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Subió al último vagón del subte y se durmió recostado contra un borracho. Lo despertó la voz que anunciaba el arribo a la terminal. Afuera la nieve se había convertido en un granizo finito que se deshacía con el viento. Salió a la calle y cruzó la plaza desierta. Empezaba a darse cuenta de que estaba del otro lado de las cosas, en el lado oscuro. Se consolaba pensando que todavía figuraba en la nómina de empleados del servicio, allá en el subsuelo del Correo Central.
Entró en un bar, pidió un vaso de vino blanco y llamó a su casa. Le respondió el contestador automático de una inmobiliaria que ofrecía el departamento en venta. Se quedó unos minutos cavilando, con la mirada perdida. Por fin iba a saber qué había después de la muerte. En el Refugio circulaba una leyenda sobre los gloriosos tiempos de la Guerra Fría. En aquellos años la CIA simulaba asesinar a sus espías más inteligentes para reciclarlos en misiones de altísima complejidad. Pero Carré sabía que él no era inteligente. Le hubiera gustado descubrir una conspiración contra la Argentina o interceptar un informe sobre la fusión nuclear, pero no le daba la cabeza. Por más que consultara las enciclopedias nunca logró entender la diferencia entre fusión y fisión. Dios le había negado el don de la inteligencia pero le concedió el de la imaginación. Jamás descubrió un complot ni capturó una fórmula que valiese la pena. En cambio inventaba intrigas bastante creíbles como para justificar que El Pampero le pagara un sueldo y lo mantuviera en Europa. Por fortuna a la Argentina no le interesaba la ciencia, y obligaba a otros confidenciales a interceptar y descifrar complejas ecuaciones escritas en dialectos del Japón. Aunque el comunismo estaba en pleno desbande, El Pampero sostenía que todo era una inmensa patraña de los rojos para dar el golpe definitivo contra el mundo libre. Entonces Carré imaginaba reuniones secretas y falsificaba mensajes de Pekín o La Habana que alimentaban la paranoia del Jefe.
Esa tarde, apoyado en la barra, con la mirada en el fondo del vaso, se preguntó si era Pavarotti quien había descubierto que mandaba mensajes falsos. Vigilaba a los que entraban y salían del bar con las máscaras puestas. Pensaba cómo mandar una señal a Buenos Aires para que supieran dónde ubicarlo pero se distrajo al ver un Mercedes que se detenía junto a la vereda. Un pelirrojo alto, de impermeable, bajó levantándose las solapas y el coche arrancó enseguida. El hombre empujó la puerta del bar y se dirigió al teléfono. Carré lo reconoció de inmediato. Un mes atrás Vladimir el Triste le había ganado dos partidas de ajedrez en el Refugio y el tipo hizo un escándalo con el pretexto de que el patrón le silbaba en la oreja y no lo dejaba pensar tranquilo. En el forcejeo de la gresca Carré le robó una lapicera de oro y una tarjeta de crédito con un mensaje en código que no pudo descifrar.
Cuando lo vio acercarse saludó inclinando la cabeza pero el otro lo ignoró como si pasara al lado de un perchero. Marcó un número largo y habló en voz baja, sin pausas; solo levantó el tono para repetir la palabra kaput. Después pidió un pastis y se lo tomó de pie, casi codeándose con Carré, hasta que el Mercedes volvió a buscarlo. Carré ordenó otro vaso de vino y se lo tomó de un trago. Recién entonces se sintió un poco mejor. Concluyó que el pelirrojo lo ignoraba porque la red creía que estaba muerto. Kaput, dead, mort. Imaginó los télex, los fax, los comentarios, y sintió un cosquilleo de vanidad. Al menos por un rato todos los confidenciales del mundo estarían ocupándose de él, tachando su nombre en las agendas, informando a sus contactos que la Argentina había decidido hacer un enroque en París.
Pero ¿se trataba de un enroque? ¿Pavarotti venía a ocupar su lugar o El Pampero había decidido retirarse de Europa? Otras veces le avisaron que debía desaparecer por un tiempo, que había tenido un accidente en Praga o estaba preso en Estambul y eso lo obligaba a retirarse al campo hasta que le confiaban una nueva misión. De vez en cuando iba a echar un vistazo a las reuniones de los ecologistas y a los conciertos de rock para matar el aburrimiento. Luego les vendía sus informes a los agentes de Washington y de Londres que los compraban por temor a que se les escapara algún dato menor. Poco a poco se atrevió a inventar conspiraciones contra los gobiernos de aquellos agentes que disponían de caja chica en París, pero recién se ganó el respeto de toda la red el día que suprimió a un confidencial yugoslavo que se había quedado sin país. Era un chantajista cargoso que andaba metido en el tráfico de droga. Una noche en el Refugio tiraron los dados para decidir quién se encargaría de eliminarlo y el número más bajo le tocó a Vladimir el Triste. Carré comprendió que los otros habían hecho trampa para obligarlo a salir del bar y por compasión o vanidad se ofreció a reemplazarlo. Encontró al yugoslavo una tarde en los largos pasillos del Centro Pompidou, mientras acompañaba a un espía de Sony que seguía a un ingeniero de Panasonic. En su lugar un profesional hubiera usado la cerbatana o el alfiler envenenado, pero Carré no sabía hacer otra cosa que tirar al blanco y le disparó sin silenciador a veinte pasos de distancia. Esperó a que se desplomara y se fue con los turistas que se desbandaban por las escaleras. Desde entonces la red empezó a tenerlo en cuenta y a confiarle trabajos más o menos arriesgados que le dejaban algún dinero para el alquiler y las carreras.
Salió del bar cuando anochecía y había dejado de granizar. Las veredas estaban enchastradas y resbaladizas. De los toldos caían gotas frías y gruesas que se rompían contra los paraguas. Una brisa helada barría los cruces de los bulevares. El campanario de Saint Sulpice sonó nueve veces y Carré se dijo que era hora de buscar un lugar discreto donde pasar la noche. En ese momento sentía, además de dolores en las piernas, el agitado sobresalto de su corazón. Lo habían dejado sin casa, sin instrucciones ni contactos y no podía volver al Refugio. Se detuvo a prender un cigarrillo y aprovechó para mirar atrás. También Pavarotti había desaparecido.
A la vuelta de una calle muy corta vio un hotel que pasaba casi desapercibido. Contó la plata que le quedaba y subió por una escalera angosta. Estaba acostumbrado a dormir en las pensiones más miserables pero nunca había pasado una noche sin su cepillo de dientes, la pomada para las varices y un piyama limpio. En el primer piso encontró a un africano con cara de pocos amigos que leía una revista al lado de la estufa. Carré le alcanzó el documento falso y preguntó si alguien podía secarle la ropa y lustrarle los zapatos.
—¿Acá? —dijo el africano—. No me haga reír.
Carré le dio una propina para que le subiera otra frazada y se inscribió como corredor de seguros. Luego fue hasta el tercer piso tomándose de la baranda, tosiendo y con las tripas revueltas. Se dio cuenta de que sudaba. En los rellanos, frente a los retretes, colgaban bombitas polvorientas que apenas permitían ver los escalones. Encendió la lámpara de la habitación y por rutina examinó el placard, miró debajo de la cama y abrió el postigo. De repente tuvo un mareo y empezó a vomitar el odio espeso que le quemaba el estómago. Tiritaba por el mareo y no bien las convulsiones le permitieron un respiro miró hacia los techos vecinos para calcular, como lo hacía siempre cuando llegaba a un hotel, desde dónde podían tirarle un balazo.
Se quitó la ropa empapada, colgó el pantalón en el picaporte y se envolvió con la manta. Cuando se miró al espejo advirtió que llevaba el sombrero puesto. Salió al pasillo a llenar una jarra de agua y aprovechó para ir al baño. Agachado en la oscuridad, oyó que alguien andaba por el pasillo; supuso que sería el africano que le traía la frazada y le gritó que la dejara sobre la cama. Prendió el encendedor para buscar un pedazo de papel y vio que por la pared bajaba una cucaracha flaca, desgarbada por el invierno. Llenó la jarra de agua y volvió a la pieza encorvado como un viejo.
Sentada en la cama, con las piernas cruzadas, esperaba la rubia que había visto en su entierro. Llevaba el mismo vestido largo y no había tenido tiempo para retocarse el maquillaje. Entre las manos apretaba un ramo de narcisos. Carré la miró desde el hueco de la puerta, descalzo, perplejo por la rapidez con que lo habían encontrado. ¿Qué podía pasarle ahora que estaba muerto y sepultado? Del susto la jarra se le escapó de la mano y al golpear contra el piso le hizo dar un salto. La mujer se levantó, cerró la puerta y colgó la cartera en el respaldo de la silla.
—Vaya, acuéstese, que se va a resfriar —dijo.
Carré se metió en la cama, lívido. Había reconocido el acento de Buenos Aires y advirtió que estaba a merced de esa mujer de pelo teñido. La miró pasearse por el cuarto y se arrepintió de no haberla golpeado con la jarra cuando le daba la espalda.
—Alcánceme los cigarrillos, ¿quiere? —atinó a decir—. Están en el saco.
La rubia sonrió con unos dientes parejos. Abrió la cartera y sacó un paquete de Gitanes. Carré alcanzó a ver, entre llaves, papeles y pañuelos, el caño azulado de una pistola idéntica a la suya.
—Vamos, Carré, sáquese el sombrero, que parece un dandy borracho.
Le extrañó escuchar el nombre de cuando estaba vivo. Se quitó el sombrero e hizo ademán de ponerlo sobre la mesa de luz. Como ella no se movió, Carré aprovechó para tomar el velador y arrojárselo a la cara. La rubia levantó la mano con los narcisos y la habitación se llenó de pétalos rotos. Carré la vio rodar y se abalanzó sobre la cartera, pero el arma ya no estaba ahí.
Tendida en el suelo, con el pelo revuelto, la rubia jadeaba como si acabara de hacer el amor. En una mano tenía la pistola con el gatillo listo. Antes de desvanecerse Carré reconoció aquella media negra con un gran agujero arriba del tobillo.