CAPITULO 10
En el aeropuerto Charles de Gaulle, el capitán George Corwin, apoyado en una columna, leía un diario. Fuera estaba oscuro; eran más de las nueve de la noche. De pie junto a un puesto de diarios, García trataba de aparentar tranquilidad, sin lograrlo en absoluto. En ese momento, Raúl Montero salió de Migraciones y Aduana. Llevaba una bolsa de lona en una mano y vestía unos jeans, su vieja chaqueta de aviador y un pañuelo al cuello. Corwin lo reconoció de inmediato, gracias a la foto que le había proporcionado el Grupo Cuatro.
García se adelantó a saludarlo.
—Es un placer conocerlo, señor comodoro. Juan García a sus órdenes.
—El placer es mío —dijo Montero amablemente—. Creo que sería una buena idea que no me llame comodoro.
—Por supuesto —dijo García—. Qué estupidez de mi parte.
Trató de tomar la bolsa.
—Yo puedo llevarla —dijo Montero, con cierto fastidio.
—Por supuesto —dijo García—. Pase por aquí. Mi coche está afuera. Le he alquilado un buen apartamento en la Avenue de Neuilly. Allí estará cómodo.
Cuando se alejaban de la salida principal, George Corwin se encontraba en el asiento trasero de un Rover negro. Tocó el hombro del chófer.
—Sigue a esa camioneta Peugeot verde, Arthur. No importa adonde vaya.
Era un apartamento agradable, cómodo y moderno, aunque sin nada que destacar. Esa clase de apartamento que se encuentra en cualquier ciudad del mundo. Su única ventaja era la magnífica vista del Bois de Boulogne, al otro lado de la avenida.
—Espero que se halle a gusto aquí, comodoro.
—Perfectamente —dijo Montero—. Perfectamente. Aunque me imagino que no estaré aquí por mucho tiempo.
—Debe entrevistarse con los señores Donner y Belov; este último representa los intereses rusos en este asunto. Mañana a las once, si le parece bien.
—Sí, está bien. ¿Y luego?
—No tengo la menor idea. El señor Donner exige discreción. Tal vez mañana sea más comunicativo.
—Así lo espero. —Montero lo acompañó a la puerta y lo despidió—. Hasta mañana.
Cuando García hubo salido, volvió a la sala, abrió la puerta ventana y salió al balcón. Estaba en París, una de sus ciudades preferidas, y tal vez podría ver a Gabrielle.
Turbado por la emoción, cogió la guía telefónica y pasó las hojas con rapidez. Imposible. Había muchos Legrand, pero ninguna se llamaba Gabrielle.
Por supuesto, podría encontrarse en Londres. El número del apartamento de Kensington estaba grabado en su memoria. ¿Por qué no? Aunque no se atreviera a hablarle, al menos escucharía su voz. Buscó el código telefónico de Londres, tomó el auricular y marcó. Lo dejó sonar un largo rato antes de cortar.
En la nevera había vino y jerez. Se sirvió un vaso de vino helado y salió al balcón. Mientras lo sorbía lentamente pensaba en ella. Nunca se había sentido tan solo.
—¿Dónde estás, Gabrielle? —susurró—. Ven a mí. Dame un indicio.
A veces eso servía. En las misiones a San Carlos, pensar en ella y sentir su presencia tangible, lo había salvado más de una vez. Apuró su vaso y, bruscamente, se sintió muy cansado. Entró y se fue a la cama.
A menos de un kilómetro de distancia, en la Avenue Victor- Hugo, Gabrielle estaba apoyada en la baranda del balcón de su propio apartamento.
El asunto era casi irreal, se sentía como en un sueño en cámara lenta, donde ella era espectadora más que partícipe. Raúl se encontraba en algún lugar de la ciudad: lo sabía porque Corwin la había llamado para decirle que llegaría esa noche.
Cuando sonó el teléfono, tomó el auricular con rapidez.
—Llegó —dijo Corwin—. Lo seguí a él y a García a una casa de apartamentos en la Avenue de Neuilly. Soborné a la persona correspondiente para obtener el número del apartamento. ¿Quieres anotar la dirección?
Lo hizo y preguntó:
—¿Qué debo hacer? ¿Ir al apartamento y golpear a la puerta?
—No me parece una buena idea —dijo Corwin—. Que decida el mayor Villiers. Llega mañana.
Cortó la comunicación. Gabrielle memorizó la dirección, luego rompió el papel y lo quemó.
—Ahora empieza la mentira —susurró—, y el engaño y la traición.
Volvió lentamente a la sala.
La dirección que Belov le había proporcionado a Donner resultó ser un pequeño club nocturno en Montmartre, cerca de la Madeleine. El patrón era un tal Gastón Roux.
Era un hombre pequeño, con gafas de carey; vestía traje a rayas de excelente confección y corte muy conservador. Podría pasar por abogado o contable, o incluso por un comerciante próspero. En cierta forma lo era, salvo que su comercio era el crimen, cualquier cosa, desde el tráfico de drogas hasta la prostitución. Era célebre en el bajo mundo de París por su despiadada eficiencia.
—Necesito matones —dijo Donner, mientras sorbía el excelente coñac de Roux—. Mi contacto dijo que usted podría proporcionármelos.
106
—Tengo cierta reputación, Monsieur —dijo Roux—. Es verdad. ¿Cuántos necesita?
—Ocho.
—Nuestro amigo mutuo dice que usted quiere soldados retirados, y que uno de ellos debe ser veterano del Cuerpo de Comunicaciones.
—Exactamente.
—De modo que se trata de un asunto de envergadura. ¿Podría darme más detalles?
—Lo siento, pero no.
Roux probó fortuna con otra pregunta:
—¿Existe la posibilidad de que naya un tiroteo?
—Sí. Es por ello que ofrezco veinticinco mil francos por hombre.
Roux asintió.
—¿Por cuánto tiempo?
—Deberán permanecer en el campo durante dos o tres días, para recibir instrucción. La tarea propiamente dicha se llevará a cabo en tres o cuatro horas.
Roux tomó aliento.
—Perfectamente. Estas son las condiciones. Cien mil francos por mis servicios de intermediario, a cambio de lo cual le proporcionaré, por treinta mil francos per cápita, ocho hombres que estarían dispuestos a fusilar a sus propias abuelas si fuera necesario.
—Sabía que usted era la persona que necesitaba.
Donner llamó a Stavrou, que permanecía de pie junto a la puerta, con un chasquido de los dedos. Este se acercó, colocó un maletín azul sobre la mesa y lo abrió. Contenía billetes.
Donner colocó los fajos de billetes sobre la mesa.
—Doscientos cuarenta mil para ellos, cien mil para usted. Digamos trescientos cincuenta, para redondear.
—¿Todo por adelantado?
—Claro que sí. Es una forma de expresar mi confianza en usted.
Roux sonrió, mostrando sus dientes de oro.
—Usted me gusta, Monsieur, de verdad. Y puesto que sabía que el asunto concluiría satisfactoriamente, ya he reunido algunos especímenes para que usted escoja los que más le gusten. Si hace el favor de acompañarme, lo haremos ahora mismo.
El edificio, a dos manzanas de distancia, tenía un cartel sobre la puerta que decía, Roux e hijo, Servicios Fúnebres.
—Es una pequeña empresa legal —dijo Roux al franquear la puerta—. Sólo me sirve para dar una fachada respetable a algunos de mis negocios, pero Paul, mi único hijo, la toma en serio.
—Sobre gustos no hay nada escrito —dijo Donner.
Roux lo precedió por un largo corredor bordeado de salas de velatorio. En algunas había ataúdes, y el aire estaba impregnado de perfume de flores marchitas.
Se oyó un murmullo de varias voces proveniente del final del corredor. Roux abrió una puerta y se encontraron en un gran garaje donde había tres coches fúnebres y dos camiones. Una docena de hombres los esperaba: cuatro jugaban a los naipes y los demás fumaban y conversaban.
Era un lote de hombres rudos, todos con aspecto de veteranos, de alrededor de cuarenta años de edad.
—Si me espera unos instantes, les explicaré la situación —dijo Roux. Sonrió sombríamente—. Me gusta ponerme de acuerdo con la gente que contrato. Mantengo una relación especial con ellos. ¿Comprende, Monsieur?
—Por supuesto —dijo Donner con una sonrisa.
El y Stavrou salieron a un patio por una puertecilla. Donner sacó un cigarrillo y Stavrou se lo encendió.
—¿Podrás con ellos? Parecen difíciles.
—No tanto, si se los mira bien —dijo Stavrou.
—Veremos.
Roux abrió la puerta:
—Adelante, caballeros.
Los hombres esperaron en fila mientras Donner los examinaba.
—Ya les he explicado la situación —dijo Roux—. Todos quieren participar. —Señaló a un hombre separado de los demás—. Ese es el experto en comunicaciones. En cuanto a los demás, elija usted.
Donner eligió a los ocho que, a su juicio, tenían peor aspecto. Cuando llegó al final de la fila, uno de los excluidos, un hombrón de nariz rota y cabello rojo rapado, lo maldijo y le escupió el zapato izquierdo.
Donner lo abofeteó. El hombre trastabilló, estupefacto, y luego gruñó con furia y se abalanzó sobre él para destrozarlo. Pero ahí estaba Stavrou. Le aferró la muñeca derecha y se la retorció. Al sentir que se desgarraban sus músculos el hombre gritó, pero Stavrou, sin soltarle la muñeca, lo arrojó de cabeza contra una pila de cajones en un rincón. El hombre cayó de rodillas, con el rostro cubierto de sangre.
—¿Alguno de ustedes quiere retirarse? —preguntó Donner. Señaló a Stavrou—. Les advierto que mi amigo será su jefe.
Nadie se movió. Nadie dijo una palabra, salvo Roux, quien suspiró y le ofreció un cigarrillo a Donner.
—El poder corruptor del dinero es algo terrible, ¿no le parece, Monsieur?
Ferguson se había acostado temprano, no para dormir sino para trabajar cómodamente en la cama. Cuando estaba a punto de poner fin al trabajo del día recibió una llamada de Harry Fox.
—Me llamó George Corwin desde París, señor. Raúl Montero llegó a su hora. Lo recibió García, quien se lo llevó a un apartamento en la Avenue de Neuilly, cerca del Bois de Boulogne. Le dio la dirección a Gabrielle.
—Muy bien —dijo Ferguson.
—Ella me preocupa, señor. Es mucho lo que le pedimos.
—Ya lo sé, pero estoy seguro de que será capaz de hacerlo.
—Pero, diablos, señor, lo que usted le pide es que cumpla nuestros objetivos y, de paso, se autodestruya.
—Tal vez. Pero, ¿cuántos hombres han muerto ya en el Atlántico Sur, Harry? Hombres de los dos bandos. Mire cuántos murieron cuando se hundió el Belgrano. Hay que terminar con esta carnicería, ¿no comprende?
—Claro que sí, señor.
Fox parecía cansado.
—¿Cuándo llega Tony?
—A las cinco de la tarde, hora de Francia.
—Viaje hacia allí mañana, Harry. Usted y Corwin irán al aeropuerto a recibirlo. Lo pondrán al corriente, hasta el último detalle.
—No le gustará que usemos a Gabrielle, señor.
—¿Qué quiere decir?
—Bueno, señor, estuvieron casados durante cinco años. Ya sé que hubo muchos problemas en su relación, pero no es algo que se pueda olvidar tan fácilmente. Ella es importante para él. Para decirlo a la antigua, él todavía la quiere.
—Perfecto. Y justamente por eso se asegurará de que no le ocurra nada. Quiero que usted vuelva mañana por la noche, Harry. ¿Algo más? Quiero irme a dormir.
—El contacto francés, señor. ¿No sería hora de informarles?
—Me parece que no. Y menos en este momento. No sabemos qué está tramando Donner. Si los franceses lo arrestan, un buen abogado lo sacará en libertad en menos de una hora.
—Por lo menos, hable con Pierre Guyon, señor.
—Lo pensaré, Harry. Váyase a la cama.
Ferguson cortó la comunicación y se reclinó sobre la almohada. Durante un rato hizo lo que dijo a Fox que haría: lo pensó.
El Servicio de seguridad francés, llamado Service de Documentation Exterieure et de Contre—Espionnage, o SDECE, está dividido en cinco secciones y muchos departamentos. El más interesante es el Servicio Cinco, llamado comúnmente Servicio de Acción, el departamento que destruyó a la OAS. El jefe, coronel Pierre Guyon, era un viejo amigo.
Ferguson tomó el auricular, marcó el código de París, vaciló y cortó. Sabía que estaba corriendo un riesgo y poniendo en juego su carrera. Pero su instinto, forjado en muchos años de trabajo en el espionaje, le dijo que debía permitir que las cosas siguieran su curso. Y él confiaba en su instinto. Apagó la luz, se recostó y se durmió.
Raúl Montero durmió muy bien esa noche, debido a la tensión y la fatiga de las últimas semanas. Se despertó a las diez. Desde hacía años tenía la costumbre de salir a correr por las mañanas. Sólo la abandonó en Río Gallegos, ya que debía salir en misión de combate.
Cumplió con el ritual de musitar unas palabras para Gabrielle y fue a la ventana. Al apartar las cortinas vio que llovía y el Bois de Boulogne estaba oculto por la niebla. Se sintió excitado. La noche anterior el cansancio le había impedido sacar su ropa de la bolsa. Lo hizo en ese momento; se puso su viejo chandal negro y zapatillas, bebió un vaso de zumo de naranja y salió.
Le gustaba la lluvia, le daba una sensación de seguridad, como si se hallara en un mundo propio. Corrió por el parque, empapado hasta los huesos y feliz. No era el único amante de la lluvia: unos corrían, otros paseaban al perro y hasta había algunos jinetes.
Oculto en un camión de lechería en la Avenue de Neuilly, Corwin vio a Montero, que avanzaba trotando desde el lago. Este se detuvo a pocos metros, jadeando. Corwin le tomó varias fotografías con una cámara especial, a través de un pequeño agujero en el costado del camión.
Cuando Montero cruzó la avenida, un Mercedes negro se detuvo junto a la acera, frente a la casa de apartamentos. De él salió García, seguido de Donner y Belov.
—Bueno, bueno —susurró Corwin—, nada más ni nada menos que nuestro querido Nikolai.
Tuvo tiempo de tomar varias fotografías antes de que los hombres entraran en el edificio.
Stavrou salió del coche para ajustar los limpiaparabrisas y Corwin también lo fotografió, por si acaso.
Stavrou volvió al coche, Corwin encendió un cigarrillo, se sentó cómodamente y esperó.
Donner le desagradó de inmediato a Montero. Había algo repulsivo en ese hombre, que lo molestaba. En cambio, Belov le gustó. Un hombre razonable, que trabajaba para su propio bando, lo cual era muy justo, aunque Montero nunca había simpatizado con la causa comunista.
Trajo una bandeja de la cocina.
—Café, caballeros —dijo.
—¿Usted no, comodoro? —preguntó Donner.
—Jamás bebo café. Es malo para los nervios. —Fue a la cocina y volvió con una taza de loza—. Prefiero el té.
Donner soltó una risita desagradable, indicando que el sentimiento de disgusto era recíproco.
—Me parece extraño, tratándose de un sudamericano.
—Bueno, usted se sorprendería al ver lo que los «nativos» somos capaces de hacer cuando se presenta la ocasión —dijo Montero—. Si no lo cree, pregúnteselo a la Marina inglesa.
—Coincido con usted, Comodoro —dijo Belov, conciliador—. Beber té es un hábito muy civilizado. Nosotros lo hemos practicado durante siglos.
—Creo que deberíamos ir al grano —dijo García—. Tal vez el señor Donner quiera explicarnos la operación con mayor detalle.
—Por supuesto —dijo Donner—. Sólo esperaba la presencia del comodoro Montero. Con un poco de suerte, todo estará resuelto en los próximos días, lo cual es conveniente, porque los diarios de esta mañana dicen que los británicos se aprestan a avanzar desde San Carlos.
Montero encendió un cigarrillo.
—Muy bien, ahora dígame cuáles son sus planes.
Donner consideraba que la mejor manera de contar una mentira era empezar por los hechos ciertos.
—Ustedes saben que los libios tienen una abundante provisión de Exocets, pero, debido a las presiones del mundo árabe, el coronel Kadhafi no ha podido entregarlos a la Argentina, según su primera intención. Al menos, no lo hará oficialmente. Pero todo en esta vida tiene solución, al menos mi experiencia así lo demuestra.
—¿Y bien? —dijo Montero.
—He alquilado una casa en Bretaña, cerca de la costa y próxima a una vieja base de bombarderos de la época de la guerra. Se llama Lancy. Está abandonada, pero las pistas están en buenas condiciones. Dentro de dos días, o quizá tres, un transporte Hércules, en tránsito de Italia a Irlanda, aterrizará en Lancy, clandestinamente, claro está. Llevará a bordo diez Exocets último modelo. Usted, comodoro Montero, verificará esa carga. Si queda satisfecho, llamará al señor García a París, quien dispondrá la transferencia de tres millones de libras en oro a la cuenta que yo le indicaré, en Ginebra.
—Felicitaciones, señor —dijo Montero suavemente—. Así se ganan las guerras.
—Lo mismo pienso yo —dijo Donner—. Supongo que usted querrá partir en el Hércules, que no irá a Inglaterra sino a Dakar, en Senegal. Allí son muy liberales, sobre todo cuando hay un negocio en puerta. El Hércules repostará, cruzará el Atlántico hasta Río de Janeiro y allá repostará para el último tramo de viaje, que culminará en la base aérea argentina que usted prefiera.
Se hizo el silencio.
—Magnífico —dijo García, reverente.
—¿Y usted, comodoro? —dijo Donner a Montero—. ¿A usted no le parece magnífico?
—Soy soldado —dijo Montero—. No expreso opiniones. Cumplo órdenes. ¿Cuándo debo viajar?
—Pasado mañana. Iremos en un avión particular. —Donner se puso de pie—. Hasta entonces, diviértase, ya que está en París. Creo que se lo merece, después de todo lo que ha hecho en el Atlántico Sur.
Montero los condujo a la puerta. Al salir, Donner le dijo:
—Estaré en contacto con usted.
El y el ruso se alejaron, pero García se volvió por un instante hacia Montero.
—¿Qué le parece?
—No me gusta ese tipo —dijo Montero—. Pero eso no importa.
—Debo irme —dijo García—. Si sucede algo importante, lo llamaré. Mientras tanto, le sugiero que haga lo que dijo el señor Donner. Diviértase.
Gabrielle cabalgaba por el Bois de Boulogne al mediodía. Ya no llovía y había poca gente. Había dormido mal, se había quedado en la cama hasta poco antes del mediodía y aún no estaba repuesta. Se sentía cansada y aturdida, enferma de miedo ante la misión que le aguardaba.
Cuando la lluvia empezó a repiquetear nuevamente en el suelo, George Corwin se refugió bajo un roble. Gabrielle avanzaba al trote entre los árboles rumbo al lago, por la misma senda que había tomado Montero esa mañana. La cabalgata le había devuelto el color a sus mejillas, y estaba hermosa.
Cuando vio a Corwin frenó el caballo.
—Ah, es usted.
Desmontó. Corwin le entregó copias de las fotos que había tomado esa mañana.
—Mírelas. Yo sostendré las riendas.
Miró la primera.
—El hombre más bajo es Juan García. El alto es Donner y el otro es Belov, el agente de la KGB. A Montero ya lo conoce.
Pasó a la foto siguiente, sintiendo un nudo en el estómago.
—Ese es Yanni Stavrou, el guardaespaldas de Donner. Un tipo de lo más peligroso imaginable.
Pasó a las fotos cié Montero en el parque. Había una donde se lo veía corriendo al máximo de velocidad, saturado de la alegría de correr, el rostro distendido y sin dolor. Gabrielle sintió una punzada tan violenta que le resultaba insoportable seguir mirando las fotos.
Se las devolvió y tomó las riendas del caballo.
—¿Está usted bien?
—Claro que sí. ¿Cuándo llega Tony?
—Alrededor de las cinco. Harry Fox llegará antes. El brigadier quiere que su esposo esté al corriente de todo antes de verla a usted.
—Ya no es mi esposo, señor Corwin —dijo Gabrielle al montar al caballo—. Ha cometido usted un tonto error. En este juego no podemos darnos el lujo de cometer errores, por pequeños que sean.
En su fuero interno, Corwin le dio la razón. Y comprobó con asombro, al verla alejarse, que no se sentía ofendido.
Corwin, Jackson y Tony Villiers subían por el ascensor al décimo piso de la casa de apartamentos de la Avenue Victor-Hugo.
—Es un apartamento con pensión, pequeño pero muy cómodo —dijo Corwin—. Tuve que alquilarlo por todo el mes, no aceptan menos.
—Estoy seguro de que el Departamento podrá pagarlo —dijo Villiers.
—Lo alquilé porque Gabrielle vive a pocas manzanas, en la misma avenida. La ubicación es muy conveniente.
Trató de sonreír, pero se topó con la implacable hostilidad de Villiers.
—Sé dónde vive, aunque usted no lo crea.
Su propia furia ante un asunto tan banal lo sorprendió. Estaba cansado, sí, demasiado cansado. Además, sentía frustración y, cuando pensaba en Charles Ferguson, lo invadía el odio.
El ascensor se detuvo, Corwin los condujo por el pasillo, tomó una llave y abrió una puerta. Le entregó la llave a Villiers.
—Es suya.
Entró, seguido por Villiers y Jackson. Era un apartamento pequeño, cómodo y funcional, parecido a un cuarto de hotel moderno.
Junto a la ventana, Harry Fox leía un diario. Villiers lo miró.
—¿Alguna novedad?
—En realidad, no. —Fox dejó el diario a un lado—. Dicen que el avance desde San Carlos empezará en cualquier momento.
Villiers arrojó su bolsa sobre la cama.
—Al grano, Harry. La última vez que vi a Ferguson, le dije que dejara en paz a Gabrielle. ¿Qué está tramando ahora?
—No va a gustarte, Tony.
—Harvey, tráenos un trago. Creo que voy a necesitarlo. —Se volvió hacia Fox—. Bueno, desembucha.
En la Maison Blanche, el viejo gitano Maurice Gaubert y su hijo Paul ponían trampas para conejos en el bosque cerca de la casa, cuando un camión se detuvo en el patio, ante el establo. Ante la mirada de los Gaubert, varios hombres bajaron y empezaron a recibir diversos elementos que otros les pasaban desde adentro. Stavrou salió de la cabina y abrió las puertas del establo.
—Es el guardaespaldas del señor Donner —dijo Paul Gaubert—. El que tiene un nombre tonto.
—Lo único de tonto que hay en él es su nombre —dijo el padre. Soltó las trampas y recogió su escopeta—. Bajemos a ver qué pasa.
Stavrou salió del establo y los vio. Encendió un cigarrillo y se apoyó en el camión para esperarlos.
—Bonjour, Monsieur —dijo Maurice Gaubert—. Veo que ahora sois más.
—Así es.
—¿Monsieur Donner vendrá también?
—Mañana, probablemente.
Paul Gaubert se sentía muy incómodo bajo la mirada sombría de Stavrou.
—¿Podemos servirle en algo, Monsieur?
—Mantengan los ojos abiertos por si viene algún extraño. —Stavrou le tendió un par de billetes de mil francos—. ¿Comprendido?
—Perfectamente, Monsieur —dijo Gaubert al tomar el dinero—. Después de todo, esto es asunto suyo. Si vemos algo extraño, se lo comunicaremos.
Stavrou los contempló mientras se alejaban y luego volvió al establo, donde los hombres ordenaban los elementos descargados del camión.
—A formar —ordenó—. Rápido.
Los hombres cumplieron la orden con toda rapidez y un instante más tarde estaban en posición de firmes. Stavrou se paseó por el establo, mirándolos.
—Por lo que a mí respecta, ustedes han vuelto al ejército. Cuanto antes se hagan a esa idea, mejor.
Corwin había conseguido un Citroen y, cuando se detuvieron ante el apartamento de Gabrielle esa noche, Jackson estaba al volante. Harry Fox y Villiers ocupaban el asiento trasero.
—Eso es todo —dijo Fox—. Ahora sabes de qué se trata.
—Así parece.
—Hay otro detalle más. Ese profesor Bernard, que mencioné, sigue recibiendo llamadas desde Buenos Aires. Le piden asesoramiento técnico sobre los Exocets que les quedan, que no pueden ser muchos. Nuestra gente en Buenos Aires interceptó dos llamadas anoche.
—Mala cosa —dijo Villiers.
—Así es. Ferguson considera que eso no puede seguir. Quiere que te ocupes de eso ya que estás aquí.
—De acuerdo —dijo Villiers, con voz inexpresiva.
—Bien. Ahora, si el sargento mayor es tan amable, le pediré que me lleve al aeropuerto Charles de Gaulle, para que pueda alcanzar el último vuelo a Londres.
—De acuerdo. Harvey, ocúpate del capitán Fox —dijo Villiers—. No vengas a recogerme. Volveré a pie. Te veré más tarde.
Salió del coche y empezó a alejarse, pero Fox lo llamó. Villiers se volvió.
—¿Qué pasa?
—No seas duro con ella.
Villiers lo miró, inexpresivo, con las manos en los bolsillos, luego se volvió y marchó hacia el edificio sin decir palabra.
—Se te ve bien —dijo él.
Se hallaba de pie junto a la chimenea, donde ardía un fuego a gas, las llamas saltando alegremente entre los falsos leños; Gabrielle vestía un pantalón de peto de seda negra, iba descalza y llevaba el cabello atado atrás.
—También tú. ¿Cómo era aquello?
—Como las montañas de Escocia en un día de lluvia. —Rió con amargura—. Bien podríamos devolvérselas a los argentinos. La North Falkland tiene escasos atractivos. Prefiero Armagh u Omán.
—Entonces, ¿qué significa todo esto? —preguntó—. ¿Qué estamos haciendo, Tony?
Ambos sintieron que resurgía el cariño, el afecto. No era amor, en sentido estricto, sino algo especial que existía entre ellos. Ella lo sentía, sabía que esa sensación jamás desaparecía hasta el día de su muerte.
—Estamos jugando, mi amor. —Villiers se sirvió una copa de brandy—. Todos estamos jugando, desde Thatcher, Galtieri y Reagan para abajo.
—Y tú, Tony, ¿a qué has estado jugando todos estos años?
La miró con una sonrisa.
—Por Dios, Gabrielle, ¿no comprendes que eso es justamente lo que yo me he preguntado todos estos años?
Ella frunció las cejas, como si tratara de aclarar sus pensamientos, y se sentó.
—¿Lo ves, Tony? El problema es quién es el amo de quién: si nosotros dominamos el juego o el juego nos domina por entero. ¿Podemos abandonarlo o será siempre lo mismo?
Nunca había hablado con tanta franqueza. Villiers se sentó frente a ella, invadido de esa sensación.
—Amas a Montero, ¿verdad?
—Es lo más extraordinario que se haya cruzado por mi vida —dijo llanamente.
—¿Podrás seguir en esto hasta el final?
—Así lo espero. No tengo otra opción, gracias a Ferguson.
—Un día de éstos pienso atropellado con un camión pesado. —Ella sonrió y él le tomó las manos—. Me gusta verte sonreír. Bueno, veamos ahora cómo te encuentras nuevamente con el argentino.
—¿Tienes alguna idea?
—Es sencillo. Corwin dice que lo vio correr por el Bois de Boulogne ayer por la mañana.
—¿Y bien?
—Aparentemente, corre muy bien, lo cual indica que está en buen estado físico. Además, ¿quién sale a correr bajo la lluvia, salvo un fanático, de esos que por nada del mundo dejan de hacer sus ejercicios diarios? Estoy seguro de que mañana estará allá.
—¿Y yo?
—Saldrás a cabalgar. Te lo explicaré.
Cuando terminó, ella sonrió a su pesar.
—Siempre fuiste un tipo ingenioso, Tony.
—Para algunas cosas, sí. —Se puso de pie—. Estaré cerca. No te molestes, conozco la salida.
Vaciló y le tomó la mano. Ella se la apretó y lo miró con ojos angustiados.
—Lo amo, Tony. Cosa extraña, ¿verdad? Como en la poesía y los cuentos de hadas. Amor a primera vista. Una sensación de absoluta plenitud. No puedo dejar de pensar en él.
—Comprendo.
—A partir de ahora trataré por todos los medios de anular ese amor. No tengo alternativa. —Había lágrimas en sus ojos—. Bastante irónico, ¿no te parece?
Villiers no pudo responder, no había nada que pudiera decirle. Sintió crecer en él la furia, contra sí mismo y el argentino, contra Ferguson y el mundo en que vivían. La besó suavemente en la frente, se volvió y salió.