CAPITULO 3

En el gran salón de la Embajada Argentina reinaba un ambiente de esplendor. La luz de las arañas de cristal llegaba a todos los rincones y se reflejaba en las paredes cubiertas de espejos. Hermosas mujeres con magníficos vestidos; hombres apuestos, con uniforme de gala; algunos dignatarios eclesiásticos, de escarlata y púrpura. Era una escena más bien arcaica, como si los espejos reflejaran un vago recuerdo de un pasado distante, mientras las parejas de baile giraban sin cesar al son de una música lejana.

Los tres músicos, ubicados sobre una tarima en un rincón, eran buenos, y la música era muy del gusto de Raúl Montero. Las viejas melodías: Colé Porter, Rodgers & Hart, Irving Berlín. Sin embargo, estaba aburrido. Se excusó ante el grupo que rodeaba al embajador, tomó un vaso de agua Perrier de una bandeja que llevaba un camarero, encendió un cigarrillo y se apoyó despreocupadamente contra una columna.

En su rostro pálido, los ojos, de un azul llamativo, se movían constantemente a pesar de su aspecto de aparente tranquilidad. El uniforme de gala le sentaba a la perfección; lucía las condecoraciones sobre el bolsillo izquierdo. Todo su cuerpo transmitía una energía, un desasosiego que indicaba a las claras que deseaba algo más vigoroso que una simple fiesta mundana.

La voz del mayordomo se alzó sobre los ruidos de la sala: «Mademoiselle Gabrielle Legrand.» Montero alzó la vista sin demasiado interés y entonces la vio, reflejada en el espejo de marco dorado que tenía enfrente.

Perdió el aliento. En cuanto pudo recuperarse se volvió con esfuerzo para mirar a la mujer más hermosa que había visto en toda su vida.

Uno de los rasgos más llamativos de Gabrielle era el cabello, que ya no llevaba recogido como esa mañana en la oficina de Ferguson; era muy rubio y estaba cortado al estilo sauvage. Por detrás le caía hasta los hombros, pero delante parecía corto, liso y suave a los costados, enmarcando un rostro de gran belleza.

Los ojos eran de color verde brillante, los pómulos altos le daban un aire escandinavo, la boca era ancha y hermosa. Vestía un modelo Yves St.-Laurent de noche, con hilos plateados y abalorios, y el dobladillo desparejo muy por encima de la rodilla porque la mini estaba nuevamente de moda. Al entrar, su paso arrogante parecía decir tómame o déjame, me da lo mismo.

Raúl Montero jamás había visto a una mujer que pareciera tan capaz de enfrentarse al mundo entero en caso de necesidad. Ella, a su vez, al verlo, experimentó una sensación extraña, irracional, y se volvió hacia otro lado como si buscara a alguien.

Inmediatamente se le acercó un joven capitán del ejército argentino, con todo el aspecto de haber bebido de más. Montero esperó el tiempo suficiente como para que el oficial comenzara a cansarla y luego se acercó, abriéndose paso entre la multitud.

—Por fin llegaste, chérie —dijo en excelente francés—.Te he estado buscando por todas partes.

Los reflejos de ella eran veloces. Se volvió con elegancia, se alzó y lo besó en la mejilla.

—Empezaba a pensar que me había equivocado de fiesta.

—Con su permiso, señor.

El capitán se retiró, desconcertado. Montero, burlón, miró a Gabrielle y ambos rieron. Le tomó las manos y las retuvo con suavidad entre las suyas.

—Supongo que esto le sucede con frecuencia —continuó hablando en francés.

—Desde que tenía catorce años, más o menos.

Había tristeza en sus ojos verdes.

—En consecuencia, no tendrá una buena opinión de mis congéneres, ¿verdad?

—Si se refiere a que no me gustan los hombres, tiene bastante razón. —Sonrió—. Hablo en términos generales.

Montero miró las manos de ella.

—Ah, excelente —exclamó.

—No comprendo —dijo ella, perpleja.

—No lleva anillo de matrimonio. —Y, sin darle tiempo a decir nada, agregó—: Comodoro Raúl Carlos Montero, a sus órdenes. Sería para mí un honor y una alegría que me concediera esta pieza y todas las demás.

La tomó de la mano y la llevó a la pista. El trío arrancaba con Our Love is Here to Stay, en ritmo lento de foxtrot.

—Sumamente apropiado —dijo él, y la estrechó.

Gabrielle prefirió callar. Montero bailaba bien, su brazo le rodeaba la cintura con suavidad. Ella le rozó suavemente la cicatriz de la mejilla con un dedo.

—Cuénteme.

—Esquirla de obús. Combate aéreo.

—¿Cuándo? Nunca he sabido que Argentina fuera a la guerra —musitó ella, con absoluta sorpresa. Era buena actuando.

—Una guerra ajena —dijo él—. Hace mucho tiempo. Es una historia muy larga.

Gabrielle rozó nuevamente la cicatriz. Montero soltó un gemido y musitó en español:

—Dicen que el amor a primera vista existe, pero siempre me pareció ridículo.

—¿Por qué? —dijo ella en el mismo idioma—. ¿Acaso los poetas no han dicho desde siempre que ése es el único amor que vale la pena?

—¿También habla español? —exclamó él, asombrado—. Qué maravilla de mujer.

—También inglés —dijo ella—, alemán y un poco de ruso. Apenas.

—Asombroso.

—Quiere decir, por tratarse de una hermosa rubia de lindo cuerpo...

Percibió la amargura en su voz y se alejó un poco para mirarle el rostro. El de él reflejaba ternura y también cierto autoritarismo.

—Si la he ofendido, perdóneme. No era mi intención. Aprenderé a mejorar mis modales. Deme tiempo.

Cuando la música calló, él la alejó de la pista.

—¿Champaña? —propuso—. Supongo que será su bebida preferida, puesto que es francesa.

—Claro que sí.

Chasqueó los dedos para llamar al camarero, tomó una copa de la bandeja y se la ofreció, gentil.

—Dom Perignon... el mejor. Esta noche queremos hacer amigos e influenciar a la gente.

—Lo necesitarán —dijo ella.

—No comprendo —dijo él, frunciendo el entrecejo.

—Algo que oí en un noticiario televisivo, esta tarde. El Parlamento británico discutió el problema de las Falklands. Dicen que la Marina argentina está efectuando maniobras en la zona.

—No son las Falklands —dijo él—. Para nosotros son las Malvinas. —Se encogió de hombros—. Un antiguo litigio, que no vale la pena discutir. En mi opinión, tarde o temprano los ingleses negociarán con nosotros. Quizás en un futuro no muy distante.

Ella dejó el tema, se tomó del brazo de él y salieron por una puerta ventana abierta. Al salir, él tomó otra copa de champaña y se la ofreció.

—¿Usted no bebe? —preguntó Gabrielle.

—Poco. El champaña me sienta mal. Quizá me esté volviendo viejo.

—Tonterías.

—Ya tengo cuarenta y cinco. ¿Y usted?

—Veintisiete.

—¡Dios mío, si pudiera volver a ser tan joven!

—La edad —dijo ella— es un mero estado de ánimo. Hermann Hesse dice que, en realidad, la juventud y la vejez sólo existen para la gente corriente. Las personas de talento, las personas excepcionales, a veces se sienten jóvenes y a veces viejas, así como uno se siente a veces triste y a veces contento.

—Cuánta sabiduría —dijo él—. ¿Dónde aprendió tanto?

—Fui a la Sorbona y luego a Oxford —dijo ella—. Una universidad para mujeres, St. Hugh. No había ni un hombre a la vista, gracias a Dios. Ahora soy periodista. Freelance. Revistas más que nada.

A sus espaldas, el trío arrancó con A Foggy Day in London Town. El empezó a canturrear la introducción suavemente, en inglés:

—«Yo era un forastero en tu ciudad...»

—No, no —dijo ella—. Mi ciudad es París, pero Fred Astaire tenía razón en la película en la que cantaba esa canción. Todo el mundo debería pasear por la del Támesis, al menos una vez. Y si es después de la medianoche, mejor.

Él le tomó las manos con una leve sonrisa:

—Muy buena idea. Pero antes comamos algo. Usted parece una joven de buen apetito. Un poco más de champaña y después, ¿quién sabe?

Llovía y había niebla en las calles. El impermeable que había conseguido Montero para ella estaba empapado, lo mismo que el pañuelo con que cubría su pelo. El seguía de uniforme, aunque su esplendor estaba oculto bajo un abrigo de oficial.

Habían caminado varias millas bajo la lluvia, seguidos por el coche oficial, conducido pacientemente por un chófer. Ella llevaba zapatos sin tacón, que él le había conseguido de una de las criadas de la Embajada.

Birdcage Walk, el Palacio, St. James Park. Montero jamás se había sentido tan a gusto en compañía de otro ser humano.

—¿Está segura de que quiere seguir? —preguntó cuando se acercaban al puente de Westminster.

—Claro que sí. Le prometí algo especial, ¿recuerda?

—Ah, me olvidaba.

Llegaron al puente y ella giró hacia el terraplén.

—Bueno, helo aquí. El lugar más romántico de la ciudad. En esa película, Fred Astaire cogía del brazo a la dama y le cantaba una canción mientras caminaban y el coche los seguía pegado a la acera.

—Bueno, pero el tránsito no es el mismo que entonces. Y hay demasiados coches aparcados junto a la acera.

El Big Ben dio la primera campanada de la medianoche.

—La hora de las brujas —dijo ella—. ¿Le gustó la excursión con guía?

Él encendió un cigarrillo y se apoyó en la pared.

—Sí, me gusta Londres. Es una ciudad maravillosa.

—¿Y los ingleses?

Él demostró su extraordinaria intuición.

—Ningún problema. Yo me adiestré con la RAF en Cranwell. Eran buenos, de lo mejor. Sólo había un inconveniente: para ellos los sudamericanos somos «latinos» y si, por casualidad, un latino resulta buen piloto, el mérito es de quienes lo adiestraron.

—¡Qué estupidez! —dijo ella con ira—. No les deben nada. Usted es un gran piloto. De los mejores.

—¿De veras? —dijo él—. ¿Cómo lo sabe?

La lluvia empezó a caer con más fuerza. Montero silbó para que el coche se acercara.

—Será mejor que la lleve a su casa.

—Sí —dijo ella—. Creo que es lo más apropiado.

Tomados de la mano, corrieron al coche.

El Pissarro en la pared de la sala de estar del apartamento en Kensington Palace Gardens era hermoso. Montero lo contempló durante un largo rato, de pie y con una copa de brandy en la mano.

Gabrielle salió de su dormitorio, cepillándose el pelo. Se había puesto una vieja bata de baño, evidentemente masculina y demasiado grande para ella.

—Si la vista no me engaña —dijo Montero—, este Pissarro es auténtico.

—Mi padre tiene mucho dinero —dijo ella—. Electrónica, armamento, cosas por el estilo. Tiene su centro de operaciones en Marsella. Me mima demasiado.

El vio la bata de baño y su expresión se entristeció.

—Era mucho esperar que una muchacha como tú llegara a la madura edau de veintisiete años sin problemas. Veo que eres casada, después de todo.

—Divorciada —corrigió ella.

—Ah, comprendo.

—¿Y tú?

—Mi esposa murió hace cuatro años. Leucemia. Yo era un tipo difícil de complacer, y mi madre dispuso el casamiento. Ella es así. Mi mujer era la hija de un amigo de la familia.

—¿Buen partido para un Montero...?

—Exactamente. Tengo una hija de diez años llamada Mercedes, que vive muy contenta con su abuela. No soy un buen padre. Tengo poca paciencia.

—No lo creo.

El se acercó, la tomó en sus brazos y le rozó el rostro con los labios.

—Te amo. No me preguntes cómo es posible; es así simplemente. Jamás he conocido a nadie como tú.

La besó y ella respondió al contacto de sus labios; pero enseguida lo rechazó con un extraño temor en la mirada.

—Por favor, Raúl, no, ahora no.

Montero le tomó las manos con delicadeza y asintió.

—Claro. Comprendo. De veras, créeme. Puedo llamarte por la mañana.

—Sí, hazlo.

La soltó, tomó su abrigo y fue hacia la puerta. Se giró y sonrió; una sonrisa única, extraña y de un encanto tal, que ella cruzó el cuarto y colocó las manos sobre sus hombros.

—Eres tan bueno... No estoy acostumbrada a que los hombres actúen así. Dame tiempo.

—Todo el que quieras. —Sonrió nuevamente—. Me haces sentir extraño. Yo mismo me asombro.

La puerta se cerró con suavidad y Gabrielle apoyó su espalda en ella con una sensación de placer como jamás había conocido.

Montero se introdujo en el coche de la Embajada y el chófer lo puso en marcha. Un minuto después, Tony Villiers salió de un portal cercano. Encendió un cigarrillo y, cuando el coche se alejó, alzó la vista hacia la ventana del apartamento. En ese momento se apagaron las luces. Permaneció allí un rato más y luego se alejó, a pie.

Sentado en la cama, apoyado en varias almohadas, el brigadier Charles Ferguson hojeaba una montaña de papeles. En ese momento sonó el teléfono rojo, la línea directa entre su oficina y el cuartel general del Servicio de Seguridad, en un edificio anónimo de ladrillos blancos y rojos en el West End, cerca del hotel Hilton.

—Aquí Ferguson.

—Señor, ha llegado un mensaje cifrado de la CÍA en Washington —dijo Harry Fox—. Aparentemente, los argentinos invadirán las Falklands en los próximos días.

—Conque ésas tenemos. ¿Y qué dice el Foreign Office?

—Que son puras tonterías, señor.

—Típico de ellos. ¿Tiene noticias de Gabrielle?

—Todavía no.

—Una cuestión interesante, Harry. Raúl Montero es uno de los pocos pilotos de la Fuerza Aérea argentina que posee experiencia en combate. Me inclinaría a pensar que, si estuvieran a punto de hacerlo, lo llamarían a Buenos Aires.

—Son muy astutos al mantenerlo aquí.

—Cierto. Bueno, le veré por la mañana. Si no tenemos noticias de Gabrielle al mediodía, la llamaré.

Cortó la comunicación, tomó una carpeta y siguió con su trabajo.