CAPÍTULO VII

CONTIENDA RURAL

LA acción fue durante varios minutos tan rápida como un derrumbamiento de tierras. Two Wink y Fancife vieron a Doc en el aeroplano. Dispararon. El hombre de bronce saltó hacia atrás, se lanzó hacia adelante y se metió en la cabina, donde uno de los grandes motores podría servirle de parapeto contra los disparos.

—¡Venga aquí! —gritó a Crist Columbus.

Ham y Renny salieron apresuradamente de entre los hierbajos. Ambos llevaban en las manos unas superpistolas, armas de un tipo que Doc Savage había perfeccionado. Parecían solamente unas pistolas muy grandes, a primera vista, pero podían disparar una cantidad increíble de tiros por minuto.

Two Wink y Fancife los vieron; corrieron hacia el tanque y saltaron a la cabina de conducción. Two Wink guió el camión y comenzaron a alejarse en él. Ham y Renny dispararon sus superarmas sin descanso. Los disparos sonaran como el croar de unas ranas.

Desgraciadamente, estas armas estaban cargadas con el tipo de cartuchos que utilizaban con más frecuencia: balas misericordiosas. Estas balas eran unos cascos delgados que contenían un compuesto químico causante de una rápida inconsciencia. Apenas podían perforar la piel de la víctima, y lo corriente era que el compuesto químico hiciera su efecto. Disparadas contra el tanque de gasolina, estallaban al llegar a las planchas que lo componían sin producir daños de ninguna clase.

El tanque salió de la rastrojera produciendo un ruido parecido al gruñido de un cerdo atemorizado y levantando tras de sí una nube de polvo. Un objeto oscuro cayó por uno de los costados del camión: el chófer, a quien Two Wink y Fancife habían arrojado al exterior del tanque.

Crist Columbus estaba fuera de sí por efecto del furor, y gritaba:

—¡Se nos escapan, se nos escapan!

Saltó del aeroplano y comenzó a correr desenfrenadamente en persecución del camión. Era una carrera inútil y disparatada. Renny y Ham corrieron hacia el automóvil que Doc había alquilado y que se encontraba en la huerta del granjero.

El propio Doc, que continuaba en el aeroplano, hizo un esfuerzo por ponerlo en marcha. El esfuerzo resultó infructuoso, como ya había supuesto. Los motores no podrían comenzar a funcionar con un nivel tan bajo de gasolina. Hasta resultaba milagroso que hubieran podido mantener anteriormente el aparato en estado de funcionamiento, aun cuando estuvieran calientes.

Monk continuaba retorciéndose en el suelo y apretándose el vientre con las manos.

—¡Me han herido, me han herido! —aullaba—. ¡Me han herido en el vientre!

Doc saltó del aeroplano y gritó:

—¡Se nos escapan en el camión!

Monk se puso en pie y echó a correr en dirección del automóvil alquilado. Galopaba vivamente mientras profería palabras enojadas y violentas.

En tanto que corría, Monk intentó levantarse la camisa por la parte delantera para comprobar si las balas de los rifles habían en realidad perforado la malla contra disparos que llevaba puesta. Era una especie de camiseta compuesta de una aleación metálica en cuya obtención había puesto el propio Monk sus mejores afanes; pero en aquel momento dudaba de la eficacia de su descubrimiento.

Ham y Renny tropezaron con muchas dificultades para poner en marcha el automóvil, de modo que todos los demás pudieron llegar hasta él con tiempo suficiente para ocuparlo.

El hombre que había sido arrojado del camión —por su uniforme podía verse que era chófer de la sociedad gasolinera local— había logrado ponerse en pie. Estaba quieto y gritando cuanto le era posible cuando lo dejaron de ver.

Al correr a una velocidad superior a cien kilómetros, el coche alquilado producía un ruido parecido al estruendo que podría provocar un herrero que golpease con un martillo de hierro sobre el motor.

Doc preguntó a gritos:

—¿Vio usted al otro hombre que había en el camión, Columbus?

—Sí.

—¿Era el hombre misterioso Décimo Tercio?

—Sí; era él. Two Wink y Fancife se han apoderado de él. Le obligaron a traerlos aquí. Creo que iban a utilizar ese aeroplano.

—¿Por qué causa ha venido usted aquí?'

—Porque los estaba vigilando en espera de una ocasión de libertar a Tercio. No he podido hacerlo todavía. Two Wink y Fancife no se separan de sus rifles, y me andan buscando para matarme. Descubrí su guarida, escuché desde el exterior y oí que Tercio les decía dónde tenía el aeroplano. He conseguido llegar hasta el campo antes que ellos. Me proponía esconderme en el avión y sorprenderlos. Pero, ¡diablos!, no he tenido tiempo suficiente para hacerlo.

—¿Por qué no ha ido a denunciarlos a la policía?

—¿Para que los policías me encerraran en un manicomio creyéndome loco después de oír mi historia?

La carretera se hallaba en mal estado. El camión que marchaba delante del automóvil levantaba una nube de polvo muy espesa. Doc se vio obligado a meterse en ella. Todos tosieron y se cubrieron la boca con los pañuelos. El hombre de bronce se vio obligado a reducir la marcha. Dentro de la nube de polvo, apenas le era posible ver a una distancia de muy pocos metros.

Doc Savage continuó llevando el coche por el borde de la carretera, para evitar el polvo en cuanto le fuera posible, lo que fue una determinación muy acertada.

Súbitamente, una masa obscura se elevó ante ellos. El hombre de bronce pisó enérgicamente el freno y dio vuelta al volante de dirección. El automóvil se precipitó contra la pendiente de uno de los lados de la carretera; pero no había espacio suficiente para frenar ni para girar. Sonó un rechinamiento de metales. El parachoques y la rueda de recambio se clavaron en la cuneta. El coche se inclinó lentamente sobre el radiador, dio una vuelta y... en su interior se armó un revoltillo doloroso de personas.

Monk se olvidó de su diafragma herido y gritó:

—¡Han atravesado el camión en la carretera! ¡Creí que entre el polvo nos habíamos estrellado contra él!

Una bala de rifle se aplastó contra uno de los lados del automóvil y otra entró en su interior. El doble impacto sonó casi como un solo disparo.

Doc dijo:

—¡Tumbémonos en la cuneta!

Las puertas estaban agarrotadas; Doc consiguió abrir una de ellas por medio de una patada. Todos salieron arrastrándose sobre la espesa capa de polvo arremolinado.

Renny se puso en pie y disparó. Su pistola vomitó cuatro ráfagas en diferentes direcciones. Luego, se agachó y escuchó con la esperanza de que sus adversarios disparasen nuevamente los rifles y le ofrecieran con ello indicaciones del lugar en que se encontraban.

En lugar de disparos, sonaron unos pasos de personas que corrían.

Doc dijo:

—Debemos de estar cerca de la carretera principal.

—¡Rayos y truenos! Eso explica lo sucedido. Esos miserables intentaron hacer que nos matásemos por medio de un choque, y correr luego a la carretera principal para detener algún coche más rápido y huir en él. Sabían que acabaríamos por alcanzarlos.

Salieron de la cuneta y de entre el polvo... pero volvieron apresuradamente a su trinchera cuando a su lado sonaron muy próximos, unos nuevos disparos quo silbaron en sus oídos como las cuerdas de un violín al romperse. El volcado automóvil había estado produciendo unos ruidos parecidos a los que produciría una inmensa sartén llena de aceite hirviendo. De pronto, la gasolina se incendió; un cortocircuito, o algo parecido, la había encendido. Las llamas rodearon el vehículo y unas negras espirales de humo ascendieron en el espacio.

Ham se había introducido entre el polvo de la cuneta en busca de algo; sin duda, su bastón-espada, puesto que cuando se irguió lo tenía en las manos. Desenfundó su superpistola y comenzó a disparar. Renny también disparó. Los disparos de ambos fueron ineficaces, puesto que Two Wink y Fancife se habían ocultado tras unos altos promontorios de piedras en el lugar en que la sucia y descuidada carretera se unía a la principal.

Hubo un corto silencio. Luego, Doc dijo:

—Si pudiéramos separarnos y rodearlos... —no pudo terminar lo que iba a decir.

En la carretera principal rechinaron las ruedas de un automóvil. Two Wink y Fancife se hallaban en la carretera, con los fusiles en la mano, en actitud amenazadora. El hombre misterioso, Décimo Tercio, detenido entre ellos, agitaba en el aire una chaqueta, como si fuera una bandera roja para ordenar que se detuviera al coche que se aproximaba.

Un automóvil, un sedán negro, se detenía ante él precisamente en el momento en que Doc y sus amigos los vieron.

Doc dijo:

—Intentad alcanzarlos con balas misericordiosas.

Renny y Ham apuntaron con sus excepcionales armas, apretaron los gatillos y las pistolas dispararon. Two Wink levantó los brazos y comenzó a dar unos saltos cómicos, parecidos a los de un sapo.

—¡Le hemos acertado! —dijo Renny con alegría.

Luego y con gran disgusto, vieron que Fancife agarraba a Two Wink, lo arrastraba y lo introducía en el automóvil al que ambos habían obligado a detenerse.

Décimo Tercio comenzó a correr. Tan pronto como vieron que el hombre misterioso inclinaba la cabeza y se ponía en marcha, comprendieron que huía en busca de su libertad. Tuvo la suerte de que Fancife no lo viera en los primeros momentos.

Cuando Fancife vio que Tercio corría alejándose de él, un grito de rabia salvaje se escapó de su garganta. Fancife estaba en el interior del sedán, y Doc y sus amigos pudieron verle coger el rifle y apuntar a Tercio. Crist Columbus comprendió inmediatamente el peligro que amenazaba a Tercio y profirió un alarido.

—¡No permitan que mate a Tercio! —dijo— ¡Tercio es el único hombre que conoce lo que nos interesa saber!

Ham y Renny volvieron a utilizar sus armas. A la distancia a que se hallaban, sus cartuchos clementes no podrían perforar el cuerpo del automóvil, ni siquiera los cristales de las ventanas. Pero el continuo impacto de los proyectiles contra las planchas atemorizó a Fancife.

Fancife decidió olvidar a Tercio y salvar su propia piel. Arrojó al conductor del coche por una portezuela y comenzó a huir a gran velocidad. El chófer, que no quería tomar partido por ninguno de los dos bandos en lucha, se escondió en la parte más profunda de la zanja. Fancife y Two Wink se perdieron tras un recodo de la carretera en el sedán.

Había otros dos coches en la carretera principal; pero ambos se habían hallado lo suficientemente cerca de los luchadores para que sus conductores y ocupantes pudieran ver lo peligroso y violento de la situación. De modo que ambos conductores, en lugar de detenerse cuando les fue suplicado, pisaron con energía los aceleradores y escaparon a toda velocidad sin prestar atención a las voces de los compañeros de Doc.

—¡Sigamos a Tercio! —gritó frenéticamente Crist Columbus.

Tercio parecía haber formado el propósito de hacer todo lo posible por no ser alcanzado. La mala suerte que hasta entonces le había perseguido, le obligaba a ser cauto y receloso. Estaba atravesando una ancha pradera; sus piernas se movían agitadamente hasta el punto de que apenas era posible verlas.

Renny gritó:

—¡Tercio! ¡Somos Doc Savage y sus compañeros! ¡Somos amigos suyos!

Estas palabras no produjeron otro efecto en Décimo Tercio que el obligarle a aumentar la velocidad, si era posible. No podía dudarse de que las hubiera oído, puesto que la voz de Renny era tan tremenda, que podía rivalizar con el sonido de las dos sirenas delanteras del "Queen Mary".

—¡Crist Columbus está aquí! —gritó nuevamente Renny.

Y Crist Columbus dijo:

—¡No creo que sirva de mucho esa advertencia! ¡Lo más probable es que ni si quiera sepa que existo!

Corrieron en dirección a Tercio. Monk, con su manera de correr a saltos, se quedó rezagado. Tercio continuaba corriendo. En el extremo más alejado del prado había vario caballos que pacían se movían nerviosamente.

Doc dijo:

—¡Es preciso que lo alcancemos!

Saltaron sobre una cerca del prado compuesta de alambre espinoso. Tercio había llegado ya junto a los caballos. Eran unos caballos de silla, fogosos, ninguno de lo cuales parecía dócil. Tercio se metió entre el grupo de los que se hallaban en un rincón de la cerca, en el extremo más lejano de la pradera.

—¡Va a conseguir que le rompan la cabeza a fuerza de coces! —exclamó Ham.

Tercio realizó una exhibición de violenta e inteligente habilidad para entendérselas con los caballos. Logró —y la hazaña fue notable por sí misma— agarrar a uno de ellos por las crines, pegar un salto, y caer a horcajadas sobre él. El animal que había escogido tenía las piernas largas y era de pura raza. Se encabritó y comenzó a hacer cabriolas. Tercio utilizó los tacones, los puños... y dominó perfectamente al caballo.

Un largo grito salvaje, inarticulado puso en fuga a los caballos que se encontraban en el rincón. Tercio se lanzó furiosamente en dirección a la cerca. El caballo saltó limpiamente sobre los alambres espinosos. El enloquecido caballo y su jinete se perdieron en la profundidad de la arboleda.

Monk se detuvo, miró a Ham, y preguntó con enojo:

—¿Por qué no has utilizado ese "chisme"?

—Mi superpistola está descargada —respondió Ham.

—Y también la mía —añadió Renny.

El resto de los caballos corría de un lado para otro con las colas enhiestas. Nada que no fuera una cuerda larga y la insuperable habilidad de un experimentado cowboy podría servir para apoderarse de algunos de ellos. Doc intentó correr tras un roano castrado y arrinconarle, pero el roano ganó la carrera.

Décimo Tercio se había perdido de vista. Y Two Wink y Fancife se habían desvanecido hacía mucho tiempo a lo largo de la carretera.