Capítulo 18
ESA mañana, un poco más tarde, Sebastian me acompañó a la estación de metro. Llovía y llevaba un paraguas con el que intentaba esforzadamente cubrir mi atrevida indumentaria y mis zapatos de ante, ambas cosas absolutamente inadecuadas a la luz del día, y menos con aquel tiempo inclemente. Tenía los ojos nublados, los labios hinchados. Mi pelo lucía ese tipo de cardado que solo una noche entera de sexo intenso puede lograr.
Los hombres con que nos cruzábamos, albañiles, estudiantes y los típicos desocupados de una mañana laborable, me lanzaban miradas abiertamente lascivas a pesar de ir cogida del brazo de Sebastian. Solté una risita y me adapté a mi recién adquirida condición de puta ambulante.
—Esto es porque anoche me llamaste puta, Sebastian. ¡Todo el mundo se ha dado cuenta! Sinceramente, qué clase de feminista anda trotando por la calle con estas pintas un jueves por la mañana.
—Eres justo una feminista femenina a la que le gusta que la miren —se rió Sebastian—. ¡Una feminista! ¡Acéptalo!
Cruzamos sobre unos adoquines y Sebastian aflojó el paso y me sujetó por la muñeca preocupado por mi equilibrio sobre aquellos tacones vertiginosos.
—Apóyate en mí —me apremió.
—¡No necesito apoyarme en ti! —le repliqué airada—. ¡Me pongo tacones desde los siete años!
—Oh, vamos, Nichi, ¡me estaba poniendo romántico! —Lo decía para pincharme, pero la broma era una especie de confesión. Quizás fuera aquel el modo que tenía Sebastian de decirme «Mereces algo más». ¿O sería tal vez su forma de asegurarse de que yo siguiera dominando a mis clientes para conseguirle más fondos a él? Me pareció que no.
—Sinceramente, Sebastian, no tengo ni la menor idea de cómo me las he podido arreglar sin ti todos estos años —sonreí tímidamente.
Me puso la mano en la cara y me besó. Una, dos, tres veces. Cada beso un poco más largo, un poco más ardiente que el anterior. Nuestros ojos se encontraron por un momento. Vi que algo se despertaba en su rostro. Se daba cuenta de que le importaba.
Cuando llegué a casa, ya tenía un email suyo con enlaces a otra exposición de arte que sugería que fuéramos a ver. Luego, más adelantada la tarde, me mandó un mensaje en el que decía que había pasado unos momentos deliciosos conmigo y que no me preocupara por haber enseñado las tetas por Kingsland Road.
—Considéralo una especie de servicio a la comunidad, has estado alegrando la vida de unos hombres frustrados un jueves pasado por agua.
El fin de semana siguiente fuimos a ver la exposición que había sugerido. Era un tanto mediocre comparada con la de Kusama. Pero no me importó. Tenía la sensación de que Sebastian se me iba abriendo, se iba abriendo a una auténtica relación entre los dos. Cuando llegamos a casa, se fue a la cocina a buscar un poco de agua y yo empecé a desnudarme. Me asusté cuando reapareció en la habitación.
—Ay, perdón, he perturbado a la dama en su aposento. ¡Lástima que no esté tu unicornio para protegerte!
Me eché a reír.
—¿Pero no tendría que ser virgen o algo según la leyenda?
—Ah, entiendo. No, tienes razón, con tu historial, eso es muy poco probable. Bueno, igual podemos crear algo distinto para ti. ¿Qué me dices de un cuernicornio?
—¿Un cuernicornio? —dije entre risas.
—Sí, aparece cuando haces algo especialmente depravado. Cuanto menos inocente seas, más probabilidades tienes de ver uno.
—¡Oh, Dios mío, eso sí que es perfecto! ¿Podría ser de color morado priápico, por favor? ¿Y tener un cuerno negro reluciente?
—¿Un cuerno que sea como un consolador gigante? ¡Por supuesto que sí!
Sebastian relinchó como un caballo, me apretó contra él y me acarició los pechos, juguetón.
—Sí. Definitivamente, la doncella sagrada del cuernicornio.
A la mañana siguiente estaba toda escocida del vigor con el que Sebastian me había follado la noche antes. Se ofreció a hacerme una «cura de lametones», pero lo que yo sentía era una urgencia abrumadora de chuparlo a él.
Me había dado cuenta de que cuanto más violento era el sexo nocturno, más tierna era la mañana siguiente, y en aquel momento quería mostrarle sencillamente lo tierna que podía ser. Me acarició el pelo mientras yo bajaba dando besos por su pecho, la barriga y luego por la polla, que se iba endureciendo. La cogí con la mano le descubrí el glande y lo fui chupando atrás y adelante a lo largo de los labios.
—Oh, Nichi, oh, Nichi Nichi, qué bueno. Es fantástico, no te pares.
Si demoraba los labios sobre el glande, alargaba los dedos y me los pasaba sobre los labios de modo que me acariciaba un poco a mí y un poco a sí mismo. Era una sensación deliciosa; cada poco me la metía entera en la boca, luego estiraba hacia arriba y la sacaba antes de volver a rodear el glande con la lengua y deslizarlo de nuevo sobre los labios dejando que la saliva suavizase la punta para luego introducirla con fuerza en la boca y hasta donde mi garganta podía contenerla.
Bastaron pocos minutos para que Sebastian estuviera listo para el orgasmo.
—En la boca, Sebastian, no te pares —le urgí, y pocos segundos más tarde ya me había cubierto los labios y la lengua de semen dulce y caliente. Jamás hombre alguno había tenido mejor sabor que Sebastian.
Después me hizo subir hasta su cara y nos besamos medio mareados.
—Gracias por hacerlo —me besó en la cabeza antes de fijar sus ojos adormilados sobre mi rostro. Hasta medio cerrados, brillaban—. Ha sido hermoso. Una razón más de por qué eres tan única como un unicornio.
Sentí una oleada de gozo alzarse desde lo más profundo de mí y extenderse sobre mi piel como si me hubiera sumergido de repente en un mar cálido y deslumbrante de color turquesa. Y en ese momento, lo comprendí. Estaba enamorada de él.
Esa misma semana nos vimos para tomar una copa. Me había puesto un vestido de dibujos estampados con escote desbocado y lo combinaba con unas sandalias abiertas negras y unos extravagantes pendientes con unas tijeritas colgados que había descubierto en la tienda de curiosidades del Victoria & Albert. Decidí rebajar un poco el tono después de nuestro último encuentro. Por lo menos vestida así podía ir a trabajar.
Me saludó con un beso e inmediatamente, y de manera nada habitual en él, me dijo:
—¡Qué bonitos pendientes!
Me toqueteé uno, sorprendida. A mí me parecían muy monos. Pero no eran el tipo de cosa que suele atraer la atención masculina. Sebastian sonreía, pero se le notaba en tensión.
—¿Cómo te está yendo la semana? —le pregunté.
—Oh, ya sabes, las luchas existenciales de siempre... —sonrió, pero me di cuenta de que estaba crispado.
—¿Qué pasa?
—El trabajo no va demasiado bien. Estuve hablando con Juliet de que viniera a hacerme una visita, pero Lana nos lo pone difícil. Y tengo el visado probablemente a punto de expirar.
¿El visado? Dios mío, claro, en realidad desde aquella primera cita no habíamos hablado de lo de su residencia.
—¿Qué pasa con el visado?
—Es válido hasta final de año, luego o encuentro alguien que me avale o tengo que volver a Montreal. Incluso a Sudáfrica. Tengo antepasados lituanos, así que puedo pedir un pasaporte de la UE, pero no tengo garantías de que me lo den.
Aquello sonaba mal. Tragué saliva.
—¿Y lo de Juliet?
—Parece ser que tendré que esperar a que cumpla dieciocho años para poder volver a pasar suficiente tiempo con ella. Había pensado en venirse a trabajar a Londres una temporada, pero Lana no está dispuesta a permitírselo. Lo hace solo para incordiarme. Otra vez. —Sebastian vació el whisky. Nunca lo había visto beber tan deprisa.
—¿Cómo puedo ayudarte? —le pregunté.
—No puedes —replicó secamente y luego abrió la boca como para hablar pero de nuevo se quedó mirando fijo mis pendientes. ¿Le gustarían de verdad? ¿Tendrían algo que no estaba bien?—. Voy a buscar otra. ¿Estás servida? —dijo. Asentí. Apenas había tocado la copa de vino blanco que había pedido.
Mientras Sebastian iba a la barra, mi mente se aceleró. Tenía razón, no podía ayudarle directamente en lo de Juliet, pero sí en lo del visado. Quiero decir, lo único que tenía que hacer para que se quedara en el país era casarme con él, ¿no? Sonaba como un pronto, ya lo entendí, y sin embargo la intensidad de nuestra relación durante los últimos seis meses me convencía de que no era tan disparatado como sonaba. En aquel preciso momento no podía imaginarme nada más hermoso que casarme con Sebastian. Había necesitado tres años para llegar a un punto en el que empecé a considerar en serio casarme con Christos, pero esto era diferente. Si Sebastian no podía renovar el visado, lo perdería antes incluso de haber tenido una auténtica oportunidad de descubrir si las cosas funcionaban. Juliet podía venir y quedarse con nosotros. La instalaríamos aquí. Ahora ya tenía un buen trabajo, y profesionalmente disfrutaba de bastante estabilidad. Así que podía hacerlo. Tenía que pensármelo bien antes siquiera de insinuárselo a Sebastian, sin embargo. Pero me sentí inundada por una especie de amor que nunca me hubiera imaginado sentir solo al pensarlo.
Sebastian regresó con su copa.
—Vamos a cambiar de tema.
—Vale —sonreí—. Hablemos de...
—Hablemos de esos pendientitos tan sugerentes que llevas. ¿De dónde los sacaste?
—Del Victoria & Albert —repliqué vacilante—. ¿Qué tienen de sugerentes?
—Simplemente, anuncian amenaza. Y a mí a veces me gusta un poco de amenaza. De la amenaza adecuada, claro.
—¿Sí? —ahora me sonreía de un modo más auténtico. Si aquello le alegraba el ánimo, yo encantada de seguir con el tema—. ¿Un poco de amenaza, eh? Quieres decir que te gusta pensar en mujeres armadas con tijeras, ¿es eso?
—Sí —se acercó más a mí y me susurró al oído—: También me gusta pensar en juegos de castración pornos.
—¡Sebastian! —exclamé atónita, y me aparté de él riéndome a medias—. No me digas que has estado viendo cosas de esas. —En mis tiempos de dominatrix yo había visto algún material de ese estilo, pero lo encontraba demasiado extremo. Era la clase de cosa que nunca comprendería cómo podía excitar a nadie.
—No, no he estado viendo eso. Solo he estado viendo videos de autodefensa de mujeres y masturbándome con ellos.
—¿Qué?
—Me encanta ver a las mujeres aprender a pelear, ya sabes. Las mujeres feroces siempre me ponen a cien.
—Interesante. He estado pensando en decirle a mi entrenador personal que me enseñe a boxear.
—Sí, bueno, pocas cosas hay mejores que unas mujeres guerreras que piensen en poseerte antes de que tú las venzas y las sometas. Mujeres guerreras que esgrimen un par de tijeras delante de tu polla...
Sebastian no podía estar hablando en serio de verdad. ¿O sí?
—De modo que si una mañana te despertaras y me encontraras blandiendo un par de tijeras delante de tus calzoncillos, ¿eso te pondría a cien?
—Cállate, ¿me tomas el pelo? Vas a hacer que me empalme. Pero Nichi... —Se acercó más a mí, supuse que para darme un beso—. Si empiezas a boxear, tienes que llevar siempre esos pendientes. Apostaría a que cualquier hombre que los vea piensa ¡castración!, y luego se va corriendo a su casa a hacerse una paja pensando en ellos.
Me deshice en una marea de risitas inquietas. Sebastian y yo ya habíamos tenido unas cuantas conversaciones raras en ese tiempo, pero sin duda alguna aquella era la más extraña.
—Sebastian, déjame que te diga que, como antigua ex dominadora con experiencia, nunca nadie me pidió hacer un juego de castración. ¡En eso tú y todos tus colegas imaginarios a los que les va la idea os quedáis solos!
Al día siguiente en la redacción, todavía con los pendientes de tijeras puestos, empecé a pensar en la conversación del pub. ¿Sebastian hablaría en serio o sería simplemente su modo ligeramente arriesgado de aliviar tensiones presión? Últimamente había estado de un humor cada vez más variable. No necesariamente conmigo, pero por la manera en que describió su lucha para aceptar lo que había sucedido entre Lana y él, comprendí que los malos humores de Sebastian eran pura bilis negra. Jugueteé con los pendientes y volví a pensar en la noche en que había «cambiado los papeles» durante el encuentro sexual, y lo había agarrado por los huevos, en la expresión de su cara dejando traslucir una especie de sufrimiento pacífico mientras le provocaba.
Pero sin embargo aquello me sonaba demasiado extremo para ser un simple alivio de la tensión. Imaginar un tipo de juego tan extremo y hacerse una paja mientras era una cosa, pero ¿ponerlo en práctica?
Pero, pensándolo otra vez, ¿no había yo representado fantasías moderadamente violentas para mis clientes y ni me inmutaba cuando me pedían cosas que a otras personas les parecerían de lo más retorcidas? ¿No sería una hipocresía ponerme a moralizar sobre el tema solo porque en este caso se trataba de alguien a quien amaba? ¿Y de todas las personas que podían hacerlo, no era yo la más segura?
Junto con la idea de matrimonio, esa era otra cosa que tenía que pensar a fondo antes de ofrecerme a hacerla. Tenía reservas en ambos temas, pero se me ocurrían pocas cosas que yo no estuviera dispuesta a hacer por Sebastian.
Decidí esperar a tener noticias suyas. Aquellos no eran asuntos para discutir en mensajes de texto.
Pasaron cinco días y seguía sin nada más que silencio. Al quinto día me pregunté si no debería llamarle yo. Empezaba a estar verdaderamente preocupada por él. Y luego, en el camino de la oficina a casa, me tropecé con Violet en la estación de metro.
—¡Dios mío, hace meses que no te veo! ¿Qué tal estás? —y me dio un torpe abrazo.
—¡Bien, sí! —Intenté fingir una sonrisa. No me sentía tan fantástica, pero no tenía auténticas razones para estar demasiado ansiosa. Ya había empezado a darme cuenta de que lo de dejar pasar días sin contacto era justo el estilo de Sebastian.
—¿Entonces, cómo van las cosas entre Sebastian y tú? Lo último que oí fue que estabais saliendo juntos regularmente, y luego anoche me lo encontré en ese bolo al que fui con Dan. Estaba de un humor de perros y no te mencionó ni una vez. ¿Seguís viéndoos?
¡Cristo bendito, lo ingenua que podía ser Violet! Supongo que aquella sinceridad era de admirar. Pero justo en aquel momento lo que sentí fueron ganas de llorar. Se me cayó el alma a los pies y allí se me quedó aleteando sobre el pavimento, implorando a Sebastian que la recogiera.
—Todavía nos vemos, sí —repliqué quizá demasiado cortante—. Ya sabes, bueno, supongo que simplemente es informal.
—¿Lo supones o lo sabes? —Violet inclinó la cabeza a un lado y puso cara de escepticismo—. Mira, Nichi, Sebastian es un encanto, pero también tiene algunas formas muy extrañas de apego... o más bien... de desapego. Asegúrate de saber bien qué tipo de relación has establecido con él.
Durante todo el trayecto a casa fui rememorando mentalmente la conversación con Violet. Quería creer que Sebastian simplemente no se sentía demasiado sociable cuando Violet se lo encontró, pero eso no explicaba ni la mitad de las cosas. No explicaba por qué cada vez estaba de peor humor y desde luego no explicaba por qué era un auténtico desaparecido en combate entre cita y cita.
Me puse a pensar en la noche que lo conocí y lo simpático que estaba con todo el mundo. ¿Era posible que después de todo nuestra relación no fuera algo especial? Esa idea me hizo sentirme como si estuviera a punto de dejar de entender qué era lo razonable. Tal vez aquello fuera justo lo que hacía: establecer vínculos súperíntimos con personas que no le importaban nada porque... ¿porque qué? La lógica seguía eludiéndome en el laberinto imposible de la vida emocional de Sebastian.
Mientras tanto, mi corazón se sentía como si él hubiera aparecido y lo hubiera sacudido. A pesar de la intimidad y el sexo increíblemente ardiente, nada parecía, retener su atención mucho tiempo. Me sentí como si tuviera que provocarlo constantemente para lograr que me prestara atención. Empecé a pensar de nuevo en los pendientes de las tijeras. Desde luego lo habían cautivado. Era una medida desesperada, pero tal vez fuera eso lo que lograría hacer que me respondiera esta vez. Le mandé un sms: «Bien, Sebastian. He estado pensando... Tengo un jueguecito al que podemos jugar. Incluiría llevar los pendientes de las tijeras».
Sebastian contestó inmediatamente: «Eh, ¿de verdad? Eso suena asombroso y no menos amenazador de lo que conviene. ¿Cuándo pensabas?».
«Bueno, ¿cuándo estás libre?»
«Podría encajar alguna amenaza el jueves, viernes o domingo. O mañana, si no es demasiado pronto.»
Estaba desesperada por verlo. Y ya no me importaba que lo supiera. Pero antes de tener tiempo de responder a su mensaje, me mandó otro: «¡Dios, ya me está encantando! No puedo ni pensar».
«Entonces, mañana», repliqué.
«Entonces mañana. ¡Tengo justo las tijeras que hacen falta!;)»
Esa noche, tumbada en la cama, estuve angustiada por la decisión tomada hasta bien pasadas las tres. ¿Sería aquello lo que me convenía hacer, tratar de satisfacer una de las fantasías últimas y más extremas de Sebastian? Era una puta ironía que la dominatriz que con tanta vehemencia se había mantenido apartada de cualquier clase de juegos médicos se encontrara ahora a punto de poner en práctica el más siniestro quizás del que tenía noticia.
Bueno, esa era otra cuestión, porque en realidad de ninguno tenía noticia en detalle. No tenía ni idea de cómo Sebastian tenía previsto poner en práctica aquello. Lo que en realidad se podía aplicar a cualquiera de las otras clases de sexo que habíamos practicado. Eso era lo que pasaba por embarcarse en esa clase de relaciones. Depositas tu confianza en alguien, pero si planificas todos sus encuentros sexuales acaban volviéndose tremendamente serios tremendamente deprisa. El no saber exactamente cómo alguien va a intentar dominarte era al menos la mitad del propósito.
Pero, ¿por qué Sebastian no me había mandado un mensaje? ¿Cómo podía haberme llamado Nichi mou, su unicornio, y aun así seguir tratándome como a una chica que se ligara en los pasillos de la universidad cuando no tenía nada mejor que hacer? ¿A qué venía todo aquel cogerse las manos durante la noche o las peticiones de que le enviara recortes de mis comentarios de la prensa en Sky News porque realmente «le ponían», si no era una respuesta al deseo y los sentimientos profundos, el amor en eclosión?
¿Y el sexo qué? ¿Aquel sexo que conmovía el alma, que te dejaba alucinado? Sebastian era un amante fantástico, pero ¿era posible tener la clase de sexo apasionado que habíamos tenido sin que hubiera una conexión fuerte y auténtica?
Seguí una hora más allí tumbada intentando desesperadamente no echarme a llorar. No quería tener los ojos rojos e hinchados al día siguiente. Al contrario, quería tener un aspecto superatractivo de muerte. Quería hacerle recordar la primera vez. Quería que pensara: quiero tener a esta mujer y todo lo que es capaz de ofrecerme.
Sebastian me esperaba de nuevo en la estación de metro. Tenía una expresión de euforia rebelde en la cara y los ojos azules soltaron destellos al verme.
Al final había decidido ponerme la ropa que llevaba la primera noche que follamos. El vestido con la espalda al aire. Los zapatos de serpiente. Medias. Solo que ahora llevaba los ojos muy pintados de negro, los labios bien rojos, uñas carmesí y un aire general de resolución inamovible.
Sebastian se acercó a darme un beso y me cogió la bolsa. ¿Como un caballero? ¿O como un esclavo? Me sentía tensa. ¿Iba a ser así toda la noche? Necesitaba desconectar el monólogo interior y concentrarme en convertir aquella experiencia en algo lo más seguro, cuerdo y sexy posible para ambos.
Habíamos quedado en que primero iríamos a cenar. Esa vez fuimos a un restaurante cantonés que tenía reservados amplios y discretos y un servicio relajado. Por lo menos tendríamos tiempo de hablar.
Una vez pagamos la cuenta, entre los dos como siempre insistía yo, dimos el corto paseo que nos separaba del piso de Sebastian hablando de política iraní.
—¡Cómo es posible que un país tan disparatado produzca tantas mujeres hermosas! —bromeé.
—¡Qué me vas a decir! —Sebastian pareció quedar embelesado—. ¡En realidad, toda esa región! Ya sabes lo que siento por la reina Rania de Jordania...
Me reí pero por dentro me estaba derrumbando. ¿Por qué me sentía tan insegura? No eran más que tonterías de Sebastian. Yo también mencionaba a otras personas a las que encontraba atractivas con bastante frecuencia. ¿O no? Traté de pensar en algún ejemplo, pero tenía la mente en blanco.
—Sí, pero no creo que le vaya la dominación —bromeé.
—¡Dios mío, a ella nunca la dominaría! Lo que haría es yacer con ella a la luz de las velas. He tenido ensoñaciones con ella. En mi cabeza siempre aparece con un jersey de angora blanco que se cierra con un solo botón.
Ya en el piso, la verborrea de Sebastian dio paso a los nervios.
—Me fijé en los pendientes en cuanto te recogí en la estación. No sabes cuántas veces he fantaseado con alguien que hiciera esto por mí. —Me contempló desde arriba con una expresión cercana a la adoración.
Yo nunca podía sentirme demasiado tiempo inquieta por culpa de Sebastian. Después de todo, lo amaba. Pero esa vez me había hecho daño de verdad. ¿Tenía tan poco respeto por mí que le parecía correcto alabar a otras mujeres mientras no me ofrecía a mí nada que me sirviera de consuelo? ¿Yo no era para él más que una boca deseosa y un agujero mojado? O, en aquella circunstancia, ¿un par de manos que esgrimen tijeras?
Sebastian revolvía en su cajón de artefactos perversos, como yo lo había bautizado. Guardaba allí cuerdas, sujeciones, una mordaza de bolas, fustas. La primera vez que nos vimos, me había contado que tenía todos los trastos que necesitaba «¡justo aquí!», y se besó los bíceps en son de burla. Pero ahora me preguntaba yo por qué nunca hasta entonces habíamos abierto el cajón. No es que eso me molestara. Había trabajado de dominatrix, había dispuesto de juguetes suficientes para toda una vida. Lo que resultaba irónico a la vista de eso era que ahora ambos dependíamos de un objeto doméstico para poner en práctica la máxima fantasía de Sebastian.
Se quedó un momento de pie dándome la espalda y luego suspiró ruidosamente. ¿Eran imaginaciones mías o estaba temblando? Se dio la vuelta y me tendió las tijeras. ¡Oh, Dios mío! No eran como me las esperaba, ni de modista ni las corrientes de oficina. Eran de cortar huesos de pollo, y tenían un aspecto feroz, con hojas curvas y dentadas que se mantenían juntas con un muelle y un cierre de seguridad. Aquello era una locura. No pensaba hacerlo.
—¡Sebastian! ¡Son monstruosas! ¿Estás loco? —Sebastian se disculpó meneando la cabeza.
—En realidad no son tan malas como parecen. No puedes herir a nadie con ellas. Mira. Intenta cortar una cinta y mira qué pasa.
Me tendió una cinta roja y las tijeras. Intenté cortarla con ellas. Atraparon la tela como si fueran de goma.
—¡Oh! ¡Si ni siquiera están afiladas!
—No, solo cortan a fondo si les aplicas una presión absoluta. Y tú no tienes fuerza suficiente. —Me sonrió cariñoso, acariciándome el hombro—. Son completamente seguras, Nichi, te lo prometo. Son una ayuda visual para la fantasía, nada más.
—De acuerdo. Bien, entonces... —respiré hondo mentalmente—. ¿Empezamos?
Sebastian se desvistió, salvo por los calzoncillos, y se sentó en el borde de la cama. Si no estaba equivocada, ya tenía una erección. Me instalé en una butaca, completamente vestida. Hacía tanto tiempo que no hacía algo así... Me resultó a la vez tremendamente familiar y tremendamente ajeno, especialmente teniendo en cuenta lo que estaba a punto de poner en práctica. ¿No soñaste en otro tiempo con ir a la Real Academia de Arte Dramático, Nichi? Llegó la hora de probar tu temple de actriz.
Dejé las tijeras en la butaca junto a mí.
Tendría que llevar adelante aquel diálogo prestando una atención extremadamente fina a las reacciones de Sebastian.
—Bueno, Sebastian... —Me miró trémulo—. He estado pensando. En esa polla tuya. ¿Realmente te hace falta?
Sebastian aspiró aire con fuerza. Era un buen comienzo.
—Quiero decir que me follas muy bien con ella, pero he empezado a preguntarme si eso de que tengas un pene no trae más complicaciones de las necesarias.
—¿Qué quieres decir? —me lanzó directamente la pregunta.
Con eso no contaba. Me desconcertó un momento, pero recordé luego las veces en que mis clientes habían hecho cosas parecidas. No es que intentaran entorpecer el juego de rol, solo pretendían comprobar tu autoridad. Necesitaba que Sebastian creyera que era yo quien dirigía aquello, a pesar de que fuera él quien tenía el mando absoluto aunque soterradamente.
—Quiero decir —continué— que me parece que tú en particular estás gobernado por ese pene mucho más de lo aconsejable. Quiero decir que puede que te encuentres más cómodo sin él. Menos agobiado.
—Pero no sería así —replicó Sebastian en voz baja, infantil—. Todavía tendré los huevos. Los huevos me harían distraerme, me animarían a pensar en el sexo a pesar de saber que sin polla nunca podría satisfacerme.
Muy bien. Estaba empezando a captar mejor el sentido de adónde quería llegar Sebastian con esto. Se trataba de una preocupación subliminal, la de que un día alguna mujer pudiera impedirle volver a tener actividad sexual. Pero ¿dónde estaba la conexión erótica de eso? Moví un poco mi butaca hacia él. Se encogió cuando me puse de pie, luego tembló cuando volví a sentarme con la rodilla enfundada en la media que ahora rozaba la suya desnuda. Pude notar por la tensión que había bajo la tela de sus calzoncillos que la erección había aumentado hasta una proporción tremenda.
—Pero Sebastian, ¿no piensas que algunas veces te lo mereces?
—¿Cómo puedo merecerme algo así? —replicó de inmediato.
—Bueno, ¿no podría ser el castigo por ser un cabrón tan guapo, por estar en disposición de tener a cualquier mujer que quieras sin el menor interés real por ella?
No tenía ni idea de si eso era verdad o no, no tenía ninguna idea precisa de cuántas mujeres habían pasado por él antes de mí, pero me pregunté si, como le ocurría a aquel cliente, James, el que fue mi primera dominación verbal, el que Sapphire me había dicho que quería verse a solas conmigo, también Sebastian se excitaba cuando se le enfrentaba a su narcisismo y se le castigaba por él.
—Pero a todas les he dado placer —repuso Sebastian.
—Bueno, pero a veces el placer no basta. Hay veces que las personas necesitan algo más que placer —contraataqué.
Sebastian mostró una expresión desafiante y aterrorizada a la vez.
Luego lo vi claro. Dios mío. Naturalmente que podía hacer bien aquel juego de rol. ¿Hay veces que las personas necesitan algo más que placer? Aquello trataba de nosotros, de todas las formas en que Sebastian fallaba a la hora de darme lo que necesitaba. Quizás acabara siendo realmente una catarsis para mí poder canalizar mis frustraciones hacia algo que lo desplazara a él. Por primera vez en toda la noche empecé a sentirme ligeramente menos asustada. Podía hacerlo. Me reafirmé en el papel adoptado.
—En la vida no todo es placer, Sebastian. Aunque parece que tú nunca tienes bastante en lo de buscar placeres. Una de las primeras cosas que supe de ti es que te llevaste a Dan, el novio de Violet, a Sudáfrica a hacer una gira de disciplina inglesa.
Sebastian se resistía. Ajá, ahí he dado demasiado en el centro de la diana para que te resulte cómodo, ¿eh, Sebastian?
—En ese viaje no hicimos nada demasiado tremendo.
—Pero aceptarás que fuiste una mala influencia para Dan. Animarlo a abandonar a Violet de ese modo. ¿Fue divertido lo de atar a aquellas pobres chiquitas inocentes en Sudáfrica?
—No las atamos —replicó Sebastian.
Yo no tenía ni idea de si me decía la verdad o no, pero eso importaba poco. La cuestión es que lo tenía a la defensiva.
—Pero aunque lo hubiera hecho, no me merecería quedarme sin polla por eso —dijo Sebastian agriamente. No era un buen sumiso. Su conducta era demasiado desafiante.
—Si tú lo dices, Sebastian. —Cogí las tijeras que tenía junto a mí. Todavía estaban frías a pesar de la proximidad de mi cuerpo caliente.
Inmediatamente, Sebastian se sacudió. Le miré la ingle. En los calzoncillos azul celeste se veía una mancha húmeda incriminatoria. Dios, era increíble que solo con ver unas tijeras como aquellas se pusiera caliente. Aquello sí que era un fetiche total.
Dejé descansar las tijeras sobre mi regazo, a lo largo, y pasé por ellas las puntas de las uñas moradas, rascándolas con un suave susurro. Ese sonido le hizo pegar un salto y estremecerse y fijar la mirada en el brillo del metal.
—Nichi, ¿qué haces? ¿Por qué has puesto las tijeras de ese modo?
Lo miré a los ojos. Había puesto una máscara como de Medusa en mi cara.
—Porque tú lo quieres.
—No, yo no, yo no, yo no —repitió Sebastian sacudiendo la cabeza de lado a lado con vehemencia.
Su reacción me confundió. Por un momento no supe si es que quería poner fin al juego de rol. Luego me di cuenta de lo que sucedía. Estaba dejando que mis sentimientos de verdad hacia él interfirieran con el juego. Claro, en las fantasías de Sebastian yo quería hacer aquello y él no. Y eso era todo. Pensaba que quería castigarlo por sus pecados sin cuento contra mí y contra el género femenino y él no era más que la desventurada víctima de mis iras. ¿Pero cómo demonios podía yo hacer un juego convincente? Por mucha ansiedad que me hubiera producido con sus esporádicas distancias emocionales, ninguna parte de mí quería realmente castigar a Sebastian por nada de lo que había pasado entre nosotros. Al contrario, hasta la última célula de mi ser quería amarlo, quería dar las gracias a la Fortuna, a cualquier Dios en el que creyera, pero fundamentalmente a Sebastian, por aparecer en mi vida.
—Por favor —dijo Sebastian—, no hagas eso, Nichi, por favor, no. Necesito tener siempre mi polla. Deja que la siga teniendo.
Volví a pasar rápidamente las uñas de un lado a otro de las tijeras y luego les di la vuelta de manera que el filo de las hojas apuntase directamente a la bragueta de Sebastian.
—Lo siento mucho, Sebastian, pero tú ya no tienes nada más que decir en el tema.
Volvió a abrir mucho los ojos, asustado. Inclinó la cabeza y puso las manos suplicantes en mis pantorrillas. Les pegué un manotazo y lo aparté.
—Es demasiado tarde, Sebastian. Tienes que ser un hombre y aceptar lo inevitable. —Cogí las tijeras en la mano derecha y puse la izquierda sobre el cierre de seguridad. Al soltarlo, emitió un sonoro clic y Sebastian lanzó un gemido.
Entonces me di cuenta de algo más. Joder, no habíamos establecido ninguna consigna de seguridad para aquello. ¿Habíamos perdido la cabeza? Sebastian confiaba en mí, y yo también confiaba en mí misma para no permitir que aquello se deslizara por terreno peligroso. Bueno, sí habíamos comprobado la hoja. Y sabía que no podía cortar. Nunca había hecho daño a un cliente y desde luego de ninguna de las maneras iba a hacérselo a Sebastian. Lo único que tenía que hacer era torturarlo un poquito con ellas. Quizás frotarle la verga arriba y abajo con ellas, tal vez abrirlas con aire amenazador. Supuse que, cuando se abrían, las cuchillas debían de hacer un ruido aterradoramente adecuado.
Concéntrate en tu papel, Nichi, haz que se corra y acaba con esto deprisita.
Cuando se separaron las dos hojas, pasé la yema del dedo por las puntas de sierra romas. Sebastian estaba absolutamente en trance, sus ojos azul cobalto ardían como el núcleo de una llama de gas y saltaban en rápida sucesión de las tijeras a mi cara. Su polla enhiesta asomaba ya por encima de los calzoncillos. Verlo así de empalmado ayudó a convencerme otra vez de que lo que hacíamos estaba bien. En ese momento, todo lo que quería hacer era darle placer a Sebastian.
Me incliné hacia adelante exponiendo a la luz tenue la blancura de mi escote. Sebastian lo miró codicioso. Luego alargué la mano izquierda y le tiré de los calzoncillos hasta dejárselos colgados a mitad de la polla. Tiré para atrás de la cinturilla con los dedos y luego con la derecha le deslicé las tijeras dentro de la tela estirada. Sebastian soltó un vibrante sonido gutural. Yo quería mantener las tijeras lo más lejos posible de su piel, y confié en que aquella acción bastase para estimular su fantasía.
Luego retiré un momento las tijeras, las abrí un poco y las apoyé contra la tela. Los dientes romos rasparon torpemente sobre la fibra. Aunque hubiera querido, no podría cortar la tela de los calzoncillos en busca de un efecto. Así que utilicé las tijeras para tirar hacia abajo del tejido hasta que la polla entera quedó al aire. El glande relucía desesperado, una única gota que anunciaba el semen se arrastraba por la verga abajo. Aparté las tijeras y con los dedos de la mano izquierda lo envolví a lo largo suavemente. Sebastian se apartó de un salto asustado, pero yo me aferré a su polla, me levanté del asiento, planté una pierna a cada lado de su rodilla derecha y me senté en el muslo para inmovilizarlo.
—No podrás escapar de esto, Sebastian. Es tu destino. Y en realidad lo sabes. Y también sabes en lo más profundo que te lo mereces.
Empecé a masturbarlo y me incliné para besarlo por primera vez. Cuando nuestros labios se encontraron, la sensación fue electrizante. El intercambio de fuerzas invertidas dotó a esa sensación de un erotismo dudoso. Sebastian me besó como si su polla dependiera del beso.
—Por favor, Nichi —empezó de nuevo—, por favor, no lo hagas.
—Es por tu propio bien —volví a repetirle. Luego vacilé. ¿Qué hacer ahora? Ahora el juego de rol ya era más fácil, pero lo de las tijeras en la mano seguía poniéndome nerviosa. Me sentía como si blandiera un arma en la mano. Pero para que aquello le funcionara a él, iba a tener que tocarle la polla con el metal.
Cerré las tijeras y las acerqué con cautela al exterior de su piel y froté con el filo a lo largo de la verga. Preocupada de que Sebastian se sobresaltara con la sensación y se hiriese sin darse cuenta, primero cerré bien la punta de las hojas. Pero Sebastian ya estaba completamente perdido en su ensoñación y en vez de intentar alejarse se arrimó a ellas. Solté un largo y nervioso suspiro de alivio.
—Nichi, tú nunca serías capaz de cortarme la polla, ¿verdad? —Sebastian me miraba desde abajo, implorante—. ¿Nunca lo harías, verdad? Nunca me la meterías de verdad dentro de las cuchillas, ¿no?
Eso significaba que quería que se la metiera entre las cuchillas. Tenía que hacerlo. Aborrecía hacerlo. Pero volví a pensar en el vacío de los días que me pasaba esperando sus mensajes, en la riqueza de mis noches cuando hacía el amor con él. Quizás fuera aquello lo que necesitaba para poder comprender con precisión lo mucho que yo me preocupaba por él y hacer que se comprometiese de veras conmigo. Por eso tenía que hacer aquello. Por mí, pero todavía más por él. Y entonces, sin dejar de acariciarlo con la mano derecha, abrí una vez más las tijeras y con el mayor de los cuidados encajé dentro de ellas la base de su polla con la mano izquierda.
Sebastian no hubiera estado más aterrorizado si le hubiera puesto una pistola en la sien. De hecho, sabía que para él aquello era mucho más terrorífico.
—Nichi, Nichi, Nichi, Nichi, Nichi —repitió con el cuerpo entero convulsionado por el pavor—, no, por favor, te lo suplico, te suplico que no lo hagas —y al decirlo se frotaba deliberadamente contra las cuchillas de metal y contra mis dedos.
—Sebastian —boqueé. Mi boca no podía soltar ni una palabra de amenaza más. Aquello era tan intenso, tan paralizador, que no veía el momento de que se acabase. Y entonces dijo algo que me hizo sentir como si me hubiera arrebatado las tijeras y me las hubiera clavado en el corazón.
—¿Cómo puedes querer hacerme esto, cómo puedes querer herirme de este modo?
«Pero es que no quiero, Sebastian —quise gritar, lo hago solo porque te amo y porque quiero satisfacer tus mayores fantasías y porque haría cualquier cosa, incluso algo tan loco, peligroso, terrible y terrorífico como esto si supiera que así te hacía feliz aunque fuera solo unos instantes.» Pero me mordí la lengua, reprimí las lágrimas e incrementé el ritmo de mi mano hasta que Sebastian se convulsionó en medio de un orgasmo enloquecido y eyaculó sobre mis dedos y las hojas de las tijeras.
Seguimos allí sentados unos cuantos minutos, mirándonos fijamente y jadeando. Yo esperaba que Sebastian me sonriera y me dijera que había sido algo brutal. Pero no lo hizo. Se limitó a mirarme con temor y pesadumbre.
Esa noche dormí fatal, me pasé la mayor parte allí tumbada inmóvil, sumida en pensamientos perturbadores. Mientras, Sebastian estaba rígido como un cadáver al otro lado de la cama y no se despertaba. Lo besé una o dos veces en el cuello y en los hombros pero no hubo respuesta.
Por la mañana me desperté yo primero y seguí tumbada casi una hora hasta que Sebastian empezó a agitarse también. Cuando por fin se volvió hacia mí, hasta sus ojos parecían desteñidos. Le di una palmadita afectuosa en el muslo. Se encogió.
—¡Sebastian!
—Perdona. Supongo que todavía estoy un poco colgado con lo que hicimos anoche.
Aquello era exactamente lo que yo NO quería que sucediera. E incluso ahora me sentí crispada por la exasperación. Vamos, Nichi, ten un poco de paciencia, me exigí. Con tus clientes nunca la hubieras perdido, fuera cual fuese su reacción.
—¿Te apetece un poco de té? —le pregunté tratando de ser amable.
—No, gracias. Creo que voy a dormir otro poco —me replicó sin mirarme.
—Vale, bien, yo necesito levantarme y ponerme en marcha. Iré a ducharme y luego me marcharé.
En la ducha tardé por lo menos veinte segundos en percatarme de que el agua quemaba y salir de debajo del chorro hirviente con la delicada piel del pecho casi ardiendo.
No soportaba el espejo del cuarto de baño de Sebastian. Tenía una luz de un naranja inflamado y hacía destacar cada fallo, cada raya de mi cada vez más sensible piel deteriorada por los humos de la ciudad. Me vestí rápidamente, me peiné para atrás el pelo aplastado y luego volví al dormitorio.
Sebastian se había vuelto a dormir. Metí las cosas en la bolsa tan silenciosamente como pude y luego me incliné sobre él para darle un beso de despedida. Abrió los ojos otra vez.
—Me marcho.
—¡Oh! —se incorporó. Pero fue un movimiento involuntario.
—¿Tienes una semana muy ocupada? —le pregunté intentando marcharme con las mismas preguntas de despedida que hacía siempre.
—Sí —frunció el ceño—. La verdad es que demasiado ocupada.
—Bueno, ya sabes que no hace falta que pasemos siempre toda la noche juntos si andas mal de tiempo. Yo también tengo una locura de trabajo ahora, pues se ha sumnado lo de la radio a las tareas de la redacción. Pero siempre puedes venir y meterte en mi cama alguna noche. Si te apetece acurrucarte un poco.
No me contestó. Mi corazón lastimado jadeó ante la nueva herida, luego suspiró y se sacudió el daño una vez más. Decidí tomar otro rumbo. Sebastian nunca fijaba otra cita cuando nos separábamos. Siempre lo dejaba para aquellos mensajes de texto aplazados. Bueno, pues como yo ya estaba cansada de eso, iba a rectificarlo inmediatamente.
—¿Estarás por ahí el fin de semana?
—Tengo trabajo —replicó inexpresivo. Luego, como dándose cuenta de lo cortante de su respuesta, añadió—: Tal vez la semana que viene.
Asentí atontada. Tenía que largarme de allí. Cogí la bolsa y bajé a toda prisa las escaleras.
Fuera hacía un día soleado y luminoso de principios de verano, con un maravilloso cielo de color lapislázuli. Pasé por debajo de un cerezo que me espolvoreó con sus pétalos. Por mí podía haber llovido confeti negro. Pocas veces me había sentido tan machacada. Ahora lo sabía seguro. Lo sabía todo. Sebastian no me quería. Ni siquiera le importaba. Había estado tan concentrado en perseguir su propia fantasía que yo no era más que un aditamento para lograrlo, un accesorio de carne y hueso para lo que tenía en la cabeza. Jamás me había sentido tan utilizada.
Seguramente me metí en el vagón del metro y me instalé toda rígida en un asiento, pero no lo recuerdo. Hasta el estampado rosa apagado de mi vestido parecía burlarse de mí con su color de romance feliz. Me abroché la gabardina negra para quitármelo de la vista. Después me cubrí la cara demacrada con mis gafas de sol gigantes y dejé que las lágrimas corrieran por donde quisieran.