Capítulo 13

Lydia no sabía que esperar de su primera noche de vida matrimonial, pero lo último que quería era regresar al mismo lugar donde había conocido a Ru Shan. Las paredes desnudas del cubículo y la atmósfera deprimente de mujer encerrada la hicieron vacilar en el umbral, sin querer entrar.

—Si tuviera dinero, Lydia —replicó Ru Shan con voz suave—, te llevaría a un palacio y te amaría en medio de jardines perfumados con la luna brillando sobre nuestras cabezas. Pero no soy más que un pobre comerciante y esto es todo lo que puedo pagar. Todavía no puedo llevarte a mi casa. Tendría que presentarte a toda mi familia y no tengo deseos de compartirte en este momento. Por favor, Lydia, trata de entender. Ahora soy tu esposo, no tu dueño. Y tú mi esposa, no una mascota. Perdóname por el dolor que te causé al comienzo, pero no dañes nuestro futuro recordando demasiado el pasado.

Lydia no respondió pues sólo pensaba que se había casado con un hombre que tenía una voz hermosa y una forma de ser muy persuasiva. Hasta ahora no se había dado cuenta, ya que él mantenía muchas cosas ocultas y solía ordenar más que pedir. Pero ahora le estaba implorando, incluso cuando no tenía que hacerlo. Él era su esposo y su obligación moral y legal como esposa era obedecerle. Sin embargo, le estaba pidiendo por favor que entrara, que regresara al lugar donde había sido suya por primera vez.

Lydia le sonrió, tomó la mano que le ofrecía y caminó hacia su nueva vida. Era su esposa e iba a disfrutar de su noche de bodas. Así que, ¿qué importaba que no la alzaran para cruzar el umbral? ¿Qué importaba que Ru Shan no fuera un aristócrata inglés? Él era su esposo y su elección.

—Éste es un maravilloso lugar para nuestra primera noche juntos, Ru Shan —le aseguró Lydia con tanto entusiasmo como pudo—. Son los nervios de recién casada los que me hacen dudar.

Ru Shan asintió como si entendiera, luego la acercó más a él, tirándola de la mano. Lydia se movió lentamente, sin saber qué era lo que él quería y se ruborizó de vergüenza y placer cuando él se llevó su mano hasta los labios. No llevaba guantes, así que él tuvo fácil acceso a su piel. Y mientras ella seguía parada en el umbral, Ru Shan se tomó su tiempo para besarle la mano, acariciándole con suavidad cada dedo antes de proseguir con delicados besos y largas y eróticas caricias con la lengua. Cuando llegó a la palma de la mano, el rocío del yin de Lydia ya había comenzado a fluir.

Ru Shan era un maestro en lo que hacía, y los nervios de Lydia pasaron de la ansiedad a la expectativa. Pero antes de que ella pudiera reaccionar, Ru Shan levantó la mirada con una sonrisa de complacencia en el rostro.

—Nuestra cena ha llegado. —Y, en efecto, en ese momento, Fu De entró llevando recipientes de bambú con comida dentro—. El banquete verdadero será mañana —siguió diciendo Ru Shan—. Esto es para nosotros. Al igual que esto —indicó, al tiempo que cogía de manos del sirviente un gran pincel de artista sumergido en una jarra llena de un líquido claro. Obedeciendo a la curiosidad natural, Lydia dio un paso hacia delante y se ofreció para llevar la jarra y descubrir qué había en ella. Pero Ru Shan negó con la cabeza y la llevó en silencio hasta la habitación, donde la puso en el suelo, cerca de la cama.

Lydia se quedó detrás con Fu De y entre los dos organizaron rápidamente el picnic sobre una estera de bambú. Aunque no podía dejar de preguntarse qué estaba haciendo su esposo en la otra habitación, su estómago se sintió muy complacido con los aromas que salían de los cestillos.

Quién le habría dicho unas semanas antes que se deleitaría con las extrañas comidas de Fu De. Pero aparentemente su estómago era más inteligente. Mientras que Fu De depositaba con cuidado un plato tras otro diciendo cosas como: «Para la limpieza», «Para un pelo y una piel lozanas» y «Para aumentar la energía», el estómago de Lydia hacía ruidoso eco de sus palabras. Aparentemente su cuerpo prefería estos extraños alimentos a los pesados potajes con los que había crecido.

Ru Shan regresó con una sonrisa en el rostro. Le dijo algo a Fu De, agradeciéndole sus servicios y dándole instrucciones para la mañana siguiente. Durante ese tiempo esperó sentada sobre las rodillas, observando a su esposo. Ru Shan sonreía. No era una sonrisa discreta, cortés. Tampoco la mueca mitad risa mitad éxtasis que también le conocía. Esta era de verdadera dicha, brotaba de lo más profundo de su ser y llenaba de alegría todo su cuerpo. Su marido estaba feliz.

El cambio en él era tan impactante que Lydia apenas podía creerlo. Era como si todo su cuerpo se hubiese vuelto más ligero. Sin su máscara cotidiana de amable estoicismo chino, Ru Shan se revelaba como una persona maravillosa. ¡Y era su esposo! ¡Iba a compartir la vida con este espléndido ser!

No podía creer lo afortunada que era. Así que cuando Fu De por fin hizo una reverencia de despedida, estaba totalmente feliz y sorprendentemente sonriente. De hecho, en un ataque de entusiasmo infantil, se inclinó súbitamente y besó a Ru Shan en los labios.

Naturalmente, él se sorprendió. Ella nunca se había comportado de manera tan desinhibida. Pero un segundo después, se relajó al ver la entusiasta expresión de su esposa. La tomó entre sus brazos mientras le devolvía el beso. Luego cambió de posición y le estampó otro sonoro beso en los labios. Cuando terminó, se retiró un poco y la miró a los ojos.

—¿Es una costumbre inglesa?

Lydia encogió los hombros.

—Tal vez la vuelva una costumbre. —Al ver la mirada de confusión de Ru Shan, Lydia se rió—. Estoy feliz, Ru Shan. Ahora soy una esposa y una diseñadora de ropa. Excepto por los hijos, es todo cuanto había deseado, y estoy muy, muy feliz.

Ru Shan le sonrió, pero su expresión no fue tan abierta como ella esperaba. Cuando ella vaciló, él le explicó:

—Me alegra, esposa mía, verte tan feliz. Espero que este estado de felicidad continúe. —Luego hizo una pausa y Lydia se preparó para lo que venía. De alguna manera sabía que sus siguientes palabras no serían agradables—. Lydia, tú entiendes que cada vez que un hombre se deja ir pierde mucha juventud. Esa energía se va hacia su semilla. De hecho, creemos que uno pierde un año de vida cada vez. —Lydia asintió lentamente, pues recordaba que él ya se lo había dicho—. Lydia, yo no deseo tener hijos todavía. Se requiere mucha semilla, mucha energía del dragón de jade, para crear un hijo. Y yo no deseo eso en este momento.

—Porque quieres convertirte en inmortal —supuso Lydia—. Porque quieres tomar toda esa energía para… —Lydia no sabía el resto. Por suerte él respondió su pregunta antes de formularla.

—Esa energía me lanzará al cielo, donde conviviré con los inmortales. Después de eso, regresaré a la Tierra. Un hombre no puede vivir con los inmortales. Sólo podemos visitarlos.

Lydia asintió, preguntándose a dónde querría llegar Ru Shan.

—Después de que eso ocurra, cuando ya sea un inmortal —continuó diciendo Ru Shan—, podremos hablar otra vez sobre los hijos, pero no antes.

—Pero ¿acaso no quieres tener un heredero? —Lydia no sabía por qué estaba discutiendo, por qué quería hacerlo cambiar de opinión. Apenas estaba comenzando a intuir cómo era la sociedad china. Ella tenía toda una nueva vida que aprender como esposa de Ru Shan. Lo último que necesitaba era un niño que complicara más las cosas. Sin embargo, la idea de no intentar siquiera quedar embarazada le produjo una profunda tristeza.

Ru Shan negó con la cabeza.

—Mi heredero ya está recibiendo los cuidados necesarios. —Ru Shan se quedó callado un momento y la miró fijamente a los ojos—. ¿Entiendes? Ya tengo un heredero.

Lydia asintió suponiendo que Ru Shan se refería a un primo o un sobrino que heredaría la tienda después de la muerte de Ru Shan. Él le estaba diciendo que tal vez perdería su posición como diseñadora si sufría una muerte prematura.

—Bueno —repuso tratando de sonreír—, un heredero es un asunto del futuro lejano. Tenemos muchos, muchos años para hablar sobre los hijos.

Ru Shan sonrió, aunque su expresión todavía parecía cautelosa. Al igual que sus caricias, cuando tomó la mano de Lydia y volvió a llevársela a los labios. El beso fue rápido y mecánico.

—Disfrutaré viendo crecer a nuestros hijos, Lydia. Pero ellos tendrán una posición difícil en China y debemos pensarlo muy bien antes de hacer algo así.

Lydia asintió con la cabeza y su entusiasmo se desvaneció. Ru Shan tenía razón. Un niño medio blanco, medio chino tendría que enfrentarse a un mundo hostil. Ninguna de las dos razas lo acogería. Suspiró.

—Con suerte nuestra tienda producirá suficiente dinero para que a nuestros hijos nunca les falte de nada.

Ru Shan asintió pues estaba claramente de acuerdo. Pero eso no le impidió repetir otra vez sus palabras:

—¿Entonces lo entiendes, Lydia mía? No intentaremos tener hijos por ahora.

Ella asintió con la cabeza y sintió una oleada de calor por cómo él la había llamado. Siempre había querido ser la Lydia de alguien, y ahora lo era. De la manera mejor y más maravillosa: como esposa y amante. ¿Qué mundo más perfecto podría existir? Excepto, claro, por la ausencia de los hijos.

—Ya nos enfrentaremos a ese tema más adelante. Cuando estemos seguros de que podemos ofrecerle un hogar a un niño.

Y con eso los dos tuvieron que contentarse. En realidad Lydia estaba agradecida por la previsión de Ru Shan. Ella no querría perjudicar a sus hijos simplemente por no haber pensado bien las cosas a la hora de concebirlos.

—Ven —dijo señalando el festín que tenían frente a ellos—. Llenemos nuestros estómagos antes de llenar nuestros corazones. —Ru Shan la miró y una chispa de deseo y expectativa se encendió en sus ojos. Lydia sintió que se sonrojaba en respuesta y, en un extraño momento de timidez, bajó la cabeza y miró la comida en lugar de ver la promesa de secretas delicias que parecía arder en cada fibra del cuerpo de su esposo.

Desvió la mirada sin dejar de pensar en lo que seguiría y rápidamente las delicias de la mesa se desvanecieron ante la noche que la esperaba.

Ya fuera porque Ru Shan era un maestro en estas artes o porque la conocía muy bien, el hombre alargó la comida haciendo que las expectativas de Lydia crecieran hasta hacerse insoportables. Se recostó contra los cojines y se tomó todo el tiempo para probar cada plato, tomando pequeños bocados y granitos de arroz con sus palillos. Y durante todo el tiempo sus ojos estaban fijos en Lydia, observando todos sus movimientos, viendo cada una de sus expresiones y Dios sabe qué más. Ella se sentía acunada por su mirada, que la hacía estremecer desde la punta de los pies hasta las sonrojadas mejillas.

Ru Shan no paraba de hacerle preguntas. Quería saber todo sobre ella. La animó a hablar de Inglaterra, su familia, su infancia. Lydia se entusiasmó recordando a su padre, muerto hacía tres meses. Un médico corriente, con un gran corazón y manos grandes y suaves. Cuando era niña ella solía llevarle perros heridos, pajaritos lastimados y una vez incluso un hosco hurón. Había sido un padre cariñoso y ella le echaba de menos terriblemente.

Él la escuchaba, alentándola a continuar. Sus ojos dejaban ver una gran melancolía. Después de un rato, Lydia dejó de hablar de sus recuerdos y lo miró.

—Tu padre no es un hombre amable, ¿verdad?

Ru Shan negó con la cabeza.

—Mi padre es un hombre de objetivos. Me pone retos y espera que los cumpla.

—¿Y si no los cumples? —preguntó Lydia, temiendo la respuesta.

Ru Shan encogió los hombros.

—Los chinos a veces golpean a los niños que desobedecen, aunque no con mucha frecuencia. Los padres tienen otra manera de reforzar la disciplina. —Lydia se inclinó hacia delante, con deseos de saber más. Después de un rato él contestó su tácita pregunta—. Las familias enteras viven como una sola, Lydia. Padres, abuelos, tías y tíos, primos, todo viven en el mismo recinto. Si un niño desobedece, cae sobre él la ira de toda la familia. Todos, desde el más joven hasta el abuelo más anciano, pueden castigar al niño como les parezca. Es la mayor fortaleza de nuestra cultura.

—¿Que toda la familia permanezca unida?

Ru Shan asintió, pero su expresión revelaba tristeza.

—También es nuestra mayor debilidad. Porque la familia puede decidir como unidad lo que un chico debe hacer. —Ru Shan suspiró—. El peso de esa responsabilidad es terrible.

Conmovida por la tristeza de la voz de Ru Shan, Lydia estiró la mano y acarició la mejilla de su esposo. Enseguida él levantó la vista hacia la cara de ella, pero la joven no le miró a los ojos, en lugar de eso fijó la mirada en su boca, en cómo Ru Shan apretaba los labios reprimiendo un gran dolor.

—Te resulta difícil, ¿verdad? El hecho de que tengas que hacer que la tienda de tu familia dé ganancias. Preferirías estudiar la filosofía taoísta, ¿no?

Ru Shan negó con la cabeza, pero lentamente, como si estuviera sintiendo su respuesta.

—Me gusta vender cosas —sonrió fugazmente—. Y soy bueno en eso. —Luego encogió los hombros—. Bueno, tal vez no exactamente vendiendo. En realidad mi padre era mucho mejor con los clientes. Pero yo soy quien se asegura de que tengamos la mejor materia prima, las mejores mercancías para vender. Hago contactos y organizo las entregas. Me aseguro de que siempre estemos bien surtidos, incluso en las peores épocas…

—Hasta ahora —terminó Lydia cuando él se quedó callado. La muchacha recordó las estanterías vacías, el aspecto sombrío de la tienda de Ru Shan—. ¿Qué pasó?

Ru Shan suspiró y dejó caer los hombros. Sus ojos miraron hacia otro lado y comenzó a jugar con la comida.

—Este no es momento de hablar de esas cosas.

Lydia frunció el ceño, sintiendo que la terquedad de Ru Shan era como una nube espesa que enrarecía el aire.

—No pongas una barrera entre nosotros, Ru Shan. Y menos recién casados. —Nuevamente estiró la mano y levantó el mentón de su marido. Esta vez le imprimió más fuerza al movimiento porque Ru Shan se resistió. Al final cedió y levantó los ojos. Tenía la mirada turbia. Lydia se inclinó hacia delante para dar más énfasis a sus palabras—. Sé que algo te preocupa, Ru Shan. Y si una esposa no puede ayudar a su marido cuando está decaído, ¿entonces para qué sirve? —Lydia guardó silencio mientras Ru Shan pensaba en lo que ella acababa de decir. Luego insistió—: Necesito saber qué pasó si quieres mi ayuda.

Ru Shan se dio por vencido. Lydia sintió como si algo se abriera paso a través de él, como si la piedra que obstruía la salida de sus sentimientos íntimos se rompiera de repente. Hasta su cuerpo se contrajo. Cerrando los ojos se acomodó sobre los cojines para que él pudiera apoyar la cabeza en su regazo. Cuando estuvo recostado ella empezó a acariciarle distraídamente.

—Shi Po dejó escapar mi secreto —comenzó—. Les dijo a ciertas personas que tenía una mascota blanca. Para mi pueblo ese hecho es suficiente para verme como un hombre de negocios en el que no se puede confiar.

Lydia frunció el ceño.

—Tener una… —Ni siquiera podía pronunciar las palabras.

—¿Qué piensan los ingleses de un hombre que tiene relaciones con animales? —preguntó Ru Shan y su voz tenía un tono apologético.

Lydia se encogió de hombros. Hasta ella, una niña protegida, había oído rumores sobre ese tipo de cosas.

—Pensamos que es una persona desnaturalizada. Sucia, sería la palabra.

—¿Y harían negocios con ese hombre?

Lydia suspiró.

—Muchos médicos ni siquiera lo atenderían.

Ru Shan suspiró.

—Lo mismo sucede en China. Sólo que en China…

—Consideran que los blancos somos animales.

Ru Shan asintió y luego levantó la vista para mirarla.

—Estamos equivocados, Lydia. Yo no sabía cuan equivocados hasta que te conocí.

Lydia asintió, sabiendo que Ru Shan decía la verdad. Una verdad horrible, pero cierta. Entonces sonrió, como una manera de decirle en silencio que lo perdonaba por su error. Luego cambió la dirección de sus pensamientos.

—Cuéntame más cosas sobre Shi Po. Fue tu maestra en algo que elegiste por ti mismo: los secretos taoístas, y te traicionó de la manera que más afectaba a tu familia. —Lydia hizo una pausa. Le dolía incluso decir las siguientes palabras—: Esa mujer ha usado su posición para destruirte. —Ru Shan no dijo nada, pero la tensión de su cuerpo respondió por él—. ¿Ha sido accidental? —preguntó Lydia—. ¿O tenía la intención de hacerte daño?

—Shi Po no hace nada por casualidad —admitió tomando aire de manera calculada. Lydia sintió que el pecho se le inflaba y que una exhalación fluía con un aire de frustración—. Su esposo es mi mayor competidor. Ganan mucho con nuestras pérdidas.

Lydia negó con la cabeza. ¿Cómo Ru Shan se había puesto en esa situación?

—¿Por qué decidiste estudiar con ella?

—Ella es la mayor tigresa de Shanghai. Algunos viajan desde todos los rincones de China para ser sus discípulos. —Ru Shan se levantó del regazo de Lydia y se incorporó para mirarla a los ojos—. Son pocos los que estudian estas artes. Muchos las consideran inmorales. Como te dije antes… si mi padre supiera hasta dónde llegan mis estudios, me repudiaría. —Observando la tensión de sus rasgos y sus hombros intuyó que él acababa de decirle algo significativo, pero no estaba segura de entender—. Para un chino ser repudiado por su padre significa ser expulsado no sólo de la familia, sino de toda la sociedad. Y también de la vida después de la muerte. Ser un hijo repudiado es lo peor que puede existir en China. Es ser una encarnación de la maldad. Es más que una vergüenza, eso te vuelve sucio y… —le faltaban las palabras para expresar el horror que describía—. Ser mal hijo es lo peor que un hombre puede hacer.

—¿Mal hijo cómo?

—Desobedecer, deshonrar a un padre. —Ru Shan respiró hondo y Lydia pudo ver que estaba tomando una decisión. Esperó en silencio, preguntándose qué iría a decir. Pero no dijo nada. En lugar de eso se puso de pie y tiró de ella para que hiciera lo mismo. Lydia se dejó llevar sin oponer resistencia, al tiempo que estudiaba la cara del hombre buscando una clave para dilucidar sus pensamientos.

De repente Ru Shan comenzó a besarla. Puso su boca sobre la de su esposa y le metió la lengua, quemando todo lo que tocaba, como si la estuviese marcando. Lydia no entendió su comportamiento, sólo los sentimientos que lo acompañaban. Sintió la desesperación y el dolor de Ru Shan, su necesidad de saber que ella era suya, completamente y sin reservas.

Abrió la boca y se fundió en sus brazos. Se apoyó contra él con la cabeza hacia atrás, dándole total acceso a su cuerpo, y también a su mente y su espíritu. Ru Shan bebió con avidez de Lydia, primero devorando su boca y luego deleitándose con la piel de su cuello e incluso la hinchazón de sus senos, que todavía estaban cubiertos por su vestido de corte occidental.

Después, Ru Shan disminuyó el ritmo y su frenesí pareció ceder. Lentamente se fue apartando y la abrazó para tenerla cerca de su corazón. Sólo entonces habló, con la mejilla apoyada en la cabeza de Lydia. Las palabras fluyeron directamente a los oídos de la muchacha.

—Mi padre supo de mi interés a través de mi primo, Zhao Gao, aquel que tiempo atrás creí que debía sentirse avergonzado, pero que resultó estar lleno de vida. —Lydia asintió, recordando al hombre que él había llamado un «dou», es decir, una persona con gran potencial que terminó siendo un fracaso— Mi padre no es tonto. Él sabía quién era Shi Po, sabía que era la única maestra disponible para mí y que también era la esposa de Kui Yu. Él me prohibió estudiar, Lydia. Me dijo que seguir ese camino sería destruir la tienda, destruir a la familia.

—¿Le desobedeciste?

Ru Shan asintió.

—Yo quería estudiar. Quería saber lo que Shi Po sabía. Sentir lo que Zhao Gao sentía. Ser…

—Ser feliz —concluyó Lydia. Siempre supo que él disfrutaba con sus estudios, se le notaba en su forma de practicar. Había gran concentración, sí, pero también un placer inherente en lo que hacía.

—Los hombres santos de China son muy honorables. Son grandes eruditos poseedores de una moral intachable.

—¿Tú creíste que Shi Po era como ellos?

Ru Shan asintió.

—No creí que ella fuera a traicionarme. — Ru Shan soltó una carcajada, una explosión silenciosa de aire en la que no había ni una pizca de humor—. Todavía no entiendo por qué. Ellos tienen suficiente. Más de lo que nosotros tenemos, incluso. ¿Por qué haría esto?

—Porque es codiciosa. —Lydia habló sin pensar—. Porque no es tan santa como tú creíste.

Ru Shan se quedó callado, mientras sentía que su cuerpo se hacía cada vez más pesado. Lydia tardó en darse cuenta, pero de pronto comprendió que él estaba escondiendo algo. El problema era mayor que lo que él le había contado.

—¿Qué me ocultas, Ru Shan? ¿Qué más hay?

Al principio no respondió, pero después de unos instantes dejó caer los brazos y dio un paso hacia atrás. Tenía la mirada fija en el suelo. Luego la elevó y la posó en el rostro de Lydia.

—Pedí dinero prestado, Lydia. Para comprarte. Le pedí dinero prestado a Kui Yu, el marido de Shi Po.

Lydia sintió un nudo en la garganta pero de alguna forma encontró el aliento para hablar.

—¿Cuánto debes? ¿Y cuánto tiempo tienes para pagarlo?

Ru Shan sacudió la cabeza.

—Unos pocos meses más.

—¿Cuánto? —insistió Lydia—. ¿Tienes ya una parte?

Ru Shan se encogió de hombros.

—Creo que todavía puedo conseguirlo. Creo que… si tus diseños se venden bien… —Ru Shan la tomó de los brazos y aunque la sostuvo con fuerza no fue para hacerle daño—. Incluso tengo pedidos, Lydia. Puedo conseguir la tela porque tengo pedidos. Pero sólo si tú me ayudas. Debes mostrarles a las costureras lo que tienen que hacer.

Lydia sonrió.

—Claro que te ayudaré. Puedo empezar mañana.

Ru Shan negó con la cabeza.

—No, Lydia. Mañana no. Mañana te presentaré ante mi familia como mi esposa.

Lydia frunció el ceño.

—Pero si hay tanta prisa…

Ru Shan le puso un dedo en los labios, interrumpiendo sus palabras.

—Tú eres mi esposa, Lydia. Te hice mi esposa ante tu Dios hoy y mañana lo haré ante mi familia. No te liberaré de tus votos. Quiero que todo sea legal entre nosotros. Marido y mujer.

Lydia asintió, increíblemente complacida por la determinación de Ru Shan. Él la deseaba legal y moralmente.

—Para que nadie nos separe —murmuró Lydia, repitiendo las palabras de la boda.

Ru Shan sonrió.

—Nadie. Ni siquiera Shi Po y todas sus maquinaciones.

Lydia sonrió y se puso de puntillas para besarlo suavemente en los labios.

—Trabajaré mucho, esposo mío, para hacer que nuestra tienda sea muy, muy exitosa.

—Eso me dará mucha alegría, esposa mía.

Lydia cambió su expresión volviéndose más coqueta, más sensual.

—¿Hay algo más que te daría mucha alegría, esposo mío? —preguntó.

Ru Shan se quedó quieto, como si estuviera pensando, pero Lydia podía ver el fuego yang ardiendo en sus ojos. Aunque no lo hubiera visto, podía sentirlo en las partes donde sus cuerpos estaban juntos. Lentamente, con extremado cuidado y un gran despliegue de fuego yang, Ru Shan comenzó a desabotonarle el vestido. Comenzó por la parte de arriba, en el centro de la nuca, donde los botones parecían robarle el aire. Y mientras le quitaba la ropa, ella liberaba su yin, dejándolo fluir sin barreras entre ellos.

Lydia no supo cómo sucedió. Hasta hacía poco él tenía que masajearle los senos para hacerle hervir la sangre antes de que su poder yin comenzara a fluir. Esta vez no hizo falta. Lydia sintió que la energía yin se deslizaba con facilidad entre ellos.

Ru Shan también debió de percibirlo, porque bajó las manos hasta las caderas de Lydia, impidiéndole hacer presión sobre su dragón de jade, y estimulándola todavía más.

—Quiero convertirme en inmortal esta noche, Lydia. El yin y el yang fluyen libremente entre nosotros.

Lydia sonrió.

—Sí, lo sé.

—¿Puedes sentir mi yang? —Ru Shan pareció sorprenderse y ella se rió al ver su cara de desconcierto.

—Claro que puedo. Es como una llama que me abrasa la piel. —Le dio un beso rápido—. Lo sentí desde la primera vez, ¿sabes?

Ru Shan asintió lentamente.

—Dicen que las mujeres aprenden más rápido que los hombres. Pasaron muchos meses antes de que yo pudiera sentir el flujo del yin. —Ru Shan sonrió, aunque el gesto pareció pensativo—. Con esa sensibilidad, serás una excelente compañera para mí. ¿Tienes alguna objeción?

Esta vez ella se rió y la dicha pareció brotar de su interior.

—Claro que no. Soy tu esposa.

Ru Shan sacudió la cabeza.

—Hay muchas mujeres en China, incluso muchas esposas, que piensan que esto es pecaminoso.

Lydia vaciló un tanto confusa.

—Pero vosotros tenéis… intimidad con vuestras esposas, ¿no?

Ru Shan asintió con la cabeza.

—Sí. Pero muchas veces ese arreglo es sólo para la conveniencia de los padres, no para la felicidad del marido o la esposa. Hay que tener intimidad para concebir un heredero, pero no placer.

Lydia sonrió.

—Para nosotros será un placer.

Ru Shan sonrió y nuevamente Lydia se sorprendió al ver cómo le rejuvenecía esa amplia sonrisa.

—Entonces, ¿serás mi compañera? ¿Mi tigresa?

—Desde luego.

Ru Shan le acarició la cara. No fue una simple caricia, sino un roce reverencial de sus dedos, como si no pudiera resistirse a tocarla.

—Eres magnífica, Lydia. —Luego Ru Shan se puso serio—. Esto requerirá mucho yin de tu parte. Mucho… —Frunció el ceño mientras buscaba la palabra en inglés—: Muchas veces de… —Nuevamente le faltaron las palabras.

—Ese momento, ese… —Lydia también buscaba las palabras correctas—: Esa marea de poder que dijiste que me podía lanzar a la inmortalidad.

Ru Shan asintió.

—Sí. Tendrás que remontar esas aguas muchas veces. —Ru Shan vaciló, como si temiera confesarlo todo—. Eso te dejará muy cansada.

—O me convertirá en inmortal. —Lydia se enderezó y nuevamente se puso de puntillas para besarlo. Esta vez se demoró más y deslizó su lengua por los labios de Ru Shan. Luego actuó por impulso y le chupó el labio inferior metiéndolo en su boca. No tardó en sentir su respuesta como una llamarada de su yang. Retrocedió un poco, sin poder ocultar su sonrisa—. Tal vez deberíamos empezar.

Ru Shan asintió y condujo a Lydia al dormitorio. Era la misma habitación de antes, la misma cama, las mismas sábanas. Pero por alguna razón Lydia la vio diferente. Ella había elegido esta vida y a este hombre, lo cual convertía esta habitación en un refugio y no en una prisión. Era el refugio de unos enamorados y no algo terrible.

Ru Shan vio que Lydia miraba a su alrededor y se puso tenso.

—Debí haberlo decorado de nuevo. O llevarte a un lugar distinto. —Ru Shan suspiró—. Pero el dinero…

—No —le interrumpió Lydia—. Sólo estaba pensando que lo que crea las prisiones es nuestra mente, no nuestra ubicación. Así está bien, Ru Shan.

Ru Shan la miró a la cara con ojos inquisitivos, sin duda buscando rastros de una mentira, pero ella le dejó estudiarla, sabiendo que sólo encontraría felicidad. Después de un rato Lydia lo sintió relajarse y buscar detrás de él el pincel de artista y la jarra.

—Quiero pintarte, Lydia. Y cuando tu yin fluya libremente, podrás pintarme a mí.

Lydia no entendió, pero confiaba en que Ru Shan se lo explicaría. Se agachó para ver el líquido que había en la jarra de cerámica.

—Es agua aromatizada. —Ru Shan le acercó la jarra y Lydia sintió un exótico aroma, con un toque floral. Identificó el olor del jengibre y la lavanda, el jazmín y algo más. Algo oscuro y sensual. Algo que parecía nublar sus pensamientos. De repente Lydia se echó hacia atrás, recordando el té envenenado que se había tomado en aquel perverso burdel. Ella no tenía intenciones de…—. No hay opio en esto. Yo no te envenenaría con eso, Lydia. Lo juro.

Lentamente Lydia trató de aplacar los latidos de su corazón y controlar el pánico.

—No quiero ninguna droga. Así no.

—No hay drogas. Sólo especias. —Ru Shan guardó silencio un momento—. Y nosotros. Recuerda, sin embargo, que horas y horas de una práctica como ésta harán que la mente se derrumbe, que nuestras inhibiciones caigan. Se puede sentir como el aturdimiento de una droga, pero es mucho más sano. —Volvió a hacer una pausa mientras se preguntaba si Lydia habría entendido—. Es necesario romper los límites de nuestras mentes para volverse inmortal. Eso sólo se consigue alcanzando cierta «extenuación».

—¿Pero no por medio de una droga?

—Yo no —aseguró Ru Shan con seriedad—. No confío en esos métodos.

Lydia sonrió, complacida.

—Entonces dime qué debo hacer.

Al tiempo que mojaba suavemente el pincel en el agua, Ru Shan asintió. Lydia vio cómo las suaves cerdas se esponjaban ligeramente a medida que fueron absorbiendo el agua perfumada. Y luego jadeó cuando él levantó el pincel hasta su cara.

—Te voy a pintar, Lydia. Como una manera de comenzar el flujo del yin.

Lydia se rió y se avergonzó por el tono infantil de su risa.

—El yin…

—Ya está fluyendo —la interrumpió Ru Shan—. Sí, ya sé. Pero esto lo hará aún más dulce. —Y diciendo esto comenzó a pintarla.

De las cartas de Mei Lan Cheng

17 de junio de 1885

Querida Li Hua:

¡El señor Gato Perdido ha vuelto! Pero ahora es el capitán Gato Perdido y dirige su propio barco.

Yo sabía que volvería. Lo sabía. Pero no creí… Y de pronto ahí estaba. Justo frente a mí, con un obsequio. No era realmente para mí, dijo, sino para Ru Shan. Un libro inglés sobre la construcción de barcos. Yo no lo entendí lo más mínimo, pero a Ru Shan le encantó. Lo ha estado estudiando una y otra vez. Cuando le pregunto que por qué, dice que es porque la gente blanca sabe cosas, cosas secretas que nosotros no sabemos. Tal vez se debe a que están mucho más cerca de los muertos. En todo caso, a él le gusta estudiar cómo piensan los blancos.

Sheng Fu está fascinado, claro. Dice que uno siempre debe saber más sobre el cliente. Dice que Ru Shan es muy hábil por aprender esas cosas. Sheng Fu no se rebajaría con eso, pero elogia a su hijo por hacerlo. Creo que, tal vez, está tratando de herirme. Sabe que a Ru Shan le gusta trabajar en la tienda mucho más que estudiar. Y Sheng Fu siempre tiene que tener algo para presumir.

Mi querida amiga, estoy tan cansada, y sin embargo no puedo dormir. Oigo a Sheng Fu en la habitación de al lado con la esposa de Ru Shan y sus gemidos me enfurecen. Pero no como antes. Antes quería sacarle los ojos. Ahora sólo me enfurezco contra mi padre. ¿Cómo pudo casarme con esta familia? ¿Para que fuera su esclava, para trabajar hasta desfallecer para conseguirles oro, su opio? Y sin un hijo siquiera que brille como mi familia en los estudios.

Pero no debo quejarme. Tú también tienes tu cuota de tristeza. Al menos tu marido ahora tiene un hijo. Sé que está pendiente de la madre del niño, pero así es como son las cosas, y ella también es su esposa. Las dos debemos aprender a estar contentas. Yo con mis diseños y tú con la hija que te queda. Con el tiempo las dos recibiremos el favor del cielo por nuestra sumisión.

Ahora tengo que irme a dormir. Sé que soñaré con el señor Gato Perdido, pero no puedo evitarlo. Así son las cosas con las mujeres. Debemos encontrar nuestra felicidad donde sea, incluso si es con un bárbaro.

Mei Lan

LA IMAGEN DE LA DIFICULTAD

AL COMIENZO.

CABALLO Y CARRO SE SEPARAN.

ÉL NO ES UN RAPTOR.

VA A CORTEJAR EN EL DEBIDO PLAZO.

LA DONCELLA ES CASTA,

NO SE COMPROMETE.

DIEZ AÑOS, ENTONCES SE

COMPROMETE.

I Ching