CATORCE

Las armas de la nueva luna

—Con que así se termina todo —dijo Matt—. Contra un puto muro.

Estaba sentado calentándose los pies delante del fuego de una chabola del centro de detención de la isla, en el estrecho del puerto de Nueva Babilonia, fumando un cigarrillo y bebiendo whisky. Susan había traído una buena provisión de ambas cosas. Los compañeros de prisión de Matt, Salasso y Volkov, estaban sentados con ellos alrededor del fuego y calmaban su furia y su hastío, según con los casos, con hachís y whisky. Ambos asintieron con gesto filosófico. Aquella actitud molestó a Susan profundamente.

—No deberíais rendiros así, sin más —dijo.

—He tenido una vida muy larga —dijo Matt—. No me molesta demasiado la perspectiva de perderla. Yo voy a por la inmortalidad.

Volkov bufó.

—La inmortalidad no dura, amigo mío, yo ya he sobrevivido a la mía. Lo único que hace falta es un buen martillo.

Salasso, que sin duda estaba aprovechando al máximo sus últimas semanas o meses poniendo a prueba la capacidad de su especie para fumar hachís y permanecer consciente, dejó caer la cabeza y convirtió el gesto en un asentimiento. Cosa que irritó a Susan aún más.

—Vuestros compañeros están haciendo todo lo que pueden por vosotros. Lo menos que podíais hacer es fingir que apreciáis sus esfuerzos.

—Y los apreciamos —dijo Matt—. Pero sabemos que no van a llegar a ninguna parte. Y tú también.

Susan asintió taciturna. Había hablado con suficiente frecuencia con Phil, Ann y los demás; a ellos no los habían procesado y parecían sentirse culpables por ello, de una forma vagamente críptica. Habían elevado peticiones y agitado las aguas con una especie de militancia e ingenuidad mingulayanas y casi los habían linchado a ellos también. Era como defender a un asesino de niños.

—Vuestras apelaciones podrían pasar por el Senado —dijo la joven—. Y luego está la asamblea de notables.

Los dos hombres se echaron a reír a carcajadas. Los hombros de Salasso temblaron un poco. El viento invernal hizo vibrar las ventanas; incluso ahora, en plena mañana, parecía que era de noche. En la viciada chabola, un poco más arriba, había otros hombres sentados, prisioneros volkovistas y unos cuantos delincuentes, todos alrededor de hogueras, mesas de dominó y damas. Unos cuantos leían. No había mucho más que hacer. Todos ellos se mantenían a una respetuosa distancia de aquellos muertos de permiso e incluso, al entrar ella, se habían abstenido de realizar cualquier despliegue abiertamente primitivo. Sabían quién era y con quién estaba. Aquella distaba mucho de ser su primera visita.

Había llegado en una lancha motora del departamento de prisiones tras cruzar las agitadas aguas del estrecho en medio de la lluvia y el aguanieve. Los inviernos de Nueva Babilonia eran fríos y en general húmedos, al contrario que su verano, cálido y en general húmedo. Había encontrado allí su hueco (una periodista perspicaz en temas políticos y, al mismo tiempo, inquisitiva e ingenua, y procedente de otro mundo, era justo lo que necesitaban todos los medios de comunicación recién liberados) pero ella odiaba aquel lugar. En Nueva Babilonia había demasiadas cosas de la pre-humanidad y no solo en su arquitectura. Había algo en la cultura de aquel sitio que volvía la vista atrás, a una época poblada por gigantes. Allí se había acumulado demasiada antigüedad, demasiada continuidad, para que pudiera empezar algo nuevo. No era de extrañar el fracaso de Volkov; igual que estaba fracasando de Zama, aunque de una forma diferente. Susan quería largarse de allí, hacer cosas que no se habían hecho jamás, ver mundos nuevos como los de los selkies, fuera de la Segunda Esfera y lejos de todo. Al mismo tiempo quería quedarse allí, para estar con Matt y los otros hasta el amargo final o bien para ayudarlos a evitar ese final. Quería multiplicar sus experiencias, su propio ser. Se dio cuenta de que estaba pensando como un multiplicador.

Pero Matt no, en su lugar contemplaba el final con un entusiasmo lúgubre. Señaló la ventana más cercana, que se asomaba al estrecho y les permitía contemplar a través de la lluvia y la bruma una vista del contorno mutilado de la ciudad.

—Mirad eso —dijo—. Hagan lo que hagan los dioses, aunque sean cosas que deberían hacerlos enfadar, ellos solo se aterran aún más. Rastreros hijos de puta. Son peores que los putos saurios, no te ofendas, Salasso.

—No me ofendo —dijo Salasso—. Yo también los desprecio. Incluso millones de años después de que se cometiera algo mucho peor que el genocidio contra mi pueblo, siguen considerando buenos a los dioses y el deicidio sigue siendo el pecado fundamental.

—Para los multis no —dijo Susan—. Estarían encantados de ayudaros a escapar. De ayudarnos. La emigración continuará después de que lleguen las culturas de la Estrella brillante, ya lo sabéis. Hay gente, humanos y saurios, a los que les interesaría seguir adelante. A cientos de años luz, miles, hasta el otro lado de la siguiente espiral. Podrían sacaros de la isla con solo decirlo y esconderos en el bosque hasta…

—No —dijo Salasso.

—De eso nada —dijo Matt—. No pienso huir. No voy a darle a esta gente esa satisfacción. Que los follen. O bien aceptan la legítima defensa y la represalia como justificación del deicidio o no. Y si no lo aceptan, entonces lo que hemos hecho no significa nada en absoluto. No quiero vivir otros cientos de años más, o lo que me quede, con los dioses vigilándome de cerca.

A Susan le entraron ganas de zarandearlo.

—Mira, cuando lleguen las culturas de la Estrella brillante todo eso va a cambiar. Los illirianos, el régimen postmoderno, lo que sea, todos se verán vencidos por gente como nosotros, gente que tiene la perspectiva de los multiplicadores, no solo la infección sino también la actitud. Además, la flota Cairns nos envió aquí para hacer un trabajo y lo hemos hecho. No pueden dejar que te peguen un tiro por hacer lo que tenías que hacer.

—Bueno, sí —dijo Matt con un poco más de alegría—. También está eso.

Llegaron en primavera, el octavo día del mes de florida del 10350 d. C. Un enjambre de naves como moscas enormes (varias patas, vientres amplios, alas achaparradas) apareció de repente en el cielo de Nueva Babilonia. Susan, que bajaba por la avenida del Astronauta una mañana verde y fresca tras un chaparrón matutino a cubrir una historia (para el Noticias de Junopolis, por irónico que fuese) sobre la reconstrucción del cuartel general de la Novena, los vio y vio cómo se paraba la ciudad a su alrededor. Echó a correr. Las naves bajaban tan rápido que habían desaparecido tras los edificios antes de que pudiera ver dónde estaban aterrizando pero supuso que se dirigirían a los parques así que dobló una esquina y corrió por una calle lateral de casas de apartamentos y allí la vio, agachada en la hierba, entre los árboles, como un juguete de un parque infantil para niños gigantes.

A su alrededor otras personas se acercaban con más cautela. Entre ellos, un par de miembros de la milicia, la Novena, se habían descolgado los rifles de plasma y estaban hablando muy rápido por la radio al tiempo que corrían hacia allí, toda una muestra de valentía dadas las circunstancias. Susan los dejó a todos atrás, saltó por encima de una verja baja y atravesó sin ruido la hierba húmeda y pisoteada. Los únicos niños que había en el parque a estas horas de la mañana eran bastante pequeños. Berreaban y se agarraban a sus madres o se quedaban mirando fijamente a la nave con el dedo en la boca. Las ardillas voladoras huían hacia los árboles y cubrían al aparato de improperios.

Un segmento curvo del costado de la nave se deslizó hacia atrás y una escalerilla bajó con estrépito. A esas alturas Susan ya estaba lo bastante cerca para verlo y oírlo. El mecanismo era macizo y rechinaba con un sonido que la tranquilizó, no como el refinamiento sin soldaduras de los esquifes de los multiplicadores o incluso de los saurios. En algún sitio le hacía falta aceite. Un hombre joven vestido con un traje de faena verde bajó por la escalerilla y se quedó a los pies, parpadeando bajo la luz del sol y examinando los edificios y la multitud que poco a poco se iba reuniendo. Desde la oscuridad de la escotilla se asomaron otros rostros, incluidos algunos infantiles. El hombre se protegió los ojos con una mano y saludó con la otra.

—¿El latín comercial se sigue hablando aquí? —exclamó.

—Sí —dijo Susan mientras se acercaba y extendía la mano. Llevaba la cámara y el micro a un lado de la cabeza—. La verdad es que debería intentar decir algo más histórico. En cualquier caso, bienvenido a Nueva Babilonia.

—Gracias —dijo el hombre estrechándole la mano—. ¿Es mingulayana?

—Sí —dijo Susan—. Vine aquí con Matt Cairns.

—Oh, Dios mío —dijo el hombre en inglés—. Usted sí que es la histórica, joder. —Señaló con un gesto vago hacia el puerto—. La nave del primer navegante va a bajar por allí. Quizá debería ir a informarle.

—Sí —dijo Susan mientras daba un paso atrás para dejar que los milicianos examinaran al tipo—. Quizá sea lo mejor.

La gente del vecindario seguía quedándose atrás, a unos cincuenta metros de distancia, como si eso les proporcionara más seguridad. La llegada de las naves, incluso su apariencia, no era ninguna sorpresa. Pero cuando un multiplicador violeta y rojo descendió por la escalerilla y bajó tras la salida de unos cuantos adultos y niños más y se quedó en la hierba charlando con los milicianos y unos cuantos atrevidos del barrio, entonces sí que se adelantó la multitud con los niños a la cabeza. Estuvieron a punto de derribar a los recién llegados y los multiplicadores tuvieron que mover los miembros a toda prisa y rozar el suelo con un gesto ligeramente amenazador para despejar un poco de espacio a su alrededor.

—¡Haced cosas! —gritaban los niños—. ¡Hacednos cosas! ¡Por favor!

Durante el último medio año transcurrido desde la crisis (como ahora la llamaban, o los incidentes), los multiplicadores que habían llegado con el Investigador se habían multiplicado por miles. Habían empezado a integrarse y a educar a los numerosos retoños, tan pequeños y libres, que habían surgido a consecuencia de las infecciones masivas que se habían extendido gracias a las víctimas que se recuperaban del ataque. Se habían establecido en viejos almacenes y bajo muelles y puentes. Vagaban por las calles y conjuraban cosas del aire, la hierba y el suelo. Hablaban en la radio y en la televisión, resollando y sacudiendo los miembros como viejos científicos locos. Era todo muy extraño e inquietante pero también en cierto modo tranquilizador para los habitantes de Nueva Babilonia. La caprichosa frivolidad de sus juegos de manos (una joya por aquí, una máquina para hacer zapatos por allá), su entusiasmo y su curiosidad cuando se escabullían por las fábricas y tocaban todas las páginas de todos los volúmenes de las grandes bibliotecas, todo aquello no podía por menos que encantar a la gente. Tantas décadas de preparación para enfrentarse a las temidas arañas solo aumentaban el alivio ante la llegada de estos atractivos octópodos. Las formas peludas de ocho patas y diferentes colores se habían convertido en el peluche más popular.

Susan salió del parque y volvió a la avenida, por ella se dirigió a la estación de metro más cercana. Tenía la sensación de que el tráfico de la calle iba a permanecer embotellado durante horas. En los trenes no se notaban los efectos. Salió del metro en la estación Uno del puerto y de inmediato se encontró a otra multitud que rodeaba varias naves de las culturas de la Estrella brillante. Los multiplicadores se arremolinaban en los árboles y desplazaban a los rebaños de quejumbrosas ardillas voladoras. Los esquifes de los multiplicadores revoloteaban, los autogiros planeaban por encima de las cabezas de la multitud con micrófonos y cámaras colgando… Ella no estaba recogiendo la historia del siglo y no le importaba. La búsqueda le llevó un rato, durante el que utilizó sin piedad el carné de periodista y los codos. Por fin encontró la nave del primer navegante y a sus padres.

Se encontraban dentro de un pequeño círculo interno de personas: la Presidenta, con su séquito y sus guardaespaldas, que habían llegado en esquife, en toda su grandeza. Susan vio a Elizabeth y Gregor a través de las cabezas que los rodeaban y a punto estuvo de no reconocerlos. Tenía la sensación de que su separación superaba ya el siglo de duración, cosa que, por supuesto, era irracional; la pareja había salvado los ciento y pico de años luz en poco más tiempo del que había empleado ella, con paradas de unos cuantos días o semanas para trazar el siguiente curso y construir nuevas naves. De alguna manera eso le hizo ver por primera vez la fuerza de la migración de los multiplicadores, esa cualidad que los convertía en una reacción en cadena de vilanos que se multiplicaban, lo llenaban todo y aborrecían el vacío. Sus padres habían sufrido cambios durante aquellos meses, quizá más que ella; parecían más jóvenes, casi tan jóvenes como ella. Resultaba más extraño que ver a Matt desnudo y recordar que tenía varios cientos de años. Tuvo una premonición espeluznante, un mundo en el que la generación de los mayores no envejeciese tendría sus desventajas, desventajas que solo se podrían superar con una expansión interminable si los homínidos no querían convertirse en una segunda versión de los saurios. Y ella estuvo a punto de dar comienzo a su propia trayectoria de expansión en ese mismo instante; estuvo a punto de huir. Pero Elizabeth la vio y sonrió y Susan se abrió paso a empujones y se adelantó. Abrazó a Elizabeth y a Gregor, todos parlotearon un momento y luego volvieron a ponerse serios. Se reanudó la conversación con la Presidenta, a cierta distancia de Susan.

Susan deslizó un dedo por debajo del pelo y conectó el equipo de grabación. Su canal podría sacar algún beneficio de aquella proximidad. Mientras contemplaba a sus padres charlando con Julia de Zama y con el nuevo asesor de seguridad de la Presidenta, un hombre de aspecto memorablemente indiferente llamado Gaius Gonatus, se encontró con que estaba al lado de otro de los miembros del séquito de la Presidenta, Lydia de Tenebre. Había conocido a la comerciante en algún banquete diplomático cuyos prolegómenos habían abierto a la prensa y la había entrevistado durante un momento. Lydia era ahora una especie de alta funcionaria de la Autoridad Espacial y pasaba buena parte de su tiempo, por lo que Susan creía entender, intentando tranquilizar a los saurios y a los kraken de las naves comerciantes recién llegadas, sin demasiado éxito hasta ahora, aparte de convencer a uno o dos saurios para que se quedaran con sus esquifes. De ahí, sin duda, el prestigioso vehículo de la Presidenta.

Susan le sonrió de soslayo a Lydia. Daba la sensación de que a ella también la habían dejado de lado.

—Es como una conspiración —dijo Lydia en voz baja—. Una conspiración de los viejos contra los jóvenes. Salvo que ahora ellos tienen la ventaja de la experiencia y nosotros no tenemos la ventaja del vigor.

Susan asintió, estiró el cuello para captar lo que se decía y aumentar el alcance del micro. Las voces se hicieron más claras. Al inclinarse un poco más se dio cuenta de repente de que estaban hablando de los deicidios.

—No cabe duda —decía su madre— que es muy duro, pero no podemos intervenir. También en nuestro código es un crimen de pena capital, uno de los pocos…

—¡No! —El grito de Susan fue involuntario, y provocó el giro de varias cabezas, y el enarcado de varias cejas. Irrumpió en el círculo mágico y se enfrentó a su madre.

—¡No puedes permitir que lleven a cabo las ejecuciones! —dijo—. ¡No puedes dejar que maten a Salasso!

Elizabeth la miró con tristeza.

—Puedo hacerlo y lo haré —dijo—. Mira, Susan, lo siento. Quería a ese saurio y Matt me caía bien y a Volkov podía, bueno, podía soportarlo pero no está en mis manos, no está en las manos de la Presidenta. No podemos permitir que el deicidio quede sin castigo. El precedente es demasiado peligroso. Hay crímenes que no pueden perdonarse. Por eso tenemos la categoría de crímenes atroces y el deicidio es uno de ellos… en las culturas de la Estrella brillante también.

—Pero todo lo demás está cambiando a nuestro alrededor —protestó Susan—. Los multiplicadores lo están cambiando todo, nos están cambiando a nosotros. Te han cambiado a ti. ¿Por qué no podemos cambiar la ley o al menos reconocer que esta vez estaba justificado?

—Por eso exactamente no podemos cambiarla —dijo Elizabeth—. Es muy difícil mantener nuestra humanidad. La perspectiva de los multiplicadores se infiltra en nosotros de una forma literal. Tenemos su visión del mundo en nuestra sangre. Existe la opción continua de disolvernos y convertirnos en arañas, sin más, si no de forma física al menos de forma cultural. Por esa razón mantenemos nuestras leyes con una severidad escrupulosa. Y no vamos a interferir con las de Nueva Babilonia.

La visión que Susan tenía de Elizabeth se desdibujó. Se sentía como si le hubiera dado un puñetazo en el estómago aquella extraña que podría haber sido su hermana. El rostro de su padre estaba más preocupado pero, con aquella tracería de arrugas alisadas, le recordaba de un modo aterrador al de Matt, demasiado para que pudiera servirle de consuelo.

—¿Pero qué puñetera humanidad? —gritó Susan—. Solo porque seas la oficial científica eso no te convierte…

—Conmigo no te alteres —dijo Elizabeth con tono rotundo y tranquilo. Era una orden que Susan había oído por última vez con 9 años. La puso furiosa oírla ahora pero surtió efecto, una hoja fría en el vientre.

Susan parpadeó con fuerza y apretó los puños en los costados.

—Tú sí que te has alterado —dijo—. Ya no eres humana.

Sabía que no era verdad. Era una piedra que tenía a mano y la tiró; vio el dolor que provocaba pero no le importó. A través de su madre veía con toda claridad la deidad omnipresente que era infinitamente más grande que los dioses y no entendía por qué Elizabeth no podía verla también, en ella y en los condenados. ¿O acaso la veía, pensó en un arrebato, y no le importaba?

Susan giró de golpe y se dirigió a de Zama. La joven y a la vez vieja Presidenta era una persona de aspecto muy extraño, con la piel lisa, fina y brillante, como el papel de un farolillo sobre los huesos.

—¿No puede usted al menos utilizar sus malditas prerrogativas, señora? ¿No puede mostrar clemencia? Seguro que todavía siente algo por Volkov, fue su compañero —«su cómplice», estuvo a punto de decir— durante cincuenta años o más, ¡y ya lo ha matado una vez! ¿No es eso suficiente?

—Por esa misma razón no puedo mostrar clemencia —dijo de Zama sin inmutarse por la encendida falta de respeto de Susan—. La gente diría que era un asunto personal. Y no puedo mostrar clemencia hacia los otros dos sin mostrarla hacia Grigory Andreievich. En cualquier caso, una vez que el pueblo ha hablado y el Senado ha hablado y todo el mundo sabe lo que dirán los notables, sería una presidenta muy tonta la que le arrojase la prerrogativa a la cara. Habría una crisis constitucional, algo que, tal y como están las cosas, no nos podemos permitir. —Extendió las manos—. Con la mejor voluntad del mundo no podría hacerlo.

¡Y no tienes la mejor voluntad del mundo!

Susan se volvió y se alejó, salió del círculo interior y atravesó la multitud que no dejaba de crecer. Acababa de alcanzar la zona devastada al final de la avenida del Astronauta cuando la alcanzó Lydia.

—Yo tampoco lo soporto —dijo Lydia—. Vamos… No podemos permitirlo, podemos hacer algo.

Parecía furiosa y decidida, allí de pie en medio del polvo gris, incongruente con un traje pantalón suelto, de seda y estampados de flores, y zapatos de plataforma.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Susan.

—Hemos experimentado la iluminación de los multiplicadores —dijo Lydia—. Podemos pensar en algo.

—¡Eso fue lo que hicieron ellos! —dijo Susan—. ¡Y mira para qué les sirve!

Lydia le puso una mano en el brazo.

—Esa no es razón para que nosotras no utilicemos la cabeza. Vamos.

—¿Adónde? ¿Es que hay algún sitio al que ir?

Susan sorbió ruidosamente por la nariz y luego se la limpió en la manga. Estaba asqueada consigo misma. Apagó el equipo de grabación. Lydia le rodeó los hombros con un brazo y eso hizo que empezaran a temblar. Con un esfuerzo de voluntad, Susan intentó que pararan pero no lo hicieron. Lydia no dijo nada durante un rato. Cuando Susan volvió a abrir los ojos, Lydia la miraba muy seria. Susan parpadeó para espantar los efectos irisados que las lágrimas habían provocado en las pestañas, volvió a sorber por la nariz y esbozó una débil sonrisa.

—En mi caso no sé —dijo Lydia— pero a ti no te vendría mal una copa.

Susan respiró hondo.

—Oh, sí.

Lydia dobló con Susan la esquina y la llevó a una de las calles de la orilla del lago que habían quedado relativamente indemnes, a un garito llamado Las armas de la nueva luna. El cartel que se balanceaba sobre la puerta era un estilizado fuerte orbital rodeado de una corola de paneles solares y erizado de armas.

—Una antigua guarida de desafectos —dijo Lydia mientras sujetaba la puerta—. Supongo que sigue pinchado. —Se echó a reír de repente—. Esta vez será Gonatus el que esté escuchando.

Estaba casi vacío y el barman estaba viendo la televisión, contemplando los aterrizajes con los ojos muy abiertos; resintió la atención que tuvo que prestar para servirles las bebidas. Las imágenes parpadeaban en silencio, y el hombre escuchaba el sonido por los auriculares.

—Asombroso —no dejaba de decir—. Asombroso. Un gran día.

—Un gran día —asintió Lydia. Compró una ración doble de tintineantes botellas. Susan se volvió para sentarse pero Lydia la cogió por el codo.

—Fuera —dijo.

Volvieron a la avenida del Astronauta y se sentaron con la espalda apoyada en uno de los plintos de Volkov. Un selkie que pasó a su lado las miró desde su impresionante altura y luego siguió adelante, curioseando por la calle. Lydia arrancó los tapones de dos de las botellas. La bebida era licor de caña de azúcar diluido con un zumo agridulce. Sabía muy fuerte.

—¿Qué era lo que decías de Gonatus? —preguntó Susan. Tenía que hablar de otra cosa durante un rato. Ya volverían al tema que las ocupaba con la suficiente celeridad. Desde allí, la isla prisión era visible en el horizonte.

—Lo conocí el año pasado —dijo Lydia—, más o menos cuando aparecisteis vosotros. Lo llevé a ese bar de ahí atrás para lo que pensé que iba a ser una charla bastante segura. Yo era una desafecta y él un espía illiriano. Todavía lo es, supongo.

—Quizá debería llevarle esa historia al Noticias de Junopolis —dijo Susan con una carcajada temblorosa—. Proporcionarles por fin una exclusiva, después de perderme la gran noticia de hoy.

—Oh, lo sabrán —dijo Lydia—. Y se la cargarán.

—¿Conoces a mis jefes mejor que yo?

—Sí —dijo Lydia impertérrita—. Llevo viviendo aquí más que tú. Un huevo más. No es como el bueno de Mingulay, tan espontáneo y libre en el pensamiento. Aquí tienen un aparato de seguridad que se remonta a la más profunda antigüedad. Y recuerda que el illiriano no es más que un trozo del viejo aparato de Nova Babilonia que se separó.

—¿Y Gonatus se ha limitado a cambiar de departamento?

Lydia sonrió con amargura.

—Sí, podría decirse que sí. Es un tipo interesante, a su manera. Muy vehemente, muy sincero, por extraño que sea eso en un espía.

—¿Qué interés tenía en ti?

—Bueno, yo trabajaba en la Autoridad Espacial, había estado en las culturas de la Estrella brillante y había conocido a Volkov.

Se miraron. Susan dejó su bebida. La botella tamborileó un instante cuando tocó el pavimento.

—Creo que tendrías que explicar unas cuantas cosas —dijo.

Después de un rato la interrumpió y dijo:

—¿Antes estabas enamorada de Gregor? ¿De mi padre?

—Sí —dijo Lydia—. Bueno, quizá, pero… en cualquier caso, por eso resultó ahora tan raro, verlo igual que estaba cuando lo conocí hace doce años.

—Doce… Oh, claro. Ya veo. Creo.

Susan sacó una libreta (era una hecha allí, de papel, que, como había dicho Matt en cierta ocasión, resolvía de una vez por todas el problema de la resolución de pantalla) y empezó a escribir nombres y a dibujar líneas.

—Joder —dijo—. Pues menos mal que ninguno teníais una enfermedad de transmisión sexual.

Susan abrió otra botella. El dolor de la negativa de sus padres a intervenir seguía siendo como una serpiente enrollada en su vientre. El alcohol lo atontaba pero volvería. Lo vomitaría todo.

—¿Así que por eso quieres salvarlos?

—No —dijo Lydia con tono sombrío—. Quiero salvarlos porque tenían razón. No se merecen terminar contra un paredón.

—Un muro es lo que parece todo esto —dijo Susan. Se golpeó la nuca contra el plinto. Le dolió un poco—. Y yo me estoy dando de cabezazos contra él.

—Todo muro tiene sus puntos débiles.

—El punto más débil que yo veo —dijo Susan— y el único sobre el que podemos trabajar de forma directa, es su terca negativa a escapar. —Apretó el puño delante de sí. Tenía los nudillos arañados, notó desde lejos. Miró más allá de los muelles y el puerto y clavó la vista en la isla—. Podrían hacerlo, ¿sabes? Yo podría reclutar a multis suficientes para sacarlos de allí en cuestión de minutos. Pero habría que arrastrarlos porque creen que perderían el enfrentamiento si huyen.

—Joder con ellos y sus putos enfrentamientos —dijo Lydia con vehemencia—. Prefieren morir que perder y no pueden ganar. No es un enfrentamiento político, ni siquiera es cultural, es… No sé, una superstición. ¿Cómo es que nosotros podemos ver más allá, y los multis también y hasta nuestros propios amigos pueden verlo y la mayor parte de la gente no puede? ¿Cuándo les perdimos el respeto a los dioses? ¿Cómo perdimos el miedo? —Se mordisqueó el labio inferior—. Ni yo misma lo recuerdo. No he temido a los dioses desde que era pequeña. No después de mi primer viaje.

Susan frunció el ceño.

—¿Viaje espacial? —dijo—. ¿Saltos a la velocidad de la luz?

Eso es lo que tenemos todos en común. Incluso los marines que estuvieron de acuerdo cuando atacamos al dios.

Lydia sacudió la cabeza.

—No funciona. Tus padres…

—¡Mis padres no temen a los dioses! Ellos solo creen en la idea de que la ley debe seguir su curso por razones políticas, razones culturales. Creen que hay que mantener una línea… Malditos sean.

—Tienes razón —dijo Lydia—. Y Esias y Faustina y toda mi familia, incluso Voronar, un viejo saurio que se quedó con nosotros, tampoco sienten ese horror, y son bastante conservadores. Es decir, aparte de Faustina —señaló con un gesto del dedo el diagrama garabateado de Susan—, todos estarían encantados de que le metieran un tiro a Volkov. Detestaban lo que le hizo a esta ciudad y Salasso y Matt no significan nada para ellos, pero no los abominan como todo el mundo supone que hacen todos los demás.

Susan pensó en todos los rumores y murmuraciones que había oído durante los últimos meses, semanas, horas.

—Bueno, en lo que respecta a todos los demás, tienen razón.

—Vox populi, vox Dei, ¿eh? —dijo Lydia con amargura.

La voz del pueblo es la voz de Dios. ¿Qué pueblo y qué dios?

—Eso es —dijo Susan con una sensación que le bajó por la espalda como un chorro de agua fría—. Eso es.

—¿Qué?

—La respuesta. La respuesta es el viaje espacial. Es decir, creo que sé cómo podría serlo.

Sintió una repentina oleada de alivio. Puede que no fuese más que el rebote de su antigua angustia y desesperación, pero ya era algo volver a sentir esperanza. Se levantó de un salto, apuró la botella y la estrelló con fuerza contra los escombros, antes de estirar el brazo para coger a Lydia de la mano.

—Vamos, levántate. Tenemos que hablar con algunos de los miembros de las culturas de la Estrella brillante. Si tengo razón, se sentirán igual que nosotras.

Se cayó. Lydia la ayudó a levantarse e intentó volver a la zona que rodeaba a la estación Uno del puerto.

—Otra vez ahí, no —dijo Susan—. A uno de los parques pequeños.

Siguieron una compleja ruta a través de los callejones para rodear la zona de destrucción y reconstrucción; Lydia iba delante, caminando sin una sola duda hacia el parque más cercano. Una de las naves de las culturas de la Estrella brillante estaba allí agazapada y a su alrededor se habían levantado varios puestos, atendidos por los humanos, saurios y multiplicadores de abordo y también por vecinos cuyos talentos empresariales habían surgido bajo el tonel volcado del régimen moderno.

Lydia dijo:

—Esto es igual que algo que ya he visto, en Novakkad. Ya nos estamos convirtiendo en una cultura de la Estrella brillante.

—¿Cuánto tiempo crees que durará el comercio, cuando los multis empiecen a reproducirlo todo? Lydia la miró de soslayo.

—Buena pregunta. Lo que las naves terminan vendiendo son viajes espaciales y el acceso al espacio para reunir los materiales exóticos para hacer más naves. Susan esbozó una amplia sonrisa.

—Bien.

—¿Por qué?

—Te lo diré más tarde.

Se acercaron y empezaron a hablar con los comerciantes. Casi todos los recién llegados se mostraron espantados por lo que se les estaba haciendo a las personas a las que ellos consideraban (una vez que se les hubiese puesto apresuradamente en antecedentes) héroes. Muchos de ellos ni siquiera sabían nada sobre la avanzadilla ni que les había salvado de que los derribaran del cielo en cuanto salieran del salto. Con la gente de la zona la historia era completamente diferente.

—¿Esos tres? —El hombre al que le compraron el café se pasó un dedo por la garganta—. Habría que haberles pegado un tiro hace meses. —Se inclinó un poco más sobre el mostrador—. Saben, ahora se puede decir, yo siempre admiré al bueno de Volkov, lo heredé de mi viejo, un auténtico modernista era el tío. Pero ahora, por todos los dioses… —Se contuvo y lanzó una risita nerviosa—. Por así decirlo. Volkov y los otros mataron a un dios, a un dios. Cuanto antes se pudran en el pozo de los traidores, mejor para todos.

Y al decir eso, casi de forma inconsciente, levantó los ojos y se estremeció.

—Hmm —dijo Susan—. Gracias por compartir sus pensamientos.

Se alejaron un poco. El café no terminó de despejar a Susan, que cada vez era menos discreta en sus preguntas. Después de un episodio especialmente incómodo, las dos mujeres tuvieron que huir del parque.

—¿Estamos satisfechas? —dijo Lydia cuando salieron en plena avenida del Astronauta después de correr un kilómetro a través de un laberinto de bloques de apartamentos. El tráfico empezaba a normalizarse pero la gente seguía rondando por allí y charlando. Se estaban llevando la primera edición de los periódicos con tanta ansia que Susan experimentó una vaga sensación de negligencia con respecto a su trabajo.

Susan agachó la cabeza y se asomó a la esquina. No había señales de persecución.

—No sé —dijo un poco ahogada y con el corazón palpitándole en el pecho—, pero creo que estamos a salvo.

—Bien —dijo Lydia mientras volvía a ponerse los zapatos cuando los cortes que tenía en los pies se curaron solos—. Ahora ya puedes decirme para qué va a servir todo esto.

Susan se lo dijo.

—Es Litos —dijo—. Es el dios del mundo, el dios que tenemos bajo los pies. —Bajó la vista y se tambaleó. Lydia la sujetó—. Los dioses de todos los mundos. Los muy cabrones enredan con nuestras cabeza. Solo mediante el viaje espacial rompemos el vínculo. ¿No lo ves?

Lydia sacudió la cabeza.

—No veo de qué va a servir, salvo para empeorar las cosas. Nada de lo que hagamos puede hacer que la gente que jamás ha viajado por el espacio cambie de opinión sobre el deicidio.

Susan la miró. Dioses, aquella mujer podía ser tan estúpida a veces…

—Exacto —dijo al tiempo que se incorporaba, soltaba el brazo de Lydia y seguía caminando con paso seguro—. Así que no hay necesidad de que mueran nuestros amigos si eso no va a cambiar nada.

—Creo que eso podemos vendérselo —dijo Lydia—. Eso se lo tragarán. —Su rostro adquirió una expresión distante, calculadora—. Y si no es eso, otra cosa. ¿Tienes el número de teléfono de algún miembro de la tripulación del Investigador?

—Claro, los tengo todos.

Lydia señaló con un gesto brusco del pulgar una cabina telefónica recién reparada.

—Llámalos ahora.

—No estarás pensando…

—Quizá —dijo Lydia—, pero lo primero que tenemos que hacer es comprobarlo con tu amigo don Naranja. Y ahora que lo pienso —añadió—, una excursión en esquife a la isla no vendría del todo mal.

Los guardias del departamento de prisiones quizá hubieran dado el alto y rodeado a un autogiro y quizá hubieran confiscado un bote no autorizado pero sentían un sano respeto por un esquife multiplicador. Lo dejaron aterrizar entre las chozas y se limitaron a lanzarle una mirada asesina a Susan, Lydia y don Naranja. Fue bastante fácil encontrar a Matt, Volkov y Salasso, que paseaban por el acantilado al otro extremo de la pequeña isla.

El corazón de Susan se hundió un poco al ver sus expresiones de impaciencia. Fingían fatalismo pero debían de haber puesto todas sus esperanzas en la llegada de las culturas de la Estrella brillante. Le dio la noticia de la decisión inquebrantable de Elizabeth.

—Lo siento —dijo.

—Puta —dijo Matt.

—Burguesa —dijo Volkov. Por su forma de decirlo, el epíteto sonó peor que el de Matt.

Salasso se lo tomó con más estoicismo.

—La gente cambia —dijo.

—Vamos a buscar un sitio para sentarnos —dijo Susan—. Don Naranja tiene algo que deciros. Hay una forma de salir de esto.

A unos cien metros de distancia había un refugio contra el viento construido por los prisioneros, con bancos y una mesa. Mientras los demás se dirigían hacia allí, Matt corrió a la chabola y volvió con una cafetera y unas cuantas tazas. El multiplicador se enroscó alrededor de los soportes como un gibón y se inclinó hacia abajo, con la boca que utilizaba para hablar un poco más adelantada, antes de lanzar su acostumbrada perorata sibilante y entrecortada. Las personas, los saurios, todos los que vivían en los planetas, explicó, se veían influidos por las mentes de esos planetas y formaban vínculos con ellos. Solo el viaje espacial podía romper esos vínculos. A la larga, muchas más personas viajarían por el espacio y perderían el miedo a los dioses. Morir para demostrar la falta de miedo a los dioses era tan superfluo como inútil.

—Pensábamos que lo sabíais —dijo don Naranja.

Los dos hombres y el saurio se quedaron mirando a don Naranja durante unos minutos.

—No me jodas —dijo Matt por fin—. ¿Y de qué sirve que la gente que va al espacio tenga una mente racional y los otros no? Son los otros los que han decidido matarnos y yo no pienso dejar que se vayan de rositas. Que vean las consecuencias de sus acciones y de sus creencias. ¡Para eso sirve una lapidación pública! No es para disuadir a los malvados, es para disuadir a los justos. Ya deberías saberlo, Susan. Te criaron para ser una maldita bufona, por los dioses.

—¡Bueno, pues a mí no! —dijo Lydia y estrelló el puño contra la mesa—. A mí me criaron para ser una buena estoica y luego me convertí en volkovista. No gracias a ti, Grigory; pero detrás de tu palabrería comunista había algo grande. Y sigue habiendo algo grande ahí, en los cuadros de la defensa espacial que todavía te admiran. Y en los nuevos comerciantes, en la gente de la Estrella brillante y en los multiplicadores. Entre todos ellos está el poder de rescataros, no para huir y esconderos sino para desafiar al mundo y a todos los bastardos supersticiosos y temerosos de los dioses que viven en él como piojos en su cabellera.

Volkov se cruzó de brazos.

—¿Y luego qué? ¿Otra revolución procedente del cielo? Yo ya he vivido tres, dos de las cuales fueron culpa mía. No pienso volver a hacerlo. Aquí ya ha muerto bastante gente, y no solo aquí. Se acabó.

—Añadir tres muertes más no va a ayudar mucho —dijo Susan. Volkov resopló.

—Aquí no se trata de lo que pueda ayudar o no. Susan se volvió hacia Salasso.

—Tú lo ves, ¿verdad? —le rogó—. Tú has intentado cambiar la forma de pensar de la gente y ahora sabes por qué no pudiste. No es una cuestión política, ni cultural, es una influencia física. Podrías…

La expresión de desprecio del saurio era más débil que la de los hombres pero no menos desdeñosa.

—¿Llevar a mi pueblo a hacer excursiones por el espacio? —Estiró la boca unos cuantos milímetros—. La mayor parte ya están en el espacio y sin duda de camino a librar las batallas de los dioses en algún otro lugar.

Susan sintió que volvía a temblar por dentro y que las lágrimas se escapaban a través de aquella traicionera inestabilidad. Convirtió la sensación en ira y la ira la alejó de sí misma.

—¡No podéis quedaros ahí sentados a esperar la muerte! —dijo—. ¿Qué honor o desafío hay en eso? Es la misma y miserable pasividad que decís combatir. ¡Idos, venid con nosotros! Uníos a la migración de los multiplicadores, uníos a nosotras. Ya no hay necesidad de ocultarse, estamos aquí y nos largamos.

No sabía si hablaba en serio. Era demasiadas personas al mismo tiempo. Eran los retoños que llevaba dentro los que hablaban, precisamente lo que había temido su madre. Contra eso luchaba su madre. Casi podía comprenderla; o más bien, podía y no podía.

—Quizá tengas algo de razón —dijo Matt de mala gana. Parecía que le estaban sacando la voz con ganchos—. Es decir, para qué seguir si esta gente no puede cambiar, hagamos lo que hagamos…

El esquife salió de la nada, no de un salto sino de una maniobra aérea tan rápida que el casco relució cuando se detuvo justo a su lado. La onda de choque seguía meciendo el cenador cuando una docena de hombres bien armados salieron de un salto del aparato y los rodearon, apuntándolos con rifles de plasma.

Uno de los hombres se quitó el casco para revelar un par de auriculares que también se quitó.

—Tenías razón, Lydia —dijo Gaius Gonatus—. Seguimos escuchando.

Tenían el sol de frente y habían desdeñado el ofrecimiento de unas vendas para taparles los ojos. Susan estaba delante de la multitud, con los demás periodistas. Podía enfocar bien la cámara, enfocar el micro y verlos y oírlos a todos. Fue solo concentrándose en lo que estaba haciendo, la fiera determinación de conseguir que su borrador de la historia fuese el que traspasara todas las correcciones y terminara en todos los libros y cintas sobre el acontecimiento, lo que evitó que se echara a llorar. Eso y pensar que el llanto sería una falta de moderación, porque no estaba lamentando la muerte de los dos hombres y el saurio. Estaría llorando la pérdida de su madre, que al aferrarse a su humanidad se había convertido en inhumana.

El oficial que tenía las tres tiras negras en la muñeca ofreció dos paquetes.

—¿Hachís o tabaco?

—A mí me va más un porro —dijo Volkov.

—Compartamos eso y un cigarrillo —dijo Matt.

—De acuerdo.

—Creo que prefiero morir consciente —dijo Salasso—. El hachís ayuda a perder el sentido. Por tanto, cogeré un cigarrillo. En ocasiones me he preguntado por qué resulta tan atractivo.

—Son malos para la salud —dijo Matt, como era de esperar.

Aceptaron el ofrecimiento de lumbre del oficial y este volvió al escuadrón.

—Pueden dirigirse al público mientras fuman —dijo. Volkov y Matt se miraron. Matt se encogió de hombros y agitó el cigarrillo. Luego se cambiaron los pitillos.

—Ojalá os respetara lo suficiente para despreciaros —les dijo Volkov a los micrófonos extendidos y al mundo—. Pero no os lo merecéis. Habéis elegido formar parte de una cultura alienígena. Allá vosotros. ¿Qué haréis cuando venga la siguiente cultura alienígena, una cultura a la que quizá no sea tan fácil adaptarse? Tendréis que luchar, como yo os he enseñado a luchar. Y espero haberos enseñado bien.

Dio la impresión de que estaba a punto de tirar el disminuido cigarrillo al suelo pero Matt estiró la mano para cogerlo y le pasó el hachís.

—Ah —dijo Matt exhalando con gesto agradecido—, no hay nada como una colilla para un peta. Si estáis esperando sabias palabras de mis labios, ya podéis olvidaros, mamones. Lo he aprovechado bien y no tengo quejas. Volkov estaba defendiendo la raza humana según su entendimiento, y yo también. Venga, tío, pásale a Salasso el peta.

—Gracias —dijo Salasso al tiempo que lo cogía y aspiraba con fuerza—. La pequeña cantidad que queda no debería afectar a mi lucidez. Decidle a Bishlayan que la quiero y decidle a Delavar que me caía bastante bien, en general. En cuanto a la mayor parte del resto de mi especie, han temido a los dioses, temieron a los homínidos y ahora temen a los multiplicadores.

He demostrado que yo no les he temido a ninguno. He matado a un dios, he tenido amigos entre los homínidos, incluido Matt e incluidos Elizabeth s y Gregor y cuando corra mi sangre, estará llena de arañas.

—Por todos los dioses, Salasso —dijo Matt—, jamás dijiste…

Los rifles, como siempre, tuvieron la última palabra.