CAPÍTULO XIII
AUN cuando oyó los primeros rugidos del motor, Doc Savage no se apresuró salir precipitadamente a la explanada, puesto que recordó que había ordenado a Crist que se elevase en el caso de que le amenazase algún peligro. Supuso que lo sucedido sería que habría hecho su aparición algún animal peligroso. Cuando llegó a la salida de la selva y miró hacia alto, comprendió que su suposición era equivocada.
El avión no estaba volando en círculo sino que se elevaba gradualmente, como si abandonara el lugar. No se veía ningún animal, ningún peligro en la explanada. El aeroplano continuó volando, y, finalmente desapareció.
¡Abandonado! No podía dudarse que era cierto.
El hombre de bronce volvió a introducirse en la selva con lentos movimientos cuidando de no producir ruidos. La exuberancia de la vegetación que le rodeaba, era sorprendente. Y en su mayor parte le habría sido completamente desconocida si no hubiera dedicado mucho tiempo de su vida al estudio de las formas de la vida vegetal prehistórica.
Y como quiera que sus conocimientos anteriores estaban limitados a lo que los naturalistas habían podido descubrir mediante el estudio de algunos fragmentos fosilizados encontrados entre las capas bituminosas o en condiciones similares, la curiosidad del hombre de bronce por adquirir unos conocimientos directos fue muy intensa.
Doc Savage había sido —excepto en lo que se refiere al tiempo— literalmente transportado a un mundo prehistórico. Por todas partes, en cualquier lugar que mirase, crecían plantas, el descubrimiento de cuya naturaleza había costado a los naturalistas largos años de estudios y experimentos. Y la ciencia —Doc Savage lo sabía bien— había cometido una cantidad grandísima de errores.
En su mayor parte, la vegetación se componía de helechos o plantas parecidas, la medida de las cuales se establecía desde una ligera fracción de pulgada hasta la altura de los monstruos que alcanzaban la de un árbol del mundo exterior. Había enredaderas de las mismas características, que tejían una intrincada maraña. Y a causa de la humedad del ambiente —el aire parecía estar saturado de humedad, y las nieblas intensas eran muy frecuentes —brotaba, también, una especie de hongos parecidos a los de la superficie, pero de unos tamaños que resultaban cómicos a veces.
El hombre de bronce se formó inmediatamente una teoría respecto a la existencia de un mundo tan extraño. En lo que se refería a la luz, por ejemplo, parecía indudable que procedía del cráter de algún volcán del que se escapaban unos gases con resplandeciente incandescencia, los cuales alcanzaban tales temperaturas, que la luz poseía las mismas cualidades que la luz ordinaria del sol.
La vida de las plantas no florece ordinariamente sin la ayuda de la luz solar. Por lo tanto, aquella luz debía de poseer las mismas propiedades que los rayos del sol. Por otra parte —Doc había quitado el cristal de su reloj de pulsera y lo había ahumado para examinar a su través el distante "sol"— la intensa llama parecía brotar de un cono que se extendía, como la cumbre de un volcán, hasta una altura de varios millares de pies sobre el cielo del extraño mundo.
La luz debía de brotar continuamente de aquel cono, de modo que en la región no debería de haber noche, sino solamente día. Que esto era cierto, se demostraba por la forma distorsionada del desarrollo vegetal. Como las plantas del mundo exterior, toda la vegetación se inclinaba; hasta cierto punto, en dirección al sol, lo que significaba que los árboles y los helechos brotaban hacia lo alto y luego se torcían en dirección a la luz. Esto producía la misma impresión que si un viento terrible azotase continuamente el mundo vegetal.
El interés del hombre de bronce por la Naturaleza estuvo a punto de costarle la vida. De pronto, sonó un potente estrépito a sus espaldas. Saltó a un lado, y apenas tuvo tiempo para ver una forma enorme que pasó a toda velocidad.
El hombre de bronce sintió un estremecimiento cuando vio "aquello". El horror se apoderó de él, y muy pronto tuve el convencimiento de que la muerte se hallaba a un paso.
El animal parecía un gato famélico; pero su longitud debía ser de unos cinco o seis metros desde el hocico hasta la punta del rabo. Tenía una cabeza enormemente grande, decididamente felina, y unas grandísimas quijadas dotadas de agudos colmillos que se proyectaban hasta más de treinta centímetros desde las encías.
El hombre de bronce pensó:
—"¡Dientes como cuchillos!"— Y se alejó con tanta rapidez como jamás lo había hecho en toda su vida.
El tigre —pues indudablemente, era un tipo de tigre prehistórico— había caído sobre una masa de helechos, donde se revolcó y agitó durante unos instantes. Evidentemente, el gato gigante estaba desconcertado, puesto que carecía del instinto necesario para comprender que su presa se había evadido. Estos animales prehistóricos tenían un cerebro muy pequeño, y probablemente carecían de la astucia necesaria para sorprender a sus antagonistas. Y, ciertamente, aquel animal no se movía con mucha rapidez. El enorme gatazo pugnaba lentamente por descubrir a su presa.
Doc se había encaramado con rapidez al más alto de los tallos de polipodio que pudo encontrar. El tallo alcanzaba una altura de más de cincuenta pies, pero Doc dudaba de que los quince metros fueran suficientes para ponerle fuera del alcance del monstruo. Sus dudas no eran injustificadas. El tigre saltó, aun cuando fracasó en su intento de atrapar al hombre, pero el enorme peso del animal al caer sobre la planta estuvo a punto de hacer caer a Doc Savage a tierra.
En el momento en que el gato gigante caía al suelo, el hombre de bronce sintió un miedo como jamás lo había conocido en toda su vida. Le pareció que estaba sufriendo los efectos de una terrible pesadilla.
Doc había sacado de la funda una de sus pistolas ametralladoras. Quitó las balas misericordiosas de que estaba cargada, y las substituyó con cartuchos explosivos. Levantó el gatillo, después de haber preparado el mecanismo para hacer un solo disparo —pues no sabía cuánto tiempo habría de tener necesidad de conservar balas para defenderse de los peligros— y disparó.
El estampido de la cápsula explosiva fue mucho más ruidoso que el de la pistola. El proyectil se clavó en la cabeza del animal, y una buena parte del cráneo voló como consecuencia de la explosión.
La escasa capacidad cerebral de la fiera se manifestó en la lentitud con que murió. Dio unas cuantas vueltas de un lado para otro, y hasta intentó saltar para atrapar a Doc. Hizo furiosamente unos sonidos espantosos, aulló, bramó, y murió.
Doc tenía la pistola preparada para el caso de que tuviera que disparar de nuevo, lo que fue una gran desgracia. Si hubiera vuelto a guardarla en la funda que tenía atada a la cintura, acaso habría podido salvarla.
Sonó un ruido confuso entre los hierbajos, al que siguió un rugido espantable, y apareció la enorme masa de un reptil. Era tan grande, tan negro y tan fuerte como una locomotora de mercancías, y tenía aproximadamente el mismo tamaño. Y también producía unos ruidos parecidos. Sin duda, los aullidos del tigre herido habían atraído hacia aquel lugar al monstruoso animal.
Doc contempló la embestida del fantasmal reptil. Debía de ser un tyranosaurio, una especie carnívora que ha sido considerada por los hombres de ciencia como una de las más mortíferas que han existido sobre la tierra. El ejemplar que Doc tenía bajo la vista era diferente en algunos aspectos al que los sabios habían reconstruido, pero en los rasgos principales era absolutamente igual.
Tenía más de treinta pies de longitud lo cual no basta para formarse una idea completa de su magnitud. Tenía el cuerpo mucho más largo y mucho más ancho que el del mayor elefante que Doc había visto...
El cuerpo no era verdaderamente grueso, sino, contrariamente, delgado y huesudo, y estaba recubierto de una armadura natural que parecía estar compuesta de escamas. Tenía las dos patas traseras enormemente desarrolladas como las de un canguro, y una cola gruesa que, como al propio canguro, le servía para apoyarse sobre ella y saltar. Las piernas delanteras eran mucho menos desarrolladas que las otras y estaban rematadas por una especie de horribles garras que parecían de acero y que se doblaban hacia el interior.
El tyranosaurio era, sin duda alguna, el enemigo mortal del tigre. Acometió al caído coloso, lo pataleó y, en su furor, ciego por la sangre, se lanzó contra el polipodio en cuyo extremo superior se encontraba Doc.
El choque del monstruo contra el polipodio fue tan terrible, que Doc Savage, no creyó que pudiera producirse nada tan violento por ningún ser vivo. Hubo un horrible instante en que el hombre de bronce creyó que la mata había sido completamente arrancada. Se agarró frenéticamente a ella, tan frenéticamente, que, la pistola se le escapó de las manos.
La pistola automática cayó al suelo. El tyranosaurio la pisoteó. El mecanismo de la pistola era muy delicado. Y el enorme animal debía de pesar varias toneladas, docenas de toneladas...
La pérdida de la pistola habría sido, en el caso de que el monstruo viese a Doc Savage, un accidente de poca importancia. Doc permaneció muy quieto, con los brazos apretados en torno al tallo del polipodio. Estaba a una altura mayor que a la que el reptil podría llegar cuando se irguiese sobre las patas traseras, pero la fiera podría llegar hasta él por medio de un ligero salto. O, con su fabuloso peso y sus terribles energías, podría derribar fácilmente la mata en cuya cúspide se encontraba el hombre de bronce.
Pero al tyranosaurio le interesaba el tigre muerto. Se inclinó sobre él y le clavó un agudo mordisco. Los huesos del tigre rechinaron al partirse y produjeron unos ruidos infernales.
El reptil emitió un rugido, un rugido ensordecedor que era como una combinación del sonido de una sirena de vapor y del aullido de un perro moribundo. Aquel sonido, pensó Doc, era un fenómeno científico muy interesante. Se había sostenido por varias autoridades en la materia que los monstruos del orden de los reptiles habían sido incapaces de producir ningún sonido. Esto era un evidente error.
El tyranosaurio recogió repentinamente el cuerpo del tigre con sus enormes mandíbulas y se alejó saltando y deteniéndose frecuentemente para inclinarse y mirar a su alrededor.
Con grandes precauciones, el hombre de bronce comenzó a descender del polipodio. La pistola automática, según pudo ver cuando la encontró, estaba irreparablemente destrozada.
¡Y era su única arma! El hombre de bronce había escondido la caja de sus provisiones en la propia selva, a corta distancia de donde se hallaba, y fue en su busca. La caja no contenía nada que pudiera servirle de arma, desgraciadamente, por lo que ni siquiera la abrió. Se colocó el chisme a la espalda, pasando los brazos por las correas destinadas a este fin, y se puso en marcha.
El pensamiento de hallarse solo en aquel lugar fantasmagórico, y de hallarse desarmado entre tantos peligros, era desasosegador. Mientras caminaba arrastrándose tuvo grandes dificultades para conservar, hasta cierto punto, la serenidad. El temor se imponía a él, y el pánico se apoderaba de sus nervios.
Cuando descubrió que algo le seguía, experimentó cierto consuelo. Lo que tenía tras de sí era un peligro legitimo, un algo sólido y concreto que sus sentidos podían percibir y apreciar.
En los primeros momentos creyó que eran dos los animales que le seguían. Luego, vio que había mucho más. Treinta, o acaso cuarenta, por lo menos.
No eran grandes. Tenían unos dos pies de longitud y unos cuerpos delgados y arqueados. Tenían, en cierta forma, aspecto de comadrejas, aun cuando sus cabezas eran de una conformación diferente; tenían los morros vueltos hacia atrás, al modo de los bull-dogs, y los dientes se proyectaban hacia el exterior más que hacia adentro.
Cuando vio el primero de estos animales, el hombre de bronce lo miró fijamente y casi con incredulidad. ¡La piel! Era una piel hermosísima, cuya vista le era ya familiar. La verdad se presentó ante él, y le pareció casi tan sorprendente como lo más sorprendente de lo que allí había visto.
¡Aquéllos eran los animales dotados de piel igual a las que Décimo Tercio había llevado al mercado de San Luis!
Uno de los animales se acercó a Doc y lo miró con ojos llenos de sorpresa. Luego, saltó. Su salto fue prodigioso. Lo realizó con la cabeza adelantada y con las mandíbulas abiertas, de manera que los extraños dientes de que estaban provistos se clavasen, por la fuerza del impacto, en el cuerpo del hombre.
El hombre de bronce había recogido una porra. Y la utilizó para asestar un golpe al animal de forma de comadreja. El animal cayó en unas matas, dio una vuelta, y volvió a saltar contra el hombre. Otro animal apareció. También saltó. Y también utilizó Doc la porra contra él. Tampoco pareció afectarle mucho la violencia del golpe que recibió.
En la imaginación del hombre alboreó la desagradable e inquietante verdad: aquellos animales eran muy difíciles de matar, a causa, sin duda alguna, del gran desarrollo de sus sistemas mental y nervioso. Doc gritó, golpeó a diestro y siniestro con la porra. Ni el ruido ni los golpes produjeron efecto alguno.
El hombre de bronce se lanzó sobre el polipodio gigante que le pareció más conveniente. Eligió uno que no tenía ramas hasta cierta altura, que tenía un tronco liso y brillante, al que trepó con grandes dificultades. También escogió aquel tronco porque había próximos a él otros varios, a los cuales podría saltar en caso de necesidad. Fue una suerte que lo hiciera así.
Los animales treparon tras él con mucho menos trabajo que Doc y con menores esfuerzos. Desde la altura en que se encontraba, el hombre de bronce pudo ver muchísimos animales más de la misma especie, que se habían acercado silenciosamente. Había una gran cantidad de ellos.
Los animales, según pensaba Doc, debían de ser una especie de roedores vampiros prehistóricos. Distorsionados por el transcurso de los siglos, posiblemente antecesores de la comadreja actual. Por la forma de sus mandíbulas pudo deducir la forma en que mataban: atacaban, sencillamente, a un animal mayor que ellos y le producían la herida a la cual se agarraban, como unas gigantescas sanguijuelas, para chupar los jugos vitales.
Doc se deslizó un poco a lo largo de una hoja, saltó, y cayó sobre otra de un tronco inmediato. Desde ésta, saltó a otra. Esta forma de desplazamiento no le ocasionó grandes molestias, puesto que poseía una habilidad casi simiesca para el salto. El peligro mayor estaba en la posibilidad de que juzgase erróneamente la fortaleza de una de las hojas, por desconocer la naturaleza exacta de aquella vegetación, y cayese a tierra desde una gran altura.
Sin embargo, terminó por cansarse, y tuvo que detenerse para descansar. Los horribles animalitos comenzaron inmediatamente a trepar hacia él.
Presa de una creciente desesperación, el hombre de bronce saltó hasta otra mata y desde allí se dejó resbalar hasta el suelo por el tronco. Cuando hubo puesto los pies en tierra, comenzó a correr a través de la selva. Tenía la esperanza de correr más que los animales y dejarlos atrás prontamente. Pero el recurso resultó inútil, porque los animalitos estaban dotados de un olfato, de una agilidad y de una rapidez igual a la de los galgos.
Más preocupado a cada momento que transcurría, Doc buscó un arroyo. Pensó que podría entrar en el agua y hacer que de este modo le perdieran la pista sus perseguidores. Pero no halló ningún arroyo.
Cuando hubo comprendido que no podría correr más que los animales sedientos de sangre, que estaban a punto de alcanzarle, el hombre de bronce trepó nuevamente a un árbol. Se movió lentamente, para conservar mejor sus energías, y no saltó a otra mata hasta el momento en que sus seguidores se hallaban muy próximos a él. Era una labor tan desesperante como peligrosa. A pesar de todos sus conocimientos científicos, a pesar de su gran habilidad. Doc no podía hallar ningún procedimiento para burlar a los animalitos.
Frente a él había un terreno que se elevaba a más altura que el resto de la selva, una mole de piedras y rocas que se hallaba casi completamente desnuda de vegetación. Únicamente brotaban en ella algunas manchas aisladas de espeso césped.
Doc vio que entre las grietas y los pliegues de las rocas se formaban algunas aberturas que parecían ser cuevas naturales. Inmediatamente, se dirigió hacia ellas. Tenía la esperanza de poder entrar en alguna caverna, tapar la entrada con piedras y encontrar el descanso de que tan necesitado estaba.
Al llegar cerca del promontorio pétreo, Doc abandonó el último de los árboles y, haciendo un esfuerzo extraordinario, corrió con gran velocidad. Casi inmediatamente, encontró una cueva como la que deseaba. Era, literalmente, sólo un agujero en la piedra.
Enarboló la porra para defenderse contra los animales, en el caso de que se acercasen a él, dio una vuelta y entró de espaldas en la caverna. Casi en el acto, algo le agarró y sujetó con violencia.