Capítulo 36

Salimos al sol de la tarde del domingo, pero no veo a Margo Junior. Busco la furgoneta rosa en el aparcamiento, a pesar de que no es fácil que el enorme montón de metal pase desapercibido.

—Espero que no te importe. —Kate suelta una risita nerviosa justo cuando veo mi Mini aparcado en una de las plazas de Jesse con la capota bajada.

—¡Serás zorra!

Pasa de mi insulto.

—No me mires así, Ava O’Shea. Si no lo sacara yo, se pasaría la eternidad aparcado en la puerta de casa. Qué desperdicio.

Las luces parpadean y extiendo la mano para que me dé las llaves, cosa que hace de mala gana y con un bufido.

Conducimos hacia Surrey Hills debatiendo sobre las ventajas de los hombres dominantes. Ambas llegamos a la misma conclusión: sí al sexo y no a los demás aspectos de la relación.

El problema es que Jesse se las ingenia para meter el sexo en todos los aspectos de nuestra relación y lo usa, en general, para salirse con la suya. Y da la sensación de que yo no soy capaz de decir que no, así que estoy condenada. Puede que dentro de una hora todo haya terminado. Sólo de pensarlo me duele el estómago como nunca, pero tengo que ser sensata. Ya estoy metida hasta el cuello.

Salgo de la carretera principal y cojo el desvío hacia las puertas de hierro. Se abren de inmediato para dejarme pasar.

—¡Madre mía! —exclama Kate cuando avanzamos por el camino de grava flanqueado de árboles.

Ya está boquiabierta y ni siquiera ha visto la casa todavía. Llegamos al patio. Hay mucha gente.

—¡La madre que me parió! —La mandíbula le llega al suelo al descubrir la imponente casa. Se inclina hacia adelante en el asiento—. ¿Jesse es el dueño de esto?

—Sí. Ahí está el coche de Sam. —Aparco junto al Porsche.

—No me puedo creer que venga a comer aquí —farfulla, y se acerca a mi lado del coche—. ¡La madre que me parió!

Me río ante el asombro de Kate, que no suele sorprenderse fácilmente. La llevo hacia los escalones de la entrada, donde me imagino que John saldrá a recibirnos, pero no es así. Las puertas están entreabiertas y las franqueo. Me vuelvo hacia Kate, que lo mira todo boquiabierta y pasmada. Los ojos se le salen de las órbitas ante lo espléndido del lugar.

—Kate, te va a entrar una mosca en la boca —la regaño de broma.

—Lo siento. —La cierra—. Este lugar es muy elegante.

—Ya lo sé.

—Quiero que me lo enseñes —dice, y alza la cabeza para mirar a lo alto de la escalera.

—Que te lo enseñe Sam —le contesto—, yo necesito ver a Jesse.

Dejo atrás el restaurante y me dirijo hacia el bar, donde me encuentro a Sam y a Drew.

El primero de ellos me lanza una gran sonrisa picarona y le da un trago a su cerveza, pero la escupe al ver a Kate detrás de mí.

—¡Joder! ¿Qué estás haciendo aquí?

Drew se vuelve, ve a Kate y se echa a reír a carcajadas. Frunzo el ceño.

A Kate no parece hacerle gracia.

—Yo también me alegro de verte, ¡capullo! —le escupe indignada a un Sam estupefacto.

El chico deja de inmediato la cerveza en la barra y coge un taburete.

—Siéntate. —Da palmaditas sobre el asiento y mira a Drew con preocupación.

—¡No me des órdenes, Samuel! —Su cara de enfado da miedo.

Nunca he visto a Sam tan nervioso. ¿Estará ocultando algo? ¿A la chica del Starbucks, tal vez?

Vuelve a darle golpecitos al asiento del taburete y sonríe a Kate con nerviosismo.

—Por favor.

Mi amiga se acerca y pone el culo en el taburete. Sam se lo acerca aún más. Pronto estará sentada en sus rodillas.

—Invítame a una copa —le ordena con una media sonrisa.

—Sólo una. —Hace un gesto a Mario. Jesús, si está sudando—. ¿Ava?

—No, gracias. Voy a buscar a Jesse. —Miro por encima del hombro y empiezo a caminar hacia atrás.

—¿Sabe que estás aquí? —pregunta Sam estupefacto.

¿Qué le pasa?

—Le he enviado un mensaje. —Miro en torno al bar y veo muchas caras que me suenan de mi última visita a La Mansión. Me alegro de no ver a Sarah, aunque eso no significa nada. Podría estar en cualquier rincón del complejo—. Pero no me ha contestado —añado.

Sólo ahora me doy cuenta de que es muy raro.

Sam le dirige a Drew una mirada muy inquieta, y él se ríe todavía más.

—Esperad aquí. Iré a buscarlo.

—Sé dónde está su despacho —digo con el ceño fruncido.

—Ava, tú espera aquí, ¿vale? —La expresión de Sam es de puro pánico. Algo me huele muy mal. Lanza a Kate una mirada muy seria cuando se levanta—. No te muevas.

—¿Cuánto has bebido? —le pregunta Kate mirando el botellín de cerveza.

¿Kate también ha notado lo incómodo que parece?

—Ésta es la primera, créeme. Voy a buscar a Jesse y luego nos vamos. —Estudia el bar con inquietud. Vale, ahora estoy convencida de que está ocultando algo o a alguien. Empiezo a desear que Sarah estuviera aquí, porque entonces sabría con total seguridad que no está con Jesse. Se me han puesto los pelos como escarpias.

Se va corriendo y nos deja a Kate y a mí intercambiando miradas de perplejidad.

—Disculpen, señoritas. —Drew se levanta—. La llamada de la naturaleza.

Nos deja en el bar como si le sobrásemos.

—A la mierda —exclama Kate, y me coge de la mano—. Enséñame la mansión.

Tira de mí en dirección a la entrada.

—Pero rápido. —Me adelanto y la llevo hacia la enorme escalinata—. Te enseñaré las habitaciones en las que estoy trabajando.

Llegamos al descansillo y las exclamaciones de Kate se hacen más frecuentes a medida que va asimilando la opulencia y el esplendor de La Mansión.

—Esto es el no va más —masculla mirando a todas partes admirada.

—Lo sé. La heredó de su tío a los veintiún años.

—¿A los veintiuno?

—Ajá.

—¡Guau! —suelta Kate. Miró hacia atrás y la veo embobada con la vidriera que hay al pie del segundo tramo de escalera.

—Por aquí —le indico. Atravieso el arco que lleva a las habitaciones de la nueva ala y Kate corre tras de mí—. Hay diez en total.

Me sigue hasta el centro de la habitación sin dejar de mirar a todas partes. No puedo negar que son realmente impresionantes, incluso vacías. Cuando estén terminadas serán dignas de la realeza. ¿Conseguiré acabarlas? Después de «aclarar esta mierda» puede que no vuelva a ver este lugar. Tampoco es que me apene la idea. No me gusta venir aquí.

Me adentro más en la habitación y sigo la mirada de Kate hacia la pared que hay detrás de la puerta. «Pero ¿qué diablos…?»

—¿Qué es eso? —Kate hace la pregunta que me ronda la cabeza.

—No lo sé, antes no estaba ahí. —Recorro con la mirada la enorme cruz de madera que se apoya contra la pared. Tiene unos tornillos gigantes de hierro forjado negro en las esquinas. Es un poco imponente, pero sigue siendo una obra de arte—. Debe de ser uno de los apliques de buen tamaño de los que hablaba Jesse. —Me acerco a la pieza y paso la mano por la madera pulida. Es espectacular, aunque un poco intimidante.

—Huy, perdón, señoritas. —Las dos nos volvemos a la vez y vemos a un hombre de mediana edad con una lijadora en una mano y un café en la otra—. Ha quedado bien, ¿verdad? —Señala la cruz con la lijadora y bebe un sorbo de café—. Estoy comprobando el tamaño antes de hacer las demás.

—¿Lo ha hecho usted? —pregunto con incredulidad.

—Sí. —Se ríe y se coloca junto a la cruz, a mi lado.

—Es impresionante —musito. Encajará a la perfección con la cama que he diseñado y que tanto le gustó a Jesse.

—Gracias, señorita —dice con orgullo. Me doy la vuelta y veo a Kate observando la obra de arte con el ceño fruncido.

—Lo dejamos en paz. —Hago a Kate una señal con la cabeza para que me siga y ella dedica una sonrisa al trabajador antes de salir de la habitación.

Caminamos de nuevo por el descansillo.

—No lo pillo —refunfuña.

—Es arte, Kate. —Me río. No es rosa ni cursi, así que no me sorprende que no le guste. Nuestros gustos son muy distintos.

—¿Qué hay ahí arriba?

Sigo su mirada hacia el tercer piso y me detengo junto a ella. Las puertas intimidantes están entornadas.

—No lo sé. Puede que sea un salón para eventos.

Kate sube la escalera.

—Vamos a verlo.

—¡Kate! —Corro detrás de ella. Quiero encontrar a Jesse. Cuanto más tiempo tarde en hablar con él, más tiempo tendré para convencerme de no hacerlo—. Vamos, Kate.

—Sólo quiero echar un vistazo —dice, y abre las puertas—. ¡Joder! —chilla—. Ava, mira esto.

Vale, me ha picado la curiosidad con ganas. Subo corriendo los peldaños que me quedan y entro en el salón para eventos, derrapo y me paro en seco junto a Kate. «Joder».

—¡Perdonen!

Nos volvemos en dirección a una mujer con acento extranjero. Una señora regordeta que lleva trapos y espray antibacterias en las manos se bambolea hacia nosotras.

—No, no, no. Yo limpio. El salón comunitario está cerrado para limpieza. —Nos empuja hacia la puerta.

—Relájese, señora. —Kate se ríe—. Su novio es el dueño.

La pobre mujer retrocede ante la brusquedad de Kate y me mira de arriba abajo antes de hacerme una venia con la cabeza.

—Lo siento. —Se guarda el espray en el delantal y me coge las manos entre los dedos arrugados y morenos—. El señor Ward no dijo que usted venir.

Me muevo con nerviosismo al ver el pánico que invade a la mujer y lanzo a Kate una mirada de enfado, pero no se da cuenta. Está muy ocupada curioseando la colosal habitación. Sonrío para tranquilizar a la limpiadora española, a la que nuestra presencia ha puesto en un compromiso.

—No pasa nada —le aseguro. Me hace otra reverencia y se aparta a un lado para que Kate y yo nos hagamos una idea de dónde estamos.

Lo primero que me llama la atención es lo hermoso que es el salón. Al igual que el resto de la casa, los materiales y los muebles son una belleza. El espacio es inmenso, más de la mitad de la planta y, cuando me fijo con atención, veo que da la vuelta sobre sí mismo y rodea la escalera. Hemos entrado por el centro del salón, así que es aún más grande de lo que pensaba. El techo es alto y abovedado, con vigas de madera que lo cruzan de principio a fin y elaborados candelabros de oro, que ofrecen una luz difusa, entre ellas. Tres ventanas georgianas de guillotina dominan el salón. Están vestidas de carmesí y tienen contraventanas austriacas ribeteadas en yute dorado trenzado. Son kilómetros y kilómetros de seda dorada envuelta en trenzas carmesí sujetas a los lados por degradados dorados. Las paredes rojo profundo ofrecen un marcado contraste para las camas vestidas con extravagancia que rodean el salón.

¿Camas?

—Ava, algo me dice que esto no es un salón para eventos —susurra Kate.

Se mueve hacia la derecha, pero yo me quedo helada en el sitio intentando comprender qué estoy viendo. Es un dormitorio inmenso y superlujoso, el salón comunitario.

En las paredes no hay cuadros, por eso hay espacio para varios marcos de metal, ganchos y estantes. Todos parecen objetos inocentes, como los tapices extravagantes, pero, a medida que mi mente empieza a recuperarse de la sorpresa, el significado del salón y sus contenidos empiezan a filtrarse en mi cerebro. Un millón de razones intentan distraerme de la conclusión a la que estoy llegando poco a poco, pero no hay otra explicación para los artefactos y artilugios que me rodean.

La reacción llega con retraso, pero llega.

—Me cago en la puta —musito.

—Cuidado con esa boca. —Su voz suave me envuelve.

Me vuelvo y lo veo de pie detrás de mí, observándome en silencio con las manos en los bolsillos de los vaqueros y el rostro inexpresivo. Tengo la lengua bloqueada y busco en mi cerebro. ¿Qué puedo decir? Me invaden un millón de recuerdos de las últimas semanas, de todas las veces que he pasado cosas por alto, que he ignorado detalles o, para ser exactos, que me han distraído de ellos. Cosas que ha dicho, cosas que otros han dicho, cosas que me parecieron raras pero sobre las que no indagué porque él me distraía. Ha hecho todo lo posible por ocultarme esto. ¿Qué más me oculta?

Kate aparece en mi visión periférica. No me hace falta mirarla para saber que probablemente la expresión de su rostro es parecida a la mía, pero no puedo apartar la mirada de Jesse para comprobarlo.

Mira un instante a Kate y le sonríe, nervioso.

Sam entra corriendo en el salón.

—¡Mierda! ¡Te dije que no te movieras! —le grita a Kate con mirada furibunda—. ¡Maldita seas, mujer!

—Creo que será mejor que nos vayamos —dice Kate con calma, se acerca a Sam, lo coge de la mano y se lo lleva del salón.

—Gracias. —Jesse les hace un gesto de agradecimiento con la cabeza antes de volver a mirarme a mí. Tiene los hombros encogidos, señal de que está tenso. Parece muy preocupado. Debería estarlo.

Oigo los susurros ahogados y enfadados de Kate y de Sam mientras bajan la escalera. Nos dejan solos en el salón comunitario.

El salón comunitario. Ahora todo tiene sentido. El crucifijo que hay abajo no es arte para colgar en la pared. Esa cosa que parece una cuadrícula no es una antigüedad. Las mujeres que se contonean por el lugar como si vivieran aquí no son mujeres de negocios. Bueno, tal vez lo sean, pero no mientras están aquí.

«Ay, Dios, ayúdame».

Los dientes de Jesse empiezan a hacer de las suyas en su labio inferior. El pulso se me acelera a cada segundo que pasa. Esto explica esos ratos de humor pensativo que ha pasado estos últimos días. Debía de imaginarse que iba a descubrirlo. ¿Pensaba contármelo alguna vez?

Baja la mirada al suelo.

—Ava, ¿por qué no me has esperado en casa?

La sorpresa empieza a convertirse en ira cuando todas las piezas encajan. ¡Soy una idiota!

—Tú querías que viniera —le recuerdo.

—Pero no así.

—Te he enviado un mensaje. Te decía que estaba de camino.

Frunce el ceño.

—Ava, no he recibido ningún mensaje tuyo.

—¿Dónde está tú móvil?

—En mi despacho.

Voy a sacar mi móvil, pero entonces sus palabras de esta mañana regresan a mi cerebro.

—¿De esto era de lo que querías hablar? —pregunto.

No quería hablar de nosotros. Quería hablar de esta mierda.

Levanta la mirada del suelo y la clava en mí. Está llena de arrepentimiento.

—Era hora de que lo supieras.

Abro aún más los ojos.

—No, hace mucho tiempo que debía saberlo.

Hago un giro de trescientos sesenta grados parar recordar dónde estoy. Sigo aquí, no cabe duda, y no estoy soñando.

—¡Joder!

—Cuidado con esa boca, Ava —me riñe con dulzura.

Me vuelvo otra vez para mirarlo a la cara, alucinada.

—¡No te atrevas! —grito, y me golpeo la frente con la palma de la mano—. ¡Joder, joder, joder!

—Cuidado…

—¡No! —Lo paralizo con una mirada feroz—. ¡Jesse, no te atrevas a decirme que tenga cuidado con lo que digo! —Señalo el salón con un gesto—. ¡Mira!

—Ya lo veo, Ava. —Su voz es suave y tranquilizadora, pero no va a calmarme. Estoy demasiado atónita.

—¿Por qué no me lo dijiste? —Dios mío, es un chulo venido a más.

—Pensé que habrías comprendido el tipo de operaciones que se realizan en La Mansión en nuestra primera reunión, Ava. Cuando resultó evidente que no era así, se me hizo cada vez más difícil decírtelo.

Me duele la cabeza. Esto es como un puzle de mil piezas: cada una va encajando en su sitio, muy despacio. Yo le dije que tenía un hotel encantador. Debe de pensar que soy medio tonta. Dejó caer bastantes pistas con su lista de especificaciones, pero, como estaba tan distraída con él, no pillé ni una. ¿Es el dueño de un club de sexo privado? Es horrible. ¿Y el sexo? Dios, el dichoso sexo. Es todo un experto fuera de serie, y no es por sus relaciones anteriores. Él mismo me dijo que no tenía tiempo para relaciones. Ahora ya sé por qué.

—Voy a marcharme ahora mismo y vas a dejar que me vaya —digo con toda la determinación que siento. Está claro que he sido un juguete para él. Estoy más que espesa, he perdido por completo la razón.

Se muerde el labio con furia cuando paso junto a él y bajo la escalera como una exhalación.

—Ava, espera —me suplica pisándome los talones.

Recuerdo la última vez que salí huyendo de aquí. No debería haber dejado de correr. Bloqueo su voz y me concentro en llegar a la entrada y en no caerme y romperme una pierna. Paso por los dormitorios del segundo piso y me doy otra bofetada mental.

—Ava, por favor.

Llego al pie de la escalera y me doy la vuelta para mirarlo a la cara.

—¡Ni se te ocurra! —le grito. Retrocede, sorprendido—. Vas a dejar que me vaya.

—Ni siquiera me has dado ocasión de explicarme. —Tiene los ojos abiertos de par en par y llenos de miedo. No es una expresión que haya visto nunca en él—. Por favor, deja que te lo explique.

—¿Explicarme el qué? ¡He visto todo lo que necesito ver! —grito—. ¡No es necesaria ninguna explicación! ¡Esto lo dice todo bien claro!

Se acerca a mí con la mano tendida.

—No tendrías que haberlo descubierto así.

De repente me doy cuenta de que hay público presenciando nuestra pequeña pelea. Sam, Drew, Kate y todos los que están en la entrada del bar nos miran incómodos, incluso con cara de pena. John está muy serio y no deja de mirar a Jesse. Sarah está claramente satisfecha de sí misma. Ahora sé que debe de haber interceptado mi mensaje en el teléfono de Jesse. Ella ha abierto las puertas de entrada y la puerta de La Mansión. Se ha salido con la suya. Que se lo quede.

No reconozco al hombre con aspecto de chulo insidioso que hay a su lado, pero me mira con cara de pocos amigos. Me doy cuenta de que se vuelve hacia Jesse con gesto de desdén.

—Eres un gilipollas —le escupe a Jesse por la espalda y con tono de verdadero odio. ¿Quién diablos es?

John lo coge del pescuezo y lo sacude un poco.

—Ya no eres miembro, hijo de puta. Te acompañaré a la salida.

La criatura altanera suelta una carcajada siniestra.

—Adelante. Parece que tu fulana ha visto la luz, Ward —sisea.

Los ojos de Jesse se tornan negros en un nanosegundo.

—Cierra la puta boca —ruge John.

—Anulamos su carnet de socio —musito—. A alguien se le ha ido de las manos.

El hombre dirige su mirada fría de nuevo hacia mí.

—Coge lo que quiere y deja un reguero de mierda a su paso —gruñe. Sus palabras me golpean hasta dejarme sin aliento. Jesse se tensa de pies a cabeza—. Folla con todas y las deja bien jodidas.

Vuelvo a mirar a Jesse. Sus ojos siguen negros y parece que le pesa la arruga de la frente.

—¿Por qué? —le pregunto.

No sé por qué se lo pregunto. No va a suponer ninguna diferencia. Pero siento que me merezco una explicación. Folla con todas, una sola vez, y las deja bien jodidas.

—No lo escuches, Ava. —Jesse da un paso al frente. Tiene la mandíbula tan apretada que se la va a romper.

—Pregúntale cómo está mi mujer —escupe el desgraciado—. Le hizo lo mismo que les hace a todas. Los maridos y la conciencia no se interponen en su camino.

Y eso basta para que Jesse pierda la paciencia. Se da la vuelta y se lanza contra el hombre como una bala, se lo quita a John de entre las manos y lo tira contra el suelo de parquet con gran estrépito. Sam aparta a Kate y se oyen unos cuantos gritos ahogados, mientras todo el mundo ve a Jesse pegarle al tipo la paliza de su vida.

No me siento inclinada a gritarle que pare, a pesar de que parece que podría matarlo. Salgo de La Mansión y me meto en el coche. Kate vuela por los escalones y corre hacia mí. Se mete en el coche pero no dice nada. Cuando llegamos a las puertas, se abren sin que tenga que pararme. Me sorprende, estaba preparada para pisar el acelerador y echarlas abajo.

—Sam —dice Kate cuando la miro—. Dice que lo mejor será que nos larguemos de aquí.

No me había parado a pensar, hasta ahora, que Kate tampoco sabía nada de todo esto. Parece la Kate tranquila de siempre, la que se toma las cosas como vienen.

Yo, sin embargo, voy en barrena hacia el infierno.