Capítulo 8

Tom tuvo la sensación de que se le salía el corazón del pecho al ver a Andrea en camisón. La prenda era casi transparente y marcaba las curvas de su cuerpo de manera enloquecedora.

Entonces, el ruido procedente de la cuadra que lo había despertado volvió a repetirse y Tom tomó aire varias veces para tranquilizarse.

A continuación, se encaminó a las cuadras seguido por Andrea.

—Yo también he oído algo —comentó ella—. ¿Qué es? —añadió con voz trémula.

Tom se preguntó si tendría frío o temblaba por otra cosa.

Mejor no pensarlo.

—Vamos a ver —contestó abriendo la puerta de las cuadras, entrando y encendiendo las luces.

Tom estaba prácticamente convencido de que Honeybee había dado a luz pues era la yegua que llevaba más tiempo preñada.

Efectivamente, al acercarse a su box vio un potrillo recién nacido intentando ponerse en pie.

—Mira —le dijo a Andrea haciéndole un gesto para que se acercara.

Andrea se acercó a la verja y se puso de puntillas para mirar el interior. Al hacerlo, sonrió encantada ante la maravillosa sorpresa y se giró hacia Tom, mirándolo como si fuera un héroe por enseñarle aquel pequeño milagro.

—Es muy pequeño —comentó.

—Ya crecerá —contestó Tom muy sonriente—. Seguramente, llegará a ser más grande que su madre.

—¿Por qué está tan delgado? —quiso saber Andrea, acercándose un poco más.

—Acaba de nacer, pero pronto engordará —contestó Tom, intentando no pensar en lo cerca que estaban—. Por cierto, está delgada. Es hembra.

La potrilla, que apenas se tenía en pie, se acercó a su madre en busca de comida. Cuando la encontró, comenzó a mamar y movió el rabo encantada.

Aquello hizo reír a Andrea.

Al hacerlo, movió la cabeza y Tom sintió la caricia de sus cabellos en la mano. Sabía que debía apartarla, pero no lo hizo, sino que le acarició el pelo.

A continuación, le puso las manos en los hombros y la giró hacia sí. Si Andrea se hubiera resistido, por supuesto, la habría soltado, pero Andrea no hizo nada parecido.

Tom intentó decirse por enésima vez que besarla sería un gran error, pero, al oír que Andrea susurraba su nombre, supo que estaba perdido.

Se inclinó sobre ella, dándole la oportunidad de echarse atrás. Andrea no lo hizo. Se acercó a él y lo miró a los ojos.

Tom le acarició la nuca con una mano y Andrea le puso las manos en los brazos. Tom ya no podía más, así que la besó.

Al instante, sintió que el corazón le latía aceleradamente, le latía tan fuerte que le retumbaban los oídos.

Aquella mujer tenía una boca tan dulce que podría pasarse toda la vida besándola. Desesperado por sentirla más cerca, la abrazó con fuerza y se apretó contra ella.

Tom sabía que se estaba adentrando en terreno peligroso, que debía parar antes de ser incapaz de hacerlo.

Sí, pero un beso más.

 

Andrea sentía que las sensaciones la ahogaban, que el placer que le reportaba besar a Tom era tan intenso que no lo podría soportar.

Quería desnudarse y desnudarlo a él, que no hubiera nada entre sus cuerpos más que deseo.

Su mente le dijo que no podía ser y, haciendo un esfuerzo imposible, consiguió dejar de besarlo.

Al instante, Tom dio un paso atrás y se quedó mirándola a los ojos con un deseo tan potente que Andrea estuvo a punto de ceder.

—¿Estás bien? —le preguntó Tom con voz ronca.

Andrea asintió.

—No deberíamos…

—No, no deberíamos —dijo Tom—. Madre mía.

Andrea se fue hacia la puerta.

—Me tengo que ir.

—Sí —dijo Tom metiéndose las manos en los bolsillos.

—Buenas noches —se despidió Andrea.

—Buenas noches —contestó Tom—. Andrea…

Andrea no quería hablar de lo que acababa de suceder, ni siquiera quería pensar en ello, así que prefirió ignorar que la estaba llamando y siguió andando hacia la puerta.

—Andrea —insistió Tom.

Lo había dicho con tanta dulzura que Andrea no tuvo más remedio que detenerse.

—Por favor, Jessie te necesita… no te vayas.

A Andrea no se le había pasado por la cabeza la posibilidad de irse aunque era exactamente lo que debería hacer.

—No debemos dejar que esto vuelva a ocurrir.

—No —contestó Tom.

—No está bien.

—No está bien —repitió Tom.

A Andrea le pareció que no lo decía muy convencido, pero prefirió no planteárselo.

—Es obvio que… sentimos algo el uno por el otro, pero no debemos dejarnos llevar —dijo estremeciéndose al recordar la pasión del beso que acababan de compartir.

Tom no contestó.

Andrea esperó.

—No debes volver a tocarme —concluyó Andrea—. Cuando lo haces, no puedo…

«No puedo pensar, no puedo parar, no me puedo resistir».

Andrea tomó aire.

—Por favor, simplemente no lo vuelvas a hacer.

Se había girado hacia él y comprobó que Tom asentía. De repente, Andrea sintió un frío terrible y salió corriendo de las cuadras.

Una vez de vuelta en su apartamento, se metió en la cama y se puso dos mantas encima, pues le castañeteaban los dientes.

Al cabo de un rato, se dio cuenta de que no temblaba de frío.

Lo que le sucedía era que estaba aterrorizada, quería recoger sus cosas y salir corriendo de allí.

Pero tenía que quedarse.

Por Jessie.

Andrea sabía perfectamente lo que significaba que un adulto hiciera promesas que nunca cumplía.

Su infancia había sido así.

Su madre siempre le decía que se iban a quedar en la ciudad en la que estaban hasta que terminara el curso escolar y que iba a tener muchos amigos, pero nunca era así.

Como sabía el dolor que causaban aquellos tipos de comportamientos de los adultos, sabía que tenía que mantener la promesa que le había hecho a la niña.

Más tranquila, se levantó y miró por la ventana para comprobar si la luz de las cuadras seguía encendida.

Necesitaba saber si Tom seguía despierto.

Al descorrer la cortina, lo vio. Estaba de pie en la puerta de las cuadras, con los brazos cruzados y mirando las estrellas.

De repente, Andrea comprendió que se sentía muy solo, como ella. Se quedó mirándolo durante un buen rato, hasta que Tom se giró y volvió a entrar en las cuadras.

Para entonces, Andrea tenía muy claro que aquella noche no dormiría.

Consiguió conciliar el sueño al amanecer y, cuando sonó el despertador, recordó lo que había sucedido por la noche y gimió.

Aquel día iba a ser un día muy largo.

 

Andrea estaba batiendo huevos para prepararle el desayuno de Jessie cuando Tom entró en la cocina y tuvo que hacer un gran esfuerzo para mirarle y sonreír.

Mentalmente, mientras volvía a concentrarse en los huevos, rezó para que Tom no mencionara nada de lo que había sucedido la noche anterior.

Sin embargo, Tom cruzó la cocina, se colocó delante de ella, le quitó el cuenco y el tenedor de las manos y la obligó a que lo mirara a los ojos.

—Anoche, perdí el control.

Andrea se sonrojó.

—Los dos perdimos el control.

Tom negó con la cabeza.

—Sí, pero yo no debería haber… debería haber sabido que, si te tocaba, si te besaba —Andrea tragó saliva y tomó aire.

—Ya no me queda mucho tiempo aquí, sólo cinco semanas más.

—Te prometo que no volveré a tocarte en ese tiempo.

Andrea sabía que debería sentirse aliviada, pero no era así, la promesa de Tom no hacía sino ponerla más nerviosa.

Para cuando llegó Jessie a desayunar, Tom estaba sentado en la mesa tomándose un vaso de leche.

En cuanto la niña se enteró de que Honeybee había parido, engulló los huevos y las tostadas y salió corriendo hacia las cuadras.

Entonces, Andrea se dio cuenta de que el entusiasmo de la niña había conseguido lo que ella sola no había sido capaz de hacer: olvidarse de las consecuencias del beso que le había dado Tom la noche anterior.

Tom también parecía más relajado e incluso le sonrió mientras recogía la mesa.

—No creo que hoy consigas darle clase —comentó.

—No, no creo —contestó Andrea.

—Anda, ve con ella, que ya friego yo —se ofreció Tom.

—Tienes una hija maravillosa —comentó Andrea sinceramente, acariciándole el brazo—. Estoy encantada de ser su profesora.

Tom la miró orgulloso.

—Nosotros también estamos encantados de que estés aquí.

Aquellas palabras la acompañaron durante todo el día, mientras iba a ver a la potra con Jessie, mientras sacaban el árbol genealógico del animal, mientras hacían galletas en forma de caballo…

La noche anterior, su instinto le había dicho a voces que debía huir de allí, pero hoy su corazón se moría por quedarse, por tener un hogar a pesar de que sabía que era imposible.

Tocar a Tom no le estaba permitido, pero sí podía disfrutar de los brazos de Jessie. Cuando terminaron de hacer las galletas, y de forma completamente espontánea, la niña la abrazó con cariño y Andrea disfrutó de aquel momento maravilloso.

Aquella noche, la niña se pasó toda la cena hablando de la nueva potra. Cuando Tom le dijo que podía elegir el nombre que más le gustara, Jessie no sabía si quedarse con Cassie o con Molly.

Estaba tan excitada con todo lo que habían hecho aquel día que cayó rendida en la cama, no sin antes hacerle prometer a su padre que Sabrina podría ir a dormir aquel fin de semana para que conociera a la nueva potrilla.

Cuando la niña se hubo quedado dormida, Tom acompañó a Andrea al porche. La temperatura había bajado y había una agradable brisa fresca.

—Buenas noches —se despidió Andrea.

—Buenas noches —contestó Tom, bajando también las escaleras del porche—. Voy a ir a ver qué tal esta la potra —le explicó.

—Cassie —lo corrigió Andrea.

—Cassie —sonrió Tom—. Andrea… —le dijo mientras cruzaban el jardín.

—¿Sí?

—No, bueno, nada —dijo Tom—. Hasta mañana —se despidió entrando en las cuadras.

Aquella última frase había dejado a Andrea muerta de curiosidad, pero sabía que debía olvidarse si quería dormir aquella noche.

Por supuesto, soñó con Tom, soñó que lo tocaba, que lo besaba, que lo abrazaba, que le decía palabras de amor, visitó un paraíso que ni siquiera sabía que anhelaba.

Se dijo en sueños que seguro que podría olvidarse de él cuando se despertara… pero no fue así.

 

Treinta y seis horas después de haberse besado en las cuadras, Tom suponía que se había recuperado.

Recordaba perfectamente la boca de Andrea, pero ya conseguía olvidarse de vez en cuando, sobre todo mientras trabajaba.

Andrea era fruta prohibida.

Era la profesora de su hija y, por lo tanto, estaba fuera de su alcance. Precisamente por eso, se le hacía cada día más irresistible.

Si se hubiera tratado de cualquier otra mujer, por ejemplo, de Nina o de aquella chica de Sacramento con la que había salido unos meses el año pasado, no estaría tan interesado.

Tom se dijo que debía concentrarse en el trabajo, pero, mientras guardaba al potro en su cuadra, oyó que la puerta se abría y supo al instante que era Andrea.

Rápidamente, se puso a bañar a Rocket, que era lo que debía hacer.

—Nunca se me hubiera ocurrido que a los caballos hay que bañarlos —comentó Andrea acercándose.

—Sí, les gusta mucho —contestó Tom, enjabonando al potro—. ¿Querías algo? —añadió nervioso.

—No, Jessie está terminando de comer y sólo quería estirar un poco las piernas —contestó Andrea—. Me voy ya.

Dicho esto, salió de las cuadras con aquel maravilloso movimiento de caderas y Tom no pudo evitar quedarse mirándola.

De repente, una vez ya a solas, se dio cuenta de que tenía la esponja aferrada contra el pecho y toda el agua con jabón le había caído por la camisa y el pantalón.

A Tom le pareció que el potro se estaba riendo de él a carcajadas.

 

—¡No! —gritó Jessie golpeando la mesa de la cocina con el puño.

Andrea sintió que empezaba a dolerle la cabeza y sintió la tentación de dejar que la niña se saliera con la suya.

Ya casi eran las tres de la tarde, que era cuando terminaban las clases. A lo mejor, no era de vital importancia que Jessie practicara caligrafía aquel día.

Sin embargo, le había dejado muy claro que tenía, quisiera o no, que practicar caligrafía todos los jueves, pero, como Cassie había nacido el jueves, no habían practicado caligrafía aquella semana.

—No quiero escribir —insistió la niña—. Me cuesta mucho.

—La semana pasada también te costaba y lo hiciste muy bien.

—Ya son las tres, hemos terminado la clase.

—La clase se terminará cuando hayas practicado caligrafía.

Jessie se cruzó de brazos.

En ese momento, oyeron ruidos en el porche. Tom había llegado.

Aquello era lo último que necesitaba Andrea. Para empezar, porque su presencia la distraería y porque, probablemente, dejaría que la niña se saliera con la suya.

—¿Qué pasa? —preguntó Tom al entrar y ver la expresión de su hija.

—Andrea quiere que siga estudiando a pesar de que ya es la hora de terminar las clases —contestó Jessie.

—¿Y eso?

—Le he dicho que hasta que no haga la caligrafía de la semana, la clase no habrá terminado —contestó Andrea, tomando aire para tranquilizarse.

—No quiero hacer la caligrafía, no puedo, me cuesta mucho —se lamentó la niña.

Tom se quedó mirando a su hija.

—Sé que te cuesta mucho, pero tienes que hacer lo que Andrea te diga. Si no lo haces, Sabrina no vendrá a pasar el fin de semana contigo.

Jessie ahogó un grito de indignación y Andrea sonrió encantada. Tom le guiñó el ojo y cruzó la cocina para servirse un vaso de agua.

—Si no ha terminado para las cinco, dímelo para que llame a los padres de Sabrina y les diga que ha habido cambio de planes —le indicó a Andrea, ignorando los gritos de protesta de su hija.

Dicho aquello, Tom salió de la cocina.

Jessie miró a Andrea con cara de pocos amigos, pero se puso a escribir.

Mientras lo hacía, Andrea se puso en pie y se acercó a la ventana. Tom estaba fuera, trabajando con el potro.

Lo que acababa de hacer significaba mucho, significaba que respetaba sus decisiones y que estaba siguiendo su consejo de que tuviera un poco más de mano dura con su hija.

Aquello llenaba a Andrea de felicidad.

Como si sintiera que lo estaba observando, Tom levantó la mirada y, al verla, sonrió encantado.

Aquella sonrisa hizo que Andrea se tranquilizara y el afecto que había en ella la acompañó durante el resto de la tarde.