Epílogo

Shi Po se hundió tras la cortina de su litera, golpeando la silla con sus largas uñas a causa de la irritación. El barco de Ru Shan acababa de zarpar, llevándoselo a él y a su mascota blanca con destino a América. Se decía que también se había llevado a su hijo, pero que el resto de la familia Cheng se había negado a rebajarse viviendo entre los bárbaros.

No lo habían repudiado, sin embargo, con la esperanza de que les enviara oro bárbaro desde el otro lado del mar para sostener a la familia. Entretanto, Fu De, el criado, se había hecho cargo de la tienda de la familia Cheng. Peor aún, la estaba administrando muy bien. Los blancos hacían cola para comprar los vestidos que había diseñado la mascota blanca.

Después de todo, los Cheng iban a poder pagarle la deuda a su esposo.

Pero ésa no era la causa del fuerte golpeteo de sus largas uñas contra la silla. A Shi Po poco le importaban los negocios. Su esposo no necesitaba agregar la tienda Cheng a sus prósperas empresas. Y tampoco necesitaba el dinero que les traería el pago de la deuda. Shi Po era lo suficientemente rica como para vivir cómodamente mientras proseguía sus estudios.

Lo que verdaderamente la enfurecía era que Ru Shan y su mascota blanca habían alcanzado la inmortalidad. Ru Shan había ido a verla antes de partir y los brillantes cabellos del cielo rodeaban la serenidad de su cara. Incluso su esposo, que no era ningún iluminado, había notado la tranquilidad y la felicidad de Ru Shan. Pero ella con su ojo entrenado había visto más que felicidad. Había visto júbilo, belleza e inmortalidad.

Y entonces la mascota blanca entró en la habitación.

Cheng Lydia era su nombre, la segunda esposa de Ru Shan. Pero Shi Po debía llamarla inmortal. Peor aún, Shi Po se había visto obligada a escribir ese nombre bárbaro en el libro de la tigresa.

¿Cómo era posible que una mujer bárbara alcanzara lo que ella no había podido alcanzar? ¿Cómo podía tener éxito una mascota inglesa en algo en lo que muchos años de estudio y dedicación sólo le habían traído pocas recompensas a Shi Po?

Un día entero de meditación no la había conducido a ninguna respuesta. Tampoco una noche de ayuno ni otras dos noches de práctica. Era enloquecedor. Y ahora Ru Shan y su esposa blanca habían zarpado rumbo a América, donde Shi Po ni siquiera podría aprender de sus logros.

Shi Po hizo una mueca y levantó la cortina para mirar de nuevo la nave que se alejaba. Le deseó éxitos a Ru Shan y a su esposa bárbara en una tierra más salvaje que Mongolia. Supuso que los iluminados no necesitaban la cultura y el refinamiento.

Pero debía sentirse agradecida. Debía estar complacida porque la partida de Ru Shan le aseguraba su propio éxito. Si hubiera permanecido en China, el inmortal Ru Shan sería ahora el maestro más destacado en las prácticas del dragón y la tigresa. Pero en su ausencia, Shi Po seguía siendo la más importante. Todos sabían que él había sido su pupilo. Así que si no podían aprender de él, ella era la única a la que podían recurrir.

Pero ¿cómo podía Shi Po conducir a alguien a un lugar al que no había ido? ¿Cómo podía enseñar algo en lo que ella misma no era sino otra alumna? Shi Po no tenía las respuestas, ni orientación, sin embargo, muchos estudiantes llamaban diariamente a su puerta.

Estuvo pensando en ello de camino a su casa. Pero cuando la litera finalmente fue depositada frente a la puerta, no había logrado ni remotamente acercarse a una solución. Y su frustración se convirtió en ira tan pronto como supo que otro joven pupilo la aguardaba para una audiencia.

—No tengo nada que decirle —masculló sin dirigirse a nadie en particular—. Ahora no —agregó súbitamente. Desde siempre había sido una seria practicante de las artes de la tigresa, pero ahora sentía correr por sus venas la fuerza del fervor. Era como un fuego yang, sólo que más potente. Y con esa fuerza dirigiéndola, Shi Po supo que ahora nada la detendría para alcanzar su objetivo.

Se convertiría en una inmortal, aunque tuviera que entregar todo lo que tenía.