CAPITULO 4
A la mañana siguiente, Grabrielle le abrió la puerta a Montero; acababa de salir del baño, llevaba puesta la misma bata. El vestía blue jeans y una vieja chaqueta de aviador, de cuero negro. La había llamado a las ocno de la mañana, incapaz de soportar la espera.
—Dijiste que me vistiera informalmente —dijo.
Lo besó en la mejilla y acarició el crucifijo de oro que llevaba colgado al cuello.
—Se te ve espléndido —dijo ella en inglés.
El respondió en el mismo idioma.
—¿Espléndido? ¿Te parece que ésa es forma de hablar de un hombre?
—Sí, espléndido —insistió—. No finjas conmigo. Tengo ganas de pasear. Podemos ir por Kensington Gardens hasta Harrods. Debo hacer algunas compras.
—De acuerdo.
Encendió un cigarrillo y se sentó a leer el periódico de la mañana mientras ella se vestía. Había una reseña de la sesión del día anterior en el Parlamento, con la interpelación a la primera ministra acerca de las Falklands. Leyó el informe con interés, y levantó la vista cuando Gabrielle volvió a la sala.
Estaba increíblemente bonita. Se había puesto una camiseta amarilla que resaltaba sus senos, una ajustada falda blanca que le llegaba hasta la rodilla y botas de cowboy con tacón alto. Llevaba unas gafas de sol sobre la cabellera rubia.
—¿Vamos? —dijo ella.
—Vamos —respondió él, abriéndole la puerta.
Sonrió.
—¿Alguna vez te han dicho que eres una mujer sorprendente?
—Muchas veces —sonrió, y pasó a su lado.
La multitud en Kensington Gardens era extraordinariamente cosmopolita. Árabes y asiáticos de diversas nacionalidades se codeaban libremente con discretos ingleses. Había gente tumbada en el césped, muchachos jugando al fútbol bajo el sol y miradas de admiración para Gabrielle que provenían de todas partes. Ella se tomó de su brazo.
—Hay algo que quiero saber. ¿Por qué vuelas?
—No podría hacer otra cosa.
—Apuesto a que tienes todo el dinero del mundo. Podrías nacer lo que quisieras.
—Trataré de explicártelo —dijo él—. Cuando era niño, tenía un pariente de mi madre, en México. Era un hombre fabulosamente rico, perteneciente a una de las familias más ilustres, pero desde la niñez lo dominaba una sola pasión.
—¿Las mujeres?
—No, hablo en serio. Los toros. Llegó a ser torero, matador profesional, lo cual era una vergüenza para su familia, porque los toreros por lo general son considerados allí como gitanos o muchachos de los barrios más pobres.
—¿Y bien?
—Una vez lo acompañé mientras lo vestían con el traje de luces para una corrida especial en la Gran Plaza de Ciudad de México. Estaba deslumbrado por ese espectáculo que en la Argentina se desconocía. Conté las cicatrices en su cuerpo. Había sufrido nueve cornadas. Le dije: «Tú lo tienes todo y sin embargo eres torero. Todas las semanas luchas con animales adiestrados especialmente para matarte. ¿Por qué lo haces?»
—¿Y qué respondió?
—Me dijo: «No podría hacer otra cosa.» Bueno, lo mismo me sucede a mí.
Ella rozó la cicatriz.
—¿A pesar de los riesgos?
—Era más joven en esa época. Un idiota. Creía en las grandes causas. La justicia, la libertad, todas esas hermosas tonterías. Ahora soy más viejo. Estoy gastado.
—Ya lo veremos.
—¿Es una insinuación?
—¿Qué le pasó a tu tío?
—Sufrió la cornada final.
Gabrielle se estremeció:
—Vaya.
Se arerró con más fuerza a su brazo, como para tranquilizarse. Cruzaron los jardines y bajaron por Kensington Road.
—Hasta ahora he hecho un gran esfuerzo por contenerme —dijo él—, pero creo que ha llegado el momento de decirte que con esa vestimenta pareces una bellísima ramera. ¿Era ésa tu intención?
—Cerdo —dijo ella amablemente, y le apretó el brazo con más fuerza.
—¿Está permitido preguntar por qué?
Ella se encogió de hombros.
—¿Qué importa? En realidad, no lo sé. ¿No te gusta jugar de vez en cuando?
El se detuvo y se volvió hacia Gabrielle, que seguía aferrada a su brazo.
—Eres lo más hermoso que he visto en mi vida —dijo—, a pesar de esa horrible vestimenta.
—Muy amable, señor.
—Usted se lo merece. —La besó levemente en los labios—. Mi bella, hermosísima ramera. ¿No ves cuánto te amo? No tengo alternativa. Es como un imperativo moral.
Montero vio lágrimas en los ojos de ella.
—Dios mío —dijo con furia—. Odio a los hombres, pero tú eres demasiado bueno. Jamás conocí a un hombre como tú.
El detuvo un taxi que pasaba. Antes de subir ella preguntó:
—¿Qué pasa? ¿Adónde vamos?
—Volvemos al apartamento. Kensington Palace Gardens, por favor. Excelente ubicación. Muy cerca de la Embajada Soviética.
Montero y Gabrielle estaban en la cama; él la estrechaba con un brazo y miraba las cortinas blancas, agitadas por la suave brisa que entraba por la ventana entreabierta. Hacía años que no se sentía tan feliz.
Había un radiocassette en la mesa de noche junto a la cama. Ella lo conectó y la inimitable voz de Ella Fitzgerald llenó el cuarto con Our Love is Here to Stay.
—Para ti —dijo ella.
—Muy amable de tu parte.
La besó en la frente, descuidadamente. Ella soltó un suave gruñido de infinita satisfacción y apoyó su vientre en el muslo de él.
—Fue hermoso. ¿Podremos repetirlo algún día?
—Si me das tiempo para recuperar el aliento...
Ella sonrió y le acarició el vientre.
—El pobre viejecito. Aléjate un poco, quiero mirarte.
Los ojos verdes, muy abiertos y brillantes de ella lo contemplaron como si quisieran memorizarlo.
—La cicatriz —dijo—. Cuéntame.
Montero se encogió de hombros.
—Durante la guerra civil de Nigeria yo volaba de Fernando Po a Port Harcourt. Usábamos Dakotas para transportar medicamentos. —Sus ojos parecían recrear el pasado—. Caía una lluvia torrencial. Truenos y relámpagos. Un caza Mig ruso apareció a mi espalda. Después me enteré de que el piloto era egipcio. Simplemente quería derribarme. A los pocos segundos los otros tres tripulantes estaban muertos o moribundos. Yo guardo este recuerdo.
Se acarició la cicatriz.
—¿Qué hiciste?
—Bajé a quinientos pies de altura. Cuando volví a verlo detrás, bajé los alerones del Dakota. Era como pararse en seco en el aire. Estuve a punto de caer.
—¿Y el Mig?
—No le quedó espacio para maniobrar. Pasó de largo y se estrelló en la jungla.
—Muy inteligente de tu parte.
Le rozó los labios con el dedo.
—Quiero ser totalmente honesto contigo, ¿comprendes? —dijo él, soñoliento—. Jamás he sentido lo mismo por otro ser humano.
Gabrielle sintió una puntada de dolor en su corazón. Forzó una sonrisa.
—No te preocupes. Duerme. Tenemos todo el día por delante.
—Te equivocas. Tenemos el resto de nuestras vidas. —Sonrió—: Siempre me han gustado las ciudades de noche. Cuando era joven, al pasear de noche por Londres, París o Buenos Aires, sentía una magia, algo estimulante en el aire. Una sensación de que algo maravilloso me aguardaba a la vuelta de la esquina.
—¿Adonde quieres llegar?
—Tengo cuarenta y cinco años —dijo—. Cuarenta y seis en julio. ¿De qué signo eres?
—Capricornio.
—Leo y Capricornio, qué horrible combinación —murmuró—. No hay esperanzas para nosotros.
—¿De veras?
Ella lo besó y momentos después él se durmió.
Gabrielle contemplaba el jardín desde su ventana, y pensaba en él, cuando sonó el teléfono en la sala. Tomó el auricular rápidamente.
—Por fin te encuentro —dijo Ferguson—. ¿Alguna novedad?
—Ninguna.
—¿Está contigo ahora?
Ella tomó aliento.
—Sí. Está durmiendo en el cuarto.
—La cosa se pone candente. Todos los indicios sugieren una invasión. ¿Estás segura de que permanecerá en Londres?
—Sí. Absolutamente.
—Muy bien. Te llamaré luego.
Al cortar la comunicación, sintió por Ferguson un odio que jamás había sentido por nadie en su vida. Entonces oyó un grito de Raúl Montero y corrió al cuarto.
Jamás había tenido una pesadilla tan vivida. El avión estaba semidestruido, perforado por todas partes, y el fuselaje crujía en la turbulencia. Había olor a humo y aceite quemado. Sacó fuerzas del pánico para liberarse de la capota de plástico que lo envolvía.
—Dios mío, no permitas que muera así —pensaba, y entonces la capota desapareció.
Sus dedos, pegajosos de sangre, buscaban a tientas el botón que lo expulsaría de la carlinga y entonces por encima de su cabeza pasó una sombra. Oyó un batir de alas y, al alzar la vista, vio un águila inmensa que se arrojaba sobre él para clavarle sus garras. Soltó un alarido de pánico. Entonces despertó: los brazos de Gabrielle lo rodeaban.
Sentados en la gran bañera frente a frente, completamente relajados, bebían té en tazones de porcelana. Montero fumaba un cigarrillo.
—El té está delicioso —dijo.
—El café es muy dañino.
—A partir de este momento, el café deja de existir para mí.
—Un águila que desciende. Evidentemente, hay un solo recurso.
—¿Cuál?
—El que usaste con el egipcio. Bajar los alerones. El águila se estrellará.
—Maravilloso. Habrías sido una piloto extraordinaria. —Se paró y el alcanzó una toalla—. Ahora, ¿qué?
—Quiero ver Cats de nuevo.
—Es difícil conseguir entradas.
Se estaba vistiendo.
—Será un desafío para ti.
—Acepto. ¿Dónde cenaremos?
—En Daphne's. Hoy me siento muy francesa.
—A sus órdenes, señorita —dijo muy formalmente, en español.
Cuando se colocaba la chaqueta, su billetera cayó al suelo.
Varios objetos se desparramaron, entre ellos una pequeña foto. Gabrielle la recogió y la estudió. La mujer sentada en la silla de mimbre vestía con gran elegancia; el cabello, muy bien peinado hacia atrás, dejaba ver en su rostro la arrogancia del auténtico aristócrata. La niña a su lado vestía de blanco; era alta, de grandes ojos oscuros.
—La niña es hermosa —dijo Gabrielle—. Se parece mucho a ti. Y tu madre parece una mujer difícil de tratar.
—¿Difícil? ¿Doña Elena Lorca de Montero? —Rió—. Imposible, más bien.
—Vete —dijo ella—. Tengo mucho que hacer.
El sonrió y fue hacia la puerta, pero se detuvo. Al volverse ya no sonreía. Parecía sumamente vulnerable, de pie allí con la camisa negra con el cuello desabrochado y la vieja chaqueta de aviador.
—Realmente se te ve espléndido.
—He estado solo mucho tiempo.
—Ahora me tienes a mí —dijo ella casi automáticamente, sin pensarlo.
—Eso es bueno. —La besó con suavidad y dejó sobre la mesa la foto que había caído al suelo—. Te la regalo.
Cuando él se fue, ella miró al techo y le deseó a Ferguson la peor de las muertes.
Ferguson se hallaba en su escritorio de Cavendish Square, trabajando con Fox, estudiando diversos documentos. La puerta se abrió y Villiers irrumpió en el cuarto sin dar tiempo a que Kim lo anunciara.
—Mi querido Tony, se le ve muy alterado —dijo Ferguson cuando el gurkha se hubo retirado.
—¿Qué es esto de Gabrielle y el argentino Montero? —presunto Villiers—. Los seguí hasta el apartamento anoche, así que no trate de negarlo. Usted le ha dado una misión, ¿verdad? No intente negarlo.
—No es asunto suyo, Tony —dijo Ferguson—, ni ella tampoco desde hace algún tiempo.
Villiers encendió un cigarrillo y fue a la ventana.
—Está bien, de acuerdo. Pero igual puedo preocuparme, ¿no? En su última misión, en Berlín, casi termina flotando en el canal.
—Pero nada de eso ocurrió —dijo Ferguson con paciencia—, porque usted, mi querido Tony, apareció en el momento justo, como siempre. Esto de Montero es un asunto de poco riesgo. Sólo tiene que arrancarle toda la información posible sobre la situación en las Falklands.
—¿Y para eso tiene que llevárselo a la cama?
—Eso no le concierne, Tony. Y permítame decirle que usted tiene cosas más importantes de qué ocuparse.
Harry Fox le tendió una nota.
—Tu licencia ha sido cancelada, Tony. Quieren que vuelvas a Hereford lo antes posible.
Bradbury Lines, Hereford, la sede del cuartel general del Regimiento 22 del Special Air Service.
—¿Pero por qué, Dios mío? —preguntó Villiers. Ferguson suspiró y se quitó las gafas de lectura.
—Es muy sencillo, Tony. Creo que usted irá a la guerra antes de lo que piensa.
En su apartamento de Belgrave Square, Raúl Montero escuchó horrorizado el informe del agregado militar de la Embajada.
—Dentro de dos horas parte un vuelo a París, Raúl. Es fundamental que usted lo tome. El vuelo de Air France a Buenos Aires parte a las 22:30. Lo necesitan allá, amigo. No me falle. Le enviaré un coche.
Las Malvinas. No puede haber otro motivo. De pronto comprendió muchas cosas. Pero además estaba Gabrielle. ¿Qué hacer con ella? Era la gran oportunidad de su vida de conocer la felicidad y de pronto todo se echaba a perder.
Se apresuró a guardar su ropa en una sola maleta. Cuando terminaba sonó el portero electrónico. Montero bajó, vistiendo todavía los jeans y la vieja chaqueta de aviador, y vio que el chófer lo aguardaba junto al coche. Se sentó a su lado, en el asiento delantero.
—¿A Heathrow, comodoro?
—Pasemos primero por Kensington Palace Gardens. ¡Rápido! Tenemos poco tiempo.
Gabrielle aún no se había vestido. Estaba sentada en su tocador a punto de comenzar a maquillarse cuando sonó el timbre del portero electrónico. Tomó el auricular.
—Soy yo, Raúl. Abre rápido, por favor.
Abrió la puerta y esperó, con una sensación de premonición horrible. La puerta del ascensor se abrió con estrépito y apareció Raúl. Sus ojos reflejaban desesperación y dolor.
—Tengo dos minutos, nada más. Debo volar a París. Me han ordenado que vuelva a Buenos Aires.
—¿Por qué? —exclamó.
—¿Qué importa? —La abrazó y la besó con furia, para descargar su ira y su frustración—. Qué vida tan miserable, ¿verdad?
Giró sobre sus talones y se fue. Las puertas del ascensor se cerraron con estrépito metálico. Gabrielle permaneció inmóvil un instante, luego se precipitó a su cuarto para vestirse.
Montero estaba en la puerta de salida de los vuelos internacionales, cuando oyó la voz clara y fuerte de Gabrielle que lo llamaba. Al volverse, la vio abrirse paso a la carrera entre la multitud. Vestía un pantalón de peto amarillo y tenía el cabello revuelto y el rostro pálido.
Se arrojó a sus brazos. El la abrazó con fuerza y luego la apartó.
—Estás hermosa —dijo.
—Tonterías. Estoy sin maquillaje, con el pelo revuelto y me he puesto lo primero que he encontrado a mano.
—Hermosa —dijo él—. ¿Te he dicho en algún momento que me permitiste descubrir la felicidad? Te lo agradezco.
—Raúl, te amo. ¡Te amo tanto!
El sonrió.
—Hay un proverbio que dice que el amor es una ofrenda que debe devolverse con creces. Me has impuesto una gran obligación. Una obligación maravillosa.
Anunciaron su vuelo por los altavoces.
—¿Escribirás? —preguntó ella.
—Tal vez. No te preocupes si no sabes nada de mí por un tiempo. Existen poderosas razones. Pero volveré, te lo juro. Eso es lo único que importa. ¿Verdad?
Gabrielle se tomó de su orazo y lo acompañó hasta la puerta de salida. El se volvió por última vez.
—Hagamos un trato. Jamás volveremos a separarnos. No habrá más despedidas. Esta es la primera y última.
Y entonces partió. Ella apoyó el rostro en una columna y lloró. Luego fue al teléfono y se comunicó con Ferguson.
—Se ha ido —dijo—. A París, y de allí a Buenos Aires.
—Qué repentino —dijo Ferguson—. ¿Te dijo por qué?
—No.
—Pareces angustiada, Gabrielle.
Ella apeló a esos términos claros, breves y expresivos del francés que no se enseñan en las escuelas de señoritas, para decirle lo que pensaba y colgó el auricular con violencia.
Al abrir la puerta y entrar en el apartamento, se encontró con Villiers, que salía del dormitorio.
—Lamento haber irrumpido así —dijo—. Cancelaron mi licencia, debo volver a Hereford. Vine a recoger algunas cosas.
Volvió al dormitorio a terminar de llenar la maleta, que se hallaba abierta sobre la cama. Ella lo siguió, dispuesta a dirigir su ira y frustración hacia él.
—¿Qué pasa? ¿Hay gente que degollar?
—Así parece.
—¿Cómo te fue en Belfast?
—Horrible.
—Muy bien. Estáis hechos el uno para el otro.
El cerró la maleta y dijo en tono sereno:
—En una época creí que esa frase significaba algo para nosotros dos.
—No, Tony. Tal vez merecía que la vida me castigara, pero casarme contigo fue un castigo excesivo.
—¿Qué te he hecho yo? ¿Qué cosa tan horrible hice para que me odies tanto?
—Me casé con un extraño —dijo ella—. Sí, ya sé, estabas muy bien de uniforme, Tony, pero luego vino todo lo demás. En cada guerra que empezaba por ahí, te alistabas como voluntario. Borneo, Omán, Irlanda. Incluso Vietnam, por Dios. Me gustaría gritar unas cuantas cosas sobre ti y tu querido SAS, si no mera por la ley de secretos de Estado.
El la miró, hosco.
—No sabes lo que dices.
—Pues hay una sola cosa que tú sabes hacer, Tony, y la haces muy bien. Matar.
El señaló la cama, las almohadas arrugadas donde ella se había acostado con Raúl Montero, y levantó la falda blanca y la camiseta amarilla que seguían en el suelo.
—Sé que a veces hay que sacrificarse en aras del deber, Gabrielle, pero me parece que esto es demasiado.
Su rostro se entristeció como el de una niña y se dejó caer en la cama.
—Le amo tanto, Tony —sollozó—. Nadie me trató así nunca. Y se ha ido. Se na ido.
El tomó su maleta y permaneció mirándola, impotente ante su angustia. Quiso decirle algo, pero no encontró palabras adecuadas. Entonces se volvió y salió, dejándola a solas con su pena.
Sentado ante su escritorio, Ferguson se desperezó.
Estaba fatigado. Papeles y más papeles, hasta el infinito. Fue a la ventana y contempló el parque. A sus espaldas, la puerta se abrió e irrumpió Fox.
—Acaba de llegar un mensaje, señor. Algunas unidades de la flota argentina se han alejado de su zona de maniobras y se dirigen hacia las islas Falkland. —Entregó el cable cifrado a FergüsQn— ¿Qué le parece, señor?
—Harry, jamás pensé que volvería a decir esto en mi vida pero, créase o no, me parece que estamos en guerra.