Capítulo 19
Salgo de la pista de baile con la mano de Jesse apoyada en la cadera. Va apartando a la gente con el otro brazo y me guía entre la multitud. Me lleva hasta una mesa alta, pero se han llevado los taburetes.
—Espera aquí. —Me deja junto a la mesa, me pone una mano en la nuca, tira de mí y me planta un beso en la frente—. No te vayas.
Dejo el bolso sobre la mesa y veo que desaparece entre la multitud. No tengo mucho tiempo para aclararme las ideas, lo cual, seguramente, sea algo positivo, porque no sé qué pensar. Kate y los demás aparecen entre la gente, riendo y sudando, con Sam y Drew detrás.
Sam ve que estoy sola.
—¿Y Jesse?
Enarco las cejas.
—No lo sé —respondo, y señalo en la dirección por la que se ha marchado justo cuando reaparece entre la masa con un taburete sobre la cabeza.
Lo deja en el suelo.
—Siéntate —me ordena, y me levanta y me coloca sobre el asiento. Es un alivio, los pies me están matando—. ¿Pido algo? —pregunta. Todo el mundo asiente y le dice lo que quiere tomar; parece estresarse un poco cuando se inclina para escuchar los pedidos.
Sam se ofrece a ayudarlo.
—Yo te echo una mano.
—Sí, yo también. —Drew sigue a Jesse y a Sam hasta la barra y me dejan sola con las miradas inquisidoras de mis amigos.
—¿Qué? —pregunto como si no lo supiera. De repente el vino se me sube a la cabeza.
Kate me mira con una ceja bien enarcada y se cruza de brazos. Que se vaya a la mierda. Si él está aquí es por su culpa.
—Te veo muy cómoda —espeta.
Tom se pasa la mano por las exageradas solapas de su camisa de color coral.
—¿Cómoda? Madre mía, nena. ¡Después de lo que acabo de ver te espera una larga noche de sexo apasionado, querida! —Levanta las dos manos y Kate y Victoria responden chocándole una cada una al unísono.
Lanzo una mirada asesina a Kate.
—Ya hablaremos tú y yo —la amenazo.
Ella inspira profundamente.
—Vaya, qué agresiva. Me gusta todo lo que este tío saca de ti.
Sí, ya ha dejado bien claro que le gusta este hombre, y quiero saber a qué han venido los cuchicheos de antes.
—¿Habéis visto cómo bailaba? —interviene Victoria.
—No lo hace mal —dice Tom con un mohín. Ay, Dios mío, alguien le ha robado el protagonismo en la pista de baile. Es posible que Jesse se haya ganado un enemigo de por vida.
—A ti también se te ve muy cómoda. —Se la devuelvo a Kate, y señalo con la cabeza a Sam, que regresa entre la gente con tres bebidas en las manos.
—Sólo me estoy divirtiendo. —Se encoge de hombros.
Joder, eso espero. ¿Debo contarle lo del Starbucks?
—¿Y tú? —digo mirando a Victoria.
Ella me mira estupefacta.
—¿Yo qué?
—Sí, se te veía muy a gusto con Drew.
Tom levanta las manos exasperado.
—¡Esto es muy injusto! Quiero ir al Route Sixty. —Se vuelve hacia Victoria—. ¡Querida, por favor!
—¡No! —exclama ella, y no me extraña. Para una vez que es Victoria y no Tom quien liga y quien posiblemente acabe teniendo algo de acción…
Sam deja las bebidas sobre la mesa y Drew hace lo propio, rozando sospechosamente a Victoria con el cuerpo. Ella se echa a reír y se atusa el pelo. Necesita deshacerse de ese bronceado artificial.
Sam sonríe.
—Vino para Kate. —Hace una reverencia cuando le entrega la copa—. Vodka para Victoria y… No tengo ni idea de qué es esto, pero es una mariconada, así que debe de ser para ti —bromea, y le pasa a Tom la piña colada al tiempo que le guiña un ojo.
Tom se pone como un tomate y le hace un gesto a Sam con la muñeca floja. No me lo puedo creer. Es la primera vez que veo a Tom mostrar timidez. Vaya, no puedo dejar pasar esta oportunidad.
—¡Tom, tu cara hace juego con la camisa! —suelto, y empiezo a partirme de risa.
Todo el mundo se vuelve para mirarlo, lo que no hace sino intensificar su rubor y, por tanto, su humillación. Estallan las risas. Tom resopla unas cuantas veces y se larga.
—¿Qué tiene tanta gracia? —pregunta Jesse cuando llega y deja mi vino y una botella de agua sobre la mesa. No puedo hablar. Todavía estoy recuperándome del ataque de risa. Me seco las lágrimas de los ojos.
—Acabamos de encontrar el talón de Aquiles de Tom —explica Kate al ver que soy incapaz de recobrar la compostura. Jesse observa perplejo al grupo de hienas muertas de risa que se ha encontrado al volver. Sam se encoge de hombros y da unos tragos a su cerveza.
—Sam —digo ya algo más calmada.
—¿Sam? —Jesse arquea una ceja.
Victoria interviene.
—¡A Tom le gusta Sam! —exclama con entusiasmo.
Jesse sacude la cabeza y coge la botella de agua. Desenrosca el tapón y da un sorbo.
—Toma, bebe un poco.
Me pone la botella debajo de la nariz.
—No. —Arrugo la cara y la aparto de mí.
—Bebe un poco de agua, Ava. Me lo agradecerás por la mañana.
—No quiero agua.
Me mira con el ceño fruncido y todo el mundo observa nuestra pequeña disputa. No pienso discutir ahora. Le aparto el brazo estirado y cojo el vino, levanto la copa en su cara y le doy un trago. En realidad, me lo bebo entero. Justo cuando voy a dejarla de nuevo sobre la mesa, me paro a mirar a Jesse. Está cabreado: tiene los labios apretados y sacude la cabeza con desaprobación.
—No —repito con firmeza para dejar clara mi respuesta. Ya me ha fastidiado la noche de superación. No va a decirme también lo que tengo que beber.
—Adiós a la larga noche de sexo apasionado —dice Sam sonriendo con malicia, y Kate empieza a partirse de risa.
—Vete a la mierda, Sam —lo reprende Jesse con un tono superserio. Está muy disgustado, pero yo estoy borracha y rebelde y me trae sin cuidado.
Sam levanta las manos y se aparta de inmediato. Al mismo tiempo, Kate aprieta los labios para aguantarse la risa y me lanza una miradita. Me encojo de hombros. Me pregunto si el Jesse mandón y dominante le gustará tanto como el caballeroso.
Drew hace un gesto con la cabeza y él y Victoria se apartan a un rincón donde no podemos oírlos. Por lo general es algo engreído y rebosa seguridad en sí mismo, pero parece tímido mientras Victoria charla alegremente con él. Drew saca el móvil del bolsillo y empieza a teclear los números que ella le dicta. Cuando ha terminado, le muestra la pantalla para que los compruebe. Un hombre que no tiene intenciones de llamar no haría eso. Qué interesante.
Apenas soy consciente de la conversación que tiene lugar a mi alrededor pero, de repente, todo se nubla. No debería haberme tomado esa última copa. Y lo he hecho sólo por una chiquillada. Jesse tiene razón, joder. Mañana me arrepentiré. El sonido de las voces se apaga y empiezo a ver doble.
Sí, misión cumplida… ¡voy pedo!
Jesse me pone la mano en el cuello y me lo masajea por encima del pelo mientras charla con Sam. Cierro los ojos y agradezco su firme tacto mientras trabaja mis músculos. Es una sensación muy agradable. Si sigue haciéndolo me dormiré.
Cuando abro los ojos, Jesse está delante de mí mirándome a los ojos ebrios y sacudiendo la cabeza.
—Venga, señorita, te llevaré a casa.
Lo golpeo con el brazo muerto.
—Estoy bien. —No va a fastidiarme mi noche de superación. Oigo que Kate y él intercambian unas palabras. Después, me levanta del taburete y me pone de pie.
—¿Puedes andar? —pregunta.
—Pues claro, no estoy tan borracha. —Sí que lo estoy. Y, por lo visto, también tengo ganas de discutir.
Todos desfilan ante mí y me dan un beso en la mejilla mientras Jesse me sostiene. Qué patético. Tras asegurarse de que me he despedido de todos, me guía fuera del bar. Me avergüenza admitirlo, pero si no me estuviese sujetando de la cintura me caería de bruces.
El aire fresco me golpea y hace que me tambalee ligeramente, pero Jesse evita que me caiga y, de pronto, siento el familiar confort de su pecho contra mi mejilla mientras me guía hacia su coche.
—No me vomitarás encima, ¿verdad? —pregunta.
—No —contesto indignada.
—¿Seguro? —Se echa a reír, y las vibraciones de su pecho me atraviesan.
—Estoy bien —balbuceo contra su camisa.
Parece mi padre. ¿Podría ser mi padre? No, ningún padre sobre la faz de la tierra baila o folla como Jesse. ¡Vaya! ¡Mi mente ebria es una indecente!
—Vale, pero te agradecería que me avisaras un momento antes de hacerlo. Voy a meterte en el coche.
—Que no voy a vomitar —insisto.
Me mete en su coche y siento el cuero frío en la espalda y en las piernas cuando me deja encima del asiento. Se inclina sobre mí y me abrocha el cinturón. Su aliento fresco invade mis orificios nasales. Soy capaz de reconocerlo hasta en este estado. Cuando se aparta, veo dos Jesses. Intento centrar la vista y acabo viendo una enorme sonrisa.
—Hasta borracha eres adorable. —Se agacha y me da un beso ligero en los labios—. Voy a llevarte a mi casa.
Parece que se han desconectado todas mis funciones excepto la capacidad de discutir.
—No voy a ir a tu casa —digo arrastrando las palabras.
—Sí que vas a venir —asevera.
Reconozco su tono severo a pesar del sopor etílico. Aunque tampoco es que le haga mucho caso. La puerta del copiloto se cierra de un golpe y Jesse se sienta en seguida ante el volante.
—No voy a ir, llévame a mi casa.
—Olvídalo, Ava. No voy a dejarte sola en tu estado. Fin de la historia.
—Eres un mandón —me quejo—. Quiero irme a casa. —Lo cierto es que no sé qué quiero hacer. ¿Qué más da dónde duerma esta noche? Pero mi ebria testarudez se empeña en acabar con todo atisbo de sensatez que pueda quedar en mi cerebro empapado de vino. ¡Quiero irme a mi casa y punto!
Él se echa a reír.
—Ve acostumbrándote.
—¡No! —Me apoyo en el reposacabezas y cierro los ojos. He entendido esa frase lo suficiente como para desafiarla. Me sorprende conservar aún algo de coherencia.
—Eres encantadora, pero también te pones muy tonta cuando estás borracha —gruñe.
—Me alegro —repongo con arrogancia.
Arranca el coche y las vibraciones del motor empiezan a revolverme el estómago. Jesse se ríe en voz baja.
—¿Jesse?
—¿Qué, Ava?
—¿Cuántos años tienes? —Qué pregunta más tonta. Aunque cejase en su empeño de ocultarme su edad, mañana no me acordaría.
Suspira.
—Veinticinco.
Estoy muy borracha y el traqueteo del coche está empezando a afectarme a pesar de tener los ojos cerrados.
—No me importa cuántos años tengas —farfullo.
—¿Ah, no?
—No. No me importa nada, te quiero igual.
Antes de perder la consciencia, oigo que inspira profundamente.