DOCE

La ciencia de los cohetes

—La mente del mundo es una conciencia que surge de las interacciones entre la biosfera y la litosfera de planetas de tipo terrestre que contengan vida, como este por ejemplo. Se parece a la de los cuerpos celestiales más pequeños, las mentes que algunos de los que vosotros llamáis los dioses. Pero a diferencia de ellos, es incoherente. A diferencia de ellos, es capaz de manipular energías muy grandes y formar imágenes reales de plasma generado por polaridades atmosféricas o tectónicas e imágenes virtuales alucinatorias a partir de los efectos que tienen estas posibilidades sobre los sistemas nerviosos de los animales. Su respuesta a la intromisión de especies inteligentes nuevas y desconocidas, sobre todo las que utilizan diversos mecanismos cuánticos, es generar imágenes reales y virtuales de los mismos. Es excitable, impredecible, juguetona y violenta. Sus comunicaciones son confusas y en parte subjetivas por parte del que las percibe. Es lo que produce fenómenos como el de los «saurios que ya estaban aquí», de los que habló el saurio Salasso y también es lo que está produciendo ahora este tipo de fenómenos como respuesta a los esquifes de nuestra expedición.

—Creíamos que lo sabíais —dijo don Naranja.

—Pues no —dijo Matt—. No lo sabíamos ninguno. —Clavó en los saurios una mirada furiosa—. ¿Tengo razón?

—No sabíamos que había un dios en el mundo —dijo Salasso—. Y no sabíamos de lo que era capaz.

—Muy bien —dijo Matt. Se volvió de nuevo hacia el multiplicador—. Lo que yo creía que estábamos haciendo era examinar el planeta y al mismo tiempo generar un cierto grado de paranoia e histeria masiva que debilitase al menos la credibilidad y unidad del régimen de Nueva Babilonia y que de este modo nos proporcionase más puntos posibles de contacto y apoyo. ¿Qué creías tú que estábamos haciendo?

—Más o menos lo mismo —dijo don Naranja—. Con el añadido de que nosotros sabíamos que la mente del mundo de Nova Terra generaría muchas imágenes reales y virtuales que serían bastante impredecibles e incontrolables y que podrían dar como resultado una gran inestabilidad política y militar, por ejemplo, golpes de estado, guerras y demás; con lo que se degradarían las defensas del sistema hasta un punto que permitiera un asalto fácil por parte de vuestras (y nuestras) fuerzas principales.

—¿Y esa era vuestra idea de un plan de invasión elegante?

—Sí —dijo el multiplicador—. Habría supuesto un gran número de muertes en el bando contrario sin demasiado riesgo para nuestras fuerzas.

—Pero es que nosotros esperábamos —dijo Matt— lograr nuestros objetivos sin que se produjeran grandes números de muertos en ninguno de los bandos.

—Ah —suspiró don Naranja—. Eso es diferente.

Se escabulló de nuevo hacia los otros alienígenas y efectuó una serie de precipitadas consultas táctiles, antes de rotar para enfrentarse de nuevo a los humanos y los saurios.

—Para nosotros la muerte es diferente porque nuestros recuerdos están distribuidos. No nos resulta fácil tener en cuenta en todo momento que no es así en vuestro caso.

—Ah, sí —dijo Ramona—. Habréis notado el cuidado que tenemos los humanos a la hora de evitar matar a gran cantidad de nuestros congéneres. Solo por pura curiosidad, tenía la sensación de que entre los recuerdos de Matt habíais captado algo parecido que había ocurrido en la Tierra, todo tipo de fenómenos extraños que confundían a las fuerzas militares y excitaban al populacho. ¿Cómo es que eso no llevó a guerras, golpes de estado y demás?

—¿Y no fue así? —dijo don Naranja—. A partir de los recuerdos de Matt Cairns nos habíamos formado la impresión de que el siglo XX no fue un periodo de gran estabilidad política y militar. Sin embargo, como ya os han dicho, el pasado no nos interesa demasiado. Quizá hayamos malinterpretado las causas probables de los acontecimientos.

Siguió entonces un murmullo de conversación especulativa. Mikhail Telesnikov se levantó y se llevó los puños a la frente.

—Amigos —dijo—, creo que estamos de acuerdo con los multiplicadores en que el pasado no es una prioridad. La única historia que me interesa ahora mismo es la historia que está ocurriendo en este instante y sobre la que podemos hacer algo. —Agitó una mano en dirección a la radio—. Ya están empezando los conflictos armados. Nueva Babilonia y sus vecinos podrían estar en guerra en cuestión de minutos u horas. Tenemos que intervenir ahora mismo para calmar las cosas.

—¡Sí! —gritó Ramona—. ¡Venga, dinos una forma de intervenir que no empeore las cosas!

—Tengo una idea —dijo Susan—. Podríamos limitarnos a aterrizar en algún sitio muy concurrido y decirles la verdad. Para cuando llegue el resto de las culturas de la Estrella brillante, quizá ya les hayamos convencido de que no era una amenaza.

—En principio es una buena idea —dijo Telesnikov para su sorpresa—. Por desgracia, no veo a ninguna de las grandes potencias dándonos acceso a los medios de comunicación para exponer nuestro caso. Ni siquiera tendríamos acceso a los líderes políticos. Lo más probable es que nos limitásemos a desaparecer al instante en el buche de los aparatos de seguridad. Matt le dio a Mikhail una sonora palmada en el hombro.

—¡Brillante! —dijo—. Eso es exactamente lo que tenemos que hacer.

—¿Qué? —preguntó Mikhail, que daba voz al sentimiento general.

—«Desaparecer al instante en el buche de los aparatos de seguridad» —dijo Matt—. Esa sí que es una forma de captar toda su atención.

—No es algo que me apetezca probar —dijo Telesnikov—. Tenemos que pensarlo detenidamente. Es obvio que esos rayos de cañón de plasma van dirigidos, por lo menos de forma ostensible, contra todo lo que parece un esquife. Bien, no se me ocurre ninguna forma de que los fuertes de la órbita geoestacionaria de Nova Terra, y hay tres por lo que yo sé, puedan reconocerlos de forma directa. Deben de estar respondiendo a la información retransmitida desde puestos de observación sobre el terreno, probablemente radares. Si pudiéramos eliminar esas estaciones de radar, podríamos cegar los fuertes a cualquier cosa que estuviera ocurriendo en la atmósfera o en la superficie. Ese es un punto vulnerable. En segundo lugar, Nueva Babilonia tiene instalaciones de lanzamiento en la costa de Genea, en el ecuador. Si se dejan fuera de combate, los fuertes orbitales terminarán quedándose sin provisiones y es probable que los más lejanos, los que están en las lunas y los asteroides, se queden sin ellas mucho antes.

—O al revés —dijo Matt—. Es probable que sean más autosuficientes. Además tendrán sus propios recursos, quizá incluso hielo para beber.

Los tres cosmonautas se enzarzaron en una breve riña técnica.

—De acuerdo —dijo Telesnikov—, no lo sabemos. Pero mi argumento sigue siendo válido: la instalación de lanzamiento es un embudo. Deberíamos pensar en el modo de eliminarla.

—Antes de eso y suponiendo que podamos —dijo Ramona con sequedad—, haríamos bien en pensar detenidamente la cuestión política. La defensa espacial de Nueva Babilonia quizá esté apuntando a unos esquifes, o a lo que piensa que son esquifes, pero de hecho está disparando contra Illiria, pueblos, aldeas y trozos de campo al azar. Se está arriesgando a entrar en guerra con Illiria. A mí eso me parece dar un paso muy importante y solo para responder a unos cuantos fenómenos extraños, sobre todo porque Illiria parece más que lista para recoger el guante.

Susan y Telesnikov asintieron.

—Desde luego que lo está —dijo Susan—. Y el tipo con el que yo hablé parecía bastante escéptico, como si los esquifes no procedieran de lo que ellos llaman las arañas. Y no creo que estuviera en minoría. Desde luego él estaba seguro de que no lo estaba.

—Bueno —dijo Ramona—. ¿Entonces qué más tenemos? El Senado de Nueva Babilonia, nada menos, no tiene miedo de ponerse a malas con Illiria. Lo cual sugiere con bastante claridad que Illiria no tiene bombas atómicas. Aun así, hay una especie de intensidad paranoica en esta reacción que a mí me parece producto de algo más que unos cuantos esquifes y demás, nuestros o no, vistos sobre Illiria e incluso sobre los propios territorios de Nueva Babilonia. Están preocupados por algo que no…

—¡Eh! —gritó Ann Derige, la que más cerca se encontraba de la radio, que para todos los demás se había convertido en un ruido de fondo al que nadie hacía caso—. ¡Escuchad esto!

Subió el volumen. Era el mismo canal de noticias que Susan y Telesnikov habían sintonizado una hora o dos antes, en Junopolis.

—… El Ministro respondió de inmediato a las noticias que acaban de llegar sobre la devastadora explosión del centro de Nueva Babilonia con la siguiente declaración: «Lamentamos los daños y la pérdida de vidas producida en la capital de nuestro vecino y estamos listos para ofrecer todo tipo de asistencia humanitaria necesaria en cuanto nos la soliciten. La actual movilización defensiva de las fuerzas armadas illirianas queda suspendida por decreto ducal con efecto inmediato. El Ministerio de Defensa rebate con toda firmeza las insinuaciones iniciales de los informes de Nueva Babilonia que sugieren que las fuerzas illirianas son las responsables de la explosión y repite su ya antigua y categórica declaración de que Illiria no posee, y no pretende adquirir, armas nucleares, y apoya el monopolio que de tales armas tiene la Fuerza de Defensa Espacial de Nueva Babilonia. A las fuerzas armadas illirianas se les ordena por la presente no llevar a cabo ninguna acción, salvo en legítima defensa, y esperar nuevas órdenes». Ahora conectamos en directo con nuestro corresponsal en Nueva Babilonia, donde… Lo siento, la línea parece haberse cortado. Permanezcan con nosotros durante los siguientes avances informativos.

La voz fue sustituida por una música sombría.

—Joder, joder, joder —dijo Matt.

Parecía totalmente consternado, con el rostro pálido y cubierto de sudor. Ann ya estaba cambiando de emisora.

—… pequeño mecanismo nuclear dirigido a una zona situada entre el cuartel general de la Novena y el edificio de la Autoridad Espacial; ambas construcciones quedaron destruidas por completo junto con unos dos kilómetros cuadrados del extremo oriental de la isla, que hasta hace media hora era el centro administrativo y comercial de toda la República. Hasta el momento, todos los posibles adversarios conocidos han declinado cualquier responsabilidad y…

—… las lecturas iniciales de radioactividad confirman las sospechas de que…

—… señaló que el único poseedor de armas nucleares es la propia Fuerza de Defensa Espacial e insinuó con fuerza que este episodio podría estar relacionado con una lucha interna de poder en lugar de con las actuales tensiones internacionales…

—… no se ha descartado la posibilidad de un ataque arácnido, han asegurado fuentes próximas al Patriarca…

—… continúan los lanzamientos de emergencia desde la base de cohetes de Kairos…

Telesnikov se acercó a grandes zancadas y apagó la radio.

—¡A callar todo el mundo! —gritó entre un coro de protestas—. Necesitamos unos minutos para pensar sin tantas especulaciones. Oh, está bien, Ann, ponte los auriculares y avísanos cuando den alguna noticia nueva, ¿de acuerdo?

Ann miró a Phil Johnson; el capitán asintió.

—Supongamos que creemos a los illirianos —siguió Telesnikov—. Si no fueron ellos, ¿quién fue? Podemos descartar a los lapithianos y las potencias menores de la Liga Geneana, no tienen la capacidad necesaria. Dudo mucho que nuestras propias fuerzas (a menos que las culturas de la Estrella brillante hayan cambiado de una forma fundamental durante el último siglo) hicieran eso aunque ya estuvieran aquí, y sigo creyendo que lo sabríamos si ya estuvieran aquí. Harían algún esfuerzo por ponerse en contacto con nosotros y podrían detectar la presencia de nuestros esquifes. Eso nos deja con la única potencia que sabemos con seguridad que tiene bombas nucleares o algo equivalente, armas de energía cinética, cañones de plasma pesados o lo que sea: la propia Fuerza de Defensa Espacial de Nueva Babilonia. Y a mí solo se me ocurre una razón para que hagan algo tan drástico como eliminar su propio cuartel general oficial; creen que el enemigo, los alienígenas, las arañas, nosotros, lo han subvertido de alguna forma.

—Existe otra posibilidad —dijo Salasso—. Has mencionado las armas de energía cinética. Es posible que no fuera un ataque nuclear sino un meteorito grande lanzado a demasiada velocidad como para que lo detuvieran los fuertes orbitales, o demasiado pequeño como para que lo detectaran hasta que fue demasiado tarde.

—Sí —dijo Telesnikov con pesar—, esa es una posibilidad. Pero si hubiera sido el ataque de un meteorito, la FDE lo estaría diciendo alto y claro. Si lo dicen, perfecto, en cierto sentido. Lo cierto es que podemos ayudar si los dioses los están atacando y es probable que acepten esa ayuda. Si es la propia FDE la que está atacando, tenemos que detenerla antes de que haga más daño y tenemos que detenerla sin destruir los fuertes orbitales. Eso significa meter con un salto a las tropas illirianas en los fuertes.

—¿Cómo les hacemos llegar a los illirianos esta oferta? —preguntó Ramona.

—Hacemos lo que sugirió Matt —dijo Telesnikov—. Desaparecemos en el buche de su aparato de seguridad. ¿Algún voluntario?

Susan se levantó de un salto.

—Iré yo, por si hay que convencerlos de… de lo que pasa cuando…

Telesnikov asintió.

—Entendido. ¿Matt? Fue idea tuya.

Matt sacudió la cabeza.

—Lo siento —dijo—. Creo que todo esto es culpa mía y en este momento no sirvo para nada.

—Muy bien —dijo Telesnikov—. Tranquilo.

Si Mikhail y Susan no volvían al final del día o si estallaba una guerra generalizada, los otros debían tomar la iniciativa; si todo lo demás fallaba, como señaló Telesnikov, siempre podían navegar con un salto al sistema habitable más cercano en la posible ruta de las culturas de la Estrella brillante para advertirles. Algunos de los multiplicadores vieron en eso una insinuación para empezar a construir instrumentos astronómicos a partir de materiales improbables.

Menos de media hora después de dejar finalizado el plan, Susan se encontró contemplando desde arriba los llamativos tejados de Junopolis.

—El edificio del que emana la mayor densidad de microondas encriptadas está aquí —dijo don Azul mientras guiaba la máquina invisible hacia un gran bloque de oficinas amarillo en cuyo tejado (y, Susan supuso, invisibles desde la calle) se multiplicaban las antenas parabólicas.

—¿Estás seguro de que no es la emisora de televisión? —preguntó la joven, medio en broma.

El multiplicador hizo tamborilear varios dedos como si fueran un puñado de ramitas.

—La televisión no es un medio muy importante en Illiria. La población parece haber conservado el tradicional prejuicio saurio contra ella. En cualquier caso, la torre de la televisión está allí.

Susan miró hacia donde había señalado, un edificio alto en cuyo tejado unas letras de neón de un metro de altura deletreaban «torre de televisión».

—Ah, claro —dijo un tanto avergonzada.

El tejado se estabilizó a un par de metros de sus pies. Le temblaban las rodillas. Las veía. El plan era de una simpleza brutal. Iban a acceder al edificio desde arriba, buscarían a la persona con más autoridad que pudiesen encontrar, le contarían su historia, y si fuera necesario sacarían las armas que llevaban guardadas. Los dos tenían los mecanismos de rastreo y comunicación aparejados con micrófonos ocultos en la garganta y programados para mantener un contacto continuo con su propio canal encriptado; si pedían ayuda, don Azul se limitaría a hacer saltar el esquife al interior del edificio, justo a su lado. Al realizar el salto, la aparición del esquife en un espacio ocupado por otros objetos dañaría a los otros objetos, pero no al esquife. Algo, les aseguró, que tenía que ver con el principio de exclusión. Susan esperaba que estuviera tan seguro como parecía y también que si caía algún ladrillo o lo que fuera, no le diera en pleno cráneo, que, por lo que ella sabía, no estaba protegido por el principio de exclusión.

—¿Lista? —dijo Telesnikov.

Los dos llevaban los trajes negros (falsificados a partir de celulosa vegetal por los multiplicadores) que habían utilizado con anterioridad en lo que Matt había llamado las misiones de los Hombres-de-Negro. Si parecían intrusos, al menos parecerían intrusos respetables, no comandos de Nueva Babilonia.

—Sí —dijo Susan al tiempo que se aflojaba la corbata por encima del micrófono de su garganta y se palpaba la funda de la pistola que llevaba en el hombro.

—De acuerdo.

Una corriente de aire caliente procedente de la ciudad señaló la apertura de la escotilla. Bajaron de un salto. El esquife se quedó donde estaba, como si fuera parte del espejismo que reflejaba el tejado plano. Bajo él, sobre la zona alquitranada, había un poco de gravilla y tierra que había quedado arremolinada en un complejo dibujo circular. Telesnikov echó un vistazo y abrió la marcha a través de los arbustos electrónicos hasta una caja de madera de dos metros de alto con una puerta en medio.

—Ni siquiera está cerrada con llave —dijo y la abrió. Una alarma saltó al instante.

—¡Me cago en todo!

—Sigue adelante —dijo Susan. Telesnikov bajó por la escalera de mano, miró a su alrededor y la llamó con una señal. Cuando la joven cerró la puerta tras ella, la alarma paró.

—No creo que eso sea una buena señal —dijo Telesnikov—. Apagarse cuando los intrusos están dentro me parece lo que Matt llamaría un «rasgo distintivo».

Estaban en un pasillo apenas iluminado con lámparas eléctricas enjauladas y una luz roja sobre una puerta metálica al final. La puerta era gruesa y estaba cerrada con llave desde el otro lado.

—Hay una cámara de circuito cerrado ahí arriba —señaló Susan.

—Ah, sí —dijo Telesnikov—. Bueno, vamos a ver si hay alguien mirando.

Los dos se apartaron de la puerta y permanecieron allí agitando las manos por encima de la cabeza. Después de un minuto oyeron un montón de pasos pesados que subían por las escaleras. Algo chocó contra el otro lado de la puerta, y se oyó un sonido metálico.

—Den un paso atrás y pongan las manos sobre la cabeza —bramó una voz, amplificada tanto por la puerta como por lo que hubiera detrás.

Obedecieron los dos. Después de unos cuantos chirridos y golpes metálicos, la puerta se abrió de golpe y aparecieron dos hombres con viseras negras, equipo de protección y rifles. El resto del escuadrón los respaldaba de una forma bastante literal: los cañones de las armas asomaban por encima de la escalera.

—¿Quiénes son y cómo han entrado?

—Cosmonauta Mikhail Telesnikov de la flota Cairns, Mingulay —dijo Mikhail—. Y Susan Harkness, recopiladora de la misión. Formamos parte de una avanzadilla de las culturas de la Estrella brillante. Hay un esquife arácnido sobre su tejado. Tiene una capacidad ilimitada de salto y maniobras secretas. Si se lo pido, o si sus pilotos escuchan cualquier indicación de violencia, puede saltar al espacio exacto en el que se encuentra usted ahora mismo, a unos dos metros de mí. Sugiero que bajen las armas y nos lleven al oficial con más autoridad del departamento de defensa illiriano que esté disponible en estos momentos.

Cinco viseras lisas y cinco cañones de rifle negros les devolvieron la mirada furiosa.

—De acuerdo —dijo el líder del escuadrón—. Antes tendremos que registrarlos.

—Ambos llevamos pistolas en las pistoleras del hombro —dijo Telesnikov.

Dos de los hombres se adelantaron y los cachearon mientras un tercero y un cuarto vigilaban. Cogieron las pistolas y luego tiraron de los micros y de las radios adaptadas.

—¡Eh! —dijo Susan cuando le quitaron la radio del bolsillo interior de la chaqueta—. Eso no era…

—Cierra la puta boca.

El líder del escuadrón y su compañero les tiraron los mecanismos y luego las pistolas a los compañeros que esperaban más atrás.

—Y ahora vamos a llevaros…

Susan oyó un enorme estallido a sus espaldas y cayó al suelo. Los reflejos de Telesnikov fueron igual de rápidos. Medio segundo más tarde, los rifles abrieron fuego. Susan se cubrió de golpe la cabeza con las manos y esperó a que cesara. Después de unos segundos y una orden gritada, cesó. Continuó un rechinamiento implacable, acompañado de más estallidos. Susan levantó un poco la cabeza. Los dos hombres que los habían registrado estaban agazapados en la cima de la escalera; uno de ellos tenía un brazo levantado. Les hizo un gesto a Susan y Telesnikov para que se levantaran. Mientras obedecían, con cierta dificultad, echaron un vistazo atrás y vieron que el esquife avanzaba pasillo abajo hacia ellos. Era mucho más ancho que el pasillo y a ambos lados el borde delantero iba cortando yeso y listones, cemento y acero, como la reja de un arado por la tierra negra. Telesnikov se enfrentó a él y agitó las manos por encima de la cabeza. El esquife se detuvo.

En alguna parte tintineó un cristal.

—Y ahora van a llevarnos.

—Pueden irse —les dijo el director de inteligencia militar a los dos guardias de las viseras que habían escoltado a Susan y Mikhail a su oficina.

—Pero, señor…

Una mano levantada y una suave mirada interrogadora envió fuera a los dos guardias. El director volvió a sentarse. La oficina era modesta, y su único rasgo distintivo era la que debía de ser la mejor vista de Junopolis que permitía el edificio. Un escritorio despejado, una silla de oficina de cuero, un par de sillas más pequeñas, unas cuantas estanterías y un archivador. El director, un hombre de treinta y tantos años, tenía un aspecto igual de modesto con un traje oscuro con un mínimo de cortes y relleno. Solo los tirabuzones que lucía en el cabello rojo y una barba exuberante pero recortada con pulcritud le hacían parecer más vanidoso, casi un petimetre.

—Por favor, por favor —dijo—. Siéntense. —Hizo chasquear los dedos como si estuviera sacudiéndose unas gotas de agua—. Y sus armas y radios. —Fue como si no quisiera que estropeasen la distribución del escritorio.

Se sentaron los dos.

—Me llamo Attulus —dijo—. Para venir aquí he dejado una habitación mucho más ajetreada y concurrida, como se pueden imaginar. Así que vamos al grano. El guardia me ha transmitido lo que ustedes le aseguraron y estoy dispuesto a creerlo. Un esquife arácnido en mi último piso es… irresistible. Cuéntenme más. Rápido.

Escuchó con atención lo que le contaron.

—Esto es fascinante —dijo—. Y su plan es factible. Si sus aliados alienígenas pueden hacer saltar un esquife con tal precisión, pueden saltar justo dentro de las estaciones orbitales, cuya ubicación nosotros por supuesto conocemos. ¿Pero cómo pueden pedirnos que confiemos en ustedes, que creamos que —se pasó una mano por la cara con cautela— no son una amenaza para el resto de la humanidad como Volkov nos advirtió siempre?

Susan se lo quedó mirando con una sensación de impotencia y enfado, con la sensación de haber atravesado un espejo que la había llevado a un mundo en el que la verdad no era un argumento. Era el mundo al que Matt la había llevado cuando habían atravesado la puerta de la casa de aquel asustado presidente de latifundios y se habían metido en la cabeza del pobre tipo. Tenía una imagen de Volkov entre las fotografías familiares, encima de la televisión, y se había estremecido cuando Matt le había preguntado por él con aire casual. Los cuadros más antiguos seguían siendo leales al Ingeniero.

En ese momento, Susan se dio cuenta de algo que hubiera querido soltar allí mismo pero le habría llevado demasiado tiempo explicar su intuición y las razones de esta. Tendría que esperar y ella tenía que señalar un punto más urgente.

—No le estamos pidiendo que confíe en nosotros —dijo—. Le estamos ofreciendo la oportunidad de meter sus tropas, sus tropas, ¿entiende?, dentro de los fuertes orbitales. Si para cuando lleguen las culturas de la Estrella brillante no le hemos convencido, eso ya es problema nuestro. Además, a esas alturas, ya deben de haberles proporcionado información suficiente los comerciantes que se han encontrado con las culturas de la Estrella brillante.

Attulus le lanzó una mirada penetrante.

—Ese es un punto interesante —dijo. Se acarició la barba con el pulgar y el índice—. Muy interesante.

Estiró la mano para coger el teléfono.

Los marines ducales eran una pandilla de tipos duros. Había algo casi cómico en la expresión de sus rostros cuando se subieron al esquife y vieron a don Azul y en la forma que tuvieron de relajarse en los pocos segundos que les llevó a las feromonas del multiplicador vencer a su miedo. Y volvería a pasar lo mismo, todo igual, cuando salieran a trompicones del atestado esquife, entraran en el hangar, conocieran a los otros multiplicadores, vieran el Investigador y vieran llegar a los otros esquifes que vomitaban a sus camaradas y partían para repetir la operación en cuestión de segundos, un trasbordo continuo y reluciente. Hasta los saurios les resultaban desconocidos a la mayor parte, casi legendarios. Los marines los miraban como si fueran elfos.

Los quinientos marines llevaban tiempo listos para la acción, pues se acababa de cancelar el estado de alerta después de los entrenamientos para las incursiones en la costa del mar de la Media Luna. El perfil de la nueva misión no era tan diferente. Hasta las armas (carabinas de plasma, metralletas y espadas cortas) estaban preadaptadas para su uso dentro de las estaciones espaciales. La decisión de utilizar el hangar de Sauria como base se había tomado a toda prisa; a pesar de la suspensión de hostilidades, nadie sabía si los fuertes orbitales, o la fuerza aérea de Nueva Babilonia, pensaban atacar Illiria. De momento, todo el aparato militar y administrativo de Nueva Babilonia, más que paralizado, estaba revolviéndose sin control tras el golpe sufrido en su centro.

Había nueve fuertes orbitales: tres en la órbita geoestacionaria, dos en las lunas, una en el punto troyano que interceptaba las naves estelares mercantes que llegaban y tres en los límites internos del cinturón de asteroides. Solo el troyano parecía albergar un contingente significativo de tropas de verdad (marines espaciales, de hecho) y en realidad estos no habían experimentado otra cosa que décadas de abordajes sin que nadie presentara resistencia. Aun así, la forma más eficaz de hacerse con el control habría sido atacarlos a todos al mismo tiempo, para que ninguno supiera lo que estaba ocurriendo en los otros. Cosa que no era posible porque solo había disponibles seis naves capaces de realizar el salto: los cinco esquifes de los multiplicadores y el Investigador. De todos ellos, solo los esquifes podían surgir indemnes dentro de otro objeto, tras destruir cualquier cosa que estuviera en ese mismo espacio con más minuciosidad que una explosión. El plan de batalla requería una salida escalonada de los esquifes y un cálculo esmerado de los minutos y segundos luz que separaban los objetivos, así como de su importancia militar; el más distante, un fuerte que resultaba estar al otro lado del sol desde Nova Terra, estaba a unos treinta minutos luz de distancia pero presentaba la amenaza menos inmediata.

El plan era, pues, que los cinco esquifes atacaran primero los cinco fuertes que estaban al alcance de la mano, y luego sustituyeran la sorpresa por la concentración de fuerzas para aplastar a los otros; primero el de la órbita troyana, luego los tres que había en el cinturón de asteroides. Solo en estos tres se necesitarían tácticas de microgravedad, pues los fuertes geoestacionarios y el troyano disponían de giro centrífugo, y los lunares tenían gravedad baja. Los tres cosmonautas les estaban explicando a toda prisa a las tropas la técnica del movimiento y la lucha en microgravedad pero no cabía duda de que lo tendrían difícil.

Al Investigador y al esquife mingulayano que llevaba a bordo se les asignó el papel de recuperación y apoyo. Sus saltos de precisión tendrían que contar con un navegador multiplicador, don Magenta, que trabajaría al lado de Johnson y Derige. Sus coheteros y artilleros harían lo que fuera necesario. Los misiles y el cañón de plasma que tenían no eran gran cosa pero eran mejor que nada. En términos de armas desplegadas fuera de la nave, nada se parecía a lo que tenían los marines.

Susan se bajó del esquife de un salto después de su primer viaje de ida y vuelta y contempló los preparativos en medio de la penumbra que había inundado el hangar durante las últimas horas de la tarde, al tiempo que grababa las imágenes con su diminuto equipo mingulayano y murmuraba unas notas. Se las arregló para arrinconar a Matt y Mikhail después de que los dos se retiraran de una conferencia con los marines de más rango alrededor de una mesa cubierta de hojas de papel. Matt parecía haber recuperado la moral.

—Tú no vienes —le dijo en cuanto la joven lo miró—. No se trata de una cuestión de peligro, es solo que dejaría espacio para un marine o cosmonauta menos en…

—Cállate ya, Matt —dijo ella—. Eso ya lo sé. La historia tendrá que apañárselas con lo que grabe aquí y será más que suficiente. No, se trata de algo que tenéis que saber. Los dos. Y las tropas.

Matt estiró la mano para coger una taza de café que le ofrecía Johnson.

—De acuerdo.

—Tú también, Phil —dijo Susan al tiempo que tiraba del capitán antes de que pudiera escapar.

—Bueno, ¿y qué es? —preguntó Mikhail.

—Volkov está vivo —dijo ella.

—¿Qué? —dijeron todos a la vez.

—¿Cómo puedes saberlo? —preguntó Matt.

—No estoy diciendo que lo sepa —dijo la joven—. Estoy diciendo que es muy probable. Pensad en ello. ¿Qué otra persona podría haber ordenado un ataque con misiles contra Nueva Babilonia con esperanzas de que lo obedecieran? ¿Quién es la única persona que tenía más autoridad que el Senado, la Presidenta y todos los demás juntos?

—Sí, de modo informal, cuando estaba vivo pero… —dijo Matt.

—Venga Matt, Mikhail, vosotros lo conocíais, me lo habéis contado todo sobre él. El consumado cosmonauta político. Jamás habría caído en un golpe palaciego. Bueno, el golpe quizá se haya llevado a cabo, y puede que los conspiradores hayan pensado que lo habían conseguido pero Volkov habría ido por delante de ellos. Y apuesto que lleva todas estas décadas metido en uno de estos fuertes orbitales. La FDE tiene que haber sido la base de poder de Volkov. Así que creo que vosotros y vuestros valientes chavales vais a enfrentaros a una resistencia compuesta por absolutos fanáticos en al menos uno de los fuertes.

—A eso o a una negociación muy inteligente —dijo Mikhail con una amplia sonrisa de escepticismo que en parte le daba la razón a ella.

—Lo sobrestimáis —dijo Matt, dirigiéndose tanto a Mikhail como a Susan—. Su forma de actuar provocaba siempre que la cosas se le escaparan de las manos. Eso fue lo que pasó con el régimen moderno, no me cabe duda. Pero, sí, supongo que puede seguir vivo; coño, todavía tiene seguidores en el aparato burocrático y en la FDE, desde luego; si estuviera vivo, podría conseguir que lo hicieran, si es que alguien puede…, pero ¿por qué iba a atacar Nueva Babilonia? Sobre todo con una crisis como esta. Si quería volver a escena podía hacerlo sin borrar del mapa a la gente que lo echó. Es decir, la vieja Presidenta estaba ya casi muerta de…

Se detuvo y sacudió la mano con tal fuerza que se la salpicó de café caliente; Susan reparó en el gesto, abortado a medio camino, de hacer chocar el puño contra la palma abierta.

—¡Eso es! —dijo. Sonreía por primera vez en días, por primera vez desde que todo había empezado a ir mal y al fin empezaba a incorporarse, a quitarse un peso de los hombros.

—Sí —dijo Susan—. A mí se me ocurrió cuando estábamos hablando con Attulus y mencioné a los comerciantes que ya se habían encontrado con nuestro lado.

Mikhail y Phil los miraron con el ceño fruncido.

—Eh, vosotros dos, nos habéis perdido —dijo Phil.

—Al atacar Nueva Babilonia —dijo la joven—, no pretendía solo borrar del mapa el aparato central. Pretendían borrar del mapa a los miembros del aparato infectados por los multiplicadores. La gente que estaba en la cumbre.

Apenas tuvo tiempo de explicar el resto, tanto a los marines como a sus amigos, antes de que sonaran los silbatos y empezaran las carreras hacia los esquifes.

Grabar los acontecimientos desde el hangar era una forma de ser corresponsal de guerra tan segura como extraña y terrible. Los esquifes se desdibujaban al realizar los saltos y volvían a buscar más tropas más o menos una vez por minuto, iban y venían como un relámpago, a la velocidad de la luz, entre los fuertes geoestacionarios y los lunares; luego los saltos fueron más largos cuando atacaron el fuerte de la órbita troyana y, a intervalos aún más largos, dos de las tres bases de los asteroides. Fue del fuerte troyano de donde volvieron las primeras bajas de ambos bandos, resbalando en la sangre que chorreaba de las escotillas de los esquifes. La docena o así de multiplicadores que no estaban pilotando saltaron sobre los hombres heridos y empezaron a repararlos sin esperar el permiso de nadie. Ramona y Susan se apresuraron a correr de un lado a otro dando las explicaciones necesarias. Lo único que los oficiales médicos podían hacer, y lo único que tenían que hacer, era sujetar a los hombres que se agitaban y gritaban mientras trabajaban los multiplicadores. Después de los primeros y aterradores milagros, los soldados que minutos antes estaban mutilados o muertos pudieron tranquilizar a los recién llegados diciéndoles que las arañas los estaban ayudando. Incluso algunos de estos nuevos aparecidos resultaban aterradores, hombres cubiertos por un andamio de retoños de multiplicadores, una red de arañas diminutas que se pasaban sangre y trozos allí donde antes había partes de cuerpos, partes que se reparaban de forma visible sobre la marcha. Algunos de los marines revividos volvían a la acción, se dejaban llevar por la fiebre de la benigna infección, por el éxtasis de la extraña visión que percibían a través de los ojos reconstruidos. Seguía habiendo muertes, pues ni siquiera los multiplicadores podían hacer nada por un cerebro reventado. Se amortajaban los cuerpos uno a uno, pero no quedaban apilados a docenas, como seguro que habría sido el caso sin los multiplicadores.

Después de una media hora de batallas, empezaron a volver los primeros prisioneros, en principio los pocos hombres armados de los fuertes geoestacionarios, luego los cosmonautas y técnicos de la FDE, y más tarde una marea repentina del fuerte troyano y de las dos estaciones lunares. Los marines espaciales habían combatido con fuerza pero la sorpresa y la conmoción de los prisioneros al llegar al hangar después de que los subieran por la fuerza a bordo de los esquifes, los dejó totalmente dóciles. A medida que las estaciones más cercanas fueron quedando aseguradas, unos cuarenta y tantos soldados se amontonaron en cuatro esquifes que se asignaron a los dos primeros fuertes de los asteroides, uno a solo cinco minutos luz de distancia, el otro a veinticinco. Matt viajó con un par de esquifes, Telesnikov con el otro. Las partidas se escalonaron con veinte minutos de diferencia para poder atacar cada fuerte de forma simultánea.

Volvió un esquife del primer escuadrón, con bajas y prisioneros, después de una media hora. Uno de los prisioneros, sujeto con gesto triunfante por Matt, era Volkov.

Cuando los dos cosmonautas se bajaron del esquife, todavía seguían gritándose. Volkov sangraba por la boca. El cañón de la pistola de Matt le había golpeado el labio superior, pero a pesar de eso, seguía chillando. No era fácil entender lo que decían pero los epítetos más repetidos en boca de Matt eran «cabrón, rojo, asesino» y en la de Volkov «hijo de puta amante de las arañas, traidor, mamón».

Dos marines se apresuraron a separarlos. Matt utilizó la ventaja que tenía cuando lo arrastraban para darle una patada a Volkov en la entrepierna con todas sus fuerzas. Volkov jadeó y se retorció, y a punto estuvo de soltarse del marine; luego gritó:

—¡No habéis ganado, cabrones! ¡Rendíos mientras aún podéis!

—Dios —dijo Matt encogiendo los hombros para quitarse de encima al marine que lo sujetaba—. Debería matarlo ahora mismo.

—¡Hazlo si quieres, no puedes detenernos!

Entonces Volkov se derrumbó, si por la conmoción retardada que le había producido el puntapié o como forma de resistencia pasiva no hubiera podido decirse, pero al menos se calló. Se lo llevaron de allí a rastras y lo esposaron con los demás prisioneros.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Susan. Uno de los oficiales de los marines se acercó a toda prisa.

—Consiguió lanzar un llamamiento antes de que lo atrapáramos —dijo Matt—. Una llamada a los ciudadanos y al estamento militar de Nueva Babilonia para que se levanten contra los restos infiltrados de arañas de la camarilla de de Zama. Quiere que se resistan a sus peones illirianos. No sé lo efectivo que será pero es posible que alguien acepte el reto.

—Maldita sea —dijo el oficial—. Lo que nos faltaba, una guerra civil y resistencia nacional en la República.

Matt volvió a saltar al esquife a la cabeza de un nuevo escuadrón de refresco. Ambos esquifes volvieron poco después, con la estación ya segura. El escuadrón liderado por Telesnikov volvió de la estación más alejada en peor estado. Habían ganado pero les había costado mucho atravesar un aire cada vez más viciado y luego, durante un breve lapso de tiempo, el vacío provocado por los defensores al ponerse los trajes y evacuar el aire de las zonas en las que se luchaba. Los multiplicadores tenían mucho que reparar y revivir.

—Han emitido varias advertencias —dijo Telesnikov—. La tercera estación nos estará esperando, se habrán puesto los trajes, habrán sacado todo el aire y tendrán hombres armados en cada compartimiento.

—¿Cuántos trajes tienen ustedes? —preguntó el comandante en jefe de los marines.

—Diez —dijo Johnson—. Y nuestra gente no está bien entrenada en su uso, por no hablar ya de luchar con ellos. Entrenar a sus chavales llevaría demasiado tiempo.

—Podríais llevaros los trajes de los otros lados —dijo Susan mientras miraba cómo sacaban a unos prisioneros del Investigador, trasladados hasta allí por un esquife que estaba en la zona.

Matt y Telesnikov sacudían la cabeza.

—El problema es el mismo, además del sabotaje y unos cuantos malentendidos creativos —dijo Matt.

—¿Tenemos que tomar la estación ahora mismo? —preguntó Ramona—. No pueden atacar Nova Terra desde el otro lado del sol.

Matt la miró furioso.

—¿Estás segura? Porque yo no. Tienen a bordo una bomba nuclear que no quiero que utilicen, aunque sea dentro de un par de meses. Y se pueden cargar las otras estaciones con su cañón de plasma. No lo vamos a dejar estar ni un minuto más de lo necesario, de eso nada. Tendremos que bombardearla desde fuera.

—Nosotros no tenemos… —empezó a decir el comandante marine. Luego esbozó una amplia sonrisa—. Ahora sí.

—Necesitaréis a alguien que la arme —dijo Ramona.

Matt y Telesnikov se alejaron con pasos airados y se metieron entre los prisioneros. Después de unos cuantos minutos y en medio de un clamor de voces, volvieron los dos con Volkov, para sorpresa de todo el mundo. Lo habían cogido por los brazos y le habían esposado las muñecas a la espalda, tenía sangre en la barbilla y empezaban a hinchársele unos cardenales en la cara, pero seguía teniendo un aspecto desafiante y peligroso.

—Tiene algo que decirnos —dijo Matt—. Los otros confirman la historia, si es que vale de algo.

—Estáis muy equivocados —dijo Volkov—. El ataque contra Nueva Babilonia no procedió de nosotros, lo juro. Cuando tengáis tiempo podéis comprobar los ordenadores de las estaciones. Revisad sus arsenales y podréis verificar lo que os estoy diciendo. Todas las armas nucleares están ahí, contadas. Y no hay ninguna bomba nuclear táctica pequeña. Son todas anti-asteroides de varios megatones. Lo que golpeó hoy a Nueva Babilonia fue un meteorito grande que viajaba muy rápido y que atravesó la atmósfera de forma vertical, como un puño. A menos que fuera un accidente bastante extraordinario, procedía de los dioses. Son muy capaces, eso ya lo sabemos; pueden ir colocando varias inestabilidades orbitales a lo largo de unas cuantas décadas, listas para golpear cuando les apetezca. Podrían darse más en cualquier momento, o algo peor. Sabéis que hace tiempo que preparan algo; ¡habéis visto los cometas!

—¿Por qué iban a golpear ahora? —preguntó Matt—. Me parece otra coincidencia extraordinaria que se pongan por fin a atacar Nueva Babilonia décadas después de que tú empezaras a molestarlos y justo cuando resulta que nosotros estamos…

Se detuvo.

—Oh, mierda.

—Pues sí, mierda —gruñó Volkov, despectivo—. Saben que estáis aquí y están luchando con vosotros, mira tú. —Miró furioso a su alrededor—. O bien sois vosotros los que estáis luchando con ellos… ¡Esa fue la conclusión a la que llegaron todos mis hombres cuando atacasteis las únicas defensas que tenemos!

—Defensas que hoy no funcionaron —dijo Susan.

Volkov la miró con curiosidad.

—No sirven de mucho contra algo tan pequeño y rápido. Pero sí que son muy útiles contra algo más grande y lento. Salasso te lo puede contar todo sobre grandes impactos.

El saurio respondió con una débil sonrisa.

—De acuerdo —dijo Matt—. Pero si no fuiste tú y no fue una bomba nuclear, ¿por qué coño no lo dijiste?

—Tengo que admitir que todavía estábamos considerando la posibilidad de arrancarle alguna ventaja política al malentendido —dijo Volkov.

Matt soltó el brazo de Volkov y se echó hacia atrás.

—Sabes —dijo—. Eso sí que me lo creo. No has cambiado nada.

Volkov asintió.

—En cualquier caso, ahora puedo ayudaros. Si me lleváis a cualquiera de las estaciones capturadas, puedo utilizar sus sistemas de comunicación para decirle a la estación orbital que queda lo que está pasando de verdad, y ordenarles que acepten vuestros abordajes sin presentar resistencia.

—¿Y lo harán? —dijo Telesnikov.

—Oh, sí —dijo Volkov—. Lo que sí habéis entendido bien es que harán lo que yo les pida.

—¿Aún cuando eso signifique entregarle la estación al enemigo?

Volkov resopló.

—Nueva Babilonia ha sido decapitada y está sumida en la conmoción. Illiria es ahora la única potencia que puede hacerse cargo de la defensa espacial… Son de los nuestros, no el enemigo.

—¿Quién es el enemigo? —preguntó Susan. Rápido, hay que grabar esto, conseguir la historia…

Los ojos de Volkov se estrecharon.

—Las arañas… Quizá el enemigo sean las culturas de la Estrella brillante. Ya veremos cómo va eso y yo recomendaría encarecidamente que estos caballeros —y señaló con la cabeza a los oficiales illirianos— tengan eso en cuenta, cualesquiera que sean las alianzas tácticas de estos momentos. Pero el enemigo en estos momentos y en el futuro, nuestros enemigos declarados y eternos, son los dioses. Y tenemos razones para pensar que los dioses tienen preparados unos cuantos ataques más como ese. Tenemos que devolverles el golpe de forma inmediata y terrible, que sean conscientes de que no pueden atacarnos con impunidad.

—¿Y cómo vamos a hacer eso? —preguntó Matt.

Volkov esbozó de repente una amplia sonrisa.

—Buscabas a alguien que supiera armar una bomba nuclear.

—Esta vez yo también voy —dijo Susan.

Volkov se había acercado a la estación orbital más cercana y había vuelto. Había recibido una respuesta positiva a su mensaje después de más de una hora de inevitable retraso. Habían utilizado ese tiempo para montar una cabeza explosiva antimeteorito en uno de los misiles que llevaba a bordo el Investigador y también habían descargado la ubicación de un asteroide que, según la defensa espacial, contenía un dios. El plan era que don Naranja diera un salto que los colocara a menos de un kilómetro del asteroide, disparara el misil con una mecha recortada de un minuto y luego volviera a saltar de inmediato a una distancia de diez mil kilómetros.

—Tú no vienes —dijo Matt.

—No es decisión tuya —dijo Susan.

Phil Johnson, con cierta reticencia, se dejó convencer. Susan lo siguió a él, a Ann y a Matt a bordo. El resto de la tripulación estaba formado por en Salasso, Volkov, don Naranja y Obadiah Hynde, el cohetero.

Agachada en la cabina del piloto, mientras grababa en vídeo lo que se veía a través de la ventanilla, Susan luchó contra la sensación de pánico y extrañeza que la invadía al elevarse en una nave construida por la mano del hombre. La escena del hangar, con soldados, espectros y prisioneros arremolinándose bajo el atardecer, y los esquifes que salían y entraban desdibujados por los saltos, ya era lo bastante extraña para marearla sin tener que añadirle esto. Se apagaron las luces de la cabina para que todos pudieran ver el lado nocturno del asteroide.

—Coordenadas dispuestas —dijo don Naranja.

—Coordenadas introducidas y comprobadas —dijo Matt.

—Misil preparado y desplegado —se oyó la voz de Obadiah en el altavoz.

—Comunicaciones abiertas y despejadas —dijo Salasso.

—Salto —dijo Phil.

Lo siguiente que apareció en el visor de Susan fue un muro de roca mal iluminado. La sensación de que estaba derrumbándose sobre ellos era abrumadora.

—Mecha dispuesta a un minuto y descontando —dijo Volkov.

—Suelten asa del misil —dijo Phil.

—Misil liberado —dijo Obadiah—. Conteniendo el fuego.

Phil y Ann se miraron. Los primeros diez segundos de la cuenta atrás fueron pasando.

—No puedo tomar esta decisión —dijo Phil—. Le entrego el mando al coordinador del primer contacto.

—Bombardea a ese cabrón —dijo Matt.

—Señor Hynde —dijo Salasso con suavidad—, dispare el misil bajo mi responsabilidad y cuando yo lo diga. ¿Ha quedado completamente claro?

—El gatillo del misil —dijo Obadiah tembloroso— es el interruptor con forma de cuchillo de mango rojo que está a la izquierda del panel de control.

Susan jamás fue capaz de distinguir en la grabación si fue la mano de Matt, la de Salasso o la de Volkov la primera que se estiró para accionar el interruptor.