Capítulo 2
—¡ELA, NICHI mou!
Eso es un modo eficaz de decir en griego «Cariño, ya estoy aquí» y significaba que Christos estaba de vuelta. Sus fuertes pisadas resonaban en las escaleras de nuestro piso, el piso al que nos habíamos mudado juntos hacía poco, en una parte nada elegante del oeste de Londres. Luego se oyó un pisotón más ligero y lo oí pararse al llegar a la puerta. Sonaba como si acarrease alguna cosa difícil de manejar.
—¿Te echo una mano? —le grité desde la amplia habitación que combinaba cuarto de estar y alcoba.
—¡Espera un momento! ¡Espera! —se le notaba la sonrisa en la voz—. ¡No salgas!
Sonreí para mis adentros. Normalmente lo de «¡No salgas!» significaba que me traía un regalo. Desde nuestro primer encuentro en la universidad, me hacía regalos sistemáticamente. Podía ser cualquier cosa, desde un cuadro con el dibujito de un perro salchicha en miniatura (tengo una cierta obsesión por los perros salchicha) recortado del periódico hasta el Diccionario Oxford abreviado en dos volúmenes o un par de zapatos por los que suspiraba pero que no me podía permitir con mi presupuesto de periodista en prácticas. Una de las primeras cosas que me regaló fue una falda de encaje blanca con forro de color fucsia. Me acuerdo de que no estaba muy segura de que me gustara. Me parecía demasiado moderna y no estaba nada convencida de que me quedase bien, ni mucho menos de que fuera mi talla, pero resulta que me sentaba perfectamente. Me acuerdo de que pensé: «Pero ¿este hombre es de verdad?» antes de darle un beso de admiración.
—¡Cuidado con los griegos que traen regalos! —advirtió en tono teatral. Le encantaba jugar con la idea del héroe antiguo.
La verdad del asunto es que Christos era bastante mítico. Nos conocimos en la cocina de nuestra residencia del último año de universidad, cuando los dos teníamos justo veinte años. Él se ajustaba tanto al cliché del hombre guapo mediterráneo que recuerdo haber intentado mentalmente resistirme a él por cuestión de principios. Llevaba pantalones vaqueros y una camiseta ajustada que le resaltaba los bíceps y la piel bronceada hasta lograr una perfección ambrosíaca. Era talmente el modelo que te encendería los deseos si te lo encontraras en una de esas postales horteras de «Amor desde Grecia». Me cautivaron tanto su rostro cincelado, el hoyuelo de la barbilla y sus profundos ojos negros que lo tuve allí plantado con la mano tendida para saludarme un tiempo que me parecieron horas hasta que conseguí estrechársela.
—Soy Christos —se me presentó con su acento inimitable y su radiante sonrisa.
Si hubiera dudado de que existieran los flechazos, compartir con él la clase de bailes latinos una semana más tarde me persuadió de su evidencia. Cuando me rozaba, la piel se me encendía, y cuando me cogió en brazos para cruzar un charco durante un paseo nocturno una o dos semanas después, ya no tuve ni la menor duda de que aquel era el hombre que siempre había querido amar.
Finalmente, se abrió del todo la puerta. Christos arrastró dentro del cuarto una mesa blanca brillante con las patas plegadas y dos sillas de plástico. Llevábamos quince días cenando sobre las rodillas en aquello que, en efecto, era un santísimo apartamento-estudio completo, con un colchón que podías doblar y esconder y un frigorífico ruidoso.
—¿De dónde has sacado eso?
—¡Ah! —Hinchó el pecho, se plantó con las piernas abiertas y las manos en las caderas y puso cara de arrogancia—. ¡Nosotros los griegos tenemos sistemas! —alardeó; luego hizo una breve pausa—. Ikea.
No soportaba cambiarme de casa, aborrecía la decoración y el bricolaje, pero Christos convertía los arreglos caseros en un placer. Desde que nos habíamos mudado, hizo todo lo que sabía y más para transformar aquella cursilería de habitación decorada con un gusto espantoso en un espacio habitable del siglo veintiuno donde más o menos se podía vivir. Ahora teníamos alfombras y un edredón de lunares de colores vivos, y una pintura azul eléctrico que representaba un zoco a medianoche y que habíamos adquirido en un viaje que hicimos a Marruecos justo antes de mis exámenes finales.
Corrí a darle un beso. Me envolvió entre sus brazos y me apretó hasta que chillé de puro satisfecha. Luego cogió la mesa y las sillas y las colocó junto al mirador.
—¡Asíi! —alargaba las íes, igual que yo. Le encantaba imitar mi acento de Yorkshire.
—¿Tienes hambre, entonces? ¿Nos tomamos las melitzanas que sobraron para cenar? —le pregunté mientras probaba una de las sillas nuevas.
—Sí, pero primero tengo que limpiar la mesa. Y encontrar unos tapetes —dijo Christos, y desapareció en busca de un mantel. Como a muchos mediterráneos, le gustaba la casa impecable. Y, al contrario que demasiados hombres, estaba más que dispuesto a hacer él la limpieza. Eso lo atribuía en parte a la sensatez de su madre, que de niño le hacía participar de las tareas domésticas, pero también a su fallida temporada en el ejército griego, «donde lo que más hacíamos era sacar brillo a las armas y sentarnos a comer debajo de una higuera». Lo cierto era que Christos había sido jefe de unidad y tenía entrenamiento en combate de guerrilla. Solo su fuerza física delataba que había sido soldado de élite, porque por lo demás era tan educado como simpático. Aunque sus habilidades militares venían estupendamente cuando querías que te consiguiera un peluche en una barraca de tiro de la feria. O que cogiera a peso mientras le enrollabas las piernas alrededor y te follaba contra la pared.
—Por cierto, he tenido noticias de la universidad —dijo en voz alta desde la cocina—. Al parecer podré empezar el doctorado en otoño.
—¡Bravo, Christos mou! —le grité yo.
Mientras que mis estudios habían terminado, los de Christos apenas si estaban empezando; ahora necesitaba hacer un doctorado en ingeniería para asegurarse de poder competir al más alto nivel en la profesión que había elegido. Y aunque también a mí me habría gustado en parte empezar un doctorado en cualquier tema tan arcano como la poesía amorosa de Petrarca o estudios de género, mi carrera y mi trayectoria en el mundo de los medios de comunicación dependían simplemente de mi capacidad de hacer un café decente y pedir a los redactores jefe que me dieran una oportunidad. Pero ahora estaba deseando apoyarlo a él como él me había apoyado. Nunca habría podido sacar un sobresaliente sin los ánimos de un Christos inasequible al desaliento durante todo aquel último año de carrera; nunca lo habría conseguido sin su humor, sin las deliciosas cenas que me preparaba para las pausas en medio de un trabajo. Y nunca, desde luego, nunca sin esos apasionados encuentros sexuales todas las noches, sexo que siempre culminaba en orgasmos simultáneos y s’agapos (te quieros). Después nos dormíamos abrazados como una pareja de gatos satisfechos y yo me maravillaba de la increíble suerte de haberlo conocido.
Christos volvió al cuarto trayendo un mantel en una mano, platos y cubiertos en la otra. Puso una mueca.
—Sí, estoy harto de estudiar, pero claro, hoy día los anillos de brillantes no salen baratos, ¿verdad?
Negué con la cabeza y me eché a reír. Christos no había dejado de meterse conmigo por lo del matrimonio y los hijos desde una vez que le dije en la universidad que eran una forma de control patriarcal. Desde entonces había relajado mis normas feministas radicales, pero seguía estando bastante segura de que, la verdad, el matrimonio y la familia no eran para mí. Verdad era que nunca había conocido a un hombre más respetuoso e igualitario, pero aun así le encantaba sacarme de quicio fingiendo ser un macho dominante que planeaba tenerme cautiva y no permitirme leer ni trabajar ni hacer vida social en el mundo exterior puesto que «¡tu única obligación es servirme a mí! A mí, que soy tu kyrios (amo)». Y me empujaba hasta la cama bromeando y hacía lo que él llamaba puños de gorila mientras rugía delante de mi cara. Y entonces yo solía agarrar un puñado de sus rizos negros del cogote y tirar y plantarle un beso bien apretado y bien largo para que dejara de hacer el tonto.
—Hoy no quiero brillantes, gracias.
—Oh, Nichi, ¿cuándo vas a aceptar tu destino de esposa y madre de mis hijos?
—Cuando alguien me dé un trabajo de periodista adecuado y bien pagado, quizás.
Estaba contenta con las noticias del doctorado de Christos, pero también habían despertado mi inquietud ante mi propia situación profesional.
—Mira, eso ya llegará, Nichi mou. Acabas de empezar, ten paciencia, mi bollito ansioso. A ver, ¿mi bollito dorado quiere ensalada y un poco de arroz con estas melitzanas?
Agitó un cucharón de servir encima de mi plato igual que solía hacerlo su abuela.
«Bollito» era otro de los sobrenombres cariñosos que me ponía Christos, este para apaciguar mi ansiedad por mi cara redonda, una cara que en otros tiempos, cuando era adolescente convertí en un entramado de ángulos. La comida es algo central en la cultura griega, y los horarios por los que se rige y que tanto temía yo en aquellos años se habían convertido en un ritual diario de felicidad, gracias a Christos. Al principio de conocernos, mostró una paciencia y una sensibilidad infinitas las veces en que a mí todavía me costaba comer sin miedo.
—Ne, efjaristo —asentí. Y me acarició la mejilla.
Yo procuraba utilizar el griego con Christos siempre que podía. Quise aprenderlo desde el momento en que nos conocimos. Me gusta el lenguaje; me gusta, para empezar, cómo las palabras a nuestra disposición conforman no solo lo que decimos, sino cómo pensamos el mundo. ¿Cómo no iba a querer aprender griego si eso significaba enredarme aún más estrechamente con aquel hombre increíble? Fuera de casa lo hablábamos sobre todo en el metro para poder cotillear sobre la otra gente. O recurría a él para decir cochinadas estando en lugares totalmente inadecuados: por teléfono durante las horas del almuerzo en el trabajo, en la sala de alfombras persas del museo Victoria and Albert. Haciendo cola para pagar en Sainsbury’s.
—Así que no te habrás olvidado de la boda de este fin de semana, ¿verdad? —le pregunté mientras comíamos.
Sacudió la cabeza para negar con la boca llena.
—Rachel me mandó otro mensaje hoy. Quería saber qué pensaba ponerme. Todavía no lo he pensado.
—¡Yo te diré lo que te vas a poner! —dijo Christos poniendo su voz de «amo»—. Te pondrás el vestido que llevaste a la cena de mi graduación. Ese de malla color crema con flores rojas, el vestido del baile de fin de curso, el de seda, que destaca mucho tus... tus activos —dijo lo de activos con un susurro lúbrico y añadió un «je je je» lascivo. A Christos le encantaba jugar a ser lo que él llamaba «un griego salido».
Volví a reírme.
—¿Y tú qué llevarás? ¿Te pondrás esa camisa tan cara de diseño que te compraste por un impulso y solo te pusiste UNA VEZ, en el baile benéfico, Christos?
—No —replicó—. Le pediré a mi hermana que me mande una nueva.
—¡Pero si con esa camisa pareces un modelo de Jean Paul Gaultier! Lleva esa, por favor —le rogué.
—¡Ya! ¡Tú lo que quieres decir es que parezco un modelo de ropa interior gay y me atacarán montones de hombres y tú volverás a encontrarlo divertidísimo!
—Bueno, tú no tienes la culpa de ser tan guapo que les encantas a todos los gays. Si la sociedad valorase tanto la belleza masculina heterosexual como valora la femenina, eso no sería un problema. De todas formas —sonreí con suficiencia—, lo que quieres decir es que volveré a ponerme cachonda si la llevas.
—¡Nichi! —rugió fingiendo reñirme por lo que calificaría de grosería—. Mira, no me preocupa que me ataquen los gays, ¡es un cumplido! Además, me estoy haciendo viejo. Pronto estaremos todos arrugados y sin dientes y peludos y con las carnes caídas y no le gustaremos a nadie, Nichi mou.
—A mí tú me gustarás siempre —le dije en tono suave—. A no ser que sigas haciendo ese crujido que haces con los pies cuando te parece que el suelo está sucio.
—Pero Nichi mou —repuso con voz grave—, si dejo de hacer eso, probablemente me muera de alguna enfermedad terrible mucho antes de estar lleno de arrugas.
—Sí, ¡de hipocondría!
—Esa es una palabra griega, ¿sabes? ¡Hipocondría! —dijo triunfante.
—Sí, Christos, ya lo sé —dije alzando los ojos al cielo.
—Y si dejo de hacer esa cosa con los pies el pene se me pudrirá solo para fastidiarte porque no me crees...
Meneé la cabeza y me reí a mi pesar. ¡Aquellas absurdas conversaciones! Christos tenía una obsesión casi patológica con su decadencia física.
—¡Ah! Para eso no tienes respuesta, ¿eh? Tú quieres que conserve mi pene, ¿verdad, Nichi mou?
—Lo que quiero es que dejes de hablar de tu pene de una vez y te pongas a planificar conmigo el viaje de la boda, ¡por favor!
—Guerrera. Me gustas guerrera.
—Así que —continué sin dejar de reír— no creo que tengamos que quedarnos a dormir. Rachel dice que nos da tiempo a volver a Londres en coche esa misma noche. Solo que eso significa que no podrás beber.
—Oh, eso no me importa.
—Bueno, en realidad debería ser al revés, porque a mí no me gusta demasiado beber.
—¡Ja! No, Nichi mou, pienso hacer que te emborraches para poder aprovecharme de ti.
—¿Cómo en la cena de tu graduación, quieres decir?
Christos y yo teníamos la costumbre de escabullirnos durante los acontecimientos sociales más pomposos para follar en el cuarto de baño. Normalmente, justo antes de que sirvieran el postre. Cuando le conté uno de esos episodios a mi amiga Gina, me preguntó cómo me las arreglaba para no estropearme el vestido. «Pues quitándomelo —le dije—, siempre suele haber una clavija por allí para colgarlo.» Nunca estuve segura de quién era el instigador de ese cancaneo en el cóctel, como lo llamaba yo. Simplemente los dos parecíamos saber, por puro instinto, cuándo el otro estaba dispuesto.
—Esa vez te aprovechaste de mí. Me dijiste que te recordaba al hombre de las Delicias Turcas.
El hombre de las Delicias Turcas era un nómada moreno y con turbante que salía en un anuncio de la tele que de niña me tuvo absolutamente obsesionada. Atravesaba el desierto para llevar Delicias Turcas a una princesa sumida en llanto y reparar su corazón destrozado antes de cortar los dulces delante de ella con su cimitarra. Incluso a los cuatro años, ya sospechaba que la cimitarra pretendía representar alguna cosa más.
—Bueno, es que es verdad que me recuerdas al hombre de las Delicias Turcas, Christos mou. ¡Y todos los pósteres de chicos exóticos y deliciosos que quieras!
Siempre había sido una enamorada de lo exótico, aunque me avergonzaba. Me gustaban los hombres de pelo negro y piel aceitunada, que contrastaban con mi cutis blanco, mis ojos claros, mi tono rubio. Y cuando conocí a Christos, ya me fue imposible admirar a nadie más.
—Nichi, es ridículo que recuerdes ese anuncio, casi tan ridículo como que te hipnotice el paquete de David Bowie en Labyrinth.
—Pero es que todas las chicas de mi generación estábamos obsesionadas con El Paquete, Christos, tienes que entenderlo. Y al final, cuando Jareth, el rey de los goblins, se ofrece a Sara como esclavo. ¿Por qué lo rechaza?
—Porque sabe lo que es sexy. ¡Y eso no lo es! Nunca entenderé lo de David Bowie. Ahí es donde nuestras culturas chocan.
Me reí. Para los dos no dejaba de ser una sorpresa que, en realidad, no hubiéramos sufrido ningún choque de culturas de verdad. Nos habíamos educado en mundos muy distintos, pero sin embargo no habíamos tenido problemas.
Yo nací y me crié en Wakefield, una antigua ciudad minera del oeste de Yorkshire que antes del breve período de auge del carbón solo había significado algo en los tiempos de la Guerra de las dos Rosas. Aun así, fui feliz allí, crecí junto a mi hermano menor y nuestras diversas mascotas, con mis padres trabajando como negros para mandarme a interminables clases de danza y de gimnasia, las niñas exploradoras y las guías de las scouts, los ensayos de la banda de música, siempre necesitada de estimulación y de un escenario en el que actuar.
Mis padres se divorciaron cuando tenía siete años, y tras el período normal de malas relaciones, consiguieron ser lo bastante cordiales como para asistir a todos nuestros diversos cumpleaños, funciones escolares o reuniones nocturnas de padres. Como mi padre vivía a solo diez minutos calle arriba, la vida pronto volvió a asumir esa campechana normalidad de las zonas residenciales.
A los once años fui a un colegio de niñas estirado y exigente y allí, cuando no me preocupaba de pillar el primer turno de comedor o de redecorar sin descanso el misal de himnos, básicamente estaba obsesionada con llegar a ser una actriz shakesperiana, por lo que dedicaba todas mis energías extracurriculares a las obras de teatro y las actuaciones musicales del colegio. Más adelante me convertí en una persona de una independencia feroz y no volví a vivir en casa desde que me fui a la universidad a los dieciocho años. Me sentía muy unida tanto a mis padres como a mi hermano Alistair, pero ahora que mamá vive en Australia, aunque hablamos por teléfono a menudo, solo nos reunimos una vez al año, como gran acontecimiento.
A pesar de que la mayoría vivía en Atenas, la familia de Christos estaba más presente en nuestra vida cotidiana que la mía. Sabían a qué amigos veíamos, dónde íbamos los fines de semana y, siempre, qué teníamos para cenar. Pero yo valoraba su intromisión como lo que era: interés total. Me habían dado la bienvenida a su rebaño, al principio más formal que afectuosamente, pero siempre le preguntaban por mí. Sabía que les había conmovido que me hubiera puesto a aprender griego. Al final del verano, justo antes de que Christos empezase su doctorado, iría a visitarlos por tercera vez. Y ya lo estaba deseando.
Como si le hubiera dado el pie, la madre de Christos llamó por teléfono.
—¡Guia sou, mama!
Recogí los platos y me fui a nuestra deslucida cocina mientras charlaban de lo que había sido el día de Christos. Cuanto más griego aprendía, más entrometida me sentía si escuchaba sus conversaciones. Pero no pude dejar de oír «¡Melitzanas, mama!», y eso me hizo sonreír.
Me di cuenta de que Christos había intentado engalanar el alféizar de la ventana con una planta que sabía que en mis manos se moriría en cosa de unas semanas. También me había comprado una regadera en forma de elefante rosa para animarme a cuidarla.
De repente, la voz de Christos irrumpió en mis pensamientos. ¿Acaso discutía con su madre? Hice una pausa con el cuchillo que estaba secando en la mano e intenté descifrar aquel griego frenético. Solo pude pescar cosas sueltas. Referencias al garaje. Trabajo. Ayudar a tu padre. Christos había pasado la mayor parte de sus años de infancia y adolescencia echando una mano en el garaje de su padre. Tanto enredar con motores sucios fue parte de la razón que le decidió a estudiar ingeniería. Seguí guardando los cubiertos en el cajón. Al poco rato se despidió de su madre y volví a asomar por el cuarto de estar.
—¿De qué iba todo eso?
—Oh, solo era mamá haciendo de mamá —se encogió de hombros, sonrió y los bajó—. Bueno. Voy a ducharme. ¿Cómo es que todavía llevo esta ropa?
Christos estaba de prácticas en una naviera hasta el momento de reemprender los estudios y llevaba puesta la ropa de oficina, con camisa blanca y pantalón marengo. Había pocas cosas con las que estuviera más guapo. Empezó a desabrocharse la camisa. Debajo llevaba una camiseta blanca. Nunca entendí por qué también necesitaba eso.
—¡Sería de vergüenza no llevar camiseta debajo!
—¿Porque se te podrían ver los pezones?
—¡Nichi! —otra vez aquel bramido de reconvención—. No, porque atraería la vergüenza sobre mi familia. ¿Vienes a darte una ducha conmigo, Nichi mou? —me preguntó adelantándose hasta donde yo estaba mirándolo desnudarse y deslizando sus manos sobre mis caderas. Volvía a fingirse un griego lascivo.
—No, ya me duché antes de que llegaras —repuse—. Pero puedo quitarme toda la ropa, tumbarme en la cama y esperarte. —A toda prisa, con coquetería, me quité el vestido de punto.
—¡Sí! ¡Así es como me gusta mi chica!
Volví a ponerle ojitos, me arrodillé sobre la cama con mi ropa interior azul transparente, ropa que me había comprado Christos, y alargué las manos para esponjar las almohadas. De repente, algo me golpeó en el trasero.
—¡Eh! ¿Qué pasa aquí? —grité sobresaltada agarrándome la nalga derecha escocida.
Ahí estaba Christos con sus calzoncillos de rayas de colores y blandiendo el cinturón de cuero negro. Se reía desenfrenadamente.
—Perdona, Nichi mou, perdóname. Creo que me lo he quitado demasiado deprisa.
Por accidente al sacar el cinturón de las trabillas de los pantalones, me había pegado con un extremo.
—Bueno, pues la próxima vez ¿querrás mirar dónde sueltas la correa, por favor?
—Ja, ja. Te pegué un azote a ti. ¡Qué gracioso!
Cuando Christos volvió, tenía una pregunta para mí.
—Oye, Nichi, ¿a ti qué te parece esa gente a la que le gusta que les den latigazos?
—A mí no me lo hagas —le respondí—. Y supongo que lo primero será preguntarse por qué disfrutan con eso. Especialmente las mujeres.
—Yo tampoco me fío —asintió Christos—. Pero ¿tú qué piensas? ¿Es una especie de autocastigo femenino, Nichi mou?
—Probablemente —dije—. Pero en ese tema hay algo que me hace sentirme incómoda. Y de todas formas, ¿qué necesidad hay cuando ya te pones caliente con el sexo, para empezar?
—¡Exacto! —sonrió Christos, y me estrechó contra él.
A la mañana siguiente, temprano, sonó el teléfono de Christos.
—¡Mamá! —susurró casi sin llegar a formar la palabra en los labios. Mientras la madre hablaba y él escuchaba, vi cómo su frente se surcaba de arrugas bien marcadas hasta parecer una estatua clásica del dolor.
—¿Pasa algo?
—Creo que este fin de semana tengo que echar una mano de verdad en el garaje. Cogeré un avión el viernes por la tarde después del trabajo y volveré el lunes por la mañana.
Sentí una comezón de fastidio. Ya estábamos a miércoles.
—¿No es un poco demasiado lejos para ir solo el fin de semana? ¿Tan desesperados están?
Los padres de Christos trabajaban muy duro y yo sabía de su lucha sin la ayuda del hijo, pero algo había en aquel requerimiento y en su disposición a viajar que hizo sonar en mi cabeza un timbre de alarma.
—Me necesitan, Nichi mou. Y no es algo que suceda todo el rato —me atrajo hacia él y me acarició la mejilla—. Te echaré de menos, bollito, pero estarás perfectamente. Solo serán un par de noches.
—Okey, bueno, si te necesitan... —suspiré.
—Pero eso quiere decir que no podré ir a la boda, Nichi mou.
¡Oh! ¡La boda!