En cierto modo —dijo ella.
Byrne le dirigió una dura mirada y empezó a frotarse el estómago con la mano derecha.
—Este sitio hace que me sienta peor —dijo—. ¿Quieres inspeccionarlo muy a fondo? En realidad, no hay nada que ver.
Avanzó unos pasos más que ella en la habitación, como para demostrar su valor.
—Quiero verlo todo.
Sin añadir palabra, Sarah se dirigió a la puerta abierta de la izquierda, cuidando de evitar las partes más estropeadas del suelo. Entró en otra habitación aún más pequeña y también completamente desnuda. Una cuerda fina pendía del techo. La ventana había sido empapelada como la del cuarto de estar, y, en la oscuridad, el polvo amontonado en el suelo parecía compacto, casi abultado.
—Supongo que aquí sería donde Bates daba descanso a su adormilada cabeza —dijo Byrne, inmediatamente detrás de ella.
—La cocina debe de estar en el otro lado.
Sarah se volvió en redondo, se agachó para pasar por debajo del brazo estirado de Byrne y volvió al cuarto de estar.
Casi había llegado al arco del otro lado de la estancia cuando la embargó una sensación peculiar. El estropeado suelo parecía oscilar muy ligeramente, como para enderezar su inclinación, y Sarah se detuvo. Él suelo recobró suavemente su posición original.
—Ulick —empezó a decir—. ¿Te has dado cuenta de…?
No terminó la frase. La pequeña habitación parecía dilatarse a su alrededor, multiplicar su longitud; durante un segundo, fue como si se hallase en una enorme caverna abovedada.
—Si me he dado cuenta, ¿de qué? —dijo Ulick, detrás de ella.
Sarah vio que la casa de Bates Krells tenía sus trucos, sus propias y antaño poderosas concentraciones y sus planes; eran destilaciones de los recuerdos que había sentido al ver la casa por primera vez. Se alegró de que Byrne estuviese con ella: los trucos podían haber perdido gran parte de su eficacia, pero Sarah sabía que, si hubiese estado sola en la casa de Krell, estas tres habitaciones y el sótano habrían podido convertirse en un laberinto.
—¿Si me he dado cuenta de qué, Sarah?
La habitación volvió a su tamaño natural, y ella dejó de sentirse como una mota de polvo en un espacio enorme y terrible.
Sabía que, fuese cual fuere el papel representado por «Telpro», esta casa era crucial para todo lo que sucedía en Hampstead. Todavía no comprendía cómo se ajustaban las piezas, pero la siniestra casita de Bates Krell era una de las más grandes. El viejo Bixbee, que tenía el don de escoger los números ganadores, lo había comprendido antes que ella, y ella reseguiría su índice de la misma manera que Billy Graham reseguía la Biblia.
—¿Sarah?
—Discúlpame, Ulick. Acabo de tener una extraña sensación. Me preguntaba si tú sentiste algo.
—Un intenso deseo de salir de este lugar.
—Sólo falta otra habitación y el sótano. Pienso realmente que tenemos que verlo todo.
Prosiguió su camino en dirección a la cocina de Bates Krell.
Había aquí dos ventanas que no habían sido cubiertas, y la fuerte luz ponía de manifiesto las dentadas rajas del linóleo, y la maraña de polvo y de pelos que flotó un poco en el aire agitado por ellos al entrar. Un gran fregadero de metal, del tamaño de un lavadero, seguía adosado a la pared exterior; tuberías mohosas se extendían a lo largo del suelo debajo de aquél.
—Aquí hacía Krell sus famosos «Krellburgers» —dijo Byrne—. No me atrevo a preguntar de qué.
Avanzó, doblado por la cintura, y se asomó a la ventana. Dos coches herrumbrosos, con los parabrisas hechos añicos, pastaban las altas hierbas amarillas.
—Apuesto a que podríamos comprar esta casa muy barata —dijo—. ¿Crees que funcionarán aún las tuberías?
Sarah sacudió la cabeza, pero Byrne estaba ya aflojando uno de los grifos sobre el fregadero de metal. Una tubería golpeó la pared, y un grumo de polvo salió del grifo y se deshizo contra el fregadero. La tubería golpeó de nuevo la pared.
—Creo que todavía saldrá agua por aquí —se maravilló Byrne.
El grifo tembló sobre el fregadero, vibrando con rítmica y creciente intensidad.
—Ciérralo —dijo Sarah, pero Byrne se limitó a mirarla.
Un instante después, la llave saltó del grifo y una espesa sustancia amarillenta se vertió en la cocina, salpicándolos a los dos.
—¡Caray! —gritó Byrne, dando un salto atrás.
Un grueso chorro de aquel líquido amarillo siguió cruzando la habitación, pero menguó a los pocos segundos y se convirtió en un flojo pero continuo chorrito desde el grifo al fregadero. El fluido apestaba, olía a enfermedad, pensó Sarah, como algo extraído a un moribundo. Ahora llegaba ya a la altura de la mitad del fregadero, y el que había caído al suelo formaba charcos que se solidificaban, como una turbia gelatina. El hedor llenaba la cocina.
—No hay manera de parar esto —dijo Ulick, casi con pánico—. Dios mío, ¿qué es esa cosa? Va a derramarse sobre el suelo en cualquier momento.
—Pienso que es el ingrediente de las «Krellburgers» —dijo ella, desquitándose un poco.
Examinó un grumo de aquella sustancia que había caído sobre su falda y seguía pegado a ella. Sacó una hojita de papel absorbente del bolso y sacudió el grumo.
Las tuberías seguían rugiendo: Sarah las veía moverse debajo del fregadero, chocando las unas con las otras y golpeando entre el suelo y la pared. Toda la casa parecía afectada por esta agitación y temblar al ritmo de las ruidosas tuberías.
—Salgamos de aquí, Sarah —dijo Byrne—. Estoy lleno de esta hedionda pasta y creo que podemos prescindir del sótano.
Sólo había otra puerta en la cocinita, y Sarah la abrió. Los goznes chirriaron; detrás de la puerta, la oscuridad olía a moho.
—Bingo —dijo Sarah.
—Creo que deberíamos marcharnos.
—Entonces, vete. Yo echaré un vistazo al sótano.
Se volvió en dirección a los carcomidos peldaños que llevaban al oscuro sótano, y, como ella había previsto, Ulick dijo:
—En tal caso, deja que baje yo el primero.
Se estaba limpiando la chaqueta con un pañuelo visiblemente nada higiénico. Hizo una bola con él, se lo metió en el bolsillo y empezó a bajar a tientas la escalera.
—Hay un poco de luz en el fondo —gritó a Sarah.
Y al pisar ésta la tierra apisonada del sótano, vio la razón de aquello. La escalera terminaba delante de una pared de piedra de los cimientos, y al pasar Sarah a un lado de aquélla advirtió unos cristales colocados en el nivel superior, alrededor del perímetro del sótano; dos a cada lado. Menos transparentes que las ventanas ordinarias de las bodegas, dejaban pasar al menos una luz nebulosa.
Sarah sintió un escalofrío en la espalda, en el cuero cabelludo, en las manos. No más llegar a la zona principal del sótano, se sintió profundamente inquieta: parecía un sótano mucho más corriente que la casa, pero no era un sótano ordinario. Aquí era donde los recuerdos eran más fuertes, estaban más concentrados. Cuando el mal había arraigado en esta casa, había empezado por aquí.
Ulick debió de sentirlo también, porque dijo:
—Dios mío, Sarah, este lugar es terrible.
Ella lo miró con curiosidad. Después observó atentamente el sótano: no era más que un amplio recinto limitado por irregulares paredes de piedra y con el suelo cubierto de polvo. La luz opaca les permitió ver una larga mesa de madera en el fondo, que sin duda había sido antaño un banco de trabajo. Incluso desde donde estaba, podían ver cortes y melladuras en sus bordes. Todo lo del lugar, todos sus átomos, les atacaban los nervios. Byrne dijo:
—Mira, antes de empezar a dedicarme a la propiedad inmobiliaria, pasé mucho tiempo en las salas de justicia y también en las cárceles. Reconozco los lugares donde la gente ha tenido miedo y ha estado afligida. Se puede sentir la impresión del que se ha visto atrapado. Pero, Dios mío, Sarah, jamás estuve en un lugar peor que éste. Ni siquiera deseo saber lo que ocurrió aquí.
—Yo tampoco —dijo ella—. Ya he visto bastante. Salgamos.
Byrne suspiró aliviado, y los dos se volvieron a la escalera.
Arriba, la puerta se cerró de golpe.
Sarah y Byrne se quedaron inmóviles. Se oyeron pisadas en el cuarto de estar y, después, en la cocina. Ambos se miraron con intenso terror: las pisadas se dirigían en derechura a la escalera. Quizá se imaginaban ambos que Bates Krell había vuelto, dispuesto a matarlos; dadas las circunstancias, era una idea casi inevitable. Pero Sarah se recobró una fracción de segundo antes que Ulick y murmuró:
—Será algún chiquillo; tiene que serlo.
Ulick asintió con la cabeza, pero no muy convencido. Cuando se abrió la puerta de la escalera con un chasquido, asió el brazo de Sarah y la empujó hacia un rincón desde el que pudiesen ver al que bajaba antes de que éste los viese a ellos.
La atrajo hacia sí, apoyó la espalda en la pared e inmediatamente se separó. Algo rebullía y se movía en aquel muro. Ulick jadeó y volvió la cabeza para mirar la pared traidora. Ésta estaba cubierta por miles de pequeñas arañas rojas. Tal vez millones. Sintió un vivo dolor en la mano y vio que una de las arañas acababa de morderle. Aguantó el dolor y se sacudió la araña.
La persona que bajaba la escalera no era un chiquillo. Las pisadas eran lentas y cautelosas, y revelaban el peso de un adulto.
Entonces vieron la cabeza. Unos cabellos de plata. Tanto Sarah como Byrne sintieron un alivio momentáneo. Entonces la cara se volvió, inexpresiva, en su dirección, y el alivio cesó. La cara de aquel hombre era una parodia grotesca de rostro humano. Casi absolutamente blanca, aparecía hinchada y con bultos carnosos. La frente parecía abombada y bulbosa, y la barbilla rezumaba.
De nuevo fue Sarah la primera en advertirlo: se dio cuenta de pronto de que aquel hombre era lo que los niños llamaban «goteras», y de que debía emplear como escondite la casa abandonada. Dentro de una o dos semanas, llegaría al estado en que debería vendarse, y entonces necesitaría un lugar seguro donde esconderse y poder cuidarse sin verse amenazado de destrucción.
Un pliegue de carne de la mejilla del hombre caía sobre la mojada barbilla, y Sarah se compadeció de él.
—«Goteras» —murmuró Ulick a su oído.
Ella lo miró con disgusto, y entonces vio que una pequeña colonia de arañas se introducía entre los espesos cabellos de Ulick; en el mismo instante, se dio cuenta de que había reconocido al enfermo.
El hombre que acababa de bajar al terrible sótano de Bates Krell era su ginecólogo.
—Tus cabellos —susurró a Byrne—. Tus cabellos…, arañas. —Y entonces salió del rincón y dijo en un tono casi normal—: ¿Doctor Van Horne? No se asuste. Soy yo, Sarah Spry.
El médico se volvió hacia la voz con espantosa lentitud.
Entonces vio ella hasta qué punto había sido mutilado —sólo podía llamarse así— por la enfermedad. Su cara era apenas reconocible y brillaba con una humedad lustrosa y blancuzca. Unos pliegues de piel cayeron sobre sus ojos, se levantaron y volvieron a caer. Pensó que el hombre parecía alarmado. Detrás de ella, pudo oír los murmullos de Ulick, que se rascaba frenéticamente el cráneo atacado por las arañas.
—No vamos a hacerle daño, doctor —dijo ella—. ¿No me recuerda? Soy cliente suya. Sarah Spry.
Era terrible, pensó, que un viejo maravilloso como Wren van Horne hubiese contraído aquella repugnante enfermedad.
Pareció que Van Horne le sonreía, y ella dio unos pasos en su dirección, con la intención de darle el mayor consuelo posible. Su zapato se hundió en un charco frío, y al mirar hacia abajo, sorprendida, Sarah vio que había pisado un pequeño lago de sangre.
—El nombre de Sarah Espía le caería mejor —dijo el hombre sonriente, desde el pie de la escalera.
Ella casi sintió que la palma de una mano infantil empujaba la ensangrentada suela de su zapato; durante un segundo sintió aquella presión, y una imagen trastornada, desdichada, se adentró en su mente. Se echó atrás, temiendo mirar abajo, y dijo «¿Qué?» al doctor. La cara de éste pareció cambiar, alargarse, mientras los ojos salían de debajo de los pliegues de movediza piel…
(«Espía», murmuró el médico.)
… y cuando ella oyó otro ruido en la escalera y pensó que se habían salvado, corrió hacia aquel ruido y después se detuvo y retrocedió hacia el rincón donde antes la había llevado el abogado… Había sido el último lugar donde se había sentido segura, y volvía allí impulsada por su instinto. Pues en el peldaño superior de la escalera de la cocina de Bates Krell, había visto al pequeño y muerto Martin O’Hara que la miraba fijamente. Su hermano Thomas, también muerto, estaba junto a él y miraba por encima del hombro de Martin con la misma expresión indiferente; sus ojos fríos se encontraron con los de ella.