Capítulo 13
Había sido sincero con ella. Pensaba que le había dejado claro desde el principio que él no estaba en el mercado para ningún compromiso romántico. Le había dado la oportunidad de alejarse de él. Después había sido amable y paciente con ella y pensaba que había disfrutado de lo que había sucedido.
Entonces, ¿por qué se sentía tan miserable?
Mientras preparaban juntos la cena, él no vio ni un reproche en su expresión. Si acaso, parecía demasiado neutral, como si el sexo espectacular que acababan de experimentar nunca hubiera sucedido.
Aunque la respetaba y reconocía que era una mujer increíble, había sufrido demasiado para confiar en la felicidad. El amor sólo le había dado disgustos, una y otra vez. Tendría que ser un total imbécil para volver a caer en el mismo error.
Seguro que Sara lo entendía, que se daba cuenta de que estaría mucho mejor con otro hombre, con un hombre mejor.
Cuando se sentaron a cenar, ella se centró en su comida. Su educación lo estaba volviendo loco y se preguntó si debería decir algo sobre lo que había pasado en la cama, sobre lo que le había dicho después; pero no sabía qué decir.
Ella le ahorró el esfuerzo.
—Dijiste que tenías algo que enseñarme.
Al principio, no supo ni de qué le estaba hablando. Después recordó y el corazón se le encogió.
—Unas fotos.
Las había dejado olvidadas cuando la vio después de la ducha, todavía mojada y su pelo oliendo a su champú.
—Me gustaría verlas, después de cenar.
Él se echó para atrás y le tomó la mano. Ya le había costado bastante evitar tocarla antes de hacer el amor. Ahora no podía resistirse.
Apretó sus dedos y después la soltó. Le había dicho que sólo una noche de sexo, pensando que no podía arriesgarse a nada más. Pero, ¿cómo iba a poder mantenerse alejado de ella?
Acabaron la cena en silencio; Keith apenas había probado el delicioso pollo que Sara había preparado.
Ella insistió en lavar los platos, así que él fue a buscar el álbum. Cuando lo recogió, tuvo la sensación de que pesaba una tonelada, por todo el dolor que tenía dentro.
Hacía años que no lo miraba.
Se sentó en el sofá y la esperó, demasiado atemorizado para abrirlo antes de que ella estuviera a su lado.
Incluso entonces, le costaba abrirlo.
—¿Puedo verlo? —preguntó ella.
Él sentía un gran nudo en la garganta. Dejó el álbum sobre su regazo y ella lo abrió.
En la primera página estaban las fotos del hospital. Allí estaba Melissa, agotada pero feliz con Christopher en sus brazos. Fotos de su hijo en el baño, envuelto en una toalla, con la cara aún colorada. Christopher en los brazos de su padre, con sus ojos azules muy abiertos.
Sara siguió mirando las fotos.
—Es muy guapo.
Él no podía hablar.
—Sí —consiguió decir.
Mientras ella iba pasando las páginas, él sentía el terrible dolor que crecía en su pecho. Apenas podía respirar y tenía los ojos llenos de lágrimas. No podría aguantar mucho más aquel tormento.
Pero, entonces, Sara le agarró la mano y se la acarició, aflojando la tensión.
Cerró los ojos, negándose a permitir que las lágrimas salieran y sintió un beso de ella en la mejilla, sólo un roce. Pero el nudo de su garganta cesó y los músculos de su espalda se relajaron.
Volvió a abrir los ojos. Mientras apretaba la mano de Sara, volvió a mirar las fotos.
Todavía le dolía muchísimo; pero comenzó a ver la sonrisa increíble de su hijo y no pudo evitar sonreír él. Los recuerdos de las fotos comenzaron a suavizar su pena y, por primera vez, pudo disfrutar.
Allí estaba Christopher durante su primer cumpleaños, con la cara llena de tarta. Su hijo sentado con él mientras le leía un cuento. Christopher en el zoo, un mes antes de morir.
Sara pasó hasta la última página que tenía sólo una foto. El resto del álbum estaba vacío, esperando las fotos de toda una vida que nunca iban a llegar. Christopher estaba sentado en el porche, parecía cansado aunque todavía era temprano.
—Aquí ya estaba enfermo —dijo Keith, con una gran presión en el pecho—. No lo sabíamos.
Mentira. Melissa lo sabía.
—¿Qué le pasó?
—Meningitis.
El sentimiento de culpabilidad era terrible. Por eso había construido un muro alrededor de sus recuerdos.
Ella dejó el álbum a un lado y lo rodeó con sus brazos. El cuerpo de ella y las sensaciones que provocaba en él fueron creciendo hasta hacerse más fuertes que el dolor. Keith presionó su boca contra la de ella, recorriéndola, saboreando su calor húmedo. Agarró la goma del pelo y se la quitó, dejando en libertad aquella gloriosa melena.
Habían hecho el amor con tanta pasión que debería haber apaciguado la intensidad de su reacción. Sobre todo, una vez resuelto el misterio de la primera vez. Pero había nuevos misterios que descubrir, nuevos lugares donde acariciarla, nuevas formas de darle placer. Estaba deseando verla llegar al orgasmo de nuevo, sentir su cuerpo convulsionarse.
Con otra mujer habría ido tan rápido como su cuerpo le pedía y quizá a otra mujer le hubiera gustado esa precipitación. Pero ésta era Sara. Sara, a la que habían tratado tan mal en la vida; Sara, la que se merecía un amante perfecto.
Se tumbó en el sofá y la echó sobre él. El peso dulce de su cuerpo era maravilloso. Sus pechos contra él le cortaban la respiración. Su boca, caliente y dispuesta mientras él la exploraba con la lengua agudizaba su deseo.
Él levantó las caderas, deseando estar más cerca de ella, y ella abrió las piernas en respuesta. Al sentir la presión de su suavidad contra su erección, pensó que iba a estallar.
Ella se echó para atrás, le agarró la camiseta y tiró de ella hacia arriba para poder ver su cuerpo. Él la ayudó a quitársela y, después, lentamente, le quitó la suya. El color de sus mejillas mostraba que todavía le daba vergüenza.
Sus pechos parecían salirse del sujetador, suplicando que los tocara. Él deslizó las manos por sus caderas, por su cintura, mirándola a la cara, buscando cualquier señal para que parara. Pero cuando dudó un instante, ella le sujetó las manos y se las llevó a los pechos.
Le frotó las palmas contra la tela blanca y sintió cómo se endurecían sus pezones mientras la acariciaba. Él la atrajo hacia sí y puso la boca donde antes había puesto las manos. Ella contuvo el aliento y le clavó los dedos en los hombros.
Lentamente, le desabrochó el sujetador y deslizó las tiras por los brazos y escondió la cara entre sus pechos, sintiendo su calor y su plenitud.
Agarró uno de los pezones con la boca mientras con los dedos jugaba con el otro. La respuesta de ella fue inmediata.
Keith pensó que era sorprendente que después de todo lo que había pasado, pudiera responder tan apasionadamente. Aquello era un motivo más para darle todo el placer que pudiera. Para encontrar exactamente lo que le gustaba y cómo le gustaba y dárselo. Para saciarla de sensaciones. Para darle todo lo que pudiera de él. Sus manos, su boca, su lengua. Aquella parte de su cuerpo que le dolía sólo por el deseo de introducirse dentro de ella. Todas las emociones físicas que pudiera darle. Pero nada más.
Su corazón no podía dárselo. De todas formas, ahí no quedaba nada, sólo vacío y soledad. Las emociones no existían. Y el amor… si alguna vez había existido dentro de él, todas las muertes de su vida habían acabado con él para siempre.
Sólo había esto.
Deseó quitarse los vaqueros y quitarle los pantalones a ella, empujar y meterse muy dentro. Sabía que ella llegaría inmediatamente porque podía sentir lo cerca que estaba del límite.
—Protección —susurró—. En la habitación.
La llevó a la cama y buscó en el cajón. Después se acabó de desvestir mientras ella se despojaba de sus bermudas y sus braguitas. Se puso el preservativo y se tumbó sobre ella.
Ella estaba esperándolo con las piernas separadas.
—Quiero probar así —murmuró ella.
Él se inclinó hacia ella.
—Guíame.
Ella lo agarró con la mano y lo condujo hacia ella muy despacio. Cuando estuvo totalmente en su interior, tuvo que hacer un gran esfuerzo por controlarse.
—¿Estás bien?
Ella lo rodeó con los brazos y las piernas.
—Muy bien.
Él se movió, con un ritmo lento y suave, observando su cara, alerta ante cualquier duda. Pero sólo vio pasión. Cada vez más grande, su boca cada vez más llena y más seductora y sus pechos más turgentes.
No supo cómo pudo contener su orgasmo hasta que ella alcanzó el suyo. Pero, cuando ella apretó los músculos alrededor de él, lo lanzó hacia un éxtasis embriagador mientras sus gemidos resonaban en sus oídos, añadiendo sensaciones, rompiendo su mundo antes de volver a juntarse con una configuración totalmente diferente.
Después, se tumbó a un lado, sin soltarla, abrazado a ella mientras respiraba su dulce aroma. Si pudiera, se quedaría así para siempre.
Su respiración se fue haciendo más suave y más lenta hasta que se durmió.
Ella se quedó junto a él, disfrutando de su calor. Porque no sabía cuándo volvería a hacerlo.
Durante las últimas horas había conseguido algo que nunca pensó que podría experimentar. Él le había dado un regalo monumental: el control de su cuerpo y de su placer. La había hecho sentir sensual y sexy y femenina… y amada.
Aunque sólo físicamente. Se lo había dicho: no podía darle nada más. Debería bastarle. Si ella no hubiera sido tan tonta como para darle nombre a las emociones que crecían dentro de ella. Si no se hubiera dicho que lo que sentía por él no era sólo afecto, no era sólo pasión. Que era mucho más.
La habitación sólo estaba iluminada por la luz de la luna, pero bastaba para resaltar su cuerpo increíble con las sombras. Sus músculos fuertes de trabajar, sus manos duras de dos décadas usando herramientas. Había sido muy paciente con ella y le había dado mucho más de lo que ella le había dado a él.
No era de extrañar que pensara que lo amaba.
Salió de la cama y buscó su ropa. En el sofá, junto a la camiseta, seguía el álbum de fotos del hijo de Keith. Su dolor era palpable y abrumador. Le hubiera gustado encontrar las palabras adecuadas para quitarle esa pena. Pero, a pesar de toda su educación, de toda su experiencia como consejera, se sentía completamente incompetente. Al salir a la calle, un grupo de ciervos pasó por delante de la casa.
Sara arrancó el coche y vio que se encendía una luz en la casa, la de la habitación de Keith. Debía marcharse de allí, irse antes de que él la viera.
Metió la primera, pero su pie permaneció en el freno. Era ridículo esperarlo, verlo no cambiaría nada. Pero parecía que no podía moverse.
Él abrió la puerta y salió al porche, con los vaqueros puestos, pero sin camisa.
Se quedó de pie, mirándola, con una mano agarrada a la balaustrada.
¿Querría que ella volviera? Si lo hiciera, volverían a hacer el amor. Y ella podría creer que él quería de ella algo más. Engañarse y pensar que había salido para buscarla porque sentía algo más que pasión por ella. Si hubiera dado un paso adelante, si hubiera bajado las escaleras hacia ella, quizás lo hubiera pensado.
Pero él no se movió.
Ella levantó en pie del freno. Lo miró a través del retrovisor mientras se alejaba; no había luz y no podía estar segura de si seguiría en el porche.
Pero no tenía que verlo; podía imaginárselo muy bien, su dolor y su pena, su soledad inundando su mundo.