Capítulo 9
Andrea se despidió de Jessie en el porche ya que la madre de Sabrina había ido a buscarlas para llevarlas a su casa.
Andrea estaba agotada después de una noche y un día con dos niñas de nueve años que no paraban quietas.
Llevaba sola con ellas desde aquella mañana que Tom se había ido a Sacramento a buscar un remolque de caballos que había dejado allí para que se lo arreglaran.
La había llamado al mediodía para decirle que tenía que hacer algunos recados más y que volvería sobre las cinco.
Ya eran las cinco y cuarto y todavía no había llegado.
Andrea sintió una punzada de preocupación, cierta ansiedad, como cuando un niño está solo de noche en casa esperando a que vuelva su madre.
Su madre siempre llegaba media hora más tarde de lo que le había dicho y, durante aquel tiempo, Andrea lo pasaba fatal porque su mente le jugaba malas pasadas y se imaginaba cosas espantosas.
Cuando escuchaba la llave de su madre en la cerradura de la puerta, el miedo desaparecía… hasta la próxima vez que estaba sola en casa de noche.
Andrea no sabía qué hacer, si ducharse e irse a cenar al pueblo tras dejarle una nota a Tom contándole que la madre de Sabrina había invitado a Jessie a dormir aquella noche en su casa o si debía esperarlo.
Al final, decidió esperarlo. Se dijo que era, única y exclusivamente, porque le parecía más educado decirle a Tom en persona dónde estaba su hija.
Al instante, se dio cuenta de que aquello no se lo creía ni ella. La verdad era que llevaba todo el día sin verlo y lo había echado mucho de menos.
No quería ni pensar en lo importante que se había convertido aquel hombre en su vida, prefería achacarlo a las hormonas, a la atracción física, pero aquello no explicaba el maravilloso placer que sentía cuando Tom le sonreía desde el otro lado de la mesa mientras desayunaban.
Andrea bajó las escaleras del porche en dirección a su apartamento con intención de ducharse cuando vio una nube de polvo que indicaba que un coche llegaba por el camino.
Al instante, sintió que el corazón le latía aceleradamente.
Era Tom.
Efectivamente, vio aparecer la furgoneta del vaquero, a la que llevaba enganchado un remolque para tres caballos.
Cuando lo vio bajar del vehículo, exhausto y sudoroso, Andrea estuvo a punto de correr a sus brazos.
—Madre mía, qué gusto llegar a casa —comentó Tom, poniéndose el sombrero.
—¿Has tenido un día duro? —le preguntó Andrea, muriéndose por acariciarle la mejilla.
—No, pero ha sido muy largo —contestó Tom mirando a su alrededor—. ¿Sabrina sigue por aquí?
—La señora Fox acaba de venir a buscarlas. Jessie se va a quedar a dormir en su casa esta noche. Espero que no te importe.
—Claro que no —contestó Tom un tanto nervioso—. ¿Qué te parece si…? ¿Qué te parece si salimos a cenar?
—Me parece una idea genial —contestó Andrea como si le acabara de hacer un gran regalo.
—Podríamos ir a Marbleville… —propuso Tom quitándose el sombrero y jugando con él—. Hay un italiano maravilloso.
Andrea tuvo que contenerse para no gritar de júbilo.
—Me voy a duchar —anunció.
—Yo, también —dijo Tom—. ¿Quedamos dentro de media hora?
—Perfecto.
Andrea se despidió de él con la mano y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no correr hacia su apartamento.
Quería volver la cabeza atrás para ver si Tom la estaba mirando, sin embargo consiguió no hacerlo aunque le costó una gran fuerza de voluntad.
Se duchó rápidamente, pero le llevó algo más de tiempo decidir qué ropa se iba a poner. Llevaba con vaqueros y camisetas de tirantes desde que había llegado y aquella noche le apetecía ponerse algo un poco más llamativo.
Entonces, recordó el vestido que se había comprado con Beth. Se trataba de un vestido largo que era lo suficientemente elegante como para salir a cenar. Además, la tela, de flores azules y moradas, la favorecía mucho.
Se deshizo la trenza y se cepilló el pelo hasta dejarlo brillante. A continuación, se lo recogió con dos peinetas de nácar.
Tras ponerse un poco de pintalabios y algo de sombra de ojos, se dijo que estaba irreconocible.
¿Cuánto tiempo hacia que no se arreglaba?
Al instante, sintió una punzada de miedo. La última vez que se había arreglado para un hombre había sido para Richard.
En aquella ocasión, se había comprado un vestido de encaje porque a él le encantaba verla con vestidos.
Aquella había sido la noche en la que Richard le había pedido que se casara con él. Una semana antes, se había negado a salir con ella a menos que se cambiara de ropa porque llevaba pantalones.
Debería haberse dado cuenta entonces de que ocurría algo, pero lo que había hecho había sido comprarse un vestido para agradarlo.
Al instante, Andrea sintió ganas de quitarse el vestido ya que le había hecho recordar a Richard, pero se dijo que aquel vestido no se lo había comprado para agradar a ningún hombre sino para sí misma porque, nada más verlo, le habían encantado los colores y el corte.
Además, Richard lo hubiera preferido con el escote más pronunciado y por encima de la rodilla.
Andrea se echó la melena hacia atrás, eligió un bolso pequeño y salió del apartamento. Tom la estaba esperando sentado en las escaleras del porche con los codos apoyados en las rodillas y el sombrero escondiéndole el rostro.
Cuando la oyó llegar, levantó la cara, se puso en pie y se giró hacia ella. A continuación, se quitó el sombrero, dejando al descubierto el pelo mojado, y la miró maravillado.
¡Qué guapa estaba!
Tom se había repetido una y otra vez que no debía pensar en la profesora de su hija más que para recordarse que era una profesora maravillosa, pero, en aquel momento, aquel sermón no le sirvió de nada.
Nunca había conocido a una mujer tan alegre, dulce, buena y honrada. Andrea era todo lo que Lori no había sido nunca. Cariñosa, responsable, sincera…
En Lori no se podía confiar, pero Tom tenía la certeza de que Andrea era una mujer íntegra.
Había decidido pasar aquel día en Sacramento para poder pensar tranquilamente y había decidido que, aunque seguía pensando que lo mejor era no tener ninguna relación íntima con ella, podrían ser amigos.
Aunque Andrea se iba a ir aproximadamente en un mes, a Tom le gustaría mantener el contacto con ella.
Sin embargo, la decisión de ser sólo amigos, se quedó en agua de borrajas cuando la vio aparecer cruzando el jardín.
La brisa mecía sus cabellos, que le caían en cascada sobre los hombros hacia la espalda, y el sencillo vestido que llevaba la hacía parecer recién salida de un sueño.
De repente, Tom tuvo la sensación de que los pantalones se le habían quedado pequeños y un calor sobrenatural se apoderó de él.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, consiguió sonreír.
Para ayudarla a subir a la furgoneta, iba a tener que agarrarla de la mano, ¿no? Así lo hizo y, cuando se encontró sentado a su lado, se dio cuenta de que ya no le importaba nada en el mundo, sólo el olor de su piel y su proximidad.
Tras tres intentos, consiguió meter la llave en el contacto y poner el coche en marcha. Aun así, cuando fue a meter la marcha, no lo consiguió a la primera y cuando, por fin, el coche comenzó a rodar por el camino, se metió de lleno en un bache.
—Perdón —se disculpó como un adolescente—. A ver si arreglo el camino en primavera.
—Estoy bien —contestó Andrea.
Al oír su voz, Tom se imaginó parando de nuevo la furgoneta y tomándola entre sus brazos, pero se dijo que sería un gran error.
Así que se concentró en los baches del camino. A Tom nunca le había molestado que las carreteras de por allí estuvieran mal asfaltadas, pero, de repente, se sintió avergonzado.
—Dentro de poco llegaremos a la carretera asfaltada —anunció a pesar de que Andrea lo sabía tan bien como él.
—No te preocupes, a mí los baches me dan igual —le aseguró Andrea con una sonrisa.
Tom sabía que era cierto y sonrió encantado.
—A Lori no le gustaban nada.
—¿Los baches?
—Ni los baches, ni estas carreteras, ni el polvo ni el calor del verano, ni el barro, por no hablar de la lluvia en invierno. Tampoco soportaba las moscas, las serpientes, los mapaches…
—Hombre, lo de las serpientes… —bromeó Andrea.
—No te preocupes, no hay muchas —la tranquilizó Tom saliendo a la autopista.
—Me alegro.
—Lo pasaba fatal viviendo aquí, era superior a sus fuerzas —comentó Tom.
Al instante, se dio cuenta de que era la primera vez que pensaba algo así de su ex mujer y, de repente, la perdonó de alguna manera—. Ella era de Bay Área. Aquí no se encontraba a gusto.
—¿Cómo os conocisteis? —quiso saber Andrea, girándose hacia él.
—Yo estaba en tercero en la universidad, en la UC Davis, y había ido a San Francisco a pasar la Semana Santa. Ella había dejado los estudios y estaba descontrolada.
Tom todavía recordaba cómo se había sentido cuando la chica más guapa de la fiesta se había fijado en él.
Lori había ido hacia él, lo había envuelto con sus brazos y lo había besado sin haberle dicho siquiera cómo se llamaba.
Tom había tenido la sensación de que se había muerto y había ido al cielo.
El hecho de que le oliera el aliento a tequila y de que se le trabara la lengua debería haberlo puesto en alerta, pero no fue así.
—Lori era todo lo que yo no era… sofisticada y rica —contestó Tom, recordando la admiración que sentía por ella—. Yo he nacido y me he criado en un rancho. Nunca me ha faltado nada, te lo aseguro, pero tampoco he tenido lujos y Lori estaba acostumbrada a vivir rodeada por el lujo.
Al poco tiempo de conocerla, Tom se había gastado la modesta paga que le enviaban sus padres, así que se vio forzado a hacer horas extras en el trabajo de media jornada que tenía, y a mirar mucho el dinero que gastaba para tener suficiente para cuando salía con ella el fin de semana.
Pero todo lo que hacía nunca era suficiente.
—Lori no tuvo que trabajar nunca, sus padres se lo dieron todo hecho. Y, de repente, aparece un vaquero dispuesto a seguir haciendo lo mismo.
—Pero tú la querías.
—No lo sé, era muy joven —contestó Tom con amargura—. Y estúpido.
—Más bien, ingenuo —sugirió Andrea.
Al llegar a Marbleville, Tom buscó un lugar para aparcar.
—Tendría que haberme dado cuenta de que aquella mujer no era para mí.
—Piensa que, gracias a ella, tienes a tu hija —le dijo Andrea, poniéndole la mano sobre el brazo.
Tom asintió y bajó de la furgoneta. Hablar del pasado le había dejado un gran vacío. Prefería no seguir pensando en aquello, así que ayudó a Andrea a bajar y se dirigieron al restaurante.
Mientras se sentaban en una mesa de Vincenzo's, se dijo que tenía la situación completamente controlada, pero se escondió detrás de la carta porque, en el fondo, sabía que Andrea daría al traste con su decisión con una sola mirada.
La comida era deliciosa, pero durante la cena Andrea se preguntó si conseguiría que Tom dijera más de dos palabras seguidas.
Era consciente de que hablar de su ex mujer no resultaba fácil para él, pero, si hubiera sabido que hablar de Lori lo iba a sumir en aquel estado de ánimo, habría cambiado de tema rápidamente.
—No estoy siendo un compañero de velada muy divertido, ¿verdad? —comentó Tom como si le hubiera leído el pensamiento.
—Bueno… —contestó Andrea, probando su pollo piccata—. Estás un poco callado —añadió intentando ponerse seria.
Sin embargo, pronto se encontró riéndose a carcajadas. Al instante, Tom sintió que la pesadumbre que lo había atenazado durante la cena se evaporaba y se rió también.
—Qué bien me sienta estar contigo —le dijo sinceramente.
—Gracias —contestó Andrea, sonrojándose ante el inesperado cumplido.
Tras mirarla intensamente a los ojos, Tom volvió a concentrarse en su lasaña.
—¿Y qué tal va Jessie con los ejercicios de caligrafía?
—Hemos hecho ciertos progresos —contestó Andrea—. Le encanta escribir en el ordenador, pero cuando tiene que hacerlo con bolígrafo…
—Ya, no le gusta nada.
—Puede que nunca se sienta cómoda utilizando la mano derecha.
—¿Pero?
—Pero dibuja, hace pulseras y galletas.
—¿Estás diciendo que es una excusa?
—Sí —admitió Andrea por fin—. Creo que utiliza la excusa de la quemadura porque, en realidad, no le gusta escribir.
Tom apretó las mandíbulas.
—Simplemente, tiene que esforzarse un poco más.
—¿Quién te ha dicho eso? ¿Su profesora del colegio? —quiso saber Andrea.
—No, la directora, la arpía —contestó Tom sonriendo levemente.
Jessie le había contado un par de cosas de aquella infame mujer y a Andrea no le importaría hablar con ella para decirle dos o tres cosas muy claritas.
—Jessie y tú habéis pasado por momentos muy duros —le dijo a Tom acariciándole la mano—. Nadie lo sabe mejor que tú, pero no creo que debas dejar que eso marque vuestras vidas —añadió, sintiendo un escalofrío por el brazo.
—¿Crees que es eso lo que he hecho hasta ahora? —dijo Tom a la defensiva.
Andrea no estaba dispuesta a entrar al trapo.
—Tú sabrás.
Tom la miró a los ojos con las mandíbulas apretadas.
—Lo he hecho lo mejor que he podido.
—Lo has hecho muy bien —le aseguró Andrea.
—No puedo soportar ver sufrir a mi hija y lo cierto es que durante mucho tiempo no he sido capaz de negarme a nada de lo que me pidiera.
Andrea sabía que Tom era un hombre fuerte y orgulloso, pero también comprendía que el sufrimiento de su hija le había sobrepasado.
—¿Cómo ocurrió? Nunca me lo has contado.
Tom le tomó la mano entre las suyas y Andrea intentó que se sintiera cómodo, intentó consolarlo con el contacto.
Le hubiera gustado apartar la mirada para no ver el inmenso dolor que reflejaban sus ojos, pero no lo hizo.
—Yo estaba fuera, en Redding —le contó Tom—. Había ido a ver si compraba una potra… Honeybee.
—¿Quién estaba en casar con Jessie?
—Lori —contestó Tom tragando saliva—. Y el capataz —añadió, apretándole la mano—. Se fue la luz. Hacía mucho viento y… Lori no se dio cuenta. Estaba… ocupada.
Andrea vio varias emociones cruzando su rostro. Rabia, culpa, desesperación. De repente, deseó no haberle preguntado, pero comprendió que, tal vez, hablar de ello lo liberara del dolor.
—Jessie se puso a buscar a su madre por toda la casa —narró Tom—. Como no la encontró, agarró una linterna. El aparato apenas tenía pilas. Yo lo sabía y había pensado en cambiarlas un día de aquellos… —añadió, sintiéndose culpable—. Entonces, encontró una vela. Jessie sabía que no debía encender cerillas, pero tenía mucho miedo de la oscuridad… consiguió encender la cerilla y la vela.
Andrea comprendió que llegaba la parte más difícil.
—Intentó agarrar algo que había al otro lado de la mesa y se le prendió la manga de la camiseta con la llama de la vela.
Tom cerró los ojos con fuerza.
—Cuando gritó, Lori la oyó. Yo estaba aparcando el coche cuando vi a Jessie salir de la casa con el brazo en llamas. En ese mismo momento, su madre salía del apartamento del capataz —añadió abriendo los ojos—. Yo debería haber estado allí, no debería haber estado fuera.
—No tenías forma de saber lo que iba a suceder.
—Pero sabía lo que estaba sucediendo entre mi mujer y el capataz —contestó Tom—. Me hacía el tonto, pero… debería haber estado en casa para proteger a mi hija.
Andrea se dijo que debía encontrar la manera de consolarlo, así que le tomó la mano y se la colocó en la mejilla para, a continuación, girar la cabeza y besarle la palma.
Lo había hecho con la intención de comunicarle lo mucho que Jessie y él significaban para ella, pero, en cuanto sus labios rozaron la piel de la mano de Tom, sintió que el deseo se apoderaba de ella.
—Andrea… —dijo Tom con voz ronca—. A veces, cuando estoy contigo…
Andrea tragó saliva.
Sabía lo que le iba a decir a continuación porque la atracción entre ellos había sido patente desde el primer momento.
Si no quería cometer un gran error, debía volver a insistir en que entre ellos no podía haber ningún tipo de relación íntima.
—Quiero tocarte —murmuró Tom—. No te puedes ni imaginar cuánto te deseo, pero a ella también la deseaba.
—Yo no soy Lori.
—No, gracias a Dios, no lo eres.
—Aun así, también conmigo cometerías un error.
Tom asintió sin mucha convicción.
—¿Lo dices por Jessie?
—Sí —contestó Andrea—. No, no es por Jessie —se corrigió al instante.
—¿Entonces? —preguntó Tom algo irritado.
Andrea sabía que no le haría ninguna gracia escuchar la verdad, que no le gustaría saber que no estaba preparado para confiar en ella, que no quería nada más que sexo, que por muy estrecha que fuera su relación física, jamás dejaría que ninguna mujer se acercara a su corazón.
Por supuesto, Andrea tampoco quería aquello. Después de lo que había ocurrido con Richard, se había dado cuenta de que no se podía comprometer con ningún hombre ni con ningún lugar.
Haciendo un gran esfuerzo, apartó las manos y las dejó en el regazo.
—Sé las razones por las que sería un error para mí, pero no te puedo decir por qué sería un error para ti. Eso tienes que descubrirlo tú solo. Tom, me gustas de verdad, pero preferiría que dejáramos las cosas tal y como están.
—Por eso precisamente te he invitado a cenar esta noche —contestó Tom—. Tú también me gustas a mí y quiero que seamos amigos.
Al oír aquella palabra, Andrea sintió una punzada de dolor. Lo que siempre había deseado había sido tener un amigo. Un amigo y un hogar.
A aquellas alturas de su vida, sabía que jamás tendría un hogar, pero un amigo…
—Me encantaría ser tu amiga —contestó sonriendo, radiante.
—Cuando te vayas… Jessie te va a echar mucho de menos y yo… también.
—Te prometo que os escribiré y os llamaré —contestó Andrea—. Jamás os olvidaré.
—Bien —asintió Tom.
Sin embargo, mientras volvía a concentrarse en su lasaña, Andrea se dio cuenta de que parecía taciturno.
No le había dado suficiente. De alguna manera, le había decepcionado, pero Andrea estaba convencida de que no había nada dentro de ella que mereciera la pena entregarle.
«Tú misma», le dijo una voz. «Date tú misma, eso será suficiente».
Intentó apartar aquel pensamiento de la cabeza, pero la maldita frase la persiguió durante el resto de la cena, durante el trayecto de vuelta casa y en sueños.