Capítulo 14
NUESTRA primera cita la habíamos fijado para el siguiente viernes por la tarde. Para mí fue al final de una semana de tortura en la oficina; era semana de cierre en la revista, lo que significaba entrar a las siete de la mañana y terminar a las diez de la noche. A la hora tope de cierre, el viernes sobre la una de la tarde, la redacción era una erupción volcánica de tensiones cuando por ejemplo resultaba que uno de los colaboradores, cuyo artículo de cinco mil palabras tenía aún que materializarse, prácticamente apenas si había empezado a escribirlo. Pero conseguí que aceptara una nueva hora tope e instalar cierta paz entre él y mi director. Canalizar mi energía erótica a la resolución de problemas profesionales me impedía caer en una confusión nerviosa de ansiedades y análisis paranoides de mi cita con Sebastian. También me impedía escabullirme para ir al cuarto de baño y examinar mi cara y mi figura en el espejo no sé si por centésima undécima vez.
Las horas se iban sucediendo una tras otra y finalmente eran ya las 5:03 pm y ya solo cincuenta y siete minutos me separaban de la imagen del rutilante Sebastian. Me preguntaba si me habría vestido adecuadamente. No quería que pareciera totalmente obvio que llevaba esperando aquello desde la fiesta en casa de Violet, así que decidí no cambiarme la ropa de trabajo, que consistía en una camisa negra, fina de seda, un suéter de pura lana negra, una falda lápiz negra ceñida, que a todas luces marcaba mi trasero como debía.
Mi única concesión a los convencionalismos de una cita era que llevaba medias en vez de pantis. Pero eso no era más que un mero estímulo mental. Estaba convencida de que no me iban a hacer ninguna falta.
Encima llevaba el abrigo de cosaco escarlata y un sombrero ruso leonado. Puede que estuviéramos en primavera, pero además del Señor resucitado, la Pascua nos había traído nieve y todavía había parches helados en el suelo. Antes de irme del despacho me cambié las botas altas por unos zapatos de tacón de piel de serpiente monocroma, aunque eran zapatos con correas, lo que me garantizaba que podría circular entre la nieve sin caerme.
Al verme salir, el jefe me sonrió.
—Caramba, estás muy guapa, Nichi. ¿Sales de copas? —Era una pregunta perfectamente inocua, pero me puse colorada a mi pesar.
—Sí, voy a ver a un amigo.
Me sonrió y asintió con aprobación.
—Un sombrero precioso. Pareces talmente... —frunció los labios mientras buscaba la comparación adecuada.
—¿La amante de un oligarca? —tomé el relevo en tono de chanza.
—No, no, iba a decir una princesa rusa. O por lo menos la heroína de una novela rusa.
Muy bien, Nichi, hora de irse. Con frecuencia me encuentro enredada en estos coqueteos sugerentes e inapropiados con hombres mayores. A la mierda la dominación, pensé. Todavía estaba adaptándome a la vida laboral regular.
Había quedado con Sebastian en vernos en el metro de Oxford Circus. Era un paseo corto desde la redacción. Mientras caminaba, traté de impedir que los nervios me hicieran perder la compostura.
¿Aquello era una verdadera cita? Tal vez él pensara que habíamos quedado simplemente para tomar una copa entre amigos. Quiero decir que en realidad no habíamos dejado nada muy explícito. Traté por enésima vez de interpretar las señales de aquella última conversación, cuando nos despedíamos en casa de Violet. Mis pupilas traicioneramente dilatadas, la necesidad de lamerme los labios y bajar la mirada a intervalos regulares seguro que podían traicionar mis intenciones. Pero ¿y él qué? ¿Por qué iba a quedarse por allí hablando conmigo tanto rato si no estaba interesado en pasar más tiempo conmigo?
La estación del metro apareció ante mi vista. Revolví en el bolsillo del abrigo para ver si llevaba el espejo y el lápiz de labios. Todo perfecto. O tan perfecto como podía ser. Calma, pues.
Crucé la penúltima calle y entré en un cruce peatonal. No lo veía. Habíamos dicho a las seis, ¿no? Apreté el botón del semáforo con la punta de un dedo enfundado en un guante de cuero y esperé allí, preparada para cruzar. En cuanto el hombrecito verde empezó a parpadear, Sebastian quedó ante mi vista. Medio escondido entre una nube de compradores tardíos, era evidente que llevaba un buen rato allí de pie, tan estirado como una estatua, envuelto otra vez en aquel mismo abrigo grueso, con las manos bien metidas en los bolsillos como protestando contra el frío del atardecer.
Incluso desde el otro lado vi que me veía. Fijó en mí esa mirada suya larga e intensa. Cuando llegué a su altura en su hermosa cara se abrió una amplia sonrisa. No lo había visto sonreír así hasta entonces. El corazón se me aceleró.
—Hola, —Me dio un beso. ¿O se lo di yo? No, yo me limité a ofrecerle las mejillas educadamente. Me besó despacio, deliberadamente, en cada mejilla, y con la barba incipiente me movía el pelo hacia su cara con una caricia estática.
—Qué hay, Sebastian, ¿cómo estás?
—Bien, gracias. ¿Y tú?
—Oh, he estado de cierre y... —me detuve. Justo ahora no iba a centrarme en mi trabajo. Lo que yo hacía no era más que llenar el aire entre nosotros con un ruido blanco en un intento de evitar que se notara el profundo deseo lujurioso que me embargaba—. El final de una larga semana. Estoy muy bien.
Sonreí. Mi aliento formaba una niebla temblorosa. ¿Pero cómo podía preocuparme de ningún detalle de la rutina diaria en presencia de aquel hombre hipnótico?
—Entonces..., ¿adónde quieres ir? —me preguntó Sebastian—. Tengo que admitir que no soy ningún especialista en el Soho.
Eso me sorprendió, visto a lo que Violet me había hecho creer que Sebastian dedicaba su tiempo libre. Pero claro, él no era de Londres, ¿verdad? En realidad, ¿de dónde era? Ni siquiera lo sabía.
—Bueno, conozco un pub a unos minutos de aquí que está razonablemente bien. Es un sitio de reunión de la prensa, si eso no te importa. Se llama The John Snow. Habrá mucha gente, pero bueno, un viernes por la tarde a estas horas todo estará igual.
—¡A los ingleses les encanta beber! —se rió Sebastian. Empezó a andar. Llevaba las manos bien metidas en los bolsillos.
—¿De dónde eres tú entonces? —le pregunté—. Si no eres inglés.
—Oh —replicó vagamente—. De todas partes y de ninguna. Nací en Sudáfrica. Pero me crié en Montreal.
Eso explicaba la evidente ausencia de acento sudafricano, y los apuntes melodiosos del trasatlántico.
—Desde entonces he tenido residencia en alrededor de una docena de países, y en ninguno me han querido lo suficiente como para darme un segundo pasaporte.
Era una manera bastante extraña de explicarlo.
—Bueno, ¿y hubo alguno en especial que te hubiera gustado que te lo dieran?
—Oh, no soy quisquilloso —respondió—. Pero el que más me gusta es el inglés. Me entiendo bien con el gris, con el cinismo simpático de la gente. Casa bien con mi carácter. ¡Y con mi guardarropa! —se rió.
Sebastian tenía un modo tan cálido y abierto de expresarse que hacía que cualquier declaración medio pesimista pareciera un manifiesto de alegría.
—¿Y qué me dices de ti? ¿Alguna doble nacionalidad?
—No —negué con la cabeza—. Mi madre vive en Australia y supongo que podría solicitar la ciudadanía de allí si quisiera, en último término. Y casi he acabado con nacionalidad griega. Pero esa es otra historia.
Le dirigí una sonrisa con los labios apretados y luego me lo reproché. ¿Por qué demonios traía a colación a Christos? Yo no prestaba mucha atención a las normas generales sexistas para las citas, pero hasta yo sabía que no se debía hablar nunca de los ex en una primera cita.
Cuando llegamos al pub, estaba efectivamente atestado, pero lo mismo pasaba con el resto de tugurios de aquella zona del Soho un viernes por la tarde. Sebastian me dejó entrar primero, pero después un grupo de juerguistas de viernes que entraron detrás de nosotros lo lanzaron prácticamente contra mi espalda. Sebastian me miró y alzó las cejas.
—Pido disculpas en nombre de mis ebrios compatriotas —dije. Los dos soltamos la carcajada.
No había asientos, así que conseguimos deslizarnos hasta un recoveco del bar y Sebastian fue a buscar las bebidas. Me desabroché el abrigo pero me lo dejé puesto. La cantidad de gente que se aplastaba alrededor hacía excesivamente difícil quitarse nada. ¿Y el sombrero? ¿Cómo estaría el pelo debajo de aquello? Quizás lo mejor sería dejármelo puesto.
—Bonito sombrero —comentó Sebastian. Me ruboricé. ¿Es que podía leerme el pensamiento o algo así? Se había fijado en el sombrero, eso era bueno. Me pregunté si pensaría que tenía pinta de amante rusa.
—¿Puedo acariciarlo? —Levantó la mano delante de mí y fijó su fría mirada en mi rostro esperando el consentimiento.
—¡Pues claro! —me reí—. ¡Aquí lo tienes! —Me lo quité y lo puse sobre la barra olvidándome del pelo en mi intento por agradarle.
—Mmm, es como un gato peludo —suspiró—. Verdaderos amos secretos del universo, los gatos. Echo de menos tener uno para acarronear.
—¿Acarronear? —repetí entre risas. ¿Pero existía aquella palabra?
—Oh, es un compuesto de acariciar y ronronear, ¿sabes? ¿Te gustan los gatos?
—Sí, me gustan. Y también me gustan los neologismos.
Se rió. Bajo las luces del bar pude ver que la ligera barba ocultaba unos profundos hoyuelos. No los había visto hasta entonces. Pero quizás es que no había sonreído de manera que se dejasen ver.
—A veces me pregunto por qué me hice pintor si me gustan tanto las palabras. Y probablemente sea más fácil ganarse la vida escribiendo.
—Oh, yo no estaría tan segura —me reí, aunque con los dientes apretados.
—Ese es tu verdadero trabajo, ¿verdad? ¿Escribir?
—Ahora es mi único trabajo. He dejado lo de la dominación.
Me respondió con un único asentimiento de cabeza, pero esta vez sostuvo mi mirada por más tiempo. Yo no me resistí.
Durante la siguiente hora o así estuvimos hablando de mis ambiciones creativas, y de su poesía generada por ordenador, de la asombrosa variedad de palabrotas que hay en griego (resultó que también él había tenido una ex griega), de mi obsesión por los perros salchicha y de si esa práctica perversa conocida como «bisexual forzado», en la que se «fuerza» a un hombre por lo demás normal a mamársela a otro hombre, tendría que rebautizarse como «bisexual recomendado» en aras de la corrección política. No había tema que Sebastian sacara a relucir que no me inspirara un acuerdo instintivo, una consideración o una risa cómplice. ¿Quién habría sospechado que tuviéramos tanto en común?
Al cabo de un par de horas oí una voz masculina que murmuraba:
—No me extraña que se llame bar a un sitio con idiotas como estos bloqueando el paso. ¡Si ni siquiera se pueden meter las putas bebidas!
Me di la vuelta y vi a un hombre mayor, calvo, obeso y grosero mirando ceñudo en mi dirección. Sin previo aviso, la dominadora que había en mí se puso en guardia.
—Lo siento, señor, pero esta noche esto está muy lleno y no hay otro sitio donde ponerse. De hecho, y dado que no sé de ninguna ley que prohíba estar de pie en un bar, la verdad es que no sé qué problema tiene usted.
La amiga que iba con él me devolvió el golpe.
—Él no tiene ningún problema, cariño, o por lo menos no lo tenía hasta que te encontramos ahí plantada.
Ay, Dios, no estaba yo de humor para un número en público. Eché una mirada a Sebastian. Miraba con intensidad su vaso de whisky. ¿Qué? ¿Quieres decir que no vas a defenderme?
Di media vuelta, me tragué la rabia y sonreí pacífica.
—Lo siento —dije—. No sabía que les estaba obstruyendo el paso.
La pareja fue tragada por la ola de la muchedumbre y yo me sentí un puntito decepcionada. Quizás Sebastian no había querido intervenir porque pensaba que yo era el tipo de chica que no se toma a bien que la rescaten. Y no hubiera estado equivocado... en condiciones normales. Pero bueno, de todas formas, necesitaba cambiar de tema.
Le lancé una mirada. Vi que él me estaba mirando con admiración y sonreía. Cuando volví a cruzar su mirada, se limitó a encogerse de hombros.
—Lo has hecho perfectísimamente bien tú sola. Lejos de mí interferir cuando una dómina está en plena actuación. Pero también sé pelear y proteger si quiero. —Me guiñó un ojo y me dirigió una sexy sonrisa de costado.
Recuperé el aliento y tuve que mirar a otro lado por un momento. Nunca había conocido a un hombre que supiera guiñar un ojo sin resultar lascivo. ¿Significaba eso... que intentaba seducirme? No. Solo que él era así. Además, había algo en sus maneras que era al mismo tiempo demasiado considerado y demasiado despreocupado. De pronto, me sentí guerrera. Bien, bueno. Si se pensaba que todo era tan fácil...
—Así que peleas, ¿eh? ¿Qué clase de peleas?
—Esgrima, más que nada. Y luego también un poco de boxeo.
Eso explicaba aquel cuerpo tan divino, aquella atractiva combinación de fuerza indomable y gracia innegable.
—¿Y te gusta?
—Sí. Pero en realidad si hago ejercicio es porque soy presumido. —Se encogió de hombros con naturalidad.
Me reí sorprendida. Era tan refrescante oír a un hombre confesar algo así. Las mujeres se lo confiesan entre ellas todo el tiempo.
—¿Y qué me dices de ti?
—Oh, gimnasio... acabo de empezar a trabajar con un entrenador personal. Y yoga. Sé bien que el yoga es lo mejor para mi alma.
—Bueno, naturalmente. No se puede pasar todo un día sin meditar. Yo si no medito... —dejó la frase en el aire.
De pronto mi cabeza proyectó una imagen de Sebastian sentado con las piernas cruzadas y vestido con cierta clase de pantalones amplios y sin camisa.
—¿Has estado en India? —me preguntó interrumpiendo mi ensoñación.
—Todavía no. Lo intento. Quiero ir a trabajar a un burdel de Bombay.
—¿De verdad? —frunció el ceño—. ¿No ganarías más quedándote aquí?
—¡Oh, ja, ja! No, no vendo sexo con penetración. Lo que quiero decir es que quiero ir allí a hacer trabajo social. ¿Sabes que allí hay algunas chicas que nacen ya dentro de la prostitución? Hay una tradición antigua, las devadasi, que es básicamente una santificación religiosa de la prostitución y que suelen utilizar para justificar lo que en realidad no es más que crecer como esclava sexual. Pero puedes ir de voluntaria y enseñar a las chicas inglés u otras cosas útiles que les servirán para escaparse del burdel si lo quieren. Quiero decir, yo fui una trabajadora del sexo que podía elegir. Pero no todas las trabajadoras del sexo están en la misma posición.
—Eso suena maravilloso —me sonrió Sebastian—. He oído decir que suspiran por ángeles dominatrices. Preferiblemente con acento del norte de Inglaterra.
Me puse colorada. Se refería a mí, ¿no?
—Dios, ¡debo sonar puñeteramente seria! —empecé a reírme de mí misma.
—Bueno, si hubieras dicho que ibas a reeducarlas de sus pecados de la carne, tal vez hubiera estado de acuerdo. Pero suenas de lo más partidaria del pecado.
Me volví a reír.
—¡Ja! ¡Creo que se puede decir así!
—Y a mí me encanta una buena pecadora. «¡Todos somos pecadores!» —exclamó Sebastian afectando el trémolo de un predicador y ofreciendo las manos a la luz teatralmente.
Me acordé de que la noche que nos conocimos me dijo que su ex era una domi. Así que aquel hombre sabía. No me juzgaba por algo que hubiera hecho.
—¿Te apetece otra copa? —me preguntó—. ¿Lo mismo?
—Sí, por favor.
Otro vaso de vino. Mi segunda y última copa, me dije. La depositó delante de mí. Yo ya me sentía más achispada de lo normal.
Miré a Sebastian. Era tan fácil estar en su compañía.
—¿Entonces por qué te marchaste de Montreal?
—Allí no era feliz. Pasaron un montón de cosas que me llevó un montón de tiempo asumir, incluso después de haberme ido, si sabes lo que quiero decir.
Lo sabía y al mismo tiempo no. Podía estar hablando de cualquier cosa. Mi mente iba a toda prisa. Drogas, delincuencia, seducir a las esposas de diplomáticos franco-canadienses y abandonarlas con el corazón destrozado.
—Mi hija vivía allí. Hasta que su madre se la llevó a Italia. En cuanto se marchó, yo no era capaz de estar allí. —El rostro de Sebastian pareció solidificarse, la angustia bullía bajo la superficie.
—¿Qué edad tiene tu hija? —le pregunté.
—Diecisiete.
Diecisiete. ¿Diecisiete?
—Y yo tengo treinta y seis —me confesó, sincero, intentando amortiguar el choque.
—¡Oh! —dije lo más simplemente posible. ¿Qué otra cosa podía decir?
Me sonrió. Me pareció que notaba un punto de alivio en mi respuesta.
—¿Estuviste mucho tiempo con su madre?
—Un par de años.
—¿Cómo se llama tu hija?
—Juliet. Le puse yo el nombre.
—Un nombre precioso. ¿Por quién? No por la desdichada heroína de Shakespeare...
—¡No, no! Hay muchas razones. Sonaba bien.
—¿Estabas tú cuando nació? —Por el amor de Dios, Nichi. Eso no había que preguntarlo. Esta era una conversación demasiado personal para tenerla con alguien al que apenas conoces.
—Por supuesto —dijo Sebastian, y sonrió como si acabara de preguntarle si alguna vez le había latido el corazón.
Parecía deseoso de hablar, pero su ánimo empezaba a amenazar con oscurecerse. Yo no necesitaba saber todo aquello ahora. Lo que necesitaba saber era algo más sobre la clase de cosas perversas que le interesaban.
Sebastian se quitó el abrigo de los hombros y lo puso sobre la barra luego se quitó del cuello la bufanda negra de lana. Llevaba debajo unos vaqueros semejantes metidos otra vez dentro de las botas y un jersey grueso de color marengo con una estilosa fila de botones desabrochados a lo largo de su robusto hombro. Oculto, su cuerpo era todavía más apetitoso. Necesitaba una excusa para tocarlo. O quizás no. Bueno, ¿acaso él no había tocado mi sombrero?
—Mmm, ¡qué calentito! —apreté la suave lana que le envolvía el bíceps. Se tensó al notar el contacto y fijó sus ojos en los míos mientras una oleada de calor me subía desde la boca del estómago, me inundaba el pecho, me recorría la garganta y me encendía las mejillas. Él lo vio. Y yo vi que él lo había visto. Y supe, también, que ya no estaba imaginando nuestra atracción.
¿Pero ahora qué? En cualquier otra cita el momento en que quedara claro que ardíamos el uno por el otro hubiera sido el punto en el que yo le preguntaría si quería venir a mi casa. Pero esta vez no quería eso. O, más bien, no quería solo eso. Ya no recordaba la última vez que me había sentido tan absorbida, tan cautivada, tan excitada por alguien.
—¿Entonces qué te llevó a dejar tu trabajo de dominatrix? —me preguntó. Se apoyó en la barra. Volvió la cara hacia mí—. ¿Te diste cuenta de que después de todo no eras una dominadora natural?
Ay, Dios mío. Iba derecho al grano.
—Nunca he sido una dominadora natural —le expliqué con calma, aunque el corazón se me había desbocado como una batería electrónica en bucle. Gracias a Dios que sigo pudiendo recurrir a mi aplomo de dominatrix cuando lo necesito. Sin embargo, Sebastian, mirándome así, fijamente, con una sombra de sonrisa cruel en sus labios de seductor, comprobaba con severidad hasta el último átomo—. Yo soy doble, cambio de rol —declaré. La verdad es que ésa era la primera vez que lo decía. Y lo que es más, ¿era verdad, por lo menos? ¿Acaso tenía un solo pensamiento dominante respecto de Sebastian?
—Lo mejor es ser doble, cambiar —asintió Sebastian—. Como dije aquella noche en casa de Violet —¿aquella noche en casa de Violet? ¿Así que también él se acordaba?—, si no hay guerra, ¿dónde está la diversión? Aunque... —huy, huy. Aquí viene la advertencia—. A veces conozco a alguien y lo único que puedo hacer es tirarle del pelo y follarla sin parar —me sonrió y se terminó el whisky. Volvió a encogerse de hombros—. Pero generalmente antes prefiero unos cuantos preliminares duros.
El pelo. Ay, Dios, que este hombre me tire del pelo, que me fuerce la cabeza hacia arriba para plantarme un beso de pura lujuria.
—¿Quieres tomar otra? —me preguntó.
—Esto, bueno, ¿qué hora es?
Sebastian señaló el reloj del bar.
—Las diez cuarenta y cinco.
—¿Las diez cuarenta y cinco?
¿Cómo demonios había transcurrido tantísimo tiempo sin haber sentido hambre, frío o cansancio en una noche de viernes helada? Sin haber sentido apenas algo más que el absoluto embrujo cautivador de aquel hombre. Y unas ganas profundas, oscuras, de él.
Hice una pausa por un momento y luego sacudí la cabeza.
—Entonces, mejor que no. —Buena chica—. Debería de irme a casa ya. Tengo yoga por la mañana. —Era la excusa más cutre del mundo, pero sí que tenía que irme a casa. Si no lo hacía, acabaría arrastrando a aquel hombre al cuarto de baño del bar, por más que fuera la primera cita.
—Déjame que te acompañe al metro entonces.
Recogí el bolso y me arreglé el sombrero con gran placer de Sebastian. Fuera, las farolas estaban amortiguadas como si se ruborizasen. Sebastian se subió el cuello del abrigo y luego me ofreció con ostentación su brazo, con todo el encanto del caballero. Me cogí de él. Caminamos sobre los adoquines helados de vuelta a Oxford Circus. Como no había posibilidad de que en aquella fase del juego fuera a meter mucho la pata, me cuidé especialmente de bajar poco a poco las escaleras del metro. Sebastian se mantenía protector a mis espaldas. Al llegar a los tornos de los billetes, nos preparamos para despedirnos. Por lo menos, yo.
—Gracias por esta encantadora noche —le dije con cara radiante.
En sus pómulos había aparecido una pincelada rosa por el frío, lo que subrayaba aún más su ángulo perfecto en medio de la belleza de su cara. Tenía los labios fruncidos. Luego, inesperadamente, lo soltó:
—¿No querrías venir a la mía?
Creí que el corazón iba a reventarme el pecho y saltar a sus brazos. Ay, mis ojos miraron al suelo abatidos. Quería ir. Lo quería a él. Terriblemente. Pero tenía que mantenerme firme en la decisión. No quería convertirme en una de sus visitantes de una noche. Tenía que hacerle saber que quería más.
—Me gustaría mucho —repliqué poniendo en «gustar» tanto énfasis como pude sin que sonara a desesperación absoluta—. Pero yo, bueno, he dicho que no volvería a hacer eso.
Levanté los ojos para mirarlo. Su mirada era tan equilibrada, tan cordial como antes. Lo había entendido. Creo. ¿Lo había entendido?
—Bueno, tendríamos que volver a hacer esto otra vez. —Su voz era un ronroneo como el de un coche que se interna en un camino.
—Sí. Venga. Seguro.
Y entonces nos besamos. Simplemente su boca carnosa sobre la mía. Un beso generoso pero sencillo de unos labios que encuentran otros labios, unos pocos segundos que se desbordaron y magnificaron en mi mente cuando lo rememoré en el trayecto de vuelta a casa.
La próxima vez.