Capítulo 3
Tom se quedó mirando a Andrea durante una eternidad antes de recuperar el sentido común y apartar la mirada.
Al instante, dio un paso atrás y cerró la puerta.
Una vez fuera, se preguntó qué debía hacer. ¿Irse y dejarla a solas para que se sobrepusiera al incidente, entrar y pedir perdón, entrar, arrebatarle la toalla y explorar su cuerpo?
No, lo que tenía que hacer era darse una buena ducha de agua fría.
—Un momento —dijo Andrea desde el otro lado de la puerta—. Me voy a vestir.
No parecía avergonzada, pero Tom suponía que estaba disimulando. Mientras esperaba, recordó su cara de sorpresa y se preguntó si lo que había visto en ella era sorpresa o anticipación, vergüenza o excitación.
Tom se frotó la nuca.
Obviamente, hacía demasiado tiempo que no había estado con una mujer.
En ese momento, Andrea abrió la puerta.
—Perdón —se disculpó Tom—. Creía que estabas en casa con Jessie.
—No, Jessie está terminando las matemáticas, y yo había venido a ducharme mientras tanto.
Tom asintió.
—¿Qué tal con ella?
—Bien —contestó Andrea—. ¿Querías algo?
—¿Cómo? —dijo Tom, confundido—. No, sólo asegurarme de que tenías todo lo que necesitabas… toallas, sábanas, mantas.
Andrea se apartó un mechón de pelo de la cara.
—No te preocupes, Jessie me ha dicho dónde estaba todo. Ya he hecho hasta la cama y estaba preparando café.
—Muy bien, entonces… —dijo Tom girándose hacia la escalera.
—Por cierto, no hemos hablado de mi sueldo —sonrió Andrea.
Entre la alegría que le había producido ver lo bien que se llevaban Andrea y Jessie y la sorpresa de haber encontrado a la profesora semidesnuda, Tom había olvidado el asunto del dinero.
—¿Cuánto sueles cobrar?
—Depende del colegio. En Los Ángeles me pagarían más que en Marbleville… ¿por qué no me pagas lo que le pagarías al capataz?
La broma no caló en Tom porque todavía no era capaz de pensar en aquel hombre sin enfurecerse.
—¿Cuánto quieres?
—Teniendo en cuenta que el alojamiento y la manutención están incluidos, ¿qué te parece doscientos cincuenta a la semana? ¿Demasiado?
—No, me parece poco. Dejémoslo en cuatrocientos —contestó Tom.
—Eso es demasiado.
—No para una profesora con experiencia.
—Entonces, me encargo de la cocina.
—No, estás aquí para enseñar a mi hija, no para hacer las labores de la casa.
—Me encanta cocinar —insistió Andrea—. Podría ser parte de las clases de Jessie —añadió poniéndole la mano en la muñeca—. Por favor.
Al sentir su delicada piel, Tom tomó aire y, al hacerlo, el aroma de su champú invadió sus pulmones, pero también le hizo darse cuenta de que él todavía no se había duchado y olía a estiércol.
De repente, se avergonzó como un adolescente y dio un paso atrás.
—Como quieras —contestó bajando las escaleras.
—¿Te apetece pollo? He visto que tenías uno en el congelador —propuso Andrea.
Tom asintió encantado.
Andrea levantó la mirada del cuenco de puré de patatas cuando Tom entró en la cocina con el pelo mojado y echado hacia atrás.
Se había puesto una camisa y unos vaqueros limpios. Ahora olía a aftershave en lugar de a alfalfa y a caballos.
Andrea no sabía qué le gustaba más, si un vaquero que olía a su trabajo o la versión limpia del mismo vaquero.
No había sido capaz de olvidar el deseo con el que Tom la había mirado en el apartamento del capataz.
Jamás ningún hombre la había mirado así, nunca se había sentido tan deseada. El hecho de que prácticamente no se conocieran de nada y de que Tom fuera su jefe no hacía sino añadir leña al fuego.
Ahora, mientras lo observaba sacar un vaso de un armario y servirse agua, el mismo calor se estaba apoderando de ella, y Andrea se dijo que debía controlarse.
—Huele de maravilla —comentó Tom, terminándose el agua.
—Gracias —contestó Andrea sinceramente halagada.
—¿Dónde está Jessie? —preguntó Tom mientras ponía la mesa.
—Lavándose las manos.
—Vaya, mi hija no le suele dar mucha importancia a ese tipo de detalles.
—Sólo me ha costado media hora convencerla —bromeó Andrea.
En ese momento, Tom se giró hacia ella y la miró a los ojos.
—Andrea…
—Si es por lo que ha pasado antes… —lo interrumpió ella levantando la mano—. Ha sido una situación un poco extraña y creo que será mejor que no hablemos del tema —añadió en voz baja.
Tom se quedó mirándola sin expresión en el rostro y, de repente, a Andrea se le ocurrió que, tal vez, lo que había visto en sus ojos no había sido deseo sino vergüenza al haberla visto casi desnuda, con el pelo mojado, aquel cuerpecillo demasiado delgado…
Desde luego, no era una visión muy sensual.
—Tienes razón, no creo que haya necesidad de volver a hablar de ello —dijo Tom por fin—. ¡Jessie, a cenar! —añadió gritando.
Andrea abrió el horno con manos temblorosas y sacó el pollo asado. A continuación, lo sirvió en una fuente junto al puré de patatas y a las judías verdes.
Tom le colocó la silla y esperó a que se sentara antes de irse él a sentar al otro extremo de la mesa.
Andrea no recordaba que ningún otro hombre hubiera tenido antes aquel detalle tan educado con ella.
En ese momento, llegó Jessie a la carrera y se sentó frente a Andrea, dispuesta a agarrar un muslo de pollo con la mano.
Al darse cuenta de que, tras haberse lavado las manos, había olvidado bajarse las mangas, su padre se quedó con la boca abierta. Su hija jamás dejaba las cicatrices a la vista en presencia de desconocidos.
—Estos cubiertos son para servir la comida —le dijo Andrea, entregándole los cubiertos de servir.
La niña la miró con cara de pocos amigos.
—Mi padre me deja que me sirva con los dedos.
Andrea miró a Tom, que enarcó una ceja indicándole que hiciera lo que quisiera.
—Pues tu padre no debería dejarte hacerlo —dijo Andrea—. Utiliza los cubiertos para servirte —insistió.
Jessie agarró los cubiertos y echó el brazo hacia atrás con clara intención de tirarlos al suelo, pero entonces se dio cuenta de que no se había bajado las mangas, dejó los cubiertos sobre la mesa y se apresuró a hacerlo.
A continuación, miró a Andrea por si la estaba mirando con disgusto o asco, pero no era así.
—Está bien —cedió la niña por fin, agarrando los cubiertos de nuevo y sirviéndose el pollo en el plato.
También se sirvió una cantidad más que considerable de puré de patatas y una cucharada respetable de judías verdes.
—Papá, los problemas de matemáticas con Andrea son muy fáciles —le dijo a su padre mientras comía.
Al ver que lo hacía con la boca abierta, Andrea decidió dejar aquella lección para otro día. Tampoco quería agobiarla.
Acto seguido, se sirvió una pechuga con salsa y comenzó a comer. Al cabo de unos minutos, se dio cuenta de que Tom seguía con el plato vacío.
Lo miró y comprobó que parecía encantado. Tom también la miró y sonrió. Andrea sintió que se ruborizaba, pues, obviamente, Tom aprobaba sus métodos. Le hubiera gustado decir algo, pero no sabía qué, así que se limitó a sonreír.
A continuación, se concentró en la comida y durante toda la cena sintió que Tom la miraba, pero no se atrevió a volverlo a mirar.
Tom estaba dando de comer a los caballos después de haber fregado los platos y de haber recogido la cocina con la ayuda de su hija, que había secado la vajilla.
Había tenido que insistir varias veces, pero, al final, había conseguido que Andrea se quedara sentadita, mientras padre e hija se encargaban de la cocina y charlaban.
Estaba a punto de cerrar la puerta de las cuadras, cuando oyó pisadas a sus espaldas.
—No cierres, papá —dijo Jessie—. Andrea quiere ver a Trixie —añadió, refiriéndose a su yegua.
—Le he dicho que podía esperar a mañana, pero ha insistido —sonrió Andrea mientras la niña entraba en busca del animal.
A los pocos segundos, reapareció tirando de las riendas del equino, que no parecía demasiado contento de que le hubieran interrumpido la cena.
—¿Te puedes creer que Andrea no sabe montar a caballo, papá?
Tom miró a Andrea extrañado.
—Le he dicho que yo puedo enseñarla —continuó la niña—. Empezaremos las clases mañana.
Andrea acarició a la yegua de su alumna y el animal le olisqueó la mano.
—Lo hace para ver si le das algo —le dijo Tom, sacándose un azucarillo del bolsillo—. Extiende el brazo con la mano abierta —le indicó.
Andrea hizo lo que le indicaba, y Tom le puso el azucarillo sobre la palma de la mano. Al hacerlo, sus dedos acariciaron su piel y le entraron unas terribles ganas de besarle la mano, pero gracias a que Trixie tenía hambre se libró de hacer semejante locura.
Tom se preguntó qué demonios le estaba sucediendo. No le habían educado para tocar a una mujer sin que ella lo invitara a hacerlo, pero con Andrea no parecía capaz de controlarse.
Andrea también se había percatado, porque había dado un paso atrás y sonreía de manera forzada.
—Bueno, me despido de vosotros por hoy porque quiero preparar las clases de mañana —les dijo.
Sintiéndose culpable, Tom la observó mientras se alejaba. A continuación, su hija guardó a su yegua y se fue también.
—¿Vienes, papá?
—Sí, ahora voy, dentro de un rato —contestó Tom, intentando dar con una excusa para no entrar en casa hasta que Andrea se hubiera ido a su apartamento.
Al final, se le ocurrió que podía limpiar las sillas de montar. Lo había hecho la semana pasada, pero daba igual.
Al cabo de un rato, oyó pasos en el jardín, desde su casa al apartamento. Le pareció que los pasos se paraban ante las cuadras, como dudando.
Obviamente, era Andrea.
Tom rezó para que pasara de largo a pesar de lo mucho que anhelaba que entrara. Al final, los pasos se alejaron.
Completamente agotado, Tom decidió irse a dormir, pero antes de hacerlo se quedó un buen rato en el porche, escondido en la oscuridad, mirando hacia el apartamento del capataz.
Luego, llamándose infinidad de cosas que no diría jamás delante de su hija, se dirigió a su dormitorio y, una vez allí, bajó las persianas de las ventanas que daban al cobertizo con la intención de no volverlas a subir.
Desde la cama, Andrea veía la luna en cuarto creciente. El pequeño gajo de luz apenas era suficiente para ver el color beis de las paredes.
Andrea giró la cabeza para ver qué hora marcaba el despertador.
La una de la madrugada.
Tenía tan poco sueño como había tenido a medianoche, cuando, por fin, había apagado las luces.
Todavía sentía los dedos de Tom en la mano, como si sus caricias hubieran re dibujado las líneas de la palma de su mano, cambiando el curso de su vida.
La idea la aterrorizó y le encantó a la vez.
Una parte de sí misma gritaba que tuviera cuidado, que recogiera sus cosas y se fuera de allí porque, en un solo día, se había enamorado perdidamente de la hija de nueve años de Tom Jarret.
Por no hablar del padre, claro.
Ambos la intrigaban sobremanera, pues eran misteriosos y la hacían plantearse cosas que siempre había estado muy segura de no querer.
Por ejemplo, tener una familia.
Andrea se dijo que no debía exagerar, que sólo iba a pasar allí unas cuantas semanas, hasta que terminara el curso escolar y, entonces, podría irse y retomar la vida que a ella de verdad le gustaba, dejando atrás el aburrimiento de vivir siempre en el mismo lugar.
Jamás le había costado irse de un sitio, jamás había mirado atrás y en aquella ocasión tampoco lo haría.
Se iría del Double J tan contenta.
Por supuesto que sí.