Capítulo 5
Sara estaba sentada en un compartimiento del café de Nina. Llevaba un jersey marrón de manga corta y unos pantalones negros. Había necesitado veinte minutos para decidir qué ponerse. Quería tener un aspecto profesional; que no pareciera que iba a una cita.
Porque aquello no era una cita. Era una reunión relacionada con uno de sus alumnos. Las emociones locas que sentía por Keith no tenían nada que ver con el motivo por el que estaba allí.
Miró el reloj. Eran casi las siete y media. Aparte de una pareja sentada al fondo, no había nadie más.
Nina O'Connel, la propietaria, estaba rellenando los azucareros detrás de la barra. Lacey, la joven de veinte y pocos años que trabajaba allí estaba hablando con Nina.
La muchacha se rió de algo que había dicho Nina y echó la cabeza hacia atrás mientras disfrutaba de la broma. Sara no recordaba haberse sentido así nunca. Primero aquellos terribles años con su padre; después, la responsabilidad desde que tenía los dieciséis años. Viajar de un lugar a otro para huir de su padre, la lucha por acabar el bachillerato por la noche mientras cuidaba de su hermana Ashley y, por último, los años batallando para asistir a las clases de la universidad entre trabajo y trabajo para que su hermana y ella pudieran tener un futuro.
Ashley había cumplido con su parte: había estudiado mucho y había conseguido una beca para estudiar Magisterio.
Por primera vez en su vida podía respirar tranquila.
Sin embargo, la noche anterior había vuelto a tener una pesadilla. Llevaba tres años sin tenerlas y, sin saber por qué; anoche se había repetido. No sabía si había sido por la tensión acumulada durante la primera semana del campamento, por la forma en que Keith le afectaba o por la fotografía del periódico. Aunque sabía que aquel hombre no podía ser su padre; el recuerdo había bastado para que los malos sueños resurgieran.
Se cubrió la boca con la mano mientras bostezaba y volvía a mirar el reloj.
¿Pensaría ir? Quizá se lo hubiera pensado mejor y había decidido guardarse los secretos para él.
En aquel momento, la puerta chirrió y Sara se giró. Keith dudó, aunque la vio de inmediato.
Si bien estaba fantástico con sus vaqueros gastados y su camiseta; con los pantalones caquis y el polo que llevaba tenía un aspecto increíble.
Caminó hacia ella y ella sintió que se le iba a salir el corazón del pecho. Todavía tenía miedo, sobre todo al recordar su enfado del salón. Pero la alegría de verlo ocultaba el miedo.
El caso era que no quería sentir ni miedo ni alegría; necesitaba tener la mente clara y despejada. Aquello iba sobre Grace; no, sobre sus emociones.
Él se sentó en el compartimiento, enfrente de ella.
—Siento llegar tarde. He tenido un problema en una de las obras —dejó el menú a un lado y miró a la camarera que apareció para tomar nota.
—Cuánto tiempo —dijo Lacey con una gran sonrisa—. ¿Qué tal está Wyatt?
—Bien. Ocupado —le entregó el menú—. Hamburguesa doble con queso y patatas fritas.
Sara pidió una ensalada de pavo; después, esperó hasta que la muchacha se marchara.
—¿Wyatt?
—Es mi capataz.
Parecía que no iba a dar más explicaciones.
Le miró la mano mientras sujetaba el vaso y recordó el miedo que había sentido al ver sus puños apretados. Por otro lado, le gustaría tocarlo sin tener miedo de su fuerza.
Pero aquel contacto era una peligrosa arma de doble filo. Ya había despertado en ella antiguos deseos que pensaba que habían desaparecido con Víctor. Aquel calor podía conducirla al peligro por el que había jurado que nunca volvería a pasar.
Debía iniciar la conversación sobre Grace cuanto antes. Después, podían comer su comida y separarse para que ella pudiera tranquilizarse.
—¿Desde cuándo tienes la empresa?
—Desde hace trece o catorce años.
—¿Y antes qué hacías?
—Comencé en la construcción al acabar el instituto.
—¿Cuántas personas trabajan para ti?
Él la miró con el ceño fruncido.
—Pensé que habíamos quedado para hablar de Grace.
Justo lo que ella necesitaba.
—¿Desde cuándo la conoces?
—¿Importa eso algo?
Le entraron ganas de darle una patada por debajo de la mesa.
—Quizás. No es muy cariñosa; sin embargo a ti te dio un abrazo cuando te vio.
—No sé por qué lo hizo —dijo él mientras agarraba el cuchillo y le daba vueltas en la mano—. No la había visto desde hacía un año.
—¿Qué tal era antes?
—No sé muy bien qué quieres saber —la miró y en seguida apartó la vista.
—¿Era callada? ¿Tímida? ¿Le gustaba ir con otros niños o estar sola? —Reprimiendo las ganas de tocarlo, dejó las manos en el regazo—. ¿Te importa algo? ¿O te disgustan tanto los niños que no quieres ayudarla?
Él sintió la furia crecer dentro de él, unida a la pena.
Agarró su vaso de agua; pero, al pensar que no iba a poder tragar, lo dejó sobre la mesa.
—Grace no era callada. No era tímida. A veces hablaba tanto que pensaba que me iba a estallar la cabeza —la miró con una sonrisa triste—. Era lo que solía decirle.
La siguiente pregunta de Sara casi hizo que saliera corriendo.
—¿Entonces, conocías a su padre?
Ella no conocía la historia. No era justo enfadarse con ella.
—De muchos años.
—¿Era un buen hombre?
«¡No! Destruyó mi vida».
Apretó la mandíbula. No había destruido su vida tanto como sus ilusiones.
—Rob era bueno con su hija —tenía un sabor amargo en la boca—. La adoraba.
La camarera volvió con la comida y Keith agradeció la distracción.
—Saluda a Wyatt de mi parte —dijo la muchacha antes de marcharse.
Con una hamburguesa grasienta entre las manos, Keith tenía la excusa perfecta para no hablar.
Se permitió el lujo de mirarla, de observar las pecas de sus mejillas, la suave curva de su cuello. Quería tocarla y rodearle el cuello con los dedos hasta meterlos en su pelo.
Su mirada se encontró con la de ella que abrió los ojos sorprendida.
Él sintió calor dentro; en la parte más baja de su cuerpo y, por un momento, se olvidó de todo menos de los labios entreabiertos de ella.
Se obligó a apartar la vista y, antes de volver a centrarse en la hamburguesa, deslizó la mirada por su pecho. Hacía mucho que no estaba con una mujer; pero eso no le daba derecho a mirarla así.
Ella sólo pinchó alguna hoja de lechuga, moviéndola mucho en el plato. En cualquier minuto, comenzaría de nuevo, abrumándolo con el pasado, intentando exhumar recuerdos que quería dejar enterrados. Pensó que lo mejor sería atacar él.
—¿Dónde estabas antes de venir a Hart Valley? —preguntó antes de dar un enorme bocado a su hamburguesa.
—Aquí y allá.
Él no pensaba dejarla escapar tan fácilmente.
—¿Dónde?
—Me he mudado mucho.
—¿En California?
Ella pinchó un trozo de pavo.
—Casi siempre. También en Nevada y en Oregón.
—¿Qué te trajo aquí?
Ella mordió el trozo de pavo y el movimiento de su boca lo fascinó. Después, cuando utilizó la punta de la lengua para limpiarse una gota de mayonesa del labio, él volvió a sentir el calor.
—Cuando acabé los estudios vi el anuncio de Jameson en el periódico.
Apartó su plato, aunque no había comido más que un pajarito. Él le dio el último bocado a su hamburguesa.
—¿No tienes hambre?
Ella agarró una patata frita, pero no se la llevó a la boca. Al final, la volvió a dejar en el plato.
—No he estado durmiendo muy bien últimamente.
Él tampoco; había estado demasiado absorto en fantasías en las que ella era la protagonista de sus besos y de sus caricias. A pesar de que aquello era una locura, deseaba que ella sintiera lo mismo. Pero por las sombras que había debajo de sus ojos, tuvo la impresión de que él no era el motivo de su insomnio.
Resultaba muy fácil imaginarse con ella en la cama, abrazándola y acariciándola hasta que se quedara dormida. Igual que había hecho con su esposa, Melissa, los meses que siguieron a la muerte de Christopher. Eso había sido lo único que había podido ofrecerle. Muy poco, según aprendió más tarde: su consuelo no había sido suficiente.
Hizo un esfuerzo por olvidar aquellos recuerdos y le hizo un gesto a la camarera.
—Vete a casa, entonces. Yo pagaré.
Ella agarró su bolso.
—Lo dividiremos.
Él podría haber insistido, pero ella parecía muy cansada. Sacó un billete de veinte dólares y lo puso sobre la mesa.
—Pon tú el resto.
Cuando salieron de la cafetería, la temperatura era agradable. La mayoría de las tiendas de la calle mayor estaban cerradas.
—Siento no haberte podido contar más cosas sobre Grace.
—No es por tu culpa. Es que no me gustaría que Jameson se arrepintiera de haberme contratado para el programa.
—No lo hará.
Él se aseguraría de eso.
Ella echó el bolso dentro del coche.
—A los otros alumnos les va muy bien. Jeremy ya cuenta hasta cinco antes de hacer cualquier cosa con los caballos. El primer día corrió hacia Sable y le dio un gran abrazo por detrás.
—Esos niños tienen suerte de tenerte.
Ella suspiró y se encogió de hombros.
—Menos Grace.
—Sobre todo ella —la necesidad de cruzar la distancia que los separaba y tomarla en sus brazos era abrumadora. Dio un paso hacia atrás—. Mañana no me quedaré. Ya sólo tengo que hacer los agujeros para los postes de las cancelas y es demasiado ruido.
—Claro. Puedes dejarlo para el fin de semana —se montó en el coche.
Él esperó hasta que ella se marchó; después se dirigió hacia su camioneta.
No tenía ganas de volver a la soledad de su casa por lo que se dirigió hacia las afueras de Hart Valley.
Las luces del pueblo quedaron atrás y sólo el coche iluminaba la oscuridad.
En el campo, apagó el motor y salió de la camioneta. La carretera más próxima estaba bastante lejos y allí sólo se escuchaba el murmullo del arroyo y la suave brisa meciendo los pinos.
Cuando se adaptó a la oscuridad, caminó hacia un gran tronco que había al lado del arroyo y se sentó. Hacía años, cuando Christopher sólo era un bebé, había soñado con llevarlo allí. Había pensado en montar una tienda y dormir en sacos. Después pescarían un par de truchas y las cocinarían para cenar.
Melissa nunca había formado parte de ese sueño. Ella se consideraba una chica de ciudad y mientras estaban tumbados juntos en la cama, con Christopher entre los dos, se habían reído al imaginar lo desastroso que resultaría si ella fuera con ellos. Al final habían acordado que le enseñarían las fotos.
Pero nunca tuvieron la oportunidad de hacer esas fotos. Y la risa de Melissa se apagó. ¿Habría acabado su amor por él entonces?
Pero no había ido allí a pensar en eso. No quería pensar. Tomó aliento y se centró en el aroma de los pinos, en el frescor de la noche y en el murmullo del arroyo.
Si pudiera absorber la paz que había allí, tomar un poco en su interior; entonces quizás pudiera sobrevivir otra noche más.
Grace había estado rara desde que llegó el viernes. Se había mostrado un poco remolona a la hora de bajarse de la camioneta de Keith; después, se mostró alegre cuando él se marchó. Cuando la pequeña agarró el cubo con grano para ir con Dani a dárselo a Rayo, sus ojos brillaban de emoción.
Después, no quería dejar al caballo y, cuando por fin la convenció de que volviera con los otros, los ponys ya casi estaban listos. Ella se quedó mirándolos, cruzada de brazos y con la cara triste.
—Dani, llévate a Perla y trae a Rayo.
Ella la miró sorprendida.
—Rayo está herido.
—Sólo tendrá que caminar y Grace no pesa mucho.
Cuando Dani regresó con el caballo, los otros niños ya estaban listos. Sara le dijo a Dani que se quedara a esperarla y ella se fue con Ryan y con los otros chicos a la pista cubierta. Después, cuando la niña se unió a ellos sobre Rayo, su cara rebosaba felicidad.
Mientras el día transcurría, Grace iba haciendo todo lo que le pedían, incluso interactuaba con los otros niños a través de gestos. Sara deseó que Grace hubiera empezado la semana así. De aquella manera habría podido avanzar mucho más con ella.
Durante la comida, en lugar de sentarse con Sara como era habitual, Grace se sentó con el resto de los niños. Compartió sus galletas con Marisa y aceptó una rosquilla de ella. De vez en cuando, su mirada se dirigía al viejo animal que esperaba en la pista con el resto de los caballos.
Todo empezó a fallar después de la comida. La vuelta de Keith pareció disparar la tensión de Grace de nuevo. Cuando entró en la finca, con los postes de hierro y las verjas, los niños acababan de reanudar los ejercicios. Sara le indicó a Keith que aparcara en la parte de atrás de la pista.
Cuando lo vio pasar de vuelta, lo llamó.
Él caminó hacia ella, fuerte y sólido.
—¿Sabes si le ha pasado algo a Grace? Está muy rara.
—¿Qué quieres decir?
Sara lo miró y pensó que él parecía tan inquieto como la niña.
—¿Ha pasado algo esta mañana que lo haya molestado?
Él se alejó de ella.
—No tengo ni idea.
—¿Se portó como siempre entonces?
Él la miró a la cara.
—No quería subirse a la camioneta.
—Después, no quería bajarse cuando llegó aquí —dijo ella pensativa y le hizo una señal a Dani para que los alumnos caminaran por el centro de la pista—. Después, no quería montarse en su caballo y se puso en tensión en cuanto llegaste.
Él entrecerró los ojos.
—¿Crees que yo tengo algo que ver con esto?
—En realidad, no. Creo que sólo es lo que tú representas.
—¿Y qué diablos significa eso?
No estaba enfadado con ella y sólo era irritación lo que podía percibir en su voz; sin embargo sintió miedo.
Ella alejó aquel sentimiento con impaciencia.
—Representas el final. Del campamento. De estar con los caballos. De ver a Rayo cada día. Hoy no ha querido dar ningún paso que significara que avanzaba hacia el final.
Él levantó la cara cuando Grace pasó por delante de ellos. Su rostro era serio.
—¿Te ha contado algo? —preguntó él.
A Sara le hubiera gustado decirle que sí, pero eso sería una mentira.
—Hoy la he visto muy contenta con Rayo y pensé que podría conseguir algo. Pero necesita más tiempo.
Él cambió de postura y se cruzó de brazos.
—¿No se va a quedar otra semana?
—Al médico de Grace le costó convencer al seguro de Alicia para que pagara por esta semana. Alicia no puede permitirse los costes y además —lo miró y volvió a mirar a los caballos—, todavía está el problema del transporte.
Él se miró los pies. Ella no había esperado que se ofreciera, aunque le hubiera gustado que lo hiciera.
—Tengo que volver al trabajo.
—Yo voy a descargar —dijo él caminando hacia el camión.
Ella se negó a mirarlo mientras se alejaba. Sentía un gran nudo en el estómago y creyó que también le dolía el corazón. Sólo pensar que tenía que dejar que aquella niña pequeña se fuera a casa igual que había llegado le dolía enormemente.
Sara acabó de dar la clase adoptando una postura neutra para cortar los lazos que había comenzado a formar con aquellos niños. Jeremy y Marisa iban a continuar la semana siguiente; pero ellos no le habían calado tan hondo como Grace.
Cuando los padres comenzaron a llegar, Keith ya había descargado el camión y lo había dejado en el aparcamiento.
Ella habló un poco con los padres de los niños que no iban a regresar y les dijo que les mandaría un informe a sus médicos. La madre de Jeremy y la abuela de Marisa se mostraron muy contentas con el programa de Sara y le dijeron que los niños habían progresado mucho.
Se marcharon todos, dejando sola a Grace. Mientras la pequeña iba con Dani a despedirse de Rayo, Keith la esperó sentado en su camión, con la oreja pegada al teléfono móvil.
Sara debía haberse sentido aliviada de que fuera a acabar el trabajo allí el domingo y de que no tuviera que verlo más. Pero igual que se sentía desanimada con Grace, la idea de no volver a ver a Keith hacía que surgieran en ella emociones encontradas.
Se dirigió hacia su casa. Tenía dos o tres libros de caballos desde la infancia: las únicas posesiones que había logrado llevarse con ella en su vida nómada y quería prestárselos a Grace; así la niña podría recordar su semana allí.
Estaba en la habitación, buscando en la estantería del armario cuando escuchó que llamaban a la puerta. Una mirada rápida por la ventana le mostró que Dani y Grace seguían en el campo. Lo cual Significaba que el visitante era Keith.
Estaba hecha un lío y deseaba poder ignorarlo y ocultarse. Pero no podía dejar que se marchara sin darle los libros a Grace.
Dejó la búsqueda y corrió a abrir la puerta. Allí estaba él, con sus hombros anchos, sus manos hábiles, sus ojos azules llenos de preguntas. Después de más de una década de temor, deseó con todo su corazón tener la protección de un hombre. De ese hombre.
Cuando él se inclinó sobre ella y le puso las manos en los hombros, ella sintió que una oleada de calor reemplazaba al miedo. Después, él bajo la cara hacia ella y ella se estiró para llegar hasta él.
Su beso debería haberla asustado, debería haberle recordado la boca a veces cruel de Víctor. Pero Víctor nunca había sido tan tierno. El beso de Keith era una revelación, un fragmento de felicidad. Lo suficientemente largo para que ella pudiera ver su valor y lo suficientemente corto para que al retirarse ella deseara más.
Después, sintió que recuperaba la cordura y dio un paso hacia atrás.
—No puedes…
Él la miró sorprendido.
—Dios. Lo siento. No sé qué…
—Grace te está esperando —tendría que encontrar otra forma de hacerle llegar los libros a la pequeña más adelante.
Él dio unos pasos atrás y se alejó, mirando hacia su camión. Después, saludó con la mano a Dani y a Grace.
Por el amor de Dios, ¿habrían visto el beso? Probablemente sólo habían visto a Keith en la puerta y nada más.
—Volveré mañana —le dijo Keith a Sara, con su máscara de impasibilidad en su sitio.
—No estaré aquí —no podía. Iría a cualquier otro sitio.
—De acuerdo —dio otro paso atrás—. Lo siento.
Después, dio media vuelta y se alejó. Sara cerró la puerta y se dejó caer al suelo con las manos sobre la cara para parar las lágrimas.