CAPÍTULO IX

LOS CAÑONES DEL NORTE

EL aeroplano de Doc Savage estaba dotado de dos cubiertas de fuselaje. La exterior era de una aleación muy dura y resistente a los disparos de las pistolas y las ametralladoras corrientes. El revestimiento interior era anticlimático. Entre ambos forros había una capa de material muy ligero y aislante de los ruidos y de la temperatura. A pesar de esto, en el interior del aeroplano hacía frío.

El aeroplano grande estaba travesando una zona nubosa, tan fría como la nieve. De vez en cuando las alas y el fuselaje de la aeronave se bañaban de los fantásticos resplandores de la aurora boreal que se elevaba como un titilante fantasma de las frías y misteriosas regiones polares.

Los calefactores, que eran eléctricos y estaban operados por unos generadores instalados en las alas, producían un sonido suave y cálido. Los enormes motores sonaban sordamente, pero aun ese sonido apenas era audible desde el interior de fuselaje.

Renny tenía la mirada puesta sobre indicador de dirección. Había tomado nota de la situación unos momentos antes, ver un pequeño lago helado que apenas era distinguible. Cuando hubo transcurrido un corto intervalo, volvió a tomar notas. Luego consultó el altímetro e hizo unas operaciones aritméticas con lápiz.

—Velocidad, ciento ochenta millas —anunció—. ¡Diablos y más diablos! Si continuamos en esta dirección, alguien va a lamentar el no haberse puesto las camisetas de invierno.

—¿Dónde estamos? —preguntó Monk.

—A unas doscientas millas al Norte de límite canadiense.

Doc Savage había estado conduciendo el aeroplano hasta aquel momento. Entregó la dirección a Ham, y fue a sentarse en la parte posterior de la cabina.

Crist Columbus se encontraba también allí, envuelto en mantas. Tenía el color natural y los ojos perfectamente serenos. Pero, por lo demás, parecía como si le hubiera atacado algún sufrimiento.

—¿Se va usted reponiendo del mareo? —le preguntó secamente Doc Savage—. ¿Se encuentra ya en condiciones de contarnos toda la historia?

Crist Columbus vaciló un momento. Luego hizo un gesto.

—No he estado mareado —dijo.

—¡Así supuse! —exclamó Monk, que se inclinó hacia él y le mostró un puño tan grande y tan peludo como un conejo gigante—. ¿Se figura usted lo que esto —y al decirlo movió el puño amenazadoramente—, podría hacer al rostro de usted?

—Probablemente no le causará tanto daño como supone —respondió Crist sin impresionarse.

—Basta ya de amenazas, Monk —dijo Doc.

—Amenazas o súplicas... es lo mismo. He tomado ya una determinación —dijo Crist.

—¿Qué determinación?

—Ahora, ya se han metido ustedes en este lío —dijo Crist lentamente—. Y tengo la sospecha de que continuarán metidos en él hasta que lo hayan desembrollado. Los he estado estudiando, y sé que les gusta el misterio y la aventura y todo eso... Sí. Ustedes continuarán y continuarán, lo mismo si les digo que si no les digo lo que sé.

Y levantó la mirada hacia ellos. En su rostro se reflejaba la decisión.

—Y por eso —añadió—, no les diré ni una sola palabra.

El mal genio de Monk era notable principalmente por la facilidad con que solía abandonarle.

Monk se puso en pie en actitud pugilística y gritó:

—¡Póngase en guardia, hombre de dos caras! ¡Le voy a hacer picadillo!

Renny se inclinó, agarró a Monk y le dijo:

—¡Ten calma, eslabón perdido! ¡Es probable que tenga buenas razones para callar!

—¡Yo le daré buenas razones para hablar! —gritó Monk completamente enfurecido.

Crist Columbus movió pacientemente la cabeza.

—No censuro a ustedes por ser tan fogosos —dijo—, pero voy a decirles lo que sucede. Este asunto es importantísimo para mí. Es el asunto más importante de toda mi vida. He dedicado a esta cuestión dos años enteros de mi existencia, y si ahora fracasásemos, continuaría los trabajos yo solo. Y en el caso de que continuase yo solo, me parece preferible que nadie más que yo conozca la verdadera historia.

Monk replicó con viveza:

—¡No me parecen unas razones muy aceptables!

Crist inclinó la cabeza, como si estuviera de acuerdo con la opinión de Monk.

—Hay una razón más —dijo:—la razón que en otra ocasión les he indicado. Si ahora les refiriera la historia completa de lo sucedido, ustedes creerían que estoy loco y me encerrarían en un manicomio, en lugar de continuar trabajando conmigo. Digo y repito que es una verdad tan absurda, que no resulta fácil creerla.

Había una seguridad, una firmeza en las palabras del joven, que puso fin a la discusión; hasta el mismo Monk aceptó sus explicaciones resignadamente.

Doc Savage estaba maniobrando con el aparato de radio, no con el indicador de direcciones, ya que Ham, que gobernaba el aeroplano, era quien lo estaba consultando, y continuó haciéndolo hasta que recibió una respuesta. El hombre de bronce estaba claramente satisfecho cuando abandonó el receptor emisor.

Quince millas delante de ellos, un poco más hacia el Oeste, había un lugar que estaba indicado en los mapas de vuelo como un campo de aviación sostenido por el gobierno canadiense.

—Aterriza allí —dijo Doc—. Allí nos esperarán Long Tom y Johnny. Me he puesto en contacto con ellos por radio y les he indicado que traigan el otro aeroplano... el aeroplano pequeño; el plateado.

El avión en que se hallaban instalados estaba pintado de color bronce, color que Doc utilizaba muy frecuentemente; y esta tonalidad no era la más indicada para hacer que la aeronave fuese invisible entre la nieve.

El aeroplano rápido al que Doc se refería era más pequeño que el que ocupaban en aquellos instantes, tenía un solo motor grandísimo y unas alas muy extensas, aun cuando podía volar también a pequeñas velocidades; esto era muy útil para los aterrizajes. Estaba forrado de un metal iridiscente y plateado, parecido a la pintura que se emplea en algunos automóviles de carreras, y cuando volaba a grandes alturas era casi completamente invisible.

El pequeño aeroplano estaba ya detenido sobre una nevada extensión, y no pudieron verle hasta que se hallaron a una altura de cien pies sobre él. La cantidad de nieve que cubría la tierra era suficiente para hacer que el aterrizaje resultase difícil.

—Lo que necesitamos —dijo Renny, el hombre de los puños grandes—, es un aeroplano que tenga patines en lugar de ruedas.

—Tercio no ha hecho esfuerzo alguno para equipar a su avión con deslizadores en lugar de ruedas —respondió Doc—. Habrá tenido buenos motivos para ello.

William Harper Johnny Littlejohn y el mayor Thomas J. Long Tom Roberts, que eran los otros dos hombres que componían el grupo de ayudantes de Doc, se acercaron a ellos corriendo.

Johnny Littlejohn era un hombre que poseía dos características principales: un extenso repertorio de palabras larguísimas, que utilizaba contra todo el mundo, excepto contra Doc, y una extensa habilidad como geólogo y arqueólogo, habilidad para la que no tenía rival en el mundo. Era muy alto y muy delgado, más alto y más delgado de lo que razonablemente podría ser un hombre que continuase viviendo. Jamás le sentaban bien las ropas; generalmente, llevaba un monóculo sujeto al extremo de una cinta que terminaba en el ojal de la solapa, y este monóculo no era otra cosa que una potentísima lupa que solía utilizar en el curso de sus trabajos.

Long Tom Roberts, el último miembro del grupo, tenía un nombre que no se adaptaba a su aspecto personal. No era alto. "Tomás, el Largo" era un mote que había tenido su origen en una aventura que había corrido frente al cañón de un pirata, un cañón de los que antiguamente eran denominados "Tomás, el Largo", o Long Tom. Parecía un hombre de aspecto enfermizo, lo que se debía principalmente al color de su piel, que era muy parecido al de unos de esos hongos que suelen nacer en las bodegas húmedas y cerradas. Nadie podría suponer al verle que fuera un hombre conocido en todo el mundo por sus conocimientos como "mago de la electricidad”.

Cuando Doc Savage manifestó a sus compañeros que proyectaba ocupar el aeroplano pequeño y continuar el vuelo acompañado solamente de Crist Columbus, la idea no fue acogida con mucha complacencia.

Renny llevó al hombre de bronce hasta un lugar donde los demás no pudieran oírle, y dijo:

—¡Rayos y truenos! ¡Doc! Ese diablo de Crist nos ha engañado completamente y no nos ha dicho ni una sola palabra de lo que debiera habernos revelado. ¿Cómo diablos sabes que puedes tener confianza en él?

Doc explicó las razones de su modo de proceder.

—Hay en el fondo de la naturaleza humana un algo que hace que el hombre se muestre más animado a referir sus desventuras a otro hombre a solas que a un grupo —advirtió—. Es posible que en esas circunstancias se anime Crist a hacerme confidencias. Y sino lo hiciera, si aun de este modo se negase a referirme la verdad, no habríamos perdido nada; no estaremos en peores condiciones que actualmente. Además, me parece preferible que viajemos en dos aeroplanos —añadió—, porque si a uno de ellos le sucediera cualquier accidente, tendremos el otro para continuar nuestro vuelo.

Si el hombre de bronce había esperado sinceramente que Crist Columbus rompiese su reserva y comenzase a hacerle confesiones al hallarse a solas con él, sus presunciones fallaron lamentablemente. Crist parecía hallarse hundido en las simas de la melancolía. Estaba encogido, en el asiento posterior del avión, mordiéndose las uñas o contemplándolas sombriamente mientras fruncía de diversa maneras el labio inferior. En cierta ocasión, se atrevió a levantar avergonzadamente el rostro.

—Esto me presenta como un hombre muy poco apreciable, ¿verdad? —preguntó a Doc—. He llamado a ustedes para pedirles ayuda y auxilio, y ahora me niego a decirles lo que debía manifestarles ¡Diablos! ¡No me maravilla que digan que soy un cerdo!

Y esto fue todo lo que dijo. El hombre de bronce decidió concederle más tiempo para que reflexionase, y hacerle varias insinuaciones para animarle a hablar. El aire estaba bastante alborotado, y el pequeño aeroplano, que corría a una velocidad aterradora, parecía como si fuera repetida y continuamente golpeado por una sucesión de mazazos descargados con una gigantesca herramienta de goma dura.

Y en aquel momento, repentinamente, el hombre de bronce comprobó que estaban volando sobre el aeroplano de Décimo Tercio.

—El avión de Tercio —dijo Doc a su acompañante—, parece haber aterrizado. Ya hemos llegado, según parece. ¿Qué me aconseja usted que haga?

—¿Aconsejarle? ¿Yo? —Crist le miró fijamente—. ¿Todavía tiene usted confianza en mí?

—¿Por qué no?

Crist exhaló un suspiro, y sonrió con satisfacción.

—Es cierto. Tiene usted razón. Pero un hombre corriente me habría dado ya un puñetazo en la nariz y me habría atado de pies y manos para castigarme por lo que he hecho.

—¿Le parece que sería conveniente aterrizar cerca del aeroplano de Tercio?

—Sí. Cuanto más cerca, mejor.

El enorme aeroplano de Tercio, que tenía la parte superior de las alas pintadas del acostumbrado color naranja para que fuese fácilmente visible, estaba detenido junto a una cerrada arboleda que brotaba de la superficie cubierta de nieve que lo mismo podría ser una pradera que un lago helado.

El alba comenzaba a nacer en la parte oriental, pero no era aún suficientemente intensa la iluminación para que pudieran distinguirse claramente los accidentes del terreno ni los árboles. Todo era aún una masa confusa.

En la parte Noroeste, y a no mucha distancia, se hallaba la desierta extensión de una montaña, desnuda, oscura y escarpada; en su zona meridional se distinguían mas claramente dos grandes anillos irregulares marcados por las nieves, probablemente eternas, depositadas entre los pliegues de las grietas.

—La Montaña Blanca —dijo Crist Columbus.

Doc le miró con sorpresa. El joven tenía una expresión de agrado. Doc pensó que debía de conocer bien aquella región, puesto que había sido capaz de identificar fácilmente la remota montaña aislada.

—¿Ha estado usted antes aquí? —preguntó Doc.

—¡Oh! ¡Claro que sí! He comerciado en pieles por todo este territorio. Y fue al norte de este lugar donde encontré a Lanta... —y se detuvo bruscamente y se mordió los labios con fuerza.

Doc inclinó el aeroplano hacia delante, se deslizó durante unos momentos, y se lanzó sobre la extensión situada a sus pies, ya fuese lago helado o pradera; pero antes de tomar tierra voló a lo largo de la llanura para adquirir seguridad de que no había accidentes del terreno. El viento soplaba con fuerza: y al soplar arrastraba unos copos de nieve algodonosa e inclinaba un poco los altos árboles.

Nada se movía en torno al aeroplano de Tercio.

Doc aterrizó fácilmente. La nieve era bastante profunda, suave como la espuma, y el aeroplano se posó sobre ella como sobre un montón de barro. Doc reflexionó que si la profundidad hubiera sido mayor, le habría sido luego muy difícil iniciar el vuelo nuevamente.

La hélice levantó unas ráfagas de viento que arrastraron consigo unos revueltos copos de nieve. Doc detuvo el aparato junto al de Décimo Tercio, paró el motor y saltó a tierra. Crist Columbus había descendido ya.

Ambos se dirigieron hacia el otro aeroplano caminando con dificultades sobre la blandura de la nieve. Y la puerta del otro aeroplano se abrió repentinamente y por ella se asomaron Two Wink Danton y Wilmer Fancife. Cada uno de ellos tenía un rifle de repetición apuntado contra Doc Savage y Crist Columbus.