Capítulo 14
—¡Coño! —Kate está en la puerta de mi cuarto, con la boca y los ojos abiertos de par en par—. ¿Qué ha pasado aquí?
Me meto la camisa negra por dentro de los piratas y me sorprende ver lo fácil que es encontrar mis tacones de ante negro y el cinturón dorado. Hoy estoy siendo muy ordenada.
—¿Qué tal tu abuela? —pregunto mientras me paso el cinturón por las trabillas del pantalón.
—Sigue senil. ¿Qué has hecho mientras no estaba? —pregunta al tiempo que ahueca una almohada de mi cama.
Yo señalo el cuarto con cara de «¿tú qué crees?», y omito el hecho de que Matt me ha llamado y yo he accedido a ir a comer con él. Ah, y también me reservo que Jesse me llamó ayer y pasé de mal humor la mayor parte del día. ¡Qué tontería!
—¿A qué hora volviste? —pregunto. Me cansé de esperar y me bebí la mitad del vino reservada para ella después de llamarla y de que me dijera que estaba en un atasco en la intersección diecinueve de la M1.
—A las diez. Los trabajadores que volvían a la ciudad tenían todas las carreteras congestionadas. La próxima vez iré en tren. ¿Puedes quedar después de trabajar?
—Claro, ¿para qué?
—Tengo que entregar una tarta y necesito ayuda —dice.
—Vale. Recógeme en la oficina a las seis.
Cojo mi bolso negro del armario recién ordenado y empiezo a guardar en él las cosas del bolso que llevaba la semana pasada.
—Muy bien. ¿Has sabido algo del dios?
Levanto de inmediato la cabeza y veo que Kate está sonriendo de oreja a oreja mientras, dobla la manta de mi cama. La miro con recelo y me acerco al espejo para ponerme el brillo de labios.
—¿Te refieres al señor? Me llamó ayer —revelo como si tal cosa y, al juntar los labios para extender bien el brillo, veo su reflejo en el espejo. Sigue sonriendo con sorna—. ¿Qué? —pregunto a la defensiva.
—¿Ya hemos determinado su edad?
Me echo a reír.
—No. No paro de preguntarle y él no para de mentirme. Está claro que le supone un problema.
—Bueno, el pobre está con una mozuela de veintiséis y todavía debe de estar dando gracias por la suerte que ha tenido. Tendrá treinta y cinco, como mucho.
—No está conmigo. Es sólo sexo —la corrijo con voz poco convincente. Cojo mi bolso y dejo a Kate alisando la cama. Me dirijo a la cocina, me sirvo un zumo y desconecto el móvil del cargador.
Kate llega a la cocina cuando me estoy tomando la píldora. Enciende la hervidora de agua.
—No hay nada mejor que un buen polvo con un adonis para superar una relación. Es tu polvo de recuperación.
Suelto una carcajada. Sí, eso es justo lo que es. Aunque tampoco es que necesitase distracción alguna para superar lo de Matt. Eso fue bastante fácil.
—Exacto —coincido—. Te veo después del trabajo.
Ella se apoya sobre la barandilla y yo bajo la escalera.
—¡A las seis en punto!
Es una mañana de lunes como otra cualquiera, pero lo raro es que hoy ha venido todo el mundo. Al menos uno de nosotros está siempre fuera de la oficina, visitando a algún cliente o algún emplazamiento en el que estemos trabajando. Estoy en la cocina con Patrick, poniéndolo al día sobre los avances en la nueva casa de la señora Kent.
—¿Le has preguntado alguna vez si quiere cambiar de estilo? Puede que sea eso lo que haga que no sienta la casa como su hogar. Puede que le ahorres una fortuna al señor Kent —ríe Patrick—. Aunque yo no me quejo, claro. Por mí puede mudarse todos los años que le queden de vida siempre y cuando siga contratándote a ti para que le apañes la casa.
Frunzo el ceño.
—¿Para que se la apañe? Hago mucho más que eso, Patrick. No sé. Insiste en que lo quiere todo moderno, pero no estoy segura de si es lo que encaja con ella. Creo que se aburre. Eso, o que le encanta estar rodeada de obreros —digo al tiempo que enarco las cejas y me echo a reír.
—Ah, pues puede ser —bromea también él—. Esa pájara tiene unos setenta años. Quizá debería buscarse un amante joven. El señor Kent tiene muchas jovencitas distribuidas por todo el mundo. Y lo sé de una fuente muy fiable. —Me guiña un ojo y yo le sonrío con cariño.
Sé que Patrick se refiere a su mujer, Irene. Se entera de todo lo que pasa. Ella misma se considera una entrometida, sabelotodo y cotilla. Si hay algo que no sepa, es que no tiene interés. No sé cómo Patrick la aguanta. Debe de ser agotador tener que escucharla a diario. Por suerte, sólo se deja caer por la oficina una vez a la semana, antes de ir a la peluquería. Asentir sin parar durante la media hora que se pasa poniéndonos al día sobre su ajetreada vida social —y la de los demás— es soportable. Yo hago todo lo posible por quedar con mis clientes los miércoles sobre las doce, que es cuando sé que Irene va a venir. Patrick es simpático y agradable; lo adoro. Irene es horrible. Me da pavor.
—¿Cómo está Irene? —pregunto por cortesía. La verdad es que me da igual.
Él levanta las manos con desesperación.
—Me saca de quicio. Esa mujer tiene la misma capacidad de concentración que un niño de dos años. Estaba obsesionada con el bridge, y ahora me dice que se ha apuntado a bailar kumba o no se qué. No consigo seguirle el ritmo.
—¿Quieres decir zumba?
—Eso. —Me señala con su barrita de chocolate digestiva—. Parece que está muy de moda.
Yo me echo a reír al imaginarme a Irene ataviada con unas mallas de leopardo y saltando con su generoso trasero arriba y abajo.
—Ah, Van Der Haus quiere verte el miércoles —me informa Patrick guiñándome el ojo—. Te quieren a ti, flor.
—¿En serio?
Él se echa a reír.
—Eres demasiado modesta, mi niña. He comprobado tu agenda y te lo he apuntado a las doce y media. Se hospeda en el Royal Park. ¿Te parece bien?
—Claro. —No necesito comprobar si tengo un hueco porque Patrick ya se ha tomado la libertad de hacerlo por mí. Y si además evito tener que soportar las novedades de Irene de esta semana, mejor que mejor. Bajo el culo de la encimera de la cocina y me dirijo a mi mesa—. Voy a terminar unos bocetos y a mandar correos electrónicos a unos cuantos contratistas.
Su móvil empieza a sonar.
—¿Qué querrá ahora? —lo oigo farfullar.
Justo cuando me dispongo a ir al indio a por algo de comer, Tom aparece en mi mesa.
—¡Entrega para Ava! —me grita, y deja una caja sobre el escritorio.
¿Qué es esto? No espero ningún catálogo.
—Gracias, Tom. ¿Qué tal fue el viernes?
Lanza un grito y sonríe.
—He conocido a un científico. Pero ¡madre mía!, es divino.
«¡No tan divino como el mío!» Me reprendo para mis adentros por tener esos pensamientos. ¿A qué ha venido eso?
—Entonces ¿fue bien? —insisto.
—Sí. Cuéntame, quién era ese hombre. —Pone las manos sobre mi mesa y se inclina hacia mí.
—¿Qué hombre? —repongo demasiado de prisa. Retrocedo con la silla para poner algo de distancia entre la presencia interrogadora de mi amigo gay y cotilla y yo.
—Tu reacción lo dice todo. —Me mira con los ojos entrecerrados y yo me pongo como un tomate.
—Sólo es un cliente —digo, y me encojo de hombros.
La mirada inquisidora de Tom se desvía hacia mis dedos, que juguetean con un mechón de mi pelo. Lo suelto y agarro rápidamente un boli. Tengo que mejorar mi capacidad para mentir. Se me da fatal. Se pasa la lengua por el interior de la mejilla, se pone de pie y se marcha de mi mesa.
Pero ¿qué me pasa? ¡Sí! Me he tirado a un atractivo madurito de treinta y tantos. ¿O son cuarenta y tantos? Es mi polvo de recuperación. Abro la caja y me encuentro una única cala encima de un libro envuelto en papel de seda.
Giuseppe Cavalli. 1936-1961
¡Vaya! Lo abro y veo una nota.
AVA:
ERES COMO UN LIBRO QUE NO PUEDO DEJAR DE LEER. NECESITO SABER MÁS.
UN BESO, J.
«¡Joder!» ¿Qué más quiere saber? No hay nada que saber. No soy más que una chica corriente de veintitantos años. Él sí que debería empezar a decirme algunas cosas, como su edad, por ejemplo. ¿Es normal enviarle regalos a la persona que te estás tirando? Tal vez para los maduritos sí lo sea. Ahora mismo no tengo tiempo de pensar en esto. Tengo un montón de correos electrónicos que responder, tengo que acudir a recibir unas entregas de muebles. Meto el libro en el bolso, guardo la cala en el primer cajón de mi mesa y me marcho al indio a por algo de comer antes de continuar.
A las seis en punto, Margo llega traqueteando y se detiene delante de la acera para recogerme. Me peleo con el tirador oxidado de la puerta y me encaramo al asiento tras apartar una docena de revistas de tartas y tirar al suelo unos vasos vacíos de Starbucks.
—Necesitas una furgoneta nueva —gruño.
Teniendo en cuenta lo ordenada que es Kate en casa, Margo está hecha un asco.
—Chis, vas a herir sus sentimientos —dice riendo—. ¿Qué tal el día? —me pregunta con cautela.
Tengo los hombros totalmente caídos. No he conseguido hacer nada en el trabajo. Me he pasado todo el día pensando en cierta criatura maravillosa de edad desconocida. Saco el libro y la nota del bolso y se los paso. Ella los coge y una expresión de incertidumbre baña sus bonitas y pálidas facciones cuando abre la tapa y la nota cae sobre su regazo. La recoge, lee lo que dice y me mira con la boca abierta.
—Lo sé —digo en consonancia con su cara de asombro.
Vuelve a leer la nota y cierra la boca hasta que su gesto se transforma en una sonrisa.
—¡Vaya! El señor nos ha salido profundo.
Me devuelve el libro y se adentra en el tráfico.
—Eso parece. —Mi mente se traslada a nuestras conversaciones íntimas, pero me obligo a dejar de pensar en ello de inmediato.
—¿Hasta qué punto es bueno en la cama? —pregunta Kate como si tal cosa, sin apartar la vista de la carretera.
Me vuelvo hacia ella de inmediato, pero no me devuelve la mirada.
—Más de lo que puedas imaginar —respondo. ¡El mejor, fantástico, alucinante! ¡No pararía de hacerlo con él jamás!
—¿Va a convertirse en una relación de despecho?
Suspiro.
—Sí, creo que sí. Y no sólo por el sexo.
Estira el brazo, me aprieta la rodilla y sonríe con condescendencia. Entiende perfectamente por lo que estoy pasando.
Aminoramos la marcha en la entrada de una calle residencial y Kate detiene la furgoneta.
—Vale, vete atrás —ordena.
—¿Qué?
—¡Vete atrás, Ava! —repite la orden dándome palmaditas en la pierna.
—¿Para qué? —Sé que estoy frunciendo el ceño. ¿Para qué narices quiere que me vaya a la parte de atrás?
Kate señala la calle y entonces lo entiendo todo. La miro con los ojos abiertos de par en par.
Al menos tiene la decencia de parecer algo arrepentida.
—La he protegido, acolchado y sujetado, pero esta calle es una puta pesadilla. Me ha llevado dos semanas hacer esta tarta. Si le pasa algo, estoy jodida.
Desvío mi expresión boquiabierta de Kate y miro la vía de tres carriles con coches aparcados a ambos lados. Sólo el del medio permite que circule el tráfico. Pero no es eso lo que me preocupa, sino los horribles badenes de caucho negro que hay cada veinte metros. Madre mía, voy a dar más vueltas que un penique en una secadora.
—¿No podemos llevarla en brazos? —pregunto con desesperación.
—Tiene cinco pisos y pesa una tonelada. Tú sujeta la caja. Todo irá bien.
Resoplo y me desabrocho el cinturón.
—No puedo creerme que me estés haciendo esto —protesto mientras paso a la parte trasera de la furgoneta para sujetar la enorme caja de la tarta entre los brazos—. ¿No podías montarla allí?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no. ¡Tú sujeta la puta tarta! —grita con impaciencia.
Me agarro a la caja con más fuerza, separo las piernas para mantener el equilibrio y apoyo la mejilla contra ella. Estamos en la entrada de la calle con el motor en marcha y parece que nos hayan sacado de una escena cómica.
—¿Lista? —pregunta.
Oigo que mete la primera marcha con un fuerte tirón.
—Venga, arranca de una vez, ¿quieres? —le espeto. Ella sonríe y el vehículo empieza a traquetear hacia adelante. Detrás, un coche empieza a hacer sonar el claxon con impaciencia.
—¡Vete a la mierda, gilipollas! —grita Kate al tiempo que nos topamos con el primer badén.
Mis pies dejan de tocar el suelo y aplasto la cara contra la caja. Cuando vuelvo a bajar, se me resbalan los tacones.
—¡Kate! —chillo, y aterrizo sobre mi trasero.
—¡No sueltes la caja!
Vuelvo a ponerme de pie a duras penas sin soltar la tarta, pero entonces las ruedas traseras rebotan al subir el montículo.
—¡Más despacio!
—¡No puedo! ¡Si no, no los sube! —exclama, y llega a otro badén.
—¡Joder! —Vuelvo a salir volando por los aires y aterrizo con un fuerte golpe seco—. ¡Kate!
Se está partiendo de risa, lo que no hace sino cabrearme todavía más.
—¡Lo siento! —grita.
—¡Mentirosa! —digo entre dientes cuando vuelvo a levantarme.
Me quito los tacones para intentar tener más equilibrio.
—Mierda.
Me aparto el pelo de la cara.
—¿Qué pasa?
—¡No pienso dar marcha atrás, caballero! —sisea.
Un Jaguar viene hacia nosotras y, con sólo una vía disponible y sin sitio para parar, no hay nada que hacer. Una orquesta de fuertes pitidos empieza a sonar a nuestro alrededor. Kate continúa hacia adelante, y yo sigo dando vueltas en la parte trasera de Margo.
—Te voy a embestir —le advierte al del Jaguar mientras aprieta el claxon varias veces—. ¿Qué tal la tarta?
—¡Bien! ¡No dejes que nos gane! —grito, y vuelvo a aterrizar sobre mi trasero—. ¡Mierda!
—¡Aguanta! ¡Sólo quedan dos!
—¡Nooo!
Tras dos sacudidas más y, probablemente dos moratones más en el culo, aparcamos en doble fila y descargamos la estúpida tarta de cinco pisos. El del Jaguar no para de pitar, de insultarnos y de hacernos gestos con la mano, pero no le hacemos ni caso. Aún descalza, ayudo a Kate a trasladar la tarta hasta la inmensa cocina de la señora Link, que va a celebrar el decimoquinto cumpleaños de su hija por todo lo alto. Dejo a Kate a su aire y regreso a la furgoneta para esperarla. Hago como que no oigo los persistentes pitidos de los coches y busco los zapatos en la parte trasera. Podrían estar en cualquier parte.
Noel Gallagher invade mis tímpanos con Sunday Morning Call desde el asiento del copiloto y mi corazón, que ya está agitado por el reciente esfuerzo, empieza a martillearme con fuerza el pecho. Abandono la búsqueda de los tacones y gateo hasta la parte delantera para responder a la llamada. Decido ignorar los motivos por los que tengo tantas ganas de hablar con él.
—Hola —jadeo, y salgo de Margo y me desplomo contra un lateral del vehículo. ¡Estoy exhausta!
—Vale, esta vez no he sido yo quien te ha dejado cansada, así que ¿te importaría decirme quién te tiene jadeando como si no hubieses parado de follar en una semana? —Sonrío. Su voz me causa mucha alegría después del desastre de los últimos veinte minutos—. ¿Qué son todos esos pitidos? —pregunta.
—He venido con Kate a entregar una tarta y estamos bloqueando la carretera —explico, pero me distrae un hombre de negocios rechoncho, medio calvo y de mediana edad que se acerca con cara de pocos amigos.
—¡Aparta la furgoneta, pedazo de imbécil! —brama mientras hace aspavientos con los brazos.
«Mierda. ¡Kate, date prisa!»
—¿Quién coño es ése? —grita Jesse desde el otro lado de la línea.
—Nadie —contesto.
El gordo pelón da una patada a la rueda de Margo.
—¡Apártate, zorra!
Maldita sea, es un hombre de mediana edad con alopecia y está muy cabreado.
Jesse gruñe.
—Dime que no ha dicho lo que acabo de oír. —Su voz se ha tornado agresiva.
—Tranquilo. Kate ya viene de camino —miento rápidamente.
—¿Dónde estás?
—No lo sé, en alguna parte de Belgravia. —La verdad es que no me he fijado mucho. Estaba demasiado ocupada rodando por Margo como para fijarme en los nombres de las calles.
El gordo calvo me empuja.
—¿Estás sorda, zorra estúpida?
Mierda, va a atizarme. Jesse hiperventila al otro lado del teléfono y, de repente, desaparece. Miro la pantalla y veo que ha finalizado la llamada. Levanto la vista y miro hacia los escalones que llevan a casa de la señora Link, pero la puerta está totalmente cerrada. Don Calvorota me empuja dentro de la furgoneta.
—Por favor, deme cinco minutos —le ruego al capullo iracundo. Si Kate estuviera aquí, ya habría mordido el suelo.
—¡Mueve esta puta chatarra, gilipollas! —me ruge en la cara. Yo retrocedo.
Corro hasta la acera, pisando todas las piedrecitas sueltas que hay por el camino, y subo la escalera hasta la entrada principal de la señora Link.
—¡Kate! —llamo con urgencia, y me vuelvo y sonrío dulcemente al calvorota agresivo. El hombre me espeta otro aluvión de improperios. Está claro que necesita unas sesiones de control de la ira—. ¡Kate! —vuelvo a gritar mientras aporreo la puerta de nuevo. Los cláxones no paran de sonar, y tengo al hombre más enfadado con el que me haya topado jamás insultándome sin parar. ¡Me duele el culo y las putas piedras me están apuñalando los pies!—. ¡¡¡KATE!!! —Vale, ahora también me duele la garganta.
Entonces me paro a pensar. ¿Ha dejado las llaves en la furgoneta? Bajo los escalones y regreso para comprobar el contacto; rodeo la furgoneta por detrás para esquivar al calvo.
Pero parece ser que no está dispuesto a dejar que me libre de él, así que choco contra su cuerpo gordo y sudoroso cuando llego a la puerta del conductor.
—¡Ay! —grito, y me alcanza una bocanada de rancio olor corporal.
Me agarra del brazo y me aprieta con fuerza.
—Como no muevas este puto trasto ahora mismo voy a darte hasta hartarme.
Me apoyo contra la furgoneta y él sigue apretando hasta que me duele tanto que siento ganas de llorar. ¡Es un puto psicópata! Va a darme una paliza en una preciosa calle arbolada del pijo barrio de Belgravia; saldré en todos los informativos matinales de mañana. No pienso volver a hablar a Kate en la vida. Los ojos se me llenan de lágrimas de terror y sigo pegada a la puerta de Margo sin saber qué hacer. Es un tipo muy agresivo, seguro que maltrata a su mujer.
—¡Quítale las manos de encima!
El rugido que inunda el aire bloquea el sonido del tráfico de Londres y los pitidos de los coches. También hace que se me doblen las rodillas de alivio. Me vuelvo hacia la voz más oportuna que jamás hubiera esperado oír y veo a Jesse corriendo por la carretera vestido con un traje y con cara de asesino.
«¡Gracias a Dios!» No sé de dónde ha salido, y lo cierto es que me da igual. Siento un alivio tremendo. Nunca me había alegrado tanto de ver a nadie en mi vida, y el hecho de que sea un hombre al que conozco desde hace apenas una semana debería significar algo para mí.
La cabeza gorda y espantosa de don Calvorota se vuelve hacia Jesse y una expresión de pánico profundo se apodera al instante de sus sudorosas facciones. Ha dejado de apretar. Me suelta, se aparta de Margo y empieza a evaluar la montaña alta y musculosa que avanza como un rayo hacia nosotros. Su feo rostro delata su intención de salir pitando, pero no lo consigue. Jesse lo golpea antes de que logre mover sus cortas piernas y lo hace salir volando por los aires hasta que aterriza contra el asfalto.
¡Madre mía! Me equivocaba. El calvorota no es el hombre más agresivo que haya visto en la vida. Jesse le propina un puñetazo en la cara y a continuación le da una patada en el estómago. El hombre lanza un grito.
—Levanta ese culo gordo del suelo y discúlpate. —Lo alza de la carretera y lo planta delante de mí—. ¡Discúlpate! —ruge.
Miro al calvo, que no para de resollar. Tiene la nariz rota y la sangre le gotea sobre el traje. Sentiría pena por él si no supiera que es un capullo asqueroso. ¿Qué clase de hombre trata así a una mujer?
—Lo… lo siento —tartamudea totalmente aturdido.
Jesse lo sacude sin dejar de agarrarlo de la chaqueta.
—Como vuelvas a ponerle un dedo encima, te arrancaré la cabeza —le advierte con voz amenazadora—. Y ahora, lárgate.
Suelta con violencia al hombre magullado, me agarra y me estrecha contra su pecho.
Yo me desmorono y empiezo a temblar y a llorar sobre el costoso traje de Jesse, que me cobija en su torso firme y cálido.
—Debería haber matado a ese cabrón —gruñe—. Oye, deja de llorar o me cabrearé.
Me acaricia la cabeza con la palma de la mano y suspira sobre mi cabello.
—¿De dónde has salido? —musito contra su pecho. No me importa, me alegra inmensamente que esté aquí.
—Estaba por aquí, y no era muy difícil encontrarte con todo este jaleo. ¿Y Kate?
Eso, ¿y Kate? Se ha desatado el caos y ella sigue sin aparecer. ¡Voy a matarla! Cuando me haya recompuesto en brazos de Jesse, voy a matarla.
—Huy, ¿qué pasa aquí?
Saco la cabeza de mi escondite y veo a Kate delante de Margo, totalmente desconcertada.
—Creo que será mejor que muevas la furgoneta, Kate —le aconseja Jesse con diplomacia. Ni siquiera ha derramado una gota de sudor.
—Ah, vale —responde, ajena por completo a la situación.
Jesse se aparta y me observa de arriba abajo.
—¿Y tus zapatos? —pregunta con el ceño fruncido. Los ojos se le vuelven a ensombrecer de ira al pensar que los he perdido en la reyerta con el calvorota.
—Están dentro de Margo —digo, y me sorbo los mocos—. En la furgoneta —explico al ver que no sabe a qué me refiero.
Me coge en brazos, me lleva hasta la acera y me deja junto a la pared de la casa de la señora Link.
—Ni siquiera voy a preguntarte cómo han llegado hasta ahí.
—¡Yo los cojo! —grita Kate. Más le vale. Viene corriendo con los tacones en la mano—. ¿Qué ha pasado?
—¿Dónde estabas? —le pregunto secamente.
Pone los ojos en blanco.
—Me ha obligado a subir a ver el vestido para la fiesta. Era demasiado pequeño, ha sido horrible. Han tardado diez minutos en embutirla en él. —Se detiene y mira a Jesse, que ha ido a coger mi bolso del asiento delantero de Margo—. ¿Qué ha pasado? —pregunta susurrando—. Parece furioso.
—El del Jaguar me ha agredido —contesto. Me sacudo la gravilla de las doloridas suelas de los pies y me pongo los tacones—. Estaba hablando con Jesse justo cuando ha empezado todo. No sé de dónde ha salido.
—Ava, lo siento mucho. —Se apoya contra la pared y me rodea con el brazo—. Menos mal que estaba por aquí el señor, ¿eh? —Advierto el tonillo de insinuación de su voz.
—Kate, mueve la furgoneta antes de que estalle una guerra. —Jesse se acerca con mi bolso y yo me incorporo. Me duelen mucho las plantas, así que vuelvo a sentarme. Hago una mueca de dolor. Vaya, el culo también me duele. Jesse pone mala cara al ver mis gestos—. Ava se viene conmigo —dice observando cómo muevo mi dolorido trasero.
—¿Ah, sí? —pregunto.
Enarca las cejas.
—Sí —responde con un tono que no da pie a objeciones.
—Tranquilo, puedo irme con Kate —sugiero de todos modos. Probablemente ya haya interrumpido con mi escenita vespertina lo que fuera que estuviera haciendo.
—No, te vienes conmigo. —Subraya cada una de las palabras y sus labios forman una línea recta.
Vale. No voy a discutir por esto.
Kate nos mira como si estuviera viendo un partido de tenis y finalmente se levanta.
—Te veo en casa. —Me da un beso en la sien y otro bien grande a Jesse en la mejilla. A él se le salen los ojos de las órbitas, y yo me quedo boquiabierta.
¿A qué ha venido eso? Se aleja hacia Margo, sin ninguna prisa, se vuelve, sonríe y me guiña un ojo. Le lanzo una mirada de advertencia que ignora por completo.
Me vuelvo hacia la bestia alta y atractiva que tengo delante de mí —con un aspecto de lo más apetecible con un traje gris y una camisa blanca inmaculada— y veo que me está mirando con los ojos verdes entornados.
—¿Qué te duele? —pregunta.
Me levanto y hago otra mueca cuando mis pies acusan el peso de mi cuerpo.
—El culo —digo mientras me froto el maltratado trasero y estiro la mano para cogerle el bolso—. Estaba sujetándole la tarta a Kate en la parte de atrás de la furgoneta.
—¿No llevabas puesto el cinturón?
—No, no hay cinturones en las partes traseras de las furgonetas, Jesse.
Él sacude la cabeza, me levanta, me acuna entre sus fuertes brazos y echa a andar por la calle. Yo exhalo con intensidad y le dejo hacer lo que quiera. Apoyo la cabeza contra su hombro y le rodeo el cuello con los brazos.
—No me has llamado. Te dije que me llamaras —me reprende con un gruñido.
Suspiro con resignación.
—Lo siento.
—Yo también —dice suavemente.
—¿El qué?
—No haber llegado antes.
—¿Cómo ibas a saberlo?
—Bueno, si me hubieras llamado, habría sabido que ibas a hacer una tontería y te lo habría prohibido. La próxima vez, haz lo que se te manda.
Frunzo el ceño apoyada en su hombro y él me mira como si se hubiese percatado de mi reacción ante su regañina. Sonríe y me acaricia la frente con los labios. Cierro los ojos. Es innegable. No cabe duda de que hay algo entre nosotros. Y está haciendo que me replantee la idea de seguir soltera.
Cuando llegamos al final de la calle, alzo la vista y veo el Aston Martin de Jesse abandonado en un punto desde el que está claro que no podía avanzar a causa del atasco. Unos cuantos peatones revolotean a su alrededor admirando el vehículo. Me deja en el asiento del copiloto y cierra la puerta. Pasa por delante del coche, se sienta tras el volante, arranca y deja atrás todo el caos. Yo me acomodo y admiro su perfil mientras él sortea el tráfico. Lo ha dejado todo para venir corriendo a rescatarme. Mentiría si dijera que no agradezco lo que ha hecho.
Me mira y me pone una mano en la rodilla.
—¿Estás bien, nena?
Sonrío. Siento que cada minuto que paso con él me muero por sus huesos un poco más. Y no sé si eso es bueno o malo. Maldito seas, Jesse Ward, de edad desconocida.
Detiene el coche delante de casa de Kate. No me sorprende ver que Margo no ha llegado todavía. Este tío conduce como un loco. Salgo del coche y no tarda en cogerme en brazos y llevarme por el camino hasta la entrada.
—Puedo andar —protesto, pero hace como que no me oye.
Al llegar a la puerta, me coge las llaves de la mano, abre y la cierra de una patada una vez que entramos. Empiezo a revolverme y me deja en el suelo, me rodea la cintura con una mano y me atrae hacia él.
Me levanta hasta que mis pies dejan de tocar el suelo y mis labios alcanzan los suyos. Suspiro, le rodeo el cuello con los brazos y dejo que su lengua entre en mi boca lenta y suavemente. La llevo clara si creo que puedo resistirme a él. Pero bien clara.
—Gracias por el libro —le digo pegada a su boca.
Se aparta, me mira y sus ojos verdes brillan de júbilo.
—De nada —responde, y me da un beso casto en los labios.
—Gracias por salvarme.
Entonces esboza esa sonrisa descarada y arrogante.
—Cuando quieras, nena.
La puerta de casa se abre de repente y Kate irrumpe con una prisa exagerada; nos pilla abrazados.
—Perdón —se disculpa, y sube corriendo al piso por la escalera.
Jesse se ríe y mueve las caderas contra mí, lo cual despierta un delicioso ardor en mi vientre. Mi respiración se intensifica cuando apoya su frente contra la mía. Libera un largo suspiro y su aliento fresco me invade la nariz.
—Si estuviéramos solos, te pondría ahora mismo contra esa pared y te follaría viva. —Vuelve a adelantar la cadera. El ardor desciende hasta mi sexo y me obliga a gemir. Maldigo mentalmente a Kate.
—Podemos hacerlo en silencio —susurro—. Te dejo que me amordaces.
Él sonríe con malicia.
—Créeme, ibas a gritar tanto que ninguna mordaza lo ocultaría. —Me estremezco físicamente al pensarlo—. Mañana —dice con firmeza—. Quiero solicitar una cita.
¿Qué? ¿Una cita para follarme? Esto… ¡no hace ninguna falta solicitar cita!
Se echa a reír. Debe de haber notado mi confusión.
—Quiero que vuelvas a La Mansión para darte la información que necesitas para empezar a trabajar en serio en algunos diseños.
Abro la boca y él se inclina, me mete la lengua dentro y me ataca con vehemencia. Dejo que me haga lo que quiera, y me tiemblan las rodillas cuando menea de nuevo esas benditas caderas.
Se aparta jadeante, con los ojos cerrados con fuerza.
—No pido cita para follar contigo, Ava. Eso lo haré cuando me plazca.
«Ah, vale».
Da la sensación de que hace acopio de todas sus fuerzas antes de soltarme y dejarme donde estoy. Me siento abandonada y débil. Aparta su mirada sombría de la mía y la dirige hacia la escalera. Sé que él también está maldiciendo a Kate por estar en casa. No puedo creer que acabe de tentarme con esos movimientos deliciosos para luego dejarme así. He pasado de hacerme la dura a suplicar mentalmente.
—En La Mansión, a las doce —exige, y me acaricia la mejilla con el dedo. Yo asiento—. Buena chica.
Sonríe, me posa los labios en la frente, da media vuelta y se marcha.
Yo me quedo ahí plantada contra la pared, tratando de recobrar el aliento.
—¿Se ha ido ya el señor?
Alzo la mirada y veo a Kate apoyada en la barandilla y moviendo una botella de vino. Sí, por favor. Es justo lo que necesito.