Capítulo 2
—La verdad es que sólo he dado clases durante tres años —admitió Andrea—, Llevo dos años viajando.
La profesora que le daba clase a Jessie en el colegio apenas tenía un año de experiencia, así que, si Andrea tenía tres, ya era algo.
—¿Pero quiere volver a enseñar?
—Por supuesto.
—¿Ha dado clases a niños de la edad de mi hija?
—Sí, y también a mayores y a pequeños.
Tom consultó la hoja de papel en la que se había apuntado las preguntas.
—¿Tiene usted antecedentes penales?
Andrea sonrió.
—¿Le parece a usted que tengo pinta de ser de la mafia?
Tom se dio cuenta de que no podía dejar de mirar la boca de aquella mujer. ¿Qué le pasaba con Andrea Larson?
—No, la verdad es que no —contestó.
—Claro, que supongo que eso ya lo habrá comprobado.
Tom se encogió de hombros, sintiéndose culpable por haberla investigado a pesar de que sabía que tenía derecho a hacerlo.
—Sí.
—Muy bien, eso significa que se preocupa por su hija. ¿Qué más?
—¿Tiene referencias de los dos últimos colegios en los que ha estado?
De repente, a Tom le pareció que Andrea se sorprendía.
—Estuve muy poco tiempo en el último, pero puede usted llamar a los dos anteriores —dijo abriendo el maletín que llevaba y entregándole una hoja de papel en la que había varios nombres con direcciones y números de teléfono—. Son los teléfonos de los directores de los colegios en donde he enseñado. Los dos más recientes son los de arriba.
Tom aceptó la hoja y señaló los libros que había sobre la mesa.
—La arpía… quiero decir, la señora Beeber nos ha mandado los libros de Jessie a casa. Si quiere, écheles un vistazo mientras yo llamo por teléfono.
Dicho aquello, fue hacia la cocina encantado de estar un rato a solas. ¿Qué demonios le estaba pasando? Normalmente, podía controlarse cuando veía a una mujer guapa.
Se había pasado todo el día anterior fantaseando con la preciosa jovencita de ojos marrones que se había encontrado en Hart Valley, suponiendo que no la volvería a ver.
Y ahora estaba en el salón de su casa, y debía comportarse como un caballero porque podría convertirse en la profesora de su hija.
Tom marcó el primer número de la lista y habló con el director del colegio Southern California, intentando disimuladamente encontrar alguna excusa que excluyera a Andrea del puesto.
Aunque no tenía ni idea de qué haría entonces, quería estar muy seguro de contratar a la profesora perfecta para su hija y, dado que la cabeza no le funcionaba muy bien estando cerca de aquella mujer, necesitaba tener toda la información que pudiera para tomar una decisión.
Sin embargo, ambos directores le hablaron maravillas de Andrea, y el segundo incluso le dijo que le comentara que, si quería volver, la recibirían con los brazos abiertos para el próximo curso.
Así que Tom volvió el salón sin munición para echar a Andrea de su casa. La observó desde la puerta y se dio cuenta de que estaba metido en un buen lío.
Andrea estaba sentada en el borde de la mesa con un libro en el regazo, leyendo mientras jugueteaba con su trenza.
Tom sintió que se quedaba sin aire, y se dio cuenta de que contratarla iba a ser más difícil de lo que había supuesto pues, de hacerlo, la iba a ver todos los días, y tendría que controlar todos y cada uno de sus impulsos.
Al verlo, Andrea levantó la cabeza y sonrió. Tom sintió que el corazón le daba un vuelco y se dijo que podría quedarse horas mirándola.
—¿Qué tal los libros?
—Bien —contestó Andrea—. He estudiado álgebra, trigonometría y cálculo, así que no creo que tenga problema con las matemáticas de cuarto.
—He llamado a los números que me ha dado, y uno me ha dicho que es usted la mejor profesora que ha pasado por su colegio, y el otro que quiere volver a contratarla.
Andrea desvió la mirada, como si el cumplido la hubiera avergonzado, dejó el libro de matemáticas sobre la mesa y agarró el de literatura.
—Este libro tiene buenos textos, pero, si me contrata y paso a ser la profesora de su hija, me gustaría recomendarle otro material de lectura.
—Me parece bien —contestó Tom, deseando que Andrea levantara nuevamente la mirada del libro para volver a ver aquellos maravillosos ojos color chocolate.
Andrea dejó el libro de literatura sobre la mesa y abrió el de historia.
—He pensado que podríamos ir a las minas de oro o al capitolio.
—Seguro que a Jessie le encanta la idea —contestó Tom, a pesar de que era imposible saber qué era lo que a su hija le iba a apetecer hacer, porque unos días se despertaba muy bien y otros odiaba a todo el mundo.
Andrea lo miró de reojo, se puso en pie y se colocó la trenza a la espalda. Tenía el libro de ciencias entre las manos.
—Las ciencias son lo que más me gusta del mundo. Me sé de memoria la tabla periódica de los elementos y las leyes de Newton… seguro que usted no se sabe el nombre de las dieciséis lunas de Júpiter…
Tom lo único que sabía era que a Andrea se le habían soltado unos mechones de la trenza y que se moría por apartárselos del rostro.
—¿A qué no? —insistió Andrea.
¿De qué le estaba hablando? ¿De estrecharla entre sus brazos y apretarla contra su cuerpo? ¡Oh, sí!
Con el corazón desbocado, Tom se dijo que debía controlarse. A pesar de que había intentado que la entrevista con Andrea fuera tranquila, se estaba adentrando en territorio peligroso.
Por lo visto, su sentido común había desaparecido y su deseo físico se había apoderado de la situación.
Intentó recordar lo que Andrea le había preguntado. ¿Algo de las lunas de Júpiter? Decidió no arriesgarse.
—No —contestó.
Andrea volvió a sonreír, lo que no hizo sino empeorar el estado de Tom.
—No —dijo una voz a sus espaldas.
Tom se giró y comprobó que era su hija. La niña, con el brazo derecho en cabestrillo, entró en el salón y se colocó delante de Andrea.
—Europa, Ganimedes, Calisto, Metis, Adrastea, Amaltea —recitó tomando aire—, Teba, Leda, Himalia, Lysithea, Elara, Ananke, Carme y Sinope.
—Se te ha olvidado Pasphae.
—No, no se me ha olvidado, quería ver si te las sabías —contestó Jessie.
Andrea la miró con admiración, y Tom sintió que el pecho se le hinchaba de orgullo. Su hija resultaba todo un reto cuando tenía un buen día, y era realmente insoportable cuando tenía un mal día, pero siempre demostraba su inteligencia.
—Andrea Larson —se presentó Andrea, dejando el libro de ciencias sobre la mesa y tendiendo la mano hacia Jessie.
La niña ignoró el gesto y miró a su padre.
—¿Qué hace aquí esta señora?
—Andrea y yo estamos hablando para ver si viene a darte clases.
—No necesito profesora —le espetó Jessie a su padre—. Puedo aprender sola.
—No —contestó Tom.
—¿Porqué no?
Tom tomó aire en busca de paciencia.
—Para empezar, porque no quiero que estés sola en casa todo el día.
—Papá, tengo nueve años y me paso mucho tiempo sola en casa cuando tú estás trabajando.
—Y para terminar, porque necesitas una profesora que te diga lo que tienes que hacer.
—¡Ja! —Exclamó Jessie—. ¿Sabes lo que hacía en clase la mitad de las veces? Leía un libro o jugaba con el ordenador porque me aburría cuando la profesora repetía una y otra vez cosas que yo ya sabía.
Tom no ignoraba esto, porque los profesores se lo habían dicho varias veces, así que buscó en su cerebro una respuesta adecuada.
Jessie se dio cuenta de que lo había acorralado, sonrió y se puso las manos en las caderas. Al hacerlo, las mangas del jersey se le subieron levemente, dejando al descubierto sus muñecas.
Andrea ahogó una leve exclamación y Tom creyó que había sido el único en oírla, pero su hija, acostumbrada a observar a los demás, se había dado cuenta también.
—¿Algún problema? —le espetó a Andrea.
Sin dudarlo, Andrea sonrió, le agarró el brazo derecho y acarició la pulsera que cubría su muñeca.
—Me encanta tu pulsera de la amistad —le dijo.
Aparte de su pediatra, sólo había dos adultos en la vida de Jessie que se atrevieran a tocarle la quemadura: Tom y Beth.
Los demás parecían asustarse, pero Andrea parecía tan tranquila y, de hecho, le levantó un poco más la manga.
Tom sintió una inmensa gratitud.
—¿La has hecho tú? —le preguntó Andrea a Jessie, admirando la pulsera.
—No, me la ha hecho Sabrina —contestó la niña—. Ella lleva la que yo le hice.
—¿Me podrías enseñar cómo se hacen?
La niña la miró con recelo.
—Bueno.
—¿Te gustan los problemas de matemáticas?
El repentino cambio de tema de Andrea pilló a Jessie desprevenida.
—No, me horrorizan.
—A mí también, pero me sé unos cuantos trucos para aprender a resolverlos. ¿Qué te parece si tú me enseñas a hacer pulseras y yo te enseño esos trucos?
Tom sonrió encantado mientras su hija sopesaba la oferta de Andrea. La niña no era tonta y sabía que su padre jamás permitiría que se quedara en casa sola sin profesora.
Andrea le había ofrecido de manera inteligente una forma de aceptar dignamente lo inevitable.
—Bueno —contestó Jessie—. Pero te advierto que hacer pulseras de la amistad no es nada fácil, por lo menos las que hacemos Sabrina y yo. Yo te enseño, pero…
—Se me dan muy bien las manualidades —contestó Andrea—. A lo mejor, no soy tan buena como tú, pero lo intentaré, y seguro que me sale.
Al oír el cumplido de Andrea, Jessie sonrió encantada y Tom sintió que el pecho se le llenaba de gratitud.
No era muy común que su hija olvidara el horror del incendio que se había producido cuatro años atrás, y verla así lo emocionaba.
Cuando aquello había sucedido, Tom se encontraba en Redding, lo que hacía que los recuerdos se le antojaran todavía más horribles.
Imaginarse a su hija muerta de miedo mientras se le quemaba la ropa y salía de casa corriendo, llamando a su madre, lo llenaba de angustia.
Pero Lori…
No, su ex mujer se había ido hacía ya tiempo. No merecía la pena pensar en ella. Ahora, sólo importaba Jessie.
—Voy a por los hilos —declaró la niña.
—Un momento —le dijo Tom—. ¿Y la clase?
—¿Va a ser mi profesora?
Tom asintió.
—Sí, creo que deberíamos darle una oportunidad. ¿Qué te parece un par de semanas de prueba?
—Muy bien —aceptó Jessie—, pero, ¿podríamos saltarnos las clases hoy?
Tom no sabía qué hacer. Debería dar ejemplo delante de la profesora de su hija de que realmente se preocupaba por su educación, pero la sonrisa de Jessie lo desmontaba.
—Te propongo una cosa —intervino Andrea salvándole el pellejo—. Hacemos pulseras un rato y, luego, hacemos una página de matemáticas. Así, tu padre se queda tranquilo.
Jessie miró a su padre, que asintió, y salió disparada escaleras arriba en busca de los hilos.
Tom sonrió.
—Eres maravillosa —le dijo a Andrea—. Mi hija jamás se muestra tan agradable con nadie.
—No creo que dure mucho —contestó Andrea—. Probablemente, mañana me odiara. Así somos las mujeres.
—Admito que vuestro comportamiento, a veces, me deja completamente alucinado.
Andrea sonrió.
—Sí, es un pacto que hay entre todas las mujeres del mundo: confundir a los hombres siempre que podamos.
Tom sintió unas tremendas ganas de ir hacia ella, pero, como si lo hubiera presentido, Andrea dio un paso atrás.
—Me gustaría que habláramos de una cosa.
—¿De qué se trata?
—De dónde voy a vivir.
—No la entiendo.
—¿No se lo ha dicho su hermana? Mientras le dé clase a su hija, viviré aquí. Con Jessie y con usted.
Al ver que la miraba extrañado, Andrea comprendió que Beth no le había dicho nada de aquello.
—No, no se puede quedar aquí —contestó Tom.
Claro que no.
Vivir bajo el mismo techo que Tom Jarret sería una distracción que la volvería loca.
Sin embargo, el rechazo instantáneo de aquel, la hizo sentirse inexplicablemente a la defensiva.
—¿Por qué no?
—Porque no —contestó Tom desviando la mirada y comenzando a pasearse por el salón—. Porque usted es… y yo soy…
—¿Teme no poder resistirse a mis encantos? —bromeó Andrea.
—Por supuesto que no —contestó Tom.
Al instante, Andrea se sonrojó. Era obvio que no estaba interesado en ella, pero tampoco hacía falta que lo dijera tan serio.
—Entonces, no veo dónde está el problema.
—No quedaría bien ante la gente —contestó Tom—. Creo que será mejor que siga hospedándose en la ciudad y venga todos los días en coche.
—No puedo permitirme seguir pagando el hotel durante tanto tiempo.
—Pues búsquese otro lugar. Las hermanas Willit…
—No.
—¿Por qué no?
—Me he quedado en el hotel de su hermana más tiempo del que tenía previsto y no tengo dinero para alquilar una habitación en casa de nadie —le explicó Jessie.
Lo cierto era que jamás había tenido problemas económicos, aquella era la primera vez, y no le gustaba nada tener que justificarse.
En cualquier caso, pedir alojamiento en el mismo lugar en el que se trabajaba le parecía lo más normal y, de hecho, lo había hecho en otras ocasiones.
¿Qué había de diferente esta vez?
Obviamente, que no se trataba de la pareja de ancianitos que le dejaron la habitación del garaje ni de la viuda de cuarenta y tantos que la dejaba acampar en el jardín.
No, se trataba de Tom Jarret, un vaquero de más de metro ochenta, espalda ancha y unos ojos azules para morir.
Se trataba del vaquero de sus sueños.
—Si me quedo aquí en el rancho, no tendrá que pagarme mucho porque ya me estará dando alojamiento y comida —propuso—. En cualquier caso, entenderé que prefiera seguir entrevistando a posibles profesoras para su hija —Andrea temía que Tom estuviera de acuerdo y, de repente, le entraron unas terribles ganas de que le diera el trabajo. Había visto la desesperación reflejada en los ojos de Jessie, y estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera en su mano para ayudar a la pequeña.
—Supongo que tiene razón —contestó Tom—. Será mejor que siga con las entrevistas.
—No —intervino Jessie—. Quiero que Andrea sea mi profesora.
—Yo también quiero ser tu profesora —contestó Andrea.
—Sí, hija, pero no puede ser.
—¿Por qué?
—Porque la señora Larson necesita un trabajo con alojamiento y yo no se lo puedo ofrecer.
Jessie se acercó a la mesa y dejó las cajas donde tenía guardados sus hilos y sus cuentas.
—¿Por qué no se puede quedar a vivir con nosotros?
—Es una cosa de adultos —contestó Tom.
—¿Qué quiere decir eso? —insistió la niña.
—Lo que quiere decir tu padre es que él es un hombre adulto y yo soy una mujer adulta y, si viviéramos en la misma casa…
La niña los miró muy seria.
—Muy bien, puedes dormir conmigo, en mi habitación. Así, no habrá ningún problema —propuso Jessie zanjando el problema.
—Me temo que no puede ser —dijo Andrea arrodillándose frente a la niña y mirándola a los ojos.
—No tendrás que verme el brazo —dijo Jessie—. Te prometo que me lo taparé.
Andrea se quedó sin palabras.
—Jessie, te prometo que si no me quedo a vivir en tu casa no es en absoluto, repito, en absoluto por tu brazo —le aseguró Andrea sinceramente.
Jessie bajó la mirada hacia el suelo y Andrea sintió que se le rompía el corazón.
—Jessie, te aseguro que si hubiera una manera de…
—Se puede quedar en el apartamento del capataz —intervino Tom.
Jessie miró a su padre con los ojos muy abiertos.
—¿De verdad, papá?
—¿Y el capataz? —preguntó Andrea poniéndose en pie.
—No tenemos capataz —contestó Jessie—. Se fue cuando mamá… —añadió, tapándose la boca.
¿Acaso Tom le había prohibido a su hija que hablara de su madre? Andrea miró a Tom e intentó interpretar la dura expresión de su rostro.
¿Acaso la había echado él de allí? Cuando le había preguntado a Beth por la madre de Jessie, la hermana de Tom se había limitado a contestar que no vivía con ellos.
Tom se giró y abrió un cajón de la mesa.
—El apartamento está sobre el cobertizo de las herramientas —le explicó, agarrando unas llaves—. No es nada del otro mundo, pero tiene baño y cocina.
Andrea lo miró aliviada.
—Perfecto.
—Muy bien —dijo Tom guardándose las llaves en el bolsillo—. Voy a abrirlo y a comprobar que todo está en orden.
Andrea se dio cuenta de que Jessie suspiraba aliviada, pero también se percató de que la niña había vuelto a subir la guardia y, aunque le apetecía abrazarla para demostrarle su afecto, no lo hizo porque sabía que Jessie no lo habría consentido.
—Bueno, ahora que ya hemos solucionado lo de mi alojamiento, podemos empezar con la pulsera —le dijo—. ¿Puedo elegir el color que yo quiera?
Al poco rato, tenían la mesa cubierta de hilos y cuentas y estaban las dos enfrascadas en hacer pulseras.
Andrea levantó la mirada y comprobó que Tom las estaba observando. Pensó que sería porque estaba comprobando si era buena profesora, pero se dio cuenta de que era algo mucho más profundo, las observaba como si estuviera recordando algún sueño que no había podido hacer realidad.
—Gracias —le dijo, emocionándola.
Tom desató una bala de paja.
Normalmente, tardaba una hora y media en condicionar los diez establos, pero hoy estaba tardando el doble.
Lo cierto era que estaba retrasando el momento de entrar en casa porque la atracción que sentía por la nueva profesora de su hija era insoportable.
Y no sólo eso, sino que tener una mujer de nuevo en el rancho le hacía sentir cosas que no quería sentir.
¿Cuánto tiempo hacía desde que ninguna otra mujer, aparte de su hermana, iba por allí? Durante el primer año después de que Lori se fuera, estaba tan enfadado y tan amargado, por no mencionar exhausto tras las operaciones de Jessie, que ni siquiera tenía tiempo para pensar en mujeres.
Tras el divorcio, estuvo de acuerdo en que Beth le mandara de vez en cuando a algunas mujeres de Sacramento que habían ido a Hart Ville a pasar el fin de semana.
Lo hacía única y exclusivamente porque sabía que sólo eran dos días y se irían de su casa. Aquello lo tranquilizaba.
Tal vez, había llegado el momento de volverse a comprometer.
Claro, que eso no quería decir que tuviera que ser con la profesora de su hija.
En cualquier caso, Andrea se iba a quedar durante una temporada, por lo menos hasta mitad de junio, que era cuando terminaba el curso escolar.
Eso eran más de dos meses.
Tras asegurarse de que las cinco yeguas que estaban embarazadas iban bien, Tom salió de las cuadras en dirección a casa.
El sol daba en los cristales y no le permitía ver el interior, así que no sabía si Andrea y Jessie seguían en el salón o, tal vez, se habían ido a la cocina a tomar un chocolate con galletas.
Al pensar en aquella posibilidad, recordó a su madre.
¿Cómo era posible que se acordara de ella si había muerto cuando él tenía sólo siete años?
En cualquier caso, la recordaba perfectamente, recordaba lo acogedora que era la cocina cuando ella estaba allí, cómo sabían las galletas que ella hacía y su sonrisa.
Tom sacudió la cabeza, y decidió subir al apartamento del capataz y asegurarse de que todo estuviera en orden.
Subió las escaleras que había sobre el cobertizo de las herramientas y, cuando fue a intentar abrir la puerta, se dio cuenta de que estaba cerrada con llave.
Él no la había dejado así, de modo que se sacó las llaves del bolsillo y abrió. Nada más hacerlo, oyó una exclamación de sorpresa y se quedó helado.
En la puerta del baño, ataviada tan sólo con una toalla, estaba la nueva profesora de su hija.