CAPITULO 13

Villiers y Jackson viajaron durante toda la noche. Salieron de París, pasaron por Orléans, Tours y Nantes y de allí hacia el sur. Llegaron temprano a Lancy, a las ocho de la mañana. Al llegar a la alambrada exterior del viejo aeródromo, Jackson disminuyó la marcha del Citroen. Pasó ante el portón principal, cerrado con candado, luego aceleró y, tras una curva, detuvo el coche en una arboleda al borde del camino.

Luego volvieron a pie, entre los árboles, para echar un vistazo a la pista aérea.

—Da la impresión de ser la época de la guerra —dijo Villiers.

—No hay señales de vida. —Jackson se estremeció—. Detesto esta clase de lugares. Me recuerdan a los miles de hombres buenos que han muerto.

—Te comprendo —asintió Villiers. Miró hacia el cielo, que estaba encapotado—. Espero que nuestros amigos puedan llegar a pesar del clima.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Jackson.

—Vamos a St.-Martin. Tenemos que descubrir la casa de Donner.

Volvieron sobre sus pasos a través de la arboleda.

Tendida de espaldas, Gabrielle contemplaba el techo. De pronto giró la cabeza. Montero la miraba.

—¿Cómo te encuentras esta mañana? —preguntó él con preocupación.

—Bien. —Se sentía asombrada de su propia serenidad y dominio—. Lamento lo de anoche.

El le besó una mano.

—¿Quieres hablar de ello?

—No hay nada que contar. Son fantasmas del pasado, nada más. —Le apretó la mano—. Este asunto con Donner en Bretaña es muy importante, ¿verdad?

—Sí. Digamos que él puede proporcionarnos ciertos materiales que mi gobierno necesita, porque el embargo de las armas ha cerrado las vías normales.

—Y cuando concluyas el negocio volverás a la Argentina, ¿verdad? ¿Cuándo, Raúl? ¿En dos días? ¿Tal vez tres?

—No tengo alternativa —dijo él, llanamente.

—Ni yo. Debo aprovechar el tiempo que me queda contigo, aun cuando deba compartirlo con ese desgraciado de Donner. Iré con vosotros a Lancy.

El no pudo reprimir el brillo en su mirada.

—¿Estás segura?

—Muy segura.

Se volvió hacia él. Montero hundió su rostro en el cuello de Gabrielle. Ella le acarició el cabello y fijó nuevamente la vista en el techo. Era asombroso lo fácil que resultaba mentir, engañar.

Donner se paseaba impaciente, en Brie-Comte-Robert, fumando un cigarrillo tras otro. Wanda estaba apoyada contra la pared del hangar y Rabier esperaba en el Chieftain.

—¿Dónde diablos se habrá metido? —preguntó Donner.

En ese momento un taxi atravesó el portón principal y cruzó el parque. Raúl Montero vestía unos jeans y la vieja chaqueta de aviador. Bajó del taxi y le tendió una mano a Gabrielle para ayudarla. Donner sintió que su furia se desvanecía, y fue a su encuentro con una expresión de verdadero placer.

—De modo que ha resuelto acompañarnos.

—Sí. Lo pensé y decidí que no tenía nada mejor que hacer.

Montero sacó las bolsas del taxi y pagó al chófer. Gabrielle estaba hermosa con sus jeans e impermeable azul y Donner la contemplaba maravillado. Era una sensación rara y nueva. Deseaba que esta mujer lo deseara.

—Muy bien —dijo—. En marcha.

Se encaminaron hacia el Chieftain. Wanda miró a Montero con la misma intensidad que la noche anterior. El sonrió.

—Usted se preocupa demasiado.

—Usted debería preocuparse más —dijo ella, y lo siguió hacia el avión.

Los únicos clientes del pequeño bar del puerto de St.-Martin eran Villiers y Jackson, quienes comían los croissants que les había servido la patrona, una mujer robusta, rubia y de aspecto maternal y bondadoso.

—¿Desean más café? —preguntó.

Villiers asintió.

—¿No tiene clientes a esta hora?

—Los parroquianos están en su trabajo, Monsieur, y últimamente los turistas escasean. Los tiempos han caminado.

—¿Es verdad que hay una pista aérea cerca de aquí?

—Sí, en Lancy, pero está clausurada desde hace años. —Les sirvió el café caliente—. ¿Vienen por razones de negocios, caballeros?

—No —dijo Villiers—. Desde hace una semana estamos recorriendo la Bretaña en coche. Nos dijeron que había buena pesca por aquí.

—Es verdad. La mejor de toda la costa.

—¿Dónde podríamos alojarnos?

—A un par de manzanas de aquí está el hotel Pomme d'Or, pero no se lo recomiendo. Es muy sucio. Hugo, el agente inmobiliario, tiene casas para alquilar. Chalets, cabañas, ese tipo de alojamiento. Estará encantado de ayudarlos. Como les decía, no tenemos tantos turistas como antes. Su oficina está a cincuenta metros de aquí, por la misma calle.

—Se lo agradezco —dijo Villiers con una sonrisa encantadora—. Iremos a verlo de inmediato.

Monsieur Hugo era un hombre canoso y afable que aparentemente no tenía empleado que lo ayudara. Resultó de lo más servicial. De la pared colgaba un gran mapa de la zona, con banderitas rojas clavadas con alfileres para indicar la ubicación de las fincas.

—Si quieren un alojamiento en el pueblo, puedo conseguírselo sin dificultad —dijo—. Desde luego, sería por un período mínimo de una semana.

—Perfecto —dijo Villiers—. Preferiría un lugar en el campo. Un amigo mío de París, que estuvo aquí hace algunos años, mencionó una casa llamada Maison Blanche.

El anciano asintió, se quitó las gafas y señaló una de las banderitas.

—Efectivamente, es una casa hermosa, pero demasiado grande para lo que ustedes necesitan. Además, la he alquilado a un caballero que vino de París.

—Comprendo. —Villiers estudió el mapa y señaló una de las banderitas entre Maison Blanche y Lancy—. ¿Y ésa?

—Sí. Creo que es perfecta para lo que usted necesita. Un chalet pequeño y moderno llamado Whispering Winds1, construido hace cinco años por un maestro de Nantes, que piensa venir a vivir aquí al jubilarse. Por ahora, la usa durante sus vacaciones. Totalmente amueblada, con dos dormitorios. Puedo alquilársela por quinientos francos a la semana, más una garantía contra daños de cien francos. Por adelantado, claro. —Sonrió con aire de pedir excusas—. Es triste, Monsieur, pero mi experiencia me enseña que muchos se van sin pagar.

—Comprendo perfectamente.

Villiers sacó su billetera y dejó el dinero sobre la mesa.

—¿Quiere que lo lleve hasta allá y le muestre la casa? —preguntó el viejo.

—No es necesario. Estoy seguro de que tiene mucho que hacer. Por favor entrégueme la llave.

—Desde luego, Monsieur. —El viejo cogió la llave de un tablero y se la entregó—. Hay un excelente almacén de artículos generales muy cerca de aquí. Madame Dubois tendrá todo lo que usted necesite.

Villiers salió y subió al Citroen.

—¿Todo va bien? —preguntó Harvey Jackson.

—Creo que sí. Ya he descubierto dónde está la Maison Blanche y he alquilado un chalet en las cercanías. —Mostró la llave—. Se llama Whispering Winds.

—Dios me libre —dijo Jackson.

—Vamos al almacén que está a un par de manzanas. Necesitamos algunas cosas.

Villiers se apoyó en el asiento y encendió un cigarrillo. Todo iba bien. Sólo faltaba que llegaran Donner, Raúl Montero y Gabrielle para que empezara el juego.

Cuando el Chieftain aterrizó en Lancy, poco antes del mediodía, Stavrou los esperaba con una camioneta Peugeot. Oculto entre los árboles, Villiers los observaba con sus prismáticos. Los pasajeros bajaron del avión, que luego se dirigió hasta uno de los hangares; Stavrou había abierto las puertas para que entrara. El y Rabier las cerraron y se situaron con los demás en el Peugeot.

—¿Gabrielle está con ellos? —preguntó Jackson.

Villiers asintió. Rabier se sentó junto a Stavrou en el asiento delantero y el Peugeot partió.

—Bueno, volvamos al chalet y almorcemos. Yo llamaré al brigadier. Así nuestros amigos podrán instalarse. Espiaremos la Maison Blanche más tarde.

Volvieron al coche.

Harry Fox estaba almorzando cuando llamó Villiers.

—El no se encuentra aquí, Tony. Está en una reunión del Estado Mayor Conjunto en el Ministerio de Defensa. Volverá en menos de una hora. ¿Dónde estás tú?

—En el corazón de Bretaña. En un chalet de descanso que se llama, créase o no, Whispering Winds.

—¿Y Donner?

—Muy cerca.

—Perfecto. Dame tu número de teléfono y te llamaré apenas vuelva el brigadier.

Donner acompañó a Montero y Gabrielle a uno de los dormitorios en el primer piso. Era una sala anticuada, de techo alto y ventanas angostas. La atmósfera era sombría debido al empapelado de color burdeos. Había una cama muy alta, de aspecto incómodo.

—El baño está ahí —dijo Donner—. Tenemos todas las comodidades. Stavrou dice que el almuerzo estará servido en media hora. Los veré entonces.

Salió. Montero se sentó sobre la cama y la hizo crujir.

—Por Dios, qué muelles tan ruidosos. Todo el mundo se enterará de mi loca pasión por ti.

Ella se sentó a su lado.

—No me gusta este lugar, Raúl. Y no me gusta él.

—Lo sé. Pero yo sí te gusto y eso es lo que importa.

Le tomó la cara entre las manos y la besó con suavidad.

Villiers se sentó en la sala a tomar un trago mientras aguardaba la llamada de Ferguson. Jackson apareció de la cocina.

—Estoy escuchando la radio de París. Noticia de última hora. El Segundo de paracaidistas cayó sobre Goose Green esta mañana.

—¿Cómo está la situación?

—Las agencias norteamericanas dicen que hay fuertes combates.

Villiers pateó una silla.

—Y aquí estamos, jugando como niños.

—No sea idiota —dijo Jackson, terminante—. He preparado una sopa y hay pan francés y queso. Si quiere comer, venga a la cocina. Si prefiere quedarse en la cantina de oficiales, es cosa suya.

En ese momento sonó el teléfono.

—¿Cómo está todo, Tony? —preguntó Ferguson.

—Perfectamente —dijo Villiers, y le dio los detalles.

—Muy bien —dijo Ferguson—, cuando conozca cuáles son las intenciones de Donner, llámeme de inmediato. Que el sargento Jackson permanezca cerca del teléfono, por si necesito comunicarme con usted urgentemente.

—Entendido, señor —dijo Villiers—. Acabamos de escuchar las noticias sobre los combates en Goose Green.

—Dios mío —dijo Ferguson—. Aquí todavía no han difundido la noticia.

—¿Qué sucede?

—El avance es difícil, Tony. El servicio de inteligencia falló. Los argentinos son muchos más de lo que pensábamos. Parece que cayó el comandante, pero hemos recibido poca información desde el frente. Me comunicaré más tarde.

Villiers cortó la comunicación y se dirigió lentamente a la cocina con el rostro sombrío.

El almuerzo consistió en una gran cantidad de salmón ahumado y caviar de Beluga, rociado con champaña Krug.

—Estoy a régimen —dijo Donner—, de modo que, si yo sufro, mis invitados sufren conmigo. ¿Usted no bebe, comodoro?

—Ya le dije que el champaña me sienta mal.

—¿Qué prefiere, entonces? Un buen anfitrión debe satisfacer al más quisquilloso de sus huéspedes.

Montero miró a Gabrielle, quien sonrió, sabiendo de antemano lo que diría. Él le sonrió a su vez.

—Me gustaría una buena taza de té.

—Dios me libre —gimió Donner, y miró a Stavrou, de pie junto a la puerta—. A ver si puedes hacer algo.

Stavrou salió y Montero se dirigió a Donner:

—Tenemos que hablar, Donner. Arreglar nuestros asuntos. Si le parece bien.

—Perfectamente. —Donner se dirigió a Gabrielle y Wanda—: ¿Nos disculpan, señoritas?

—Por supuesto —dijo Gabrielle—. Saldré a caminar un rato. —Miró a Wanda—: ¿Me acompaña?

—¿Invita a Wanda a pasear? —rió Donner—. Qué ocurrencia.

La joven se sonrojó y se puso de pie.

—Gracias, iré a deshacer las maletas.

Donner se dirigió a Gabrielle cuando Wanda se hubo ido:

—Una sola advertencia. Por razones de negocios el establo es zona prohibida. Puede pasear libremente por el resto del terreno.

Gabrielle abrió la puerta ventana y salió.

Donner y Montero se sentaron junto a la chimenea en la sala.

—¿Usted garantiza que no habrá tropiezos? —dijo Montero.

—Absolutamente ninguno. Mis agentes en Italia me aseguraron esta mañana que todo está dispuesto. Los Exocets estarán aquí mañana por la mañana, sin dificultades. Espero que el oro en Ginebra esté igualmente disponible.

—Le aseguro que no habrá problemas con eso.

Donner encendió un cigarrillo.

—Usted volará en el Hércules. ¿Mademoiselle Legrand irá con usted?

—Es muy probable —dijo Montero—. Trataré de convencerla. —Se puso de pie—Creo que yo también saldré a caminar.

—Lo acompaño —dijo Donner—. A mí también me vendrá bien el aire fresco.

No había forma de negarse, de modo que salieron juntos.

Oculto entre los pastizales junto al muro que rodeaba la finca, Villiers había observado varias cosas interesantes. Por ejemplo, que de tanto en tanto Stavrou salía por la puerta de atrás de la casa e iba al establo. Había alguien allí, alcanzaba a divisar un rostro cuando se abría la puerta.

Entonces apareció Gabrielle, que cruzó la terraza y el parque hacia la arboleda. La siguió con sus prismáticos, perdiéndola de vista un par de veces. Por fin apareció junto a un pequeño lago y caminó por una senda hacia un pequeño chalet al otro lado.

El ojo experto de Villiers detectó movimientos entre los árboles junto al lago. Al enfocar sus prismáticos, vio aparecer un hombre con jeans remendados y cabello largo bajo una gorra de tweed. Llevaba una escopeta en la mano y seguía a Gabrielle, oculto en la maleza. Villiers se paró y atravesó la arboleda a la carrera.

Gabrielle abrió la puerta deteriorada del chalet y entró. Había una mesa de madera, un par de sillas y un hogar de piedra. Faltaban los vidrios de algunas ventanas y el suelo estaba húmedo donde había entrado lluvia. De pronto oyó un ruido a su espalda.

El joven era de mediana altura, rostro enfermizo y hosco. Tenía barba de varios días. Su ropa le iba grande y tenía el cabello revuelto bajo la gorra. Llevaba una escopeta de dos cañones.

—¿Qué quiere? —preguntó ella.

El se secó los labios con el revés de la mano. Sus ojos brillaban al mirarla.

—Eso le pregunto yo a usted. Soy el guardián de la finca.

—Ah, comprendo. —Se apoyó en la mesa—: ¿Cómo se llama?

—Me alegro de que se muestre más amable —dijo con una sonrisa desagradable—. Me llamo Paul, Paul Gaubert.

Ella lo apartó y salió.

—Oiga, venga acá —exclamó.

La tomó del brazo derecho.

—No sea idiota. Soy huésped de Monsieur Donner.

Soltó su brazo de un tirón y le dio un fuerte empujón con las dos manos. El hombre se tambaleó, la miró estupefacto y luego con furia. Soltó la escopeta y trató de atraparla. Gabrielle le dio un rodillazo en la ingle.

Donner y Montero llegaron a la cumbre de la colina que dominaba el lago justo a tiempo para presenciar la escena, que incluyó la llegada oportuna de Villiers, aunque a esa distancia no pudieron ver la furia helada en sus ojos cuando agarró a Paul Gaubert del cuello y el cinturón y lo arrojó de cabeza al lago. El muchacho volvió a la superficie y trepó a la orilla.

—¡Gaubert! —gritó Donner, mientras él y Montero bajaban la cuesta a la carrera.

El joven lo miró aterrado y escapó.

—¿Estás bien? —le preguntó Villiers a Gabrielle.

—Muy bien —dijo ella—, pero trata de cambiar de libreto. Esto se vuelve monótono. Y cuidado, viene alguien.

—Soy un irlandés de vacaciones, alojado en un chalet cerca de aquí. Michael O'Hagan.

Debido a la situación en Irlanda, el SAS había montado un laboratorio de idiomas donde los soldados aprendían los acentos regionales irlandeses. Villiers era capaz de hablar como un hombre nacido y criado a cinco millas de Crossmaglen, y no era la primera vez que usaba el seudónimo de Michael O'Hagan.

Montero llegó corriendo, muy preocupado.

—¿Te encuentras bien, Gabrielle?

—Sí, gracias a este caballero.

—O'Hagan —dijo Villiers alegremente, en irlandés—. Michael O'Hagan.

—Se lo agradezco, señor —dijo Donner, estrechándole la mano—. Soy Félix Donner. Ésta es mi finca, y le presento al señor Montero. La dama a quien usted rescató es la señorita Legrand. El salvaje que la atacó es un gitano que se llama Gaubert; le di permiso para acampar en mis tierras. Esto demuestra lo que sucede cuando uno trata a esa gentuza como si fueran seres humanos.

—Encantado de conocerlos —dijo Villiers.

—¿De dónde venía usted, señor O'Hagan?

—Estaba en la arboleda junto al camino —dijo Villiers, señalando el lugar—. Trataba de orientarme con un mapa, cuando vi a ese sujeto, que evidentemente seguía a la señorita Legrand con su escopeta. El resto es historia conocida, como suelen decir.

—Entiendo. ¿Se aloja cerca de aquí?

No tenía objeto tratar de ocultarlo.

—En un chalet cercano, con un amigo. Estamos recorriendo Bretaña en coche.

Quería aparecer como un tipo sencillo, franco e ingenuo y aparentemente lo había logrado.

—Venga a tomar un trago —dijo Donner.

—Muy amable de su parte —dijo Villiers—, pero tendrá que ser en otro momento. Me he demorado más de lo esperado.

—Entonces, venga a cenar esta noche —insistió Donner—. Y traiga a su amigo.

—No traje ropa formal —dijo Villiers, para mantener su imagen.

—No importa. Será absolutamente informal. Invite a su amigo.

—De acuerdo. Pero no lo comprometo a él. Quizá tenga otros planes.

—Lo espero a las siete y media. Cenaremos a las ocho.

Villiers se alejó a buen paso.

—Suerte que andaba por aquí —dijo Montero.

—¿Verdad que sí? —dijo Donner con expresión tosca.

De regreso en el chalet, Villiers se duchó y afeitó. Al salir a la cocina vestía pantalones, camisa oscura y una chaqueta de tweed. Tenía una Walther PPK en una mano y un rollo de cinta adhesiva en la otra. Puso su pie izquierdo sobre una silla, se levantó el pantalón y fijó el arma por encima del tobillo.

—Daniel en la cueva de los leones —dijo Jackson.

—Nunca se sabe. Es bueno llevar un as en la manga. Pórtate bien.

Salió y partió en el Citroen. Jackson se sirvió otra taza de café y extendió la mano para encender la radio. En ese momento sintió una brisa fresca en la nuca, como si alguien hubiera abierto una puerta. Se volvió rápidamente y se encontró frente a Yanni Stavrou que entraba pistola en mano, seguido por dos de los reclutas de Roux.

Por las puertas ventanas se veían las bayas del parque como siluetas recortadas contra un cielo color de fuego. La sala estaba cálida y confortable.

Gabrielle vestía su pantalón de peto amarillo; Montero jeans y camisa de franela azul. Para Donner, la informalidad era un suéter de mohair en lugar de chaqueta.

Miró hacia afuera antes de cerrar la ventana.

—El clima podría empeorar mañana.

—Espero que no —dijo Montero—. La cena estuvo deliciosa.

—Es mérito de Wanda. Cuando se esfuerza, hace las cosas bien.

Lo dijo con condescendencia.

—Pues estuvo más que buena —dijo Gabrielle—. Realmente fue excelente.

—Por favor, no se lo diga. Se volverá insoportable de tan engreída.

En ese momento entró Wanda con una bandeja. Su indumentaria era la más formal de todas: traje sastre con pantalón de pana negra.

Sirvió té a Gabrielle y Montero.

—Los irlandeses también beben té, ¿verdad, O'Hagan?

—No todos —dijo Villiers alegremente—. Yo prefiero el café.

La muchacha sirvió las bebidas con mano temblorosa. Gabrielle se volvió hacia Montero.

—Quiero tomar aire fresco. ¿Salimos a pasear?

—Por supuesto.

El argentino abrió la puerta ventana y salieron.

—Hermosa pareja, ¿no le parece? —dijo Donner.

Villiers fingió una leve sorpresa.

—Pues, sí, así lo creo.

—¿Cuál es su profesión, señor O'Hagan?

—Ingeniero en ventas. Más que nada, bombas petroleras.

—Es un buen sector, ahora que descubrieron yacimientos en el Mar del Norte.

—Así es. —Villiers miró su reloj—. Ha sido una velada maravillosa, pero debo partir. Mañana debo despertarme temprano.

—Lo lamento. Ha sido un placer tenerlo aquí. —Donner lo acompañó a la puerta y la abrió—. Le agradezco nuevamente lo que hizo hoy. Encomendé a Stavrou, mi empleado, que le diera su merecido al gitano, pero cuando llegó al campamento ya habían partido.

Se estrecharon las manos y Villiers bajó la escalera. Donner volvió a la sala.

—¿Necesitas algo? —dijo Wanda.

—No. Vete a la cama.

—Es muy temprano, Félix.

El meneó la cabeza.

—No aprenderás nunca, ¿verdad? —Le pasó el revés de la mano por la cara y ella retrocedió, como si esperara un golpe—. Eso es —dijo él—, obedece. Vete a la cama.

Al salir Wanda entró Stavrou.

—¿El coche está listo? —preguntó Donner.

—Sí.

Donner fue a la ventana abierta. Alcanzó a ver la brasa encendida del cigarrillo de Montero, quien conversaba con Gabrielle en el otro extremo del parque.

—Oigan —gritó—. Debo salir un rato. Si quieren beber algo, sírvanse. —Volvió a la sala y le dijo a Stavrou—: En marcha.

Montero fumaba, apoyado en la balaustrada.

—No he hecho más que hablar de mi madre y mi hija. Debes de estar aburrida.

—Son parte de ti, Raúl. Quiero que me hables de estas cosas. Son importantes.

—Sí —dijo él—. La vida no vale nada si uno no tiene raíces. Todos necesitan un lugar donde apoyar la cabeza de vez en cuando. Un lugar del que se tenga la certeza de que uno será comprendido.

—Ojalá existiera un lugar así para mí —dijo ella, con una angustia en la voz que le llegó al corazón.

—Ese lugar existe, mi amor. Mañana volaré a la Argentina desde aquí.

—No comprendo.

—Desde Lancy. Un avión aterrizará allí con material bélico. Un avión de transporte Hércules. Puedes venir conmigo.

En verdad podía. Sería tan fácil. Por un momento estuvo a punto de confesarle toda la verdad.

Villiers abrió la puerta del chalet y entró.

—Harvey, ¿dónde estás?

No hubo respuesta. Desde el fondo de la casa llegaba el sonido de una radio. Reconoció la melodía. Un tema para nostálgicos. Al Bowlly, famoso cantante romántico de los años treinta, entonaba Moonlight on the Highway.

La puerta del dormitorio estaba entornada y Villiers se detuvo en el umbral. Jackson estaba sentado a una mesa al otro lado de la cama, junto a un pequeño aparato de radio.

—¿Qué diablos pasa, Harvey?

Al acercarse, vio que Jackson estaba atado a la cama. Tenía el rostro cubierto de ampollas, producidas probablemente por cigarrillos encendidos. En la sien derecha tenía un orificio de bala, de pequeño calibre ya que no había orificio de salida. Los ojos estaban fijos en la pared.

Villiers se dejó caer en la cama, abatido, y lo miró largamente. Aden, Omán, Borneo, Irlanda. Tantas guerras, tantas muertes, para acabar de esa forma.

Una puerta a su espalda se cerró con estrépito. Su mano ya buscaba la Walther, cuando se giró y se encontró frente a frente con Stavrou y dos hombres armados.

—Duro, el hijo de puta —dijo Stavrou—. No pudimos sacarle una sola palabra.

—El SAS les brinda un entrenamiento de primera, mayor Villiers —dijo Donner—. Debo reconocer eso.

Montero y Gabrielle se hallaban junto al fuego, conversando en susurros, cuando se abrió la puerta y entró Donner, quien fue a pararse de espaldas a la chimenea.

—Qué ambiente más agradable. Fuera hace un frío de mil demonios.

—¿Tuvo que caminar mucho? —preguntó Montero amablemente.

—Bastante. Sucede que esta tarde me llamó un amigo desde París. Estuvo verificando algunos datos acerca de su amiguita, aquí presente.

—¿A qué diablos se refiere? —dijo Montero, furioso.

—Me refiero a la señorita Legrand o, si lo prefiere, la señora Gabrielle Villiers. ¿No sabía que era casada?

—Divorciada —dijo Montero—. Me parece que su informante está sumamente atrasado.

Gabrielle, paralizada, esperaba el golpe final.

—Muy bien —dijo Donner—, pero, ¿quién es el señor Villiers, o mejor, el mayor Villiers? Un tipo notable. Regimiento de Granaderos y escuadrón 22 del SAS, créase o no. Cuando mi amigo me pasó estos datos por teléfono, empecé a comprender una serie de hechos muy interesantes.

Fue a la puerta, la abrió y entró Stavrou con el prisionero.

—Comodoro Raúl Montero, permítame presentarle al mayor Anthony Villiers. Me atrevería a decir que ustedes dos tienen muchísimo en común.